aquí!... Un estallido de aplausos, acompañado de vibrantes aclamaciones, sonó en la cubierta superior. El curioso Maltrana corrió escalera arriba, y Fernando tras él. Una muchedumbre llenaba el jardín de invierno y el salón. Algunas banderas tricolores desplegábanse sobre las cabezas descubiertas. --¡Los gringos! ¡Vamos a ver a los gringos!--decían los niños en el paseo, acudiendo curiosos, atraídos por los aplausos. Varias comisiones de sociedades italianas de Montevideo habían venido a saludar a su compatriota el conferencista ilustre de paso para Buenos Aires. Todos se lamentaban de que no descendiese inmediatamente en su ciudad; le pedían que volviera cuanto antes a Montevideo. Isidro se fijó en los diversos aspectos de los comisionados: unos, bien vestidos, revelando en el empaque de sus personas la satisfacción de una fortuna recién conquistada; otros, más humildes, con el aspecto de obreros endomingados; pero todos rebosando un orgullo patriótico por esta visita, que les recordaba la tierra lejana y parecía aumentar su propia importancia en el país de adopción. El conferencista, que había pasado casi inadvertido durante la travesía, se agigantaba ahora de golpe con este homenaje popular. Muchas señoras que apenas se habían fijado en él, sonreían y lo encontraban «muy distinguido de figura». Un mocetón italiano, representante de una sociedad obrera, saludó al -professore- con un discursito aprendido de memoria. Lo recitó de buena fe, con la convicción de que estaba trabajando por la gloria de su país. Celebraba la llegada del grande hombre como la aparición del día, con enfático lenguaje: «-Egregio professore: Voi siete come la stella del mattino...-». Y mientras aplaudían los compatriotas, «la estrella de la mañana» acariciábase las barbas y se afirmaba los lentes pensando en su contestación. --¿Y el abate?--dijo Maltrana--, ¿Dónde estará el otro conferencista? Habían vuelto los dos amigos al paseo, huyendo del sudoroso calor y los empellones de la gente aglomerada. Cerca del café vieron al abate rodeado de tres jóvenes que habían venido de Buenos Aires para darle la bienvenida. --Poco éxito--dijo Isidro--. El italiano lo aplasta con sus masas. Fíjese usted: tres jovencitos nada más, tres niños de buena familia, que indudablemente vienen enviados por sus mamás. Ojeda movió la cabeza negativamente. Los recibimientos eran distintos, cierto; pero faltaba ver el final, el resultado positivo de las conferencias. --Los dos vienen a ganar dinero, y eso es lo que en realidad les importa. Verá usted cómo el otro, a pesar de tantas aclamaciones, músicas y banderas, no se lleva lo que el abate. Al seguir circulando por la cubierta, vieron nuevas personas que se habían agregado a los grupos de viajeros. Todas las familias argentinas rodeaban a alguien que había realizado el viaje a Montevideo para saludarlas. Y el recién llegado hablaba y hablaba, para satisfacer su curiosidad ansiosa de novedades. En la terraza del fumadero encontraron a todos los Kasper sentados a una mesa gravemente, como si celebrasen un consejo de familia. Frente a Nélida estaba un mocetón alto, tostado por el sol y de mirada dura. Maltrana pasó rápidamente mirando a otro lado, cual si quisiera evitarse saludos y presentaciones. --¿Se ha fijado usted?--dijo a Ojeda algunos pasos más allá--. Es el hermano, el centauro de la Pampa, que ha venido a esperarlos; el vengador que amenaza a su hermana con desfigurarle el rostro... La pobrecita está desde esta tarde con un susto mortal. Un radiograma les hizo saber que el bárbaro los esperaba en Montevideo, y en seguida me rogó que no me acercase a ella. Veremos en qué para esto. Al otro lado del paseo encontraron al «hombre misterioso». Maltrana, al verle, experimentó gran sorpresa. ¡Oh prodigio! El hombre lúgubre no estaba solo; tenía un amigo. Hablaba con él un joven que parecía por su aspecto un ayuda de cámara. --Esto va poniéndose claro, Ojeda. Algún cómplice que viene a darle aviso. La policía lo espera indudablemente en Buenos Aires... Pero ese amigacho parece un criado de casa grande. ¿No estarán preparando juntos algún mal golpe?... De todos modos, vamos a saber la verdad mañana. Yo no me voy sin averiguar lo que encierra el camarote. Fatigados de codearse con la gente de tierra que llenaba las cubiertas, se refugiaron en el fumadero. También era extraordinaria la concurrencia en este salón. Casi todas las mesas estaban ocupadas. Los pasajeros obsequiaban a los amigos que habían venido a saludarles. Miró Fernando con melancolía esta vasta pieza, en la que se había deslizado para algunos toda la vida trasatlántica. --La última noche, Isidro. Puede usted decir adiós al buque. Mañana a estas horas, con las nuevas impresiones de tierra, tal vez nos habremos olvidado de él. Acostumbrados los dos a la existencia de a bordo, experimentaron cierta tristeza al pensar que no verían más estos lugares, en los que habían transcurrido quince días de su vida, equivalentes a quince meses por sus largos tedios y sus rápidos sucesos. Ojeda sintió la necesidad de solemnizar con algo extraordinario esta última noche, y pidió champán. --Una botella para los dos, ¿le parece bien, Maltrana? Saludamos al río de la Plata; presentémonos alegremente ante la fortuna que nos espera... ¡Por nuestra suerte! Y luego de chocar las copas quedaron silenciosos, mirando atentamente los adornos de aquel salón, como si lo viesen por vez primera y quisieran llevarse impresa su imagen en el recuerdo. No se habían fijado hasta entonces en los escudos que adornaban las paredes entre guirnaldas doradas de frutas y hojas. Eran los de todas las naciones en cuyos puertos tocaba el buque, añadiéndose a ellos los de Paraguay y Chile. Una cúpula de cristales de colores elevábase sobre el artesonado de oro obscuro. Profundos sillones de cuero se agrupaban en torno de las mesas de roble. En éstas, muchos ruedos de fieltro, indicadores de los -bocks- consumidos, y grandes fosforeras con receptáculos de níquel llenos de colillas de cigarro. Los ventiladores zumbaban a todas horas, limpiando el ambiente de humo. El piso de mosaico ofrecía una nitidez propicia al resbalón. En el fondo estaban, como siempre, los devotos del -poker-, ajenos a los sucesos exteriores, con los naipes en la mano, espiándose impasibles. Su número era menor. Unos se habían quedado en Río Janeiro, otros acababan de descender en Montevideo; pero estas deserciones no entibiaban la fe de los leales; antes bien, su fervor parecía recrudecerse. Era la última partida: al día siguiente iban a separarse. Y jugaban olvidados de todo, sin saber con certeza si el buque estaba inmóvil o había reanudado su marcha. Un gran retrato de Goethe adornaba el testero del salón. Presidía el poeta con su olímpica sonrisa el manejo de las barajas y el continuo beber de una parte del rebaño trasatlántico acorralado en el buque de su nombre. Una columna caída le servía de asiento y una campiña desolada de melancólico fondo. Sombreaba sus facciones de helénico dios un amplio chambergo y cubría sus vestidos con una túnica blanca, a modo de gabán de viaje. Con este exterior un tanto grotesco lo había representado el artista, soñando sobre las ruinas del agro romano. Maltrana lo miró con más atención que otras veces, como si se despidiese de él. --Digamos adiós al noble amigo don Wolfgang, que ha visto con paciencia tantas necedades nuestras... Este fue un hombre feliz. No se vio obligado, como nosotros, a correr el mundo en busca de dinero. La fortuna fue pródiga para él, como una de esas viejas apasionadas que gustan de proteger a los buenos mozos. Todo lo tuvo: genio, belleza, gloria y amor. Hasta conoció el orgullo de gobernar a los hombres... Pero a pesar de su egoísta felicidad, supo ver desde sus alturas, como nadie, las inquietudes y las ambiciones de los pobres mortales. Acuérdese de su héroe, amigo mío; haga memoria de cómo terminó su existencia... Fue un colega de usted, un colonizador. Ojeda sonrió al recordar, por estas indicaciones de su amigo, el final del insaciable Fausto. Había gozado dos grandes amores, Margarita y Elena, y ni la ingenua burguesilla alemana ni la hija tentadora de los dioses le hicieron conocer la verdadera felicidad. La ciencia fue para él otro desengaño; y lo mismo el imperio sobre los hombres, la «potencia de dominación», con todas las satisfacciones del orgullo... Al final de su existencia creía encontrar la verdadera dicha dedicándose al progreso de sus semejantes, colonizando una isla, levantando en ella la ciudad futura, en la que todos serían iguales, regidos por la santa poesía... Y para la realización de esta empresa luchaba con la tierra salvaje y con las aguas, abriéndolas un enorme canal. --Sí--continuó Fernando--; fue un colonizador, después de haber sido enamorado, sabio y monarca. Pero cuando consideraba su obra triunfante, Mefistófeles, el diabólico compañero, malvado y burlón, reía a sus espaldas. «Infeliz: cree estar abriendo un canal, y está abriendo su propia tumba.» --Pero a usted no le ocurrirá eso. Usted es joven, y tiene más ilusiones que el famoso doctor. Fernando hizo un gesto de indiferencia. No le inquietaba el porvenir. La muerte llegaría para él lo mismo que llega para los demás, inesperadamente, sin consultar las ambiciones y las necesidades de su víctima. Si los hombres pensasen en la muerte a todas horas, pocos querrían trabajar, convencidos de antemano de la inutilidad de sus esfuerzos. --Creo lo mismo que usted--concluyó animosamente--. Yo removeré la tierra y abriré canales, sin abrir por eso mi tumba... Mi sepultura está en Europa. Pero ¡quién sabe las cosas que nos aguardan antes de morir en este país al que vamos llegando! Después de media noche, se retiraron los dos amigos a sus camarotes. Había disminuido la gente en las cubiertas y salones. Los comisionados italianos, con sus banderas y sus vítores, estaban ya en tierra, y lo mismo que ellos, los demás habitantes de Montevideo venidos al trasatlántico para saludar a los amigos. No quedaba en torno del -Goethe- ningún vaporcillo de pasajeros. Ahora eran fuertes gabarras las que flotaban junto a la nave. Movíanse ruidosamente las maquinillas de descarga. Sus brazos amarillos pasaban enormes fardos de las bodegas de proa y de popa a las chatas embarcaciones. Esta operación iba a prolongarse hasta la madrugada. Además de las mercancías, había que echar a tierra el enorme bagaje de la compañía de opereta: cofres de vestuario, decoraciones, equipajes de los artistas. Al entrar en su camarote, Ojeda experimentó la sorpresa de la inmovilidad. Estaba acostumbrado al zumbido remoto de la máquina, que comunicaba un ligero temblor a las paredes. Le hacía falta el crujido de las maderas, el ruido continuo de agua corriente debajo de la ventana. Creyó estar ahora en una casa de tierra firme. Todo inerte, como si el buque fuese de ladrillo con profundas raíces en el suelo. El silencio nocturno, cortado por relámpagos de ruido, era igual al de una fábrica. Cuando Fernando empezaba a dormirse, reanudábase de pronto el rodar de las maquinillas acompañado del griterío de los obreros ocupados en la descarga. El buque no podía zarpar hasta después del amanecer. Aguardaba el capitán a que subiese la marea para remontar el río. Despertó Ojeda, en la mañana siguiente, cuando entraba el sol por la ventana de su camarote. Su primera impresión fue de sobresalto. Algo extraordinario había retrasado la salida del buque. Éste parecía inmóvil, como si aún permaneciese anclado frente a Montevideo. Pero al aproximarse a la ventana, no vio la ciudad ni los numerosos buques surtos en el puerto. Una extensión infinita de agua se abrió ante sus ojos; pero era un agua amarillenta a trechos, más allá rojiza, con el leve rizado de un oleaje corto e incesante. Navegaba el buque como si avanzase entre algodones, sin un choque, sin el más leve balanceo. Su profunda quilla parecía resbalar sobre rieles invisibles. Las aguas, al partirse ante su vientre, eran sordas y no levantaban jaboneo de espumas. Los ojos, habituados al azul intenso del Océano, parpadeaban con cierta extrañeza ante la extensión amarilla, semejante por su color a una pradera seca. En la cubierta de paseo encontró Fernando a los pasajeros vestidos con trajes de calle, como si les faltase tiempo para saltar a tierra. Muchos hombres llevaban ya guantes y bastón. Las señoras iban puestas de sombrero, con abrigos recientemente adquiridos en París. Tal vez eran demasiado gruesos para la temperatura reinante, pero ellas tenían prisa de exhibirlos al saltar a tierra, contando con la admiración o la envidia sonriente de las amigas. Faltaban aún varias horas para llegar a Buenos Aires. Las orillas, sin una colina, sin altos bosques, permanecían invisibles y el río desarrollábase inmenso y solitario como el mar. De vez en cuando, sobre las aguas rojas, que parecían de barro líquido, cabeceaba una boya con un farol en la cúspide y un número blanco en el vientre, indicador de los kilómetros entre Buenos Aires y Montevideo. El -Goethe- marchaba entre una doble fila de estas balizas, que marcaban el canal para los buques de gran calado. A los lados de este canal surgían inmóviles los barcos del dragado, como negras ballenas dormidas a flor de agua. Veíase el rosario oblicuo de sus enormes tanques entrando en el agua y saliendo con un chorreo de fango removido. El trasatlántico avanzaba lentamente, como si su quilla mordiese en el fondo ocultos obstáculos. Estremecíase al remover un légamo secular, venciendo ocultas resistencias. En torno de su vientre se obscurecían las aguas con una nube negra que subía de la profundidad. Las espumas levantadas por las hélices tenían en su hervor manchas de detritus. Un viento a ráfagas, más violento que el del Océano, pasaba sobre esta superficie, levantando un oleaje encontrado que chocaba imponente en los flancos de la nave, sin producir en ella la menor conmoción. Media hora después, al cesar el viento, la superficie del río quedaba casi inmóvil. Fuera de las líneas de balizamiento pasaban a todo vapor, o con las velas desplegadas, numerosos buques. Eran fragatas que iban a descargar, Paraná arriba, en el puerto de Rosario; vapores de tres pisos, sin mástiles y de escaso fondo, parecidos a casas flotantes, que hacían el servicio diario entre Buenos Aires y Montevideo; reducidos paquebotes, iguales en su forma a los grandes trasatlánticos, que remontaban el estuario con rumbo al Paraguay y a las escalas fluviales del corazón del Brasil, en plena selva virgen. Ojeda vio a Maltrana venir hacia él sonriente y amistoso como si le faltara tiempo para comunicarle gratas noticias. --Lo de la familia Kasper queda resuelto. Nélida acaba de presentarme a su temible hermano... En cuanto al camarote misterioso, ya no tiene misterio... Hace un rato he estado hablando con «el hombre lúgubre». Y como si gozase manteniendo latente la curiosidad de Fernando, empezó por hablar de Nélida y su familia. ¡Todos contentos! El hermano pequeño atolondrado por las reprimendas de la madre y el enojo patriarcal del señor Kasper, parecía haber olvidado sus amenazas, absteniéndose de hacer revelaciones al hermano mayor. Nélida le cedía a perpetuidad el loro y la mona regalados por Ojeda, y esta merced generosa había acabado de extinguir sus antiguos rencores. Ocupado en sus caricias a estos compañeros, no se acordaba de nada. El padre y su montaraz primogénito habían pasado varias horas en la noche anterior y en esta mañana hablando de negocios. Y Nélida aprovechaba la menor pausa para acariciar con gestos felinos y engañosos al sombrío centauro, que también parecía haber olvidado con la emoción sus recelos y sus amenazas. Acababa de encontrarse Isidro con ellos en el fumadero, y Nélida le había presentado al hermano. --Un bárbaro; créame, Ojeda. Mirada torva, dificultad en el hablar, como si no se acordase de las palabras, y un apretón de manos que aún me duele. Pero me dio las gracias como pudo al saber por Nélida que yo y otro señor compatriota mío habíamos tenido grandes atenciones con ella. Hasta me ha invitado a que vaya a pasar unos días en su estancia. ¡Qué vida ésta del Océano! ¡Qué cosas ha visto el buque!... --¿Y lo del camarote?--preguntó Fernando--. ¿Qué es lo que hay dentro de él? Otra vez lanzó exclamaciones Maltrana ponderando las sorpresas de aquella vida sobre el mar, abundante en novedades y contrastes. Venían viajando sobre catorce millones en oro apilados en la bodega; y por si no bastaba tanta riqueza, él había dormido todas las noches junto a una señora millonaria, cuya presencia en el trasatlántico muy pocos conocían. --¿La ha visto usted?--preguntó Ojeda, francamente interesado por esta noticia. --No pienso verla: no me tienta la curiosidad. Ha perdido todo interés para mí... Porque le advierto, Fernando, que la tal señora, mi vecina de camarote, murió hace un mes en París, y es su cadáver el que viene con nosotros a Buenos Aires. Acababa Isidro de enterarse. El mayordomo del buque le había revelado el secreto viendo próximo el término del viaje. --La pobre señora tenía un nombre poético un tanto raro: doña Matutina Flores. Parece que en esta tierra bautizan a las gentes con nombres algo originales... ¡Los millones de la noble matrona! No sé cuántos: unos dicen treinta, otros cuarenta... En fin, muchas casas en Buenos Aires, leguas y leguas de campos, miles y miles de vacas, acciones de todos los Bancos serios. Vivía en París, como todo argentino rico que se respeta, rodeada de hijas, hijos, yernos, nueras y nietos. Una familia numerosa, una verdadera tribu, pero con víveres en abundancia. Y al morir doña Matutina la llevan a enterrar a Buenos Aires, según su póstuma voluntad. Los hijos y los yernos no han querido hacer el viaje con ella (esto les enternecería mucho), pero vienen en otro buque, para repartirse la herencia sobre el terreno. --¿Y el hombre misterioso?... --Es simplemente el mayordomo que tenía la difunta en su hotel de la Avenida del Bosque... Un majestuoso doméstico, que sabe guardar las distancias lo mismo que un diplomático, y por eso se mantenía aparte, con un digno espíritu de clase. ¡Y yo que tomaba esta tiesura por orgullo! El recuerdo de sus pasadas curiosidades surgió en Maltrana como un remordimiento. --¡Pobre doña Matutina!... Que me perdone desde el cielo los escándalos que he dado ante su puerta... Ni la conozco ni me deja nada; pero la tengo cierta simpatía. Ya ve usted: ¡medio mes de dormir juntos, sin otra separación que un tabique de madera!... ¡Y tantas veces que la han recordado las señoras argentinas en sus tertulias de la cubierta, sin sospechar que la tenían debajo de sus pies!... Los herederos se han portado bien. En vez de meterla en la bodega, la han alquilado un camarote, como si fuese una persona viva. ¡Corazones generosos!... ¡Las atenciones y finezas que inspiran unas docenas de millones!... Isidro no podía abandonar el recuerdo de este cadáver acompañándole invisible en su viaje. --Reconocerá usted que han ocurrido muchas cosas en quince días. Las sesiones nocturnas en el fumadero, amoríos, golpes, el desafío de Río Janeiro, que por poco me cuesta un pie, millones en oro acuñado debajo de nuestras plantas, un cadáver de iluso echado al mar, quince noches pasadas junto a otro cadáver que también representa millones... ¡qué novela! ¡Y yo que he pasado en Madrid meses y meses de casa al café, del café a la redacción y de la redacción a otros sitios... sin que me ocurriese nada extraordinario!... El único remordimiento que siento después de tantos sucesos es el de mis insolencias involuntarias con la pobre doña Matutina y los sustos que he dado a su guardián. ¡Que ella me perdone! ¡Lástima no habernos conocido un poco antes, para que me hubiese dedicado un pequeño recuerdo en su testamento!... A la hora del almuerzo, los pasajeros comieron apresuradamente, deseando volver cuanto antes a la cubierta. Esperaban ver Buenos Aires de un momento a otro. Se iba aproximando el trasatlántico a la ribera argentina. No alcanzaba a distinguirse ésta por ser muy baja, pero sobre la línea del agua extendíanse algunos borrones horizontales, siluetas de lejanas arboledas. El número de buques aumentaba considerablemente. Muchos permanecían inmóviles. Los veleros cabeceaban con los trapos caídos a lo largo de los mástiles, en espera de las irregulares palpitaciones del viento. Cuando éste llegaba, movía como un escalofrío las blancas superficies de las arboladuras. Otros, anclados y con los palos desnudos, aguardaban no se sabía qué. Más allá, fue pasando el -Goethe- entre filas de vapores de diversas hechuras y capacidades. Formaban una ciudad flotante, una ciudad muerta, sin otro signo de vida que algún bote que se deslizaba de un buque a otro. Los cascos parecían envejecer en esta inmovilidad, cual si llevasen años y años de espera en medio de las aguas turbias, encallados para siempre, sin esperanza de volver a los azules horizontes del Océano. Aguardaban su turno para entrar en las dársenas de Buenos Aires, repletas por el tráfico mundial, y esta espera en medio del río, a algunas millas del puerto, prolongábase en ciertas épocas del año semanas y semanas. Los pasajeros del -Goethe- se despedían previsoramente antes de avistar Buenos Aires. A última hora, la urgencia del desembarco, la necesidad de reunir los equipajes, la visita de la aduana, hacían olvidar a los amigos. Ofrecíanse unos a otros los respectivos domicilios, cruzábanse tarjetas. Las niñas se decían adiós con un conato de lagrimeo. Iba a disolverse todo el mundo. Su historia no había alcanzado a durar un mes, ¡pero con vida tan intensa!... La separación daba mayor relieve a los recuerdos. Gentes que se habían mirado al principio de la travesía con notoria hostilidad se lamentaban de esta separación. «¡Tanto como hemos simpatizado!... ¡Tan buenos ratos que hemos vivido juntos!...» Las damas, que en los primeros días del viaje se mantenían por orgullo nacional en diversos grupos enemigos, despedíanse ahora con una tristeza casi lacrimosa. Nadie se acordaba ya de las diplomáticas tiranteces entre los «pingüinos» y las «potencias hostiles». El doctor Zurita dio tarjetas a Maltrana y Ojeda. Su cortesía era un tanto ruda, pero ingenua, verdadera. Él no gustaba de palabras: ya sabían que era su amigo. --Y usted, galleguito simpático--dijo a Isidro--, si necesita algo de mí, búsqueme. Buenos Aires es grande, cada uno va a lo suyo, pero alguna vez precisará a usted el arrimo de un compañero. Despidiéronse de Maltrana todos sus «queridos amigos», los jóvenes de las fiestas nocturnas en el fumadero. Algunos le daban cita para aquella misma noche en restoranes frecuentados por personas alegres. Le presentarían a ciertos amigos muy simpáticos: todos «gente bien». El grupo de chilenos dijo adiós a Isidro con francos ofrecimientos. Su tierra no era Buenos Aires; había menos dinero, menos lujo, pero la vida era tal vez más alegre. --Godito: cuando se canse de estar con los «cuyanos», venga a hacernos una visita. No hay más que pasar los Andes. Verá mujeres con manto, como en su tierra; verá bailar la cueca. ¡Y qué remoliendas!... Véngase y no sea leso. Mientras, Ojeda, desde el mirador de proa, contemplaba la muchedumbre aglomerada en las bordas, ansiosa de ver cuanto antes la deseada ciudad. Una mujer, alborotado el pelo y enrojecidos los ojos, gemía a un lado del combés. Cerca de ella, unos chicuelos gritaban lagrimeando también; pero de pronto parecían olvidarse de su dolor para mirar, como los demás, a la línea del horizonte, esperando la aparición de un prodigio. Eran la viuda y los hijos de Muiños. Hasta poco antes no habían conocido la noticia de su muerte. Le creían en la enfermería, aceptando los piadosos embustes de don Carmelo. «¡Pachín!», aullaba la viuda. Una preocupación única volvía continuamente como tema obligado de sus lamentaciones. «¡Lo han echado al mar!... ¡No lo veré más!» Y los pequeños la hacían coro, como una cría de perritos abandonados. «¡Padre!... ¡padre!» ¡Qué sería de ellos!... La -señá- Eufrasia era la única que intentaba consolarlos con sus palabrotas enérgicas. Los demás, enardecidos y contentos por la proximidad de la tierra soñada, volvían la cabeza, huyendo de sus lamentaciones. Subido en un caramanchel, un hombre tocaba la gaita, saludando a Buenos Aires con el mugido melancólico del inflado pellejo. En el castillo de proa sonaba la flauta pastoril de los árabes. Algunos niños, agarrados de la mano, daban vueltas siguiendo el ritmo de la música. De pronto, un grito compuesto de numerosas exclamaciones, un alarido igual a los que debieron surgir de las proas de las primera carabelas: --¡Allí... allí! ¡Ya se ve! Iba surgiendo del fondo del río una nube blanca con negros manchurrones; algo que subía y subía lenta y continuamente, como una aparición teatral por la boca de un escotillón. La parte blanca e irregular de la nube eran casas; lo negro, arboledas de jardines. Alguien en la proa rompió a aplaudir con el irresistible entusiasmo de las muchedumbres en las reuniones populares. Esta iniciativa fue contagiosa, y todos batieron las manos, extendiéndose sobre el río un estrépito semejante al del granizo chocando con el cristal. «¡Buenos Aires!... ¡Viva Buenos Aires!» Y cesaban de aplaudir para echar en alto gorras y sombreros. Un enjambre de puntos negros subía y bajaba sobre la proa del -Goethe-. Al cesar por un momento las aclamaciones, percibíase el lloro de la gaita gallega, el gorjeo de las cañas árabes y el trágico aullido de la pobre hembra y su cría: «¡Pachín! ¡Lo echaron al agua!... ¡Padre! ¡padre! ¡Qué será de nosotros!...» El entusiasmo popular se comunicó a los pasajeros del castillo central. La música se había colocado en el avante del paseo y rompió a tocar la consabida marcha, aunque el buque estaba lejos de la ciudad. Muchos pasajeros caminaban marcando el paso al compás de la música, lo mismo que los chicuelos que desfilan delante de un regimiento. Algunas parejas bailaban, esforzándose por ajustar sus saltos al ritmo de la marcha. Fernando torcía el gesto ante la desmesurada explosión de entusiasmo. «Es demasiado--pensó--. ¡Cuánta dicha habría de contener ese país para dar gusto a tanta gente!...» Percibíase con toda claridad sobre el cielo azul la blanca silueta de Buenos Aires. Fernando, que la había visto años antes y guardaba el recuerdo de una ciudad inmensa, pero chata, casi a ras de tierra, sin otros salientes que las torres exiguas de sus iglesias, quedó sorprendido al distinguir construcciones altísimas, rascacielos como los de las metrópolis norteamericanas, edificios rematados por minaretes y cúpulas, que brillaban lo mismo que fanales con el reflejo del sol. Comenzaba a ser una ciudad tentacular, distinta exteriormente de la que él había conocido. Un remolcador ancho, corto, profundo, que recordaba por sus formas la forzuda robustez del toro, vino al encuentro del trasatlántico, pegándose a sus costados para echar a bordo al práctico. Otro remolcador del mismo aspecto se colocó junto a la proa, marchando aparejado con el -Goethe-, como un perrillo trotador al lado de un elefante. Los pasajeros olvidaron la ciudad para atender a sus equipajes de mano. Los -stewards- iban sacándolos de los camarotes y los alineaban en cubiertas y pasillos. Crecía Buenos Aires con rapidez prodigiosa. No era su aparición igual a la de las ciudades situadas en altas costas, que se dejan ver horas antes de llegar a ellas. Situada en una ribera baja, los buques la distinguían cuando ya estaban junto a ella. Su presencia era casi instantánea y se ensanchaba como una gota de agua en un papel secante, cubriendo las riberas con su dilatación, extendiendo sus irradiaciones lo mismo que si las casas corriesen, queriendo ocupar cuanto antes los terrenos vecinos. Los emigrantes callaban, con los ojos dilatados por la curiosidad. Adivinó Fernando los pensamientos de estas gentes, muchas de las cuales venían en derechura de la soledad de los campos. «¡Qué grande!... ¡qué grande!» Maltrana buscó con sus ojos al señor Antonio el -Morenito-. De seguro que había olvidado por el momento sus planes originales para hacerse rico. Tal vez sentía un poco de duda, de miedo, y pensaba como los otros: «¡Qué grande!». --Y sin embargo, esto no tiene nada de grandioso--dijo Isidro--. Es una ciudad vulgar. Si no fuese por el río, la fachada resultaría fea... Pero se presiente que detrás de la fila de edificios que distinguimos, y que es como el testero de la ciudad, existen kilómetros y kilómetros de tierra cubiertos de viviendas. No se ve la grandeza, pero se adivina. Sentimos lo mismo que en presencia de un muro detrás del cual se mueve una muchedumbre invisible. Los dos amigos volvieron la cabeza al notar que Conchita se apoyaba en la baranda junto a ellos. Habíase despedido repetidas veces de doña Zobeida, pero ésta iba luego en su busca para hacerle nuevas recomendaciones. La buena señora pensaba salir aquella noche para su amada Salta. Le daban miedo el ruido y el movimiento de Buenos Aires, a pesar de que venía de Europa. Eran las impresiones de la niñez que persistían en ella. Se apiadaba de su compañera de viaje; ¡pobre niña! ¡sola en aquella tierra de perdición llena de extranjeros!... Miró Conchita la ciudad con el ceño fruncido y apretando los labios. --Es grande, ¿eh, paisana?--dijo Isidro. --Sí... grande es. Más de lo que yo creía--contestó la joven. Se adivinaba en ella cierta desorientación. Tal vez sentía miedo al pensar en su entrada audaz, sin una moneda en el bolsillo. Pero no tardó en reponerse de estas vacilaciones. Brillaron sus ojos con un fulgor hostil, lo mismo que si fuese a entrar en pelea, y tendió una mano hacia la ciudad, como invitándola a que la esperase: --¡Yo te arreglaré... marica! No le daba miedo con toda su grandeza. Y mientras los dos amigos reían de este exabrupto, la muchacha huyó, llamada una vez más por doña Zobeida. Los remolcadores tiraban del -Goethe-, que había quedado con las hélices inmóviles, confiándose a su dirección. Estaban ya en la embocadura de una de sus múltiples dársenas, gigantescos rectángulos de agua encuadrados de muelles y -docks-. Veíase la orilla cubierta de edificios todos iguales, enormes construcciones que ocupaban en fila muchos kilómetros. Arrastrábase el ferrocarril a lo largo de este cordón de depósitos, barrera interminable a la simple vista entre el río y la ciudad. Los tranvías y automóviles brillaban veloces por unos instantes en los intermedios entre unos edificios y otros. Apareció a estribor la arboleda de una punta de muelle, con un edificio empavesado de banderas de señales. El agua tenía la suciedad de los espacios cerrados. Las espumas eran negruzcas. La proa del buque partía islotes de basura, que al abrirse enviaban sus fragmentos hasta los muelles. Sobre los maderos flotantes destacábanse el lomo verdoso y los ojos saltones de unas ranas enormes. Algunos pájaros acuáticos nadaban en torno del navío, irguiendo sus largos cuellos. A espaldas del -Goethe- quedaba el río libre, amarillo, rizado, lo mismo que una llanura de hierba seca. Los buques veleros, con sus trapos al viento, parecían molinos enclavados en esta falsa pradera. Al pasar el trasatlántico entre los buques inmóviles, corrían las tripulaciones a las bordas para saludarlo con gritos y agitación de gorras. Flotaban en las aguas, como harapos blancos, muchos pescados muertos, tendidos sobre el lomo, sacando el hinchado vientre. Maltrana, acostumbrado a ver anclar los buques en mitad de los puertos o amarrarse a un muelle en el espacio anchuroso de una bahía, extrañábase ante los poderosos trasatlánticos alineados como bestias en unas dársenas cuadradas semejantes a corrales acuáticos, y pasando de una a otra, sumisos al tirón de los remolcadores. Al quedar sin movimiento, parecían los buques mucho más grandes, oprimidos entre muelles y edificios, cual si estuviesen encallados. El desembarcadero atrajo igualmente su curiosidad. Era a modo de una estación de ferrocarril, con férrea cubierta, salones de espera, depósitos de equipajes y largas verjas, detrás de las cuales se agolpaba la muchedumbre. Venía el trasatlántico a acoplarse al muelle lo mismo que un vagón se junta con el andén, y los pasajeros no tenían más que avanzar por una corta rampa para verse en tierra. Llegó el -Goethe- hasta el desembarcadero, después de varias maniobras de los remolcadores. Un vapor italiano acababa de despegarse de aquél y se retiraba a otra dársena, luego de soltar su cargamento humano. Más allá, un vapor con bandera española echaba también gente a tierra. En el fondo del desembarcadero, una muchedumbre obscura se apretaba contra las verjas. Ondeaban banderas tricolores sobre este mar de cabezas. Un estrépito de músicas lejanas contestaba a la banda del -Goethe- cuando ésta hacía una breve pausa en sus marchas incesantes. --Los italianos que esperan a su grande hombre--dijo Ojeda--. Nos conviene salir antes de que organicen su manifestación. Sobre el andén del muelle, una fila de marineros, llevando machete en el cinto, contenía a los grupos que habían penetrado con permiso: comisiones que aguardaban a los dos conferencistas, familias ansiosas de saludar a sus parientes y amigos que agitaban pañuelos, sombreros y bastones, preguntando de lejos con gritos estentóreos cómo les había ido por Europa. Y mientras los marineros procedían diligentemente al amarre del buque, continuaban sonando las músicas, los lejanos vivas, y un griterío de saludo cruzábase entre las gentes aglomeradas en las bordas y el negro hormiguero humano. --¿A usted le espera alguien?--preguntó Isidro, como si le doliese que ellos dos fuesen los únicos que no tuvieran un amigo en el muelle. Fernando no supo qué contestar. Miró a las gentes de buen aspecto que ocupaban el andén, sin alcanzar a ver al tío de su cuñado. Hubo un empujón general en las cubiertas. ¡A tierra! La salida estaba libre. Y los dos amigos, pasando un pequeño puente, sintieron bajo sus pies la estabilidad del suelo firme, marchando entre los grupos que avanzaban al encuentro de los pasajeros con las manos tendidas o los brazos en alto, prontos al estrujón cariñoso. Un joven con acento español abordó a Fernando. «¿El señor Ojeda?...» Venía de parte del tío de su cuñado. --Mi principal ha tenido que ir a su estancia: negocio urgente; volverá mañana. Pero todo está listo... Tiene usted habitación en un hotel de la Avenida de Mayo. Los guió entre los grupos que se abalanzaban hacia el trasatlántico. Casi se vieron solos en la sala de equipajes, y el registro de sus maletas de mano se efectuó con rapidez. El joven empleado se quedaba allí para ocuparse en el pronto despacho del equipaje grande. Salió con ellos del edificio a una explanada llena de muchedumbre, donde estaban las banderas y las músicas. La manifestación italiana voceaba con prematuro entusiasmo, creyendo que iba a aparecer de un momento a otro el grande hombre esperado «-Eviva il professore! Eviva!-» Ojeda y Maltrana avanzaron entre el gentío casi tambaleándose, como embriagados por la sensación del suelo firme bajo sus plantas y el vaho que despedía caldeado por el sol. Un reloj señalaba las cuatro de la tarde. Junto a sus ojos revolotearon unas moscas pesadas y pegajosas, las primeras que salían a su encuentro en la nueva tierra. Respiraron con delicia al verse sentados en un automóvil descubierto, con sus pequeñas maletas entre los pies, corriendo velozmente a lo largo de los muelles. A un lado, la ciudad; al otro, la interminable fila de depósitos, cortada por callejones, al extremo de los cuales se veían cascos de buque, chimeneas, arboladuras, pabellones ondeantes de todos los países. Las calles de la ciudad que desembocaban en la ancha ribera eran todas de breve y pronunciada pendiente. --Es la antigua barranca--explicó Ojeda--sobre la que construyeron los españoles la ciudad. Más allá todo es llanura igual, uniforme. Esta pendiente es la única que existe en Buenos Aires. Antes, el agua llegaba hasta ella. Las tierras por las que marchamos fueron ganadas al Plata. Atravesó el automóvil varias líneas de ferrocarril tendidas a lo largo del río. Pasaba entre largas filas de carros enormemente cargados, que hacían temblar el suelo. De los depósitos surgían los más diversos olores, revelando el movimiento y la vida de un gran puerto. Luego, los vehículos mercantiles fueron más escasos, y aumentó el número de automóviles y tranvías. Pasaron a lo largo de un jardín. A un lado, frente al río, grandes edificios y aceras con arcadas, bajo las cuales hormigueaba la muchedumbre jornalera. Subieron una cuesta, y en lo alto de ella vieron extenderse un palacio con los muros de color de rosa. Más allá se abría una plaza blanca con un jardín en el centro. --Aquí se fundó Buenos Aires--dijo Ojeda--. Ese caserón es el palacio del Gobierno, lo que llaman «la Casa Rosada». La plaza es la de Mayo. Aquel templo griego, la catedral; ese obelisco blanco, la pirámide de la Independencia. Remontaban la cuesta algunos grupos de hombres de campo llevando a la espalda fardos de ropas. Sus mujeres marchaban junto a ellos, mirándolo todo con ojos de asombro. Los pequeños trotaban delante, con la boca abierta por la misma impresión de sorpresa. Eran emigrantes que acababan de desembarcar de los buques llegados antes que el -Goethe-, y se metían ciudad adentro, en compañía de los amigos que les habían esperado en el puerto. --Todos somos unos--dijo Ojeda alegremente--. Todos venimos a lo mismo. Sólo que ellos entran a pie y nosotros en automóvil. La Avenida de Mayo abrió ante ellos su larga perspectiva: dos filas de altos edificios y dos líneas de aceras orladas de árboles, con grandes escaparates y numerosos cafés y hoteles, que esparcían fuera de sus puertas mesas y sillas. En mitad de la calle una hilera de candelabros eléctricos, y en último término, algo esfumado por la lejanía, un palacio blanco, el Congreso, con una cúpula esbelta que ocupaba gran parte del cielo visible entre la doble fila de casas. Maltrana, a impulsos de una alegría pueril, empezó a empujar a su amigo juguetonamente. --¡Buenos Aires!... ¡Ya estamos en Buenos Aires! Luego miró obstinadamente al fondo de la Avenida, fijándose en la cúpula esbelta, que parecía irradiar luz sobre el cielo, teñido de rojo por el sol decadente de la tarde. Volvía a su memoria el recuerdo de los argonautas y sus aventuras por alcanzar el Vellocino de oro. --Nosotros, argonautas modernos y vulgares, no tenemos que esforzarnos por ir en su busca. Nos sale al encuentro. Ahí está. ¡Mírelo cómo brilla! Y señaló la cúpula, que reflejaba los rayos solares en sus aristas y en los focos de cristal incrustados en sus curvas. El celeste azul que le servía de fondo tomaba igualmente un resplandor de oro. ¡Presagio feliz! Maltrana no pudo contener su entusiasmo. --Sonría usted, Fernando. El cielo se viste de gala para recibirnos. Cualquiera diría que llueve oro. Fíjese bien. Es un chaparrón de libras esterlinas. ¡Tierra prodigiosa! Ojeda sonrió con dulce lástima ante el entusiasmo de su amigo. --Sí; sobre esta tierra llueven libras, pero en su pesadez se meten hondas... ¡muy hondas! Prepárese, Maltrana; tome fuerzas. Hay que agacharse en posturas dolorosas para alcanzarlas... hay que sudar mucho para llegar hasta ellas. FIN Buenos Aires-París 1913-1914 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763