caballeresca. El tribunal de examen le ocupaba la mayor parte de la
tarde; además sus artículos para una revista de historia y otros
trabajos menos dignos de mención.
Mascaró creyó del caso añadir confidencialmente nuevas razones para
justificar su alejamiento.
--Antes, cuando estaba Arbuckle, me gustaba ir por allá. Ese yanki es un
excelente amigo, sano y honradote; una especie de niño grande, lo que no
impide que yo lo considere todo un hombre, capaz de acometer, por amor á
los dólares, las más estupendas aventuras. Me daba gusto hablar con él
de las cosas que vi en su tierra. Además es mozo que sabe oir, se
expresa con modestia y respeta á los que entienden más que él de ciertas
cosas... Ahora, si va uno á ver á esa señora, se tropieza con el tal
Pero Botero, Casa Botero ó como le llamen, un pajarraco que no me hace
ninguna gracia y tal vez sea un aventurero. Me carga la sonrisa del tal
caballerete, su aire de superioridad, su deseo de burlarse de la gente,
como si él fuese de otra casta. No sé cómo esa señora lo tiene por
amigo.
Guardaba el catedrático un mal recuerdo de cierta noche, la última que
había aceptado comer en el Ritz con la viuda Douglas y sus acompañantes.
--Tú te acordarás de aquella noche. Ese sujeto no tiene ninguna relación
conmigo, me veía por primera vez, y á pesar de que sabe que soy un señor
al que paga el gobierno para que explique la historia de España y sus
antiguas colonias, se atrevió á objetarme sobre tal materia, diciendo
disparates enormes. No le llamé imbécil por respeto á la señora, y es
mejor que no vuelva, pues me faltaría la paciencia. Además, ¡su
airecillo de matón en ciertos momentos, como si nos perdonase á todos la
vida!... Te digo que no comprendo cómo la señora Douglas aguanta á ese
tipo.
Florestán, animado por las palabras de Mascaró, fué haciéndole saber la
animadversión que le inspiraba igualmente aquel hombre. Algunas veces
representaba para él un tormento aceptar las invitaciones de la señora
Douglas, por tener que sentarse á la mesa con Casa Botero. También le
resultaban insufribles sus gestos de superioridad, la ironía con que le
trataba á causa de su juventud.
No podía ser mas que un aventurero, como decía Arbuckle. Su marquesado,
si realmente existía, era indudablemente de los que da el Papa. Balboa
se burló también de su fama de espadachín y de los lances á que hacía
alusión en sus conversaciones entre hombres solos, como un informe
preventivo para que le tratasen con miedo.
Diciendo el joven todo esto, perdió repentinamente su calma de atleta
reposado. Le brillaron los ojos, como si un recuerdo despertase su
cólera, y dijo arrogantemente:
--A ese tío le pego yo. Tenga la seguridad, don Antonio, de que no se
irá de Madrid sin que le ponga una mano en la cara. No puede ser otra
cosa.
Al notar cierta extrañeza en el catedrático por la vehemencia de tales
palabras, quiso justificar su acometividad con un motivo preciso.
--Imagínese usted que la otra noche, al preguntarme doña Concha por los
trabajos de mi padre, el tal individuo pretendió burlarse de él, como si
fuese uno de esos inventores ridículos y medio locos que aparecen en las
comedias. Le contesté con pocas palabras pero buenas, y la señora
Douglas, que es muy hábil, cortó la conversación, dándola nuevo rumbo.
Varias veces sorprendí la mirada que me dirigía el tal marqués, como
para meterme miedo, y yo la sostuve, mirándole del mismo modo. Debió
darse cuenta de que le tengo ganas... Le aseguro, don Antonio, que ese
sinvergüenza ha encontrado al fin con quién hablar.
Creyó del caso Mascaró dar consejos prudentes al joven. Debía hacer lo
que él: escasear sus visitas á la viuda hasta que se marchase Casa
Botero.
--Su permanencia en Madrid no puede ser larga. Dice que ha venido
únicamente por ver los cuadros de Velázquez... Tal vez tenga pensado
robarlos y venderlos, pues, según parece, es algo chamarilero... Pero al
ver que la cosa resulta difícil, se irá.
No rió Florestán esta broma del catedrático, y contestó á sus consejos
con palabras de protesta, como si le propusiese algo absurdo... ¿Dejar
de ver á la señora Douglas, para que ésta quedase por completo sujeta al
trato envolvente de aquel aventurero?... Él tenía el deber de mantenerse
á su lado, de alejar de ella con su presencia el peligro que
representaba la amistad con tal hombre.
--Además, si hago lo que usted dice, creerá que me voy porque le he
tomado miedo. Figúrese usted, ¡miedo yo de ese sujeto!
Mientras subía la escalera de su amigo Balboa, durante la visita á éste
y en el resto de la tarde, al cumplir sus tareas universitarias, se
acordó el catedrático de la conversación con Florestán, preguntándose
interiormente, con una inquietud que era al mismo tiempo irónica y
sincera:
«¡Qué diría mi doña Amparo si nos hubiese oído! ¡qué nuevos motivos de
indignación contra la americana!...»
Había guardado en secreto don Antonio el motivo principal de sus
pretextos para no visitar á la señora Douglas. Quería vivir
tranquilamente su egoísta existencia de «modesto cavador de la
Historia», como él decía. A cambio de que su esposa no alterase sus
horas de lectura y sus reposos junto á la mesa del comedor con
resquemores y protestas, estaba dispuesto á todas las concesiones. No
visitando á dicha señora, podría evitar tal vez que su mujer le hablase
continuamente de ella. Pero aun con este sacrificio, no consiguió verse
libre de las quejas de doña Amparo.
En la casa de Mascaró empezaba á ser considerada la señora Douglas como
una calamidad venida del otro lado del Océano para desgracia de la
familia; algo extraordinario, gigantesco, más allá de los límites
concebibles, como son los incendios, las catástrofes ferroviarias y todo
lo malo del Nuevo Mundo.
Doña Amparo «no podía quedarse con un convite sin devolverlo», según
ella declaraba, y había dado finalmente en su vivienda á las dos
extranjeras aquel almuerzo ideado por su esposo, compuesto de platos
españoles. Todo había marchado bien. Las invitadas prodigaron sus
elogios á las producciones culinarias dirigidas por la dueña de la casa,
encontrando una semejanza igual á la que existe entre abuelo y nieto al
comparar estos platos con otros de la América de origen español.
Sintióse halagada la esposa de Mascaró en su vanidad de organizadora
doméstica, y al mismo tiempo ofendida y rencorosa por lo mucho que había
tenido que trabajar en obsequio de unas mujeres que no le eran
simpáticas.
Sus inquietudes de madre recelosa, predispuesta al temor por el porvenir
de su hija, así como sus prematuras severidades y desconfianzas con el
futuro yerno, le hicieron ser la primera en darse cuenta de la nueva
conducta de Florestán. Las visitas del joven á su novia eran cada vez
más breves. Antes le veían todas las noches en casa de su padre, ó venía
él á la de Mascaró para pasar la velada, acompañando la familia al
teatro dos veces por semana.
--Ahora el señorito se viste todas las noches de -smoking---protestó
doña Amparo--, se asoma un momento para decir cuatro mentiras á nuestra
pobre hija y se marcha á comer á su Ritz, muy contento de tratarse con
esas extranjeras, como si nos considerase á nosotros gente inferior.
Algunas noches ni viene siquiera, y envía una carta con un «botones»
del hotel... Y tú, metido en tus librotes, que apenas si nos dan para
comer, no quieres enterarte de nada; no ves á nuestra pobrecita hija que
está triste, cada vez más triste...
--Pero mujer, ¡si eso carece de importancia! Es algo que
pasará--contestó Mascaró--. El muchacho debe atender á esas señoras por
ser amigas de su padre; y hasta una de ellas tiene negocios con Ricardo.
Éste ha ordenado á su hijo que las acompañe, y lo considero muy natural.
Las señoras se irán un día ú otro y nuestra vida seguirá como antes,
pues el chico quiere de veras á nuestra hija... La misma Consuelito está
más tranquila que tú. He hablado con la niña de esas americanas y no me
ha dicho una palabra contra ellas.
Aquí prorrumpió doña Amparo en exclamaciones de escándalo, levantando
sus manos como si pusiera por testigos á todas las potencias
celestiales.
--¡Ah, ignorante! Tú crees saber mucho porque siempre estás leyendo
libracos, y no conoces ni un pedacito del corazón de las mujeres, tamaño
como un blanco de uña. Nuestra pobre hija calla porque quiere á su
novio. El papel de nosotras cuando nos interesan los hombres es callar y
sufrir. ¡Así se portan ellos de infames! Pero la procesión va por
dentro, y yo sé qué dolores son los suyos mientras disimula é intenta
defender á ese muchacho. Hasta conmigo hace la comedia, á pesar de que
soy su madre, porque ella es algo ingrata y siempre te ha querido á ti
más que á mí. Pero yo, como mujer, no necesito que me digan ciertas
cosas para adivinarlas. ¡Ay, en qué mala hora nos hiciste conocer á esas
amigas tuyas!... ¡Qué perdición van á traernos!...
Mascaró, á pesar de la calma irónica con que escuchaba siempre á su
esposa, no pudo aceptar sin protesta una imputación tan absurda.
--¡Pero si yo no había visto nunca á esas señoras hasta hace unas
semanas! ¡Si es Ricardo su amigo!... ¿Qué culpa tengo de que conociesen
á Florestán en casa de su padre mucho antes de conocerme á mí?...
Aceptando doña Amparo tácitamente la injusticia de su acusación, olvidó
al esposo para lamentar otra vez la tristeza disimulada de su hija:
--Ciertas amiguitas envidiosas, que se morían de rabia al verla con un
novio tan guapo, me la atormentan ahora con sus noticias, dadas con un
aire inocente que merece un par de bofetones. «Ayer vimos á Florestán
con esa señora americana, tan guapa y elegante. Va con ella á todas
partes: ¿es parienta suya?» Y la pobrecita contesta lo que se le ocurre,
con una voz que parece blanca, y se traga sus lágrimas. Estoy segura de
que se traga sus lágrimas. ¡Y tú no ves nada! ¡Y lo mismo que ese tontón
del novio, te pones muy hueco cuando la tal señora, ó lo que sea, te
invita á comer en el Ritz! Te veo aún la última noche que fuiste solo.
¡Qué discusión la tuya con la criada porque el frac no estaba bien
cepillado ni la pechera de la camisa bastante dura!...
Hizo una pausa como para tomar nuevas fuerzas, y añadió:
--Vas á hacer una cosa, si quieres tener mujer é hija. Vas á prometerme
que romperás toda amistad con esas dos mujeres. Es indigno que tú, un
catedrático que todos respetan, vayas con el novio de tu hija á hacer la
corte á esa pájara, que á saber qué idea se lleva sobre el tontón de
Florestán.
Consideró oportuno don Antonio protestar valerosamente de tales
palabras, y doña Amparo, creyendo ver en esta audacia una infidelidad
mental de su esposo, una admiración oculta de la belleza de la viuda,
prorrumpió en denuestos:
--Tú también estás cogido, como el otro. Sin duda te has enamorado de
esa extranjera, lo mismo que Florestán. ¡El viejo y el jovencito
admirando á la tal negrota!... Y el caso es que esa Venus no es ya una
chiquilla. Quisiera yo verla sin los apaños y retoques de esas mujeres
que son ricas y pueden pagárselo todo... No creas que es mucho más joven
que yo. Allá nos vamos las dos, más ó menos, con muy poquitos años de
diferencia. Pero como una es madre de familia y no puede derrochar
dinero, y el poco que tiene lo guarda para la casa...
Dejó de apiadarse de ella misma, lamentando su mediocridad, para caer
con nuevos bríos sobre la ausente.
--De la pájara que va con ella nada quiero decir. Es una solterona medio
loca, una gallina dura que no se sabe de qué tiene cara, si no es de
chino conservado en alcohol. Pero á la otra puedes defenderla: ¡una
mujer que fuma!... ¡una mujer que guía automóvil, á pesar de que trae un
chófer pagado desde su tierra!...
El catedrático protestó:
--En Madrid fuman muchas mujeres. Y en cuanto á guiar automóviles, no lo
hacen aún por falta de habilidad, pero lo harán cualquier día. ¿Qué
tiene que ver eso con el honor de una señora?...
Doña Amparo no le escuchaba. Siguió lanzando sus vociferaciones de madre
inquieta, á las que iba unido cierto rencor personal que ella misma no
podía explicarse; una rivalidad de mujer educada de distinto modo que la
otra; una envidia instintiva por no poder gozar sus comodidades y
abundancias.
--Sé de ella más que tú crees. Me han contado muchas cosas. No puede
salir á la calle sin que su presencia provoque un motín. Los hombres son
tan estúpidos, que apenas ven una mujer alta como una pértiga, que
camina á estilo hombruno y va vestida con las modas más estrafalarias,
se van detrás lo mismo que perros. Me han asegurado que se queja de
nuestras costumbres; que protesta porque le dicen á veces palabras feas.
¿Me las dicen á mí, que soy más señora que ella?...
Vaciló, como el que ha afirmado involuntariamente una falsedad,
apresurándose á añadir:
--Y si alguna vez me las han dicho, me lo callé, como debe hacer toda
mujer honesta que no quiere meter en compromisos al hombre que la
acompaña y teme obligarlo á andar á golpes con los insolentes. Pero
como esa señora tiene tantos adoradores, bien puede darse el gusto de
mezclarlos en líos y peleas... Tiene á ese desdichado Florestán, que va
á matar á nuestra Consuelito; te tiene á ti, viejo sinvergüenza, que
desde que viajaste por las Américas se te van los ojos detrás de toda
mujer que no sea la tuya; tiene á ese yanki, grandullón y tontote, que
te ponía enfermo de tanto regalarte cigarros; y ahora, según parece, ha
hecho venir á un marqués de no sé dónde, que debe ser algún querido
antiguo.
Seguro Mascaró de la inutilidad de protestar con razones, se llevó ambas
manos á la cabeza, mirando á lo alto:
--¡Señor!... ¡¡Señor!!
Pero su esposa se había lanzado á las suposiciones injuriosas y al
insulto, con la velocidad del que va cuesta abajo y no puede detenerse:
--Además, esa dama tan distinguida tiene, según parece, puños de
carretero, y puede ir sola por el mundo. Si no lleva al lado un hombre á
quien comprometer, ella misma arma camorra... Me han contado que, el
otro día, bajando la calle de Carretas, le dió un puñetazo á un tipo,
que le puso la cara negra, porque al pasar junto á ella intentó
pellizcarla por detrás. Ese es el castigo de ser tan llamativa. ¿Me
pellizcan á mí, que salgo todos los días?... Y si alguna vez se ha
atrevido á eso algún insolente, en una iglesia ó en fiestas de mucho
gentío, le he contestado pinchándole con un alfiler, sin contárselo
luego á nadie, sin dar puñetazos, que provocan escándalo, agrupan á la
gente y hacen acudir á la policía. ¡Dios santo! ¿Por qué ese gran
bendito de Ricardo nos habrá hecho conocer á la tal negrota y al chino
que va con ella?...
Tuvo que dejar Mascaró que la indignación de su esposa se extinguiese
poco á poco, como la hoguera falta de leña nueva, valiéndose para
conseguirlo de un mutismo absoluto.
Cuando doña Amparo inició al día siguiente sus lamentaciones sobre la
tristeza de Consuelito, sus quejas contra Florestán y sus imprecaciones
para la reina Calafia y su acompañante--que el catedrático había
apodado, de acuerdo con el libro de Montalvo, «la hermana Liota»--,
frunció el ceño don Antonio, y poniendo cara fosca, como siempre que
necesitaba ocultar su timidez de siervo doméstico, infundiendo á su
esposa un respeto momentáneo, dijo así:
--Te prometo no ver más á esa señora. Ayer la envié un libro que me
pedía, con una carta explicando mi ausencia. Pero tú vas á prometerme en
cambio no hablar más de la niña ni de su novio. Esas cosas de muchachos
acaban siempre por arreglarse, y yo necesito tranquilidad para poder
continuar mis trabajos.
Cumplió á medias la esposa este tratado bilateral. Siempre que pensaba
en la reina Calafia y subía á su boca la marea de protestas é injurias,
procuraba contenerla, dejando escapar sus vapores maléficos en forma de
suspiros. Pero hablaba de Consuelito (¡eso sí! Mascaró era su padre), de
su resignada melancolía, de las ausencias del novio, que pasaba ya días
enteros sin ir á la casa, justificando estos eclipses de su persona con
el envío de breves cartas.
En tal situación fué cuando el catedrático se repitió varias veces
interiormente, durante una tarde y una noche, después de su encuentro
con Florestán: «¡Qué diría mi doña Amparo si nos hubiese oído!»
Al atardecer del día siguiente, cuando salía Mascaró de la Universidad,
terminados sus trabajos de examinador, le cortó el paso en la puerta del
edificio un joven muy cortés y respetuoso, que le hizo recordar
inmediatamente al hijo de Balboa, sin que tuviese con él otro parecido
que el de los pocos años.
Supo á las primeras palabras que era gran amigo de él y compañero de la
Escuela de Ingenieros.
--Me ha encargado Florestán que le vea, y aquí estoy hace más de una
hora.
Adivinó el catedrático que sólo por un motivo grave podía esperarle
tanto aquel joven, y preguntó con ansiedad:
--¿Qué le ocurre á Florestán?
La respuesta imprecisa del enviado aumentó su inquietud.
--Usted es gran amigo de su padre, y Florestán le considera como de su
familia. Desea que busque usted el modo de que el señor Balboa ignore lo
ocurrido. Teme que sufra alguna crisis cardíaca al recibir una emoción
violenta.
Y comprendiendo que su oyente empezaba á sufrir otra emoción no menos
torturante, se decidió á dar la noticia.
--Florestán está herido en la quinta de Alaminos.
No necesitaba decir más. Mascaró tuvo bastante con esto para adivinar
que el joven había sido herido en un duelo.
La quinta de Alaminos era una de las curiosidades de la capital; casi
merecía figurar entre los edificios célebres de Madrid. Cuando dos
hombres debían batirse por un asunto llamado «de honor», sus padrinos,
luego de concertar las condiciones del encuentro, decían al fijar el
sitio: «Será en la quinta de Alaminos.» Y los representantes de la parte
contraria respondían, como si se tratase de algo lógico é inevitable:
«De acuerdo.» ¿En qué otro lugar podía ser?...
No había miedo de que el propietario negase la entrada en su finca. Era
un personaje generoso, de trato afable, que iba gastando alegremente la
herencia de sus mayores, acudiendo á todas las fiestas, estrechando
todas las manos y oyéndose llamar siempre «el simpático Alaminos».
Su vida estaba reglamentada y era generalmente conocida á partir de la
una de la tarde, hora en que saltaba de su lecho y salía á la calle,
hasta las ocho ó las nueve de la mañana siguiente, que se retiraba á
descansar, después de una noche dedicada en su última parte al juego en
el Club ó al bailoteo y la juerga en el entresuelo de algún restorán de
moda. Fuese cual fuese el momento en que se concertaba el duelo, los
organizadores tenían la certeza de dar con el simpático Alaminos:
«Estará en el teatro.» «Esta es la hora que juega en el Club.» «Lo
encontraremos seguramente en casa de la Fulana.» Y al ser hallado,
acogía la demanda servicialmente, dando una tarjeta con varias líneas
escritas para el jardinero de su quinta, siempre iguales:
«Dos caballeros, con varios amigos suyos, van á matarse por un asunto de
honor. Atiéndelos como si fuese yo mismo.»
Afortunadamente, las más de las veces los dos caballeros no se mataban,
saliendo indemnes de la quinta después de cruzar varios tiros de pistola
ó haberse rasguñado ligeramente con espadas ó sables. Mas no por esto
dejaba de creer el dueño de la finca en la posibilidad de que cada
pareja enviada por él á su jardinero fuese al encuentro de la muerte.
Alaminos, cuya propiedad, célebre en la historia del duelo, era llamada
por muchos «la Quinta de los Desafíos», no se había batido nunca. Su
amabilidad y su sonrisa de hombre eternamente simpático le ponían á
cubierto de este trance. A pesar de su vida alegre, era hombre de
convicciones religiosas y estaba seguro de que la Providencia se
preocupa seriamente de los preparativos de los duelos para intervenir en
ciertos casos.
--En mi casa se han visto milagros, ¡cosas estupendas!
Y hablaba de estocadas que hubieran sido mortales y no lo fueron por una
desviación de menos de un milímetro; de balas que dieron vuelta,
siguiendo la curva de una costilla, sin tocar el corazón ú otro órgano
precioso. Su quinta, habitada por sus padres en otros tiempos, y á la
que él no iba mas que en días de duelo entre adversarios famosos ó de
merienda con gente alegre, le había servido para adquirir una celebridad
casi igual á la de un hombre político ó un gran artista. Muchas veces el
personaje que era jefe del gobierno, al encontrarle en un teatro ó una
fiesta, le estrechaba la mano como á un amigo de la juventud:
--¡Hola, querido Alaminos!
Se acordaba de cuando se había batido en su quinta siendo periodista ó
simple diputado, al principio de su carrera.
Todos habían vivido unos minutos de su vida en esta propiedad rústica,
mezcla de jardín en pleno abandono y de huerta medio seca, con avenidas
de álamos en torno á un caserón de paredes desconchadas, color de rosa,
y grandes aleros. Cincuenta años antes había sido una hermosa quinta de
las que utilizaban en verano las familias ricas de Madrid, cuando aún no
era moda general marcharse en tal estación á las playas españolas del
Cantábrico ó Biarritz.
Mascaró conocía la «Quinta de los Desafíos». Una vez había servido de
padrino á cierto camarada de la época estudiantil, dedicado
posteriormente al periodismo y á la política revolucionaria. Al tener
éste un duelo, como término de cierta polémica de prensa, había creído
decorativo designar para que le asistiese en tal lance á un catedrático
de la Universidad Central. Cuatro balazos perdidos en el aire fueron el
resultado del encuentro, mas sirvió para que don Antonio conociese al
simpático Alaminos, por haber considerado éste necesaria su presencia en
la finca al ser el duelo entre «intelectuales».
Mientras recordaba Mascaró todo esto en un sector de su pensamiento,
atendía con el resto de su inteligencia á las rápidas explicaciones que
le iba dando aquel joven.
Había sido uno de los dos padrinos de Florestán, pero en realidad
ignoraba el motivo de la cuestión. Balboa les había buscado á él y al
otro para que fuesen simplemente á avistarse con los representantes del
marqués de Casa Botero, aceptando todo lo que propusieran éstos.
--Según nos dijo, tuvo anoche un altercado á la salida del Ritz con ese
marqués que es medio italiano ó medio rumano, no sé bien. Florestán,
aunque parece un muchacho tranquilo, es de mano pronta cuando se
enfurece, y abofeteó á dicho señor. Por eso nos pidió que no
discutiésemos. Él era el ofensor y lo aceptaba todo. Además, como el tal
marqués es hombre de armas, quiso demostrarle con esta aceptación
completa que no le inspiraba ningún temor. Lo único que nos exigió fué
el secreto. Debe haber alguna mujer de por medio, y hemos guardado todos
una reserva absoluta.
Luego describió el encuentro:
--Florestán, que es de grandes fuerzas y no sabe lo que es miedo, atacó
con impetuosidad, sin pensar en cubrirse, deseoso únicamente de herir.
No sé si sabrá usted lo que es la espada. Yo la creo un arma de
reservones: muy ventajosa para el que se preocupa especialmente de su
defensa, fatal para los agresivos, á quienes ciega la cólera. Desde el
primer momento adivinamos lo que iba á pasar. Su adversario, que es
hombre de espada, se limitó á defenderse, con una sonrisita burlona que
daba grima, echando un paso atrás repetidas veces, hasta que Florestán,
cada vez más imprudente y acometivo, vino á clavarse él mismo en el arma
del otro.
Adivinó el joven la ansiosa interrogación de los ojos del catedrático,
que le miraban redondeándose por encima de sus quevedos.
--Su herida no es de las que quitan toda esperanza, pero los médicos la
consideran de cuidado. No permitieron que nos lo llevásemos; temen una
complicación. Esas heridas de espada, tan sutiles é insignificantes á la
vista, resultan las más peligrosas. El encuentro fué á las dos de la
tarde. Yo me marché de la quinta después de las cuatro. Los médicos
creen que esta noche tendrá mucha fiebre. El pobre se ha quedado allá
con gusto, porque le parece preferible esto á que lo hubiésemos llevado
á su casa. Su única preocupación es que su padre no sepa nada. Lo
primero que hizo después que lo curaron y acostaron fué llamarme: «Ve á
ver á don Antonio Mascaró. Lo encontrarás á estas horas en la
Universidad. Él puede arreglarlo todo.» Y como usted estaba en exámenes,
me puse á esperarle aquí, en la puerta, dispuesto á no moverme hasta
que le viese salir.
Adivinando otra vez en los ojos del catedrático una curiosidad tarda á
formularse en palabras por causa de su emoción, el padrino añadió:
--La estocada es en el pecho.
Empezó Mascaró á andar, haciendo un movimiento con la cabeza para que le
siguiese el otro.
--No; don Antonio, suba usted aquí.
Y señaló un automóvil de alquiler que estaba esperando junto á la acera
desde una hora antes.
VIII
Lo que pasó en la «Quinta de los Desafíos» y en el Palace Hotel
Cuando entró el catedrático en el Palace Hotel latía en su pensamiento
una protesta, ó más exactamente dicho, una lamentación indignada, que le
hizo recordar otras muchas emitidas por la voz iracunda de doña Amparo:
«¡Qué perturbaciones nos ha traído esta señora!»
Y en seguida, del hemisferio opuesto de su pensamiento surgía una
rectificación de justicia como respuesta á dicha queja:
«Pero ella no sabe nada á estas horas, ni tiene culpa directa de lo
ocurrido. ¡Qué dirá cuando se entere!»
La misma dualidad contradictoria existía en Mascaró al apreciar los
hechos recientes. El era hombre de paz y no gustaba de otros combates
que los de la Historia, vistos en las páginas de los libros, y con
acompañamiento de trompetería retórica. Pero al mismo tiempo, el Mascaró
imaginativo, que tantas veces había creado en su interior fábulas de
aventuras y amores, sentíase orgulloso de intervenir directamente en
una novela desarrollada en la realidad, aunque resultase menos agradable
y extraordinaria que las que inventaba él para su recreo personal. Esto
último no le parecía extraño; las historias vividas ofrecen siempre el
inconveniente de ser más vulgares que las imaginadas; pero de todos
modos, lo ocurrido rebasaba los bordes de lo ordinario y bien merecía
ser tenido por interesante.
Había encontrado á Florestán en la «Quinta de los Desafíos» tendido en
una cama antigua y cuidado por dos hombres: uno de los médicos que
presenciaron el encuentro y su segundo padrino. La mujer del jardinero
obedecía las órdenes del doctor con una torpeza rústica y al mismo
tiempo con cierta petulancia, para dar á entender que estaba
acostumbrada á lances de esta especie.
El médico, al ver entrar á don Antonio, lo llevó aparte.
--Háblele poco. Cada vez tiene más fiebre. Al cerrar la noche es casi
seguro que delirará. La herida no es lo que más me preocupa; temo que
sobrevenga una inflamación interior. Pero si pasan dos días sin esta
complicación, tenemos salvado á nuestro hombre.
Al reconocer el herido á don Antonio le saludó con una sonrisa pálida,
intentando estrechar su mano. Como el catedrático adivinó en sus ojos
que deseaba hablarle, se inclinó sobre él, poniendo el oído cerca de su
boca, lo mismo que si fuese á recibir su confesión.
--Que no sepa nada papá.
Don Antonio levantó la voz, como si con esto pudiese animarlo.
--No sabrá nada; le contaré un cuento cualquiera para justificar tu
ausencia. Además, tu herida no es de importancia... Mañana ó pasado,
indudablemente, podrás volver á tu casa.
Florestán hizo un gesto de indiferencia, considerando inútil desmentir
esta caritativa falsedad. Necesitaba continuar hablando en voz queda á
su visitante.
--Vea también de impedir que... esa señora se entere de lo ocurrido.
Podría disgustarse, y yo no quiero que ella sufra contrariedades por mí.
Frunció el ceño don Antonio, mientras movía la cabeza afirmativamente.
--Así lo haré... ¿No quieres nada más?
Y como si Florestán se acordara al fin de algo cuyo olvido le inspiraba
remordimiento, añadió:
--Procure también que no se enteren en la casa de usted.
Mascaró hizo un gesto para indicar al joven que no necesitaba decir más.
Pero al mismo tiempo protestó en su interior por este recuerdo tardío:
«Casi me ha dejado partir sin acordarse de su novia. ¡Pobre hija mía!»
Mientras regresaba á la ciudad, violentamente agitado por los saltos del
automóvil sobre los baches de un camino hondo, decidió faltar en parte á
las promesas hechas al herido.
Engañaría con una historia de su cosecha á su amigo Balboa. Esto le era
fácil, y además resultaba necesario. El pobre podía morir de una
emoción violenta: su corazón era incapaz de resistir sin peligro los
temblores de la sorpresa. Pero ¿por qué callar á aquella señora lo
ocurrido?... Por su culpa--aunque esta culpa no fuese directa--dos
hombres habían querido matarse y uno estaba en peligro de muerte. ¿Y
ella debía ignorarlo?...
Le pareció este silencio una prudencia absurda, contraria á las reglas
de construcción de aquellos edificios imaginativos con que ornaba el
páramo honesto y vulgar de su vida interna. Lo natural era que la reina
Calafia se enterase de que dos paladines se habían dado de estocadas por
ella. El corazón de aquella amazona era más sólido que el del padre de
Florestán, y no había miedo de que se alterase mortalmente al recibir
tal noticia.
Existía en él igualmente un deseo malsano de ver cómo acogía aquella
señora el relato del suceso, cómo era su emoción y cuáles sus palabras
de remordimiento. Ya que había sido la causante del trastorno, á lo
menos que llevase una parte de inquietud y dolorosa zozobra por el
estado del joven. De todos modos, acabaría enterándose del duelo por
alguna fanfarronada del vencedor.
«Ese Botero de los demonios--siguió pensando--no dejará de jactarse de
su buena suerte, y ¡á saber de qué modo contará las cosas!... Mejor es
que yo mismo le relate lo ocurrido.»
Al enterarse en el Palace Hotel de que la señora Douglas estaba en sus
habitaciones, pidió que la avisasen por teléfono su deseo de verla. La
viuda recibía á las personas amigas en un salón del segundo piso, con
el que comunicaban sus otros cuartos.
Este salón tenía un amplio mirador sobre el paseo del Prado, y lo
conocía el catedrático. Estaba amueblado con una sillería dorada y roja,
sus paredes eran de un blanco mate, y como adorno individual, que
alegraba su vulgar decorado de pieza alquiler, tenía varios cuadros de
costumbres españolas, abanicos antiguos, mantones de Manila, retablos
viejos, arquillas repujadas, todo lo que había ido adquiriendo la viuda
en sus visitas á los anticuarios de Madrid y las provincias cercanas.
Cuando la señora Douglas supo que el catedrático deseaba verla, dió
orden con apresuramiento para que le dejasen subir. Esta visita le
pareció en relación con una vaga inquietud que sentía desde algunas
horas antes.
Aquella tarde debía venir á buscarla Florestán; estaba convenido entre
los dos; y la viuda, después de esperarle inútilmente, había salido al
atardecer para dar una vuelta en automóvil por el Retiro y la
Castellana, sin más acompañamiento que el de Rina, aburriéndose durante
la lenta marcha de unos vehículos tras otros, como arcaduces de noria, á
lo largo de los dos paseos. La inexplicable ausencia del joven le había
hecho recordar la comida de la noche anterior en el Ritz con Florestán,
Casa Botero y una familia de compatriotas que estaban de paso en Madrid
para visitar los jardines de Sevilla en primavera.
Los dos hombres hablaron poco, mirándose con cierta insistencia. Así lo
evocaba en su memoria, mas no estaba segura de ello. Había tenido que
atender á los otros invitados, y no pudo fijarse en sus palabras ni
darse cuenta de su estado de ánimo. Hasta le pareció recordar que Casa
Botero había dicho algo con aquella sonrisa perversa que servía de
acompañamiento á sus palabras fríamente agresivas. Pero inmediatamente
desechó tal recuerdo, como si fuese una invención engañosa de su
inquietud.
Al ver entrar á Mascaró, su gesto grave y el tono de su saludo hicieron
renacer de golpe todas las inquietudes que la habían atormentado durante
la tarde. Mas ahora estas inquietudes se trocaron de pronto en
certidumbres, pues su femenil agudeza adivinó lo que pensaba el
catedrático.
Le faltó poco para anticiparse á los balbuceos con que preparaba éste su
noticia, diciéndole: «No siga: conozco todo lo que va á decirme.» Por
eso no mostró ninguna emoción cuando el visitante, prescindiendo de
inútiles preámbulos, anunció simplemente:
--Florestán está herido.
Lo sabía desde algunos segundos antes, y la emoción de la sorpresa ya
estaba agotada para ella. También sabía, por presentimiento, quién había
herido á Florestán. Sólo podía ser «el otro». Y escuchó con la frente
inclinada y la mirada puesta en las puntas de sus pies todo lo que le
fué contando el catedrático.
Éste se sintió algo desconcertado al ver que, después de terminada su
relación, la señora permanecía silenciosa y mirando al suelo. Ni gritos,
ni ademanes de sorpresa, ni un ligero humedecimiento de sus pupilas.
Parecía no haberle entendido.
Ella, adivinando esta extrañeza, levantó los ojos y murmuró
quejumbrosamente, cual si profiriese una excusa:
--Yo no soy una mujer. Ignoro cómo se llora... ¡Yo no he llorado nunca!
Volvió á mirar el suelo y hubo un largo silencio. De pronto lo cortó
poniéndose de pie bruscamente y mirando á una de las varias puertas que
daban al salón. Mascaró recordaba esta puerta como perteneciente al
cuarto de su compañera.
--¡Y yo que he enviado á Rina hace poco en el automóvil á hacer unas
compras!...
Sin explicar la aparente incoherencia entre tales palabras y el relato
de su visitante, hizo á éste un gesto para que esperase y abrió otra
puerta, que era la de su dormitorio.
Poco después volvió á aparecer tocada con un sombrero obscuro y
poniéndose los guantes precipitadamente.
--Vámonos--dijo con voz de mando--. Pida abajo un automóvil de los del
hotel.
Intentó protestar el catedrático. Bien adivinaba su deseo; pero ¿cómo
pretendía darle órdenes sin contar antes con su conformidad?...
La señora volvió á repetir mudamente el mismo mandato con un simple
gesto de persona acostumbrada á la obediencia de todo lo que la rodea,
y salió del salón sin fijarse en si don Antonio la seguía.
En la puerta del Palace, el conductor del automóvil de alquiler acogió
la dirección dada brevemente por Mascaró, sin pedir explicaciones
aclaratorias. «¡A la quinta de Alaminos!» No necesitaba saber más...
¿Quién no la conocía en Madrid?
Empezó el viaje bajo la luz de un ocaso lívido. Pasaron por unas calles
de suburbio obrero, detrás de los talleres y depósitos de la estación
del ferrocarril del Mediodía; luego un camino polvoriento entre vallas
de fábricas y solares, y finalmente pedazos de campo, yermos la mayor
parte del año, pero que la primavera cubría de verde con su generosidad,
que alcanza á los más humildes rincones y arrugas de la tierra. También
pasaron ante un pequeño cementerio con cipreses, verja herrumbrosa y
muros viejos, que parecía abandonado. Todo lo que iba viendo la señora
Douglas bajo la luz grisácea de la tarde moribunda le sugería
presentimientos fúnebres.
Cuando se apearon dentro del jardín de la quinta, el catedrático, por
consideración á su acompañante, creyó necesario adoptar una precaución.
--Espere usted aquí. Yo pasaré antes, para saber si han venido curiosos.
Volveré á avisarle cuando pueda entrar.
Pero la viuda, angustiada por sus presagios, siguió adelante, como si no
le entendiese. Una autoridad irresistible, que hacía recordar á Mascaró
la de doña Amparo, le obligaba á marchar detrás de ella. Pero había una
diferencia entre las dos mujeres: su esposa era exclamativa y ruidosa en
sus cóleras y tristezas, mientras esta señora se sumía en un silencio
que él llamaba «enérgico», según iba aumentando la intensidad de su
emoción.
Hubo de pasar don Antonio delante de ella para servirle de guía al subir
la escalera de la casa, y en un rellano del primer piso se encontró con
el mismo médico que le había hablado dos horas antes.
--Está con fiebre; una fiebre altísima. Lo que yo esperaba. Es inútil
verlo: no le conocerá; no entenderá lo que le diga.
Pero el joven doctor, al ver cómo iba surgiendo por detrás de Mascaró la
arrogante figura de aquella señora que acababa de subir los últimos
peldaños, hizo una inclinación de cabeza acompañada de un gesto de
galante cortesía. «¡Un duelo, un herido y una dama que venía á
visitarlo, pálida, conmovida, haciendo al mismo tiempo un gran esfuerzo
interior para mantenerse serena!...» Era inútil oponerse á su paso.
Debía dejarla entrar, para que de este modo se cumpliese en la realidad
lo que tantas veces había admirado él en novelas y obras de teatro.
Guiada por una orientación que parecía sobrenatural, avanzó Concha la
primera en aquella casa donde no había estado nunca, marchando
rectamente hacia el dormitorio ocupado por el herido. Tal vez la dirigía
su olfato, siguiendo el rastro oloroso de los medicamentos antisépticos;
tal vez obedecía á un obscuro tirón de su vida subconsciente.
Al detenerse en la puerta del dormitorio unos segundos, Mascaró, que
estaba detrás de ella, creyó verla más grande que nunca. Con una mano
buscó instintivamente el marco de la puerta, como si necesitase apoyo.
El catedrático se escurrió entre ella y el quicial, y pudo ver su rostro
pálido, su nariz súbitamente adelgazada por la emoción, sus ojos que
parecían ahora redondos. Miraban éstos, empañados, mates, sin expresión
alguna, la cama blanca y antigua, la cabeza hundida en las almohadas y
el latido del embozo, reflejando el jadear de un pecho invisible.
--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!
Repitió muchas veces las mismas palabras, como si su emoción, rencorosa
y concentrada, fuese incapaz de hallar nuevas expresiones. Pensaba en
«el otro», indignándose al comparar sus habilidades de hombre de armas
con el valor confiado é inexperto del joven. Aquel duelo era para ella
un asesinato. Su odio á la injusticia y el abuso, que allá en su país la
habían hecho mostrarse de una virtud agresiva, volvió á conmoverla ahora
con deseos vengadores. ¡Ay! ¡No tener á su alcance al malvado en aquel
momento!...
Se acercó á la cama casi de puntillas, cual si temiese despertar al
herido; pero el médico hablaba en voz alta, seguro de que Florestán no
podía oirle.
Trastornado por la repentina presencia de aquella mujer hermosa que olía
á gran señora y evocaba en él imágenes de pasadas lecturas, el médico
deseó inspirar interés, lanzándose para ello en largas explicaciones
sobre el estado del joven y su diagnóstico.
La viuda le escuchó como el eco de una cascada lejana. No supo en
realidad lo que dijo, porque le era imposible fijar su atención y no
podía entender igualmente muchas de las palabras profesionales con que
exornaba su relato. Sólo llegó á comprender que el médico no tenía
seguridad de salvar al herido, que éste se hallaba en el momento más
crítico y todo dependía de lo que ocurriese después de la fiebre. Podía
sobrevenir una inflamación interna. Hasta pasados dos días le era
imposible decir nada cierto. Y ella, que se había colocado junto á la
cama, apoyando sus rodillas en el mullido borde de los colchones, siguió
murmurando levemente, con los ojos fijos en el rostro afiebrado:
--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!
Así transcurrió mucho tiempo, y al fin, tanto el médico como Mascaró
tuvieron que dar por agotadas el uno sus explicaciones y el otro sus
preguntas sobre el estado del herido.
El silencio pareció despertar á la viuda, haciéndole ver el doloroso
vacío que la rodeaba. Miró en torno, examinando con ojos autoritarios
las paredes, los muebles y las personas á la luz crepuscular, cada vez
más pálida, que entraba por los balcones.
Don Antonio creyó de pronto que era una mujer doble. Tenía el despotismo
minucioso y rebuscador de una dueña de casa. Al mismo tiempo el brillo
de sus pupilas hizo pensar al catedrático en los capitanes de industria
que dirigen fábricas enormes como pueblos, organizan flotas que corren
todos los mares, ó despiertan á la vida los rincones más obscuros del
planeta. Formuló preguntas fríamente, arrugando el entrecejo y
presentándose de perfil para escuchar mejor, lo mismo que si hiciese
averiguaciones sobre un nuevo negocio en el que pensaba arriesgar gran
parte de su fortuna. Quiso saber cómo iba á organizarse el cuidado del
enfermo; con qué se podía contar en aquella casa medio abandonada, lejos
de la ciudad, y que sólo veía gentes en tardes de desafío. Faltaban allí
las manos suaves, la atención minuciosa, los dulces cuidados de una
mujer.
--Hasta ahora me ha ayudado la esposa del jardinero--dijo el médico.
Precisamente, esta rústica, interesada por la presencia de una dama
elegante, había abandonado la cocina, subiendo hasta el primer piso para
examinarla de más cerca. Se mantuvo en la entrada del dormitorio,
sonriendo, entre cohibida y familiar, á la visitante. Eran las dos
únicas mujeres en aquella casa donde habitualmente sólo entraban
hombres, y esto parecía animarla con la solidaridad del sexo.
La señora Douglas la miró, afable y protectora, juzgándola buena; pero
allí era necesario algo más que los cuidados de una campesina necesitada
de atender á su familia al mismo tiempo que al herido.
--Uno de los padrinos de Florestán--anunció don Antonio después de haber
escuchado al médico--ha ido á Madrid para traer una enfermera.
Aprobó la viuda con un movimiento de cabeza y después de breve reflexión
dijo, como si diese una orden:
--Será útil la enfermera: así podré librarme de ciertos menesteres
demasiado materiales, para estar más tiempo al lado del herido.
Al decir esto se quitó maquinalmente los guantes é hizo un ademán como
para levantar el borde de sus mangas, empezando en seguida su trabajo.
Luego anduvo por la habitación, enterándose de la calidad y naturaleza
de los diversos frascos, paquetes y vendajes que estaban en desorden
sobre el mármol de dos viejas consolas con espejos azulados y algo
borrosos.
El catedrático aprovechó un apartamiento del médico para acercarse á
ella, hablando en voz baja:
--¡Pero eso no puede ser! ¡Piense en lo que dirán si se queda usted
aquí!... No tema que esté mal cuidado. Ahora hay un poco de desorden,
pero todo se arreglará esta misma noche.
Ella no oía, y tal era la decisión enérgica reflejada en su rostro, que
don Antonio creyó estar viendo á la verdadera reina Calafia. De nuevo
había fijado sus ojos en aquel hombre amenazado de muerte, que se
mantenía insensible á cuanto le rodeaba, no dando otros signos de
existencia que su jadeo doloroso. «¡Pobre muchacho!... ¡Cómo dejarlo
abandonado!...» Le sería imposible vivir lejos, en interminable
inquietud por las suposiciones de olvidos, descuidos y peligros que
irían amontonándose en su pensamiento.
Miró después al catedrático con una expresión dolorosa de reproche:
--¿Cree usted que no sirvo para cuidar un herido porque soy rica y vivo
en el lujo?
Sus ojos parecieron compadecer la ignorancia de su oyente, pero éste
protestó. Le eran bien conocidos el aplomo y la independencia con que
las mujeres de su país avanzan en la vida, su deseo de bastarse á sí
mismas, adaptándose con maravillosa ductilidad á todos los cambios y
sacudimientos que traen consigo los altibajos de la existencia. Él sabía
que para las más de las multimillonarias norteamericanas no es asunto de
vida ó muerte ocuparse de la cocina, vestidas de ceremonia, con un
collar de perlas de un millón sobre el pecho, cuando á última hora el
cocinero se declara en huelga. Todas procuraban poseer la habilidad
manual, la conformidad ante el destino, la energía paciente, que durante
miles de años habían sido privilegio de los hombres, dándoles la
supremacía sobre el otro sexo.
Mascaró estaba seguro de que no iba á ser para la señora Douglas empresa
extraordinaria pasar en aquel caserón días y días cuidando á un enfermo.
Allá en Monterrey, durante su primera juventud, cuando aún no era rica,
habría conocido situaciones iguales ó peores.
--Pero no es eso lo que me preocupa. Piense, señora, lo que dirán si
usted se instala aquí...
Le fué imposible al catedrático continuar sus advertencias.
--Procure que su padre no sepa nada--interrumpió ella--. Dígale que me
lo he llevado de viaje varios días, que hemos ido... ¡adonde usted
quiera! Lo importante es que el pobre Balboa no sufra una emoción
violenta. De mí no se preocupe. He vivido bastante para saber hasta qué
punto debemos hacer caso de la opinión ajena.
Quedó silenciosa largo rato, mientras organizaba mentalmente, con todas
sus previsiones de mujer ordenada, el mejor servicio para cuidar al
herido.
--Como tal vez me quede aquí mucho tiempo--continuó--, es preferible que
vuelva yo misma al hotel y traiga lo más indispensable para mi vida.
Además, necesito ver á Rina, darle mis órdenes. ¡Quién sabe cuándo
volveré á salir de esta casa!... Usted, don Antonio, no sabría cumplir
mis encargos por más explicaciones que le diese. Las mujeres nos
entendemos mejor y más pronto.
Rogó al médico que no se apartase del herido hasta su vuelta. Sus ojos
acariciaron una vez más, desde lejos, el rostro de Florestán,
engañosamente enrojecido por la fiebre, y cuya boca se contraía con
murmullos de sílabas cortadas que sólo de tarde en tarde llegaban á
formar una palabra entera.
--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!
Y se arrancó á esta contemplación, saliendo del dormitorio después de
hacer un gesto á su acompañante para que la siguiese.
Mientras rodaba el automóvil hacia Madrid, habló al catedrático con el
tono de un superior que da órdenes. Le dejaría cerca de su hotel para
que fuese inmediatamente á casa de Ricardo Balboa, antes de que éste se
inquietase por la ausencia de su hijo.
--Dígale que la señora Douglas, que, como él sabe muy bien, es una
caprichosa, medio loca, ha sentido de pronto el deseo de ir á una ciudad
muy lejana... ¡muy lejana! y obligó á Florestán á que la acompañase, sin
darle tiempo para escribir una carta... Como usted estaba presente, fué
Florestán quien le encargó que avisase á su padre. Este viaje durará
unas semanas, y bien podría ser que durase un mes ó dos. ¡Es tan fácil
que la señora Douglas cambie de ideas, prolongando su excursión!... En
fin, usted es un sabio, y dirá lo más conveniente para que el pobre no
sospeche la verdad. ¿Estamos de acuerdo?...
Cerca de su hotel bajó la viuda del automóvil, mientras Mascaró seguía
hacia el barrio donde estaba su casa y la de Balboa.
Aquella dama no se había acordado un solo momento de su hija y su
esposa. ¡Como si Florestán no existiese para ellas!... Afortunadamente,
don Antonio disponía de tiempo para pensar de qué modo la historia
mentirosa dedicada al padre podría hacerla extensiva á su propia
familia.
Cuando la señora Douglas entró en su salón, Rina se puso de pie, dejando
sobre una mesa, junto á la lámpara eléctrica, el libro con cuya lectura
había entretenido su espera impaciente.
--Debemos comer en seguida. Tal vez no te acuerdas de que esta noche
vamos al teatro.
--Come tú; yo no tengo apetito; y así que termines, sube. Voy esta noche
á otro lugar menos divertido; luego te lo diré. Debes prepararme una
maleta con las cosas más necesarias. Voy á vivir unos días fuera. Tú
vendrás á verme y volverás á Madrid para mis encargos ó á recoger mis
cartas... Ni una palabra á nadie. Come y vuelve pronto.
Al quedar sola, entró en su dormitorio y pasó á otras piezas contiguas,
abriendo armarios para reunir ropas interiores y objetos de tocador.
Mientras realizaba esta busca, su pensamiento, que estaba lejos, le hizo
repetir maquinalmente, con voz sombría, las mismas palabras que habían
concretado desde el primer instante su compasión y su cólera:
--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!
Era la hora más silenciosa del hotel. Se oía como un trueno lejano el
rodar incesante de los vehículos en las calles próximas, á través de
muros y ventanas cerradas. Los corredores anchurosos y de techo
relativamente bajo, iguales á los de un trasatlántico, permanecían
desiertos. Toda la vida del edificio estaba concentrada cerca del suelo,
en los comedores y el -bar-. Los domésticos de los pisos altos,
aprovechando la ausencia de los huéspedes que habían salido para comer,
pasaban igualmente á otras dependencias del hotel.
La señora Douglas abandonó su rebusca al oir cómo llamaban con los
nudillos en la puerta común de sus habitaciones que comunicaba con el
corredor. Era un llamamiento insistente, tenaz, y al mismo tiempo con
cierta discreción, como si el que llamase temiera ser oído de las
habitaciones inmediatas.
Creyendo que Rina le enviaba un recado con algún doméstico, fué hasta la
puerta y tiró del pestillo interior.
A pesar de que las emociones sufridas una hora antes la habían hecho
insensible á toda sorpresa, lanzó una ligera exclamación reconociendo al
hombre que ocupaba el rectángulo de la puerta. Era Casa Botero.
En vez de retroceder para que entrase ó de permanecer inmóvil cerrándole
el paso, avanzó de tal modo, que el otro tuvo que hacerse atrás,
quedando los dos en el pasillo. Fué un movimiento de repulsión
instintiva, como si la entrada de aquel hombre en sus habitaciones
representase un peligro de contagio.
Quedaron ambos bajo uno de los hemisferios de cristal mate que esparcían
su luz velada desde el techo. Sonrió el marqués con expresión amable que
á ella le parecía odiosa, explicando al mismo tiempo su audacia al venir
hasta esta puerta sin su permiso.
Repetidas veces había preguntado aquella tarde por la señora Douglas al
portero del hotel, recibiendo siempre la respuesta de que aún no estaba
de vuelta. Luego, cerca del anochecer, le dijeron que acababa de salir
con un señor. Ahora había visto abajo á Rina, y temiendo que la viuda
estuviese enfadada con él, hasta el punto de rehuir su presencia,
consideró oportuno subir para darle ciertas explicaciones.
La californiana le escuchaba inmóvil, cada vez más rígida, estirando los
brazos á lo largo de su cuerpo, los hombros caídos, el cuello avanzado,
la barbilla saliente y los ojos puestos en él con una fijeza agresiva.
Su silencio y esta mirada turbaron un poco á Casa Botero, pero
inmediatamente recobró su aplomo de buen mozo satisfecho de sí mismo:
--Adivino que ya sabe usted lo que pasó esta tarde. Como le dije en
muchas ocasiones, el hombre que se atreva á ser mi rival está
sentenciado á muerte. Yo la amo á usted como ninguno podrá amarla, y si
alguien se cruza en mi camino tiene contados sus días.
Concha Ceballos, siempre silenciosa, avanzó unos pasos más; y el otro,
instintivamente, fué retrocediendo por la mitad del pasillo, sin dejar
de hablar:
--Yo no tengo la culpa. Ese niño inexperto ha querido medirse conmigo...
¡conmigo! y le he dado una lección abriéndole un ojal en el pecho que
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