dos paladines el reto, y al volver la doncella al campamento de las
amazonas se hizo lenguas de la belleza del Caballero Serpentino, al que
había visto de pie junto al trono de su noble padre Amadís.
--Dígote ¡oh reina!--afirmó la doncella--que nunca los pasados ni los
presentes, ni aun creo los por venir, vieron un mancebo tan hermoso y
apuesto. Si fuese de nuestra ley, habría motivo para creer que nuestros
dioses lo hicieron con sus manos.
Quedó tan impresionada la reina Calafia por estos informes, que decidió
ir en persona á la ciudad para conocer de cerca á los dos paladines con
los que iban á reñir ella y el soldán Radiaro pocos días después. Pasó
toda la noche metida en su nave, pensando si iría con armas ó sin armas
á esta visita, y al fin determinó que en hábito de mujer, por ser más
honesto.
Y cuando el alba vino se levantó y le dieron unos paños para vestirse,
todos de oro, con muchas piedras preciosas. Su cabeza la tocó con un
gran volumen de muchas vueltas, á manera de turbante, todo él igualmente
de oro, sembrado de piedras de gran valor. Trajéronle luego una animalía
en que cabalgase, la más extraña que nunca se conoció.
El catedrático esforzaba su memoria para hacerla ver á sus oyentes con
arreglo á la descripción del novelista castellano.
Tenía las orejas tamañas como dos adargas, la frente ancha y un ojo
solamente, pero que brillaba como un espejo. Las ventanas de sus narices
eran muy grandes y el rostro corto y tan romo que no le quedaba ningún
hocico. Salían de su boca dos colmillos hacia arriba, cada uno de más de
dos palmos. Su color era amarilla y tenía sembrados por su cuerpo muchos
redondeles morados, á la manera de las onzas. Era de mayor tamaño que un
dromedario, sus patas estaban hendidas como las de un buey, corría tan
fieramente como el viento, andaba con ligereza por los riscos, y se
tenía sobre ellos como las cabras montesas. Su comer consistía en
dátiles, higos y pasas, siendo muy hermosa de ancas así como de costados
y pecho.
Sobre esta animalía se puso la hermosa reina y dos mil mujeres de las
suyas le dieron escolta, vestidas de ricos paños y cabalgando en bestias
no menos extrañas. En derredor de Calafia marchaban á pie veinte
doncellas, asimismo vestidas con riqueza, sosteniéndole las haldas, que
arrastraban por el suelo más de cuatro brazas.
Con este atavío llegó adonde la esperaban los monarcas defensores de la
ciudad, y al ver á Esplandián junto á los tronos de su padre el rey
Amadís y su abuelo el rey Lisuarte, se dijo:
«¡Mis dioses! ¿qué es esto? Ahora digo que he visto lo que nunca se verá
semejante.»
Y al mirar el Caballero Serpentino con sus graciosos ojos el hermoso
rostro de la reina, ella sintió que estos rayos salidos de la
resplandeciente belleza del mancebo la atravesaban el corazón.
Nunca había sido vencida por la fuerza de las armas, pero en presencia
del hermoso paladín se sintió tan ablandada y quebrantada como si
anduviese entre mazos de hierro. Ella no podía batirse con él. Le
faltarían fuerzas para levantar la espada sobre su bello rostro. Se
declaraba vencida de antemano. Sería el valiente Radiaro, soldán de
Liquia, el que pelease con el Caballero de la Gran Serpiente. La reina
de California se reservaba medir sus armas con el noble Amadís.
El famoso encuentro de los cuatro héroes se realizó al día siguiente.
Amadís y Calafia se arrojaron con tal ímpetu el uno contra el otro, que
inmediatamente quebraron sus lanzas. Entonces, el héroe, con un pedazo
del arma rota, se limitó á defenderse, golpeando la cabeza de la
amazona.
--¿En tan poco tienes mi esfuerzo que pretendes vencerme á
palos?--protestó Calafia.
--Reina--contestó el paladín--, yo vivo para servir y ayudar á las
mujeres, y si pusiera mis armas en ti, que eres mujer, merecería que se
olvidasen todas mis hazañas pasadas.
Tal consideración sólo sirvió para irritar más á la amazona, que deseaba
ser tratada como un hombre, y empuñando su ancho alfanje con ambas manos
menudeó los golpes mortales contra Amadís. Pero éste con su palo la hizo
caer al suelo finalmente, obligándola á declararse vencida. Al mismo
tiempo Esplandián había rendido al valeroso monarca pagano, haciéndolo
su prisionero.
Después de esta doble derrota quedó terminada la guerra y levantado el
sitio de la ciudad. Calafia se mostraba contenta de su vencimiento
porque esto le permitía vivir cerca del Caballero Serpentino, viéndolo á
todas horas. Como decía Montalvo, estaba presa de dos maneras, de cuerpo
y de corazón, pues la tenía cautiva la gran hermosura del joven
Esplandián.
Siendo ella tan gran señora de tierras y gentes, con una abundancia de
oro y piedras preciosas en su ínsula como no podía encontrarse en el
resto del mundo, no era extraordinario que pensase en hacer su esposo al
hijo de Amadís. Hasta quería convertirse al cristianismo, para mayor
facilidad de esta unión. Pero Esplandián vivía enamorado desde muchos
años antes de la gentil Leonorina, hija del emperador de Constantinopla;
y éste y su esposa, después del triunfo sobre los paganos, renunciaron
á su trono, retirándose á un monasterio.
El Caballero de la Gran Serpiente y Leonorina se casaron, pasando á ser
emperadores, y la reina Calafia, terror de los hombres en las batallas,
lloró de pena como una pobre mujer.
No quiso regresar á sus estados de California, y para vivir cerca del
emperador Esplandián prefirió casarse con un primo de éste, obscuro
caballero comparado con el hermoso héroe.
--Esta novela--continuó el catedrático--, aunque se publicó por primera
vez en 1510, la escribía el regidor de Medina del Campo allá por 1492,
cuando los Reyes Católicos tomaron á Granada, y Colón, ayudado por los
Pinzones, empezaba á preparar su primer viaje á las Indias. Resulta de
esto que la California fué inventada sobre el papel por un novelista de
Castilla un poco antes de que las naves españolas descubriesen las
primeras islas de la actual América.
Durante siglo y medio, los llamados «libros de caballerías» fueron la
lectura favorita de los pueblos cristianos. En España, los hombres de
armas y los hombres de letras buscaban por igual dichas novelas. Con sus
aventuras inverosímiles entretenían y halagaban el entusiasmo de un
pueblo de soldados y navegantes, que veía abrirse á sus heroicas
iniciativas un mundo recién descubierto y se mostraba ávido de repetir
en la realidad todo lo que parecía irrealizable.
--El libro de Cervantes--continuó el catedrático--, que fué un golpe
mortal para la novela caballeresca, no se publicó hasta cien años
después de haber aparecido -Las sergas de Esplandián-. Los
conquistadores españoles fueron grandes aficionados á las novelas
caballerescas. Tan frecuente era su lectura en las llamadas Indias
Occidentales, que el emperador Carlos V prohibió por real cédula la
importación de tales libros en sus Estados del otro lado del Océano,
declarándolos obras perniciosas.
Los españoles recién instalados en el Nuevo Mundo pretendían repetir en
estas tierras de misterio las mismas hazañas de los protagonistas de las
novelas caballerescas. Esperaban encontrar todos los días ciudades
encantadas, tesoros enormes. El último reyezuelo indio les parecía un
gran emperador.
Cuando Hernán Cortés conquistó la meseta central de Méjico y pudo llegar
á las riberas del Pacífico, se sintió atraído por el secreto de este mar
descubierto años antes por Núñez de Balboa en la costa de Panamá.
Muchas de las riquezas adquiridas en su conquista las fué perdiendo en
navegaciones por el Pacífico. Improvisó arsenales en la costa del
misterioso océano, llamado entonces «mar del Sur». Hizo venir de España
materiales de construcción naval, que, desembarcados en Veracruz,
salvaron enormes montañas y planicies hasta llegar á la otra ribera de
Méjico. Con ellos y la madera del país hizo las primeras naves
importantes que se crearon en América, dedicándolas á la exploración de
las costas desconocidas.
Los navegantes enviados por Cortés hacia el Norte creyeron descubrir una
gran isla. Era la península llamada ahora Baja California. El piloto
Fortún Jiménez, primer descubridor de la «isla», murió trágicamente,
como la mayor parte de su tripulación, asesinados todos por los indios.
Fueron precisos nuevos viajes por el mar cerrado que se llamó luego
«golfo de las Perlas», «seno Californio» y «mar de Cortés», para que los
navegantes se convenciesen de que éste no era un mar libre, y que la tal
«isla», bautizada al principio con el nombre de Santa Cruz, resultaba en
realidad una península. El mismo Hernán Cortés se embarcó con cien
soldados en la costa occidental de Méjico para explorar la «isla»
misteriosa, y él fué quien cambió su nombre.
La novela de Montalvo, publicada á continuación de -Amadís de Gaula-,
había obtenido enorme éxito. El volumen de -Las sergas de Esplandián-
andaba en manos de los descubridores españoles de mar y tierra. Hernán
Cortés, antiguo estudiante de la Universidad de Salamanca, era gran
aficionado á leer novelas, y si se terciaba la ocasión sabía escribir
versos. Vió un mar abundante en perlas, vió costas que eran pródigas en
oro, según revelaciones de los indígenas, é igualmente debió descubrir
desde su nave algunas indias de alta estatura, con arcos y lanzas, lo
mismo que las amazonas. No necesitó más para acordarse de la reina
Calafia, dando el nombre del rico país gobernado por la enamorada de
Esplandián á la «isla» de Santa Cruz, que había dejado de ser isla.
De este modo se llamó California la península mejicana que es ahora la
Baja California, pasando su nombre por extensión á la tierra inmediata,
ó Alta California, que pertenece á los Estados Unidos.
--Así fué--continuó el catedrático--como algún tiempo antes de ser
descubierta América inventó el nombre de California un novelista de la
meseta central de España, que fué soldado en muchas guerras, pero tal
vez murió sin haber visto nunca el mar.
IV
En el que se prosigue la historia de California y se cuenta la vida de
la Santa de las Castañuelas
Mascaró siguió hablando.
--Los españoles tardaron dos siglos en colonizar la Alta California,
después de haberla descubierto geográficamente. Buscaban oro y piedras
preciosas, ni más ni menos que todos los exploradores de entonces, fuese
cual fuese su nacionalidad. Navegando en barcos pequeños y conociendo
mal las costas y los vientos, lo que hacía interminables los viajes, es
absurdo exigirles que fuesen en busca de vulgares artículos de comercio.
Éstos empezaron á transportarse de un hemisferio á otro con los modernos
adelantos de la navegación, cuando los buques fueron enormes. Si los
descubridores arriesgaban su vida, era con la esperanza de enriquecerse
en poco tiempo, cargando sus pequeñas naves de objetos valiosos y
escasos en volumen, como son los metales.
Los navegantes franceses é ingleses de entonces, ya que no podían buscar
oro en unas tierras que pertenecían á los españoles por haberlas
descubierto, se dedicaron simplemente al saqueo de las nacientes
colonias de América que pillaban descuidadas, ó á robar los cargamentos
de las naves que volvían á Europa.
--Poseer oro fué el único deseo de las gentes de entonces (si es que no
lo es también de las gentes de ahora), y resulta absurdo querer juzgar
sus actos con arreglo á los sentimientos y conveniencias de nuestra
época. Si los españoles fueron odiados en aquellos tiempos, lo debieron
únicamente á ser los poseedores de las tierras auríferas, envidiadas por
los otros.
El catedrático habló de las expediciones salidas de Méjico por tierra en
busca de las fabulosas Siete Ciudades de Cibola y del reino mítico de
Quivira. El conquistador Coronado creía encontrar estas ciudades de oro
en donde están hoy los Estados de Nuevo Méjico y Arizona, apartándose de
California.
Un piloto valeroso, Juan Rodríguez Cabrillo, por orden del virrey de
Méjico, se lanzó á navegar siguiendo la costa del Pacífico hacia el
Norte. Él fué quien descubrió el litoral de la Alta California y el
primer hombre blanco que pisó su suelo. En esta penosa navegación ancló
muy cerca del -Golden Gate-, la llamada «Puerta de Oro», que da entrada
á la bahía de San Francisco. Pero no la descubrió ni tuvo el menor
indicio de tan seguro refugio.
Murió Cabrillo en plena exploración y fué enterrado por los suyos en la
costa de California. Su segundo, llamado Ferrelo, siguió navegando
hacia el Norte, pero la falta de víveres le hizo volver á Méjico en
1543. Se había explorado con esto toda la costa de la actual California,
pero sin encontrar la bahía de San Francisco.
--Treinta y seis años después--continuó Mascaró--, el famoso pirata
Drake, luego de haber penetrado en el Pacífico por el estrecho de
Magallanes para saquear varias de las colonias españolas nacientes, se
remontó hacia el Norte y fué el segundo en visitar la costa
californiana. Para la carena de su barco se detuvo en un fondeadero á
unas cuantas millas de la bahía de San Francisco; pero «tampoco la vió»,
emprendiendo luego el regreso á su patria, dando la vuelta al mundo. No
fué extraordinario que los españoles dejasen olvidada esta costa luego
de haberla descubierto. Su imperio colonial era tan extenso, que ahora
parece acción maravillosa cómo pudieron gobernarlo, aunque fuese
defectuosamente, y poblarlo de gente blanca desde tan lejos, teniendo
que luchar con los enormes obstáculos de la distancia y las deficiencias
de la navegación en aquellos tiempos.
Al fin el gobierno de España se vió obligado á acordarse de la olvidada
California y la buscó de nuevo, no con el fin de encontrar oro, sino
para establecer un punto de comunicación con los archipiélagos
asiáticos.
Magallanes había descubierto las islas Filipinas, y como el principal
motivo de los viajes de Colón fué establecer un comercio con las Indias
Orientales, productoras de la especiería, España convirtió al
archipiélago filipino en depósito de productos asiáticos, yendo á
buscarlos por Occidente en flotas que salían del puerto mejicano de
Acapulco con rumbo á Manila y hacían el mismo viaje de regreso.
En este viaje de vuelta, las expediciones navegaban siempre por el
hemisferio Norte y los vientos las traían frente á la costa de
California, siguiendo después su ruta hacia el Sur. Necesitaba la marina
española un puerto en dicha costa para su refugio y para hacer en él las
reparaciones inevitables después de la enorme travesía del Pacífico.
Pero los exploradores enviados por el virrey de Méjico buscaron este
puerto sin hallarlo.
--Fué una ironía del destino--continuó don Antonio--que todas las
exploraciones del litoral de California fuesen para encontrar un puerto
seguro, y existiendo la bahía de San Francisco, que es uno de los más
grandes del mundo, ningún navegante dió con él durante dos siglos,
siendo tantos y tantos los que pasaron y volvieron á pasar ante su
boca... Y cuando al fin fué encontrada la bahía de San Francisco, este
descubrimiento se hizo por tierra y lo realizó un capitán de caballería.
El piloto Vizcaíno, comisionado por el conde de Monterrey, iba en busca
del puerto de refugio en California, después de otros viajes de sus
colegas Gali y Cermeño. Él dió sus nombres españoles actuales de santos
y santas á muchos cabos, islas y ríos del litoral, y al fin creyó
encontrar el puerto deseado en un fondeadero abierto que llamó
Monterrey, en honor del gobernante que había organizado su expedición.
Navegando luego hacia el Norte, llegó á pocas millas de la bahía de San
Francisco, y «tampoco la descubrió»... Unas veces las neblinas, y otras
la maligna casualidad, hicieron que los buques no viesen nunca su
entrada, por quedar ésta debajo de la línea del horizonte. Cuando Drake
carenó su buque á treinta millas de la Puerta de Oro, le hubiera bastado
á uno de sus marineros subir á una cumbre cualquiera de la costa para
descubrir esta bahía enorme. Pero una influencia misteriosa parecía
burlarse de los hombres de mar, reservando el importante descubrimiento
á un soldado de tierra, que lo hizo sin desearlo.
Durante ciento sesenta años, España, que tenía tan vastos y ricos
territorios que gobernar, no se preocupó de la abandonada y silenciosa
California. Las naos que volvían de Filipinas se limitaban á tocar en
las inmediaciones del cabo Mendocino, punta avanzada del litoral
californiano, continuando desde allí su viaje hacia Acapulco, último
término de su navegación.
Pero Inglaterra había fundado sus colonias en la costa americana del
Atlántico, Francia ocupaba el Misisipí, y por el lado del Pacífico iba
descendiendo desde el Norte la exploración rusa. Bering, pasando el
estrecho que lleva su nombre, se había establecido en Alaska, haciendo
nacer una América rusa. El Imperio de los zares deseaba su parte en el
Nuevo Mundo, y descontento de las tierras que poseía en él, dormidas la
mayor parte del año bajo las nieves, iba avanzando poco á poco, atraído
por los esplendores de la América tropical, proponiéndose no parar hasta
la frontera de Méjico.
España comprendió que para tener segura la Alta California, que sólo era
española geográficamente, debía ocuparla y colonizarla.
--Fué esto en tiempos de Carlos III--siguió diciendo Mascaró--, cuando
un grupo de españoles ilustrados hacía renacer las energías y la cultura
del país, modernizando sus leyes y costumbres. Entonces aparecieron los
Gálvez, grandes americanistas de peluca blanca. El principal de esta
familia, el que fundó su prosperidad y sirvió de apoyo á los otros, fué
don José de Gálvez, un abogado de Vélez Málaga, hijo de labradores. Se
iniciaba entonces el movimiento civil que acabó produciendo la
Revolución francesa. Los enciclopedistas influían desde París en el
pensamiento de todo el continente. Eran los letrados los que empezaban á
gobernar los pueblos, sustituyendo á los hombres de espada y á la
antigua nobleza. Ser abogado conducía fácilmente al Consejo de los
reyes. Don José de Gálvez hizo esta misma carrera, y de simple abogado
en Madrid, acabó por ser consejero del rey de España en los asuntos de
América y ministro de sus colonias.
A su hermano don Matías, hombre sencillo, desinteresado y probo, como
pocas veces se había visto en la administración colonial, lo hizo
gobernador de Guatemala, y al hijo de éste, llamado don Bernardo de
Gálvez, militar de pocos años, que había obtenido por su valor en las
guerras de Europa el grado de general de brigada, le procuró el gobierno
de la Luisiana, que España había recobrado poco antes por un acuerdo con
Francia.
--Este don Bernardo de Gálvez, caudillo que por su juventud y sus
victorias recuerda á los generales de la Revolución francesa, es un
héroe injustamente olvidado por los Estados Unidos, tal vez porque fué
español. No hay niño en las escuelas norteamericanas que ignore el
nombre de Lafayette; en cambio puedo hacer sin miedo la apuesta de que
entre los ciento veinte millones de seres que pueblan los Estados Unidos
no existen tal vez doscientos que se acuerden de quién fué don Bernardo
de Gálvez.
Y Mascaró contaba rápidamente las campañas y triunfos de este general de
veintitrés años.
España, aliada con Francia, protegía abiertamente á las colonias de
América sublevadas contra Inglaterra para obtener su independencia. El
puerto de La Habana servía de base y refugio á las escuadras francesa y
española que se batían con la marina británica y sorprendían sus
convoyes, ayudando de este modo por mar á los nuevos Estados de América.
Don Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana, residía en Nueva
Orleáns, y siguiendo las órdenes del gobierno de Madrid, entraba en
guerra con los ingleses que ocupaban La Florida.
Su padre don Matías de Gálvez, gobernador de Guatemala, los había batido
en Honduras con los escasos medios que tenía á su disposición,
improvisando un pequeño ejército de negros, indios y blancos
aventureros. Tal era su éxito, que á pesar de ser un funcionario civil,
el gobierno español acababa por darle el grado de general.
Fué su hijo, el joven gobernador de la Luisiana, quien mostró una
extraordinaria capacidad militar. Con otro ejército improvisado, en el
que sólo figuraban doscientos veteranos españoles, salió de Nueva
Orleáns para ayudar á los americanos, distrayendo y atacando las fuerzas
británicas. Tomó por sorpresa varios fuertes de La Florida, y luego de
transportar su artillería en lanchas por el Misisipí, sitió á Baton
Rouge, obligando á su guarnición á rendirse. En poco tiempo dominó el
territorio de los indios Chactas, cuyos caciques acataron al joven
vencedor, uniéndose á él para combatir á los ingleses.
Al año siguiente, 1780, llevó la guerra á La Florida occidental,
partiendo de La Habana, que le servía de base de operaciones, con un
ejército de soldados venidos de España. Después de grandes dificultades
en su desembarco, se apoderó de la ciudad de Mobila y tomó luego á
Panzacola, que era la capital de La Florida para los ingleses.
En esta victoria Gálvez fué herido en el vientre y en el pecho, pero su
juventud y su vigor salvaron su existencia. El gobierno de Madrid lo
hizo general de división, dándole además el título de conde por sus
victorias, y se escribieron varios poemas en honor del caudillo. Pero
hoy no hay quien se acuerde de este general de veintitrés años que
expulsó á los ingleses de La Florida durante la guerra de la
independencia de los Estados Unidos y ayudó con sus campañas al triunfo
de los americanos. En toda la inmensa República de la Unión, donde son
tantos los monumentos á la gloria de personajes muchas veces olvidados,
no existe una estatua ó un simple busto que recuerde al conde de Gálvez,
vencedor de Mobila y Panzacola.
Su padre don Matías llegaba á ser virrey de Méjico, viéndose amado por
la sencillez de su vida y la moralidad de su administración. Pero una
influencia fatal parecía pesar sobre los Gálvez de América, sostenidos
desde Madrid por el abogado, ministro de Indias. Don Matías murió en
Méjico antes de cumplirse el primer año de su virreynato, y fué nombrado
para sucederle su hijo el general. El pueblo mejicano recibió con
entusiasmo á este caudillo que era el más joven de sus virreyes y tenía
el prestigio militar de sus victorias. Además vivía sencillamente, como
un soldado, mostrándose en público sin acompañamiento, conversando en
las fiestas populares con la gente más humilde. Pero también murió al
año de ser virrey, lo mismo que su padre, de una rápida y misteriosa
enfermedad que le consumió en pocos días. Y como esto resultaba
inexplicable en un hombre joven y vigoroso, la gente dió en decir que
había muerto envenenado...
--Pero volvamos al abogado Gálvez, el jefe de esta familia de
«americanistas». Antes de llegar á ministro de las Colonias, don José de
Gálvez había sido enviado á Méjico (la llamada Nueva España) con el
título de Visitador, para que examinase de cerca el modo de poblar y
civilizar el Norte de los dominios españoles, cortando el avance ruso.
El Visitador se estableció en el puerto de San Blas, frente á la Baja
California, preparando personalmente la segunda exploración de la Alta
California y su colonización definitiva. Para que esta colonización
tuviese una base firme se necesitaba un puerto, y otra vez se volvió á
hablar de Monterrey, bahía olvidada durante siglo y medio, desde que el
viejo capitán Vizcaíno la descubrió. Quedaba en Méjico un recuerdo
legendario de Monterrey. Vizcaíno y sus hombres, impresionados por la
abundancia y variedad de animales salvajes que podían cazarse en los
bosques cercanos, habían intentado regresar á este fondeadero para
establecer en él una colonia. Pero el navegante murió antes de que
llegase de España la autorización real, retardándose con esto ciento
sesenta años la civilización del país.
Había que buscar por tierra el puerto de Monterrey. Dos paquebotes
construídos por Gálvez en la costa de Sonora, navegando hacia el Norte,
vendrían á juntarse en dicho fondeadero con la expedición terrestre.
Esta expedición iba dirigida por el capitán de caballería don Gaspar de
Portolá, gobernador militar de la Baja California. Era un valeroso
oficial catalán, que se había batido en las guerras de Italia contra los
austriacos, pasando después á Méjico. Como jefe religioso iba el padre
Junípero Serra, fraile mallorquín, superior de las Misiones
franciscanas en la Baja California. Esta expedición hizo su entrada en
San Diego (primer pueblo de la Alta California) á mediados de 1769.
--Cuando los españoles avanzaban por la costa del Pacífico para crear la
más famosa de las dos Californias--dijo Mascaró--, empezaba á ser un
poco conocido Wáshington en la costa del Atlántico y faltaban pocos años
para que empezase la guerra de la Independencia americana.
El padre Serra, que había emprendido esta aventura evangélica á pesar de
su ancianidad, quedó enfermo en San Diego de Alcalá, cerca de la actual
frontera de Méjico, y el capitán de dragones, jefe militar y civil de la
expedición, siguió adelante con su tropa, su caballada, sus repuestos de
víveres llevados por recuas de mulas y una tropa de indígenas de la Baja
California proveídos de instrumentos de zapa para abrir camino en las
tierras vírgenes.
Parte de los soldados eran españoles de la Península, pertenecientes al
batallón de Voluntarios de Cataluña, y el resto jinetes del llamado
«Presidio de las Californias», que llevaban por arma defensiva la
«cuera», casaca de varios pellejos de venado superpuestos, casi
impenetrable á las flechas de los indios, y la «adarga», fabricada con
dos pieles crudas de toro, escudo que manejaba el jinete con su brazo
izquierdo para defenderse él y su caballo de los golpes. Llevaban
también, cayendo á ambos lados de la silla, sobre sus muslos, dos cueros
rígidos, llamados «defensas», que les cubrían las piernas para no
lastimárselas cuando hacían correr sus caballos entre los matorrales.
Esgrimían diestramente sus armas, consistentes en lanza y espada de gran
anchura, llevando además una escopeta corta en el arzón. Eran hombres de
mucho aguante y sufrimiento en la fatiga, obedientes, resueltos, ágiles,
y su jefe Portolá los tenía «por los mayores jinetes del mundo y los
soldados que mejor ganaban el pan del augusto monarca al que servían».
Tuvieron que luchar con la tierra y las enfermedades más que contra los
hombres. Los indígenas intentaron cerrarles el paso, pero no osaban
combatirles resueltamente. Los padecimientos fueron grandes para abrirse
camino en esta tierra que por primera vez recibía la huella de los
hombres blancos. Además sufrieron mortales enfermedades á causa de la
mala alimentación, y las tripulaciones del par de paquebotes que seguían
la costa se vieron diezmadas por el escorbuto.
Portolá, con su tropa dividida en dos secciones, marchó y marchó durante
varios meses, pues sus jornadas sólo podían ser breves en un suelo tan
abrupto.
Al fin, el 2 de Noviembre, al detenerse los exploradores en un altozano,
vieron una especie de mar interior del que emergían varias islas y que
venía á perderse tierra adentro, formando marismas. La bahía de San
Francisco acababa de ser descubierta. Lo que los navegantes no pudieron
ver nunca por mar, lo había hallado casualmente un capitán de dragones.
La expedición tuvo que retroceder á su punto de partida, ó sea á San
Diego, sin haber encontrado el puerto de Monterrey, ni á la ida ni á la
vuelta. Al avanzar hacia el Norte, lo dejó á su izquierda, sin darse
cuenta de ello. De regreso, no creyó necesario Portolá entretenerse
buscando el fondeadero descubierto por Vizcaíno siglo y medio antes. Él
había hallado algo mejor.
--Me imagino lo que debió decir el capitán de Gerona al juntarse con el
padre Serra en San Diego: «No he encontrado Monterrey, pero en cambio
traigo un puerto como no hay otro en el mundo.» Y como Gálvez había
autorizado al padre Serra para dar el nombre de San Francisco de Asís,
patrón de su Orden, al lugar que considerase más importante entre todos
los descubiertos por la expedición, decidió el fraile que la hermosa
bahía se llamase para siempre San Francisco.
Mascaró siguió contando el resto de la vida de don Gaspar de Portolá. Su
misión había terminado, y como eran otros los que debían colonizar las
tierras exploradas por él, volvió á su comandancia de la Baja
California. El gobierno lo hizo teniente coronel por esta expedición y
gobernador de Guadalajara, en Méjico. Luego regresó á España, llegando á
coronel de un regimiento de coraceros que guarnecía Aranjuez, donde
estaba la corte. Y allí murió en 1806, dos años antes de la invasión de
España por Napoleón.
--Tal vez se acordó muy de tarde en tarde de aquella bahía enorme
contemplada desde una altura y á la que volvió la espalda para no verla
más. ¿Cómo podía adivinar que iba á fundarse allí la ciudad más grande
del Pacífico, una de las más famosas de la tierra, cincuenta años
después de su muerte, y que esto inmortalizaría su nombre?
El coronel Portolá se fué del mundo sin sospechar que sería célebre, más
célebre que muchos conquistadores de la época heroica que realizaron
hazañas inauditas, pero tuvieron la mala suerte de descubrir tierras de
América que hoy arrastran una vida decadente ó están completamente
olvidadas. Los nombres de estos héroes son cada vez más obscuros, según
se va hundiendo el país que descubrieron y colonizaron. En cambio, el
nombre de Portolá, descubridor de San Francisco, va unido al de una
metrópoli cuyo crecimiento parece ilimitado.
--Algún día--dijo Mascaró--, el núcleo vital de la civilización humana,
que fué pasando de Asia á Europa, y ahora empieza á trasladarse de
Europa á América, saltará á las grandes islas del Pacífico y al Extremo
Oriente, siguiendo su movimiento orbital. Y entonces San Francisco será
el heredero de París, de Londres, de Nueva York.
Describió el catedrático la organización del nuevo territorio. Se
fundaban en él cuatro presidios: Monterrey, San Francisco, San Diego y
Santa Bárbara.
Al notar la extrañeza de alguno de sus oyentes, se apresuró á añadir:
--Presidio, en español, significa «lugar fortificado», lugar con
guarnición. Así se entendió siempre, hasta hace un siglo. Pero al ser
enviados delincuentes á nuestros presidios de África, ó sea á las plazas
fortificadas que tenemos allá, la gente empezó á usar «presidio» como
sinónimo de cárcel ó penal.
Se fundaban tres pueblos, uno de ellos «Nuestra Señora la Reina de los
Angeles», aglomeración de chozas en torno á una humilde iglesia
franciscana, que servía de núcleo á la moderna y hermosa ciudad de Los
Angeles. Luego, los frailes, bajo la dirección ferviente de Junípero
Serra, creaban veintiuna Misiones, á una jornada de distancia entre
ellas, cordón de pequeños conventos con aldeas de indios adjuntas, que
se extendía desde San Diego de Alcalá, junto á la actual frontera de
Méjico, hasta más arriba de San Francisco.
El catedrático había contemplado la estatua colosal de este civilizador
evangélico en el parque de la Puerta de Oro, el paseo más hermoso de la
gran ciudad californiana. Las Misiones fundadas por el padre Serra
habían educado á los indios con más desinterés que las antiguas Misiones
jesuíticas del Paraguay, limitándose á su obra instructiva, sin soñar
con la constitución de un Estado teocrático.
Muchos de estos frailes eran nacidos en las orillas del Mediterráneo,
como el mallorquín que los dirigía, y pretendieron repetir sobre la
fértil tierra californiana los jardines del Levante español. El naranjo
creció por primera vez en esta parte de América, como en los huertos de
Mallorca y de Valencia.
--Los primitivos maestros de los cultivadores californianos, célebres
ahora en el mundo entero--siguió diciendo Mascaró--, fueron los frailes
venidos de España. Esta colonización es la única de toda América que no
se vió precedida por guerras y derramamientos de sangre. Los misioneros
tuvieron que luchar mucho con el espíritu receloso, burlón y astuto de
los indios de California; pero lentamente, gracias á sus lecciones de
agricultura y de medicina y á otras ventajas de la cultura aportada por
ellos, acabaron los discípulos del padre Serra por atraerse á las tribus
errantes, instalándolas en torno á sus fundaciones.
Esta Arcadia mística y agrícola duró menos de medio siglo y no tuvo
tiempo para desarrollar toda su obra civilizadora. Además, una serie de
epidemias afligieron á muchas de las Misiones, dispersando ó destruyendo
sus nacientes núcleos de población.
Cuando Méjico se declaró independiente, separándose de España, los
nuevos gobernantes legislaron desde la capital de un modo uniforme, lo
mismo para las ciudades próximas que para las Misiones remotas, sin
pensar que éstas vivían más lejos de su gobierno que Méjico vivía de
Europa. Los decretos de secularización dieron fin á los días pastorales
de las Misiones. Éstas fueron disueltas; los frailes se marcharon; los
indios se esparcieron, volviendo los más de ellos á la barbarie, y las
iglesias franciscanas fueron derrumbándose, hasta convertirse en tristes
y pintorescas ruinas.
Quedaron como únicos señores del país y representantes de la
civilización blanca los dueños de «haciendas» y «ranchos», los
caballeros de origen español, hijos ó nietos de empleados y militares, y
pasaron muchos años de paz y obscuridad sobre la tierra explorada por el
capitán Portolá.
La República de Méjico, viviendo entre incesantes revueltas, enviaba
gobernadores á California, pero las más de las veces, al llegar éstos á
su destino, después de un viaje de muchas semanas, ya no existía el
gobierno que los había nombrado. La autoridad de Méjico era puramente
nominal. Los vecinos acomodados de Monterrey y los «rancheros» de las
antiguas Misiones llevaban una existencia en realidad independiente,
gobernándose por sí mismos, con arreglo á las costumbres.
Al ocurrir en 1846 la guerra entre Méjico y los Estados Unidos, un
comodoro norteamericano echaba á tierra su gente en Monterrey, izando la
bandera de su República sin encontrar obstáculos. Los californianos que
habían vivido alejados de Méjico no se creyeron en la obligación de
oponer una desesperada resistencia.
Poco después ocurrió en esta tierra uno de los sucesos más ruidosos del
siglo XIX. Siempre habían circulado vagos rumores de que la California
era un país abundantísimo en oro. Estas noticias ya legendarias databan
de siglos. Los primeros conquistadores españoles las habían conocido,
guiándose por ellas en las soledades del llamado Nuevo Méjico y de
Arizona. Pero durante doscientos años, los que avanzaron á través de
las belicosas tribus de apaches y navajos, y los navegantes exploradores
de la costa californiana, jamás obtuvieron una pepita del precioso
metal. Dos años después de haberse apoderado de Alta California la
República de los Estados Unidos, ocurrió por obra de la casualidad, y
con la sorpresa ruidosa de un golpe teatral, el descubrimiento ansiado.
--Todo en California--continuó el catedrático--fué obra del azar. Los
pilotos españoles que exploraban la costa en demanda de un puerto
pasaron y repasaron, durante dos siglos, frente á uno de los más grandes
del mundo sin verlo nunca, y su descubrimiento fué obra de un soldado
terrestre que no lo buscaba. Hernán Cortés, y otros después de él,
perdieron su fortuna y algunos de ellos su vida buscando un oro del que
hablaban los indígenas en sus cuentos, y que nunca pudieron encontrar. Y
cuando al fin la casualidad descubrió la riqueza aurífera de dicho
suelo, éste ya no pertenecía á España.
Don Antonio hacía consideraciones sobre la fecha del descubrimiento del
oro en California. Si tal hallazgo lo hubiese realizado siglos antes
cualquiera de los exploradores marítimos, la codicia y el espíritu de
aventura habrían aglomerado la gente blanca en California,
constituyéndose una colonia fuerte y numerosa, como en Méjico, en Perú y
otros lugares de la antigua América española. En tal caso no habría
bastado el desembarco de un simple comodoro en el fondeadero de
Monterrey para adueñarse del país.
--Los Estados Unidos--añadió Mascaró--habrían tropezado con otra
República de Méjico establecida al Oeste, en lo que son hoy sus Estados
del Pacífico, como hoy tropieza con la que tiene al Sur.
Pero la ironía de la Historia guardó oculto el oro californiano en el
curso de doscientos años de tenaz rebusca, para no mostrarlo hasta
después de la fecha en que la marina de los Estados Unidos se apoderó de
Monterrey, ganosa de adquirir un puerto en el Pacífico.
Fué en 1848 cuando Sutter, un oficial suizo que había servido á los
reyes de Francia, emigrando luego á California al ocurrir la caída de
los Borbones, descubrió cierta cantidad de oro al abrir un nuevo canal
para su pequeño molino cerca del río Sacramento. Nunca se conoció una
noticia de efecto tan instantáneo y enorme. En pocos días se despoblaron
las ciudades, las aldeas, los «ranchos» de California, y hasta se
desbandó en parte el pequeño ejército de ocupación enviado por los
Estados Unidos. Todos querían ser mineros, esparciéndose por montes y
valles en busca de oro. Antes de que terminase el año habían llegado
miles y miles de hombres procedentes del Estado de Oregón, del vecino
Méjico y del lejano Chile.
Al circular las cartas de los primeros mineros por los Estados de la
República Unida existentes al otro lado de los montes Alleghanys, ó sea
á orillas del Atlántico, la fiebre del oro se apoderó de los ciudadanos
yankis. Hasta entonces este metal había sido únicamente de España. Ahora
les llegaba su vez á los Estados Unidos de la América del Norte, y el
regalo del destino era enorme, como nunca se había visto en la Historia.
Todos los hombres enérgicos y atrevidos de la tierra se lanzaron hacia
este nuevo Eldorado, más positivo y seguro que el de las leyendas de la
conquista española. Hubo semana que desembarcaron diez mil inmigrantes
en las playas de California. La bahía descubierta por el capitán Portolá
vió llegar buques con toda clase de banderas que derramaban en sus
orillas aventureros de diversos colores, hablando todos los idiomas.
Las dificultades geográficas para llegar á este país, que parecían
insuperables hasta poco antes, fueron vencidas por el alud humano.
California pertenecía á los Estados Unidos, pero esta República tenía
concentrada su vida á orillas del Atlántico, y sus habitantes, para
llegar á la ribera del Pacífico, necesitaban atravesar toda la anchura
de la América del Norte, casi inexplorada, con tribus belicosas que
oponían una resistencia sangrienta al avance del hombre blanco.
--Hace setenta años nada más--dijo Mascaró--, donde hoy existen ciudades
que asombran por sus gigantescos edificios, el indio errante clavaba su
tienda de cuero y se erguía orgulloso mirando las cabelleras de enemigos
que adornaban su cintura.
Largos convoyes de carretas que hacían oficio de casas emprendieron la
marcha por el centro de la gran República, siguiendo las riberas de los
ríos: oasis lineales á través de la inmensidad árida ó silvestre. Los
avances de la gente atraída por California sirvieron para acelerar la
colonización y civilización del centro del país. Pero la mayoría de los
aventureros, como tenía prisa en conquistar la riqueza, tomaba el camino
más corto, que era geográficamente el más largo, embarcándose en
cualquier puerto del Atlántico para dar la vuelta á América por el cabo
de Hornos y remontar el Pacífico hasta California.
El comercio, seducido por las ganancias fabulosas del país del oro,
también adoptó esta ruta, tenida al poco tiempo por ordinaria, y que
representaba, sumando las dos navegaciones á lo largo de ambas costas de
América, un viaje casi igual á la circunnavegación del globo terráqueo.
Entonces empezó la famosa era de los -clippers- americanos, el esfuerzo
más audaz realizado por los hombres desde el día que se lanzaron sobre
las olas montados en maderos y dando al viento un pedazo de tela. Como
todo armador ó capitán quería dar la vuelta á América llegando á
California en menos tiempo que sus rivales, se estableció entre ellos
una lucha de construcción naval, creándose el -clipper-, buque que
extremó temerariamente las dimensiones de su velamen y la estrechez de
su casco, con menosprecio de las leyes de estabilidad. Estos buques
realizaron rápidas travesías que poco antes hubiesen parecido
inverosímiles.
Sus capitanes tuvieron por aliados al vendaval y la tempestad. Las velas
se rasgaban ó eran arrebatadas por el viento, antes de pasar por la
vergüenza de amainarlas. Algunos, al acostarse, ponían candado á
ciertas partes del cordaje de su -clipper-, para que nadie pudiese
disminuir el velamen mientras ellos dormían. El diablo, excelente amigo,
cuidaría del rumbo durante su sueño; y si se iban al fondo, que fuese
con toda la lona desplegada, para llegar más pronto á las entrañas del
mar. Cada capitán quería ver San Francisco varios días antes que los
otros -clippers- que seguían el mismo rumbo.
Valparaíso, puerto de descanso para los buques que habían doblado el
cabo de Hornos luchando con el terrible Oeste, vió la llegada de muchos
de estos -clippers- con la arboladura hecha astillas, rasos como
pontones y sin otro gobierno que un velacho de ocasión. Los barcos
envejecidos, los aventureros de madera y cobre que habían navegado por
todos los Océanos, emprendían su última travesía con rumbo á California,
lo mismo que los aventureros de carne y hueso. Resultaba magnífico
negocio llevar hasta la tierra del oro estos cascarones destinados á
pudrirse en un puerto. Las mercancías de su cargamento eran vendidas
antes de salir de las calas. Sus tripulantes, reclutados para un solo
viaje sin obligación de retorno, se echaban á tierra inmediatamente para
dedicarse á la busca de oro. El veterano del mar era puesto en seco, y
se disputaban su compra los nuevos ricos del país para convertirlo en
hotel, en almacenes ó en oficinas. Había que hacer rápidamente las cosas
en este país maravilloso. Cada día de ocio representaba montones
perdidos del precioso metal. Nadie quería ser albañil ni ocuparse en
construcciones. Los millonarios vivían en chozas de adobes ó en simples
tiendas. Comprar un barco viejo era adquirir instantáneamente un palacio
maravilloso.
Los -clippers- veloces y los pesados buques de carga completaban sus
tripulaciones en Valparaíso. El chileno, andariego y aficionado por
tradición á la minería, fué el americano del Sur que más pronto sintió
la atracción de California, embarcándose como marinero para hacer el
viaje gratuitamente. Una vez allá, se esparció por la tierra del oro,
con la ilusión de dar un golpe de piqueta de los que convierten, en el
espacio de un minuto, á un aventurero hambriento en multimillonario.
Mascaró describía la maravillosa transformación de San Francisco,
metrópoli californiana. Cuando el molinero del Sacramento encontró el
primer puñado de oro, la bahía descubierta por Portolá sólo tenía junto
á su boca la aldea de Sausalito, el ruinoso y abandonado fuerte de la
época española sobre la colina llamada del Presidio, y á un lado la
antigua Misión de Dolores, grupo de chozas en torno á una pequeña
iglesia. Esto era todo.
En pocos años surgió la ciudad de San Francisco. Primero fué de madera,
como todo pueblo improvisado; luego de albañilería, extendiendo sus
límites hasta absorber lo que antes eran aldeas alejadas unas de otras,
y actualmente figuraba como la primera ciudad del Pacífico.
Sus rascacielos, rivales de los de Nueva York, hundían su cúspide en las
nubes; su puerto alineaba muelles y almacenes en una extensión de
varios kilómetros. En la ribera opuesta de la bahía existían importantes
ciudades, como Oakland, Berkeley y otras. Eran á modo de prolongaciones
de la vida de San Francisco. Hacían recordar las raíces de ciertos
árboles gigantescos que perforan el lecho de los ríos y pasan á la
ribera opuesta para resurgir y crecer como árboles filiales, saludando
desde lejos con el movimiento de sus ramas al árbol progenitor.
La tierra y el fuego querían destruir esta obra prodigiosa y rápida de
los hombres. La ciudad se había incendiado repetidas veces. El suelo
temblaba periódicamente, con intervalos de pocos años. Los terremotos de
San Francisco eran famosos por su frecuencia; pero á continuación de
estos cataclismos, la ciudad resurgía sobre cimientos más sólidos, más
extensa, más alta, yendo desde la Puerta de Oro hasta el término de la
bahía, haciendo pasar sus tentáculos urbanos bajo el lecho del mar
interior, para asomar sus extremidades en la orilla de enfrente.
Sus casas, altas como torres, perforaban las nieblas que sorprendían á
veces este país solar, cubriendo con sus velos el marítimo paisaje. Pero
un capricho del viento rasgaba el brumoso telón, dejando visibles otra
vez la verde planicie de la bahía agujereada por sus islas, el azul del
cielo, y entre ambos colores la línea gris y rojiza de la orilla
opuesta, con la blanca torre de la Universidad de Berkeley, igual á un
faro lejano.
Como la ciudad, en su desdoblamiento incesante, había escalado las
montañas inmediatas, muchas calles eran de una pendiente violenta, que
obligaba á cortar sus aceras en escalones, circulando por estas cuestas
tranvías y automóviles con la horizontalidad trastornada, lo mismo que
los vehículos funiculares. Apenas cerraba la noche, el vacío lóbrego del
cielo era poblado por los anuncios luminosos, con una muchedumbre
quimerática y parpadeante: duendes de grotescos saludos, caricaturas
gesticuladoras, vehículos rojos que rodaban sin cambiar de sitio,
dragones verdes, aves de paradisíaco plumaje. Hasta los templos ayudaban
al esplendor de este segundo día artificial que reinaba sobre las
techumbres, colgando del muro enlutado de la noche cruces gigantescas
formadas con gruesos diamantes eléctricos.
--Cuando yo estuve en «Frisco», como llaman los californianos por
abreviación á su ciudad--siguió diciendo don Antonio--, me acordé muchas
veces del coronel de los coraceros del rey, don Gaspar de Portolá,
muerto en Aranjuez en 1806. Me lo imaginaba resucitando en 1906, cien
años después, para contemplar cómo es ahora la bahía que él descubrió ó
para ver San Francisco en plena noche. Creo que, de ser posible esta
resurrección, habría vuelto á morirse inmediatamente, de sorpresa y de
asombro.
El recuerdo de la época española de California hizo emprender á Mascaró
un nuevo relato.
--Hay una California romántica... Tú has estado allá, y debes haber oído
contar la historia de Concha Argüello.
Balboa, después de quedar con los ojos en alto y la frente contraída
como si esforzase su memoria, hizo un gesto afirmativo. Recordaba
vagamente estos amores novelescos, que le había contado muchos años
antes una señora vieja de Monterrey. Pero como Florestán y Consuelito,
algo aburridos por la historia del lejano país, parecieron animarse con
el anuncio de esta novela de amor, Mascaró siguió hablando.
Él había visitado «el Presidio», la parte militar de San Francisco,
donde están acuarteladas las fuerzas de su guarnición, por ser
tradicional este emplazamiento desde la época española. Había visto cómo
en el lugar que ocupó el antiguo fuerte se conservaba la casa del
gobernador español, edificio de un solo piso, con paredes de adobes y
techo de tejas curvas, formando gran alero para defender de la lluvia y
el sol las puertas y las rejas. Era una casa igual á todas las antiguas
de Méjico y otros países hispano-americanos. La comandancia
norteamericana la había reparado para que no se derrumbase, pero
respetando sus líneas originales. Una placa de bronce junto á la puerta
recordaba que allí habían vivido los jefes españoles del antiguo
Presidio de San Francisco.
En 1806, cuando moría Portolá en España, era gobernador de este fuerte
el capitán don José Darío Argüello, y un hijo suyo, igualmente oficial,
le ayudaba á vigilar el Presidio de Monterrey, reemplazándose los dos en
el cuidado de ambas plazas. El capitán tenía una hija de quince años,
María de la Concepción Argüello, nacida en el Presidio de San Francisco
y bautizada en la cercana Misión de Dolores.
--Yo me la imagino vestida con arreglo á las modas españolas de aquella
época: falda hueca y corta, breve pie con zapatito de seda y cintas
cruzadas sobre la media blanca, la carita de un moreno pálido, dos rizos
en espiral como virutas entre las orejas pequeñas y los ojos
aterciopelados, profundamente negros, y sobre el torreón de su cabellera
abundante una gran peineta de concha. En días de fiesta, cuando bajaba á
la iglesia de los Dolores, donde la habían bautizado, colocaría sobre la
peineta el calado pabellón de una mantilla negra. Al estar sola en su
casa, sus brazos redondos, con graciosos hoyuelos en los codos, se
estiraban, desperezándose elegantemente, fuera de las abombadas mangas
de farol, y sus manos, libres de guantes ó mitones, hacían repiquetear
unas castañuelas, acompañando el rítmico movimiento de sus pies.
La hija del gobernador del Presidio de San Francisco amaba el baile;
pero su recato de doncella católica y bien criada le hacía buscar la
soledad para entregarse á este placer. Bailaba para ella misma, haciendo
sonar junto á sus oídos las castañuelas, horas y más horas, como si
éstas hablasen, contántole secretos de un mundo lejano. Muchos afirmaban
que en la exuberancia de su alegría infantil prefería bailar ante las
imágenes santas mejor que rezarles oraciones, por creer que de este modo
expresaba más sinceramente su veneración.
Un día, estando el gobernador Argüello en Monterrey, llegó á la bahía de
San Francisco una fragata rusa, que tenía por nombre -Juno-. Este buque
lo mandaba un aristócrata de San Petersburgo, un chambelán del zar
Alejandro I, llamado Nicolás Rezanov. Viajaba á lo largo de la costa de
California con pretexto de exploraciones científicas, y por esto iba á
bordo un sabio alemán llamado Lansdorff, que dejó escrito un libro sobre
dicha expedición.
La llegada de un buque ruso á la bahía solitaria de San Francisco,
visitada únicamente por los paquebotes de la marina de guerra española y
algunos barcos de cabotaje procedentes de Méjico, era un suceso
extraordinario, y el gobernador Argüello, al recibir la noticia, se
apresuró á volver al fuerte de dicha bahía, llamado de San Joaquín.
Inmediatamente se dió cuenta de que el gran señor ruso estaba preocupado
por cosas muy ajenas á una exploración política.
--Veo desde aquí á Rezanov--dijo el catedrático--. Era indudablemente el
tipo del galán romántico que existió á principios del siglo XIX, con
aire melancólico y algo «fatal», un personaje como los de Lord Byron,
Madame Stael y otros autores de la época, héroes sentimentales y
trágicos, de piernas musculosas apretadas por el pantalón de punto,
levitón con esclavina, cara pálida y el cabello alborotado, como si lo
agitase un huracán invisible. Desde la primera vez que bajó á tierra
sintió en su corazón el repiqueteo de aquellas castañuelas que
acompañaban á todas partes á la hija del gobernador.
Durante diez días, el fuerte de San Joaquín, lugar aburrido y monótono,
presenció continuas fiestas. Sonaron guitarras y cantos junto á los
cañones de bronce asomados á las troneras de piedra, para reflejar sus
negras gargantas en las aguas de la bahía. Las niñas de la colonia
intercalaban el «barrego», danza del país, con el fandango y el bolero
venidos de España. Los marinos rusos enseñaban á las californianas el
vals, baile de Europa que sólo tenía unos cuantos años de existencia y
representaba entonces una gran novedad.
El chambelán Rezanov aprovechaba todas las ocasiones para hablar á solas
con la bulliciosa Conchita, acariciándola con los ojos mientras la
muchacha continuaba su charla de pájaro inquieto. Una mañana pidió al
comandante del fuerte una entrevista secreta, y cuando el viejo soldado
esperaba oir alguna proposición política para su gobierno, el prócer le
manifestó simplemente su deseo de casarse con su hija y la conformidad
de ésta. Pero por ser él dignatario de una corte, necesitaba la licencia
de su emperador é iba á partir cuanto antes para obtenerla.
Sólo pidió que le concediesen dos años para cumplir su palabra. Volvería
en dicho plazo á California, dando la vuelta al mundo.
Este marino amoroso, que tenía diez ó quince años más que Conchita y
estaba acostumbrado á largas navegaciones y lances de guerra,
consideraba empresa ordinaria atravesar medio planeta yendo en busca de
un monosílabo de su emperador y seguir luego su viaje cruzando la otra
mitad de la tierra, hasta volver allí mismo. De San Petersburgo iría á
Madrid como enviado extraordinario de su zar, para desvanecer todo error
de comprensión entre las dos naciones, con motivo de su visita á
California. Luego de vivir algunas semanas en la corte de Carlos IV,
dirigida entonces por el favorito Godoy, se embarcaría con rumbo á
Veracruz ú otro puerto de Méjico, encaminándose desde allí á San
Francisco para unirse á su prometida.
Quedó el capitán Argüello confundido y emocionado por su futuro
parentesco con este personaje que era amigo del zar y pronto sería amigo
de su rey. Vió tal vez á su hija viviendo en la corte de España como
embajadora de Rusia, paseando por los jardines de Aranjuez en días de
gran fiesta, cuando corrían sus fuentes á imitación de las de Versalles.
Y él se vió también gobernador general de toda la California, ó
funcionario aún más poderoso en la ciudad de Méjico.
Rezanov tenía prisa, y una tarde de Mayo la -Juno- levó anclas, poniendo
la proa al Norte, hacia la América rusa, situada frente á Siberia. La
blanca fragata saludó al fuerte de San Joaquín con siete cañonazos, y
éste devolvió el saludo enviándole nueve.
Lloraba la gentil bailarina con el pañuelo ante sus ojos, agitándolo
luego húmedo de lágrimas. El gobernador y las personas importantes del
Presidio se inclinaban quitándose los sombreros para contestar á las
aclamaciones de la tripulación rusa, cada vez más lejanas.
--Y Rezanov no volvió nunca... Concha Argüello esperó más de treinta
años, sin recibir noticias suyas. Huyeron de ella la frescura y el
regocijo de la juventud. Luego perdió completamente su belleza. Fué una
mujer avejentada por el dolor, seca y dura por las privaciones de la
austeridad, pero nunca olvidó al hombre blanco, rubio y grande que había
pasado por su vida como un personaje novelesco. Sólo había llenado con
su presencia diez días de la historia de ella, pero estos días pesaban
más y emitían mayor luz que todo lo que llevaba vivido... Tardó treinta
y seis años en saber que su novio había muerto pocos meses después de
separarse de ella. Le creyó por tanto tiempo infiel y olvidadizo,
esperando vagamente su arrepentimiento y su vuelta... Y el otro no era
mas que un cadáver, luego un esqueleto, y finalmente un montón de
huesos, que poco á poco iba disgregándose en el seno de la tierra.
El romántico personaje había desembarcado en la costa de Siberia,
emprendiendo su viaje á través de la Rusia asiática. Una caída de
caballo le hizo morir repentinamente en Ojotsk, pequeña ciudad perdida
entre las nieves, que es ahora una estación del ferrocarril
Transiberiano.
Lansdorff, el sabio alemán que iba en la -Juno-, visitó al año siguiente
su tumba, y escribió un libro sobre la expedición, contando entre otras
cosas la novelesca historia de Rezanov y Concha Argüello, hija del
gobernador del Presidio de San Francisco.
Esta historia de amor fué muy leída, y el público de Europa conoció la
verdad muchísimos años antes que la principal interesada. Todos sabían
la muerte del chambelán Rezanov cuando iba camino de San Petersburgo
para pedir á su emperador licencia de casamiento; todos menos Conchita,
la californiana de las castañuelas, que seguía esperándole.
San Francisco era entonces el último rincón de la tierra. Sólo algún
buque explorador podía llegar á sus aguas desiertas. Ningún libro de
Europa osaba emprender tan inaudito viaje.
--¡Nunca volverá!--se dijo al fin Concha.
Sus padres habían muerto. Su hermano era gobernador de San Francisco,
pero nombrado por la nueva República de Méjico.
La alegre criolla ya no bailaba. Era una mujer que había perdido la
juventud, dedicando ahora sus días á la educación de los niños pobres y
al cuidado de los enfermos.
Como en la olvidada California no existían aún conventos de mujeres,
ella vivía en libertad; unas veces con la familia de su hermano, otras
en la casa de antiguos amigos de su padre; pero su existencia era
ascética, y había ingresado en la Tercera Orden de San Francisco para
vestir su hábito negro.
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