y se retiró hacia nuestro hemisferio; y quizá también huyendo de él,
dejó aquí este vacío la que aparece por acá formando un elevado monte.
Hay allá abajo una cavidad que se aleja tanto de Lucifer cuanta es la
extensión de su tumba; cavidad que no puede reconocerse por la vista,
sino por el rumor de un arroyuelo, que desciende por el cauce de un
peñasco que ha perforado con su curso sinuoso y poco pendiente. Mi Guía
y yo entramos en aquel camino oculto, para volver al mundo luminoso;
y sin concedernos el menor descanso, subimos, él delante y yo detrás,
hasta que pude ver por una abertura redonda las bellezas que contiene
el Cielo, y por allí salimos para volver a ver las estrellas.
[Ilustración]
-PURGATORIO-
[Ilustración]
-CANTO PRIMERO-
Ahora la navecilla de mi ingenio, que deja en pos de sí un mar
tan cruel, desplegará las velas para navegar por mejores aguas; y
cantaré aquel segundo reino, donde se purifica el espíritu humano,
y se hace digno de subir al Cielo. Resucite aquí, pues, la muerta
poseía, ¡oh santas Musas!, pues que soy vuestro; y realce Calíope mi
canto, acompañándolo con aquella voz que produjo tal efecto en las
desgraciadas Urracas, que desesperaron de alcanzar su perdón.[46]
[46] Las nueve hijas de Piero, rey de Pella en Macedonia,
que habiendo desafiado a las Musas, fueron vencidas y
transformadas en urracas. Las mismas Musas son llamadas
Piérides.
Un suave color de zafiro oriental, contenido en el sereno aspecto del
aire puro hasta el primer cielo, reapareció delicioso a mi vista en
cuanto salí de la atmósfera muerta, que me había contristado los ojos
y el corazón. El bello planeta que convida a amar hacía sonreír todo
el Oriente, desvaneciendo al signo de Piscis, que seguía en pos de él.
Me volví a la derecha, y dirigiendo mi espíritu hacia el otro polo,
distinguí cuatro estrellas únicamente vistas por los primeros humanos.
El cielo parecía gozar con sus resplandores. ¡Oh Septentrión, sitio
verdaderamente viudo, pues que te ves privado de admirarlas! Cuando
cesé en su contemplación, volvíme un tanto hacia el otro polo, de donde
el Carro había desaparecido, y vi cerca de mí un anciano solo, y digno,
por su aspecto, de tanta veneración, que un padre no puede inspirarla
mayor a su hijo. Llevaba una larga barba, canosa como sus cabellos,
que le caía hasta el pecho, dividida en dos mechones. Los rayos de las
cuatro luces santas rodeaban de tal resplandor su rostro, que lo veía
como si hubiese tenido el Sol ante mis ojos.
--¿Quiénes sois vosotros que, contra el curso del tenebroso río,
habéis huído de la prisión eterna?--dijo el anciano, agitando su barba
venerable--. ¿Quién os ha guiado, o quién os ha servido de antorcha
para salir de la profunda noche, que hace sea continuamente negro el
valle infernal? ¿Así se han quebrantado las leyes del abismo? ¿O se ha
dado quizás en el Cielo un nuevo decreto, que os permite, a pesar de
estar condenados, venir a mis grutas?
Entonces mi Guía me indicó, por medio de sus palabras, de sus gestos
y sus miradas, que debía mostrarme respetuoso, doblar la rodilla e
inclinar la vista. Después le respondió:
--No vine por mi deliberación, sino porque una mujer, descendida del
cielo, me ha rogado que acompañe y ayude a éste. Pero ya que es tu
voluntad que te expliquemos más ampliamente cuál sea nuestra verdadera
condición, la mía no puede rehusarte nada. Este no ha visto aún su
última noche; pero por su locura estuvo tan cerca de ello, que le
quedaba poquísimo tiempo de vida. Así es que, según he dicho, fuí
enviado a su encuentro para salvarle, y no había otro camino más
que este, por el cual me he aventurado. Hele dado a conocer todos
los réprobos, y ahora pretendo mostrarle aquellos espíritus que se
purifican bajo tu jurisdicción. Sería largo de referir el modo como
le he traído hasta aquí: de lo alto baja la virtud que me ayuda a
conducirle para verte y oírte. Dígnate, pues, acoger su llegada
benignamente: va buscando la libertad, que es tan amada, como lo sabe
el que por ella desprecia la vida. Bien lo sabes tú, que por ella no te
pareció amarga la muerte en Utica, donde dejaste tu cuerpo, que tanto
brillará en el gran día. No han sido revocados por nosotros los eternos
decretos; pues éste vive, y Minos no me tiene en su poder, sino que
pertenezco al círculo donde están los castos ojos de tu Marcia, que
parece rogarte aún, ¡oh santo corazón!, que la tengas por compañera
y por tuya. En nombre, pues, de su amor, accede a nuestra súplica, y
déjanos ir por tus siete reinos: le manifestaré mi agradecimiento hacia
ti si permites que allá abajo se pronuncie tu nombre.
--Marcia fué tan agradable a mis ojos mientras pertenecí a la
Tierra--dijo él entonces--, que obtuvo de mí cuantas gracias quiso;
ahora que habita a la otra parte del mal río, no puedo ya conmoverme a
causa de la ley que se me impuso cuando salí fuera de mi cuerpo. Pero
si una mujer del cielo te anima y te dirige, según dices, no tienes
necesidad de tan laudatorios ruegos; me basta conque me supliques en
su nombre. Vé, pues, y haz que ése se ciña con un junco sin hojas, y
lávale el rostro de modo que quede borrada en él toda mancha; porque no
conviene que se presente con la vista ofuscada ante el primer ministro,
que es de los del Paraíso. Esa pequeña isla que ves allá abajo
produce, en torno suyo y por donde la combaten las olas, juncos en su
tierra blanda y limosa. Ninguna clase de plantas que eche hojas o que
se endurezca puede existir ahí, porque le sería imposible doblegarse
a los embates de las olas. Después no volváis por esta parte; el sol
naciente os indicará el modo de encontrar la más fácil subida del monte.
Al decir esto desapareció. Me levanté sin hablar, me coloqué junto a mi
Guía, y fijé en él los ojos. Entonces empezó a hablarme de este modo:
--Hijo mío, sigue mis pasos: volvamos atrás; porque esta llanura va
descendiendo siempre hasta su último límite.
El alba vencía ya al aura matutina, que huía delante de ella, y desde
lejos pude distinguir las ondulaciones del mar. Ibamos por la llanura
solitaria, como el que busca la senda perdida, y cree caminar en vano
hasta que logra encontrarla. Cuando llegamos a un sitio en que el rocío
resiste al calor del sol, y protegido por la sombra, se desvanece poco
a poco, puso mi Maestro suavemente sus dos manos abiertas sobre la
fresca hierba; y yo, comprendiendo su intento, le presenté mis mejillas
cubiertas aún de lágrimas, y en las que por su mediación apareció de
nuevo el color de que las privó el Infierno.
Llegamos después a la playa desierta, que no vió nunca navegar por
sus aguas a hombre alguno capaz de salir de ellas. Allí me hizo un
cinturón, según la voluntad del otro; y, ¡oh maravilla!, cuando arrancó
la humilde planta, volvió otra a renacer súbitamente en el mismo sitio
de donde había arrancado aquélla.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO SEGUNDO-
Ya estaba el Sol tocando al horizonte, cuyo círculo meridiano cubre a
Jerusalén con su punto más elevado; y ya la noche, formando un arco
en oposición a él, salía fuera del Ganges con las Balanzas que se le
caen de las manos cuando supera en extensión al día; de modo que allí,
donde yo me encontraba, las blancas y sonrosadas mejillas de la bella
Aurora, según iba creciendo, se tornaban de color de oro. Estábamos
aún en la orilla del mar, como quien piensa en el camino que debe
seguir, y anda con el deseo, sin que el cuerpo se mueva. Cuando he
aquí que, así como, al amanecer, por efecto de los densos vapores, se
ve a Marte enrojecido hacia Poniente sobre las aguas marinas, de igual
modo me apareció--¡ojalá pudiese verla otra vez!--una luz, la cual
venía tan rápidamente por el mar, que ningún vuelo sería comparable a
su celeridad. Un solo momento aparté de ella la vista para interrogar
a mi Guía, y al punto volví a verla mucho más voluminosa y brillante;
distinguiendo luego a cada lado de la misma una cosa blanca, sin saber
lo que era, debajo de la cual se descubría poco a poco otro objeto
igualmente blanco. Aun no había pronunciado una palabra mi Maestro,
cuando se vió que las primeras formas blancas eran alas; y entonces,
habiendo conocido bien al gondolero, exclamó:
--Dobla, dobla pronto la rodilla: he aquí el ángel de Dios; une las
manos: nunca verás semejantes ministros del Señor. Mira cómo desdeña
los medios humanos, pues no necesita remo, ni otras velas que sus alas,
entre tan apartadas orillas. Mira cómo las tiene elevadas hacia el
cielo, agitando el aire con las eternas plumas, que no se mudan como el
cabello de los mortales.
Cuanto más se acercaba a nosotros el ave divina, más brillante
aparecía: por lo cual, no pudiendo resistir su resplandor mis ojos,
los incliné; y aquél se dirigió hacia la orilla en un esquife airoso
y ligero, que apenas se sumergía un poco en el agua. El celestial
barquero estaba en la popa, y la bienaventuranza parecía estar escrita
en su semblante. Más de cien espíritus, sentados en la barquilla,
cantaban a coro: "In exitu Israel de Ægipto" y todo lo demás que
sigue de este salmo. El ángel les hizo la señal de la santa cruz, a
cuya señal se arrojaron todos a la playa, y él se alejó con la misma
velocidad con que había venido. La turba que dejó allí parecía llena
de estupor en tal sitio, mirando y remirando en torno suyo, como el
que descubre cosas que no ha visto nunca. El Sol, que había arrojado
con sus brillante saetas al signo de Capricornio del centro del cielo,
irradiaba por todas partes el día, cuando los recién llegados alzaron
la frente hacia nosotros, diciéndonos:
--Si lo sabéis, indicadnos el camino que conduce a la montaña.
Virgilio respondió:
--¿Por ventura creéis que conocemos este sitio? Somos aquí tan nuevos
como vosotros, y hemos llegado a él poco antes por otro camino tan rudo
y áspero, que el subir esta montaña será para nosotros ahora cosa de
juego.
Las almas, que advirtieron, por mi respiración, que yo estaba aún
vivo, palidecieron de asombro; y así como se agolpa la gente en
derredor del mensajero coronado de olivo para oír sus noticias, sin
temor de empujarse y pisarse unos a otros, así se agolparon en torno
mío todas aquellas almas afortunadas, olvidando casi su deseo de ir a
embellecerse. Vi una de ellas, que se adelantó para abrazarme con tales
muestras de afecto, que me movió a hacer lo mismo con ella; pero, ¡oh
sombras vanas, excepto para la vista! Tres veces quise rodearla con mis
brazos, y otras tantas volvieron éstos a caer solos sobre mi pecho.
Creo que la admiración debió pintarse en mi rostro; porque la sombra
sonrió y se retiró; y yo, siguiéndola, continué avanzando. Me dijo con
voz suave que me detuviese; conocí entonces quién era, y habiéndole
rogado que se parase un momento para hablarme, respondióme:
--Lo mismo que te amaba con mi cuerpo mortal, te amo también
desprendido de él; por eso me detengo; pero tú ¿por qué vienes aquí?
--Casella mío, hago este viaje para volver al mundo de los vivos, donde
permanezco aún; pero a ti, ¿cómo es que se te ha negado por tanto
tiempo el venir a este sitio?
Me respondió:
--Si aquel que conduce a quien y cómo le place me ha negado muchas
veces este pasaje, no se ha cometido conmigo ninguna injusticia; porque
es justa la voluntad a quien obedece. En verdad, de tres meses a esta
parte ha recogido sin oposición a cuantos han querido entrar en su
nave: así es que yo, que me encontraba en la playa donde el Tíber se
mezcla con las saladas ondas del mar, fuí acogido benignamente por él.
A la embocadura de aquel río dirige ahora su vuelo; pues allí se reúnen
siempre los que no descienden hacia el Aqueronte.
Y yo dije:
--Si alguna nueva ley no te quita la memoria o el uso de aquellos
cantos amorosos, que solían calmar todos mis deseos, dígnate consolar
un poco mi alma, que viniendo aquí con su cuerpo, se ha angustiado
tanto.
"Amor, que dentro de mi mente habla,"[47] empezó él a cantar tan
dulcemente, que su dulzura aún resuena en mi corazón. Mi Maestro, y yo,
y las sombras que allí estaban, parecíamos tan contentos, como si no
tuviéramos otra cosa en que pensar. Estábamos absortos y atentos a sus
notas, cuando apareció el venerable anciano exclamando:
--¿Qué es esto, espíritus perezosos? ¿Qué negligencia, qué demora
es ésta? Corred al monte a purificaros de vuestros pecados, que no
permiten que Dios se os manifieste.
[47] "Amor, che nella mente mi ragiona"... Así empieza la
canción de Dante señalada con el número XV en "Il Canzionere"
anotado por Pedro Fraticelli (Florencia, 1911).
Del mismo modo que las palomas, cuando están reunidas en torno a su
alimento, cogiendo el grano y quietas, sin hacer oír sus acostumbrados
arrullos, si acontece algo que las asuste, abandonan súbitamente la
comida, porque las asalta un cuidado mayor, así vi yo aquellas almas
recién llegadas abandonar el canto y desbandarse por la costa, como
quien corre sin saber adónde va; y no menos rápidamente huimos también
nosotros.
[Ilustración]
-CANTO TERCERO-
Mientras la repentina fuga dispersaba por la campiña aquellas almas,
que se volvían hacia la montaña donde la razón divina las aguija, me
acerqué a mi fiel compañero; porque, ¿cómo hubiera podido sin él seguir
mi viaje?, ¿quién me habría sostenido al subir por la montaña? Me
pareció que mi Guía estaba por sí mismo arrepentido de su flaqueza. ¡Oh
conciencia digna y pura!, ¡qué amargo roedor es para ti la más pequeña
falta! Cuando sus pies cesaron de caminar con aquella precipitación
que se aviene mal con la majestad de la persona, mi mente, desechando
el pensamiento que la inquietaba, concentró su atención, como deseosa
de recibir las nuevas impresiones; y me puse a contemplar el monte más
alto de cuantos hacia el Cielo se elevan sobre las aguas. El Sol, que
a mis espaldas despedía su rubicunda luz, quedaba interceptado por mi
cuerpo, en el que se apoyaban sus rayos; y cuando vi que sólo delante
de mí se obscurecía la tierra, volvíme de lado, temeroso de haber sido
abandonado. Mi Protector entonces empezó a decirme, vuelto hacia mí:
--¿Por qué desconfías aún? ¿Crees que no estoy contigo, y que ya
no te guío? Ahora es ya por la tarde allá donde está sepultado el
cuerpo, dentro del cual hacía yo sombra. Nápoles lo posee, porque lo
han quitado de Brindis. Si, pues, ninguna sombra se proyecta delante
de mí, no debes admirarte de ello más que de ver cómo los cielos no
interceptan unos a otros el paso de sus luces. La Virtud divina hace
que semejantes cuerpos sean aptos para sufrir tormentos, calor y frío;
mas no ha querido revelarnos cómo opera tal maravilla. Insensato es
el que espera que nuestra razón pueda recorrer las infinitas vías de
que dispone el que es una substancia en tres personas. Seres humanos,
contentaos con el "quia;"[48] pues si os fuera dable verlo todo, no
habría sido necesario que pariese María; y habéis visto desearlo en
vano a tales hombres, que, a ser posible, hubieran satisfecho ese
deseo, el cual forma su eterno suplicio: hablo de Aristóteles, de
Platón y otros muchos.
[48] Según Aristóteles, la demostración es de dos clases: una
llamada propter quod, que es cuando los efectos se deducen
de las causas, y otra llamada quia, y es cuando las causas
se deducen de los efectos por lo cual este período debe
interpretarse del modo siguiente: Contentaos, ¡oh humanos!,
con las demostraciones que se pueden deducir de los efectos,
por los cuales se viene en conocimiento de sus causas, y no
pretendáis conocer más de lo que los hechos os demuestran: que
en las cosas que son superiores a la inteligencia humana y a
la fuerza de la razón, se ejercita la fe.
En este punto, inclinó la frente sin decir nada más, y quedó como
turbado. Llegamos en tanto al pie del monte, cuyas rocas encontramos
tan escarpadas, que las piernas más ágiles nos hubieran sido inútiles.
El camino más desierto, el más áspero entre Lerici y Turbía, es,
comparado con aquél, una rampa suave y anchurosa.
--¿Quién sabe ahora--dijo mi Maestro deteniendo sus pasos--hacia qué
mano es accesible la costa, de modo que pueda subir el que no tiene
alas?
Y mientras él tenía los ojos bajos, meditando qué camino seguiríamos,
y yo miraba hacia arriba alrededor de las rocas, apareció por la
izquierda una multitud de almas, que se dirigían hacia nosotros, aunque
no lo parecía; tanta era la lentitud con que caminaban.
--Levanta los ojos--dije a mi Maestro--; he aquí quien nos podrá
aconsejar, si es que no puedes aconsejarte a ti mismo.
Miróme entonces, y con rostro franco respondió:
--Vamos allá, pues ellos vienen muy despacio; y tú no pierdas la
esperanza, hijo querido.
Habríamos andado mil pasos, y aun distaba de nosotros aquella
muchedumbre tanto espacio cuanto podría recorrer una piedra lanzada por
un buen hondero, cuando se arrimaron todos a los duros peñascos de la
escarpada orilla, y permanecieron firmes y apretados entre sí, como se
detiene a mirar aquel que duda.
--¡Oh muertos en la gracia de Dios, espíritus ya elegidos!--empezó
a decir Virgilio--; por aquella paz que, según creo, esperáis todos
vosotros, decidme por qué parte declina esta montaña, de modo que sea
posible ascender a ella; pues al que mejor conoce el valor del tiempo,
le es más desagradable perderlo.
Como las ovejas que salen de su redil una a una, dos a dos y tres y
tres, mientras las otras se detienen tímidamente, inclinando hacia la
tierra sus ojos y su hocico, y lo mismo que hace la primera hacen las
demás, deteniéndose a su lado si se detiene, sencillas y tranquilas,
y sin darse cuenta de por qué lo hacen, así vi yo moverse para venir
hacia nosotros las primeras almas de aquella temerosa y afortunada
grey, de rostro púdico y de honesto continente. Cuando vieron que
la luz se interrumpía en el suelo a mi mano derecha, de modo que
se proyectaba la sombra desde mí a la gruta, se detuvieron y aun
retrocedieron algún tanto, y todos los que venían detrás, sin saber por
qué, hicieron lo mismo.
--Sin que me lo preguntéis, os confieso que este que aquí veis es
un cuerpo humano; por cuya causa la luz del Sol aparece cortada en
el suelo. No os asombréis; pero creed que si pretende trepar esta
escarpada costa, lo hace inducido por virtud celestial.
Así habló mi Maestro; y aquella noble multitud nos dijo:
--Pues volveos atrás y caminad delante de nosotros.
Y al mismo tiempo nos hacían señas con el dorso de las manos. Uno de
ellos exclamó:
--Quienquiera que seas, andando como vas, vuelve el rostro hacia mí, y
procura recordar si me has visto en el mundo alguna vez.
Yo me volví hacia él, y le miré fijamente: era rubio, hermoso y de
gentil aspecto; pero tenía la ceja partida de un golpe. Cuando le
manifesté humildemente que no le había visto nunca, me dijo:
--¡Mira, pues!
Y enseñóme una herida en la parte superior de su pecho. Después añadió
sonriendo:
--Yo soy Manfredo, nieto de la emperatriz Constanza: por lo cual te
ruego, que cuando vuelvas a la Tierra, vayas a visitar a mi graciosa
hija, madre del honor de Sicilia y de Aragón, y le digas la verdad,
si es que se ha dicho lo contrario. Después de tener atravesado mi
cuerpo por dos heridas mortales, me volví llorando hacia Aquél, que
voluntariamente perdona. Mis pecados fueron horribles; pero la bondad
infinita tiene tan largos los brazos, que recibe a todo el que se
vuelve hacia ella. Si el Pastor de Cosenza, que fué enviado por
Clemente para darme caza, hubiese leído bien en aquella página de Dios,
mis huesos estarían aún en la cabeza del puente, cerca de Benevento,
bajo la salvaguardia de las pesadas piedras. Ahora los moja la lluvia;
el viento los impele fuera del reino, casi a la orilla del Verde, donde
los hizo transportar con cirios apagados. Pero por su maldición no
se pierde el amor de Dios de tal modo, que no vuelva nunca, mientras
reverdezca la flor de la esperanza. Es verdad que el que muere contumaz
para con la santa Iglesia, por más que al fin se arrepienta, debe estar
en la parte exterior de esta montaña un espacio de tiempo treinta
veces mayor del que vivió en contumacia, a menos que no se abrevie la
duración de este decreto merced a eficaces oraciones. Calcula, pues, lo
dichoso que puedes hacerme, revelando a mi buena Constanza cómo me has
visto, y la prohibición que pesa sobre mí, que puede alzarse por los
ruegos de los que existen allá arriba.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO CUARTO-
Cuando por efecto del placer o del dolor de que se siente afectada
alguna de nuestras facultades, el alma entera se concentra en esa
facultad, parece que no atienda a ninguna otra; y esto demuestra el
error de los que creen que en nosotros arde un alma sobre otra alma.
Por eso mismo, cuando se oye o ve alguna cosa que absorbe fuertemente
el alma en su contemplación, el tiempo se desliza sin que el hombre
se aperciba de ello; porque una es la facultad que escucha, y otra
la que cautiva por completo el alma: ésta está como atada; aquella
es libre. Yo adquirí una prueba de esta verdad oyendo y admirando a
aquel espíritu; pues había el Sol ascendido cincuenta grados sobre el
horizonte, sin que yo lo echase de ver, cuando llegamos a un punto en
que las almas exclamaron a una voz: "Aquí está el objeto de vuestra
demanda."
Cualquier portillo de los que suele tapar el aldeano con un manojo de
espinos, cuando maduran las uvas, es mayor que el sendero por donde
subimos solos mi Maestro y yo, cuando la multitud de almas se separó de
nosotros. Bastan los pies para ir a San Leo, para bajar a Noli, para
ascender hasta la elevada cumbre de Bismantua; pero aquí es preciso
que el hombre vuele: quiero decir, como volaba yo, conducido por las
ligeras alas y por las plumas de un gran deseo, detrás de Aquel que
reanimaba mi esperanza y me iluminaba. Ibamos subiendo por el sendero
excavado en el peñasco, cuyas quebradas rocas nos estrechaban por ambos
lados, y el suelo que pisábamos nos obligaba a ayudarnos con pies y
manos. Cuando llegamos a sitio descubierto, sobre el rellano de la alta
base del monte, dije:
--Maestro mío, ¿qué camino seguiremos?
Y él me contestó:
--No des ningún paso hacia abajo: prosigue subiendo detrás de mí hacia
la cima de este monte, hasta que se nos aparezca algún experto guía.
La cima era tan alta, que no podía alcanzarla la vista, y la subida
mucho más empinada que la línea que divide en dos partes el cuadrante.
Yo estaba ya cansado, y entonces exclamé:
--¡Oh amado Padre! Vuélvete, y mira que me quedo aquí solo, si no te
detienes.
--Hijo mío, haz por llegar hasta aquel punto--respondió mostrándome una
prominencia que rodeaba por aquel lado toda la montaña.
Sus palabras me aguijonearon de tal modo, que me esforcé cuanto
pude trepando hasta donde él estaba, tanto que puse mis plantas
sobre aquella especie de cornisa. Nos sentamos allí ambos, vueltos
hacia Levante, por cuyo lado habíamos subido; pues suele agradar la
contemplación del camino que uno ha hecho. Primeramente dirigí los ojos
al fondo, después los levanté hacia el Sol, y me admiraba de que éste
nos iluminase por la izquierda.
El Poeta observó que me quedaba estupefacto, mirando el carro de la
luz que iba a pasar entre nosotros y el Aquilón; por lo cual me dijo:
--Si Cástor y Pólux estuvieran en compañía de aquel espejo, que
ilumina al mundo tanto por arriba como por abajo, verías al Zodíaco
refulgente girar más próximo aún a las Osas, a no ser que saliese
fuera de su antiguo camino. Y si quieres comprender cómo puede suceder
esto, reconcentra tu pensamiento, y considera que el monte Sion está
situado sobre la Tierra, relativamente a éste, de modo que ambos
tienen un mismo horizonte y diferentes hemisferios; por lo cual, si tu
inteligencia te permite discernir con claridad, verás cómo el camino
que por su mal no supo recorrer Faetón, debe ir necesariamente por un
lado de este monte, al paso que va por el opuesto lado de aquel otro.
--En verdad. Maestro mío--le contesté--, nunca había visto tan
claramente como ahora distingo estas cosas, para cuya comprensión no
me parecía bastante apto mi ingenio. Por las razones que me has dado
entiendo que el círculo intermedio del primer móvil, llamado Ecuador
en alguna ciencia, y que permanece siempre entre el Sol y el invierno,
dista de aquí tanto hacia el Septentrión, cuanto los Hebreos lo veían
hacia la parte cálida. Pero, si te place, quisiera saber cuanto hemos
de andar aún; pues el monte se eleva más de lo que puede alcanzar mi
vista.
--Esta montaña es tal--me respondió--, que siempre cuesta trabajo
empezar a subirla, y cuanto más va para arriba es menos fatigoso.
Cuando te parezca tan suave, que subas ligeramente por ella como van
por el agua las naves, entonces habrás llegado al fin de este sendero:
espera, pues, a conseguirlo para descansar de tu fatiga. Y no respondo
más, pues sólo esto tengo por cierto.
Cuando hubo terminado de decir estas palabras, resonó cerca de nosotros
una voz que decía: "Quizá te veas precisado antes a sentarte." Al
sonido de aquella voz, volvímonos, y vimos a la izquierda un gran
peñasco, en el que no habíamos reparado antes ninguno de los dos.
Nos dirigimos hacia allí, donde estaban algunos espíritus reposando
a la sombra detrás del peñasco, como quien lo hace por indolencia.
Uno de ellos, que me parecía cansado, estaba sentado con las rodillas
abrazadas, reposando sobre ellas su cabeza.
--¡Oh amado Señor mío!--dije entonces--: contempla a ése, que se
muestra más negligente que si fuese hermano de la pereza.
Entonces se volvió hacia nosotros, y nos examinó, dirigiendo su mirada
por encima de los muslos, y diciendo:
--Vé, pues, allá arriba, tú que eres tan valiente.
Conocí entonces quién era; y aquella fatiga que agitaba todavía un poco
mi respiración, no me impidió acercarme a él. Cuando estuve a su lado,
alzó apenas la cabeza, diciendo:
--¿Has comprendido bien por qué el Sol dirige su carro por tu izquierda?
Sus perezosos movimientos y sus lacónicas palabras hicieron asomar una
sonrisa a mis labios; después dije:
--Belacqua, ahora ya no me conduelo de ti: pero dime, ¿por qué estás
aquí sentado? ¿Esperas algún guía, o es que has vuelto a tus antiguas
costumbres?
Contestóme:
--¡Oh, hermano! ¿Para qué he de ir arriba, si no ha de permitirme
llegar al sitio de la expiación el Angel de Dios, que está sentado a
su puerta? Antes que yo entre por ella, es necesario que el cielo dé
tantas vueltas en torno mío, cuantas dió en el transcurso de mi vida,
por haber aplazado los buenos suspiros hasta la hora de mi muerte; a no
ser que me auxilie una plegaria, que se eleve de un corazón que viva en
la gracia. ¿De qué sirven las demás, si no han de ser oídas en el cielo?
Ya el Poeta subía delante de mí diciendo:
--No te detengas más: mira que el Sol toca al Meridiano, y la Noche
cubre ya con su pie la costa de Marruecos.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO QUINTO-
Me había alejado ya de aquellas sombras, y seguía las huellas de mi
Guía, cuando detrás de mí, y señalándome con el dedo, gritó una de
ellas:
--Mirad; no se nota que el Sol brille a la izquierda de aquel de más
abajo, que marcha al parecer como un vivo.
Al oír estas palabras, volví la cabeza, y vi que las sombras miraban
con admiración, no solamente a mí, sino también a la luz interceptada
por mi cuerpo.
--¿Por qué se turba tanto tu ánimo--dijo el Maestro--, que así acortas
el paso? ¿Qué te importa lo que allí murmuran? Sígueme, y deja que
hable esa gente. Sé firme como una torre, cuya cúspide no se doblega
jamás al embate de los vientos: el hombre en quien bulle pensamiento
sobre pensamiento, siempre aleja de sí el fin que se propone; porque el
uno debilita la actividad del otro.
¿Qué otra cosa podría yo contestarle sino: "Ya voy?" Así lo hice,
cubierto algún tanto de aquel color que hace a veces al hombre digno
de perdón. En tanto, de través por la cuesta venían hacia nosotros
algunas almas entonando, versículo a versículo, el "Miserere." Cuando
observaron que yo no daba paso al través de mi cuerpo a los rayos
solares, cambiaron su canto en un "¡Oh!" ronco y prolongado: y dos de
ellas, a guisa de mensajeros, corrieron a nuestro encuentro, diciendo:
--Hacednos sabedores de vuestra condición.
Mi Maestro contestó:
--Podéis iros y referir a los que os han enviado, que el cuerpo de éste
es de verdadera carne. Si se han detenido, según me figuro, por ver
su sombra, bastante tienen con tal respuesta: hónrenle, porque podrá
serles grato.
Jamás he visto a prima noche los vapores encendidos, ni a puesta del
Sol las exhalaciones de Agosto, hendir el Cielo sereno tan rápidamente
como corrieron aquellas almas hacia sus compañeras; y una vez allí,
regresaron adonde estábamos, juntas con las demás, como escuadrón que
corre a rienda suelta.
--Esa gente que se agolpa hacia nosotros es numerosa--dijo el Poeta--,
y vienen a dirigirte alguna súplica: tú, sin embargo, sigue adelante, y
escucha mientras andas.
--¡Oh alma, que, para llegar a la felicidad, vas con los miembros con
que naciste!--venían gritando--: modera un poco tu paso. Repara si has
conocido a alguno de nosotros, de quien puedas llevar allá noticias.
¡Ah! ¿Por qué te vas? ¿Por qué no te detienes? Todos hemos terminado
nuestros días por muerte violenta, y fuimos pecadores hasta la última
hora: entonces la luz del Cielo iluminó nuestra razón tan bien, que,
arrepentidos y perdonados, abandonamos la vida en la gracia de Dios,
que nos abrasa por el gran deseo que tenemos de verle.
Yo les contesté:
--Aun cuando no reconozco las desfiguradas facciones de ninguno de
vosotros, no obstante, si deseáis de mí algo que me sea posible,
espíritus bien nacidos, yo lo haré por aquella paz que se me hace
buscar de mundo en mundo, siguiendo los pasos de este Guía.
Uno de ellos empezó diciendo:
--Todos confiamos en tu benevolencia sin necesidad de que lo jures,
a no ser que la impotencia destruya tu buena voluntad. Yo, que hablo
solo antes que los demás, te ruego que si ves alguna vez aquel país que
se extiende entre la Romanía y el de Carlos,[49] me concedas en Fano
el dón de tus preces, a fin de que los buenos rueguen allí por mí, de
modo que yo pueda purgar mis graves pecados. De allí fuí yo: pero las
profundas heridas por donde salió la sangre en la que me asentaba, me
fueron hechas en el territorio de los Antenóridas,[50] donde creía
encontrarme más seguro. El de Este lo ordenó, porque me odiaba mucho
más de lo que le permitía la justicia; pero si yo hubiese huído hacia
la Mira, cuando llegué a Oriaco, aún estaría allá donde se respira:
corrí al pantano, donde las cañas y el lodo me embarazaron tanto, que
caí, y vi formarse en tierra un lago con la sangre de mis venas.
[49] La Marca de Ancona, gobernada por Carlos de Anjou.
[50] Padua, fundada por Antenor.
Después me dijo otro:
--¡Ay! Así se cumpla el deseo que te conduce a esta elevada montaña,
dígnate auxiliar al mío con obras de piedad. Yo fuí de Montefeltro, y
soy Buonconte. Ni Juana ni los otros se cuidan de mí; por lo cual voy
entre éstos con la cabeza baja.
Le pregunté:
--¿Qué violencia o qué aventura te sacó fuera de Campaldino, que no se
supo nunca donde está tu sepultura?
--¡Oh!--me respondió--; al pie del Casentino corre un río llamado
Archiano, que nace en el Apenino encima del Ermo. Allí donde pierde
su nombre, llegué yo con el cuello atravesado, huyendo a pie y
ensangrentando la llanura. Allí perdí la vista, y mi última palabra fué
el nombre de María; allí caí, y no quedó más que mi carne. Te diré la
verdad, y tú la referirás entre los vivos: el ángel de Dios me cogió,
y el del Infierno gritaba: "¡Oh tú, venido del Cielo! ¿Por qué me lo
quitas? Te llevas la parte eterna de éste por una pequeña lágrima que
me le arrebata; pero yo trataré de diferente modo la otra parte."
Tú sabes bien cómo se condensa en el aire ese húmedo vapor, que se
convierte en lluvia en cuanto sube hasta donde le sorprende el frío:
pues bien, el demonio, juntando a su entendimiento aquella malevolencia
que sólo procura hacer daño, con el poder inherente a su naturaleza,
agitó el vapor y el viento. En cuanto se extinguió el día, cubrió de
nieblas el valle desde Pratomagno hasta el Apenino, e hizo tan denso
aquel cielo, que el espeso aire se convirtió en agua: cayó la lluvia,
y el agua que la tierra no pudo absorber fué a parar a los barrancos,
y uniéndose a la de los torrentes, se precipitó hacia el río real con
tal rapidez, que nada podía contenerla. El Archiano furioso encontró
mi cuerpo helado en su embocadura, lo arrastró hacia el Arno, y separó
mis brazos que había puesto en cruz sobre el pecho cuando me venció
el dolor. Después de haberme volteado por sus orillas y su fondo, me
cubrió y rodeó con la arena que había hecho desprenderse de los campos.
--¡Ah!, cuando vuelvas al mundo, y hayas descansado de tu largo
viaje--continuó un tercer espíritu, luego que hubo acabado de hablar
el segundo--, acuérdate de mí, que soy la Pía.[51] Siena me hizo, y las
Marismas me deshicieron: bien lo sabe aquel que, siendo ya viuda, me
puso en el dedo su anillo enriquecido de piedras preciosas.
[51]Pía de Tolomei, natural de Siena, casó con Nello o
Paganello Pannocchieschi, señor del castillo della Pietra, en
la Marisma Toscana, el cual, creyéndola infiel, le dió muerte,
en 1295, mandando, según refiere algún comentarista, arrojarla
por una ventana.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO SEXTO-
Cuando, acabado el juego de la zara, se desparten los jugadores, el que
pierde se queda triste, pensando en las jugadas, y aprendiendo entonces
con sentimiento el modo de que debió haberse valido para ganar: con el
ganancioso se van los circunstantes; y uno por delante, otro por detrás
y otro por el lado procuran hacerse presentes al afortunado; éste no
se detiene aunque los escucha a todos, hasta que tiende a uno su mano,
que por ello deja de atosigarle, librándose así de los empujones de
la multitud. Así estaba yo en medio de aquella compacta muchedumbre
de almas, volviendo a uno y otro lado el rostro, hasta que, merced a
mis promesas, pude desprenderme de ellas. Allí estaban el Aretino que
recibió la muerte de los brazos crueles de Ghin di Tacco, y el otro
que se ahogó al darle caza sus enemigos. Allí oraba, con los brazos
extendidos, Federico Novello, y aquel de Pisa, que dió ocasión de
demostrar la grandeza de su alma al buen Marzucco. Vi al conde Orso,
y a aquella alma separada de su cuerpo por hastío y por envidia, como
ella misma decía, y no por sus culpas; a Pedro de la Broccia, digo: y
bien es menester que provea en ello la princesa de Brabante, mientras
esté por acá, si no quiere verse colocada entre peores compañeros.
Cuando me vi libre de todas aquellas sombras, que rogaban para
que otros rogasen por ellas, a fin de abreviar el tiempo de su
purificación, empecé a decir:
--Parece que me niegas expresamente en algún texto, ¡oh luz que
desvaneces mis dudas!, que la oración aplaca los decretos del cielo; y
sin embargo, esta gente ruega para conseguirlo. ¿Será, pues, vana su
esperanza? ¿O es que no he comprendido bien el sentido de tus palabras?
A lo que me contestó:
--Lo que escribí es muy claro, y la esperanza de ésos no se verá
fallida, si se examina con recto sentido. No se menoscaba el alto
juicio divino, porque el fuego amoroso de la caridad cumpla en un
instante lo que deben satisfacer los que aquí están relegados; y allí,
donde senté tal máxima, la oración no tenía la virtud de borrar las
faltas, porque el objeto de aquélla estaba alejado de Dios. No te
detenga, sin embargo, tan profunda duda, hasta que te la desvanezca
aquélla que ha de iluminar tu entendimiento, mostrándole la verdad. No
sé si me entiendes: hablo de Beatriz, a quien verás risueña y feliz
sobre la cumbre de este monte.
Yo repuse:
--Mi buen Guía, caminemos más de prisa: pues ya no me canso tanto como
antes, y la montaña proyecta su sombra hacia este lado.
--Avanzaremos hoy tanto como podamos--me respondió--; pero el camino
es muy diferente de lo que te figuras. Antes que lleguemos arriba,
verás volver a aquel que ahora se oculta tras de la cuesta, y cuyos
rayos no quiebras en este momento. Pero ve allí un alma que, inmóvil
y completamente sola, dirige hacia nosotros sus miradas: ella nos
enseñará el camino más corto.
Llegamos junto a ella. ¡Oh alma lombarda, cuán altanera y desdeñosa
estabas, y cuán noble y grave era el movimiento de tus ojos! Ella no
nos decía nada; pero dejaba que nos aproximásemos, mirando únicamente
como el león cuando reposa. Virgilio se le acercó, rogándole que nos
enseñase la subida más fácil; pero ella, sin contestar a su pregunta,
quiso informarse acerca de nuestro país y de nuestra vida; y al
empezar mi Guía a decir. "Mantua...," la sombra, que antes estaba como
concentrada en sí misma, corrió hacia él desde el sitio en que se
encontraba, diciendo: "¡Oh, mantuano!, yo soy Sordello, de tu tierra."
Y se abrazaron mutuamente.
¡Ah Italia esclava, albergue de dolor, nave sin timonel en medio de
una gran tempestad, no ya señora de provincias, sino de burdeles! Al
dulce nombre de su país natal, aquel alma gentil se apresuró a festejar
a su conciudadano; al paso que tus vivos no saben estar sin guerra, y
se destrozan entre sí aquellos a quienes guarda una misma muralla y un
mismo foso. Busca, desgraciada, en derredor de tus costas, y después
contempla en tu seno si alguna parte de ti misma goza de paz. ¿Qué
vale que Justiniano te enfrenara, si la silla está vacía? Tu vergüenza
sería menor sin ese mismo freno. ¡Ah, gentes que debierais ser devotas,
y dejar al César en su trono, si comprendierais bien lo que Dios ha
prescrito! Mirad cuán arisca se ha vuelto esa Italia, por no haber sido
castigada a tiempo con las espuelas, desde que os apoderasteis de sus
riendas. ¡Oh alemán Alberto, que la abandonas, al verla tan indómita
y salvaje, cuando debiste oprimir sus ijares! Caiga sobre tu sangre
el justo castigo del Cielo, y sea éste tan nuevo y evidente, que sirva
también de temeroso escarmiento a tu sucesor, ya que tú y tu padre,
alejados de aquí por ambición, habéis tolerado que quede desierto el
jardín del imperio. Hombre indolente, ven a ver a los Montecchi y a los
Cappelletti, a los Monaldi y Filippeschi, aquéllos ya tristes, y éstos
poseídos de amargos recelos. Ven, cruel, ven; y mira la opresión de tus
nobles, y remedia sus males, y verás cuán segura está Santaflora. Ven a
ver a tu Roma, que llora, viuda y sola, exclamando día y noche: "¡César
mío! ¿Por qué no estás en mi compañía?" Ven y contempla cuán grande es
el mutuo amor de la gente; y si nada te mueve a compasión de nosotros,
ven a avergonzarte de tu fama. Y, séame lícito preguntarte, ¡oh sumo
Jove, que fuiste crucificado por nosotros en la tierra! ¿Están vueltos
hacia otra parte tus justos ojos? ¿O es que nos vas preparando de ese
modo, en lo profundo de tus pensamientos, para recibir algún gran bien
que no puede prever nuestra inteligencia? Porque la tierra de Italia
está llena de tiranos; y el hombre más ruin, al ingresar en un partido,
se convierte en un Marcelo.
Florencia mía, bien puedes estar satisfecha de esta digresión, que no
habla contigo, merced a tu pueblo que tanto se ingenia. Hay muchos
que tienen la justicia en el corazón, pero son tardíos en aplicarla,
porque temen disparar el arco imprudentemente; mas tu pueblo la tiene
en la punta de sus labios. Muchos rehusan los cargos públicos; pero tu
pueblo responde solícito, sin que le llamen, y grita: "Yo los acepto."
Alégrate, pues, que motivo tienes para ello. Eres rica, disfrutas
tranquilidad, tienes prudencia. Si digo la verdad, claramente lo
demuestran los hechos. Atenas y Lacedemonia, que hicieron las antiguas
leyes y fueron tan civilizadas, dieron un débil ejemplo de vivir
bien, comparadas contigo; pues dictas tan sutiles decretos, que los
que expides en Octubre no llegan a mediados de Noviembre. ¿Cuántas
veces, en el tiempo a que alcanza la memoria, has cambiado de leyes, de
monedas, de oficios y de costumbres, y renovado tus habitantes? Y si
quieres recordarlo y ver la luz, conocerás que eres semejante a aquella
enferma, que no encuentra posición que le cuadre sobre la pluma, y
procura hacer más llevadero su dolor dando continuas vueltas.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO SEPTIMO-
Después de haber cambiado entre sí tres o cuatro veces corteses y
halagüeños saludos, Sordello se hizo un poco atrás, y dijo:
--¿Quiénes sois?
--Mis huesos fueron sepultados por mandato de Octavio, antes que se
hubiesen dirigido hacia esta montaña las almas dignas de subir hasta
Dios. Yo soy Virgilio, que perdí el cielo por no tener fe, y no por
otra culpa.
Así respondió mi Guía. Como el que de improviso ve una cosa que le
asombra, y a la que no sabe si dar o no crédito, diciendo: "es, no es,"
así se quedó aquél: después bajó los ojos, se adelantó humildemente
hacia él, y le abrazó en el sitio del cuerpo donde alcanza el pequeño.
--¡Oh gloria de los latinos--dijo--, por quién nuestra lengua demostró
cuánto podía! ¡Honor eterno del lugar donde nací! ¿Qué mérito o qué
gracia permite que yo te vea? Si es que soy digno de oír tus palabras,
dime si vienes del Infierno, y de qué recinto.
--He llegado hasta aquí pasando por todos los círculos del reino
del llanto--respondióle--; la virtud del cielo me guía, y con ella
vengo. No por lo que he hecho, sino por lo que no he hecho, he perdido
la facultad de contemplar el alto Sol que tú deseas, y que conocí
demasiado tarde. Allá abajo hay un lugar triste, no por los martirios,
sino por las tinieblas, donde en vez de lamentos como gritos, sólo
resuenan suspiros. Allí estoy yo con los inocentes párvulos, mordidos
por los dientes de la muerte antes de que fueran lavados del pecado
original. Allí estoy yo con aquellos que no se cubrieron con las tres
virtudes santas, aunque, exentos de vicios, conocieron y observaron las
demás. Pero danos algún indicio, si es que puedes y sabes, a fin de
que lleguemos más pronto al sitio donde tiene verdadero principio el
Purgatorio.
Sordello respondió:
--Aquí no tenemos designado un punto fijo, y a mí me es lícito subir
andando alrededor por la montaña: te serviré de guía por todos los
parajes hasta donde puedo llegar. Pero advierte que ya declina el día;
y no siendo posible ir arriba de noche, convendrá que pensemos en
buscar un buen abrigo. Algo lejos de aquí, a la derecha, hay algunas
almas: si quieres, te conduciré adonde están, seguro de que te agradará
conocerlas.
--¿Cómo es eso?--le contestó--. Quien quisiera subir de noche, ¿se
vería detenido por alguien? ¿O es acaso que no podría subir?
El buen Sordello pasó su dedo por el suelo, diciendo:
--¿Ves esta sola línea? Pues no la atravesarás después de haberse
ocultado el Sol; no por otra causa, sino porque te lo impedirán las
tinieblas nocturnas; las cuales, con la impotencia que originan,
contrarrestan la voluntad. Con ellas, podríase muy bien volver abajo
y recorrer la cuesta vagando en torno, mientras el día esté bajo el
horizonte.
Entonces mi Señor, como asombrado, repuso:
--Condúcenos adonde dices que puede ser agradable permanecer.
Nos habíamos alejado un poco de allí, cuando eché de ver que el monte
estaba hendido como los valles que hay en nuestro hemisferio.
--Iremos--dijo aquella sombra--allá donde la cuesta forma una cavidad,
y esperaremos en ella el nuevo día.
Un sendero tortuoso, entre pendiente y llano, nos condujo a un lado
de aquella cavidad, en donde las orillas que la circundan descienden
más de la mitad de su altura. El oro y la plata fina, la púrpura, el
albayalde, el añil azul y brillante, y las esmeraldas recientemente
talladas en el momento en que se desprenden sus trozos, serían vencidos
en brillantez por las hierbas y las flores de aquella cavidad, como
lo menor es vencido por lo mayor. La naturaleza no había ostentado
solamente allí sus adornos, sino que con la suavidad de mil aromas
había formado un olor indistinto y desconocido para nosotros. Allí vi
sentadas sobre la verdura y entre las flores algunas almas, que desde
fuera no podían distinguirse, por ocultarlas las laderas del valle, las
cuales estaban cantando el "Salve Regina." El Mantuano, que nos había
conducido por el tortuoso sendero, nos dijo:
--No pretendáis que os guíe hasta donde están ésos, antes de que se
oculte el poco Sol que queda. Desde esta altura veréis las acciones
y los rostros de todos, mejor que si estuvierais entre ellos en el
mismo valle. Aquel que está sentado en el puesto más alto, que en su
actitud parece haberse descuidado de hacer lo que debía, y cuya boca
no se mueve para cantar con los demás, fué el emperador Rodolfo, que
pudo curar las heridas que han dado muerte a Italia, de tal modo, que
tarde le vendrá de otro el remedio. El que con su presencia conforta al
primero, gobernó la tierra donde nace el agua que el Moltava conduce
al Elba, y el Elba al mar. Llamóse Ottokar, y ya en la infancia fué
mucho mejor príncipe que su hijo Wenceslao cuando barbado, a quien
enervaron el ocio y la lujuria. Y aquel romo, que parece consultar con
tanta intimidad al otro de benigno aspecto, murió huyendo y marchitando
la flor de lis: mirad cómo se golpea el pecho; y ved cómo el otro,
suspirando, apoya su mejilla en la palma de la mano. Padre y suegro son
del mal de Francia: saben que su vida es grosera y viciosa, y de ahí
proviene el dolor que les aflige. Aquel que parece tan corpulento,[52]
y que canta acorde con el narigudo,[53] llevó ceñida la cuerda de toda
virtud; y si después de él hubiera reinado más tiempo el jovencito que
a su espalda se sienta,[54] bien habría pasado el valor de padre a
hijo; lo cual no se puede decir de sus otros herederos Jaime y Fadrique
conservan los reinos; pero ninguno de ellos posee la mejor herencia.
Raras veces renace por las ramas la humana probidad; pues así lo quiere
Aquél que nos la da, para que se la pidamos. No menos se dirigen mis
palabras al narigudo, que al otro, a Pedro, que canta con él; pues de
su descendencia se lamentan ya la Pulla y la Provenza. La planta es
inferior a su semilla tanto, cuanto más que Beatriz y Margarita se
gloria Constanza aún de su marido. Ved ahí al rey de sencilla vida,
sentado aparte y solo, a Enrique de Inglaterra: éste ha producido
mejores vástagos. Aquel que está en el suelo más abajo que los otros,
mirando hacia arriba, es el marqués Guillermo, por quien Alejandría y
sus guerreros hacen llorar hoy al Monferrato y al Canavés.
[52] Pedro III de Aragón.
[53] Carlos I, conde de Provenza y rey de Pulla.
[54] Alfonso III, primogénito de Pedro el Grande, que sucedió
a su padre, y sólo reinó seis años, muriendo en 1291.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO OCTAVO-
Era ya la hora en que se enternece el corazón de los navegantes, y
renace su deseo de abrazar a los caros amigos, de quienes el mismo día
se han despedido, y en que el novel viajero se compunge de amor, si oye
a lo lejos alguna campana, que parezca plañir al moribundo día; cuando
dejé de oír, y comencé a mirar a una de aquellas almas, que, puesta en
pie, hacía señas con la mano en ademán de que las otras la escuchasen.
Unió y levantó ambas palmas, dirigiendo sus ojos hacia Oriente, como si
dijese a Dios: "Sólo en ti pienso;" y salió de su boca tan devotamente
y con tan dulces notas el "Te lucis ante," que el placer me hizo salir
fuera de mí. Aguza bien aquí la vista, ¡oh lector!, para descubrir
la verdad; porque el velo es ahora tan sutil, que te será en efecto
sumamente fácil atravesarlo.
Vi luego a aquel ejército gentil, pálido y humilde, que en silencio
contempla el cielo, como esperando algo; y vi salir de las alturas y
descender al valle dos ángeles con dos espadas flamígeras, truncadas
y privadas de sus puntas. Verdes como las tiernas hojas que acaban de
brotar eran sus vestiduras, y agitadas por las plumas de sus alas,
verdes también, flotaban por detrás a merced del viento. El uno se posó
algo más arriba de donde estábamos; el otro descendió hacia el lado
opuesto; de suerte que las almas quedaron entre ellos. Se distinguía
perfectamente su blonda cabellera; pero al querer mirar sus facciones,
se ofuscaba la vista, como se ofusca toda facultad, por la excesiva
fuerza de las impresiones.
--Ambos vienen del seno de María--dijo Sordello--para guardar el valle
contra la serpiente, que acudirá a él en breve.
Y yo, que no sabía por qué sitio había de venir, miré en torno mío, y
helado de terror, me arrimé cuanto pude a las fieles espaldas. Sordello
continuó:
--Ahora descendamos hacia donde están esas grandes sombras, y
hablaremos con ellas: les será muy grato veros.
Sólo había descendido tres pasos, según creo, cuando ya me encontré
abajo, y vi uno que me miraba como si hubiera querido conocerme. El
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