poeta me dijo:
--¿En qué piensas?
--¡Ah!--exclamé al contestarle--; ¡cuán dulces pensamientos, cuántos
deseos les han conducido a doloroso tránsito!
Después me dirigí hacia ellos, diciéndoles:
--Francisca, tus desgracias me hacen derramar tristes y compasivas
lágrimas. Pero dime: en tiempo de los dulces suspiros ¿cómo os permitió
Amor conocer vuestros secretos deseos?
Ella me contestó:
--No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria; y
eso lo sabe bien tu Maestro. Pero si tienes tanto deseo de conocer cuál
fué el principal origen de nuestro amor, haré como el que habla y llora
a la vez. Leíamos un día por pasatiempo las aventuras de Lancelote, y
de qué modo cayó en las redes del Amor: estábamos solos y sin abrigar
sospecha alguna. Aquella lectura hizo que nuestros ojos se buscaran
muchas veces y que palideciera nuestro semblante; mas un solo pasaje
fué el que decidió de nosotros. Cuando leímos que la deseada sonrisa de
la amada fué interrumpida por el beso del amante, éste, que jamás se ha
de separar de mí, me besó tembloroso en la boca: el libro y quien lo
escribió fué para nosotros otro Galeoto; aquel día ya no leímos más.
Mientras que un alma decía esto, la otra lloraba de tal modo, que,
movido de compasión, desfallecí como si me muriera, y caí como cae un
cuerpo inanimado.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO SEXTO-
Al recobrar los sentidos, que perdí por la tristeza y la compasión
que me causó la suerte de los dos cuñados, vi en derredor mío nuevos
tormentos y nuevas almas atormentadas doquier iba y doquier me volvía o
miraba. Me encuentro en el tercer círculo; en el de la lluvia eterna,
maldita, fría y densa, que cae siempre igualmente copiosa y con la
misma fuerza. Espesos granizos, agua negruzca y nieve descienden en
turbión a través de las tinieblas; la tierra, al recibirlos, exhala
un olor pestífero. Cerbero, fiera cruel y monstruosa, ladra con sus
tres fauces de perro contra los condenados que están allí sumergidos.
Tiene los ojos rojos, los pelos negros y cerdosos, el vientre ancho y
las patas guarnecidas de uñas que clava en los espíritus, les desgarra
la piel y les descuartiza. La lluvia les hace aullar como perros; los
miserables condenados forman entre sí una muralla con sus costados
y se revuelven sin cesar. Cuando nos descubrió Cerbero, el gran
gusano abrió las bocas enseñándonos sus colmillos; todos sus miembros
estaban agitados. Entonces mi guía extendió las manos, cogió tierra,
y la arrojó a puñados en las fauces ávidas de la fiera. Y del mismo
modo que un perro se deshace ladrando al tener hambre, y se apacigua
cuando muerde su presa, ocupado tan sólo en devorarla, así también el
demonio Cerbero cerró sus impuras bocas, cuyos ladridos causaban tal
aturdimiento a las almas que quisieran quedarse sordas. Pasamos por
encima de las sombras derribadas por la incesante lluvia, poniendo
nuestros pies sobre sus fantasmas, que parecían cuerpos humanos. Todas
yacían por el suelo, excepto una que se levantó con presteza para
sentarse, cuando nos vió pasar ante ella.
--¡Oh, tú, que has venido a este Infierno!--me dijo--; reconóceme si
puedes. Tú fuiste hecho, antes que yo deshecho.
Yo le contesté:
--La angustia que te atormenta es quizá causa de que no me acuerde de
ti; me parece que no te he visto nunca. Pero dime, ¿quién eres tú, que
a tan triste lugar has sido conducido, y condenado a un suplicio, que
si hay otro mayor, no será por cierto tan desagradable?
Contestóme:
--Tu ciudad, tan llena hoy de envidia, que ya colma la medida, me vió
en su seno en vida más serena. Vosotros, los habitantes de esa ciudad,
me llamasteis Ciacco. Por el reprensible pecado de la gula, me veo,
como ves, sufriendo esta lluvia. Yo no soy aquí la única alma triste;
todas las demás están condenadas a igual pena por la misma causa.
Y no pronunció una palabra más. Yo le respondí:
--Ciacco, tu martirio me conmueve tanto, que me hace verter lágrimas;
pero dime, si es que lo sabes: ¿en qué pararán los habitantes de esa
ciudad tan dividida en facciones? ¿Hay algún justo entre ellos? Dime
por qué razón se ha introducido en ella la discordia.
Me contestó:
--Después de grandes debates, llegarán a verter su sangre, y el partido
salvaje arrojará al otro partido causándole grandes pérdidas. Luego
será preciso que el partido vencedor sucumba al cabo de tres años,
y que el vencido se eleve, merced a la ayuda de aquel que ahora es
neutral. Esta facción llevará la frente erguida por mucho tiempo,
teniendo bajo su férreo yugo a la otra, por más que ésta se lamente y
avergüence. Aun hay dos justos, pero nadie les escucha: la soberbia,
la envidia y la avaricia son las tres chispas que han inflamado los
corazones.
Aquí dió Ciacco fin a su lamentable discurso, y yo le dije:
--Todavía quiero que me informes, y me concedas algunas palabras. Dime
dónde están, y dame a conocer a Farinata y al Tegghiaio, que fueron tan
dignos, a Jacobo Rusticucci, Arigo y Mosca, y a otros que a hacer bien
consagraron su ingenio, pues siento un gran deseo de saber si están
entre las dulzuras del Cielo o entre las amarguras del Infierno.
A lo que me contestó:
--Están entre almas más perversas; otros pecados los han arrojado a un
círculo más profundo: si bajas hasta allí, podrás verlos. Pero cuando
vuelvas al dulce mundo, te ruego que hagas porque en él se renueve mi
recuerdo: y no te digo ni te respondo más.
Entonces torció los ojos que había tenido fijos; miróme un momento, y
luego inclinó la cabeza, y volvió a caer entre los demás ciegos. Mi
guía me dijo:
--Ya no volverá a levantarse hasta que se oiga el sonido de la angélica
trompeta; cuando venga la potestad enemiga del pecado. Cada cual
encontrará entonces su triste tumba; recobrará sus carnes y su figura;
y oirá el juicio que debe resonar por toda una eternidad.
Así fuimos atravesando aquella impura mezcla de sombras y de lluvia,
con paso lento, razonando un poco sobre la vida futura. Por lo cual
dije:
--Maestro, ¿estos tormentos serán mayores después de la gran sentencia,
o bien menores, o seguirán siendo tan dolorosos?
Y él a mí:
--Acuérdate de tu ciencia, que pretende que cuanto más perfecta es una
cosa, tanto mayor bien o dolor experimenta. Aunque esta raza maldita
no debe jamás llegar a la verdadera perfección, espera ser después del
juicio más perfecta que ahora.
Caminando por la vía que gira alrededor del círculo, continuamos
hablando de otras cosas que no refiero, y llegamos al sitio donde se
desciende: allí encontramos a Plutón, el gran enemigo.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO SEPTIMO-
"Pape satán, pape satán aleppe"[8] comenzó a gritar Plutón con ronca
voz. Y aquel sabio gentil, que lo supo todo, para animarme, dijo:
[8] Pape, interjección griega y latina, que significa
sorpresa; aleppe, lo mismo que aleph (o Ioseph), voz hebraica,
equivalente a jefe, príncipe, etc. La frase, truncada por
reticencia, quiere decir: "¡Cómo, Satanás; cómo, Satanás,
príncipe del Infierno!... ¿Un audaz mortal se atreve a entrar
aquí?"--Fraticelli.
--No te inquiete el temor; pues a pesar de su poder, no te impedirá que
desciendas a este círculo.
Después, volviéndose hacia aquel rostro hinchado de ira, le dijo:
--Calla, lobo maldito: consúmete interiormente con tu propia rabia. No
sin razón venimos al profundo infierno; pues así lo han dispuesto allá
arriba, donde Miguel castigó la soberbia rebelión.
Como las velas, hinchadas por el viento, caen derribadas cuando el
mástil se rompe, del mismo modo cayó al suelo aquella fiera cruel. Así
bajamos a la cuarta cavidad, aproximándonos más a la dolorosa orilla
que encierra en sí todo el mal del universo. ¡Ah, justicia de Dios!,
¿quién, si no tú, puede amontonar tantas penas y trabajos como allí
vi? ¿Por qué nos desgarran así nuestras propias faltas? Como una ola
se estrella contra otra ola en el escollo de Caribdis, así chocan uno
contra otro los condenados. Allí vi más condenados que en ninguna
otra parte, los cuales formados en dos filas, se lanzaban de la una
a la otra enormes pesos con todo el esfuerzo de su pecho, gritando
fuertemente: dábanse grandes golpes, y después se volvían cada cual
hacia atrás, exclamando: "¿Por qué guardas? ¿Por qué derrochas?" De
esta suerte iban girando por aquel tétrico círculo, yendo desde un
extremo a su opuesto, y repitiendo a gritos su injurioso estribillo.
Después, cuando cada cual había llegado al centro de su círculo, se
volvían todos a la vez para empezar de nuevo otra pelea.
Yo, que tenía el corazón conmovido de lástima, dije:
--Maestro mío, indícame qué gente es ésta. Todos esos tonsurados que
vemos a nuestra izquierda ¿han sido clérigos?
Y él me respondió:
--Erró la mente de todos en la primera vida, y no supieron gastar
razonablemente: así lo manifiestan claramente sus aullidos cuando
llegan a los dos puntos del círculo que los separa de los que siguieron
camino opuesto. Esos que no tienen cabellos que cubran su cabeza,
fueron clérigos, papas y cardenales, a quienes subyugó la avaricia.
Y yo:
--Maestro, entre todos ésos, bien deberá haber algunos a quienes yo
conozca y a quienes tan inmundos hizo este vicio.
Y él a mí:
--En vano esforzarás tu imaginación: la vida sórdida que los hizo
deformes, hace que hoy sean obscuros y desconocidos. Continuarán
chocando entre sí eternamente; y saldrán éstos del sepulcro con los
puños cerrados, y aquéllos con el cabello rapado. Por haber gastado
mal y guardado mal, han perdido el Paraíso, y se ven condenados a ese
eterno combate, que no necesito pintarte con palabras escogidas. Ahí
podrás ver, hijo mío, cuán rápidamente pasa el soplo de los bienes de
la Fortuna, por los que la raza humana se enorgullece y querella. Todo
el oro que existe bajo la Luna, y todo lo que ha existido, no puede dar
un momento de reposo a una sola de esas almas fatigadas.
--Maestro--le dije entonces--, enséñame cuál es esa Fortuna de que me
hablas, y que así tiene entre sus manos los bienes del mundo.
Y él a mí:
--¡Oh necias criaturas! ¡Cuán grande es la ignorancia que os extravía!
Quiero que te alimentes con mis lecciones. Aquél, cuya sabiduría
es superior a todo, hizo los cielos y les dió un guía, de modo que
toda parte brilla para toda parte, distribuyendo la luz por igual;
con el esplendor del mundo hizo lo mismo, y le dió una guía, que
administrándolo todo, hiciera pasar de tiempo en tiempo las vanas
riquezas de una a otra familia, de una a otra nación, a pesar de los
obstáculos que crean la prudencia y previsión humanas. He aquí por qué,
mientras una nación impera, otra languidece, según el juicio de Aquél
que está oculto, como la serpiente en la hierba. Vuestro saber no puedo
contrastarla; porque provee, juzga y prosigue su reinado, como el suyo
cada una de las otras deidades. Sus transformaciones no tienen tregua;
la necesidad la obliga a ser rápida; por eso se cambia todo en el mundo
con tanta frecuencia. Tal es esa a quien tan a menudo vituperan los
mismos que deberían ensalzarla, y de quien blasfeman y maldicen sin
razón. Pero ella es feliz, y no oye esas maldiciones: contenta entre
las primeras criaturas, prosigue su obra y goza en su beatitud. Bajemos
ahora donde existen mayores y más lamentables males: ya descienden
todas las estrellas que salían cuando me puse en marcha, y nos está
prohibido retrasarnos mucho.
Atravesamos el círculo hasta la otra orilla, sobre un hirviente
manantial, que vierte sus aguas en un arroyo que le debe su origen
y cuyas aguas son más bien obscuras que azuladas; y bajamos por un
camino distinto, siguiendo el curso de tan tenebrosas ondas. Cuando
aquel arroyo ha llegado al pie de la playa gris e infecta, forma una
laguna llamada Estigia; y yo, que miraba atentamente, vi algunas almas
encenagadas en aquel pantano, completamente desnudas y de irritado
semblante. Se golpeaban no sólo con las manos, sino con la cabeza,
con el pecho, con los pies, arrancándose la carne a pedazos con los
dientes. Díjome el buen Maestro:
--Hijo, contempla las almas de los que han sido dominados por la ira:
quiero además que sepas que bajo esta agua hay una raza condenada
que suspira, y la hace hervir en la superficie, como te lo indican
tus miradas en cuantos sitios se fijan. Metidos en el lodo, dicen:
"Estuvimos siempre tristes bajo aquel aire dulce que alegra el
Sol, llevando en nuestro interior una tétrica humareda: ahora nos
entristecemos también en medio de este negro cieno." Estas palabras
salen del fondo de su garganta, como si formaran gárgaras, no pudiendo
pronunciar una sola íntegra.
Así fuimos describiendo un gran arco alrededor del fétido pantano,
entre la playa seca y el agua, vueltos los ojos hacia los que se
atragantaban con el fango, hasta que al fin llegamos al pie de una
torre.
[Ilustración]
-CANTO OCTAVO-
Digo, continuando, que mucho antes de llegar al pie de la elevada
torre, nuestros ojos se fijaron en su parte más alta, a causa de dos
lucecitas que allí vimos, y otra que correspondía a estas dos, pero
desde tan lejos, que apenas podía distinguirse. Entonces, dirigiéndome
hacia el mar de toda ciencia, dije:
--¿Qué significan esas llamas? ¿Qué responde aquella otra, y quiénes
son los que hacen esas señales?
Respondióme:
--Sobre esas aguas fangosas puedes ver lo que ha de venir, si es que no
te lo ocultan los vapores del pantano.
Jamás cuerda alguna despidió una flecha que corriese por el aire con
tanta velocidad, como una navecilla que vi surcando las aguas en
nuestra dirección, gobernada por un solo remero que gritaba: "¿Has
llegado ya, alma vil?"
--Flegias, Flegias, gritas en vano esta vez--dijo mi Señor--; no nos
tendrás en tu poder más tiempo que el necesario para pasar la laguna.
Flegias, conteniendo su cólera, hizo lo que un hombre a quien descubren
que ha sido víctima de un engaño, ocasionándole esto un dolor profundo.
Mi guía saltó a la barca y me hizo entrar en ella tras él; pero aquélla
no pareció ir cargada hasta que recibió mi peso. En cuanto ambos
estuvimos dentro, la antigua proa partió trazando en el agua una estela
más profunda de lo que solía cuando llevaba otros pasajeros. Mientras
recorríamos aquel canal de agua estancada, se me presentó una sombra
llena de lodo, y me preguntó:
--¿Quién eres tú, que vienes antes de tiempo?
A lo que contesté:
--Si he venido, no es para permanecer aquí; mas dime ¿quién eres tú,
que tan sucio estás?
Respondióme:
--Ya ves que soy uno de los que lloran.
Y yo a él:
--¡Permanece, pues, entre el llanto y la desolación, espíritu maldito!
Te conozco aunque estés tan enlodado.
Entonces extendió sus manos hacia la barca, pero mi prudente Maestro le
rechazó diciendo:
--Véte de aquí con los otros perros.
En seguida rodeó mi cuello con sus brazos, me besó en el rostro y me
dijo:
--Alma desdeñosa, ¡bendita aquella que te llevó en su seno! Ese que
ves fué en el mundo una persona soberbia; ninguna virtud ha honrado su
memoria, por lo que su sombra está siempre furiosa. ¡Cuántos se tienen
allá arriba por grandes reyes, que se verán sumidos como cerdos en este
pantano, sin dejar en pos de sí más que horribles desprecios!
Y yo:
--Maestro, antes de salir de este lago, desearía en gran manera ver a
ese pecador sumergido en el fango.
Y él a mí:
--Antes de que veas la orilla, quedarás satisfecho: convendrá que goces
de ese deseo.
Poco después, le vi acometido de tal modo por las demás sombras
cenagosas, que aún alabo a Dios y le doy gracias por ello. Todas
gritaban: "¡A Felipe Argenti!" Este florentino, espíritu orgulloso,
se revolvía contra sí mismo, destrozándose con sus dientes. Dejémosle
allí, pues no pienso ocuparme más de él. Después vino a herir mis oídos
un lamento doloroso, por lo cual miré con más atención en torno mío. El
buen Maestro me dijo:
--Hijo mío, ya estamos cerca de la ciudad que se llama Dite; sus
habitantes pecaron gravemente y son muy numerosos.
Y yo le respondí:
--Ya distingo en el fondo del valle sus torres bermejas, como si
salieran de entre llamas.
A lo cual me contestó:
--El fuego eterno que interiormente las abrasa, les comunica el rojo
color que ves en ese bajo infierno.
Al fin entramos en los profundos fosos que ciñen aquella desolada
tierra: las murallas me parecían de hierro. Llegamos, no sin haber
dado antes un gran rodeo, a un sitio en que el barquero nos dijo en
alta voz: "Salid, he aquí la entrada." Vi sobre las puertas más de
mil espíritus, caídos del cielo como una lluvia, que decían con ira:
"¿Quién es ése que sin haber muerto anda por el reino de los muertos?"
Mi sabio Maestro hizo un ademán expresando que quería hablarles en
secreto. Entonces contuvieron un poco su cólera y respondieron: "Ven
tú solo, y que se vaya aquel que tan audazmente entró en este reino.
Que se vuelva solo por el camino que ha emprendido locamente: que
lo intente, si sabe; porque tú, que le has guiado por esta obscura
comarca, te has de quedar aquí."
Juzga, lector, si estaría yo tranquilo al oír aquellas palabras
malditas: no creí volver nunca a la tierra.
--¡Oh, mi guía querido!, tú que más de siete veces me has devuelto la
tranquilidad y librado de los grandes peligros con que he tropezado,
no me dejes, le dije, tan abatido: si nos está prohibido avanzar más,
volvamos inmediatamente sobre nuestros pasos.
Y aquel señor que allí me había llevado me dijo:
--No temas, pues nadie puede cerrarnos el paso que Dios nos ha abierto.
Aguárdame aquí: reanima tu abatido espíritu y alimenta una grata
esperanza, que yo no te dejaré en este bajo mundo.
En seguida se fué el dulce Padre, y me dejó solo. Permanecí en una gran
incertidumbre, agitándose el sí y el no en mi cabeza.
No pude oír lo que les propuso; pero habló poco tiempo con ellos, y
todos a una corrieron hacia la ciudad. Nuestros enemigos dieron con
las puertas en el rostro a mi Señor, que se quedó fuera, y se dirigió
lentamente hacia donde yo estaba. Tenía los ojos inclinados, sin dar
señales de atrevimiento, y decía entre suspiros: "¿Quién me ha impedido
la entrada en la mansión de los dolores?" Y dirigiéndose a mí:
--Si estoy irritado--me dijo--, no te inquietes; yo saldré victorioso
de esta prueba, cualesquiera que sean los que se opongan a nuestra
entrada. Su temeridad no es nueva: ya la demostraron ante una puerta
menos secreta, que se encuentra todavía sin cerradura. Ya has visto
sobre ella la inscripción de muerte. Pero más acá de esa puerta,
descendiendo la montaña y pasando por los círculos sin necesidad de
guía, viene uno que nos abrirá la ciudad.
[Ilustración]
-CANTO NONO-
Aquel color que el miedo pintó en mi rostro cuando vi a mi guía
retroceder, hizo que en el suyo se desvaneciera más pronto la palidez
insólita, púsose atento, como un hombre que escucha, porque las miradas
no podían penetrar a través del denso aire y de la espesa niebla.
--Sin embargo, debemos vencer en esta lucha--empezó a decir--; ¡si
no!... pero se nos ha prometido... ¡Oh!, ¡cuánto tarda el otro en
llegar![9]
[9] Si no... Esta reticencia expresa el temor y la duda, que
inmediatamente desecha Virgilio por respeto al Sér Supremo.
Quiere decir: "¡Si no... viniese ayuda del cielo!... Pero,
¿qué digo? Se me ha prometido... y no puede faltar." Se
refiere a la llegada del ángel.
Yo vi bien que ocultaba lo que había comenzado a decir bajo otra idea
que le asaltó después, y que estas últimas palabras eran diferentes
de las primeras: sin embargo, su discurso me causó espanto, porque me
parecía descubrir en sus entrecortadas frases un sentido peor del que
en realidad tenían.
--¿Ha bajado alguna vez al fondo de este triste abismo algún espíritu
del primer círculo, cuya sola pena es la de perder la esperanza?--le
pregunté.
A lo que me respondió:
--Rara vez sucede que alguno recorra el camino por donde yo voy. Es
cierto que tuve que bajar aquí otra vez a causa de los conjuros de la
cruel Erictón, que llamaba las almas a sus cuerpos, hacía poco tiempo
que mi carne estaba despojada de su alma, cuando me hizo traspasar esas
murallas para sacar un espíritu del círculo de Judas. Este círculo es
el más profundo, el más obscuro y el más lejano del Cielo que lo mueve
todo. Conozco bien el camino; por lo cual debes estar tranquilo. Esta
laguna, que exhala tan gran fetidez, ciñe en torno la ciudad del dolor,
donde ya no podremos entrar sin justa indignación.
Dijo además otras cosas, que no he podido retener en mi memoria, porque
me hallaba absorto, mirando la alta torre de ardiente cúspide, donde
vi de improviso aparecer rápidamente tres furias infernales, tintas en
sangre, las cuales tenían movimientos y miembros femeniles. Estaban
ceñidas de hidras verdosas, y tenían por cabellos pequeñas serpientes y
cerastas, que ceñían sus horribles sienes. Y aquél que conocía muy bien
a las siervas de la Reina del dolor eterno:
--Mira--me dijo--, las feroces Erinnias. La de la izquierda es Megera;
la que llora a la derecha es Alecton, y la del centro es Tisifona.
Después calló. Las furias se desgarraban el pecho con sus uñas; se
golpeaban con las manos, y daban tan fuertes gritos, que por temor me
acerqué más al poeta. "Venga Medusa, y le convertiremos en piedra,
decían todas mirando hacia abajo: mal hemos vengado la entrada del
audaz Teseo."
--Vuélvete y cúbrete los ojos con las manos, porque si apareciese la
Gorgona, y la vieses, no podrías jamás volver arriba.
Así me dijo el Maestro, volviéndome él mismo; y no fiándose de mis
manos, me tapó los ojos con las suyas. ¡Oh vosotros, que gozáis de sano
entendimiento; descubrid la doctrina que se oculta bajo el velo de tan
extraños versos!
Oíase a través de las turbias ondas un gran ruido, lleno de horror, que
hacía retemblar las dos orillas, asemejándose a un viento impetuoso,
impelido por contrarios ardores, que se ensaña en las selvas, y sin
tregua las ramas rompe y desgaja, y las arroja fuera; y marchando
polvoroso y soberbio, hace huír a las fieras y a los pastores. Me
descubrió los ojos, y me dijo:
--Ahora dirige el nervio de tu vista sobre esa antigua espuma, hacia el
sitio en que el humo es más maligno.
Como las ranas, que, al ver la culebra enemiga, desaparecen a través
del agua, hasta que se han reunido todas en el cieno, del mismo modo
vi más de mil almas condenadas, huyendo de uno que atravesaba la
Estigia a pie enjuto. Alejaba de su rostro el aire denso, extendiendo
con frecuencia la siniestra mano hacia delante, y sólo este trabajo
parecía cansarle. Bien comprendí que era un mensajero del Cielo, y
volvíme hacia el Maestro; pero éste me indicó que permaneciese quieto y
me inclinara. ¡Ah!, ¡cuán desdeñoso me pareció aquel enviado celeste!
Llegó a la puerta, y la abrió con una varita sin encontrar obstáculo.
--¡Oh demonios arrojados del Cielo, raza despreciable!--empezó a
decir en el horrible umbral--; ¿cómo habéis podido conservar vuestra
arrogancia? ¿Por qué os resistís contra esa voluntad, que no deja nunca
de conseguir su intento, y que ha aumentado tantas veces vuestros
dolores? ¿De qué os sirve luchar contra el destino? Vuestro Cerbero,
si bien lo recordáis, tiene aún el cuello y el hocico pelados.
Entonces se volvió hacia el cenagoso camino sin dirigirnos la palabra,
semejante a un hombre a quien preocupan y apremian otros cuidados, que
no se relacionan con la gente que tiene delante. Y nosotros, confiados
en las palabras santas, dirigimos nuestros pasos hacia la ciudad de
Dite. Entramos en ella sin ninguna resistencia; y como yo deseaba
conocer la suerte de los que estaban encerrados en aquella fortaleza,
luego que estuve dentro, empecé a dirigir escudriñadoras miradas en
torno mío, y vi por todos lados un gran campo lleno de dolor y de
crueles tormentos. Como en los alrededores de Arlés, donde se estanca
el Ródano, o como en Pola, cerca del Quarnero, que encierra a Italia
y baña sus fronteras, vense antiguos sepulcros, que hacen montuoso el
terreno, así también aquí se elevaban sepulcros por todas partes; con
la diferencia de que su aspecto era más terrible, por estar envueltos
entre un mar de llamas, que los encendían enteramente, más que lo fué
nunca el hierro en ningún arte. Todas sus losas estaban levantadas, y
del interior de aquéllos salían tristes lamentos, parecidos a los de
los míseros ajusticiados. Entonces le pregunté a mi Maestro:
--¿Qué clase de gente es ésa, que sepultada en aquellas arcas, se da a
conocer por sus dolientes suspiros?
A lo que me respondió:
--Son los heresiarcas, con sus secuaces de todas sectas: esas tumbas
están mucho más llenas de lo que puedes figurarte. Ahí está sepultado
cada cual con su semejante, y las tumbas arden más o menos.
Después, dirigiéndose hacia la derecha, pasamos por entre los sepulcros
y las altas murallas.
[Ilustración]
-CANTO DECIMO-
Mi maestro avanzó por un estrecho sendero, entre los muros de la ciudad
y las tumbas de los condenados, y yo seguí tras él.
--¡Oh suma virtud--exclamé--que me conduces a tu placer por los
círculos impíos! Háblame y satisface mis deseos. ¿Podré ver la gente
que yace en esos sepulcros? Todas las losas están levantadas, y no hay
nadie que vigile.
Respondióme:
--Todos quedarán cerrados, cuando hayan vuelto de Josafat las almas con
los cuerpos que han dejado allá arriba. Epicuro y todos sus sectarios,
que pretenden que el alma muere con el cuerpo, tienen su cementerio
hacia esta parte. Así, que pronto contestarán aquí dentro a la pregunta
que me haces, y al deseo que me ocultas.
Yo le repliqué:
--Buen Guía, si acaso te oculto mi corazón, es por hablar poco, a lo
cual no es la primera vez que me has predispuesto con tus advertencias.
--¡Oh Toscano, que vas por la ciudad del fuego hablando modestamente!,
dígnate detenerte en este sitio. Tu modo de hablar revela claramente el
noble país al que quizá fuí yo funesto.
Tales palabras salieron súbitamente de una de aquellas arcas, haciendo
que me aproximara con temor a mi Guía. Este me dijo:
--Vuélvete: ¿qué haces? Mira a Farinata, que se ha levantado en su
tumba, y a quien puedes contemplar desde la cintura a la cabeza.
Yo tenía ya mis miradas fijas en las suyas: él erguía su pecho y su
cabeza en ademán de despreciar al Infierno. Entonces mi Guía, con
mano animosa y pronta, me impelió hacia él a través de los sepulcros,
diciéndome: "Háblale con claridad."
En cuanto estuve al pie de su tumba, examinóme un momento; y después,
con acento un tanto desdeñoso, me preguntó:
--¿Quiénes fueron tus antepasados?
Yo, que deseaba obedecer, no le oculté nada, sino que se lo descubrí
todo; por lo cual arqueó un poco las cejas, y dijo:
--Fueron terribles contrarios míos, de mis parientes y de mi partido;
por eso los desterré dos veces.
--Si estuvieron desterrados--le contesté--, volvieron de todas partes
una y otra vez, arte que los vuestros no han aprendido.
Entonces, al lado de aquél, apareció a mi vista una sombra, que sólo
descubría hasta la barba, lo que me hace creer que estaba de rodillas.
Miró en torno mío, como deseando ver si estaba alguien conmigo; y
apenas se desvanecieron sus sospechas, me dijo llorando:
--Si la fuerza de tu genio es la que te ha abierto esta obscura
prisión, ¿dónde está mi hijo y por qué no se encuentra a tu lado?
Respondíle:
--No he venido por mí mismo: el que me espera allí me guía por estos
lugares: quizá vuestro Guido "tuvo" hacia él demasiado desdén.
Sus palabras y la clase de su suplicio me habían revelado ya el nombre
de aquella sombra: así es que mi respuesta fué precisa. Irguiéndose
repentinamente exclamó:
--¿Cómo dijiste "tuvo"? Pues qué, ¿no vive aún? ¿No hiere ya sus ojos
la dulce luz del día?
Cuando observó que yo tardaba en responderle, cayó de espaldas en su
tumba, y no volvió a aparecer fuera de ella. Pero aquel otro magnánimo,
por quien yo estaba allí, no cambió de color, ni movió el cuello, ni
inclinó el cuerpo.
--El que no hayan aprendido bien ese arte--me dijo continuando la
conversación empezada--, me atormenta más que este lecho. Mas la deidad
que reina aquí no mostrará cincuenta veces su faz iluminada, sin que tú
conozcas lo difícil que es ese arte. Pero dime, así puedas volver al
dulce mundo, ¿por qué causa es ese pueblo tan desapiadado con los míos
en todas sus leyes?
A lo cual le contesté:
--El destrozo y la gran matanza que enrojeció el Arbia excita tales
discursos en nuestro templo.
Entonces movió la cabeza suspirando, y después dijo:
--No estaba yo allí solo; y en verdad, no sin razón me encontré en
aquel sitio con los demás; pero sí fuí el único que, cuando se trató de
destruir a Florencia, la defendí resueltamente.
--¡Ah!--le contesté--; ¡ojalá vuestra descendencia tenga paz y reposo!
Pero os ruego que deshagáis el nudo que ha enmarañado mi pensamiento.
Me parece, por lo que he oído, que prevéis lo que el tiempo ha de
traer, a pesar de que os suceda lo contrario con respecto a lo presente.
--Nosotros--dijo--somos como los que tienen la vista cansada, que
vemos las cosas distantes, gracias a una luz con que nos ilumina el
Guía soberano. Cuando las cosas están próximas o existen, nuestra
inteligencia es vana, y si otro no nos lo cuenta, nada sabemos de
los sucesos humanos; por lo cual puedes comprender que toda nuestra
inteligencia morirá el día en que se cierre la puerta del porvenir.
--Decid a ese que acaba de caer, que su hijo está aún entre los vivos.
Si antes no le respondí, hacedle saber que lo hice porque estaba
distraído con la duda que habéis aclarado.
Mi Maestro me llamaba ya, por cuya razón rogué más solícitamente al
espíritu que me dijera quién estaba con él.
--Estoy tendido entre más de mil--me respondió--; ahí dentro están el
segundo Federico y el Cardenal.[10] En cuanto a los demás, me callo.
[10] El emperador Federico II, siempre en guerra con los
Papas, contra los cuales escribió versos, fué excomulgado
por Gregorio IX e Inocencio IV, y murió en 1250.--Octaviano
degli Ubaldini, de Florencia y del partido gibelino, a pesar
de ser Cardenal, dijo una vez, que, si acaso tuviera alma, la
perdería por los gibelinos. Por esta razón los coloca Dante
entre los herejes.
Se ocultó después de decir esto, y yo dirigí mis pasos hacia el antiguo
poeta, pensando en aquellas palabras que me parecían amenazadoras. Se
puso en marcha, y mientras caminábamos, me dijo:
--¿Por qué estás tan turbado?
Y cuando satisfice su pregunta:
--Conserva en tu memoria lo que has oído contra ti--me ordenó aquel
sabio--; y ahora estáme atento.
Y levantando el dedo, prosiguió:
--Cuando estés ante la dulce mirada de aquella cuyos bellos ojos lo ven
todo, conocerás el porvenir que te espera.
En seguida se dirigió hacia la izquierda. Dejamos las murallas y fuimos
hacia el centro de la ciudad, por un sendero que conduce a un valle, el
cual exhalaba un hedor insoportable.
[Ilustración]
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-CANTO UNDECIMO-
A la extremidad de un alto promontorio, formado por grandes piedras
rotas y acumuladas en círculo, llegamos hasta un montón de espíritus
más cruelmente atormentados. Allí, para preservarnos de las horribles
emanaciones y de la fetidez que despedía el profundo abismo, nos
pusimos al abrigo de la losa de un gran sepulcro, donde vi una
inscripción que decía: "Encierro al papa Anastasio, a quien Fotino
arrastró lejos del camino recto."
--Es preciso que descendamos por aquí lentamente, a fin de acostumbrar
de antemano nuestros sentidos a este triste hedor, y después no
tendremos necesidad de precavernos de él.
Así habló mi Maestro, y yo le dije:
--Busca algún recurso para que no perdamos el tiempo inútilmente.
A lo que me respondió:
--Ya ves que en ello pienso. Hijo mío--continuó--, en medio de estas
rocas hay tres círculos, que se estrechan gradualmente como los que has
dejado: todos están llenos de espíritus malditos; mas para que después
te baste con sólo verlos, oye cómo y por qué están aquí encerrados. La
injuria es el fin de toda maldad que se atrae el odio del cielo, y se
llega a este fin, que redunda en perjuicio de otros, bien por medio de
la violencia, o bien por medio del fraude. Pero como el fraude es una
maldad propia del hombre, por eso es más desagradable a los ojos de
Dios, y por esta razón los fraudulentos están debajo, entregados a un
dolor más vivo. Todo el primer círculo lo ocupan los violentos, círculo
que está además construído y dividido en tres recintos; porque puede
cometerse violencia contra tres clases de seres: contra Dios, contra sí
mismo y contra el prójimo; y no sólo contra sus personas, sino también
contra sus bienes, como lo comprenderás por estas claras razones. Se
comete violencia contra el prójimo dándole la muerte o causándole
heridas dolorosas; y contra sus bienes, por medio de la ruina, del
incendio o de los latrocinios. De aquí resulta que los homicidas, los
que causan heridas, los incendiarios y los ladrones están atormentados
sucesivamente en el primer recinto. Un hombre puede haber dirigido su
mano violenta contra sí mismo o contra sus bienes: justo es, pues,
que purgue su culpa en el segundo recinto, sin esperar tampoco mejor
suerte aquel que por su propia voluntad se priva de vuestro mundo,
juega, disipa sus bienes o llora donde debía haber estado alegre y
gozoso. Puede cometer violencia contra la Divinidad el que reniega de
ella y blasfema con el corazón, y el que desprecia la Naturaleza y sus
bondades. He aquí por qué el recinto más pequeño marca con su fuego a
Sodoma y a Cahors, y a todo el que, despreciando a Dios, le injuria
sin hablar, desde el fondo de su corazón. El hombre puede emplear el
fraude que produce remordimientos en todas las conciencias, ya con el
que de él se fía, ya también con el que desconfía de él. Este último
modo de usar del fraude parece que sólo quebranta los vínculos de amor,
que forma la Naturaleza; por esta causa están encadenados en el segundo
recinto los hipócritas, los aduladores, los hechiceros, los falsarios,
los ladrones, los simoníacos, los rufianes, los barateros y todos los
que se han manchado con semejantes e inmundos vicios. Por el primer
fraude no sólo se olvida el amor que establece la Naturaleza, sino
también el sentimiento que le sigue, y de donde nace la confianza: he
aquí por qué, en el círculo menor, donde está el centro de la Tierra y
donde se halla el asiento de Dite, yace eternamente atormentado todo
aquel que ha cometido traición.
Le dije entonces:
--Maestro, tus razones son muy claras, y bien me dan a conocer, por
medio de tales divisiones, ese abismo y la muchedumbre que le habita;
pero dime: los que están arrojados en aquella laguna cenagosa, los que
agita el viento sin cesar, los que azota la lluvia, y los que chocan
entre sí lanzando tan estridentes gritos, ¿por qué no son castigados en
la ciudad del fuego, si se han atraído la cólera de Dios? Y si no se la
han atraído, ¿por qué se ven atormentados de tal suerte?
Me contestó:
--¿Por qué tu ingenio, contra su costumbre, delira tanto ahora?, ¿o es
que tienes el pensamiento en otra parte? ¿No te acuerdas de aquellas
palabras de la Etica, que has estudiado, en las que se trata de las
tres inclinaciones que el Cielo reprueba: la incontinencia, la malicia
y la loca bestialidad, y de qué modo la incontinencia ofende menos
a Dios y produce menor censura? Si examinas bien esta sentencia,
acordándote de los que sufren su castigo fuera de aquí, conocerás
por qué están separados de esos felones, y por qué los atormenta la
justicia divina, a pesar de demostrarse con ellos menos ofendida.
--¡Oh Sol, que sanas toda vista conturbada!--exclamé--: tal contento
me das cuando desarrollas tus ideas, que sólo por eso me es tan grato
dudar como saber. Vuelve atrás un momento, y explícame de qué modo
ofende la usura a la bondad divina: desvanece esta duda.
--La filosofía--me contestó--enseña en más de un punto al que la
estudia, que la Naturaleza tiene su origen en la Inteligencia divina y
en su arte; y si consultas bien tu Física, encontrarás, sin necesidad
de hojear muchas páginas, que el arte humano sigue cuanto puede a
la Naturaleza, como el discípulo a su maestro; de modo que aquél es
casi nieto de Dios. Partiendo, pues, de estos principios, sabrás si
recuerdas bien el Génesis, que es conveniente sacar de la vida la mayor
utilidad, y multiplicar el género humano. El usurero sigue otra vía;
desprecia a la naturaleza y a su secuaz, y coloca su esperanza en otra
parte. Ahora sígueme; que me place avanzar. Los peces suben ya por el
horizonte; el carro se ve hacia aquel punto donde expira Coro, y lejos
de aquí el alto promontorio parece que desciende.
[Ilustración]
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-CANTO DUODECIMO-
El sitio por donde empezamos a bajar era un paraje alpestre y, a causa
del que allí se hallaba, todas las miradas se apartarían de él con
horror. Como aquellas ruinas, cuyo flanco azota el río Adigio, más acá
de Trento, producidas por un terremoto o por falta de base, que desde
la cima del monte de donde cayeron hasta la llanura, presentan la roca
tan hendida, que ningún paso hallaría el que estuviese sobre ellas, así
era la bajada de aquel precipicio; y en el borde de la entreabierta
sima estaba tendido el monstruo, oprobio de Creta, que fué concebido
por una falsa vaca. Cuando nos vió, se mordió a sí mismo, como aquel a
quien abrasa la ira. Gritóle entonces mi Sabio:
--¿Por ventura crees que esté aquí el rey de Atenas, que allá arriba,
en el mundo, te dió la muerte? Aléjate, monstruo; que éste no viene
amaestrado por tu hermana, sino con el objeto de contemplar vuestras
penas.
Como el toro que rompe las ligaduras en el momento de recibir el golpe
mortal, que huír no puede, pero salta de un lado a otro, lo mismo hizo
el Minotauro; y mi prudente Maestro me gritó:
--Corre hacia el borde; mientras esté furioso, bueno es que desciendas.
Nos encaminamos por aquel derrumbamiento de piedras, que oscilaban por
primera vez bajo el peso de mi cuerpo. Iba yo pensativo; por lo cual me
dijo:
--Acaso piensas en estas ruinas, defendidas por aquella ira bestial,
que he disipado. Quiero, pues, que sepas que la otra vez que bajé al
profundo Infierno aun no se habían desprendido estas piedras; pero un
poco antes (si no estoy equivocado) de que viniese aquél que arrebató
a Dite la gran presa del primer círculo, retembló el impuro valle tan
profundamente por todos sus ámbitos, que creí ver al universo sintiendo
aquel amor, por el cual otros creyeron que el mundo ha vuelto más de
una vez a sumirse en el caos; y entonces fué cuando esa antigua roca se
destrozó por tan diversas partes. Pero fija tus miradas en el valle;
pues ya estamos cerca del río de sangre, en el cual hierve todo el que
por medio de la violencia ha hecho daño a los demás.
¡Oh ciegos deseos! ¡Oh ira desatentada, que nos aguijonea de tal modo
en nuestra corta vida, y así nos sumerge en sangre hirviente por toda
una eternidad! Vi un ancho foso en forma circular, como la montaña que
rodea toda la llanura, según me había dicho mi Guía, y entre el pie de
la roca y este foso corrían en fila muchos centauros armados de saetas,
del mismo modo que solían ir a cazar por el mundo. Al vernos descender,
se detuvieron, y tres de ellos se separaron de la banda, preparando sus
arcos y escogiendo antes sus flechas. Uno de ellos gritó desde lejos:
--¿Qué tormento os está reservado a vosotros los que bajáis por esa
cuesta? Decidlo desde donde estáis, porque si no, disparo mi arco.
Mi Maestro respondió:
--Contestaremos a Quirón, cuando estemos cerca. Tus deseos fueron
siempre por desgracia muy impetuosos.
Después me tocó y me dijo:
--Ese es Neso, el que murió por la hermosa Deyanira, y vengó por sí
mismo su muerte; el de enmedio, que inclina la cabeza sobre el pecho,
es el gran Quirón, que educó a Aquiles; el otro es el irascible Foló.
Alrededor del foso van a millares, atravesando con sus flechas a toda
alma que sale de la sangre más de lo que le permiten sus culpas.
Nos fuimos aproximando a aquellos ágiles monstruos: Quirón cogió
una flecha, y con el regatón apartó las barbas hacia detrás de sus
quijadas. Cuando se descubrió la enorme boca, dijo a sus compañeros:
--¿Habéis observado que el de detrás mueve cuanto toca? Los pies de los
muertos no suelen hacer eso.
Y mi buen Maestro, que estaba ya junto a él, y le llegaba al pecho,
donde las dos naturalezas se unen, repuso:
--Está en efecto vivo, y yo sólo debo enseñarle el sombrío valle: viene
a él por necesidad, y no por distracción. La que me ha encomendado este
nuevo oficio, ha cesado por un momento de cantar "aleluya." No es él un
ladrón, ni yo un alma criminal. Pero por aquella virtud que dirige mis
pasos en un camino tan salvaje, cédeme uno de los tuyos para que nos
acompañe, que nos indique un punto vadeable y lleve a éste sobre sus
ancas, pues no es espíritu que vaya por el aire.
Quirón se volvió hacia la derecha, y dijo a Neso:
--Vé, guíales; y si tropiezan con algún grupo de los nuestros, haz que
les abran paso.
Nos pusimos en marcha, tan fielmente escoltados, hacia lo largo de
las orillas de aquella roja espuma, donde lanzaban horribles gritos
los ahogados. Los vi sumergidos hasta las cejas, por lo que el gran
Centauro dijo:
--Esos son los tiranos, que vivieron de sangre y de rapiña. Aquí
se lloran las desapiadadas culpas: aquí está Alejandro, y el feroz
Dionisio, que tantos años de dolor hizo sufrir a la Sicilia. Aquella
frente que tiene el cabello tan negro es la de Azzolino, y la otra
que lo tiene rubio es la de Obezzo de Este, que verdaderamente fué
asesinado en el mundo por su hijastro.
Entonces me volví hacia el Poeta, el cual me dijo:
--Sea éste ahora tu primer guía; yo seré el segundo.
Algo más lejos se detuvo el Centauro sobre unos condenados, que
parecían sacar fuera de aquel hervidero su cabeza hasta la garganta, y
nos mostró una sombra que estaba separada de las demás, diciendo:
Aquél hirió, en recinto sagrado, a un corazón, que aún se ve honrado en
las orillas del Támesis.[11]
[11] Guido de Montfort. Para vengar la muerte de Simón, su
padre, muerto en Inglaterra por Eduardo, asesinó en 1271, en
una iglesia de Viterbo, a Enrique, hermano de aquél, mientras
el sacerdote elevaba la hostia. El corazón del asesinado fué
llevado en una copa a Londres, y colocado sobre una columna en
el puente del Támesis, para recordar a los ingleses la ofensa
que se les había hecho.
Después vi otras sombras que sacaban la cabeza fuera del río, y algunas
todo el pecho, y reconocí a muchos de ellos. Como la sangre iba
disminuyendo poco a poco, hasta no cubrir más que el pie, vadeamos el
foso.
--Quiero que creas--me dijo el Centauro--que así como ves disminuir
la corriente por esta parte, por la otra es su fondo cada vez mayor,
hasta que llega a reunirse en aquel punto donde la tiranía está
condenada a gemir. Allí es donde la justicia divina ha arrojado a
Atila, que fué su azote en la tierra; a Pirro, a Sexto, y eternamente
arranca lágrimas, con el hervor de esa sangre, a Renato de Corneto y a
Renato Pazzo, que tanto daño causaron en los caminos.
Dicho esto, se volvió y repasó el vado.
[Ilustración]
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-CANTO DECIMOTERCIO-
No había llegado aún Neso a la otra parte, cuando penetramos en un
bosque, que no estaba surcado por ningún sendero. El follaje no era
verde, sino de un color obscuro; las ramas no eran rectas, sino nudosas
y entrelazadas; no había frutas, sino espinas venenosas. No son tan
ásperas y espesas las selvas donde moran las fieras, que aborrecen los
sitios cultivados entre el Cecina y Corneto. Allí anidan las brutales
Arpías, que arrojaron a los Troyanos de las Estrofades con el triste
presagio de un mal futuro. Tienen alas anchas, cuellos y rostros
humanos, pies con garras, y el vientre cubierto de plumas: subidas en
los árboles, lanzan extraños lamentos.
Mi buen Maestro empezó a decirme:
--Antes de avanzar más, debes saber que te encuentras en el segundo
recinto, por el cual continuarás hasta que llegues a los terribles
arenales. Por tanto, mira con atención; y de este modo verás cosas, que
darán testimonio de mis palabras.
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