aire iba ya obscureciéndose, pero no tanto que entre sus ojos y los
míos no permitiese ver lo que antes por la distancia se ocultaba. Vino
hacia mí, y yo me adelanté hacia él. ¡Noble juez! ¡Oh, Nino! ¡Con
cuánto placer vi que no estabas entre los condenados! No hubo amistoso
saludo que no nos dirigiésemos; después me preguntó:
--¿Cuánto tiempo hace que has llegado al pie de este monte a través de
las lejanas aguas?
--¡Ah!--le dije--; esta mañana he llegado pasando por tristes lugares,
y estoy aún en la primera vida; aunque al hacer este viaje, voy
preparándome para la otra.
Apenas oyeron mi respuesta, cuando Sordello y él retrocedieron como
hombres poseídos de un repentino espanto. El primero se volvió hacia
Virgilio, y el otro hacia uno que estaba sentado, gritando: "Ven,
Conrado, ven a ver lo que Dios por su gracia permite." Después,
dirigiéndose a mí, exclamó:
--Por la singular gratitud que debes a Aquél que oculta de tal modo su
primitivo origen, que no es posible penetrarlo, cuando estés más allá
de las anchurosas aguas, di a mi Juana, que pida por mí allí donde
se oyen los ruegos de los inocentes. No creo que su madre me ame ya,
pues ha dejado las blancas tocas, que la desventurada echará de menos
algún día. Por ella se comprende fácilmente cuánto dura en una mujer el
fuego del amor, si la vista o el íntimo trato no lo alimenta. La víbora
que campea en las armas del Milanés no le proporcionará tan hermosa
sepultura como se la hubiera dado el gallo de Gallura.[55]
[55] No será tan honrosa su sepultura cuando muera enlazada
a la casa de los Visconti de Milán, como lo sería si hubiera
guardado fidelidad a la de los Visconti de Gallura. Los
primeros tenían una víbora en su escudo; los segundos un gallo.
Así decía, y en todo su aspecto se veía impreso el sello de aquel
recto celo que arde con mesura en el corazón. Entretanto, mis ojos se
dirigían ávidos hacia la parte del cielo donde es más lento el curso de
las estrellas, como sucede en los puntos de una rueda más próximos al
eje. Mi Guía me preguntó:
--Hijo mío, ¿qué miras allá arriba?
Y yo le contesté:
--Aquellas tres antorchas[56], en cuya luz arde todo el polo hacia esta
parte.
[56] Las constelaciones del Eridano, de la Nave y del Pez de
oro.--Alegóricamente son las tres virtudes teologales.
Y él repuso:
--Las cuatro estrellas brillantes que viste esta mañana, han descendido
por aquel lado, y éstas han subido donde estaban aquéllas.
Mientras él hablaba, Sordello se le acercó, diciendo: "He ahí a nuestro
adversario;" y extendió el dedo para que mirásemos hacia el sitio
que indicaba. En la parte donde queda indefenso el pequeño valle,
había una serpiente, que quizá era la que dió a Eva el amargo manjar.
Se adelantaba el maligno reptil por entre la hierba y las flores,
volviendo de vez en cuando la cabeza, y lamiéndose el lomo como un
animal que se alisa la piel. No puedo decir cómo se movieron los
azores celestiales, pues no me fué posible distinguirlo; pero sí vi
a entreambos en movimiento. Sintiendo que sus verdes alas hendían el
aire, huyó la serpiente, y los ángeles se volvieron a su puesto con
vuelo igual. La sombra que se acercó al juez, cuando éste la llamó, no
dejó un momento de mirarme durante todo aquel asalto.
--Que la antorcha que te conduce hacia arriba encuentre en tu voluntad
tanta cera cuanta se necesita para llegar al sumo esmalte--empezó a
decir--; si sabes alguna noticia positiva del Val di Magra o de su
tierra circunvecina, dímela, pues yo era señor en aquel país: fuí
llamado Conrado Malaspina, no el antiguo, sino descendiente suyo, y
tuve para con los míos un amor que aquí se purifica.
--¡Oh!--le contesté--; no estuve nunca en vuestro país; pero ¿a qué
parte de Europa no habrá llegado su fama? La gloria que honra vuestra
casa da tal renombre a sus señores y a la comarca entera, que tiene
noticia de ella aun aquel que no la ha visitado. Y os juro, así pueda
llegar a lo alto de este monte, que vuestra honrosa estirpe no pierde
la prez que le han conquistado su bolsa y su espada. Sus buenas
costumbres y excelente carácter la colocan en tan privilegiado puesto,
que aunque el perverso jefe aparte al mundo del verdadero camino, ella
va por el recto sendero despreciando el torcido.
El replicó:
--Ve, pues; que antes de que el Sol entre siete veces en el espacio
que Aries con sus cuatro patas cubre y abarca, esa opinión cortés te
será clavada en medio de la cabeza con clavos mayores que lo pueden ser
las palabras de otro, si no se cambia el curso de lo dispuesto por la
Providencia.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO NONO-
La concubina del viejo Titón, desprendida de los brazos de su dulce
amigo, alboreaba ya en los linderos orientales, reluciendo su frente
de rica pedrería colocada en la forma del frío animal que sacude a la
gente con la cola;[57] y ya por el lugar donde nos hallábamos había
dado la Noche dos de los pasos con que asciende, y el tercero inclinaba
hacia abajo su vuelo, cuando yo, que tenía conmigo la flaqueza de Adán,
vencido del sueño, me tendí en la hierba sobre que estábamos sentados
los cinco.
A la hora del amanecer, cuando la golondrina empieza sus tristes
endechas, quizá en memoria de sus primeros ayes, y cuando nuestro
espíritu, más libre de los lazos de la carne y menos asediado de
pensamientos, es casi divino en sus visiones, parecióme ver entre
sueños un águila con plumas de oro suspendida del cielo, con las alas
abiertas y preparada a bajar, y creía estar allí donde Ganimedes
abandonó a los suyos, cuando fué arrebatado a la celestial asamblea.
Yo pensaba entre mí: "Quizá esta águila tenga la costumbre de cazar
aquí solamente, y puede ser que en otro sitio se desdeñe de levantar en
alto la presa con sus garras." Después me pareció que, dando algunas
vueltas, bajaba terrible como un rayo, y me arrebataba hasta la esfera
del fuego, donde parecía que ardiésemos los dos; y de tal modo me
quemaba aquel incendio imaginario, que se interrumpió súbitamente mi
sueño. No de otra suerte se sobresaltó Aquiles revolviendo en torno
suyo sus ojos desvelados y sin saber donde se encontraba, cuando su
madre, robándolo a Quirón, le transportó dormido en sus brazos a la
isla de Scyros, de donde le sacaron después los griegos, como me
sobresalté yo, apenas huyó el sueño de mi rostro; y me puse pálido
como el hombre a quien hiela el espanto. A mi lado estaba únicamente
mi Protector; el Sol había salido hacía ya más de dos horas, y yo me
hallaba con la cara vuelta hacia el mar.
[57] La esposa de Titón es la Aurora, y su frente aparecía
coronada en las estrellas que forman el signo de Piscis.
--No temas--dijo mi Señor--; tranquilízate, que estamos en buen lugar.
Da rienda suelta a tu vigor, lejos de reprimirlo, pues has llegado
ya junto al Purgatorio; mira allí el muro que le cerca en derredor;
y mira la entrada en aquel sitio donde parece estar roto. Durante el
alba que precede al día, cuando tu alma dormía dentro del cuerpo sobre
las flores que allá abajo adornan el suelo, vino una dama y dijo:
"Yo soy Lucía: déjame coger a ese que duerme, y haré que recorra más
ágilmente su camino." Sordello se quedó con las otras nobles sombras;
ella te cogió, y cuando fué de día, se vino hacia arriba y yo seguí sus
huellas: aquí te dejó, habiéndome antes designado con sus bellos ojos
aquella entrada abierta; y después, ella y tu sueño desaparecieron al
mismo tiempo.
Me quedé como el hombre que ve sus dudas convertidas en certidumbre, y
cuyo miedo se trueca en fortaleza, cuando le han descubierto la verdad;
y viéndome tranquilo mi Guía, empezó a subir por la calzada, y yo
seguí tras él hacia lo alto.
Lector: bien ves cómo ensalzo el objeto de mis cantos: no te admire,
pues, si procuro sostenerlo cada vez con más arte. Nos aproximamos
hasta llegar al sitio que antes me había parecido ser una rotura,
semejante a la brecha que divide un muro; y vi una puerta a la cual se
subía por tres gradas de diferentes colores, y un portero que aún no
había proferido ninguna palabra. Y como yo abriese cada vez más los
ojos, le vi sentado sobre la grada superior, con tan luminoso rostro,
que no podía fijar en él mi vista. Tenía en la mano una espada desnuda,
que reflejaba sus rayos hacia nosotros de tal modo, que en vano intentó
fijar en ella mis miradas.
--Decidme desde ahí: ¿qué queréis?--empezó a decir.--¿Dónde está el que
os acompaña? Cuidad que vuestra llegada no os sea funesta.
--Una dama del Cielo, enterada de estas cosas--le respondió mi
Maestro--, nos ha dicho hace poco: "Id allí: aquella es la puerta."
--Ella guía felizmente vuestros pasos--replicó el cortés portero--.
Llegad, pues, y subid nuestras gradas.
Nos adelantamos: el primer escalón era de mármol blanco, tan bruñido y
terso, que me reflejé en él tal como soy: el segundo, más obscuro que
el color turquí, era de una piedra calcinada y áspera, resquebrajada
a lo largo y de través: el tercero, que gravita sobre los demás, me
parecía de un pórfido tan rojo como la sangre que brota de las venas.
Sobre este último tenía ambas plantas el Angel de Dios, el cual estaba
sentado en el umbral, que me pareció formado de diamante. Mi Guía me
condujo de buen grado por los tres escalones, diciendo:
--Pide humildemente que se abra la cerradura.
Me postré devotamente a los pies santos: le pedí por misericordia que
abriese, pero antes me dí tres golpes en el pecho. Con la punta de su
espada me trazó siete veces en la frente la letra P[58], y dijo:
--Procura lavar estas manchas cuando estés dentro.
[58] Símbolo de los siete pecados capitales.
En seguida sacó de debajo de sus vestiduras, que eran del color de la
ceniza o de la tierra seca, dos llaves, una de las cuales era de oro y
la otra de plata: primero con la blanca, y luego con la amarilla, hizo
en la puerta lo que yo deseaba.
--Cuando una de estas llaves falsea, y no gira con regularidad por la
cerradura--nos dijo--, esta entrada no se abre. Una de ellas es más
preciosa; pero la otra requiere más arte e inteligencia antes de abrir,
porque es la que mueve el resorte. Pedro me las dió, previniéndome que
más bien me equivocara en abrir la puerta, que en tenerla cerrada,
siempre que los pecadores se prosternen a mis pies.
Después empujó la puerta hacia el sagrado recinto, diciendo:
--Entrad; mas debo advertiros que quien mira hacia atrás vuelve a salir.
Entonces giraron en sus quicios los espigones de la sacra puerta, que
son de metal, macizos y sonoros; y no produjo tanto fragor, ni se
mostró tan resistente la de la roca Tarpeya, cuando fué arrojado de
ésta el buen Metelo, por el cual quedó luego vacía. Yo me volví atento
al primer ruido, y me pareció oír voces que cantaban al son de dulces
acordes: "Te Deum laudamus." Tal impresión hizo en mí aquello que oía,
como la que ordinariamente se recibe cuando se oye el canto acompañado
del órgano, que tan pronto se perciben como dejan de percibirse las
palabras.
[Ilustración]
-CANTO DECIMO-
Cuando hubimos traspasado el umbral de la puerta que se abre pocas
veces, porque la mala inclinación de las pasiones lo impide, haciendo
aparecer recta la vía tortuosa, conocí por el ruido que acababa de
cerrarse; y si yo hubiese vuelto mis ojos hacia ella, ¿qué excusa
hubiera sido digna de tal falta? Subíamos por la hendedura de una roca,
la cual ondulaba tortuosamente, semejante a la ola que va y viene.
--Aquí--dijo mi Guía--, es preciso que tengamos alguna precaución,
acercándonos, ya por un lado, o por otro, a las ondulaciones de esta
hendedura.
Y este cuidado hizo tan lentos nuestros pasos, que la Luna llegó a su
lecho para acurrucarse, antes que nosotros saliésemos de aquel angosto
camino. Mas cuando estuvimos arriba, libres y al descubierto, en el
paraje donde se interna el monte, nos encontramos, yo fatigado, y
ambos inciertos de la dirección que debíamos seguir, en un rellano más
solitario que sendero a través del desierto. Desde el borde exterior
hasta el pie del alto tajo que se alza en la parte interior, aquel
rellano sólo tendría de anchura tres veces un cuerpo humano; y hasta
donde mis ojos alcanzaban, tanto por la izquierda como por la derecha,
parecíame siempre igual esta especie de cornisa. Aún no habíamos dado
un paso por aquella vía, cuando observé que el tajo interior y escueto,
por el cual no se podía subir, era de mármol blanco, y adornado de tan
preciosas entalladuras, que no ya Policleto, sino la Naturaleza en
presencia de ellas habría sido superada y vencida. El ángel que bajó a
la Tierra con el decreto de la paz por tantos años suspirada, y abrió
las puertas del cielo después de su prolongada clausura, se ofreció
a nuestra vista con tanta verdad, y en tan dulce actitud esculpido,
que no parecía una figura silenciosa. Hubiérase jurado que hablaba
diciendo: "Ave;" porque también estaba allí representada la que dió
vuelta a la llave para abrir al Amor supremo. En su actitud se veían
impresas estas palabras: "Ecce ancilla Dei," tan propiamente como
aparece una figura sellada en la cera.
--No fijes tu atención en un solo punto--me dijo el querido Maestro--,
que me tenía cerca de sí en el lado que los hombres tienen el corazón.
Volví el rostro, y hacia la parte donde se encontraba el que movía mis
pasos, vi después de María otra historia esculpida en la roca; y para
examinarla mejor, pasé al otro lado de Virgilio, y me aproximé a ella.
Estaban tallados en el mismo mármol el carro y los bueyes conduciendo
el Arca santa, por la cual es temible desempeñar un cargo que Dios no
ha confiado. Delante de ella veíase alguna gente, dividida en siete
coros, que a dos de mis sentidos hacía decir: a uno, "sí canta," y a
otro, "no canta." En igual discordancia ponía a mi vista y a mi olfato
el humo del incienso que estaba allí representado. El humilde Salmista,
danzando y saltando, precedía al vaso bendito; y en aquella ocasión
era más y menos que rey. Desde lo alto de un gran palacio que había
enfrente, Micol lo contemplaba como mujer despechada y mohina. Moví mis
pies más allá del sitio en que me encontraba, para examinar de cerca
otra historia que resaltaba después de Micol. Allí estaba escrita en
piedra la alta gloria del príncipe romano, cuya insigne virtud movió a
Gregorio para alcanzar su gran victoria: hablo del emperador Trajano.
Asida al freno de su caballo se veía a una viuda, penetrada de dolor y
deshecha en lágrimas: en torno suyo aparecía una considerable multitud
de caballeros, sobre cuyas cabezas se movían al viento las águilas de
oro. La desventurada, metida entre todos ellos, parecía decir: "Señor,
véngame de la muerte de mi hijo, que me ha traspasado el corazón;" y él
responderle: "Espérate a que yo vuelva;" y ella replicar, como persona
a quien impacienta su mismo dolor: "Señor mío, ¿y si no vuelves?" Y él:
"Quien ocupe mi lugar te vengará." Y ella: "¿Qué te importa el bien
que pueda hacer otro, si te olvidas del que puedes hacer tú?" Y él
por último: "Tranquilízate; preciso es que cumpla con mi deber antes
de ponerme en marcha: la justicia lo quiere, y la piedad me detiene."
Aquel que no vió jamás cosa nueva produjo este hablar visible, nuevo
para nosotros, porque no se encuentra en la Tierra nada parecido.
Mientras yo me deleitaba contemplando aquellas imágenes de tanta
humildad, más que por su belleza, gratas a la vista, por ser quien era
su Artífice, el poeta murmuraba:
--Mira cuántas almas se dirigen hacia acá con paso lento: ellas nos
conducirán a las gradas superiores.
Mis ojos atentos a mirar para ver las novedades de que se mostraban tan
ávidos, no fueron tardos en volverse hacia él. No quiero, ¡oh lector!,
que te apartes de tus buenas disposiciones, oyendo cómo Dios quiere
que se paguen las deudas. No presten atención a la forma de estas
penas, sino a lo que en pos de ellas vendrá: piensa que, en el último y
peor resultado, no pueden prolongarse más allá de la gran sentencia. Yo
empecé a decir:
--Maestro, lo que veo dirigirse hacia nosotros no me parecen personas,
ni sé lo que es; pues se desvanece a mi vista.
Me contestó:
--La abrumadora condición de sus tormentos les hace inclinarse de tal
modo hacia el suelo, que aun mis ojos dudaron al principio; pero mira
allí fijamente, descubre con tu vista lo que viene debajo de aquellas
peñas, y podrás juzgar cuál es el tormento de cada uno de ellos.
¡Oh cristianos soberbios, miserables y débiles, que enfermos de la
vista del entendimiento, os fiáis en vuestros pasos retrógrados! ¿No
observáis que somos gusanos nacidos para formar la angelical mariposa,
que dirige su vuelo sin impedimento hacia la justicia de Dios? ¿Por
qué se engríe soberbio vuestro ánimo, cuando sólo sois defectuosos
insectos, como crisálidas que no llegan a desarrollarse? Así como,
para sostener un piso o un techo, se ve a veces por ménsula una figura
cuyas rodillas se doblan hasta el pecho, la cual, con ser fingido su
esfuerzo, produce verdadera aflicción en quien la mira, del mismo modo
vi yo a aquellas almas cuando las examiné con cuidado. Es cierto que
estaban más o menos contraídas, según era mayor o menor el peso que
soportaban; pero aun la que más paciente y aliviada se mostraba en sus
movimientos parecía decir llorando: "No puedo más."
[Ilustración]
-CANTO UNDECIMO-
"¡Oh padre nuestro, que estás en los cielos, aunque no circunscrito a
ellos, sino por el mayor amor que arriba sientes hacia los primeros
efectos! Alabados sean tu nombre y tu poder por las criaturas, así como
se deben dar gracias a las dulces emanaciones de tu bondad. Venga a nos
la paz de tu reino, a la que no podemos llegar por nosotros mismos,
a pesar de toda nuestra inteligencia, si ella no se dirige hacia
nosotros. Así como los ángeles te sacrifican su voluntad entonando
Hosanna, deben sacrificarte la suya los hombres. Danos hoy el pan
cuotidiano, sin el cual retrocede por este áspero desierto aquel que
más se afana por avanzar. Y así como nosotros perdonamos a cada cual
el mal que nos ha hecho padecer, perdónanos tú benigno, sin mirar a
nuestros méritos. No pongas a prueba nuestra virtud, que tan fácilmente
se abate, contra el antiguo adversario, sino líbranos de él, que la
instiga de tantos modos. No hacemos, ¡oh Señor amado!, esta última
súplica por nosotros, pues ya no tenemos necesidad de ella, sino por
los que tras de nosotros quedan."
De esta suerte, pidiendo para ellas y para nosotros un feliz viaje,
iban aquellas almas soportando su carga, semejante a la que a veces
cree uno llevar cuando sueña. Desigualmente cargadas y desfallecidas
caminaban alrededor del primer círculo, a fin de purificarse de las
vanidades del mundo. Si desde allí siempre se ruega por nosotros, ¿qué
no podrán decir y hacer por ellas desde aquí los que a su voluntad
reúnen la gracia divina? Es preciso ayudarles a lavarse las manchas que
del mundo llevaron, para que puedan llegar, limpias y ágiles, hasta las
estrelladas esferas.
--¡Ah! Que la justicia y la piedad os alivien pronto de vuestro peso,
de modo que podáis desplegar las alas y elevaros según vuestro deseo:
mostradnos por qué lado se va más pronto hacia la escala; y si hay más
de un camino, enseñadnos cuál es el menos pendiente, pues este que
viene conmigo es muy tardo en subir, a causa de la carne de Adán de que
va revestido.
No pudimos averiguar de quién procedían las palabras que respondieron a
éstas que había proferido aquel a quien yo seguía; pero contestaron:
--Venid con nosotros, a mano derecha, por la orilla, y encontraréis un
sendero por donde puede subir una persona viva. Y si no me lo impidiera
este peñasco, que doma mi soberbia cerviz, y me obliga a llevar la
cabeza baja, miraría a ese que vive aún y no se nombra, para ver si le
conozco, y para excitar su piedad por mi suplicio. Yo fuí latino e hijo
de un gran toscano: mi padre fué Guillermo Aldobrandeschi; no sé si
habréis oído alguna vez su nombre. La antigua nobleza y las brillantes
acciones de mis antepasados me hicieron tan arrogante, que no pensando
en nuestra madre común, tuve tanto desprecio hacia los demás hombres,
que este desprecio causó mi muerte, como saben los sieneses, y como
sabe en Campagnatico todo el que habla. Yo soy Umberto; y no es a mí
solo a quien ha perjudicado el orgullo, sino que también ha acarreado
la desgracia de todos mis parientes. Por mis pecados me veo en la
precisión de soportar aquí este peso, hasta dejar a Dios satisfecho: ya
que no lo hice entre los vivos, debo hacerlo entre los muertos.
Al oirle, bajé la cabeza; y uno de ellos, que no era el que hablaba,
se volvió bajo el peso que lo agobiaba: me vió, conocióme, y me llamó,
teniendo los ojos fijos con gran trabajo en mí, que caminaba inclinado
junto a ellos.
--¡Oh!--le dije--; ¿no eres tú Oderisi, honor de Agobbio y de aquel
arte que llaman de iluminar en París?
--Hermano--me dijo--: más agradan los dibujos que ilumina Francisco
Bolognese: ahora todo el honor es suyo, si bien yo participo de él.
No hubiera yo sido en vida tan generoso, a causa del gran deseo de
sobresalir en mi arte que dominaba mi corazón. De tal soberbia aquí
se paga la pena; y estoy aquí, gracias a que, cuando aún podía pecar,
volví mi alma a Dios. ¡Oh vanagloria del ingenio humano! ¡Cuán poco
dura tu lozano verdor, cuando no alcanza épocas de ignorancia! Creía
Cimabue ser árbitro en el campo de la pintura, y ahora es Giotto al
que se aclama, de modo que ha quedado obscurecida la fama de aquél:
de igual suerte un Guido ha despojado a otro de la gloria de la
lengua[59], y acaso ha nacido ya quien arroje a los dos de su nido.
El rumor del mundo no es más que un soplo, que tan pronto viene de un
lado, como de otro, y cambia de nombres por lo mismo que cambia de
sitios. ¡Qué mayor fama será la tuya de aquí a mil años, separando
de ti tu cuerpo envejecido, que si hubieses muerto antes de dejar el
"pappo" y el "dindi"[60]? Ese espacio de tiempo, comparado con la
eternidad, es mucho más corto que un abrir y cerrar de ojos respecto
al círculo que más lentamente se mueva en el cielo. En toda la
Toscana resonó el nombre del que camina paso a paso delante de mí; y
ahora apenas se le menciona en Siena, de donde era Señor cuando fué
destruída la ira florentina, que en aquel tiempo era tan altanera, como
prostituta es ahora. Vuestra fama es semejante al color de la hierba,
que viene y va; y el que la decolora es el mismo que hace brotar sus
tiernos tallos.
[59] Guido Guinicelli, poeta de Bolonia, y Guido Cavalcanti,
otro célebre poeta florentino, hijo de Cavalcante: éste hizo
olvidar la fama del primero; murió en 1301.
[60] Voces con las que designaban los niños al pan y al
dinero. Quiere decir: Al cabo de mil años, que son nada
comparados con la eternidad, tu fama no será mayor si mueres
viejo, que si hubieses muerto en la infancia.
Le contesté:
--Tus verídicas palabras infunden en mi corazón una buena humildad, y
abaten mi hinchazón; pero ¿quién es ese del cual hablabas ahora?
--Es--me respondió--Provenzano Salvani--; está aquí, porque tuvo la
presunción de reunir en su mano todo el gobierno de Siena. Ha marchado
y continúa marchando sin reposo desde que murió; pues en tal moneda
paga quien allá se ha mostrado demasiado audaz.
Le repliqué:
--Si un espíritu que, para arrepentirse, aguarda llegar al límite de
la vida, permanece en la parte inferior de la montaña, y a no ser
que le ayude una ferviente oración, no sube a este sitio hasta haber
transcurrido un espacio de tiempo igual al que vivió, ¿cómo es que se
le ha permitido a ése venir aquí?
--Cuando vivía en medio de su mayor gloria--dijo--, se presentó en
la plaza de Siena deponiendo toda vanidad, y allí, para librar a un
amigo suyo[61] del cautiverio que sufría en la prisión de Carlos, se
portó de modo que temblaban todas sus venas. No te diré más: sé que te
hablo en términos obscuros; pero no transcurrirá mucho tiempo sin que
tus conciudadanos obren de modo que te permitirán penetrar el sentido
de mis palabras. Esta acción le ha valido traspasar los límites del
Purgatorio.
[61] Para librar a un amigo suyo, un tal Vigna, que sólo
mediante la suma de diez mil florines de oro podía salir de la
cárcel, donde lo tenía Carlos I, rey de Pulla, se presentó en
la plaza de Siena a pedir limosna, tembloroso y angustiado.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO DUODECIMO-
Unidos, como bueyes bajo el yugo, íbamos aquella alma cargada y yo,
mientras lo permitió mi amado pedagogo; pero cuando dijo: "Déjale, y
sigue, que aquí conviene que cada cual dé cuanto impulso pueda a su
barca con la vela y con los remos," erguí mi cuerpo como debe andar
el hombre, por más que mis pensamientos continuaran siendo humildes y
sencillos. Ya estaba yo en marcha, siguiendo gustoso los pasos de mi
Maestro, y ambos hacíamos alarde de nuestra agilidad, cuando él me dijo:
--Mira hacia abajo; pues para que sea menos penoso el camino, te
convendrá ver el suelo en que se asientan tus plantas.
Del modo que las sepulturas tienen esculpido en signos emblemáticos lo
que fueron los muertos enterrados en ellas, para perpetuar su memoria,
por lo cual muchas veces arranca lágrimas allí el aguijón del recuerdo,
que sólo punza a las almas piadosas, de igual suerte, pero con más
propiedad y perfecto artificio, vi yo cubierto de figuras todo el plano
de aquella vía que avanza fuera del monte. Veía, por una parte, a aquel
que fué creado más noble que las demás criaturas, cayendo desde el
cielo como un rayo[62]. Veía en otro lado a Briareo, herido por el
dardo celestial, yaciendo en el suelo y oprimiéndolo con el peso de
su helado cuerpo. Veía a Timbreo[63], a Palas y a Marte, armados aún
y en derredor de su padre, contemplando los esparcidos miembros de
los Gigantes. Veía a Nemrod al pie de su gran obra, mirando con ojos
extraviados a los que fueron en Senaar soberbios como él. ¡Oh Níobe,
con cuán desolados ojos te veía representada en el camino entre tus
siete y siete hijos exánimes! ¡Oh Saúl, cómo te me aparecías allí,
atravesado con tu propia espada y muerto en Gelboé, que desde entonces
no volvió a recibir la lluvia ni el rocío! Con igual evidencia te veía,
¡oh loca Aracnea!, ya medio convertida en araña, y triste sobre los
rotos pedazos de la obra que labraste por desgracia tuya. ¡Oh Roboam!
Allí no estabas ya representado con aspecto amenazador, sino lleno de
espanto y conducido en un carro, huyendo antes que otros te expulsasen
de tu reino. Mostrábase además en aquel duro pavimento de qué modo
Alcmeón hizo pagar caro a su madre el desastroso adorno; cómo los hijos
de Sennaquerib se arrojaron sobre su padre dentro del templo, dejándole
allí muerto; la destrucción y el cruel estrago que hizo Tamiris, cuando
dijo a Ciro: "Tuviste sed de sangre; pues bien, yo te harto de ella;"
y la derrota de los asirios, después de la muerte de Holofernes, y el
destrozo de sus restos fugitivos. Veíase a Troya convertida en cenizas
y en ruinas. ¡Oh Ilión!, ¡cuán abatida y despreciable te representaba
la escultura que allí se distinguía! ¿Quién fué el maestro, cuyo pincel
o buril trazó tales sombras y actitudes, que causarían admiración al
más agudo ingenio? Allí los muertos parecían muertos, y los vivos
realmente vivos. El que presenció los hechos no vió mejor que yo la
verdad de cuanto fuí pisando mientras anduve inclinado. Así, pues,
hijos de Eva, ensoberbeceos; marchad con la mirada altiva, y no
inclinéis el rostro de modo que podáis ver el mal sendero.
[62] Luzbel.
[63] Apolo.
Habíamos dado ya una gran vuelta por el monte, y el Sol estaba mucho
más adelantado en su camino de lo que nuestro absorto espíritu creyera,
cuando aquel que siempre andaba cuidadoso, empezó a decir:
--Levanta la cabeza: no es tiempo de ir tan pensativo. He allí un
ángel, que se prepara a venir hacia nosotros, y ve también que se
retira del servicio del día la sexta esclava. Reviste de reverencia tu
rostro y tu actitud, a fin de que le plazca conducirnos más arriba:
piensa en que este día no volverá jamás a lucir.
Estaba yo tan acostumbrado por sus amonestaciones a no desperdiciar el
tiempo, que su lenguaje, con respecto a este punto, no podía parecerme
obscuro. La hermosa criatura venía en nuestra dirección, vestida de
blanco, y centelleando su rostro como la estrella matutina. Abrió los
brazos y después las alas, diciendo:
--Venid; cerca de aquí están las gradas, y puede subirse fácilmente por
ellas. ¡Qué pocos acuden a esta invitación! ¡Oh raza humana, nacida
para remontar el vuelo!, ¿por qué el menor soplo de viento te hace caer?
Nos condujo hacia donde la roca estaba cortada; y allí agitó sus alas
sobre mi frente, permitiéndome luego seguir con seguridad mi camino.
Así como, para subir al monte donde está la iglesia que, a mano derecha
y más arriba del Rubaconte, domina a la bien gobernada ciudad[64], se
modera la rápida pendiente por medio de las escaleras hechas en otro
tiempo, cuando estaban seguros los registros y las marcas oficiales,
así también aquí, de un modo semejante, se templa la aspereza de la
escarpada cuesta que desciende casi a plomo desde el otro círculo; pero
es preciso pasar rasando por ambos lados con las altas rocas. Mientras
nos internábamos en aquella angostura, oímos voces que cantaban "Beati
pauperes spiritu," de tal manera, que no podía expresarse con palabras.
¡Ah! ¡Cuán diferentes de los del Infierno son estos desfiladeros! Aquí
se entra oyendo cánticos, y allá horribles lamentos. Subíamos ya por la
escalera santa, y me parecía ir más ligero por ella, que antes iba por
el camino llano; lo que me obligó a exclamar:
--Maestro, dime: ¿de qué peso me han aliviado, pues ando sin sentir
apenas cansancio alguno?
[64] Florencia.
Respondióme:
--Cuando las P, que aún quedan en tu frente casi borradas, hayan
desaparecido enteramente, como una de ellas, tus pies obedecerán tan
sumisos a tu voluntad, que lejos de sentir el menor cansancio, tendrán
un placer en moverse.
Al oír esto, hice como los que llevan algo en la cabeza y no lo saben,
pero lo sospechan por los ademanes de otros; que procuran acertarlo con
ayuda de la mano, la cual busca y encuentra, y desempeña el oficio que
no es posible encomendar a la vista: extendiendo los dedos de la mano
derecha, sólo encontré seis de las letras que el Angel de las llaves
había grabado en mi frente; y al ver lo que yo hacía, se sonrió mi
Maestro.
[Ilustración]
-CANTO DECIMO TERCIO-
Habíamos llegado a lo alto de la escala, donde por segunda vez se
adelgaza la montaña destinada a la purificación de los que suben por
ella. También allí la ciñe en derredor un rellano como el primero, sólo
que el arco de su circunferencia se repliega más pronto: en él no hay
esculturas ni nada parecido, y así el ribazo interior, como el camino
presentan al desnudo el color lívido de la piedra.
--Si esperamos aquí a alguien para preguntarle hacia qué lado hemos de
seguir--decía el Poeta--, temo que tardaremos mucho en decidirnos.
Dirigió luego la vista fijamente hacia el Sol; afirmó en el pie derecho
el centro de rotación, e hizo girar su costado izquierdo.
--¡Oh dulce luz, en quien confío al entrar por el nuevo camino!
Condúcenos--decía--como conviene ser conducido por este lugar. Tú das
calor al mundo, tú le iluminas: tus rayos, pues, deben servir siempre
de guía, a menos que otra razón disponga lo contrario.
Ya habíamos recorrido en poco tiempo y merced a nuestra activa
voluntad, un trayecto como el que acá se cuenta por una milla, cuando
sentimos volar hacia nosotros, pero sin verlos, algunos espíritus que,
hablando, invitaban cortésmente a tomar asiento en la mesa de amor. La
primera voz que pasó volando decía distintamente: "Vinum non habent!"
y se alejó, repitiéndolo por detrás de nosotros. Antes que dejara de
percibirse enteramente a causa de la distancia, pasó otra gritando: "Yo
soy Orestes;" y tampoco se detuvo.
--¡Oh Padre!--dije yo--; ¿qué voces son esas?
Y mientras esto preguntaba, oímos una tercera que decía: "Amad a los
que os han hecho daño." El buen Maestro me contestó:
--En este círculo se castiga la culpa de la envidia; pero las cuerdas
del azote son movidas por el amor. El freno de ese pecado debe producir
diferente sonido; y creo que lo oirás, según me parece, antes de que
llegues al paso del perdón. Pero fija bien tus miradas a través del
aire, y verás algunas almas sentadas delante de nosotros, apoyándose
todas a lo largo de la roca.
Entonces abrí los ojos más que antes; miré hacia delante, y vi sombras
con mantos, cuyo color no era diferente del de la piedra. Y luego que
hubimos avanzado algo más, oí exclamar: "¡María, ruega por nosotros!"
"¡Miguel, y Pedro, y todos los santos, rogad!" No creo que hoy exista
en la Tierra un hombre tan duro, que no se sintiese movido de compasión
hacia lo que vi en seguida; pues cuando llegué junto a las almas, y
pude observar sus actos claramente, brotó de mis ojos un gran dolor.
Me parecían cubiertas de vil cilicio; cada cual sostenía a otra con la
espalda, y todas lo estaban a su vez por la roca, como los ciegos, a
quienes falta la subsistencia, se colocan en los Perdones, y solicitan
el socorro de sus necesidades, apoyando cada uno su cabeza sobre la
del otro, para excitar más pronto la compasión, no por medio de sus
palabras, sino con su aspecto que no contrista menos. Y del mismo modo
que el sol no llega hasta los ciegos, así también la luz del Cielo no
quiere mostrarse a las sombras de que hablo; pues todas tienen sus
párpados atravesados y cosidos por un alambre, como se hace con los
gavilanes salvajes para domesticarlos.
Mientras iba andando, me parecía inferir una ofensa, viendo a otros sin
ser visto de ellos; por lo cual me volví hacia mi prudente Consejero.
Bien sabía él lo que quería significar mi silencio; así es que no
esperó mi pregunta, sino que me dijo:
--Habla, y sé breve y sensato.
Virgilio caminaba a mi lado por aquella parte de la calzada desde donde
se podía caer, pues no estaba resguardada por ningún pretil: hacia mi
otro lado estaban las devotas sombras, las cuales lanzaban con tanta
fuerza las lágrimas a través de su horrible costura, que bañaban con
ellas sus mejillas. Me dirigí a ellas y les dije:
--¡Oh gente segura de ver la más alta luz del cielo, único fin a que
aspira vuestro deseo! Así la gracia disipe pronto las impurezas de
vuestra conciencia, de tal suerte que descienda por ella puro y claro
el río de vuestra mente, decidme (que me será muy dulce y grato) si
entre vosotras hay algún alma que sea latina, a quien quizá podrá serle
útil que yo la conozca.
--¡Oh hermano mío!, todas nosotras somos ciudadanas de una verdadera
ciudad; pero tú querrás decir si hay alguna que haya peregrinado en
vida por Italia.
Estas palabras creí percibir en respuesta a las mías, algo más
adelante del sitio en que me encontraba; por lo cual me hice oír de
nuevo más allá. Entre las demás sombras vi una que parecía estar a la
expectativa; y si alguien pregunta cómo podía insinuarse, le diré que
levantando en alto la barba, como hacen los ciegos.
--Espíritu--le dije--, que te abates para subir, si eres aquel que me
ha respondido, dame cuenta de tu país y de tu nombre.
--Yo fuí sienesa--respondió--, y estoy aquí con estos otros purificando
mi vida culpable, y suplicando con lágrimas a Aquél que debe
concedérsenos. No fuí sabia, por más que me llamaran "Sapía," y me
alegraron más los males ajenos que mis propias venturas. Y porque no
creas que te engaño, oye si fuí tan necia como te digo. Descendía ya
por la pendiente de mis años, cuando mis conciudadanos se encontraron
cerca de Colle a la vista de sus adversarios, y yo rogaba a Dios lo
mismo que El quería. Fueron destrozados, y reducidos en aquel sitio
al paso amargo de la fuga; y al ver aquella caza, tuve tal contento,
que ningún otro puede igualársele. Mientras tanto elevaba al cielo mi
atrevida faz gritando a Dios: "Ahora ya no te temo," como hizo el mirlo
engañado en invierno por algunos días apacibles. Hacia el fin de mi
vida quise reconciliarme con Dios; y aún no habría comenzado a pagar mi
deuda por medio de la penitencia, si no fuera porque me tuvo presente
en sus santas oraciones Pedro Pettinagno, que se apiadó de mí, movido
de su caridad. Pero ¿quién eres tú, que vas informándote de esa suerte
de nuestra condición, con los ojos libres, según creo, y que hablas
respirando?
--También estarán mis ojos cosidos aquí--le dije--, pero por poco
tiempo; pues el delito que cometí mirando con ellos envidiosamente ha
sido pequeño. Mucho más miedo infunde a mi alma el castigo de abajo;
pues ya siento gravitar sobre mí el peso de que van cargados los que
allí están.
Ella me preguntó:
--¿Quién te ha conducido, pues, aquí arriba entre nosotros, si crees
volver abajo?
Contestéle:
--Ese que está conmigo y no pronuncia una palabra. Vivo estoy; por lo
cual dime, espíritu elegido, si quieres que allá mueva en tu favor aún
los pies mortales.
--¡Oh!, eso sí que es una cosa nunca oída--repuso--, y una gran señal
de que Dios te ama: ruégote, por tanto, que me auxilies con tus
oraciones; y te suplico por aquello que más desees, que si vuelves a
pisar la tierra de Toscana, me pongas en buen lugar con mis parientes.
Los verás entre aquella gente vana, que confía en Talamone; y esa
esperanza, más descabellada que la de encontrar la Diana, los perderá;
pero los almirantes perderán más aún.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO DECIMOCUARTO-
¿Quién es ese que gira en torno de nuestro monte, antes de que la
muerte le haya hecho emprender su vuelo, y abre y cierra los ojos según
su voluntad?
--Ignoro quién sea; pero sé que no va solo: pregúntale tú que estás más
próximo a él, y acógele con dulzura, de modo que le hagas hablar.
Así razonaban a mi derecha dos espíritus, apoyado uno contra otro:
después levantaron la cabeza para dirigirme la palabra, y dijo uno de
ellos:
--¡Oh alma que, encerrada aún en tu cuerpo, te encaminas hacia el
Cielo! Consuélanos por caridad, y dinos de dónde vienes y quién eres;
pues la gracia que de Dios has recibido nos causa el asombro que
produce una cosa que no ha existido jamás.
Yo les contesté:
--Por en medio de la Toscana serpentea un riachuelo, que nace en
Falterona, y al que no le bastan cien millas de curso: a orillas de
este río he recibido mi persona: deciros quién soy yo, sería hablar en
vano, porque mi nombre aún no es muy conocido.
--Si he penetrado bien tu entendimiento con el mío--me respondió el
que me había preguntado--, hablas del Arno.
Y el otro le dijo:
--¿Por qué oculta el nombre de aquel río, como se hace con una cosa
horrible?
Y la sombra a quien le preguntaban esto respondió como debía:
--No lo sé; pero es muy digno de desaparecer el nombre de tal valle;
porque desde su origen (donde la alpestre cordillera de que está
desprendido el Peloro es tan copiosa de aguas, que en pocos sitios lo
será más) hasta el punto en que restituye lo que el cielo ha sacado
del mar, a quien deben los ríos el caudal que va con ellos, todos
sus pobladores, enemistados con la virtud, la persiguen como a una
serpiente, ya sea por desventura del país, o ya por una mala costumbre
que los arrastra; por lo cual tienen los habitantes de aquel mísero
valle tan pervertida su naturaleza, que parece que Circe los haya
apacentado. Aquel río lleva primero su débil curso por entre sucios
puercos, más dignos de bellotas que de otro alimento condimentado para
uso de los hombres. Llegando abajo, encuentra viles gozquecillos, más
rabiosos de lo que permite su fuerza, y a quienes tuerce con desdén el
hocico. Va descendiendo, y cuanto más acrecienta su caudal, tanto más
encuentra los perros convertidos en lobos la maldecida y desdichada
fosa: bajando luego por entre profundas gargantas, tropieza con las
engañosas zorras, que no temen lazo que pueda cogerlas. No he de dejar
de decirlo, aunque haya quien me oiga; y le convendrá a ése, con tal
que se acuerde de lo que un espíritu de verdad me revela. Veo a tu
sobrino, que se convierte en cazador cruel de aquellos lobos sobre
la orilla del feroz río, y a todos los atemoriza. Vende por dinero
su carne, aun estando viva: después los mata como si fuesen bueyes
viejos, y quita a muchos la vida y a sí mismo el honor. Ensangrentado
sale de la triste selva, dejándola de tal modo, que de aquí a mil años
no volverá a su estado primitivo[65].
[65] En los puercos, perros, lobos y zorras de que habla
en este párrafo ha simbolizado Dante respectivamente a los
casentinos, aretinos, güelfos florentinos y pisanos. El
cazador a que se alude es Fulcieri da Calboli, que, siendo
en 1302 potestad de Florencia, fué inducido por los Negros
a perseguir a los Blancos, a muchos de los cuales puso por
dinero en manos de sus enemigos.
Como al anuncio de futuros males se turba el rostro del que lo escucha,
venga de donde quiera el peligro que le amenace, así vi yo turbarse y
entristecerse a la otra alma, que estaba vuelta escuchando, apenas hubo
recapacitado aquellas palabras. El lenguaje de la una y el rostro de
la otra excitaban en mí el deseo de saber sus nombres: híceles entre
ruegos esta pregunta; por lo cual, el espíritu que antes me había
hablado repuso:
--Quieres que yo condescienda en hacer por ti lo que tú no quieres
hacer por mí; pero pues Dios permite que se trasluzca tanto su gracia
en ti, no dejaré de satisfacer tus deseos. Sabe, pues, que yo soy Guido
del Duca: de tal modo abrasó la envidia mi sangre, que cuando veía
un hombre feliz, hubieras podido contemplar la lividez de mi rostro.
Por eso ahora siego la mies de mi simiente.--¡Oh raza humana!, ¿por
qué pones tu corazón en lo que requiere una posesión exclusiva? Este
es Rinieri, honra y prez de la casa de Calboli, la cual no ha tenido
después ningún heredero de sus virtudes. Y no es sólo su descendencia
la que, entre el Po y los montes, el mar y el Reno, se encuentra hoy
despojada de los bienes que entrañan la verdad y subliman el ánimo;
pues dentro de esos límites todo el terreno está cubierto de plantas
venenosas, de tal modo que tarde podrá volvérsele a meter en cultivo.
¿Dónde está el buen Licio y Enrique Manardi, Pedro Traversaro y
Guido de Carpigna? ¡Oh, romañoles, raza bastardeada! ¿Cuándo nacerá
en Bolonia un nuevo Fabbro? ¿Cuándo en Faenza echará raíces otro
Bernardino de Fosco, hermoso tronco salido de una insignificante
semilla? No te asombres, Toscano, si ves que lloro al recordar a Guido
de Prata, y a Ugolino de Azzo, que vivió entre nosotros; a Federico
Tignoso y a todos los suyos; a la familia Traversara y los Anastagi,
casas ambas que están hoy desheredadas de la virtud de sus mayores: no
te asombre mi duelo al recordar las damas y los caballeros, los afanes
y agasajos que inspiraban amor y cortesía, allí donde han llegado a ser
tan depravados los corazones. ¡Oh Brettinoro! ¿por qué no desapareciste
cuando tu antigua familia y muchos de tus habitantes huyeron por no
ser culpables? Bien hace Bagnacaval en no reproducirse; y por el
contrario, hace mal Castrocaro y peor Conio, que se empeña en procrear
tales condes. Los Pagani se portarán bien cuando huya el Demonio; pero
no tanto que consigan dejar de sí un recuerdo puro. ¡Oh Ugolino de
Fantoli!, tu nombre está bien seguro; pues no es de esperar que haya
quien, degenerando, pueda obscurecerlo. Pero déjame, ¡oh Toscano!; que
ahora me son más gratas las lágrimas que las palabras: tanto es lo que
me ha oprimido la mente nuestra conversación.
Sabíamos que aquellas almas queridas nos oían andar; y pues que
callaban, debíamos estar seguros del camino que seguíamos. Luego que
andando nos encontramos solos, llegó directamente a nosotros una
voz, que hendió el aire como un rayo, diciendo: "El que me encuentre
debe darme la muerte;" y huyó como el trueno que se aleja, cuando
de pronto se desgarra la nube. Apenas cesamos de oirla, percibimos
otra, la cual retumbó con gran estrépito, semejante al trueno que
sigue inmediatamente al relámpago: "Yo soy Aglauro, que me convertí en
piedra." Entonces, para unirme más al Poeta, dí un paso hacia atrás y
no hacia adelante. Ya se había calmado el aire por todas partes, cuando
él me dijo:
--Aquel fué el duro freno que debería contener al hombre en sus
límites; pero mordéis tan fácilmente el cebo, que os atrae con su
anzuelo el antiguo adversario, sirviendoos de poco el freno o el
reclamo. El cielo os llama y gira en torno vuestro mostrándoos sus
eternas bellezas, y sin embargo, vuestras miradas se dirijen hacia la
Tierra; por lo cual os castiga Aquél que lo ve todo.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO DECIMOQUINTO-
Caminando ya el Sol hacia la noche, parecía quedarle por recorrer
tanto espacio como el que media entre el principio del día y el punto
donde aquel señala el término de la hora de tercia en la esfera, que,
cual niño inquieto, se mueve continuamente: allí era ya la tarde, y
aquí media noche. Los rayos solares nos herían de lleno en el rostro,
porque habíamos dado tal vuelta en derredor de la montaña, que
íbamos directamente hacia el Ocaso; cuando sentí que el resplandor
deslumbraba mis ojos mucho más que antes; y siéndome desconocida la
causa, me quedé estupefacto: levanté las manos, y me formé con ellas
una sombrilla encima de las cejas, que es el preservativo contra el
exceso de luz. Como cuando en el agua o en un espejo rebota el rayo
luminoso, elevándose al lado opuesto de idéntica manera que desciende,
y desviándose por ambas partes a igual distancia de la caída de la
piedra, según demuestran la experiencia y el arte, así me pareció ser
herido por una luz que delante de mí se reflejaba; por lo cual aparté
de ella presurosamente los ojos.
--¿Qué es aquello, amado Padre, de que no puedo, por más que haga,
resguardar mi vista--dije--, y que parece venir hacia nosotros?
--No te asombres si la familia del Cielo te deslumbra todavía--me
respondió--: es un mensajero que viene a invitar a un hombre a que
suba. En breve, no sólo podrás contemplar estas cosas sin molestia,
sino que te serán tanto más deleitables, cuanto más dispuesta se halle
tu naturaleza a sentirlas.
Luego que llegamos cerca del Angel bendito, con agradable voz nos dijo:
"Entrad por aquí a una escalera, que es menos empinada que las otras."
Subíamos ya, dejando en pos de nosotros aquel círculo, cuando oímos
cantar a nuestra espalda: "Beati misericordes" y "Regocíjate tú que
vences." Mi maestro y yo ascendíamos solos, y yo pensaba entretanto
sacar provecho de sus palabras; por lo que, dirigiéndome a él, le
pregunté:
--¿Qué quiso decir el espíritu de la Romanía al hablar de lo que
requiere una posesión exclusiva?
Respondióme:
--Ahora conoce el daño que causa su principal pecado: así, pues, no
debes admirarte si le condena, a fin de que haya menos que llorar
por él; porque si vuestros deseos se cifran en bienes que puedan
disminuirse dando a otros participación en ellos, la envidia excita
vuestros pulmones a suspirar; pero si el amor de la suprema esfera
dirigiese hacia el Cielo vuestros deseos, no abrigaríais tal temor en
vuestro corazón; pues cuanto más se dice allí "lo nuestro," tanto mayor
es el bien que posee cada cual, y mayor caridad arde en aquel recinto.
--Menos contento estoy que si me hubiese callado--dije--; y ahora
ofuscan más dudas mi mente. ¿Cómo puede ser que un bien distribuído
entre muchos haga más ricos a sus poseedores, que poseyéndolo unos
pocos?
A lo que me contestó:
--Por fijar siempre tu pensamiento en las cosas terrenales deduces
obscuridad y error de las claras verdades que te demuestro. Aquel bien
infinito e inefable que está arriba, se lanza hacia el amor, como un
rayo de luz a un cuerpo fúlgido, comunicándose tanto más cuanto mayor
es el ardor que encuentra; de modo que la eterna virtud crece sobre la
caridad a medida que ésta se aumenta; por lo cual, cuanto mayor número
de almas se dirigen a él, tanto más amor hay allá arriba, y más allí se
ama, reflejándose este amor de una a otra alma como la luz entre dos
espejos. Si no te satisfacen mis razones, ya verás a Beatriz, y ella
acallará por completo ese deseo y cualquier otro que tengas. Avanza,
pues, para que pronto desaparezcan, como ya han desaparecido dos, esas
cinco señales, que sólo se borran por medio de lágrimas.
Cuando iba a decir: "Me has dejado satisfecho," observé que habíamos
llegado al otro círculo; por lo cual, ocupado en pasear por él
mis anhelantes miradas, guardé silencio. Allí me pareció que era
súbitamente arrebatado en éxtasis, y que veía un templo con muchas
personas, y una mujer a la entrada exclamando, en la dulce actitud de
una madre: "Hijo mío, ¿por qué has obrado así con nosotros? Tu Padre
y yo te buscábamos angustiados." Cuando se calló, desapareció lo que
antes se me había aparecido. Después se ofreció a mi vista otra, por
cuyas mejillas se deslizaba aquel agua que destila el dolor, cuando
procede de un gran despecho contra otro; ésta decía: "Si eres señor de
la ciudad cuyo nombre originó tanta contienda entre los dioses, y en
la que toda ciencia destella[66], véngate de los atrevidos brazos que
abrazaron a nuestra hija, ¡oh Pisístrato!" Y este señor bondadoso y
clemente le respondía con rostro sereno: "¿Qué haremos con el que nos
quiere mal, si condenamos al que nos ama?" Después vi a varios hombres
abrasados por la ira, matando a pedradas a un joven[67], y diciéndose
a grandes gritos unos a otros: "¡Martirízale, martirízale!" Y le
contemplaba encorvado hacia el suelo bajo el peso de la muerte que ya
le derribaba; pero haciendo de sus ojos puertas para llegar al cielo,
y rogando al Señor en medio de tal martirio y con aquel aspecto que
excita a la piedad, que perdonase a sus perseguidores. Cuando mi alma
volvió de fuera a las cosas que fuera de ella son verdaderas, reconocí
mis errores que, sin embargo, no eran falsos. Mi Guía, que me veía
hacer lo que un hombre que sale de un sueño, me dijo:
--¿Qué tienes, que no puedes sostenerte? Has andado más de media legua
con los ojos cerrados y con paso vacilante, como el que está dominado
por el vino o por el sueño.
[66] El protomártir San Esteban.
[67] Atenas, por cuyo nombre trabaron gran contienda Neptuno y
Minerva.
--¡Oh amado Padre mío!--dije yo--; si me prestas atención, te diré lo
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