suerte. ¡Cosa hecha! Aquella loca podía considerarla como suya. La familia no debía inspirarle inquietud; lo peligroso era la banda, todos aquellos jóvenes habituados al trato de Nélida, unos como amigos, en espera de algo mejor, otros en continua rivalidad, pero satisfechos de la parte de posesión que consideraban ahora en peligro. Iban a indignarse al ver que un hombre serio, de mayor edad que ellos y que jamás había intervenido en sus fiestas, se llevaba el objeto de sus alegrías. ¡Ojo, Fernando! Había que mirar con cierto cuidado a esta juventud insolente, de varias nacionalidades, que no tenía motivo para guardarle respeto. --La niña va a caer sobre usted como un fardo pesado. En tierra se resisten mejor estas cosas; aquí tendrá que aguantarla a todas horas. Ha perdido su trato con las mujeres; las más atrevidas sólo la saludan con un movimiento de labios, y al faltarle la sociedad de su banda, se refugiará en usted... ¡Afortunadamente, me tiene a mí, que puedo aligerarle de este peso!... Apareció Nélida en la puerta del fumadero, mirando hacia el lugar donde estaban los dos amigos. Al ver a Ojeda inmóvil en su sillón, movió la cabeza con gesto aprobativo. Muy bien. Así le quería: obediente. Mientras ella se aproximaba, Isidro se marchó. --Hasta luego... Comprendo que estorbo. ¡Buena suerte! Recobró su asiento Nélida vibrante y nerviosa, golpeando con el abanico un brazo del sillón. ¡Ah, su madre! ¡Aquella mulata antipática, a la que en nada se parecía! Siempre coartando su libertad, siempre con miedo a lo que diría la gente y hablando de virtud. ¡Y si ella repitiese lo que había oído a ciertas criadas viejas traídas de América, que servían a su madre desde el principio de su matrimonio!... La insufrible señora abusaba de su silencio riñéndola en nombre de la moral: una cosa excelente para la edad de ella, pero falta de significación y de utilidad para los verdes años de Nélida. Se había peleado con la madre porque pretendía llevarla inmediatamente al camarote con el pretexto de que eran las once. Insultó luego en voz baja a los antiguos adoradores, que rondaban cerca de las dos para gozarse en su obra, y sin aguardar contestación había volado otra vez hacia Fernando. --Si usted lo desea, me retiraré--dijo éste--. Yo no quiero que sufra molestias por mi culpa. Ella se indignó, como si le propusiese algo contra su honor. Debía permanecer al lado suyo, ahora más que antes. Bastaba que le ordenasen una cosa, para ansiar con irresistible deseo todo lo contrario. ¡Ay, si no temiese estorbar a papá, que estaba jugando al -poker- con unos amigos! Sería suficiente una palabra suya para que interviniese con toda su autoridad, dejándola triunfante sobre la madre desesperada... Iban a tener que separarse dentro de unos instantes. --Verá usted cómo llega el zonzo de mi hermano con la orden de que me vaya a dormir... Y tendré que obedecer a esa señora por no dar un escándalo. ¡Qué rabia! Ojeda pensó con cierta inquietud en las complicaciones y contrariedades que iban a alterar su plácida existencia por obra de esta mujer. Habría de ganarse la simpatía de aquella señora cobriza, luchando además con la mala intención de los de la banda... Y todo ello por un resultado problemático, pues no estaba seguro de que en adelante se mostrase del mismo humor esta muchacha caprichosa y mudable. Iba a arriesgar una proposición que significase algo positivo, a solicitar una promesa de verse al otro día en lugar menos público que la cubierta de paseo, cuando ella le miró imperiosamente y dijo en voz queda: --A las doce... Le espero a las doce. ¿A las doce de qué?... ¿Dónde debía estar a las doce?... Nélida pareció impacientarse, al mismo tiempo que sonreía con cierta compasión. ¡Y afirmaban todos que Ojeda tenía talento!... A las doce de aquella noche; y en cuanto a lugar para verse, su camarote. ¿Cuál otro podía ser? Ella le esperaría con la puerta entornada. ¡Qué torpes eran los hombres!... Así, con sencillez, sin dar importancia alguna a sus indicaciones. Cuando él titubeaba antes de formular una proposición, rebuscando palabras para hacerla más suave, ella había salido a su encuentro, abriéndole el camino rudamente. Fernando movió la cabeza con gravedad, lo mismo que si se tratase de un lance de honor. Muy bien; a las doce llegaría puntualmente. Nélida dio detalles de su instalación. Ocupaba sola un pequeño camarote; en otro inmediato estaba su hermano; más allá sus padres, en uno más grande. Vería luz en la puerta entreabierta. No tenía más que llegar cautelosamente, arañar la madera... Pero se detuvo en sus indicaciones. --¡Ya llega ese imbécil!... ¡La orden para ir a dormir! El imbécil era el hermano, que se presentó saludando a Ojeda con voz balbuciente, mirándolo como a un personaje importante que inspira respeto y poca simpatía. Nélida, al ponerse de pie, se desperezó con voluptuosa expansión. Parecía más alta, como si su cuerpo se dilatase de los talones a la nuca con el serpenteo nervioso que corría por él. --Buenas noches, señor... Encantada de las cosas lindas que me ha dicho. No olvide los versos. La vio alejarse al lado del hermano, que trotaba, no pudiendo seguir sus pasos largos. La satisfacción de una nueva conquista, la inquietud de algo desconocido que iba a revelarse en breve, el orgullo de desobedecer a todos imponiendo su capricho, enardecían la briosa juventud de Nélida, dando nueva frescura a su animalidad triunfante y majestuosa. Paseó Ojeda por la cubierta para entretenerse hasta la hora de la cita. ¿En qué día estaba?... Miércoles nada más. Era el mismo día en que había entrado por primera vez en el camarote de la Eichelberger. ¡Y él se imaginaba que iba transcurrido mucho tiempo, días y días, semanas, meses, desde esta aventura triste! Las horas se deslizaban a bordo de un modo irregular, con una celeridad loca o una monotonía interminable, según eran los sucesos. Sólo habían transcurrido unas pocas, y otra vez iba a bajar cautelosamente al interior del buque en busca de una mujer en la que no pensaba poco antes. Si alguien le hubiese anunciado esto por la mañana, al levantarse, habría reído incrédulamente. Contaba con los dedos, para reconstituir en su memoria los sucesos de los últimos días. El domingo, víspera del paso de la línea, Maud. El lunes, la derrota y la burla que le hacían odioso el recuerdo de Mrs. Power. Al otro día, Mina, la melancólica, que había prolongado su dulce encantamiento hasta la tarde del día presente. Y ahora, Nélida, que venía hacia él contra toda lógica, cuando menos podía esperarlo; Nélida, «la de la boca de tigresa--como decía Maltrana en su afición a los apodos homéricos--, la de los ojos de antílope y la carne primaveral». En cuatro días tres amores... La vida de a bordo quería borrar con la rapidez de los hechos la monótona languidez de su ambiente. En tierra, donde las personas, por más que se busquen, pasan al día muchas horas sin verse, habría necesitado cuatro meses, o tal vez más, para llegar a este resultado. Aquí todo era fácil, gracias al hacinamiento y el tedio de tantos seres distintos y contradictorios, obligados a convivir como las infinitas especies del arca diluviana. Cerca de las doce cesó Ojeda en sus paseos. Deseaba bajar a la penúltima cubierta sin ser advertido. A estas horas podía llamar la atención verle en las profundidades del buque, a él, que tenía su camarote en el mismo piso del comedor. Las recomendaciones de Isidro le hicieron pensar con cierta inquietud en los jóvenes de la banda. Parecía disuelta esta noche al faltarle la presencia de la señorita Kasper, que era en ella el eje central, el polo de atracción. Algunos de sus individuos estaban diseminados en las mesas del fumadero, siguiendo las partidas de -poker-. Dos marchaban por la cubierta, y a Fernando le llamó la atención la frecuencia de sus encuentros, como si no le perdiesen de vista. Aprovechó un momento en que estaba desierto el paseo para deslizarse por una escalera. Bajó dos pisos sin encontrar a nadie. Luego avanzó por un pasadizo, de puntillas sobre la tupida alfombra roja con grandes redondeles, en cuyo centro se ostentaba el nombre del buque. De algunas puertas surgían furiosos ronquidos. Creyó que sonaban detrás de él leves roces, como si alguien le siguiese. Se imaginó ver unas cabezas que le atisbaban asomadas a una esquina del corredor y que de pronto se ocultaron. Pero ya no podía retroceder, y siguió adelante, mirando los números de los camarotes. La puerta estaba entreabierta, y antes de que él llegase se marcó en su estrecho rectángulo de luz la arrogante figura de Nélida. Iba vestida simplemente con un kimono azul, el mismo que Fernando le había visto comprar en Tenerife. Unos brazos blancos y fuertes, completamente desnudos y que esparcían un perfume de carne fresca recién lavada, salieron al encuentro de él, agarrándose a su pecho como tentáculos irresistibles. --¡Entra, tonto!--ordenó imperiosamente con voz enronquecida al notar su vacilación--. Ésos andan por ahí... pero no importa. ¡Entra, no pierdas tiempo! Y tiró de él rudamente, lo mismo que en las callejuelas de muchos puertos tiran de la marinería ebria brazos desnudos con adornos de latón surgiendo de ciertas casas. Poco después de la salida del sol, despertó Ojeda en su lecho. Sonaba la música en el inmediato corredor, junto a la puerta del camarote. «Hoy es domingo», pensó, en la torpeza del despertar. Pero una extrañeza repentina disipó las últimas brumas de su sueño. Hizo un rápido cálculo de días. No, no era domingo. Además, la música sonaba alegremente una especie de diana de caballería que no podía confundirse con el solemne coral luterano. A continuación de esta diana, una polca saltona con locas cabriolas de clarinete, y luego se retiraron los músicos. «Debe ser una alborada en honor de alguno de los alemanes vecinos míos. Cualquiera diría que era para mí.» Y Ojeda volvió a dormirse. Dos horas después, mientras se vestía, quiso saber el motivo de esta música, preguntando al camarero que entraba con un jarro de agua caliente. El -steward- contestó rehuyendo sus ojos. Era un obsequio al pasajero de al lado, un alemán que pasaba las noches jugando en el café hasta que apagaban las luces. Sin duda, los amigos le habían dedicado esta alborada por ser su cumpleaños. Y vagó bajo su recortado bigote una sonrisa de servidor discreto que piensa en la hora de la propina y miente por no molestar al señor. Arriba, en el paseo, el primero que le salió al encuentro fue Maltrana. --¿Ha oído usted la música?--preguntó con cierto misterio. Ojeda quiso mostrar que estaba bien enterado. Sí; era en honor de un vecino suyo que celebraba su cumpleaños. --No, Fernando; la música era para usted... Cosas de esos chicos, que están furiosos por la traición de Nélida. Una ironía pesada y roma como sus zapatos. Había sorprendido a primera hora las conversaciones de algunos de la banda, que comentaban con orgullo lo ingenioso de su burla. Al espiar a Ojeda en la noche anterior y enterarse de su buena suerte, habían tenido un conciliábulo en el fumadero, despertando después al jefe de la música para encargarle esta alborada. Era una felicitación que le dirigían los antiguos amigos de Nélida. En el primer momento tuvo Fernando un arrebato de cólera. ¡A él con musiquitas!... Sentía deseos de insultar a todos aquellos jóvenes, con la temeridad que comunica a todo hombre un amor nuevo. Pero Isidro rio de su indignación. ¿Qué había de malo en aquello?... Podían seguir dedicándole obsequios de tal clase, si era su gusto, mientras él continuaba tranquilamente en el goce de su buena aventura. Con música, ciertas cosas resultan mejor... Y Fernando acabó por reír igualmente de una broma torpe que ridiculizaba a sus autores. Maltrana le habló luego de Nélida. Debía sentir impaciencia por encontrarse con él. Media hora antes la había visto en el paseo mirando a todas partes, como si lo buscase. Ni siquiera había hecho sus arreglos matinales. --Iba como si se hubiese vestido a toda prisa, y con la melena alborotada. Debe haber vuelto a su camarote para adecentarse un poco. Tiene hambre de verle. Pero ¿qué diabólico secreto es el suyo, Ojeda, para obtener tales éxitos? Debía comunicarlo a los amigos... La proximidad de Nélida le hizo callar. Venía ahora la joven muy distinta de como la había visto Isidro poco tiempo antes. Sus crenchas cortas aparecían rizadas; acababa de vestirse un traje nuevo; se movía con menudos pasos empinada sobre altos tacones; adivinábase en toda ella una preocupación por embellecerse y agradar. Su rostro, bajo una capa reciente de polvos, parecía alargado, con leves oquedades en las mejillas, rastros sin duda de emociones debilitantes. Un círculo de sombra orlaba sus ojos, agrandándolos. Cuando tomó la mano de Fernando la retuvo largo rato, mientras fijaba en él una mirada interrogante... ¿Contento? Él sonrió con la gratitud de un buen recuerdo, satisfecho a la vez de esta ansiedad de la joven por conocer el estado de su ánimo. Adivinando Isidro lo inoportuno de su presencia, alejóse sin despedirse de ellos. Nélida, al verse sola, se aproximó más a su amante con un impulso de entusiasmo. --¡Mi rey! ¡Mi dios!... ¡Mi... hombre! Y faltó poco para que lo besase en plena cubierta. Él se dejaba adorar con un orgullo de varón satisfecho de su persona. Acordábase de Mrs. Power, comparándola con Nélida. Ésta, al menos, conocía la gratitud... Pasearon juntos con imperturbable tranquilidad. Ella mostraba un visible deseo de espantar a las gentes con su atrevimiento, de enterar a todos de esta nueva aventura, que parecía enorgullecerla. Pasaron ante «el banco de los pingüinos» y ante sus vecinas «las potencias hostiles», con repentino malestar de Ojeda, que deseaba retroceder, pero no se atrevía a decirlo. Afortunadamente, a aquella hora sólo había unas pocas señoras, que fingieron no verles, y luego, a sus espaldas, se miraron con el ceño fruncido y moviendo la cabeza. «¡Qué escándalo!...» Luego pasaron ante Isidro, que hablaba con Zurita de espaldas al mar. El doctor los siguió con un gesto de cómica admiración. --Compañero, ¡y qué valiente es su paisano! Cada día con una... ¡y a su edad! Porque él no es ningún mocito... ¡Ah, gallego tigre!... En las inmediaciones del fumadero estaban sentados unos cuantos de la banda, y al verles venir cambiaron miradas y toses. Ojeda se irguió arrogante, cual si presintiera un peligro. Pasó mirándolos con ojos de provocación, pero todos parecieron ocupados de pronto en importantes reflexiones que les hacían bajar la frente, y no se fijaron en él. Nélida, con un ligero temblor, mezcla de miedo y de placer, se agarraba convulsivamente a su brazo. Fernando sonrió: mejor era así. ¡Si alguien hubiese osado la menor burla!... Y ella le escuchaba con asombro y satisfacción. ¿Habría sido capaz de pelearse por ella?... ¿Lo mismo que en las novelas o en el teatro? Y como él contestase afirmativamente, sin jactancia, con sencillez, Nélida casi le saltó al cuello. --¡Mi rey!... ¡Mi hombre!... ¡Lástima que estemos aquí! ¡Ay, qué beso te pierdes! Encontráronse con el señor Kasper, que los acogió con toda la bondad de su rostro patriarcal. «Papá... papá.» Su hija le besaba las barbas venerables, insistiendo en esta caricia con un runruneo de gata amorosa. El padre miró a Fernando con ojos dulces y protectores, como si un presentimiento le hiciese adivinar la realidad y lo considerase ya de la familia. El señor Kasper, que hasta entonces sólo había cambiado con Ojeda algunas palabras de cortesía, le habló con familiar confianza, haciendo elogios de su niña. «¡Esta Nélida!... Algo traviesa. No quiere obedecer a mamá... Pero es un ángel, un verdadero ángel.» Y acariciaba sus cortos cabellos con una mano temblona de emoción. Se habían sentado en un banco, colocándose ella entre los dos. ¡Qué felicidad!... Su padre a un lado, y al otro su hombre. Así deseaba quedar para siempre, mirándose en los ojos de Fernando, oyendo la voz del señor Kasper, una voz de predicador evangélico, que, a impulsos de la costumbre, pasó de los afectos de familia a hablar de negocios. Daba consejos a Ojeda, demostrando gran interés por su porvenir. Bastaba que fuese amigo de la niña para que él considerase sus asuntos como propios. Debía proceder con mucha cautela en el Nuevo Mundo. Los negocios buenos eran abundantes, pero también las gentes sin conciencia que estaban a la espera de los recién llegados para abusar de su ignorancia. Él sabía que Fernando llevaba capitales para emprender allá algo importante. Maltrana le había hablado de esto. Y por afecto nada más, le ofrecía la ayuda de sus conocimientos para cuando llegasen a Buenos Aires... Porque él esperaba que su amistad no se limitaría a un simple conocimiento de viaje: tenía la esperanza de que en tierra aún serían más amigos. --¡Quién sabe, señor, si llegaremos a hacer algo juntos! Yo tengo allá... Y comenzó la exposición de una de las muchas empresas que, según él, le habían arrancado de su tranquilo retiro de Europa, no porque necesitase trabajar, sino porque era lastimoso permitir que se perdiesen negocios tan estupendos. Nélida, casi de espaldas a su padre, no dejaba que Fernando le oyese con atención. Fijos sus ojos en los de él, buscaba al mismo tiempo una de sus manos, y llevándola detrás de su talle, la oprimía con invisibles apretones. A ella no le interesaban los negocios; podía hablar papá con su voz reposada y musical todo lo que quisiera: no le oía; a ella sólo le interesaba lo suyo. Y movió los labios sin emitir la voz, indicando con marcadas contracciones el mudo silabeo. Ojeda la entendió. --¡Dueño mío!... ¡Mi dios!... ¡Te amo! La mano oculta apoyaba estas palabras con fuertes estrujamientos. Un amigo de Kasper vino a sacarle de la infructuosa predicación, libertando a sus distraídos oyentes. Le esperaban en el fumadero para empezar la partida matinal de -poker-. --Hasta luego, señor. Los amigos me reclaman. Tiempo nos queda para hablar de estas cosas. Y sonrió por última vez a Ojeda, como si contemplase en él un socio futuro de las grandes empresas ofrecidas generosamente. Al verse libres los dos amantes de su verbosidad serena e inagotable, huyeron del banco, continuando el paseo. Hablaban de subir a la cubierta de los botes, cuando una voz los detuvo sonando a sus espaldas. «Nélida... Nélida...» Ahora era la madre la que salía a su encuentro para hacerla varias recomendaciones sin importancia. Fernando adivinó un pretexto para aproximarse a él. «¡Buen día, señor!» Sus ojos brillantes y húmedos de llama andino acompañaron el saludo con una mirada de atracción. Y sin saber cómo, se vio Ojeda otra vez formando parte de la familia Kasper bajo las miradas protectoras de la mestiza. Se apoyaron en una barandilla frente al mar. Nélida mostrábase inquieta y displiciente, como si para ella fuese un tormento permanecer al lado de su madre. Por detrás de la cabeza de ésta hacía señas a Fernando; le hablaba con el movimiento silencioso de sus labios. «Vámonos: déjala.» Pero él no podía obedecer, retenido por las palabras amables y las miradas de la señora, que se enfrascaba en un elogio de las cualidades de su hija. --Es un poco loquilla y no hace caso del «qué dirán» de las gentes. Pero aparte de esto, muy hacendosa, ¿sabe, señor?... Y el día de mañana, cuando se case y siente la cabeza, será una excelente madre de familia. Crea que el marido que se la lleve no se arrepentirá. Y miró a Fernando con ojos interrogantes, cual si le ofreciese esta dicha perpetua esperando ver en su rostro una sonrisa de agradecimiento. Nélida, a espaldas de ella, continuaba su mímica. Estos elogios a sus facultades de dueña de casa y el deseo de verla madre de familia la hacían encogerse de hombros y contraer el rostro con gestos de repugnancia. «Vámonos--siguió diciendo mudamente--. No la oigas más.» La madre los dejó en libertad, adivinando de pronto lo inoportuno de su presencia. --Sigan ustedes su paseo. Las viejas estorbamos siempre a los jóvenes. Dijo esto con un aire de madre benévola y cariñosa, como si bendijese con los ojos la unión que veía en lontananza. Al alejarse, Nélida intentó excusarla, avergonzada de sus expansiones maternales. --No hagas caso. Es una señora a la antigua; una india. Todo lo arregla con matrimonio: todos sus pensamientos van a parar a lo mismo. Apenas me ve con un hombre, cree que debo casarme con él... Casarse, ¡qué vulgaridad! ¡qué grosería!... ¿Quién piensa en eso?... Y su protesta contra el matrimonio era realmente ingenua, como si le propusiesen algo que le inspiraba escándalo y horror. El único de la familia que se mantuvo lejos de ellos en toda la mañana fue el hermano. Ojeda le era antipático: prefería a los de la banda. Su seriedad y sus años le inspiraban respeto. Además, tenía la convicción de que aquel señor jamás le convidaría a champán y cigarros, como los otros. Por esto, a pesar del ejemplo de sus padres, se mantuvo apartado del intruso que venía de repente a perturbar su vida. Después del almuerzo, cuando Fernando tomaba café con Maltrana en el jardín de invierno, pasó Mrs. Power, saludándolo con un ligero movimiento de cabeza, sin la más leve emoción. Ojeda la miró también con indiferencia. Su figura arrogante apenas despertaba en él una remota vibración. Era como un libro olvidado que se encuentra de pronto y evoca la memoria de una lectura que produjo deleite, pero cuyo texto apenas puede recordarse. Vio ascender luego por la escalinata a Mina llevando al pequeño Karl de la mano. El niño le miró, extrañándose de que no fuese hacia ellos lo mismo que antes. Pero la madre siguió su camino tirando de él, sin volver la cabeza, con la mirada perdida para no tropezarse con los ojos de Fernando. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa: rubor de timidez, de arrepentimiento, de malos recuerdos. La noticia de su amistad con la señorita Kasper había circulado por el buque con la rapidez que una vida ociosa y murmuradora comunicaba a todos las informaciones. Además, ella exhibía con orgullo su nueva conquista, y tal alarde tranquilizaba a Mrs. Power, que veía borrarse con él definitivamente todos los recuerdos. También alejaba a Mina, temerosa de la insolencia de Nélida. Unas cuantas horas de atrevida exhibición habían bastado para librar a Fernando de sus amoríos anteriores. La muchacha establecía el vacío en torno de ella. Todas las mujeres parecían temer la impetuosidad de este hermoso animal humano exhuberante de fuerza y juventud. No tardó Ojeda en verla aparecer. Había hecho poco antes una rápida aparición en el jardín de invierno, pero huyó al notar que su titulado pariente el alemán y el barón belga ocupaban la misma mesa de sus padres, con un visible deseo de aproximarse a ella. Después de breve eclipse asomó el rostro a una ventana inmediata al lugar donde estaban Fernando y su amigo. El mudo movimiento de sus labios fue para aquél un lenguaje claro. «Ven...» Y al salir la encontró en la curva del paseo que él llamaba «el rincón de los besos». Nélida le hablaba con una expresión autoritaria. Él era su dueño... su dios; pero debía obedecerla en todo. Aproximábase la hora de la siesta. En el jardín de invierno se abrían muchas bocas con bostezos de pereza. Las gentes deslizábanse discretamente hacia sus camarotes. Sonaban ronquidos en las sillas largas del paseo. Los duros varones, insensibles al voluptuoso aniquilamiento tropical, dirigíanse hacia la popa en busca de las tertulias del fumadero para reanimar su actividad. Sentíanse repelidos por el silencio y la calma que lentamente se iban esparciendo por la cubierta del buque, como si ésta fuese un claustro de convento a la hora de la siesta. --Baja, dueño mío, ¿me oyes?... No tienes más que arañar la puerta. Yo abriré inmediatamente. Le miraba con sus ojos enormes y ávidos, que parecían querer devorarle. La punta de su lengua asomaba como un pétalo de rosa entre los labios súbitamente abrasados. Arremolinadas por la brisa, aleteaban en torno de su frente las cortas melenas, dando a su cara un aspecto diablesco. Ojeda experimentó cierto asombro. ¡Bajar al camarote!... ¡Tan pronto! Empezaba a inspirarle miedo esta lozanía esplendorosa y audaz de insaciables deseos. Pero tuvo buen cuidado de disimular su inquietud por orgullo sexual. «Dentro de media hora--repitió ella--. Mi dios... ya lo sabes.» Muy bien; no faltaría. Y ella se fue con la satisfacción de que dejaba a sus espaldas un hombre feliz. Bajó Fernando con las mismas precauciones de la noche anterior, pero esta vez no pudo notar detrás de sus pasos el atisbo del espionaje. Y cuando llevaba mucho tiempo en el camarote de Nélida sobrevino la más penosa de sus aventuras de a bordo: una escena ridícula, de la que se acordaba luego con cierto malestar, temiendo que el burlón Maltrana llegase a enterarse de ella alguna vez. Golpes repetidos en la puerta, y la voz gangosa del hermano de Nélida, una voz que balbuceaba más que de costumbre por el temblor de la cólera: «¡Abre... abre!». Empujaba la puerta como si quisiera echarla abajo. Por un resto de prudencia habló a través del ojo de la cerradura: «Abre: tienes un hombre en la "cabina"... Se lo voy a decir a papá». Nélida no se inmutó, como si estuviese habituada a tales escenas. Su cólera fue más grande que su miedo. Mascullaba palabras de furia contra el hermano imbécil. ¿Y no habría una buena alma que lo matase, para quedar ella tranquila?... Adivinó que eran sus antiguos amigos los que por despecho enviaban al hermano delator, luego de revelarle la presencia de Ojeda en el camarote. --Métete ahí--ordenó imperiosamente, mientras reparaba el desorden de sus ropas ligeras. Vacilaba él, no pudiendo adivinar el lugar señalado. ¿Dónde quería que se escondiese en aquella pieza tan pequeña?... Pero la muchacha le empujó rudamente, mientras seguían los repiqueteos en la puerta y las voces temblonas y amenazantes. El doctor Ojeda, como lo llamaban para mayor honor mullos pasajeros, tuvo que agacharse y doblarse a impulsos de Nélida, y acabó por introducir su respetable personalidad debajo de un diván de exigua altura. Luego la joven colocó ante él, formando barricada, una maleta, un saco de ropa sucia y una gran caja de sombreros. Fernando creyó morir entre la alfombra y los muelles del diván incrustados en su espalda. El calor era sofocante en este encierro, lejos del ventilador y de la brisa que entraba por el tragaluz. Apenas quedó acoplado en tal -in pace-, sintió que le dolían todas las articulaciones y que su pecho se aplastaba contra el entarimado como si fuese a romperse. Una cólera homicida se apoderó de él. ¡Ah, no! ¡No seguiría allí! Esto sólo podían resistirlo aquellos muchachos de la banda, a los que indudablemente habría escondido ella otras veces de igual modo. Iba a salir, aunque tuviese que matar al imbécil. Pero no fue necesario. ¡Bueno estaba poniendo Nélida al hermanito!... Al abrir la puerta, lo agarró de un brazo, haciéndolo entrar a empellones. ¡Hasta cuándo se proponía molestarla con sus necedades!... Estaba en lo mejor de su sueño y venía a interrumpírselo con sus historias disparatadas. «Mira bien, zonzo... Abre los ojos, animal... ¿Dónde está el hombre, idiota?...» Y lo zarandeaba, iracunda, mientras el muchacho abría desmesuradamente sus ojos mirando a todos lados, y especialmente al vacío debajo de la cama, como si sólo allí pudiera ocultarse un intruso. La convicción de su derrota le hizo bajar la cabeza tristemente. Los amigos se habían burlado de él: era una broma de las suyas. Y cuando, confesándose vencido, quiso ganar la puerta, su buena hermana no le dejó partir con tanta facilidad. Primeramente, al abandonar su brazo, le soltó dos buenos pellizcos retorcidos, y luego, junto a la salida, una bofetada sonora: «Para que me molestes otra vez». Quiso el muchacho devolver en igual forma este saludo de despedida, pero al bajar la mano sólo encontró la puerta que se cerraba de golpe y casi le aplastó los dedos. Nélida deshizo con presteza la barricada de objetos, y otra vez salió a luz el doctor Ojeda, pero despeinado, sudoroso, con la faz congestionada, parpadeando cual si no pudiese resistir la luz. Ella rio al verle en esta facha, al mismo tiempo que arreglaba amorosamente el desorden de su traje y le sacudía el polvo del encierro. --¡Mi hombre!... ¡Mi dios! ¡Tan desgraciadito que me lo han de ver!... Él, tan buen mozo, metido en ese escondrijo... ¡Y todo por mí! Fernando tuvo una mala sonrisa. --Los otros eran más pequeños, ¿verdad?... Podían ocultarse mejor. Se arrojó Nélida con ímpetu sobre él con los brazos abiertos. --No digas eso, viejo mío... no lo repitas. ¡Por Dios te lo pido! Me hace mucho daño. Y lo besaba con furia, lo aturdía con sus caricias, para disipar el mal recuerdo y recompensar al mismo tiempo la molestia reciente. Hizo responsable a su hermano de esta cólera de Ojeda, evocadora de malos recuerdos. Aquel imbécil sólo había nacido para hacerle daño. Y esto la llevó a hablar del otro hermano, «el gaucho», como ella le llamaba, que vivía en la Argentina, y era el único hombre capaz de inspirarla miedo. La amenazaba el hermano menor frecuentemente con revelar al otro todas las aventuras de Berlín y las travesuras del viaje apenas hubiesen llegado a Buenos Aires. ¡Y «el gaucho» era temible! Ella sabía desde mucho tiempo antes cuál era la venganza con que intentaba castigarla. --Pero no hablemos de esto, mi hombre. Di que no me guardas rencor por lo de mi hermano... Repite que me quieres como siempre. Rencor no podía sentirlo Ojeda; era incompatible con el agradecimiento que le inspiraba esta mujer después del regalo de su belleza hecho liberalmente. Pero en la hora que todavía pasó allí, le fue imposible desechar el mal recuerdo del escondrijo y la torturante posición que había sufrido en él... No volvería al camarote de Nélida. Sentíase sin fuerzas para arrostrar una nueva sorpresa, desafiando el ridículo, considerado por él como el más temible de los peligros. Ella asintió. Se verían en el camarote de Fernando; lo había pensado aquella misma tarde, pero esperaba la proposición. Tenía deseos de visitarlo. Era indudablemente mejor que el suyo: un camarote en la cubierta de lujo y con ventana grande en vez de tragaluz redondo de los de abajo. --Convenido: esta noche iré, después de las doce. Deja abierta la puerta. Esta vez Ojeda dio a entender claramente su contrariedad. Aquella muchacha no aguardaba invitaciones: se convidaba a sí misma, sin consultar el humor y los recursos del dueño de la casa. Nélida le miró con ojos suplicantes. «¿No quieres que vaya?...» Si era por miedo a que la sorprendiesen, no debía tener cuidado. Sabría deslizarse sin que nadie la viese. Podía caminar de noche por todo el buque lo mismo que un fantasma, sin huella ni ruido. Fernando no se atrevió a sacarla de su error. Sentía además cierto orgullo en arrostrar de nuevo el sacrificio tantas veces repetido. «Ven; te esperaré.» Y después de esto procedieron a la minuciosa empresa de abandonar el camarote sin que los enemigos pudiesen sorprender su salida. Ella fue la primera en avanzar por el pasadizo, explorando sus ángulos y recovecos. Luego silbó suavemente, como un ojeador que indica el sendero, y Fernando abandonó el camarote apresuradamente, seguido en su fuga por los besos que le enviaba Nélida con las puntas de los dedos. Más que el miedo a ser sorprendido, le había molestado lo ridículo de esta situación. ¡Qué cosas llegaba a hacer un hombre serio influenciado por aquella vida de a bordo, que retrogradaba las gentes a la niñez!... El miedo al ridículo despertó su conciencia por una acción refleja, haciéndole ver la imagen de Teri que le contemplaba con ojos crueles y un rictus desesperado... Pero no había que pensar en esto. Ya purificaría su alma cuando estuviese en tierra. Por el momento, su abyección resultaba irremediable, y cada vez iría en aumento mientras no abandonase este ambiente. Era esclavo del «gran tentador» de que hablaba Isidro. Sólo le faltaba arrastrarse como los impuros de las leyendas convertidos en bestias. Durante la comida, el astuto Maltrana, que parecía adivinar sus pensamientos más recónditos, le abrumó con muestras de interés formuladas inocentemente. --Tiene usted mala cara, Fernando. ¡Ni que hubiese visto ánimas durante la siesta!... ¡Qué color! ¡qué ojeras!... Coma mucho; la navegación es larga, y usted necesita tomar fuerzas. Pero al ver que Ojeda se molestaba por estas amabilidades, adivinando su malicia, abandonó todo disimulo, añadiendo con admiración: --Compañero: le envidio y le tengo lástima. Es usted un valiente, ¡pero lo que se ha echado encima!... Antes del término del viaje deseará llegar a tierra, lo mismo que un náufrago que se ahoga. La comida de esta noche era con banderas y guirnaldas. En el fondo del comedor brillaban unos transparentes iluminados con dos inscripciones en francés y alemán: -Au revoir! Auf Wiedersehen!- Era el banquete de adiós a los viajeros: una comida igual a todas, pero con un discurso del comandante y otro del «doktor», que en nombre de los alemanes y extranjeros agradeció, con lenta fraseología semejante a un crujido de maderas, las grandes bondades que aquél había tenido con el pasaje. Cuando la doctoresca lucubración llegó a su término, la gente, puesta de pie con la copa en la mano, lanzó los tres -¡hoch!- de costumbre, mientras la música atacaba la marcha de -Lohengrin-. --No llegamos a Río Janeiro hasta pasado mañana--dijo Isidro, siempre bien enterado de la marcha del viaje--. Pero la despedida ha sido hoy, para que la gente que se queda en el Brasil pueda dedicar el día de mañana al arreglo y cierre de equipajes. Esta noche es la última de gran ceremonia, y las señoras van a guardar sus vestidos y joyas. La etiqueta del Océano sólo existe entre Lisboa y Río Janeiro. En los dos extremos del viaje se puede bajar al comedor con la indumentaria que uno quiera. El protocolo neptunesco no se ofende por ello. Luego de la comida iba a efectuarse en el salón el reparto de premios a los triunfadores en los juegos olímpicos y a las señoritas que se habían presentado con mejores disfraces en la fiesta del paso de la línea. Después de esta ceremonia empezaría el concierto, para el cual venían haciéndose tantos preparativos desde una semana antes. Maltrana hablaba de esta fiesta con orgullo, presentándose como su principal organizador. Había vigilado los ensayos durante varios días, yendo del piano del salón, junto al cual probaba su voz Mrs. Lowe con toda la autoridad que le confería su estatura de dos metros, al piano del comedor de los niños, donde la señora viuda de Moruzaga hacía memoria de sus habilidades de soltera acompañando con un trémolo dramático los versos franceses recitados por una de sus hijas. Además, unas niñas brasileñas se preparaban para tocar a cuatro manos una sinfonía; las artistas de opereta contribuirían con varias romanzas; uno de los norteamericanos pensaba disfrazarse de negro para rugir su música con acompañamiento de ruidosos zapateados; y hasta -fraulein- Conchita, cediendo a los ruegos de varias señoras entusiastas de las cosas de España, había accedido a ponerse de mantilla blanca, cantando con su hilillo de voz algunas canciones de la tierra. El maestro Eichelberger, gran pianista, improvisaría para ella un acompañamiento. Y si lo reclamaba el público, la muchacha se atrevería a bailar cierto «garrotín» de exportación aprendido en una academia de Madrid de las que preparan «estrellas danzantes» para el extranjero. --Pero con recato y decencia, niña--había aconsejado Maltrana--. Comprímete aquí: échale agua a tu baile. Cuando llegues a tierra podrás lucirlo por entero. Satisfecho de sus gestiones como organizador, hablaba de otros artistas, talentos ignorados que había sabido descubrir entre la masa de los pasajeros. Y terminaba por declarar modestamente que él también «aportaría su concurso» inaugurando el concierto con un discursito en honor de las señoras, hermosa pieza de oratoria meliflua que llevaba aprendida de memoria y seguramente iba a afirmar su prestigio ante las nobles matronas. --De ésta--declaró--desbanca Maltranita al abate de las conferencias. Usted lo verá, Ojeda. No; Fernando no pensaba verlo. Sentíase sin energía para arrostrar el tormento de tanto y tanto canto de aficionado en el estrecho salón, entre un público abaniqueante y sudoroso. Prefería dar un paseo por la parte alta del buque, contemplando el espectáculo de la noche. Así lo hizo. Pero al circular por las dos últimas cubiertas volvía siempre a las inmediaciones del salón, confundiéndose con el público menudo de criadas y niños que miraba por las ventanas. Antes de principiar la velada, Nélida se había aproximado a él, con su vestido escotado color de sangre. Tenía que asistir a la fiesta con toda su familia: ¡un verdadero tormento! pero esperaba que Fernando ocuparía una silla cerca de ella. Y al saber que no entraba en el salón, casi lloró de contrariedad. «Al menos no te vayas lejos; asómate de vez en cuando. Que yo te vea; que yo sepa que estás cerca de mí...» Durante el concierto, los ojos de ella fueron de ventana a ventana, y al reconocer entre las cabezas del público exterior la cara de Fernando, enviábale por encima de su abanico sonrisas acariciadoras, besos apenas marcados con un leve avance de los labios, guiños malignos que comentaban la marcha del concierto y los errores de los ejecutantes. De este modo vio Ojeda cómo se movía su amigo en el salón con aire de autoridad, cual si fuese el héroe de aquella fiesta, abriéndose paso entre las sillas para ir en busca de las artistas, inclinándose ante ellas con su «saludo de tacones rojos», dándolas el brazo para conducirlas al estrado y quedándose junto a la pianista o la cantante, al cuidado de sus papeles, e iniciando las salvas de aplausos. Era su noche. El discursito cuidadosamente preparado había obtenido un éxito enorme. Las miradas de todas las señoras que podían comprenderle iban hacia él con admiración y gratitud. «¡Qué monada el tal Maltranita!... ¡Qué hombre tan dije!... ¡Qué habilidoso!...» Y él aceptaba con modestia estos elogios formulados por las damas según los términos admirativos de cada país. En su declamación dulzona las había abarcado a todas, jóvenes y viejas, alcanzando sus elogios hasta a las sotanas que figuraban entre ellas, lo que le dio motivo para ensalzar la religión, representada allí por sacerdotes de todo el latinismo. El obispo italiano dilataba su cara con un gesto de contento infantil; el abate francés sonreía inquieto, como si viese nacer un temible rival; don José agradecía la alusión, admirándolo con patriótico orgullo. «¡Qué don Isidro tan vivo!... ¡Si yo tuviese su labia para las señoras!» Al terminar el concierto, la gente se esparció por la cubierta, ansiosa de respirar aire libre. Era cerca de media noche. Las niñas se quejaban del calor, intentando con este pretexto desobedecer a las madres, que proponían un descenso inmediato al camarote. Los pasajeros más corteses iban saludando a las señoras que habían intervenido en el concierto, sonando en su coro de alabanzas los más estupendos embustes. Todas ellas aceptaban sin pestañear la afirmación de que en caso de pobreza podían ganarse la vida con su talento musical. Mrs. Lowe, escoltada por su marido, que llevaba bajo el brazo un rimero de partituras, acogía estos elogios con foscas contracciones de su rostro caballuno. Sentíase ofendida por la falta de gusto de los oyentes: sólo la habían hecho repetir su canto dos veces, cuando ella traía ensayadas una docena de romanzas. El público se lo perdía. Un grupo de señores viejos acosaba a Conchita con sus felicitaciones. Algunos, prudentes y calmosos hasta entonces, parecían agitados por un cosquilleo eléctrico. Muy bonitas las canciones, aunque ellos no habían entendido gran cosa... ¡pero el baile! ¡aquella danza serpenteante, con unos brazos que parecían hablar!... Doña Zobeida sonreía, contenta del triunfo de «esta buena señorita», haciendo confidente de sus entusiasmos a don José el clérigo, que la escoltaba igualmente con toda la autoridad de su sotana. --Pero ¿ha visto qué lindura, padrecito?... Nuestra niña es la que ha gustado más a los señores... Ya lo decía mi finado el doctor, que sabía de esto como de todo. Para bailar con gracia, las españolas. Y perdiendo su timidez, ella misma presentaba a Conchita de grupo en grupo, aceptando como algo propio los requiebros interesados que los hombres dirigían a la bailarina. Maltrana no se mostraba menos ufano por su triunfo oratorio. Al encontrarse con Fernando tuvo el gesto petulante de un cómico que sale de la escena... ¿Le había visto? ¿Qué opinión era la suya?... --Yo creo que me los he metido en el bolsillo... Los amigos me miran como si fuese otro hombre. Parecen arrepentidos de haberme tratado hasta hace poco como un insignificante... Van a darme una fiesta en el fumadero: una fiesta íntima... en mi honor. Era una despedida de los pasajeros alegres a los amigos que se quedaban en Río Janeiro; pero por el éxito reciente de Maltrana, la dedicaban también a su persona. --Va a ser famosa--continuó Isidro con entusiasmo--. Asistirán señoras, muchas señoras; todas las coristas de la opereta, que me han oído desde puertas y ventanas sin entenderme seguramente, pero ahora me contemplan con respeto y cuando paso junto a ellas murmuran algo que debe ser de admiración... Venga usted con nosotros. Fernando se excusó: pensaba retirarse inmediatamente a su camarote. Maltrana frunció el entrecejo, como si recordase algo molesto, y aprobó su resolución. Hacía bien. Aquella fiesta era igualmente para despedir al barón belga y a otros amigos suyos que se quedaban en el Brasil. En el aturdimiento de su gloria había olvidado que los de la banda estaban furiosos contra Ojeda, y a última hora, con la insolencia que da el vino, eran capaces de provocar una escena violenta. --Hasta mañana; le contaré lo que ocurra... No tema que esta noche vaya, como las otras, a golpear el camarote misterioso. Eso se acabó... Por cierto que el hombre lúgubre no se ha dejado ver en todo el día. Debe estar temblando con la idea de que pasado mañana llegamos a Río. Verá usted cómo lo primero que se presenta en el buque es la policía para echarle esposas en las manos... Yo no me equivoco. Al entrar Fernando en su camarote experimentó una gran sorpresa viendo el retrato de Teri... Luego se avergonzó de la inconsciencia en que vivía, semejante a la del ebrio que recuerda los propios asuntos cual si fuesen de otra persona. Los hechos anteriores a su embarque eran para él como sucesos de una existencia distinta, ocurridos en otro planeta, y de los que sólo guardaba ya una débil memoria. Vivía ahora en un mundo nuevo, reducido, aislado, que iba vagando por el infinito azul, y sólo le interesaban las inmediatas necesidades de su existencia oceánica... Nélida iba a llegar: ¡y quién sabe con qué comentarios de juventud insolente y triunfadora saludaría la belleza de Teri, de un esplendor melancólico, fino y suave, como el de las primeras mañanas de otoño!... Para evitar un sacrilegio llevó sus manos al retrato, ocultándolo entre las ropas del armario. Al hacer esto tembló con una inquietud supersticiosa. Temía que un poder inexorable y oculto que él no legaba a definir con claridad le castigase por su cobardía... Tal vez perdiera a Teri para siempre, después de haber osado ocultar su imagen. ¡En amor hay tantas afinidades misteriosas, tantos choques inexplicables a través del tiempo y la distancia!... Pero estas preocupaciones de hombre imaginativo, trastornado por una vida de encierro, duraron muy poco. Un ruido de pasos en el inmediato corredor le hizo volver al presente. Era un vecino que se retiraba. Nélida no tardaría en presentarse, y era ridículo que él la recibiese vistiendo aún el -smoking- de la comida. Luego de desnudarse se cubrió con un pijama, tomó un libro, y esperó leyendo y fumando. El interés de la lectura se apoderó de él al poco rato. Nélida, con toda su gentileza, carecía del encanto de este libro: la novedad. Transcurrió mucho tiempo, y cuando empezaba a dudar de que ella viniese, percibió un leve ruido en el inmediato corredor; menos que un ruido: un roce, las ondulaciones del aire por el desplazamiento de un cuerpo silencioso. Era ella que avanzaba cautelosamente. No experimentó sorpresa al ver cómo giraba la puerta del camarote sin que apareciese alguien en el espacio recién abierto. Luego, Nélida entró de golpe, o más bien, saltó, con la alegría de un gimnasta que llega al final de una carrera de obstáculos. Sacudía en torno de la frente el manojo de sierpes de su cabellera; dejaba flotante sobre su cuerpo el sutil kimono, que había llevado recogido hasta entonces, como si quisiera replegarse, disminuirse en su marcha silenciosa. --¡Cú... cú!--dijo al entrar, con risa triunfante--. ¡Aquí me tienes! Se arrojó en brazos de Fernando con cierta emoción, como si éste fuese su primer abandono; luego se apartó rudamente, a impulsos de su movilidad caprichosa. Encendió todas las luces del camarote para examinarlo mejor. Tocaba los libros apilados en el diván, en la mesita y hasta en el lavabo; revolvía los papeles; mostraba una curiosidad infantil ante los objetos de tocador y las ropas de Ojeda. Su deseo de verlo todo adquirió un carácter alarmante. --Tú debes tener retratos, cartas de amor. ¡A saber lo que traes de Europa guardado en tus maletas!... Enséñame tus conquistas, viejo mío. Muéstramelas... para que me ría. Luego admiró el camarote. Era más grande que el suyo; el techo más alto, y sobre todo, en vez del tragaluz redondo, tenía ventana, una verdadera ventana como las de las construcciones terrestres. Saltó sobre el diván para sentarse en el alféizar de ella, sacando parte de su cuerpo fuera del buque. Un grato escalofrío hizo temblar su espalda: estremecimiento de frescura por el viento que levantaba el buque en su marcha y que corría sobre su piel, hinchando la tela del suelto kimono; estremecimiento de miedo al verse suspendida en el vacío y la noche, bastándole un leve movimiento de retroceso para caer en el mar. Ojeda la sostuvo, agarrando sus piernas. Con esta atolondrada podía temerse todo. Y Nélida agradeció su miedo como una manifestación de amor, acariciándole la cabeza, hundiendo sus manos en sus cabellos, alborotándolos. --Figúrate, negro, que yo me dejase caer así... ¡Ah... ah... ah!--y al lanzar esta exclamación, se echaba atrás, obligando a Ojeda a un esfuerzo violento para retenerla--. Por pronto que se enterasen en el buque e hicieran alto, pasaría mucho tiempo. Pero tú te echarías al agua detrás de mí, ¿no es cierto, mi viejo?... Vendrías a hacerle compañía a tu nena en medio del mar, y nadaríamos juntos hasta que nos buscasen... Y si no nos buscaban, nos ahogaríamos juntos... ¡así!... ¡bien juntitos! Con la excitación del peligro se abrazaba a él fuertemente, tirando hacia afuera, como si en realidad desease caer de la ventana arrastrando a su amante. Éste se libró con rudeza del abrazo juguetón e imprudente. Estaban en medio del Océano, lejos de toda costa. Bastaba una leve falta de equilibrio, para que ella se desplomase en aquellas aguas negras que pasaban y pasaban junto al flanco de la nave. Sería un chapuzón en el misterio y el olvido; una caída sin esperanza. Nadie podía verla; la muerte era segura. Y aunque alguien la viese y el buque se detuviera, volviendo sobre su marcha, resultaría difícil encontrar un pequeño cuerpo flotante en esta lóbrega inmensidad que parecía de tinta. --Nélida, ¡por Dios! baja de la ventana. Pero ella reía de su miedo, segura al mismo tiempo de la fuerza con que la mantenían sus brazos. «¡Ah... ah... ah!» Y echaba el cuerpo atrás, en el vacío, con tal ímpetu, que Ojeda hubo de hacer grandes esfuerzos para sostenerla. --Di que si yo cayese te echarías de cabeza para salvarme... Di que morirías por tu nena... Aprobó Fernando todo cuanto ella quiso pedirle, y sólo así pudo conseguir que abandonase la ventana, estrechamente abrazada a él, contemplándolo con admiración. --¿De veras que morirías por mí?... Repítelo viejito rico, que yo lo oiga... Dilo otra vez, mi negro. La gratitud perduró en Nélida gran parte de la noche. En la obscuridad, sin más luz que el tenue fulgor sideral que entraba por la ventana, volvió a llamar a Ojeda «viejito» y «negro», dos palabras amorosas del nuevo hemisferio a las que él no había podido habituarse todavía, y que en medio de los transportes pasionales le hacían sonreír. Cuando brilló de nuevo la electricidad estaban los dos sentados en un diván. Nélida, por un brusco cambio de su carácter tornadizo, hablaba ahora con tristeza y miedo. Contaba los días que faltaban para la llegada a Buenos Aires. ¡Cuán pocos eran!... Recordaba a su hermano mayor, el rudo estanciero, que en las últimas cartas enviadas a Berlín profería contra ella terribles amenazas, comentando las denuncias que le había dirigido el hermano pequeño. --Y ese zonzo de seguro que apenas lleguemos le va a contar no sólo lo de Alemania, sino lo del buque; lo tuyo también. ¡Ay!, ¿qué va a ser de mí? Ella, que en su valerosa inconsciencia no temía a nadie de los que la rodeaban, temblaba con sólo el recuerdo de este hermano, al que había podido apreciar en un breve viaje a la Argentina realizado tres años antes acompañando a su padre. --Con él nadie bromea. Es un bárbaro... ¡Y si hablase sólo de matarme! La muerte no me da miedo; al fin, todos hemos de pasar por ella. Pero me amenaza con algo peor. Me quiere cortar la cara, me la quiere quemar con vitriolo, para que los hombres huyan de mí y yo me consuma de desesperación. ¡Qué horror!... Temblaba sólo al pensar en este suplicio, más temible para ella que la muerte, no dudando un instante de que su hermano era capaz de cumplir tales amenazas. Guardaba un vivo recuerdo de su gesto fosco, de su propensión a la violencia, de su mirada lúgubre. Ojeda, escuchándola, se imaginaba el tipo. Era un homicida, al que había faltado una ocasión para el desarrollo de sus facultades. ¡Interesante la familia Kasper con sus variados productos del cruzamiento razas!... --¡Ay! Si tú me amases de verdad...--continuó ella, implorándole con sus ojos--. Tú que eres capaz de echarte al mar por mí, podías hacerme feliz con mucho menos... Di, mi viejo, ¿quieres hacer algo que yo te pida?... Fernando, acosado por sus ruegos, prometió obedecerla. ¿Qué deseaba?... Una cosa insignificante, que expuso ella con sencillez. No quería ir a América: marchaba hacia Buenos Aires como un animal que va al degolladero. Aún estaban a tiempo los dos para ser dichosos. Bajarían en Río Janeiro, se esconderían, dejando que partiese el vapor, y tomarían pasaje en otro buque de los que volvían a Europa... ¡Ah, el hermoso Berlín! En ninguna ciudad de la tierra se vivía con más felicidad. Casi saltó Fernando de su asiento a impulsos de la sorpresa. ¿Volver a Europa, cuando aún no había llegado al término de su viaje? Sólo podía admitir esta proposición como una broma. ¿Y sus negocios?... ¿Qué iba a hacer él en Berlín?... Nélida se sintió ofendida por la extrañeza que mostraba su amante. --No me quieres, bien lo veo. Todos los hombres sois lo mismo. Muchas promesas, y luego retrocedéis ante el sacrificio más pequeño... ¡Egoístas! Se quejaba como si acabase de descubrir una gran infidelidad, ella, a la que había visto Ojeda en trato amoroso con otros hombres y que dejaba a sus espaldas, en Europa, un pasado del que iba a pedirle cuentas «el gaucho» vengador. Sólo llevaban dos días de amores, y se extrañaba de verse desobedecida, como si los hombres no tuviesen otra obligación que seguirla en todos sus caprichos y su insolente juventud fuese el centro del mundo, en torno del cual debían girar personas y sucesos. --Me mataré--dijo con energía--. Y si no me mato, me marcharé sola. Yo te juro que no llego a aquella tierra... ¡Qué horror! Acordábase de los meses que había pasado en Argentina tres años antes. Era un país para mujeres como su madre. Buenos Aires aún podía tolerarse; pero ellos iban a vivir en una ciudad del interior, cerca de la estancia que dirigía su hermano. --Por toda diversión una plaza en la que toca una música algunas noches. Las niñas se pasean por un lado, como manadas de pavos, y los hombres por otro; sin hablarse, dirigiéndose miradas, lo que allá llaman -afilar-, y sin atreverse a un saludo. Luego, el encierro en casa todo el día... la conversación con las amigas de mamá. No: ¡primero morir! Yo necesito ir a Berlín. ¡Si tu conocieses lo hermoso que es Berlín!... Intentaba vencer la resistencia de Ojeda con los recuerdos de aquella capital, en la que había transcurrido lo mejor de su vida. Ella no conocía París. Su padre se había negado siempre a llevar su familia a esta ciudad. Se enfurecía el señor Kasper, como un profeta bíblico, al hablar de la moderna Babilonia, urbe corrompida, inventora de malas costumbres... ¡Ay, Berlín! Tal vez las parisienses fuesen más elegantes, más finas que las otras; pero en Berlín todo era grande. Los cafés y los 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000