Luego pasó por las avenidas de Bota Fuogo y Beira-Mar, viendo a un lado
el terso azul de las ensenadas y al otro palacios y hoteles modernos con
sus jardines de tropical vegetación, en los que predominaba la hoja
ancha y abaniqueante. De vez en cuando abríanse en estas masas de
construcciones recientes calles angostas con una doble fila de palmeras.
Extendían sus plumajes a una altura tres o cuatro veces mayor que la de
los edificios, rectas como los fusteles de una columnata, alineadas lo
mismo que una tropa de soldados viejos, y ofreciendo en el fondo la
rápida visión de un palacete de láctea blancura.
Otras veces era una iglesia la que aparecía igualmente blanca, de una
alba intensidad, sólo comparable a la de la espuma, con caperuza de
tejas verdes y azules, y en torno de ella gráciles palmeras y rosales
gigantescos.
Fernando, ante estos vestigios de la época del Imperio, evocaba en su
imaginación el típico caballero del Brasil tradicional, tal como lo
había visto en libros y grabados: galante en sus maneras, sentimental y
poético como un lusitano, la cara enjuta y pálida, con ancha perilla,
sudando bajo la levita negra y el cilindro lustroso del sombrero de
copa, un quitasol bajo el brazo y unos pantalones blancos de hilo por
toda concesión al clima de su país esplendoroso.
El automóvil lo llevó hasta una playa a través de desfiladeros y túneles
perforados en el basalto, después de los cuales reaparecía el caserío.
Siguió caminos abiertos en cornisa entre la bahía luminosa y unas
pendientes casi verticales cubiertas de bosques de un verde metálico.
Atravesó suburbios poblados por gente de raza africana, en los cuales el
sonido de la trompa hacía asomar a las puertas unas negras enormes,
tetudas, encorvadas por el volumen de sus vientres colgantes, y hacía
correr tras de las ruedas un sinnúmero de pequeños diablos desnudos, con
la cabeza como una bola de estopa aceitosa, y ostentando en mitad de su
abdomen el ombligo en relieve igual a un botón.
Pasó Ojeda mucho rato en el Jardín Botánico, admirando las gigantescas
palmeras. Resquebrajadas por una larga vida, sonoras al golpe lo mismo
que columnas huecas, iban saltando cual escamas de vejez los ramajes
secos y las cortezas, con un estrépito agrandado por la altura del
desplome. La proximidad de una montaña, cerrando el paso a toda brisa,
hacía más intenso el calor.
Huyó sudoroso de este invernáculo, y otra vez le llevó el automóvil a la
Avenida como si diese por agotadas las novedades de la ciudad. El chófer
hablaba de los hermosos alrededores, se ofrecía para llevarle a Tijuca,
ponderando la maravillosa frondosidad de sus bosques.
En la terraza de un café se agitó una sombrilla con movimientos de
saludo. Luego, dos personas abandonaron una mesa, corriendo hacia el
automóvil, que se detuvo instantáneamente. Eran Nélida y su hermano.
Sonrió ella a Fernando, como si nada hubiese ocurrido entre los dos,
acariciándole con sus ojos. El hermano experimentó una rápida simpatía
por Ojeda a verle en automóvil, y sonrió igualmente, alabando el buen
aspecto del vehículo. Se contenía para no saltar al pescante tomando
asiento al lado del conductor.
Nélida se lamentó de la pesadez de sus padres. Imposible ver nada con
estos viejos. Habían dado un rápido paseo por la ciudad, y allí estaban,
en la terraza del café, agobiados por el calor, hablando de volverse al
buque, sin fuerzas para emprender una nueva excursión. Y ella y su
hermano protestaban, ansiosos de verlo todo.
--Llévanos contigo--murmuró al oído de Fernando.
Y sin esperar su aprobación, dio algunos pasos hacia el café para hablar
con sus padres, pero sin acercarse a ellos. «Papá, mamá: nos vamos con
el doctor Ojeda.» Tampoco se tomó el trabajo de escuchar su respuesta.
Dio un empujón al hermano. «Anda, zonzo; trépate en el automóvil al lado
del chófer.» Y mientras el «zonzo» la obedecía, ella se sentó junto a su
amante. Partió el vehículo a toda velocidad, sin que ninguno de ellos
pudiese oír las recomendaciones que hacía la madre, incorporada en su
asiento.
Ojeda no sabía adónde ir, y consultó a Nélida. «A un sitio lindo»,
repitió ésta varias veces. Y el chófer, como si después de tales
palabras fuese imposible una equivocación, emprendió el camino de
Tijuca.
Ella tomó una mano del amante entre las suyas, y al recostarse en el
asiento casi descansó la cabeza en su hombro. Mostrábase arrepentida de
su escena en el buque pocas horas antes. Fernando conocía su carácter;
debía perdonarla. Y con este deseo de perdón, faltó poco para que lo
besase en plena calle.
Pasaban junto a ellos otros automóviles descubiertos con pasajeros del
-Goethe-. Parecía haberse multiplicado su número prodigiosamente al
fraccionarse en grupos. Casi todos los vehículos que rodaban a aquella
hora por la ciudad estaban ocupados por ellos. Se les veía igualmente en
los tranvías o estacionados en las puertas de tiendas y cafés.
Saludábanse con espontáneo gozo, manoteando y gritando cual si fuesen
compatriotas que se tropezaban después de larga ausencia.
Alarmado Fernando por estos encuentros, recomendó a la joven cierta
prudencia en su actitud. Podían verlos: después serían los comentarios
en el buque. Además, señalaba al hermano, sentado a dos pasos de ellos,
mostrándoles la espalda, mientras intentaba asombrar al chófer con su
vasta erudición en marcas de automóviles. Pero Nélida levantó los
hombros. ¡Lo que le importaba aquel tonto! ¡Ojalá arreglase Dios las
cosas de modo que cayese del asiento y las ruedas lo convirtiesen en
papilla!...
Luego apretaba la mano de Fernando con más fuerza, mirándose en sus
ojos.
--Viejito mío, di que me perdonas... ¡Ay, si tú quisieras! ¡si tú
quisieras!
Otra vez despertó en ella el deseo de la fuga. Hablaba de esto sin
recato, como si el hermano no pudiese oírla. Aquel infeliz no existía
para ella: lo despreciaba. Y sin embargo, por una contradicción de su
carácter, sentía a la vez gran miedo pensando en lo que podría decir
cuando llegase a Buenos Aires.
Aún estaban a tiempo. Ella imploraba la conformidad de Fernando poniendo
unos ojos suplicantes. Abandonarían al hermano con cualquier pretexto, y
éste se volvería al buque con sus padres, cansado de esperar.
Pero Ojeda acogió tales proposiciones con una sonrisa de conmiseración.
Era una loca: inútil todo esfuerzo para disuadirla. Ella apeló entonces
a las lágrimas, último recurso femenil; y Fernando, para distraerla,
comenzó a ensalzar la belleza del paisaje. Interrumpía sus desesperadas
reflexiones con llamamientos para que fijase los ojos en la tupida
arboleda y la maravillosa vista de la bahía. El remedio fue eficaz.
--¡No me quieres, me has engañado!--gemía Nélida--. Me dejas ir al
encuentro de mi hermano. Tú serás responsable de lo que ocurra.
Y cuando más afligida parecía, la vista de un arroyuelo entre las peñas,
de un árbol enorme, o del mar lejano ofreciéndose a través de la
columnata de troncos, la hacían incorporarse en su asiento a impulsos
del entusiasmo y sonreír, complacida, mientras unas lágrimas retrasadas
se desplomaban de sus párpados, enrojeciendo su nariz.
El automóvil había dejado atrás los suburbios de Río Janeiro. Subía por
un camino tortuoso, entre bosques, hacia el poblado de Boa Vista, y a
cada revuelta agrandábase el panorama y era más fresco el viento.
A un lado de la pendiente extendía la montaña su rápido declive de rocas
obscuras, de una rugosidad paquidérmica. El humus fecundo, la
temperatura tropical, la humedad que manaba por todas partes, habían
cubierto estas laderas de prodigiosa vegetación.
Surgía de la tierra amontonada entre los bloques negros, de las grietas
y oquedades de la piedra, como si ésta tuviese en aquel paisaje
maravilloso un poder de fecundidad. Estos árboles, de un verde obscuro,
eran de hojas charoladas, sin la más tenue veladura de polvo, cual si
estuviesen recién lavados. Sus troncos no alcanzaban un diámetro grande,
más bien parecían gráciles y débiles por su recta esbeltez y su altura
enorme. La humedad que refrescaba continuamente sus raíces les hacía
crecer apretados como los tallos de la hierba. El ansia de recibir la
caricia del sol impulsábalos hacia arriba atropelladamente, pugnando por
sobrepasarse unos a otros. Eran a modo de hebras de una inmensa
cabellera verde.
La fuerza vital de cada árbol expandíase en línea recta, sin encontrar
espacio suficiente para ensancharse en tal aglomeración. Los troncos,
esbeltos y altísimos, tenían en su remate una copa reducida, pero su
enorme cantidad formaba una compacta masa verde, una bóveda que mantenía
al suelo en perpetua sombra. Al filtrarse los rayos de sol por el
caparazón de hojas, llegaban a la tierra húmeda como varillas de oro
atravesando oblicuamente la penumbra del subterráneo.
En esta semiobscuridad movíanse insectos de alas vistosas; correteaban
escarabajos de colores; desarrollaban su serpenteo los hilos de agua
rezumados por la piedra, uniéndose en arroyos que descendían rumorosos
por los bordes del camino. Sobre la masa uniforme del bosque elevaban
las palmeras sus alminares empenachados. Algunos troncos faltos de hojas
cubríanse de colgantes pabellones de fibras, semejantes a vestiduras que
cayesen en andrajos.
Al otro lado del camino, por entre la empalizada de los troncos y las
copas de los árboles crecidos en la pendiente, mostrábanse a cada
revuelta la ciudad y la bahía. Las masas de techumbres rojas y pardas
estaban igualadas por la distancia. Avenidas y calles formaban un
entrecruzamiento regular de blancas cintas. Notábase en ellas el
movimiento humano como un tenue hormigueo. A trechos lo cortaba el
rápido deslizamiento de algunos puntos brillantes: automóviles y
tranvías. Emergían muchas torres sobre este caserío: unas, albas o
rosadas, con caperuzas de tejas de colores; otras, de férreo y
puntiagudo casquete, con paredes de cemento. Y sirviendo de fondo al
panorama, la enorme y tranquila copa de la bahía, con su terso azul
moteado de buques, orlada de blancos pueblecitos y encerrada entre
montañas negras de perfiles casi humanos.
El chófer iba mostrando con patriótico orgullo las nuevas bellezas que
ofrecía el paisaje a cada vuelta de su volante. Daba nombres a las
aglomeraciones de caseríos y a los picos gibosos de las cumbres. Hablaba
de las bellezas de Tijuca, que aún estaban por ver: la -Cascatinha-, una
caída de agua más allá del -Alto de Boa Vista-; la Cascada Grande; la
-Mesa do Imperador-, las Grutas de Agaziz, la «Gruta de Pablo y
Virginia».
Nélida palmoteó de entusiasmo al oír el último nombre. Quería ver cuanto
antes este lugar. Recordaba vagamente un libro que había leído con el
mismo título. Era una historia de amor, y esto bastaba para excitar su
curiosidad.
--Vamos a ver en seguida lo de Pablo y Virginia--exigió con su ímpetu de
niña caprichosa--. Debe ser muy lindo... Yo no sabía que eran de este
país.
Llegó el automóvil al Alto de Boa Vista, extensa plaza limitada por el
bosque y unas casas bajas, con jardines en el centro y un kiosco de
conciertos. Volvió el vehículo a sumirse en la penumbra de la arboleda
por un camino estrecho y pendiente. La vegetación era más densa, más
salvaje, aglomerándose en los declives de barrancos y precipicios.
Pasaba el camino de una altura a otra sobre puentes de un solo arco. El
ruido del automóvil hacía correr vertiginosamente sobre sus cuatro
patas a extraños roedores que tomaban el sol junto a la ruta. En la
maleza adivinábase un misterioso rebullimiento de animales ocultos que
escapaban despavoridos, tronchando ramas secas y haciendo llover hojas.
Cerca de la Cascatinha, al pasar una revuelta del camino solitario,
vieron tres automóviles parados, y cerca de ellos un ir y venir de
hombres. Ojeda presintió inmediatamente quiénes eran éstos, al mismo
tiempo que el hermano de Nélida creía reconocerlos, llamándolos por sus
nombres.
Se habían tropezado con Maltrana y su tropa. Iban a caer en pleno
desafío. Fernando se puso de pie, gritando imperiosamente al chófer para
que retrocediese. Tuvo que imponer su voluntad a los dos acompañantes,
que parecían entusiasmados por el encuentro. Los agarró del brazo para
que no saltasen a tierra mientras el chófer evolucionaba penosamente en
el estrecho camino dando la vuelta.
El hermano quiso reunirse con sus amigos, como si en esta soledad
pudiesen hacerle algún obsequio. Nélida miraba ansiosamente, temblándole
de emoción las alillas de la nariz. ¡Qué interesante!... ¡Ver cómo se
peleaban los hombres!... ¡Y tal vez alguno de los dos quedase herido!...
Hablaba de esto como de un hermoso espectáculo que iba a perder por
culpa de Ojeda. No se le ocurrió por un momento que ella podía ser la
causa original de este suceso.
Intentó hacer frente a Fernando. Protestaba de sus imposiciones, y le
habló de usted, para dar mayor dureza a su protesta.
--Quiero ver todo Tijuca; quiero ir adonde vivieron Pablo y Virginia.
Acuérdese de su promesa: un hombre debe tener palabra.
Él contestó que el buque partía a las doce, y la visita a todo el bosque
necesitaba muchas horas. En cuanto a Pablo y Virginia, ni eran del
Brasil ni la gruta tenía de ellos otra cosa que el nombre.
--Yo quiero verlos...--repitió Nélida--. Eso lo dice usted por
engañarme. No me da la gana de volver a la ciudad.
Pero Ojeda se acordó oportunamente del mercado de Río Janeiro, donde
estaban a la venta toda especie de animales de los que produce el
trópico: monos de diverso pelaje, loros parleros, vistosos papagayos. La
ofreció un regalo para someterla a la obediencia: podía escoger entre
estas maravillas de la fauna brasileña. Y bastó tal promesa para que,
olvidando a los que dejaba a su espalda, volviese al amoroso tuteo.
--¿De veras, mi viejo?... ¿Vas a regalarme un monito pequeño... así...
así?--y achicando la distancia entre ambas manos, se imaginaba un simio
de inverosímil pequeñez--. ¿No te parece mejor un loro de los que
hablan?... ¿Dices que me regalarás las dos cosas?... ¡Ah, mi viejito
rico... mi negro!
Y como estaban en pleno bosque, se fue sobre Ojeda, besándolo a espaldas
del hermano.
La rápida aparición del automóvil en las inmediaciones de la Cascatinha
había producido cierta alarma en Maltrana y sus compañeros. El testigo
pacificador, que tanto había rogado a Isidro para impedir el lance,
sintió gran miedo y no menor contento al notar la llegada del automóvil.
Sin duda era la policía, que, avisada por alguien del buque, venía a
sorprenderlos. Y lo mismo pensaron los demás.
Por esto cuando el automóvil dio la vuelta, alejándose, desearon todos
finalizar el acto cuanto antes, evitándose una sorpresa que consideraban
inminente.
Llevaban dos horas de vagar por los alrededores de Río Janeiro. Los
jóvenes argentinos que guiaban a la comitiva habían indicado varios
lugares adecuados para el encuentro. Llegaban a ellos, y siempre les
salían al paso transeúntes molestos, o veían próximas algunas casas que
parecían vomitar niños y perros atraídos por la presencia de los
automóviles.
Un chófer, sin adivinar cuál era el propósito de los viajeros, había
propuesto la excursión a Tijuca. Y después de pasado el Alto de Boa
Vista, al rodar en pleno bosque, les había seducido el bello panorama de
la Cascatinha.
--Aquí--ordenó Isidro con su autoridad indiscutible--. Jamás se habrá
efectuado un desafío con tan hermoso telón de fondo. ¡Lástima que no
venga con nosotros un operador cinematográfico! ¡Qué cinta pierde el
mundo!...
Apartábase la ladera de la vecindad del camino, formando un exiguo
valle. La roca aparecía entre los árboles cortada verticalmente, y desde
lo más alto de ella desplomábase una masa de agua chocando con las
puntas salientes del basalto. Hervía esta agua en varias caídas con
blancos espumarajos. El menudo polvo que levantaban sus burbujeos tomaba
los reflejos del iris bajo la luz del sol. Ennegrecidas y sudorosas las
piedras por la humedad, brillaban cual si fuesen bloques metálicos. La
vegetación tropical movía las anchas manos de sus hojas goteantes.
Hundíase la cascada en una pequeña laguna, corriendo después, espumosa y
susurrante, por los pendientes canalizos entre las peñas. La vegetación
enmarañada y las rocas sueltas sólo dejaban descubierto y accesible un
reducido espacio de suelo desigual.
Maltrana pensó en las dificultades que ofrecía este terreno para el
combate, pero le sedujo su belleza y no quiso ir más lejos. ¿Dónde
encontrar decoración más interesante para una muerte posible? Había que
elevar la voz, pues el choque de las aguas dominaba todos los otros
ruidos. Era a modo de los trémolos orquestales que dan en el teatro un
realce conmovedor a palabras y gestos. Isidro se sintió más grande en
este ambiente húmedo y sonoro. El bosque inmóvil parecía contemplarlo
con sus mil ojos verdes, entre asombrado y curioso.
Comenzó a dar órdenes a los otros padrinos, que lo seguían como los
neófitos siguen al gran sacerdote de un culto nuevo. «¡Que se retirasen
los automóviles un poco más allá de la cascada! No convenía que los
conductores presenciasen el acto.»
Y Maltrana fue obedecido. Los chóferes hicieron retroceder sus
carruajes; pero luego, con las manos a la espalda, fingiendo
distracción, volvieron socarronamente al mismo sitio, ganosos de saber
en qué iba a parar este misterio.
Con el mismo éxito se libró de otro testigo importuno: un chicuelo
obscuro de color, desnudo de piernas y con gran sombrero de paja, que al
ver llegar la comitiva se apresuró a salir de un toldo de cañas,
limpiando un vaso en un arroyo y ofreciéndolo después lleno de agua
hasta los bordes.
Era el espíritu guardador de la cascada. Bajo su sombrajo, sobre una
mesita, tenía varios botes de cristal con azucarillos y otros dulces,
ennegrecidos y acartonados por el tiempo. Pasaba las horas en absoluta
soledad, contemplando el revoloteo de los pájaros de colores en las
frondosidades inmediatas, extrayendo melodías del monótono canturreo de
las aguas, hablando tal vez con el pensamiento a las náyades de la
Cascatinha, que le mostraban en su gracioso rebullir sus grupas de
blanca espuma y aterciopelado iris.
--Toma, «menino», y márchate de aquí.
Maltrana hizo que uno de los testigos le diera unas monedas para que se
fuese, y además le llamó «menino»--lo único que sabía de portugués--,
con lo cual creyó halagarlo.
Pero el «menino» se guardó los cuartos, y en vez de marcharse se pegó a
él, como si adivinase la importancia de su persona. Y ya no pudo moverse
sin encontrar ante su paso al mulatillo con el sombrero echado atrás,
elevando sus ojos hasta los de él, bebiendo con la mirada sus palabras y
sus gestos, como si estuviese en presencia de un prestidigitador y no
quisiera perder detalle.
Se resignó Isidro a estas desobediencias, vulgares tropiezos de la
realidad... Pero había que proceder con rapidez. ¡Adelante!
Midió a grandes zancadas un espacio de veinte metros, que era el
convenido en un papel que llevaba en la mano. Un poco mayor resultaba la
distancia marcada por sus pasos. Pero era él quien había propuesto los
veinte metros, y con el mismo derecho podía medir treinta o cuarenta si
le daba la gana... Un detalle sin importancia. ¡Adelante también!
Después de fijar con una rama el sitio de cada adversario, se hizo
atrás, contemplando el terreno como un artista que abarca su obra en
conjunto. Resultaba algo desigual. Uno de los dos iba a quedar muy en
alto, con el vientre casi al nivel de la cabeza de su contrincante. Pero
había de conformarse con los defectos del terreno: las circunstancias no
permitían gran minuciosidad en los preparativos. Un detalle igualmente
baladí. ¡Adelante otra vez!
Sólo entonces volvió la cabeza, fijándose en sus compañeros. A un lado
estaban los padrinos, que seguían sus operaciones con respetuoso
silencio, no osando aportar a ellas su ignorancia perturbadora. Más
allá, con discreta separación, los dos enemigos, que se volvían la
espalda, muy ocupados en seguir la caída de las aguas o el revoloteo de
los pájaros sobre las copas de los árboles.
El amigo Gómez, con su curiosidad ávida de trágicos sucesos, le había
seguido en estos preparativos. Tras de él iba el mulatillo, abriendo los
ojos cada vez con mayor asombro al no comprender nada de tales
brujerías. Los dos jóvenes argentinos agregados a la expedición se
habían subido a la cumbre de una roca, y allí estaban sentados con las
piernas colgantes. Abajo podían verlo todo igualmente, pero ellos se
consideraban simples espectadores, y habían querido ocupar un lugar de
preferencia, un palco, en vez de permanecer mezclados con los artistas.
Sorteó Maltrana, echando una moneda en alto, el lugar de cada uno de los
combatientes. Luego los acompañó a sus respectivos sitios con una
gravedad fúnebre. Él los apreciaba mucho, «¡mis queridos amigos!» pero
en lances tales desaparece el afecto, y sólo habla el deber, el terrible
deber.
Al tener a cada uno en su puesto, lo palpaba minuciosamente, extrayendo
de sus ropas la cartera, el monedero, las llaves, los papeles, todo lo
que pudiera ser un obstáculo para la bala mortal. A continuación le
abrochaba la chaqueta, le subía el cuello, para que el blanco de la
camisa no sirviese de punto de mira, los manoseaba a los dos
cariñosamente, lo mismo que una madre manosea a sus niños antes de
enviarlos al paseo. Pero su bondad no iba más allá del tacto. En cambio,
¡la mirada autoritaria y cruel!... ¡la voz, que parecía un esquilón
fúnebre al formular sus pavorosas recomendaciones!...
El implacable director iba a poner las armas en sus manos dentro de
breves momentos, pero antes dictó a uno y a otro los detalles del
combate, para que no surgiesen errores. Cuando los dos estuvieran
listos, él daría la voz de «¡Fuego!», añadiendo: «¡Uno... dos... tres!».
En el espacio comprendido entre estos tres números debían disparar. El
que hiciese fuego antes o después, «quedaría descalificado... sería un
felón, un miserable... y el menosprecio de todo el mundo que tiene honor
caería sobre él, persiguiéndolo durante toda su existencia.
¡Terrible Maltrana! Revolvía los ojos con una expresión anonadadora al
hablar de felonías y traiciones, como si dispusiera de horrorosos
castigos para los culpables. Su voz adoptaba un tono pavoroso, y los dos
contendientes ya no pensaron desde este momento en fijar bien su
puntería ni en la posibilidad de ser heridos. Su única preocupación fue
no incurrir en el enojo de aquel hombre que podía marcarlos con un
estigma eterno ante el mundo del honor; seguir sus lecciones cual
discípulos obedientes; disparar--fuese la bala adonde fuese--dentro del
término marcado. «Fuego: uno, dos, tres.
Luego de esto se decidió Maltrana a abrir la maletilla de mano que
encerraba su arsenal. Extrajo de ella dos revólveres iguales recogidos
en el buque, y con pausada solemnidad los abrió, para que todos los
padrinos examinasen su interior. El amigo Gómez, como experto en armas,
presenciaba la ceremonia.
--¡No hay más que una cápsula!--exclamó escandalizado, cual si acabase
de descubrir una irregularidad.
Maltrana le miró severamente. Joven: las condiciones del combate habían
sido establecidas de antemano por las personas serias allá presentes. Se
cambiarían dos balas nada más.
--Pero en cada revólver no hay más que una--protestó el señorito
mestizo.
--Joven--volvió a decir Maltrana con una condescendencia protectora--:
cambiar dos balas significa que cada combatiente sólo dispara una.
Y como sospechase cierto conato de gesto burlón en la faz cobriza y los
ojos estrechos de Gómez, añadió:
--No se necesita más para matar a un hombre. Todos los que yo he visto
morir tuvieron bastante con una bala. No lo olvide usted, joven.
El joven se calló, arrepentido de su audacia, sintiendo respeto por
aquel hombre extraordinario que había presenciado tantos combates y
muertes.
Para borrar el mal efecto de sus objeciones, se prestó a ser portador de
la valija de las armas hasta el lugar que ocupaban los adversarios. Los
tres padrinos, dando por finalizado su trabajo preparatorio, que no
podía ser más pasivo, se hicieron atrás instintivamente algunos pasos.
Iba a hablar la pólvora.
Maltrana, extrayendo un revólver de su encierro, montaba la llave y lo
puso en la mano del barón, alejándose luego hacia el otro combatiente.
Gómez dio un consejo rápido al belga, que quedaba en guardia con el arma
en alto.
--Compañero, apunte a los pies. Yo conozco los revólveres; siempre
envían la bala por arriba. Créame: a los pies... siempre a los pies, y
hará carne seguramente.
Luego, en el lado opuesto, dio el mismo consejo con voz queda y ojos
relucientes de entusiasmo. «A los pies, compañero. Tírele a los pies, y
le mete la bala en la barriga. Yo sé algo de esto...» Los dos le
agradecieron su bondadosa indicación con un leve saludo. Pero tenían
aspecto de preocupados; pensaban en otras cosas; aguzaban el oído para
no sufrir las consecuencias de un retraso fatal: repetían mentalmente lo
mismo: «Uno, dos, tres...».
Fue a colocarse Maltrana al margen de la línea de fuego, entre los dos
combatientes algo más cerca del alemán, que era el que ocupaba el lugar
alto. Sospechó un instante que estaba demasiado cerca y podía alcanzarle
una bala en su desvío. Pero él era el director, todo lo había organizado
y todos le debían obediencia. Las armas estaban cargadas por él, y no
era aceptable ni correcto que un proyectil se permitiese la insolencia
de ir en su busca.
Gómez dudó también por un instante si se retiraría, pero al ver inmóvil
al maestro se pegó a él. Donde estaba un hombre, bien podía estar otro.
Además, creyó perder algo de este espectáculo nuevo, del que esperaba
grandes emociones, si retrocedía algunos pasos.
Se dispuso Maltrana a dar principio al duelo, pero antes, como un actor
que prepara la frase decisiva y mira al público, volvió los ojos en
torno de él. Momento de emoción. Los otros padrinos se habían ido más
lejos aún; los tres chóferes, enterados al fin del objeto de la
correría, se agrupaban al pie de un peñasco, avanzando las morenas
cabezas, abriendo los ojos ávidamente, pero sin que éstos reflejasen
emoción alguna. Los dos argentinos seguían en lo alto de la roca, con
las piernas colgantes, silenciosos y atentos como espectadores que ven
levantarse el telón. El chicuelo de la cascada había huido al ver los
revólveres, con un trote de perro inquieto, refugiándose bajo el telón.
Desde allí, cual si temiese por la integridad de aquellos bocales de
dulces, que eran la fortuna de la familia, abarcándolos en sus brazos,
avanzaba la jeta, mirándolo todo con ojos de antílope asustado.
Pareció reflejar el paisaje la emoción general. No graznaban los loros
en las inmediatas espesuras; los monos habían cesado de saltar entre las
ramas; pasó mucho tiempo sin que sonase la caída de una hoja o de una
corteza de árbol. Hasta la cascada parecía cantar con sordina, cual si
estuviesen balbucientes y asustadas las blancas divinidades ocultas en
sus linfas.
Se acordó Maltrana repentinamente de que era el primer orador a bordo
del -Goethe-, y consideró oportuno hacer intervenir su elocuencia. Nunca
encontraría mejor escenario para colocar un discurso. Y el primero en
conmoverse con lo patético de sus palabras y el temblor de su voz, fue
él mismo. Recordó la estrecha amistad que había unido a los dos
adversarios, su viaje «arrostrando los peligros del mar». Un momento de
olvido o de error había provocado un incidente lamentable; pero los
buenos caballeros, cuando llegan adonde ellos habían llegado, sin miedo
y sin reproche, podían darse todavía una explicación leal, evitando el
lance.
Un padrino aprobaba; otro torcía el gesto, poseído de súbita
belicosidad. No habían ido hasta allí para oír sermones. Que disparasen
pronto las armas, y a escapar, antes de que pudieran sorprenderles. Los
dos argentinos se miraban en lo alto del peñasco.
--¡Pucha! ¡y qué bien habla el gallego!
El amigo Gómez murmuró, como si empezase a perder la fe en el maestro:
--¡Cuánta ceremonia para matarse dos hombres!... ¡Qué macana!...
Isidro estaba conmovido realmente, con una emoción algo parecida al
miedo. Estos desafíos arreglados a la ligera, por salir del paso,
resultaban muchas veces los más trágicos. Un pavoroso presentimiento le
avisaba que los proyectiles no iban a perderse. A alguien iban a tocar.
Y como los adversarios permanecieran callados y era visible la
impaciencia de los demás, Maltrana dio por fracasada su elocuencia. «Sea
lo que el destino quiera...» Se quitó el sombrero con solemnidad
teatral; inclinó la cabeza como si por delante de él pasase la
fatalidad.
--Saludo a dos caballeros que van a morir.
Dijo esto con verdadera emoción, cual si la muerte de ambos fuese para
él un suceso inevitable; y afirmando la garganta con largo carraspeo,
lanzó los gritos de mando.
--¿Listos?... ¡Fuego! Uno... do...
No pudo terminar. Sonaron casi al mismo tiempo dos ruidos semejantes al
golpe de unas tabletas, dos chasquidos de tralla con dos nubecillas de
humo.
Ambos contendientes seguían en pie; se miraban como extrañados de que no
hubiese ocurrido nada. De pronto, el barón echó a correr hacia su
enemigo, éste avanzó a su encuentro, y chocaron ambos sus pechos,
mientras los brazos se cruzaban espontáneamente en un estrujón amoroso.
Los argentinos se removieron en su altura con voces de extrañeza y
protesta. ¿Ya no disparaban más? ¿Y aquello era todo?... Les habían
robado el dinero.
--¡Tongo... tongo!--gritaron al mismo tiempo.
Uno de ellos, cogiendo un pedazo de roca suelta, quiso arrojarla a guisa
de felicitación sobre los adversarios reconciliados. El otro fue a
imitarle; pero ambos se detuvieron, sorprendidos, deslizándose luego
peñón abajo... Había un herido. Maltrana se encorvaba con un pie entre
ambas manos. Gómez pretendía sostenerlo; los padrinos corrían hacia él.
A continuación de los disparos había sentido un choque en el pie
derecho, un choque violentísimo, mucho más doloroso que un pisotón, y
que agitó con estremecimientos de suplicio toda la sensibilidad de esta
parte de su cuerpo. Estaba herido, y su inquietud fue en aumento al
mirarse el pie y no ver en él señal alguna de perforación ni goteo de
sangre.
Gómez mostrábase indignado por la torpeza de uno de los dos tiradores.
--¡Hijo de una gran pulga!... ¡Si me llega a dar a mí!
Le brillaban los ojos de un modo alarmante sólo al pensar que aquella
bala perdida hubiese podido tocarle. Llevábase instintivamente una mano
a su cintura. El amigo Gómez había asistido al desafío llevando su
revólver, por lo que pudiese ocurrir.
Todos rodearon a Isidro, manoseándolo, buscando en vano la herida que le
arrancaba hondos suspiros. Ni rastro del proyectil. Sólo una leve
depresión del cuero del zapato sobre el mismo lugar entumecido por el
dolor.
Buscaba Gómez, mientras tanto, con la cabeza baja examinando el suelo.
Su instinto de hombre de campo, habituado a estudiar los más pequeños
accidentes de la inmensa llanura argentina, su trato con los maravillosos
«rastreadores», adivinos de la Pampa, le hizo encontrar la explicación
de este misterio. Señaló a algunos pasos un diminuto orificio abierto en
el suelo. Allí estaba enterrada la bala. Mostró después un guijarro
partido recientemente, a juzgar por la blancura interior de sus
fragmentos. Éste era el causante de todo. El proyectil, antes de
hundirse en la tierra, había chocado con una piedra junto a los pies de
Maltrana, y los fragmentos de ésta eran los que le habían golpeado.
Isidro, al enterarse de que no estaba herido, sintió menos dolor. «No es
nada, señores. Muchas gracias.»
El amigo Gómez, desencantado por el final pacífico del acto, y furioso
al mismo tiempo por la posibilidad de que una bala le hubiese alcanzado
a él estando junto al maestro, murmuraba tenazmente:
--¡Pucha!... ¡qué desgraciados son estos gringos! ¡Qué mal tiran!
Y sus dos compatriotas, a pesar de la distracción que les había
producido el incidente de Maltrana, continuaron gritando con expresión
burlona: «¡Tongo... tongo!».
Sintióse molestado Isidro por las murmuraciones de estos «queridos
amigos» que habían asistido al encuentro por benevolencia suya. Ignoraba
lo que pudiese significar la palabra -tongo-; pero por si equivalía a
farsa o engaño, se apresuró a decir con toda su autoridad:
--Esto ha sido un hermoso encuentro, ¿oyen ustedes, jóvenes?... Lo digo
yo, que he presenciado muchos actos de igual clase... Y como nada queda
por hacer, vámonos a tomar algo.
Los adversarios, con la alegría de su reconciliación, apenas se habían
fijado en los demás. Se estrechaban las manos, se sonreían como amantes.
Todos experimentaron el regocijo de vivir que se siente después de un
peligro; todos sufrieron de pronto el hambre que llega irremisiblemente
a la zaga de la emoción.
Roncaron de nuevo los motores de los automóviles, el niño de la cascada
abandonó su refugio con la esperanza ilusoria de que se fijasen en él y
le diesen algo por despedida, y otra vez se vieron Maltrana y su séquito
pasando a gran velocidad entre las frondosidades de Tijuca. Pero ahora
no iban silenciosos y preocupados; el sol era más vivo, los árboles más
verdes. Reparaban todos en la hermosura de los pájaros, que hacían
vibrar en el aire sus plumajes de colores. La velocidad de los vehículos
dejaba detrás de su estela de polvo y humo un temblor de árboles
conmovidos, de hojas que caían, de ramas que se entrechocaban, con
gritos y saltos de los inquietos simios refugiados en sus copas.
Al llegar a Boa Vista hicieron alto frente a una tienda de comestibles
que era al mismo tiempo taberna y café: el único establecimiento que
encontraron abierto.
Su entrada fue en tropel, lo mismo que una invasión famélica. Los
preparativos del duelo les habían obligado a salir del buque sin
almorzar. El dueño de la tienda, un español cachazudo, no sabía cómo
atender tantas y tan diversas peticiones. Querían comer; indicaban
platos a su gusto, y el tendero contestaba a todos afirmativamente, pero
aplazando el cumplimiento de sus promesas por una o dos horas, el tiempo
necesario para ir y volver a Río Janeiro.
Se abalanzaron entonces a los comestibles que estaban a la vista:
pastelillos y dulces de diversas épocas, artísticamente moteados con
deyecciones de moscas a pesar de su encierro entre cristales. El dueño,
detrás del mostrador, atendía al remedio de esta hambre general abriendo
latas de sardinas y cortando lonchas de salchichón blanducho. Todo
pasaba en extravagante mezcla por los ávidos esófagos: el salchichón
revuelto con soda, los pasteles bañados en aceite de sardinas. Y cuando
su famélica nerviosidad empezó a calmarse, rompieron a hablar del
desafío como de un suceso remoto, de un hecho histórico envuelto en las
maravillosas nieblas de la lejanía, que todo lo agiganta. Los burlones
que habían gritado «¡tongo!» modificaban su opinión al verse lejos del
lugar del combate. Una bala podía haber tumbado a cualquiera de los dos
adversarios con la misma facilidad que casi había dejado cojo a
Maltrana. Y ahora que sentían en el estómago una grata pesadumbre, les
pareció el asunto muy digno de respeto.
También Gómez empezaba a sentir cierto orgullo por haber presenciado el
duelo. Un espectáculo interesante que podría relatar a sus amistades. Y
poseído de súbita consideración por los combatientes, quería deslumbrar
al alemán con el relato de las batallas políticas allá en su provincia,
tenaces encuentros revólver en mano, sin otros testigos que los peones,
que disparaban también; desafíos gauchescos, jamás terminados sin
sangre.
El belga había acaparado a Maltrana en un rincón. Iban a separarse en
Río Janeiro, pero él no podía quedar así, con buenas palabras nada más,
sin un documento que atestiguase su conducta caballeresca. Necesitaba el
acta del encuentro, para unirla a muchas otras en el archivo de su
honor.
Otra vez el español de la tienda se vio apremiado por los llamamientos
de aquellos señores, que pedían toda clase de artículos de escritorio,
como si estuviesen en una oficina. Sólo pudo ofrecerles una ampolleta
de tinta clarucha y una pluma roma. En cuanto a papel, Isidro, que
deseaba hojas de pergamino con cantos dorados para este documento
destinado a larga vida, tuvo que contentarse con un bloque de hojas
comerciales llevando en un ángulo el membrete del establecimiento:
«-Frutos López. Productos do paiz e estrangeiros.-» Pero el honor
ennoblece cuanto toca, y él se aplicó a redactar un documento, con
pasajes de emoción dramática, ayudado por el barón, que le socorría en
sus dudas sobre la sintaxis francesa. Porque el acta era en francés,
para mayor solemnidad; el belga no la tenía por aceptable en otro
idioma.
Empezó a impacientarse el resto de la comitiva por este trabajo
laborioso. Nada quedaba en la tienda digno de ser devorado. Gómez y sus
compatriotas se entretenían saltando los bancos de la plaza. Los
padrinos pensaban con nostalgia en el comedor del buque. Eran las once
en el reloj de la tienda, y el -Goethe- zarpaba a las doce. Tenían miedo
de quedarse en tierra por culpa del tal documento, y por esto suspiraron
de satisfacción al poner la firma apresuradamente, corriendo luego a los
automóviles.
Cerca de mediodía lanzó el trasatlántico un rugido de aviso. Fueron
acudiendo a esta primera llamada los pasajeros que estaban en los cafés
de la Avenida, aburridos de la espera y del calor, sin saber qué hacer
en la ciudad, deseando verse cuanto antes en pleno Océano bajo la brisa
del mar libre.
Volvían a sus camarotes para recobrar las frescas ropas de viaje,
despojándose de los vestidos trasudados. Paseaban por las cubiertas con
la misma satisfacción del que paladea el regalo de la casa propia
después de un viaje penoso. Entraban en el buque con una emoción de
gratitud, lo mismo que si volviesen al pueblo natal. Experimentaban el
bienestar del propietario que recobra las comodidades de su vivienda al
volver a encontrar colgados y en orden todos los objetos de uso personal
que les recordaban una vida oceánica de diez días, equivalente a diez
años.
Rugió por segunda vez la chimenea y se acodaron todos en las barandas
para presenciar la llegada de los otros compañeros. Desembocaban los
automóviles en el muelle a toda velocidad, viniendo a detenerse frente
al buque, al otro lado de la verja. Junto con los pasajeros subían al
trasatlántico grandes ramos de flores, cestos de frutas tropicales,
monos y loros que saltaban sobre los hombros de sus nuevos dueños
pugnando por libertarse de las ataduras que los retenían.
Sonó el tercer rugido y se miraron los pasajeros, consultándose para
saber cuántos permanecían en tierra. Faltaban muy pocos.
La gente se agolpó en las bordas, saludando con gritos y aplausos
irónicos a los que llegaban retrasados. En la proa y la popa formaban
los emigrantes dos masas obscuras, sobre las cuales se agitaban los
pequeños redondeles blancos de las cabezas. Miraban de lejos aquella
ciudad a la que no habían podido descender, como miran los presos en
conducción paisajes y estaciones por las aberturas de un vehículo
celular. Lo único que conocían de esta tierra eran las frutas que unos
vendedores negros les arrojaban desde el muelle.
Muchos de aquéllos, fatigados de admirar palmeras y caseríos blancos,
acababan por volver las espaldas, refugiándose en los sitios más frescos
y sombreados. Únicamente sentían verdadero interés por el país de su
destino, la tierra de la esperanza, donde les aguardaba, según sus
informes, la fortuna impaciente. Ellos iban a Buenos Aires.
Una explosión de gritos y aplausos saludó el automóvil en el que llegaba
Nélida con su hermano y Ojeda. Los padres, que habían sido de los
primeros en regresar al buque, aguardaban impacientes. Pero el señor
Kasper cortó con una acogida cariñosa la belicosidad de su cónyuge,
irritada por esta tardanza. Juntos admiraron el pajarraco rojo y verde
que sostenía Nélida en una mano. Lo llevaba con frecuencia a sus
mejillas, besándole el corvo pico. El afán de novedad le hacía reclamar
luego un mono que ostentaba su hermano en un hombro, bestiecilla
inquieta con ojos de demente y una cola doble de larga que su cuerpo. El
muchacho intentaba resistirse: entre el mono y él se había establecido
desde el primer momento una dulce simpatía. Pero Nélida se lo arrebató,
paseando sus labios frescos por la temblona cabecita del simio.
Los esposos Kasper se conmovieron al saber que los dos animales eran
regalo del doctor Ojeda. Miraron en torno para darle las gracias por sus
atenciones con la niña, pero hacía rato que se había retirado a su
camarote, deseando librarse cuanto antes de la sociedad de Nélida.
Habían llegado al buque en franca enemistad. Hasta el último momento
habló ella de la conveniencia de fugarse. Propuso nuevos paseos por el
interior de Río Janeiro, se retardó en los cafés y las tiendas, con el
visible propósito de que pasase el tiempo y el trasatlántico se marchara
sin ellos. Al final, Ojeda se había irritado, imponiendo
autoritariamente la vuelta inmediata al -Goethe-. Y Nélida, ofendida,
sólo había tenido desde entonces palabras tiernas y caricias para los
dos animales. En cuanto a él, lo detestaba.
Comenzó a zarpar el vapor. Soltáronse los cabos que lo unían a tierra;
la proa se apartó del muelle. Rugía la música la marcha de partida.
Algunos pasajeros se mostraron inquietos recordando a los de la comitiva
del desafío. Se iban a quedar en tierra. Indudablemente había ocurrido
una desgracia.
Y cuando todos, con un pesimismo contagioso, daban por segura la
catástrofe, se produjo un movimiento general hacia la borda que
enfrentaba al muelle. ¡Ya llegaban!... Salieron de la Avenida los tres
automóviles a toda velocidad, y una vez junto a la verja, saltaron de
sus asientos los pasajeros, yendo a todo correr hacia el buque. En aquel
momento su costado se despegaba del muelle con lentitud. Hubo que bajar
otra vez la escala. Un minuto más, y habrían tenido que alcanzar al
-Goethe- en un bote en mitad de la bahía.
Maltrana subió el primero con su valija de mano, no queriendo contestar
a las preguntas de los curiosos. Tenía prisa de ganar su camarote para
cambiarse de ropa. La gente, al ver que volvía sólo el alemán con los
padrinos y acompañantes, dio por cierta la catástrofe, con la afición
que muestran las masas por los finales trágicos. El barón belga estaba
herido: tal vez había muerto a aquellas horas. La noticia dio la vuelta
al paseo, despertando en las señoras un coro de lamentaciones: «¡Un mozo
tan cumplido! ¡Qué desgracia!...».
Los amigos del alemán, viéndolo sano y triunfador, se lo llevaban al
fumadero con abrazos y palmadas en la espalda. Sonaron los taponazos del
champán como prólogo de la descripción del combate. Algunos pasajeros
volvían la espalda con indignación para no presenciar esta apología del
homicidio. Mirando al muelle cada vez más lejano, con sus personas
súbitamente empequeñecidas, fijáronse en un hombre que agitaba el
sombrero y abría los brazos haciendo locos movimientos de despedida.
--¡Pero si está allí!... ¡Si es el belga, que nos dice adiós!...
La noticia hizo correr al pasaje en masa a un lado del vapor. Sí; era
él: todos lo reconocían. Y a pesar de la distancia, gritaron los más,
enviándole un saludo por encima del agua azul, entre el revoloteo de las
gaviotas y las palmeras de una isla que parecía avanzar poco a poco
enmascarando el muelle.
En el centro de la ciudad se había despedido el belga de la comitiva
para quedarse en su hotel. Pero luego se arrepintió. Su deber era ir a
decir adiós a los demás compañeros de viaje. ¡Quién sabe qué mentiras
contarían aquellos buenos amigos al relatar el desafío! Había que hacer
constar que estaba incólume como el otro...
Corrió al puerto, agitándose con desesperación al ver que se alejaba el
buque sin que nadie reparase en su persona. Y cuando al fin llegó hasta
sus oídos el bramido de saludo, se creyó recompensado de todos sus
sinsabores y penalidades de hombre de honor. ¡Adiós, -Goethe-! ¡Adiós
Nélida!... Tal vez la voz de ella se había unido a esta aclamación de
despedida.
Se enfrió el entusiasmo de la gente al enterarse de que los dos
adversarios estaban sanos y enteros. Los mismos que poco antes parecían
indignados en nombre de la civilización y la dulzura de las costumbres,
lamentando la muerte del belga, torcían ahora el gesto cual si fuesen
víctimas de una broma de mal gusto. «¡Farsantes!... ¡Alarmar a personas
respetables con un desafío de morondanga!...»
Sobre las ruinas de los dos adversarios, súbitamente caídos de la
gloria, iba elevándose un nuevo héroe. Gómez y sus amigos, deseosos de
hacer constar que ellos lo habían presenciado todo, hablaban de
Maltrana, de sus palabras elocuentes, de la serenidad con que se había
expuesto a la muerte, del balazo en un pie. El afán que siente todo
cuentista de amplificar y abultar los sucesos, para tener en suspenso a
sus oyentes, les hizo lanzarse de buena fe en las más absurdas
exageraciones, ensalzando los méritos del director del combate. «¡Qué
Maltrana tan corajudo!... ¡Qué tigre!»
Y mientras se formaba y consolidaba en las cubiertas rápidamente un
prestigio de héroe para Isidro, éste, con toda calma, tomaba un baño y
se vestía de blanco, luego de repeler aquel traje de lanilla que le
había atormentado con su peso lo mismo que una armadura.
Al salir del camarote se tropezó con «el hombre fúnebre».
«¡Y yo que me lo imaginaba a estas horas en la cárcel!...--pensó--. No
habiendo sido aquí, será en Buenos Aires. La policía de allá debe estar
mejor informada.»
Le produjo alguna sorpresa ver que «el hombre fúnebre» iniciaba un asomo
de sonrisa y de saludo. «¡Ah, bellaco!» Ahora le miraba como si quisiera
hacerse amigo suyo. Era sin duda a impulsos del miedo que acababa de
pasar... Y acogiendo esta muda amabilidad con desdeñosa altivez, siguió
adelante, sin responder al saludo.
La gloria salió a su encuentro. Le rodearon las gentes en la cubierta,
mostrando gran interés por su salud. Hasta las damas menos comunicativas
le pedían noticias. Ahora sí que podía llamarlos a todos de verdad «mis
queridos amigos». Sonreían algunas señoras, con el dulce reproche
femenil que lamenta y celebra a un mismo tiempo las temeridades del
valor, y le amenazaban cariñosamente moviendo una mano con el índice en
alto. «¡Ah, calaverón!... ¡Mala persona!»
El doctor Zurita, enterado por sus hijos de lo ocurrido, se acercó a
Maltrana con la irresistible simpatía que inspiran los actos de coraje a
todos los de su país.
--¡Ah, gallego diablo!... Ya me lo han contado todo. Muy bien... Tome
uno de hoja.
Y le dio el mejor de sus habanos como un tributo de admiración.
Todos le miraban los pies, fijándose en sus zapatos blancos de lona. Los
otros los guardaría seguramente abajo como un recuerdo. Muchos querían
examinarlos para apreciar los destrozos del proyectil. Las mujeres, con
súbita inquietud, le obligaban a sentarse al lado de ellas.
--No haga locuras, Maltranita; tenga cuidado. Las heridas en los pies,
por insignificantes que parezcan, traen a veces malos resultados.
Y algunas se lanzaban a recordar heridas sufridas por individuos de su
familia, accidentes de la vida en la Pampa, con cuyo relato se iban
olvidando del héroe.
--No pasee, señor; ande lo menos posible. Es un consejo de la
experiencia.
Esto le dijo en francés una voz tímida y respetuosa; y al levantar los
ojos, vio Maltrana al «hombre lúgubre». ¡Éste también se unía a la
general admiración!... ¡Un hombre que se hallaba bajo la amenaza del
presidio dejaba en olvido su propia suerte para interesarse por su
salud!... ¡Qué gran cosa el valor!
El último en aproximarse fue Ojeda, cuando ya se habían disuelto los
grupos de admiradores. A la mirada interrogante de Fernando, que parecía
asombrado, contestó con un guiño malicioso y un leve encogimiento de
hombros. No había de qué asustarse.
--Todo mentira--murmuró con voz tenue--; «pura parada», como dicen los
criollos. Pero deje usted que se hinche el entusiasmo. Con esto no se
hace mal a nadie... Vamos a almorzar.
El buque había salido de la bahía. Deslizábase entre islotes de tupida
vegetación y escollos que emergían sus negras cabezas con greñas verdes.
Las montañas de forma humana parecían alejarse tierra adentro. La ciudad
se había ocultado, dejando en la memoria de todos una visión de blancas
construcciones, altas palmeras, ensenadas azules bordeadas de jardines,
rostros congestionados por el calor, ropas húmedas y sudorosas. La brisa
del mar libre esparció su hálito vivificante por todo el buque.
Con los preparativos de salida se había retrasado el almuerzo, y esta
tardanza, así como la variedad de flores sobre las mesas y los víveres
adquiridos en tierra, dieron nuevo encanto a la general nutrición. Todos
comían con apetito, celebrando la frescura del comedor luego de la
pesadez caliginosa de la ciudad. Algunas mesas estaban libres, y los
pasajeros esforzaban su memoria para recordar a los que se habían
quedado en Río Janeiro. En otras se agrupaban los brasileños recién
embarcados. Iban a Montevideo, y allí transbordarían a los vapores
fluviales que, siguiendo el Paraná y el Paraguay, llegaban, tras
veinticinco días de viaje, al corazón de su país.
Maltrana había realzado su triunfo manteniéndose en serena modestia,
fingiendo no ver las miradas curiosas y admirativas. El señor Munster le
hablaba ahora con respetuosa gravedad, no osando permitirse más bromas
con un hombre que andaba a tiros y almorzaba luego tranquilamente sin
acordarse del peligro. El doctor Rubau le contempló con melancólica
conmiseración. «¡Ah, juventud, loca juventud!... ¡Tan apreciable que es
la vida!» Lo afirmaba él, vestido siempre de negro, refractario al trato
de las gentes, con una marcada tendencia al encierro y al llanto.
Después del almuerzo, Ojeda se encontró solo en el jardín de invierno.
Su célebre amigo estaba acaparado por la atención general y no venía a
sentarse a su lado cual otras veces. Pasaba de mesa en mesa; lo rodeaban
los jóvenes, que acabaron por llevárselo al fumadero.
Notábanse grandes claros en la concurrencia. Las gentes no parecían las
mismas de antes. Había desaparecido la inconsciencia alegre de la vida
oceánica. Todos, al pisar el muelle, habían sentido que pertenecían al
suelo firme, recordando de pronto las preocupaciones de su existencia
anterior. La tierra recobraba sus derechos sobre ellos, y al volver al
buque eran otros. Ya no vivían la vida del presente, con olvido del
resto del mundo, como si la humanidad hubiera muerto, los continentes se
hubiesen hundido y no quedasen sobre el planeta otras personas que este
puñado de seres flotando sobre un arca de acero, sin tener que
preocuparse de la comida, que encontraban siempre pronta, sin miedo a
los compromisos sociales de un mundo lejano, con los apetitos en
libertad y la conciencia soñolienta.
Los negocios resurgían en la memoria de todos con mayor premura, como
si en este período de olvido hubiese aumentado su interés. Cada uno
pensaba en la causa que le había arrastrado a este hemisferio. Los
residentes en América sentían los primeros asaltos de la inquietud. ¿Qué
malas noticias saldrían a recibirles? ¿Cómo iban a encontrar los
negocios después de su ausencia?... Los que iban a las tierras nuevas
por primera vez sufrían la angustia de la incertidumbre, la duda del que
va a arrostrar una prueba decisiva. Y todos, obsesionados por sus
pensamientos, se apartaban y aislaban para reflexionar mejor.
Restablecíanse las distancias sociales, que en mitad del viaje parecían
haberse suprimido. Las caras ya no sonreían. Todos, con gesto de
preocupación, evitaban la familiaridad. Parecían tener miedo de que las
relaciones amistosas de a bordo se prolongasen en tierra. Un intento de
aproximación y de confidencia se traducía como amenaza de inmediatas
peticiones.
Los de menos fortuna, que hasta entonces habían gastado pródigamente,
con la facilidad que proporciona el crédito, comenzaban a restringir sus
necesidades extraordinarias en el comedor y en el fumadero. Se acordaban
de pronto de los numerosos vales que llevaban firmados: iba a llegar el
momento de ajustar cuentas con el mayordomo. Un ambiente de tristeza y
desasosiego se esparcía por el buque, velando las voces y haciendo
languidecer las conversaciones. Los sitios vacíos inspiraban el
melancólico recuerdo de los ausentes. El salón de invierno ofrecía el
aspecto de una reunión de familia después de una desgracia.
Ojeda también estaba triste. La soledad favorecía el desarrollo de sus
remordimientos. Pensaba con vergüenza en sus aventuras, y a la vez, por
una contradicción bizarra, pensaba también en Nélida, extrañando su
ausencia. Esperaba verla aparecer de un momento a otro en la ventana
inmediata, lo mismo que en las tardes anteriores. Se habían separado con
enojo al llegar al buque; pero estos enfados eran siempre en ella de
corta duración, y horas después se aproximaba, anunciando con maliciosos
guiños su propósito de bajar al camarote... Pero hoy transcurría el
tiempo sin que Nélida apareciese.
Cansado de este abandono, salió Fernando a la cubierta, y al dirigirse
hacia el lado de proa, lo primero que vio en «el rincón de los besos»
fue a Nélida tendida en una silla larga, con los ojos entornados,
dejando al descubierto una buena parte de sus piernas, cubriéndose la
cara con una mano como si quisiera ocultar su rubor, mientras a través
de los dedos brillaban sus ojos de malicia. Y sentado junto a ella
estaba Maltrana, el heroico Maltrana, expresándose con vehementes
gesticulaciones, echando el busto hacia adelante, cual si la muchacha
tirase de él con magnética fuerza.
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