tributo.
Le ofreció su estuche inagotable lleno de cigarros habanos. Eran las
tres. El doctor había dormido su corta siesta habitual, y encontrándose
solo, deseaba charlar con Isidro. Éste se puso de pie para encender el
cigarro, y su vista buscó a través de las ventanas del salón. Había
enmudecido el piano, pero la alemana continuaba en la banqueta,
revolviendo las hojas de las partituras y escuchando a Fernando, que,
acodado en la tapa del instrumento, la hablaba de cerca. La amistad
estaba hecha gracias a la música, complaciente mediadora que no necesita
de presentaciones.
El doctor quiso pasear, y Maltrana le siguió dando chupadas al cigarro
de bravío perfume.
La proximidad de la línea equinoccial parecía alegrar a Zurita. Estaban
cerca de su hemisferio, iban a entrar en él antes de dos días.
--Es, como quien dice, volver a casa, mi amigo. Yo soy muy americano y
tengo unas ganas locas de ver mi cielo. ¡Cuántas noches, en Europa, me
privé de mirarlo, porque no podía encontrar en él la Cruz del Sur!... Y
mañana tal vez la contemplemos. Mi muchachada no comprende estas cosas
del viejo.
Sentía impaciencia por llegar a su tierra, ver a los amigos, enterarse
de la marcha de los negocios, pisar las calles de Buenos Aires. Las
capitales de Europa eran dignas de su admiración, ¡pero Buenos Aires!...
--Pronto llegaremos, si Dios nos ayuda--continuó alegremente--. Allí se
demostrará, galleguismo simpático, lo que usted vale y lo que lleva
dentro. A ver si algún día llega a ser archimillonario y yo puedo contar
con orgullo que hizo conmigo su primer viaje... Pero hay que trabajar,
¿sabe, -che-?... Nada de creer que allí se encuentra plata con sólo
agacharse a tomarla. Se miente mucho. La gente va allá con la cabeza
llena de exageraciones. Además, la plata no se hace en un mes ni en un
año: hay que contar con el tiempo, que vale tanto como el trabajo; hay
que dedicar a una empresa, sea ésta cual sea, la mayor parte de la vida.
Habían dado la vuelta entera al paseo, y el doctor se detuvo cerca de
las ventanas del salón. Otra vez sonaba el piano. Isidro vio a su amigo
de pie junto a la artista, con los ojos fijos en su nuca inclinada,
esperando una indicación de su cabeza para volver las hojas de la
partitura.
--Vea, Maltranita. Lo importante en nuestra tierra es comprar algo,
poseer algo, ser propietario, y luego el país, que va siempre hacia
adelante, se encarga de enriquecerlo a uno, siempre que tenga paciencia
y serenidad. ¿Por qué cree usted que somos un pueblo aparte de los demás
y vienen a fundirse con nosotros gentes de todo el mundo?...
El doctor hacía esta pregunta con una expresión de malicia bonachona en
los ojos y la boca. Maltrana se apresuró a repetir todos los lugares
comunes que había oído sobre la tierra argentina. La feracidad del suelo
virgen, la falta de braceros, la facilidad de crédito para el trabajo...
--Yo he reflexionado mucho, mi amigo, sobre las cosas de mi patria, y
creo que su poder de atracción consiste en que en ella no hay
aritmética. ¿Se entera usted?... Más bien dicho, que su aritmética es
distinta de la que se usa en los demás pueblos. En Europa y fuera de
ella, dos y dos son cuatro siempre. ¿No es eso?... Pues en la Argentina
jamás ha sido así.
Guardó silencio, como si se gozase en la estupefacción de Maltrana, y
luego continuó, con una sonrisa doctoral:
--En los tiempos coloniales, cuando la vieja España nos tenía como niños
en la escuela, y aun mucho después, en la época de nuestras revueltas,
dos y dos jamás fueron cuatro. No había quien sumase, quien pusiese los
dos números uno sobre el otro. Nos vestíamos con tejidos domésticos;
matábamos los animales para aprovechar únicamente el cuero y el sebo,
dejando la carne a los caranchos; cultivábamos la tierra para las
necesidades de casa nada más... Después vinieron los buenos tiempos de
la exportación y de la inmigración, y dos y dos tampoco fueron cuatro.
Se valorizó todo de un modo loco, y dos y dos fueron ocho, dos y dos son
doce, y a lo mejor se levanta uno de la cama, y sin más trabajo que
haber estado durmiendo se encuentra al despertar con que dos y dos hacen
veintidós... ¡Qué país, mi amigo!
Maltrana le escuchaba enarcando las cejas con sincero asombro, como si
esta paradoja del doctor le librase el gran secreto del país adonde él
iba.
Comprendido; lo importante era tener dos sumandos, por simples que
fuesen: dos y dos. El país se encargaba después de hacer la adición con
arreglo a su aritmética maravillosa.
--Pero esa aritmética tiene a veces sus fracasos--continuó el doctor,
acentuando su sonrisa--. La del viejo mundo, tímida y rutinaria, es
inconmovible. Dos y dos siempre son cuatro, ni más ni menos. Allá, en
nuestra tierra, cada diez años tiembla todo, sin que acierte nadie a
descubrir el por qué del cataclismo. Años de sequía y malas cosechas...
Algunas veces, ni esto. Guerras que se desarrollan al otro lado del
planeta, en países que no conocemos ni nos importan un poroto;
restricción de crédito, falta de dinero, Bancos a los que dan «corrida»,
como dicen allá, y que ven sus puertas llenas de gente que retira sus
depósitos; propietarios que desean vender y no encuentra a quién;
capitalistas extranjeros que no quieren hipotecar... y entonces, dos y
dos son uno... dos y dos son nada... y el que no tiene aguante para
esperar que la aritmética recobre su antigua originalidad, queda
reventado para toda la siega.
Maltrana continuó la paradoja del doctor con una objeción. Día llegaría
en que dos y dos fuesen eternamente cuatro en aquel país: cuando sus
campos quedasen divididos en pequeñas fracciones, los desiertos
estuvieran ocupados por una población densa, y se elevasen las aguas
hasta las tierras resquebrajadas ahora de sed junto a ríos enormes como
brazos de mar.
--Así será--dijo el doctor--. Dos y dos serán cuatro en la Argentina
alguna vez... Indudablemente, dentro de siglos. Pero entonces--añadió
con tristeza--nadie irá a ella; porque para encontrarse con la misma
aritmética del país natal, con la novedad de que dos y dos sólo hacen
cuatro, no hay hombre que sienta deseos de moverse de su casa.
VII
--Sí; dice usted bien. El poder demoníaco de la música, que influye en
nuestra suerte, como en otros tiempos influían los astros... El Maestro
habla de él al recordar en sus Memorias los años de iniciación... Afina
nuestra sensibilidad, para que suframos más intensamente las heridas de
la existencia.
Mina Eichelberger, la mujer del director de orquesta, murmuraba estas
palabras con el mentón apoyado en el pecho y la mirada fija en Fernando,
de pie junto a ella.
Hablaban en la cubierta de los botes, bajo la sombra movediza de un
toldo de lona que dejaba avanzar una faja de sol o la repelía, siguiendo
el balanceo del buque, largo, suave, apenas perceptible.
Era en la tarde, después del almuerzo, cuando desaparecían muchos
pasajeros, adormecidos y abrumados por el calor, buscando continuar la
siesta en el camarote bajo el soplo de los ventiladores. Otros, temiendo
encerrarse entre los tabiques de acero, permanecían tendidos en los
sillones de las cubiertas, bajo la azulada sombra de las lonas,
esperando los leves e intermitentes soplos de la brisa sobre el pescuezo
sudoroso, en torno del cual se arrugaba el cuello de la camisa como un
trapo mojado. Sonaban penosos ronquidos, respiraciones jadeantes,
cortando con su estertor animal el augusto silencio de la tarde.
Parecía recogerse el mar, adormecido igualmente, sin otro rumor que el
del roce de sus espumas en los flancos del navío. Un crujir de pasos
sobre la madera hacía entreabrir algunos ojos, que tornaban a cerrarse
apenas se alejaba el paseante importuno. Los gritos de los niños en la
cubierta alta, jugando insensibles al sol y al calor, sonaban con
extraordinario eco, recordando el vocerío de la chiquillería en la plaza
blanca de un pueblo meridional a la hora de la siesta.
Todos los habitantes del buque sentían después del almuerzo una
tendencia al sueño, abrumados por el caliginoso ambiente entorpecidos
por una elaboración pesada, anonadados y felices al mismo tiempo por las
voluptuosas contracciones del tubo digestivo en plena tarea
asimilatoria. Era el momento--según Maltrana--de la gran pureza. Los que
en otras horas del día rondaban por cerca de las faldas, con miradas
invitadoras y palabras insinuantes, permanecían tendidos en las
cubiertas. Los que a la caída de la tarde parecían reanimarse con la
brisa y se estiraban impulsivamente, lo mismo que fieras carnívoras que
despiertan, quedábanse ahora hundidos en los sillones del fumadero con
la inconsciencia de la boa enrollada, siguiendo vagamente las
espirales de humo del cigarro.
Parejas amigas, de cuyas intimidades se ocupaban con deleite los
murmuradores, permanecían en los asientos de la cubierta, sin verse, sin
conocerse, volviéndose la espalda, faltos de fuerzas para cambiar una
palabra, deseando tranquilidad y olvido. El bienestar animal de la
digestión y la atmósfera ardiente rechazaban el amor a segundo término
durante unas horas, como algo molesto e intolerable. Las pasiones
anteriores enmudecían. Nadie osaba insinuar una petición por miedo a
verla aceptada, teniendo que descender a la asfixiante penumbra del
camarote removida por el aleteo del ventilador.
Y fue en esta hora cuando Ojeda entabló su cuarta conversación con Mina
Eichelberger. Habían cruzado la palabra por vez primera en la tarde
anterior, al avistar el buque las islas de Cabo Verde. Aún no hacía
veinticuatro horas que se conocían, y Fernando la hablaba con absoluta
confianza, libre de los retrocesos que inspira la timidez, como si un
largo trato de años hubiese desgastado entre ellos todas las
angulosidades de la prudencia y el miedo. La vida sobre el Océano en una
jaula flotante de algunos centenares de metros, donde era imposible
moverse sin tropezarse, hacía marchar las amistades vivamente.
Cuando el buque estuvo frente a las islas y los pasajeros contemplaron
las montañas, tras las cuales se ocultaba el sol ensangrentando el
horizonte, los dos se hablaban ya con rápida confianza y sus manos
sentían un estremecimiento simpático al encontrarse entre las hojas de
las partituras. Veíanse solos en el salón, olvidados de la gente, que
había afluido a los costados del buque. Mina cantaba a media voz,
súbitamente ruborosa al pensar que Fernando estaba de pie detrás de
ella, dejando caer su mirada sobre su nuca y sus espaldas. Se
avergonzaba tal vez, con súbita coquetería, al verse mal trajeada y sin
ningún adorno de tocador. Cuando sus manos permanecían inertes sobre el
piano y cesaba de cantar, hablaban entonces de la música, de los
célebres maestros, del gran mago, del nigromante--nombres que Ojeda daba
a Wagner--, insistiendo en estos tópicos que habían servido de pretexto
para iniciar su conocimiento.
Las primeras palabras habían sido en inglés, luego en francés, y al fin,
como si buscase ella mayor desahogo para su expresión, habló en
italiano, un italiano lento, titubeante, recuerdo de una época cercana
en la cronología de su existencia, pero remota, muy remota, en sus
recuerdos. Era la época de su gloria, durante la cual había cantado
fuera de la tierra germánica las obras del más famoso de los maestros
alemanes.
El pequeño Karl, niño de gravedad hombruna, al ver a su madre en
conversación con este desconocido, había olvidado el libro de estampas,
marchando hacia ella para colocarse entre sus rodillas. Abría sus ojos,
asombrado por el lenguaje incomprensible que se cruzaba entre los dos, y
de vez en cuando, con la tenacidad vanidosa de los pequeños que no
toleran verse olvidados, hablaba a su madre en alemán formulando una
petición, o se frotaba contra sus rodillas para hacer visible su
presencia.
Jugueteaban las manos de Mina en sus cabellos lacios, de un rubio
blancuzco, pero distraídamente, con un descuido de madre preocupada, sin
que ojos descendiesen hasta él. Miraba a Fernando con una franqueza
varonil, cual si fuese un camarada, sonriendo a todas sus palabras sin
saber por qué. Fijábanse sus pupilas en las pupilas de él resueltamente,
como si quisiera sondearlas con su fluido visual. Pero de pronto
arrepentíase de esta confianza, sentía miedo y vergüenza, y giraba la
cabeza para escucharle con los ojos perdidos en los pentagramas del
libro de música.
Él hablaba mientras tanto, más atento a sus pensamientos mudos e
internos que a lo que decía con su boca. La examinaba audazmente,
detallando con los ojos toda su persona, sin obtener al final un juicio
exacto. ¿Era fea?... ¿Era hermosa, con una belleza exangüe de flor
marchita?... Ojeda recordaba ciertos muebles antiguos, de dorados
borrosos y nácares opacos, que al abrir sus cajones esparcen un perfume
sutil de alma olvidada. Pensaba también en los salones viejos y
polvorientos, que guardan entre las grietas de sus muros jirones de
ricas tapicerías reveladores de suntuosidades que fueron; en las voces
débiles, quejumbrosas por la enfermedad, que de pronto se arrastran con
roce aterciopelado o se elevan con la vibración de una perla sobre el
cristal, denunciando un pasado de gloria...
Veía su cuello esbelto, de líneas armoniosas y gráciles cuando
permanecía en reposo, pero que a la menor contracción marcaba la tirante
madeja de sus tendones. Se fijaba en la cortante arista de las
clavículas bajo la epidermis mate, de una blancura verdosa que absorbía
la luz sin reflejarla. La más leve sonrisa abría en sus mejillas dos
tristes oquedades obscuras, que tal vez habían sido antes graciosos
hoyuelos. Una consunción interna había devorado las morbideces que
suavizan con armonioso almohadillado el cuerpo femenil; pero esta
consunción era irregular, fragmentaria, ensañándose en unas partes del
organismo y olvidando otras, dejando incólume, con incomprensible
respeto, lo más prominente: los pechos todavía frescos y victoriosos
sobre el torso enflaquecido, semejante a un doble blasón de mármol en
una fachada ruinosa; las caderas de robustez germánica firmes e
inconmovibles, como si en ellas fuese más el hueso del armazón que la
carne del revestimiento.
La piel, tersa en unos lugares del cuerpo, se aflojaba en otros, dejando
dolorosos vacíos entre ella y el óseo andamiaje. Pero la mirada era
indudablemente igual que en los tiempos de su gloria. Los extremos de la
boca, los ángulos externos de los ojos, remontábanse a un tiempo con la
sonrisa, una sonrisa interior, dulce y enigmática como las que pintaba
Leonardo. La decadencia física se había detenido piadosa ante la bella
expresión de sus labios, encorvados hacia arriba como una luna en
creciente. Sus párpados, algo marchitos, filtraban al encontrarse una
luz transfiguradora semejante a la del sol sobre las ruinas, que dora el
moho de las piedras negruzcas y da alegrías de jardín a las plantas
parásitas de los escombros. Un tenue olor de carne perfumada y enferma
llegaba hasta Ojeda, pero tan leve, tan vagoroso, que no sabía
ciertamente si era su olfato quien lo percibía o su imaginación. Y otra
vez pensaba en el ambiente dormido de los antiguos muebles de secreto,
que huelen a cartas de amor, polvo, ramilletes secos, cintas olvidadas y
polillas.
Por la noche había vuelto a hablar con ella largamente. En las
inmediaciones del fumadero, Mina lo presentó a su esposo, aprovechando
una rápida salida de éste, que iba a su camarote en busca de tabaco,
abandonando a los compañeros y las altas columnas de redondeles de
fieltro que denunciaban los -bocks- consumidos.
El músico se mostró cortés y respetuoso. Era un honor para él estrechar
la mano de tan gran poeta. No había leído un solo verso de Fernando,
pero en las averiguaciones y curiosidades de los primeros días de
navegación, cuando todos desean saber quién es el vecino, Maltrana había
hablado del talento poético de su compañero, y esto bastó para que lo
designasen por antonomasia con el título de «el poeta». Algunos
alemanes, dispuestos a reconocer y acatar todas las diferencias y
jerarquías sociales, por una irresistible tendencia a la admiración, le
llamaban «el gran poeta»... «un poeta colosal», con méritos tanto más
grandes cuanto que vivían perdidos en el misterio de una lengua
desconocida.
Ojeda experimentó al examinar al maestro Eichelberger la misma sensación
que ante su esposa. Vio algo que había sido, y al no ser, guardaba en su
ruina los muertos esplendores del pasado. Los gestos, las palabras, todo
en su persona era de un hombre superior al medio en que vivía
actualmente. Rebuscaba sus palabras, se atusaba el bigote, un bigote de
antiguo germano, con los extremos caídos; se echaba atrás, con aire de
inspirado, la luenga cabellera rubia, en la que apuntaban las canas.
Pero sus ojos macilentos, de córneas ligeramente inflamadas, los
manchurrones rojizos y malsanos de su rostro, cierta timidez al verse en
presencia de alguien que por su superioridad le hacía recordar el pasado
como un remordimiento, revelaban los vicios tenaces de su vida
fracasada. De pronto, para no delatarse en los azares de una larga
conversación, se apresuró a despedirse del poeta. Fernando creyó
igualmente que el músico huía de mostrarse ante su mujer en esta forma
cortés tan contraria a la realidad, temiendo sin duda la muda ironía de
sus pensamientos.
Quedaron solos hasta cerca de media noche en un rincón de la cubierta,
teniendo entre los dos al pequeño Karl, que empezaba a familiarizarse
con Ojeda. Cuando se cansaba de apoyar la cabeza en las rodillas de la
madre, iba en busca del nuevo amigo, acogiendo como un gatito manso la
caricia de sus manos en la flácida cabellera. El sueño acabó por
rendirle, y Mina lo llevó a su camarote, despidiéndose de Fernando con
visible contrariedad. Pero a los pocos minutos volvió a subir, como si
tirase de ella algo superior a sus preocupaciones de madre, y tuvo una
mirada de gratitud para Ojeda al verlo inmóvil en el mismo asiento, cual
si prolongase mudamente la entrevista anterior.
Volvieron a hablarse, pero completamente solos, en creciente intimidad,
sin prestar atención a la orquesta, que ejecutaba su concierto nocturno
de valses sin fijarse en las miradas curiosas de algunos paseantes que
parecían tomar nota del repentino acercamiento de dos personas que hasta
entonces nadie había visto juntas. Una tos seca y persistente hizo
volver la vista a Fernando. Era Mrs. Power con la pareja de compatriotas
suyos que pasaba por delante de él fingiendo no verle.
A la mañana siguiente se habían encontrado de nuevo. Mina subió a la
cubierta en las primeras horas, mucho antes que los otros días, llevando
de la mano a Karl. El pequeñuelo, apenas vio a Fernando, corrió hacia
él, dejando flotar sus rubias guedejas sobre el cuello azul de su blusa
marinera. Este vínculo de aproximación hizo que los dos se abordasen
sonrientes, con la mano tendida, continuando la conversación de la noche
anterior. Y una vez terminado el almuerzo, Karl se había encaramado por
una de las escaleras que conducían a la última cubierta, atraído por la
gritería de los niños en pleno juego. Su madre le siguió, mirando antes
en torno para ver si Ojeda estaba cerca. Y éste fue tras ella peldaños
arriba, como si le atrajese su pálida sonrisa.
«Aún no hace veinticuatro horas que nos conocemos--pensaba Fernando--.
¡Los milagros del encierro común! En tierra, hubiese necesitado meses
para llegar a esta intimidad.»
Se habían aislado los dos en medio del rebullicio que agitaba al pasaje
con motivo de las próximas fiestas del paso del Ecuador. Fernando seguía
a la alemana en la vida de modesto apartamiento que hasta entonces había
llevado, tímida y orgullosa a la vez. La noche anterior se había
acercado Isidro a él cuando estaba hablando con Mina. Debía recordarle
que era uno de los presidentes del comité organizador de las fiestas, y
los señores de la comisión reclamaban su presencia antes de terminar el
programa. Pero Ojeda repelió con mal humor el inoportuno llamamiento.
Maltrana podía representarle: delegaba en él toda la majestad de su
importante cargo.
A la mañana siguiente le buscaron los señores de la comisión.
Solicitaban su concurso para la velada literaria y musical, una fiesta
en la que todos los pasajeros poseedores de alguna habilidad artística
iban a mostrarla, para el gozo estético de sus compañeros de viaje.
Sonaba el piano incesantemente en el gran salón bajo los dedos
entorpecidos de las señoritas que preparaban su «número». Otros pianos
no menos balbuceantes y expuestos a error contestaban desde los extremos
de la cubierta, en la sala de los niños y en los camarotes de gran lujo.
Voces aflautadas y tímidas vocalizaban romanzas sentimentales, canciones
napolitanas, y se interrumpían para decir: «¡Viniendo artistas a bordo!
¡qué atrevimiento!...». Algunas jóvenes, bajo la crítica severa de un
tribunal de padres y de tías, recitaban versos en francés, tapándose con
un abanico los ojazos ardientes de criolla o la boca carmesí, en la que
empezaba a diseñarse la seda de un leve bozo, contorsionando con
reverencias de dama versallesca sus caderas en capullo de futuras
procreadoras.
Ojeda repelió con terquedad estas invitaciones al «gran poeta» para que
recitase algunas de sus obras. Él no gustaba de tales fiestas: no sabía
decir bien dos versos seguidos; además, una gran parte de los oyentes no
entendían su idioma. Podían dirigirse al conferencista italiano o al
abate de las barbas, que hacían el viaje para divertir al público. Él se
había embarcado con otros propósitos... Por cortesía, los invitantes se
dirigieron también a Mina, recordando que la habían visto sentada al
piano. Podía «llenar un número». Pero ella se negó ruborizada, alegando
que no era artista, sino la simple esposa del director de orquesta, y su
intervención podía molestar a las «estrellas» de opereta que venían en
el buque. Y los invitantes no creyeron necesario insistir más cerca de
una mujer pobremente vestida y que se apartaba de todos con huraña
modestia.
Su trato con Fernando infundía una nueva animación en su existencia.
Parecía resquebrajarse después de cada entrevista el aislamiento en que
había vivido hasta entonces, como en un caparazón erizado de púas. Y en
este resurgimiento contemplábala Ojeda cada día con mayor interés. Iba
revelando su pasado fragmentariamente, con titubeos de modestia, cual si
temiese fatigar la curiosidad de su amigo. Ruborizábase con la evocación
de ciertos infortunios que había deseado olvidar, para mantenerse de
este modo en la paz de una vida monótona, sin esperanzas ni recuerdos.
¡Su brillante entrada en la vida, mucho antes de conocer al maestro
Eichelberger, cuando la aplaudían en los teatros de Alemania y
aprendiendo luego el italiano interpretaba las obras de Wagner en las
escenas de Europa y América!... Diez y nueve años; su voz no era
portentosa: justa y precisa nada más; la necesaria para cantar su parte
sin ahogos. Pero los entusiastas del gran mago la apreciaban porque
sabía entrar «en la piel de los personajes». Wagner poeta, creador de
héroes épicos, intérprete de conflictos humanos, le inspiraba tanta
adoración como Wagner músico. Durante mucho tiempo, por un fenómeno de
artística adaptación, había creído ser Brunilda. Su verdadera
personalidad era la de la hija de Wotan. Sólo vivía de noche, a la luz
de las baterías escénicas, acompañada en sus pasos y lamentos por la
música misteriosa que surgía del abismo orquestal. El pecho encerrado en
los mamilares de la coraza de escamas, el metálico casquete rematado por
dos alas blancas, la lanza vibradora en una mano, el manto purpúreo
siguiendo con una flotación de bandera su paso vigoroso de virgen
fuerte: todo esto había sido la realidad. La vida en los hoteles, los
viajes por mar y por tierra, las míseras rivalidades de profesión, eran
un ensueño incierto e incoloro, un limbo del que sólo guardaba pálidos
recuerdos.
El poder demoníaco de la música la había poseído por entero,
transportándola a las regiones de una vida superior. La grosera
realidad, cortina engañadora que oculta a nuestros ojos la suprema
belleza para que nos resignemos a la penumbra de una existencia práctica
y vivamos como bestias mirando al suelo, rasgábase para ella todas las
noches así que pisaba las tablas.
Sentía su alma bañada en divina tristeza cuando el padre-dios, iracundo
y bondadoso a un tiempo, la castigaba por su desobediencia,
aletargándola sobre el peñasco que había de rodear el fuego con un muro
rojo de ondeantes almenas. Cantaba con la alegría de un pájaro que
saluda al día y al amor cuando la despertaba Sigfrido, el gran niño sin
miedo y sin prudencia, y al despojarla de su armadura le arrebataba la
virginidad. ¡Adiós, grandeza fría de los dioses! Ella quería ser mujer,
con todos los dolores y las pobres alegrías de los humanos.
Estremecíase aún al recordar el final de la gran epopeya, ante la pira
fúnebre rematada por el cadáver del héroe, cuando, tremolando la
antorcha vengadora que convierte en cenizas el reino de los dioses,
expresaba su pena y su sabiduría. Era su tristeza la de la mujer
superior que ha amado a un ser ligero, valeroso e inconstante, y en la
hora suprema lo plañe y disculpa sus faltas. La gran verdad, resumen de
todas las experiencias de la vida, la verdad que buscamos a tientas y
desechamos muchas veces al encontrarla; la que sólo reconocemos en el
último momento, cuando ya es imposible recomenzar y los errores no
tienen remedio, salía de su boca llorosa: «Renuncio a mi divina ciencia
y se la doy al mundo. Sepan los hombres que la felicidad no es la
riqueza, ni el oro, ni el poder de los dioses. No es tampoco la pompa
del rango supremo, ni los lazos mentirosos de las convenciones sociales,
ni las rigurosas reglas de una hipócrita ley. En la alegría como en la
tristeza, sólo existe para el hombre una fuente de felicidad: ¡el
amor!».
Y la pasión que ponía Mina en su voz comunicábase a los que la
escuchaban. En sus peregrinaciones de teatro en teatro, acompañada por
su madre--viuda de un militar bávaro muerto en la campaña de Francia--,
la joven se había visto diversas veces solicitada en matrimonio. Un
millonario de la América del Norte quiso casarse con esta alemana de la
que hablaban los periódicos y cuyos retratos gozaban el honor de ser
exhibidos al lado de los presidentes de la gran República y los más
famosos boxeadores.
Cantantes de porvenir le ofrecieron la asociación matrimonial para hacer
ahorros en común, amasando una gran fortuna. Pero ella llegó a los
veinticinco años sin prestar oído a estas proposiciones que atentaban
contra su gloria, hasta que conoció el amor en la persona del maestro
Eichelberger. Tal vez no fue amor: tal vez fue lástima. Las mujeres
sienten desarrollarse en su pecho el sentimiento de la maternidad mucho
antes de ser madres y lo aplican a todo hombre que les inspira un
interés de conmiseración, confundiendo el amor con la piedad. Se había
engañado voluntariamente, interesada por los defectos del músico.
--Fue en Dresde donde nos conocimos--dijo Mina--. Él, a pesar de su
juventud, tenía cierto renombre de compositor. Todos le creían destinado
para algo más grande que dirigir una orquesta. Algunas de sus romanzas
empezaban a ser populares en Alemania; una sinfonía suya había sido
aplaudida en los conciertos de Berlín. Trabajaba poco, su vida era
borrascosa, y yo pensé que le faltaba, como a todos los hombres
superiores en la primera época de su vida, un cariño que lo guiase, el
amor de una compañera inteligente que lo sostuviera en el buen camino.
Se acordaba de la juventud del gran mago, de su primera mujer, Mina
Planer, hacendosa y burguesa, que seguía la carrera de cantante como un
oficio, pero que supo facilitar la producción creadora de su esposo
defendiéndolo de los acreedores, organizando un hogar modesto que sin
ella no habría tenido jamás el gran músico.
--Creía encontrar en la semejanza de nuestros nombres una identidad de
destinos. Yo podía ser la Mina de este nuevo Wagner que empezaba a
surgir de la obscuridad. Y así se inició lo que no fue nunca amor, sino
un gran sacrificio por la gloria... ¡Ay! ¡Cómo nos envenena el arte
cuando lo hacemos consejero de nuestra pobre existencia!
Se buscaban, con una simpatía intelectual, entre los demás artistas,
vulgares jornaleros de la música. Mina le había recibido frecuentemente
contra la voluntad de su madre, señora de rígidos principios que no
podía transigir con los desórdenes del maestro. Hablaban juntos de Él,
del demiurgo, del nigromante; se extasiaban ante el piano, con los
nervios estremecidos por el poder demoníaco de su música. Un día,
Eichelberger llegaba borracho a estas entrevistas, completamente
borracho. ¡Esta semejanza más!... También Wagner, a los veinte años,
cuando era simple director de orquesta de Magdeburgo y no tenía otras
obras que -Las hadas- y la sinfonía de -Cristóbal Colón-, había llegado
beodo una noche a la habitación de Mina Planer. Y la consecuencia de
esta embriaguez de Wagner fue su matrimonio con una mujer que no creía
mucho en su talento, pero supo cuidar de su cocina y salir adelante de
los apuros pecuniarios con el sentido práctico de una antigua obrera
habituada a la miseria. La suerte marcaba su camino a la otra Mina.
Ésta, más inteligente, sabría «redimir» al joven maestro, que sólo
necesitaba el apoyo del amor para revelarse como un genio. Y después que
Eichelberger, beodo, pasó la noche en su cuarto, el matrimonio fue cosa
decidida y la madre tuvo que resignarse.
Entristecíase Mina al recordar este suceso: el gran error de su
existencia, el cambio fatal de rumbos. Se llevaba una mano a la frente,
como si quisiera arrancarse un recuerdo tenaz para arrojarlo al
Océano... ¡Los crueles engaños del arte! ¡Las intermitencias del
talento, que en unos apunta como flor seductora con los días contados y
en otros tiene la inmovilidad grandiosa de la montaña!...
--Usted habrá visto arrastrando una existencia de miseria artistas de
hermosa voz, que sin embargo cantan en los cafés como mendigos. La gente
se indigna contra esta injusticia de la suerte. Hay que ayudarlos, hay
que llevarles a la ópera. Y cuando van a ella, el fracaso más desolador
acompaña su intento. Saben cantar bien una romanza, pero no pueden con
una ópera entera. Al final del primer acto se enronquecen; al segundo,
han perdido la voz; antes del final, tienen que huir... Y lo mismo se
encuentran talentos frágiles en todas las artes: talentos en capullo que
no se abren nunca, que carecen de vigor para abrirse y se marchitan y
mueren.
Ojeda asintió con movimientos de cabeza. Pensaba en los pintores de
bocetos «geniales» que nunca llegan a terminar un cuadro; en que hacen
concebir optimistas ilusiones con fragmentos poéticos o cortos relatos y
jamás pueden escribir un libro. Mina decía bien: no bastaba cantar la
dulce romancita, breve como un suspiro; había que cantar la ópera
entera, sin ronqueras ni desfallecimientos. El arte exigía paciencia, y
sobre todo, fuerza, mucha fuerza. La voluntad era una inspiración.
--Mi marido--continuó ella con desaliento--no pasó de las obras de su
juventud. Dio con éstas «todo lo que tenía de artista». ¡Y yo que le
creía un genio!...
Le había visto agitarse como un emparedado, pugnando por levantar la
enorme losa caída sobre él, interpuesta entre los ojos de su espíritu y
la luz ansiada. Y Mina no tenía siquiera el consuelo de la ignorancia,
no podía engañarse como otras mujeres que creen ciegamente hasta el
último instante en el talento de sus maridos y atribuyen su desgracia a
injusticias de la suerte. Dábase cuenta de la debilidad artística de
Eichelberger, seguía con mirada dolorosa su descenso, reconocía la razón
de aquella indiferencia creciente que rodeaba su nombre.
Por desesperación o por ansia de consuelo, él se entregaba cada vez con
mayor tenacidad a su vicio predilecto. Bebía sin recato, olvidado ya de
los miramientos que había tenido con ella en los primeros meses de
matrimonio. Acompañábale la embriaguez hasta en las funciones más
difíciles de su profesión. Ocupaba muchas veces estando ebrio el atril
de director. Los teatros empezaban a rehusar sus ofrecimientos. Su
nombre no inspiraba confianza: antes bien, era acogido con risas
ultrajantes. Quejábanse los artistas de sus cambios de humor, de sus
cóleras alcohólicas, que perturbaban los ensayos con un estrépito de
batalla. Su desprestigio comenzó a influir en el renombre artístico de
la esposa. A fuerza de comentar los incidentes de su existencia
matrimonial, el público la encontraba menos interesante.
Ojeda creyó adivinar en la faz triste de Mina un sinnúmero de miserias
inconfesables. Se imaginaba la vuelta del teatro de estos dos seres que
ya no podía entenderse: ella resignada, con mudos gestos de
desesperación; él embrutecido por la amargura del fracaso. Tal vez sus
disputas habían terminado con golpes; tal vez al entrar en la casa,
titubeante y oliendo a alcohol, este falso Wagner, con una pesadez
brutal, había puesto su puño en la cara de Mina, la criatura de ensueño
que intentaba «regenerarlo».
Hablaba ella lacónicamente al hacer memoria de esta parte de su vida,
como si quisiera salir cuanto antes de los dolorosos recuerdos.
--Mi madre murió... y yo tuve a Karl, para mayor desgracia. Quedé
enferma, creo que para siempre: enferma por ser madre; enferma por haber
sido esposa... ¡Ah, ese hombre!... Y sin embargo, no es un malvado: es
un niño grande inconsciente; un niño que se ha vuelto cruel al
convencerse de su fracaso; un egoísta que se refugia en la bebida y sólo
a ratos se da cuenta del daño que me ha hecho... Yo perdí la voz, me
marchité siendo aún joven, y tuve valor para huir del teatro antes de
alegrar a las compañeras con una ruina total. Él... ya lo ve usted: al
frente de una compañía de opereta, marcando con la batuta valses
vieneses. ¡Un hombre que ha dirigido -Tristán y Los maestros
cantores-!... Sólo para un viaje por América ha podido encontrar quien
lo contrate. El empresario le riñe como si fuese un corista, y se
propone vigilarlo en tierra para que no beba antes de las
representaciones.
El público había olvidado a Mina completamente. Su nombre no era más que
un vago recuerdo para los entusiastas que guardaban memoria de los
intérpretes wagnerianos. Las glorias escénicas mueren pronto...
--Hace poco he encontrado mi nombre en una revista. Hablaba de mí como
de una joven de grandes esperanzas que se perdió prematuramente. Muchos
me creen muerta; el articulista se lamentaba de mi triste fin... Y a mí
no se me ocurrió decir una palabra que desvaneciese el error. La
Schamale (mi nombre de teatro) está bien muerta; muerta para el público
que tanto la aplaudió, muerta para ella misma, que no quiere acordarse
de nada... Ahora sólo falta que -Frau- Eichelberger, la mujer fea y
enferma de un director de opereta, muera también, pero de verdad, para
olvidar de una vez los grandes errores de su vida.
Y aquella tarde, al lado de Fernando, en la última cubierta del buque,
mirando el Océano, repitió con desesperación:
--El poder demoníaco de la música, que influye en nuestra suerte como
antiguamente influían los astros... A él debo mi desgracia, y sin
embargo, lo amo.
El mar luminoso, azul, estaba cortado por una ancha faja de reflejos de
sol, camino de fuego triangular que descansaba su vértice en el
horizonte y su base incierta y temblona en un costado del buque. Las
cumbres de las pequeñas ondulaciones palpitaban erizadas de fulgores
como fragmentos de espejo. Los ojos se contraían, fatigados por el
excesivo resplandor del cielo y del Océano, que parecía abrasar la
retina.
Mina y Fernando, para evitarse la molesta refracción, apartaban sus ojos
del horizonte, mirando debajo de ellos mientras hablaban. Extendíase a
sus pies un tercio del buque, toda la sección de proa, el hocico férreo
que iba arando con tenacidad infatigable los campos oceánicos, verdes y
luminosos de día, obscuros y abullonados de noche con una arista
fosforescente en cada pliegue como el lomo de una sirena.
Al mirar abajo, experimentaban la sensación del viajero que contempla a
un pueblo desde la plataforma de una torre..
Las diversas cubiertas del trasatlántico descendían como peldaños, para
volver a remontarse en el extremo opuesto, donde formaban el castillo de
proa. A una regular profundidad, veían el principio de la cubierta del
comedor: un entarimado húmedo, en el que descansaban los brazos de dos
grúas con sus articulaciones de ruedas dentadas, y del que surgían
varios trombones de ventilador pintados de blanco con la garganta
escarlata. Más adelante, la gran plaza del combés estaba oculta bajo un
toldo de lona, y de esta tienda surgía el palo trinquete, un gran mástil
de acero amarillo y hueco, semejante a un alminar, en torno del cual se
alineaban los brazos de descarga, cirios gigantescos atados en haz
alrededor de la cofa. Y de esta cofa a las bordas, se tendían en ángulo
los cordajes de acero, las escalas para la marinería, todas las lianas
férreas que la construcción naval hace crecer en torno de los mástiles
para asegurar su estabilidad y facilitar su acceso. En último término,
el castillo de proa, espacio triangular que tenía en su vértice un
pequeño mástil para la bandera de la Compañía cuando el buque entraba en
los puertos. Y en este triángulo, ocupado por los cabrestantes a vapor
que elevaban o descendían las anclas, también abrían los ventiladores
sus tentáculos respiratorios, sus bocas de serpentón ávido de oxígeno.
Las invisibles palpitaciones del mar en la tarde serena hacían que el
triángulo de la proa se elevase y descendiese, como una cabra saltadora
y juguetona, al partir las aguas con su filo. Este movimiento parecía
circunscrito a aquella parte del buque, pues sus vibraciones se
amortiguaban al extenderse por los flancos y apenas eran sensibles en el
resto de la gigantesca construcción. Las espumas, luego de elevarse
junto a la proa formando dos surtidores de leche pulverizada, resbalaban
por los costados en grandes redondeles semejantes a los anillos de luz
sideral. Corrían de proa a popa las aguas removidas, dos ríos verdes,
agitados, tumultuosos, abiertos en la inmovilidad azul del Océano. Los
peces voladores saltaban por enjambres, se abrían en grandes abanicos de
plata y rosa, volando lejos, muy lejos, en vistoso chisporroteo, arando
la superficie con el arañazo de sus colas, hasta que, fatigados, volvían
a sumirse en la profundidad.
Cuando la proa quedaba dormida por algunos minutos, el buque parecía
inmóvil, clavado en el mismo sitio. La velocidad de su marcha hacía ver
con un engaño óptico que era el Océano el que venía corriendo a su
encuentro en gigantescos repliegues que se empujaban unos a otros. Los
ojos abarcaban un anfiteatro azul, inmenso, monótono, que borraba la
noción de volúmenes y distancias. Luego parpadeaban con una sensación de
extrañeza al replegarse en esta cáscara férrea perdida en el infinito,
con su hervidero de hormigas sobre el lomo.
A espaldas de Mina y su compañero sonaban los discos de madera
resbalando sobre la cubierta, empujados por las palas de los jugadores.
Cada vez que uno de ellos venía a colocarse sobre un buen número del
cuadro trazado en el suelo, estallaba el grupo infantil en palmoteos y
gritos, que hacían revolverse en sus sillones a los pasajeros
dormitantes.
Karl, con aire pensativo y un dedo en la boca, contemplaba de cerca el
juego de estos niños mayores que él. De pronto, como si experimentase la
necesidad de ser protegido, huía y se pegaba a las faldas de su madre,
que, atenta a la conversación, no hacía caso de sus llamamientos
insistentes. Cansado de pasar inadvertido, atraíale otra vez la gritería
de los muchachos, volviendo lentamente hacia ellos.
Hablaba Mina con tristeza del mundo viejo que dejaban a sus espaldas.
¡Ah, Berlín!... Este nombre hacía revivir los recuerdos más tristes de
su vida, años de pobreza desesperada, de humillaciones crueles, de
vergonzosa decadencia. Marchaba hacia las tierras nuevas con la ilusión
de algo mejor.
Ojeda, al oír esto, sonrió imperceptiblemente. También la esperanza
guiaba el viaje de la infortunada walkyria. El Nuevo Mundo era el único
remedio para la gran equivocación que había trastornado su existencia.
Mina se lanzaba a esta aventura por su hijo, por el porvenir del pequeño
Karl, único vínculo que la unía a la existencia. ¿Qué podía desear?...
Más allá de sus esperanzas de madre, no había para ella ninguna ilusión.
Todo había terminado: ni hermosura, ni gloria, ni siquiera salud le
guardaba el porvenir.
--Soy vieja a la edad en que otras mujeres empiezan el verano de su
vida. Los años han caído sobre mí de golpe: llevo el peso de los míos y
los de las otras que son felices... Las desgraciadas cargamos con
nuestra edad y las edades de las que siendo dichosas prolongan su
juventud. Yo creo a veces que tengo mil años... ¡Y enferma! ¡Arrastrando
para siempre las consecuencias de haber sido madre!...
Deteníase al decir esto con prudente rubor, no osando confesar las
internas tribulaciones que agitaban su organismo. Sus ojos iban hacia
Karl con la expresión amorosa y triste de una artista que contempla su
obra, fruto de penalidades, jirón doloroso de su propia existencia.
Había salido de sus entrañas, pero era también el hijo de su marido.
Fernando creyó adivinar los pensamientos de la madre en la fijeza con
que miraba la cabeza voluminosa de Karl. El niño tenía un aspecto
demasiado grave para sus pocos años, un aire de vejez prematura.
--¡Cómo temo por su destino!--dijo Mina--. Paso las horas mirándolo en
silencio. ¿Qué será? ¿qué saldrá de él?... A veces creo que puede ser un
grande hombre, un genio, ¡quién sabe! Las madres nos creemos todas
predestinadas a dar prodigios al mundo. Dice cosas superiores a su edad.
¡Y ese gesto grave, como si le bullesen en la cabeza pensamientos que no
acierta a formular!... Otras veces me asusto. Es muy débil; la
enfermedad le asalta en toda clase de formas. Le dan ataques cuando lo
contrarían... Es el hijo de él: un hijo de padre degenerado.
Las lágrimas asomaban a sus párpados, pero una resolución enérgica
sucedía a este desaliento. ¿Quién podía adivinar qué rehabilitaciones
morales la esperaban a ella en una vida nueva al otro lado del Océano?
Tal vez hasta el mismo Eichelberger se regenerase con el trabajo. Y si
este trasplante de un hemisferio a otro no producía efecto en el músico,
seguramente influiría en el hijo, que estaba en edad para sentir la
impresión del cambio de medio. Pensaba quedarse en el nuevo continente:
sentía horror a la vida de Europa. Cuando terminasen los compromisos con
el empresario, se establecerían en Buenos Aires o en otra ciudad. Ella y
su marido darían lecciones de canto. Karl podía emprender una de las
muchas carreras prácticas que enriquecen a los ciudadanos de los países
jóvenes. Todo menos volver al país de origen, tierra de lágrimas que le
hacía recordar las noches frías junto al fuego mortecino, con el hijo en
los brazos, esperando hasta altas horas el paso titubeante del maestro y
sus balbuceos de beodo; los embargos afrentosos; las groserías de los
acreedores; las tristes reflexiones ante una mesa que a veces se cubría
de abundantes alimentos con los inesperados altibajos de la existencia
bohemia y se manchaba con la espuma del champán, pero en la que casi
siempre el pan y las patatas eran lo único valioso. Y a impulsos de la
esperanza, que pone la dicha más allá de la realidad del momento, en la
incertidumbre de lo ignoto, veía Mina la salud, la paz y el olvido en
aquel país de misterio hacia el cual la llevaba el buque, tierra
maravillosa de la que no conocía ni el idioma.
El pequeño, agarrado a una mano de su madre tiraba de ella con melopea
quejumbrosa. Había sonado la hora del té; los muchachos, abandonando su
juego, estaban abajo en el comedor. Mina se despidió de su amigo, y los
extremos de sus ojos y su boca se contrajeron hacia arriba con una
sonrisa pálida que parecía iluminar el rostro: «sonrisa de luna», según
Ojeda.
--Hemos hablado mucho tiempo. Siempre estamos juntos. ¿Qué van a decir
de nosotros las señoras que usted trata?... ¿Qué dirá esa norteamericana
tan hermosa y tan elegante al ver que le robo su conversación?... Pero
conmigo no hay celos posibles. Soy fea, soy pobre; en todo el buque no
se encuentra una mujer que vaya peor vestida que yo.
Y a pesar de la tristeza con que dijo estas palabras, algo de su antigua
coquetería de artista festejada y admirada por la muchedumbre se mostró
a través de su sonrisa, rejuveneciéndola con llamarada fugaz.
«¡Qué gran mujer debe haber sido!--pensó Fernando--¡Y qué desgracia la
suya!»
Mientras se alejaba, llevando de la mano a su hijo, él la siguió con
ojos de conmiseración.
Al descender a la cubierta de paseo encontró Fernando al doctor Zurita,
que hablaba con Maltrana, apoyados los dos en la baranda, frente al mar.
La soledad del Atlántico traía a su memoria el recuerdo de los
argonautas de España, que habían sido los primeros en violar el secreto
de los desiertos azules.
--Venga acá, doctor--dijo Zurita a Ojeda, aplicándole el título
universitario--. Estábamos conversando de cosas de su país, de los
primeros navegantes que se lanzaron por estos mares. ¡Qué hombres
corajudos! ¡Cosa bárbara!... Yo siento orgullo al hablar de ellos. Al
fin, todos somos de la misma sangre. Mi abuelo era gallego. Es decir,
gallego no; pero ya sabe usted que en mi tierra nos queda la fea
costumbre de llamar «gallegos» a todos los españoles. Era de cerca de
Burgos, y yo he hecho en dos automóviles, con toda mi familia, el viaje
de París a Madrid sólo por ver el pueblo de donde procedemos. Y les dije
a los míos: «Miren, niños, y aprendan; de aquí salieron los abuelos de
ustedes». Me conmoví un poco al ver la pobreza de donde venimos. Pero mi
muchachada (gente alegre y de poco seso) se reía y lo encontraba todo
muy feo y miserable... Parece mentira que de esas poblaciones de color
de yesca, en las que apenas se encuentra agua para lavarse, saliesen
hace siglos los hombres sin miedo que se lanzaron por estos pagos.
Se generalizó la conversación, y al fin fue Ojeda el único que habló,
recordando con entusiásticas palabras las hazañas de los argonautas
oceánicos. Después del primer viaje de Colón, los puertos españoles
habían sido como palomares abiertos, de cuyas bocas se escapaban con las
alas tendidas las frágiles y audaces carabelas. Los espejismos del oro y
el espíritu de aventura desarrollado por siete siglos de guerra con el
sarraceno empujaban a los audaces. Salían a descubrir pequeñas flotas
autorizadas por los reyes, pero eran más las expediciones clandestinas,
muchas de las cuales quedaron en el misterio. Estas expediciones
secretas, costeadas por los mercaderes de Sevilla y Cádiz, iban
dirigidas por compañeros del Almirante conocedores de la ruta de las
Indias o por marinos improvisados. Hasta los sastres--según un autor de
la época--sentían la ambición de meterse a descubridores.
Duros hidalgos que jamás habían visto el mar lanzábanse en el ignoto
Océano con una confianza asombrosa. Tomaban el mando de la carabela o de
la nao, sin otro auxilio y consejo que el de algunos navegantes
costeros, con la misma tranquilidad que los paladines tantas veces
admirados en los libros de caballerías se metían en el primer barco
misterioso que encontraban en una costa desierta. Escribanos de
Andalucía abandonaban sus protocolos para transformarse en
descubridores; mercaderes amagados de ruina huían de la lonja para
comprar un barco con el resto de su fortuna y lanzarse a lo desconocido.
¡Qué de catástrofes ignoradas en esta lucha con el misterio geográfico,
sin más guías que la fe y la santa ignorancia! ¡Qué de buques
descendidos a las simas oceánicas cuando regresaban con noticias de
tierras nuevas que había que volver a descubrir años después!...
La ansiada riqueza se dejaba entrever un momento y huía medrosa ante las
proas de los nautas. Los indígenas de las costas hablaban de enormes
riquezas y de monarcas poderosos, señalando siempre al interior, más
allá de las montañas que parecían tocar el cielo, y de las ciénagas
temblorosas, inmensos mares de hierbajos acuáticos. Pero de los rescates
con estas gentes cobrizas, pródigas en relatos portentosos y míseras en
realidades, sólo traían los navegantes algunas perlas deformes mal
perforadas o vistosos -guanines-, joyeles de oro bajo labrados en
sutiles hojas.
Al volver al puerto español con mágicas noticias y pobre cargamento, los
acreedores asaltaban al descubridor y embargaban el bajel dándose por
engañados. Muchos habían preparado sus viajes tornando víveres, armas y
buques a los usureros con un 80 por 100 de interés. Descubridores de
pueblos que luego fueron célebres por sus riquezas se veían al regreso
amenazados de pasar de la carabela a la cárcel. Los reyes tenían que
intervenir con piadosas cédulas para amansar a los prestamistas,
proponiendo arreglos. Nautas obscuros, huyendo de los rumbos del
Almirante, ponían decididos la proa al Sur, sin miedo a las pavorosas
noticias que circulaban sobre el fuego del Ecuador. Un Pinzón llegaba a
las costas del Brasil mucho antes de que esta tierra fuese descubierta
casualmente por una expedición portuguesa que navegaba hacia las Indias
asiáticas.
En este revuelo de alas blancas que la primera noticia del
descubrimiento lanzó a las soledades oceánicas, la marcha audaz siempre
adelante, por mar y por tierra, a través de tempestades, montañas,
estrechos y lagunas, fue la consigna general. ¡Llegar o morir! Nadie
regresaba al puerto de partida sin haber visto algo extraordinario y
traer muestras maravillosas. Y los que no volvían estaban en el fondo
del Atlántico encerrados en el ataúd de su carabela, que se petrificaba
lentamente cubriéndose de moluscos, mientras en sus rotos mástiles
ondeaban como verdes gallardetes las algas de la profundidad. Otros no
eran ya más que esqueletos en una playa desierta, descarnados por los
pájaros de presa, mondados hasta el tuétano por los infinitos enjambres
de la selva tórrida, donde todo se mueve y hierve con vida devoradora,
blanqueados y secados por el fuego del sol hasta convertirse en frágil
cal.
Y entre estos aventureros de la primera hora del descubrimiento, la hora
de los navegantes, de los argonautas, de los héroes de carabela, pobres
y tristes, que no sacaron el menor provecho de sus empresas y abrieron
el camino a los conquistadores férreos de a caballo que llegaron poco
después, se distinguían dos como hombres entre los hombres: Alonso de
Ojeda y Diego Méndez.
Fernando repetía con entusiasmo su propio apellido al hablar de aquel
varón fuerte, al que consideraba su ascendiente glorioso.
--Ojeda es en el Nuevo Mundo lo mismo que Aquiles en la -Ilíada- o el
Cid en el -Romancero-. ¡Qué hermosa muestra de hombre!...
Los cronistas de la época lo pintaban pequeño de cuerpo, agraciado de
rostro, con una agilidad y una fuerza sorprendentes. Gran amigo de
pendencias, salía siempre de ellas «haciendo sangre a sus contrarios,
sin que jamás se la hiciesen a él». Siendo paje de la corte, cuando los
reyes estaban en Sevilla, apoyaba un pie en la base de la torre de la
iglesia Mayor--la famosa Giralda--, y arrojando una naranja a lo alto,
la hacía llegar hasta las campanas. En otra ocasión, siguiendo a la
reina Isabel en una visita al último piso de la misma torre, vio un
madero que avanzaba horizontalmente en el vacío como unos veinte pies.
De un salto se puso sobre él, corrió hasta su extremo con ligereza y
seguridad, «como si caminase por una sala», dio la vuelta y regresó por
el mismo camino, riendo a susto de la buena reina y los gritos de sus
damas.
Era protegido del obispo Fonseca, encargado por los monarcas de la
preparación de expediciones y proveeduría de las nuevas tierras: algo
así como ministro de Marina y de Colonias todo a la vez. El Almirante,
que conocía las hazañas de este mozo y sus méritos de hombre de espada,
se lo llevó en el segundo viaje para las peleas de tierra adentro, pues
él sólo era hombre de mar. Otros capitanes iban en la expedición,
veteranos de las guerras con el sarraceno; pero el inquieto Ojeda, mozo
de veinte años, se sobrepuso a todos ellos.
Colón, que deseaba aprisionar en Santo Domingo al cacique Caonabo,
organizador de la resistencia indígena, vio fracasadas todas las
malicias y felonías que con arreglo a la mala fe de la época fue
aconsejando a Mosén Pedro Margarit y sus tenientes. Sólo consiguió su
propósito al encargar a Ojeda esta captura. El paje de Cuenca, el
pendenciero de Sevilla, avanzaba tierra adentro con unos pocos hombres,
hasta llegar al campo del cacique. Allí seducía al salvaje con buenas
palabras, le engañaba, sacándolo de entre los suyos, y le ponía por
sorpresa unas esposas en las manos. Luego montaba en el arzón de su
caballo al indio gigantesco, como un galán que roba a su dama, y en un
galope de leguas y leguas llevábalo hasta el campo español. Tan
maravillosamente audaz resultaba este rapto, que el mismo Caonabo, en su
nobleza de guerrero primitivo, despreciaba al Almirante por haber
ordenado tal vileza sin atreverse a realizarla personalmente, y sólo
quería conversar y comer con Ojeda, admirando su atrevimiento al
arrebatarle de entre sus súbditos. En los combates con los indios
cargaba el primero, sin mirar si le seguía su gente. Junto a su caballo,
lleno de cascabeles, saltaba el fiel compañero de todas sus empresas, un
perro de pastor, llamado -Leoncico-, combatiente feroz, que en las
distribuciones de víveres gozaba por sus hazañas ración de arcabucero.
Pronto se movió Ojeda por cuenta propia en las inmensidades del mundo
nuevo mientras Colón realizaba sus últimos viajes. Vuelto a España,
empezó la serie de sus descubrimientos, apoyado pecuniariamente por los
mercaderes de Sevilla, que hacían crédito a su valor. Uno de los
Pinzones, Juan de la Cosa, el más experto de los pilotos, Américo
Vespucio y otros navegantes de fama, dirigieron sus buques. Los marinos
gustaban de ir con este capitán, el más valeroso y audaz de la primera
época de la conquista.
Corrió las costas de Venezuela en busca de perlas, y acabó por
establecerse en lo que después fue América Central, y que los
conquistadores llamaban entonces «Castilla del Oro». Una india le
acompañaba como amante, guía e intérprete. Los aventureros jóvenes
encontraban casi siempre entre las mancebas cobrizas ofrecidas por los
azares de su existencia alguna que se apoderaba de su corazón y vivía
compartiendo sus peligros. El hidalgo cristiano, al unirse con ella,
había creído necesario purificarla con el bautismo--el mejor regalo,
según las ideas de la época--, dándola el nombre de Isabel, en recuerdo
de la buena reina.
La vida de Ojeda en la gobernación de Urabá, sin otros recursos que los
que él podía agenciarse, lejos de sus compatriotas establecidos en Santo
Domingo, y olvidado de España, fue un continuo batallar. Su ciudad de
San Sebastián, mísera ranchería de paja y barro con un fuerte de
maderos, era la primera que con carácter permanente fundaban los
conquistadores en la tierra firme.
Tribus de hábiles arqueros la sitiaban a todas horas, lanzando flechas
empapadas en incurables venenos. Eran las temidas «flechas de hierba»,
que hinchaban el cuerpo del herido con negruzca y mortal tumefacción.
Los víveres del país--el pan de cazabe, los frutos de la selva, la carne
de los roedores--había de conquistarlos diariamente a punta de espada.
Los combates y las enfermedades diezmaban a los habitantes.
Juan de la Cosa, el sabio piloto autor del primer mapa de las Indias,
había muerto atado a un poste por los naturales, erizado de «flechas de
hierba», que convirtieron su cuerpo a las pocas horas en una masa de
negra putrefacción. En los míseros bohíos del pueblo gemían los
conquistadores mal heridos, hambrientos, temblando de calentura. Ojeda,
al frente de unos cuantos, salía diariamente a combatir por la comida.
Encuentro hubo del que surgió llevando en su rodela, según los
cronistas, las señales de más de trescientos flechazos. Otras veces era
tanto el peso de los enemigos arremolinados sobre él, que se doblaba y
seguía combatiendo de rodillas, cubriéndose con el escudo. La pequeñez
de su cuerpo ágil y escurridizo le servía tanto como la fuerza de sus
brazos, y de todas las peleas salía incólume, «sin que le sacasen
sangre». Los indígenas creíanle poseedor de maravillosos amuletos. Ojeda
también se consideraba protegido por el cielo gracias a un cuadrito
antiguo de la Virgen, regalo de Fonseca, que llevaba pendiente del
cinturón de la espada.
Cuatro indios arqueros se apostaron para herir a traición al capitán
blanco que salía indemne de los combates, y un día que Ojeda avanzaba
por la selva, extrañando la ausencia de enemigos, recibió un flechazo en
un muslo. Por primera vez su cuerpo manaba sangre. La herida, que era
«de hierba», ennegrecióse rápidamente por la acción del tósigo. Entonces
se mostró con bárbara grandeza el coraje de aquel hombre. Hizo que
calentasen en una hoguera el peto y el espaldar de una coraza, y cuando
las dos planchas de acero estuvieron al rojo blanco, ordenó que se las
aplicasen al mismo herido con unas tenazas. Negábase el cirujano a esta
horrible curación, pero él le amenazó con la horca para que obedeciese.
Chirriaron las carnes bajo el bárbaro cauterio, esparciendo un hedor de
sacrificio humano. Para no desmayarse, hizo Ojeda que le envolviesen con
sábanas empapadas en vinagre. Una pipa entera se consumió en este
remedio; y el caudillo, gracias al espeluznante tormento, sufrido sin
una queja, pudo salvarse.
La pequeña ciudad, falta de subsistencias, estaba próxima a perecer. En
esto se presentaron inesperadamente unos piratas españoles, mandados por
un tal Bernardino Talavera, audaz facineroso. Montaban en un buque que
habían robado a un mercader genovés y se ofrecían para vender víveres a
los sitiados. Ojeda, convaleciente de su herida, se embarcó con ellos
para solicitar auxilios del gobernador de Santo Domingo. Pero antes de
abandonar a su mísera gente quiso darla un capitán, y fijó su elección
en un mozo extremeño llegado poco antes a las Indias, en el éxodo de
gente de espada que siguió al de los navegantes: éxodo que llamaba
Fernando «la segunda hornada de conquistadores». Este soldado, que había
hecho el aprendizaje de la guerra indiana al lado de Ojeda, llamábase
Francisco Pizarro.
La accidentada navegación con los piratas fue la última y más penosa
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