caballeresca. El tribunal de examen le ocupaba la mayor parte de la tarde; además sus artículos para una revista de historia y otros trabajos menos dignos de mención. Mascaró creyó del caso añadir confidencialmente nuevas razones para justificar su alejamiento. --Antes, cuando estaba Arbuckle, me gustaba ir por allá. Ese yanki es un excelente amigo, sano y honradote; una especie de niño grande, lo que no impide que yo lo considere todo un hombre, capaz de acometer, por amor á los dólares, las más estupendas aventuras. Me daba gusto hablar con él de las cosas que vi en su tierra. Además es mozo que sabe oir, se expresa con modestia y respeta á los que entienden más que él de ciertas cosas... Ahora, si va uno á ver á esa señora, se tropieza con el tal Pero Botero, Casa Botero ó como le llamen, un pajarraco que no me hace ninguna gracia y tal vez sea un aventurero. Me carga la sonrisa del tal caballerete, su aire de superioridad, su deseo de burlarse de la gente, como si él fuese de otra casta. No sé cómo esa señora lo tiene por amigo. Guardaba el catedrático un mal recuerdo de cierta noche, la última que había aceptado comer en el Ritz con la viuda Douglas y sus acompañantes. --Tú te acordarás de aquella noche. Ese sujeto no tiene ninguna relación conmigo, me veía por primera vez, y á pesar de que sabe que soy un señor al que paga el gobierno para que explique la historia de España y sus antiguas colonias, se atrevió á objetarme sobre tal materia, diciendo disparates enormes. No le llamé imbécil por respeto á la señora, y es mejor que no vuelva, pues me faltaría la paciencia. Además, ¡su airecillo de matón en ciertos momentos, como si nos perdonase á todos la vida!... Te digo que no comprendo cómo la señora Douglas aguanta á ese tipo. Florestán, animado por las palabras de Mascaró, fué haciéndole saber la animadversión que le inspiraba igualmente aquel hombre. Algunas veces representaba para él un tormento aceptar las invitaciones de la señora Douglas, por tener que sentarse á la mesa con Casa Botero. También le resultaban insufribles sus gestos de superioridad, la ironía con que le trataba á causa de su juventud. No podía ser mas que un aventurero, como decía Arbuckle. Su marquesado, si realmente existía, era indudablemente de los que da el Papa. Balboa se burló también de su fama de espadachín y de los lances á que hacía alusión en sus conversaciones entre hombres solos, como un informe preventivo para que le tratasen con miedo. Diciendo el joven todo esto, perdió repentinamente su calma de atleta reposado. Le brillaron los ojos, como si un recuerdo despertase su cólera, y dijo arrogantemente: --A ese tío le pego yo. Tenga la seguridad, don Antonio, de que no se irá de Madrid sin que le ponga una mano en la cara. No puede ser otra cosa. Al notar cierta extrañeza en el catedrático por la vehemencia de tales palabras, quiso justificar su acometividad con un motivo preciso. --Imagínese usted que la otra noche, al preguntarme doña Concha por los trabajos de mi padre, el tal individuo pretendió burlarse de él, como si fuese uno de esos inventores ridículos y medio locos que aparecen en las comedias. Le contesté con pocas palabras pero buenas, y la señora Douglas, que es muy hábil, cortó la conversación, dándola nuevo rumbo. Varias veces sorprendí la mirada que me dirigía el tal marqués, como para meterme miedo, y yo la sostuve, mirándole del mismo modo. Debió darse cuenta de que le tengo ganas... Le aseguro, don Antonio, que ese sinvergüenza ha encontrado al fin con quién hablar. Creyó del caso Mascaró dar consejos prudentes al joven. Debía hacer lo que él: escasear sus visitas á la viuda hasta que se marchase Casa Botero. --Su permanencia en Madrid no puede ser larga. Dice que ha venido únicamente por ver los cuadros de Velázquez... Tal vez tenga pensado robarlos y venderlos, pues, según parece, es algo chamarilero... Pero al ver que la cosa resulta difícil, se irá. No rió Florestán esta broma del catedrático, y contestó á sus consejos con palabras de protesta, como si le propusiese algo absurdo... ¿Dejar de ver á la señora Douglas, para que ésta quedase por completo sujeta al trato envolvente de aquel aventurero?... Él tenía el deber de mantenerse á su lado, de alejar de ella con su presencia el peligro que representaba la amistad con tal hombre. --Además, si hago lo que usted dice, creerá que me voy porque le he tomado miedo. Figúrese usted, ¡miedo yo de ese sujeto! Mientras subía la escalera de su amigo Balboa, durante la visita á éste y en el resto de la tarde, al cumplir sus tareas universitarias, se acordó el catedrático de la conversación con Florestán, preguntándose interiormente, con una inquietud que era al mismo tiempo irónica y sincera: «¡Qué diría mi doña Amparo si nos hubiese oído! ¡qué nuevos motivos de indignación contra la americana!...» Había guardado en secreto don Antonio el motivo principal de sus pretextos para no visitar á la señora Douglas. Quería vivir tranquilamente su egoísta existencia de «modesto cavador de la Historia», como él decía. A cambio de que su esposa no alterase sus horas de lectura y sus reposos junto á la mesa del comedor con resquemores y protestas, estaba dispuesto á todas las concesiones. No visitando á dicha señora, podría evitar tal vez que su mujer le hablase continuamente de ella. Pero aun con este sacrificio, no consiguió verse libre de las quejas de doña Amparo. En la casa de Mascaró empezaba á ser considerada la señora Douglas como una calamidad venida del otro lado del Océano para desgracia de la familia; algo extraordinario, gigantesco, más allá de los límites concebibles, como son los incendios, las catástrofes ferroviarias y todo lo malo del Nuevo Mundo. Doña Amparo «no podía quedarse con un convite sin devolverlo», según ella declaraba, y había dado finalmente en su vivienda á las dos extranjeras aquel almuerzo ideado por su esposo, compuesto de platos españoles. Todo había marchado bien. Las invitadas prodigaron sus elogios á las producciones culinarias dirigidas por la dueña de la casa, encontrando una semejanza igual á la que existe entre abuelo y nieto al comparar estos platos con otros de la América de origen español. Sintióse halagada la esposa de Mascaró en su vanidad de organizadora doméstica, y al mismo tiempo ofendida y rencorosa por lo mucho que había tenido que trabajar en obsequio de unas mujeres que no le eran simpáticas. Sus inquietudes de madre recelosa, predispuesta al temor por el porvenir de su hija, así como sus prematuras severidades y desconfianzas con el futuro yerno, le hicieron ser la primera en darse cuenta de la nueva conducta de Florestán. Las visitas del joven á su novia eran cada vez más breves. Antes le veían todas las noches en casa de su padre, ó venía él á la de Mascaró para pasar la velada, acompañando la familia al teatro dos veces por semana. --Ahora el señorito se viste todas las noches de -smoking---protestó doña Amparo--, se asoma un momento para decir cuatro mentiras á nuestra pobre hija y se marcha á comer á su Ritz, muy contento de tratarse con esas extranjeras, como si nos considerase á nosotros gente inferior. Algunas noches ni viene siquiera, y envía una carta con un «botones» del hotel... Y tú, metido en tus librotes, que apenas si nos dan para comer, no quieres enterarte de nada; no ves á nuestra pobrecita hija que está triste, cada vez más triste... --Pero mujer, ¡si eso carece de importancia! Es algo que pasará--contestó Mascaró--. El muchacho debe atender á esas señoras por ser amigas de su padre; y hasta una de ellas tiene negocios con Ricardo. Éste ha ordenado á su hijo que las acompañe, y lo considero muy natural. Las señoras se irán un día ú otro y nuestra vida seguirá como antes, pues el chico quiere de veras á nuestra hija... La misma Consuelito está más tranquila que tú. He hablado con la niña de esas americanas y no me ha dicho una palabra contra ellas. Aquí prorrumpió doña Amparo en exclamaciones de escándalo, levantando sus manos como si pusiera por testigos á todas las potencias celestiales. --¡Ah, ignorante! Tú crees saber mucho porque siempre estás leyendo libracos, y no conoces ni un pedacito del corazón de las mujeres, tamaño como un blanco de uña. Nuestra pobre hija calla porque quiere á su novio. El papel de nosotras cuando nos interesan los hombres es callar y sufrir. ¡Así se portan ellos de infames! Pero la procesión va por dentro, y yo sé qué dolores son los suyos mientras disimula é intenta defender á ese muchacho. Hasta conmigo hace la comedia, á pesar de que soy su madre, porque ella es algo ingrata y siempre te ha querido á ti más que á mí. Pero yo, como mujer, no necesito que me digan ciertas cosas para adivinarlas. ¡Ay, en qué mala hora nos hiciste conocer á esas amigas tuyas!... ¡Qué perdición van á traernos!... Mascaró, á pesar de la calma irónica con que escuchaba siempre á su esposa, no pudo aceptar sin protesta una imputación tan absurda. --¡Pero si yo no había visto nunca á esas señoras hasta hace unas semanas! ¡Si es Ricardo su amigo!... ¿Qué culpa tengo de que conociesen á Florestán en casa de su padre mucho antes de conocerme á mí?... Aceptando doña Amparo tácitamente la injusticia de su acusación, olvidó al esposo para lamentar otra vez la tristeza disimulada de su hija: --Ciertas amiguitas envidiosas, que se morían de rabia al verla con un novio tan guapo, me la atormentan ahora con sus noticias, dadas con un aire inocente que merece un par de bofetones. «Ayer vimos á Florestán con esa señora americana, tan guapa y elegante. Va con ella á todas partes: ¿es parienta suya?» Y la pobrecita contesta lo que se le ocurre, con una voz que parece blanca, y se traga sus lágrimas. Estoy segura de que se traga sus lágrimas. ¡Y tú no ves nada! ¡Y lo mismo que ese tontón del novio, te pones muy hueco cuando la tal señora, ó lo que sea, te invita á comer en el Ritz! Te veo aún la última noche que fuiste solo. ¡Qué discusión la tuya con la criada porque el frac no estaba bien cepillado ni la pechera de la camisa bastante dura!... Hizo una pausa como para tomar nuevas fuerzas, y añadió: --Vas á hacer una cosa, si quieres tener mujer é hija. Vas á prometerme que romperás toda amistad con esas dos mujeres. Es indigno que tú, un catedrático que todos respetan, vayas con el novio de tu hija á hacer la corte á esa pájara, que á saber qué idea se lleva sobre el tontón de Florestán. Consideró oportuno don Antonio protestar valerosamente de tales palabras, y doña Amparo, creyendo ver en esta audacia una infidelidad mental de su esposo, una admiración oculta de la belleza de la viuda, prorrumpió en denuestos: --Tú también estás cogido, como el otro. Sin duda te has enamorado de esa extranjera, lo mismo que Florestán. ¡El viejo y el jovencito admirando á la tal negrota!... Y el caso es que esa Venus no es ya una chiquilla. Quisiera yo verla sin los apaños y retoques de esas mujeres que son ricas y pueden pagárselo todo... No creas que es mucho más joven que yo. Allá nos vamos las dos, más ó menos, con muy poquitos años de diferencia. Pero como una es madre de familia y no puede derrochar dinero, y el poco que tiene lo guarda para la casa... Dejó de apiadarse de ella misma, lamentando su mediocridad, para caer con nuevos bríos sobre la ausente. --De la pájara que va con ella nada quiero decir. Es una solterona medio loca, una gallina dura que no se sabe de qué tiene cara, si no es de chino conservado en alcohol. Pero á la otra puedes defenderla: ¡una mujer que fuma!... ¡una mujer que guía automóvil, á pesar de que trae un chófer pagado desde su tierra!... El catedrático protestó: --En Madrid fuman muchas mujeres. Y en cuanto á guiar automóviles, no lo hacen aún por falta de habilidad, pero lo harán cualquier día. ¿Qué tiene que ver eso con el honor de una señora?... Doña Amparo no le escuchaba. Siguió lanzando sus vociferaciones de madre inquieta, á las que iba unido cierto rencor personal que ella misma no podía explicarse; una rivalidad de mujer educada de distinto modo que la otra; una envidia instintiva por no poder gozar sus comodidades y abundancias. --Sé de ella más que tú crees. Me han contado muchas cosas. No puede salir á la calle sin que su presencia provoque un motín. Los hombres son tan estúpidos, que apenas ven una mujer alta como una pértiga, que camina á estilo hombruno y va vestida con las modas más estrafalarias, se van detrás lo mismo que perros. Me han asegurado que se queja de nuestras costumbres; que protesta porque le dicen á veces palabras feas. ¿Me las dicen á mí, que soy más señora que ella?... Vaciló, como el que ha afirmado involuntariamente una falsedad, apresurándose á añadir: --Y si alguna vez me las han dicho, me lo callé, como debe hacer toda mujer honesta que no quiere meter en compromisos al hombre que la acompaña y teme obligarlo á andar á golpes con los insolentes. Pero como esa señora tiene tantos adoradores, bien puede darse el gusto de mezclarlos en líos y peleas... Tiene á ese desdichado Florestán, que va á matar á nuestra Consuelito; te tiene á ti, viejo sinvergüenza, que desde que viajaste por las Américas se te van los ojos detrás de toda mujer que no sea la tuya; tiene á ese yanki, grandullón y tontote, que te ponía enfermo de tanto regalarte cigarros; y ahora, según parece, ha hecho venir á un marqués de no sé dónde, que debe ser algún querido antiguo. Seguro Mascaró de la inutilidad de protestar con razones, se llevó ambas manos á la cabeza, mirando á lo alto: --¡Señor!... ¡¡Señor!! Pero su esposa se había lanzado á las suposiciones injuriosas y al insulto, con la velocidad del que va cuesta abajo y no puede detenerse: --Además, esa dama tan distinguida tiene, según parece, puños de carretero, y puede ir sola por el mundo. Si no lleva al lado un hombre á quien comprometer, ella misma arma camorra... Me han contado que, el otro día, bajando la calle de Carretas, le dió un puñetazo á un tipo, que le puso la cara negra, porque al pasar junto á ella intentó pellizcarla por detrás. Ese es el castigo de ser tan llamativa. ¿Me pellizcan á mí, que salgo todos los días?... Y si alguna vez se ha atrevido á eso algún insolente, en una iglesia ó en fiestas de mucho gentío, le he contestado pinchándole con un alfiler, sin contárselo luego á nadie, sin dar puñetazos, que provocan escándalo, agrupan á la gente y hacen acudir á la policía. ¡Dios santo! ¿Por qué ese gran bendito de Ricardo nos habrá hecho conocer á la tal negrota y al chino que va con ella?... Tuvo que dejar Mascaró que la indignación de su esposa se extinguiese poco á poco, como la hoguera falta de leña nueva, valiéndose para conseguirlo de un mutismo absoluto. Cuando doña Amparo inició al día siguiente sus lamentaciones sobre la tristeza de Consuelito, sus quejas contra Florestán y sus imprecaciones para la reina Calafia y su acompañante--que el catedrático había apodado, de acuerdo con el libro de Montalvo, «la hermana Liota»--, frunció el ceño don Antonio, y poniendo cara fosca, como siempre que necesitaba ocultar su timidez de siervo doméstico, infundiendo á su esposa un respeto momentáneo, dijo así: --Te prometo no ver más á esa señora. Ayer la envié un libro que me pedía, con una carta explicando mi ausencia. Pero tú vas á prometerme en cambio no hablar más de la niña ni de su novio. Esas cosas de muchachos acaban siempre por arreglarse, y yo necesito tranquilidad para poder continuar mis trabajos. Cumplió á medias la esposa este tratado bilateral. Siempre que pensaba en la reina Calafia y subía á su boca la marea de protestas é injurias, procuraba contenerla, dejando escapar sus vapores maléficos en forma de suspiros. Pero hablaba de Consuelito (¡eso sí! Mascaró era su padre), de su resignada melancolía, de las ausencias del novio, que pasaba ya días enteros sin ir á la casa, justificando estos eclipses de su persona con el envío de breves cartas. En tal situación fué cuando el catedrático se repitió varias veces interiormente, durante una tarde y una noche, después de su encuentro con Florestán: «¡Qué diría mi doña Amparo si nos hubiese oído!» Al atardecer del día siguiente, cuando salía Mascaró de la Universidad, terminados sus trabajos de examinador, le cortó el paso en la puerta del edificio un joven muy cortés y respetuoso, que le hizo recordar inmediatamente al hijo de Balboa, sin que tuviese con él otro parecido que el de los pocos años. Supo á las primeras palabras que era gran amigo de él y compañero de la Escuela de Ingenieros. --Me ha encargado Florestán que le vea, y aquí estoy hace más de una hora. Adivinó el catedrático que sólo por un motivo grave podía esperarle tanto aquel joven, y preguntó con ansiedad: --¿Qué le ocurre á Florestán? La respuesta imprecisa del enviado aumentó su inquietud. --Usted es gran amigo de su padre, y Florestán le considera como de su familia. Desea que busque usted el modo de que el señor Balboa ignore lo ocurrido. Teme que sufra alguna crisis cardíaca al recibir una emoción violenta. Y comprendiendo que su oyente empezaba á sufrir otra emoción no menos torturante, se decidió á dar la noticia. --Florestán está herido en la quinta de Alaminos. No necesitaba decir más. Mascaró tuvo bastante con esto para adivinar que el joven había sido herido en un duelo. La quinta de Alaminos era una de las curiosidades de la capital; casi merecía figurar entre los edificios célebres de Madrid. Cuando dos hombres debían batirse por un asunto llamado «de honor», sus padrinos, luego de concertar las condiciones del encuentro, decían al fijar el sitio: «Será en la quinta de Alaminos.» Y los representantes de la parte contraria respondían, como si se tratase de algo lógico é inevitable: «De acuerdo.» ¿En qué otro lugar podía ser?... No había miedo de que el propietario negase la entrada en su finca. Era un personaje generoso, de trato afable, que iba gastando alegremente la herencia de sus mayores, acudiendo á todas las fiestas, estrechando todas las manos y oyéndose llamar siempre «el simpático Alaminos». Su vida estaba reglamentada y era generalmente conocida á partir de la una de la tarde, hora en que saltaba de su lecho y salía á la calle, hasta las ocho ó las nueve de la mañana siguiente, que se retiraba á descansar, después de una noche dedicada en su última parte al juego en el Club ó al bailoteo y la juerga en el entresuelo de algún restorán de moda. Fuese cual fuese el momento en que se concertaba el duelo, los organizadores tenían la certeza de dar con el simpático Alaminos: «Estará en el teatro.» «Esta es la hora que juega en el Club.» «Lo encontraremos seguramente en casa de la Fulana.» Y al ser hallado, acogía la demanda servicialmente, dando una tarjeta con varias líneas escritas para el jardinero de su quinta, siempre iguales: «Dos caballeros, con varios amigos suyos, van á matarse por un asunto de honor. Atiéndelos como si fuese yo mismo.» Afortunadamente, las más de las veces los dos caballeros no se mataban, saliendo indemnes de la quinta después de cruzar varios tiros de pistola ó haberse rasguñado ligeramente con espadas ó sables. Mas no por esto dejaba de creer el dueño de la finca en la posibilidad de que cada pareja enviada por él á su jardinero fuese al encuentro de la muerte. Alaminos, cuya propiedad, célebre en la historia del duelo, era llamada por muchos «la Quinta de los Desafíos», no se había batido nunca. Su amabilidad y su sonrisa de hombre eternamente simpático le ponían á cubierto de este trance. A pesar de su vida alegre, era hombre de convicciones religiosas y estaba seguro de que la Providencia se preocupa seriamente de los preparativos de los duelos para intervenir en ciertos casos. --En mi casa se han visto milagros, ¡cosas estupendas! Y hablaba de estocadas que hubieran sido mortales y no lo fueron por una desviación de menos de un milímetro; de balas que dieron vuelta, siguiendo la curva de una costilla, sin tocar el corazón ú otro órgano precioso. Su quinta, habitada por sus padres en otros tiempos, y á la que él no iba mas que en días de duelo entre adversarios famosos ó de merienda con gente alegre, le había servido para adquirir una celebridad casi igual á la de un hombre político ó un gran artista. Muchas veces el personaje que era jefe del gobierno, al encontrarle en un teatro ó una fiesta, le estrechaba la mano como á un amigo de la juventud: --¡Hola, querido Alaminos! Se acordaba de cuando se había batido en su quinta siendo periodista ó simple diputado, al principio de su carrera. Todos habían vivido unos minutos de su vida en esta propiedad rústica, mezcla de jardín en pleno abandono y de huerta medio seca, con avenidas de álamos en torno á un caserón de paredes desconchadas, color de rosa, y grandes aleros. Cincuenta años antes había sido una hermosa quinta de las que utilizaban en verano las familias ricas de Madrid, cuando aún no era moda general marcharse en tal estación á las playas españolas del Cantábrico ó Biarritz. Mascaró conocía la «Quinta de los Desafíos». Una vez había servido de padrino á cierto camarada de la época estudiantil, dedicado posteriormente al periodismo y á la política revolucionaria. Al tener éste un duelo, como término de cierta polémica de prensa, había creído decorativo designar para que le asistiese en tal lance á un catedrático de la Universidad Central. Cuatro balazos perdidos en el aire fueron el resultado del encuentro, mas sirvió para que don Antonio conociese al simpático Alaminos, por haber considerado éste necesaria su presencia en la finca al ser el duelo entre «intelectuales». Mientras recordaba Mascaró todo esto en un sector de su pensamiento, atendía con el resto de su inteligencia á las rápidas explicaciones que le iba dando aquel joven. Había sido uno de los dos padrinos de Florestán, pero en realidad ignoraba el motivo de la cuestión. Balboa les había buscado á él y al otro para que fuesen simplemente á avistarse con los representantes del marqués de Casa Botero, aceptando todo lo que propusieran éstos. --Según nos dijo, tuvo anoche un altercado á la salida del Ritz con ese marqués que es medio italiano ó medio rumano, no sé bien. Florestán, aunque parece un muchacho tranquilo, es de mano pronta cuando se enfurece, y abofeteó á dicho señor. Por eso nos pidió que no discutiésemos. Él era el ofensor y lo aceptaba todo. Además, como el tal marqués es hombre de armas, quiso demostrarle con esta aceptación completa que no le inspiraba ningún temor. Lo único que nos exigió fué el secreto. Debe haber alguna mujer de por medio, y hemos guardado todos una reserva absoluta. Luego describió el encuentro: --Florestán, que es de grandes fuerzas y no sabe lo que es miedo, atacó con impetuosidad, sin pensar en cubrirse, deseoso únicamente de herir. No sé si sabrá usted lo que es la espada. Yo la creo un arma de reservones: muy ventajosa para el que se preocupa especialmente de su defensa, fatal para los agresivos, á quienes ciega la cólera. Desde el primer momento adivinamos lo que iba á pasar. Su adversario, que es hombre de espada, se limitó á defenderse, con una sonrisita burlona que daba grima, echando un paso atrás repetidas veces, hasta que Florestán, cada vez más imprudente y acometivo, vino á clavarse él mismo en el arma del otro. Adivinó el joven la ansiosa interrogación de los ojos del catedrático, que le miraban redondeándose por encima de sus quevedos. --Su herida no es de las que quitan toda esperanza, pero los médicos la consideran de cuidado. No permitieron que nos lo llevásemos; temen una complicación. Esas heridas de espada, tan sutiles é insignificantes á la vista, resultan las más peligrosas. El encuentro fué á las dos de la tarde. Yo me marché de la quinta después de las cuatro. Los médicos creen que esta noche tendrá mucha fiebre. El pobre se ha quedado allá con gusto, porque le parece preferible esto á que lo hubiésemos llevado á su casa. Su única preocupación es que su padre no sepa nada. Lo primero que hizo después que lo curaron y acostaron fué llamarme: «Ve á ver á don Antonio Mascaró. Lo encontrarás á estas horas en la Universidad. Él puede arreglarlo todo.» Y como usted estaba en exámenes, me puse á esperarle aquí, en la puerta, dispuesto á no moverme hasta que le viese salir. Adivinando otra vez en los ojos del catedrático una curiosidad tarda á formularse en palabras por causa de su emoción, el padrino añadió: --La estocada es en el pecho. Empezó Mascaró á andar, haciendo un movimiento con la cabeza para que le siguiese el otro. --No; don Antonio, suba usted aquí. Y señaló un automóvil de alquiler que estaba esperando junto á la acera desde una hora antes. VIII Lo que pasó en la «Quinta de los Desafíos» y en el Palace Hotel Cuando entró el catedrático en el Palace Hotel latía en su pensamiento una protesta, ó más exactamente dicho, una lamentación indignada, que le hizo recordar otras muchas emitidas por la voz iracunda de doña Amparo: «¡Qué perturbaciones nos ha traído esta señora!» Y en seguida, del hemisferio opuesto de su pensamiento surgía una rectificación de justicia como respuesta á dicha queja: «Pero ella no sabe nada á estas horas, ni tiene culpa directa de lo ocurrido. ¡Qué dirá cuando se entere!» La misma dualidad contradictoria existía en Mascaró al apreciar los hechos recientes. El era hombre de paz y no gustaba de otros combates que los de la Historia, vistos en las páginas de los libros, y con acompañamiento de trompetería retórica. Pero al mismo tiempo, el Mascaró imaginativo, que tantas veces había creado en su interior fábulas de aventuras y amores, sentíase orgulloso de intervenir directamente en una novela desarrollada en la realidad, aunque resultase menos agradable y extraordinaria que las que inventaba él para su recreo personal. Esto último no le parecía extraño; las historias vividas ofrecen siempre el inconveniente de ser más vulgares que las imaginadas; pero de todos modos, lo ocurrido rebasaba los bordes de lo ordinario y bien merecía ser tenido por interesante. Había encontrado á Florestán en la «Quinta de los Desafíos» tendido en una cama antigua y cuidado por dos hombres: uno de los médicos que presenciaron el encuentro y su segundo padrino. La mujer del jardinero obedecía las órdenes del doctor con una torpeza rústica y al mismo tiempo con cierta petulancia, para dar á entender que estaba acostumbrada á lances de esta especie. El médico, al ver entrar á don Antonio, lo llevó aparte. --Háblele poco. Cada vez tiene más fiebre. Al cerrar la noche es casi seguro que delirará. La herida no es lo que más me preocupa; temo que sobrevenga una inflamación interior. Pero si pasan dos días sin esta complicación, tenemos salvado á nuestro hombre. Al reconocer el herido á don Antonio le saludó con una sonrisa pálida, intentando estrechar su mano. Como el catedrático adivinó en sus ojos que deseaba hablarle, se inclinó sobre él, poniendo el oído cerca de su boca, lo mismo que si fuese á recibir su confesión. --Que no sepa nada papá. Don Antonio levantó la voz, como si con esto pudiese animarlo. --No sabrá nada; le contaré un cuento cualquiera para justificar tu ausencia. Además, tu herida no es de importancia... Mañana ó pasado, indudablemente, podrás volver á tu casa. Florestán hizo un gesto de indiferencia, considerando inútil desmentir esta caritativa falsedad. Necesitaba continuar hablando en voz queda á su visitante. --Vea también de impedir que... esa señora se entere de lo ocurrido. Podría disgustarse, y yo no quiero que ella sufra contrariedades por mí. Frunció el ceño don Antonio, mientras movía la cabeza afirmativamente. --Así lo haré... ¿No quieres nada más? Y como si Florestán se acordara al fin de algo cuyo olvido le inspiraba remordimiento, añadió: --Procure también que no se enteren en la casa de usted. Mascaró hizo un gesto para indicar al joven que no necesitaba decir más. Pero al mismo tiempo protestó en su interior por este recuerdo tardío: «Casi me ha dejado partir sin acordarse de su novia. ¡Pobre hija mía!» Mientras regresaba á la ciudad, violentamente agitado por los saltos del automóvil sobre los baches de un camino hondo, decidió faltar en parte á las promesas hechas al herido. Engañaría con una historia de su cosecha á su amigo Balboa. Esto le era fácil, y además resultaba necesario. El pobre podía morir de una emoción violenta: su corazón era incapaz de resistir sin peligro los temblores de la sorpresa. Pero ¿por qué callar á aquella señora lo ocurrido?... Por su culpa--aunque esta culpa no fuese directa--dos hombres habían querido matarse y uno estaba en peligro de muerte. ¿Y ella debía ignorarlo?... Le pareció este silencio una prudencia absurda, contraria á las reglas de construcción de aquellos edificios imaginativos con que ornaba el páramo honesto y vulgar de su vida interna. Lo natural era que la reina Calafia se enterase de que dos paladines se habían dado de estocadas por ella. El corazón de aquella amazona era más sólido que el del padre de Florestán, y no había miedo de que se alterase mortalmente al recibir tal noticia. Existía en él igualmente un deseo malsano de ver cómo acogía aquella señora el relato del suceso, cómo era su emoción y cuáles sus palabras de remordimiento. Ya que había sido la causante del trastorno, á lo menos que llevase una parte de inquietud y dolorosa zozobra por el estado del joven. De todos modos, acabaría enterándose del duelo por alguna fanfarronada del vencedor. «Ese Botero de los demonios--siguió pensando--no dejará de jactarse de su buena suerte, y ¡á saber de qué modo contará las cosas!... Mejor es que yo mismo le relate lo ocurrido.» Al enterarse en el Palace Hotel de que la señora Douglas estaba en sus habitaciones, pidió que la avisasen por teléfono su deseo de verla. La viuda recibía á las personas amigas en un salón del segundo piso, con el que comunicaban sus otros cuartos. Este salón tenía un amplio mirador sobre el paseo del Prado, y lo conocía el catedrático. Estaba amueblado con una sillería dorada y roja, sus paredes eran de un blanco mate, y como adorno individual, que alegraba su vulgar decorado de pieza alquiler, tenía varios cuadros de costumbres españolas, abanicos antiguos, mantones de Manila, retablos viejos, arquillas repujadas, todo lo que había ido adquiriendo la viuda en sus visitas á los anticuarios de Madrid y las provincias cercanas. Cuando la señora Douglas supo que el catedrático deseaba verla, dió orden con apresuramiento para que le dejasen subir. Esta visita le pareció en relación con una vaga inquietud que sentía desde algunas horas antes. Aquella tarde debía venir á buscarla Florestán; estaba convenido entre los dos; y la viuda, después de esperarle inútilmente, había salido al atardecer para dar una vuelta en automóvil por el Retiro y la Castellana, sin más acompañamiento que el de Rina, aburriéndose durante la lenta marcha de unos vehículos tras otros, como arcaduces de noria, á lo largo de los dos paseos. La inexplicable ausencia del joven le había hecho recordar la comida de la noche anterior en el Ritz con Florestán, Casa Botero y una familia de compatriotas que estaban de paso en Madrid para visitar los jardines de Sevilla en primavera. Los dos hombres hablaron poco, mirándose con cierta insistencia. Así lo evocaba en su memoria, mas no estaba segura de ello. Había tenido que atender á los otros invitados, y no pudo fijarse en sus palabras ni darse cuenta de su estado de ánimo. Hasta le pareció recordar que Casa Botero había dicho algo con aquella sonrisa perversa que servía de acompañamiento á sus palabras fríamente agresivas. Pero inmediatamente desechó tal recuerdo, como si fuese una invención engañosa de su inquietud. Al ver entrar á Mascaró, su gesto grave y el tono de su saludo hicieron renacer de golpe todas las inquietudes que la habían atormentado durante la tarde. Mas ahora estas inquietudes se trocaron de pronto en certidumbres, pues su femenil agudeza adivinó lo que pensaba el catedrático. Le faltó poco para anticiparse á los balbuceos con que preparaba éste su noticia, diciéndole: «No siga: conozco todo lo que va á decirme.» Por eso no mostró ninguna emoción cuando el visitante, prescindiendo de inútiles preámbulos, anunció simplemente: --Florestán está herido. Lo sabía desde algunos segundos antes, y la emoción de la sorpresa ya estaba agotada para ella. También sabía, por presentimiento, quién había herido á Florestán. Sólo podía ser «el otro». Y escuchó con la frente inclinada y la mirada puesta en las puntas de sus pies todo lo que le fué contando el catedrático. Éste se sintió algo desconcertado al ver que, después de terminada su relación, la señora permanecía silenciosa y mirando al suelo. Ni gritos, ni ademanes de sorpresa, ni un ligero humedecimiento de sus pupilas. Parecía no haberle entendido. Ella, adivinando esta extrañeza, levantó los ojos y murmuró quejumbrosamente, cual si profiriese una excusa: --Yo no soy una mujer. Ignoro cómo se llora... ¡Yo no he llorado nunca! Volvió á mirar el suelo y hubo un largo silencio. De pronto lo cortó poniéndose de pie bruscamente y mirando á una de las varias puertas que daban al salón. Mascaró recordaba esta puerta como perteneciente al cuarto de su compañera. --¡Y yo que he enviado á Rina hace poco en el automóvil á hacer unas compras!... Sin explicar la aparente incoherencia entre tales palabras y el relato de su visitante, hizo á éste un gesto para que esperase y abrió otra puerta, que era la de su dormitorio. Poco después volvió á aparecer tocada con un sombrero obscuro y poniéndose los guantes precipitadamente. --Vámonos--dijo con voz de mando--. Pida abajo un automóvil de los del hotel. Intentó protestar el catedrático. Bien adivinaba su deseo; pero ¿cómo pretendía darle órdenes sin contar antes con su conformidad?... La señora volvió á repetir mudamente el mismo mandato con un simple gesto de persona acostumbrada á la obediencia de todo lo que la rodea, y salió del salón sin fijarse en si don Antonio la seguía. En la puerta del Palace, el conductor del automóvil de alquiler acogió la dirección dada brevemente por Mascaró, sin pedir explicaciones aclaratorias. «¡A la quinta de Alaminos!» No necesitaba saber más... ¿Quién no la conocía en Madrid? Empezó el viaje bajo la luz de un ocaso lívido. Pasaron por unas calles de suburbio obrero, detrás de los talleres y depósitos de la estación del ferrocarril del Mediodía; luego un camino polvoriento entre vallas de fábricas y solares, y finalmente pedazos de campo, yermos la mayor parte del año, pero que la primavera cubría de verde con su generosidad, que alcanza á los más humildes rincones y arrugas de la tierra. También pasaron ante un pequeño cementerio con cipreses, verja herrumbrosa y muros viejos, que parecía abandonado. Todo lo que iba viendo la señora Douglas bajo la luz grisácea de la tarde moribunda le sugería presentimientos fúnebres. Cuando se apearon dentro del jardín de la quinta, el catedrático, por consideración á su acompañante, creyó necesario adoptar una precaución. --Espere usted aquí. Yo pasaré antes, para saber si han venido curiosos. Volveré á avisarle cuando pueda entrar. Pero la viuda, angustiada por sus presagios, siguió adelante, como si no le entendiese. Una autoridad irresistible, que hacía recordar á Mascaró la de doña Amparo, le obligaba á marchar detrás de ella. Pero había una diferencia entre las dos mujeres: su esposa era exclamativa y ruidosa en sus cóleras y tristezas, mientras esta señora se sumía en un silencio que él llamaba «enérgico», según iba aumentando la intensidad de su emoción. Hubo de pasar don Antonio delante de ella para servirle de guía al subir la escalera de la casa, y en un rellano del primer piso se encontró con el mismo médico que le había hablado dos horas antes. --Está con fiebre; una fiebre altísima. Lo que yo esperaba. Es inútil verlo: no le conocerá; no entenderá lo que le diga. Pero el joven doctor, al ver cómo iba surgiendo por detrás de Mascaró la arrogante figura de aquella señora que acababa de subir los últimos peldaños, hizo una inclinación de cabeza acompañada de un gesto de galante cortesía. «¡Un duelo, un herido y una dama que venía á visitarlo, pálida, conmovida, haciendo al mismo tiempo un gran esfuerzo interior para mantenerse serena!...» Era inútil oponerse á su paso. Debía dejarla entrar, para que de este modo se cumpliese en la realidad lo que tantas veces había admirado él en novelas y obras de teatro. Guiada por una orientación que parecía sobrenatural, avanzó Concha la primera en aquella casa donde no había estado nunca, marchando rectamente hacia el dormitorio ocupado por el herido. Tal vez la dirigía su olfato, siguiendo el rastro oloroso de los medicamentos antisépticos; tal vez obedecía á un obscuro tirón de su vida subconsciente. Al detenerse en la puerta del dormitorio unos segundos, Mascaró, que estaba detrás de ella, creyó verla más grande que nunca. Con una mano buscó instintivamente el marco de la puerta, como si necesitase apoyo. El catedrático se escurrió entre ella y el quicial, y pudo ver su rostro pálido, su nariz súbitamente adelgazada por la emoción, sus ojos que parecían ahora redondos. Miraban éstos, empañados, mates, sin expresión alguna, la cama blanca y antigua, la cabeza hundida en las almohadas y el latido del embozo, reflejando el jadear de un pecho invisible. --¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia! Repitió muchas veces las mismas palabras, como si su emoción, rencorosa y concentrada, fuese incapaz de hallar nuevas expresiones. Pensaba en «el otro», indignándose al comparar sus habilidades de hombre de armas con el valor confiado é inexperto del joven. Aquel duelo era para ella un asesinato. Su odio á la injusticia y el abuso, que allá en su país la habían hecho mostrarse de una virtud agresiva, volvió á conmoverla ahora con deseos vengadores. ¡Ay! ¡No tener á su alcance al malvado en aquel momento!... Se acercó á la cama casi de puntillas, cual si temiese despertar al herido; pero el médico hablaba en voz alta, seguro de que Florestán no podía oirle. Trastornado por la repentina presencia de aquella mujer hermosa que olía á gran señora y evocaba en él imágenes de pasadas lecturas, el médico deseó inspirar interés, lanzándose para ello en largas explicaciones sobre el estado del joven y su diagnóstico. La viuda le escuchó como el eco de una cascada lejana. No supo en realidad lo que dijo, porque le era imposible fijar su atención y no podía entender igualmente muchas de las palabras profesionales con que exornaba su relato. Sólo llegó á comprender que el médico no tenía seguridad de salvar al herido, que éste se hallaba en el momento más crítico y todo dependía de lo que ocurriese después de la fiebre. Podía sobrevenir una inflamación interna. Hasta pasados dos días le era imposible decir nada cierto. Y ella, que se había colocado junto á la cama, apoyando sus rodillas en el mullido borde de los colchones, siguió murmurando levemente, con los ojos fijos en el rostro afiebrado: --¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia! Así transcurrió mucho tiempo, y al fin, tanto el médico como Mascaró tuvieron que dar por agotadas el uno sus explicaciones y el otro sus preguntas sobre el estado del herido. El silencio pareció despertar á la viuda, haciéndole ver el doloroso vacío que la rodeaba. Miró en torno, examinando con ojos autoritarios las paredes, los muebles y las personas á la luz crepuscular, cada vez más pálida, que entraba por los balcones. Don Antonio creyó de pronto que era una mujer doble. Tenía el despotismo minucioso y rebuscador de una dueña de casa. Al mismo tiempo el brillo de sus pupilas hizo pensar al catedrático en los capitanes de industria que dirigen fábricas enormes como pueblos, organizan flotas que corren todos los mares, ó despiertan á la vida los rincones más obscuros del planeta. Formuló preguntas fríamente, arrugando el entrecejo y presentándose de perfil para escuchar mejor, lo mismo que si hiciese averiguaciones sobre un nuevo negocio en el que pensaba arriesgar gran parte de su fortuna. Quiso saber cómo iba á organizarse el cuidado del enfermo; con qué se podía contar en aquella casa medio abandonada, lejos de la ciudad, y que sólo veía gentes en tardes de desafío. Faltaban allí las manos suaves, la atención minuciosa, los dulces cuidados de una mujer. --Hasta ahora me ha ayudado la esposa del jardinero--dijo el médico. Precisamente, esta rústica, interesada por la presencia de una dama elegante, había abandonado la cocina, subiendo hasta el primer piso para examinarla de más cerca. Se mantuvo en la entrada del dormitorio, sonriendo, entre cohibida y familiar, á la visitante. Eran las dos únicas mujeres en aquella casa donde habitualmente sólo entraban hombres, y esto parecía animarla con la solidaridad del sexo. La señora Douglas la miró, afable y protectora, juzgándola buena; pero allí era necesario algo más que los cuidados de una campesina necesitada de atender á su familia al mismo tiempo que al herido. --Uno de los padrinos de Florestán--anunció don Antonio después de haber escuchado al médico--ha ido á Madrid para traer una enfermera. Aprobó la viuda con un movimiento de cabeza y después de breve reflexión dijo, como si diese una orden: --Será útil la enfermera: así podré librarme de ciertos menesteres demasiado materiales, para estar más tiempo al lado del herido. Al decir esto se quitó maquinalmente los guantes é hizo un ademán como para levantar el borde de sus mangas, empezando en seguida su trabajo. Luego anduvo por la habitación, enterándose de la calidad y naturaleza de los diversos frascos, paquetes y vendajes que estaban en desorden sobre el mármol de dos viejas consolas con espejos azulados y algo borrosos. El catedrático aprovechó un apartamiento del médico para acercarse á ella, hablando en voz baja: --¡Pero eso no puede ser! ¡Piense en lo que dirán si se queda usted aquí!... No tema que esté mal cuidado. Ahora hay un poco de desorden, pero todo se arreglará esta misma noche. Ella no oía, y tal era la decisión enérgica reflejada en su rostro, que don Antonio creyó estar viendo á la verdadera reina Calafia. De nuevo había fijado sus ojos en aquel hombre amenazado de muerte, que se mantenía insensible á cuanto le rodeaba, no dando otros signos de existencia que su jadeo doloroso. «¡Pobre muchacho!... ¡Cómo dejarlo abandonado!...» Le sería imposible vivir lejos, en interminable inquietud por las suposiciones de olvidos, descuidos y peligros que irían amontonándose en su pensamiento. Miró después al catedrático con una expresión dolorosa de reproche: --¿Cree usted que no sirvo para cuidar un herido porque soy rica y vivo en el lujo? Sus ojos parecieron compadecer la ignorancia de su oyente, pero éste protestó. Le eran bien conocidos el aplomo y la independencia con que las mujeres de su país avanzan en la vida, su deseo de bastarse á sí mismas, adaptándose con maravillosa ductilidad á todos los cambios y sacudimientos que traen consigo los altibajos de la existencia. Él sabía que para las más de las multimillonarias norteamericanas no es asunto de vida ó muerte ocuparse de la cocina, vestidas de ceremonia, con un collar de perlas de un millón sobre el pecho, cuando á última hora el cocinero se declara en huelga. Todas procuraban poseer la habilidad manual, la conformidad ante el destino, la energía paciente, que durante miles de años habían sido privilegio de los hombres, dándoles la supremacía sobre el otro sexo. Mascaró estaba seguro de que no iba á ser para la señora Douglas empresa extraordinaria pasar en aquel caserón días y días cuidando á un enfermo. Allá en Monterrey, durante su primera juventud, cuando aún no era rica, habría conocido situaciones iguales ó peores. --Pero no es eso lo que me preocupa. Piense, señora, lo que dirán si usted se instala aquí... Le fué imposible al catedrático continuar sus advertencias. --Procure que su padre no sepa nada--interrumpió ella--. Dígale que me lo he llevado de viaje varios días, que hemos ido... ¡adonde usted quiera! Lo importante es que el pobre Balboa no sufra una emoción violenta. De mí no se preocupe. He vivido bastante para saber hasta qué punto debemos hacer caso de la opinión ajena. Quedó silenciosa largo rato, mientras organizaba mentalmente, con todas sus previsiones de mujer ordenada, el mejor servicio para cuidar al herido. --Como tal vez me quede aquí mucho tiempo--continuó--, es preferible que vuelva yo misma al hotel y traiga lo más indispensable para mi vida. Además, necesito ver á Rina, darle mis órdenes. ¡Quién sabe cuándo volveré á salir de esta casa!... Usted, don Antonio, no sabría cumplir mis encargos por más explicaciones que le diese. Las mujeres nos entendemos mejor y más pronto. Rogó al médico que no se apartase del herido hasta su vuelta. Sus ojos acariciaron una vez más, desde lejos, el rostro de Florestán, engañosamente enrojecido por la fiebre, y cuya boca se contraía con murmullos de sílabas cortadas que sólo de tarde en tarde llegaban á formar una palabra entera. --¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia! Y se arrancó á esta contemplación, saliendo del dormitorio después de hacer un gesto á su acompañante para que la siguiese. Mientras rodaba el automóvil hacia Madrid, habló al catedrático con el tono de un superior que da órdenes. Le dejaría cerca de su hotel para que fuese inmediatamente á casa de Ricardo Balboa, antes de que éste se inquietase por la ausencia de su hijo. --Dígale que la señora Douglas, que, como él sabe muy bien, es una caprichosa, medio loca, ha sentido de pronto el deseo de ir á una ciudad muy lejana... ¡muy lejana! y obligó á Florestán á que la acompañase, sin darle tiempo para escribir una carta... Como usted estaba presente, fué Florestán quien le encargó que avisase á su padre. Este viaje durará unas semanas, y bien podría ser que durase un mes ó dos. ¡Es tan fácil que la señora Douglas cambie de ideas, prolongando su excursión!... En fin, usted es un sabio, y dirá lo más conveniente para que el pobre no sospeche la verdad. ¿Estamos de acuerdo?... Cerca de su hotel bajó la viuda del automóvil, mientras Mascaró seguía hacia el barrio donde estaba su casa y la de Balboa. Aquella dama no se había acordado un solo momento de su hija y su esposa. ¡Como si Florestán no existiese para ellas!... Afortunadamente, don Antonio disponía de tiempo para pensar de qué modo la historia mentirosa dedicada al padre podría hacerla extensiva á su propia familia. Cuando la señora Douglas entró en su salón, Rina se puso de pie, dejando sobre una mesa, junto á la lámpara eléctrica, el libro con cuya lectura había entretenido su espera impaciente. --Debemos comer en seguida. Tal vez no te acuerdas de que esta noche vamos al teatro. --Come tú; yo no tengo apetito; y así que termines, sube. Voy esta noche á otro lugar menos divertido; luego te lo diré. Debes prepararme una maleta con las cosas más necesarias. Voy á vivir unos días fuera. Tú vendrás á verme y volverás á Madrid para mis encargos ó á recoger mis cartas... Ni una palabra á nadie. Come y vuelve pronto. Al quedar sola, entró en su dormitorio y pasó á otras piezas contiguas, abriendo armarios para reunir ropas interiores y objetos de tocador. Mientras realizaba esta busca, su pensamiento, que estaba lejos, le hizo repetir maquinalmente, con voz sombría, las mismas palabras que habían concretado desde el primer instante su compasión y su cólera: --¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia! Era la hora más silenciosa del hotel. Se oía como un trueno lejano el rodar incesante de los vehículos en las calles próximas, á través de muros y ventanas cerradas. Los corredores anchurosos y de techo relativamente bajo, iguales á los de un trasatlántico, permanecían desiertos. Toda la vida del edificio estaba concentrada cerca del suelo, en los comedores y el -bar-. Los domésticos de los pisos altos, aprovechando la ausencia de los huéspedes que habían salido para comer, pasaban igualmente á otras dependencias del hotel. La señora Douglas abandonó su rebusca al oir cómo llamaban con los nudillos en la puerta común de sus habitaciones que comunicaba con el corredor. Era un llamamiento insistente, tenaz, y al mismo tiempo con cierta discreción, como si el que llamase temiera ser oído de las habitaciones inmediatas. Creyendo que Rina le enviaba un recado con algún doméstico, fué hasta la puerta y tiró del pestillo interior. A pesar de que las emociones sufridas una hora antes la habían hecho insensible á toda sorpresa, lanzó una ligera exclamación reconociendo al hombre que ocupaba el rectángulo de la puerta. Era Casa Botero. En vez de retroceder para que entrase ó de permanecer inmóvil cerrándole el paso, avanzó de tal modo, que el otro tuvo que hacerse atrás, quedando los dos en el pasillo. Fué un movimiento de repulsión instintiva, como si la entrada de aquel hombre en sus habitaciones representase un peligro de contagio. Quedaron ambos bajo uno de los hemisferios de cristal mate que esparcían su luz velada desde el techo. Sonrió el marqués con expresión amable que á ella le parecía odiosa, explicando al mismo tiempo su audacia al venir hasta esta puerta sin su permiso. Repetidas veces había preguntado aquella tarde por la señora Douglas al portero del hotel, recibiendo siempre la respuesta de que aún no estaba de vuelta. Luego, cerca del anochecer, le dijeron que acababa de salir con un señor. Ahora había visto abajo á Rina, y temiendo que la viuda estuviese enfadada con él, hasta el punto de rehuir su presencia, consideró oportuno subir para darle ciertas explicaciones. La californiana le escuchaba inmóvil, cada vez más rígida, estirando los brazos á lo largo de su cuerpo, los hombros caídos, el cuello avanzado, la barbilla saliente y los ojos puestos en él con una fijeza agresiva. Su silencio y esta mirada turbaron un poco á Casa Botero, pero inmediatamente recobró su aplomo de buen mozo satisfecho de sí mismo: --Adivino que ya sabe usted lo que pasó esta tarde. Como le dije en muchas ocasiones, el hombre que se atreva á ser mi rival está sentenciado á muerte. Yo la amo á usted como ninguno podrá amarla, y si alguien se cruza en mi camino tiene contados sus días. Concha Ceballos, siempre silenciosa, avanzó unos pasos más; y el otro, instintivamente, fué retrocediendo por la mitad del pasillo, sin dejar de hablar: --Yo no tengo la culpa. Ese niño inexperto ha querido medirse conmigo... ¡conmigo! y le he dado una lección abriéndole un ojal en el pecho que 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000