al que bastaría un leve avance de su -coram-vobis- de fuego para
hacernos cenizas, no es más que un pobre diablo, uno de tantos bohemios
de la inmensidad, que a su vez contempla otro planeta reconociéndolo por
su señor... Y así hasta no acabar nunca.
Calló Isidro unos instantes, como si reflexionase, y luego añadió:
--Pero todo es igualmente relativo si miramos hacia abajo. A este
-Goethe- se lo puede tragar una tempestad, conforme; pero con su panza
de acero y su triple quilla, es como una isla en medio de estos mares
que hace menos de un siglo se llevaban lo mismo que plumas a las
fragatas y bergantines en que fueron a América los ascendientes de los
millonarios actuales. El buen Pinzón, arreglador de las famosas
carabelas, se santiguaría con un asombro de marino devoto si resucitase
en este buque y viese sus brujerías. Y él y los grandes navegantes de su
tiempo, que avanzaron con los ojos en la brújula, podían reírse a su vez
de los nautas fenicios, griegos y cartagineses, que no osaban perder de
vista las montañas. Y éstos, a su vez, debieron mirar con lástima a los
hombres desnudos y negros que en las costas africanas salían al
encuentro de sus trirremes sobre canoas de cueros o de cortezas. Y el
primero que a fuerza de hacha y de fuego vació el tronco de un árbol y
se echó al agua en él, fue un semidiós para los infelices que habían de
pasar ríos y estuarios nadando como anguilas... Miremos siempre abajo,
amigo Ojeda, para tranquilidad nuestra, y digamos que el -Goethe- es un
gran buque y que en él se vive perfectamente. Entendamos la existencia
como una respetable señora que anoche, cuando más se movía el buque y en
esta última cubierta había una obscuridad que metía miedo, chillando el
viento como mil legiones de demonios, se escandalizaba de que muchos
hombres fuesen al comedor sin -smoking- y las artistas alemanas fumasen
cigarrillos en el invernáculo.
Ojeda se complacía en escuchar la facundia exuberante de su amigo. Las
novedades de aquella vida marítima le infundían una movilidad
infatigable.
--Es usted el duende del buque--dijo--. En pocos días lo ha corrido por
completo, y no hay rincón que no conozca ni secreto que se le escape.
Maltrana se excusó modestamente. Aún le faltaba ver mucho, pero acabaría
por enterarse de todo: luengos días de navegación quedaban por delante.
En cuanto a los pasajeros, pocos había que él no conociese. Luchaba en
algunos con la falta de medios de expresión; ciertas mujeres sólo
hablaban alemán, pero en fuerza de sonrisas y manoteos, él acabaría por
hacerse comprender. De los que podían entenderle en español o
francés--que eran la mayor parte--se tenía por amigo, pero amigo íntimo.
Y Ojeda sonrió al oírle hablar con entusiasmo de esta intimidad que
databa de tres días.
--Conozco el buque mejor que la casa de doña Margarita, mi patrona,
donde he vivido ocho años. Puedo describirlo sin miedo a equivocarme.
Este hotel movible tiene diez pisos. Los tres últimos, los más
profundos, están cerrados. Son las bodegas de transporte, donde se
amontonan fardos voluminosos, pedazos de maquinaria metidos en cajones
que bajan las grúas por las escotillas y se alinean como los libros de
una biblioteca. Todas estas mercaderías ocupan dos secciones del buque a
proa y a popa, y en medio se halla el departamento de máquinas. La luz
eléctrica se encarga de iluminar este mundo, que puede llamarse
submarino, pues se halla más abajo de la línea de flotación: los
ventiladores que remontan sus bocas hasta aquí son sus pulmones... Luego
viene lo que llaman cubierta principal, con los dormitorios de la gente
de tercera: a proa unos cuatrocientos, a popa muchos más; y entre ellos
los almacenes de ropa del servicio del buque y los depósitos de
equipajes, la cámara fuerte para guardar paquetes y muestras, los
camarotes del bajo personal, las cámaras frigoríficas, que son enormes y
guardan gran parte de nuestra alimentación, y el depósito de la
correspondencia, un almacén repleto de sacos que contienen... ¡quién
puede saberlo! noticias de vida y de muerte (como diría usted en sus
versos), riquezas, juramentos de amor, el alma de todo un continente que
va al encuentro de otro continente...
Se detuvo un momento para añadir con expresión de misterio:
--Y además hay el cuarto del tesoro. Ahí no he entrado yo, amigo Ojeda.
Es un cuarto blindado, en el que no penetra ni el comandante. Un oficial
responsable guarda la llave. Pero he estado en la puerta, y le confieso
que sentí cierta emoción. ¿Sabe usted cuánto dinero llevamos bajo de
nuestros pies? Quince millones; pero no en papelotes, sino en oro
acuñado y reluciente, en libras esterlinas y monedas de veinte marcos.
Los embarcaron en dos remesas en Hamburgo y Southampton: es dinero que
los Bancos de Europa envían a los de la Argentina para hacer préstamos a
los agricultores, ahora que se preparan a recoger las cosechas. Y en
todos los viajes de ida o vuelta nunca va de vacío el tal tesoro. Me han
contado que los millones están en cajas de acero forradas de madera y
con precintos, de lo más monas: quince kilos cada una; ochenta mil
libras apiladitas en el interior... Diga, Fernando, ¿no le tienta a
usted esta vecindad? ¿No le conmueve?...
Ojeda hizo un movimiento de hombros, como para indicar la inutilidad de
una respuesta.
--Con mucho menos que tuviéramos--continuó Maltrana--, usted no se vería
obligado a meterse en aventuras de colonización y yo viviría hecho un
personaje. ¡Lástima que no estemos en los tiempos heroicos y románticos,
cuando Lord Byron y Espronceda cantaban el pirata! Sublevábamos usted y
yo a la gente de tercera, echábamos al mar al capital y a todos los
tripulantes, desembarcábamos en una isla a los pasajeros serios,
destapábamos los miles de botellas y toneles que hay en los almacenes, y
nos íbamos... ya se vería adonde, con todas las mozas rubias, polacas y
vienesas de la compañía de opereta que viene abajo. Por supuesto que
usted y yo dormiríamos en el cuarto del tesoro, sobre esas cajas
interesantes. ¿Qué le parece la idea?
--Hombre, me gusta--dijo Fernando riendo--. Es todo un programa;
reflexionaré sobre ello.
--Pero los tiempos presentes no son de acciones grandes--añadió
Maltrana--, y los héroes tienen que expatriarse, para remover terrones o
lustrar zapatos, al otro lado del Océano... No pensemos en ser
superhombres gloriosos; seamos mediocres y continuemos nuestra
descripción... Sobre la cubierta principal está la que llaman cubierta
superior. En la proa y la popa alojamientos de marineros, hospitales,
almacenes de útiles de navegación, cocinas para los emigrantes, y entre
ambos extremos, camarotes y más camarotes para la gente de primera
clase, peluquerías, baños y gabinetes de aseo por todos lados. Y aquí
termina el verdadero caso del buque, lo que puede llamarse el vaso
navegante, la construcción igual y uniforme de una punta a otra, sin
desigualdades en la cubierta.
Quedó perplejo Isidro, como si le ocurriese un pensamiento nuevo.
--No sé si habrá notado lo que yo, amigo Ojeda; pero apenas subí a este
trasatlántico me fijé en una particularidad, tal vez por mi
desconocimiento de la navegación actual y por la costumbre de ver barcos
antiguos en los libros. En otros tiempos, cuando se navegaba batallando,
el hombre colocó torres en los dos extremos de la nave y quedaron
establecidos los castillos de proa y de popa. En el de delante iban los
combatientes; en el centro, bajo e indefenso, la chusma; en la popa, el
jefe y su séquito. Al venir tiempos de paz y seguridad, los progresos de
la arquitectura naval fueron rebajando los castillos esculpidos como
altares, con mascarones, tritones y ondinas; pero la popa continuó
siendo el lugar de honor, el aposento de los privilegiados. Y tal es la
fuerza de la rutina, que, hasta hace pocos años, en los buques de vapor
el sitio de preferencia era la popa, sobre la hélice que lo hace temblar
todo y donde es más violento el balanceo. Sólo ayer, como quien dice, se
han enterado de que en una nave en movimiento el punto medio es el que
menos oscila, y los antiguos castillos de proa y de popa se han corrido
uno hacia otro, juntándose en el centro, que es para el pasajero el
lugar de mayor estabilidad. Ahora los buques parecen montañas vistos
desde lejos; antes eran monstruos de dos cabezas unidas por un cuerpo
casi a flor de agua... Desde lo alto de esta cubierta central no
adivinamos siquiera la existencia de la popa y de la proa, que están
tres pisos por debajo de nosotros. El castillo central es un mundo
aparte. Las gentes viven en sus compartimientos sin enterarse de lo que
pasa en el resto de la embarcación. Tal vez sea yo el único que salga de
él en todo el viaje. Los privilegiados encuentran satisfechas sus
necesidades sin abandonar este barrio lujoso, y ni por curiosidad bajan
las escaleras que conducen a los barrios pobres... Pero hay que
reconocer que en éstos el vecindario es sucio y hay en ellos un hedor de
rancho agrio.
Maltrana hizo un movimiento de hombros, como indicando que iba a
terminar su descripción.
--Lo demás ya lo conoce usted, pues pertenece al radio en que nos
movemos. La cubierta llamada de salón, porque en el lado de proa tiene
el salón-comedor, y después de el los camarotes de lujo, y las cocinas
de las gentes de primera, con la repostería, la panadería, las bodegas y
frigoríficos para el servicio diario. Yo voy siempre después de media
noche a echar una ojeada a la cocina. Espectáculo interesante ver cómo
sacan el pan de los hornos: ¡un perfume suculento! Una noche vendrá
usted conmigo... Sobre esta cubierta está la que llaman de paseo, con el
salón de música y el jardín de invierno; más allá, el comedor de los
niños y los domésticos particulares de los pasajeros; y en la parte que
mira a popa, el -fumoir-, o mejor para nosotros, el «café», que parece
uno de los establecimientos de su clase en tierra firme. Sobre la
cubierta de paseo, la de los botes, en la que estamos ahora; y más por
encima, esta toldilla que sirve de techumbre a los camarotes del alto
personal del buque y tiene en la parte delantera el puente, con su
cuarto de derrota para el oficial de guardia y su depósito de cartas de
navegación.
Calló Isidro, como si ya no encontrase nada qué contar; pero luego
añadió sonriente:
--Y todavía hay alguien que vive más arriba de esta montaña de pisos: el
muecín del buque, el vigía o serviola que va de noche en lo que llaman
el «nido». El tal nido es esa especie de púlpito de acero en el que sólo
cabe una persona y que está adosado al palo trinquete. De noche, cuando
la campana del puente marca el paso de cada media hora, el vigía
contesta allá arriba con otra campana y grita a través de la bocina unas
palabras que, en la obscuridad, parece que vienen de las nubes. Es un
bramido en alemán como los que suelta el dragón que mata Sigfrido en la
selva. Anoche me explicaron lo que dice el serviola al oficial del
puente. «Sin novedad; todas las luces van encendidas.» Las luces son las
de posición del buque. Y si calla, porque se duerme, va a terminar el
sueño amarrado a la barra.
--Todo eso lo sé; yo he navegado algo...--dijo Ojeda--. Pero más que el
buque me interesa los que van en él. Usted, en su calidad de duende,
debe conocerlos a todos.
Isidro levantó la cabeza con orgullo. ¡A todos, sí señor! No había en el
barco pasajero mejor relacionado que él. Por las mañanas abordaba a los
primeros que subían a la cubierta. «Buenos días, señor. ¿Qué tal la
noche?» Había gentes afectuosas que le contestaban con agradecimiento,
entablando amistosa conversación, como si se conociesen de larga fecha;
otros, recelosos y huraños, respondían con gruñidos o continuaban su
paseo. Las familias argentinas habían acogido al principio su
desbordante familiaridad con una extrañeza altiva. ¡Viajan tantos
aventureros hacia su país!... Pero al notar que no era -gringo-, sino
-gallego- puro, se ablandaban, mostrándose más comunicativas, como si
encontrasen algo en él que les hacía recordar a sus ascendientes.
Algunas niñas hasta le habían preguntado si era amigo del rey y en qué
época del año se daban los bailes de corte... Con los que no podían
entenderles se expresaba en fuerza de cortesías y guiños, que provocaban
risas comunicativas. Las artistas de opereta prorrumpían, al verlo, en
carcajadas y frases incomprensibles.
--Aunque parezca inmodestia, debo declarar que aquí he caído de pie.
Soy de lo más simpático a estas gentes; si presentase mi candidatura
para algo, ni uno sólo me negaría el voto. Todos amigos... ¡Y qué
mezcla! Vienen ricos de fortuna indiscutible, como ese doctor y su
inmensa tribu que hicieron el viaje con nosotros desde Madrid; la viuda
de Moruzaga, otra argentina, con sus cinco hijas, unas niñas modositas y
simpáticas que recitan monólogos en francés, se entienden entre ellas en
inglés, y a veces, por condescendencia, hablan conmigo en castellano; y
con ellos otros propietarios de menos brillo, pero igualmente sólidos,
que vuelven a sus estancias del interior. ¡Gentes interesantes y buenas!
Yo las venero. Si pusieran de dos en dos sus vacas y ovejas, de seguro
que llegarían de aquí a Buenos Aires; si colocasen en fila las gavillas
de trigo que cosechan al año, podría formarse con ellas un cinturón que
abarcase el globo terráqueo.
Ojeda acogía con sonrisas estas hipérboles, y su amigo pareció
amoscarse.
--Sí señor; así es, y no rebajo nada. Da orgullo tener amigos como
éstos... Viene también un archimillonario, un -gringo-, que es rey de no
sé qué; creo que del carbón en el puerto de Buenos Aires, o del lino, o
del maíz; no lo recuerdo. Los demás ricos se alejan de él porque no es
de su clase, porque aún queda memoria de cuando iba con zapatones de
clavos y comía, -polenta- en las tabernas del muelle. Es un fundador de
dinastía; un Bonaparte que lucha por hacerse reconocer de las otras
familias reales, ennoblecidas por la tradición. Sus nietos serán gentes
distinguidas, pero él paga su triunfo aguantando murmuraciones y
desprecios. Me alegro de que lo traten mal. ¡Hombre más orgulloso!
Apenas me contesta cuando lo saludo; parece que tenga miedo de que le
pida algo. Su mujer, más joven que él, es una especie de cocinera
frescachona, en la que usted seguramente se habrá fijado. Yo creo que no
se despoja ni para dormir del uniforme de su riqueza: a las siete de la
mañana ya está en la cubierta con un collar de perlas, tamañas como
huevos de gorrión, y tan escandalosamente llamativas que cualquiera, a
no conocer su fortuna, las creería falsas... Y para completar la
cuadrilla de los ricos, vienen tres compatriotas nuestros, dos de Buenos
Aires y uno de Montevideo, antiguos tenderos que llevan cuarenta años en
América... Excelentes personas; honradotes, campechanos y un poco
burdos. Me regalan buenos consejos, no me prestarían cinco duros si se
los pidiese, y dejan que pague yo cuando tomamos algo. Se los presentaré
un día de éstos. Empiezan invariablemente sus sermones morales de un
modo que inspira entusiasmo. «Ustedes los periodistas, que son medio
locos...» «Usted, que no hará nada en América porque es hombre de
pluma...» Y todos ellos convienen en que para hacer camino hay que
haberse educado detrás de un mostrador, iniciándose en el sublime arte
de vender por cincuenta lo que vale diez, gastando sólo dos de los
cuarenta de ganancia.
Reflexionó Maltrana un buen rato para reunir sus recuerdos.
--Y de los ricos de América creo haber terminado la lista. Pero aún
viene gente más interesante. Un obispo italiano que viaja a expensas de
una familia acomodada. Son gentes establecidas de antiguo en un barrio
de allá que llaman la Boca. Lo traen a todo gasto, para enseñarlo a sus
amigos y conocidos y decirles: «No crean que somos cualquiera cosa en
nuestro país. Miren este Monseñor, que es pariente nuestro». Y lo rodean
con veneración, como si fuese la bandera de la familia; lo llevan del
brazo, «Monseñor, por aquí», «Monseñor, por allá»; y el pobre jornalero
eclesiástico llegado a obispo parece un sonámbulo, aturdido por tantos
cuidados y honores. Yo creo que le obligan todas las noches a que se
ponga la cruz de oro sobre el pecho para entrar en el comedor, y si se
olvida le riñen... Viene otro cura, un abate francés de barbas luengas,
con aire de marino, que ha sido contratado para dar conferencias
católicas en un teatro de Buenos Aires. Iniciativa de las señoras
argentinas residentes en París, que desean borrar el sabor de impiedad
que han dejado otros oradores viajeros. Y también tenemos un
conferencista de temas sociológicos, que creo es italiano. Hay para
todos los gustos... Y cinco o seis cocotas francesas, que van allá por
sexta vez porque han recibido buenas noticias de la cosecha, las
personas más tranquilas, calladas y modositas de a bordo; y todo el
rebaño de cabras rubias y locas de la compañía de opereta; y un
sinnúmero de comisionistas de modas y joyería, machos y hembras; y unas
dos docenas de comerciantes alemanes establecidos en América, cuadrados,
bonachones, calmosos, pero que sacan unas uñas de tigre cuando hablan de
negocios... y judíos, muchos judíos. Según he leído, en el primer viaje
de Colón ya se embarcaron dos en las carabelas, y desde entonces no han
cesado de ir. En el Nuevo Mundo sólo hay preocupaciones de raza para el
negro, y como nadie se fija en los judíos, éstos pierde el rencor que
inspira la persecución y acaban por confundirse con los demás... A
propósito; también viene un barquero de París, un señor condecorado, de
barbas rojas y largas, que usted habrá visto por las mañanas en el paseo
con las piernas envueltas en una piel y estudiando mamotretos llenos de
cifras. Va al Brasil por sus negocios. Su mujer ostenta a todas horas un
collar enorme de perlas; pero son menores que las de la esposa del
-gringo-, y esto hace que las dos se miren con el rabillo del ojo
apretando los labios...
Vaciló un momento para reconstituir en su memoria la lista de los
ausentes.
--Hay también unos americanos del Norte, en los que habrá usted reparado
por el ruido que mueven. Van afeitados, con pantalones anchos y un botón
en la solapa, insignia de no sé que Sociedad de su país. A todas horas
destapan champaña en el fumadero; piden la caja de cigarros, y meten la
mano para abarcar muchos de una vez, cantan a gritos y son el tormento
de los músicos, pues siempre están exigiendo que toquen: -¡Miusic!
¡Miusic!-... Viene también sola una dama yanqui, alta, buena moza. Su
marido la espera en Río Janeiro; tiene no sé qué negocios en el interior
del Brasil... Y varias muchachas alemanas que van a casarse a América
sin conocer a sus novios. El matrimonio, según parece, se arregla por
cartas y retratos. El colono o el mecánico que llega a establecerse en
los pueblos de la Argentina o las selvas brasileñas, envía una carta a
su pueblo: «Remítanme una muchacha de éstas y las otras condiciones. Ahí
van tres mil marcos para ropa y el pasaje. Y la muchacha se embarca sin
conocer al futuro esposo más que en un busto fotográfico, y su única
preocupación es que al verle resulte de buena estatura... Hay también...
Pero aquí, amigo Ojeda, no sé qué decir...
Pareció dudar Maltrana, y al fin añadió:
--Hay una señorita que va con sus padres, la gentil Nélida, mezcla de
caracteres y sangres que desorienta al más listo, y le confieso que me
da mucho que pensar. Su padre es alemán, su madre de una de las
repúblicas del Pacífico; ella nació en la Argentina, pero desde los
nueve años ha vivido en Berlín. Es esa muchacha que usted habrá visto en
el paseo, acompañada siempre de hombres; muy alta, esbelta, con la falda
corta, tan ceñida, que no puede dar un paso sin que la tela moldee todo
su cuerpo. Lleva el pelo cortado como una melena de paje, lo mismo que
las cupletistas... Yo no he conocido hasta ahora pájaros de esta
especie. Allá en Madrid la gente es de menos complicaciones... Tenemos
también unos cuantos muchachos bien trajeados, de vaga nacionalidad, que
hablan con soltura diversos idiomas. No los he calado bien. Pueden ser
comisionistas de comercio que fingen aires de personaje, barones
arruinados en busca de una americana rica, o ladrones elegantes como los
de las novelas. ¡Vaya usted a saber!... Pero aquí termina mi relato por
ahora. Ya vuelve la gente de tierra. Vamos abajo a oír sus impresiones
de Tenerife.
En la cubierta de paseo continuaba la bulliciosa feria. Los pasajeros
habían terminado sus compras, y eran ahora las camareras del buque y los
-stewards- los que aprovechaban los últimos momentos para hacer sus
adquisiciones con mayor baratura. En el viaje de regreso el -Goethe- no
tocaba en Tenerife para hacer carbón, y ellos, con el pensamiento puesto
en Hamburgo, compraban vistosas telas, pañuelos y manteles, para hacer
regalos a los que les esperaban allá.
Maltrana se detuvo junto a un indostánico que regateaba con una joven.
Estaba ella en el quicio de una puerta, temerosa de dejarse ver a la luz
del sol y mostrando al mismo tiempo su casi desnudez, cubierta con un
simple kimono rosa que transparentaba el contorno de su cuerpo. Los
brazos y parte del pecho delataban la frescura de un baño reciente. Se
había levantado tarde y acababa de subir a toda prisa a la cubierta para
hacer sus compras antes de que se marchasen los vendedores. El hombre
cobrizo ensalzaba la riqueza de una túnica azul con ramajes y pájaros
blancos que ella tenía entre sus manos.
--Me pide dos libras, ¿qué le parece?--dijo la joven sonriendo a
Maltrana, mientras éste daba con el codo a su compañero.
Ojeda adivinó por esta señal que era Nélida. Ella le miró sonriente, con
la misma sonrisa que dedicaba a todos los hombres. Por primera vez se
fijaba en él. Fernando la vio más alta, más joven que Teri, pero con un
aspecto vulgar y atrevido que le fue antipático. Sólo sus ojos de
pupilas de ámbar, que tomaban con la luz un reflejo de oro, le
recordaron ¡ay! los otros. Tal vez no eran iguales; pero él los llevaba
abiertos y brillantes en su imaginación, y la más leve semejanza le
hacía creer en una identidad completa.
--Me quedo con esto--dijo Nélida mirando amorosamente la asiática
vestidura--. Pero no tengo dinero: habrá que pedir las dos libras a
mamá... ¿No han visto ustedes a mamá?
Y sin aguardar respuesta, desapareció escalera abajo entre el revoloteo
de la tela rosa, semejante a tenue nube, que transparentaba la firme
silueta de su cuerpo desnudo.
Aparecieron en el paseo los excursionistas llegados de tierra. Pegábanse
a los flancos del trasatlántico las lanchas de vapor para devolverle su
cargamento humano. Las mujeres, llevando grandes ramos de flores,
corrían hacia sus camarotes o charlaban con las amigas que se habían
quedado en el buque, lo mismo que si regresasen de una larga expedición.
¡Venían de España!, ¡ya conocían España! Un país más que añadir a sus
relatos de viajes.
Los hombres, con sus anchos sombreros empolvados, los gemelos
pendientes de un hombro y empuñando todavía el bastón de paseo, hablaban
solemnemente de su viaje. Para muchos, era el primer suelo que habían
pisado después de su salida de Hamburgo o de París. El buque se había
detenido muy poco en Vigo y en Lisboa. Comentaban a coro el atraso y la
pereza de aquella tierra. Todas las lecturas antiguas sobre España,
todos los prejuicios y errores tradicionales reaparecían de golpe con
sólo un paseo de dos horas por una isla de África. El «doktor» alemán
que pedía una corrida de toros a las siete de la mañana, alardeaba de
sus conocimientos hispánicos llamando «cuadrilleros» a todos los que
había encontrado en tierra vistiendo uniforme militar. También hablaba
de familiares de la Inquisición, recordando a los curas gordos y morenos
que salían de la iglesia, en busca del casero chocolate, luego de decir
su misa.
Se lamentaba un joven belga, al que muchos llamaban «barón», de las
calles en cuesta y de los coches. ¡Ni un solo automóvil!... Las mujeres,
asomadas a las ventanas como odaliscas.
--Y pensar--dijo Ojeda a su amigo--que tal vez alguno de éstos escribirá
un artículo titulado «Mi viaje a España».
Un hombre subido de color, con vistosa corbata y pantalones recogidos a
la inglesa, esforzaba su acento lento y meloso para expresar
indignación.
--¡No me diga!... ¡Valiente zoquete fui en bajar! Cuatro veces he ido a
Europa, y nunca he querido conoser la España. Ahí no hay adelantos: ahí
no hay nada. A mí déme usted la Inglaterra... Ojalá nos hubiesen
descubierto los ingleses. Yo estoy por la sivilisasión, ¿sabe, amigo?...
Mucha sivilisasión.
Maltrana sonrió, al mismo tiempo que lo mostraba a su amigo.
Ese que habla es Pérez... Pérez de no sé qué republiquita de las que dan
cara al Pacífico. Me han dicho que en su país para ser algo hay que
probar que se desciende de ocho abuelos indios y media docena de negros.
El blanco queda abajo. Desde la bendita independencia no han podido
rascarse con tranquilidad. Todos los años corren a un presidente, y de
vez en cuando fusilan al que alcanzan y queman el cadáver para que no
deje semilla. «Y yo estoy por la sivilisasión, ¿sabe, amigo?...» Vámonos
allá para no oírle.
Se sentaron en el extremo del paseo que daba sobre la proa, entre las
ventanas del salón y una gran vidriera desde la cual se abarcaba toda la
parte anterior del navío. En el castillo de proa algunos marineros
empezaban los preparativos para levar el ancla. Oficiales y
contramaestres recorrían la cubierta empujando a los vendedores
haciéndoles cerrar a toda prisa sus fardos, cortando bruscamente la
tenacidad de los últimos regateos. Deslizábanse los paquetes colgando de
cuerdas desde las bordas a los botes que cabeceaban en torno de la
escala. Los nadadores lanzaron sus últimos gritos: «Caballero, un marco.
Eche un marco, caballero, que va el vapor».
--Confieso, amigo Ojeda--dijo Maltrana--, que siento la emoción del que
ve ante la boca negra de una caverna y se pregunta: «¿Qué habrá
dentro?...». Aquí, la caverna es azul y luminosa, pero la inquietud no
por esto resulta menor... ¿Qué voy a encontrar más allá de esta isla?
¿Cuándo volveremos por aquí? Afortunadamente, contamos con el apoyo de
la esperanza... la esperanza buena y equitativa para todos, pues a todos
los que vamos en este cascarón nos asiste por igual... Yo hago este
viaje por ganar dinero, por el ansia de saber qué es eso de la riqueza;
y no lo hago sólo por mí. Tengo un hijo, y aunque uno se ría de ciertos
burgueses que justifican sus malas acciones y sus latrocinios con la
cualidad de padres de familia, crea usted que esto de la paternidad nos
impulsa a grandes cosas y nos hace valerosos como héroes... Usted
también va allá por el ansia de dinero. Un hombre de su clase, que tiene
lo que usted tenía en Madrid (¡yo lo sé todo!), no cambia de vida sin un
motivo poderoso.
--Yo...--dijo Fernando con perplejidad--sí... por el dinero, como
usted... Y ¡quién sabe! Tal vez por algo que no es la riqueza; por otros
deseos menos explicables.
Había reflexionado mucho durante la noche anterior, y ahondando en sus
decisiones, encontraba en ellas motivos inconscientes, no sospechados
hasta entonces, que le hacían avanzar con un empujón tan rudo como el
deseo de riqueza. Parecía cantar en sus oídos la poética romanza de
Heine, en la que describe cómo el caballero Tannhauser se arrancó de los
brazos de Venus por sólo el gusto de conocer de nuevo del dolor humano.
«¡Oh Venus, mi bella dama! Los vinos exquisitos y los tiernos besos
tienen ahíto mi corazón. Siento sed de sufrimientos. Hemos bromeado
mucho, hemos reído demasiado: las lágrimas me dan ahora envidia, y es de
espinas y no de rosas que quiero ver coronada mi cabeza...» El hombre
vive en eterno descontento. Tal vez huya él también, como el poeta
amante de la diosa, por hartura de felicidad y sed de dolores.
De pronto, junto a ellos, rompió a tocar la banda de música una marcha
triunfal. El techo del paseo y los gruesos cristales del mirador
temblaron con el rugido armonioso de los cobres.
--Ya zarpa el buque--dijo Maltrana levantándose de un salto--. Mire
usted cómo se va moviendo la isla. ¡Nos vamos!, ¡nos vamos!... Eso que
toca la música es magnífico; jamás he oído nada tan solemne; es el
saludo a la esperanza, la gran marcha triunfal de la ilusión.
Y como poseído de un irresistible deseo de movilidad, huyó de su amigo.
¡La esperanza!... Ojeda, sin abandonar su asiento tornó a verse lejos,
muy lejos, como en la tarde anterior. Estaba en París, y María Teresa
volvía de una excursión a las tiendas de modas. Esta vez era un libro su
única compra. Lo había adquirido en los almacenes del Louvre,
entusiasmada por su baratura y hermosa encuadernación. ¡Adorable Teri!
¡Siempre mujer! Ella, a la que concedía Fernando más talento que a
muchas hembras literarias, compraba sus libros en las tiendas de modas
entre una pieza de encajes y una docena de guantes.
Era una traducción francesa de las tragedias de Esquilo. En días
sucesivos leyeron con las cabezas juntas, como los amantes adúlteros del
poema dantesco. «¡Qué hermoso!--exclamaba ella--. ¿Y dices que esto
tiene miles de años? ¡Si es de lo más moderno! ¡Si parece de ahora!...»
Llevada de su caprichosa imaginación, lamentaba que las palabras nobles
y melancólicas de Prometeo no fuesen acompañadas de música. «Una música
de Wagner, ¿me entiendes?, de nuestro amado don Ricardo... O mejor de
Beethoven: algo así como la -Novena sinfonía-». Fernando recordaba la
escena que los había hecho comulgar a los dos en el estremecimiento de
la admiración. Prometeo está encadenado a la roca, y en torno de él,
chapoteando las olas, las clementes oceánidas, las ninfas del mar, se
apiadan del suplicio del héroe. «¿Qué has hecho, desgraciado, para que
así te castiguen los dioses?» «He enseñado a los mortales a que no
piensen en la muerte» contesta Prometeo. «¿Y cómo lo conseguiste?» «Les
he hecho conocer la ciega esperanza».
Y durante miles y miles de años reinaba sobre el mundo la divinidad
benéfica y consoladora que el héroe sombrío había dado a los humanos,
pagando esta generosidad con el tormento de sus entrañas rasgadas por el
águila, «perro alado de Zeus». Ella conducía los rebaños de hombres en
armas; ella había aleteado ante las proas de los descubridores; ella
conmovía con su paso quedo el silencio cerrado donde meditan sabios y
artistas; ella guiaba las muchedumbres ansiosas de bienestar y amplio
emplazamiento que se descuajan de un hemisferio para ir a replantarse en
el otro.
Fernando la vio; la vio venir, con sus ojos entornados, por encima del
azul del mar, como una burbuja de oro desprendida del sol, como un
harapo de luz que acabó por detenerse sobre el filo de la proa, lo mismo
que las imágenes divinas que adornaban las naves de los primeros
argonautas.
Sus alas se tendían majestuosas en el éter como velas cóncavas; su
túnica arremolinábase atrás, en pliegues armoniosos, impelida por el
viento. Era igual a la Victoria de Samotracia, y lo mismo que a ella, le
faltaba la cabeza.
Por esto acabó de conocerla Ojeda. Ella no piensa, ella no tiene ojos...
Era la esperanza, la ciega esperanza que con el avance de su torso
señalaba al Sur.
III
Después del almuerzo, los pasajeros del -Goethe- oyeron sonar a proa la
banda de música, con la lejanía soñolienta que infunde la inmensidad del
Océano a todas las vibraciones.
--Van a vacunar a los de tercera--dijo Maltrana, siempre enterado de lo
que ocurría en el buque.
Estaban aún frente a la isla, costeando sus rugosas montañas, pétreo
oleaje de antiguas erupciones llegadas hasta el mar. Bajaban por las
laderas, como ovejas en tropel, blancas viviendas, medio ocultas algunas
de ellas en los repliegues sombreados de verde. Por encima de las
cumbres iba pasando la caperuza nevada del Teide como una cabeza
curiosa, ocultándose o apareciendo, según el buque marchaba cerca o
lejos de la costa.
Maltrana no podía mantenerse tranquilo en el jardín de invierno mientras
tomaba el café con Fernando. Ocurría a bordo algo extraordinario sin que
él lo presenciase.
--¿Le parece que vayamos a ver la gente de tercera?... Debe ser
interesante.
Descendieron las escaleras de dos pisos, y saliendo del castillo central
viéronse en la explanada de proa, al pie del palo trinquete. Bajo el
gran toldo que sombreaba este espacio aglomerábase el hedor sudoroso de
una muchedumbre. El médico del buque y varios ayudantes, todos con
blusas blancas, ocupaban el centro junto a una mesa cargada de
botiquines. Y al son de la música pasaban los emigrantes en interminable
fila, todos con un brazo descubierto que presentaba a la lancera del
vacunador. El primer oficial, secundado por los ayudantes de la
comisaría, organizaba el desfile, cuidando de que todos, después de
arremangarse el brazo, presentasen con la otra mano el papel de su
pasaje.
El acto de la vacunación era a la vez un recuento. Al partir de
Tenerife, última escala del viejo mundo, empezaba el gran viaje; nadie
había de entrar en el buque hasta América, y la comisaría necesitaba
conocer el número de las gentes que iban a bordo. Los marineros
recorrían los sollados, los obscuros pasadizos, las bodegas, hasta los
más apartados rincones, en busca de viajeros ocultos empujando a los
fugitivos que pretendían evitarse esta operación.
Los oficiales alemanes llamaban a cada momento para dar sus órdenes a un
empleado de la comisaría, hombre grueso y de bigotes canos que se
expresaba en distintos idiomas, pasando de uno a otro con asombrosa
facilidad. Maltrana y él se saludaron afectuosamente.
--Ése es don Carmelo--dijo Ojeda--, un compatriota nuestro. Habla todas
las lenguas de Europa; además el árabe, y creo que un poco de japonés. Y
con toda su sabiduría aquí le tiene usted ganando unos cuantos marcos,
sin otra satisfacción que ostentar una gorra de uniforme y que los
emigrantes le llamen oficial. Le busco todos los días en su despacho,
que está abajo, siempre con la luz encendida, y charlamos de lo que
ocurre en el buque. ¡Qué hombre! Ahí donde le ve, hizo sus estudios en
Málaga, él solito, yendo por el puerto de barco en barco y diciendo a
todo marino que encontraba aburrido: «Vamos a echar un párrafo en su
idioma, compañero».
Mientras hablaba Isidro de la mujer y los hijos de su amigo, andaluces
trasplantados a Hamburgo, y de las escaseces pecuniarias de éste, que le
obligaban a buscar entre los pasajeros ricos uno que quisiera entretener
los ocios de la travesía estudiando idiomas, don Carmelo gritó con el
acento de su tierra:
--¡Too Dios con er papé en la mano!, ¡que se vea bien!
Y repetía la orden en italiano, en francés, en portugués y en árabe.
Habían desfilado los hombres, y eran ahora las mujeres, con una escolta
de chiquillos, las que se iban presentando a recibir la vacunación.
Pasaban ante el médico brazos membrudos con la blancura y la firmeza de
la carne septentrional; brazos grasosos en los que se hundían los dedos
de los operadores; brazos de redondez ambarina, semejantes a los de las
mujeres de Tiziano, pero que ostentaban en su parte alta un obscuro
triángulo de roñosa suciedad.
Luchaban al destaparse las mujeres con las mangas de la camisola o de la
gruesa elástica, y en este forcejeo se les abría el pecho, mostrando
escapularios y medallas sobre las flacideces de la maternidad. Las
hembras árabes, morenas y huesosas, iban casi desnudas bajo sus barones
rayados; las gruesas napolitanas, de cabello revuelto y ojos de brasa,
devolvían al corpiño con tranquilo impudor las saltonas exuberancias
surgidas al desabrocharse; las castellanas angulosas de pelo aceitoso y
retinto, peinadas como vírgenes prerrafaelistas, cubrían prontamente su
brazo con triples forros y se alejaban ruborizadas, moviendo la corta y
bailarinesca balumba de sus zagalejos trasudados. Unos chiquillos
berreaban agarrándose a sus madres, trémulos de pavor al ver las blusas
blancas de los operadores; otros, con el sombrero en el cogote y
mostrando la sonrisa marfileña de sus dientes de lobo, se disputaban por
quién avanzaría primero el brazo, como si aquello fuese una fiesta.
Maltrana explicaba a su amigo el orden en que iban divididos los
emigrantes. La proa era para «los latinos»: españoles, italianos,
portugueses, franceses, árabes, judíos del Mediodía y hasta egipcios.
Nadie podía adivinar el latinismo de estas últimas gentes; pero así los
había encasillado la comisaría. En la parte de popa se aglomeraban otras
naciones: alemanes, rusos y judíos, muchos judíos de diversas
procedencias, polacos, galitzianos, rutenos, moscovitas y balcánicos,
cocinando aparte, según las preocupaciones y ritos de su religión. Los
israelitas llevaban carne sacrificada por los rabinos de Hamburgo. La
bulliciosa latinidad gozaba el privilegio sobre las otras castas de
beber vino en las comidas dos veces por semana y tomar chocolate al
amanecer otras dos veces, en vez del café habitual.
Las lamentaciones de don Carmelo, que juraba para él solo con grandes
aspavientos, interrumpieron a Maltrana.
--¡Mardita sea mi arma! Ya me extrañaba yo que hisiésemos er viaje sin
sorpresas. ¡Pero camará, que no haya medio de librarse de esa gente!...
Cambió algunas palabras en alemán con el primer oficial y luego gritó a
unos camareros españoles que estaban al servicio de «los latinos»:
--A ve esos güenos mozos; ¡tráiganlos pa acá!
Avanzaron seis jóvenes, con la cabeza descubierta, las ropas haraposas y
los pies metidos en zapatos rotos o alpargatas deshilachadas.
--¿De moo que no tenéis pasaje y os habéis metió aquí de polisones sin
má ni má, como si esto juese la casa e toos? ¿Y creéis que esto va a
quear ansí?... Tú, ¿de ónde eres?
Y los seis -polisones- fueron contestando al interrogatorio de don
Carmelo. Uno era de Tenerife y los restantes procedían de Andalucía y
Galicia. Se habían introducido ocultamente en varios buques, que los
echaron en tierra al llegar a Canarias. ¡Y a buscar de nuevo un
escondrijo en la bodega de otro barco!... Así pensaban llegar, fuese
como fuese, adonde se habían propuesto. Los seis querían ir a Buenos
Aires; y como bestias humildes, resignadas de antemano a los golpes que
creían merecer, bajaban la cabeza contentos con su desgracia si lograban
alcanzar el término del viaje.
Don Carmelo habló en voz baja con el primer oficial.
--Está bien--dijo solemnemente--. Pero como aquí nadie viene sin pasaje
y el buque no pué retroceer por vosotros, vais a golveros nadando a
Tenerife. La isla está allí cerquita.
Y señalaba la costa que se veía en lontananza, entre la borda del buque
y el filo del toldo. El oficial se acariciaba impasible la barba rubia
mientras el intérprete traducía sus órdenes. Las mujeres abrían los ojos
con asombro y terror.
--Que pongan una escaleriya pa que sartén con más fasiliá--ordenó don
Carmelo.
Los camareros le obedecieron, colocando una pequeña escalera contra la
borda, mientras el intérprete repetía la orden. «¡Al agua, muchachos! E
un remojonsito na más.»
Los -polisones- de más edad seguían con la cabeza baja, entre incrédulos
y aterrados, dudando de que esta orden pudiese ser cierta pero dudando
igualmente de que todo fuese una burla, habituados a durezas y castigos
en los buques que les habían servido de refugio. Uno que era casi un
niño se atrevió a mirar por encima de la borda, apreciando con ojos de
espanto la distancia enorme que se extendía entre el buque y la costa.
--¡Yo no quiero!... ¡No quiero morir!... ¡Yo quiero ir a Buenos Aires!
¡Madre!... ¡Mamita!...
Y se echó al suelo gimiendo, agitando las piernas para repeler a los que
se acercasen. Comenzaron a partir suspiros y exclamaciones de los grupos
de mujeres. Don Carmelo miró al primer oficial que seguía acariciándose
la barba.
--Güeno, niños; será pá más tarde. A la noche os iréis nadando. Mientras
tanto, que os vacunen, y luego comeréis... A ver unos pantalones viejos
pa estos güenos mozos; no es caso de que vayan enseñando las vergüensas
al pasaje... Pero queda convenido ¿eh, niños? a la noche os marcharéis
nadando.
Súbitamente tranquilizados, los -polisones- se dejaron llevar por los
marineros, que los empujaban rudamente, acogiendo este trato con
humildad y agradecimiento.
--Hay que ser enérgico--dijo don Carmelo a los dos amigos poniendo un
gesto feroz--. Si no fuese así, too er buque se llenaria de gente sin
pasaje. Cuatro van a ir a las máquinas; siempre hasen farta fogoneros; y
los dos más pequeños ayudarán a la limpiesa de las cubiertas. Podíamos
desembarcarlos en Río Janeiro. Pero er comandante es güeno, y de seguro
que los yevaremos hasta Buenos Aires. Los tunantes van a salirse con la
suya.
La música continuaba sonando y se reanudó el desfile de los brazos
arremangados ante el grupo de blusas blancas.
Ojeda estaba impresionado por la escena anterior. Creía oír aún los
gemidos del mozuelo pataleando en la cubierta: «¡Yo no quiero morir! ¡Yo
quiero ir a Buenos Aires!...». El vagabundo de los puertos tenía la
misma ilusión que él y casi todos los que habitaban las cubiertas
superiores. Dormitando entre los fardos y barricas de un muelle, había
visto también a la diosa alada y sin cabeza; había sentido la caricia de
la esperanza. Y allá marchaban todos, afrontando la nostalgia del
recuerdo o las necesidades del presente; revueltos, confundidos,
igualados por la ilusión común... ¡Buenos Aires! ¡Qué magia poderosa la
de este nombre, que hacía correr a los miserables, como ratones
hambrientos, para ocultarse en las entrañas de los buques!...
Se impacientó Maltrana ante la monotonía del desfile.
--Después de éstos vacunarán a los de popa: gente menos limpia y
presentable que «los latinos», con largas melenas y gabanes de piel de
carnero. Arriba estaremos mejor.
Y subieron a lo más alto del buque, a la cubierta de los botes, buscando
la sombra de un toldo y dos sillones libres para descansar en la soledad
azul impregnada de luz. La mayoría del pasaje prefería quedarse abajo,
refugiada en la suave penumbra de la cubierta de paseo.
Maltrana saludó a una señora que leía tendida en un largo sillón, la
espalda sobre un cojín, mostrando entre la flor nívea y rizada de su
faldamenta el arranque de unas piernas enfundadas en seda blanca y los
altos tacones de los zapatos. Fernando, advertido por el codo del
compañero, se fijó en sus cabellos, de un rubio obscuro, recogidos en
forma de casco; en sus ojos claros y temblones como gotas de agua
marina, que se elevaron unos instantes del libro para mirarle con
tranquila fijeza; en el color blanco de su cuello, una blancura de miga
de pan ligeramente dorada por el sol y la brisa del mar.
--Es la yanqui, la señora que come cerca de nuestra mesa--murmuró
Isidro--. Habla con poca gente; apenas se saluda con algunas viejas de a
bordo; rehúye el trato de los demás... Yo soy el único hombre con quien
cambia el saludo, pero cuando intento hablarla finge que no me
entiende... Y sin embargo, adivino en ella un carácter alegre y varonil:
debe ser un agradable compañero; no hay más que ver con qué gracia
sonríe. ¡Qué hoyuelos tan cucos se le forman junto a la boca!, ¡cómo se
le aterciopelan los ojos!... Pero no hay confianza todavía entre las
gentes de a bordo; parece que estamos todos de visita.
Sentáronse a alguna distancia de la norteamericana y ésta volvió a bajar
los ojos sobre el libro, ladeándose en su sillón para ignorar la
presencia de los recién llegados.
Tenían ante ellos el azul del Océano, liso, denso, sin una arruga y en
el fondo, por la parte de popa, un triángulo de sombra que empañaba el
horizonte, una especie de nube gris y piramidal, que era la isla...
Calma absoluta... Sentados en mitad de la cubierta, no alcanzaban a ver
las espumas que la velocidad de la marcha arremolinaba contra los
flancos del buque. Desde esta altura sus ojos abarcaban únicamente el
segundo término, o sea el mar inmóvil, que parecía cubierto de una
costra diáfana y transparente, una costra de vidrio reflejando el azul
denso y pastoso de la profundidad. A no ser por las vedijas negras que
se escapaban de la chimenea, para quedar flotando en la calma bochornosa
de la tarde, se hubiese podido creer que el buque no marchaba... Y la
isla siempre a la vista, como los países encantados de las leyendas, que
parecen avanzar detrás de los pasos del que huye.
Un silencio de sesteo extendía su paz abrumadora sobre la cubierta
inundada de luz. Bajo los toldos se percibían leves ronquidos,
acompasadas respiraciones, dorsos vueltos al exterior sobre las sillas
largas, cabezas incrustadas en almohadas o descansando sobre el
respaldo, con los ojos entornados y la boca abierta a la frescura de la
sombra. Crujía el piso en los lugares caldeados, bajo el paso tardo de
algún transeúnte. Subían los ecos de la música, lejanos, adormecidos,
como si surgiesen de las profundidades del mar. Venían del otro lado de
la chimenea gritos de niños y choques de maderas, revelando los diversos
incidentes de un juego deportivo. El sol de la tarde incendiaba todo el
Poniente con su lluvia cegadora.
--¿Por qué llamarían a esto el «Mar Tenebroso»?--dijo Maltrana, que no
podía permanecer callado largo tiempo.
Estas palabras despertaron en los dos el recuerdo de antiguas lecturas.
Ojeda pensó en su drama poético de los conquistadores cuya preparación
le había obligado a estudiar la epopeya de los navegantes que
descubrieron las tierras vírgenes. Isidro se acordó de los trabajos
realizados en su época de mercenario de la literatura, cuando andaba a
caza de notas en bibliotecas y archivos para la confección de un libro
que firmaría luego cierto personaje ansioso de entrar en una Academia.
--Siempre es tenebroso lo que ignoramos--contestó Ojeda--. Una nube en
el horizonte o varios días sin sol bastaron para llamar Tenebroso un mar
en el que se avanzaba con indecisión, temiendo las sorpresas del
misterio y el perder de vista las costas. Yo confieso que la geografía
del Mar Tenebroso antes de que la brújula hiciera posibles las largas
exploraciones, es una geografía que me encanta y rejuvenece: algo así
como esos cuentos de hadas que nos deleitan como un perfume de flores
marchitas al evocar las primeras impresiones de la niñez.
Y los dos enumeraron en su animada conversación todos los intentos de
los hombres, desde remotos siglos, por romper el misterio del Mar
Tenebroso.
Los nautas cartagineses bajaban hacia el Sur por las costas de África,
trayendo, después de un periplo de varios años, colmillos de elefantes
que suspendían de los templos, adornos vistosos, pellejos de hombres
peludos y con rabo que debieron ser envolturas de grandes orangutanes. Y
tal valor concedía el Senado a tales descubrimientos, que guardaba como
un secreto de Estado la ruta de los navegantes, viendo en las tierras
lejanas un seguro refugio para su pueblo si una guerra infortunada hacía
necesaria la expatriación.
En este mar de tinieblas, más allá de las columnas de Hércules, habían
colocado Homero y Hesiodo el Eliseo, morada de los bienaventurados, las
Gorgonas, tierra de eterna primavera, y las Hespérides, con sus manzanas
de oro, guardadas por un dragón de fuego. Luego eran los navegantes
árabes los que se lanzaban en el mar de las tinieblas, y sus geógrafos
poblaban el misterio de las soledades marinas con poéticas invenciones,
aderezando los descubrimientos lo mismo que un cuento de -Las mil y una
noches-. El emir Edrisi hablaba de las islas de Uac-uac, último término
del mundo en el siglo XII por la parte de Oriente: islas tan abundantes
en riquezas, que los monos y los perros llevaban collares de oro. Un
árbol, del que había grandes bosques, daba su nombre a las islas; el
-uac-uac-, llamado así porque gritaba o ladraba con iguales sonidos a
todo el que ponía por vez primera el pie en el archipiélago. Y este
árbol tenía en la extremidad de sus ramas, primero, abundantes flores, y
luego en vez de frutas, hermosas muchachas, beldades vírgenes, que
podían ser objeto de exportación para los harenes.
Por el Occidente habían avanzado los hermanos Almagrurinos, ocho moros
vecinos de Lisboa, que mucho antes de 1147--año en que los musulmanes
fueron expulsados de la ciudad--juntaron las provisiones necesarias para
un largo viaje, «no queriendo volver sin penetrar hasta el extremo del
Mar Tenebroso». Así descubrían la isla de «los carneros amargos» y la
isla de «los hombres rojos», pero se vieron obligados a tornar a Lisboa
faltos de víveres, ya que no podían comer por su mal sabor los carneros
de las tierras descubiertas. En cuanto a los hombres rojos, eran de gran
estatura, piel rojiza y «cabellera no espesa, pero larga hasta los
hombros»; rasgos que hicieron pensar a muchos si los hermanos
Almagrurinos habrían llegado a tocar efectivamente en alguna isla
oriental de América.
Al mismo tiempo que la geografía árabe hacía surgir tierras del Mar
Tenebroso, la leyenda cristiana lo poblaba con islas no menos
maravillosas. Cuando los moros invadían la Península derrotando al rey
Roderico, una muchedumbre de cristianos, llevando a su frente a siete
obispos, se había embarcado, para huir Océano adentro hasta dar con una
isla en la que fundaba siete ciudades. Muchos navegantes portugueses,
arrebatados por la tempestad, habían ido a parar a esta isla, donde eran
magníficamente tratados por gentes que hablaban su mismo idioma y tenían
iglesias. Pero así que intentaban volver a su tierra, se oponían los
habitantes, deseosos de que se guardase secreta la existencia de la
«Isla de las Siete Ciudades». Unos que habían logrado regresar enseñaban
arenas de aquellas playas, que eran de oro casi puro. Pero al armarse
nuevas expediciones para ir a su descubrimiento, jamás acertaban éstas
con el camino.
Otra isla, la de San Brandán, o San Borombón, ocupaba a las gentes de
mar durante varios siglos; isla fantasma que todos veían y en la que
nadie llegaba a poner el pie. San Brandán, abad escocés del siglo VI,
que llegó a dirigir tres mil monjes, se embarcaba con su discípulo San
Maclovio para explorar el Océano en busca de unas islas que poseían las
delicias del Paraíso y estaban habitadas por infieles. Durante la
navegación, un día de Navidad, el santo ruega a Dios que le permita
descubrir tierra donde desembarcar para decir su misa con la debida
pompa, e inmediatamente surge una isla ante las espumas que levanta su
galera. Terminados los oficios divinos, cuando San Borombón vuelve al
barco con sus acólitos, la tierra se sumerge instantáneamente en las
aguas. Era una ballena monstruosa que por mandato del Señor se había
prestado a este servicio.
Después de vagar años enteros por el Océano desembarcan en una isla, y
encuentran, tendido en un sepulcro, el cadáver de un gigante. Los dos
santos monjes lo resucitan, tienen con él pláticas interesantes, y tan
razonable y bien educado se muestra, que acaba por convertirse al
cristianismo y lo bautizan. Pero a los quince días el gigante se cansa
de la vida, desea la muerte para gozar de las ventajas de su conversión
entrando en el cielo, y solicita permiso cortésmente para morirse otra
vez, petición razonable a la que acceden los santos. Y desde entonces
ningún mortal logra penetrar en la isla de San Borombón. Algunos
marineros de las Canarias la ven de muy cerca en sus navegaciones; los
hay que llegan a amarrar sus bateles en los árboles de la orilla, entre
restos de buques cubiertos de arena; pero siempre surge una tempestad
inesperada, un temblor de tierra, y el mar los arroja lejos. Y pasan
siglos y siglos sin que nadie ponga el pie en sus playas. Los habitantes
de Tenerife la veían claramente en ciertas épocas del año y se
presentaban a las autoridades cientos de testigos declarando su
configuración: dos grandes montañas con un valle verde en el centro.
--América estaba descubierta por entero--dijo Ojeda--cuando todavía
enviaban los vecinos de Tenerife expediciones a su costa, por estas
aguas, en busca de la famosa tierra de San Borombón. Y la isla, que se
dejaba ver perfectamente desde lo alto de las montañas, difuminábase en
el horizonte y acababa por perderse cuando alguien iba a su encuentro en
un buque. Hubo muchas expediciones, unas pagadas por los regidores de la
isla, otras de particulares, pero todas sin éxito; y la gente, cada vez
más convencida de la existencia de San Borombón, achacaba estos fracasos
a la impericia de los expedicionarios antes que renunciar al encanto de
lo maravilloso. Casi todos los mapas de la época situaban esta isla en
las inmediaciones de las Canarias, y ochenta años antes de a
independencia de las colonias, cuando la América española iba ya
pensando en declararse mayor de edad, todavía salió de Tenerife una
expedición mandada por un caballero respetable, y como se trataba de una
empresa misteriosa, iban dos frailes en su buque. Algunos creían que
esta isla fantasma era el lugar del Paraíso terrenal donde viven en
bienaventuranza eterna Elías y Enoch... La santa poesía se aprovecha
siempre de las ficciones populares, y por esto el Tasso, al encantar al
caballero Rinaldo en los mágicos jardines de Armida, los coloca en una
isla de las Canarias, recordando sin duda la tradición de la de San
Borombón.
Luego los dos amigos hablaron de la Atlántida, tierra sorbida por las
convulsiones del lecho del Océano y que sólo había dejado como recuerdo
de su existencia una tradición de poderosos gigantes en diversas
teogonías: Hércules batiendo sus columnas entre España y África y
juntando dos mares; Dhoulcarnain (-El de los dos cuernos-) y Chidr (-El
personaje verde-), héroes de la fábula árabe inspirada en las
tradiciones fenicias, abriendo un canal entre el Mar Tenebroso, o sea el
Atlántico, y el Mar Damasceno, el Mediterráneo.
La ciencia helénica había adivinado a través de las poéticas ficciones
la verdadera forma del planeta. En los primeros tiempos era la tierra un
disco que flotaba sobre las aguas del río Océano, ligeramente inclinado
hacia el Sur por el peso de la abundante vegetación del trópico. Pero
los pitagóricos sustituían esta hipótesis con la afirmación de la
esfericidad del planeta, y después de esto no había que hacer grandes
esfuerzos para imaginarse la posibilidad de navegar desde el extremo de
Europa, o sea desde España, a las costas orientales de Asia, siguiendo
el rumbo de Occidente. Aristóteles y Estrabón hablaban de un «solo mar
que bañaba a la vez las costas opuestas de los dos continentes»,
añadiendo que en muy pocos días podía ir un buque desde las columnas de
Hércules a la parte más oriental de Asia.
Estas ideas se conservaban y propagaban a través de la Edad Media entre
los hombres de estudio. Muchos Padres de la Iglesia siguieron
considerando la tierra como una superficie plana, con arreglo a la
fantástica geografía del monje bizantino Cosmas Indicopleustes, pero en
conventos y universidades se transmitían pequeños grupos las tradiciones
de la antigüedad, las doctrinas de Aristóteles, comentadas y difundidas
por los árabes de España, los rabinos arabizantes, Alberto el Grande y
otros sabios cristianos. La geografía de Ptolomeo era admitida por los
hombres cultos.
Preocupaba el continente asiático a la Europa medieval, puesta en
contacto con él por las invasiones de los musulmanes y las expediciones
de los cruzados. Se conocían por relatos antiguos las conquistas de
Alejandro hasta el Ganges y las correrías de algunos procónsules
romanos, pero quedaba una parte del continente misteriosa y desconocida:
el Asia ultra-Ganges, la más grande y la más rica. El lujo de las cortes
europeas hacía cada vez más necesarios los productos de la India,
traídos por las caravanas a través de las áridas mesetas asiáticas: las
especierías, el marfil y la seda. Los sacerdotes budistas y cristianos,
por religioso proselitismo, realizaban atrevidos viajes que iban
ensanchando el horizonte geográfico y el de las ideas. Con la llegada de
las caravanas se difundían las asombrosas noticias del reino del Preste
Juan y las maravillas de las ciudades de mármol y oro, enormes como
naciones, que se levantaban junto a los ríos del Catay o en las islas de
Cipango. Pisanos, venecianos y genoveses, aprovechadores de la brújula
inventada por los árabes, iban en busca de los productos del Asia
siguiendo el mar Rojo o cruzando el mar Caspio. Osados aventureros
escribían con espíritu romanesco el relato de sus largos años de
aventuras, y los viajes de Marco Polo y Nicolás Conti interesaban como
un libro de caballerías.
El entusiasmo religioso hablaba de embajadas dirigidas a los papas por
el Preste Juan o el Gran Kan de la Tartaria, poderosos señores que desde
el fondo de sus palacios querían entrar en relación con la cristiandad y
convertirse a la verdadera fe. Pero las embajadas quedábanse siempre en
el camino, y únicamente llegaba como disperso algún europeo renegado que
iba describiendo las maravillas de las ciudades asiáticas con una
exuberancia que enardecía las imaginaciones. La lectura de los libros
santos hacía revivir en los doctores cristianos la memoria de las ricas
tierras del Asia oriental. Se recordaban las flotas enviadas por Salomón
al monte Sopora, que otros llamaban Ofir y algunos creían ser la isla de
Trapobana. Las naos del sabio rey, después de tres años, volvían
cargadas de oro, plata, piedras preciosas, pavones y colmillos de
elefantes. San Isidoro afirmaba que la isla Trapobana «hervía de perlas
y elefantes, y que en ella el oro era más fino, los elefantes más
grandes y las margaritas y perlas más preciosas que en la India». Junto
a la Trapobana había dos islas, la de Chrise, que era toda de oro, y la
de Argyra, toda de plata. Estas islas de montañas preciosas estaban
pobladas de hormigas grandes como perros y venenosas como grifos, que
sacaban con sus patas el oro de la tierra y hacían bolas, abandonándolas
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