en la playa. Los marinos de Salomón aguardaban mar afuera a que las bestias se alejasen en busca de comida, y entonces desembarcaban, y con gran prisa iban cargando las bolas de oro, para hacer al día siguiente la misma operación. Llegar a la India, ponerse en contacto con sus riquezas, apoderarse de sus pedrerías y sus especias de exótico perfume, entrar en la ciudad de Quinsay, urbe monstruosa de treinta y cinco leguas de ámbito con «doscientos puentes de mármol, sobre gruesas columnas de extraña magnificencia», fue el ensueño con que empezó su vida el siglo XV, para no finalizar hasta haberlo realizado. La parte de Europa más avanzada en el Océano, la península Ibérica, era el lugar de partida de todas las intentonas para descubrir la ruta misteriosa de la India por Oriente y por Occidente. El contacto con los árabes españoles había acostumbrado a sus navegantes al uso de la brújula, impulsándolos a apartarse de las costas. Los marinos portugueses, gallegos y cántabros comerciaban con las Islas Británicas y las repúblicas anseáticas del Báltico; los marinos catalanes y mallorquines, rivales de los italianos en el comercio de Oriente, usaban cartas de navegar desde mediados del siglo XIII. Las Ordenanzas de Aragón disponían que cada galera llevase dos cartas marinas, cuando los demás buques de la cristiandad navegaban sin otros rumbos que el instinto y la costumbre. Raimundo Lulio hablaba de la fabricación en Mallorca de instrumentos náuticos, groseros sin duda, pero asombrosos para aquella época, los cuales servían para determinar el tiempo y la altura del Polo a bordo de las naves. Un marino catalán, Jaime Ferrer, avanzando en el Mar Tenebroso, llegó a Río de Oro, cinco grados más al Sur del cabo Non, que los portugueses, ochenta y seis años después, creyeron ser los primeros en haberlo doblado. El infante don Enrique de Portugal, gran protector de descubrimientos, fundaba en el Algarbe la Academia de Sagres para los estudios geográficos, y los individuos de ella, viejos navegantes y médicos hebreos aficionados a la cosmografía, elegían como presidente a un piloto catalán, maese Jacobo de Mallorca. Españoles y portugueses, al explorar las costas de África o arriesgarse Océano adentro, se establecían en las islas, que eran como puestos avanzados en esta guerra tenaz con el misterio del Mar Tenebroso. El Archipiélago de las Canarias, las islas, de los Azores, Madera y Cabo Verde, convertíanse en lugares de parada y descanso para los nautas atrevidos y al mismo tiempo en lugares de observación para los que soñaban con nuevas expediciones. El misterio del Océano los retenía allí, y se casaban con isleñas hijas de europeos, constituyendo nuevas familias de marinos. Eran los pobladores de aquellas islas a modo de los ejércitos destacados largos años en una frontera, que acaban por crear ciudades y producir generaciones aparte. El Mar Tenebroso, violado por estos intrusos en su huraña soledad, iba librándoles a regañadientes, poco a poco, el secreto de sus lejanos horizontes inexplorados. En los hogares isleños se hablaba de los hallazgos que hacía todo navegante que por tomar vientos mejores se alejaba de las islas conocidas. Martín Vicente recogía en su navío un «madero labrado por artificio y a lo que juzgaba no con hierro» luego de haber venteado durante muchos días el poniente. Pero Correa casado con una cuñada de Colón, encontraba en la isla de Puerto Santo un madero labrado en la misma forma, además de varias cañas tan gruesas, «que en un cañuto de ellas podían caber tres azumbres de agua o de vino». Los vecinos de la islas de los Azores, siempre que soplaban recios vientos de Poniente o Noroeste encontraban en sus playas grandes pinos arrastrados por las olas. En la isla de las Flores, una de este archipiélago, «había echado la mar dos cuerpos de hombres muertos que parecían tener las caras muy anchas y de otro gesto que tienen los cristianos». También se hablaba de que en las cercanías de la isla habían aparecido ciertas almadías con casas movedizas, embarcaciones extrañas que no podían hundirse y que al ser arrastradas por una tempestad habían perdido tal vez sus tripulantes. Un Antonio Leme, habitante de Madera, corriendo con su barco un mal tiempo hacia Poniente, juraba haber divisado tres islas; otro vecino de Madera enviaba peticiones al rey de Portugal para que le diese una nave, con la que descubriría una isla que afirmaba haber visto todos los años en determinadas épocas. Y en las Canarias, así como en las Azores, también veían los habitantes tierras nuevas que surgían en el horizonte al llegar ciertos meses, y que para el vulgo eran las de las tradiciones marítimas: la isla de las Siete Ciudades y la de San Borombón, pintadas por algunos cartógrafos en sus mapas con los títulos de «Antilla» y «Mano de Satán». Los de mayores conocimientos explicaban con arreglo a los escritores antiguos, la naturaleza de estas tierras tan pronto visibles como ocultas y que frecuentemente cambiaban de lugar. Plinio había hablado de enormes arboledas del Septentrión que el mar socava, y como son de grandes raíces, flotan sobre las olas y de lejos parecen islas. Séneca había descrito la naturaleza de ciertas tierras de la India, que por ser de piedra liviana y esponjosa van sobrenadando en el Océano. La Antilla salía al encuentro de los marinos extraviados por la tempestad, dando lugar con su rápida aparición a nuevas expediciones. Diego Detiene, patrón de carabela, que llevaba como piloto a un Pedro de Velasco, vecino de Palos, salía de la isla de Fayal cuarenta años antes de los descubrimientos de Colón, y avanzando cientos de leguas mar adentro, encontraba indicios de tierra; pero a fines de agosto había de retroceder, temiendo la proximidad del invierno. Vicente Díaz, piloto de Tavira, realizaba otra expedición hacia Poniente, pero había de volverse por la escasez de sus provisiones. Otros navegantes salían a la descubierta de estas islas ocultas, y nadie volvía a saber de ellos. Se hablaba mucho de un piloto que había conseguido pisar las tierras ignotas. Unos le consideraban vizcaíno, de los que hacían comercio con Francia e Inglaterra; otros portugués, que navega de Lisboa a la Mina; los más le tenían por andaluz y le llamaban Alonso Sánchez de Huelva. Una tempestad había sorprendido barco entre Canarias y Madera, llevándolo hasta una gran isla, que se creyó luego fuese la de Santo Domingo. Desembarcó Sánchez tomó la altura, hizo agua y leña, y volvió hacia las tierras conocidas; pero tan penoso fue el viaje, que murieron de hambre y cansancio doce hombres de los diez y siete que formaban su tripulación, y los cinco restantes llegaron en tal estado a las Azores, que fallecieron al poco tiempo. Esto ocurría en 1484, ocho años antes del descubrimiento de las Indias. Cuando las primeras expediciones españolas desembarcaron en las costas de Cuba, sus naturales, en frecuente comunicación con los de la isla Española o Santo Domingo, les hablaron de otros hombres blancos y barbudos que algún tiempo antes habían llegado sobre una nave. --Gente interesante la que se reunía en estas islas avanzadas del Mar Tenebroso--dijo Maltrana--. Navegantes ávidos de novedad, hombres de estudio que a la vez eran hombres de acción, sentíanse atraídos todos ellos por el misterio del Océano. Luego de navegar desde los hielos de la isla de Thule al puerto de San Jorge de la Mina (donde los lusitanos hacían acopio de negros para venderlos en Lisboa), acababan por establecerse en los archipiélagos portugueses o españoles, sin que nadie supiese gran cosa de su existencia anterior. Se parecían a los aventureros de vida novelesca y obscura que en nuestros tiempos viven en las minas del África del Sur, en las praderas de Australia, en el Oeste de los Estados Unidos o en las pampas de la Argentina, vagabundos cuya verdadera nacionalidad se ignora, que llevan con ellos un ensueño, una energía latente, y se introducen por medio del matrimonio en familias poderosas que les ayudan, acabando por triunfar. Después de la victoria ocultan aún con más cuidado su origen, amontonando sobre él testimonios contradictorios e inverosímiles. --En las Azores--dijo Ojeda--vivió durante diez y seis años, casado con una hija del gobernador de Fayal, el cosmógrafo Martín Behaín, constructor del primer globo terrestre que se conoce, y el cual es considerado por unos caballero bohemio de raza eslava, por otros noble portugués dado a las aventuras, y por los más, simple mercader de paños nacido en Nuremberg. Y al mismo tiempo, casado con una hija de Muñiz de Pelestrelo, antiguo gobernador de la isla de Puerto Santo, vivía otro aventurero, navegante en diversos mares y de obscuro pasado, un tal Cristóbal Colón... --Usted que ha estudiado las cosas de aquella época, amigo Ojeda--preguntó Maltrana--, ¿cómo ve al famoso Almirante?... --Le advierto que yo tengo una opinión muy personal. Siento por él una simpatía de clase: era un poeta. En su libro de -Las Profecías- se han encontrado versos mediocres, pero ingenuos, que indudablemente son de él. Adoro su imaginación, que infunde a muchos de sus actos cierto carácter poético; su amor a lo maravilloso, su religiosidad extremada de marinero metido en teologías, que le hace decir cosas heréticas sin saberlo y le impulsa a escoger libros religiosos poco aceptados... Admiro su coraje, su tenacidad para realizar un ensueño. Y lo que en él me inspira más afecto es que no fue un verdadero hombre de ciencia, frío y lógico, de los que usan la razón como único instrumento y desdeñan las otras facultades, sino un intuitivo, de más fantasía que estudios, semejante a Edison y a otros inventores de nuestra época, que tampoco son verdaderos hombres de ciencia y saltan del absurdo a la verdad, produciendo sus obras por adivinación, lo mismo que los artistas... Este hombre extraordinario y misterioso lo veo lleno de contradicciones y complejidades como un héroe de novela moderna; y lo prueba el hecho de que, transcurridos cuatro siglos, todavía se discute sobre su persona y no se sabe con certeza su origen. --Yo odio el Colón convencional fabricado por el vulgo--dijo Isidro--. Ese Colón que ven todos, lo mismo que en las estatuas y los cuadros, con el capotillo forrado de pieles, una mano en la esfera terrestre (que conocía menos que cualquier escolar de nuestra época) y con la otra señalando a Poniente, como quien dice: «Allá está -América-; la veo y voy a ir por ella...». Y Colón murió sin enterarse de que las tierras descubiertas eran un mundo nuevo y desconocido; diciendo en su carta al Papa que había explorado trescientas leguas de la costa de Asia y la isla de Cipango, con otras muchas a su alrededor... Las trescientas leguas asiáticas eran las costas atlánticas de la América Central, y Cipango (o sea el Japón) la isla de Santo Domingo. Él fue quien menos valor científico dio al descubrimiento, viendo en sus viajes una simple empresa política y comercial. De la novedad de las tierras encontradas no tuvo la menor sospecha: eran para él las costas orientales de Asia, la India ultra-Ganges, y por esto las bautizó con el nombre de Indias. Y en la carta en que daba cuenta del primer descubrimiento a su amigo y protector Luis Santángel, ministro de Hacienda de la corona de Aragón y judío converso, declaraba que de las tierras descubiertas «habían hablado otros muchos antes que él, pero por conjetura y sin alegar de vista», refiriéndose a los viajeros que habían hablado y escrito sobre los misterios de Asia. La contemplación del mar y la calma de la tarde incitaron a los dos amigos a seguir allí, continuando su plática, en la que evocaban pasadas lecturas, interrumpiéndose muchas veces el uno al otro para añadir un nuevo dato. Colón había encontrado el resumen de toda la ciencia de su época en el tratado -De imagine mundi-, del cardenal Pedro de Aliaco, teólogo, matemático, cosmógrafo, astrólogo, y uno de los que asistieron al Concilio de Constanza, donde fue quemado Juan Huss. El ejemplar -De imagine mundi- le acompañaba en todos sus viajes. Las Casas había visto este libro, ya ajado y cubierto de anotaciones en los últimos años de Colón. Éste encontraba reunido en la obra de Aliaco todo lo que podía animarle en su propósito de pasar al Asia por breve camino navegando hacia Occidente. Las afirmaciones de Aristóteles y su comentador Averroes, y las de Séneca daban todas ellas por segura la posibilidad de llegar en pocos días con viento favorable desde el extremo más avanzado de España a la India. La escasa distancia entre los dos extremos del mundo conocido afirmábala igualmente el cardenal con el testimonio de Plinio, que da a la India una grandeza desmesurada, la tercera parte del mundo habitado, con ciento diez y ocho naciones; de modo que Asia ocupaba todo el mar Pacífico, todo el Atlántico, y avanzaba hacia Europa, llenando parte de la América. Oponíanse a esto otras doctrinas, afirmando que en el planeta era más el espacio ocupado por el mar que el de la tierra firme; pero Colón, como todos los que se sienten poseídos de una idea fija desechaba lo que no parecía de acuerdo con su opinión, rebuscando nuevos y extraños argumentos para afirmarla. Él desenterró--dándole el valor de un libro santo--el -Apocalipsis- de Esdras, judío visionario del siglo primero que vivía fuera de Palestina. Y apoyándose en Esdras, que afirmaba que seis partes del mundo están en seco y sólo la séptima la ocupan los mares, todavía, poco antes de morir, cuando llevaba hechos tres viajes de descubrimiento, escribía Colón a los Reyes Católicos: «Digo que el mundo no es tan grande como dice el vulgo, y el conjunto de ello es seis partes y la séptima solamente cubierta de agua». También en los libros sagrados y en la literatura clásica encontraba argumentos en su apoyo. Unos versos de la tragedia -Medea-, de Séneca, eran para él profecía indiscutible. «Vendrán los días--dice el coro--en que el Océano aflojará sus lazos y surgirá una nueva tierra, y un marinero semejante a Tifis, el que guió a Jasón, será el descubridor, y ya no aparecerá la isla de Thule como la última de las tierras.» Buscaba apoyo igualmente en el Antiguo Testamento, interpretando obscuras palabras de Isaías; y al dar cuenta de su descubierta, decía que con ella se habían cumplido simplemente las predicciones de aquel profeta. Su misticismo fantaseador y la convicción de que las tierras nuevas encontradas por él tocaban con el Oriente asiático le impulsaban a dar por realizados los más bizarros descubrimientos. En la costa de Venezuela, al notar en el Océano la gran extensión de agua dulce de la desembocadura del Orinoco, declaraba este río «uno de los cuatro que bañan el Paraíso terrenal». Y para dar emplazamiento al Paraíso, que, según sus autores favoritos, está situado en la cumbre de una gran montaña, escribía a los Reyes Católicos afirmando que «el mundo no es redondo en la forma que dicen los antiguos, sino en la forma de una pera, que es toda muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón, que es lo más alto; o como quien tiene una pelota muy redonda y encima de ella coloca una teta de mujer, y esta parte del pezón es la más alta y más propincua al cielo». El pezón del mundo estaba en la costa de Paria, cerca del Orinoco, y en esta altura inaccesible vivían Elías y Enoch esperando el Juicio final. Las arenas de oro encontradas en La Española le hacían adivinar el verdadero nombre de esta isla. Era la Cipango de Marco Polo y de los viajeros asiáticos; pero antes había sido la tierra de Ofir, adonde Salomón enviaba sus navíos. En todas sus cartas, el deseo de riquezas y la esperanza de encontrarlas mezclábanse con un entusiasmo religioso por sus viajes, que iban a proporcionar a la Iglesia la conquista de millones de almas perdidas en la idolatría. «El oro es bueno, Señora--escribía a la reina--; y tal es su poder, que saca las almas del Purgatorio y las lleva al Paraíso.» Y a la vez que ingenuamente exponía esta impiedad, deseaba reunir mucho oro para armar un ejército a su costa de cien mil infantes y diez mil caballos, con el cual prometía al Papa rescatar el Santo Sepulcro del poder de los infieles y contener el avance de los turcos. Cuando al final se convencía de que el oro no era abundante y costaba mucho de acopiar, proponía, para la obra santa de la conquista de Jerusalén, establecer un comercio de esclavos indios en la Península, tráfico que podía dar una ganancia anual de cuarenta millones de maravedíes. Y a continuación enviaba las primeras muestras de indígenas al mercado de Sevilla. --Todo era extraordinario y contradictorio en aquel hombre--dijo Ojeda--. Se nota en él ese desequilibrio que, según parece, es condición de los genios. --Aún es más misterioso su origen--contestó Maltrana--, biógrafos e historiadores llevan cuatro siglos disputando sobre los diversos lugares de su nacimiento en el señorío de Génova. Algunos hasta le creen gallego, nacido en Pontevedra, y se fundan en que en la época de su nacimiento existían familias de marineros en aquella costa llamados unos Colón y otros Fonterrosa (los dos apellidos del Almirante), y todos ellos, según parece, de origen judío. Yo doy poca importancia en la vida de un hombre al lugar de su nacimiento. Cada uno nace donde puede, donde le dejan nacer, y esto nada significa en la formación de nuestro carácter. --Así es. Nuestra patria verdadera está allí donde esbozamos el alma, donde aprendemos a hablar, a coordinar las ideas por medio del lenguaje y nos moldeamos en una tradición. --Recuerde, amigo Ojeda, los documentos que nos quedan del Almirante. No hay un solo escrito en italiano; ni la más insignificante palabra de su idioma natal se escapa en ellos; siempre usa el latín o el castellano, y al castellano le llama «nuestro romance». Él, tan aficionado a las citas literarias y los versos, nunca menciona un autor de la rica literatura italiana, que parece ignorar. Américo Vespucio, que era de Italia, saca a colación, en sus relaciones geográficas, al Dante y a Petrarca. Colón cita únicamente a los autores de la antigüedad: «el Aristóteles», Plinio, Séneca, etc., y con ellos los árabes españoles, San Isidoro, el rey Alfonso y muchos rabinos hispanos, en cuyas doctrinas parece muy versado. Este genovés ilustre, cuando escribe a Micer Nicolao Oderigo, embajador de Génova en España, le escribe en castellano, como escribía a todos, cuando no usaba el latín. Muchos años antes, al planear en Lisboa su empresa de descubierta, se dirige a Toscanelli, el anciano cosmógrafo florentino, para conocer nuevos datos de la ciencia de entonces que le afirmasen en sus propósitos. No se sabe qué dijo en la carta de petición; lo natural era recomendarse a su benevolencia como compatriota, y sin embargo, Toscanelli, el famoso «Paulo físico», cuando le contesta desde su tierra enviándole el plano geográfico que tanto le valió para los descubrimientos, da a entender que lo cree portugués y le habla del esforzado valor de los navegantes de su país... Alegan muchos, para justificar ese desconocimiento del italiano, tan extraordinario en un genovés, que Colón salió de su patria a los catorce años para no volver más. ¿Pero el idioma natal puede olvidarse tan por completo cuando se le ha hablado hasta los catorce años?... --A mí tampoco me apasiona el lugar de su nacimiento--dijo Ojeda--. Ya he dicho que el hombre es del país donde se forma y cuya lengua habla. Me interesa la persona más que la cuna... Pero tenemos el testimonio del mismo Colón, que no deja lugar a dudas. En sus cartas, en la institución del mayorazgo para su descendencia, en su testamento, en todo papel que escribe en los últimos años, muestra cierto interés en hacer saber que es de Génova, como si adivinase las objeciones de la posteridad sobre su origen. --Lo dice hartas veces--interrumpió Isidro maliciosamente--, lo repite con sobrada insistencia, para creer en su sinceridad. Exhibe la condición de ligur, pero no añade lo más mínimo sobre sus ascendientes o la parentela que indudablemente le quedaría en Italia. La única vez que menciona familia, es para dar a entender de un modo velado que bien pudiera ser pariente de los Colombos, famosos almirantes de Génova. En esta declaración ven algunos el secreto de su genovesismo. El vagabundo Colón y Fonterrosa, marino gallego, portugués, judío o lo que fuese, pudo ver grandes ventajas en este parentesco por la semejanza de apellido, y más aún si deseaba ocultar su origen en una época en que el cristianismo pegaba duro sobre los de raza hebraica y preparaba su expulsión de muchas naciones. Se ha demostrado que es puramente ilusorio este parentesco con los Colombos almirantes, y falsos también los relatos de los combates de su mocedad en las galeras genovesas frente al puerto de Lisboa, así como su milagrosa salvación sobre un madero. ¿Por qué no podría serlo igualmente el genovesismo de ese italiano que ignora su lengua y no se acuerda de cómo es su país, pues jamás lo alude para compararlo con las tierras descubiertas?... --Ciertamente, fue un hombre enigmático. Su vida se asemeja a esas montañas altísimas que reciben en la cumbre los rayos del sol, mientras abajo los valles y laderas están en la sombra. Sabemos de él con certeza a partir de sus cincuenta y seis años, cuando emprende el primer viaje: los ocho años anteriores pasados en la Corte de España solicitando apoyo están en la penumbra; los de su vida en Portugal aún son más inciertos, y todo el resto, hasta el nacimiento, queda envuelto en una obscuridad absoluta, que se ha prestado y se prestará a las hipótesis más diversas. Su existencia en España es un misterio. ¿Desde cuándo vivió en ella?... Los biógrafos lo hacen pasar únicamente por Andalucía y Castilla en sus tiempos de solicitante; y sin embargo, Colón, siendo viejo, contaba a Las Casas cómo le habían servido de apoyo en sus planes ciertas pláticas con Pedro Velasco, un marinero que había hecho grandes navegaciones, y al que conoció en Murcia. --Hay que tener en cuenta, amigo Ojeda, que en ciertos países la calidad de extranjero da gran prestigio a todo el que ofrece una idea nueva. En aquellos tiempos, los marinos genoveses eran los de más fama, los que habían llegado más lejos en sus exploraciones. Entonces no había telégrafo, ni periódicos de información, y un hombre movedizo y viajero podía cambiar fácilmente de personalidad y vivir largos años sin que nadie le reconociese. Mientras estaba abajo, no corría peligro de que la superchería fuese descubierta; y si llegaba el éxito para él, la patria que se había atribuido era la primera en enorgullecerse de este ciudadano hasta entonces ignorado... Yo no tengo empeño en sostener que Colón fuese genovés o no lo fuese: me es igual. A mí, como a usted, lo que me interesa es el hombre que por su misticismo extraño y su carácter contradictorio es como un resumen de la fusión de razas en la España medieval: un conjunto de fanatismos, ambiciones de gloria y codicias de mercader. Veo en él una mezcla de rabino avaro, moro fantaseador y guerrero romántico, ansioso de rescatar los Santos Lugares para devolver millones de almas a su Dios. Pero reconozco que, de ser cierta la hipótesis del cambio de nacionalidad, fue éste uno de los mayores aciertos de su vida. Isidro hacía memoria de la existencia en España de aquel aventurero, Colombo para unos, Colome para otros, pero que siempre se apellidó Colón en sus propios escritos. Conseguía alojamiento y mesa en la casa de un personaje como el contador Quitanilla, favorito de los reyes; le protegían los priores de ricos conventos; tenía pláticas con la gente de la corte, y al fin le escuchaban los monarcas, mientras España andaba revuelta en las últimas guerras con los moros, había de atender a los choques políticos en Francia e Italia, tenía poco dinero y necesitaba tiempo y reflexión para cosas más urgentes e inmediatas que buscar un nuevo camino que llevase a la «tierra de las especierías»... ¡Si se hubiese presentado como español! El mismo Almirante contaba a sus amigos cómo en los puertos de la Península había encontrado viejos marineros que navegando hacia Poniente columbraron señales indudables de nuevas tierras. En Puerto de Santa María había hablado con un «marinero tuerto» que, cuarenta años antes, en un viaje a Irlanda, alejado de esta isla por el mal tiempo, vio una gran tierra que imaginaba fuese la Tartaria. En Cádiz y en el puerto de Palos hablábase de los países desconocidos como de algo indiscutible; pero los navegantes andaluces, gallegos o levantinos, gentes rudas y humildes, se hubieran asustado ante la idea de ir a la corte para exponer su opinión. Los mismos Pinzones, que eran en su tierra notabilídades de campanario por haberse hecho ricos con los viajes a Oriente y al Norte de Europa y se mostraban tan convencidos como Colón de la posibilidad de los descubrimientos, no habrían conseguido ser escuchados al proponer la gran empresa sin profecías bíblicas y textos clásicos, basándose únicamente en su experiencia de pilotos. --Pienso yo ahora--interrumpió Ojeda--en la -Vida del Almirante-, escrita por su hijo don Fernando, el hijo bastardo, el hijo del amor, habido con una señora cordobesa cuando Colón era casi anciano, y que tal vez por eso fue mirado siempre por éste con especial predilección... A la edad de catorce años acompañó a su padre en el último viaje de descubrimiento, el más penoso de todos. Estuvo a su lado en las largas navegaciones, cuya monotonía incita a hablar; pasó con él horas de peligro, que son horas de confesión; pudo conocer mejor que nadie las obscuridades de su primera vida, antes de la celebridad, y sin embargo, al escribir los orígenes del Almirante muestra una visible incertidumbre, como si poseyese un secreto que teme hacer público. El mismo don Fernando afirma que su padre, así como fue ascendiendo en fama, tuvo empeño en «que fuese menos conocido y cierto su origen y su patria»... Reconoce que el Almirante era genovés, porque así lo afirmaba él; pero se nota en sus palabras cierto misterio. --Cuando don Cristóbal dispone de sus bienes--continuó Maltrana--ordena que se destine cierta cantidad al mantenimiento de uno de la familia para que se establezca en Génova y tome allá mujer, con el fin de que existan siempre Colones en la ciudad. ¿No le quedaban parientes en Liguria?... Parece que él y sus hermanos sean producto de una generación espontánea, sin ascendientes ni colaterales, lo que le obliga a este trasplante de una rama de la familia para dejar bien demostrado que Génova fue su nación... En el testamento reparte sus bienes entre hijos y hermanos y deja varias mandas para genoveses o personas de origen genovés... pero todos residentes en Portugal y alejados muchos años de su país de origen, mercaderes que conoció y trató durante su permanencia en Lisboa cuando estaba casado con la hija de otro genovés, circunstancia que bien pudiera haber influido en la decisión de su nacionalidad. Estas mandas se adivina que son restituciones por préstamos que le hicieron en sus años de miseria. Hasta ordena que se le entregue cierto dinero «a un judío que moraba a la puerta de la judería de Lisboa», el único en todo el testamento que figura sin nombre. Parientes de Génova no menciona uno siquiera, ni deja nada para residentes en Italia. Sus recuerdos de genovés no van más allá de la colonia genovesa establecida en Portugal... A mí me inspiran poca confianza las afirmaciones del Almirante en lo de su nacionalidad... y en otras muchas cosas. Ojeda acogió estas palabras con un gesto de asombro. --No quiero decir--continuó Isidro--que el grande hombre fuese embustero a sabiendas, pero tenía el defecto o la cualidad de todos los que, viniendo de abajo, llegan a una altura gloriosa. Arreglaba a su gusto los sucesos de la vida anterior, desfiguraba el pasado de acuerdo con sus conveniencias. Era como algunos millonarios del presente, que en sus primeros tiempos de riqueza confiesan con orgullo las miserias de los años juveniles; pero luego, cuando crecen sus hijos y forman dinastía empiezan a avergonzarse de su origen e inventan parientes opulentos y capitales ilusorios con los que iniciaron sus primeras empresas. El Almirante, al dictar su testamento, habla con amargura de que los reyes sólo dedicaron a su obra un millón o cuento de maravedíes, y que «él tuvo que gastar el resto»... Y eso lo decía a la hora de su muerte, en un país donde todos le habían conocido yendo tras de la corte como parásito solicitante, sin dinero y sin hogar, alojado en conventos, implorando pequeños subsidios para poder moverse de una ciudad a otra... Habían bastado catorce años para una falta de memoria tan estupenda. --A mí me sorprende el poco caso que hicieron de él durante su vida los que llamaba compatriotas suyos. En la colección de sus cartas hay algunas quejándose al embajador genovés Oderigo porque no le contestan de allá. Envía al Banco de San Jorge de la ciudad de Génova todos sus papeles en depósito, y los señores del Banco, sólo después de algún tiempo, le dan una respuesta por indicación de Oderigo; y esta respuesta, aunque amable, no prueba que el gobierno genovés se entusiasmase mucho con sus hazañas. Parece natural que, tratándose de un hijo del país que había descubierto un nuevo camino para el Oriente asiático, la Señoría genovesa celebrase esto de algún modo. Y sin embargo, la gran República comercial permanece callada, ignora a Colón, y solo uno de sus funcionarios le escribe para darle las gracias cuando hace un regalo valioso a la ciudad que llama su patria... Que Colón era extranjero lo tengo por indudable; lo prueba, además, la carta de naturalización que dieron los Reyes Católicos a su hermano menor, don Diego, que era sacerdote, para que pudiese gozar en Castilla de beneficios y rentas. Pero en ese documento hay algo también que se presta al misterio. Se naturaliza español a Colón el menor por haber nacido fuera de España y ser extranjero, pero no se dice una palabra de su nacionalidad primitiva, del lugar de su cuna; no se menciona a Génova para nada... ¿Qué había de raro en el origen de estos Colones, todo lo referente a sus personas tendiese siempre a la confusión?... --En los últimos años--dijo Maltrana--tenía el Almirante visible empeño en aparecer como extranjero, y por esto insiste tanto en su origen ligur. Adivinaba próximo el pleito que tuvieron después sus descendientes con la Corona. Hombre astuto y precavido, daba por cierto el incumplimiento de los derechos exorbitantes que a cambio de sus descubiertas le había reconocido la buena reina Isabel, generosa e imprevisora como todas las mujeres de alta idealidad cuando se meten en negocios... Ya sabe usted que a Colón, por el compromiso que firmaron los reyes, le correspondía la décima parte de todo lo que descubriese y de lo que tras él pudieran descubrir los que siguiesen su camino. Es absurdo imaginarse una familia, la familia de los Colones, propietaria absoluta de la décima parte de todo el continente americano, y a más de esto, la décima parte de las islas de Oceanía, cuyo hallazgo fue consecuencia del de América... Por esto el rey Fernando, experto hombre de negocios, miró siempre con recelo los tratos entre el Almirante y la reina. No fue enemigo de la empresa, como dicen algunos, pero le pareció insensata la facilidad con que su esposa había accedido a todas las peticiones del navegante... Y Colón, en los últimos años, adivinando las dificultades en que se verían sus descendientes para sostener la absurda herencia, repetía en todos los documentos que era de Génova, aconsejaba a sus hijos que se pusiesen en contacto con el gobierno de la República, y se valía de halagos y súplicas para conquistar su favor y el de los poderosos mercaderes del Banco de San Jorge. --¿Y usted, Maltrana, es también de los que le creen judío? --Yo no creo nada cuando faltan pruebas y sólo hay inducciones. Pero los que opinan así no se apoyan en el vacío. Aquel hombre extraordinario tenía todos los caracteres del antiguo hebreo: fervor religioso hasta el fanatismo; aficiones proféticas; facilidad de mezclar a Dios en los asuntos de dinero. Para descubrir la India, según él dijo en sus cartas a los reyes, «no me valió razón ni matemática; llanamente se cumplió que dijo Isaías...». Y lo que había dicho Isaías en uno de sus salmos era, según Colón, que antes de acabarse el mundo se habían de convertir todos los hombres, y que de España saldría quien les enseñase la verdadera religión. Además de Isaías, apelaba a la autoridad de Esdras, judío olvidado, y en varios de sus escritos figuraban cartas de rabinos conversos. Viejo ya, redactaba su famoso libro de -Las Profecías-, desvarío místico en el que hizo cálculos sobre la duración de la tierra, tomando como base los profetas bíblicos. Y el resultado de sus reflexiones fue anunciar que sólo le quedaban al mundo ciento cincuenta años de vida, pues había de perecer seguramente en 1656. --Se nota en él--dijo Ojeda--algo de la exaltación feroz a los antiguos hebreos, que siempre que constituían nacionalidad, perseguían y degollaban por querellas religiosas. En nuestra historia, los inquisidores más temibles fueron de origen judío, y ¡quién sabe si una gran parte del fanatismo español no se debe a la sangre hebrea que se ingirió en la formación definitiva de nuestro pueblo!... El judío de aquellas épocas no perdía jamás de vista el negocio en medio de sus ensueños místicos, y apreciaba el oro como a algo divino. Así fue Colón. Tenía visiones divinas, como la de Jamaica, en la que le habló Dios en persona, y al mismo tiempo afirmaba: «El oro es excelentísimo, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo; tal es su poder que echa las almas al Paraíso». Emprendía sus viajes en nombre de la Santísima Trinidad, afirmando que su obra era «lumbre del Espíritu Santo», pues lo enviaba a la India para que esparciese el Evangelio y salvase las almas, y luego proponía la venta de indígenas hasta que diesen una renta de cuarenta millones anuales. Cargaba dos navíos de esclavos para venderlos en España y recomendaba a su hermano don Bartolomé que tuviese gran cuidado con la mercancía y llevase justa cuenta en lo que correspondiese a cada uno, «pues hay que mirar en todo la conciencia porque no hay otro bien mejor, salvo servir a Dios, y todas las cosas de este mundo son nada, y Dios es para siempre». --Además--interrumpió Maltrana--, basta leer la descripción que hacen Las Casas y otros historiadores del tipo físico del Almirante: bermejo, cariluengo, la nariz aguileña, pecoso, enojadizo, elocuente y muy duro para los trabajos. --La codicia es notoria en él; pero codiciosos fueron igualmente todos los que intervinieron en sus descubrimientos. Es verdad que los otros iban francamente por el oro, y Colón, además del oro, deseaba servir a su religión conquistando millones de almas. En realidad, nadie pensó que estas expediciones pudiesen tener un resultado científico. Iban a la India porque era rica; iban en busca de la tierra del Gran Kan, soberano de la China, preocupados únicamente con sus tesoros. Colón se embarcó llevando una carta de los reyes para el Gran Kan, escrita en latín, carta que le acreditaba como embajador extraordinario, y apenas en las costas de Cuba (que él creía tierra firme) pudo entender por la mímica de los indígenas que en el interior vivía un gran monarca, mostróse regocijado, adivinando en este cacique humilde al rico emperador de Catay. Enviaba tierra adentro con sus papeles diplomáticos a un judío converso en Murcia, que por conocer algunas lenguas orientales iba con él de intérprete, y este mensajero, después de larga marcha, sólo encontraba un jefe de tribu a la sombra de su techumbre de hojas, rodeado de concubinas bronceadas. --Yo admiro--continuó Ojeda--la ilusión casi infantil que acompaña a Colón hasta la muerte, haciéndole encontrar en todas partes riquezas y recuerdos bíblicos. La isla Española es el Ofir de Salomón con sus áureas minas; un gran río forzosamente debe venir del Paraíso; una montaña es una pera, centro del mundo, y en el pezón está la cuna del género humano; la costa de Veragua es el Áurea de donde sacó el rey David tres mil quintales de oro, dejándolos en testamento a su hijo. No ve una tierra nueva sin cantar -Salve Regina- «y otras prosas», como él dice en su lenguaje... Y este mismo soñador piadoso da lecciones de astucia y traición a su teniente el caballero aragonés Mosén Pedro Marguerit para que prenda a Caonabo, belicoso cacique, y le recomienda que le envíe emisarios con buenas palabras hasta que éste venga a visitarle. «Y como por ser indio anda desnudo--le dice poco más o menos--, y si huyese sería difícil haberlo a las manos, regaladle una camisa y vestídsela luego, y un capuz, y un cinto por donde le podáis tener e que no se os suelte.» Pasó ante los dos amigos, muy erguida, con el libro bajo el brazo, la dama norteamericana, que hasta entonces había estado leyendo en su sillón. Varias veces sorprendió Fernando, por encima del volumen, unos ojos claros fijos en él, y que al encontrarse con los suyos volvían hacia las páginas. --La hora del té--dijo Maltrana--. Estas inglesas la adivinan con una exactitud cronométrica... Si le parece, no bajaremos hasta luego. Debe estar repleto el jardín de invierno. Encendieron cigarrillos y quedaron los dos con los ojos entornados contemplando las espirales de humo que se desarrollaban sobre el fondo azul. --Otra mentira que me irrita--dijo Isidro a los pocos momentos--es la de las persecuciones que la ignorancia de la Iglesia hizo sufrir al Almirante. Yo no tengo nada que ver con la Iglesia, pero reconozco que esta invención es una de las necedades más grandes, si no la mayor, que podemos apuntarnos en nuestra cuenta los que figuramos en el gremio de los impíos. El vulgar extranjero, que tiene un patrón hecho, siempre el mismo para las cosas de España, pensó que al haber descubierto Colón un nuevo mundo del que no tenía noticia el Dios de la Biblia, forzosamente debieron perseguirle las gentes de Iglesia con mortales odios. Hasta hay cuadros célebres que representan el llamado «Congreso de Salamanca», con obispos muy puestos de mitra y báculo (algo así como el coro episcopal de -La Africana-) que discuten geografía y gritan anatema contra el impío, apartándose de él. Y Colón se muestra arrogante y sereno, como un tenor que sabe de antemano que triunfará en el último acto... Ojeda rio de las palabras de Maltrana. --Imagínese--continuó éste--el salto que hubiese dado el autor de -Las Profecías-, el amigo de Isaías y de Esdras, al ocurrírsele la idea de que podía existir un nuevo mundo desconocido por el Dios del Génesis, y cuyos habitantes no procedían de Adán y Eva, ni de la dispersión de los hijos de Noé. Cuando menos, se habrá creído objeto de una alucinación diabólica, y de atreverse a enunciar su pensamiento, no hubiera sufrido pena mayor que la de encierro por demencia... Pero Colón sólo hablaba de ir al antiguo mundo conocido por el camino de Occidente, y esto nada tenía de herético, fundamentándolo además en autores clásicos y Padres de la Iglesia. No hubo otro congreso que una controversia por encargo real, con los profesores de la Universidad de Salamanca, y en esta disputa científica, celebrada en el convento de San Esteban, el profesorado se mostró contrario al descubridor, mientras los monjes dominicos y otros religiosos aceptaban sus planes como verosímiles. Esto se comprende. Los frailes miraban al mismo Colón como un allegado suyo, y además eran sacerdotes de vida popular, habituados al contacto con las poblaciones de la costa que hablaban frecuentemente de tierras nuevas. La ciencia fue la única que se opuso a los proyectos del descubridor, como tantas veces la hemos visto oponerse a toda innovación... Calló Maltrana, como para reflexionar mejor, y luego añadió: --Yo no me burlo por eso de los catedráticos de Salamanca ni los considero ignorantes. Sabían lo que podía saberse en su época y defendían sus conocimientos. Un niño de hoy sabe más que ellos y puede reírse de su ciencia; pero falta saber cómo reirán los escolares del siglo XXV de los sabios que ahora veneramos. Nadie ha guardado un extracto de esta disputa de Salamanca; únicamente se sabe que los catedráticos negaban a Colón que en unos años pudiese ir y volver, como afirmaba, desde España a la costa oriental de Asia. Y en esto tenían razón: ellos estaban en lo cierto. Poseían una idea más exacta del tamaño de Asia y del tamaño de la tierra; daban al Océano desconocido un espacio semejante al que ocupan el Atlántico y el Pacífico juntos, y lo tenían por inmenso e infranqueable para los medios de navegación de entonces. Pero los pobres sabios de Salamanca, lo mismo que Colón, ignoraban la existencia de América, y América, cansada de vivir en el misterio, salió al paso del navegante, el cual murió ignorándola. Y resultó que los que tenían una noción de la tierra más aproximada a la verdad quedaron ante la Historia como unos borricos, y el visionario que basaba sus planes en que «el mundo es más chico que dicen, y seis partes de él están enjutas y una sola con agua», aparece como un sabio consagrado por el triunfo... --Así es--dijo Ojeda--. Hay que imaginar por un momento que no hubiese existido América; suprimir en hipótesis el Nuevo Mundo, y ver a Colón, que creía la tierra una tercera parte más pequeña y las costas de Asia a unas setecientas leguas de las Canarias, lanzándose con sus barquitos Océano adelante, teniendo que navegar por todo el Atlántico y todo el Pacífico hasta encontrarse con las islas del Japón o las costas de la China. --¡Un absurdo!--interrumpió Maltrana--. Una cosa imposible, teniendo en cuenta lo que eran las carabelas, su escaso repuesto de víveres y la necesidad de descansar en oportunas escalas. Hubiesen perecido al insistir en la empresa, o lo que es casi seguro, se habrían vuelto. Para llegar solamente a las Antillas, el mismo Colón sintió desmayar su voluntad en el primer viaje más de una vez, lo que no es raro, pues la fe más sólida flaquea al verse sumida en lo desconocido. Cuando llevaba navegadas setecientas leguas, comenzó a pensar con inquietud si el Asia estaría más lejos de lo que él creía, y fue entonces cuando Pinzón el mayor, el férreo Martín Alonso, con la testarudez de los hombres enérgicos, que esperan salir de un mal paso atropellándolo todo, le gritaba desde su carabela: «¡Adelante, adelante!». --Ahí tiene usted otra patraña, amigo Isidro: la pretendida mala fe de Pinzón con el descubridor; sus manejos para sublevarle la gente; el intento de las tripulaciones españolas de echar al agua al Almirante, volviéndose luego a su país; el plazo de tres días que concedieton para morir si no encontraba tierra... --¡Qué leyenda estúpida!--exclamó Maltrana--. Al vulgo le place ver los personajes históricos a su gusto, como héroes de novela folletinesca que arrostran toda clase de asechanzas para que al fin triunfe su inocencia en el último capítulo. La actuación de un traidor, de un personaje sombrío y fatal, es necesaria para que por un efecto de contraste resalte con mayor relieve la grandeza magnánima del protagonista. Y en esta novela colombiana, el traidor es el honrado Martín Alonso, que lo puso todo en la empresa del descubrimiento para no sacar nada y perder encima la vida. Usted conoce la verdadera historia. Cuando Colón, vagabundo de incierta nacionalidad, andaba por Palos no sabiendo qué hacer, Pinzón le escuchó y le animó con sus informes de viejo navegante del Océano convencido de la existencia de nuevas tierras. Los reyes concedían su licencia al aventurero para el primer viaje, pero con esto no se adelantaba su realización. La Tesorería real había librado con gran esfuerzo un millón de maravedíes, procedente de unos censos de Valencia, pero la cantidad era insuficiente. Colón llevaba una orden para que en el puerto de Palos le facilitasen embarcaciones, pero nadie le obedecía. En aquellos tiempos de nacionalidad apenas formada y comunicaciones difíciles, el poderío de los monarcas sólo era verdadero allí donde ellos estaban presentes. Las órdenes reales, cuando iban lejos, se acababan y no se cumplían. Colón, con el mandato de los monarcas, intentó alistar gente, pero los marineros reclutados a la fuerza se desbandaban y huían. Tal fue su desesperación, que hasta pensó en tripular las naves con hombres sacados de las cárceles. Y en este apuro, cuando veía su empresa próxima al fracaso, Martín Alonso Pinzón, el rico de Palos, el armador, que podía descansar para siempre de las penalidades del Océano, se ofreció con gallardo arranque a interesarse en la expedición y aventurar en ella parte de sus bienes, la mitad de lo que habían dado los monarcas. Él buscó y preparó buenas embarcaciones y «puso mesa», según el lenguaje de la época, para alistar marineros, ofreciéndose confianza a los que quisieran hacer el viaje y anunciando que él iría también. Esto bastaba para que acudiera la mejor gente de toda la costa y todos los preparativos se efectuasen con rapidez... --Tenemos el relato del primer viaje escrito por el mismo Almirante, su Diario de navegación, que no puede ser más monótono. Viento favorable, buena mar, indicios de tierra, maderas que flotan, pájaros que cantan en los mástiles de las carabelas como anunciando la proximidad de costas invisibles. Pero esto era un fondo poco interesante para la figura del héroe, y muchos años después de su muerte, ciertos historiadores ganosos de dar emoción trágica a sus relatos, inventaron lo de la sublevación de las tripulaciones que, asustadas, querían retroceder, y la amenaza al Almirante de echarlo al agua si no descubría tierra en el plazo de tres días. Y Pinzón juega en todo esto el papel de un traidor cauteloso, que fomenta los miedos ridículos de una marinería acostumbrada a navegaciones más azarosas... En el relato de su viaje, el Almirante, que era de carácter receloso y muy dado a ver traiciones y asechanzas en todas partes, no dice una palabra de intentos de revuelta, y varias veces, durante la navegación, aproxima su nave a la de Martín Alonso, le llama, entablan amistosa plática desde el puente, y se envían con una cuerda la famosa carta de Toscanelli para esclarecer sus dudas. --Colón--dijo Ojeda--era de mayores conocimientos científicos que su consocio el marino de Palos; pero reconocía en éste más pericia en el arte de navegar, en el manejo de los buques y de los hombres... Hubo, efectivamente, un plazo de tres días; pero este plazo no se lo dieron al Almirante sus marineros, sino que fue él quien se lo concedió a Pinzón, que solicitaba cambiar de rumbo. Notábase a ambos lados de los buques señales de tierra, pero el Almirante continuaba siempre en la misma dirección, creyendo estar entre las islas de Cipango, o sea en el archipiélago japonés. «Todo aquello se vería a la vuelta.» Él deseaba llegar cuanto antes a tierra firme, al Imperio de Catay, a la China, para visitar al Gran Kan, entregarle sus credenciales y hacer acopio de oro. Pero Martín Alonso, menos iluso, consideraba necesario tocar cuanto antes en alguna tierra, y don Cristóbal acabó por acceder a que cambiase de rumbo, con la condición de que si en tres días no encontraban costa volverían al primitivo... Y apenas se sigue la ruta de Pinzón, surge la pequeña isla antillana, etapa primera del gran descubrimiento, que dura luego más de un siglo... Tal vez nadie hizo tanto por la gloria de Colón como su consocio al cambiar de rumbo. Imagínese usted si el Almirante, en su prisa de ver al Gran Kan, sigue la primera dirección y va a dar en las costas actuales de los Estados Unidos. De seguro que no vuelve, y el mundo se queda sin tener noticia de su descubrimiento. --Sí; no vuelve--dijo Ojeda--. Es muy probable, es casi seguro. Para la pequeña expedición, que sumaba en conjunto unos noventa hombres, y no había hecho verdaderos preparativos de guerra, fue una suerte abordar en los archipiélagos paradisíacos del mar de las Antillas, con sus poblaciones mansas, tímidos rebaños humanos en los que cazaban su alimento los caníbales de las otras islas. Si los tres barquitos con su puñado de tripulantes se encuentran, al tocar tierra, con los indios feroces de la América del Norte o los belicosos aztecas de Méjico, de seguro que no vuelven... ¡y se acabó Colón! --Sólo al final del viaje--continuó Maltrana--habla el Almirante de su compañero, con cierto encono. Al navegar por las costas de Cuba tuvieron mal tiempo, y Colón se refugió con su carabela en un abrigo de la costa, mientras el otro, marinero más atrevido y confiado en su habilidad, seguía adelante. Estuvieron separados unos días, y esto bastó para que Colón sospechase que Martín Alonso había tenido de los indios noticias de mucho oro e iba a buscarlo por su cuenta, como un amigo infiel. ¡Disputa de consocios que se temen y se vigilan!... Y el caso fue que iguales riquezas encontraron el uno y el otro... ¡nada! A su vuelta, el Almirante, que montaba una carabela, por haber perdido su nave mayor en un bajo, tiene que refugiarse en las Azores (donde intentan prenderle los portugueses), y luego en Lisboa, donde otra vez corre el peligro de verse preso. Mientras tanto, Martín Alonso afronta la tormenta sin hacer escala alguna y llega directamente a España, pero tan derrotado y enfermo, que muere inmediatamente. Y nadie le devuelve el medio cuento de maravedíes que puso en la empresa (cantidad que fue sin duda la que se atribuyó a Colón en su testamento como gasto hecho por él); se esparce el silencio en torno de su nombre; luego, cuando reaparece, es para que algunos autores le atribuyan intentos poco leales; y el vulgo se ha imaginado, durante siglos, al honrado Martín Alonso como una especie de barítono de ópera barbudo, sombrío, envidioso que intriga, rodeado de un coro de marineros, contra la gloria y la vida del tenor. --Pero usted no negará, Maltrana, que el Almirante fue perseguido y maltratado de resultas de su gobernación en Santo Domingo. Acuérdese de Bobadilla, el comisionado de los reyes, acuérdese de cómo lo envió con grillos a España. --Sí; reconozco que lo trataron «con descortesía», éstas fueron las palabras de la reina Isabel, su decidida protectora. Lo trataron sin respeto a su edad y sus méritos; con arreglo a los duros procedimientos judiciales de aquella época; procedimientos que el mismo Colón empleaba igualmente con sus inferiores. Pero que fuese una injusticia caprichosa, como quiere la leyenda, esto es discutible. Se puede ser un gran argonauta descubridor de tierras y un pésimo gobernante. --Hay, además, que tener en cuenta las ilusiones que había fomentado en todos los que le siguieron en el segundo viaje, gente aventurera, levantisca y ansiosa de enriquecerse. Iban a las minas del rey Salomón, a Ofir, a Cipango; no había más que agacharse para recoger bolas de oro. Y se encontraron allá con que todo faltaba, y para recolectar un poco de oro había que sufrir horriblemente. El gobernador, con el ansia de amontonar riquezas y contrariado por los obstáculos, mostrábase huraño, atribuyendo la falta de éxito a la pereza de los individuos de la colonia. Y hubo rebeliones, batallas entre los conquistadores; y Colón, que tenía la mano pesada y el carácter autoritario, castigó duramente a sus inferiores. --Los castigaba como si quisiera vengarse en ellos de persecuciones sufridas por sus ascendientes... Cuando Bobadilla llegó a la isla, enviado por los reyes en vista de las súplicas y quejas de los colonos, el Almirante había ahorcado en la semana anterior siete españoles, cinco más estaban en la fortaleza de Santo Domingo esperando el instante de morir con la cuerda al cuello, y su hermano el Adelantado tenía otros diez y siete metidos en un pozo, para enviarlos igualmente a la horca. Bobadilla no fue, en sus procedimientos, más que un justiciero expeditivo a estilo de la época. El mismo Las Casas, amigo del Almirante, reconoce que era «persona de rectitud». Al ser enviado Colón a España preso y con grillos, la reina lamentó mucho tal «descortesía», pero no lo repuso en el gobierno de la isla, prohibiéndole además que volviese a ella. Se echó tierra al asunto, porque doña Isabel deseaba, según un autor de la época, «que las verdaderas causas de lo ocurrido quedasen ocultas, pues más quería ver a Colón -enmendado- que maltratado». Y el mismo Colón, en una carta, confesaba haber cometido faltas que necesitaban el perdón de los reyes, «porque mis yerros--decía--no han sido con el fin de hacer mal». Maltrana añadió, después de una breve pausa: --También existe otro embuste legendario: la muerte de Colón en Valladolid, en plena miseria, pobre víctima de la ingratitud del rey Fernando. ¿Qué más podía hacer éste por él? El antiguo vagabundo era Almirante, cargo el más honorífico de la nación, pues lo había creado un monarca para uno de sus tíos. Su hijo, de obscuro origen e incierta sangre, lo había casado el rey Fernando con una sobrina suya. Gozaba, además, Colón, por capitulaciones públicas, la décima parte de todo lo que se ganase en la India. Pero como de allá no venía nada, según confesión del mismo don Cristóbal, de aquí que no poseyese riquezas. En cuanto a morir en la miseria, como supone el vulgo, basta decir que el testamento de Colón lo firman siete criados suyos, y este lujo de servidumbre no significa indigencia. --Tiempos eran aquéllos de pobreza--dijo Ojeda--. Los mismos reyes andaban siempre apurados de dinero, la Hacienda pública era menos regular que ahora, y la nación, esquilmada por las guerras con los moros y la de Nápoles, no podía ayudar mucho a unos descubrimientos que sólo habían dado como resultado el hallazgo de islas improductivas en las que morían los hombres. Algo olvidado murió el Almirante. La gente, en España y fuera ella, no prestó atención al suceso: el descubridor se había sobrevivido a su fama. En los ocho años que siguieron al primer descubrimiento se habló mucho de él; luego, en los cinco últimos, el silencio y la indiferencia. Había ido a conquistar las riquezas de Oriente, y nadie veía las tales riquezas: era simplemente el descubridor de unas islas de la extrema Asia. Él también lo creía así; y sólo años después, cuando Núñez de Balboa encontró el Pacífico llamado mar del Sur, fue cuando Europa pudo enterarse de el Asia de Colón era un mundo nuevo que tenía otro Océano a espaldas. --La facilidad con que Europa entera acogió los relatos de un obscuro piloto italiano, Américo Vespucio, el cual, atribuyéndose glorias ajenas, bautizó con su nombre el nuevo continente, demuestra cuán olvidado estaba Colón, no en España, sino fuera de ella. Este bautizo de América es injusto, pero no carece de lógica. Colón sólo había descubierto el Asia, y en esta fe murió. Américo Vespucio fue el primero que hizo saber al mundo (gracias a las sucesivas exploraciones de los marinos españoles) que esta mentida Asia era un continente nuevo, y los editores franceses, alemanes; italianos de sus escritos dieron su nombre a las lejanas tierras. Un cínico atrevimiento de librería que ha triunfado para siempre... Pero el vulgo, amigo Ojeda, quiere que sus héroes sean desgraciados, para amarlos con la simpatía de la conmiseración. Vea usted a Goethe el más grande tal vez de los poetas de nuestra época. Lo admiramos pero no nos inspira una simpatía familiar, porque fue dichoso en su existencia; tuvo amores con grandes damas, desempeñó altos cargos palaciegos, gobernó un país, vivió en la hartura. Nos gusta más Homero, ciego y vagabundo; Cervantes, que, según la gente, no tuvo qué cenar cuando terminó el -Quijote-; Shakespeare, cómico de lengua y empinando el codo en las cervecerías; Beethoven, pobre sordo... y Colón, muriendo de hambre sobre unas pajas, sin haber recibido blanca por sus descubrimientos. --Mucho hay de eso--dijo Ojeda con exaltación--pero yo admiro al Almirante, fuese de donde fuese y tuviera la sangre que tuviera, como un soñador enérgico, que no descansó hasta levantar una punta del misterio que envolvía al mundo. Admiro en él sus errores estupendos y las teorías bizarras que por caminos tortuosos le llevaron hasta la verdad. Es el último grande hombre de la Edad Media, el nieto de los alquimistas, de los viajeros maravillosos, de los sabios rabínicos, de los navegantes árabes, de los iluminados cristianos, que abre a la vida moderna la mitad del planeta para que se ensanche. A mí me conmueven sus candideces y sus ignorancias cuando va por el mundo nuevo viendo en todas partes los vestigios del mundo antiguo. Me causan deleite las descripciones que hace en sus cartas de la tierras que descubre: los suelos «follados» por las patas de misteriosas «animalías»; la caza en las selvas a los «gatos paúles», nombre que en su tiempo se daba a los monos; la visita que recibe a bordo, en el último viaje, de «dos muchachas muy ataviadas, la más vieja de once años, que traían -polvos de hechizos- escondidos», y ambas, según dice el viejo Almirante a los reyes, «con tanta desenvoltura que no harían más unas p...». ¡Y qué energía la del hombre! Ojeda hablaba con cierta emoción del último viaje del nauta, siempre en busca del oro que huía ante él; viaje de trágico dolor, en plena ancianidad, con una pierna ulcerada, los ojos casi ciegos, teniendo a su lado al hijo pequeño, pobre infante que cree haber arrastrado a la muerte. Los buques están encallados, las tripulaciones hambrientas y sublevadas, los indios de Jamaica se muestran hostiles; nada puede esperar ya de los hombres, pero se consuela con visiones celestes que se le aparecen de noche sobre el alcázar de popa y le hablan... También lo admiraba en los peligros del regreso de su primer viaje; peligros en los que le iba algo más que la existencia: la pérdida de la gloria que consideraba entre sus manos. Una tempestad que volcaba muchos navíos dentro del río de Lisboa alcanzábale en pleno Océano montando una carabela maltratada por la navegación en los mares de la India y que hacía agua por todas partes. --Cree que Pinzón se ha perdido en el otro buque y que sólo queda él para dar al mundo la gran noticia: la gran noticia que todos ignorarán si él perece. Tal vez otros descubridores del Mar Tenebroso sufrieron este revés del destino luego de reconocer las tierras nuevas. ¡Morir con el secreto!... Y Colón escribe en varios pergaminos la reseña de su descubrimiento, los mete en toneles y arroja éstos a las olas, sin que los marineros sospechen lo que encierran, pues creen que se trata de un acto de devoción para apaciguar a los elementos. La tempestad arrecia, y el Almirante hace traer tantos garbanzos como personas van en la carabela; señala uno con un cuchillo, y revolviéndolos en su bonete, invita a la chusma a meter la mano. El que saque el garbanzo marcado con una cruz irá de romero a Santa María de Guadalupe llevando un cirio de cinco libras... Y es el Almirante el que saca el garbanzo. Luego echan las mismas suertes para ir en romería a Santa María de Loreto, «en la Marca de Ancona, tierra del Papa», y como le toca a un simple proel, Colón le promete ayudarle con sus dineros para el viaje. La borrasca va en aumento; al día siguiente vuelven a echar suertes para velar toda la noche en Santa Clara de Moguer, y otra vez designa el garbanzo al Almirante. Pero como estas promesas no logran domar a las potencias hostiles del Océano y la carabela se tumba, falta de lastre--una imprevisión del Almirante--, y los bastimentos de comida están casi agotados, hacen el voto de ir todos, apenas lleguen a tierra, en procesión y en camisa hasta la primera iglesia que encuentren bajo la advocación de la Virgen. --Y cuando el temporal los echa al fin en Lisboa, llevaba Colón más de doce días de inmovilidad en su banco de popa, dormitando a ratos, con las piernas mojadas por la lluvia y las olas. Esa prueba fue la más tremenda de su vida. ¡Poseer una verdad que iba a conmover al mundo y morir con ella!... Pero basta de Colón amigo Maltrana. Ya hemos hablado bastante; vamos a tomar el te. Abandonaron sus asientos, y al dirigirse a una de las escalerillas para descender al paseo, notaron en el mar varias curvas negras y veloces que asomaban un instante sobre el agua, sumiéndose y reapareciendo más lejos entre burbujeo de espumas. --Son atunes--dijo Maltrana--. O tal vez sean delfines... ¡Quién sabe! --De seguro que no son sirenas--repuso Ojeda. Caminaron algunos pasos, y añadió: --Es lástima que no queden sirenas. Y sin embargo, aún las había en tiempos de Colón... ¿No sabe usted eso? Él vio salir tres «muy altas sobre el mar», cerca de la embocadura de un río de Santo Domingo. Y dice Las Casas que al Almirante no le llamaron la atención, porque había visto otras muchas en sus navegaciones de mozo, por las costas de Guinea y la Manegueta, y que las sirenas no son tan hermosas como las pintan, «pues en cierto modo tienen forma de hombre en la cara». IV Erguidos ante sus atriles con militar rigidez, entonaban los músicos una 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000