pudiera contemplarse a sí mismo desde lejos!... Pero la emoción
inexplicable era más fuerte que su rebeldía burlona, y le obligaba a
permanecer inmóvil, en silencio, sin huir de aquel cuerpo que vibraba
con su contacto. ¿Por qué reírse de este instante, si era de felicidad y
le proporcionaba un dulce olvido?...
Al volver sus ojos hacia Mina, creyó encontrar una mujer nueva. Tal vez
la poesía la había embellecido al tocarla con el ala de sus rimas; tal
vez era la noche la que la transformaba, agrandando sus ojos con un
brillo lunar, rellenando de nácar las angulosidades de su rostro
descarnado, sustituyendo su color verdoso y enfermizo con una palidez
luminosa. ¡Los ojos de animal humilde, agradecido a la caricia, que fijó
ella en sus ojos al sentirse contemplada!... ¡La ruborosa confusión con
que volvía la cabeza, temiendo insistir en una mirada que podía
traicionarla!... Se convenció de que él no había visto hasta entonces a
esta mujer, no la había comprendido, limitándose en sus conversaciones a
sentir lástima de sus infortunios, como si su vida estuviera agotada y
fuese igual a un árbol caído, incapaz de florecimiento...
De pronto, se vieron paseando cogidos del brazo, sin hablar, sin
mirarse, pero sabiendo por mutua adivinación que la persona del uno
ocupaba por entero el pensamiento del otro... Nadie en la cubierta. Sus
pasos lentos resonaban lo mismo que en un claustro abandonado. Al dar la
vuelta de proa, entre el salón y el balconaje de avante, donde era menos
viva la luz y nadie podía verles de lejos Fernando la atrajo a él,
abandonó su brazo para envolverle el talle con rudo tirón, y la besó
impulsivamente, al azar, en una mejilla, en la nariz, allí donde
pudieron posarse sus labios. La alemana gimió de sorpresa, de asombro,
casi de miedo, como el que ve realizarse de pronto algo inverosímil con
lo que ha soñado muchas veces sin esperanza alguna. Se mantuvo rígida
en el brazo de él, no intentó la menor resistencia, y con un suspiro de
niña que se desmaya, dejó caer la cabeza en su hombro.
Lloraba. Fernando vio los estertores de su pecho y sintió en su cuello
el contacto de una lágrima. Comenzaba a arrepentirse de su brutalidad.
¡Pobre Mina!... Pero ella, protestando de esta conmiseración, giró la
cabeza sobre su hombro hasta apoyar la nuca, y en tal postura, con los
ojos llenos de lágrimas y sonriendo al mismo tiempo, se elevó en busca
de su boca, devolviéndole las caricias con un beso largo, interminable.
No era el beso frente a frente que él había saboreado en otras mujeres,
y que llamaba «beso latino». No era tampoco la caricia arrogante de
arriba a abajo que había conocido en el camarote de Maud, beso de
domadora, egoísta y avasallador, oprimiéndole la cabeza entre las manos
crispadas para mantenerle en amorosa sumisión. Era el beso-suspiro de la
germánica sentimental paseando entre los tilos, a la caída de la tarde,
apoyada en el brazo de un estudiante y con un ramo de florecillas azules
sobre el pecho; un beso de abajo a arriba, caricia suplicante de hembra
dulzona en la que el amor se presenta acompañado de la humildad y que
antes de besar desploma su cabeza como signo de servidumbre en el hombro
de su dueño.
Sintió Ojeda cierto remordimiento ante este llanto. ¿Por qué lloraba?...
Y ella, como si se avergonzase de su emoción, profería balbucientes
excusas. No sabía por qué lloraba... Pero era tan feliz, ¡tan feliz!...
Un ruido de pasos despegó sus bocas instantáneamente, y cogiéndose del
brazo, continuaron su paseo con afectada indiferencia. Alarma inútil:
era un grumete que descendía por una escalera cercana.
--Volvamos al rincón de los besos--dijo él con impaciencia.
El «rincón de los besos» era la parte de proa que unía con su curva las
dos calles de la cubierta. Y al volver de nuevo a este refugio, fue ella
la que sin esperar los avances de Fernando descansó la cabeza en su
hombro, elevando la cara en busca de su boca.
Intercalaba trémulas palabras entre beso y beso. ¡Verse en sus
brazos!... Una noche había soñado lo que ahora le estaba ocurriendo. Fue
a continuación de la primera tarde en que se hablaron junto al piano. Y
había salido de su ensueño conmovida para siempre, con la convicción de
que no se realizaría nunca, pero viéndolo a él como un hombre distinto a
todos los otros del buque, sintiendo una turbación en su pecho y en sus
ojos, un temblor en las piernas, una música lejana en los oídos cada vez
que Fernando se aproximaba para hablarla... Luego ¡qué de penas
viéndole con aquella señora tan elegante, tan altiva, que parecía
burlarse de ella con los ojos!... El ensueño no se realizaría nunca; una
ilusión imposible, como tantas otras de su pobre existencia... Y cuando
había perdido toda esperanza, era él, ¡él! quien avanzaba en la noche
con palabras de poesía, igual a un príncipe magnífico y clemente, y la
estrechaba entre sus brazos y buscaba su boca, haciéndola estremecerse
como una sierva de amor. ¿Qué había en su persona para merecer esta
dicha, pobre, fea, mal vestida, entre tantas mujeres bellas y felices, y
arrastrando además cual una cadena su pasado de miseria?...
--¡Te amo!...--dijo Fernando, enardecido por tal humildad.
Y acompañó sus besos con un avance de las atrevidas manos en aquel
cuerpo sumiso que parecía entregarse. Pero con gran asombro, la alemana
se revolvió ante las caricias audaces, se despegó de sus brazos con una
fuerza nerviosa que nada hacía sospechar en su cuerpo enfermizo.
Parecieron surgir de pronto músculos ocultos, tendones de irresistible
expansión en todos sus miembros.
--No quiero--gimió tristemente, como en presencia de algo que destruía
sus ilusiones--. No quiero eso... No querré nunca.
Ojeda, ante la violencia de estos movimientos de protesta, comprendió
que decía verdad. Su cuerpo se revolvía contra toda caricia que saliese
de los límites del rostro, y esta repulsión vigorosa era tan brusca, que
él se sintió empujado, vacilante sobre sus pies, teniendo que esforzarse
para no caer.
Luego, como arrepentida de su defensa, le echaba los brazos al cuello y
volvió a su gesto de sumisión, descansando la cabeza en su hombro,
gimiendo con un abandono de niña enferma.
--Me haría daño... ¡Jamás! Amarnos como ahora, eso es lo que yo quiero.
Estar así... siempre juntos... ¡siempre!... Seremos... ¿cómo se dice en
español? Yo lo he oído muchas veces... Seremos...
Y después de largos titubeos y de fruncir las cejas con pensativo
esfuerzo, encontraba la palabra.
--Seremos... novios. Eso es: novios los dos. La boca... la boca nada
más... Y el alma también... novio mío.
Y al repetir con fruición la encontrada palabra, sonreía como un jardín
abandonado bajo el primer sol de la primavera que llega.
Fernando, ensombrecido por esta negativa, hablaba y hablaba, sosteniendo
las manos de la antigua artista entre las suyas, deseoso de
inmovilizarla, de domar su resistencia, fijos los ojos en sus pupilas,
cual si pretendiese vencerla con un poder de sugestión.
Su aventura con Maud había desvanecido todos los propósitos de cordura
que le acompañaron al subir al buque. Sus nervios guardaban aún el
recuerdo de recientes vibraciones; su carne, mal dormida, estremecíase
al sentir el contacto de otra mujer. Aquella calma monacal que había
reinado en el trasatlántico durante la primera semana de viaje ya no
existía para él. Sabía lo que era el amor entre los blancos tabiques de
un camarote, y quería continuar, fuese con quien fuese, los encuentros
de pasión en una de estas cajas de madera, sonando a sus pies el
abejorreo de la máquina, oyendo junto al tragaluz el chapoteo de la ola
perezosa. Esta mujer venía a él, hermoseada por la noche, humilde y
sumisa como una esclava de guerra... ¡tanto mejor!...
Y como si fuese su dueño, la apremiaba con mandatos, unas veces
suplicantes, otras imperativos: «Ven... ven». Hablaba de la hermosura de
su «cabina» en el mismo piso de los camarotes de lujo, de su techo alto,
de la amplitud de su espacio, con profunda cama y anchuroso diván.
Pretendía deslumbrar con estas comodidades del tugurio flotante a la
pobre amiga, que iba instalada en las cámaras más profundas y obscuras,
cerca de la línea de flotación. «Ven... ven.» Podrían hablarse allí sin
temor de ser sorprendidos; cruzar sus besos tranquilamente. Él la
enseñaría libros interesantes; hablarían de sus poetas, de los grandes
artistas.
Mina le escuchaba con ojos de adoración y una pálida sonrisa de miedosa
incredulidad. «No... cabina, no.» Por no seguir el curso de sus
peticiones trémulas de deseo, le interrumpía solicitando que le indicase
en español la equivalencia de ciertas palabras. Ansiaba hablar la lengua
de él.
--No, querido--suspiraba respondiendo a sus súplicas--. No, mi novio...
Cabina, no... Boca... boca nada más.
Y al sentir en su cuerpo el avance atrevido de unas manos huroneantes,
bastábale un empujón para librarse del encierro en que la tenían los
brazos de Ojeda.
Se extendió por la cubierta un ruido de pasos y de voces. Acababa de
terminar el baile y la gente subía al paseo, ansiosa de frescura.
¿Cuánto tiempo llevaban allí los dos?... Mina quiso marcharse. Ocupaba
con su hijo un pequeño camarote en la cubierta más honda del castillo
central. En otro inmediato vivía el maestro Eichelberger, que no se
retiraba hasta cerca del amanecer.
Ella iba a dormir con sus recuerdos, a soñar con Fernando. Se llevaba a
su profundo refugio la felicidad de la mejor noche de su vida. Lo
juraba... «Y ahora, adiós.»
Todavía, aprovechando la ausencia del gentío, que al esparcirse por la
cubierta no había llegado hasta ellos, se besaron por última vez con un
beso largo, que la alemana prolongó cerrando los ojos, abandonándose
cual si fuese a morir.
Luego se salvó de un salto, para detenerse a corta distancia. Sonreía
con expresión maliciosa; levantaba una mano con el índice erguido, como
una maestra que lanza su última recomendación.
--Novios, sí... Boca, sí... ¡Cabina, nooo!... ¡Cabina, malo!
Y tras estos balbuceos en español, que revelaban un miedo cómico a la
«cabina», huyó apresuradamente, volviendo por dos veces la cabeza para
mirar a Fernando antes de desaparecer.
Éste paseó algún tiempo por la cubierta. Sentíase al principio contento
de su suerte. ¡Lástima que no estuviese allí Maud, para que se enterase
de lo poco que le impresionaban sus desdenes!... Veía a la
norteamericana muy lejos en sus recuerdos, casi sin corporalidad, como
una imagen indecisa...
Pero al poco rato empezó a experimentar una sensación de inquietud. Su
conducta reciente le molestaba lo mismo que un remordimiento. «Muy bien,
don Fernando--se dijo con irónico reproche--. No tenía usted bastante
con el desengaño ridículo de la otra, no le ha servido de escarmiento
una aventura tan grotesca, y en el mismo día se lanza a perturbar la
tranquilidad de una pobre mujer que acepta sus avances con una
sensiblería de romanza y toma el amor como si estuviese en los quince
años.» ¡Qué gusto de complicarse la vida!... ¡Qué cordura en un hombre
que marchaba a la conquista de la riqueza!... ¡Y para meterse en tales
aventuras había abandonado lo que tenía en Europa!... «Don Fernando, es
usted un chiquillo; el bigote que lleva en la cara lo usurpa... Acabará
usted consiguiendo que se rían de su persona todos los del buque...»
A pesar de estas recriminaciones mentales, no llegaba a entristecerse.
La protesta removíase en su cerebro, avergonzada e iracunda; pero el
resto del cuerpo parecía satisfecho, con un regodeo de recuerdos y un
estremecimiento de esperanza... Peor era la nada; pasar los días
comiendo o dormitando en el sillón con un libro en las rodillas.
Al entrar en su camarote, después de media noche, sus ojos tropezaron
con la imagen de Teri erguida sobre el tocador en el encierro de un
marco dorado. ¡Pobre Teri! Por primera vez en todo el día pensaba en
ella, sólo en ella, sin poner su recuerdo en parangón con la imagen real
de otras mujeres. Este pensamiento tardío iba acompañado de
remordimiento y miedo. ¡Qué diría Teri si pudiese verle!... Para evitar
esta posibilidad, como si temiera que los ojos del retrato fuesen a
adquirir el sentido visual, intentó volverlo de cara a la pared. ¡Lo
mismo que Maud con míster Power!... Pero un escrúpulo supersticioso le
contuvo. Ella estaba lejos... ¡Quién sabe lo que podría ocurrirle como
un choque reflejo de este acto impío!...
Hizo sus preparativos para acostarse, huyendo la mirada del retrato. Al
tenderse en el lecho y quedar en la sombra, sus temores y remordimientos
se fueron aligerando, hasta no ser más que tenues nubes que se llevaba
el sueño por delante con la escoba del olvido. Veía en la incoherencia
de su adormilado pensamiento a los parientes del obispo incitándolo a
que entrase en el baile. «Monseñor: el mar... es el mar.» Veía a
Maltrana apostrofando al Océano, el gran tentador: «Galeoto de mostachos
de algas... Celestina de arrugas verdes». Y lo mismo que él, repetía:
«Seamos miserables. Ya nos purificaremos al bajar a tierra».
Un dulce cinismo acompañó sus últimos pensamientos. La alemana... ¿por
qué rehusarla?... La otra estaba lejos; nada sabría. El viaje era
monótono, y había que aprovechar las ocasiones para alegrarlo. Una vez
en tierra, recobraría su cordura... Había que creer en la filosofía de
Maltrana. La gran cuestión era... ¡pasar el rato!... Y Fernando se
durmió.
A la mañana siguiente por la mañana se encontró con Mina en la cubierta
de los botes. Había dejado a su hijo en el gimnasio y fue hacia Ojeda,
ruborosa y encogida, vacilando en su saludo, temiendo tal vez un cambio
de carácter, un arrepentimiento, después de la noche anterior. Pero al
ver que él sonreía, acariciándola con los ojos, estrechando su mano con
tierna efusión, el rostro de la alemana se dilató, cual si la savia de
su cuerpo se descongelase con el ardor de una nueva juventud.
Impulsada por esta alegría, quiso exteriorizar audazmente su
agradecimiento. Estaban medio ocultos por el cilindro de una boca de
ventilación. Mina, luego de mirar a un lado y a otro, avanzó sobre
Fernando con los brazos abiertos. «Novio... novio mío.» Fue un beso
rápido, pero vehemente, con acometividad, distinto de los prolongados y
lánguidos de la noche anterior. Luego, como si este saludo matinal los
hubiera saciado por el momento, buscaron la sombra de un toldo, y
sentados en dos sillones, contemplaron el Océano en dulce quietismo,
mirándose sin palabras.
Fernando la examinaba a la luz del sol, gozándose con extraña crueldad
en su desencanto, cada vez mayor. La luz cruda hacia resaltar todos los
detalles de una belleza marchita: el rostro con leves arrugas en plena
juventud, el círculo de palidez amarillenta en torno de los ojos, el
rosa anémico de los labios, el tinte verdoso de la tez, que no habían
conseguido borrar los extraordinarios cuidados de tocador de esta
mañana. Además, el niño que iba a presentarse de un momento a otro; el
marido, que estaba en su camarote roncando la cerveza de la noche; el
vestidillo pobre, que ella había intentado realzar con unos encajes
baratos y un ramo de violetas artificiales fijo en el talle... Todo esto
daba a su nuevo amor cierto aire ridículo. Seguramente que si pasaba
Mrs. Power ante ellos, no podría mantenerse en su altivez silenciosa y
sonreiría irónicamente... Pero un egoísmo optimista protestaba en su
interior contra tales escrúpulos.
--Podrá ser grotesca, ¿y qué?... Me divierte, y basta. El amor siempre
es amor, por ridículo que parezca, y esta pobre mujer me quiere. Soy
para ella la ilusión, el recuerdo de un mundo en el que vivió y al que
no puede volver... Lo que importa es llevar las cosas adelante: sacar
algo positivo.
Y con tortuosa astucia iba encaminando la conversación hacia donde era
su deseo. Ella hablaba con los ojos perdidos en el infinito, queriendo
prolongar el encanto de la noche anterior. Evitaba el mirarlo, para no
sufrir una timidez que cortaba sus palabras. Hablaba como si estuviese
sola, exteriorizando su pensamiento en un monólogo. ¡Dulce noche! ¡Vida
fantástica de ensueños maravillosos desarrollados en la sombra!... Ella
se había visto conviviendo con él en uno de aquellos países de América
hacia los cuales marchaba el buque. Eichelberger no existía; había
muerto, o tal vez estaba de vuelta en Europa. Y los dos existían unidos
como esposos, en la libertad de un pueblo nuevo, teniendo con ellos a su
hijo.
Fernando y Karl eran los dos únicos seres de este mundo que ella podía
amar. Vivir para siempre entre el hombre adorado y su hijo, ¡qué inmensa
dicha!... Pero no era más que un ensueño; una ilusión del viaje
oceánico. Cuando saliesen de la clausura del -Goethe-, cada uno se iría
por su lado; y aunque por una bondad de la suerte llegasen a vivir
juntos, Fernando no toleraría la presencia caprichosa y enfermiza de
aquel niño que no era suyo. Y ella no podía existir sin Karl.
Aceptó Ojeda con sonrisa bondadosa estos ensueños, mientras en su
interior empezaba a latir la irritación de la protesta. ¿Por qué dar un
ambiente de hogar burgués a un amor que todavía estaba empezando?...
Para aquella walkyria de poéticos éxtasis y ojos nostálgicos, la pasión
tomaba una seriedad vulgar, moldeándose con arreglo a los santos
principios de la familia y el buen orden. Si continuaba en sus
ensueños, iba a proponerle el amor en pantuflas al lado del fuego, ella
mal peinada y con bata, cortando meticulosamente las tostadas, vigilando
el hervor de la cafetera; él con una pipa enorme, leyendo gacetas y
acariciando la cabeza estoposa de un niño que no era suyo... ¡Muchas
gracias!
Pero se cuidó de ocultar estas impresiones internas, encaminando el
diálogo amoroso hacia sus deseos. ¡Vivir juntos! También había soñado
con esta felicidad en la noche anterior... Para él, la posesión era un
compromiso sagrado, que le unía por siempre a una mujer, añadiendo la
ternura de la gratitud al desinterés del amor. ¡El día que ella, de
buena voluntad, se decidiese a hacerle feliz con algo más que sus
besos...!
Mina, adivinando el término de esta fraseología, se ruborizaba,
echándose atrás con instintiva conservación. No; siempre diría no. En
otros tiempos, tal vez; cuando ella era joven y hermosa; cuando tenía la
certeza de que podía dar felicidad y orgullo con la limosna de su
cuerpo. ¡Pero ahora!...
Se daba cuenta de su ruina. Era una sombra del pasado, y si llegaba a
ceder en un momento de bondad, se arrepentiría luego, viendo en Ojeda un
gesto de decepción, lo mismo que si acabase de sufrir un engaño. «No,
novio mío, no.» Lo importante era amarse. Lo otro habría de ocurrir
forzosamente cuando viviesen juntos, pero no era de más valor que
cualquiera de las funciones viles que entristecen nuestra existencia.
¡Quién sabe si traería como resultado el desvanecimiento de la
ilusión!... «Vivamos así... Tal vez cuanto más tarde eso que tú deseas,
más tiempo durará nuestro amor.»
De pronto, su conversación tuvo un testigo. Era Karl, que había
abandonado el gimnasio y se mantenía de pie entre los dos, mirando a uno
y a otro sin entender lo que hablaban. En su atenta inmovilidad notábase
una expresión de niño viejo, un fruncimiento de cejas de persona mayor
que sospecha y reflexiona. Su frente saliente, de testarudo, parecía
hincharse y latir. Dejábase acariciar por la mano distraída de Fernando,
pero de pronto huía de él y se arrojaba de cabeza en el regazo de la
madre, permaneciendo con los brazos extendidos, cual si pretendiese ser
para ella un escudo protector.
Creía olfatear un peligro, con ese instinto misterioso de los seres
simples que ven en el aire cosas y amenazas completamente ocultas para
las personas de razón; el sentido que hace aullar al perro en la casa
donde se prepara una desgracia; el impulso que guía el revoloteo de
ciertas aves sobre la vivienda a cuyas puertas llama la muerte.
Mina acariciaba la nuca de su hijo, y éste acogía la amorosa protección
con un runruneo sordo, lo mismo que una bestezuela doméstica que siente
disiparse su pavor. Pero el pensamiento de la madre estaba cada vez más
lejos de Karl. Todo él era para Ojeda, que la devolvía a su pasado. Sus
ilusiones de artista, su entusiasmo por la emoción estética, su
veneración por el genio, habían reaparecido de golpe. En su amor había
mucho de agradecimiento para aquel hombre, gracias al cual resurgían de
entre las ruinas y los pesimismos de la decadencia sus antiguos
entusiasmos de cantante. Aún creía posible la continuación de su vida
pasada; menos brillante que en otros tiempos, manteniéndose en segundo
término, pero con iguales satisfacciones. El engaño de su matrimonio con
un artista mediocre iba a ser un paréntesis de sombra nada más. Tal vez
se cumpliese el soñado destino, acabando ella por ser la compañera de un
grande hombre.
Aprendería el castellano para saborear las obras de Ojeda, que
indudablemente era un genio. Se lo decía su amor. Cuando viviesen
juntos, entraría de puntillas en su estudio, permaneciendo detrás de él
en amorosa contemplación, como una esclava. Y cada vez que terminase un
verso... un beso; a cada estrofa concluida, seis, doce... una lluvia; y
cuando diese fin a la obra, él la leería con su voz de oro, y ella
escucharía arrodillada a sus pies adorándolo como un dios: «¡Oh, mi
novio, mi Tannhauser!... ¡Poeta colosal!».
Así pasaron la mañana, fantaseando sobre el porvenir, sin poder cambiar
otras caricias que algunos apretones de manos por encima de Karl,
hundido entre las rodillas de su madre.
El niño sólo abandonó su enfurruñamiento al hablarle Mina en alemán de
la fiesta de la tarde. Comenzaban los -Olympishe Spiele- con que chicos
y grandes iban a celebrar durante cuatro días el paso de la línea. Y
estos juegos olímpicos consistían en tragar pasteles con rapidez, llenar
un tanque de patatas, enhebrar agujas, batirse a golpes de almohada,
correr metidos en sacos, saltar obstáculos, y otras suertes que se
repetían en todos los viajes al pasar la línea equinoccial con la
exactitud de ritos religiosos.
Por la tarde iban a ser los juegos de los niños. Ojeda hizo un gesto de
cansancio: prefería quedarse en su camarote. Pero Mina le miró
suplicante. «Novio mío... ven». Ella había de asistir para cuidar de
Karl. ¡Si Fernando estuviese cerca!... No se hablarían, no se mirarían;
pero ¡sentirlo junto a ella! ¡saber que podía verle con solo volver la
cabeza!...
Y Fernando fue por la tarde a la terraza del fumadero, adornada con
banderas y guirnaldas. El capitán, asistido por los «señores de la
comisión», dirigía los juegos. Maltrana, agregado a ella como
representante de su amigo, había acabado por usurpar el primer puesto,
gritando y moviéndose más que todos los otros juntos. Él alineaba a los
niños, y seguido de un marinero con una cesta, iba repartiendo entre
ellos manzanas cocidas. ¡Atención! El que se la comiese antes, ganaba el
premio. ¡Una... dos... tres! Y la gente reía de las grotescas
contorsiones de los pequeños, abriendo las mandíbulas todo lo posible
para tragar mayor cantidad de pulpa azucarada, moviendo las orejas
apresuradamente con la velocidad de su masticación. Un estallido de
aplausos saludaba al triunfador, mientras algunas madres corrían hacia
sus hijos, inclinados en arco, para palmearles la nuca, ayudando de este
modo el deglutido de la materia atragantada.
Luego, niños y niñas, cuchara en mano, corrían de un extremo a otro de
la terraza para recoger sin rotura unos huevos depositados en el suelo.
El ganador era el que regresaba más pronto al punto de partida. Después
corrieron para recoger patatas esparcidas en la cubierta, y el que
llenaba su tanque con mayor rapidez vencía a los otros.
Retiráronse los pequeños para dejar sitio a los grandes. Una fila de
damas ocupó un banco, esperando cada una con una caja de fósforos en la
mano. Venía corriendo hacia ellas otra fila de hombres con cigarrillos
en la boca y las manos atrás. Crujían los fósforos al inflamarse, y una
salva de aplausos acompañaba al primero que conseguía volver a su
asiento con el cigarrillo encendido. Luego, las señoras sostenían en la
mano una aguja, y los jugadores corrían para arrodillarse a sus pies,
procurando con angustiosos titubeos enhebrar el hilo que llevaban en su
diestra.
Comenzó a murmurar el público contra la monotonía de estos juegos.
--¡El chancho!--gritaron muchos--. ¡Que pinten el ojo al chancho!
Maltrana, como si resumiese en su persona a toda la comisión, se inclinó
con el aire bondadoso de un buen príncipe. ¡Ya que el honorable Senado
lo reclamaba con tanta insistencia!...
Pidió una tiza el primer oficial, y con la rapidez de una larga
costumbre, dibujó en el suelo el contorno de un cerdo panzudo. Las
señoras debían avanzar con los ojos vendados, trazando a tientas el ojo
que faltaba en la cabeza del animal.
El «digno representante de la comisión», título que se daba a sí mismo
Maltrana, se apresuró a encargarse de vendar los ojos de las jugadoras y
dirigir sus pasos, disputando este honor a ciertos intrusos que
intentaban despojarle del cargo, adivinando sus ventajas. Con una
servilleta enrollada cubría los ojos de las señoras, indicábalas el
número de pasos que las separaba del dibujo, y cogiéndolas luego de un
brazo les hacía dar vueltas para desorientarlas. Avanzaban titubeantes
las jugadoras, y al agacharse, trazando una cruz en el suelo, que
equivalía al ojo, un estrépito de carcajadas y aplausos irónicos acogía
su obra. El tal ojo quedaba a larga distancia de su sitio natural, o,
cuando más, caía grotescamente en el vientre o el rabo.
Isidro seguía imperturbable, manoseando hermosos brazos con aire
paternal, guiando los bustos perfumados con protectora suavidad. Al
sorprender la mirada de Fernando fija en él maliciosamente, le contestó
con un leve guiño. «Sí; el cargo no era malo... Puramente platónico,
pero algo es algo.»
Permaneció Ojeda toda la tarde cerca de Mina, contemplando estos juegos
que parecían volverlos a todos a las alegrías de los primeros años. Ella
le miraba con el rabillo de un ojo, agradeciendo su permanencia como una
prueba de amor.
Mrs. Power, al aparecer por breve rato en esta parte del buque, no tardó
en adivinar la oculta relación entre los dos, a pesar de su afectada
indiferencia. Este descubrimiento pareció devolverle la tranquilidad. Ya
no la molestaría su antiguo amigo. Y hasta se atrevió a sonreírle
irónicamente, cual si le felicitase por su nueva conquista. Luego
desapareció, siguiendo a los Lowe y a Munster, que la invitaban a
continuar el -bridge-.
A la caída de la tarde se encontraron Ojeda y Mina en la última
toldilla, sobre la cubierta de los botes. Ella quería ver a su lado la
puesta del sol. Desde la línea equinoccial a las costas del Brasil, eran
los atardeceres más hermosos de todo el viaje.
El cielo límpido tenía el color violeta del crepúsculo. A ras del agua
aparecían esparcidas algunas nubes blancas de caprichosos perfiles. El
sol se había hundido tras de ellas, coloreando el horizonte de un rojo
cegador que poco a poco iba palideciendo. Sobre este fondo de oro se
recortaban las nubes tomando el contorno de formas humanas.
Mina se extasiaba en su contemplación. Eran ángeles grandes, ángeles
blancos que marchaban sobre un camino azul por un paisaje de oro. Uno
llevaba en sus manos una arquilla, otro una copa, otro un lienzo. Los
reflejos del sol en sus cimas tenían el brillo de luengas cabelleras
rubias; los sueltos jirones de vapor eran ondulaciones de albas túnicas
removidas por el solemne paso. Y Ojeda, sugestionado por esta
interpretación y por las raras formas que engendraba el crepúsculo, veía
igualmente una teoría angélica sobre un fondo de oro, semejante a los
desfiles de santos en los mosaicos bizantinos.
Iba extinguiéndose la luz, y con la sombra naciente y la disolución de
los vapores desleídos en el crepúsculo se borraron poco a poco las
celestes figuras. Mina, dominada por la emoción del atardecer, sentía el
pecho oprimido. En sus ojos había lágrimas. «¡Ángeles, adiós!» Sólo se
habían mostrado por unos instantes, como las visiones de felicidad que
rasgan el lienzo gris de nuestra vida. Ellos se marchaban, se perdían en
el infinito, lo mismo que ella desaparecería, tal vez muy pronto,
tragada por la sombra.
Apoyaba su pecho en el de Fernando, ponía la cabeza en su hombro,
indiferente a que alguien pudiese sorprenderlos, creyéndose sola con él
en medio del Océano. Suspiraba lacrimosamente, como si la noche que
venía pudiese traerle la desgracia... Ojeda se impacientó. Muy hermosa
la puesta del sol, pero él no podía comprender tanta sensibilidad.
Ella siguió suspirando. «Oh, novio! ¡Siempre!... ¡Vivir siempre juntos;
más allá de la vida; más allá de la muerte!...» Recordaba el último
abrazo del caballero Tristán y la hermosa reina Iseo; una caricia
eterna, infinita, que el gran mago no había envuelto en el misterio de
su música estremecedora. Luego de beber el filtro de amor, el
encantamiento de ellos no duraba años, no duraba una existencia entera:
su poder iba más allá de la muerte... Y cuando después del trágico fin
quedaban acostados para siempre, cada uno en su tumba de piedra, a la
sombra de un monasterio, un zarzal nacido de los restos de Tristán
crecía en una sola noche, cubriéndose de flores y de pájaros, y abarcaba
las dos sepulturas con abrazo tenaz. Se engrosaba y retorcía como una
serpiente negra y nudosa, haciendo estallar el mármol, y al fin su
empuje aproximaba y juntaba a los dos amantes, haciendo que sus
cadáveres, separados por los crepúsculos de los hombres, se consumiesen
unidos en un abrazo eterno que proclamaba la majestad del amor, más
fuerte que la vida... más fuerte que la muerte...
Un grito infantil interrumpió a Mina. Era Karl que la buscaba por la
cubierta de los botes. Hacía mucho tiempo que el clarín había lanzado la
llamada al comedor, sin que ellos lo oyesen. El maestro Eichelberger,
cansado de esperar, se había sentado a la mesa, enviando al niño en
busca de su madre por todas las cubiertas. Mina huyó. «Hasta la noche...
novio.»
Pero la entrevista de la noche fue menos cordial. Se mostró Ojeda
malhumorado por la resistencia de Mina. En vano, aprovechando la escasez
de paseantes después de terminado el concierto, iban los dos hacia «el
rincón de los besos». Inútilmente permanecía ella con la cabeza en su
hombro, prendida de su boca en una caricia prolongada, interminable,
entornando los ojos. Él deseaba algo más. Creía ridícula esta situación.
No encontraba sabor a unos transportes amorosos faltos ya de novedad.
Se separaron fríamente: ella cabizbaja, triste, cerrando los ojos,
haciendo esfuerzos para no llorar; él enfurruñado, sardónico, como un
hombre que se indigna al verse defraudado en sus esperanzas.
Antes de dormir, Ojeda exhaló toda su cólera.
--¡Si cree esa ilusa que voy a perder el tiempo cerca de ella como un
enamorado romántico!... «Boca, sí; cabina, no...» ¡Que vaya al diablo si
no quiere pasar de eso!... De mí no se burla ya nadie a bordo...
Bastante he dado que reír.
A la mañana siguiente se encontraron otra vez en la cubierta de los
botes, pero su entrevista no fue de mejores resultados. Mina lloró. Lo
que deseaba Fernando era imposible. ¿Por qué empeñarse en romper el
encanto de sus relaciones con algo brutal que traería forzosamente una
separación? En otros tiempos, ¡tal vez!... cuando era hermosa. Pero
ahora se daba cuenta de lo lamentable que podía ser la impresión del
hombre que la poseyese. Desengaño; sorda cólera al ver que la realidad
era muy distinta de la ilusión; seguramente olvido. «No, novio mío...
no.»
Después del almuerzo, Fernando no quiso buscarla. En vano pasó Mina
repetidas veces ante una ventana del jardín de invierno junto a la cual
tomaban café Ojeda y su amigo. Mostraba él un visible deseo de no
reparar en los paseantes.
Luego, al reanudarse los juegos en la terraza del fumadero, la alemana
lo encontró a corta distancia; pero fingía no verla, apartando los ojos
cada vez que los suyos iban hacia él. «¡Dios mío! ¡y era posible que sus
amores terminasen así!...» Hubo de hacer esfuerzos para no llorar... ¡Y
todo por las negativas de ella, por la terquedad infantil de él, que
ansiaba su posesión como si pidiese un juguete!...
Sopló una brisa helada del lado de popa que hizo estremecer a las damas,
vestidas ligeramente. Mina tosió, llevándose las manos a los brazos y al
pecho, casi desnudos, sin otro abrigo que el calado sutil de una blusa
blanca. La súbita frescura le hizo imitar a algunas señoras que iban a
sus camarotes en busca de un abrigo.
Cuando estuvo abajo, en el corredor, iluminado en plena tarde como un
pasillo subterráneo, experimentó la inquietud del que cree percibir a
sus espaldas unos pasos invisibles.
No había nadie en esta calle profunda del buque, envuelta a todas horas
en densa penumbra. Adivinábase que todos los camarotes estaban
desiertos. Hasta los criados debían andar por arriba viendo los juegos.
¡Si Fernando apareciese de pronto!... Esta idea la hizo temblar con
estremecimientos de miedo y de dulce inquietud, segura de que si él se
presentaba su caída era inevitable, convencida de antemano de la
flojedad de su resistencia.
Y él apareció, sin que ella, avisada por su presentimiento, mostrase
gran sorpresa. Giraba la llave bajo su mano, abríase la puerta de su
camarote, cuando le vio avanzar con pasos quedos, que el tapiz del
corredor hacía aún menos ruidosos.
Mina se detuvo, llevándose una mano al pecho, conmovida de pavor y de
sorpresa. Pero esta impresión duró poco. Se acordaba de que minutos
antes había dado por perdido el amor de Fernando. ¡No hablarle más!...
¡Ver sus ojos fijos en otra!...
--¡Mi novio!... ¡mi poeta!
Había caído en sus brazos, se colgaba de sus labios en un beso largo de
ruidosa aspiración.
Luego se apartó bruscamente, como si la poseyese otra vez el miedo.
--Márchate... Podrían vernos.
Había entrado en su camarote, estaba al otro lado de la puerta, pero la
mantenía a medio cerrar para verle un momento más, acariciándolo con su
sonrisa y sus ojos.
Cuando quiso cerrar, no pudo. Una rodilla de Fernando, un codo, se
apoyaban en la madera empujándola contra Mina, que oponía el obstáculo
de todo su cuerpo. Y en esta situación, pugnando él por abrir y ella por
cerrar, hablaron los dos en voz queda, temblona, cortada por
estremecimientos de fiebre, como si estuviesen concertando algo penable
en el obscuro misterio de este pasadizo a flor de agua.
Él suplicaba... «Déjame entrar... déjame entrar.» Con la cobarde mentira
del deseo llevábase una mano al corazón jurando la nobleza de sus
intenciones. Podía estar tranquila; no pensaba hacer nada contra su
voluntad: lo que ella quisiera y nada más... Deseaba penetrar en su
camarote solamente para estrecharla en sus brazos sin miedo a verse
sorprendidos por inoportunos transeúntes, para besarla hasta la hartura
sin la zozobra que despiertan unos pasos que se aproximan. Debía tener
fe en su palabra.
--No... no--gemía ella pugnando por cerrar, sin que la puerta obedeciese
a la presión de sus manos y rodillas.
Ojeda insistió. «Déjame que entre...» Nada intentaría contra su
voluntad. Daba su palabra de honor... Y en la confusión de su excitado
deseo, sin saber ciertamente lo que decía, sin darse cuenta de lo
grotesco de sus juramentos, buscó nuevos testigos, nuevos fiadores...
Prometía respetarla por lo que amara ella más en el mundo, por todo lo
que venerase él con mayor admiración.
--Te lo juro... ¡por Wagner! Te lo juro... ¡por Víctor Hugo!
Fue cediendo la puerta lentamente, como si estas palabras fuesen de un
poder mágico. La presión exterior, cada vez más enérgica, la ayudó a
girar sobre sus goznes, arrollando las últimas resistencias de Mina.
Y luego de quedar abierta se cerró de golpe, dejando en absoluta soledad
la penumbra del corredor.
¡Pobre Wagner!... ¡Pobre Víctor Hugo!...
X
Después de la comida, Fernando se sentó en el paseo lejos de la música,
que empezaba su concierto nocturno.
Estaba triste, y su tristeza era de engaño y arrepentimiento. Aquella
pobre mujer había dicho la verdad: las ilusiones de él iban a morir de
un golpe con la satisfacción del deseo. Mejor hubiese sido creerla. Todo
el edificio fantástico elevado en el curso de sus diálogos se habían
venido abajo por un simple encontrón de la realidad. Y Ojeda salía de
esta aventura con una gran inquietud de conciencia. ¿Qué hacer ahora?...
¡Pobre Mina! Ella había sido la primera en darse cuenta de la tristeza y
el desaliento que habían seguido a su delirio amoroso. Al despertar y
serenarse, un gesto suyo de resignación, un adiós humilde, habían dado a
entender a Fernando que no se hacía ilusiones acerca del porvenir. Todo
estaba concluido. Y cuanto él dijese por restablecer el pasado sería
piadosa mentira, falsedad galante para enmascarar su decepción.
En el resto de la tarde habían evitado encontrarse otra vez: ella como
arrepentida de su debilidad, él con remordimiento. Luego de la comida,
mientras Fernando quedaba solo en el paseo, con visible propósito de
aislarse de todos, Mina emprendió con el pequeño Karl el descenso al
camarote, para no volver a mostrarse hasta el día siguiente. Aquella
noche ¡ay! no iba a ser de ensueños...
«Muy bien, señor Ojeda... Has hecho infeliz por unos días a una pobre
mujer que no ha cometido otro delito que el de amarte un poco. Por un
capricho de tu deseo, la has hecho convencerse una vez más de su miseria
física, que ella tenía olvidada... Y de todo esto has sacado un
remordimiento y la vergüenza de tener que mentir, de tener que
ocultarte. No quisiste hacer caso de sus indicaciones y brusqueaste su
resistencia. ¡Muy bien!... Te has portado como un caballero.
Cuando estaba más ensimismado, formulando mentalmente estos reproches,
oyó una voz de mujer junto a él y vio que un bulto se interponía entre
sus ojos medio cerrados y las estrellas del cielo movible extendido
sobre el borde de la baranda y el filo del techo.
--¡Siempre solito, siempre pensando!... Tal vez está usted haciendo
algunos versos lindos.
Fernando se incorporó a impulsos de la sorpresa más aún que de la
cortesía. Era Nélida la que le hablaba. Lo primero que alcanzó a ver fue
su boca, de un rosa húmedo, con los dientes agudos, luminosos; la boca
de tigresa admirada por Isidro, que le sonreía cual si pretendiese
atraerlo.
Turbado por la inesperada presencia, no supo qué decir. Ella agradeció
con una sonrisa esta confusión, considerándola como un homenaje a su
bizarra hermosura, que hacía perder la calma a los hombres más graves.
--¡Siempre solito!...--volvió a repetir--. Usted no quiere ser mi
amigo... Le he mirado muchas veces, le he hablado... y nada.
Encogíase humildemente, como si esta pretendida indiferencia de
Fernando--de la que él no se había percatado nunca--le causase gran
dolor.
--Y el caso es que yo tengo que pedirle una cosa... Deseo que me escriba
algo; dos versos nada más: su firma. Quiero conservar un recuerdo para
que mis amigas sepan que he viajado con el señor Ojeda, un poeta de
España. Todas las niñas tienen algo de usted: una postal, un verso lindo
en el abanico. Y yo no tengo nada... Diga, señor, ¿es que le soy
antipática?
Mientras hablaba se había sentado en un sillón al lado de Fernando. Al
principio mantúvose erguida; pero lentamente se recostó, hasta quedar
con las piernas horizontales, mostrando su adorable bulto a través de la
angosta falda.
Ojeda acogió su petición con un apresuramiento galante, balbuceando aún
por la sorpresa. Escribiría todo un poema, si esto podía darla placer...
Sentíase muy honrado con su petición. ¿Tenía un álbum?... No; ella no
había pensado en adquirir este volumen, que mostraban con orgullo muchas
señoritas de a bordo. Pero le pediría al comisario del buque un
cuadernillo en blanco de apuntaciones o un simple pedazo de papel. Lo
que le interesaba era el recuerdo. Y al mismo tiempo daba a entender
ingenuamente con sus ojos que se había aproximado a él por entablar
conversación más que por el interés que pudieran inspirarle los versos.
Continuó Fernando sus excusas. Nunca la había mirado con indiferencia.
Ella era la alegría del buque; la mujer más hermosa e interesante:
estaba dispuesto a declararlo en verso. Pero ¿cómo acercarse viéndola
secuestrada por sus adoradores, defendida por aquella escolta feroz, que
a su vez parecía fraccionada y enemistada por los celos?
--¡Ah, mis adoradores!--exclamó ella riendo--. No me hable de ellos;
estoy harta... Le advierto, señor, que yo detesto a los muchachos.
¡Gente egoísta e insufrible! Me gustan más los hombres serios y de
cierta edad. Saben querer mejor; rodean a una mujer de mayores
atenciones.
Y miraba audazmente a Fernando con ojos de provocación, para que no
tuviese dudas sobre la persona a la que iban dirigidos tales elogios.
Se había incorporado Ojeda en su asiento para mirarla también con
atrevida fijeza. Un perfume de carne joven, de frescura tentadora,
parecía envolverla. No era la dulzura marchita de la alemana ni el
esplendor de fruto maduro de Mrs. Power. Hasta la imagen de Teri, que se
agitaba en su memoria como un remordimiento, perdió algo de su belleza
al ser comparada con esta muchacha... Era un hermoso animal exuberante
de vida, de fuerza voluptuosa, que iba derramando generosamente los
encantos de su primavera. Algunas veces perdía el sonriente aplomo de su
amoralidad; parecía dudar con cierto miedo, pero después seguía adelante
con mayor ímpetu, guiada por sus impulsos.
Y esta criatura bella e inconsciente, sin más regla de voluntad que el
instinto, venía de pronto hacia él por un capricho inexplicable. ¡Dulces
sorpresas de la existencia!... No era posible dudar. Bastaba ver sus
ojos fijos en él con un ardor de pasión, dilatándose cual si quisieran
absorber su imagen; su boca de frescura insolente y esplendorosa
escarlata estremeciéndose con un bostezo amoroso, sintiendo repentinos
abrasamientos que hacían salir la lengua de su encierro para pasearse
por los labios; sus dientes de devoradora que parecían temblar con el
fulgor de un acero pronto a hundirse en la carne... No podía explicarse
esta buena fortuna; pero era indiscutible que Nélida, abandonando a su
tropa de adoradores, se aproximaba a él, que no había hecho esfuerzo
alguno por atraerla. Y despertaba en Ojeda el orgullo sexual que duerme
en el fondo de todo hombre; la fatuidad masculina, que se considera
irresistible con sólo una mirada o una palabra de femenil aprobación; la
fe ciega en el propio valer, que acepta como naturales y lógicas todas
las aproximaciones, por inverosímiles que sean.
Recordó Ojeda cuanto había oído contar de las travesuras de Nélida,
disculpándolas por adelantado. Tal vez habría en ellas mucho de
exageración. Las gentes de a bordo, siempre desocupadas, mentían
grandemente. Y aunque todo lo que contaban fuese cierto... ¿qué había de
censurable en que él marchase sin compromisos por el mismo camino que
otros habían frecuentado antes? «El mar era... el mar.» Estaban aislados
del mundo, en medio de la soledad, como si la vida hubiese concluido en
el resto del planeta, olvidados de sus leyes y preocupaciones. Cuando
volviese a tierra recobraría el fardo de sus compromisos y antiguos
afectos. Esta juventud de carne primaveral y firme como la pulpa verde,
y con un perfume semejante al de los jardines después del rocío, era un
regalo de la buena suerte para compensarlo de su desilusión de aquella
tarde. ¡A vivir!...
Se inclinaba hacia ella como si no la oyese bien, y Nélida, por su
parte, descansó un brazo en el sillón de Fernando, gozosa de sentir su
epidermis en casual contacto con una de sus manos. Hablábanse sin mirar
a los que transcurrían junto a ellos, sin reparar en sus ojeadas de
sorpresa y sus cuchicheos de comentario. Algunas matronas se erguían
dignas y austeras, volviendo los ojos por no verles, pero al llegar a la
otra banda del paseo lanzaban la noticia, una gran noticia para la gente
ansiosa de novedades.
--¿No saben ustedes?... Nélida, esa loca, ha abandonado a su escolta y
está con el doctor español, el amigo de Maltranita. ¡Pobre hombre!
Las niñas, que admiraban y temían a Nélida como la personificación del
pecado, se tocaban con el codo al pasar ante ellos.
--Una nueva conquista... Ahora ha caído ese señor tan serio que hace
versos... y no baila. ¡Qué Nélida!...
Ella, con su fina observación femenil, se daba cuenta del revoloteo de
los curiosos y sentía orgullo por este escándalo, que pasaba inadvertido
para Ojeda.
Lo único que notó éste fue la familiaridad cada vez más grande con que
le trataba Nélida. No se habían cruzado entre ellos verdaderas palabras
de amor. Sólo había osado él algunas galanterías de las que no
comprometen, pero la joven le hablaba ya lo mismo que a un amante.
Tenía una confianza absoluta en su poder sobre los hombres. Le bastaba
colocar la mirada en uno de ellos para considerarlo suyo, sin molestarse
en consultar su aprobación. Era el centro de la vida en aquel pedazo de
mundo que flotaba sobre el Océano, y todo el sexo masculino debía girar
en torno de su persona. Aquel a quien ella hiciese un gesto, un leve
llamamiento, tenía que venir forzosamente a arrodillarse a sus pies. Y
satisfecha de este poder de seducción que nadie osaba resistir, seguía
hablando con Fernando y se justificaba de las ligerezas de su pasado, de
las cuales no le había pedido él cuenta alguna.
Era muy desgraciada--y al decir esto acentuó con asombrosa facilidad el
brillo lacrimoso de sus ojos--. Tenía un novio en Berlín que ansiaba
casarse con ella, pero los negocios de papá habían roto de pronto su
dicha obligándola a embarcarse. ¡Qué infortunio el suyo! ¡Y ella que
amaba a este novio con toda su alma!...
Ojeda arriesgó tímidamente algunas observaciones. ¿Y el otro alemán que
pasaba a bordo por pariente suyo? ¿Y el belga y los demás amigos?...
Pero Nélida le contestó sin el más leve indicio de cortedad. Éstos le
servían para divertirse. Era joven: aún no había cumplido diez y ocho
años. La vida es corta y hay que aprovecharla. Nada le importaban las
murmuraciones; todo se arreglaría al fin casándose, y ella estaba segura
de encontrar en América un marido tan pronto como lo creyese necesario.
Uno de la tierra no, porque todos en aquel país eran a la antigua,
celosos, feroces, intratables en sus preocupaciones. Algún -gringo-,
algún extranjero tentado por su belleza y la fortuna de papá. Y al decir
esto sonreía de un modo cínico.
«Esta muchacha es loca--pensó Ojeda, asombrado por la rapidez con que se
sucedían en ella las impresiones y la franqueza con que exponía su
amoralidad--. ¡Una loca adorable!»
Como si repentinamente se arrepintiese de su cinismo, tomó Nélida una
expresión melancólica. No pensaba hablar más con aquellos jóvenes que la
asediaban a todas horas. Estaba aburrida de sus peleas y rivalidades; no
le inspiraban interés. Faltaba algo en su vida, sin que ella se diese
cuenta de lo que pudiera ser. Tal vez por eso había cometido tantas
ligerezas y travesuras en el buque. Pero aquella misma noche había
adivinado de pronto cuál era su deseo, qué es lo que le faltaba para
sentirse dichosa. Y al decir esto, envolvió a Fernando en una mirada
hambrienta.
«¡Qué loca!», siguió pensando él, mientras experimentaba la satisfacción
del orgullo.
Dudaba un poco de la sinceridad de sus palabras y gestos. Tal vez este
acercamiento no era más que un capricho de su carácter tornadizo. Pero
aun así, sentía halagada su vanidad, y no dudó un instante en
aprovecharse de la aproximación.
Nélida continuó explicando el pasado. Desde que vio a Fernando por
primera vez, frente a Tenerife, no había podido olvidarle... Esperaba
que se aproximase, pero él se mantenía siempre aparte, y la rutina
social no permite que la mujer inicie ciertas cosas. Luego había sufrido
mucho viéndole con ciertas mujeres--y la atrevida muchacha tomaba un
aire pudibundo al recordar los amoríos de él en el buque--. Odiaba a la
señora norteamericana, tan estirada y orgullosa, que nunca había
contestado a sus saludos; odiaba también a aquella fea mal trajeada que
iba con él en los últimos días. Esta amistad era indudablemente por
reírse, ¿verdad?... ¡Un hombre como él exhibiéndose al lado de una pobre
madre de familia!... Y al experimentar tales contrariedades había visto
Nélida con claridad que era Fernando lo que ella deseaba.
Muchas veces había preguntado por él a su amigo Isidro, queriendo
conocer detalles de su existencia anterior. Maltrana podía decirle el
interés que le inspiraban todas sus cosas; cómo ella, que no ponía
atención en la vida de los demás--pues bastante tenía con los asuntos
propios--, había sido la primera en enterarse de su intriga con Mrs.
Power, y cómo había protestado después al verle exhibiéndose junto a
aquella verdosa mal pergeñada.
En este momento pasó Isidro junto a ellos por cuarta o quinta vez,
mirando, tosiendo, haciendo esfuerzos para que Ojeda reparase en él y le
diese motivo de intervenir en la conversación. Nélida le llamó.
--Acérquese, Maltrana. ¿Cómo le va?... Diga si no es cierto que yo le he
preguntado muchas veces por este señor... diga si no me he quejado
porque su amigo me miraba con cierta antipatía y parecía huir de mí.
Isidro se inclinó con una gravedad cómica. Exacto. Él lo afirmaba con
toda clase de juramentos. Y al decir esto, sus ojos iban hacia Fernando,
gozándose en su asombro por esta aventura inesperada. ¡Ah, varón digno
de envidia!...
--¡Nélida!... ¡Nélida!
Era un llamamiento imperioso de su madre, asomada a la puerta del
fumadero. Como de costumbre, dejó que se repitiera muchas veces sin
prestar atención; hasta que al fin abandonó, refunfuñando, su asiento.
--¡Señora odiosa!... De seguro que no es nada que valga la pena...
Alguna intriga de ésos para molestarme porque estoy con usted.
«Ésos» eran los adoradores, que vagaban desorientados por la cubierta
desde que Nélida había huido de su compañía. Les había visto pasar
repetidas veces ante ella, hablando en alta voz para atraer su atención,
fingiendo luego que contemplaban el mar mientras aguzaban el oído
queriendo sorprender algunas palabras de su diálogo... Iba a decirles a
estos importunos lo que merecían por sus tenaces persecuciones y por
mezclar a mamá en sus asuntos. ¡Qué atrevimientos se permitían sin
derecho alguno!...
Cuando empezaba a alejarse con aire belicoso, se detuvo, volviendo sobre
sus pasos.
--Espéreme aquí, Ojeda... No se vaya; ahora mismo vuelvo... Piense que
me dará un disgusto si no le encuentro. Ya lo sabe... ¡quietecito!
Y le amenazó sonriente, moviendo el índice de su diestra. Al quedar
solos Fernando y Maltrana, éste rompió a reír.
--Muy bien, ilustre amigo. Flojo escándalo han dado ustedes esta noche.
No se habla en el buque de otra cosa.
El aludido hizo un gesto de extrañeza y asombro. Escándalo, ¿por qué?...
Una simple conversación, como tantas otras que se desarrollaban en la
cubierta a la hora del concierto.
--Es que la niña tiene su fama muy bien ganada. Y usted también empieza
a gozar la suya, en vista de ciertos hechos recientes. Por eso al verles
juntos de pronto, cuando hasta ahora no habían cruzado dos palabras,
todos suponen un sinnúmero de cosas.
Y Maltrana imitó los gestos de escándalo de las señoras: «Un hombre tan
serio y distinguido... siempre con sus libros o escribiendo... y de
pronto se lanzaba a "flirtear" sin recato alguno... ¡Hasta con Nélida,
que casi podía ser hija suya!... Fíese usted de los hombres. ¡Todos
iguales!».
Ojeda se excusó. Él no había hecho nada para aproximarse a esta
muchacha. Era ella la que lo había buscado de pronto, sin motivo
visible.
--Así es--dijo Isidro--. Hace tiempo le predije lo que iba a ocurrir. Ya
que usted no iba a ella, ella vendría a usted... Y ha venido: estaba yo
seguro de ello.
Fernando hizo un gesto interrogante: «¿Y por qué?...».
--Vaya usted a saber... Ante todo, esa muchacha es medio loca: ya se
habrá usted dado cuenta. Luego, la contrariedad de no verse buscada, su
orgullo sublevado al notar que no conseguía su atención. A usted lo
consideran buen mozo las matronas más austeras, y lo que es mejor aún,
figura como el más «distinguido» entre los hombres serios de a bordo.
Tiene también su poquito de leyenda misteriosa. Le suponen grandes
amores en el viejo mundo, relaciones con duquesas, princesas o ¡qué se
yo más!... En fin, con damas que llevan coronas bordadas hasta en las
ropas más interiores, lo mismo que las heroínas de ciertas novelas.
¡Figúrese qué bocado magnífico y tentador para nuestra hermosa tigresa!
Fernando rio de este prestigio novelesco que le suponía su amigo.
--Además, usted ha empezado a distinguirse en los últimos días como un
rival de Nélida en punto a escandalizar a las buenas gentes. Sus
«flirteos» casi han llamado tanto la atención como los de esa muchacha.
Ella y usted son los dos primeros amorosos de a bordo. Y Nélida no puede
sufrir rivalidad alguna... ¡Un hombre que se distingue por sus amoríos y
no se digna fijar los ojos en ella, que se considera la mujer más
hermosa del buque!... No ha necesitado más para correr hacia usted.
Isidro había seguido de cerca la rápida transformación de Nélida. Hacía
dos días que le hablaba a cada momento de su amigo con gran interés,
preguntándole por su vida anterior. Aquella noche, después de la comida,
se había peleado con los jóvenes de su banda en el jardín de invierno,
sin saber por qué. Luego, en las cercanías del fumadero, nueva
discusión, terminada con una ruptura insultante.
Los admiradores se habían alejado de ella, puestos de acuerdo con
maligna solidaridad. Estaban seguros de que al verse sola, en el
aislamiento en que la habían dejado las mujeres por sus travesuras
anteriores, volvería a buscarlos forzosamente, por tedio y ansia de
diversión. Pero Nélida había aprovechado este abandono para ir al
encuentro de Ojeda, y ahora los adoradores, chasqueados por el fracaso,
no sabían qué inventar para atraérsela.
--Ellos, sin duda, han sugerido a la madre su reciente llamada. Le
habrán hablado del escándalo que da Nélida al exhibirse al lado de
usted, y la mulatona, que desea reducir a su hija, sin saber cómo, les
ha hecho caso.
Mostrábase optimista Maltrana, felicitando a su amigo por su buena
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