Las gentes la admiraban por sus privaciones voluntarias y la abnegación con que atendía á los desgraciados. Tal vez la antigua muchacha del fuerte de San Joaquín, al verse á solas, se entretenía en repiquetear los olvidados crótalos, evocando de este modo la imagen de aquellos diez días que habían sido su verdadera existencia, y por eso la gente la llamaba «la Santa de las Castañuelas». Treinta y seis años después que la -Juno- levó anclas alojándose de San Francisco, ó sea cuando Concha Argüello tenía ya cincuenta y uno de edad, llegó á California un personaje inglés, Sir Jorge Simpson, que hacía un viaje por tierra alrededor del mundo. Esto ocurrió en 1842. Los habitantes de la antigua Misión de Santa Bárbara le dieron un banquete, pues no era suceso ordinario el paso por aquella tierra de un viajero de tal importancia. Y como no hubo en la población quien dejase de asistir á dicha fiesta, Simpson se fijó en una especie de monja que había acudido contra su voluntad, llevada por la familia en cuya casa vivía. Algunos vecinos le contaron su historia. Era la hija del antiguo gobernador español de San Francisco, y había esperado durante toda su existencia á un novio ruso que se fué y no volvió. El inglés había leído el libro de Lansdorff al publicarse en 1814, y se maravilló viendo en la realidad á la heroína de aquella antigua historia de amor. Pero su asombro fué en aumento al darse cuenta de que esta mujer, después de transcurridos treinta y seis años, todavía ignoraba la muerte de su novio, creyéndole casado con otra ó simplemente olvidado de ella. Fué Sir Jorge quien le contó cómo Rezanov había fallecido á las pocas semanas de su partida de San Francisco, quedando para siempre bajo un bloque de piedra en un cementerio siberiano. Diez años después, al establecerse en California el primer convento de monjas dominicas, Concha tomó el hábito, cambiando su nombre por el de María Dominga, y murió en 1857. --Esta es la historia de la Santa de las Castañuelas, que pasó la mayor parte de su existencia mirando el mar solitario de California, sintiendo en su alma el vaivén de la confianza y el desaliento, igual al ir y venir de las olas; llorando unas veces la infidelidad y el olvido del ausente, creyendo en otros momentos que iba á llegar, cuando los centinelas del fuerte anunciaban una vela en el horizonte... ¡Y el hombre esperado durante tantos años había muerto!... ¡Y ella no lo supo hasta los últimos tiempos de su vida; una vida compuesta de diez días de amor y treinta y seis años de espera! V «¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande.» Cuando la esposa de Mascaró comparaba á Consuelito con muchas señoritas de su misma edad que ella llamaba desdeñosamente «modernistas», los méritos de su hija le inspiraban una satisfacción sólo comparable al escándalo y el menosprecio que le infundían las otras. --¡Qué niñas las de ahora!--decía--. Parecen huir de sus madres, como si las odiasen. Muchas quieren ir solas por las calles, lo mismo que gitanas. No saben mas que bailar y bailar, como si fuesen del teatro; llevan el pelo cortado, igual que los antiguos pajes, y fuman en público con los muchachos que las acompañan á los tés y los -dancing-. ¡Si esto se hubiese visto cuando yo era soltera é iba á todas partes con mamá!... ¡Cómo gobernarán su hogar esas mujeres cuando se casen, si es que con tal educación pueden pensar en casarse!... El catedrático sonreía con una expresión tolerante. --La juventud es la juventud, mujer. Déjalas que bailen ahora; ya se encargará el tiempo de hacerles ver las cosas más seriamente. Doña Amparo acogía con un silencio hostil estas afirmaciones de su esposo, tocado igualmente, según ella, de aquel «modernismo» execrable. En tales momentos era cuando Mascaró la veía de pronto como iluminada por una nueva luz cruda y acusadora de sus defectos, desvaneciéndose las envolturas engañosas con que parecían embellecerla los recuerdos del pasado. Hacía memoria don Antonio de sus ojos de abertura prolongada y triangular, unos ojos en forma de almendra, así como de la llena esbeltez de sus miembros, en la época juvenil. Ahora sus párpados se habían achicado, dando á los bellos ojos de otros tiempos una redondez bovina. Como ocurre con frecuencia á las beldades de tez morena, el vello sutil de su labio superior se había robustecido, convirtiéndose en ligero bigote, que ella procuraba disimular bajo una pródiga aplicación de polvos de arroz, sacando con frecuencia la borla de su bolso de mano. Hablaba con orgullo de la estrechez de su talle y se mantenía fiel á los corsés de su juventud, llevando la cintura muy ceñida para que se marcasen mejor las rotundidades del pecho y de los flancos; «un cuerpo de guitarra», como decía el marido. Otro recuerdo de su juventud era la afición á los peinados altos, abundantes en rizos superpuestos, y á los sombreros pesados y pródigos en flores, que parecían un coronamiento indispensable del soberbio edificio de sus cabellos, naturales y artificiales. En la mirada de Mascaró al contemplarla tal como era, pasados los cuarenta años, había una mezcla contradictoria de tolerancia, tierno compañerismo é ironía. Recordando su noviazgo con esta belleza de la costa de Levante, murmuraba en su interior: «¡Y pensar que la dediqué tantos versos y quise matar por celos á un teniente que pretendía casarse con ella!» Cuando doña Amparo no comparaba á su Consuelito con las otras jóvenes, parecía sentir menos entusiasmo por sus cualidades. Lamentábase muchas veces de su ingratitud, como lo hacen las madres que se suponen pospuestas en el cariño de sus hijas. --Quiere á su padre más que á mí. Los dos se entienden para dejarme á un lado. Indudablemente, Consuelito, como la mayoría de las muchachas de su edad, empezaba á conocer confusamente el sentimentalismo del sexo admirando á su padre, como si adivinase á través de su persona al hombre misterioso que le reservaba el porvenir. Aparte de esto, la señorita Mascaró mostraba por don Antonio la tierna conmiseración que inspiran las víctimas de la injusticia, y siempre que surgía alguna desavenencia entre sus progenitores, por instinto, y antes de conocer los detalles del asunto, se mostraba partidaria de su padre. Además, esta joven, que por haber crecido entre libros mostraba cierta afición á las lecturas que ella llamaba «serias», seguía con interés los estudios de don Antonio, siendo la única en la casa que alababa y respetaba sus obscuros trabajos de profesor. Con la mimosis frecuente en los niños, deseosos de imitar lo que hacen sus mayores, Consuelito quiso dedicarse al estudio de la Historia y la Literatura. Soñó con las glorias del doctorado, y olvidando su juventud y su sexo, se veía á sí misma, imaginariamente, ocupando una cátedra y escuchada con respetuoso silencio por centenares de hombres. Al terminar sus estudios elementales empezó á cursar el bachillerato, ayudada y protegida por su padre contra las protestas de doña Amparo. Ésta no podía comprender que las mujeres se dedicasen á lo que parece privilegio de los hombres. Para ella, el estudio, lo mismo que la profesión de soldado, de navegante y otras no menos peligrosas, era función varonil. --Yo no digo que la mujer sea una ignorante. Resulta agradable leer de vez en cuando un libro entretenido y bonito, y tampoco está de más saber escribir una carta. Pero todo eso de grandes libracos y de ciencias es para los hombres. La mujer ha nacido para cuidar la casa y los hijos. Si hace bien eso, no necesita hacer más. Luego miraba con cierta conmiseración á su esposo, añadiendo: --Ya tenemos bastante con un sabio. ¡Para lo que sirve la tal sabiduría! Con lo que ganaba el profesor y lo que producían sus libros de texto no hubiera sido posible satisfacer completamente los gastos de la vida familiar, modesta, pero decorosa y sin apuros pecuniarios. Afortunadamente, los padres de ella la habían dejado, allá en la ciudad natal, unos terrenos como única herencia. Al principio no valían gran cosa; luego las reformas urbanas aumentaron considerablemente su precio, proporcionando á la familia una pequeña fortuna que había completado y afirmado su bienestar. Terminó Consuelito los estudios del bachillerato é iba á pasar á la Universidad, cuando mostró una repentina indiferencia por sus futuras glorias científicas. Doña Amparo, algo resignada ya á estas aficiones, que establecían mayor intimidad entre el padre y la hija, alejándola á ella como si fuese de una esencia inferior, se mostró agradablemente sorprendida por el tal cambio, que al principio le pareció inexplicable. Luego, gracias á su agudeza femenil, capaz de explicarse muchas cosas que no pueden descubrirse con ayuda de los libros, fué adivinando los sentimientos de la muchacha. La familia Mascaró vivía unida á otra familia menos completa: la del ingeniero Balboa. Éste, por hallarse falto de mujer, era como ciertos seres complementarios que en la vida marítima se instalan sobre el caparazón de un animal más grande y poderoso y se mueven sin ningún esfuerzo, adheridos á su organismo, cual si formasen parte de él. Como Florestán no tenía madre, había sido atendido en su adolescencia por doña Amparo. El hijo de Balboa frecuentaba la casa de Mascaró con la misma confianza que la suya. La esposa del catedrático, al visitar el domicilio del ingeniero, hablaba familiarmente á sus dos criadas, dándoles consejos é indicaciones, que ellas aceptaban como órdenes. Florestán tenía dos años más que Consuelito, y esto parecía establecer entre ellos una desigualdad enorme. Trataba á la niña como un superior, esforzando sus explicaciones, cual si la otra no pudiese comprender nada de lo que él decía. Este tono desdeñoso de su compañero de niñez había influído decisivamente en los entusiasmos científicos de la hija de Mascaró. Si quiso estudiar, fué para hacer ver á Florestán que el estudio no es privilegio de los hombres. Y al poco tiempo se dió cuenta de que el joven se mostraba menos desdeñoso con ella, disimulando cierta irritación al ver cómo osaba intervenir en los diálogos de las personas mayores, recibiendo alabanzas del ingeniero Balboa por sus razones discretas y su erudición libresca. Una rivalidad sorda y tenaz se fué creando entre los dos antiguos camaradas de infancia. Se querían como antes. Florestán la hubiese defendido lo mismo que cuando jugaban en los paseos públicos y Consuelito imploraba su protección. Pero su afecto estaba ahora mezclado con una agresividad celosa, y cada uno procuraba sobrepujar al otro, gozándose en su humillación, sin dejar por ello de buscarse. Por ser de genio más vivo y palabra más fácil, la hija de Mascaró hacía patentes con mayor franqueza sus sentimientos. Hablaba de Florestán como de un tirano al que era preciso derribar. Si el joven anunciaba con orgullo su próximo ingreso en la Escuela de Ingenieros, ella le hacía saber que al año siguiente entraría en la Universidad. Él iba á poseer un título para agujerear la corteza terrestre en busca de metales; figuraría como un ingeniero más entre muchísimos otros, mientras que ella tal vez llegase á ser una profesora célebre, una mujer excepcional, lo mismo que ciertas damas españolas de otros siglos, recordadas por su padre al fomentar sus aficiones, que habían ocupado cátedras en las universidades. Influenciado Florestán por esta envidiosa emulación, no se dió cuenta de las modificaciones que iba realizando la pubertad en su hostil amiga. Dejó de ser una niña angulosa y algo amuchachada. Toda ella pareció adquirir una suavidad de terciopelo, dulcificándose el brillo de sus ojos, el timbre de su voz, la naciente redondez de sus miembros, el contacto de su piel. Doña Amparo, que durante su infancia la había juzgado muy parecida al padre, reconociendo con cierto orgullo esta falta de hermosura como un testimonio de fidelidad conyugal, empezó á creer que Consuelito sería lo mismo que ella en los tiempos que conoció á su esposo, cuando su belleza no había sufrido aún las maduras exageraciones de un estío violento. Tenía la misma brevedad, aristocrática y española, de pies y manos. La madre lamentaba que los corsés actuales, ó la ausencia de corsé, que también era de moda, no permitiesen á su hija lucir el estrecho talle heredado de ella, que había sido la gloria de su juventud. Al inquietarse Mascaró por la melancolía de Consuelito y su repentina indiferencia ante los problemas históricos, doña Amparo sonrió con orgullo. Ella estaba mejor enterada de ciertas cosas que su marido el sabio. --Yo sé lo que tiene... Lo sé tal vez mejor que ella misma. Como ya no hablaba de sus estudios y parecía haberlos abandonado, cesaron sus querellas con Florestán. La joven acogía ahora en silencio sus petulancias de estudiante, y si hablaba, era para admirar todo lo que él dijese. Vencido el hijo de Balboa por esta mansedumbre melancólica, empezó también á mostrarse menos locuaz. Se miraban silenciosos al sentarse juntos, cuando los Mascaró iban de visita por la noche á la casa del ingeniero. Florestán inventó pretextos para frecuentar más que antes la vivienda del catedrático. Doña Amparo, con maternal complacencia, delegaba algunas veces sus funciones en el joven, rogándole que acompañase á Consuelito cuando ella no podía salir á la calle. --Tú eres como de la familia. Os queréis desde pequeños, y nadie puede hablar si os encuentra juntos. Al verse á solas con su hija, la esposa de Mascaró iba diciendo con la gravedad del que cree repetir las mayores enseñanzas de la experiencia: --Es ahora cuando sigues tu verdadera vocación. Para una mujer, lo más importante consiste en encontrar al hombre que merezca ser su compañero por todo el resto de su vida. Nuestra única carrera es casarse. Lo demás son «modernismos» y cosas raras, buenas para las extranjeras. Sintiéronse empujados los dos jóvenes por la complicidad tácita y sonriente de sus familias. El ingeniero Balboa los miraba durante las veladas con sus ojos dulces de enfermo, y esta contemplación parecía disipar su tristeza. Mascaró, que era franco en sus afectos y no gustaba, como su esposa, de precauciones y pequeñas astucias, dejó escapar un día su pensamiento en forma de palabras. --Vosotros acabaréis por casaros--dijo á los dos jóvenes--. Indudablemente ya sois novios. Y como ambos se ruborizasen, añadió bondadosamente: --Por mí no tengáis miedo. Me parece muy bien. La juventud está para eso en el mundo. Fué don Antonio el que dió forma concreta y clara á sus sentimientos. Hasta entonces se habían buscado sin darse cuenta del verdadero carácter de esta fuerza atractiva. El catedrático se encargó de dar forma á una declaración que cada uno adivinaba en el otro, sin creer necesario hacerla de viva voz, por haberla aceptado en silencio de antemano. Después de esto se consideraron en noviazgo formal, sintiéndose aprobados y protegidos por las sonrisas y las palabras de sus mayores. Doña Amparo, con su pragmatismo doméstico, hizo largos cálculos sobre la vida del futuro matrimonio. Florestán aún podía ser rico si su padre no se mezclaba en más negocios de los que habían devorado gran parte de su fortuna. Las minas que guardaba en Méjico podían dar buenos rendimientos sólo con que una calma de varios años cortase las revoluciones frecuentes de aquel país. Además, el joven iba á tener una profesión lucrativa, pues ella consideraba todas las carreras de mayor rendimiento que la de su esposo. La única contrariedad capaz de turbar esta aprobación amplia y bondadosa dada por doña Amparo al futuro matrimonio, era que Florestán tendría que marcharse tal vez á América por sus negocios, llevándose á su mujer. ¡Separarse de su hija única!... Luego se consolaba pensando que esta ausencia no sería para siempre y otras jóvenes se habían casado en iguales condiciones, volviendo años después, considerablemente enriquecidas, al lado de sus madres. Además, con el optimismo del enfermo que ve en lontananza una operación necesaria y procura no pensar en ella, teniéndola por algo incierto que puede ir demorando, la señora de Mascaró dudaba de este viaje. --Tal vez no necesite ir allá. ¿Quién sabe las cosas que pueden ocurrir antes?... Lo que importa es que se casen. Y el noviazgo de los jóvenes fué tranquilo, plácido, sin sobresaltos pasionales, exento de celos. Consuelito era la que sentía á veces cierta inquietud al oir cómo algunas amigas suyas alababan la hermosura de Florestán. Se consideraba inferior á su novio físicamente, y temía por lo mismo que se lo quitasen. Él seguía sus estudios, prestaba una atención de devoto á los inventos algo quimeráticos de su padre, y las horas libres de ocupación las dedicaba á los deportes, gozando una enérgica voluptuosidad con el cultivo atlético de sus músculos. Su amor por Consuelito era una pasión tranquila, mesurada, regular, semejante á la del marido que está seguro de su mujer. Se casarían cuando él terminase su carrera. Todo estaba previsto. Nunca se le ocurrió que su novia pudiera sentir predilección por otro hombre. Tampoco conoció los caprichos de la concupiscencia, ni arrebatados deseos de infidelidad. Sobre su vida secreta de muchacho sanote y de lentas pasiones sólo pesaba el pueril remordimiento de unos cuantos actos de curiosidad para conocer directamente el misterio del encuentro sexual, volviendo de ellos con tal indiferencia, que sólo muy de tarde en tarde sentía el deseo de buscar la repetición. Contaba veinte años é iba á terminar en el curso siguiente su carrera, cuando vió una mañana en la sala de trabajo de su padre aquellas dos señoras extranjeras, una de las cuales era apodada por Mascaró la «reina Calafia». Al otro día de esta visita fué por la mañana al Palace Hotel, para entregar á la señora Douglas el legajo de documentos referente á las minas de Méjico. Era poco más de mediodía, y tuvo que esperar en el -hall-. Cerca de la una llegaron la señora Douglas y Rina. Acababan de bajar de su automóvil ante la puerta del hotel, teniendo que abrirse paso entre los curiosos, atraídos por la novedad de ver á una dama guiando su carruaje mecánico. La presencia de Florestán pareció alegrar á las dos. La viuda, después de haber confiado á su acompañante los papeles del joven, se despojó de su gabán de automovilista, encargando á Rina que subiese ambas cosas á sus habitaciones. No quiso separarse por unos minutos de aquel mocetón que parecía inquieto ante ella y bajaba los ojos, balbuceando, sin atreverse á mirarla otra vez. Temió que aprovechase su ausencia para huir, después de haber cumplido el encargo de su padre. --Usted se queda á almorzar con nosotras... No diga que no. Le debo este obsequio. No es mas que una compensación insignificante por lo que se ha molestado trayéndonos esos papeles. Intentó resistirse Florestán con balbuceos y fugitivas sonrisas; pero al fin, no queriendo parecer tímido, aceptó resueltamente. Avisaría por teléfono, para que en su casa no extrañasen esta ausencia. Durante el almuerzo, la «reina Calafia» fué dándole explicaciones sobre su instalación en Madrid y su modo de vivir. Algunos de sus compatriotas estaban alojados al otro lado del Paseo del Prado, en el Hotel Ritz. Ella iba todas las noches á comer en el Ritz, pues de este modo podía encontrar á muchos amigos suyos, de paso en Madrid, que había conocido en diversos hoteles de Europa. Pero las habitaciones del Palace Hotel eran de mayor amplitud y comodidad. Además, desde las ventanas de este hotel moderno y enorme se disfrutaba la vista más interesante de Madrid. --Del Ritz sólo se ven las masas de edificios de la ciudad en la otra orilla del Prado. Desde aquí veo la arboleda de los jardines del Retiro: ese pequeño museo que llaman ustedes «el Casón»; á mis pies la fuente de Neptuno, con sus caballos marinos de mármol hundidos en el agua, y lo que más me interesa: encuentro á todas horas, al abrir mis ventanas, el Museo del Prado... Reconocía que esta última vista siempre era igual y no resultaba extraordinaria: paredes de ladrillo color de rosa y columnas blancas. Pero el tal edificio tenía para ella el interés del muro detrás del cual sabemos que está ocurriendo algo importante. Sentía la satisfacción del que tiene por vecinos á personajes ilustres, aunque los vea de tarde en tarde. Se encontraba mejor en este hotel, porque al levantarse todas las mañanas, lo primero que veía era el palacio rosado y blanco donde esperaban su visita antiguos y venerados amigos: Velázquez, Goya, Ticiano, Rubens. --Vale la pena de instalarse aquí, cerca de unas gentes tan distinguidas y agradables. Florestán fué perdiendo su timidez en el resto del almuerzo. Aquella señora, de la que había oído hablar á su padre con inquietud, lo mismo que si representase la llegada de un peligro, le parecía ahora bonachona, familiar, comunicativa, y acabó por conversar con ella sin temor alguno, como si la conociese largo tiempo. Rina, á pesar de su posición secundaria, le inspiraba menos confianza. Huía sus ojos de los ojos de ella, que le contemplaban con canina devoción. Más que la mudez admirativa de la solterona, le gustaba la afabilidad de la viuda Douglas, una afabilidad de soberana que desea achicarse para evitar inquietudes al que la escucha, inspirándole confianza. La hermosa californiana pareció interesarse por la vida del joven. Indudablemente tendría novia. Los españoles son de una gran precocidad sentimental. Ella recordaba todas las novelas y romanzas que tienen por base amoríos en España, con gran prodigalidad de claveles, rejas y guitarras. Y Florestán, ruborizándose como si confesase una falta, declaró que tenía novia, pero se abstuvo de dar nuevos detalles. No preguntaron las dos señoras si era joven y bonita, por parecerles esto axiomático tratándose de un buen mozo, y dieron inmediatamente de lado á la tal novia para seguir ocupándose del joven. Concha Ceballos se fué enterando con creciente interés de su vida y sus aspiraciones. Éstas no parecían ir más allá de sus estudios y sus hazañas en los deportes atléticos. Poco á poco Florestán pasó á hablar de su pasado. No había conocido á su madre. Sólo guardaba de ella un retrato, tan pequeño y borroso, que no le permitía formarse una imagen exacta de cómo fué. La viuda Douglas le miró con nuevo interés al escuchar los recuerdos de su infancia, falta de cariño maternal, pasada entre parientes lejanos, con un padre que le amaba mucho, pero siempre estaba ausente, persiguiendo la realización de sus quimeras de inventor. Todo su cariño lo había concentrado en este padre, admirándolo por su talento y compadeciéndole por su falta de éxito en la vida. --¡Está tan enfermo!... Han dicho los médicos que debemos evitarle toda emoción extraordinaria. Puede vivir muchos años y puede morir fulminantemente en un minuto. Su vida es incierta, como la de todos los enfermos del corazón. Es injusto afligir con preocupaciones é inquietudes á un hombre tan bueno... El rostro de la reina Calafia reflejó una expresión pasajera de remordimiento. Se acordaba de su agresividad con Balboa, y procuró cambiar el curso de la conversación. Rina parecía haber olvidado completamente sus cóleras y protestas contra el «mal hombre» de Madrid. Miraba fijamente á Florestán, admirando su juventud; escuchaba su voz como una música marcial, sin saber con certeza lo que decía. Todo el sentimentalismo inútil depositado en ella por largos años de amor insatisfecho se agitaba y hervía en presencia de este joven atleta. Lo admiraba generosamente, sabiendo que su admiración nunca sería comprendida ni agradecida. Los hombres sólo tenían ojos para la viuda porque era millonaria y elegante. Pero gozaba el deleite puro y desinteresado del pobre que celebra las cosas de los otros sabiendo que no las poseerá nunca. Con su imaginación más que con sus sentidos, percibía en el joven un perfume de savia primaveral. Cuando terminó el almuerzo y Florestán se hubo marchado, ella resumió su admiración en una frase: --¿Te has fijado, Conchita? Huele á hierba de montaña... huele á agua corriente. A partir de este almuerzo, el hijo de Ricardo Balboa creyó notar la influencia de una energía centrífuga que tiraba de él, sacándolo de la órbita de su vida ordinaria. Rara era la tarde que aquellas señoras no le hacían abandonar sus estudios ó el paseo habitual con algunos camaradas de la Escuela de Ingenieros. Le llamaban al hotel, recibiéndolo en el salón particular que tenía alquilado la señora Douglas. El deseo de ellas era ir examinando, ayudadas por el joven, aquel paquete de documentos referentes á la mina. Pero el legajo seguía sin abrir sobre una mesa del salón. Apenas llegaba Florestán, las dos sentían una ansia violenta de aire libre, de perspectivas campestres, de arrebatadas velocidades. El automóvil estaba abajo, guardado por el mecánico de la señora Douglas. Florestán debía ser el guía de ellas, enseñándoles los alrededores de Madrid. Ocupaban Rina y el chófer americano los asientos de atrás, destinados á los señores. La viuda agarraba el volante, y algunas veces, en pleno camino, cambiaba de sitio con el joven, cediéndole su asiento de conductora para enseñarle prácticamente el manejo y particularidades de este vehículo fabricado en los Estados Unidos. Subieron las tortuosas carreteras que escalan en zigzag las vertientes del Guadarrama; atravesaron los puertos que durante el invierno quedan ocultos bajo los aludes de nieve; se detuvieron en bosques de vegetación alpestre para contemplar á sus pies ciertos valles con pueblos de techumbres obscuras que recuerdan en el corazón de Castilla los paisajes de Suiza; aspiraron al llegar á las cumbres el perfume de la madera resinosa recién partida en los aserraderos. A orillas de los ríos de nieve líquida que cortan las mesetas cubiertas de un moho vegetal, amarillento y fino como el terciopelo, encontraron muchas veces toros bravos de las ganaderías castellanas. Se erguían belicosos al oir el resuello del automóvil y bajaban el testuz con ganas de acometer al animalote metálico que ondeaba en el viento un rabo de humo y otro mucho más largo de polvo. Algunas noches, á primera hora, se presentaba Florestán en casa de Mascaró, vestido de smoking, traje extraordinario para la familia del catedrático. Venía á excusarse: no le verían hasta el día siguiente. Estaba invitado á comer en el Ritz por aquellas dos señoras, que deseaban agradecerle con tales convites sus servicios de acompañante. Consuelito mostraba en el primer momento cierta contrariedad. Iba á pasar la velada sin su novio. La casa de don Ricardo Balboa ó la suya le parecían vacías estando aquél ausente. Luego aceptaba su pena con cierto orgullo. Encontraba lógico que aquellas dos extranjeras obsequiasen á Florestán, reconociendo en su persona los mismos méritos admirados por ella. Doña Amparo sentía su vanidad ligeramente halagada al ver á su futuro yerno vestido con tanta «distinción» é imaginárselo en trato frecuente con las personas importantes que comían en el Ritz. Luego, una inquietud obscura y mal definida le hacía expresarse con tono agresivo: --Pero esas señoras ¿cuándo se van?... Yo creía que, después de entenderse con Balboa en lo de la mina, ya no les quedaba nada que hacer aquí. Un día Florestán tiró del catedrático para que le arrastrase igualmente aquella atracción centrífuga que le mantenía á él girando en torno á las dos americanas. --Don Antonio, esas señoras desean conocerle. Quieren ver Toledo, pero bien visto, con una persona que sepa todo lo antiguo, y yo les he dicho que nadie para eso como usted. Además, la señora Douglas ansía mucho verle desde que supo que ha estado usted en California dando conferencias en aquella Universidad. Y Mascaró se dejó llevar por el joven. Las amigas de Ricardo Balboa bien podían serlo suyas igualmente. Tuvo el catedrático la certeza de que se acordaría siempre de este viaje á Toledo. En el camino se libraron por milagro de un accidente mortal. Estuvieron próximos á chocar contra un carro enorme, tirado por cuatro mulas que marchaban á su gusto, con el carretero dormido. La serenidad y la mano pronta de la señora Douglas lograron que su automóvil se deslizase junto á este vehículo semejante á un promontorio, rozándolo apenas. Todo el resto del camino representó para don Antonio una continua inquietud. Él no estaba acostumbrado á estas velocidades inoportunas en una carretera abundante en baches, donde los carromatos, con sus conductores aletargados, se colocaban de pronto ante el automóvil, obligando á cerrar sus frenos violentamente. Pero dejando aparte estos pequeños sustos, Mascaró sentíase contento. Por primera vez en toda su existencia se veía en trato real y tangible con una de aquellas mujeres que él llamaba «extraordinarias» y sólo había conocido en su imaginación. Mientras vagaban por Toledo y daba él sus explicaciones en el claustro de la catedral, en el Zocodover ó en las pendientes callejuelas que aún conservan latente la vida de otros siglos, se fué entregando á una de sus aventuras imaginativas. El perfume de aquella gran señora que iba á su lado y los rápidos encontrones con su cuerpo ágil y lleno, cada vez que tropezaba él en las desigualdades del pavimento, parecieron dar nueva fuerza á sus desvaríos fantásticos. Se vió haciendo un viaje alrededor del mundo en tierna asociación con aquella dama, igual á la reina de las amazonas. Toledo era una ciudad de la India; su catedral, una gran pagoda abandonada, y él iba dando explicaciones históricas á su compañera, que le había seguido hasta Asia, enloquecida de amor. Pero de pronto notaba que la mujer «extraordinaria», sin dejar de escucharle, volvía sus ojos con preferencia á la servidumbre que llevaban los dos en su viaje: el ayuda de cámara y la doncella. ¡Ay!... Este ayuda de cámara, al mirarlo Mascaró con atención, iba tomando el rostro y la figura de Florestán, novio de su hija, y bastaba el recuerdo de Consuelito para que se viniesen abajo todas sus fantasmagorías. Además, la reina Calafia, tan enamorada y sumisa dentro de su imaginación, sólo hacía caso en la realidad de sus explicaciones eruditas, y apenas terminadas éstas, iba á unirse con Florestán, apresurando el paso para hablarle más íntimamente. Al quedarse atrás el catedrático, tenía que conversar con Rina, la cual, á falta de mejor compañero, empezaba á hablarle con un tono infantil, empleando otras coqueterías impropias de su edad y que además consideraba inútiles. Le sabía casado. Era un poco feo, de mediocre estatura, y la solterona, en sus ensueños, veía siempre mozos arrogantes y muy altos... Pero al fin era un hombre, y ella juzgaba preferible marchar con él á ir sola. Después de esta excursión quedó don Antonio muy amigo de «la pareja yanki», como él decía, y su mujer y su hija, por una consecuencia lógica, no tardaron en relacionarse con ambas extranjeras. La señora Douglas invitó á comer una noche á los dos Balboa, á Mascaró y su familia. Doña Amparo anduvo ocupada todo el día para presentarse «dignamente» en los salones del Ritz, así como su hija. Por primera vez iba á comer en dicho hotel, y esto representaba una gran emoción para su vanidad. Ella sabría insinuarlo al día siguiente en sus conversaciones con las esposas de otros profesores. Además conocería de cerca á la tal reina Calafia, de la que se hablaba tanto en su casa y en la de Balboa. Se mantuvo doña Amparo durante la comida muy seria y parca en palabras. Necesitaba ocultar sus diversas y contradictorias emociones. Le preocupaban la oportunidad y el éxito de los arreglos que había hecho en su vestido, un poco anticuado, comparándolo con los vestidos de las otras señoras que estaban en las mesas inmediatas. Le impresionaba, además, verse en aquel comedor, el más nombrado de Madrid. Lo único que le proporcionaba cierto aplomo era la presencia de su hija. Iba vestida con sencillez, pero su frescura juvenil le daba un atractivo distinto á la elegancia majestuosa de la millonaria. Doña Amparo pensó en el perfume y los colores de una flor junto al brillo deslumbrante de una alhaja magnífica. Se supo con certeza qué opinión definitiva debía tener de la reina Calafia. Le inspiraba respeto esta señora, presintiendo en su existencia los esplendores de un mundo que ella no conocería nunca. Admiró la elegancia de su traje, su doble collar de perlas, el brillo de un diamante azul, cuadrado y enorme, en uno de sus dedos. Era indudablemente una mujer de otra especie que la suya, y por esto la veneró y la aborreció: todo á la vez. De Rina había prescindido desde el primer momento, adivinando la humildad de su posición. Sintió extrañeza y molestia ante el misterio de aquella cara con la piel exageradamente tersa y juvenil, mientras sus ojos parecían viejos. La comparó con un chino vestido de mujer. Además, «olía á pobre» y miraba á todos los hombres con una simpatía ansiosa; hasta á su propio marido. Toda la atención de doña Amparo era para la antigua «Embajadora». Al mismo tiempo que la admiraba, sentía una necesidad de protestar interiormente contra ella. Debía tener en su existencia los mismos hábitos y libertades que la habían indignado en las otras mujeres llamadas por ella «modernistas». Su hija, en cambio, no disimulaba la atracción que le hacían sentir el lujo y las costumbres elegantes de aquella extranjera. Al final de la comida, Concha y Rina fumaron. En las otras mesas eran muchas las señoras que fumaban; pero doña Amparo sólo quiso ver á la reina Calafia y su acompañante. Consuelito, que se mostraba extraordinariamente alegre, aceptó un cigarrillo emboquillado con pétalo de rosa que le ofrecía su nueva amiga, y lo encendió sin pedir permiso á su madre. Se sentía animada por la risa aprobadora del catedrático, que estaba viviendo en aquel comedor un episodio más de sus aventuras mentales. Y la austera señora guardó su cólera para cuando volviese á casa quedando á solas con su marido. Después de esta comida, se habló de la reina Calafia en el domicilio de Mascaró como de una amiga antigua. Consuelito la nombraba con frecuencia, encontrando á su gusto todo lo que había oído á la otra, aceptando sus ideas, imitando un poco sus ademanes y hasta el modo de llevar los vestidos. Doña Amparo era la única que se resistía á la seductora influencia de la extranjera. --Yo no me quedo con su convite. Necesito devolvérselo--decía frunciendo el ceño, como si hubiese recibido una ofensa--. Es preciso invitarla, para que no nos crea unos pobres. Si ella tiene sus millones, yo tengo mi dignidad. --¡Bueno, mujer!--contestó don Antonio, bondadosamente--. La daremos un almuerzo de platos españoles. Comía Florestán varias noches por semana en el Ritz. Le era imposible librarse de las invitaciones de aquella señora. Además, ella mostraba un interés sincero por su porvenir, y esto hizo que toda la familia Mascaró tolerase sin inquietud las ausencias del joven. Debía pensar en su carrera. Consuelito se veía ya, gracias al apoyo de la reina Calafia, viviendo con su marido en los Estados Unidos, tierra de maravillas de la que hablaba su padre con entusiasmo. Doña Amparo olvidó por un momento las contradictorias apreciaciones que le inspiraba aquella señora, para pensar únicamente con arreglo á su buen sentido de dueña de casa. Tal vez esta millonaria, viuda y sin hijos, proporcionase al joven matrimonio los medios de enriquecerse. En realidad, la californiana hablaba muchas veces con el joven de su existencia futura, haciéndole preguntas sobre sus proyectos para después de terminada su carrera. Ella sólo comprendía al hombre con un ideal de positiva realización y trabajando para conseguirlo. Le causaba asombro ir conociendo la existencia de limitados horizontes que había llevado hasta entonces Florestán. Después de nacer y vivir sus primeros años fuera de España, había quedado para siempre en este país, sin pasar nunca sus fronteras. --¿Y no ha estado usted ni siquiera en París?... No, Florestán no había vuelto al extranjero. Aprendió el francés y el inglés con su padre, complaciéndose en escuchar durante las veladas, como si fuesen cuentos mágicos, las descripciones de los países donde había vivido el inventor y que él visitaría más adelante. --Pero no sé cuándo iré, señora. Pienso en mi padre, que puede morir repentinamente, cuando menos lo temamos, y esto dificulta mis viajes. Entonces, ella, con el mismo gesto resuelto de la señorita pobre de Monterrey, cuando pensaba en su porvenir, al lado de un padre arruinado, dió consejos al estudiante: --Hay que ser enérgico; hay que trabajar y enriquecerse. Sólo es libre el que tiene dinero. Una noche Rina dejó de asistir á la comida del Ritz. Se había quedado encerrada en su cuarto del Palace Hotel, pretextando una fuerte jaqueca. Concha y Florestán rieron, suponiendo algún desarreglo facial que la obligaba á mantenerse oculta por unas horas. En el comedor del Ritz encontró la californiana á una familia de compatriotas suyos que estaban de paso en Madrid para visitar Sevilla y Granada. Florestán fué presentado á esta familia, y todas las mujeres de ella, viendo en el joven un bailarín disponible, se lo pasaron de una á otra durante la noche. La reina Calafia casi siempre olvidaba el baile, prefiriendo hablar con Florestán; pero esta noche se mostró irritada por la facilidad con que sus amigas disponían de un hombre presentado por ella. Y para evitar tal abuso, quiso aprovechar todas las danzas. Ella misma invitaba á Florestán con el gesto ó con un movimiento de sus ojos. Bailaron hasta las tres de la madrugada y bebieron mucho. El jefe de la familia, para celebrar el encuentro con mistress Douglas, belleza famosa de su país, dejó que el encargado del comedor renovase las botellas de champaña con la pasmosa celeridad de las suertes de prestidigitación, descorchando una cuando la otra aún no estaba mediada. Siempre aparecían llenas las copas, á pesar de que la agitación del baile y el calor del salón obligaban á las parejas á buscarlas ávidamente en cada descanso. Salieron juntos del hotel «la Embajadora» y Florestán. Ella quiso ir á pie. No había mas que atravesar el Paseo del Prado. El Palace Hotel alzaba su masa sobre el otro borde de la obscura arboleda. La dama sentía calor. Llevaba abierto su abrigo sobre el escote. Se apoyó, al andar con cierta pesadez, en el robusto brazo del joven. Confesaba riendo haber bebido y bailado exageradamente. ¿Qué dirían de ella si la viesen con este aspecto allá en su país?... ¡Una dama que era protectora de tantas sociedades respetables para combatir el alcohol, los excesos de la danza y otros abusos y pecados!... ¡Ah, Europa vieja y tentadora!... Pero al mismo tiempo, encontraba en esta situación algo anormal un nuevo sabor á la existencia y descubría en la vida ignoradas atracciones, llegando á preguntarse si no habría estado equivocada hasta entonces... Dejaron á sus espaldas los automóviles y los grupos de chófers estacionados frente al hotel, viéndose de pronto como caídos en la absoluta soledad del paseo. El nocturno silencio era cortado por el canto monótono de los chorros de la fuente de Neptuno. Como ya eran llegadas las horas vecinas al amanecer, estaba apagado en gran parte el alumbrado público. Sólo algunos faroles, macilentos y largamente espaciados, marcaban sus pinceladas rojas bajo la bóveda de ébano de los árboles. Parecía este paseo urbano, en su profunda lobreguez, un bosque desierto á enorme distancia de toda aglomeración humana. Las masas de edificación á ambos lados de la obscura avenida-jardín eran á modo de colinas cortadas, de acantilados verticales. Sobre sus aristas se tendía una amplia faja de cielo, con temblores de estrellas, perdiéndose longitudinalmente en el infinito. Se detuvo la reina Calafia en mitad del corto trayecto entre hotel y hotel, cerca del carro de mármol de Neptuno. La hizo estremecerse la fresca caricia del vapor acuático exhalado por el susurrante tazón. Esta lóbrega y misteriosa quietud le sugirió la posibilidad de que apareciesen varios ladrones, atraídos por el brillo de sus alhajas. La idea le hizo temblar levemente sobre el musculoso brazo en que se apoyaba. ¡Qué interesante un ladrón!... Se acordó de sus habilidades de luchadora, de sus secretos para tumbar instantáneamente á un adversario. Se imaginó también, con cierta vanidad, el esfuerzo agresivo que podía hacer para defenderla aquel muchacho atlético y propenso á avergonzarse que iba á su lado. Luego se arrepintió de sus malos deseos. «¡Has bebido, Conchita!--se dijo, empleando el mismo diminutivo que le daba su padre cuando era niña, y ella recordaba siempre al hacerse recriminaciones--. ¡Has bebido demasiado, hija mía!» Al contemplar la inerte ciudad, le pareció que la noche iba á durar siempre, que no despertaría más aquella aglomeración humana dormida bajo los techos... Y si llegaba á despertar, su vida sería obscura, perezosa, aislada del resto del mundo, casi igual á su sueño. Sintió una repentina lástima por aquel mocetón simple y hermoso que le servía de apoyo. Inclinó la cabeza hacia él, buscando sus pupilas. Este gesto afectivo tuvo al mismo tiempo una avidez hostil. Su boca, en aquel momento, lo mismo podía morder que besar. «¡Has bebido, Conchita!--seguía diciéndose mentalmente--. ¡Has bebido demasiado!» Su voz exterior preguntó al mismo tiempo con violencia, como si formulase una recriminación: --¿Y un hombre como usted va á quedarse aquí para siempre? ¿Y se casará, y tendrá hijos, y no conocerá otro horizonte que el de su casa, ni acariciará mayor ideal en su existencia que el de mantener á su familia?... Florestán quedó sorprendido por el tono violento de estas preguntas y no supo qué contestar. También él estaba perturbado por lo que había bebido y por el contacto de aquel cuerpo que se apoyaba en el suyo con familiar abandono. La dama reanudó su marcha, tirando de él, y dijo con brusquedad, como si le diese una orden: --¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande. VI Donde van presentándose los enamorados de la reina y se habla un poco de la famosa Ciudad-Camaleón Al atravesar la viuda, una semana después, el -hall- de su hotel á la hora del almuerzo, tuvo un encuentro inesperado. Un hombre hundido en un sillón, con el rostro envuelto en la nube olorosa de su habano, dejó éste, al verla, sobre una mesilla inmediata y se puso de pie, sonriendo. --¡Oh, mistress Douglas! ¡Qué agradable sorpresa!... No sabía que estaba usted en Madrid. La dama sonrió igualmente, pero con malicia. --Tampoco yo le creía aquí, Arbuckle. Siempre se arreglan las cosas de modo que nos encontramos. Y el llamado Arbuckle, que era casi un gigante por su estatura y su volumen, bajó los ojos como si no pudiera resistir la mirada burlona de la señora. Mostraba la confusión de un niño grande que ha dicho una mentira y se ve descubierto. Este hombre, que parecía estar más allá de los treinta años, sin llegar á los treinta y cinco, era de fuerte osamenta y exuberantes músculos. Tenía la cabeza y el cuello de un gladiador antiguo, la hermosura vigorosa y reposada del toro. En su rostro completamente rasurado cada sonrisa iba acompañada del brillo marfileño de sus dientes y el relampagueo del oro con que estaban chapados algunos de ellos. A pesar de su atletismo, sus ojos y su boca tenían algo de pueril, y toda su persona parecía esparcir un halo de credulidad y confianza. Era indudablemente de limitado radio mental, con muy contadas ideas, pero éstas nacían robustas y bien definidas, quedando clavadas para siempre en su voluntad. Tenía la mandíbula fuerte y el entrecejo partido en ciertos momentos por una arruga profunda, que modificaba su rostro plácido. Esto era muy de tarde en tarde, cuando las contrariedades, en fuerza de repetirse, despertaban en él una cólera terca, dura y fría como el hielo, alterando la unidad de su carácter, predispuesto al optimismo. La señora Douglas le había conocido años antes, al quedar viuda y tener que ocuparse de la administración de su fortuna. Este Haroldo Arbuckle era también de California, y los hombres de negocios le consideraban mozo de mérito por haber hecho en poco tiempo la primera parte de su carrera, creyéndolo destinado á mayores triunfos si continuaba trabajando. Como muchos californianos, unía la enérgica voluntad del emigrante venido del Norte al espíritu andariego y predispuesto á las aventuras de los hombres morenos, primeros colonizadores de dicho país. Siguiendo la tradición de su tierra natal, comenzó por ser minero, buscador de oro; mas había nacido demasiado tarde, cuando los veneros auríferos de California ya no podían ofrecer sorpresas, y tuvo que trabajar primeramente en el Transvaal y luego en las soledades glaciales de Alaska. Aún no era verdaderamente rico. Él mismo confesaba no «valer» más allá de un millón de dólares, pero contaba con una gran energía para el trabajo y una mirada exacta para la apreciación de cosas y personas, condiciones que podían hacer de él un multimillonario, un director de negocios gigantescos, como los que viven en Nueva York. Había conocido á «la Embajadora» Douglas en San Francisco, al comprarle unas acciones de minas de oro en Alaska que ella no deseaba conservar. Sus entrevistas para la terminación de dicho negocio influyeron en la existencia de Arbuckle, cambiando momentáneamente su curso. Este trabajador infatigable sintió repentinamente una necesidad imperiosa de reposo. No tenía familia, estaba solo en el mundo, ¿para qué esforzarse por adquirir más dinero? Era un engaño cruel desconocer los verdaderos placeres de la vida, concentrando toda la existencia en la conquista de una riqueza inútil... Y dejando en suspenso sus especulaciones, se dedicó á viajar por Europa, organizando de tal modo itinerarios y descansos, que siempre venía á instalarse en las mismas ciudades donde residía la viuda Douglas. A los pocos encuentros resultaron inútiles sus pretextos y excusas, inventados con una malicia cándida. La viuda había adivinado sus intenciones. Unas veces reía de ellas bondadosamente; otras, según su humor, las desviaba con un cambio violento de conversación. Aprovechando un diálogo de dos horas seguidas en el -hall- de un hotel de Venecia para combatir el aburrimiento de cierta noche de lluvia, Arbuckle habló á la dama de su soledad. Necesitaba una compañera; debía constituir una familia. Él era capaz de realizar grandes cosas, como cualquier potentado de los que dirigen los negocios del mundo desde el Wall Street de Nueva York; pero reclamaba para ello el apoyo de una esposa que le inspirase nuevas ambiciones. Debía ser esta compañera una mujer superior, é intentó describirla... Mas «la Embajadora», adelantándose maliciosamente á tal descripción, emprendió su pintura física y moral, atribuyéndola un sinnúmero de condiciones que la hacían diferente en todo á ella. Y el californiano movió la cabeza negativamente al verla tan desorientada, aunque sin atreverse á protestar. Algunas veces, cuando la viuda estaba de buen humor, volvía á describirle su futura esposa, mas valiéndose de tales detalles, que Arbuckle acababa por reconocer, aterrado, una semejanza absoluta con Rina. La hermosa dama, gozándose en su confusión, se atrevía á insinuarle que su felicidad sería casarse con esta solterona sentimental. --¡Oh, mistress Douglas!--exclamaba Haroldo, escandalizado--. Es otra mujer la que yo deseo. ¡Si usted quisiera!... Ella cortaba la balbuciente declaración con sus risas, fingiendo tomarla á broma, y no era necesario más para que al otro se le enronqueciese la voz, quedando en desesperado silencio. Su voluntad sólo era ruda é invencible para inquirir el paradero de la viuda y salirle al encuentro. Cuando ésta emprendía un viaje repentino sin dar aviso á sus amigos, decía á Rina en las primeras horas: --Esta vez no conseguirá descubrirnos mister Arbuckle. Pero transcurridos algunos días, creía husmear en el aire su próxima aparición. --Verás como se presenta de pronto. Debe saber ya nuestro paradero. ¡Qué hombre! Y efectivamente, el buscador de oro, acostumbrado á orientarse en las soledades africanas ó en las pistas abiertas sobre la nieve de las llanuras árticas, parecía aplicar sus facultades de orientación á la complicada red circulatoria de Europa, acabando por dar siempre con las fugitivas. La viuda, que le había olvidado desde que llegó á Madrid, mostró cierta contrariedad al recordar las persecuciones respetuosas y tenaces de este enamorado. En el primer momento hasta consideró irritante su presencia. Luego, la imagen de otro de sus solicitantes le hizo más tolerable el encuentro presente. «A lo menos, éste me obedece--pensó--. No se atreve á hablar y sólo me importuna siguiéndome á todas partes. ¡Si fuese el otro!...» Y acabó por recibir con una sonrisa bonachona las confusas explicaciones de su compatriota. --¡Qué casualidad! No sabía que estuviese usted aquí. Voy á Sevilla; me aburría mucho en París. Mi propósito era salir esta noche; pero ya que la he encontrado, me quedaré unos días. Ella le miró con ojos incrédulos. Sabía de antemano todo lo que podía hacer Arbuckle. Permanecería en Madrid hasta que le diese á entender con rudas insinuaciones, en un día de nervios trastornados, que estaba harta de su presencia. También podía ocurrir que ella se marchase de pronto con Rina sin avisárselo. Agradeció interiormente la respetuosa discreción de este hombre fuerte y tímido. Se había instalado aquella mañana en el Hotel Palace, creyendo que mistress Douglas vivía en el Ritz. Al enterarse luego de su error, se apresuró á cambiar de alojamiento, trasladándose al segundo hotel. Un -gentleman- debe desaparecer oportunamente cuando se cansan de verle. No es discreto vivir bajo el mismo techo que la mujer deseada. Después de tal encuentro creyó inútil la viuda demorar la presentación de Arbuckle á las personas que la rodeaban. Este enamorado silencioso y tenaz acababa por vencer todos los alejamientos, y era necesario resignarse á introducirlo en el círculo de su vida normal. Ya que había descubierto su paradero, debía agregarlo á su séquito. En la misma noche, Arbuckle habló con Florestán en el comedor del Ritz, y al día siguiente, por estar invitado Mascaró á almorzar con las dos señoras, se conocieron igualmente el profesor y el californiano. --¡Un mozo simpático!--dijo don Antonio al salir del hotel con el hijo de Balboa--. Conozco el tipo; así son muchos de los que trabajan en aquella tierra. Actividad ilimitada; dureza con ellos mismos y con los demás en el momento del negocio; pero una vez terminado éste, muestran una alegría simple, cultivan su cuerpo hasta la vejez con los mismos juegos de cuando eran niños y consideran la vida con un optimismo inalterable. Se equivocaban las gentes en Europa al imaginarse el hombre de negocios de América con arreglo á la existencia que llevan los manipuladores del dinero en el mundo viejo. Los negocios están más esquilmados en las naciones del continente antiguo, la riqueza es tradicional y monopolizada, algo misterioso que sólo poseen unos cuantos centenares de hombres, transmitiéndoselo de generación en generación. Es preciso que ocurra una guerra continental, un cataclismo histórico, para que surjan nuevos ricos. Las clases sociales viven cada una en su molde, y son muy raros los saltos por encima de los límites divisorios. En América todos los días surgen nuevos ricos, y el pobre cuenta á lo menos con la ilusión. El capital no es allá algo misterioso é invisible que sólo se deja conocer de unos cuantos. Abunda el dinero, corre como el agua bajo el sol, á la vista de todos, en incesante circulación, con un esparcimiento que Mascaró llamaba «democrático». Todo servicio obtiene un pago; todo hombre «vale» algo. Nadie considera cerrado su camino definitivamente, ni se cree nacido, con una fatalidad irremediable, para ser pobre hasta la muerte. Viven en la dulce compañía de la esperanza, que es la más consoladora de las ilusiones. Tienen abierta una ventana en su existencia para que entre por ella la Suerte. El mozo de hotel cree en la posibilidad de ser pocos meses después tan rico como los ricos á quienes sirve. --Hay allá hombres malos, de carácter duro y cruel, como en todas partes--terminó diciendo Mascaró--; pero la inmensa mayoría es optimista, tiene confianza en la vida, cree que el bien es en ella más poderoso que el mal, no conoce los pesimismos del europeo. Tal vez se 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000