Formábanse los músicos de dos en dos, y tras ellos se agitó el
comandante dando órdenes en varias lenguas, acariciándose la amplia
barba y saludando a las señoras. Rogaba a todos que se agrupasen en
parejas. Iba a empezar la fiesta con la polonesa tradicional, solemne
paseo por las cubiertas antes de llegar al comedor convertido en salón
de baile.
El «amigo Neptuno»--cómo le llamaba Maltrana--pareció dudar algunos
segundos antes de escoger su acompañante. Quería dedicar este honor a la
más alta dama del buque, y sus ojos iban indecisos del collar de perlas
de la esposa del millonario gringo a los lentes y la majestuosa
corpulencia de la señora del doctor Zurita. Pero el santo respeto a la
autoridad y las categorías sociales le sacó de dudas. El doctor había
sido ministro en su país, y esto bastó para que el hombre de mar,
inclinándose sobre sus piernas cortas con una galantería versallesca,
ofreciese su brazo a la matrona argentina.
Tras de ellos se formó la fila de parejas, escogiéndose unos a otros
según anteriores preferencias o al azar de la proximidad con bizarros
contrastes que provocaban risas y gritos. Las señoras viejas, los niños
y los domésticos presenciaban el arreglo de esta procesión agolpados en
puertas y ventanas. Isidro daba el brazo a la tiple noble de la compañía
de opereta, dueña voluminosa, de cara herpética, que ostentaba sobre la
pechuga una condecoración turca.
Maud contempló la formación con mirada irónica, pero de pronto sintióse
arrastrada por la alegría general: «Nosotros también». Y tomando el
brazo de Ojeda, se introdujo en la fila.
Rompió a tocar la música una marcha solemne, una de tantas «Marcha de
las antorchas» escritas para natalicios y matrimonios de pequeños
príncipes alemanes, y la procesión se puso en movimiento, contoneándose
las parejas al compás del ritmo.
Corrían del interior del buque las camareras con gorrito de blondas y
los -stewards- de corbata blanca para presenciar este desfile, riendo
con una buena fe germánica al ver a los señores agarrados del brazo y
marchando con las caderas balanceantes. La cabeza de desfile desapareció
de pronto, y el ruido de cobres fue debilitándose. La «polonesa»,
saliendo del paseo al aire libre, se introducía en los salones,
serpenteando entre mesas y sillas hasta desembocar en el paseo de la
banda opuesta, donde los instrumentos recobraban su primitiva sonoridad.
Otras veces la música se perdía gradualmente, como si la absorbiesen las
entrañas del buque, y el desfile iba descendiendo por las amplias
escaleras a los pisos inferiores.
Delante de Mrs. Power iba Nélida, la única que se apoyaba al mismo
tiempo en los brazos de dos hombres. Un joven alemán que se hacía pasar
por pariente suyo, y el «barón», el belga hermosote, la escoltaban,
hablándose afectuosamente como amigos que beben juntos y juegan al
-poker-, pero con un rencor en la mirada de hombres bien educados que
consideran la mayor de las distinciones saber ocultar sus sentimientos.
Y ella mostrábase contenta por este doble deseo que tiraba de sus brazos
y la envolvía en un ambiente de sorda pelea; se dejaba llevar casi a
rastras, encorvada su esbelta figura, riendo sin saber de qué, con la
boca seca, abarcando a los dos varones en la mirada de sus ojos húmedos
y ávidos, que parecían englobarlos en una predilección idéntica, sin
poder distinguir el uno del otro.
La compañera de Fernando fue transformándose al marchar entre los gritos
y risas de este alborozo general. Percibía él ahora con mayor intensidad
el perfume misterioso escapándose de las profundidades del escote. Hasta
creyó sentir en el puño una ligera crispación de la mano de Maud, un
movimiento tal vez inconsciente, un leve roce despertador que se
ensanchaba en ondas de emoción hasta los extremos de su organismo, y
unas veces le hacía caminar como si volase y otras parecía clavarle en
el suelo. Era tal vez una caricia irreal, imaginada más bien que
sentida, pero idéntica a otras que perduraban en su recuerdo... Además,
el mismo roce de curvas armoniosas al marchar; igual encontrón con unas
durezas de contacto fulminante. La pesadumbre del brazo femenil se hacía
por momentos más sensible. Un hombro desnudo se apoyaba en él, dejando
sobre el paño negro del -smoking- tenues manchas de velutina.
Al volver hacia ella una mirada ávida y encontrarse con sus ojos no
sentía extrañeza, como si los conociera desde mucho antes. Eran grises;
los que él llevaba en su recuerdo eran negros, con reflejos de ámbar;
pero unos y otros le miraban de igual modo, con una expresión
invitadora. Fernando sintió el temblor que avisa la llegada de la
fortuna, la emoción que precede a los grandes triunfos... ¡La vida es
hermosa!... Y un estremecimiento del brazo adorable pareció responderle
ensalzando mudamente la belleza de una existencia que puede elevarse,
gracias al amor, por encima de todas las realidades.
Se vieron de pronto debajo de las banderas y las guirnaldas eléctricas.
La música, apelotonada en un extremo del comedor, había cambiado de
ritmo, y las parejas, así como iban entrando, giraban enlazadas
siguiendo las caricias de un vals.
Instintivamente se recogió Maud la cola del vestido, apoyó Ojeda un
brazo en su talle, y experimentaron cierta sorpresa al verse entre los
danzarines demasiado numerosos, que chocaban con rudos encuentros de
codos y de grupas. La ilusión, el champán y el deseo, fermentando
sordamente en él, parecieron explotar de pronto, removidos por las
vueltas de la danza. Su brazo retenía enérgicamente el talle de Maud,
como temeroso de que pudiese huir; mirábanse en las pupilas con una
fijeza agresiva, lo mismo que los luchadores que quieren reconocerse
bien en el último instante, antes de caer el uno en brazos del otro.
Balbuceaba Ojeda sin saber ciertamente lo que decía. Hablaba ahora en
castellano, y su súplica incoherente era una especie de música sin
palabras, cuya vaguedad producía en él cierta emoción.
--Di que sí... di que quieres... Sería yo tan dichoso... ¡tanto!...
Ella sonrió, agradeciendo tal vez que hablase en su idioma, lo que le
evitaba la obligación de entenderle y de ruborizarse. Al mismo tiempo,
sus ojos se entornaban para mirarlo con una expresión de caricia
anticipada.
Cesó la música; las parejas se retiraron dándose el brazo. Maud se
inclinó un momento para corregir un desorden de su falda, y al
incorporarse mostró un gesto de altivez, como si hubiese recordado algo
que le devolvía a su glacial serenidad.
Se dirigió a la puerta seguida de él, que en su exaltación no se daba
cuenta de este cambio repentino. Continuaba hablando en español,
repitiendo la misma súplica con un tuteo pasional. Y ella, por dos
veces, sonriendo de las dificultades de su pronunciación, le dio la
respuesta en el mismo idioma:
--No compregndo... no compregndo.
En el antecomedor le tendió una mano para despedirse. Se retiraba a su
camarote: gustaba de acostarse temprano; esta noche había sido
extraordinaria. Ojeda se ladeó como si intentase cortarla el paso, al
mismo tiempo que su voz se hacía más suplicante. ¿Irse? ¿Dejarlo en la
soledad de aquella fiesta, donde todo le era extraño y antipático?... Se
sentía enfermo.
Pero ella le atajó con su ironía helada.
--Debe ser el estómago. Vea al médico... A mí no me impresionan esas
quejas; ya sabe que no soy -poetical-.
Fernando insistió. Le esperaba una noche horrible: no podría dormir.
--Yo le enviaré con la doncella unos sellos que dan sueño.
¡Oh, si ella quisiera!... ¡Si le permitiese ir detrás de sus pasos al
encuentro de la felicidad!
--No compregndo... no compregndo.
Repitió su súplica en inglés, y ella lo miró entonces de abajo arriba,
sin odio, sin escándalo, con extrañeza, como en presencia de un atentado
a las buenas formas sociales, asombrada de la rapidez con que aquel
hombre pretendía suprimir de golpe todas las esperas prudentes
establecidas por la costumbre.
---Good night---dijo fríamente.
Y le volvió la espalda, alejándose por el corredor que conducía a los
camarotes de preferencia, erguida y majestuosa.
Desconcertado por esta escena que nadie había visto, sintió Ojeda un
deseo de huir, como si fuese a estallar en torno de él una explosión de
carcajadas. Arriba, en la cubierta, sólo quedaban los paseantes tenaces,
y en el café los jugadores de -poker-, para los cuáles no había músicas
ni bailes que pudiesen alejarlos del tapete verde. La familia italiana
rodeaba a su prelado, empujándolo cariñosamente. ¡Ánimo, ilustrísima!
Debía descender al salón para echar un vistazo a la fiesta y lucir la
cruz de oro. Aquí no estaban en tierra, y la vida de a bordo permite
mayores libertades. Hasta el abate de las conferencias andaba por las
cercanías del baile, asomando su cara barbuda. «El mar... es el mar,
Monseñor.»
Persistió en Fernando la misma sensación de desconcierto y de miedo al
tropezarse con los paseantes, cual si éstos pudiesen adivinar lo que
había ocurrido abajo. Le molestaba la música, por creerla igual a una
risa burlona. Otra vez necesitaba huir en busca de obscuridad y
silencio. Y tomó una de las escaleras que conducían a la cubierta de los
botes.
Arriba creyó despertar con el fresco de la noche, como los ebrios que
reciben de pronto una corriente de aire. Hasta allí le había acompañado
un sentimiento de despecho; la cólera de su orgullo varonil herido por
el fracaso; el escozor de una situación ridícula. Pero ahora le
atormentaba el remordimiento; sentía vergüenza de él mismo, deseaba
empequeñecerse, desaparecer, como si una mirada iracunda le espiase en
la sombra.
--Muy bien, señor Ojeda--murmuró irónicamente--; se está usted portando
como un caballero.
Y dejándose caer en un banco, añadió con rabia:
--¡Eres un canalla; un canalla que merece la muerte!
Sólo habían transcurrido unos minutos, y se preguntaba con extrañeza si
era él mismo el que danzaba abajo, enloquecido por el perfume de una
señora a la que sólo conocía desde unas horas antes, balbuceando como un
mozuelo atrevidas proposiciones. ¡Ah, miserable sin voluntad!...
Abandonaba con rudo tirón su vida anterior, marchaba aventuradamente al
otro hemisferio, todo por una mujer, y a las primeras jornadas, cuando
aún brillaban sobre sus cabezas las mismas estrellas, arrastrábase con
súplicas viles ante una desconocida a impulsos de un deseo fulminante
que hacía reír.
Sentía vergüenza al recordar las palabras que había escrito en la tarde
anterior, imitando la firmeza de los héroes wagnerianos. «Y cuando
estemos alejados, ¿quién podrá separarnos?...» Un solo día había bastado
para que olvidase sus juramentos. Aún no habría salido a aquellas horas
su carta de Tenerife, y ya estaba lo mismo que Sigfrido, olvidado de
Brunilda, humillándose amoroso a los pies de una Gotunda que se burlaba
de él. Y esto lo había hecho por voluntad espontánea, sin necesitar
filtros de olvido.
Cerraba los puños amenazándose a sí mismo; pero un sentimiento de
tristeza y desaliento sucedía a esta indignación. Deseaba ocultarse,
como si en su vergüenza necesitase más sombra, más silencio, y huyó otra
vez, siempre hacia lo alto, remontando la escalera de la última
toldilla, cerca del puente.
Aquí, calma absoluta; la escasez de luz hacía más visible el azul
profundo del cielo, más intenso el fulgor de los astros. La torre de la
chimenea destacaba su obscura masa sobre el espacio punteado de
resplandores; las vedijas de humo, al escaparse de su boca, empañaban
por unos instantes el brillo de las constelaciones. El balanceo del
barco hacía pasar las estrellas de un lado a otro de los mástiles, como
luciérnagas juguetonas que saltasen entre palos y cordajes.
Ojeda experimentó la sensación de paz que desciende del cielo nocturno
sobre los grandes dolores. Había momentos en que deseaba llorar, lo
mismo que un niño que implora perdón. «¡Teri!... ¡Teri!» Ella viviría a
aquellas horas seguramente pensando en él. Tal vez estaba ya en París, y
en medio de los ruidos del bulevar, en un teatro o en una fiesta, su
imaginación se apartaba de lo inmediato para seguir con angustia la
marcha de un buque que sólo conocía de nombre. ¡Ay, si ella supiese! ¡Si
ella pudiese ver!...
Se analizaba Ojeda con una minuciosidad cruel. No era digno de la dicha
que había acompañado los mejores años de su existencia. Y sin embargo,
él no se creía responsable; era su alma, el sexo de su alma,
completamente distinto y divergente de su sexo material. Hombre como los
otros, agitado y dominado por una virilidad rápida en sus impulsos,
bestia de presa capaz de atropellar y matar, lo mismo que los varones
prehistóricos, cuando le perturbaba la embriaguez del deseo, reconocía
sin embargo que su alma era femenil, como las de la mayor parte de los
humanos. Bastaba la visión de una carne desconocida, una sonrisa, una
ojeada, para que diese al olvido juramentos y compromisos.
Se insultaba fríamente, y para aminorar su culpa, incluía en esta
vergüenza a todos sus semejantes. «Nos consideramos muy hombres, y
tenemos un alma de cortesana. Estamos a la espera de lo que llega,
crédulos y fatuos para aceptar como una fortuna la primera hembra que
nos mire, ágiles y prontos para nuevos deseos, olvidando el ayer con la
inconsciencia de una profesional...»
De nuevo el recuerdo de la carta con los juramentos de Sigfrido volvió a
su memoria. Aquel héroe membrudo, que con la espada partía yunques y
mataba dragones, tenía igualmente un alma de mujer. Apenas separado de
Brunilda, la olvidaba, fijando sus ojos en otra. En cambio, ella, la
femenina walkyria, era el hombre en esta asociación amorosa. Su alma
varonil y fuerte pertenecía a la aristocracia de los que prolongan un
amor único hasta el más alto idealismo, ennobleciendo de este modo los
instintos de la carne. Era el andrógino de las remotas leyendas, hombre
y mujer a un tiempo; la personificación del verdadero amor, que domina
la sed de nuevos deseos, desconoce la curiosidad que inspira lo extraño
y anhela confundirse con el ser que ama, hasta suprimir toda dualidad y
que los dos sean eternamente uno solo.
Y Teri era así. Con su charla de pájaro y su carácter en apariencia
frívolo, era el varón fuerte e inconmovible. Expuesta a las tentaciones
de otros hombres que la deseaban, no había vacilado jamás. Y él era la
mujer sin voluntad, el alma débil y vulnerable a todo deseo, el instinto
caprichoso que había que vigilar de cerca y tener siempre de la mano
como a un niño enfermo.
Cuando juraba ser fiel con los más solemnes juramentos, poniendo por
testigos el amor y la vida, nunca estaba seguro de decir verdad. Sentía
la sospecha de que al día siguiente una blancura entrevista, un
revoloteo de faldas, lo armonioso de una línea, el ritmo de un paso, la
simple novedad de lo ignorado, podían hacerle correr fuera de su camino
lo mismo que una bestia en celo. Y así era él: así la mayoría de sus
semejantes. Y este animal, que, enloquecido por lo que considera amor,
tiene en el momento supremo de su dicha movimientos simiescos,
gesticulaciones demoníacas, zarpazos de fiera, es el más noble de la
creación, el único depositario de la verdad. ¡Qué dirían de los hombres
las tranquilas estrellas si alguna vez habían seguido sus actos con sus
guiños luminosos!... ¡Ah, miseria!
Pasaba el tiempo sin que tuviese fuerzas para abandonar aquel banco
lejos de la luz. Temía volver al ruido de abajo. Retardaba el instante
de entrar en su camarote, como si de los tabiques pudieran desprenderse,
saliendo a su encuentro, los recuerdos que había clavado con la fijeza
de sus ojos en las horas nocturnas de melancolía.
Tres veces sonó la campana mientras él estaba allí, inmovilizado por el
abatimiento, y otras tantas contestó desde lo alto del trinquete el
baladro del serviola anunciando que las luces de posición seguían
encendidas. Un oficial paseaba por el puente con la espalda algo
encorvada y las manos en los bolsillos, deteniéndose a cada vuelta para
sondear con sus ojos la obscuridad. Fernando le encontró cierto aire de
monje yendo y volviendo con igual número de pasos por su claustro de
acero. Junto a una luz oculta, que esparcía una tenue mancha rojiza--el
resplandor de la bitácora--, estaba otro hombre, con los brazos en cruz,
abarcando la rueda reguladora de la dirección del buque. Y acurrucado en
su minarete, en medio de las tinieblas perforadas por luminosos
parpadeos, existía el centinela invisible, el ronco cantor de las horas,
espía avanzado que escrutaba los hostiles misterios de la noche y del
mar.
Contemplábalos Ojeda con respeto y envidia, sumidos en su gravedad
silenciosa que tenía algo de sacerdotal; insensibles a la música y los
rumores de fiesta que venían de abajo; huyendo de los reflejos luminosos
que esparcía el buque sobre sus costados como un halo de gloria;
avanzando la cabeza en la noche para husmearla mejor; indiferentes al
mundo alegre y variado que invadía las entrañas de la nave en cada
viaje; sólidamente adheridos al testuz del monstruo cuya marcha guiaban,
como el cornac guía al elefante montado en su frente. Eran hombres
ocupados en algo más importante que balbucear deseos al paso de una
hembra. La vida les había impuesto una obligación y la cumplían
severamente, sin conocer arrepentimientos ni vergüenzas.
El trabajo disciplinado por la responsabilidad se le apareció como la
función más noble y envidiable. Estos ermitaños del puente y de la cofa
tendrían, a no dudar, su vida de pasión lo mismo que todo el mundo;
conocerían el amor, que es algo indispensable para la existencia;
llevarían en su alma la flor del recuerdo. Tal vez el oficial iba
acompañado en sus paseos por la imagen de alguna -fraulein- rubia y
sensible que contaba los días en un puerto anseático aguardando la
vuelta del buque; tal vez los marineros contemplaban en el espejo de su
rudimentaria imaginación a la compañera ventruda y mal calzada con su
grupo de pequeñuelos carillenos y peliblancos.
Desde su asiento, a través del marco de una ventana, veía también al
telegrafista escribiendo con la cabeza baja e interrumpiendo su
escritura para escuchar el lenguaje chirriante de los aparatos. Atendía
mecánicamente a otros pensamientos perdidos en la noche a una distancia
de centenares de millas, y apenas terminada la conversación recuperaba
su pluma. Bien podía ser que escribiese a su amada llenando el papel con
versos ingenuos y simples, como la florecilla azul que apunta en el alma
de toda pasión germánica.
Y al adivinar el amor en estos esclavos de la responsabilidad que
velaban por la suerte del pueblo flotante, lo veía único, noble,
rectilíneo, lo mismo que el deber y la disciplina que mantenían a todos
en sus puestos.
Oyó pisadas en la toldilla. Una silueta avanzaba titubeante, explorando
los rincones. Era Maltrana, que al reconocerlo se dirigió hacia él,
lamentando su desaparición... ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no estaba
abajo?... Y acompañaba sus palabras con grandes risas y cariñosos
palmoteos. Fernando vio en sus ojos el brillo de una extraordinaria
agitación. Al hablar esparcía su boca un vaho alcohólico.
--La gran noche, amigo Ojeda; y eso que aún estamos, como quien dice, al
principio. Esos muchachos son encantadores. Tenemos concertada una
pequeña reunión con varias chicas de la opereta para cuando termine el
baile y se acueste la gente seria. ¿Y Nélida? Una valiente. Se ha
deslizado fuera del salón, mientras emborrachaban a su hermanito los
amigos de la banda. Su primer -flirt-, el alemán que se titula pariente
y viene con ella desde Hamburgo, anda loco por todo el buque sin poder
encontrarla. Yo soy el único que sabe dónde está: ¡yo lo sé todo! La he
visto entrar cautelosamente en su camarote, como una gata estremecida, y
llegar después de ella al barón belga... Y el otro busca que busca. ¡Lo
más divertido!... Pero ¿qué tiene usted? ¿Por qué esta triste?...
Fernando experimentó un deseo egoísta de comunicar su desaliento y su
amargura a este amigo regocijado.
--Soy un miserable que siente asco de sí mismo. Un verdadero miserable.
Quedó Maltrana indeciso, no sabiendo qué gesto adoptar ante una
afirmación tan inesperada... Luego se encogió de hombros y volvió a
reír, como si leyese en el pensamiento de Ojeda.
¡Un miserable!... ¿Y qué? Él también lo era; y todos en el buque lo eran
igualmente. Y así como el viaje fuera haciéndose más largo y avanzase el
-Goethe- la proa en los mares luminosos y cálidos, todos iban a sentirse
poseídos por esta miseria que avergonzaba a Fernando... ¡Quién sabe si
alguno llegaría a rugir y a andar a cuatro patas, como los libertinos de
las leyendas convertidos en bestias!...
--Ya nos limpiaremos de pecados al llegar a tierra, amigo mío. Aquí
debemos vivir con arreglo al ambiente. La responsabilidad no es nuestra.
El culpable es ése... el gran impuro, el eterno fecundador que aún
guarda en sus entrañas el secreto genésico de los primeros latidos de la
vida.
Y Maltrana, borracho, señalaba el mar obscuro, increpándolo con una
furia cómica... Pasaban sobre su lomo, lo arañaban cruelmente con la
quilla, bien comidos, el pensamiento en reposo, los miembros en huelga,
y él se vengaba de este rudo despertar enviándoles un hálito excitante
que esparcía el deseo y la locura.
--¡Ah, grandísimo tentador!... ¡Galeoto con mostachos de algas!...
¡Celestina de arrugas verdes!
Por algo habían florecido en las islas mediterráneas los pueblos
adoradores de Afrodita, que hicieron vibrar todas las cuerdas del arpa
de la voluptuosidad; por algo se habían elevado en las costas las
blancas columnatas de los santuarios de amor, con sus rebaños de
cortesanas sagradas; por algo los poetas sacerdotales habían hecho nacer
a Venus de la espuma de las olas.
V
A las diez de la mañana iban colocando los músicos sus atriles al final
de la cubierta, entre el fumadero y una barandilla, sobre la explanada
de popa. Ensanchábase el paseo en este lugar, ofreciendo el aspecto de
una terraza de café con mesas al aire libre y arbolillos redondos
plantados en cajones verdes.
Rompía a tocar la banda una «Marcha granadera» del tiempo de Federico el
Grande, con estruendosos alaridos de trompetería, y poco a poco la gente
iba poblando el paseo.
El buque, húmedo, sombreado, limpio, parecía sonreír como un dormilón
que se despabila con las frías abluciones matinales. Desde mucho antes
caminaban los madrugadores por la azulada penumbra de la cubierta,
saludándose al paso y comunicándose noticias de la noche anterior.
Algunos, vestidos con pijamas o medio desnudos bajo un largo gabán,
descendían del gimnasio y se deslizaban rápidamente en busca de sus
camarotes.
Aparecían las primeras señoras, yendo tras breve paseo a arrellanarse en
los sillones. Bandas de muchachos aprovechaban la ausencia de los
mayores para hacer suya toda la cubierta. Niñeras de diversa
nacionalidad, con una criatura al brazo, formaban amigables grupos,
mirándose sonrientes sin entenderse. Otras empujaban cunas con ruedas,
en cuyo interior una cabeza abultada, de suaves cabellos, aparecía medio
dormida entre puntillas y lazos. Una tropa de niños con fusiles de latón
daba la vuelta al buque, golpeando el húmedo entarimado con marciales
patadas. Eran rubios, morenos o bronceados, mostrando en la variedad de
sus tipos la amalgama étnica del continente americano, en el que sus
padres les habían hecho nacer. Un hijo de doctor Zurita, que iba al
frente sable en alto marcando el paso, gritaba con el imperio de una
casa triunfadora: «A ver gringo, avanza un poco... Un... dos. Un... dos.
Tú, gallego, hazte pa atrás».
Fernando, apoyado en la barandilla a corta distancia de los músicos,
seguía con los ojos el lento balanceo del castillo de popa, sobre el
cual aleteaba una ronda de gaviotas. Eran aves enormes repletas de
pescado y desperdicios de los buques, con alas poderosas, blancas y
combadas, semejantes a velas.
Seguían al trasatlántico desde Canarias, habituadas a esta soledad azul,
inmensa para los ojos del hombre, y en la que su instinto husmeaba la
vecindad invisible de la costa de África y del archipiélago de Cabo
Verde. Volaban en espiral sobre la popa, abanicando algunas veces con
sus alas a los pasajeros de tercera clase. Otras se tendían en fila
sobre el camino blancuzco y espumoso que dejaban abierto las hélices en
la llanura del Océano. Parecían inmóviles sobre el vapor, que marchaba y
marchaba con el jadeante ímpetu de sus pulmones de acero, y cuando
quedaban atrás bastábales un par de aletazos para volver a colocarse
verticalmente sobre él. Sonaba el chapoteo de un objeto en el mar: una
espuerta de residuos de cocina, un madero, un bote de conservas vacío, e
inmediatamente se desplomaban, con las plumas encogidas, balanceándose
sobre las ondulaciones oceánicas lo mismo que los cisnes de un lago. Y
así que terminaban la exploración del objeto flotante o engullían los
residuos, retornaban al buque impetuosas como proyectiles.
Un murmullo de gente invisible subía hasta el paseo en las breves pausas
de la música. Ojeda, al inclinarse sobre la baranda, recibió en su
olfato un hedor de comida agria. La vasta explanada de popa, libre a
aquella hora de toldos, aparecía ocupada por los emigrantes
septentrionales. Formaban cuadros sentados en los camarancheles de las
escotillas. Otros, por encima de ellos, ocupaban, como si fuesen bancos,
los mástiles de las grúas colocados horizontalmente. Algunos, con aire
señoril, dormían arrellanados en sillones plegadizos de lona vieja,
recuerdo de anteriores viajes.
Correteaban bandas de muchachos medio desnudos, yendo a refugiarse entre
las rodillas femeninas en los azares de su persecución. Viejos con
luengas barbas, gorros de piel de cordero y peludos gabanes, permanecían
en cuclillas mirando el mar, como fakires en éxtasis. Unos jóvenes
tendidos sobre el vientre, con la quijada entre las manos, escuchaban la
lectura en alta voz de un camarada. Junto a la borda, otros hombres
barbudos fumaban en largas pipas, y de vez en cuando sus manos rojas y
escamosas se hundían bajo las sotanas forradas de pieles para agitar con
fuertes rascuñones los harapos invisibles.
Tenían que abrirse paso los marineros en esta muchedumbre compacta e
inmóvil que bebía sol y aire fuera del encierro de los sollados. Sobre
un montón de cables, un emigrante de cabeza rapada movía el arco de su
violín, sin que el más leve sonido llegase hasta el paseo donde rugían
los cobres. En la plataforma del castillo de popa, entre botes, maromas
y salvavidas, pululaban los pasajeros de tercera clase que gozaban de
preferencia: tenderos ambulantes; rusas y alemanas con grandes sombreros
de paja, que, agarradas del talle, hablaban de sus diplomas académicos y
de la posibilidad de entrar en el seno de una familia del Nuevo Mundo
para enseñar idiomas a los niños; jóvenes melenudos con trajes de buen
corte, pero de raída tela, siempre con un libro en la mano. Eran los
aristócratas de esta parte del buque, que, aislados en su altura,
miraban con desdeñosa conmiseración al rebaño de abajo y con envidia
revolucionaria a los del castillo central.
Filas de ropas puestas a secar se balanceaban en la explanada sobre los
grupos de cabezas. El suelo, regado a plena manga poco antes, estaba
cubierto de cáscaras de frutas, secreciones de garganta y residuos de
alimentos. Cabelleras femeniles tendidas al sol recibían la exploración
venatoria de los peines. De la blancura incierta de algunas camisas,
rígidas y acartonadas por el líquido seco, emergían ubres como harapos,
adaptando su arrugada flacidez a las bocas lloronas de los pequeños.
Otras madres, con el hijo en las rodillas, desenvolvían tranquilamente
sus fajas y pañales, dando a la luz los olvidos hediondos de la
inconsciencia infantil.
No tenía Fernando más que ladear un poco la cabeza, volviendo los ojos
al interior de la cubierta, y recibía en su olfato inmediatamente la
esencia de los licores que burbujeaban con mezcla de soda en las mesas
del café, el perfume de agua de Colonia que iban esparciendo las
mujeres, como un recuerdo de su baño matinal. Parecía ser de un planeta
distinto la vida que se desarrollaba cuatro metros por encima de la
muchedumbre emigrante. Los camareros iban de grupo en grupo ofreciendo
grandes bandejas cargadas de emparedados y tazas de caldo: el segundo
refrigerio de la mañana. Las señoras exhibían con afectada modestia sus
trajes de verano recién extraídos de los cofres y cambiaban mutuos
cumplimientos. Muchos pasajeros iban vestidos de blanco de pies a
cabeza, e igualmente de blanco los domésticos del buque, los músicos y
los oficiales. Había momentos en que el castillo central parecía
invadido por una tripulación de Pierrots.
Pasó Mrs. Power, sola como siempre en sus matinales paseos, erguida y
sin mirar a nadie, con un sombrero de tul elegante y vistoso. Fernando
sintió al verla indecisión y timidez; pero ella, deteniéndose un
momento, vino en su auxilio. Le saludó, preguntando con un retintín
irónico cómo había pasado la noche. Sonreía protectoramente, dando a
entender que perdonaba a Ojeda su travesura de niño grande. Todo estaba
olvidado... Y le tendió una mano antes de alejarse, continuando su
marcha de ritmo varonil.
Transcurría el tiempo sin que la cubierta se viese tan poblada como en
otras mañanas. Muchos sillones permanecían vacíos. Las graves señoras
alejaban a sus hijas para conversar entre ellas con voz de misterio y
gestos de indignación, como si comentasen algo escandaloso. No había
aparecido aún ninguno de aquellos jóvenes de cuya amistad hablaba
Maltrana con entusiasmo. También él permanecía invisible, y lo mismo
Nélida con su escolta de adoradores.
El doctor Zurita pasó junto a Ojeda aspirando el humo de su tercer
cigarro matinal.
--Poca gente--dijo--. Anoche, según parece, hubo -farra- larga. Debe
haber abajo un tendal de muertos y heridos... ¡Qué muchachada tan viva!
¡Cosas de la edad!...
Y siguió adelante, sonriendo con una tolerancia de veterano al pensar en
las locuras de la «muchachada». Estaba tranquilo por haberle dicho su
ayuda de cámara andaluz que los hijos mayores roncaban en sus camarotes
con la fatiga de una noche pasada en claro, pero sin desperfectos
visibles.
La música siguió desarrollando su programa matinal como si sonase en el
vacío. Pasaban las señoritas formando grupos, lo mismo que en las plazas
de las pequeñas ciudades alrededor del kiosco de los conciertos; pero
les faltaba en este continuo girar el encuentro con los jóvenes, el
acompañamiento de un amigo, miradas curiosas y simpáticas que las
persiguiesen.
Sólo quedaban ellas en la cubierta. Los hombres graves eran buscados por
el mayordomo, que a fuerza de invitaciones y ruegos conseguía meterlos
en el fumadero. Se iba a formar allí por aclamación el comité
organizador de las fiestas con que se celebraría el paso de la línea
equinoccial.
Terminó el concierto, retirándose los músicos con atriles e
instrumentos, y entonces fue cuando Maltrana hizo su aparición. Lo vio
Fernando asomar la cabeza por la puerta de una escalera tímidamente.
Después de largos titubeos avanzó al fin con cierto encogimiento. Vestía
un traje blanco, rutilante, majestuoso, sobre el cual parecía destacarse
con mayor relieve la fealdad grandiosa de su cara, a la que encontraban
algunos cierta semejanza con la de Beethoven viejo.
En su marcha cautelosa, torcía el rostro hacia el lado del mar, bajando
los ojos como si temiese ser visto. Ante los grupos de nobles matronas,
su cortesía pudo más que el miedo. «Buenos días...» Pero las damas
contestaron su saludo a flor de labios, siguiéndole con ojos severos y
mirándose después entre ellas... «También éste era de los culpables.» Y
todo el peso de su indignación se descargó mudamente sobre Maltrana, el
primero que osaba presentarse ante ellas.
Ojeda, al estrecharle la mano, se fijó en su tendencia a volver la cara
hacia el mar, rehuyendo el lado izquierdo, y con súbito movimiento le
hizo ponerse de frente.
--Pero criatura ¿qué tiene usted ahí?...
Señalaba, riendo, una hinchazón lívida de la sien que se extendía hasta
un ojo.
--No es nada--balbuceó Isidro--; poca cosa... Ya le explicaré.
Y para desviar la conversación, se miró de los pies al pecho con gesto
de orgullo.
--¿Eh?... ¿qué me dice del trajecito? Tengo otro a más de éste...
¡Cualquiera adivina que es obra de doña Margarita, mi patrona!
Pero Ojeda no se dejó desorientar por tales palabras, y siguió riendo
con los ojos puestos en la contusión que desfiguraba a su amigo.
--Cuando se canse de reír, avise--dijo Maltrana, algo amostazado--. Pero
¿no ve usted que nos están mirando esas dignas señoras?... Las conozco,
y no quiero perder su amistad. Hablan con mucha soltura de los
escándalos de Europa; tienen el propósito decidido de no asustarse de
nada, para que no las tomen por unas atrasadas; pero todo es puro
exterior, y cuando se despojan de los trajes y los añadidos de París,
resultan idénticas a nuestras damas de provincias... Al pasar frente a
sus camarotes miro algunas veces por la puerta entreabierta: en el
lavabo, marquitos portátiles con imágenes milagrosas nacionales o de
importación; en un boliche de la cama, un rosario y más estampas...
Tengo miedo de que me echen la culpa a mí, que soy el más infeliz. Me
temo que por dejar en buen lugar a sus niños y a los amigos de sus
niños, digan que fui yo quien organizó lo de anoche... Y yo tengo
interés en estar bien con todo el mundo, en conservar mis amistades.
Fernando no pudo contener su impaciencia. «Pero ¿qué era lo de
anoche?...» Maltrana sonrió, como si recordase algo, y dijo, remedando a
su amigo, con entonación dramática:
--Soy un miserable... Un miserable que siente asco de sí mismo.
Pero antes de que Fernando pudiera enojarse por este recuerdo, se
apresuró a añadir:
--Lo de anoche fue una lección; una lección de cosas y de nombres: una
«farra», una «remolienda», como dicen mis amigos de varias repúblicas.
Anoche supe también lo que es «curarse», y me curé tan prolijamente, que
aquí me tiene con una sed infernal y este adorno junto a un ojo... Pero
no me arrepiento: ¡qué muchachos simpáticos! Da gloria tener amigos tan
cariñosos. Unos me llamaban -gallego-, otros me apellidaban -godo-. ¿Ha
notado usted qué variedad de motes amorosos gozamos los españoles en la
América que habla español?
--Sí; y en otras repúblicas nos llaman -gachupines-, -patones-,
-sarracenos- y no sé qué más. Podría escribirse un tratado
geográfico-apodesco para mayor claridad en las relaciones
hispanoamericanas... Pero son bromas de familia que no merecen atención:
adelante.
Y Maltrana describió la fiesta íntima en el fumadero después del baile,
cuando las graves damas con sus hijas se habían retirado a los camarotes
y sólo quedaba en la cubierta algún que otro señor entregado a su paseo
habitual antes de irse a la cama. Los jugadores de -poker- habían
terminado sus partidas, prudentemente, al ver invadido el salón por una
banda de locos que gritaban discursos subiéndose a las mesas, ensayaban
suertes de gimnasia con las sillas o se tendían en los divanes colocando
los pies entre las copas.
--El pobre mozo del bar, amigo Ojeda, ese rubio con bigotes a lo
-kaiser-, se movía incesantemente de una mesa a otra, descorchando
botellas de champán, llenando copas, recogiendo del suelo vidrios rotos.
Al principio estaban por grupos: a un lado los sudamericanos, al otro
los yanquis y los ingleses, más allá los alemanes, pretendiendo cada uno
sobrepujar al vecino en generosidad. Una mesa pedía dos botellas, la
otra tres, la otra cuatro; y todos cantaban, intercalando en su música
gritos de animales conocidos o fantásticos... Esperábamos la llegada de
las damas: unas cuantas coristas que habían prometido no sé a quién, tal
vez a nadie, su interesante presencia. Pasaba el tiempo y no venían.
Unos amigos hablaron seriamente de ir al camarote de Nélida para traerla
a la fiesta y darle una paliza al hermano, proposición que puso foscos
al belga y al alemán, como si cada uno por su parte se creyese el
depositario del honor de la muchacha.
Calló Maltrana, cual si temiera decir demasiado; pero ante la curiosidad
de su amigo siguió adelante.
--Un chileno forzudo, gran amigo mío, se levantó con resolución. «Oiga,
-godito-: vamos a ver si nos traemos a algunas de esas damas.» Abajo, en
un corredor, cazamos a dos coristas polacas que iban tranquilamente
desde cierto lugar a su camarote, y mi amigo el atleta las subió casi en
volandas sin entender sus palabras. ¡Gran éxito! Las dos son negruzcas,
flacas, con aire de gitanas, pero jamás se verán en toda su vida tan
admiradas y obsequiadas. Y cuando las pobrecitas llevaban bebidas no sé
cuántas copas, mirándonos a todos con la superioridad que proporciona la
escasez del artículo, y se debatían entre los señores aglomerados en
torno de ellas, chillando y contrayéndose en el asiento como si por
debajo de la mesa las cosquillease una tropa de ratas, entra el
mayordomo, el -oversteward-, mirándolas fijamente, sin vernos a
nosotros, como si no existiésemos; y bastaron unas cuantas palabras
suyas en alemán para que saliesen cabizbajas y temerosas, lo mismo que
unas niñas ante la reprimenda del maestro... Bien dicen que la sociedad
del mujerío dulcifica la rudeza de los hombres. Apenas nos quedamos
solos... batalla. Unos increparon a otros por haber sido demasiado
audaces, haciéndolos responsables del susto y los aleteos de las dos
palomas inocentes. De pronto, un puñetazo... y el fumadero fue la venta
del -Don Quijote-. Todos sentían la necesidad de pegar sin saber a
quién: dos hermanos se aporrearon sin conocerse; los -bocks- y las copas
iban por el aire. Yo dudaba entre huir o poner paz, y en medio de mis
vacilaciones me alcanzó esta caricia... Crea usted que me duele, pero el
espectáculo valía la pena de ser visto. Lástima que usted no lo
presenciase.
Ojeda se inclinó con irónico agradecimiento. «Muchas gracias.»
--La tranquilidad se restableció gracias a la intervención de algunos
marineros que limpiaban la cubierta y a la amenaza del mayordomo de
introducir por las ventanas las mangueras del riego... Con la calma
renació el buen acuerdo; todos pedían lo mismo: más champán. Y como era
la hora en que se cierra el bar, muchos hacían provisiones, guardando
las botellas debajo de las mesas. Una ternura conmovedora se apoderó de
la asistencia. Cada uno se rascaba los chichones o se arreglaba los
rasguños del traje, mirando amorosamente al vecino. Argentinos y
chilenos cruzaban as copas con ruidosa fraternidad. ¡No más Andes!
¡Ellos solos se bastaban para comerse el mundo! Y súbitamente coligados,
miraban a los demás fieramente.
--¿Y qué decían los demás?--preguntó Ojeda.
--El amigo Pérez y otros de diversas repúblicas exigieron copa en mano
entrar en la confederación. ¡Hermanos, todos hermanos! Y se abrazaron
con lágrimas de ternura, dando vivas a las tierras hispanoamericanas. Un
brasileño insinuó dulcemente con lenguaje mesurado y cortés: «-Se os
senhores dâo licença...-». Y el Brasil entraba igualmente en la gran
alianza. ¡Viva la América latina!... Alguien se fijó en mi humilde
persona y en el adorno que llevo junto a un ojo. «¡Ah, pobre galleguito
simpático!» Y prorrumpieron en vivas a la «madre patria», a la vieja
España, ensalzándola melancólicamente, como si hablasen de una abuela
que se les hubiese muerto hace años. Las copas me venían a la boca por
docenas, como si quisieran ahogarme. Algunos se abrazaron a mí,
mojándome el cuello con lágrimas de embriaguez. Tienen en la Península
no sé cuántos parientes duques y marqueses; aún guardan en su casa
papelotes antiguos de nobleza, y me pedían mis señas en Buenos Aires
para enviármelos, como si esto pudiese interesarme... Luego, no sé cómo,
los yanquis vinieron a chocar igualmente sus copas. ¡Hurra a los Estados
Unidos! ¡América sobre el resto del mundo!...
Pero este huracán de fraternidad había sido demasiado impetuoso para
mantenerse en los límites de un continente, y pasando los mares se
difundía por Europa entera. Al final, ingleses, alemanes, franceses y
belgas entraban en la gran alianza. ¡Viva la confederación universal!
--Y un inglés pequeñito--continuó Maltrana--, que usted habrá visto con
su traje a cuadros y su pipa, derramaba lágrimas en la copa, repitiendo
con una incoherencia obstinada de beodo: «Yo he entrado en el buque con
el corazón puro, y puro quiero sacarlo de él...». El mayordomo entraba a
cada rato para decirnos que eran las dos, que eran las tres, que eran
las cuatro, y había que cerrar el fumadero; pero nadie le entendía.
Algunos roncaban tirados en las banquetas; otros se alejaban titubeando,
para volver poco después pálidos, con la pechera de la camisa manchada.
De pronto se apagaron las luces y salimos empujándonos, entre un
griterío de protesta. Se habló un poco de matar al mayordomo, pero había
desaparecido.
--¿Y se fueron ustedes a dormir?--preguntó Ojeda.
--No, señor; una fiesta de esta clase no termina tan pronto. Yo me vi,
no sé cómo, en un corredor de abajo con dos botellas en las manos y un
amigo a cada lado. Al marchar, con las piernas blandas como si fuesen de
algodón, nos llevábamos por delante todos los zapatos depositados a la
entrada de los camarotes... Vimos unos cuantos amigos que golpeaban
unas puertas, encorvándose para hablar por el ojo de la cerradura. Eran
los camarotes de las francesas, señoritas ordenadas y de buenas
costumbres, que se acostaron sin presenciar el baile y estaban durmiendo
con la honrada tranquilidad de un industrial en vacaciones. «Cien
marcos», proponía uno. «Quinientos cincuenta», insinuaba otro,
enfurecido por el silencio. «Mil... Dos mil...» Los dejamos soltando
cifras ante las puertas obscuras e inmóviles. Era lo mismo que si
hicieran proposiciones a un panteón.
Isidro hablaba cada vez con más lentitud, como si se aproximase a la
mayor dificultad de su relato y pensase en el medio de sortearla.
--Luego encontramos a un amigo alemán que iba a despertar al médico, con
la cabeza chorreando sangre. Se había caído de una escalera, golpeándose
en los filos de los peldaños, que son de bronce... También yo me sentí
atraído por las puertas y empecé a golpear la de mi vecino, el hombre
misterioso, el personaje de Hoffmann. Necesitaba hablar con él: le
invitaba a levantarse, para que bebiésemos una copa juntos y presentarle
a mis amigos. «Sal, no tengas miedo: te conozco. Tú eres Sherlock
Holmes...» Una manía de borracho que a última hora se apoderó de mí. Y
luego empecé a aporrear la puerta vecina, la del misterio, pugnando por
abrirla. Se me había metido en la cabeza que el amigo Holmes llevaba
oculta en este camarote a una princesa rusa que viaja de incógnito y va
a casarse con un jefe de tribu del Gran Chaco. Fantasías del alcohol,
querido Ojeda. Y los dos acompañantes, menos ebrios que yo, pretendían
disuadirme arrancándome de allí. «Mi amigo, no haga leseras...»
«Compañero, no sea empecinado.» Y al fin pudieron meterme en mi camarote
y acostarme, y allí he estado hasta que me despertó la música... Un baño
a toda prisa, y a enfundarme en este traje de marinerito amoroso que
guardaba con impaciencia desde que nos embarcamos, ¡Pocas ganas que
tenía yo de lucirlo!... ¿Eh? ¿qué le parece el trajecito de mi
patrona?...
Ojeda le miró con fingida severidad.
--Muy bien, Isidro. Bonito modo de ir en busca de una vida nueva. Se
está usted amaestrando para el trabajo.
--¡Bah! Es el mar, la influencia desmoralizadora del mar. Ya me oyó
usted anoche. Aquí somos otros que en tierra; tal vez más espontáneos,
más verdaderos. El aislamiento, la vida en común, nos despojan de
nuestros envoltorios y la bella bestia aparece tal como es, excitada por
el fastidio, ansiosa de entretenerse en algo. Y así como se prolongue
la navegación, nos sentiremos más iguales, más hermanos, con mayor
cantidad de «animalía»... El hombre siempre ha sido lo mismo en el mar.
Acuérdese de los antiguos viajes a las Indias y la Oceanía. Los maestres
de las naos recogían las espadas de los hidalgos, para no devolvérselas
hasta el final del viaje. Todo desafío concertado durante la navegación
no tenía validez al saltar a tierra. Aquellos viajes eran de meses y los
nuestros son de días; pero representan lo mismo, pues nosotros vivimos y
sentimos con mayor velocidad que nuestros abuelos... No pase usted
cuidado: recobraré mi cordura al llegar al último puerto, y todos harán
lo mismo. Tal vez por eso dice usted que las amistades hechas en un
buque rara vez se prolongan en tierra. Se ven las gentes con demasiada
intimidad, y luego, cuando se encuentran, se saludan de lejos con la
sonrisa de un buen recuerdo; pero se evitan a la vez, como si se
hubiesen conocido en una aventura poco honorable.
Un bramido monstruoso sobresaltó a muchas señoras en sus asientos. Era
el silbato del buque, que daba la señal del mediodía.
--La hora del almuerzo--dijo Maltrana alegremente--. ¡Tengo un
hambre!... ¿Ha notado usted cómo abre el apetito la mala conducta?
En el antecomedor agolpábanse los viajeros frente a una larga mesa
cubierta de platos diversos: vasijas con ensaladas; jamones y piezas de
embutido exhibiendo en sus caras rojizas el negro mosaico de las trufas;
anguilas enormes enterradas en gelatina; salchichas alemanas de color de
rosa y leve perfume de droguería; anchoas flotantes en sal líquida;
botes que mostraban entre los dientes del latón recién cortado el
granulento verde del caviar. La mano de un cocinero iba de un extremo a
otro de la mesa, armada de un tenedor, colocando en los platos estos
entremeses del almuerzo a gusto de los pasajeros.
Muchos curiosos se detenían frente a un gran reloj regulado desde el
puente por una corriente eléctrica, y modificaban sus cronómetros con
arreglo al salto atrás que acababan de dar las agujas. Todos los días,
al llegar el sol a su altura máxima, había que retrasar la marcha del
tiempo diez minutos. Otros pasajeros discutían ante un tabloncillo en el
que estaba la carta de navegación, examinando la mancha azul del Océano
punteada de alfileres con banderitas germánicas. Cada alfiler era
colocado a las doce del día, y el espacio abierto entre dos de ellos
representaba una singladura, veinticuatro horas de navegación. Las
banderitas salían del mar del Norte, e iban alineándose a lo largo de la
costa de Europa hasta avanzar en pleno Atlántico. La última recién
clavada erguíase: entre Canarias y Cabo Verde. Más abajo, el mar limpio,
el mar inmenso, la mancha azul no más grande que la palma de la mano,
pero cruzada por las líneas negras de los grados, que representaban días
y días. ¡Faltaban tantos para que cada uno llegase a su destino!... Y
dominados por la preocupación de la velocidad, criticaban la marcha del
buque, acusando a la Compañía de avaricia en el gasto de carbón,
disputando el número de millas que debía correr, haciendo apuestas sobre
la singladura del día siguiente.
Al entrar en el comedor, Maltrana se vio saludado por sus compañeros de
mesa con guiños maliciosos. El viejo doctor Rubau, siempre de negro,
parecía compadecerse, con un gesto de cansancio, de las falsas ilusiones
de la vida. «¡Ah, juventud, juventud!...» No le habían dejado dormir
tranquilamente gran parte de la noche. También habían llamado a su
camarote, equivocándose de puerta, para proponerle por el ojo de la
cerradura algo monstruoso, que no acabó de entender en la torpeza de su
sueño interrumpido.
Munster ocultaba su cólera con una sonrisa de resignación. Había
renunciado al -bridge- en la noche anterior por falta de compañeros,
refugiándose en el -poker- forzosamente, y cuando después de perder cien
marcos empezaba a recobrar su dinero, la invasión de una tropa de locos
le expulsaba del café como a las demás «personas serias».
--Y usted, señor Maltrana, no es un niño, y debía dejar para los
muchachos estas hazañas impropias de su edad.
El joyero, sordamente irritado contra su cabeza blanca y sus arrugas,
gustaba de envejecer a los demás, creyendo remozarse de tal modo, y por
esto insistió en aumentar los años de Isidro, sin hacer caso de sus
protestas.
Entraban en el comedor poco a poco todos los jóvenes que se habían
mantenido ocultos hasta entonces en sus camarotes. Unos avanzaban a toda
prisa, fingiéndose preocupados con algún pensamiento de importancia.
Otros desafiaban la curiosidad, ostentando arrogantemente las erosiones
mal disimuladas por el peluquero con polvos de arroz. Los
norteamericanos destapaban champán en el almuerzo y gritaban lo mismo
que en la noche anterior, insensibles al cansancio y al trasiego de
líquidos. En las mesas de familia, las mamás acogían a sus hijos con
ojos de severidad y labios apretados; pero aquéllos salían del paso
saludando a «sus viejos» con aire indiferente, como si los hubiesen
visto momentos antes.
Al terminar el almuerzo, Fernando se encontró con Mrs. Power en la
escalera del jardín de invierno, y juntos fueron a sentarse en el sitio
que ocupaba ella habitualmente con la pareja de compatriotas. Ojeda,
después de ser presentado a los esposos Lowe, permaneció allí como si
estuviese en familia.
«Ya lo acapararon los yanquis--pensó Maltrana--. Ahora la señora le
muestra un abanico y le invita a escribir en él... Desea versos; tal vez
versos de amor. Dejemos al amigo Ojeda que siga su destino.»
Y cuando dudaba entre ocupar una mesa libre o irse al fumadero en busca
de sus amigos los comerciantes españoles, se vio llamado por el doctor
Zurita que, repantingado en un sillón, le mostraba un papel.
---Che-, Maltrana, venga para acá. Pero ¿ha visto qué graciosos son
estos gringos?...
Le mostraba la lista del comité organizador de las fiestas ecuatoriales,
constituido una hora antes bajo las indicaciones del mayordomo. Una
ocasión para éste de vender a buen precio, en clase de premios, todos
los objetos de pacotilla adquiridos previsoramente en Hamburgo.
--Fíjese, -che-, en los presidentes de honor. ¡Qué abundancia!
Eran el doctor Zurita, el obispo, el abate francés, el conferencista
italiano y Ojeda. ¡Y qué de títulos!... El obispo era Su Grandeza,
Zurita Su Excelencia, y Ojeda, por ser algo, aparecía con el título de
doctor.
--Pero ¡qué graciosos estos gringos!
Reía Zurita con una mezcla de burla democrática y satisfacción infantil.
--Vea, Maltrana: yo fui ministro, ¿sabe?... ministro de la provincia, en
mis tiempos de muchacho, cuando andaba mezclado en los batifondos de la
política. Además, he sido diputado nacional. Ahora no me meto en nada;
mis negocios no más, y a vivir tranquilo. Pero tal vez por esto me
tratan de Su Excelencia. ¡Qué demonios de alemanes! Todo lo averiguan...
Bueno, señor; esto va a costarme algunas libras más.
Y volvía a reír, contemplando con una mirada entre irónica y amorosa
«aquella diablura de los -gringos-» tan aficionados a categorías y
honores.
Maltrana, en su inquieta movilidad, salió del jardín de invierno para
dirigirse al café. En torno de una mesa vio sentados a sus tres
compatriotas, los graves y honrados comerciantes que le regalaban buenos
consejos.
--Saludo a sus respetables firmas sociales--dijo tomando asiento junto a
ellos.
Pero como interrumpía una conversación interesante, sólo mereció varios
gruñidos a guisa de saludo. Estaba hablando el señor Goycochea, un vasco
de ojos claros, membrudo, bajo de estatura, la cabeza cana y el bigote y
la barbilla teñidos de rubio con cierto descuido que dejaba visible el
blanco de las raíces capilares. Maltrana le tenía por el más rico de los
tres. Bastaba ver el respeto de sus compañeros, que callaban apenas
tosía él indicando su deseo de hablar.
Aparte del prestigio que debía a su fortuna, gozaba entre los amigos de
cierta consideración social por su matrimonio y su género de vida. La
esposa era una dama imponente, con triple mentón y quevedos de oro, que
antes de acomodarse en la cubierta de paseo se hacía buscar por la
doncella su asiento propio, una poltrona comprada en París, la única de
a bordo que podía contener las amplitudes de su respetable maternidad.
Nacida en la Argentina, su origen y su apellido parecían irradiar un
halo de gloria sobre la prole, borrando la insignificancia del origen
paterno. La familia residía en París, y cada dos o tres años regresaba a
América para que el jefe viese de cerca la marcha de sus negocios.
Habitaban un hotelito propio en las inmediaciones de los Campos Elíseos,
y poseían dos estancias en la provincia de Buenos Aires, a más de la
gran casa de comercio en la capital, que dirigía un antiguo dependiente
convertido en socio. Un personaje importante el tal vasco... La señora
infundía respeto a los dos compatriotas del esposo, siempre con la
cabeza alta, parca en palabras, llamando a Goycochea por su apellido,
como si fuese un amigo en visita, mirándolo todo insolentemente con sus
ojos de miope. Las tres niñas hablaban inglés y alemán e iban escoltadas
por una institutriz roja y pecosa que miraba con tanto desprecio como la
señora a los amigos del señor. De toda la familia, encerrada en su
altivez triunfante, él era el único comunicativo y simple de carácter...
cuando los suyos no estaban presentes.
Tenía yo entonces diecinueve años--continuó diciendo Goycochea luego de
la interrupción de Maltrana--, y me fui a pie con otro muchacho desde mi
pueblo a Bayona, donde tomamos pasaje en un bergantín francés. Nos
faltaban papeles para embarcarnos en España: teníamos miedo a lo de la
quinta... Un viaje de sesenta y cinco días. ¡Y pensar que ahora nos
quejamos por si el vapor se atrasa un par de horas!
Yo vine en una fragata de Barcelona cargada de vino, hace cuarenta
años, y echamos dos meses y medio en el viaje--dijo Montaner, el
residente en Montevideo.
--A mí me trajeron en una goleta de Cádiz con cargamento de sal--declaró
Manzanares, antiguo amigo de Goycochea--. No sé cuánto tiempo estuvimos
quietos en la línea por las malditas calmas. ¡Y qué alimentación!... El
mejor librado era yo, que por ser muchacho ayudaba a los de la cocina y
podía rebañar las sobras de los calderos... Y ahora, señores, nos damos
el gusto de venir aquí. Nosotros hemos conocido los malos tiempos; nos
ha costado sudar la plata. No como otros, que llegan con toda clase de
comodidades y quieren de golpe conquistar una fortuna; como si la
fortuna estuviese ahí, esperándoles en el muelle.
Y miraba a Maltrana con súbito rencor, cual si le irritase verlo rodeado
de los lujos de un gran trasatlántico, mientras ellos, hombres ricos,
habían ido a América sufriendo hambre en buques de vela.
Un señor malhumorado el tal Manzanares, de esquelética delgadez y el
bigote gris caído sobre las mandíbulas salientes. Sus ojos turbios sólo
se animaban con los fulgores de la rabia. Una dolencia del estómago
agriaba aún más su carácter y le hacía emprender frecuentes viajes a
Europa, siempre en busca de nuevas aguas curativas. Era un erudito en
anuncios de específicos y catálogos de farmacia: conocía todos los
remedios, y siempre tenía uno, el último lanzado a la circulación, que
le merecía hiperbólicas alabanzas, al mismo tiempo que abrumaba con sus
ferocidades verbales a los «ladrones» inventores de los otros. Este
enfermo crónico comía con una voracidad pantagruélica, y para vencer la
torpeza de sus digestiones caminaba a todas horas por el buque,
ensalzando las ventajas de la marcha. Únicamente en el café se le veía
sentado: el resto del día lo pasaba dando vueltas en la cubierta; y
cuando la afluencia de gentes dificultaba su tenaz ambulación, circulaba
abajo por los pasillos de los camarotes. Al encontrar a Maltrana
saludábalo invariablemente con el mismo ofrecimiento: «Le invito a que
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