nos será mal contado''. Y, diciendo esto, volvió las espaldas y comenzó, no
digo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, caí, con el
sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia que me trujo ante
vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo avergonzada ante
tanta gente.»
-¿En efecto, señora -dijo Sancho-, no os ha sucedido otro desmán alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?
-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver
mundo, que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar.
Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los
corchetes con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó
de su hermana. No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damasco
azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa
adornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, según eran
rubios y enrizados. Apartáronse con el gobernador, mayordomo y maestresala,
y, sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cómo venía en aquel traje, y
él, con no menos vergüenza y empacho, contó lo mesmo que su hermana había
contado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala. Pero el
gobernador les dijo:
-Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar
esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas
lágrimas y suspiros; que con decir: ''Somos fulano y fulana, que nos
salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención, sólo por
curiosidad, sin otro designio alguno'', se acabara el cuento, y no
gemidicos, y lloramicos, y darle.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, pero sepan vuesas mercedes que
la turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el
término que debía.
-No se ha perdido nada -respondió Sancho-. Vamos, y dejaremos a vuesas
mercedes en casa de su padre; quizá no los habrá echado menos. Y, de aquí
adelante, no se muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la
doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina,
por andar se pierden aína; y la que es deseosa de ver, también tiene deseo
de ser vista. No digo más.
El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles de
volverlos a su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy
lejos de allí. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja,
al momento bajó una criada, que los estaba esperando, y les abrió la
puerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados, así de su gentileza
y hermosura como del deseo que tenían de ver mundo, de noche y sin salir
del lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.
Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día
pedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría,
por ser él criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos
de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática a
su tiempo, dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido
se le podía negar.
Con esto, se acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días el
gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se
verá adelante.
Capítulo L. Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que
azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso
que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza
Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera
historia, que al tiempo que doña Rodríguez salió de su aposento para ir a
la estancia de don Quijote, otra dueña que con ella dormía lo sintió, y
que, como todas las dueñas son amigas de saber, entender y oler, se fue
tras ella, con tanto silencio, que la buena Rodríguez no lo echó de ver; y,
así como la dueña la vio entrar en la estancia de don Quijote, porque no
faltase en ella la general costumbre que todas las dueñas tienen de ser
chismosas, al momento lo fue a poner en pico a su señora la duquesa, de
cómo doña Rodríguez quedaba en el aposento de don Quijote.
La duquesa se lo dijo al duque, y le pidió licencia para que ella y
Altisidora viniesen a ver lo que aquella dueña quería con don Quijote; el
duque se la dio, y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso,
llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca, que oían
todo lo que dentro hablaban; y, cuando oyó la duquesa que Rodríguez había
echado en la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos
Altisidora; y así, llenas de cólera y deseosas de venganza, entraron de
golpe en el aposento, y acrebillaron a don Quijote y vapularon a la dueña
del modo que queda contado; porque las afrentas que van derechas contra la
hermosura y presunción de las mujeres, despierta en ellas en gran manera la
ira y enciende el deseo de vengarse.
Contó la duquesa al duque lo que le había pasado, de lo que se holgó mucho,
y la duquesa, prosiguiendo con su intención de burlarse y recibir
pasatiempo con don Quijote, despachó al paje que había hecho la figura de
Dulcinea en el concierto de su desencanto -que tenía bien olvidado Sancho
Panza con la ocupación de su gobierno- a Teresa Panza, su mujer, con la
carta de su marido, y con otra suya, y con una gran sarta de corales ricos
presentados.
Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo
de servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho; y,
antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres,
a quien preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer
llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un
caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en
pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:
-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi señor padre, y el tal
caballero, nuestro amo.
-Pues venid, doncella -dijo el paje-, y mostradme a vuestra madre, porque
le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió la moza, que mostraba
ser de edad de catorce años, poco más a menos.
Y, dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse ni calzarse,
que estaba en piernas y desgreñada, saltó delante de la cabalgadura del
paje, y dijo:
-Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi
madre en ella, con harta pena por no haber sabido muchos días ha de mi
señor padre.
-Pues yo se las llevo tan buenas -dijo el paje- que tiene que dar bien
gracias a Dios por ellas.
Finalmente, saltando, corriendo y brincando, llegó al pueblo la muchacha,
y, antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:
-Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aquí un señor que trae cartas
y otras cosas de mi buen padre.
A cuyas voces salió Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con
una saya parda. Parecía, según era de corta, que se la habían cortado por
vergonzoso lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos.
No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte,
tiesa, nervuda y avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a
caballo, le dijo:
-¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es éste?
-Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza -respondió el paje.
Y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo y se fue con mucha humildad a
poner de hinojos ante la señora Teresa, diciendo:
-Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer
legítima y particular del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la
ínsula Barataria.
-¡Ay, señor mío, quítese de ahí; no haga eso -respondió Teresa-, que yo no
soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y
mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno!
-Vuesa merced -respondió el paje- es mujer dignísima de un gobernador
archidignísimo; y, para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta carta
y este presente.
Y sacó al instante de la faldriquera una sarta de corales con estremos de
oro, y se la echó al cuello y dijo:
-Esta carta es del señor gobernador, y otra que traigo y estos corales son
de mi señora la duquesa, que a vuestra merced me envía.
Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más ni menos, y la muchacha dijo:
-Que me maten si no anda por aquí nuestro señor amo don Quijote, que debe
de haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le había
prometido.
-Así es la verdad -respondió el paje-: que, por respeto del señor don
Quijote, es ahora el señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria, como
se verá por esta carta.
-Léamela vuesa merced, señor gentilhombre -dijo Teresa-, porque, aunque yo
sé hilar, no sé leer migaja.
-Ni yo tampoco -añadió Sanchica-; pero espérenme aquí, que yo iré a llamar
quien la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller Sansón Carrasco, que
vendrán de muy buena gana, por saber nuevas de mi padre.
-No hay para qué se llame a nadie, que yo no sé hilar, pero sé leer, y la
leeré.
Y así, se la leyó toda, que, por quedar ya referida, no se pone aquí; y
luego sacó otra de la duquesa, que decía desta manera:
Amiga Teresa:
Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me
movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de
una ínsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un
girifalte, de lo que yo estoy muy contenta, y el duque mi señor, por el
consiguiente; por lo que doy muchas gracias al cielo de no haberme engañado
en haberle escogido para el tal gobierno; porque quiero que sepa la señora
Teresa que con dificultad se halla un buen gobernador en el mundo, y tal me
haga a mí Dios como Sancho gobierna.
Ahí le envío, querida mía, una sarta de corales con estremos de oro; yo me
holgara que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te
querría ver muerta: tiempo vendrá en que nos conozcamos y nos comuniquemos,
y Dios sabe lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija, y dígale de mi
parte que se apareje, que la tengo de casar altamente cuando menos lo
piense.
Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envíeme hasta dos docenas,
que las estimaré en mucho, por ser de su mano, y escríbame largo,
avisándome de su salud y de su bienestar; y si hubiere menester alguna
cosa, no tiene que hacer más que boquear: que su boca será medida, y Dios
me la guarde. Deste lugar.
Su amiga, que bien la quiere,
La Duquesa.
-¡Ay -dijo Teresa en oyendo la carta-, y qué buena y qué llana y qué
humilde señora! Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las
hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no
las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasía como si
fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar
a una labradora; y veis aquí donde esta buena señora, con ser duquesa, me
llama amiga, y me trata como si fuera su igual, que igual la vea yo con el
más alto campanario que hay en la Mancha. Y, en lo que toca a las bellotas,
señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín, que por gordas las pueden
venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora, Sanchica, atiende a
que se regale este señor: pon en orden este caballo, y saca de la
caballeriza güevos, y corta tocino adunia, y démosle de comer como a un
príncipe, que las buenas nuevas que nos ha traído y la buena cara que él
tiene lo merece todo; y, en tanto, saldré yo a dar a mis vecinas las nuevas
de nuestro contento, y al padre cura y a maese Nicolás el barbero, que tan
amigos son y han sido de tu padre.
-Sí haré, madre -respondió Sanchica-; pero mire que me ha de dar la mitad
desa sarta; que no tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la
había de enviar a ella toda.
-Todo es para ti, hija -respondió Teresa-, pero déjamela traer algunos
días al cuello, que verdaderamente parece que me alegra el corazón.
-También se alegrarán -dijo el paje- cuando vean el lío que viene en este
portamanteo, que es un vestido de paño finísimo que el gobernador sólo un
día llevó a caza, el cual todo le envía para la señora Sanchica.
-Que me viva él mil años -respondió Sanchica-, y el que lo trae, ni más ni
menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.
Salióse en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al
cuello, y iba tañendo en las cartas como si fuera en un pandero; y,
encontrándose acaso con el cura y Sansón Carrasco, comenzó a bailar y a
decir:
-¡A fee que agora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino
tómese conmigo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!
-¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son éstas, y qué papeles son
ésos?
-No es otra la locura sino que éstas son cartas de duquesas y de
gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos; las avemarías
y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.
-De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que os decís.
-Ahí lo podrán ver ellos -respondió Teresa.
Y dioles las cartas. Leyólas el cura de modo que las oyó Sansón Carrasco, y
Sansón y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que habían
leído; y preguntó el bachiller quién había traído aquellas cartas.
Respondió Teresa que se viniesen con ella a su casa y verían el mensajero,
que era un mancebo como un pino de oro, y que le traía otro presente que
valía más de tanto. Quitóle el cura los corales del cuello, y mirólos y
remirólos, y, certificándose que eran finos, tornó a admirarse de nuevo, y
dijo:
-Por el hábito que tengo, que no sé qué me diga ni qué me piense de estas
cartas y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos
corales, y por otra, leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de
bellotas.
-¡Aderézame esas medidas! -dijo entonces Carrasco-. Agora bien, vamos a ver
al portador deste pliego, que dél nos informaremos de las dificultades que
se nos ofrecen.
Hiciéronlo así, y volvióse Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un
poco de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para
empedrarle con güevos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno
contentó mucho a los dos; y, después de haberle saludado cortésmente, y él
a ellos, le preguntó Sansón les dijese nuevas así de don Quijote como de
Sancho Panza; que, puesto que habían leído las cartas de Sancho y de la
señora duquesa, todavía estaban confusos y no acababan de atinar qué sería
aquello del gobierno de Sancho, y más de una ínsula, siendo todas o las más
que hay en el mar Mediterráneo de Su Majestad. A lo que el paje respondió:
-De que el señor Sancho Panza sea gobernador, no hay que dudar en ello; de
que sea ínsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que
sea un lugar de más de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo
que mi señora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no -decía él-
enviar a pedir bellotas a una labradora, pero que le acontecía enviar a
pedir un peine prestado a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras
mercedes que las señoras de Aragón, aunque son tan principales, no son tan
puntuosas y levantadas como las señoras castellanas; con más llaneza tratan
con las gentes.
Estando en la mitad destas pláticas, saltó Sanchica con un halda de güevos,
y preguntó al paje:
-Dígame, señor: ¿mi señor padre trae por ventura calzas atacadas después
que es gobernador?
-No he mirado en ello -respondió el paje-, pero sí debe de traer.
-¡Ay Dios mío -replicó Sanchica-, y que será de ver a mi padre con
pedorreras! ¿No es bueno sino que desde que nací tengo deseo de ver a mi
padre con calzas atacadas?
-Como con esas cosas le verá vuestra merced si vive -respondió el paje-.
Par Dios, términos lleva de caminar con papahígo, con solos dos meses que
le dure el gobierno.
Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba
socarronamente, pero la fineza de los corales y el vestido de caza que
Sancho enviaba lo deshacía todo; que ya Teresa les había mostrado el
vestido. Y no dejaron de reírse del deseo de Sanchica, y más cuando Teresa
dijo:
-Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien que vaya a Madrid, o a
Toledo, para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al
uso y de los mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de
honrar el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me
enojo, me tengo de ir a esa corte, y echar un coche, como todas; que la que
tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.
-Y ¡cómo, madre! -dijo Sanchica-. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que
mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en
aquel coche: ''¡Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va
sentada y tendida en el coche, como si fuera una papesa!'' Pero pisen ellos
los lodos, y ándeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal
año y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo, y ándeme yo
caliente, y ríase la gente! ¿Digo bien, madre mía?
-Y ¡cómo que dices bien, hija! -respondió Teresa-. Y todas estas venturas,
y aun mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y verás tú, hija,
cómo no para hasta hacerme condesa: que todo es comenzar a ser venturosas;
y, como yo he oído decir muchas veces a tu buen padre, que así como lo es
tuyo lo es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con
soguilla: cuando te dieren un gobierno, cógele; cuando te dieren un
condado, agárrale, y cuando te hicieren tus, tus, con alguna buena dádiva,
envásala. ¡No, sino dormíos, y no respondáis a las venturas y buenas dichas
que están llamando a la puerta de vuestra casa!
-Y ¿qué se me da a mí -añadió Sanchica- que diga el que quisiere cuando me
vea entonada y fantasiosa: "Viose el perro en bragas de cerro...", y lo
demás?
Oyendo lo cual el cura, dijo:
-Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron
cada uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos he visto
que no los derrame a todas horas y en todas las pláticas que tienen.
-Así es la verdad -dijo el paje-, que el señor gobernador Sancho a cada
paso los dice, y, aunque muchos no vienen a propósito, todavía dan gusto, y
mi señora la duquesa y el duque los celebran mucho.
-¿Que todavía se afirma vuestra merced, señor mío -dijo el bachiller-, ser
verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa en el mundo que le
envíe presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes
y hemos leído las cartas, no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las
cosas de don Quijote, nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas
por encantamento; y así, estoy por decir que quiero tocar y palpar a
vuestra merced, por ver si es embajador fantástico o hombre de carne y
hueso.
-Señores, yo no sé más de mí -respondió el paje- sino que soy embajador
verdadero, y que el señor Sancho Panza es gobernador efectivo, y que mis
señores duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he
oído decir que en él se porta valentísimamente el tal Sancho Panza; si en
esto hay encantamento o no, vuestras mercedes lo disputen allá entre ellos,
que yo no sé otra cosa, para el juramento que hago, que es por vida de mis
padres, que los tengo vivos y los amo y los quiero mucho.
-Bien podrá ello ser así -replicó el bachiller-, pero dubitat Augustinus.
-Dude quien dudare -respondió el paje-, la verdad es la que he dicho, y
esta que ha de andar siempre sobre la mentira,como el aceite sobre el agua;
y si no, operibus credite, et non verbis: véngase alguno de vuesas mercedes
conmigo, y verán con los ojos lo que no creen por los oídos.
-Esa ida a mí toca -dijo Sanchica-: lléveme vuestra merced, señor, a las
ancas de su rocín, que yo iré de muy buena gana a ver a mi señor padre.
-Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino
acompañadas de carrozas y literas y de gran número de sirvientes.
-Par Dios -respondió Sancha-, tan bién me vaya yo sobre una pollina como
sobre un coche. ¡Hallado la habéis la melindrosa!
-Calla, mochacha -dijo Teresa-, que no sabes lo que te dices, y este señor
está en lo cierto: que tal el tiempo, tal el tiento; cuando Sancho, Sancha,
y cuando gobernador, señora, y no sé si diga algo.
-Más dice la señora Teresa de lo que piensa -dijo el paje-; y denme de
comer y despáchenme luego, porque pienso volverme esta tarde.
A lo que dijo el cura:
-Vuestra merced se vendrá a hacer penitencia conmigo, que la señora Teresa
más tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen huésped.
Rehusólo el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora, y el
cura le llevó consigo de buena gana, por tener lugar de preguntarle de
espacio por don Quijote y sus hazañas.
El bachiller se ofreció de escribir las cartas a Teresa de la respuesta,
pero ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que le tenía
por algo burlón; y así, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que sabía
escribir, el cual le escribió dos cartas, una para su marido y otra para la
duquesa, notadas de su mismo caletre, que no son las peores que en esta
grande historia se ponen, como se verá adelante.
Capítulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos
tales como buenos
Amaneció el día que se siguió a la noche de la ronda del gobernador, la
cual el maestresala pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro,
brío y belleza de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocupó lo que della
faltaba en escribir a sus señores lo que Sancho Panza hacía y decía, tan
admirado de sus hechos como de sus dichos: porque andaban mezcladas sus
palabras y sus acciones, con asomos discretos y tontos.
Levantóse, en fin, el señor gobernador, y, por orden del doctor Pedro
Recio, le hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de
agua fría, cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de
uvas; pero, viendo que aquello era más fuerza que voluntad, pasó por ello,
con harto dolor de su alma y fatiga de su estómago, haciéndole creer Pedro
Recio que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo
que más convenía a las personas constituidas en mandos y en oficios graves,
donde se han de aprovechar no tanto de las fuerzas corporales como de las
del entendimiento.
Con esta sofistería padecía hambre Sancho, y tal, que en su secreto
maldecía el gobierno y aun a quien se le había dado; pero, con su hambre y
con su conserva, se puso a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció
fue una pregunta que un forastero le hizo, estando presentes a todo el
mayordomo y los demás acólitos, que fue:
-Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío (y esté
vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo
dificultoso). Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo
della, una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario
había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la
puente y del señorío, que era en esta forma: "Si alguno pasare por esta
puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si
jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado
en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna". Sabida esta ley y la
rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se
echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban pasar
libremente. Sucedió, pues, que, tomando juramento a un hombre, juró y dijo
que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí
estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron:
''Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y,
conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir
en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser
libre''. Pídese a vuesa merced, señor gobernador, qué harán los jueces del
tal hombre; que aun hasta agora están dudosos y suspensos. Y, habiendo
tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me
enviaron a mí a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer
en tan intricado y dudoso caso.
A lo que respondió Sancho:
-Por cierto que esos señores jueces que a mí os envían lo pudieran haber
escusado, porque yo soy un hombre que tengo más de mostrenco que de agudo;
pero, con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le
entienda: quizá podría ser que diese en el hito.
Volvió otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho,
y Sancho dijo:
-A mi parecer, este negocio en dos paletas le declararé yo, y es así: el
tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró
verdad, y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no
le ahorcan, juró mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.
-Así es como el señor gobernador dice -dijo el mensajero-; y cuanto a la
entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar.
-Digo yo, pues, agora -replicó Sancho- que deste hombre aquella parte que
juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta
manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.
-Pues, señor gobernador -replicó el preguntador-, será necesario que el tal
hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por
fuerza ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide,
y es de necesidad espresa que se cumpla con ella.
-Venid acá, señor buen hombre -respondió Sancho-; este pasajero que decís,
o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y
pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena
igualmente; y, siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a
esos señores que a mí os enviaron que, pues están en un fil las razones de
condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es
alabado más el hacer bien que mal, y esto lo diera firmado de mi nombre, si
supiera firmar; y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino
a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote
la noche antes que viniese a ser gobernador desta ínsula: que fue que,
cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la
misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este
caso como de molde.
Así es -respondió el mayordomo-, y tengo para mí que el mismo Licurgo, que
dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el
gran Panza ha dado. Y acábese con esto la audiencia desta mañana, y yo daré
orden como el señor gobernador coma muy a su gusto.
-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-: denme de comer, y lluevan casos
y dudas sobre mí, que yo las despabilaré en el aire.
Cumplió su palabra el mayordomo, pareciéndole ser cargo de conciencia matar
de hambre a tan discreto gobernador; y más, que pensaba concluir con él
aquella misma noche haciéndole la burla última que traía en comisión de
hacerle.
Sucedió, pues, que, habiendo comido aquel día contra las reglas y aforismos
del doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles, entró un correo con
una carta de don Quijote para el gobernador. Mandó Sancho al secretario que
la leyese para sí, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de
secreto, la leyese en voz alta. Hízolo así el secretario, y, repasándola
primero, dijo:
-Bien se puede leer en voz alta, que lo que el señor don Quijote escribe a
vuestra merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice
así:
Carta de don Quijote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la ínsula
Barataria
Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo,
las oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al
cielo, el cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos
hacer discretos. Dícenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres
hombre como si fueses bestia, según es la humildad con que te tratas; y
quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces conviene y es necesario, por
la autoridad del oficio, ir contra la humildad del corazón; porque el buen
adorno de la persona que está puesta en graves cargos ha de ser conforme a
lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condición le
inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no parece palo. No digo que
traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que
te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y
bien compuesto.
Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer
dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo
he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no
hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la
carestía.
No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y,
sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se
guardan, lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el
príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para
hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen
a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espantó, y con
el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.
Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre
riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos,
que en esto está el punto de la discreción. Visita las cárceles, las
carnicerías y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales
es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de
su despacho; es coco a los carniceros, que por entonces igualan los pesos,
y es espantajo a las placeras, por la misma razón. No te muestres, aunque
por ventura lo seas -lo cual yo no creo-, codicioso, mujeriego ni glotón;
porque, en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación
determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte en el profundo de
la perdición.
Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por
escrito antes que de aquí partieses a tu gobierno, y verás como hallas en
ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y
dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a
tus señores y muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la
soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es
agradecida a los que bien le han hecho, da indicio que también lo será a
Dios, que tantos bienes le hizo y de contino le hace.
La señora duquesa despachó un propio con tu vestido y otro presente a tu
mujer Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta.
Yo he estado un poco mal dispuesto de un cierto gateamiento que me sucedió
no muy a cuento de mis narices; pero no fue nada, que si hay encantadores
que me maltraten, también los hay que me defiendan.
Avísame si el mayordomo que está contigo tuvo que ver en las acciones de la
Trifaldi, como tú sospechaste, y de todo lo que te sucediere me irás dando
aviso, pues es tan corto el camino; cuanto más, que yo pienso dejar presto
esta vida ociosa en que estoy, pues no nací para ella.
Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia
destos señores; pero, aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin
en fin, tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto, conforme
a lo que suele decirse: amicus Plato, sed magis amica veritas. Dígote este
latín porque me doy a entender que, después que eres gobernador, lo habrás
aprendido. Y a Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima.
Tu amigo,
Don Quijote de la Mancha.
Oyó Sancho la carta con mucha atención, y fue celebrada y tenida por
discreta de los que la oyeron; y luego Sancho se levantó de la mesa, y,
llamando al secretario, se encerró con él en su estancia, y, sin dilatarlo
más, quiso responder luego a su señor don Quijote, y dijo al secretario
que, sin añadir ni quitar cosa alguna, fuese escribiendo lo que él le
dijese, y así lo hizo; y la carta de la respuesta fue del tenor siguiente:
Carta de Sancho Panza a don Quijote de la Mancha
La ocupación de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme
la cabeza, ni aun para cortarme las uñas; y así, las traigo tan crecidas
cual Dios lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced
no se espante si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en
este gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por
las selvas y por los despoblados.
Escribióme el duque, mi señor, el otro día, dándome aviso que habían
entrado en esta ínsula ciertas espías para matarme, y hasta agora yo no he
descubierto otra que un cierto doctor que está en este lugar asalariado
para matar a cuantos gobernadores aquí vinieren: llámase el doctor Pedro
Recio, y es natural de Tirteafuera: ¡porque vea vuesa merced qué nombre
para no temer que he de morir a sus manos! Este tal doctor dice él mismo de
sí mismo que él no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las
previene, para que no vengan; y las medecinas que usa son dieta y más
dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor
mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, él me va matando de hambre, y
yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensé venir a este gobierno a
comer caliente y a beber frío, y a recrear el cuerpo entre sábanas de
holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer penitencia, como si
fuera ermitaño; y, como no la hago de mi voluntad, pienso que, al cabo al
cabo, me ha de llevar el diablo.
Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en
qué va esto; porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta
ínsula suelen venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han
prestado los del pueblo muchos dineros, y que ésta es ordinaria usanza en
los demás que van a gobiernos, no solamente en éste.
Anoche, andando de ronda, topé una muy hermosa doncella en traje de varón y
un hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se enamoró mi maestresala, y
la escogió en su imaginación para su mujer, según él ha dicho, y yo escogí
al mozo para mi yerno; hoy los dos pondremos en plática nuestros
pensamientos con el padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana,
hidalgo y cristiano viejo cuanto se quiere.
Yo visito las plazas, como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hallé una
tendera que vendía avellanas nuevas, y averigüéle que había mezclado con
una hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquélas
todas para los niños de la doctrina, que las sabrían bien distinguir, y
sentenciéla que por quince días no entrase en la plaza. Hanme dicho que lo
hice valerosamente; lo que sé decir a vuestra merced es que es fama en este
pueblo que no hay gente más mala que las placeras, porque todas son
desvergonzadas, desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo, por las que he
visto en otros pueblos.
De que mi señora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y
enviádole el presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y
procuraré de mostrarme agradecido a su tiempo: bésele vuestra merced las
manos de mi parte, diciendo que digo yo que no lo ha echado en saco roto,
como lo verá por la obra.
No querría que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis
señores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro está que ha de
redundar en mi daño, y no será bien que, pues se me da a mí por consejo que
sea agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le
tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.
Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las
malas fechorías que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores;
yo lo sabré cuando nos veamos.
Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no
es algunos cañutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta
ínsula muy curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué enviar de
haldas o de mangas.
Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y
envíeme la carta,que tengo grandísimo deseo de saber del estado de mi casa,
de mi mujer y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuestra merced de mal
intencionados encantadores, y a mí me saque con bien y en paz deste
gobierno, que lo dudo, porque le pienso dejar con la vida, según me trata
el doctor Pedro Recio.
Criado de vuestra merced,
Sancho Panza, el Gobernador.
Cerró la carta el secretario y despachó luego al correo; y, juntándose los
burladores de Sancho, dieron orden entre sí cómo despacharle del gobierno;
y aquella tarde la pasó Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen
gobierno de la que él imaginaba ser ínsula, y ordenó que no hubiese
regatones de los bastimentos en la república, y que pudiesen meter en ella
vino de las partes que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de
donde era, para ponerle el precio según su estimación, bondad y fama, y el
que lo aguase o le mudase el nombre, perdiese la vida por ello.
Moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por
parecerle que corría con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los
criados, que caminaban a rienda suelta por el camino del interese; puso
gravísimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni
de noche ni de día. Ordenó que ningún ciego cantase milagro en coplas si no
trujese testimonio auténtico de ser verdadero, por parecerle que los más
que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos.
Hizo y creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para
que los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y
de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha. En
resolución: él ordenó cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel
lugar, y se nombran Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.
Capítulo LII. Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o
Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez
Cuenta Cide Hamete que estando ya don Quijote sano de sus aruños, le
pareció que la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden de
caballería que profesaba, y así, determinó de pedir licencia a los duques
para partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba
ganar el arnés que en las tales fiestas se conquista.
Y, estando un día a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su
intención y pedir la licencia, veis aquí a deshora entrar por la puerta de
la gran sala dos mujeres, como después pareció, cubiertas de luto de los
pies a la cabeza, y la una dellas, llegándose a don Quijote, se le echó a
los pies tendida de largo a largo, la boca cosida con los pies de don
Quijote, y daba unos gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos,
que puso en confusión a todos los que la oían y miraban; y, aunque los
duques pensaron que sería alguna burla que sus criados querían hacer a don
Quijote, todavía, viendo con el ahínco que la mujer suspiraba, gemía y
lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que don Quijote, compasivo, la
levantó del suelo y hizo que se descubriese y quitase el manto de sobre la
faz llorosa.
Ella lo hizo así, y mostró ser lo que jamás se pudiera pensar, porque
descubrió el rostro de doña Rodríguez, la dueña de casa, y la otra enlutada
era su hija, la burlada del hijo del labrador rico. Admiráronse todos
aquellos que la conocían, y más los duques que ninguno; que, puesto que la
tenían por boba y de buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras.
Finalmente, doña Rodríguez, volviéndose a los señores, les dijo:
-Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco
con este caballero, porque así conviene para salir con bien del negocio en
que me ha puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.
El duque dijo que él se la daba, y que departiese con el señor don Quijote
cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don
Quijote, dijo:
-Días ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinrazón y
alevosía que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que
es esta desdichada que aquí está presente, y vos me habedes prometido de
volver por ella, enderezándole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha
llegado a mi noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las
buenas venturas que Dios os depare; y así, querría que, antes que os
escurriésedes por esos caminos, desafiásedes a este rústico indómito, y le
hiciésedes que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le
dio de ser su esposo, antes y primero que yogase con ella; porque pensar
que el duque mi señor me ha de hacer justicia es pedir peras al olmo, por
la ocasión que ya a vuesa merced en puridad tengo declarada. Y con esto,
Nuestro Señor dé a vuesa merced mucha salud, y a nosotras no nos desampare.
A cuyas razones respondió don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya:
-Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o, por mejor decir, enjugadlas y
ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra
hija, a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en creer
promesas de enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras de
prometer y muy pesadas de cumplir; y así, con licencia del duque mi señor,
yo me partiré luego en busca dese desalmado mancebo, y le hallaré, y le
desafiaré, y le mataré cada y cuando que se escusare de cumplir la
prometida palabra; que el principal asumpto de mi profesión es perdonar a
los humildes y castigar a los soberbios; quiero decir: acorrer a los
miserables y destruir a los rigurosos.
-No es menester -respondió el duque- que vuesa merced se ponga en trabajo
de buscar al rústico de quien esta buena dueña se queja, ni es menester
tampoco que vuesa merced me pida a mí licencia para desafiarle; que yo le
doy por desafiado, y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafío, y que
le acete, y venga a responder por sí a este mi castillo, donde a entrambos
daré campo seguro, guardando todas las condiciones que en tales actos
suelen y deben guardarse, guardando igualmente su justicia a cada uno, como
están obligados a guardarla todos aquellos príncipes que dan campo franco a
los que se combaten en los términos de sus señoríos.
-Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza -replicó don
Quijote-, desde aquí digo que por esta vez renuncio a mi hidalguía, y me
allano y ajusto con la llaneza del dañador, y me hago igual con él,
habilitándole para poder combatir conmigo; y así, aunque ausente, le
desafío y repto, en razón de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que
fue doncella y ya por su culpa no lo es, y que le ha de cumplir la palabra
que le dio de ser su legítimo esposo, o morir en la demanda.
Y luego, descalzándose un guante, le arrojó en mitad de la sala, y el duque
le alzó, diciendo que, como ya había dicho, él acetaba el tal desafío en
nombre de su vasallo, y señalaba el plazo de allí a seis días; y el campo,
en la plaza de aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de los
caballeros: lanza y escudo, y arnés tranzado, con todas las demás piezas,
sin engaño, superchería o superstición alguna, examinadas y vistas por los
jueces del campo.
-Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena dueña y esta mala
doncella pongan el derecho de su justicia en manos del señor don Quijote;
que de otra manera no se hará nada, ni llegará a debida ejecución el tal
desafío.
-Yo sí pongo -respondió la dueña.
-Y yo también -añadió la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal
talante.
Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que había
de hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la duquesa que de
allí adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a señoras
aventureras que venían a pedir justicia a su casa; y así, les dieron cuarto
aparte y las sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las demás
criadas, que no sabían en qué había de parar la sandez y desenvoltura de
doña Rodríguez y de su malandante hija.
Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la
comida, veis aquí donde entró por la sala el paje que llevó las cartas y
presentes a Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza, de cuya
llegada recibieron gran contento los duques, deseosos de saber lo que le
había sucedido en su viaje; y, preguntándoselo, respondió el paje que no lo
podía decir tan en público ni con breves palabras: que sus excelencias
fuesen servidos de dejarlo para a solas, y que entretanto se entretuviesen
con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las puso en manos de la
duquesa. La una decía en el sobreescrito: Carta para mi señora la duquesa
tal, de no sé dónde, y la otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador de la
ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí. No se le cocía el
pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abriéndola y
leído para sí, y viendo que la podía leer en voz alta para que el duque y
los circunstantes la oyesen, leyó desta manera:
Carta de Teresa Panza a la Duquesa
Mucho contento me dio, señora mía, la carta que vuesa grandeza me escribió,
que en verdad que la tenía bien deseada. La sarta de corales es muy buena,
y el vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra señoría
haya hecho gobernador a Sancho, mi consorte, ha recebido mucho gusto todo
este lugar, puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y mase
Nicolás el barbero, y Sansón Carrasco el bachiller; pero a mí no se me da
nada; que, como ello sea así, como lo es, diga cada uno lo que quisiere;
aunque, si va a decir verdad, a no venir los corales y el vestido, tampoco
yo lo creyera, porque en este pueblo todos tienen a mi marido por un porro,
y que, sacado de gobernar un hato de cabras, no pueden imaginar para qué
gobierno pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine como vee que lo han
menester sus hijos.
Yo, señora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, de
meter este buen día en mi casa, yéndome a la corte a tenderme en un coche,
para quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo; y así, suplico a vuesa
excelencia mande a mi marido me envíe algún dinerillo, y que sea algo qué,
porque en la corte son los gastos grandes: que el pan vale a real, y la
carne, la libra, a treinta maravedís, que es un juicio; y si quisiere que
no vaya, que me lo avise con tiempo, porque me están bullendo los pies por
ponerme en camino; que me dicen mis amigas y mis vecinas que, si yo y mi
hija andamos orondas y pomposas en la corte, vendrá a ser conocido mi
marido por mí más que yo por él, siendo forzoso que pregunten muchos:
''-¿Quién son estas señoras deste coche?'' Y un criado mío responder: ''-La
mujer y la hija de Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria''; y
desta manera será conocido Sancho, y yo seré estimada, y a Roma por todo.
Pésame, cuanto pesarme puede, que este año no se han cogido bellotas en
este pueblo; con todo eso, envío a vuesa alteza hasta medio celemín, que
una a una las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hallé más
mayores; yo quisiera que fueran como huevos de avestruz.
No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendré cuidado
de la respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar
deste lugar, donde quedo rogando a Nuestro Señor guarde a vuestra grandeza,
y a mí no olvide. Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced las
manos.
La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría que de escribirla, su
criada,
Teresa Panza.
Grande fue el gusto que todos recibieron de oír la carta de Teresa Panza,
principalmente los duques, y la duquesa pidió parecer a don Quijote si
sería bien abrir la carta que venía para el gobernador, que imaginaba debía
de ser bonísima. Don Quijote dijo que él la abriría por darles gusto, y así
lo hizo, y vio que decía desta manera:
Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido
Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y yo te prometo y juro como
católica cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de
contento. Mira, hermano: cuando yo llegué a oír que eres gobernador, me
pensé allí caer muerta de puro gozo, que ya sabes tú que dicen que así mata
la alegría súbita como el dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueron
las aguas sin sentirlo, de puro contento. El vestido que me enviaste tenía
delante, y los corales que me envió mi señora la duquesa al cuello, y las
cartas en las manos, y el portador dellas allí presente, y, con todo eso,
creía y pensaba que era todo sueño lo que veía y lo que tocaba; porque,
¿quién podía pensar que un pastor de cabras había de venir a ser gobernador
de ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que decía mi madre que era menester vivir
mucho para ver mucho: dígolo porque pienso ver más si vivo más; porque no
pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios que,
aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y
manejan dineros. Mi señora la duquesa te dirá el deseo que tengo de ir a la
corte; mírate en ello, y avísame de tu gusto, que yo procuraré honrarte en
ella andando en coche.
El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacristán no pueden creer que
eres gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento,
como son todas las de don Quijote tu amo; y dice Sansón que ha de ir a
buscarte y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don Quijote la locura de
los cascos; yo no hago sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza del
vestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra hija.
Unas bellotas envié a mi señora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro.
Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula.
Las nuevas deste lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor de
mala mano, que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese; mandóle el
Concejo pintar las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento,
pidió dos ducados, diéronselos adelantados, trabajó ocho días, al cabo de
los cuales no pintó nada, y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas;
volvió el dinero, y, con todo eso, se casó a título de buen oficial; verdad
es que ya ha dejado el pincel y tomado el azada, y va al campo como
gentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados y corona,
con intención de hacerse clérigo; súpolo Minguilla, la nieta de Mingo
Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de casamiento;
malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dél, pero él lo niega a
pies juntillas.
Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este
pueblo. Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres
mozas deste pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y no
faltará quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.
Sanchica hace puntas de randas; gana cada día ocho maravedís horros, que
los va echando en una alcancía para ayuda a su ajuar; pero ahora que es
hija de un gobernador, tú le darás la dote sin que ella lo trabaje. La
fuente de la plaza se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las den
todas.
Espero respuesta désta y la resolución de mi ida a la corte; y, con esto,
Dios te me guarde más años que a mí o tantos, porque no querría dejarte sin
mí en este mundo.
Tu mujer,
Teresa Panza.
Las cartas fueron solenizadas, reídas, estimadas y admiradas; y, para
acabar de echar el sello, llegó el correo, el que traía la que Sancho
enviaba a don Quijote, que asimesmo se leyó públicamente, la cual puso en
duda la sandez del gobernador.
Retiróse la duquesa, para saber del paje lo que le había sucedido en el
lugar de Sancho, el cual se lo contó muy por estenso, sin dejar
circunstancia que no refiriese; diole las bellotas, y más un queso que
Teresa le dio, por ser muy bueno, que se aventajaba a los de Tronchón
Recibiólo la duquesa con grandísimo gusto, con el cual la dejaremos, por
contar el fin que tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y espejo de
todos los insulanos gobernadores.
Capítulo LIII. Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho
Panza
''Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado
es pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo,
a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al
otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a
andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su
fin ligera más que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra,
que no tiene términos que la limiten''. Esto dice Cide Hamete, filósofo
mahomético; porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vida
presente, y de la duración de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de
fe, sino con la luz natural, lo han entendido; pero aquí, nuestro autor lo
dice por la presteza con que se acabó, se consumió, se deshizo, se fue como
en sombra y humo el gobierno de Sancho.
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