oler cosas buenas, sino malas y hidiondas. Y la razón es que como ellos,
dondequiera que están, traen el infierno consigo, y no pueden recebir
género de alivio alguno en sus tormentos, y el buen olor sea cosa que
deleita y contenta, no es posible que ellos huelan cosa buena. Y si a ti te
parece que ese demonio que dices huele a ámbar, o tú te engañas, o él
quiere engañarte con hacer que no le tengas por demonio.
Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado; y, temiendo don Fernando
y Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de su
invención, a quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de abreviar
con la partida; y, llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase a
Rocinante y enalbardase el jumento de Sancho; el cual lo hizo con mucha
presteza.
Ya en esto, el cura se había concertado con los cuadrilleros que le
acompañasen hasta su lugar, dándoles un tanto cada día. Colgó Cardenio del
arzón de la silla de Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la bacía,
y por señas mandó a Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas
a Rocinante, y puso a los dos lados del carro a los dos cuadrilleros con
sus escopetas. Pero, antes que se moviese el carro, salió la ventera, su
hija y Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo que lloraban de
dolor de su desgracia; a quien don Quijote dijo:
-No lloréis, mis buenas señoras, que todas estas desdichas son anexas a los
que profesan lo que yo profeso; y si estas calamidades no me acontecieran,
no me tuviera yo por famoso caballero andante; porque a los caballeros de
poco nombre y fama nunca les suceden semejantes casos, porque no hay en el
mundo quien se acuerde dellos. A los valerosos sí, que tienen envidiosos de
su virtud y valentía a muchos príncipes y a muchos otros caballeros, que
procuran por malas vías destruir a los buenos. Pero, con todo eso, la
virtud es tan poderosa que, por sí sola, a pesar de toda la nigromancia que
supo su primer inventor, Zoroastes, saldrá vencedora de todo trance, y dará
de sí luz en el mundo, como la da el sol en el cielo. Perdonadme, fermosas
damas, si algún desaguisado, por descuido mío, os he fecho, que, de
voluntad y a sabiendas, jamás le di a nadie; y rogad a Dios me saque destas
prisiones, donde algún mal intencionado encantador me ha puesto; que si de
ellas me veo libre, no se me caerá de la memoria las mercedes que en este
castillo me habedes fecho, para gratificallas, servillas y recompensallas
como ellas merecen.
En tanto que las damas del castillo esto pasaban con don Quijote, el cura y
el barbero se despidieron de don Fernando y sus camaradas, y del capitán y
de su hermano y todas aquellas contentas señoras, especialmente de Dorotea
y Luscinda. Todos se abrazaron y quedaron de darse noticia de sus sucesos,
diciendo don Fernando al cura dónde había de escribirle para avisarle en lo
que paraba don Quijote, asegurándole que no habría cosa que más gusto le
diese que saberlo; y que él, asimesmo, le avisaría de todo aquello que él
viese que podría darle gusto, así de su casamiento como del bautismo de
Zoraida, y suceso de don Luis, y vuelta de Luscinda a su casa. El cura
ofreció de hacer cuanto se le mandaba, con toda puntualidad. Tornaron a
abrazarse otra vez, y otra vez tornaron a nuevos ofrecimientos.
El ventero se llegó al cura y le dio unos papeles, diciéndole que los había
hallado en un aforro de la maleta donde se halló la Novela del curioso
impertinente, y que, pues su dueño no había vuelto más por allí, que se los
llevase todos; que, pues él no sabía leer, no los quería. El cura se lo
agradeció, y, abriéndolos luego, vio que al principio de lo escrito decía:
Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendió ser alguna novela y
coligió que, pues la del Curioso impertinente había sido buena, que también
lo sería aquélla, pues podría ser fuesen todas de un mesmo autor; y así, la
guardó, con prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.
Subió a caballo, y también su amigo el barbero, con sus antifaces, porque
no fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusiéronse a caminar tras el
carro. Y la orden que llevaban era ésta: iba primero el carro, guiándole su
dueño; a los dos lados iban los cuadrilleros, como se ha dicho, con sus
escopetas; seguía luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda a
Rocinante. Detrás de todo esto iban el cura y el barbero sobre sus
poderosas mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave y
reposado continente, no caminando más de lo que permitía el paso tardo de
los bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos
los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia
como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra.
Y así, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos leguas, que
llegaron a un valle, donde le pareció al boyero ser lugar acomodado para
reposar y dar pasto a los bueyes; y, comunicándolo con el cura, fue de
parecer el barbero que caminasen un poco más, porque él sabía, detrás de un
recuesto que cerca de allí se mostraba, había un valle de más yerba y mucho
mejor que aquel donde parar querían. Tomóse el parecer del barbero, y así,
tornaron a proseguir su camino.
En esto, volvió el cura el rostro, y vio que a sus espaldas venían hasta
seis o siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cuales
fueron presto alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo de los
bueyes, sino como quien iba sobre mulas de canónigos y con deseo de llegar
presto a sestear a la venta, que menos de una legua de allí se parecía.
Llegaron los diligentes a los perezosos y saludáronse cortésmente; y uno de
los que venían, que, en resolución, era canónigo de Toledo y señor de los
demás que le acompañaban, viendo la concertada procesión del carro,
cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura y barbero, y más a don Quijote,
enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de preguntar qué significaba llevar
aquel hombre de aquella manera; aunque ya se había dado a entender, viendo
las insignias de los cuadrilleros, que debía de ser algún facinoroso
salteador, o otro delincuente cuyo castigo tocase a la Santa Hermandad. Uno
de los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta, respondió ansí:
-Señor, lo que significa ir este caballero desta manera, dígalo él, porque
nosotros no lo sabemos.
Oyó don Quijote la plática, y dijo:
-¿Por dicha vuestras mercedes, señores caballeros, son versados y perictos
en esto de la caballería andante? Porque si lo son, comunicaré con ellos
mis desgracias, y si no, no hay para qué me canse en decillas.
Y, a este tiempo, habían ya llegado el cura y el barbero, viendo que los
caminantes estaban en pláticas con don Quijote de la Mancha, para responder
de modo que no fuese descubierto su artificio.
El canónigo, a lo que don Quijote dijo, respondió:
-En verdad, hermano, que sé más de libros de caballerías que de las Súmulas
de Villalpando. Ansí que, si no está más que en esto, seguramente podéis
comunicar conmigo lo que quisiéredes.
-A la mano de Dios -replicó don Quijote-. Pues así es, quiero, señor
caballero, que sepades que yo voy encantado en esta jaula, por envidia y
fraude de malos encantadores; que la virtud más es perseguida de los malos
que amada de los buenos. Caballero andante soy, y no de aquellos de cuyos
nombres jamás la Fama se acordó para eternizarlos en su memoria, sino de
aquellos que, a despecho y pesar de la mesma envidia, y de cuantos magos
crió Persia, bracmanes la India, ginosofistas la Etiopía, ha de poner su
nombre en el templo de la inmortalidad para que sirva de ejemplo y dechado
en los venideros siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos que
han de seguir, si quisieren llegar a la cumbre y alteza honrosa de las
armas.
-Dice verdad el señor don Quijote de la Mancha -dijo a esta sazón el cura-;
que él va encantado en esta carreta, no por sus culpas y pecados, sino por
la mala intención de aquellos a quien la virtud enfada y la valentía enoja.
Éste es, señor, el Caballero de la Triste Figura, si ya le oístes nombrar
en algún tiempo, cuyas valerosas hazañas y grandes hechos serán escritas
en bronces duros y en eternos mármoles, por más que se canse la envidia en
escurecerlos y la malicia en ocultarlos.
Cuando el canónigo oyó hablar al preso y al libre en semejante estilo,
estuvo por hacerse la cruz, de admirado, y no podía saber lo que le había
acontencido; y en la mesma admiración cayeron todos los que con él venían.
En esto, Sancho Panza, que se había acercado a oír la plática, para
adobarlo todo, dijo:
-Ahora, señores, quiéranme bien o quiéranme mal por lo que dijere, el caso
de ello es que así va encantado mi señor don Quijote como mi madre; él
tiene su entero juicio, él come y bebe y hace sus necesidades como los
demás hombres, y como las hacía ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto
ansí, ¿cómo quieren hacerme a mí entender que va encantado? Pues yo he oído
decir a muchas personas que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan,
y mi amo, si no le van a la mano, hablará más que treinta procuradores.
Y, volviéndose a mirar al cura, prosiguió diciendo:
-¡Ah señor cura, señor cura! ¿Pensaba vuestra merced que no le conozco, y
pensará que yo no calo y adivino adónde se encaminan estos nuevos
encantamentos? Pues sepa que le conozco, por más que se encubra el rostro,
y sepa que le entiendo, por más que disimule sus embustes. En fin, donde
reina la envidia no puede vivir la virtud, ni adonde hay escaseza la
liberalidad. !Mal haya el diablo!; que, si por su reverencia no fuera, ésta
fuera ya la hora que mi señor estuviera casado con la infanta Micomicona, y
yo fuera conde, por lo menos, pues no se podía esperar otra cosa, así de la
bondad de mi señor el de la Triste Figura como de la grandeza de mis
servicios. Pero ya veo que es verdad lo que se dice por ahí: que la rueda
de la Fortuna anda más lista que una rueda de molino, y que los que ayer
estaban en pinganitos hoy están por el suelo. De mis hijos y de mi mujer me
pesa, pues cuando podían y debían esperar ver entrar a su padre por sus
puertas hecho gobernador o visorrey de alguna ínsula o reino, le verán
entrar hecho mozo de caballos. Todo esto que he dicho, señor cura, no es
más de por encarecer a su paternidad haga conciencia del mal tratamiento
que a mi señor se le hace, y mire bien no le pida Dios en la otra vida esta
prisión de mi amo, y se le haga cargo de todos aquellos socorros y bienes
que mi señor don Quijote deja de hacer en este tiempo que está preso.
-¡Adóbame esos candiles! -dijo a este punto el barbero-. ¿También vos,
Sancho, sois de la cofradía de vuestro amo? ¡Vive el Señor, que voy viendo
que le habéis de tener compañía en la jaula, y que habéis de quedar tan
encantado como él, por lo que os toca de su humor y de su caballería! En
mal punto os empreñastes de sus promesas, y en mal hora se os entró en los
cascos la ínsula que tanto deseáis.
-Yo no estoy preñado de nadie -respondió Sancho-, ni soy hombre que me
dejaría empreñar, del rey que fuese; y, aunque pobre, soy cristiano viejo,
y no debo nada a nadie; y si ínsulas deseo, otros desean otras cosas
peores; y cada uno es hijo de sus obras; y, debajo de ser hombre, puedo
venir a ser papa, cuanto más gobernador de una ínsula, y más pudiendo ganar
tantas mi señor que le falte a quien dallas. Vuestra merced mire cómo
habla, señor barbero; que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a
Pedro. Dígolo porque todos nos conocemos, y a mí no se me ha de echar dado
falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y quédese
aquí, porque es peor meneallo.
No quiso responder el barbero a Sancho, porque no descubriese con sus
simplicidades lo que él y el cura tanto procuraban encubrir; y, por este
mesmo temor, había el cura dicho al canónigo que caminasen un poco delante:
que él le diría el misterio del enjaulado, con otras cosas que le diesen
gusto. Hízolo así el canónigo, y adelantóse con sus criados y con él:
estuvo atento a todo aquello que decirle quiso de la condición, vida,
locura y costumbres de don Quijote, contándole brevemente el principio y
causa de su desvarío, y todo el progreso de sus sucesos, hasta haberlo
puesto en aquella jaula, y el disignio que llevaban de llevarle a su
tierra, para ver si por algún medio hallaban remedio a su locura.
Admiráronse de nuevo los criados y el canónigo de oír la peregrina historia
de don Quijote, y, en acabándola de oír, dijo:
-Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales
en la república estos que llaman libros de caballerías; y, aunque he leído,
llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que
hay impresos, jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio al
cabo, porque me parece que, cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesma
cosa, y no tiene más éste que aquél, ni estotro que el otro. Y, según a mí
me parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquel de
las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden
solamente a deleitar, y no a enseñar: al contrario de lo que hacen las
fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente. Y, puesto que el
principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé yo cómo
puedan conseguirle, yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates;
que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y
concordancia que vee o contempla en las cosas que la vista o la imaginación
le ponen delante; y toda cosa que tiene en sí fealdad y descompostura no
nos puede causar contento alguno. Pues, ¿qué hermosura puede haber, o qué
proporción de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro o
fábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante
como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique; y
que, cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay
de la parte de los enemigos un millón de competientes, como sea contra
ellos el señor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habemos de
entender que el tal caballero alcanzó la vitoria por solo el valor de su
fuerte brazo? Pues, ¿qué diremos de la facilidad con que una reina o
emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido
caballero? ¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro e inculto, podrá
contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar
adelante, como nave con próspero viento, y hoy anochece en Lombardía, y
mañana amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias, o en otras que ni
las descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y, si a esto se me respondiese
que los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira, y que
así, no están obligados a mirar en delicadezas ni verdades, responderles
hía yo que tanto la mentira es mejor cuanto más parece verdadera, y tanto
más agrada cuanto tiene más de lo dudoso y posible. Hanse de casar las
fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren,
escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las
grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y
entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría
juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la
verisimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfeción de lo que
se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo de
fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al
principio, y el fin al principio y al medio; sino que los componen con
tantos miembros, que más parece que llevan intención a formar una quimera o
un monstruo que a hacer una figura proporcionada. Fuera desto, son en el
estilo duros; en las hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las
cortesías, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones,
disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto
artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana,
como a gente inútil.
El cura le estuvo escuchando con grande atención, y parecióle hombre de
buen entendimiento, y que tenía razón en cuanto decía; y así, le dijo que,
por ser él de su mesma opinión y tener ojeriza a los libros de caballerías,
había quemado todos los de don Quijote, que eran muchos. Y contóle el
escrutinio que dellos había hecho, y los que había condenado al fuego y
dejado con vida, de que no poco se rió el canónigo, y dijo que, con todo
cuanto mal había dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena:
que era el sujeto que ofrecían para que un buen entendimiento pudiese
mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin
empacho alguno pudiese correr la pluma, descubriendo naufragios, tormentas,
rencuentros y batallas; pintando un capitán valeroso con todas las partes
que para ser tal se requieren, mostrándose prudente previniendo las
astucias de sus enemigos, y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a
sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente
en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico
suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima
dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y
comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés,
valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos,
grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya
cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado,
y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede
mostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles,
las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de Eurialio,
la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad de
Trajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia de Catón; y, finalmente,
todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre, ahora
poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos.
-Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención,
que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela
de varios y hermosos lazos tejida, que, después de acabada, tal perfeción y
hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los
escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque
la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse
épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en
sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que
la épica también puede escrebirse en prosa como en verso.
Capítulo XLVIII. Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de
caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio
-Así es como vuestra merced dice, señor canónigo -dijo el cura-, y por esta
causa son más dignos de reprehensión los que hasta aquí han compuesto
semejantes libros sin tener advertencia a ningún buen discurso, ni al arte
y reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son
en verso los dos príncipes de la poesía griega y latina.
-Yo, a lo menos -replicó el canónigo-, he tenido cierta tentación de hacer
un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he
significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien
hojas. Y para hacer la experiencia de si correspondían a mi estimación, las
he comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y
con otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de
todos he hallado una agradable aprobación; pero, con todo esto, no he
proseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión,
como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes; y
que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los
muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo,
a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más me
le quitó de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle, fue un argumento
que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representa,
diciendo: ''Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de
historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan
pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y
las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las
componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque
así las quiere el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza y
siguen la fábula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos
que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su
artificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, que
no opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser un libro, al cabo de
haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré a
ser el sastre del cantillo''. Y, aunque algunas veces he procurado
persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, y
que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que hagan
el arte que no con las disparatadas, y están tan asidos y encorporados en
su parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque. Acuérdome que
un día dije a uno destos pertinaces: ''Decidme, ¿no os acordáis que ha
pocos años que se representaron en España tres tragedias que compuso un
famoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales, que admiraron,
alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, así simples como
prudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron más dineros a los
representantes ellas tres solas que treinta de las mejores que después acá
se han hecho?'' ''Sin duda -respondió el autor que digo-, que debe de decir
vuestra merced por La Isabela, La Filis y La Alejandra''. ''Por ésas digo
-le repliqué yo-; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y si
por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo.
Así que no está la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellos
que no saben representar otra cosa. Sí, que no fue disparate La ingratitud
vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le halló en la del Mercader amante,
ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que de algunos
entendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y para
ganancia de los que las han representado''. Y otras cosas añadí a éstas,
con que, a mi parecer, le dejé algo confuso, pero no satisfecho ni
convencido para sacarle de su errado pensamiento.
-En materia ha tocado vuestra merced, señor canónigo -dijo a esta sazón el
cura-, que ha despertado en mí un antiguo rancor que tengo con las comedias
que agora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de
caballerías; porque, habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio,
espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad,
las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de
necedades e imágenes de lascivia. Porque, ¿qué mayor disparate puede ser en
el sujeto que tratamos que salir un niño en mantillas en la primera cena
del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y ¿qué
mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo
rectórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ¿Qué
diré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden o
podían suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que
la primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera se
acabó en Africa, y ansí fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en
América, y así se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si
es que la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es
posible que satisfaga a ningún mediano entendimiento que, fingiendo una
acción que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, el mismo que en ella
hace la persona principal le atribuyan que fue el emperador Heraclio, que
entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa Santa, como Godofre
de Bullón, habiendo infinitos años de lo uno a lo otro; y fundándose la
comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia, y mezclarle
pedazos de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no con
trazas verisímiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Y
es lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lo
demás es buscar gullurías. Pues, ¿qué si venimos a las comedias divinas?:
¡qué de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas apócrifas y mal
entendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en las
humanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni consideración que
parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos
llaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo
esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en
oprobrio de los ingenios españoles; porque los estranjeros, que con mucha
puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros e
ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no sería
bastante disculpa desto decir que el principal intento que las repúblicas
bien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es para
entretener la comunidad con alguna honesta recreación, y divertirla a veces
de los malos humores que suele engendrar la ociosidad; y que, pues éste se
consigue con cualquier comedia, buena o mala, no hay para qué poner leyes,
ni estrechar a los que las componen y representan a que las hagan como
debían hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con
ellas se pretende. A lo cual respondería yo que este fin se conseguiría
mucho mejor, sin comparación alguna, con las comedias buenas que con las no
tales; porque, de haber oído la comedia artificiosa y bien ordenada,
saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado
de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz
con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que
todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que la
escuchare, por rústico y torpe que sea; y de toda imposibilidad es
imposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comedia
que todas estas partes tuviere mucho más que aquella que careciere dellas,
como por la mayor parte carecen estas que de ordinario agora se
representan. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque
algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben
estremadamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hecho
mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se
las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procura
acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide.
Y que esto sea verdad véase por muchas e infinitas comedias que ha
compuesto un felicísimo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tanto
donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves
sentencias y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que
tiene lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de los
representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de
la perfección que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen,
que después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y
ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por
haber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de
algunos linajes. Y todos estos inconvinientes cesarían, y aun otros muchos
más que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y
discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen (no
sólo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen
representar en España), sin la cual aprobación, sello y firma, ninguna
justicia en su lugar dejase representar comedia alguna; y, desta manera,
los comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias a la Corte, y con
seguridad podrían representallas, y aquellos que las componen mirarían con
más cuidado y estudio lo que hacían, temorosos de haber de pasar sus obras
por el riguroso examen de quien lo entiende; y desta manera se harían
buenas comedias y se conseguiría felicísimamente lo que en ellas se
pretende: así el entretenimiento del pueblo, como la opinión de los
ingenios de España, el interés y seguridad de los recitantes y el ahorro
del cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a este mismo, que
examinase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen, sin duda
podrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho,
enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la
elocuencia, dando ocasión que los libros viejos se escureciesen a la luz de
los nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los
ociosos, sino de los más ocupados; pues no es posible que esté continuo el
arco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sin
alguna lícita recreación.
A este punto de su coloquio llegaban el canónigo y el cura, cuando,
adelantándose el barbero, llegó a ellos, y dijo al cura:
-Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que,
sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.
-Así me lo parece a mí -respondió el cura.
Y, diciéndole al canónigo lo que pensaba hacer, él también quiso quedarse
con ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se les
ofrecía. Y, así por gozar dél como de la conversación del cura, de quien ya
iba aficionado, y por saber más por menudo las hazañas de don Quijote,
mandó a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos de
allí estaba, y trujesen della lo que hubiese de comer, para todos, porque
él determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a lo cual uno de
sus criados respondió que el acémila del repuesto, que ya debía de estar en
la venta, traía recado bastante para no obligar a no tomar de la venta más
que cebada.
-Pues así es -dijo el canónigo-, llévense allá todas las cabalgaduras, y
haced volver la acémila.
En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podía hablar a su amo sin la
continua asistencia del cura y el barbero, que tenía por sospechosos, se
llegó a la jaula donde iba su amo, y le dijo:
-Señor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cerca
de su encantamento; y es que aquestos dos que vienen aquí cubiertos los
rostros son el cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado esta
traza de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen como vuestra
merced se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, esta
verdad, síguese que no va encantado, sino embaído y tonto. Para prueba de
lo cual le quiero preguntar una cosa; y si me responde como creo que me ha
de responder, tocará con la mano este engaño y verá como no va encantado,
sino trastornado el juicio.
-Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho -respondió don Quijote-, que yo te
satisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellos
que allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros
compatriotos y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos;
pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera.
Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices,
debe de ser que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia y
semejanza; porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se les
antoja, y habrán tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasión
de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones,
que no aciertes a salir dél, aunque tuvieses la soga de Teseo. Y también lo
habrán hecho para que yo vacile en mi entendimiento, y no sepa atinar de
dónde me viene este daño; porque si, por una parte, tú me dices que me
acompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y, por otra, yo me veo
enjaulado, y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales,
no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sino
que la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leído en todas
las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados?
Ansí que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los que
dices, porque así son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a querer
preguntarme algo, di, que yo te responderé, aunque me preguntes de aquí a
mañana.
-¡Válame Nuestra Señora! -respondió Sancho, dando una gran voz-. Y ¿es
posible que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo,
que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su
prisión y desgracia tiene más parte la malicia que el encanto? Pero, pues
así es, yo le quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no,
dígame, así Dios le saque desta tormenta, y así se vea en los brazos de mi
señora Dulcinea cuando menos se piense...
-Acaba de conjurarme -dijo don Quijote-, y pregunta lo que quisieres; que
ya te he dicho que te responderé con toda puntualidad.
-Eso pido -replicó Sancho-; y lo que quiero saber es que me diga, sin
añadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que la
han de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestra
merced las profesa, debajo de título de caballeros andantes...
-Digo que no mentiré en cosa alguna -respondió don Quijote-. Acaba ya de
preguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias y
prevenciones, Sancho.
-Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y así, porque
hace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso
después que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta
jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como
suele decirse.
-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que te
responda derechamente.
-¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores o
mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepa
que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.
-¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. ¡Sácame
deste peligro, que no anda todo limpio!
Capítulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo
con su señor don Quijote
-¡Ah -dijo Sancho-; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, como
al alma y como a la vida. Venga acá, señor: ¿podría negar lo que comúnmente
suele decirse por ahí cuando una persona está de mala voluntad: "No sé qué
tiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a propósito a lo
que le preguntan, que no parece sino que está encantado"? De donde se viene
a sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras
naturales que yo digo, estos tales están encantados; pero no aquellos que
tienen la gana que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come
cuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.
-Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-, pero ya te he dicho que hay
muchas maneras de encantamentos, y podría ser que con el tiempo se hubiesen
mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo
lo que yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera que contra el uso de
los tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengo
para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi
conciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estaba
encantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudando
el socorro que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi
ayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.
-Pues, con todo eso -replicó Sancho-, digo que, para mayor abundancia y
satisfación, sería bien que vuestra merced probase a salir desta cárcel,
que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, y
probase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que también parece que va
encantado, según va de malencólico y triste; y, hecho esto, probásemos otra
vez la suerte de buscar más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo
nos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y
leal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere
vuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con
lo que digo.
-Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano -replicó don
Quijote-; y cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo te
obedeceré en todo y por todo; pero tú, Sancho, verás como te engañas en el
conocimiento de mi desgracia.
En estas pláticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andante
escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, el
canónigo y el barbero. Desunció luego los bueyes de la carreta el boyero, y
dejólos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuya
frescura convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas como
don Quijote, sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; el
cual rogó al cura que permitiese que su señor saliese por un rato de la
jaula, porque si no le dejaban salir, no iría tan limpia aquella prisión
como requiría la decencia de un tal caballero como su amo. Entendióle el
cura, y dijo que de muy buena gana haría lo que le pedía si no temiera que,
en viéndose su señor en libertad, había de hacer de las suyas, y irse donde
jamás gentes le viesen.
-Yo le fío de la fuga -respondió Sancho.
-Y yo y todo -dijo el canónigo-; y más si él me da la palabra, como
caballero, de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.
-Sí doy -respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando-; cuanto más,
que el que está encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de su
persona lo que quisiere, porque el que le encantó le puede hacer que no se
mueva de un lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le hará volver en
volandas. -Y que, pues esto era así, bien podían soltalle, y más, siendo
tan en provecho de todos; y del no soltalle les protestaba que no podía
dejar de fatigalles el olfato, si de allí no se desviaban.
Tomóle la mano el canónigo, aunque las tenía atadas, y, debajo de su buena
fe y palabra, le desenjaularon, de que él se alegró infinito y en grande
manera de verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todo
el cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante, y, dándole dos palmadas
en las ancas, dijo:
-Aún espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos,
que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; tú, con tu señor a
cuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echó al
mundo.
Y, diciendo esto, don Quijote se apartó con Sancho en remota parte, de
donde vino más aliviado y con más deseos de poner en obra lo que su
escudero ordenase.
Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza de su grande locura,
y de que, en cuanto hablaba y respondía, mostraba tener bonísimo
entendimiento: solamente venía a perder los estribos, como otras veces se
ha dicho, en tratándole de caballería. Y así, movido de compasión, después
de haberse sentado todos en la verde yerba, para esperar el repuesto del
canónigo, le dijo:
-¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la
amarga y ociosa letura de los libros de caballerías, que le hayan vuelto el
juicio de modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas deste
jaez, tan lejos de ser verdaderas como lo está la mesma mentira de la
verdad? Y ¿cómo es posible que haya entendimiento humano que se dé a
entender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquella
turbamulta de tanto famoso caballero, tanto emperador de Trapisonda, tanto
Felixmarte de Hircania, tanto palafrén, tanta doncella andante, tantas
sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras,
tanto género de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforados
encuentros, tanta bizarría de trajes, tantas princesas enamoradas, tantos
escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto requiebro,
tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan disparatados casos
como los libros de caballerías contienen? De mí sé decir que, cuando los
leo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira y
liviandad, me dan algún contento; pero, cuando caigo en la cuenta de lo que
son, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con él en el fuego si
cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por ser
falsos y embusteros, y fuera del trato que pide la común naturaleza, y como
a inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien da
ocasión que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas
tantas necedades como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que se
atreven a turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos,
como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced han hecho, pues le
han traído a términos que sea forzoso encerrarle en una jaula, y traerle
sobre un carro de bueyes, como quien trae o lleva algún león o algún tigre,
de lugar en lugar, para ganar con él dejando que le vean. ¡Ea, señor don
Quijote, duélase de sí mismo, y redúzgase al gremio de la discreción, y
sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando el
felicísimo talento de su ingenio en otra letura que redunde en
aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todavía,
llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y de
caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallará
verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo
Lusitania; un César, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; un
conde Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fernández,
Andalucía; un Diego García de Paredes, Estremadura; un Garci Pérez de
Vargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo; un don Manuel de León, Sevilla, cuya
leción de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar y
admirar a los más altos ingenios que los leyeren. Ésta sí será letura digna
del buen entendimiento de vuestra merced, señor don Quijote mío, de la cual
saldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en la
bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sin
cobardía, y todo esto, para honra de Dios, provecho suyo y fama de la
Mancha; do, según he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.
Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo; y,
cuando vio que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado un
buen espacio mirando, le dijo:
-Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado
a querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo,
y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e
inútiles para la república; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en
creerlos, y más mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima
profesión de la caballería andante, que ellos enseñan, negándome que no ha
habido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros
caballeros de que las escrituras están llenas.
-Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando -dijo a
está sazón el canónigo.
A lo cual respondió don Quijote:
-Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño
tales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, y
que me sería mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros más
verdaderos y que mejor deleitan y enseñan.
-Así es -dijo el canónigo.
-Pues yo -replicó don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio y el
encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias
contra una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, que
el que la negase, como vuestra merced la niega, merecía la mesma pena que
vuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porque
querer dar a entender a nadie que Amadís no fue en el mundo, ni todos los
otros caballeros aventureros de que están colmadas las historias, será
querer persuadir que el sol no alumbra, ni el yelo enfría, ni la tierra
sustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir
a otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoña, y lo
de Fierabrás con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo de
Carlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de día? Y si
es mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni la
guerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Artús de
Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su
reino por momentos. Y también se atreverán a decir que es mentirosa la
historia de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que son
apócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo, como los de Ginebra y
Lanzarote, habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña
Quintañona, que fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña.
Y es esto tan ansí, que me acuerdo yo que me decía una mi agüela de partes
de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas: ''Aquélla,
nieto, se parece a la dueña Quintañona''; de donde arguyo yo que la debió
de conocer ella o, por lo menos, debió de alcanzar a ver algún retrato
suyo. Pues, ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y la
linda Magalona, pues aun hasta hoy día se vee en la armería de los reyes la
clavija con que volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valiente
Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Y
junto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está el
cuerno de Roldán, tamaño como una grande viga: de donde se infiere que hubo
Doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros
semejantes,
déstos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el
valiente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en la
ciudad de Ras con el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, y
después, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendo
de entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama; y las aventuras y
desafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles Pedro
Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo por línea recta de
varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo. Niéguenme, asimesmo,
que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, donde
se combatió con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria;
digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del Paso; las
empresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmán, caballero
castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos,
déstos y de los reinos estranjeros, tan auténticas y verdaderas, que torno
a decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.
Admirado quedó el canónigo de oír la mezcla que don Quijote hacía de
verdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosas
tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería; y así, le
respondió:
-No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de lo que
vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros
andantes españoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares de
Francia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el
arzobispo Turpín dellos escribe; porque la verdad dello es que fueron
caballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares por
ser todos iguales en valor, en calidad y en valentía; a lo menos, si no lo
eran, era razón que lo fuesen y era como una religión de las que ahora se
usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesan
han de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y,
como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alcántara, decían en aquel
tiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce iguales los que
para esta religión militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hay
duda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las hazañas que
dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra
merced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la
armería de los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tan
corto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la
clavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.
-Pues allí está, sin duda alguna -replicó don Quijote-; y, por más señas,
dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.
-Todo puede ser -respondió el canónigo-; pero, por las órdenes que recebí,
que no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que está allí, no
por eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tanta
turbamulta de caballeros como por ahí nos cuentan; ni es razón que un
hombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de
tan buen entendimiento, se dé a entender que son verdaderas tantas y tan
estrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros de
caballerías.
Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo
tuvieron, con otros sucesos
-¡Bueno está eso! -respondió don Quijote-. Los libros que están impresos
con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se
remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes
y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e
ignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo género de
personas, de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser
mentira?; y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el
padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas,
punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo, o caballeros
hicieron. Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y créame que le
aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto), sino léalos, y verá
el gusto que recibe de su leyenda. Si no, dígame: ¿hay mayor contento que
ver, como si dijésemos: aquí ahora se muestra delante de nosotros un gran
lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por él
muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animales
feroces y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima que
dice: ''Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás
mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se
encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su
negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno de ver
las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos de
las siete fadas que debajo desta negregura yacen?'' ¿Y que, apenas el
caballero no ha acabado de oír la voz temerosa, cuando, sin entrar más en
cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun
sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios
y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y, cuando no se cata
ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien
los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece que el cielo
es más transparente, y que el sol luce con claridad más nueva; ofrécesele a
los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles compuesta,
que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y no
aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por
los intricados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas
frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas
y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acullá vee
una artificiosa fuente de jaspe variado y de liso mármol compuesta; acá vee
otra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con
las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden
desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de
contrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte,
imitando a la naturaleza, parece que allí la vence. Acullá de improviso se
le descubre un fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas son de
macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos; finalmente,
él es de tan admirable compostura que, con ser la materia de que está
formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes, de perlas, de
oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura. Y ¿hay más que ver,
después de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un
buen número de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese
ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sería nunca acabar; y
tomar luego la que parecía principal de todas por la mano al atrevido
caballero que se arrojó en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle
palabra, dentro del rico alcázar o castillo, y hacerle desnudar como su
madre le parió, y bañarle con templadas aguas, y luego untarle todo con
olorosos ungüentos, y vestirle una camisa de cendal delgadísimo, toda
olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantón sobre los
hombros, que, por lo menos menos, dicen que suele valer una ciudad, y aun
más? ¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras todo esto, le llevan a
otra sala, donde halla puestas las mesas, con tanto concierto, que queda
suspenso y admirado?; ¿qué, el verle echar agua a manos, toda de ámbar y de
olorosas flores distilada?; ¿qué, el hacerle sentar sobre una silla de
marfil?; ¿qué, verle servir todas las doncellas, guardando un maravilloso
silencio?; ¿qué, el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente
guisados, que no sabe el apetito a cuál deba de alargar la mano? ¿Cuál será
oír la música que en tanto que come suena, sin saberse quién la canta ni
adónde suena? ¿Y, después de la comida acabada y las mesas alzadas,
quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose los
dientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra
mucho más hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado
del caballero, y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél, y de
cómo ella está encantada en él, con otras cosas que suspenden al caballero
y admiran a los leyentes que van leyendo su historia? No quiero alargarme
más en esto, pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se lea,
de cualquiera historia de caballero andante, ha de causar gusto y maravilla
a cualquiera que la leyere. Y vuestra merced créame, y, como otra vez le he
dicho, lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que
tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala. De mí sé decir
que, después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal,
bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de
trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que me vi
encerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi brazo,
favoreciéndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días
verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y
liberalidad que mi pecho encierra. Que, mía fe, señor, el pobre está
inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque
en sumo grado la posea; y el agradecimiento que sólo consiste en el deseo
es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras. Por esto querría que la
fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por
mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de
Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querría
darle un condado que le tengo muchos días ha prometido, sino que temo que
no ha de tener habilidad para gobernar su estado.
Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo, a quien dijo:
-Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme ese condado, tan
prometido de vuestra merced como de mí esperado, que yo le prometo que no
me falte a mí habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he oído
decir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de
los señores, y les dan un tanto cada año, y ellos se tienen cuidado del
gobierno, y el señor se está a pierna tendida, gozando de la renta que le
dan, sin curarse de otra cosa;
y así haré yo, y no repararé en tanto más cuanto, sino que luego me
desistiré de todo, y me gozaré mi renta como un duque, y allá se lo hayan.
-Eso, hermano Sancho -dijo el canónigo-, entiéndese en cuanto al gozar la
renta; empero, al administrar justicia, ha de atender el señor del estado,
y aquí entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena
intención de acertar; que si ésta falta en los principios, siempre irán
errados los medios y los fines; y así suele Dios ayudar al buen deseo del
simple como desfavorecer al malo del discreto.
-No sé esas filosofías -respondió Sancho Panza-; mas sólo sé que tan presto
tuviese yo el condado como sabría regirle; que tanta alma tengo yo como
otro, y tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado como
cada uno del suyo; y, siéndolo, haría lo que quisiese; y, haciendo lo que
quisiese, haría mi gusto; y, haciendo mi gusto, estaría contento; y, en
estando uno contento, no tiene más que desear; y, no teniendo más que
desear, acabóse; y el estado venga, y a Dios y veámonos, como dijo un ciego
a otro.
-No son malas filosofías ésas, como tú dices, Sancho; pero, con todo eso,
hay mucho que decir sobre esta materia de condados.
A lo cual replicó don Quijote:
-Yo no sé que haya más que decir; sólo me guío por el ejemplo que me da el
grande Amadís de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme; y
así, puedo yo, sin escrúpulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, que
es uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.
Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates que don Quijote
había dicho, del modo con que había pintado la aventura del Caballero del
Lago, de la impresión que en él habían hecho las pensadas mentiras de los
libros que había leído; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho,
que con tanto ahínco deseaba alcanzar el condado que su amo le había
prometido.
Ya en esto, volvían los criados del canónigo, que a la venta habían ido por
la acémila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verde
yerba del prado, a la sombra de unos árboles se sentaron, y comieron allí,
porque el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho.
Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de
esquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que allí junto estaban
sonaba, y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas malezas una
hermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ella
venía un cabrero dándole voces, y diciéndole palabras a su uso, para que se
detuviese, o al rebaño volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida,
se vino a la gente, como a favorecerse della, y allí se detuvo. Llegó el
cabrero, y, asiéndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso y
entendimiento, le dijo:
-¡Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cómo andáis vos estos días de
pie cojo! ¿Qué lobos os espantan, hija? ¿No me diréis qué es esto, hermosa?
Mas ¡qué puede ser sino que sois hembra, y no podéis estar sosegada; que
mal haya vuestra condición, y la de todas aquellas a quien imitáis! Volved,
volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estaréis más segura en
vuestro aprisco, o con vuestras compañeras; que si vos que las habéis de
guardar y encaminar andáis tan sin guía y tan descaminada, ¿en qué podrán
parar ellas?
Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron,
especialmente al canónigo, que le dijo:
-Por vida vuestra, hermano, que os soseguéis un poco y no os acuciéis en
volver tan presto esa cabra a su rebaño; que, pues ella es hembra, como vos
decís, ha de seguir su natural distinto, por más que vos os pongáis a
estorbarlo. Tomad este bocado y bebed una vez, con que templaréis la
cólera, y en tanto, descansará la cabra.
Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo
fiambre, todo fue uno. Tomólo y agradeciólo el cabrero; bebió y sosegóse, y
luego dijo:
-No querría que por haber yo hablado con esta alimaña tan en seso, me
tuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecen
de misterio las palabras que le dije. Rústico soy, pero no tanto que no
entienda cómo se ha de tratar con los hombres y con las bestias.
-Eso creo yo muy bien -dijo el cura-, que ya yo sé de esperiencia que los
montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos.
-A lo menos, señor -replicó el cabrero-, acogen hombres escarmentados; y
para que creáis esta verdad y la toquéis con la mano, aunque parezca que
sin ser rogado me convido, si no os enfadáis dello y queréis, señores, un
breve espacio prestarme oído atento, os contaré una verdad que acredite lo
que ese señor (señalando al cura) ha dicho, y la mía.
A esto respondió don Quijote:
-Por ver que tiene este caso un no sé qué de sombra de aventura de
caballería, yo, por mi parte, os oiré, hermano, de muy buena gana, y así lo
harán todos estos señores, por lo mucho que tienen de discretos y de ser
amigos de curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan los
sentidos, como, sin duda, pienso que lo ha de hacer vuestro cuento.
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