suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa,
con sólo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por
averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que
espere que llegue la noche, para restaurarse de todas estas incomodidades,
en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de
estrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere, y
revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas.
Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su
ejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la
cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrá
pasado las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto
no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo,
podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea
menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de
todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras
veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello: ¿cuán menos son
los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda,
habéis de responder que no tienen comparación, ni se pueden reducir a
cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tres
letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados; porque, de
faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué entretenerse.
Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio.
Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados
que a treinta mil soldados, porque a aquéllos se premian con darles
oficios, que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a éstos no
se pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven; y
esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto
aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la
preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está
por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y,
entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían
sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta
a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A
esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas,
porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos,
se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de
cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos,
las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos
al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y
tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón
averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más.
Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias,
hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras
cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar
uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el
estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada
paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza
puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado,
que, hallándose cercado en alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, en
algún revellín o caballero, siente que los enemigos están minando hacia la
parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir
el peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que puede hacer es dar
noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna
contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente
ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si
éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el de
embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales
enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede
dos pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo que tiene delante
de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de
artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una
lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los
profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido corazón,
llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta
arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo
que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar
hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si éste también
cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin
dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que
se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos
benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos
endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí
que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención,
con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un
valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del
coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una
desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor
que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un
instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.
Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber
tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es
esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone
miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de
quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y
filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el
cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo
que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los
caballeros andantes de los pasados siglos.
Todo este largo preámbulo dijo don Quijote, en tanto que los demás cenaban,
olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le había
dicho Sancho Panza que cenase, que después habría lugar para decir todo lo
que quisiese. En los que escuchado le habían sobrevino nueva lástima de ver
que hombre que, al parecer, tenía buen entendimiento y buen discurso en
todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente, en
tratándole de su negra y pizmienta caballería. El cura le dijo que tenía
mucha razón en todo cuanto había dicho en favor de las armas, y que él,
aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo parecer.
Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y, en tanto que la ventera, su
hija y Maritornes aderezaban el camaranchón de don Quijote de la Mancha,
donde habían determinado que aquella noche las mujeres solas en él se
recogiesen, don Fernando rogó al cautivo les contase el discurso de su
vida, porque no podría ser sino que fuese peregrino y gustoso, según las
muestras que había comenzado a dar, viniendo en compañía de Zoraida. A lo
cual respondió el cautivo que de muy buena gana haría lo que se le mandaba,
y que sólo temía que el cuento no había de ser tal, que les diese el gusto
que él deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar en obedecelle, le
contaría. El cura y todos los demás se lo agradecieron, y de nuevo se lo
rogaron; y él, viéndose rogar de tantos, dijo que no eran menester ruegos
adonde el mandar tenía tanta fuerza.
-Y así, estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero, a
quien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado
artificio suelen componerse.
Con esto que dijo, hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grande
silencio; y él, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese,
con voz agradable y reposada, comenzó a decir desta manera:
Capítulo XXXIX. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos
-«En un lugar de las Montañas de León tuvo principio mi linaje, con quien
fue más agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, aunque, en la
estrecheza de aquellos pueblos, todavía alcanzaba mi padre fama de rico, y
verdaderamente lo fuera si así se diera maña a conservar su hacienda como
se la daba en gastalla. Y la condición que tenía de ser liberal y gastador
le procedió de haber sido soldado los años de su joventud, que es escuela
la soldadesca donde el mezquino se hace franco, y el franco, pródigo; y si
algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos, que se ven raras
veces. Pasaba mi padre los términos de la liberalidad, y rayaba en los de
ser pródigo: cosa que no le es de ningún provecho al hombre casado, y que
tiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que mi
padre tenía eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegir
estado. Viendo, pues, mi padre que, según él decía, no podía irse a la mano
contra su condición, quiso privarse del instrumento y causa que le hacía
gastador y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo
Alejandro pareciera estrecho.
»Y así, llamándonos un día a todos tres a solas en un aposento, nos dijo
unas razones semejantes a las que ahora diré: ''Hijos, para deciros que os
quiero bien, basta saber y decir que sois mis hijos; y, para entender que
os quiero mal, basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a
conservar vuestra hacienda. Pues, para que entendáis desde aquí adelante
que os quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro,
quiero hacer una cosa con vosotros que ha muchos días que la tengo pensada
y con madura consideración dispuesta. Vosotros estáis ya en edad de tomar
estado, o, a lo menos, de elegir ejercicio, tal que, cuando mayores, os
honre y aproveche. Y lo que he pensado es hacer de mi hacienda cuatro
partes: las tres os daré a vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin
exceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré yo para vivir y
sustentarme los días que el cielo fuere servido de darme de vida. Pero
querría que, después que cada uno tuviese en su poder la parte que le toca
de su hacienda, siguiese uno de los caminos que le diré. Hay un refrán en
nuestra España, a mi parecer muy verdadero, como todos lo son, por ser
sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que yo
digo dice: "Iglesia, o mar, o casa real", como si más claramente dijera:
"Quien quisiere valer y ser rico, siga o la Iglesia, o navegue, ejercitando
el arte de la mercancía, o entre a servir a los reyes en sus casas"; porque
dicen: "Más vale migaja de rey que merced de señor". Digo esto porque
querría, y es mi voluntad, que uno de vosotros siguiese las letras, el otro
la mercancía, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultoso
entrar a servirle en su casa; que, ya que la guerra no dé muchas riquezas,
suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho días, os daré toda
vuestra parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo veréis por
la obra. Decidme ahora si queréis seguir mi parecer y consejo en lo que os
he propuesto''. Y, mandándome a mí, por ser el mayor, que respondiese,
después de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino que
gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros éramos mozos para saber
ganarla, vine a concluir en que cumpliría su gusto, y que el mío era seguir
el ejercicio de las armas, sirviendo en él a Dios y a mi rey. El segundo
hermano hizo los mesmos ofrecimientos, y escogió el irse a las Indias,
llevando empleada la hacienda que le cupiese. El menor, y, a lo que yo
creo, el más discreto, dijo que quería seguir la Iglesia, o irse a acabar
sus comenzados estudios a Salamanca. Así como acabamos de concordarnos y
escoger nuestros ejercicios, mi padre nos abrazó a todos, y, con la
brevedad que dijo, puso por obra cuanto nos había prometido; y, dando a
cada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada tres mil
ducados, en dineros (porque un nuestro tío compró toda la hacienda y la
pagó de contado, porque no saliese del tronco de la casa), en un mesmo día
nos despedimos todos tres de nuestro buen padre; y, en aquel mesmo,
pareciéndome a mí ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan poca
hacienda, hice con él que de mis tres mil tomase los dos mil ducados,
porque a mí me bastaba el resto para acomodarme de lo que había menester un
soldado. Mis dos hermanos, movidos de mi ejemplo, cada uno le dio mil
ducados: de modo que a mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y más
tres mil, que, a lo que parece, valía la hacienda que le cupo, que no quiso
vender, sino quedarse con ella en raíces. Digo, en fin, que nos despedimos
dél y de aquel nuestro tío que he dicho, no sin mucho sentimiento y
lágrimas de todos, encargándonos que les hiciésemos saber, todas las veces
que hubiese comodidad para ello, de nuestros sucesos, prósperos o adversos.
Prometímosselo, y, abrazándonos y echándonos su bendición, el uno tomó el
viaje de Salamanca, el otro de Sevilla y yo el de Alicante, adonde tuve
nuevas que había una nave ginovesa que cargaba allí lana para Génova.
»Éste hará veinte y dos años que salí de casa de mi padre, y en todos
ellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido dél ni de mis
hermanos nueva alguna. Y lo que en este discurso de tiempo he pasado lo
diré brevemente. Embarquéme en Alicante, llegué con próspero viaje a
Génova, fui desde allí a Milán, donde me acomodé de armas y de algunas
galas de soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte; y,
estando ya de camino para Alejandría de la Palla, tuve nuevas que el gran
duque de Alba pasaba a Flandes. Mudé propósito, fuime con él, servíle en
las jornadas que hizo, halléme en la muerte de los condes de Eguemón y de
Hornos, alcancé a ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamado
Diego de Urbina; y, a cabo de algún tiempo que llegué a Flandes, se tuvo
nuevas de la liga que la Santidad del Papa Pío Quinto, de felice
recordación, había hecho con Venecia y con España, contra el enemigo común,
que es el Turco; el cual, en aquel mesmo tiempo, había ganado con su armada
la famosa isla de Chipre, que estaba debajo del dominio del veneciano: y
pérdida lamentable y desdichada. Súpose cierto que venía por general desta
liga el serenísimo don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey
don Felipe. Divulgóse el grandísimo aparato de guerra que se hacía. Todo lo
cual me incitó y conmovió el ánimo y el deseo de verme en la jornada que se
esperaba; y, aunque tenía barruntos, y casi promesas ciertas, de que en la
primera ocasión que se ofreciese sería promovido a capitán, lo quise dejar
todo y venirme, como me vine, a Italia. Y quiso mi buena suerte que el
señor don Juan de Austria acababa de llegar a Génova, que pasaba a Nápoles
a juntarse con la armada de Venecia, como después lo hizo en Mecina.
»Digo, en fin, que yo me hallé en aquella felicísima jornada, ya hecho
capitán de infantería, a cuyo honroso cargo me subió mi buena suerte, más
que mis merecimientos. Y aquel día, que fue para la cristiandad tan
dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error
en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar: en
aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada,
entre tantos venturosos como allí hubo (porque más ventura tuvieron los
cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron), yo
solo fui el desdichado, pues, en cambio de que pudiera esperar, si fuera en
los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche que siguió a
tan famoso día con cadenas a los pies y esposas a las manos.
»Y fue desta suerte: que, habiendo el Uchalí, rey de Argel, atrevido y
venturoso cosario, embestido y rendido la capitana de Malta, que solos tres
caballeros quedaron vivos en ella, y éstos malheridos, acudió la capitana
de Juan Andrea a socorrella, en la cual yo iba con mi compañía; y, haciendo
lo que debía en ocasión semejante, salté en la galera contraria, la cual,
desviándose de la que la había embestido, estorbó que mis soldados me
siguiesen, y así, me hallé solo entre mis enemigos, a quien no pude
resistir, por ser tantos; en fin, me rindieron lleno de heridas. Y, como ya
habréis, señores, oído decir que el Uchalí se salvó con toda su escuadra,
vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo fui el triste entre tantos
alegres y el cautivo entre tantos libres; porque fueron quince mil
cristianos los que aquel día alcanzaron la deseada libertad, que todos
venían al remo en la turquesca armada.
»Lleváronme a Costantinopla, donde el Gran Turco Selim hizo general de la
mar a mi amo, porque había hecho su deber en la batalla, habiendo llevado
por muestra de su valor el estandarte de la religión de Malta. Halléme el
segundo año, que fue el de setenta y dos, en Navarino, bogando en la
capitana de los tres fanales. Vi y noté la ocasión que allí se perdió de no
coger en el puerto toda el armada turquesca, porque todos los leventes y
jenízaros que en ella venían tuvieron por cierto que les habían de embestir
dentro del mesmo puerto, y tenían a punto su ropa y pasamaques, que son sus
zapatos, para huirse luego por tierra, sin esperar ser combatidos: tanto
era el miedo que habían cobrado a nuestra armada. Pero el cielo lo ordenó
de otra manera, no por culpa ni descuido del general que a los nuestros
regía, sino por los pecados de la cristiandad, y porque quiere y permite
Dios que tengamos siempre verdugos que nos castiguen.
»En efeto, el Uchalí se recogió a Modón, que es una isla que está junto a
Navarino, y, echando la gente en tierra, fortificó la boca del puerto, y
estúvose quedo hasta que el señor don Juan se volvió. En este viaje se tomó
la galera que se llamaba La Presa, de quien era capitán un hijo de aquel
famoso cosario Barbarroja. Tomóla la capitana de Nápoles, llamada La Loba,
regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel
venturoso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán, marqués de Santa
Cruz. Y no quiero dejar de decir lo que sucedió en la presa de La Presa.
Era tan cruel el hijo de Barbarroja, y trataba tan mal a sus cautivos, que,
así como los que venían al remo vieron que la galera Loba les iba entrando
y que los alcanzaba, soltaron todos a un tiempo los remos, y asieron de su
capitán, que estaba sobre el estanterol gritando que bogasen apriesa, y
pasándole de banco en banco, de popa a proa, le dieron bocados, que a poco
más que pasó del árbol ya había pasado su ánima al infierno: tal era, como
he dicho, la crueldad con que los trataba y el odio que ellos le tenían.
»Volvimos a Constantinopla, y el año siguiente, que fue el de setenta y
tres, se supo en ella cómo el señor don Juan había ganado a Túnez, y
quitado aquel reino a los turcos y puesto en posesión dél a Muley Hamet,
cortando las esperanzas que de volver a reinar en él tenía Muley Hamida, el
moro más cruel y más valiente que tuvo el mundo. Sintió mucho esta pérdida
el Gran Turco, y, usando de la sagacidad que todos los de su casa tienen,
hizo paz con venecianos, que mucho más que él la deseaban; y el año
siguiente de setenta y cuatro acometió a la Goleta y al fuerte que junto a
Túnez había dejado medio levantado el señor don Juan. En todos estos
trances andaba yo al remo, sin esperanza de libertad alguna; a lo menos, no
esperaba tenerla por rescate, porque tenía determinado de no escribir las
nuevas de mi desgracia a mi padre.
»Perdióse, en fin, la Goleta; perdióse el fuerte, sobre las cuales plazas
hubo de soldados turcos, pagados, setenta y cinco mil, y de moros, y
alárabes de toda la Africa, más de cuatrocientos mil, acompañado este tan
gran número de gente con tantas municiones y pertrechos de guerra, y con
tantos gastadores, que con las manos y a puñados de tierra pudieran cubrir
la Goleta y el fuerte. Perdióse primero la Goleta, tenida hasta entonces
por inexpugnable; y no se perdió por culpa de sus defensores, los cuales
hicieron en su defensa todo aquello que debían y podían, sino porque la
experiencia mostró la facilidad con que se podían levantar trincheas en
aquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos
no la hallaron a dos varas; y así, con muchos sacos de arena levantaron las
trincheas tan altas que sobrepujaban las murallas de la fuerza; y,
tirándoles a caballero, ninguno podía parar, ni asistir a la defensa. Fue
común opinión que no se habían de encerrar los nuestros en la Goleta, sino
esperar en campaña al desembarcadero; y los que esto dicen hablan de lejos
y con poca experiencia de casos semejantes, porque si en la Goleta y en el
fuerte apenas había siete mil soldados, ¿cómo podía tan poco número, aunque
más esforzados fuesen, salir a la campaña y quedar en las fuerzas, contra
tanto como era el de los enemigos?; y ¿cómo es posible dejar de perderse
fuerza que no es socorrida, y más cuando la cercan enemigos muchos y
porfiados, y en su mesma tierra? Pero a muchos les pareció, y así me
pareció a mí, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a España
en permitir que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquella
gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que allí sin provecho
se gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla
ganado la felicísima del invictísimo Carlos Quinto; como si fuera menester
para hacerla eterna, como lo es y será, que aquellas piedras la
sustentaran.
»Perdióse también el fuerte; pero fuéronle ganando los turcos palmo a
palmo, porque los soldados que lo defendían pelearon tan valerosa y
fuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil enemigos los que mataron en
veinte y dos asaltos generales que les dieron. Ninguno cautivaron sano de
trecientos que quedaron vivos, señal cierta y clara de su esfuerzo y valor,
y de lo bien que se habían defendido y guardado sus plazas. Rindióse a
partido un pequeño fuerte o torre que estaba en mitad del estaño, a cargo
de don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Cautivaron a
don Pedro Puertocarrero, general de la Goleta, el cual hizo cuanto fue
posible por defender su fuerza; y sintió tanto el haberla perdido que de
pesar murió en el camino de Constantinopla, donde le llevaban cautivo.
Cautivaron ansimesmo al general del fuerte, que se llamaba Gabrio
Cervellón, caballero milanés, grande ingeniero y valentísimo soldado.
Murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales fue
una Pagán de Oria, caballero del hábito de San Juan, de condición generoso,
como lo mostró la summa liberalidad que usó con su hermano, el famoso Juan
de Andrea de Oria; y lo que más hizo lastimosa su muerte fue haber muerto a
manos de unos alárabes de quien se fió, viendo ya perdido el fuerte, que se
ofrecieron de llevarle en hábito de moro a Tabarca, que es un portezuelo o
casa que en aquellas riberas tienen los ginoveses que se ejercitan en la
pesquería del coral; los cuales alárabes le cortaron la cabeza y se la
trujeron al general de la armada turquesca, el cual cumplió con ellos
nuestro refrán castellano: "Que aunque la traición aplace, el traidor se
aborrece"; y así, se dice que mandó el general ahorcar a los que le
trujeron el presente, porque no se le habían traído vivo.
»Entre los cristianos que en el fuerte se perdieron, fue uno llamado don
Pedro de Aguilar, natural no sé de qué lugar del Andalucía, el cual había
sido alférez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento:
especialmente tenía particular gracia en lo que llaman poesía. Dígolo
porque su suerte le trujo a mi galera y a mi banco, y a ser esclavo de mi
mesmo patrón; y, antes que nos partiésemos de aquel puerto, hizo este
caballero dos sonetos, a manera de epitafios, el uno a la Goleta y el otro
al fuerte. Y en verdad que los tengo de decir, porque los sé de memoria y
creo que antes causarán gusto que pesadumbre.»
En el punto que el cautivo nombró a don Pedro de Aguilar, don Fernando miró
a sus camaradas, y todos tres se sonrieron; y, cuando llegó a decir de los
sonetos, dijo el uno:
-Antes que vuestra merced pase adelante, le suplico me diga qué se hizo ese
don Pedro de Aguilar que ha dicho.
-Lo que sé es -respondió el cautivo- que, al cabo de dos años que estuvo en
Constantinopla, se huyó en traje de arnaúte con un griego espía, y no sé si
vino en libertad, puesto que creo que sí, porque de allí a un año vi yo al
griego en Constantinopla, y no le pude preguntar el suceso de aquel viaje.
-Pues lo fue -respondió el caballero-, porque ese don Pedro es mi hermano,
y está ahora en nuestro lugar, bueno y rico, casado y con tres hijos.
-Gracias sean dadas a Dios -dijo el cautivo- por tantas mercedes como le
hizo; porque no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se
iguale a alcanzar la libertad perdida.
-Y más -replicó el caballero-, que yo sé los sonetos que mi hermano hizo.
-Dígalos, pues, vuestra merced -dijo el cautivo-, que los sabrá decir mejor
que yo.
-Que me place -respondió el caballero-; y el de la Goleta decía así:
Capítulo XL. Donde se prosigue la historia del cautivo
Soneto
Almas dichosas que del mortal velo
libres y esentas, por el bien que obrastes,
desde la baja tierra os levantastes
a lo más alto y lo mejor del cielo,
y, ardiendo en ira y en honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitastes,
que en propia y sangre ajena colorastes
el mar vecino y arenoso suelo;
primero que el valor faltó la vida
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la vitoria.
Y esta vuestra mortal, triste caída
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria.
-Desa mesma manera le sé yo -dijo el cautivo.
-Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo -dijo el caballero-, dice así:
Soneto
De entre esta tierra estéril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,
siendo primero, en vano, ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.
Y éste es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.
Mas no más justas de su duro seno
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.
No parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegró con las nuevas que de
su camarada le dieron; y, prosiguiendo su cuento, dijo:
-«Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los turcos dieron orden en
desmantelar la Goleta, porque el fuerte quedó tal, que no hubo qué poner
por tierra, y para hacerlo con más brevedad y menos trabajo, la minaron por
tres partes; pero con ninguna se pudo volar lo que parecía menos fuerte,
que eran las murallas viejas; y todo aquello que había quedado en pie de la
fortificación nueva que había hecho el Fratín, con mucha facilidad vino a
tierra. En resolución, la armada volvió a Constantinopla, triunfante y
vencedora: y de allí a pocos meses murió mi amo el Uchalí, al cual llamaban
Uchalí Fartax, que quiere decir, en lengua turquesca, el renegado tiñoso,
porque lo era; y es costumbre entre los turcos ponerse nombres de alguna
falta que tengan, o de alguna virtud que en ellos haya. Y esto es porque no
hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes, que decienden de la casa
Otomana, y los demás, como tengo dicho, toman nombre y apellido ya de las
tachas del cuerpo y ya de las virtudes del ánimo. Y este Tiñoso bogó el
remo, siendo esclavo del Gran Señor, catorce años, y a más de los treinta y
cuatro de sus edad renegó, de despecho de que un turco, estando al remo,
le dio un bofetón, y por poderse vengar dejó su fe; y fue tanto su valor
que, sin subir por los torpes medios y caminos que los más privados del
Gran Turco suben, vino a ser rey de Argel, y después, a ser general de la
mar, que es el tercero cargo que hay en aquel señorío. Era calabrés de
nación, y moralmente fue un hombre de bien, y trataba con mucha humanidad a
sus cautivos, que llegó a tener tres mil, los cuales, después de su muerte,
se repartieron, como él lo dejó en su testamento, entre el Gran Señor (que
también es hijo heredero de cuantos mueren, y entra a la parte con los más
hijos que deja el difunto) y entre sus renegados; y yo cupe a un renegado
veneciano que, siendo grumete de una nave, le cautivó el Uchalí, y le quiso
tanto, que fue uno de los más regalados garzones suyos, y él vino a ser el
más cruel renegado que jamás se ha visto. Llamábase Azán Agá, y llegó a ser
muy rico, y a ser rey de Argel; con el cual yo vine de Constantinopla, algo
contento, por estar tan cerca de España, no porque pensase escribir a nadie
el desdichado suceso mío, sino por ver si me era más favorable la suerte en
Argel que en Constantinopla, donde ya había probado mil maneras de huirme,
y ninguna tuvo sazón ni ventura; y pensaba en Argel buscar otros medios de
alcanzar lo que tanto deseaba, porque jamás me desamparó la esperanza de
tener libertad; y cuando en lo que fabricaba, pensaba y ponía por obra no
correspondía el suceso a la intención, luego, sin abandonarme, fingía y
buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese débil y flaca.
»Con esto entretenía la vida, encerrado en una prisión o casa que los
turcos llaman baño, donde encierran los cautivos cristianos, así los que
son del rey como de algunos particulares; y los que llaman del almacén, que
es como decir cautivos del concejo, que sirven a la ciudad en las obras
públicas que hace y en otros oficios, y estos tales cautivos tienen muy
dificultosa su libertad, que, como son del común y no tienen amo
particular, no hay con quien tratar su rescate, aunque le tengan. En estos
baños, como tengo dicho, suelen llevar a sus cautivos algunos particulares
del pueblo, principalmente cuando son de rescate, porque allí los tienen
holgados y seguros hasta que venga su rescate. También los cautivos del rey
que son de rescate no salen al trabajo con la demás chusma, si no es cuando
se tarda su rescate; que entonces, por hacerles que escriban por él con más
ahínco, les hacen trabajar y ir por leña con los demás, que es un no
pequeño trabajo.
»Yo, pues, era uno de los de rescate; que, como se supo que era capitán,
puesto que dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovechó nada
para que no me pusiesen en el número de los caballeros y gente de rescate.
Pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella;
y así, pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente
principal, señalados y tenidos por de rescate. Y, aunque la hambre y
desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos
fatigaba tanto como oír y ver, a cada paso, las jamás vistas ni oídas
crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo,
empalaba a éste, desorejaba aquél; y esto, por tan poca ocasión, y tan sin
ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo, y por ser
natural condición suya ser homicida de todo el género humano. Sólo libró
bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber
hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años,
y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le
dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo, temíamos todos
que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera
porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado
hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el
cuento de mi historia.
»Digo, pues, que encima del patio de nuestra prisión caían las ventanas de
la casa de un moro rico y principal, las cuales, como de ordinario son las
de los moros, más eran agujeros que ventanas, y aun éstas se cubrían con
celosías muy espesas y apretadas. Acaeció, pues, que un día, estando en un
terrado de nuestra prisión con otros tres compañeros, haciendo pruebas de
saltar con las cadenas, por entretener el tiempo, estando solos, porque
todos los demás cristianos habían salido a trabajar, alcé acaso los ojos y
vi que por aquellas cerradas ventanillas que he dicho parecía una caña, y
al remate della puesto un lienzo atado, y la caña se estaba blandeando y
moviéndose, casi como si hiciera señas que llegásemos a tomarla. Miramos en
ello, y uno de los que conmigo estaban fue a ponerse debajo de la caña, por
ver si la soltaban, o lo que hacían; pero, así como llegó, alzaron la caña
y la movieron a los dos lados, como si dijeran no con la cabeza. Volvióse
el cristiano, y tornáronla a bajar y hacer los mesmos movimientos que
primero. Fue otro de mis compañeros, y sucedióle lo mesmo que al primero.
Finalmente, fue el tercero y avínole lo que al primero y al segundo. Viendo
yo esto, no quise dejar de probar la suerte, y, así como llegué a ponerme
debajo de la caña, la dejaron caer, y dio a mis pies dentro del baño. Acudí
luego a desatar el lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro dél venían diez
cianíis, que son unas monedas de oro bajo que usan los moros, que cada una
vale diez reales de los nuestros. Si me holgué con el hallazgo, no hay para
qué decirlo, pues fue tanto el contento como la admiración de pensar de
donde podía venirnos aquel bien, especialmente a mí, pues las muestras de
no haber querido soltar la caña sino a mí claro decían que a mí se hacía la
merced. Tomé mi buen dinero, quebré la caña, volvíme al terradillo, miré la
ventana, y vi que por ella salía una muy blanca mano, que la abrían y
cerraban muy apriesa. Con esto entendimos, o imaginamos, que alguna mujer
que en aquella casa vivía nos debía de haber hecho aquel beneficio; y, en
señal de que lo agradecíamos, hecimos zalemas a uso de moros, inclinando la
cabeza, doblando el cuerpo y poniendo los brazos sobre el pecho. De allí a
poco sacaron por la mesma ventana una pequeña cruz hecha de cañas, y luego
la volvieron a entrar. Esta señal nos confirmó en que alguna cristiana
debía de estar cautiva en aquella casa, y era la que el bien nos hacía;
pero la blancura de la mano, y las ajorcas que en ella vimos, nos deshizo
este pensamiento, puesto que imaginamos que debía de ser cristiana
renegada, a quien de ordinario suelen tomar por legítimas mujeres sus
mesmos amos, y aun lo tienen a ventura, porque las estiman en más que las
de su nación.
»En todos nuestros discursos dimos muy lejos de la verdad del caso; y así,
todo nuestro entretenimiento desde allí adelante era mirar y tener por
norte a la ventana donde nos había aparecido la estrella de la caña; pero
bien se pasaron quince días en que no la vimos, ni la mano tampoco, ni otra
señal alguna. Y, aunque en este tiempo procuramos con toda solicitud saber
quién en aquella casa vivía, y si había en ella alguna cristiana renegada,
jamás hubo quien nos dijese otra cosa, sino que allí vivía un moro
principal y rico, llamado Agi Morato, alcaide que había sido de La Pata,
que es oficio entre ellos de mucha calidad. Mas, cuando más descuidados
estábamos de que por allí habían de llover más cianíis, vimos a deshora
parecer la caña, y otro lienzo en ella, con otro nudo más crecido; y esto
fue a tiempo que estaba el baño, como la vez pasada, solo y sin gente.
Hecimos la acostumbrada prueba, yendo cada uno primero que yo, de los
mismos tres que estábamos, pero a ninguno se rindió la caña sino a mí,
porque, en llegando yo, la dejaron caer. Desaté el nudo, y hallé cuarenta
escudos de oro españoles y un papel escrito en arábigo, y al cabo de lo
escrito hecha una grande cruz. Besé la cruz, tomé los escudos, volvíme al
terrado, hecimos todos nuestras zalemas, tornó a parecer la mano, hice
señas que leería el papel, cerraron la ventana. Quedamos todos confusos y
alegres con lo sucedido; y, como ninguno de nosotros no entendía el
arábigo, era grande el deseo que teníamos de entender lo que el papel
contenía, y mayor la dificultad de buscar quien lo leyese.
»En fin, yo me determiné de fiarme de un renegado, natural de Murcia, que
se había dado por grande amigo mío, y puesto prendas entre los dos, que le
obligaban a guardar el secreto que le encargase; porque suelen algunos
renegados, cuando tienen intención de volverse a tierra de cristianos,
traer consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la
forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien, y que siempre ha
hecho bien a cristianos, y que lleva deseo de huirse en la primera ocasión
que se le ofrezca. Algunos hay que procuran estas fees con buena intención,
otros se sirven dellas acaso y de industria: que, viniendo a robar a tierra
de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas y
dicen que por aquellos papeles se verá el propósito con que venían, el cual
era de quedarse en tierra de cristianos, y que por eso venían en corso con
los demás turcos. Con esto se escapan de aquel primer ímpetu, y se
reconcilian con la Iglesia, sin que se les haga daño; y, cuando veen la
suya, se vuelven a Berbería a ser lo que antes eran. Otros hay que usan
destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se quedan en tierra de
cristianos.
»Pues uno de los renegados que he dicho era este mi amigo, el cual tenía
firmas de todas nuestras camaradas, donde le acreditábamos cuanto era
posible; y si los moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo. Supe
que sabía muy bien arábigo, y no solamente hablarlo, sino escribirlo; pero,
antes que del todo me declarase con él, le dije que me leyese aquel papel,
que acaso me había hallado en un agujero de mi rancho. Abrióle, y estuvo un
buen espacio mirándole y construyéndole, murmurando entre los dientes.
Preguntéle si lo entendía; díjome que muy bien, y, que si quería que me lo
declarase palabra por palabra, que le diese tinta y pluma, porque mejor lo
hiciese. Dímosle luego lo que pedía, y él poco a poco lo fue traduciendo;
y, en acabando, dijo: ''Todo lo que va aquí en romance, sin faltar letra,
es lo que contiene este papel morisco; y hase de advertir que adonde dice
Lela Marién quiere decir Nuestra Señora la Virgen María''.
»Leímos el papel, y decía así:
Cuando yo era niña, tenía mi padre una esclava, la cual en mi lengua me
mostró la zalá cristianesca, y me dijo muchas cosas de Lela Marién. La
cristiana murió, y yo sé que no fue al fuego, sino con Alá, porque después
la vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra de cristianos a ver a Lela
Marién, que me quería mucho. No sé yo cómo vaya: muchos cristianos he visto
por esta ventana, y ninguno me ha parecido caballero sino tú. Yo soy muy
hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros que llevar conmigo: mira tú si
puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá mi marido, si quisieres, y si no
quisieres, no se me dará nada, que Lela Marién me dará con quien me case.
Yo escribí esto; mira a quién lo das a leer: no te fíes de ningún moro,
porque son todos marfuces. Desto tengo mucha pena: que quisiera que no te
descubrieras a nadie, porque si mi padre lo sabe, me echará luego en un
pozo, y me cubrirá de piedras. En la caña pondré un hilo: ata allí la
respuesta; y si no tienes quien te escriba arábigo, dímelo por señas, que
Lela Marién hará que te entienda. Ella y Alá te guarden, y esa cruz que yo
beso muchas veces; que así me lo mandó la cautiva.
»Mirad, señores, si era razón que las razones deste papel nos admirasen y
alegrasen. Y así, lo uno y lo otro fue de manera que el renegado entendió
que no acaso se había hallado aquel papel, sino que realmente a alguno de
nosotros se había escrito; y así, nos rogó que si era verdad lo que
sospechaba, que nos fiásemos dél y se lo dijésemos, que él aventuraría su
vida por nuestra libertad. Y, diciendo esto, sacó del pecho un crucifijo de
metal, y con muchas lágrimas juró por el Dios que aquella imagen
representaba, en quien él, aunque pecador y malo, bien y fielmente creía,
de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto quisiésemos descubrirle,
porque le parecía, y casi adevinaba que, por medio de aquella que aquel
papel había escrito, había él y todos nosotros de tener libertad, y verse
él en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la Santa
Iglesia, su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y apartado
por su ignorancia y pecado.
»Con tantas lágrimas y con muestras de tanto arrepentimiento dijo esto el
renegado, que todos de un mesmo parecer consentimos, y venimos en
declararle la verdad del caso; y así, le dimos cuenta de todo, sin
encubrirle nada. Mostrámosle la ventanilla por donde parecía la caña, y él
marcó desde allí la casa, y quedó de tener especial y gran cuidado de
informarse quién en ella vivía. Acordamos, ansimesmo, que sería bien
responder al billete de la mora; y, como teníamos quien lo supiese hacer,
luego al momento el renegado escribió las razones que yo le fui notando,
que puntualmente fueron las que diré, porque de todos los puntos
sustanciales que en este suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de la
memoria, ni aun se me irá en tanto que tuviere vida.
»En efeto, lo que a la mora se le respondió fue esto:
El verdadero Alá te guarde, señora mía, y aquella bendita Marién, que es la
verdadera madre de Dios y es la que te ha puesto en corazón que te vayas a
tierra de cristianos, porque te quiere bien. Ruégale tú que se sirva de
darte a entender cómo podrás poner por obra lo que te manda, que ella es
tan buena que sí hará. De mi parte y de la de todos estos cristianos que
están conmigo, te ofrezco de hacer por ti todo lo que pudiéremos, hasta
morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que pensares hacer, que yo te
responderé siempre; que el grande Alá nos ha dado un cristiano cautivo que
sabe hablar y escribir tu lengua tan bien como lo verás por este papel. Así
que, sin tener miedo, nos puedes avisar de todo lo que quisieres. A lo que
dices que si fueres a tierra de cristianos, que has de ser mi mujer, yo te
lo prometo como buen cristiano; y sabe que los cristianos cumplen lo que
prometen mejor que los moros. Alá y Marién, su madre, sean en tu guarda,
señora mía.
»Escrito y cerrado este papel, aguardé dos días a que estuviese el baño
solo, como solía, y luego salí al paso acostumbrado del terradillo, por ver
si la caña parecía, que no tardó mucho en asomar. Así como la vi, aunque no
podía ver quién la ponía, mostré el papel, como dando a entender que
pusiesen el hilo, pero ya venía puesto en la caña, al cual até el papel, y
de allí a poco tornó a parecer nuestra estrella, con la blanca bandera de
paz del atadillo. Dejáronla caer, y alcé yo, y hallé en el paño, en toda
suerte de moneda de plata y de oro, más de cincuenta escudos, los cuales
cincuenta veces más doblaron nuestro contento y confirmaron la esperanza de
tener libertad.
»Aquella misma noche volvió nuestro renegado, y nos dijo que había sabido
que en aquella casa vivía el mesmo moro que a nosotros nos habían dicho que
se llamaba Agi Morato, riquísimo por todo estremo, el cual tenía una sola
hija, heredera de toda su hacienda, y que era común opinión en toda la
ciudad ser la más hermosa mujer de la Berbería; y que muchos de los
virreyes que allí venían la habían pedido por mujer, y que ella nunca se
había querido casar; y que también supo que tuvo una cristiana cautiva, que
ya se había muerto; todo lo cual concertaba con lo que venía en el papel.
Entramos luego en consejo con el renegado, en qué orden se tendría para
sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos, y, en fin, se
acordó por entonces que esperásemos el aviso segundo de Zoraida, que así se
llamaba la que ahora quiere llamarse María; porque bien vimos que ella, y
no otra alguna era la que había de dar medio a todas aquellas dificultades.
Después que quedamos en esto, dijo el renegado que no tuviésemos pena, que
él perdería la vida o nos pondría en libertad.
»Cuatro días estuvo el baño con gente, que fue ocasión que cuatro días
tardase en parecer la caña; al cabo de los cuales, en la acostumbrada
soledad del baño, pareció con el lienzo tan preñado, que un felicísimo
parto prometía. Inclinóse a mí la caña y el lienzo, hallé en él otro papel
y cien escudos de oro, sin otra moneda alguna. Estaba allí el renegado,
dímosle a leer el papel dentro de nuestro rancho, el cual dijo que así
decía:
Yo no sé, mi señor, cómo dar orden que nos vamos a España, ni Lela Marién
me lo ha dicho, aunque yo se lo he preguntado. Lo que se podrá hacer es que
yo os daré por esta ventana muchísimos dineros de oro: rescataos vos con
ellos y vuestros amigos, y vaya uno en tierra de cristianos, y compre allá
una barca y vuelva por los demás; y a mí me hallarán en el jardín de mi
padre, que está a la puerta de Babazón, junto a la marina, donde tengo de
estar todo este verano con mi padre y con mis criados. De allí, de noche,
me podréis sacar sin miedo y llevarme a la barca; y mira que has de ser mi
marido, porque si no, yo pediré a Marién que te castigue. Si no te fías de
nadie que vaya por la barca, rescátate tú y ve, que yo sé que volverás
mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura saber el jardín, y
cuando te pasees por ahí sabré que está solo el baño, y te daré mucho
dinero. Alá te guarde, señor mío.
»Esto decía y contenía el segundo papel. Lo cual visto por todos, cada uno
se ofreció a querer ser el rescatado, y prometió de ir y volver con toda
puntualidad, y también yo me ofrecí a lo mismo; a todo lo cual se opuso el
renegado, diciendo que en ninguna manera consentiría que ninguno saliese de
libertad hasta que fuesen todos juntos, porque la experiencia le había
mostrado cuán mal cumplían los libres las palabras que daban en el
cautiverio; porque muchas veces habían usado de aquel remedio algunos
principales cautivos, rescatando a uno que fuese a Valencia, o Mallorca,
con dineros para poder armar una barca y volver por los que le habían
rescatado, y nunca habían vuelto; porque la libertad alcanzada y el temor
de no volver a perderla les borraba de la memoria todas las obligaciones
del mundo. Y, en confirmación de la verdad que nos decía, nos contó
brevemente un caso que casi en aquella mesma sazón había acaecido a unos
caballeros cristianos, el más estraño que jamás sucedió en aquellas partes,
donde a cada paso suceden cosas de grande espanto y de admiración.
»En efecto, él vino a decir que lo que se podía y debía hacer era que el
dinero que se había de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a él
para comprar allí en Argel una barca, con achaque de hacerse mercader y
tratante en Tetuán y en aquella costa; y que, siendo él señor de la barca,
fácilmente se daría traza para sacarlos del baño y embarcarlos a todos.
Cuanto más, que si la mora, como ella decía, daba dineros para rescatarlos
a todos, que, estando libres, era facilísima cosa aun embarcarse en la
mitad del día; y que la dificultad que se ofrecía mayor era que los moros
no consienten que renegado alguno compre ni tenga barca, si no es bajel
grande para ir en corso, porque se temen que el que compra barca,
principalmente si es español, no la quiere sino para irse a tierra de
cristianos; pero que él facilitaría este inconveniente con hacer que un
moro tagarino fuese a la parte con él en la compañía de la barca y en la
ganancia de las mercancías, y con esta sombra él vendría a ser señor de la
barca, con que daba por acabado todo lo demás.
»Y, puesto que a mí y a mis camaradas nos había parecido mejor lo de enviar
por la barca a Mallorca, como la mora decía, no osamos contradecirle,
temerosos que, si no hacíamos lo que él decía, nos había de descubrir y
poner a peligro de perder las vidas, si descubriese el trato de Zoraida,
por cuya vida diéramos todos las nuestras. Y así, determinamos de ponernos
en las manos de Dios y en las del renegado, y en aquel mismo punto se le
respondió a Zoraida, diciéndole que haríamos todo cuanto nos aconsejaba,
porque lo había advertido tan bien como si Lela Marién se lo hubiera dicho,
y que en ella sola estaba dilatar aquel negocio, o ponello luego por obra.
Ofrecímele de nuevo de ser su esposo, y, con esto, otro día que acaeció a
estar solo el baño, en diversas veces, con la caña y el paño, nos dio dos
mil escudos de oro, y un papel donde decía que el primer jumá, que es el
viernes, se iba al jardín de su padre, y que antes que se fuese nos daría
más dinero, y que si aquello no bastase, que se lo avisásemos, que nos
daría cuanto le pidiésemos: que su padre tenía tantos, que no lo echaría
menos, cuanto más, que ella tenía la llaves de todo.
»Dimos luego quinientos escudos al renegado para comprar la barca; con
ochocientos me rescaté yo, dando el dinero a un mercader valenciano que a
la sazón se hallaba en Argel, el cual me rescató del rey, tomándome sobre
su palabra, dándola de que con el primer bajel que viniese de Valencia
pagaría mi rescate; porque si luego diera el dinero, fuera dar sospechas al
rey que había muchos días que mi rescate estaba en Argel, y que el
mercader, por sus granjerías, lo había callado. Finalmente, mi amo era tan
caviloso que en ninguna manera me atreví a que luego se desembolsase el
dinero. El jueves antes del viernes que la hermosa Zoraida se había de ir
al jardín, nos dio otros mil escudos y nos avisó de su partida, rogándome
que, si me rescatase, supiese luego el jardín de su padre, y que en todo
caso buscase ocasión de ir allá y verla. Respondíle en breves palabras que
así lo haría, y que tuviese cuidado de encomendarnos a Lela Marién, con
todas aquellas oraciones que la cautiva le había enseñado.
»Hecho esto, dieron orden en que los tres compañeros nuestros se
rescatasen, por facilitar la salida del baño, y porque, viéndome a mí
rescatado, y a ellos no, pues había dinero, no se alborotasen y les
persuadiese el diablo que hiciesen alguna cosa en perjuicio de Zoraida;
que, puesto que el ser ellos quien eran me podía asegurar deste temor, con
todo eso, no quise poner el negocio en aventura, y así, los hice rescatar
por la misma orden que yo me rescaté, entregando todo el dinero al
mercader, para que, con certeza y seguridad, pudiese hacer la fianza; al
cual nunca descubrimos nuestro trato y secreto, por el peligro que había.
Capítulo XLI. Donde todavía prosigue el cautivo su suceso
»No se pasaron quince días, cuando ya nuestro renegado tenía comprada una
muy buena barca, capaz de más de treinta personas: y, para asegurar su
hecho y dalle color, quiso hacer, como hizo, un viaje a un lugar que se
llamaba Sargel, que está treinta leguas de Argel hacia la parte de Orán, en
el cual hay mucha contratación de higos pasos. Dos o tres veces hizo este
viaje, en compañía del tagarino que había dicho. Tagarinos llaman en
Berbería a los moros de Aragón, y a los de Granada, mudéjares; y en el
reino de Fez llaman a los mudéjares elches, los cuales son la gente de
quien aquel rey más se sirve en la guerra.
»Digo, pues, que cada vez que pasaba con su barca daba fondo en una caleta
que estaba no dos tiros de ballesta del jardín donde Zoraida esperaba; y
allí, muy de propósito, se ponía el renegado con los morillos que bogaban
el remo, o ya a hacer la zalá, o a como por ensayarse de burlas a lo que
pensaba hacer de veras; y así, se iba al jardín de Zoraida y le pedía
fruta, y su padre se la daba sin conocelle; y, aunque él quisiera hablar a
Zoraida, como él después me dijo, y decille que él era el que por orden mía
le había de llevar a tierra de cristianos, que estuviese contenta y segura,
nunca le fue posible, porque las moras no se dejan ver de ningún moro ni
turco, si no es que su marido o su padre se lo manden. De cristianos
cautivos se dejan tratar y comunicar, aun más de aquello que sería
razonable; y a mí me hubiera pesado que él la hubiera hablado, que quizá la
alborotara, viendo que su negocio andaba en boca de renegados. Pero Dios,
que lo ordenaba de otra manera, no dio lugar al buen deseo que nuestro
renegado tenía; el cual, viendo cuán seguramente iba y venía a Sargel, y
que daba fondo cuando y como y adonde quería, y que el tagarino, su
compañero, no tenía más voluntad de lo que la suya ordenaba, y que yo
estaba ya rescatado, y que sólo faltaba buscar algunos cristianos que
bogasen el remo, me dijo que mirase yo cuáles quería traer conmigo, fuera
de los rescatados, y que los tuviese hablados para el primer viernes, donde
tenía determinado que fuese nuestra partida. Viendo esto, hablé a doce
españoles, todos valientes hombres del remo, y de aquellos que más
libremente podían salir de la ciudad; y no fue poco hallar tantos en
aquella coyuntura, porque estaban veinte bajeles en corso, y se habían
llevado toda la gente de remo, y éstos no se hallaran, si no fuera que su
amo se quedó aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que tenía
en astillero. A los cuales no les dije otra cosa, sino que el primer
viernes en la tarde se saliesen uno a uno, disimuladamente, y se fuesen la
vuelta del jardín de Agi Morato, y que allí me aguardasen hasta que yo
fuese. A cada uno di este aviso de por sí, con orden que, aunque allí
viesen a otros cristianos, no les dijesen sino que yo les había mandado
esperar en aquel lugar.
»Hecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que más me
convenía: y era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban los
negocios, para que estuviese apercebida y sobre aviso, que no se
sobresaltase si de improviso la asaltásemos antes del tiempo que ella podía
imaginar que la barca de cristianos podía volver. Y así, determiné de ir al
jardín y ver si podría hablarla; y, con ocasión de coger algunas yerbas, un
día, antes de mi partida, fui allá, y la primera persona con quién encontré
fue con su padre, el cual me dijo, en lengua que en toda la Berbería, y aun
en Costantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni
castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas
con la cual todos nos entendemos; digo, pues, que en esta manera de
lenguaje me preguntó que qué buscaba en aquel su jardín, y de quién era.
Respondíle que era esclavo de Arnaúte Mamí (y esto, porque sabía yo por muy
cierto que era un grandísimo amigo suyo), y que buscaba de todas yerbas,
para hacer ensalada. Preguntóme, por el consiguiente, si era hombre de
rescate o no, y que cuánto pedía mi amo por mí. Estando en todas estas
preguntas y respuestas, salió de la casa del jardín la bella Zoraida, la
cual ya había mucho que me había visto; y, como las moras en ninguna manera
hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan, como
ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba;
antes, luego cuando su padre vio que venía, y de espacio, la llamó y mandó
que llegase.
»Demasiada cosa sería decir yo agora la mucha hermosura, la gentileza, el
gallardo y rico adorno con que mi querida Zoraida se mostró a mis ojos:
sólo diré que más perlas pendían de su hermosísimo cuello, orejas y
cabellos, que cabellos tenía en la cabeza. En las gargantas de los sus
pies, que descubiertas, a su usanza, traía, traía dos carcajes (que así se
llamaban las manillas o ajorcas de los pies en morisco) de purísimo oro,
con tantos diamantes engastados, que ella me dijo después que su padre los
estimaba en diez mil doblas, y las que traía en las muñecas de las manos
valían otro tanto. Las perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque la
mayor gala y bizarría de las moras es adornarse de ricas perlas y aljófar,
y así, hay más perlas y aljófar entre moros que entre todas las demás
naciones; y el padre de Zoraida tenía fama de tener muchas y de las mejores
que en Argel había, y de tener asimismo más de docientos mil escudos
españoles, de todo lo cual era señora esta que ahora lo es mía. Si con todo
este adorno podía venir entonces hermosa, o no, por las reliquias que le
han quedado en tantos trabajos se podrá conjeturar cuál debía de ser en las
prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura de algunas mujeres tiene
días y sazones, y requiere accidentes para diminuirse o acrecentarse; y es
natural cosa que las pasiones del ánimo la levanten o abajen, puesto que
las más veces la destruyen.
»Digo, en fin, que entonces llegó en todo estremo aderezada y en todo
estremo hermosa, o, a lo menos, a mí me pareció serlo la más que hasta
entonces había visto; y con esto, viendo las obligaciones en que me había
puesto, me parecía que tenía delante de mí una deidad del cielo, venida a
la tierra para mi gusto y para mi remedio. Así como ella llegó, le dijo su
padre en su lengua como yo era cautivo de su amigo Arnaúte Mamí, y que
venía a buscar ensalada. Ella tomó la mano, y en aquella mezcla de lenguas
que tengo dicho me preguntó si era caballero y qué era la causa que no me
rescataba. Yo le respondí que ya estaba rescatado, y que en el precio podía
echar de ver en lo que mi amo me estimaba, pues había dado por mí mil y
quinientos zoltanís. A lo cual ella respondió: ''En verdad que si tú fueras
de mi padre, que yo hiciera que no te diera él por otros dos tantos, porque
vosotros, cristianos, siempre mentís en cuanto decís, y os hacéis pobres
por engañar a los moros''. ''Bien podría ser eso, señora -le respondí-, mas
en verdad que yo la he tratado con mi amo, y la trato y la trataré con
cuantas personas hay en el mundo''. ''Y ¿cuándo te vas?'', dijo Zoraida.
''Mañana, creo yo -dije-, porque está aquí un bajel de Francia que se hace
mañana a la vela, y pienso irme en él''. ''¿No es mejor -replicó Zoraida-,
esperar a que vengan bajeles de España, y irte con ellos, que no con los de
Francia, que no son vuestros amigos?'' ''No -respondí yo-, aunque si como
hay nuevas que viene ya un bajel de España, es verdad, todavía yo le
aguardaré, puesto que es más cierto el partirme mañana; porque el deseo que
tengo de verme en mi tierra, y con las personas que bien quiero, es tanto
que no me dejará esperar otra comodidad, si se tarda, por mejor que sea''.
''Debes de ser, sin duda, casado en tu tierra -dijo Zoraida-, y por eso
deseas ir a verte con tu mujer''. ''No soy -respondí yo- casado, mas tengo
dada la palabra de casarme en llegando allá''. ''Y ¿es hermosa la dama a
quien se la diste?'', dijo Zoraida. ''Tan hermosa es -respondí yo- que para
encarecella y decirte la verdad, te parece a ti mucho''. Desto se riyó muy
de veras su padre, y dijo: ''Gualá, cristiano, que debe de ser muy hermosa
si se parece a mi hija, que es la más hermosa de todo este reino. Si no,
mírala bien, y verás cómo te digo verdad''. Servíanos de intérprete a las
más de estas palabras y razones el padre de Zoraida, como más ladino; que,
aunque ella hablaba la bastarda lengua que, como he dicho, allí se usa, más
declaraba su intención por señas que por palabras.
»Estando en estas y otras muchas razones, llegó un moro corriendo, y dijo,
a grandes voces, que por las bardas o paredes del jardín habían saltado
cuatro turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba madura.
Sobresaltóse el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida, porque es común y casi
natural el miedo que los moros a los turcos tienen, especialmente a los
soldados, los cuales son tan insolentes y tienen tanto imperio sobre los
moros que a ellos están sujetos, que los tratan peor que si fuesen esclavos
suyos. Digo, pues, que dijo su padre a Zoraida: ''Hija, retírate a la casa
y enciérrate, en tanto que yo voy a hablar a estos canes; y tú, cristiano,
busca tus yerbas, y vete en buen hora, y llévete Alá con bien a tu
tierra''. Yo me incliné, y él se fue a buscar los turcos, dejándome solo
con Zoraida, que comenzó a dar muestras de irse donde su padre la había
mandado. Pero, apenas él se encubrió con los árboles del jardín, cuando
ella, volviéndose a mí, llenos los ojos de lágrimas, me dijo: ''Ámexi,
cristiano, ámexi''; que quiere decir: "¿Vaste, cristiano, vaste?" Yo la
respondí: ''Señora, sí, pero no en ninguna manera sin ti: el primero jumá
me aguarda, y no te sobresaltes cuando nos veas; que sin duda alguna iremos
a tierra de cristianos''.
»Yo le dije esto de manera que ella me entendió muy bien a todas las
razones que entrambos pasamos; y, echándome un brazo al cuello, con
desmayados pasos comenzó a caminar hacia la casa; y quiso la suerte, que
pudiera ser muy mala si el cielo no lo ordenara de otra manera, que, yendo
los dos de la manera y postura que os he contado, con un brazo al cuello,
su padre, que ya volvía de hacer ir a los turcos, nos vio de la suerte y
manera que íbamos, y nosotros vimos que él nos había visto; pero Zoraida,
advertida y discreta, no quiso quitar el brazo de mi cuello, antes se llegó
más a mí y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas,
dando claras señales y muestras que se desmayaba, y yo, ansimismo, di a
entender que la sostenía contra mi voluntad. Su padre llegó corriendo
adonde estábamos, y, viendo a su hija de aquella manera, le preguntó que
qué tenía; pero, como ella no le respondiese, dijo su padre: ''Sin duda
alguna que con el sobresalto de la entrada de estos canes se ha
desmayado''. Y, quitándola del mío, la arrimó a su pecho; y ella, dando un
suspiro y aún no enjutos los ojos de lágrimas, volvió a decir: ''Ámexi,
cristiano, ámexi'': "Vete, cristiano, vete". A lo que su padre respondió:
''No importa, hija, que el cristiano se vaya, que ningún mal te ha hecho, y
los turcos ya son idos. No te sobresalte cosa alguna, pues ninguna hay que
pueda darte pesadumbre, pues, como ya te he dicho, los turcos, a mi ruego,
se volvieron por donde entraron''. ''Ellos, señor, la sobresaltaron, como
has dicho -dije yo a su padre-; mas, pues ella dice que yo me vaya, no la
quiero dar pesadumbre: quédate en paz, y, con tu licencia, volveré, si
fuere menester, por yerbas a este jardín; que, según dice mi amo, en
ninguno las hay mejores para ensalada que en él''. ''Todas las que
quisieres podrás volver -respondió Agi Morato-, que mi hija no dice esto
porque tú ni ninguno de los cristianos la enojaban, sino que, por decir que
los turcos se fuesen, dijo que tú te fueses, o porque ya era hora que
buscases tus yerbas''.
»Con esto, me despedí al punto de entrambos; y ella, arrancándosele el
alma, al parecer, se fue con su padre; y yo, con achaque de buscar las
yerbas, rodeé muy bien y a mi placer todo el jardín: miré bien las entradas
y salidas, y la fortaleza de la casa, y la comodidad que se podía ofrecer
para facilitar todo nuestro negocio. Hecho esto, me vine y di cuenta de
cuanto había pasado al renegado y a mis compañeros; y ya no veía la hora de
verme gozar sin sobresalto del bien que en la hermosa y bella Zoraida la
suerte me ofrecía.
»En fin, el tiempo se pasó, y se llegó el día y plazo de nosotros tan
deseado; y, siguiendo todos el orden y parecer que, con discreta
consideración y largo discurso, muchas veces habíamos dado, tuvimos el buen
suceso que deseábamos; porque el viernes que se siguió al día que yo con
Zoraida hablé en el jardín, nuestro renegado, al anochecer, dio fondo con
la barca casi frontero de donde la hermosísima Zoraida estaba. Ya los
cristianos que habían de bogar el remo estaban prevenidos y escondidos por
diversas partes de todos aquellos alrededores. Todos estaban suspensos y
alborozados, aguardándome, deseosos ya de embestir con el bajel que a los
ojos tenían; porque ellos no sabían el concierto del renegado, sino que
pensaban que a fuerza de brazos habían de haber y ganar la libertad,
quitando la vida a los moros que dentro de la barca estaban.
»Sucedió, pues, que, así como yo me mostré y mis compañeros, todos los
demás escondidos que nos vieron se vinieron llegando a nosotros. Esto era
ya a tiempo que la ciudad estaba ya cerrada, y por toda aquella campaña
ninguna persona parecía. Como estuvimos juntos, dudamos si sería mejor ir
primero por Zoraida, o rendir primero a los moros bagarinos que bogaban el
remo en la barca. Y, estando en esta duda, llegó a nosotros nuestro
renegado diciéndonos que en qué nos deteníamos, que ya era hora, y que
todos sus moros estaban descuidados, y los más dellos durmiendo. Dijímosle
en lo que reparábamos, y él dijo que lo que más importaba era rendir
primero el bajel, que se podía hacer con grandísima facilidad y sin peligro
alguno, y que luego podíamos ir por Zoraida. Pareciónos bien a todos lo que
decía, y así, sin detenernos más, haciendo él la guía, llegamos al bajel,
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