que entre los dos trabó el diablo la otra noche, que por lo que dije contra
mi señora Dulcinea, a quien amo y reverencio como a una reliquia, aunque en
ella no lo haya, sólo por ser cosa de vuestra merced.
-No tornes a esas pláticas, Sancho, por tu vida -dijo don Quijote-, que me
dan pesadumbre; ya te perdoné entonces, y bien sabes tú que suele decirse:
a pecado nuevo, penitencia nueva.
En tanto que los dos iban en estas pláticas, dijo el cura a Dorotea que
había andado muy discreta, así en el cuento como en la brevedad dél, y en
la similitud que tuvo con los de los libros de caballerías. Ella dijo que
muchos ratos se había entretenido en leellos, pero que no sabía ella dónde
eran las provincias ni puertos de mar, y que así había dicho a tiento que
se había desembarcado en Osuna.
-Yo lo entendí así -dijo el cura-, y por eso acudí luego a decir lo que
dije, con que se acomodó todo. Pero, ¿no es cosa estraña ver con cuánta
facilidad cree este desventurado hidalgo todas estas invenciones y
mentiras, sólo porque llevan el estilo y modo de las necedades de sus
libros?
-Sí es -dijo Cardenio-, y tan rara y nunca vista, que yo no sé si queriendo
inventarla y fabricarla mentirosamente, hubiera tan agudo ingenio que
pudiera dar en ella.
-Pues otra cosa hay en ello -dijo el cura-: que fuera de las simplicidades
que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras
cosas, discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento
claro y apacible en todo. De manera que, como no le toquen en sus
caballerías, no habrá nadie que le juzgue sino por de muy buen
entendimiento.
En tanto que ellos iban en esta conversación, prosiguió don Quijote con la
suya y dijo a Sancho:
-Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias, y
dime ahora, sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno: ¿Dónde, cómo y
cuándo hallaste a Dulcinea? ¿Qué hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió?
¿Qué rostro hizo cuando leía mi carta? ¿Quién te la trasladó? Y todo
aquello que vieres que en este caso es digno de saberse, de preguntarse y
satisfacerse, sin que añadas o mientas por darme gusto, ni menos te acortes
por no quitármele.
-Señor -respondió Sancho-, si va a decir la verdad, la carta no me la
trasladó nadie, porque yo no llevé carta alguna.
-Así es como tú dices -dijo don Quijote-, porque el librillo de memoria
donde yo la escribí le hallé en mi poder a cabo de dos días de tu partida,
lo cual me causó grandísima pena, por no saber lo que habías tú de hacer
cuando te vieses sin carta, y creí siempre que te volvieras desde el lugar
donde la echaras menos.
-Así fuera -respondió Sancho-, si no la hubiera yo tomado en la memoria
cuando vuestra merced me la leyó, de manera que se la dije a un sacristán,
que me la trasladó del entendimiento, tan punto por punto, que dijo que en
todos los días de su vida, aunque había leído muchas cartas de descomunión,
no había visto ni leído tan linda carta como aquélla.
-Y ¿tiénesla todavía en la memoria, Sancho? -dijo don Quijote.
-No, señor -respondió Sancho-, porque después que la di, como vi que no
había de ser de más provecho, di en olvidalla. Y si algo se me acuerda, es
aquello del sobajada, digo, del soberana señora, y lo último: Vuestro hasta
la muerte, el Caballero de la Triste Figura. Y, en medio destas dos cosas,
le puse más de trecientas almas, y vidas, y ojos míos.
Capítulo XXXI. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote
y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos
-Todo eso no me descontenta; prosigue adelante -dijo don Quijote-.
Llegaste, ¿y qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la
hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de cañutillo
para este su cautivo caballero.
-No la hallé -respondió Sancho- sino ahechando dos hanegas de trigo en un
corral de su casa.
-Pues haz cuenta -dijo don Quijote- que los granos de aquel trigo eran
granos de perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo ¿era
candeal, o trechel?
-No era sino rubión -respondió Sancho.
-Pues yo te aseguro -dijo don Quijote- que, ahechado por sus manos, hizo
pan candeal, sin duda alguna. Pero pasa adelante: cuando le diste mi carta,
¿besóla? ¿Púsosela sobre la cabeza? ¿Hizo alguna ceremonia digna de tal
carta, o qué hizo?
-Cuando yo se la iba a dar -respondió Sancho-, ella estaba en la fuga del
meneo de una buena parte de trigo que tenía en la criba, y díjome: ''Poned,
amigo, esa carta sobre aquel costal, que no la puedo leer hasta que acabe
de acribar todo lo que aquí está''.
-¡Discreta señora! -dijo don Quijote-. Eso debió de ser por leerla despacio
y recrearse con ella. Adelante, Sancho: y, en tanto que estaba en su
menester, ¿qué coloquios pasó contigo? ¿Qué te preguntó de mí? Y tú, ¿qué
le respondiste? Acaba, cuéntamelo todo; no se te quede en el tintero una
mínima.
-Ella no me preguntó nada -dijo Sancho-, mas yo le dije de la manera que
vuestra merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, desnudo de la
cintura arriba, metido entre estas sierras como si fuera salvaje, durmiendo
en el suelo, sin comer pan a manteles ni sin peinarse la barba, llorando y
maldiciendo su fortuna.
-En decir que maldecía mi fortuna dijiste mal -dijo don Quijote-, porque
antes la bendigo y bendeciré todos los días de mi vida, por haberme hecho
digno de merecer amar tan alta señora como Dulcinea del Toboso.
-Tan alta es -respondió Sancho-, que a buena fe que me lleva a mí más de un
coto.
-Pues, ¿cómo, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Haste medido tú con ella?
-Medíme en esta manera -respondió Sancho-: que, llegándole a ayudar a poner
un costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan juntos que eché de ver
que me llevaba más de un gran palmo.
-Pues ¡es verdad -replicó don Quijote- que no acompaña esa grandeza y la
adorna con mil millones y gracias del alma! Pero no me negarás, Sancho, una
cosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un olor sabeo, una
fragancia aromática, y un no sé qué de bueno, que yo no acierto a dalle
nombre? Digo, ¿un tuho o tufo como si estuvieras en la tienda de algún
curioso guantero?
-Lo que sé decir -dijo Sancho- es que sentí un olorcillo algo hombruno; y
debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo
correosa.
-No sería eso -respondió don Quijote-, sino que tú debías de estar
romadizado, o te debiste de oler a ti mismo; porque yo sé bien a lo que
huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar
desleído.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, que muchas veces sale de mí aquel olor
que entonces me pareció que salía de su merced de la señora Dulcinea; pero
no hay de qué maravillarse, que un diablo parece a otro.
-Y bien -prosiguió don Quijote-, he aquí que acabó de limpiar su trigo y de
enviallo al molino. ¿Qué hizo cuando leyó la carta?
-La carta -dijo Sancho- no la leyó, porque dijo que no sabía leer ni
escribir; antes, la rasgó y la hizo menudas piezas, diciendo que no la
quería dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos,
y que bastaba lo que yo le había dicho de palabra acerca del amor que
vuestra merced le tenía y de la penitencia extraordinaria que por su causa
quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese a vuestra merced que le
besaba las manos, y que allí quedaba con más deseo de verle que de
escribirle; y que, así, le suplicaba y mandaba que, vista la presente,
saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates, y se
pusiese luego luego en camino del Toboso, si otra cosa de más importancia
no le sucediese, porque tenía gran deseo de ver a vuestra merced. Rióse
mucho cuando le dije como se llamaba vuestra merced el Caballero de la
Triste Figura. Preguntéle si había ido allá el vizcaíno de marras; díjome
que sí, y que era un hombre muy de bien. También le pregunté por los
galeotes, mas díjome que no había visto hasta entonces alguno.
-Todo va bien hasta agora -dijo don Quijote-. Pero dime: ¿qué joya fue la
que te dio, al despedirte, por las nuevas que de mí le llevaste? Porque es
usada y antigua costumbre entre los caballeros y damas andantes dar a los
escuderos, doncellas o enanos que les llevan nuevas, de sus damas a ellos,
a ellas de sus andantes, alguna rica joya en albricias, en agradecimiento
de su recado.
-Bien puede eso ser así, y yo la tengo por buena usanza; pero eso debió de
ser en los tiempos pasados, que ahora sólo se debe de acostumbrar a dar un
pedazo de pan y queso, que esto fue lo que me dio mi señora Dulcinea, por
las bardas de un corral, cuando della me despedí; y aun, por más señas, era
el queso ovejuno.
-Es liberal en estremo -dijo don Quijote-, y si no te dio joya de oro, sin
duda debió de ser porque no la tendría allí a la mano para dártela; pero
buenas son mangas después de Pascua: yo la veré, y se satisfará todo.
¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y
veniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir
desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de treinta leguas; por lo
cual me doy a entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis
cosas y es mi amigo (porque por fuerza le hay, y le ha de haber, so pena
que yo no sería buen caballero andante); digo que este tal te debió de
ayudar a caminar, sin que tú lo sintieses; que hay sabio déstos que coge a
un caballero andante durmiendo en su cama, y, sin saber cómo o en qué
manera, amanece otro día más de mil leguas de donde anocheció. Y si no
fuese por esto, no se podrían socorrer en sus peligros los caballeros
andantes unos a otros, como se socorren a cada paso. Que acaece estar uno
peleando en las sierras de Armenia con algún endriago, o con algún fiero
vestiglo, o con otro caballero, donde lleva lo peor de la batalla y está ya
a punto de muerte, y cuando no os me cato, asoma por acullá, encima de una
nube, o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo, que poco antes
se hallaba en Ingalaterra, que le favorece y libra de la muerte, y a la
noche se halla en su posada, cenando muy a su sabor; y suele haber de la
una a la otra parte dos o tres mil leguas. Y todo esto se hace por
industria y sabiduría destos sabios encantadores que tienen cuidado destos
valerosos caballeros. Así que, amigo Sancho, no se me hace dificultoso
creer que en tan breve tiempo hayas ido y venido desde este lugar al del
Toboso, pues, como tengo dicho, algún sabio amigo te debió de llevar en
volandillas, sin que tú lo sintieses.
-Así sería -dijo Sancho-; porque a buena fe que andaba Rocinante como si
fuera asno de gitano con azogue en los oídos.
-Y ¡cómo si llevaba azogue! -dijo don Quijote-, y aun una legión de
demonios, que es gente que camina y hace caminar, sin cansarse, todo
aquello que se les antoja. Pero, dejando esto aparte, ¿qué te parece a ti
que debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi señora me manda que la vaya a
ver?; que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su mandamiento, véome
también imposibilitado del don que he prometido a la princesa que con
nosotros viene, y fuérzame la ley de caballería a cumplir mi palabra antes
que mi gusto. Por una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver a mi señora;
por otra, me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de alcanzar
en esta empresa. Pero lo que pienso hacer será caminar apriesa y llegar
presto donde está este gigante, y, en llegando, le cortaré la cabeza, y
pondré a la princesa pacíficamente en su estado, y al punto daré la vuelta
a ver a la luz que mis sentidos alumbra, a la cual daré tales disculpas que
ella venga a tener por buena mi tardanza, pues verá que todo redunda en
aumento de su gloria y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo y
alcanzare por las armas en esta vida, toda me viene del favor que ella me
da y de ser yo suyo.
-¡Ay -dijo Sancho-, y cómo está vuestra merced lastimado de esos cascos!
Pues dígame, señor: ¿piensa vuestra merced caminar este camino en balde, y
dejar pasar y perder un tan rico y tan principal casamiento como éste,
donde le dan en dote un reino, que a buena verdad que he oído decir que
tiene más de veinte mil leguas de contorno, y que es abundantísimo de todas
las cosas que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que es
mayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y tenga
vergüenza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perdóneme, y cásese
luego en el primer lugar que haya cura; y si no, ahí está nuestro
licenciado, que lo hará de perlas. Y advierta que ya tengo edad para dar
consejos, y que este que le doy le viene de molde, y que más vale pájaro en
mano que buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, por bien que
se enoja no se venga.
-Mira, Sancho -respondió don Quijote-: si el consejo que me das de que me
case es porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga cómodo para
hacerte mercedes y darte lo prometido, hágote saber que sin casarme podré
cumplir tu deseo muy fácilmente, porque yo sacaré de adahala, antes de
entrar en la batalla, que, saliendo vencedor della, ya que no me case, me
han de dar una parte del reino, para que la pueda dar a quien yo quisiere;
y, en dándomela, ¿a quién quieres tú que la dé sino a ti?
-Eso está claro -respondió Sancho-, pero mire vuestra merced que la escoja
hacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda, pueda embarcar
mis negros vasallos y hacer dellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced no
se cure de ir por agora a ver a mi señora Dulcinea, sino váyase a matar al
gigante, y concluyamos este negocio; que por Dios que se me asienta que ha
de ser de mucha honra y de mucho provecho.
-Dígote, Sancho -dijo don Quijote-, que estás en lo cierto, y que habré de
tomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver a
Dulcinea. Y avísote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotros
vienen, de lo que aquí hemos departido y tratado; que, pues Dulcinea es tan
recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no será bien que yo,
ni otro por mí, los descubra.
-Pues si eso es así -dijo Sancho-, ¿cómo hace vuestra merced que todos los
que vence por su brazo se vayan a presentar ante mi señora Dulcinea, siendo
esto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado? Y, siendo
forzoso que los que fueren se han de ir a hincar de finojos ante su
presencia, y decir que van de parte de vuestra merced a dalle la
obediencia, ¿cómo se pueden encubrir los pensamientos de entrambos?
-¡Oh, qué necio y qué simple que eres! -dijo don Quijote-. ¿Tú no ves,
Sancho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento? Porque has de saber
que en este nuestro estilo de caballería es gran honra tener una dama
muchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se estiendan más sus
pensamientos que a servilla, por sólo ser ella quien es, sin esperar otro
premio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contente de
acetarlos por sus caballeros.
-Con esa manera de amor -dijo Sancho- he oído yo predicar que se ha de amar
a Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor
de pena. Aunque yo le querría amar y servir por lo que pudiese.
-¡Válate el diablo por villano -dijo don Quijote-, y qué de discreciones
dices a las veces! No parece sino que has estudiado.
-Pues a fe mía que no sé leer -respondió Sancho.
En esto, les dio voces maese Nicolás que esperasen un poco, que querían
detenerse a beber en una fontecilla que allí estaba. Detúvose don Quijote,
con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y temía
no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que él sabía que Dulcinea
era una labradora del Toboso, no la había visto en toda su vida.
Habíase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos que Dorotea traía
cuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hacían mucha ventaja a
los que dejaba. Apeáronse junto a la fuente, y con lo que el cura se
acomodó en la venta satisficieron, aunque poco, la mucha hambre que todos
traían.
Estando en esto, acertó a pasar por allí un muchacho que iba de camino, el
cual, poniéndose a mirar con mucha atención a los que en la fuente estaban,
de allí a poco arremetió a don Quijote, y, abrazándole por las piernas,
comenzó a llorar muy de propósito, diciendo:
-¡Ay, señor mío! ¿No me conoce vuestra merced? Pues míreme bien, que yo soy
aquel mozo Andrés que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado.
Reconocióle don Quijote, y, asiéndole por la mano, se volvió a los que allí
estaban y dijo:
-Porque vean vuestras mercedes cuán de importancia es haber caballeros
andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él se
hacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan vuestras
mercedes que los días pasados, pasando yo por un bosque, oí unos gritos y
unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acudí
luego, llevado de mi obligación, hacia la parte donde me pareció que las
lamentables voces sonaban, y hallé atado a una encina a este muchacho que
ahora está delante (de lo que me huelgo en el alma, porque será testigo que
no me dejará mentir en nada); digo que estaba atado a la encina, desnudo
del medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con las riendas de
una yegua un villano, que después supe que era amo suyo; y, así como yo le
vi, le pregunté la causa de tan atroz vapulamiento; respondió el zafio que
le azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenía nacían
más de ladrón que de simple; a lo cual este niño dijo: ''Señor, no me azota
sino porque le pido mi salario''. El amo replicó no sé qué arengas y
disculpas, las cuales, aunque de mí fueron oídas, no fueron admitidas. En
resolución, yo le hice desatar, y tomé juramento al villano de que le
llevaría consigo y le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados. ¿No es
verdad todo esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto imperio se lo mandé,
y con cuánta humildad prometió de hacer todo cuanto yo le impuse, y
notifiqué y quise? Responde; no te turbes ni dudes en nada: di lo que pasó
a estos señores, porque se vea y considere ser del provecho que digo haber
caballeros andantes por los caminos.
-Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad -respondió el
muchacho-, pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra
merced se imagina.
-¿Cómo al revés? -replicó don Quijote-; luego, ¿no te pagó el villano?
-No sólo no me pagó -respondió el muchacho-, pero, así como vuestra merced
traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina, y
me dio de nuevo tantos azotes que quedé hecho un San Bartolomé desollado;
y, a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer
burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo
que decía. En efeto: él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en
un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual
tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no
viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo
se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y
pagara cuanto me debía. Mas, como vuestra merced le deshonró tan sin
propósito y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y, como no la
pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el
nublado, de modo que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.
-El daño estuvo -dijo don Quijote- en irme yo de allí; que no me había de
ir hasta dejarte pagado, porque bien debía yo de saber, por luengas
experiencias, que no hay villano que guarde palabra que tiene, si él vee
que no le está bien guardalla. Pero ya te acuerdas, Andrés, que yo juré que
si no te pagaba, que había de ir a buscarle, y que le había de hallar,
aunque se escondiese en el vientre de la ballena.
-Así es la verdad -dijo Andrés-, pero no aprovechó nada.
-Ahora verás si aprovecha -dijo don Quijote.
Y, diciendo esto, se levantó muy apriesa y mandó a Sancho que enfrenase a
Rocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos comían.
Preguntóle Dorotea qué era lo que hacer quería. Él le respondió que quería
ir a buscar al villano y castigalle de tan mal término, y hacer pagado a
Andrés hasta el último maravedí, a despecho y pesar de cuantos villanos
hubiese en el mundo. A lo que ella respondió que advirtiese que no podía,
conforme al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar la
suya; y que, pues esto sabía él mejor que otro alguno, que sosegase el
pecho hasta la vuelta de su reino.
-Así es verdad -respondió don Quijote-, y es forzoso que Andrés tenga
paciencia hasta la vuelta, como vos, señora, decís; que yo le torno a jurar
y a prometer de nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado.
-No me creo desos juramentos -dijo Andrés-; más quisiera tener agora con
qué llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo: déme, si tiene ahí,
algo que coma y lleve, y quédese con Dios su merced y todos los caballeros
andantes; que tan bien andantes sean ellos para consigo como lo han sido
para conmigo.
Sacó de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y, dándoselo
al mozo, le dijo:
-Tomá, hermano Andrés, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.
-Pues, ¿qué parte os alcanza a vos? -preguntó Andrés.
-Esta parte de queso y pan que os doy -respondió Sancho-, que Dios sabe si
me ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderos
de los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura,
y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.
Andrés asió de su pan y queso, y, viendo que nadie le daba otra cosa, abajó
su cabeza y tomó el camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdad
que, al partirse, dijo a don Quijote:
-Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare,
aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi
desgracia; que no será tanta, que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda
de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros
andantes han nacido en el mundo.
Íbase a levantar don Quijote para castigalle, mas él se puso a correr de
modo que ninguno se atrevió a seguille. Quedó corridísimo don Quijote del
cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con no
reírse, por no acaballe de correr del todo.
Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla
de don Quijote
Acabóse la buena comida, ensillaron luego, y, sin que les sucediese cosa
digna de contar, llegaron otro día a la venta, espanto y asombro de Sancho
Panza; y, aunque él quisiera no entrar en ella, no lo pudo huir. La
ventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a
Sancho, les salieron a recebir con muestras de mucha alegría, y él las
recibió con grave continente y aplauso, y díjoles que le aderezasen otro
mejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondió la huéspeda que como
la pagase mejor que la otra vez, que ella se la daría de príncipes. Don
Quijote dijo que sí haría, y así, le aderezaron uno razonable en el mismo
caramanchón de marras, y él se acostó luego, porque venía muy quebrantado y
falto de juicio.
No se hubo bien encerrado, cuando la huéspeda arremetió al barbero, y,
asiéndole de la barba, dijo:
-Para mi santiguada, que no se ha aún de aprovechar más de mi rabo para su
barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esos
suelos, que es vergüenza; digo, el peine, que solía yo colgar de mi buena
cola.
No se la quería dar el barbero, aunque ella más tiraba, hasta que el
licenciado le dijo que se la diese, que ya no era menester más usar de
aquella industria, sino que se descubriese y mostrase en su misma forma, y
dijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes se
habían venido a aquella venta huyendo; y que si preguntase por el escudero
de la princesa, le dirían que ella le había enviado adelante a dar aviso a
los de su reino como ella iba y llevaba consigo el libertador de todos. Con
esto, dio de buena gana la cola a la ventera el barbero, y asimismo le
volvieron todos los adherentes que había prestado para la libertad de don
Quijote. Espantáronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y
aun del buen talle del zagal Cardenio. Hizo el cura que les aderezasen de
comer de lo que en la venta hubiese, y el huésped, con esperanza de mejor
paga, con diligencia les aderezó una razonable comida; y a todo esto dormía
don Quijote, y fueron de parecer de no despertalle, porque más provecho le
haría por entonces el dormir que el comer.
Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija,
Maritornes, todos los pasajeros, de la estraña locura de don Quijote y del
modo que le habían hallado. La huéspeda les contó lo que con él y con el
arriero les había acontecido, y, mirando si acaso estaba allí Sancho, como
no le viese, contó todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto
recibieron. Y, como el cura dijese que los libros de caballerías que don
Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero:
-No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no
hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros
papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros
muchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas,
muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno
destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle
escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé
decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los
caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar
oyéndolos noches y días.
-Y yo ni más ni menos -dijo la ventera-, porque nunca tengo buen rato en mi
casa sino aquel que vos estáis escuchando leer: que estáis tan embobado,
que no os acordáis de reñir por entonces.
-Así es la verdad -dijo Maritornes-, y a buena fe que yo también gusto
mucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas; y más, cuando cuentan que
se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y
que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho
sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.
-Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? -dijo el cura, hablando con la
hija del ventero.
-No sé, señor, en mi ánima -respondió ella-; también yo lo escucho, y en
verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oíllo; pero no gusto
yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los
caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras: que en verdad que
algunas veces me hacen llorar de compasión que les tengo.
-Luego, ¿bien las remediárades vos, señora doncella -dijo Dorotea-, si por
vos lloraran?
-No sé lo que me hiciera -respondió la moza-; sólo sé que hay algunas
señoras de aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres y
leones y otras mil inmundicias. Y, ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquélla
tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado,
le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para qué es tanto
melindre: si lo hacen de honradas, cásense con ellos, que ellos no desean
otra cosa.
-Calla, niña -dijo la ventera-, que parece que sabes mucho destas cosas, y
no está bien a las doncellas saber ni hablar tanto.
-Como me lo pregunta este señor -respondió ella-, no pude dejar de
respondelle.
-Ahora bien -dijo el cura-, traedme, señor huésped, aquesos libros, que los
quiero ver.
-Que me place -respondió él.
Y, entrando en su aposento, sacó dél una maletilla vieja, cerrada con una
cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles
de muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abrió vio que era
Don Cirongilio de Tracia; y el otro, de Felixmarte de Hircania; y el otro,
la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de
Diego García de Paredes. Así como el cura leyó los dos títulos primeros,
volvió el rostro al barbero y dijo:
-Falta nos hacen aquí ahora el ama de mi amigo y su sobrina.
-No hacen -respondió el barbero-, que también sé yo llevallos al corral o a
la chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella.
-Luego, ¿quiere vuestra merced quemar más libros? -dijo el ventero.
-No más -dijo el cura- que estos dos: el de Don Cirongilio y el de
Felixmarte.
-Pues, ¿por ventura -dijo el ventero- mis libros son herejes o flemáticos,
que los quiere quemar?
-Cismáticos queréis decir, amigo -dijo el barbero-, que no flemáticos.
-Así es -replicó el ventero-; mas si alguno quiere quemar, sea ese del Gran
Capitán y dese Diego García, que antes dejaré quemar un hijo que dejar
quemar ninguno desotros.
-Hermano mío -dijo el cura-, estos dos libros son mentirosos y están llenos
de disparates y devaneos; y este del Gran Capitán es historia verdadera, y
tiene los hechos de Gonzalo Hernández de Córdoba, el cual, por sus muchas y
grandes hazañas, mereció ser llamado de todo el mundo Gran Capitán,
renombre famoso y claro, y dél sólo merecido. Y este Diego García de
Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en
Estremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que detenía
con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con un
montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable
ejército, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas que, como si él
las cuenta y las escribe él asimismo, con la modestia de caballero y de
coronista propio, las escribiera otro, libre y desapasionado, pusieran en
su olvido las de los Hétores, Aquiles y Roldanes.
-¡Tomaos con mi padre! -dijo el dicho ventero-. ¡Mirad de qué se espanta:
de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora había vuestra merced de
leer lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco
gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los
frailecicos que hacen los niños. Y otra vez arremetió con un grandísimo y
poderosísimo ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos mil
soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarató a
todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, ¿qué me dirán del bueno de
don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se verá en el
libro, donde cuenta que, navegando por un río, le salió de la mitad del
agua una serpiente de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre ella, y
se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apretó con
ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que la
iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río,
llevándose tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? Y, cuando
llegaron allá bajo, se halló en unos palacios y en unos jardines tan lindos
que era maravilla; y luego la sierpe se volvió en un viejo anciano, que le
dijo tantas de cosas que no hay más que oír. Calle, señor, que si oyese
esto, se volvería loco de placer. ¡Dos higas para el Gran Capitán y para
ese Diego García que dice!
Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:
-Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de don
Quijote.
-Así me parece a mí -respondió Cardenio-, porque, según da indicio, él
tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pasó ni más ni menos
que lo escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos.
-Mirad, hermano -tornó a decir el cura-, que no hubo en el mundo Felixmarte
de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes
que los libros de caballerías cuentan, porque todo es compostura y ficción
de ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos decís de
entretener el tiempo, como lo entretienen leyéndolos vuestros segadores;
porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni
tales hazañas ni disparates acontecieron en él.
-¡A otro perro con ese hueso! -respondió el ventero-. ¡Como si yo no
supiese cuántas son cinco y adónde me aprieta el zapato! No piense vuestra
merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. ¡Bueno es que
quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos
libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los
señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar
imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos que
quitan el juicio!
-Ya os he dicho, amigo -replicó el cura-, que esto se hace para entretener
nuestros ociosos pensamientos; y, así como se consiente en las repúblicas
bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para
entretener a algunos que ni tienen, ni deben, ni pueden trabajar, así se
consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que
no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera
ninguna destos libros. Y si me fuera lícito agora, y el auditorio lo
requiriera, yo dijera cosas acerca de lo que han de tener los libros de
caballerías para ser buenos, que quizá fueran de provecho y aun de gusto
para algunos; pero yo espero que vendrá tiempo en que lo pueda comunicar
con quien pueda remediallo, y en este entretanto creed, señor ventero, lo
que os he dicho, y tomad vuestros libros, y allá os avenid con sus verdades
o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no cojeéis del pie
que cojea vuestro huésped don Quijote.
-Eso no -respondió el ventero-, que no seré yo tan loco que me haga
caballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en
aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos
caballeros.
A la mitad desta plática se halló Sancho presente, y quedó muy confuso y
pensativo de lo que había oído decir que ahora no se usaban caballeros
andantes, y que todos los libros de caballerías eran necedades y mentiras,
y propuso en su corazón de esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo,
y que si no salía con la felicidad que él pensaba, determinaba de dejalle y
volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo.
Llevábase la maleta y los libros el ventero, mas el cura le dijo:
-Esperad, que quiero ver qué papeles son esos que de tan buena letra están
escritos.
Sacólos el huésped, y, dándoselos a leer, vio hasta obra de ocho pliegos
escritos de mano, y al principio tenían un título grande que decía: Novela
del curioso impertinente. Leyó el cura para sí tres o cuatro renglones y
dijo:
-Cierto que no me parece mal el título desta novela, y que me viene
voluntad de leella toda.
A lo que respondió el ventero:
-Pues bien puede leella su reverencia, porque le hago saber que algunos
huéspedes que aquí la han leído les ha contentado mucho, y me la han pedido
con muchas veras; mas yo no se la he querido dar, pensando volvérsela a
quien aquí dejó esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que
bien puede ser que vuelva su dueño por aquí algún tiempo, y, aunque sé que
me han de hacer falta los libros, a fe que se los he de volver: que, aunque
ventero, todavía soy cristiano.
-Vos tenéis mucha razón, amigo -dijo el cura-, mas, con todo eso, si la
novela me contenta, me la habéis de dejar trasladar.
-De muy buena gana -respondió el ventero.
Mientras los dos esto decían, había tomado Cardenio la novela y comenzado a
leer en ella; y, pareciéndole lo mismo que al cura, le rogó que la leyese
de modo que todos la oyesen.
-Sí leyera -dijo el cura-, si no fuera mejor gastar este tiempo en dormir
que en leer.
-Harto reposo será para mí -dijo Dorotea- entretener el tiempo oyendo algún
cuento, pues aún no tengo el espíritu tan sosegado que me conceda dormir
cuando fuera razón.
-Pues desa manera -dijo el cura-, quiero leerla, por curiosidad siquiera;
quizá tendrá alguna de gusto.
Acudió maese Nicolás a rogarle lo mesmo, y Sancho también; lo cual visto
del cura, y entendiendo que a todos daría gusto y él le recibiría, dijo:
-Pues así es, esténme todos atentos, que la novela comienza desta manera:
Capítulo XXXIII. Donde se cuenta la novela del Curioso impertinente
«En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la provincia que llaman
Toscana, vivían Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y principales, y
tan amigos que, por excelencia y antonomasia, de todos los que los conocían
los dos amigos eran llamados. Eran solteros, mozos de una misma edad y de
unas mismas costumbres; todo lo cual era bastante causa a que los dos con
recíproca amistad se correspondiesen. Bien es verdad que el Anselmo era
algo más inclinado a los pasatiempos amorosos que el Lotario, al cual
llevaban tras sí los de la caza; pero, cuando se ofrecía, dejaba Anselmo de
acudir a sus gustos por seguir los de Lotario, y Lotario dejaba los suyos
por acudir a los de Anselmo; y, desta manera, andaban tan a una sus
voluntades, que no había concertado reloj que así lo anduviese.
»Andaba Anselmo perdido de amores de una doncella principal y hermosa de la
misma ciudad, hija de tan buenos padres y tan buena ella por sí, que se
determinó, con el parecer de su amigo Lotario, sin el cual ninguna cosa
hacía, de pedilla por esposa a sus padres, y así lo puso en ejecución; y el
que llevó la embajada fue Lotario, y el que concluyó el negocio tan a gusto
de su amigo, que en breve tiempo se vio puesto en la posesión que deseaba,
y Camila tan contenta de haber alcanzado a Anselmo por esposo, que no
cesaba de dar gracias al cielo, y a Lotario, por cuyo medio tanto bien le
había venido.
»Los primeros días, como todos los de boda suelen ser alegres, continuó
Lotario, como solía, la casa de su amigo Anselmo, procurando honralle,
festejalle y regocijalle con todo aquello que a él le fue posible; pero,
acabadas las bodas y sosegada ya la frecuencia de las visitas y parabienes,
comenzó Lotario a descuidarse con cuidado de las idas en casa de Anselmo,
por parecerle a él -como es razón que parezca a todos los que fueren
discretos- que no se han de visitar ni continuar las casas de los amigos
casados de la misma manera que cuando eran solteros; porque, aunque la
buena y verdadera amistad no puede ni debe de ser sospechosa en nada, con
todo esto, es tan delicada la honra del casado, que parece que se puede
ofender aun de los mesmos hermanos, cuanto más de los amigos.
»Notó Anselmo la remisión de Lotario, y formó dél quejas grandes,
diciéndole que si él supiera que el casarse había de ser parte para no
comunicalle como solía, que jamás lo hubiera hecho, y que si, por la buena
correspondencia que los dos tenían mientras él fue soltero, habían
alcanzado tan dulce nombre como el de ser llamados los dos amigos, que no
permitiese, por querer hacer del circunspecto, sin otra ocasión alguna,
que tan famoso y tan agradable nombre se perdiese; y que así, le suplicaba,
si era lícito que tal término de hablar se usase entre ellos, que volviese
a ser señor de su casa, y a entrar y salir en ella como de antes,
asegurándole que su esposa Camila no tenía otro gusto ni otra voluntad que
la que él quería que tuviese, y que, por haber sabido ella con cuántas
veras los dos se amaban, estaba confusa de ver en él tanta esquiveza.
»A todas estas y otras muchas razones que Anselmo dijo a Lotario para
persuadille volviese como solía a su casa, respondió Lotario con tanta
prudencia, discreción y aviso, que Anselmo quedó satisfecho de la buena
intención de su amigo, y quedaron de concierto que dos días en la semana y
las fiestas fuese Lotario a comer con él; y, aunque esto quedó así
concertado entre los dos, propuso Lotario de no hacer más de aquello que
viese que más convenía a la honra de su amigo, cuyo crédito estimaba en
más que el suyo proprio. Decía él, y decía bien, que el casado a quien el
cielo había concedido mujer hermosa, tanto cuidado había de tener qué
amigos llevaba a su casa como en mirar con qué amigas su mujer conversaba,
porque lo que no se hace ni concierta en las plazas, ni en los templos, ni
en las fiestas públicas, ni estaciones -cosas que no todas veces las han de
negar los maridos a sus mujeres-, se concierta y facilita en casa de la
amiga o la parienta de quien más satisfación se tiene.
»También decía Lotario que tenían necesidad los casados de tener cada uno
algún amigo que le advirtiese de los descuidos que en su proceder hiciese,
porque suele acontecer que con el mucho amor que el marido a la mujer
tiene, o no le advierte o no le dice, por no enojalla, que haga o deje de
hacer algunas cosas, que el hacellas o no, le sería de honra o de
vituperio; de lo cual, siendo del amigo advertido, fácilmente pondría
remedio en todo. Pero, ¿dónde se hallará amigo tan discreto y tan leal y
verdadero como aquí Lotario le pide? No lo sé yo, por cierto; sólo Lotario
era éste, que con toda solicitud y advertimiento miraba por la honra de su
amigo y procuraba dezmar, frisar y acortar los días del concierto del ir a
su casa, porque no pareciese mal al vulgo ocioso y a los ojos vagabundos y
maliciosos la entrada de un mozo rico, gentilhombre y bien nacido, y de las
buenas partes que él pensaba que tenía, en la casa de una mujer tan hermosa
como Camila; que, puesto que su bondad y valor podía poner freno a toda
maldiciente lengua, todavía no quería poner en duda su crédito ni el de su
amigo, y por esto los más de los días del concierto los ocupaba y
entretenía en otras cosas, que él daba a entender ser inexcusables. Así
que, en quejas del uno y disculpas del otro se pasaban muchos ratos y
partes del día.
»Sucedió, pues, que uno que los dos se andaban paseando por un prado fuera
de la ciudad, Anselmo dijo a Lotario las semejantes razones:
»-Pensabas, amigo Lotario, que a las mercedes que Dios me ha hecho en
hacerme hijo de tales padres como fueron los míos y al darme, no con mano
escasa, los bienes, así los que llaman de naturaleza como los de fortuna,
no puedo yo corresponder con agradecimiento que llegue al bien recebido, y
sobre al que me hizo en darme a ti por amigo y a Camila por mujer propria:
dos prendas que las estimo, si no en el grado que debo, en el que puedo.
Pues con todas estas partes, que suelen ser el todo con que los hombres
suelen y pueden vivir contentos, vivo yo el más despechado y el más
desabrido hombre de todo el universo mundo; porque no sé qué días a esta
parte me fatiga y aprieta un deseo tan estraño, y tan fuera del uso común
de otros, que yo me maravillo de mí mismo, y me culpo y me riño a solas, y
procuro callarlo y encubrirlo de mis proprios pensamientos; y así me ha
sido posible salir con este secreto como si de industria procurara decillo
a todo el mundo. Y, pues que, en efeto, él ha de salir a plaza,quiero que
sea en la del archivo de tu secreto, confiado que, con él y con la
diligencia que pondrás, como mi amigo verdadero, en remediarme, yo me veré
presto libre de la angustia que me causa, y llegará mi alegría por tu
solicitud al grado que ha llegado mi descontento por mi locura.
»Suspenso tenían a Lotario las razones de Anselmo, y no sabía en qué había
de parar tan larga prevención o preámbulo; y, aunque iba revolviendo en su
imaginación qué deseo podría ser aquel que a su amigo tanto fatigaba, dio
siempre muy lejos del blanco de la verdad; y, por salir presto de la agonía
que le causaba aquella suspensión, le dijo que hacía notorio agravio a su
mucha amistad en andar buscando rodeos para decirle sus más encubiertos
pensamientos, pues tenía cierto que se podía prometer dél, o ya consejos
para entretenellos, o ya remedio para cumplillos.
»-Así es la verdad -respondió Anselmo-, y con esa confianza te hago saber,
amigo Lotario, que el deseo que me fatiga es pensar si Camila, mi esposa,
es tan buena y tan perfeta como yo pienso; y no puedo enterarme en esta
verdad, si no es probándola de manera que la prueba manifieste los quilates
de su bondad, como el fuego muestra los del oro. Porque yo tengo para mí,
¡oh amigo!, que no es una mujer más buena de cuanto es o no es solicitada,
y que aquella sola es fuerte que no se dobla a las promesas, a las dádivas,
a las lágrimas y a las continuas importunidades de los solícitos amantes.
Porque, ¿qué hay que agradecer -decía él- que una mujer sea buena, si nadie
le dice que sea mala? ¿Qué mucho que esté recogida y temerosa la que no le
dan ocasión para que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en
cogiéndola en la primera desenvoltura, la ha de quitar la vida? Ansí que,
la que es buena por temor, o por falta de lugar, yo no la quiero tener en
aquella estima en que tendré a la solicitada y perseguida que salió con la
corona del vencimiento. De modo que, por estas razones y por otras muchas
que te pudiera decir para acreditar y fortalecer la opinión que tengo,
deseo que Camila, mi esposa, pase por estas dificultades y se acrisole y
quilate en el fuego de verse requerida y solicitada, y de quien tenga valor
para poner en ella sus deseos; y si ella sale, como creo que saldrá, con la
palma desta batalla, tendré yo por sin igual mi ventura; podré yo decir que
está colmo el vacío de mis deseos; diré que me cupo en suerte la mujer
fuerte, de quien el Sabio dice que ¿quién la hallará? Y, cuando esto suceda
al revés de lo que pienso, con el gusto de ver que acerté en mi opinión,
llevaré sin pena la que de razón podrá causarme mi tan costosa experiencia.
Y, prosupuesto que ninguna cosa de cuantas me dijeres en contra de mi deseo
ha de ser de algún provecho para dejar de ponerle por la obra, quiero, ¡oh
amigo Lotario!, que te dispongas a ser el instrumento que labre aquesta
obra de mi gusto; que yo te daré lugar para que lo hagas, sin faltarte todo
aquello que yo viere ser necesario para solicitar a una mujer honesta,
honrada, recogida y desinteresada. Y muéveme, entre otras cosas, a fiar de
ti esta tan ardua empresa, el ver que si de ti es vencida Camila, no ha de
llegar el vencimiento a todo trance y rigor, sino a sólo a tener por hecho
lo que se ha de hacer, por buen respeto; y así, no quedaré yo ofendido más
de con el deseo, y mi injuria quedará escondida en la virtud de tu
silencio, que bien sé que en lo que me tocare ha de ser eterno como el de
la muerte. Así que, si quieres que yo tenga vida que pueda decir que lo es,
desde luego has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia ni
perezosamente, sino con el ahínco y diligencia que mi deseo pide, y con la
confianza que nuestra amistad me asegura.
ȃstas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario, a todas las cuales
estuvo tan atento, que si no fueron las que quedan escritas que le dijo, no
desplegó sus labios hasta que hubo acabado; y, viendo que no decía más,
después que le estuvo mirando un buen espacio, como si mirara otra cosa que
jamás hubiera visto, que le causara admiración y espanto, le dijo:
»-No me puedo persuadir, ¡oh amigo Anselmo!, a que no sean burlas las cosas
que me has dicho; que, a pensar que de veras las decías, no consintiera que
tan adelante pasaras, porque con no escucharte previniera tu larga arenga.
Sin duda imagino, o que no me conoces, o que yo no te conozco. Pero no; que
bien sé que eres Anselmo, y tú sabes que yo soy Lotario; el daño está en
que yo pienso que no eres el Anselmo que solías, y tú debes de haber
pensado que tampoco yo soy el Lotario que debía ser, porque las cosas que
me has dicho, ni son de aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides se han
de pedir a aquel Lotario que tú conoces; porque los buenos amigos han de
probar a sus amigos y valerse dellos, como dijo un poeta, usque ad aras;
que quiso decir que no se habían de valer de su amistad en cosas que fuesen
contra Dios. Pues, si esto sintió un gentil de la amistad, ¿cuánto mejor es
que lo sienta el cristiano, que sabe que por ninguna humana ha de perder la
amistad divina? Y cuando el amigo tirase tanto la barra que pusiese aparte
los respetos del cielo por acudir a los de su amigo, no ha de ser por cosas
ligeras y de poco momento, sino por aquellas en que vaya la honra y la vida
de su amigo. Pues dime tú ahora, Anselmo: ¿cuál destas dos cosas tienes en
peligro para que yo me aventure a complacerte y a hacer una cosa tan
detestable como me pides? Ninguna, por cierto; antes, me pides, según yo
entiendo, que procure y solicite quitarte la honra y la vida, y quitármela
a mí juntamente. Porque si yo he de procurar quitarte la honra, claro está
que te quito la vida, pues el hombre sin honra peor es que un muerto; y,
siendo yo el instrumento, como tú quieres que lo sea, de tanto mal tuyo,
¿no vengo a quedar deshonrado, y, por el mesmo consiguiente, sin vida?
Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia de no responderme hasta que acabe
de decirte lo que se me ofreciere acerca de lo que te ha pedido tu deseo;
que tiempo quedará para que tú me repliques y yo te escuche.
»-Que me place -dijo Anselmo-: di lo que quisieres.
»Y Lotario prosiguió diciendo:
»-Paréceme, ¡oh Anselmo!, que tienes tú ahora el ingenio como el que
siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el
error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, ni con razones
que consistan en especulación del entendimiento, ni que vayan fundadas en
artículos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, fáciles,
intelegibles, demonstrativos, indubitables, con demostraciones matemáticas
que no se pueden negar, como cuando dicen: "Si de dos partes iguales
quitamos partes iguales, las que quedan también son iguales"; y, cuando
esto no entiendan de palabra, como, en efeto, no lo entienden, háseles de
mostrar con las manos y ponérselo delante de los ojos, y, aun con todo
esto, no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra
religión. Y este mesmo término y modo me convendrá usar contigo, porque el
deseo que en ti ha nacido va tan descaminado y tan fuera de todo aquello
que tenga sombra de razonable, que me parece que ha de ser tiempo gastado
el que ocupare en darte a entender tu simplicidad, que por ahora no le
quiero dar otro nombre, y aun estoy por dejarte en tu desatino, en pena de
tu mal deseo; mas no me deja usar deste rigor la amistad que te tengo, la
cual no consiente que te deje puesto en tan manifiesto peligro de perderte.
Y, porque claro lo veas, dime, Anselmo: ¿tú no me has dicho que tengo de
solicitar a una retirada, persuadir a una honesta, ofrecer a una
desinteresada, servir a una prudente? Sí que me lo has dicho. Pues si tú
sabes que tienes mujer retirada, honesta, desinteresada y prudente, ¿qué
buscas? Y si piensas que de todos mis asaltos ha de salir vencedora, como
saldrá sin duda, ¿qué mejores títulos piensas darle después que los que
ahora tiene, o qué será más después de lo que es ahora? O es que tú no la
tienes por la que dices, o tú no sabes lo que pides. Si no la tienes por lo
que dices, ¿para qué quieres probarla, sino, como a mala, hacer della lo
que más te viniere en gusto? Mas si es tan buena como crees, impertinente
cosa será hacer experiencia de la mesma verdad, pues, después de hecha, se
ha de quedar con la estimación que primero tenía. Así que, es razón
concluyente que el intentar las cosas de las cuales antes nos puede suceder
daño que provecho es de juicios sin discurso y temerarios, y más cuando
quieren intentar aquellas a que no son forzados ni compelidos, y que de muy
lejos traen descubierto que el intentarlas es manifiesta locura. Las cosas
dificultosas se intentan por Dios, o por el mundo, o por entrambos a dos:
las que se acometen por Dios son las que acometieron los santos,
acometiendo a vivir vida de ángeles en cuerpos humanos; las que se acometen
por respeto del mundo son las de aquellos que pasan tanta infinidad de
agua, tanta diversidad de climas, tanta estrañeza de gentes, por adquirir
estos que llaman bienes de fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el
mundo juntamente son aquellas de los valerosos soldados, que apenas veen en
el contrario muro abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una
redonda bala de artillería, cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer
discurso ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza, llevados en
vuelo de las alas del deseo de volver por su fe, por su nación y por su
rey, se arrojan intrépidamente por la mitad de mil contrapuestas muertes
que los esperan. Estas cosas son las que suelen intentarse, y es honra,
gloria y provecho intentarlas, aunque tan llenas de inconvenientes y
peligros. Pero la que tú dices que quieres intentar y poner por obra, ni te
ha de alcanzar gloria de Dios, bienes de la fortuna, ni fama con los
hombres; porque, puesto que salgas con ella como deseas, no has de quedar
ni más ufano, ni más rico, ni más honrado que estás ahora; y si no sales,
te has de ver en la mayor miseria que imaginarse pueda, porque no te ha de
aprovechar pensar entonces que no sabe nadie la desgracia que te ha
sucedido, porque bastará para afligirte y deshacerte que la sepas tú mesmo.
Y, para confirmación desta verdad, te quiero decir una estancia que hizo el
famoso poeta Luis Tansilo, en el fin de su primera parte de Las lágrimas de
San Pedro, que dice así:
Crece el dolor y crece la vergüenza
en Pedro, cuando el día se ha mostrado;
y, aunque allí no ve a nadie, se avergüenza
de sí mesmo, por ver que había pecado:
que a un magnánimo pecho a haber vergüenza
no sólo ha de moverle el ser mirado;
que de sí se avergüenza cuando yerra,
si bien otro no vee que cielo y tierra.
Así que, no escusarás con el secreto tu dolor; antes, tendrás que llorar
contino, si no lágrimas de los ojos, lágrimas de sangre del corazón, como
las lloraba aquel simple doctor que nuestro poeta nos cuenta que hizo la
prueba del vaso, que, con mejor discurso, se escusó de hacerla el prudente
Reinaldos; que, puesto que aquello sea ficción poética, tiene en sí
encerrados secretos morales dignos de ser advertidos y entendidos e
imitados. Cuanto más que, con lo que ahora pienso decirte, acabarás de
venir en conocimiento del grande error que quieres cometer. Dime, Anselmo,
si el cielo, o la suerte buena, te hubiera hecho señor y legítimo posesor
de un finísimo diamante, de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos
cuantos lapidarios le viesen, y que todos a una voz y de común parecer
dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza a cuanto se podía estender
la naturaleza de tal piedra, y tú mesmo lo creyeses así, sin saber otra
cosa en contrario, ¿sería justo que te viniese en deseo de tomar aquel
diamante, y ponerle entre un ayunque y un martillo, y allí, a pura fuerza
de golpes y brazos, probar si es tan duro y tan fino como dicen? Y más, si
lo pusieses por obra; que, puesto caso que la piedra hiciese resistencia a
tan necia prueba, no por eso se le añadiría más valor ni más fama; y si se
rompiese, cosa que podría ser, ¿no se perdería todo? Sí, por cierto,
dejando a su dueño en estimación de que todos le tengan por simple. Pues
haz cuenta, Anselmo amigo, que Camila es fínisimo diamante, así en tu
estimación como en la ajena, y que no es razón ponerla en contingencia de
que se quiebre, pues, aunque se quede con su entereza, no puede subir a más
valor del que ahora tiene; y si faltase y no resistiese, considera desde
ahora cuál quedarías sin ella, y con cuánta razón te podrías quejar de ti
mesmo, por haber sido causa de su perdición y la tuya. Mira que no hay joya
en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada, y que todo el
honor de las mujeres consiste en la opinión buena que dellas se tiene; y,
pues la de tu esposa es tal que llega al estremo de bondad que sabes, ¿para
qué quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, que la mujer es animal
imperfecto, y que no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga,
sino quitárselos y despejalle el camino de cualquier inconveniente, para
que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la perfeción que le falta, que
consiste en el ser virtuosa. Cuentan los naturales que el arminio es un
animalejo que tiene una piel blanquísima, y que cuando quieren cazarle, los
cazadores usan deste artificio: que, sabiendo las partes por donde suele
pasar y acudir, las atajan con lodo, y después, ojeándole, le encaminan
hacia aquel lugar, y así como el arminio llega al lodo, se está quedo y se
deja prender y cautivar, a trueco de no pasar por el cieno y perder y
ensuciar su blancura, que la estima en más que la libertad y la vida. La
honesta y casta mujer es arminio, y es más que nieve blanca y limpia la
virtud de la honestidad; y el que quisiere que no la pierda, antes la
guarde y conserve, ha de usar de otro estilo diferente que con el arminio
se tiene, porque no le han de poner delante el cieno de los regalos y
servicios de los importunos amantes, porque quizá, y aun sin quizá, no
tiene tanta virtud y fuerza natural que pueda por sí mesma atropellar y
pasar por aquellos embarazos, y es necesario quitárselos y ponerle delante
la limpieza de la virtud y la belleza que encierra en sí la buena fama. Es
asimesmo la buena mujer como espejo de cristal luciente y claro; pero está
sujeto a empañarse y escurecerse con cualquiera aliento que le toque. Hase
de usar con la honesta mujer el estilo que con las reliquias: adorarlas y
no tocarlas. Hase de guardar y estimar la mujer buena como se guarda y
estima un hermoso jardín que está lleno de flores y rosas, cuyo dueño no
consiente que nadie le pasee ni manosee; basta que desde lejos, y por entre
las verjas de hierro, gocen de su fragrancia y hermosura. Finalmente,
quiero decirte unos versos que se me han venido a la memoria, que los oí en
una comedia moderna, que me parece que hacen al propósito de lo que vamos
tratando. Aconsejaba un prudente viejo a otro, padre de una doncella, que
la recogiese, guardase y encerrase, y entre otras razones, le dijo éstas:
Es de vidrio la mujer;
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podría ser.
Y es más fácil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.
Y en esta opinión estén
todos, y en razón la fundo:
que si hay Dánaes en el mundo,
hay pluvias de oro también.
Cuanto hasta aquí te he dicho, ¡oh Anselmo!, ha sido por lo que a ti te
toca; y ahora es bien que se oiga algo de lo que a mí me conviene; y si
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