Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercera
salida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes
sin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; pero
no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargándolas
tuviesen cuenta con regalarle, dándole a comer cosas confortativas y
apropiadas para el corazón y el celebro, de donde procedía, según buen
discurso, toda su mala ventura. Las cuales dijeron que así lo hacían, y lo
harían, con la voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que su
señor por momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio; de lo
cual recibieron los dos gran contento, por parecerles que habían acertado
en haberle traído encantado en el carro de los bueyes, como se contó en la
primera parte desta tan grande como puntual historia, en su último
capítulo. Y así, determinaron de visitarle y hacer esperiencia de su
mejoría, aunque tenían casi por imposible que la tuviese, y acordaron de no
tocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse a peligro
de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.
Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en la cama, vestida una almilla
de bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y
amojamado, que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron dél muy bien
recebidos, preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de sí y de ella con
mucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su plática
vinieron a tratar en esto que llaman razón de estado y modos de gobierno,
enmendando este abuso y condenando aquél, reformando una costumbre y
desterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un
Licurgo moderno o un Solón flamante; y de tal manera renovaron la
república, que no pareció sino que la habían puesto en una fragua, y sacado
otra de la que pusieron; y habló don Quijote con tanta discreción en todas
las materias que se tocaron, que los dos esaminadores creyeron
indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.
Halláronse presentes a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dar
gracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento; pero el cura,
mudando el propósito primero, que era de no tocarle en cosa de caballerías,
quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote era
falsa o verdadera, y así, de lance en lance, vino a contar algunas nuevas
que habían venido de la corte; y, entre otras, dijo que se tenía por cierto
que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio,
ni adónde había de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con que
casi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, y
Su Majestad había hecho proveer las costas de Nápoles y Sicilia y la isla
de Malta. A esto respondió don Quijote:
-Su Majestad ha hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados con
tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi
consejo, aconsejárale yo que usara de una prevención, de la cual Su
Majestad la hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.
Apenas oyó esto el cura, cuando dijo entre sí:
-¡Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote: que me parece que te
despeñas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu
simplicidad!
Mas el barbero, que ya había dado en el mesmo pensamiento que el cura,
preguntó a don Quijote cuál era la advertencia de la prevención que decía
era bien se hiciese; quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista de
los muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes.
-El mío, señor rapador -dijo don Quijote-, no será impertinente, sino
perteneciente.
-No lo digo por tanto -replicó el barbero-, sino porque tiene mostrado la
esperiencia que todos o los más arbitrios que se dan a Su Majestad, o son
imposibles, o disparatados, o en daño del rey o del reino.
-Pues el mío -respondió don Quijote- ni es imposible ni disparatado, sino
el más fácil, el más justo y el más mañero y breve que puede caber en
pensamiento de arbitrante alguno.
-Ya tarda en decirle vuestra merced, señor don Quijote -dijo el cura.
-No querría -dijo don Quijote- que le dijese yo aquí agora, y amaneciese
mañana en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro las
gracias y el premio de mi trabajo.
-Por mí -dijo el barbero-, doy la palabra, para aquí y para delante de
Dios, de no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a
hombre terrenal, juramento que aprendí del romance del cura que en el
prefacio avisó al rey del ladrón que le había robado las cien doblas y la
su mula la andariega.
-No sé historias -dijo don Quijote-, pero sé que es bueno ese juramento, en
fee de que sé que es hombre de bien el señor barbero.
-Cuando no lo fuera -dijo el cura-, yo le abono y salgo por él, que en este
caso no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.
-Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? -dijo don Quijote.
-Mi profesión -respondió el cura-, que es de guardar secreto.
-¡Cuerpo de tal! -dijo a esta sazón don Quijote-. ¿Hay más, sino mandar Su
Majestad por público pregón que se junten en la corte para un día señalado
todos los caballeros andantes que vagan por España; que, aunque no viniesen
sino media docena, tal podría venir entre ellos, que solo bastase a
destruir toda la potestad del Turco? Esténme vuestras mercedes atentos, y
vayan conmigo. ¿Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero
andante un ejército de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran
una sola garganta, o fueran hechos de alfenique? Si no, díganme: ¿cuántas
historias están llenas destas maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, que
no quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don Belianís, o alguno de
los del inumerable linaje de Amadís de Gaula; que si alguno déstos hoy
viviera y con el Turco se afrontara, a fee que no le arrendara la ganancia!
Pero Dios mirará por su pueblo, y deparará alguno que, si no tan bravo como
los pasados andantes caballeros, a lo menos no les será inferior en el
ánimo; y Dios me entiende, y no digo más.
-¡Ay! -dijo a este punto la sobrina-; ¡que me maten si no quiere mi señor
volver a ser caballero andante!
A lo que dijo don Quijote:
-Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere y
cuan poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.
A esta sazón dijo el barbero:
-Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuento
breve que sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de molde, me da gana
de contarle.
Dio la licencia don Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, y
él comenzó desta manera:
-«En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes
habían puesto allí por falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna,
pero, aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de
ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento, se
dio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta
imaginación escribió al arzobispo, suplicándole encarecidamente y con muy
concertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que vivía, pues
por la misericordia de Dios había ya cobrado el juicio perdido; pero que
sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenían allí, y, a
pesar de la verdad, querían que fuese loco hasta la muerte.
»El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandó
a un capellán suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que
aquel licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con el loco, y que si
le pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo así
el capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco: que,
puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al
cabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a
sus primeras discreciones, como se podía hacer la esperiencia hablándole.
Quiso hacerla el capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una hora
y más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida ni
disparatada; antes, habló tan atentadamente, que el capellán fue forzado a
creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo
fue que el retor le tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus
parientes le hacían porque dijese que aún estaba loco, y con lúcidos
intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenía era su mucha
hacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponían dolo y dudaban de la
merced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en hombre.
Finalmente, él habló de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos y
desalmados a sus parientes, y a él tan discreto que el capellán se
determinó a llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la
mano la verdad de aquel negocio.
»Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar los
vestidos con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retor
que mirase lo que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún se
estaba loco. No sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones y
advertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor,
viendo ser orden del arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, que
eran nuevos y decentes, y, como él se vio vestido de cuerdo y desnudo de
loco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir a
despedirse de sus compañeros los locos. El capellán dijo que él le quería
acompañar y ver los locos que en la casa había. Subieron, en efeto, y con
ellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el licenciado a una
jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le
dijo: ''Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que ya
Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo
merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del
poder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza
en Él, que, pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volverá
a él si en Él confía. Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos que
coma, y cómalos en todo caso, que le hago saber que imagino, como quien ha
pasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos
vacíos y los celebros llenos de aire. Esfuércese, esfuércese, que el
descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte''.
»Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otra
jaula, frontero de la del furioso, y, levantándose de una estera vieja
donde estaba echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién era
el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondió: ''Yo soy, hermano, el
que me voy; que ya no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doy
infinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho''.
''Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe el diablo -replicó el loco-;
sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorraréis la vuelta''.
''Yo sé que estoy bueno -replicó el licenciado-, y no habrá para qué tornar
a andar estaciones''. ''¿Vos bueno? -dijo el loco-: agora bien, ello dirá;
andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter, cuya majestad yo represento en
la tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla, en sacaros
desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella,
que quede memoria dél por todos los siglos del los siglos, amén. ¿No sabes
tú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo, soy
Júpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo
y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero
castigar a este ignorante pueblo, y es con no llover en él ni en todo su
distrito y contorno por tres enteros años, que se han de contar desde el
día y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú
sano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? Así pienso llover
como pensar ahorcarme''.
»A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos,
pero nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de las
manos, le dijo: ''No tenga vuestra merced pena, señor mío, ni haga caso de
lo que este loco ha dicho, que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo,
que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces
que se me antojare y fuere menester''. A lo que respondió el capellán:
''Con todo eso, señor Neptuno, no será bien enojar al señor Júpiter:
vuestra merced se quede en su casa, que otro día, cuando haya más comodidad
y más espacio, volveremos por vuestra merced''. Rióse el retor y los
presentes, por cuya risa se medio corrió el capellán; desnudaron al
licenciado, quedóse en casa y acabóse el cuento.»
-Pues, ¿éste es el cuento, señor barbero -dijo don Quijote-, que, por venir
aquí como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista, señor
rapista, y cuán ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y ¿es posible
que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a
ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje
son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el
dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo;
sólo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que está en no
renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andante
caballería. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto
bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron a
su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo
de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los
soberbios y el premio de los humildes. Los más de los caballeros que agora
se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de
que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que
duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas
desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los
estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el
sueño, como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que,
saliendo deste bosque, entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril
y desierta playa del mar, las más veces proceloso y alterado, y, hallando
en ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarcia
alguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose a las
implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajan
al abismo; y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos
se cata, se halla tres mil y más leguas distante del lugar donde se
embarcó, y, saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas
dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora, ya
triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de
la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de las
armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los
andantes caballeros. Si no, díganme: ¿quién más honesto y más valiente que
el famoso Amadís de Gaula?; ¿quién más discreto que Palmerín de
Inglaterra?; ¿quién más acomodado y manual que Tirante el Blanco?; ¿quién
más galán que Lisuarte de Grecia?; ¿quién más acuchillado ni acuchillador
que don Belianís?; ¿quién más intrépido que Perión de Gaula, o quién más
acometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o quién más sincero que
Esplandián?; ¿quién mas arrojado que don Cirongilio de Tracia?; ¿quién más
bravo que Rodamonte?; ¿quién más prudente que el rey Sobrino?; ¿quién más
atrevido que Reinaldos?; ¿quién más invencible que Roldán?; y ¿quién más
gallardo y más cortés que Rugero, de quien decienden hoy los duques de
Ferrara, según Turpín en su Cosmografía? Todos estos caballeros, y otros
muchos que pudiera decir, señor cura, fueron caballeros andantes, luz y
gloria de la caballería. Déstos, o tales como éstos, quisiera yo que fueran
los de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido y
ahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y con
esto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y si
su Júpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, que
lloveré cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el señor Bacía que le
entiendo.
-En verdad, señor don Quijote -dijo el barbero-, que no lo dije por tanto,
y así me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestra
merced sentirse.
-Si puedo sentirme o no -respondió don Quijote-, yo me lo sé.
A esto dijo el cura:
-Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisiera
quedar con un escrúpulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de lo
que aquí el señor don Quijote ha dicho.
-Para otras cosas más -respondió don Quijote- tiene licencia el señor cura;
y así, puede decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar con la
conciencia escrupulosa.
-Pues con ese beneplácito -respondió el cura-, digo que mi escrúpulo es que
no me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros
andantes que vuestra merced, señor don Quijote, ha referido, hayan sido
real y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imagino
que todo es ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombres
despiertos, o, por mejor decir, medio dormidos.
-Ése es otro error -respondió don Quijote- en que han caído muchos, que no
creen que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces,
con diversas gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdad
este casi común engaño; pero algunas veces no he salido con mi intención, y
otras sí, sustentándola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad es
tan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadís de
Gaula, que era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de
barba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones,
tardo en airarse y presto en deponer la ira; y del modo que he delineado a
Amadís pudiera, a mi parecer, pintar y descubrir todos cuantos caballeros
andantes andan en las historias en el orbe, que, por la aprehensión que
tengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las hazañas que
hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosofía
sus faciones, sus colores y estaturas.
-¿Que tan grande le parece a vuestra merced, mi señor don Quijote -preguntó
el barbero-, debía de ser el gigante Morgante?
-En esto de gigantes -respondió don Quijote- hay diferentes opiniones, si
los ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede
faltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos la
historia de aquel filisteazo de Golías, que tenía siete codos y medio de
altura, que es una desmesurada grandeza. También en la isla de Sicilia se
han hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que
fueron gigantes sus dueños, y tan grandes como grandes torres; que la
geometría saca esta verdad de duda. Pero, con todo esto, no sabré decir con
certidumbre qué tamaño tuviese Morgante, aunque imagino que no debió de ser
muy alto; y muéveme a ser deste parecer hallar en la historia donde se hace
mención particular de sus hazañas que muchas veces dormía debajo de
techado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro está que no era
desmesurada su grandeza.
-Así es -dijo el cura.
El cual, gustando de oírle decir tan grandes disparates, le preguntó que
qué sentía acerca de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán,
y de los demás Doce Pares de Francia, pues todos habían sido caballeros
andantes.
-De Reinaldos -respondió don Quijote- me atrevo a decir que era ancho de
rostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y
colérico en demasía, amigo de ladrones y de gente perdida. De Roldán, o
Rotolando, o Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias,
soy de parecer y me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas,
algo estevado, moreno de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y de
vista amenazadora; corto de razones, pero muy comedido y bien criado.
-Si no fue Roldán más gentilhombre que vuestra merced ha dicho -replicó el
cura-, no fue maravilla que la señora Angélica la Bella le desdeñase y
dejase por la gala, brío y donaire que debía de tener el morillo
barbiponiente a quien ella se entregó; y anduvo discreta de adamar antes la
blandura de Medoro que la aspereza de Roldán.
-Esa Angélica -respondió don Quijote-, señor cura, fue una doncella
destraída, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de sus
impertinencias como de la fama de su hermosura: despreció mil señores, mil
valientes y mil discretos, y contentóse con un pajecillo barbilucio, sin
otra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de agradecido la amistad que
guardó a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no
atreverse, o por no querer cantar lo que a esta señora le sucedió después
de su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, la
dejó donde dijo:
Y como del Catay recibió el cetro,
quizá otro cantará con mejor plectro.
Y, sin duda, que esto fue como profecía; que los poetas también se llaman
vates, que quiere decir adivinos. Véese esta verdad clara, porque, después
acá, un famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y
único poeta castellano cantó su hermosura.
-Dígame, señor don Quijote -dijo a esta sazón el barbero-, ¿no ha habido
algún poeta que haya hecho alguna sátira a esa señora Angélica, entre
tantos como la han alabado?
-Bien creo yo -respondió don Quijote- que si Sacripante o Roldán fueran
poetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio y
natural de los poetas desdeñados y no admitidos de sus damas fingidas -o
fingidas, en efeto, de aquéllos a quien ellos escogieron por señoras de sus
pensamientos-, vengarse con sátiras y libelos (venganza, por cierto,
indigna de pechos generosos), pero hasta agora no ha llegado a mi noticia
ningún verso infamatorio contra la señora Angélica, que trujo revuelto el
mundo.
-¡Milagro! -dijo el cura.
Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habían dejado la
conversación, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.
Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la
sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos
Cuenta la historia que las voces que oyeron don Quijote, el cura y el
barbero eran de la sobrina y ama, que las daban diciendo a Sancho Panza,
que pugnaba por entrar a ver a don Quijote, y ellas le defendían la puerta:
-¿Qué quiere este mostrenco en esta casa? Idos a la vuestra, hermano, que
vos sois, y no otro, el que destrae y sonsaca a mi señor, y le lleva por
esos andurriales.
A lo que Sancho respondió:
-Ama de Satanás, el sonsacado, y el destraído, y el llevado por esos
andurriales soy yo, que no tu amo; él me llevó por esos mundos, y vosotras
os engañáis en la mitad del justo precio: él me sacó de mi casa con
engañifas, prometiéndome una ínsula, que hasta agora la espero.
-Malas ínsulas te ahoguen -respondió la sobrina-, Sancho maldito. Y ¿qué
son ínsulas? ¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón, que tú eres?
-No es de comer -replicó Sancho-, sino de gobernar y regir mejor que cuatro
ciudades y que cuatro alcaldes de corte.
-Con todo eso -dijo el ama-, no entraréis acá, saco de maldades y costal de
malicias. Id a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y
dejaos de pretender ínsulas ni ínsulos.
Grande gusto recebían el cura y el barbero de oír el coloquio de los tres;
pero don Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase algún
montón de maliciosas necedades, y tocase en puntos que no le estarían bien
a su crédito, le llamó, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar.
Entró Sancho, y el cura y el barbero se despidieron de don Quijote, de cuya
salud desesperaron, viendo cuán puesto estaba en sus desvariados
pensamientos, y cuán embebido en la simplicidad de sus malandantes
caballerías; y así, dijo el cura al barbero:
-Vos veréis, compadre, cómo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale
otra vez a volar la ribera.
No pongo yo duda en eso -respondió el barbero-, pero no me maravillo tanto
de la locura del caballero como de la simplicidad del escudero, que tan
creído tiene aquello de la ínsula, que creo que no se lo sacarán del casco
cuantos desengaños pueden imaginarse.
-Dios los remedie -dijo el cura-, y estemos a la mira: veremos en lo que
para esta máquina de disparates de tal caballero y de tal escudero, que
parece que los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras
del señor, sin las necedades del criado, no valían un ardite.
-Así es -dijo el barbero-, y holgara mucho saber qué tratarán ahora los
dos.
-Yo seguro -respondió el cura- que la sobrina o el ama nos lo cuenta
después, que no son de condición que dejarán de escucharlo.
En tanto, don Quijote se encerró con Sancho en su aposento; y, estando
solos, le dijo:
-Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué
de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas: juntos salimos,
juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte
ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido
ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.
-Eso estaba puesto en razón -respondió Sancho-, porque, según vuestra
merced dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a
sus escuderos.
-Engáñaste, Sancho -dijo don Quijote-; según aquello, quando caput
dolet..., etcétera.
-No entiendo otra lengua que la mía -respondió Sancho.
-Quiero decir -dijo don Quijote- que, cuando la cabeza duele, todos los
miembros duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi
parte, pues eres mi criado; y, por esta razón, el mal que a mí me toca, o
tocare, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo.
-Así había de ser -dijo Sancho-, pero cuando a mí me manteaban como a
miembro, se estaba mi cabeza detrás de las bardas, mirándome volar por los
aires, sin sentir dolor alguno; y, pues los miembros están obligados a
dolerse del mal de la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse
dellos.
-¿Querrás tú decir agora, Sancho -respondió don Quijote-, que no me dolía
yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses;
pues más dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero
dejemos esto aparte por agora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y
pongamos en su punto, y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por
ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué
los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi
cortesía? ¿Qué se platica del asumpto que he tomado de resucitar y volver
al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho, me
digas lo que acerca desto ha llegado a tus oídos; y esto me has de decir
sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna, que de los vasallos leales
es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia, sin que la
adulación la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero que
sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras
edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo que,
de las que ahora se usan, es la dorada. Sírvate este advertimiento, Sancho,
para que discreta y bienintencionadamente pongas en mis oídos la verdad de
las cosas que supieres de lo que te he preguntado.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, con condición
que vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo
diga en cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a
mi noticia.
-En ninguna manera me enojaré -respondió don Quijote-. Bien puedes, Sancho,
hablar libremente y sin rodeo alguno.
-Pues lo primero que digo -dijo-, es que el vulgo tiene a vuestra merced
por grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que,
no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha
puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de
tierra y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no
querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos
hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las
medias negras con seda verde.
-Eso -dijo don Quijote- no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien
vestido, y jamás remendado; roto, bien podría ser; y el roto, más de las
armas que del tiempo.
-En lo que toca -prosiguió Sancho- a la valentía, cortesía, hazañas y
asumpto de vuestra merced, hay diferentes opiniones; unos dicen: "loco,
pero gracioso"; otros, "valiente, pero desgraciado"; otros, "cortés, pero
impertinente"; y por aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni a
vuestra merced ni a mí nos dejan hueso sano.
-Mira, Sancho -dijo don Quijote-: dondequiera que está la virtud en
eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que
pasaron dejó de ser calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo,
prudentísimo y valentísimo capitán, fue notado de ambicioso y algún tanto
no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus
hazañas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen dél que tuvo sus ciertos
puntos de borracho. De Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que
fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura
que fue más que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue llorón. Así
que, ¡oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos, bien pueden pasar
las mías, como no sean más de las que has dicho.
-¡Ahí está el toque, cuerpo de mi padre! -replicó Sancho.
-Pues, ¿hay más? -preguntó don Quijote.
-Aún la cola falta por desollar -dijo Sancho-. Lo de hasta aquí son tortas
y pan pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de
las caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego al momento quien se las
diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegó el hijo de
Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y,
yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia
de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la
Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho
Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos
nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el
historiador que las escribió.
-Yo te aseguro, Sancho -dijo don Quijote-, que debe de ser algún sabio
encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre
nada de lo que quieren escribir.
-Y ¡cómo -dijo Sancho- si era sabio y encantador, pues (según dice el
bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el
autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!
-Ese nombre es de moro -respondió don Quijote.
-Así será -respondió Sancho-, porque por la mayor parte he oído decir que
los moros son amigos de berenjenas.
-Tú debes, Sancho -dijo don Quijote-, errarte en el sobrenombre de ese
Cide, que en arábigo quiere decir señor.
-Bien podría ser -replicó Sancho-, mas, si vuestra merced gusta que yo le
haga venir aquí, iré por él en volandas.
-Harásme mucho placer, amigo -dijo don Quijote-, que me tiene suspenso lo
que me has dicho, y no comeré bocado que bien me sepa hasta ser informado
de todo.
-Pues yo voy por él -respondió Sancho.
Y, dejando a su señor, se fue a buscar al bachiller, con el cual volvió de
allí a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo coloquio.
Capítulo III. Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho
Panza y el bachiller Sansón Carrasco
Pensativo además quedó don Quijote, esperando al bachiller Carrasco, de
quien esperaba oír las nuevas de sí mismo puestas en libro, como había
dicho Sancho; y no se podía persuadir a que tal historia hubiese, pues aún
no estaba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que
había muerto, y ya querían que anduviesen en estampa sus altas caballerías.
Con todo eso, imaginó que algún sabio, o ya amigo o enemigo, por arte de
encantamento las habrá dado a la estampa: si amigo, para engrandecerlas y
levantarlas sobre las más señaladas de caballero andante; si enemigo, para
aniquilarlas y ponerlas debajo de las más viles que de algún vil escudero
se hubiesen escrito, puesto -decía entre sí- que nunca hazañas de escuderos
se escribieron; y cuando fuese verdad que la tal historia hubiese, siendo
de caballero andante, por fuerza había de ser grandílocua, alta, insigne,
magnífica y verdadera.
Con esto se consoló algún tanto, pero desconsolóle pensar que su autor era
moro, según aquel nombre de Cide; y de los moros no se podía esperar verdad
alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase no
hubiese tratado sus amores con alguna indecencia, que redundase en
menoscabo y perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso;
deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro que siempre la había
guardado, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas de todas
calidades, teniendo a raya los ímpetus de los naturales movimientos; y así,
envuelto y revuelto en estas y otras muchas imaginaciones, le hallaron
Sancho y Carrasco, a quien don Quijote recibió con mucha cortesía.
Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón, no muy grande de cuerpo, aunque
muy gran socarrón, de color macilenta, pero de muy buen entendimiento;
tendría hasta veinte y cuatro años, carirredondo, de nariz chata y de
boca grande, señales todas de ser de condición maliciosa y amigo de
donaires y de burlas, como lo mostró en viendo a don Quijote, poniéndose
delante dél de rodillas, diciéndole:
-Déme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha; que, por
el hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes que las
cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballeros
andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra.
Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó
escritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de
arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las
gentes.
Hízole levantar don Quijote, y dijo:
-Desa manera, ¿verdad es que hay historia mía, y que fue moro y sabio el
que la compuso?
-Es tan verdad, señor -dijo Sansón-, que tengo para mí que el día de hoy
están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo
Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se
está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber
nación ni lengua donde no se traduzga.
-Una de las cosas -dijo a esta sazón don Quijote- que más debe de dar
contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen
nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen
nombre porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualará.
-Si por buena fama y si por buen nombre va -dijo el bachiller-, solo
vuestra merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el
moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos
muy al vivo la gallardía de vuestra merced, el ánimo grande en acometer los
peligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento, así en las
desgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amores
tan platónicos de vuestra merced y de mi señora doña Dulcinea del Toboso.
-Nunca -dijo a este punto Sancho Panza- he oído llamar con don a mi señora
Dulcinea, sino solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda
errada la historia.
-No es objeción de importancia ésa -respondió Carrasco.
-No, por cierto -respondió don Quijote-; pero dígame vuestra merced, señor
bachiller: ¿qué hazañas mías son las que más se ponderan en esa historia?
-En eso -respondió el bachiller-, hay diferentes opiniones, como hay
diferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento,
que a vuestra merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los
batanes; éste, a la descripción de los dos ejércitos, que después
parecieron ser dos manadas de carneros; aquél encarece la del muerto que
llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se aventaja la de la
libertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de los dos gigantes
benitos, con la pendencia del valeroso vizcaíno.
-Dígame, señor bachiller -dijo a esta sazón Sancho-: ¿entra ahí la aventura
de los yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojó pedir
cotufas en el golfo?
-No se le quedó nada -respondió Sansón- al sabio en el tintero: todo lo
dice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en
la manta.
-En la manta no hice yo cabriolas -respondió Sancho-; en el aire sí, y aun
más de las que yo quisiera.
-A lo que yo imagino -dijo don Quijote-, no hay historia humana en el mundo
que no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de caballerías,
las cuales nunca pueden estar llenas de prósperos sucesos.
-Con todo eso -respondió el bachiller-, dicen algunos que han leído la
historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della
algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor
don Quijote.
-Ahí entra la verdad de la historia -dijo Sancho.
-También pudieran callarlos por equidad -dijo don Quijote-, pues las
acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué
escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A
fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente
Ulises como le describe Homero.
-Así es -replicó Sansón-, pero uno es escribir como poeta y otro como
historiador: el poeta puede contar, o cantar las cosas, no como fueron,
sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían
ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.
-Pues si es que se anda a decir verdades ese señor moro -dijo Sancho-, a
buen seguro que entre los palos de mi señor se hallen los míos; porque
nunca a su merced le tomaron la medida de las espaldas que no me la tomasen
a mí de todo el cuerpo; pero no hay de qué maravillarme, pues, como dice el
mismo señor mío, del dolor de la cabeza han de participar los miembros.
-Socarrón sois, Sancho -respondió don Quijote-. A fee que no os falta
memoria cuando vos queréis tenerla.
-Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado -dijo
Sancho-, no lo consentirán los cardenales, que aún se están frescos en las
costillas.
-Callad, Sancho -dijo don Quijote-, y no interrumpáis al señor bachiller, a
quien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de mí en la referida
historia.
-Y de mí -dijo Sancho-, que también dicen que soy yo uno de los principales
presonajes della.
-Personajes que no presonajes, Sancho amigo -dijo Sansón.
-¿Otro reprochador de voquibles tenemos? -dijo Sancho-. Pues ándense a eso,
y no acabaremos en toda la vida.
-Mala me la dé Dios, Sancho -respondió el bachiller-, si no sois vos la
segunda persona de la historia; y que hay tal, que precia más oíros hablar
a vos que al más pintado de toda ella, puesto que también hay quien diga
que anduvistes demasiadamente de crédulo en creer que podía ser verdad el
gobierno de aquella ínsula, ofrecida por el señor don Quijote, que está
presente.
-Aún hay sol en las bardas -dijo don Quijote-, y, mientras más fuere
entrando en edad Sancho, con la esperiencia que dan los años, estará más
idóneo y más hábil para ser gobernador que no está agora.
-Por Dios, señor -dijo Sancho-, la isla que yo no gobernase con los años
que tengo, no la gobernaré con los años de Matusalén. El daño está en que
la dicha ínsula se entretiene, no sé dónde, y no en faltarme a mí el
caletre para gobernarla.
-Encomendadlo a Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que todo se hará bien, y
quizá mejor de lo que vos pensáis; que no se mueve la hoja en el árbol sin
la voluntad de Dios.
-Así es verdad -dijo Sansón-, que si Dios quiere, no le faltarán a Sancho
mil islas que gobernar, cuanto más una.
-Gobernador he visto por ahí -dijo Sancho- que, a mi parecer, no llegan a
la suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman señoría, y se sirven con
plata.
-Ésos no son gobernadores de ínsulas -replicó Sansón-, sino de otros
gobiernos más manuales; que los que gobiernan ínsulas, por lo menos han de
saber gramática.
-Con la grama bien me avendría yo -dijo Sancho-, pero con la tica, ni me
tiro ni me pago, porque no la entiendo. Pero, dejando esto del gobierno en
las manos de Dios, que me eche a las partes donde más de mí se sirva, digo,
señor bachiller Sansón Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que el
autor de la historia haya hablado de mí de manera que no enfadan las cosas
que de mí se cuentan; que a fe de buen escudero que si hubiera dicho de mí
cosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, que nos habían de oír
los sordos.
-Eso fuera hacer milagros -respondió Sansón.
-Milagros o no milagros -dijo Sancho-, cada uno mire cómo habla o cómo
escribe de las presonas, y no ponga a troche moche lo primero que le viene
al magín.
-Una de las tachas que ponen a la tal historia -dijo el bachiller- es que
su autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no por
mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver
con la historia de su merced del señor don Quijote.
-Yo apostaré -replicó Sancho- que ha mezclado el hideperro berzas con
capachos.
-Ahora digo -dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi
historia, sino algún ignorante hablador, que, a tiento y sin algún
discurso, se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja,
el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: ''Lo que
saliere''. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que
era menester que con letras góticas escribiese junto a él: "Éste es gallo".
Y así debe de ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento para
entenderla.
-Eso no -respondió Sansón-, porque es tan clara, que no hay cosa que
dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres
la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan
leída y tan sabida de todo género de gentes, que, apenas han visto algún
rocín flaco, cuando dicen: "allí va Rocinante". Y los que más se han dado a
su letura son los pajes: no hay antecámara de señor donde no se halle un
Don Quijote: unos le toman si otros le dejan; éstos le embisten y aquéllos
le piden. Finalmente, la tal historia es del más gustoso y menos
perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque en toda
ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un
pensamiento menos que católico.
-A escribir de otra suerte -dijo don Quijote-, no fuera escribir verdades,
sino mentiras; y los historiadores que de mentiras se valen habían de ser
quemados, como los que hacen moneda falsa; y no sé yo qué le movió al autor
a valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los
míos: sin duda se debió de atener al refrán: "De paja y de heno...",
etcétera. Pues en verdad que en sólo manifestar mis pensamientos, mis
sospiros, mis lágrimas, mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera
hacer un volumen mayor, o tan grande que el que pueden hacer todas las
obras del Tostado. En efeto, lo que yo alcanzo, señor bachiller, es que
para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester
un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires
es de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia es la del
bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple. La
historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde está la
verdad está Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos
que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos.
-No hay libro tan malo -dijo el bachiller- que no tenga algo bueno.
-No hay duda en eso -replicó don Quijote-; pero muchas veces acontece que
los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus
escritos, en dándolos a la estampa, la perdieron del todo, o la
menoscabaron en algo.
-La causa deso es -dijo Sansón- que, como las obras impresas se miran
despacio, fácilmente se veen sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto
es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios,
los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces,
son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular
entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios
a la luz del mundo.
-Eso no es de maravillar -dijo don Quijote-, porque muchos teólogos hay que
no son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o
sobras de los que predican.
-Todo eso es así, señor don Quijote -dijo Carrasco-, pero quisiera yo que
los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin
atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; que si
aliquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto,
por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría
ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces
acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y así, digo que es
grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda
imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos
los que le leyeren.
-El que de mí trata -dijo don Quijote-, a pocos habrá contentado.
-Antes es al revés; que, como de stultorum infinitus est numerus, infinitos
son los que han gustado de la tal historia; y algunos han puesto falta y
dolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar quién fue el
ladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara, y sólo se
infiere de lo escrito que se le hurtaron, y de allí a poco le vemos a
caballo sobre el mesmo jumento, sin haber parecido. También dicen que se le
olvidó poner lo que Sancho hizo de aquellos cien escudos que halló en la
maleta en Sierra Morena, que nunca más los nombra, y hay muchos que desean
saber qué hizo dellos, o en qué los gastó, que es uno de los puntos
sustanciales que faltan en la obra.
-Sancho respondió:
-Yo, señor Sansón, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; que
me ha tomado un desmayo de estómago, que si no le reparo con dos tragos de
lo añejo, me pondrá en la espina de Santa Lucía. En casa lo tengo, mi oíslo
me aguarda; en acabando de comer, daré la vuelta, y satisfaré a vuestra
merced y a todo el mundo de lo que preguntar quisieren, así de la pérdida
del jumento como del gasto de los cien escudos.
Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa.
Don Quijote pidió y rogó al bachiller se quedase a hacer penitencia con él.
Tuvo el bachiller el envite: quedóse, añadióse al ordinaro un par de
pichones, tratóse en la mesa de caballerías, siguióle el humor Carrasco,
acabóse el banquete, durmieron la siesta, volvió Sancho y renovóse la
plática pasada.
Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de
sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse
Volvió Sancho a casa de don Quijote, y, volviendo al pasado razonamiento,
dijo:
-A lo que el señor Sansón dijo que se deseaba saber quién, o cómo, o cuándo
se me hurtó el jumento, respondiendo digo que la noche misma que, huyendo
de la Santa Hermandad, nos entramos en Sierra Morena, después de la
aventura sin ventura de los galeotes y de la del difunto que llevaban a
Segovia, mi señor y yo nos metimos entre una espesura, adonde mi señor
arrimado a su lanza, y yo sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadas
refriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones de
pluma; especialmente yo dormí con tan pesado sueño, que quienquiera que fue
tuvo lugar de llegar y suspenderme sobre cuatro estacas que puso a los
cuatro lados de la albarda, de manera que me dejó a caballo sobre ella, y
me sacó debajo de mí al rucio, sin que yo lo sintiese.
-Eso es cosa fácil, y no acontecimiento nuevo, que lo mesmo le sucedió a
Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invención
le sacó el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrón llamado
Brunelo.
-Amaneció -prosiguió Sancho-, y, apenas me hube estremecido, cuando,
faltando las estacas, di conmigo en el suelo una gran caída; miré por el
jumento, y no le vi; acudiéronme lágrimas a los ojos, y hice una
lamentación, que si no la puso el autor de nuestra historia, puede hacer
cuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no sé cuántos días, viniendo con
la señora princesa Micomicona, conocí mi asno, y que venía sobre él en
hábito de gitano aquel Ginés de Pasamonte, aquel embustero y grandísimo
maleador que quitamos mi señor y yo de la cadena.
-No está en eso el yerro -replicó Sansón-, sino en que, antes de haber
parecido el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmo
rucio.
-A eso -dijo Sancho-, no sé qué responder, sino que el historiador se
engañó, o ya sería descuido del impresor.
-Así es, sin duda -dijo Sansón-; pero, ¿qué se hicieron los cien escudos?;
¿deshiciéronse?
Respondió Sancho:
-Yo los gasté en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, y
ellos han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y
carreras que he andado sirviendo a mi señor don Quijote; que si, al cabo de
tanto tiempo, volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra ventura
me esperaba; y si hay más que saber de mí, aquí estoy, que responderé al
mismo rey en presona, y nadie tiene para qué meterse en si truje o no
truje, si gasté o no gasté; que si los palos que me dieron en estos viajes
se hubieran de pagar a dinero, aunque no se tasaran sino a cuatro maravedís
cada uno, en otros cien escudos no había para pagarme la mitad; y cada uno
meta la mano en su pecho, y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lo
negro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas
veces.
-Yo tendré cuidado -dijo Carrasco- de acusar al autor de la historia que si
otra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho,
que será realzarla un buen coto más de lo que ella se está.
-¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, señor bachiller? -preguntó don
Quijote.
-Sí debe de haber -respondió él-, pero ninguna debe de ser de la
importancia de las ya referidas.
-Y por ventura -dijo don Quijote-, ¿promete el autor segunda parte?
-Sí promete -respondió Sansón-, pero dice que no ha hallado ni sabe quién
la tiene, y así, estamos en duda si saldrá o no; y así por esto como porque
algunos dicen: "Nunca segundas partes fueron buenas", y otros: "De las
cosas de don Quijote bastan las escritas", se duda que no ha de haber
segunda parte; aunque algunos que son más joviales que saturninos dicen:
"Vengan más quijotadas: embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo
que fuere, que con eso nos contentamos".
-Y ¿a qué se atiene el autor?
-A que -respondió Sansón-, en hallando que halle la historia, que él va
buscando con extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa,
llevado más del interés que de darla se le sigue que de otra alabanza
alguna.
A lo que dijo Sancho:
-¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque
no hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de pascuas, y las
obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfeción que requieren.
Atienda ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi señor
le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos
diferentes, que pueda componer no sólo segunda parte, sino ciento. Debe de
pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí en las pajas; pues
ténganos el pie al herrar, y verá del que cosqueamos. Lo que yo sé decir es
que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas
deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los
buenos andantes caballeros.
No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus
oídos relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tomó don Quijote por
felicísimo agüero, y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra
salida; y, declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por qué
parte comenzaría su jornada; el cual le respondió que era su parecer que
fuese al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza, adonde, de allí a pocos
días, se habían de hacer unas solenísimas justas por la fiesta de San
Jorge, en las cuales podría ganar fama sobre todos los caballeros
aragoneses, que sería ganarla sobre todos los del mundo. Alabóle ser
honradísima y valentísima su determinación, y advirtióle que anduviese más
atentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era suya, sino de
todos aquellos que le habían de menester para que los amparase y socorriese
en sus desventuras.
-Deso es lo que yo reniego, señor Sansón -dijo a este punto Sancho-, que
así acomete mi señor a cien hombres armados como un muchacho goloso a media
docena de badeas. ¡Cuerpo del mundo, señor bachiller! Sí, que tiempos hay
de acometer y tiempos de retirar; sí, no ha de ser todo "¡Santiago, y
cierra, España!" Y más, que yo he oído decir, y creo que a mi señor mismo,
si mal no me acuerdo, que en los estremos de cobarde y de temerario está el
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