venimos en el buque; y lo mismo ocurre en otros trasatlánticos. ¿No es
verdad, Ojeda, que esto se parece al avance en masa de los pueblos de
Europa cuando las Cruzadas?... Hace poco, me acordaba yo, abajo, de las
muchedumbres que siguieron a Pedro el Ermitaño. Marchaban enfermas,
desfallecidas de hambre, y cada vez que avistaban una pequeña ciudad
prorrumpían en alaridos de gozo: «¡Jerusalén! ¡Es Jerusalén!». Y estaban
aún en el centro de Europa: en Alemania o en Hungría. Abajo, en la proa,
tiene usted a un heredero de aquellos héroes de la esperanza. Va enfermo
de cuidado, es posible que no llegue al término del viaje, y cada vez
que vemos una isla, una costa, se galvaniza y pregunta si es Buenos
Aires.
--La humanidad vive de ilusión, Maltrana. Necesitamos poner nuestro
deseo lejos, en tierras desconocidas, pues la distancia borra la duda y
da certeza a lo más inverisímil. Para los europeos, el lugar de
maravillas fue Bagdad, la de -Las mil noches y una noches-; en cambio,
en mis viajes por Oriente, he visto a judíos y mahometanos suponer
tesoros y magias en la antigua Toledo. Cuando los poetas del Sur
imaginan algo prodigioso, sitúan el escenario en las fortalezas del Rhin
o los fiordos escandinavos. Al soñar Wagner el castillo de Monsalvat,
coloca la mansión del Santo Grial en los Pirineos españoles y da un
palacio árabe a Klingsor el encantador. El ambiente que nos rodea es
demasiado real para que podamos cultivar en el nuestras ilusiones.
--Así es, Fernando. Pero la esperanza humana, que en otras épocas fue
puramente mística y por eso tal vez miraba a Oriente, es ahora positiva,
cifra sus anhelos en el bienestar material y se dirige hacia Occidente.
Todos queremos ser ricos, necesitamos serlo, y esta esperanza comunica a
las tierras lejanas el prestigio de la ilusión. Hace siglos, la gente de
empuje iba al Perú; ayer soñaba la humanidad con los tesoros de
California, y allá corrían en masa los hombres de aventura; hoy empieza
a mezclarse con el esplendor de los Estados Unidos la irradiación que
surge de una nueva ciudad-esperanza: Buenos Aires.
Mañana--interrumpió Ojeda--, los peregrinos de la riqueza, torciendo su
camino, se derramarán por las islas de la Oceanía, y tal vez la
Jerusalén del porvenir estará dentro de millares de años en algún lugar
del Pacífico donde en este momento colean los tiburones y se hinchan y
deshinchan las olas solitarias.
El deseo humano colocaría la ciudad de la esperanza sobre alguna tierra
sacada del fondo de las aguas por una convulsión del planeta; tal vez
sobre atolones que los infusorios madrepóricos estaban petrificando en
aquel momento con lenta y paciente labor multimilenaria... Nunca
faltaría en el globo un lugar que atrajese a los hombres inquietos y
enérgicos, descontentos con su destino, ansiosos de cambiar de postura.
--Cada vez será más grande esta peregrinación--dijo Maltrana--. Sentimos
la imperiosa necesidad del dinero como no la sintieron nuestros abuelos;
y los que vengan detrás la experimentarán con mayor ímpetu que nosotros.
Yo deseo ser rico: no tengo rubor en confesarlo; es lo único que me
preocupa. Necesito saber qué es eso de la riqueza, y a conseguirlo
voy... sea como sea. ¿Y usted, Fernando?...
Sonrió éste levemente. También quería ser rico, y su deseo imperioso le
había desarraigado del viejo mundo, lanzándolo en plena aventura, como
los miserables que se aglomeraban en los sollados de la emigración.
Necesitaba una gran fortuna para creerse feliz. Y sin embargo... ¡quién
sabe!, la riqueza no es la dicha, no lo ha sido nunca; cuando más, puede
aceptarse como un medio para afirmarla... Tal vez ni aun esto era
cierto. Recordaba la wagneriana leyenda del anillo del Nibelungo, el
milagroso oro del Rhin, símbolo del poder mundial. Quien lo poseía era
señor del universo, dueño absoluto de todas las riquezas; pero para
conquistarlo había que maldecir el amor, renunciar a él eternamente.
--Y el amor, Maltrana, y otros sentimientos, valen más que un tesoro. Yo
soy pobre y marcho en busca del dinero porque veo en él una garantía de
seguridad y de reposo para ocuparme tranquilamente en otras empresas de
mi gusto. Pero si alguien me hiciese ver que la riqueza debía pagarla
con la renuncia del amor, le juro que saltaba a tierra en el primer
puerto para volverme a Europa.
Isidro levantó los hombros desdeñosamente. ¡Fantasías de artista!
¡Cavilaciones de poeta! ¿Qué tenían que ver el amor y la riqueza para
que los colocasen juntos, como antitéticos e inconfundibles?... Él
quería ser rico por serlo, por conocer las dulzuras del más irresistible
de los poderes, las satisfacciones orgullosas y egoístas que proporciona
la llamada «potencia de dominación». Y si para ello había de renunciar a
las gratas tonterías del amor y a otros sentimientos que el mundo
considera con un respeto tradicional, pronto estaba al sacrificio. Le
irritaba el menosprecio con que durante siglos y siglos religiones y
pueblos habían tratado a la riqueza, como si ésta fuese algo diabólico y
vil, incompatible con la elevación de alma y la nobleza de la vida.
--Usted dice que es pobre, Fernando, y otros como usted lo dicen
igualmente. Todo el que no es millonario se cree en la pobreza, y habla
de ella como de algo agradable y hermoso que debe proporcionarle una
aureola de simpatía. No; usted no ha sido pobre jamás, ni sabe lo que es
eso. Usted necesita ser rico, conforme; pero no tiene una idea de lo que
es la miseria. Le habrán hecho falta miles de duros, pero jamás al
llevarse una mano al bolsillo ha dejado de sentir el contacto de las
rodajas de plata... Pobre lo he sido yo, lo soy aún, lo he sido toda mi
vida. Y como he visto de cerca la verdadera pobreza, fea y calva como la
muerte, la detesto, y deseo que no me siga tenazmente, como hasta ahora,
fuera del alcance de mi odio. Quiero que algún día se me aproxime, se
coloque a mi lado, para acogotarla, para romperle a puñetazos los
costillares, para convertir en polvo el andamiaje de su esqueleto.
Comenzó a reír Fernando con estas palabras, pero se contuvo al notar la
sincera vehemencia con que hablaba Isidro y el vaho de lágrimas que
empañaba sus ojos repentinamente.
--Yo sé mejor que nadie lo que es la pobreza, y por eso me irrito cuando
en España y otros países que llaman, no sé por qué, «caballerescos» e
«idealistas», oigo decir a las gentes con orgullo: «Yo que soy pobre,
pero muy honrado». Y tal prestigio debe tener la frase, que muchos que
no son pobres se jactan de serlo, como si esto fuese un testimonio de
honradez... ¡Mentira! Ningún pobre puede considerarse honrado, ya que la
pobreza es una deshonra, un certificado de incapacidad. Cierto que habrá
siempre pobres, como hay en el mundo feos, contrahechos o imbéciles.
Pero el que tiene un defecto físico o intelectual no hace gala de él,
antes procura remediarlo; y el pobre que se resigna con su suerte y no
busca hacerse rico, sea como sea, a las buenas o las malas, es un
cobarde o un inútil, y no puede convertir su vileza en un mérito.
Ojeda acogió con aspavientos de cómico terror estas palabras.
--Repita usted, Isidro, tales cosas a los de tercera clase, y
seguramente que no llegamos a Buenos Aires. Se van a sublevar, a hacerse
dueños del buque.
Pero Maltrana, dominado por su emoción, no le escuchaba y siguió
hablando:
--¡La miseria!... Sé lo que es, y quiero evitar que la conozcan aquellos
que yo amo. Usted, Fernando, ignora mi vida.[1] Tal vez le hayan dicho
que una parte de ella anda por ahí en relatos novelescos... Pero la
verdad es siempre más cruda, más intragable que los pequeños trozos
realistas de los libros, aderezados con salsas de fantasía... La mujer
que me trajo al mundo pereció como un animal, cansada de trabajar. Un
pobre hombre que me servía de padre murió asesinado, por la imprevisión
de unos contratistas, en una catástrofe del trabajo, y su cadáver fue
bandera revolucionaria para otros tan desdichados como él. Yo he comido
las bazofias que comen los perros. Mis nobles ascendientes eran traperos
y se mantenían con las sobras de las cocinas de Madrid. He crecido
sabiendo con qué punzadas y retortijones avisa el estómago el dolor de
su vacío... He sufrido privaciones y vergüenzas, hasta que un día...
[Nota [1] -Véase La horda-]
Calló un momento. Temblaba su voz, súbitamente enronquecida. Se llevó
una mano a los ojos como si le molestase la luz.
--Un día, cuando fui hombre, una infeliz me escuchó: una compañera de
miseria, ansiosa de ideal a su modo. La pobre creía encontrarlo en mí,
señorito hambriento que hablaba de cosas que ella no podía entender. Mi
vida floreció por vez primera; conocí la alegría, la verdadera alegría,
durante unos meses; luego, el idilio acabó en el hospital. Y aquel
cuerpo gracioso, cuerpo de pobre, en el que luchaba la juventud con un
raquitismo hereditario, bajó a la tierra despedazado: lo hicieron
cuartos, como una res de matadero, sobre el mármol de la sala de
disección... Usted, Ojeda, debe amar a alguien como amé yo. Todos
encontramos una posada de amor en el camino de la vida: hasta los más
infelices. Imagínese el cuerpo que usted adora, con el orgullo de la
posesión, desnudo sobre una mesa; las blancas intimidades, sólo por
usted conocidas, expuestas ante la insolencia juvenil; la epidermis
arrancada de los músculos como el forro de un libro; las manos pasando
de mesa en mesa; los pechos como unas piltrafas, nadando en un cubo; la
cabeza a un lado, las piernas a otro... ¡No puedo, no puedo pensarlo! Es
un recuerdo que me amarga muchas noches... Pero ¿por qué hablo de esto?
Frunció Ojeda el ceño, emocionado por las palabras de Maltrana. Hacía
mal en acordarse del pasado; era mejor ir adelante sin volver la cabeza.
--Así terminó nuestro amor--dijo Isidro después de larga pausa,
levantando la frente de entre las manos--. Así terminó, porque éramos
pobres... Me quedó un hijo, y la primera vez que lo tuve entre mis
brazos, en una casucha de las afueras de Madrid, creí nacer de nuevo,
pero más fuerte, con una voluntad que nunca había sospechado... El pobre
rollo de manteca, con sus ojitos como dos punzadas, me hizo sentir la
impresión de una fuerza misteriosa que me insensibilizaba
interiormente. Desde entonces estoy fabricado con algo muy duro: soy de
acero, soy de bronce. «Sólo puedes contar conmigo, pobrecito--le dije al
pequeño--. No tienes a nadie más en el mundo, pero yo trabajaré por ti».
Fui tímido y flojo para defender a la madre; pero el chiquitín me dio
una fiereza de tigre... Esta segunda parte de mi vida la conoce usted
mejor que la otra. No es ningún secreto. «Isidro Maltrana: un canallita
simpático, un sinvergüenza que conoce la manera de vivir...»
Ojeda intentó protestar.
--No mueva la cabeza, Fernando; no diga que no, por amabilidad: déjeme
la gloria de mi mala fama, que es muy justa y me enorgullece. Pensé en
ser ladrón, pues contaba con buenas relaciones para emprender la
carrera; pero soy cobarde; tampoco podía alquilar mis brazos como
matachín, porque son débiles. Pero alquilé mi pluma y mi bilis, y tal
fue mi desvergüenza, que hasta tengo admiradores. He fabricado libros
para que los firmasen graves personajes y estudios laudatorios de esos
mismos autores, sobre cuyas nobles cabezas escupiría de buena gana. He
insultado a hombres que respeto y admiro, amontonando contra ellos
infamias y mentiras, cuando, de seguir mis deseos, me hubiese
arrodillado para implorar su perdón. He recibido golpes y me los he
guardado tranquilamente cuando el ofendido era más fuerte que yo. Otras
veces, acorralado como un gato que no encuentra salida, he hecho el
papel de tigre, batiéndome como un caballero de la Tabla Redonda en
defensa de cosas que no me interesaban. He vivido en la cárcel por
artículos de periódicos que no tuve la curiosidad de leer. Cuando había
que atajar alguna opinión justa con una nota insolente y discordante,
Maltranita se encargaba de ello, siempre «por cuanto vos
contribuísteis». ¿Qué no he hecho yo para ganar dinero?... Hasta me he
prestado a ser intermediario en los amores secretos de ciertos
personajes y he servido de honorable acompañante a sus queridas... No se
asombre, Ojeda; convénzase de que lleva por compañero a uno de los
canallas más notables que ha tenido Madrid.
A pesar del tono de esta afirmación, que hizo sonreír otra vez a
Fernando, el bohemio continuó, con gesto fosco y ojos enternecidos:
--Y no crea que me arrepiento de mi pasado. Desconozco el rubor y la
vergüenza: son lujos que sólo pueden permitirse los felices... Cada vez
que cometí una mala acción, me bastó para olvidarla hacer una visita al
colegio de ricos donde se educa mi Feliciano gracias a los esfuerzos de
su padre, tan nobles y tan heroicos como los de cualquier duque antiguo
que salía lanza en mano a robar en las encrucijadas. Mi hijo me cree un
gran personaje porque ve que mi nombre figura en los periódicos; sus
maestros no me admiran menos y permiten que algunas veces me retrase en
el pago de mis obligaciones. Soy para ellos un señor de cierto poder,
que trata familiarmente a los ministros y pasea todas las tardes por los
pasillos del Congreso. Y esta devoción de mi hijo y sus allegados me
compensa de todas mis vilezas: hasta de las numerosas bofetadas que
llevo recibidas por mis atrevimientos... Yo quiero que mi Feliciano, el
hijo del bohemio y de la gorrera despedazada en el hospital, sea rico,
muy rico; y por esto, sólo por esto, me he alistado en la cruzada al
Nuevo Mundo. En mí se han contraído y achicado todos los afectos, para
dejar espacio únicamente al de la paternidad, que me ocupa por entero...
Usted, Fernando, no sabe lo que es el sentimiento paternal y hasta dónde
llega su santa ferocidad. «Perezca el mundo y sálvese la carne de mi
carne.»
--No tanto--dijo Ojeda--; no exagere usted.
--Sí: «Robemos a los hijos de los demás para que nuestro hijo sea
rico...». Y yo soy un padre. Sé bien que esta paternidad no es más que
un sentimiento egoísta, como el amor, como el patriotismo, como tantas
ideas respetables e indiscutibles que traen revuelto al mundo... Pero la
vida no es más que una urdimbre de egoísmos, y yo carezco de fuerzas
para reformarla. Voy a trabajar por el pequeño, y en nombre de mis
sacrosantas ternuras de padre de familia, reventaré si me es posible a
otros padres de familia que se me pongan por delante, dispuestos como yo
a toda clase de porquerías para asegurar el bienestar de su prole.
Quiero hacer rico a mi hijo... ¡y caiga el que caiga!
--Cuando llegue usted a enriquecerse--interrumpió Ojeda--, es muy
probable que su hijo sea como los hijos de casi todos los ricos: un ser
inútil para la sociedad, un ente de lujo que gaste sin tino lo que el
padre amontonó en fuerza de sacrificios.
--Lo he pensado muchas veces; ¿y qué?... Yo tengo tanto derecho como
cualquier burgués a producir un hijo inservible y decorativo. No todo en
el mundo debe ser útil. Es una satisfacción para el egoísmo paternal
haberse matado trabajando en un extremo del mundo para que el hijo vaya
al otro hemisferio a mantener cocotas de precio y sostener el juego en
los clubs elegantes. Un orgullo tan legítimo como el de los criadores de
caballos de carreras, hermosos e inútiles, que no sirven para arar un
campo ni pueden tirar de un carretón, pero corren y corren sin objeto
entre los entusiasmados epilépticos de la multitud... Además, Fernando,
amo el dinero por ser dinero con un respeto casi religioso. Yo, que no
he creído en nada, creo en su majestad irresistible, en su poder
benéfico, que revoluciona nuestra existencia, haciéndola más cómoda y
fácil... El dinero es también poesía, una poesía sobria, enérgica,
intensa, más humana y conmovedora que la insincera y manida que ustedes
vienen repitiendo hace siglos en sus versos.
Esta afirmación provocó en Ojeda una risa franca.
--A ver, siga usted: eso me interesa; suelte su bagaje de paradojas. Es
divertido, y le hará olvidar el recuerdo de sus tristezas pasadas.
Pero Maltrana, insensible al regocijo de su amigo, siguió hablando. Un
movimiento universal, semejante al nacimiento de una religión poderosa,
se estaba apoderando de los destinos del mundo. Pero muy pocos se daban
cuenta de este suceso, que iba a abrir en la Historia una era nueva.
--Siempre ha ocurrido así. Los hombres tardan siglos en conocer las
fuerzas recientes que los mueven; han de transcurrir varias generaciones
para que un día lleguen a enterarse de que son completamente distintos
de como fueron sus abuelos... Si resucitase un romano de los dos
primeros siglos de nuestra era y le preguntásemos qué se hablaba en su
tiempo de los cristianos, nos miraría con extrañeza. Nada sabría de
ellos; su época fijaba la atención en otros asuntos más importantes. Y
sin embargo, bajo de sus pies, en la sombra, latía una fuerza ignorada
por él, que iba a transformar el mundo... Desde hace ochenta años ha
venido a la tierra un nuevo dios: el dinero. Y ese dios tiene sus
apóstoles: el centenar de grandes millonarios y capitanes de industria
esparcidos por el mundo, ministros de un poder misterioso, que
permanecen en la sombra, como si la grandeza de su misión les impusiese
el incógnito; hombres cuyos apellidos conoce la tierra entera, igual que
los de los reyes, pero a los cuales muy pocos han visto en persona, pues
rehuyen la publicidad.
Ojeda escuchaba con interés creciente estas palabras de su amigo.
--Los Césares modernos los visitan a bordo de sus yates y los sientan a
sus mesas; poco falta para que los emperadores, al escribirles, les
llamen «querido primo» como es de uso entre testas coronadas. Se
necesita ser ciego para no ver el poderío de estos monarcas mundiales,
cuyos abuelos fueron leñadores, barqueros o míseros prestamistas. Antes,
los conductores de pueblos hacían la guerra a su capricho o por
desavenencias de familia, siempre que les daba la gana. Ahora disponen
de más soldados que nunca, de prodigiosas herramientas de destrucción, y
sin embargo se mantienen en forzado quietismo, armados hasta los
dientes. Para tirar de la espada tienen que consultar antes a estos
nuevos «primos» de la mano izquierda, cuyo auxilio les es indispensable.
«No nos conviene la operación», dicen los apóstoles modernos en el
misterio de su retiro bancario, donde fraguan los dramas mundiales. Y la
espada tiene que volver a su vaina, o cuando más, se emplea en alguna
expedición colonial, apaleando negros o amarillos, todo para mayor
gloria del dios que somete de este modo nuevos pueblos a su culto...
Continuó Maltrana ensalzando la grandeza de estos magos modernos.
La actividad de los hombres corría canalizada sobre la costra del globo
en el punto que se dignaban señalar ellos con un dedo. Soberanos de
miles y miles de kilómetros de vías férreas o de flotas como jamás las
tuvo Imperio alguno, les bastaba una orden telefónica para cambiar el
curso del progreso humano. Islas del Pacífico en las que hace cincuenta
años los naturales asaban todavía para su consumo la carne humana,
habían realizado en tan corto lapso de tiempo una evolución de siglos y
hasta ensayaban el régimen socialista. Un país desierto lo transformaban
en un lustro. Hacían surgir ciudades con paseos, estatuas y tranvías
eléctricos, sobre una tierra habitada poco antes por avestruces. Les
bastaba para realizar este milagro con tender una línea de ferrocarril.
Costas inhospitalarias y desiertas brillaban de pronto con los focos
eléctricos de sus puertos. Establecían una nueva línea de navegación, y
el gran rebaño emigrante, los aventureros inquietos que todo lo
transforman, llegaban hasta donde era la voluntad de los taumaturgos
ocultos en la sombra...
Miró Isidro la multitud que bailaba abajo en la explanada de popa, y
añadió:
--Nosotros mismos vamos adonde vamos porque los apóstoles de la nueva
religión nos han abierto un camino y nos empujan por él sin que nos
demos cuenta... Usted que es poeta, acuérdese, Ojeda, de lo que dio la
vieja España a estos países americanos... Les dio el conquistador un
héroe grande como los de la -Ilíada-, un superhombre, que en menos de un
siglo exploró medio globo, labrando su vivienda en las alturas andinas a
cuatro mil metros, junto a los nidos de los cóndores, o en valles
ecuatoriales que son ollas de fuego. Él engendró los actuales pueblos de
América, legándoles una predisposición al heroísmo y un alto concepto
del honor. Dio también el sacerdote, el misionero, que con la difusión
del cristianismo fue dulcificando las costumbres y suprimió una
idolatría que necesitaba de sacrificios humanos... ¡Qué regalo tan
hermoso para ser cantado por los poetas! ¡La espada y la cruz, el
heroísmo y la piedad!... Y sin embargo, los pueblos hispanoamericanos
dormitan en la época colonial, produciendo lo estrictamente necesario
para su mantenimiento, y luego de su independencia dormitan igualmente
bajo el pie de valerosos déspotas que reemplazan con una tiranía
inmediata y tangible la mansurrona y perezosa de la metrópoli. Y todo
sigue así, hasta que aparece el nuevo dios... El dinero, el vil dinero,
maldecido por los poetas, arriba a sus costas, y entonces únicamente es
cuando se transforma todo en unas docenas de años.
La locomotora avanzaba sobre el suelo virgen antes que el arado; las
estaciones surgían en el desierto como postes indicadores de futuros
pueblos; el buque de vapor estaba pronto en la rada para llevarse el
sobrante de las cosechas a otro lugar del globo; el exiguo mercado
consumidor tímido y mísero se agrandaba hasta ser un productor
gigantesco; los grupitos de emigrantes que cada dos meses llegaban en un
bergantín, como gota suelta de vida, eran reemplazados por pueblos
enteros que volcaban los trasatlánticos diariamente en la tierra
nueva...
--Y toda esa revolución--continuó Maltrana--la han hecho y la siguen
haciendo los apóstoles misteriosos de mi dios; esos magos que se ocultan
en un despacho austero de la City de Londres, en un piso vigésimo de
Nueva York o en cualquier avenida elegante de París o Berlín.
--¡El dinero!--exclamó Ojeda con despectiva expresión--. El dinero no es
más que un medio, y ha existido siempre. La actividad humana, el
progreso de la ciencia, el afán de bienestar, son los que han realizado
juntos esas transformaciones maravillosas. Justamente, esa América
colonial y dormitante de la que usted habla fue una gran productora de
dinero. Acuérdese del Potosí y otras minas célebres que cargaron los
galeones españoles de barras preciosas durante siglos. ¿Y de qué nos
sirvió tanto dinero?... Fue nuestra muerte.
Maltrana protestó: su dinero no era ése. Él hablaba del dinero moderno,
del dinero animado por la vida, alado e inteligente, incapaz de sufrir
encierro alguno, dando sin cesar la vuelta a la tierra, penetrando en
todas partes en forma de papel, irresistible y triunfador bajo el
misterio de los caracteres impresos, lo mismo que el pensamiento
humano.
Este dinero omnipotente aún no contaba un siglo de existencia. Su vida
no iba más allá de la de un hombre octogenario. Cierto era que había
existido siempre; pero antes del avatar victorioso que le hizo señor del
mundo, su vida se arrastraba vergonzosa entre desprecios y vilezas.
Pluto era un dios sombrío y cobarde, amarillo y macilento como el oro
enterrado. Las religiones lo emparentaban con el diablo, viendo en la
riqueza una tentación. El hombre perfecto era en todos los pueblos el
asceta roído por la miseria, insensible a las grandezas terrenales.
Multiplicar el oro se tenía por empresa de mercaderes, relegados a las
últimas capas de la sociedad. La manera noble de conquistarlo era lanza
en ristre en medio de un camino, desvalijando a las caravanas, o
entrando a saco en las ciudades tomadas por asalto. El precioso metal,
buscado en secreto y despreciado en público, no tenía otro empleo que el
préstamo y la usura; atrayendo crímenes y maldiciones.
Ocultábase en escondrijos subterráneos, temeroso de la luz, como los
réprobos de una religión vergonzosa. Era pesado y voluminoso en el
encierro de sus bolsas, y no podía moverse más allá del grupo urbano
donde lo había amasado el ahorro. Los que se dedicaban a su manejo
parecían afligidos de una enfermedad moral: amarilleaban con la zozobra,
temblando a cada paso, como si el aire se poblase de enemigos. Las
muchedumbres famélicas creían remediar sus males entrando a degüello en
los barrios poblados por los sórdidos devotos del dios amarillo; los
grandes señores, en sus apuros monetarios, ahorcaban a los negociantes
para reunir fondos. Y al dulcificarse las costumbres, no por esto
llegaba a borrarse el estigma con que estaban marcados los sacerdores
del oro. Se les adulaba en momentos de angustia, y se les repelía luego
con el pie en nombre de la caballerosidad y la nobleza de alma.
--Pero un día, el aprovechamiento del vapor cambió la faz del mundo.
Casi ha sido en nuestra época: hemos conocido personas que presenciaron
esta gran revolución, la más trascendental y positiva de todas. Existía
la locomotora y hubo que fabricar miles y miles, abriéndola caminos por
todo el planeta. La máquina industrial no podía caber en los pequeños
talleres de familia, y fue preciso construir monstruosos edificios, más
grandes que las catedrales y los templos del paganismo. Ningún monarca
ni potentado era capaz de acometer individualmente esta empresa
gigantesca... Entonces, el dios amarillo cambió de forma, saliendo
majestuoso y triunfador, como el sol, de la hopalanda del usurero que le
había tenido oculto. En su glorioso despertar ya no fue metálico,
pesado e individual; no vivió más en su escondrijo de terror, y reunió a
las muchedumbres para la obra común por medio de esos documentos que
llaman acciones y obligaciones. El papel, que es el ala del pensamiento
moderno, fue el signo de su poder. Hombres que no habían salido más allá
de las afueras de su pueblo entregaron sus ahorros para trabajos
titánicos que se realizaban al otro lado del planeta. Valerosos
capitanes de escritorio, poetas de la aritmética, con el atrevimiento de
los conquistadores, pusiéronse al frente de estos ejércitos de soldados
anónimos a los que no conocerán nunca... Y en ochenta años han hecho
suyo el mundo, como no lo dominó ningún ambicioso ilustre.
Maltrana hablaba con tono oratorio del gran milagro del dinero moderno.
El globo estaba erizado de chimeneas; las inmensidades del Océano
ofrecían siempre en el horizonte un punto negro y una nubecilla de humo;
cascadas y ríos creaban al rodar fuerza y luz; las grandes barreras de
piedra que llegan con su cumbre hasta las nubes sentían perforadas sus
entrañas por un rosario de hormigas férreas resbalando sobre cintas de
acero; en las obscuridades submarinas vibraban como bordones
inteligentes los cables conductores del pensamiento; fuerzas misteriosas
y hostiles trabajaban esclavizadas para el bienestar común; las antiguas
hambres habían desaparecido gracias a las flotas inmensas que surcaban a
todas horas el Océano, compensando con el sobrante de unos pueblos la
carestía de otros; el hombre, hastiado de su reciente señorío sobre la
costra terráquea, se lanzaba en el espacio, aprendiendo a volar.
--Y todo esto, amigo Ojeda, es el milagro de mi dios. Dirá usted que es
obra del hombre; pero el hombre, sin la esperanza del dinero, haría muy
poco en el presente régimen social. Nadie realiza trabajos penosos por
gusto, nadie expone su vida gratuitamente en empresas sin gloria. Si
usted le dice al que perfora un túnel o levanta un terraplén sobre un
pantano que está sirviendo a sus semejantes y merece por esto gratitud,
se encogerá de hombros. Él sufre y pena para que mi dios le recompense
inmediatamente. Y si mi dios le falta, abandona la labor, sin importarle
gran cosa lo sublime de su trabajo... Abra los ojos, Fernando, y no sea
impío con la gran divinidad de nuestra época. Los antiguos dioses se
declaran vencidos por él, y le adulan y temen. El despreciado Pluto,
cornudo y triste en otros tiempos como un macho cabrío, ocupa ahora el
trono del noble Zeus, declarado inútil. Apolo y Marte hablan mal de él,
lamentando la pérdida de su antigua majestad; pero esta murmuración es
a espaldas suyas, pues apenas mi dios fija en ellos sus ojos de oro, el
uno le ofrece la espada para sostenimiento del santo orden, sin el cual
no hay buenos negocios, y el otro preludia en el arpa un himno en su
honor a tanto la estrofa.
Ojeda rio francamente de estas palabras.
--Hércules y Vulcano--continuó Isidro--, dos brutos bonachones, le
siguen como perros fieles. El héroe forzudo lleva bajo sus bíceps los
cartuchos de dinamita con los que hacer volar istmos y montañas, y el
herrero tuerto martillea día y noche para servir los incesantes pedidos
de su señor... Mercurio el trapacero, que robó descansadamente durante
siglos detrás de los mostradores, hace ahora antesala en los Bancos y se
quita con humildad el capacete con alas para suplicar al gerente el
descuento de un pagaré... Hasta la caprichosa Venus hace salir de su
alcoba por la puerta de escape, como entretenidos vergonzosos, a sus
antiguos amantes olímpicos y abre luego de par en par la puerta de honor
para que entre por ella el dios despreciado.
--Pero a usted le ha tratado mal ese dios--dijo Ojeda burlonamente--.
Usted ha vivido siempre en la pobreza.
--Mi dios no me conoce, no conoce a nadie. Es ciego y sordo para los
humanos, como lo son las fuerzas de la Naturaleza. El volcán erupta su
fuego sin importarle que los hombres hayan levantado un pueblo en su
falda; ríos y mares se desbordan sin enterarse de que unos seres ínfimos
han creado sus hormigueros en las arrugas que les sirven de vallas; la
tierra, cuando desea temblar, no pide permiso a los parásitos que anidan
en su epidermis... El dios ignora nuestra existencia: la humanidad sólo
figura como los ceros en sus altas combinaciones aritméticas. Por eso,
cuando se le ocurre a mi dios echar bendiciones, caen éstas casi siempre
sobre los brutos con suerte o los maliciosos que las agarran al paso. Y
cuando reparte golpes, son verdaderos palos de ciego que llueven
irremisiblemente sobre los inocentes... Pero este dios, como todas las
divinidades, tiene una iglesia que piensa por él y administra sus
intereses: la iglesia de los grandes millonarios, directores del mundo.
Y yo me he embarcado para cambiar de vida, para intentar la conquista de
la riqueza, para entrar en esa iglesia aunque sea de simple monaguillo,
y ver de cerca los misterios de la sacristía.
Fernando se encogió de hombros al hablar de la riqueza. Para ser feliz,
le bastaba al hombre con tener asegurada la satisfacción de sus
necesidades. Él, por desgracia, necesitaba más que otros para una
existencia tranquila, pero apenas hubiese conquistado lo que juzgaba
indispensable, pensaba huir de esta pelea por el dinero. La vida ofrece
ocupaciones más nobles.
--Es que usted, poeta--dijo Maltrana--, no conoce la poesía grandiosa
que emana del dinero manejado por un hombre de genio. Todas las
fantasías poéticas, por bellas que parezcan, resultan frías e
infecundas, como los placeres solitarios. Es más hermosa la acción, el
abrazo de los hechos, el estrujón carnal de la realidad. Yo admiro a
esos demiurgos modernos del capitalismo que cuando fijan su atención en
un desierto del mapa lo transforman desde su escritorio en unos cuantos
años, y si alguna vez se dignan ir a él, encuentran ferrocarriles,
ciudades, muchedumbres bien vestidas, y pueden decir: «Esto lo he hecho
yo, esto es mi obra». Una satisfacción que envidio; un motivo de orgullo
más verdadero que el haber imaginado un gran poema.
--Maltrana, no diga disparates--interrumpió Ojeda, algo amoscado--.
Aunque, en verdad, no sé por qué hago caso de sus afirmaciones. Mañana
dirá usted todo lo contrario. Cada vez que hemos hablado en Madrid
defendía usted una opinión diversa... Conozco esta enfermedad de la
gente pensante. Usted, a quien he visto casi anarquista, rompe ahora en
himnos de la riqueza, sólo porque cree ir camino de conquistarla en un
país nuevo... Se engaña usted, Isidro. Cuando lleguemos allá se
convencerá de que el trabajo representa tanto o más que el capital. Sus
paradojas pueden tener algo de verosímil en la vieja Europa, donde
abundan los brazos. Pero en las llanuras americanas, que están casi
despobladas, se enterará de lo que vale el hombre y de cómo el dinero no
puede nada cuando le falta su auxilio... Además, yo desprecio el dinero,
¿se entera usted? Lo busco porque lo necesito; pero de ahí a rendirle un
culto religioso hay mucha distancia. Es algo que nos envilece y achica,
y si fuese posible suprimirlo, la humanidad viviría mejor. ¡Los crímenes
que comete ese capital, tan adorado por usted, para agrandarse y
triunfar en sus empeños!
Ahora fue Maltrana el que rompió a reír.
--¡Poeta sensible y de vista corta!... Esperaba de un momento a otro su
objeción. «¡Los crímenes que comete el capital en sus grandes empresas
mundiales!...» Sí, los reconozco: son los mismos crímenes de los grandes
conquistadores que han trastornado el curso de la Historia; los crímenes
de las revoluciones que nos dieron la libertad. El hombre pasa y la obra
queda. Poco importa que caigan algunos si su muerte beneficia a todos
los humanos... Además, lo que hoy aparece como un crimen es mañana un
sacrificio heroico...
Quedó silencioso unos instantes, como si buscase un ejemplo, y luego
añadió:
--Hace poco han terminado en el interior de la América ecuatorial un
ferrocarril a través de tierras inexploradas, pantanos en los que duerme
la muerte, bosques inhospitalarios. Los trabajadores han caído a miles
en esta obra: cada kilómetro tiene al lado un cementerio; las fiebres de
la tierra removida, los reptiles venenosos, los caimanes de las
ciénagas, han matado más hombres que en una batalla. Las familias de los
muertos y las almas sensibles prorrumpieron en alaridos de indignación
contra la Compañía constructora. «Explotadores sin conciencia, que por
hacer un buen negocio y aumentar sus dividendos llevan los hombres como
bestias al matadero.» Y tenían razón; su protesta era justa. Decían la
verdad. Pero los capitalistas, que viven lejos y tal vez no se
molestarán nunca yendo a contemplar esta obra suya, pueden responder
desde sus escritorios: «Gracias a nuestra audacia fría y dura, los
hombres tienen un camino para llegar a países nuevos que guardan enormes
riquezas. Hemos puesto en comunicación con el resto del mundo las
entrañas olvidadas de todo un continente». Y también ellos tienen razón;
también dicen la verdad... Porque ya sabe usted, Ojeda, que eso de la
verdad única e indiscutible es una ilusión humana. Cada uno tiene la
suya. Existen en nosotros tantas verdades como intereses.
Ojeda permaneció silencioso como si no le interesase contradecir a su
amigo, y éste continuó:
--La literatura es la culpable de ese desprecio que muestran por el
dinero todos los que son incapaces de conquistarlo. Quiere educar al
vulgo, y emplea para ello ideas viejas, patrones que se cortaron hace
siglos. Todo novelista que se respeta, todo dramaturgo que posee el
secreto de hacer patalear de entusiasmo al público, no conoce
vacilaciones al graduar la simpatía atractiva de sus personajes. El
hombre funesto, el «traidor» de la obra, ya se sabe que debe ser un
rico, un manipulador de caudales; y si ostenta el título de banquero,
mejor que mejor. Los banqueros tienen asegurado en las obras literarias
un éxito de odio y de rechifla. Los personajes simpáticos son pobres, y
dicen cosas muy hermosas sobre las infamias del «vil metal» y la
necesidad de idealizar la vida.
El arte literario sólo había dispuesto, según Maltrana, de cuatro
resortes para mover sus criaturas: el amor, el odio, el hambre y el
miedo. El dinero se mostraba alguna vez en ciertos autores, pero como un
accesorio, como un telón negro para que se destacasen mejor las figuras
de los personajes simpáticos. El amor, con sus combinaciones y
conflictos innumerables y siempre iguales, era el que llenaba por entero
libros y comedias.
--Y así llevamos siglos sin enterarnos de que en el mundo hay algo más
que el amor; y hasta los más bobos empiezan a cansarse de tanto papel
impreso y tantas salas iluminadas para hacernos conocer las angustias y
conflictos de dos seres que quieren acostarse juntos y no encuentran el
medio, o las crisis de alma de una señora que desea faltarle a su marido
y no sabe cómo empezar... No; en el mundo, el amor no lo es todo. Le
dedicamos algunas horas de nuestra existencia (que por cierto no
resultan las más despreciables), pero más tiempo nos lleva la
preocupación del dinero y la lucha titánica por conquistarlo. Si la
literatura fuese un reflejo de nuestra existencia y no un
entretenimiento halagador para los ociosos, hace años que figuraría en
ella como elemento principal el dinero moderno, que ha creado una
aristocracia de la voluntad, unos héroes más nobles e interesantes que
esos galanes pobres que lloriquean de amor, dicen palabras bonitas y son
incapaces de ganar un poco de plata para que la señora de sus
pensamientos viva con mayores comodidades.
--Siga usted--dijo Fernando--. Creo estar en Madrid en un estudio de
pintor, en un saloncillo del Ateneo, en una tertulia de café... Esto me
rejuvenece.
--Ríase, pero sepa que me da rabia la hipocresía de los «sacerdotes del
ideal», que maldicen el dinero en público y luego corren tras él como un
cobrador de Banco. Aún quedan algunos solitarios que escriben como
cantan los pájaros, sin importarles lo que ello pueda valerles. Pero
éstos no cuentan para nada, y poco a poco caen en el olvido. Hoy la fama
literaria se aprecia por el número de representaciones y la cantidad de
volúmenes; o lo que es lo mismo, por el dinero que percibe el autor.
Antes de escribir se consulta el gusto del vulgo, para que la tirada del
libro sea grande o la sala de espectáculos esté repleta muchas noches. Y
luego, estos inventores de sonoras maldiciones al dios amarillo, cuando
llega el ajuste de cuentas con el editor o el empresario, son capaces de
andar a cachetes por peseta más o menos... No, Ojeda; yo prefiero la
franqueza brutal. El dinero es vil, pero solamente para aquellos que no
lo poseen. A mí, pobre siervo de la pluma, me ha hecho cometer grandes
bajezas. Un día he escrito una cosa, y meses después, por unas pesetas
más, he pasado a la casa de enfrente para escribir todo lo contrario.
Por eso quiero hacerlo mío: para sentirme digno y libre por primera vez
en mi existencia. Mi dios se venga de los que le llaman vil
sometiéndolos a la humillación, que es el mayor de los envilecimientos.
Miró a Ojeda largamente con extrañeza, y luego continuó:
--¡Y que un hombre de su talento no crea que el dinero es el móvil de
las más grandes acciones!... Acuérdese de los primeros navegantes que
rasgaron los misterios del mar: de nuestros respetables abuelos los
argonautas. Ellos realizaron hace docenas de siglos lo que usted y yo
buscamos ahora. Iban a la conquista del Vellocino de Oro, lo mismo que
nosotros, argonautas con pantalones, al meternos en este buque... Y
cuando el navío -Argos- estaba a punto de zarpar, el primero que saltó
en él con la lira a cuestas fue Orfeo, el divino cantor, el primero de
los poetas conocidos. Usted me dirá que iba para ver cosas maravillosas,
tentado por la novedad heroica de la aventura; y yo, que conozco la
vida, le diré que iba por todo eso y además por tocar su parte cuando
llegase el momento de distribuir las ganancias de la expedición... Y lo
mismo pensaron los románticos caballeros vestidos de hierro que
cabalgaban en las Cruzadas huyendo de sus castillejos hipotecados a los
usureros germánicos y francos. «¡Jerusalén! ¡Vamos a libertar el
sepulcro de Cristo!» Pero una vez realizada la conquista, por no
separarse más del dichoso sepulcro ampliaron el círculo de sus
correrías, cortando el terreno de los vencidos en condados y reinos, y
se dieron una vida de sátrapas orientales como no la habían podido soñar
en sus magras tierrecillas de Europa.
El recuerdo de Colón surgió en la memoria de Maltrana.
--Ya sabe usted--continuó--cuál era el ensueño de nuestro amigo don
Cristóbal al ir como solicitante detrás de la corte de los Reyes
Católicos. Figúrese las decepciones y desalientos que sufriría durante
ocho años, cuando monarcas y ministros, ocupados en guerras inmediatas,
no podían escucharle. Al volver a su alojamiento veía el oro del Gran
Kan, las flotas de Salomón, las riquezas de Marco Polo, tesoros
maravillosos en los que algún día hincaría el diente, y esto bastaba
para que su ánimo se reconfortase, insistiendo en la demanda... Créame,
Ojeda: el dinero es el móvil de las grandes acciones, el compañero de
los ensueños sublimes, la última finalidad de los mayores idealismos.
Mire a esas gentes que tenemos a nuestros pies. Van en busca del dinero
de un extremo a otro del globo. ¿Y cree usted que no sueñan? ¿Se imagina
usted que en su peregrinación hacia el pan no hay mucho de ilusión, de
idealismo?...
Ojeda movió la cabeza afirmativamente.
--En eso dice usted verdad. Algunas noches, al asomarme a esta baranda,
me fijo en los emigrantes que duermen al aire libre huyendo del calor
de los sollados. Ofrecen el aspecto de un campamento, y por esto tal vez
viene a mi memoria el recuerdo de los granaderos de Napoleón, que no
eran más que simples soldados, pero al dormir sobre la tierra dura veían
desfilar en sus ensueños toda clase de grandezas. Cada uno creía llevar
en su mochila el bastón de mariscal, y esto bastaba para que corrieran
sin cansancio toda Europa de combate en combate. Éstos son lo mismo: la
santa ilusión borra en ellos la duda y el desaliento. Todos guardan en
su hato de ropa el título de millonario futuro... Si el granadero sentía
vacilante su fe, le bastaba mirar al mariscal cubierto de oro, que había
sido soldado lo mismo que él. Cuando los emigrantes dudan, no tienen más
que acordarse de tantos y tantos ricos que hicieron su primer viaje
igual o peor que ellos. En este mismo buque pueden ver ejemplos que
reanimen su energía...
¡Los milagros de la ilusión! Muchos de aquellos hombres habían trabajado
otra vez en América, huyendo luego desalentados. Preferían la miseria en
la patria a la vida vagabunda del peón en el Nuevo Mundo, y al volver a
su país besaban el suelo con transportes de entusiasmo, jurando morir en
él. «América para los americanos. No nos engañarán más...» Pero al poco
tiempo, los mismos relatos que los habían enardecido antes del primer
viaje volvían a morder con profunda mella sus imaginaciones simples. La
América odiosa se transformaba e iluminaba, recobrando los dulces
colores de la prístina visión. Tal vez habían huido demasiado pronto;
tal vez atribuían injustamente al país culpas que sólo eran de ellos. La
prosperidad de los que se habían quedado allá les irritaba como un
error.
--Olvidan pronto lo que sufrieron--continuó Fernando--, para recordar
únicamente las contadas horas de felicidad. Sucesos insignificantes y
casi olvidados reaparecen en su memoria como ocasiones de fortuna
torpemente despreciadas. «Yo pude ser rico--dicen en su pueblo--, pero
tuve mucha prisa en volver.» Y acaban por creerlo a ojos cerrados, y el
deseo de regresar a la tierra de la esperanza es cada vez más imperioso,
hasta que al fin se embarcan con iguales o mayores ilusiones que la
primera vez... Y allá van, revueltos con los neófitos de la emigración;
y ellos, los desengañados y maldicientes de poco antes, son ahora lo
mismo que los veteranos que reaniman a los reclutas en las veladas del
vivac con hiperbólicas historias.
--Yo creo--dijo Maltrana--que si el curioso Diablo Cojuelo, que
levantaba los tejados de los edificios, pudiera mostrarnos lo que
encubren las tapas de esos cráneos, leeríamos en todos ellos lo mismo:
«Buenos Aires... Buenos Aires».
--Así es... ¡Qué poder de ilusión tiene este nombre!... Todos, al
repetirlo, ven la ciudad-esperanza, la tierra del bienestar, la Sión
moderna.
Ojeda, con su lírico entusiasmo, reconstruía los pensamientos de la
muchedumbre cosmopolita que iba hacia el Sur tendiendo las manos tras el
aleteo de la diosa sin cabeza.
Este nombre circulaba como una música por el mundo viejo, despertando
las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos cansados de
tenerla sentían un instantáneo rejuvenecimiento al pensar en aquel país
de maravillas, donde se realizaban asombrosas transmutaciones. El
holgazán sentíase activo; el apático se agitaba con entusiasmos
optimistas; el oprimido por la estrechez del ambiente natal rompía su
quiste de rutinas con súbito enardecimiento. Muchos iban allá llamados y
aconsejados por otros compatriotas que les habían precedido... Pero ¿y
los que marchaban a la ventura, faltos de amistades, sin conocer el
idioma, sabiendo únicamente repetir con enfermiza tenacidad: «Buenos
Aires... Buenos Aires...»? ¿Quién les había enseñado el nombre? ¿Qué
encanto el de estas sílabas, que hacían avanzar a las lejanas
muchedumbres, confiándose al gesto bueno o malo del destino?...
Admiraba Ojeda el fuerte tirón con que este conjuro de esperanza había
arrancado a los grupos humanos enraizados por la historia en lugares
distintos del planeta. «¡Buenos Aires!», murmuraba el viento de las
noches invernales al colarse por el cañón de la chimenea en el hogar
campestre, donde la familia española o italiana maldecía el embargo de
sus campichuelos y la escasez del pan; «¡Buenos Aires!», mugía el
vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los maderos de
la isba rusa; «¡Buenos Aires!» escribía el sol con arabescos de luz en
los calizos muros de la callejuela oriental, para el árabe en medrosa
servidumbre; «¡Buenos Aires!», crujían las alas de oro de la ilusión al
volar de reverbero en reverbero por los desiertos bulevares de una
metrópoli dormida, ante los pasos del señorito arruinado y el bachiller
sin hogar que piensan en matarse a la mañana siguiente.
Y todos, sin distinción de razas y clases, fuertes y humildes,
ignorantes e inteligentes, al eco de este nombre veían alzarse en el
paisaje de su fantasía, bañada por el resplandor de la esperanza, una
mujer de porte majestuoso, blanca y azul como las vírgenes de Murillo,
con el purpúreo gorro símbolo de libertad sobre la suelta cabellera;
una matrona que sonreía, abriendo los brazos fuertes, dejando caer de
sus labios palabras amorosas:
--Venid a mí los que tenéis hambre de pan y sed de tranquilidad; venid a
mí los que llegasteis tarde a un mundo viejo y repleto. Mi hogar es
grande y no lo construyó el egoísmo; mi casa está abierta a todas las
razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.
Maltrana interrumpió la lírica evocación de su amigo con irónico
entusiasmo:
--¡Muy bien dicho, poeta! ¡Muy hermoso! Que la matrona azul y blanca no
nos haga concebir falsas ilusiones... que de cerca nos parezca tan
hermosa como de lejos... Que así sea. Amén.
VI
--¿Qué día es hoy? ¿viernes?... ¿sábado? He perdido la cuenta del tiempo
que llevo en el buque. Los días son dobles... dobles no, triples. Desde
que despertamos hasta el almuerzo, un día; del almuerzo a la comida,
otro; y de la comida a la hora de dormir, el día más largo para algunos,
pues lo prolongan hasta que sale el sol... ¡Y siempre las mismas caras!
Vemos las mismas personas cien veces al día. Parece que nos conocemos
desde que nacimos... Dígame, Manzanares: ¿en qué día estamos?
Era Maltrana el que hacía la pregunta, en las primeras horas de la
mañana, caminando por la cubierta de paseo con el comerciante español.
La calle de estribor estaba inundada de luz; la de babor guardaba la
humedad del mangueo reciente, con una fresca penumbra de galería
subterránea.
Corría la sombra del buque sobre las aguas unidas y tranquilas, como una
silueta chinesca. En su lomo se marcaban los perfiles de botes y
pescantes y la masa cuadrangular de la chimenea. Tendíase el Océano en
calma hasta lo infinito, sin una ondulación, con el verde esmeralda de
los mares tropicales, denso y adormecido. No había en él otras espumas
que las dos láminas burbujeantes que levantaba la proa al arar su
superficie. De vez en cuando, de las aguas removidas surgía un enjambre
de peces voladores. Aleteaban lo mismo que enormes libélulas; abríase su
tropa en varias direcciones formando abanico, y así volaban a gran
distancia a ras del Océano, trazando sobre él restos y sutiles surcos,
hasta que el cansancio de la fuga los obligaba a sumergirse otra vez.
Junto a los tabiques de la cubierta de paseo alineábanse los sillones de
los pasajeros, pero con una alineación caprichosa, mostrando en lo alto
de los respaldos los nombres de sus dueños escritos en tarjetas. Esta
rotulación parecía darles una personalidad, un alma. Permanecían
agrupados o solos, tal como los habían dejado sus poseedores el día
anterior. Unos parecían seguir mudamente las conversaciones
interrumpidas de sus amos; otros se mantenían apartados con timidez o
con orgullo.
Maltrana pensaba en las altas horas de la noche, horas de misterio y de
silencio, cuando todos estos armatostes de madera o junco, ventrudos,
echados atrás con orgullo y ostentando la fe de bautismo en lo alto de
la testa, se quedaban solos bajo la fría luz de las ampollas eléctricas,
teniendo enfrente las tinieblas del mar. Descansaban de crujir y
dilatarse con el peso de sus señores; se emancipaban durante media noche
de la gravitante servidumbre; llegaba para ellos la hora de la libertad;
pero semejantes a los hombres que al creerse salvados por una revolución
no hacen más que parodiar a sus antiguos opresores, los sillones
repetían en su descanso los actos y gestos de sus dueños.
Uno alto, de madera robusta, con una manta escocesa olvidada en su
regazo, rozábase con otro de junco, esbelto y elegante, que tenía un
cojín lujoso en el asiento. Parecían requebrarse, continuando
silenciosamente las conversaciones a media voz cruzadas durante el día.
Los asientos sueltos insistían tal vez en las meditaciones de cifras y
negocios que los habían impregnado espiritualmente durante las horas de
luz, o miraban con lástima a sus compañeros reunidos con arreglo a las
tertulias maldicientes o las atracciones del amor. «Vanidad de
vanidades...» Maltrana se fijó en algunos más anchos y profundos, que
parecían tener las entrañas quebrantadas, inseguros sobre sus pies, con
cierto aire de despanzurramiento. Eran de la señora de Goycochea y otras
nobles matronas de una majestad paquidérmica. «¡Pobrecitos!» Creyó ver
en ellos gañanes tendidos, con los remos abiertos, respirando jadeantes
después de la dura labor; cargadores en mangas de camisa que se
limpiaban, renegando, la humedad de la frente luego de haber llevado un
piano a cuestas.
--Hoy es viernes--contestó Manzanares--; anteayer salimos de Tenerife...
También a mí me parecen dobles o triples los días que llevamos aquí. ¡Y
los que nos faltan aún para llegar!... Esta tarde, según dice el
capitán, veremos de lejos las islas Cabo Verde... El lunes pasaremos la
línea. El viaje no puede presentarse mejor: una lindura... Mire usted
qué mar.
Se detuvieron un instante para seguir con ojos regocijados el aleteo de
los peces voladores.
--Un mar de romanza--dijo Maltrana--. Da gusto vivir. ¡Qué color! ¡qué
luz!... Parece una luz de teatro; el resplandor dorado de una
«apoteosis final». ¡Y qué aire! (Respiraba, entornando los ojos, con
ansiosa delectación.) Algo nos aburrimos, pero hay que reconocer que
esta vida es hermosa. Siento deseos de cantar; me vienen a la memoria
todas las cancioncillas dulzonas del golfo de Nápoles.
Y con gran escándalo de Manzanares comenzó a entonar a todo pulmón una
romanza. Unos marineros que pintaban de blanco las tuberías para el
riego de la cubierta volvieron la cabeza, riendo con simplicidad
infantil.
--Pero hombre, ¡cállese!--protestó el comerciante--. ¿Y usted va a
Buenos Aires a hacer fortuna?... Lo primero es ser hombre serio, para
inspirar confianza. Nadie da crédito a la firma de un cantor. ¡No sea
loco!... ¡Todas las gentes de pluma son lo mismo!
--Manzanares, estoy contento de vivir. Me siento más joven... Usted
también parece que se remoza. Ayer le pillé en conversación con una de
esas francesas. Estaba apoyado en la baranda, mirando al mar, pero
hablaba con ella al mismo tiempo en voz baja, como quien no hace nada.
--Hombre, yo soy casado--protestó Manzanares--. No haga malas
suposiciones: yo no pienso ya en esas cosas.
Pero Maltrana insistió. Le gustaba la francesa y tampoco le parecía mal
Conchita, aquella compatriota que iba sola a Buenos Aires.
--¡Un hombre de mi edad!--exclamó Manzanares--. ¡Y con el estómago
perdido!... Esa Conchita es una muchacha decente; no hay más que verla:
una señorita. No sea loco, Maltrana. Todos ustedes los de pluma son unos
perdidos y creen iguales a los demás.
--¿Y París? ¿Y sus idas de noche a Montmartre?... Acuérdese cómo
entretenía la otra tarde a Goycochea y Montaner contándoles sus buenas
fortunas... Apuesto cualquier cosa a que si me deja entrar en su
camarote encuentro un paquete de fotografías comprometedoras y de cartas
de amor.
--No sea loco; no haga juicios temerarios. Deje en paz a las personas
tranquilas.
Pero Manzanares decía esto con un tono de mansa protesta, brillando al
mismo tiempo en sus ojos cierta satisfacción.
--¡Ah, calavera hipócrita!--prosiguió Isidro--. Cuando estemos en Buenos
Aires iré un día a su establecimiento de la calle de Alsina, para
decirle a la señora de Manzanares quién es su marido... Así lo haré, a
menos que no me soborne con un par de botellas de champán.
Una oleada verdosa se extendió por el rostro del comerciante. Brillaron
hostilmente sus ojos, no sabiendo Isidro ciertamente si este furor era
por su insolente amenaza o por el convite propuesto. «Buenos días.» La
culpa era de él, que hablaba con locos. Y le volvió la espalda,
alejándose.
Maltrana se dejó caer en un sillón. Sentíase cansado: este «querido
amigo» sólo era generoso para caminar. Así estuvo mucho tiempo, frente
al Océano, que titilaba bajo el resplandor del sol, gozando de la sombra
de la cubierta, incorporándose y llevando una mano a su gorra cada vez
que aparecía un nuevo paseante. Todos eran hombres y caminaban
apresuradamente, dando la vuelta al castillo central, con la
preocupación de combatir el engruesamiento de la vida sedentaria.
A estas horas las damas permanecían abajo todavía, en los camarotes y
las salas de baño. Maltrana había sorprendido algunas veces las
intimidades del arreglo matinal al transitar por los pasillos de las
cubiertas inferiores, tropezándose con mujeres envueltas en kimonos y
batones viejos que apresuraban el paso para refugiarse en sus camarotes,
ocultando la cara como si temiesen ser reconocidas. Eran completamente
diferentes de las que aparecían una hora después en el paseo. A veces,
Isidro sentía ciertas dudas antes de identificarlas. Todas se mostraban
considerablemente empequeñecidas y de pesados movimientos al caminar sin
el montaje de los tacones. Los pies ligeros, recogidos y saltones lo
mismo que pájaros en su encierro diurno de tafilete o de raso, eran
ahora planos y deformes dentro de las claqueantes babuchas. Las carnes
temblaban al moverse, conservando todavía la blandura y el suelto
descuido de las horas de sueño. Las cabezas empequeñecidas y pobres de
pelo mostraban unas mechas apelmazadas por la humedad reciente. Las
caras tenían un tinte verdoso o sanguinolento; las narices estaban
enrojecidas en su vértice.
Después de tales encuentros, evitaba Isidro el tránsito por los
corredores a esta hora matinal, temiendo el enojo de las señoras. Al
verle luego en el paseo rehuían su saludo o lo contestaban con sequedad,
como si le hiciesen responsable de una falta de consideración... Pero el
recuerdo de estas sorpresas le hacía sonreír con cierto orgullo. Él
había visto; podía juzgar; estaba en el secreto. Y encontraba
interesante la vida de a bordo con este contacto promiscuo que impone
una existencia común desarrollada en limitado espacio.
Abandonó Maltrana su sillón al reconocer a dos señoras que venían hacia
él: las primeras que se mostraban en el paseo. «Conchita y doña
Zobeida...» Y las saludó gorra en mano sonriendo obsequiosamente, pues
doña Zobeida, a pesar de su modesto exterior, le inspiraba una gran
simpatía no exenta de lástima. Según él esta señora ya entrada en años
era más niña que todas las pequeñuelas rubias que corrían por el paseo
con una muñeca en los brazos.
El mayordomo, poco atento para su aspecto encogido y la pobreza de su
traje negro, la había colocado en un camarote de dos personas, dándole
por compañera a Concha, la muchacha de Madrid, «esta buena señorita»,
como la llamaba ella aun en los momentos de mayor intimidad. Regresaba a
la tierra natal después de haber pasado unos meses en Holanda cerca de
sus nietos. El marido de su hija era cónsul argentino y hacía años que
vivía fuera del país. Por primera vez había salido la buena señora de su
amada ciudad de Salta para ir en osada peregrinación más allá de los
límites de la República, más allá del mar, a una tierra de la que
regresaba con el ánimo desorientado, no atreviéndose a formular sus
opiniones. «¡Y aquello era Europa!...» Ella, en su asombro, no osaba
hablar mal; todo le infundía respeto; únicamente se quejaba de sus
privaciones espirituales. «Esas tierras, señor, no son para nosotros;
las gentes tienen otras creencias. Hay que buscar dónde oír una misa. No
se encuentra un sacerdote que entienda nuestra lengua para confesarse
con él.» Y el contento de regresar a su tierra de altas mesetas y
vegetación tropical aminoraba la tristeza de dejar a sus espaldas a la
hija única y los nietos. La habían rogado que se quedase con ellos. ¡Ay,
no! Quien la sacase de Salta, la mataba. Hablando con Isidro por vez
primera, le había hecho el elogio de su ciudad.
--Cuando Buenos Aires no era más que Buenos Aires a secas, una aldea
mísera, nosotros éramos el reino del Tucumán. Los porteños, ahora tan
orgullosos, datan de ayer, son en su mayor parte hijos de gringos
emigrantes. Nosotros somos nobles. Usted, que es español, conocerá sin
duda nuestro apellido: Vargas del Solar. Tenemos en España muchos
parientes condes y duques; un tío mío que se ocupaba de estas cosas
mantenía correspondencia con ellos. Había reunido papeles antiguos de la
familia; pero con las revoluciones y el haber venido a menos, se olvidan
estas cosas. Allá todavía nos llaman «los marqueses». Cuando usted venga
a Salta, verá en la puerta de nuestra casa un escudo de piedra. Otras
casas también lo tienen... Pero usted, que es hombre que sabe mucho,
según dice esta buena señorita (y señalaba a Concha), habrá leído lo que
era Salta; sus ferias, a las que venían a comprar mulas desde Chile,
Bolivia y el Perú... Nadie mentaba entonces a los porteños: todo nos lo
llevábamos nosotros. Mi finado el doctor, que tenía muchos libros,
hablaba de todas estas cosas pasadas cuando le ponderaban el crecimiento
de Buenos Aires.
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