ojos. Estando Ella, sin embargo, inmóvil sobre el costado izquierdo del
carro, dirigió de este modo sus palabras a las compasivas substancias:
--Vosotros veláis en el eterno día, de modo que ni la noche ni el
sueño os roban ninguno de los pasos que da el siglo en su camino: así
pues, responderé con más cuidado, a fin de que me comprenda el que
allí llora, y sienta un dolor proporcionado a su falta. No solamente
por influencia de las grandes esferas que dirigen cada semilla hacia
algún fin, según la virtud de la estrella que la acompaña, sino también
por la abundancia de la gracia divina (cuya lluvia desciende de tan
altos vapores, que no puede alcanzarlos nuestra vista), fué tal ése
en su edad temprana por natural disposición, que todos los buenos
hábitos habrían producido en él admirables efectos; pero el terreno
mal sembrado e inculto se hace tanto más maligno y salvaje, cuanto
mayor vigor terrestre hay en él. Por algún tiempo le sostuve con mi
presencia: mostrándole mis ojos juveniles, le llevaba conmigo en
dirección del camino recto; pero tan pronto como estuve en el umbral
de la segunda edad, y cambié de vida, ése se separó de mí y se entregó
a otros amores. Cuando subí desde la carne al espíritu, y hube crecido
en belleza y virtud, fuí para él menos querida y menos agradable.
Encaminó sus pasos por una vía falsa, siguiendo tras engañosas imágenes
del bien, que no cumplen totalmente ninguna promesa: ni siquiera me
ha valido impetrar para él inspiraciones, por medio de las cuales le
llamaba en sueños o de otros modos, según el poco caso que de ellas ha
hecho. Tan abajo cayó, que todos mis medios eran ya insuficientes para
salvarle, si no le mostraba las razas condenadas. Por él he visitado el
umbral de los muertos, y dirigí mis ruegos y mis lágrimas al que le ha
conducido hasta aquí. Se hubiera violado el alto decreto de Dios, si
pasara el Leteo y gustara tales manjares sin haber pagado alguna parte
de la penitencia que hace verter lágrimas.
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMOPRIMERO-
¡Oh tú, que estás a la otra parte del sagrado río!--Empezó de nuevo a
decir, continuando sin demora, y dirigiéndome de punta sus palabras,
que aun de filo me habían parecido tan acerbas--; di, di si esto es
verdad--; a tal acusación es preciso que tu confesión corresponda.
Estaba yo tan confuso, que mi voz conmovida se extinguió antes de salir
de sus órganos. Ella esperó un momento, y después dijo:
--¿En qué piensas? Respóndeme, pues todavía las aguas del Leteo no han
borrado tus tristes recuerdos.
La confusión y el miedo reunidos me arrancaron de la boca un "sí" tan
débil, que fué menester el auxilio de la vista para entenderlo. Así
como se rompe una ballesta por estar demasiado tirantes la cuerda y
el arco, de modo que la flecha da con menos fuerza en el blanco, así
yo, quebrantado bajo el peso de tan grave cargo, prorrumpí en lágrimas
y suspiros, y la voz enflaquecida vino a expirar entre mis labios.
Entonces Ella me dijo:
--En medio de los saludables deseos procedentes de mí, que te
impulsaban a amar el bien, más allá del cual no hay nada a que aspirar,
¿qué fosos insuperables o qué cadenas has encontrado para perder de
tal modo la esperanza de pasar adelante? ¿Y qué ventajas o atractivos
descubriste en el aspecto de los otros bienes, para que debieras rondar
en torno de ellos?
Después de haber exhalado un amargo suspiro, apenas tuve bastante voz
para responder; voz que mis labios formaron con trabajo. Llorando dije:
--Las cosas presentes con sus falsos placeres desviaron mis pasos,
apenas se me ocultó vuestro rostro.
Ella me respondió:
--Aunque callases o negases lo mismo que ahora confiesas, no por eso tu
falta sería menos conocida: ¡tal es el Juez que la sabe! Pero cuando la
confesión del pecado sale de la propia boca del pecador, la rueda se
vuelve en nuestro tribunal contra el filo de la espada. Sin embargo,
para que más te aproveche la vergüenza de tu error, y para que otra
vez seas más fuerte al oír las sirenas, depón la causa de tu llanto y
escucha: de este modo sabrás que mi carne sepultada debía encaminarte
en una dirección totalmente contraria. El arte o la naturaleza no te
presentaron jamás una cosa tan agradable como los bellos miembros en
que estuve contenida, miembros que ahora son polvo de la tierra. Y si
el sumo placer de verme te faltó por mi muerte, ¿qué cosa mortal debía
excitar después tus deseos? A la primera herida que te causaron las
cosas falaces del mundo, debiste elevar tus ojos al cielo, siguiéndome
a mí, que no era ya como ellas. No debían abatirse tus alas para
esperar allí nuevos golpes, o bien alguna doncellita u otra cualquiera
vanidad de tan corta duración. El tierno pajarillo cae en dos o tres
asechanzas; pero ante los ojos de los ya cubiertos de pluma en vano se
despliegan las redes, en vano se lanzan flechas.
Yo estaba como los niños que, mudos de vergüenza y con los ojos fijos
en el suelo, escuchan en pie, reconociendo sus faltas, y arrepentidos.
Ella continuó:
--Ya que te muestras tan contrito por lo que has oído, alza la barba, y
sentirás más dolor mirándome.
Con menos resistencia se desarraiga la robusta encina, bien al embate
de los vientos boreales, o bien al de aquel que viene del país de
Jarba, de la que, al oír su orden, opuse yo para levantar la cabeza; y
cuando dió el nombre de barba a mi rostro, bien conocí el veneno que
encerraban sus palabras. Por fin, cuando alcé la faz, advertí que las
primeras criaturas habían cesado de esparcir flores, y mis miradas,
poco seguras aún, vieron a Beatriz vuelta hacia la fiera que es una
sola persona con dos naturalezas. Cubierta con su velo, y al otro lado
de la verde orilla, parecióme que se vencía a sí misma en su primitiva
belleza, mucho más de lo que vencía a las demás mujeres cuando vivía
en el mundo. La ortiga del arrepentimiento me punzó tanto, que de
todas las cosas mortales la que más me desvió de su amor me fué la
más odiosa: el remordimiento me oprimió el corazón de tal modo, que
caí desmayado. Lo que me sucedió entonces lo sabe aquélla que fué la
causa de ello. Cuando el corazón me restituyó la facultad de percibir
las cosas exteriores, vi por encima de mí a la Dama que antes había
encontrado sola, y la oí decir:
--¡Agárrate, agárrate a mí!
Habíame sumergido en el río hasta la garganta, e impeliéndome tras
ella, iba caminando sobre el agua con la ligereza de una lanzadera.
Cuando estuve cerca de la dichosa orilla, oí tan dulcemente "Asperges
me," que no sabría recordarlo, cuanto menos escribirlo. La hermosa
Dama abrió sus brazos, rodeó con ellos mi cabeza, y me sumergió de modo
que hube de beber el agua. Después me sacó fuera, y mojado como estaba
me presentó a las cuatro bellas bailarinas, cada una de las cuales
extendió sobre mí su brazo.
--Aquí somos ninfas, y en el Cielo estrellas: antes de que Beatriz
descendiese al mundo fuimos designadas como siervas suyas. Te
conduciremos ante sus ojos; pero las tres del otro lado, que ven más
a fondo, aguzarán los tuyos para que percibas la plácida luz que hay
dentro de ellos.
Así me dijeron cantando; y después me llevaron hacia el pecho del
Grifo, donde estaba Beatriz vuelta hacia nosotros. En seguida añadieron:
--No economices tus miradas: te hemos puesto delante de las esmeraldas,
desde donde Amor te lanzó un día sus dardos.
Mil deseos más ardorosos que la llama atrajeron mis ojos hacia aquellos
ojos brillantes, que aún estaban fijos en el Grifo. Como el Sol en
un espejo, la doble fiera se reflejaba en ellos, ya de un modo, ya
de otro. Piensa, lector, si yo estaría maravillado al ver tal objeto
permanecer inalterable en sí mismo, y transformándose en su imagen
reflejada. Mientras que, llena de estupor y gozosa, mi alma gustaba
de aquel alimento que, satisfaciéndola, la hacía más deseosa de él,
aquellas tres, que demostraban en su actitud ser de una jerarquía más
elevada, se adelantaron danzando al compás de sus angélicos cantares.
--Vuelve, Beatriz, vuelve tus ojos santos (tal era su canción) hacia tu
fiel amigo, que ha dado tantos pasos para verte. Por gracia, haznos la
gracia de descubrirle tu faz, de modo que contemple la nueva belleza
que le ocultas.
¡Oh esplendor de viva luz eterna! ¿Quién es el que habiendo palidecido
a la sombra del Parnaso, o bebido en su fuente, no tendría la mente
ofuscada, al intentar representarte tal cual apareciste allí donde el
cielo te circundaba, resonando con su acostumbrada armonía, cuando al
aire libre te descubriste?
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMOSEGUNDO-
Estaban mis ojos tan fijos y atentos para calmar su sed de diez años,
que tenía embotados los otros sentidos, encontrando además aquéllos por
todas partes obstáculos que no les permitían cuidarse de ninguna otra
cosa; así es que la santa sonrisa los atraía con sus antiguas redes.
Pero por fuerza me obligaron aquellas diosas a volver la cabeza hacia
la izquierda, porque les oía decir: "Mira demasiado fijamente;" y la
disposición en que se encuentran los ojos cuando acaban de ser heridos
por los rayos del Sol, me dejó por algún tiempo sin vista; mas cuando
se repusieron los míos ante otro pequeño resplandor (y digo pequeño,
comparándolo con la gran luz de que me había separado forzosamente), vi
que el glorioso ejército se había vuelto hacia la derecha, recibiendo
en el rostro los rayos del Sol y los de las siete llamas. Así como
para salvarse una cohorte, se retira cobijada bajo los escudos, y se
vuelve con su estandarte antes de que haya terminado por completo su
evolución, así la milicia del reino celestial que precedía al carro
desfiló toda antes de que éste hubiera vuelto su lanza. En seguida las
mujeres se volvieron a colocar cerca de las ruedas, y el Grifo puso en
movimiento el carro bendito, de tal modo que no se agitó ninguna de
sus plumas. La hermosa Dama que me hizo vadear el río, Estacio y yo
seguíamos a la rueda que describió al girar el arco menor. Caminando de
esta suerte a través de la alta selva deshabitada por culpa de aquella
que creyó a la serpiente, ajustaba mis pasos al cántico de los ángeles.
Una flecha despedida del arco recorre quizá en tres veces el espacio
que habíamos avanzado, cuando bajó Beatriz. Oí que todos murmuraban:
"¡Adán!" En seguida rodearon un árbol enteramente despojado de hojas
y flores en todas sus ramas. Su copa, que se extendía a medida que el
árbol se elevaba, sería, a causa de su altura, admirada por los indios
en sus selvas.
--¡Bendito seas, oh Grifo, que con tu pico no arrancaste nada de este
tronco dulce al gusto, después que, por haberlo probado, se inclinó al
mal el apetito humano!
Así exclamaron todos en derredor del árbol robusto; y el animal de
doble naturaleza respondió:
--De ese modo se conserva la semilla de toda justicia.
Y volviéndose al timón de que había tirado, lo condujo al pie de la
planta viuda de sus hojas, y dejó atado a ella el carro que era de
ella. Así como nuestras plantas se ponen turgentes cuando la gran luz
desciende mezclada con aquella que irradia detrás de los celestes
Peces, y luego se reviste cada una con su propio color antes que el
Sol guíe sus caballos bajo otra estrella, de igual modo se renovó el
árbol cuyas ramas estaban antes tan desnudas, adquiriendo colores menos
vivos que los de la rosa, pero más que los de la violeta. Yo no pude
entender, ni aquí abajo se canta, el himno que aquella gente entonó
entonces, ni tampoco pude oír todo el canto hasta el fin. Si me fuera
posible describir cómo se adormecieron aquellos desapiadados ojos
que tan cara pagaron su excesiva vigilancia, oyendo las aventuras de
Siringa, representaría, como un pintor que copia un modelo, el modo
como me dormí; pero hágalo quienquiera que sepa figurar bien el sueño.
Paso, pues, al momento en que me desperté, y digo que un resplandor
desgarró el velo de mi sueño, al mismo tiempo que me gritaba una
voz: "Levántate; ¿qué haces?" Como Pedro, Juan y Jacobo, conducidos
a ver las florecitas del manzano, que hace a los ángeles codiciosos
de su fruta y perpetuas las bodas en el cielo; y aterrados por el
esplendor divino, volvieron en sí al oír la palabra que ha interrumpido
sueños mayores, y vieron su compañía mermada por la ausencia de
Moisés y Elías, y cambiada la túnica de su Maestro, así desperté yo,
viendo inclinada sobre mí a aquella compasiva mujer que había guiado
anteriormente mis pasos por el río; lleno de inquietud dije:
--¿Dónde está Beatriz?
A lo que me contestó:
--Mírala sentada sobre las raíces y bajo el nuevo follaje de ese árbol.
Mira la compañía que la rodea: los otros se van hacia arriba tras el
Grifo, entonando cánticos más dulces y más profundos.
Ignoro si fué más difusa su respuesta; porque se hallaba otra vez ante
mis ojos aquella que me impedía fijar la atención en ninguna otra cosa.
Estaba sentada ella sola en la tierra verdadera, como dejada allí
para custodiar el carro que vi atar a la biforme fiera. En torno suyo
formaban un círculo las siete Ninfas, teniendo en las manos aquellas
luces que no puede apagar el Aquilón ni el Austro.
--Poco tiempo habitarás esta selva, y serás eternamente conmigo
ciudadano de aquella Roma donde Cristo es romano. Por lo tanto, fija
tus ojos en este carro para bien del mundo que vive mal, y cuando
vuelvas a él, escribe lo que has visto.
Así habló Beatriz; y yo, enteramente sumiso a sus órdenes, puse mi
mente y mis ojos donde ella quiso. Nunca tan velozmente partió el
rayo de condensada nube, cuando cae del más remoto confín del aire,
como vi yo al ave de Júpiter precipitarse y bajar por el árbol,
rompiendo su corteza, ya que no las flores y hojas nuevas: y con toda
su fuerza hirió al carro, y le hizo vacilar, como nave combatida por
la tempestad, que las olas derriban, ora a babor, ora a estribor. Vi
luego introducirse en el carro triunfal una zorra, que parecía no haber
tomado jamás ningún buen alimento: pero reprendiéndole mi Dama sus feas
culpas, la obligó a huír tan precipitadamente como lo permitieron sus
descarnados huesos. En seguida, por donde mismo había venido antes,
vi al águila descender a la caja del carro, y dejarla cubierta de sus
plumas: y semejante a la voz que sale de un corazón contristado, salió
del cielo una voz que dijo: "¡Ay, navecilla mía, cuán mal cargada
estás!" Después me pareció que se abría la tierra entre las dos
ruedas, y vi salir un dragón que hincó su maligna cola en el carro, y
retirándola luego como la avispa su aguijón, se llevó consigo una parte
del fondo, y se alejó muy contento. Lo que quedó del carro, como la
tierra fértil que se cubre de grama, se cubrió de la pluma ofrecida por
el águila quizá con intención casta y benigna; y de ella se cubrieron
una y otra rueda y la lanza en menos tiempo del que mantiene un suspiro
la boca abierta. Transformado de esta suerte el edificio santo,
salieron de sus diversas partes varias cabezas, tres de ellas sobre la
lanza, y las restantes una en cada ángulo. Las primeras tenían cuernos
como los bueyes; pero las otras sólo tenían un cuerno por frente: jamás
se han visto semejantes monstruos.
Tan segura como una fortaleza sobre una alta montaña, vi sentada en
el carro a una prostituta desenvuelta, paseando sus miradas en torno
suyo. Y como para impedir que se la quitaran, vi un gigante colocado
en pie junto a ella, y ambos se besaban de vez en cuando; más habiendo
ella vuelto hacia mí sus ojos codiciosos y errantes, el feroz amante
la azotó desde la cabeza a los pies. Después, lleno de suspicacia y
de cruel ira, desató el monstruoso carro, y lo arrastró tan lejos por
la selva, que tras de ella se ocultaron a mi vista la prostituta y la
nueva fiera.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMOTERCIO-
Las mujeres comenzaron llorosas una dulce salmodia, cantando
alternativamente, ya las tres, ya las cuatro: "Deus, venerunt
gentes."[103] Y Beatriz, suspirando compasiva, las escuchaba tan
abatida, que poco más lo estuvo María al pie de la Cruz. Pero cuando
las otras vírgenes le dieron ocasión de hablar, poniéndose en pie,
respondió encendida como el fuego:
--"Modicum, et non videbitis me; et iterum," mis queridas hermanas,
"modicum, et vos videbitis me."[104]
[103] Cantan, alternando, los versículos del salmo LXXVIII,
que el poeta aplica en este lugar a las desventuras de la
Iglesia cristiana.
[104] "Dentro de poco no me veréis: pero dentro de otro poco
me veréis." Palabras de Jesús, en el Evangelio de San Juan,
prediciendo su próxima muerte y su resurrección.
Después reunió ante sí a todas siete, y con sólo un ademán, nos hizo
marchar tras ellas a mí, a la Dama, y al sabio que quedó en nuestra
compañía. Así se alejaba, y no creo que hubiese dado diez pasos,
cuando hirió mis ojos con sus ojos, y con aspecto tranquilo me dijo:
--Ven más de prisa, de modo que si hablo contigo, estés dispuesto a
escucharme.
Cuando estuve cerca de ella, como debía, añadió:
--Hermano, ¿por qué, viniendo conmigo, no te atreves a preguntarme algo?
Me sucedió lo que a aquellos que, por excesiva reverencia, al hablar
con sus superiores, no pueden hacer salir con viveza las palabras de
entre sus dientes, y contesté balbuceando:
--Señora, vos conocéis mis necesidades y lo que les conviene.
Contestóme:
--Quiero que en adelante te despojes de ese temor y esa vergüenza, para
que no hables como hombre que sueña. Sabe que el vaso que rompió la
serpiente fué y no es; pero crea el culpable que la venganza de Dios no
se vence con sortilegios. El águila que dejó sus plumas en el carro,
convirtiéndolo en un monstruo y después en una presa, no estará siempre
sin herederos; pues veo ciertamente, y por eso lo refiero, algunas
estrellas ya cercanas a un tiempo seguro de todo obstáculo y de todo
impedimento, en el cual un quinientos diez y cinco,[105] enviado por
Dios, destruirá a la ramera, y a aquel gigante que con ella delinque.
Y quizá mi predicción obscura, como los oráculos de Temis y de la
Esfinge, no te persuade, porque, como ellos, ofusca el entendimiento;
pero en breve los hechos serán las Náyades que resuelvan este difícil
enigma, sin temor por los ganados y los trigos. Anota estas palabras,
y tales como salen de mis labios enséñaselas a los que viven con
aquella vida que no es más que una rápida carrera hacia la muerte:
acuérdate además, cuando las escribas, de no ocultar cómo has visto
la planta, que ha sido robada dos veces. Quien la despoja o la rompe
ofende con una blasfemia de hecho a Dios, que la hizo santa sólo para
su uso. Por haber mordido su fruto, la primera alma aguardó en el dolor
y en el deseo durante cinco mil años y más al que en sí mismo castigó
aquel bocado. Tu espíritu está adormecido, si no comprende que sólo por
una causa singular es aquel árbol tan alto, y tan anchurosa su copa: y
si los vanos pensamientos no hubiesen sido alrededor de tu mente como
las aguas del Elsa, y el placer que te causaron no la hubiera manchado
como Píramo manchó la mora, sólo por tantas circunstancias reconocerías
moralmente la justicia de Dios en la prohibición de tocar aquel árbol.
Mas como veo tu inteligencia petrificada y tan obscurecida por el
pecado, que te deslumbra el brillo de mis palabras, quiero que te las
lleves, si no escritas, al menos estampadas en ti mismo, por aquel
motivo que el peregrino lleva el bordón rodeado de palmas.
[105] Esto es, un DXV, letras que transportadas equivalen a un
DVX, o Capitán, o, como otros quieren, iniciales abreviativas
de Dante Xristi Vertagus, Domini Xristi Vicarius, Dominus
Xristi Victor o Vitor, etc.
Le contesté:
--Así como la cera conserva inalterable la imagen que en ella imprime
el sello, del mismo modo la vuestra ha quedado grabada en mi cerebro.
Pero ¿por qué vuestra deseada palabra se eleva tanto sobre mi
entendimiento, que cuanto más procura comprenderla menos lo consigue?
--Para que conozcas--dijo--aquella escuela que has seguido, y cómo ha
de poder su doctrina seguir a mis palabras; y veas que vuestro camino
se separa tanto del divino, cuanto de la Tierra dista el cielo que gira
más velozmente a la mayor altura.
Entonces le respondí:
--No recuerdo haberme alejado jamás de vos, ni me remuerde por ello la
conciencia.
--Es que tú no puedes recordarlo--me dijo sonriéndose--; acuérdate de
que has bebido las aguas del Leteo; y si del humo se deduce el fuego,
de ese olvido se infiere claramente que tu voluntad, ocupada en otras
cosas, era culpable. Pero en adelante serán mis palabras tan desnudas
cuanto es preciso descubrirlas a tu rudo entendimiento.
El Sol, más resplandeciente y con pasos más lentos, atravesaba el
círculo del Meridiano, que cambia de posición según de donde se mira,
cuando al extremo de una opaca umbría, semejante a las que se ven bajo
las verdes hojas y las negruzcas ramas por donde llevan los Alpes sus
fríos riachuelos, se detuvieron las siete mujeres, como se detiene la
tropa que va de avanzada, si encuentra alguna novedad en su camino.
Ante ellas me pareció ver salir el Tigris y el Eufrates de un mismo
manantial, y como amigos separarse lentamente.
--¡Oh luz!, ¡oh gloria de la raza humana! ¿Qué agua es esta que mana de
una misma fuente, y dividida, se aleja una de otra?
A tal pregunta se me contestó:
--Ruega a Matilde que te lo diga.
Y la hermosa Dama respondió como aquel que se disculpa:
--Ya le he dicho esta y otras varias cosas; y estoy segura de que el
agua del Leteo no se las ha hecho olvidar.
Beatriz añadió:
--Quizá un interés mayor, de esos que muchas veces quitan la memoria,
ha obscurecido su mente con respecto a los demás objetos. Pero mira
el Eunoe, que por allí se desliza; condúcele hacia él, y según
acostumbras, reanima su amortecida virtud.
Como una alma gentil que de nada se excusa, sino que adapta su voluntad
a la de los otros en cuanto se la dan a conocer por medio de alguna
seña, de igual suerte se puso en marcha la bella Dama en cuanto estuve
a su lado, y dijo a Estacio con su gracia femenil:
--Ven con él.
Lector, si dispusiera de mayor espacio para escribir, cantaría en parte
la dulzura de las aguas de que no me habría saciado nunca; pero como
están ya llenos todos los papeles dispuestos para este segundo cántico,
el freno del arte no me deja ir más allá.
Volví de aquellas sacrosantas ondas tan reanimado como las plantas
nuevas, renovadas con nuevas hojas, purificado y dispuesto para subir a
las estrellas.
[Ilustración]
-PARAISO-
[Ilustración]
-CANTO PRIMERO-
La gloria de Aquél que todo lo mueve se difunde por el universo, y
resplandece en unas partes más y en otras menos. Yo estuve en el
cielo que recibe mayor suma de su luz, y vi tales cosas, que ni sabe
ni puede referirlas el que desciende de allá arriba; porque nuestra
inteligencia, al acercarse al fin de sus deseos, profundiza tanto, que
la memoria no puede volver atrás. Sin embargo, todo cuanto mi mente
haya podido atesorar de lo concerniente al reino santo, será en lo
sucesivo objeto de mi cántico.
¡Oh buen Apolo! Haz de mí para este último trabajo un vaso lleno de tu
valor, tal como lo exiges para conceder tu laurel amado; pues si hasta
aquí tuve bastante con una cima del Parnaso, ahora necesito las dos
para entrar en el resto de mi carrera. Entra en mi seno, e inspírame el
aliento de que estabas poseído cuando sacaste los miembros de Marsias
fuera de su piel.
¡Oh divina virtud! Si te prestas a mí, de modo que yo pueda poner de
manifiesto la sombra del reino bienaventurado estampada en mi cabeza,
me verás acudir a tu árbol querido y coronarme entonces de aquellas
hojas; pues el asunto de mi canto y tu favor me harán digno de ello.
Tan pocas veces, ¡oh Padre!, se recoge el lauro del triunfo, ya como
César, ya como poeta (por culpa y vergüenza de la humana voluntad), que
cuando alguno arde en deseos de alcanzarlo, el follaje penéico debería
difundir la alegría en la feliz deidad délfica. A una pequeña chispa
sigue una gran llama: quizá después de mí habrá quien ruegue con mejor
voz para que responda Cirra.
La lámpara del mundo se presenta a los mortales por diferentes
aberturas; pero cuando se deja ver por aquella en que se unen cuatro
círculos formando tres cruces, entonces sale con mejor curso y con
mejor estrella, y modela y sella más a su modo la cera de nuestro
mundo. Por aquella abertura se había hecho allí de día, y aquí de
noche: casi todo aquel hemisferio estaba ya blanco, y la otra parte
negra, cuando vi a Beatriz vuelta hacia el lado izquierdo, mirando
al Sol; jamás lo ha mirado un águila con tanta fijeza. Y así como un
segundo rayo sale del primero, y se remonta a lo alto, semejante al
peregrino que quiere volverse, así la acción de Beatriz, penetrando
por mis ojos en mi imaginación, originó la mía, y fijé los ojos en
el Sol contra nuestra costumbre. Muchas cosas son allí permitidas a
nuestras facultades, que no lo son aquí, por ser aquel lugar creado
para residencia propia de la especie humana. Me fué imposible mirar
por mucho tiempo al Sol; pero no tan poco, que no le viera centellear
en torno suyo, como el hierro que sale candente del fuego; y de pronto
me pareció que un nuevo día se unía al día, como si Aquél que puede
hubiese adornado el Cielo con otro Sol.
Beatriz miraba fijamente las eternas esferas, y yo fijé mis ojos en
ella, desviándolos de allá arriba: contemplándola, me transformé
interiormente, como Glauco al gustar la hierba que le hizo en el mar
compañero de los otros Dioses. No es posible significar con palabras el
acto de pasar a un grado superior la naturaleza humana; pero baste el
citado ejemplo a quien la gracia divina reserve tal experiencia.
¡Oh Amor, que gobiernas el cielo! Tú, que me elevaste con tu luz, sabes
si yo era entonces solamente aquella parte de mí que primero creaste.
Cuando la rotación de los cielos, que eternizas por el deseo que estos
tienen de poseerte, atrajo mi atención con su armonía, que regularizas
y distribuyes, me pareció que entonces se encendía con la llama del Sol
tanto espacio del cielo, que ni las lluvias ni los ríos han ocasionado
jamás tan extenso lago. La novedad de los sonidos y tan gran resplandor
me abrasaron de tal modo en el deseo de conocer su causa, que jamás he
sentido tan punzante aguijón. Así es que Ella, que veía mi interior
como yo mismo, abrió su boca para calmar mi excitado ánimo, antes que
yo la abriera para preguntarle, y empezó a decir:
--Tú mismo te atontas con tus falsas ideas, de tal modo que no ves lo
que verías si las hubieras desechado. No estás ya en la Tierra, según
te figuras: el rayo, huyendo de la región donde se forma, no corre tan
velozmente como tú asciendes hacia ella.
Si vi desvanecida mi primera duda, gracias a sus palabras sonrientes y
breves, me vi en cambio más envuelto en otra nueva, y dije:
--Ya me contemplo con placer libre de mi primitiva admiración; mas
ahora me asombra cómo es que puedo atravesar por entre estos cuerpos
leves.
Por lo cual Beatriz, lanzando un piadoso suspiro, dirigió hacia mí sus
ojos con aquel aspecto de que se reviste la madre al oír un desvarío de
su hijo, y repuso:
--Todas las cosas guardan un orden entre sí; y este orden es la forma,
que hace al universo semejante a Dios. Aquí ven las altas criaturas el
signo de la eterna sabiduría, que es el fin para que se ha creado el
orden antedicho. En el de que hablo, todas las naturalezas propenden y,
según su diversa esencia, se aproximan más o menos a su principio. Así
es que se dirigen a diferentes puertos por el gran mar del sér, y cada
una con el instinto que se le concedió para que la lleve al suyo. Este
instinto es el que conduce al fuego hacia la Luna; el que promueve los
primeros movimientos del corazón de los mortales, y el que concentra y
hace compacta a la Tierra. Y este arco se dispara, no tan sólo contra
las criaturas desprovistas de inteligencia, sino contra las que tienen
inteligencia y amor. La Providencia, que todo lo ordena, hace con su
luz que esté tranquilo el cielo en el que gira aquél que tiene mayo
velocidad: allí es donde ahora, como a sitio designado, nos lleva la
virtud de la cuerda de aquel arco que dirige todo cuanto despide hacia
un objeto agradable. Bien es verdad que, así como la forma no guarda
muchas veces armonía con las intenciones del arte, porque la materia
es sorda para contestar, así de esta dirección se desvía tal vez la
criatura, que tiene el poder de inclinarse hacia otro lado, por más
que esté impulsada de aquel modo, y cae (como se puede ver caer el
fuego desde una nube), si su primer impulso la tuerce hacia la Tierra
por un falso placer. No debes, pues, a lo que pienso, admirarte más
de tu ascensión, que de ver a un río descender desde lo alto de una
montaña hasta su base. Lo maravilloso en ti sería que, libre de todo
obstáculo, te hubieras sentado abajo, como lo sería el que la viva
llama permaneciese quieta y apegada a la Tierra.
Dicho esto, elevó sus ojos al Cielo.
[Ilustración]
-CANTO SEGUNDO-
¡Oh vosotros, que, deseosos de escucharme, habéis seguido en una
pequeña barca tras de mi bajel que navega cantando, virad para ver de
nuevo vuestras playas! No os internéis en el piélago, porque quizá,
perdiéndome yo, quedaríais perdidos. El agua por donde sigo no fué
jamás recorrida; Minerva sopla en mi vela, Apolo me conduce y las
nueve Musas me enseñan las Osas. Y vosotros los que, en corto número,
levantasteis ha tiempo las miradas hacia el pan de los ángeles, del
cual se vivo aquí pero sin que nadie quede harto, bien podéis dirigir
vuestra nave por el alta mar, siguiendo mi estela sobre el agua que
se reúne en breve. Aquellos gloriosos héroes que pasaron a Colcos
no se admiraron cuando vieron a Jasón convertido en boyero, como os
admiraréis ahora vosotros. La innata y perpetua sed del deiforme reino
nos hacía ir tan veloces como veloz veis al mismo cielo. Beatriz miraba
hacia arriba, y yo la miraba a ella; y quizá en menos tiempo del en
que se coloca un dardo, y se despide del arco y vuela, me vi llegado
a un punto donde una cosa admirable atrajo mis miradas: por lo cual,
Aquélla para quien no podían estar ocultos mis sentimientos, vuelta
hacia mí tan agradable como bella, me dijo:
--Eleva tu agradecida mente hacia Dios, que nos ha transportado a la
primera estrella.
Parecíame que se extendiese sobre nosotros una nube lúcida, densa,
sólida y bruñida, como un diamante herido por los rayos del Sol.
La eterna margarita nos recibió dentro de sí, como el agua que,
permaneciendo unida, recibe un rayo de luz. Si yo era cuerpo, y si en
la Tierra no se concibe cómo una dimensión pueda admitir a otra, según
debe suceder si un cuerpo penetra en otro, debería abrasarnos mucho
más el deseo de contemplar aquella esencia, en que se ve cómo Dios y
nuestra naturaleza se unieron. Allí se verá esto que creemos por la fe;
pero sin demostración alguna, pues será conocido por sí mismo, como la
primera verdad en que el hombre cree. Yo respondí:
--Señora, con tanto reconocimiento como cabe en mí, doy gracias a Aquél
que me ha alejado del mundo mortal. Pero decidme: ¿qué son las obscuras
señales de este cuerpo, que allá abajo en la Tierra dan ocasión a
algunos para inventar patrañas sobre Caín?[106]
[106] Las manchas de la Luna, que, según el vulgo, eran Caín
con un haz de leña.
Sonrióse un poco, y después me dijo:
--Si la opinión de los mortales se extravía donde la llave de los
sentidos no puede abrir, no deberían en verdad punzarte desde ahora
las flechas de la admiración; pues ves que, si la razón sigue a los
sentidos, debe tener muy cortas las alas; pero dime qué es lo que tú
piensas con respecto a esto.
Le contesté:
--Lo que aquí arriba me parece de diferente forma, creo que debe ser
producido por cuerpos enrarecidos y por cuerpos densos.
Ella repuso:
--Verás de un modo cierto que tu creencia está basada en una idea
falsa, si escuchas bien el argumento que voy a oponerte. La octava
esfera os muestra muchas luces, las cuales puede verse que presentan
aspectos diferentes así en calidad como en cantidad. Si esto fuera
efecto solamente del enrarecimiento y la densidad, en todas ellas
habría una sola e idéntica virtud, aunque distribuida en más o menos
abundancia y proporcionalmente a sus respectivas masas. Siendo diversas
las virtudes, necesariamente han de ser fruto de principios formales;
y éstos, menos uno, quedarían destruídos por tu raciocinio. Además,
si el enrarecimiento fuese la causa de aquellas manchas acerca de las
cuales me preguntas, entonces o el planeta estaría en algunos puntos
privado de su materia de parte a parte, o bien del modo que en un
cuerpo alternan lo graso y magro, así el volumen de éste se compondría
de hojas diferentes. Si fuese cierto lo primero, se manifestaría en
los eclipses de Sol, porque la luz de éste pasaría a través de la
Luna, como atraviesa por cualquier cuerpo enrarecido. Esto no es así:
por lo tanto hemos de examinar el otro supuesto; y si llego también
a anularlo, verás demostrado lo falso de tu opinión. Si ese cuerpo
enrarecido no llega de un lado a otro de la Luna, es preciso que
termine en algún punto donde su contrario no deje pasar la luz, y que
el otro rayo reverbere desde allí, como el color se refleja en un
cristal que está forrado de estaño. Pero tú dirás que el rayo aparece
aquí más obscuro que en otras partes, porque se refracta desde mayor
profundidad. De esta réplica puede librarte la experiencia, si haces
uso de ella alguna vez, por ser la fuente de donde manan los arroyos
de vuestras artes. Toma tres espejos: coloca dos de ellos delante de ti
a igual distancia, y el otro un poco más lejos: después fija tus ojos
entre los dos primeros. Vuelto así hacia ellos, dispon que a tu espalda
se eleve una luz que ilumine los tres espejos, y vuelva a ti reflejada
por todos: entonces, aun cuando la luz reflejada sea menos intensa
en el más distante, verás que resplandece igualmente en los tres.
Desvanecido ya el primer error de tu entendimiento, como a impulso de
los cálidos rayos se desvanecen el color y el frío primitivos de la
nieve, quiero mostrarte ahora una luz tan viva, que apenas aparezca
sentirás sus destellos. Dentro del Cielo de la divina paz se mueve un
cuerpo, en cuya virtud reside el ser de todo su contenido. El Cielo
siguiente, que tiene tantas estrellas, distribuye aquel sér entre
diversas esencias, distintas de él y que en él están contenidas. Los
demás cielos, por varios y diferentes modos, disponen para sus fines
aquellas cosas distintas que hay en cada uno, y sus influencias. Estos
órganos del mundo van así descendiendo de grado en grado, como ahora
ves, de suerte que adquieren del superior la virtud que comunican al
inferior. Repara bien cómo voy por este camino hacia la verdad que
deseas, a fin de que después sepas por ti solo vencer toda dificultad.
El movimiento y la virtud de las sagradas esferas deben proceder de
los bienaventurados motores, como del artífice procede la obra del
martillo. Aquel cielo, al que tantas luces hermosean, recibe forma
y virtud de la inteligencia profunda que lo mueve, y se transforma
en su sello. Y así como el alma dentro de vuestro polvo se extiende
a los diferentes miembros, aptos para distintas facultades, así la
inteligencia despliega por las estrellas su bondad multiplicada,
girando sobre su unidad. Cada virtud se une de distinto modo con el
precioso cuerpo a quien vivifica, y en el cual se infunde como en
vosotros la vida. Por la plácida naturaleza de donde se deriva, esa
virtud mezclada a los cuerpos celestes brilla en ellos, como la alegría
en una pupila ardiente. De ella procede la diferencia que se observa
de luz a luz, y no de los cuerpos densos y enrarecidos; ella es el
principio formal que produce lo obscuro y lo claro, según su bondad.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TERCERO-
Aquel Sol que primeramente abrasó de amor mi corazón[107] me había
descubierto, con sus pruebas y refutaciones, el dulce aspecto de una
hermosa verdad; y yo, para confesarme desengañado y persuadido, levanté
la cabeza, tanto como era necesario a fin de declararlo resueltamente.
Pero apareció una visión, la cual haciéndose perceptible me atrajo
de tal modo hacia sí, que ya no me acordé de mi confesión. Así como
a través de cristales tersos y transparentes o de aguas nítidas y
tranquilas, aunque no tan profundas que se obscurezca el fondo,
llegan a nuestra vista las imágenes tan debilitadas, que una perla en
una frente blanca no la distinguirían más débilmente nuestros ojos,
así vi yo muchos rostros prontos a hablarme; por lo cual caí en el
error contrario a aquel que inflamó el amor entre un hombre y una
fuente.[108] En cuanto las distinguí, creyendo que fuesen imágenes
reflejadas en un espejo, volví los ojos para ver los cuerpos a que
correspondían; y como nada vi, los dirigí de nuevo hacia delante,
fijándolos en mi dulce Guía, que sonriéndose despedía vívidos destellos
de sus santos ojos.
[107] Beatriz.
[108] Alude a la fábula de Narciso.
--No te asombres porque me sonría de tu pueril pensamiento--me dijo--;
pues no se apoya todavía tu pie sobre la verdad, y como de costumbre,
te inclina a las ilusiones. Esas que ves son verdaderas substancias,
relegadas aquí por haber faltado a su votos. Por consiguiente, habla
con ellas, y oye y cree lo que te digan; pues la verdadera luz que las
regocija no permite que se tuerzan sus pasos.
Y yo me dirigí a la sombra que parecía más dispuesta a hablar, y empecé
a decirle, como hombre a quien su mismo deseo le quita el valor.
--¡Oh espíritu bien creado, que bajo los rayos de la vida eterna
sientes la dulzura que no se comprende nunca si no se ha gustado! Me
será muy grato que te dignes decirme tu nombre y cuál es vuestra suerte.
A lo que contestó pronta y con risueños ojos:
--Nuestra caridad nunca cierra sus puertas a un deseo justo, siendo
como aquella que quiere que se le asemeje toda su corte. Yo fuí en el
mundo una virgen religiosa; y si tu mente me contempla bien, no me
ocultará a tus recuerdos el ser hoy la más bella, sino que reconocerás
que yo soy Piccarda: colocada aquí con estos otros bienaventurados,
soy como ellos bienaventurada en la esfera más lenta. Nuestros afectos
a quienes sólo inflama el amor del Espíritu Santo, se regocijan en el
orden designado por él, y nos ha cabido en suerte este sitio que parece
tan bajo, porque descuidamos nuestros votos, y en parte no fueron
observados.
A lo que le contesté:
--En vuestros admirables rostros resplandece no sé qué de divino, que
cambia el primer aspecto que de vosotras se ha conservado. Por eso no
fuí más presto en recordar; pero ahora viene en mi ayuda lo que tú me
dices, de suerte que me es más fácil reconocerte. Mas dime: vosotras
que sois aquí felices ¿deseáis estar en otro lugar más elevado para ver
más o para haceros más amigas?
Sonrióse un poco mirando a las otras sombras, y en seguida me respondió
tan placentera, que parecía arder en el primer fuego del amor:
--Hermano, la virtud de la caridad calma nuestra voluntad, y esa virtud
nos hace querer solamente lo que tenemos, y no apetecer nada más. Si
deseáramos estar más elevadas, nuestro anhelo estaría en desacuerdo
con la voluntad de Aquél que nos reúne aquí; desacuerdo que no admiten
las esferas celestiales, como verás si consideras bien que aquí es
condición necesaria estar unidas a Dios por medio de la caridad, y
la naturaleza de esta misma caridad. También es esencial a nuestra
existencia bienaventurada uniformar la propia voluntad a la de Dios, de
modo que nuestras mismas voluntades se refundan en una. Así es que al
estar como estamos distribuídas de grado en grado por este reino, place
a todo él, porque place al Rey cuya voluntad forma la nuestra. En su
voluntad está nuestra paz; ella es el mar adonde va a parar todo lo que
ha creado, o lo que hace la naturaleza.
Entonces comprendí claramente por qué en el Cielo todo es Paraíso, por
más que la gracia del Supremo Bien no llueva en todas partes por igual.
Pero, así como suele suceder que un manjar nos sacie, y que sintamos
aún apetito por otro, de suerte que pedimos éste y rechazamos aquél,
así hice yo con el gesto y la palabra para saber por ella cuál fué el
tejido cuya lanzadera no continuó manejando hasta el fin.
--Una virtud perfecta, un mérito eminente colocan en un cielo más alto
a una mujer[109]--me dijo--, según cuya regla se lleva allá abajo en
vuestro mundo el hábito y el velo monacal, a fin de que hasta la muerte
se viva noche y día con aquel esposo, a quien es grato todo voto que la
caridad hace conforme a su deseo. Por seguirla, huí del mundo jovencita
aún, y me encerré en su hábito, y prometí observar la regla de su
orden. Posteriormente, algunos hombres, más habituados al mal que al
bien, me arrebataron de la dulce clausura. ¡Dios sabe cuál fué después
mi vida!... Lo que digo de mí, entiende que lo digo asimismo de esta
otra alma esplendente que te se muestra a mi derecha, y en quien brilla
toda la luz de nuestra esfera: monja fué, y también le arrebataron
de la cabeza la sombra de las sagradas tocas; pero cuando volvió al
mundo, contra su gusto y contra ley, no se despojó jamás del velo de su
corazón. Esa es la luz de la gran Constanza, que del segundo príncipe
poderoso de la casa de Suabia engendró al tercero, última potencia de
esta raza.
[109] Santa Clara, a cuya orden pertenecía Piccarda.
Así me habló y empezó después a cantar "Ave María," y cantando
desapareció, como una cosa pesada a través del agua profunda. Mi vista,
que la siguió tanto cuanto le fué posible, después que la perdió,
se volvió hacia el objeto de su mayor deseo, y se fijó enteramente
en Beatriz; pero ésta lanzó tales fulgores sobre mi mirada, que no
los pude sufrir en el primer momento, por cuya causa tardé más en
preguntarle.
[Ilustración]
-CANTO CUARTO-
Un hombre libre de elegir entre dos manjares igualmente distantes de
él y que exciten del mismo modo su apetito, moriría de hambre antes de
llevarse a la boca uno de ambos. De igual suerte permanecería inmóvil
un cordero entre dos hambrientos lobos, temiéndoles igualmente, o un
perro entre dos gamos. Por esta razón no me culpo ni me alabo de haber
callado, teniéndome en suspenso igualmente dos dudas; pues mi silencio
era necesario. Yo callaba; pero tenía pintado en el rostro mi deseo, y
en él aparecía más clara mi pregunta que si la hubiera expresado por
medio de palabras. Beatriz hizo lo que Daniel al librar a Nabucodonosor
de aquella cólera que le había hecho cruel injustamente, y me dijo:
--Bien veo cómo te atrae uno y otro deseo, de modo que tu curiosidad
se liga a sí misma de tal suerte, que no se manifiesta con palabras.
Tú raciocinas así: si la buena voluntad persevera, ¿por qué razón
la violencia ajena ha de disminuir la medida de mi mérito? También
te ofrece motivo de duda el que las almas al parecer vuelvan a las
estrellas, según la sentencia de Platón. Tales son las cuestiones
que pesan igualmente sobre tu voluntad; pero antes me ocuparé en lo
que tiene más hiel. El serafín que más goce de Dios, Moisés, Samuel,
cualquiera de los dos Juanes que quieras escoger, María misma, no
tienen su asiento en un cielo distinto de aquel donde moran esos
espíritus que aquí te han aparecido, ni su estado de beatitud tiene
fijada más ni menos duración, sino que todos embellecen el primer
círculo, y gozan de una vida diferentemente feliz, según que sienten
más o menos el Espíritu eterno. Aquí se te aparecieron, no porque les
haya tocado en suerte esta esfera, sino para significar que ocupan en
la celestial la parte menos elevada. Así es preciso hablar a vuestro
espíritu, porque sólo comprende por medio de los sentidos lo que hace
después digno de la inteligencia. Por eso la Escritura, atemperándose
a vuestras facultades, atribuye a Dios pies y manos, mientras que
ella lo ve de otro modo; y la Santa Iglesia os representa bajo formas
humanas a Gabriel y a Miguel y al que sanó a Tobías. Lo que Timeo dice
acerca de las almas no es figurado, como aquí se ve, pues parece que
siente lo que afirma. Dice que el alma vuelve a su estrella, creyendo
que se desprendió de ella cuando la naturaleza la unió a su forma. Tal
vez su opinión sea diferente de lo que expresan sus palabras, y es
posible que la intención de éstas no sea irrisoria. Si quiere decir
que la influencia operada por las estrellas se convierte en honor o
en vituperio de las mismas, quizá haya dado su flecha en el blanco de
una verdad. Este principio, mal comprendido, extravió a casi todo el
mundo, haciendo que corriese a invocar a Júpiter, a Mercurio y a Marte.
La otra duda que te agita tiene menos veneno, porque su malignidad no
te podría alejar de mí. Que nuestra justicia parezca injusta a los
ojos de los mortales, es un argumento de fe y no de herética malicia;
pero como puede vuestro discernimiento penetrar bien esta verdad, te
dejaré satisfecho según deseas. Si hay verdadera violencia cuando el
que la sufre no se adhiere en nada a aquel que la comete, aquellas
almas no pueden servirse de ella como excusa; porque la voluntad, si
no quiere, no se aquieta, sino que hace lo que naturalmente hace el
fuego, aunque la tuerzan mil veces con violencia. Por lo cual, si la
voluntad se doblega poco o mucho, sigue a la fuerza; y así hicieron
aquéllas, pues pudieron haber vuelto al sagrado lugar. Si su voluntad
hubiera sido firme, como lo fué la de Lorenzo sobre las parrillas, y
como la de Mucio al ser tan severo con su mano, ella misma las habría
vuelto al camino de donde las habían separado, en cuanto se vieron
libres; pero una voluntad tan sólida es muy rara. Por estas palabras,
si es que las has recogido como debes, queda destruído el argumento
que te hubiera importunado aún muchas veces. Pero se atraviesa otra
dificultad ante tus ojos, y tal que por ti mismo no sabrías salir
de ella; antes bien te rendirías fatigado. He dado como cierto a tu
mente que el alma bienaventurada no podía mentir, porque está siempre
próxima a la primera Verdad; y luego habrás podido oír por Piccarda,
que Constanza había guardado su inclinación al velo, de manera que
parece contradecirme. Muchas veces, hermano, sucede que por huír de un
peligro, se hace con repugnancia aquello que no debería hacerse; como
Alcmeón, que, a instancias de su padre, mató a su propia madre, y por
no faltar a la piedad, se hizo desapiadado. Con respecto a este punto,
quiero que sepas que, si la fuerza y la voluntad obran de acuerdo,
resulta que no pueden excusarse las faltas. La voluntad en absoluto no
consiente el daño; pero lo consiente en cuanto teme caer en mayor pena
oponiéndose a él. Cuando Piccarda, pues, se expresa como lo ha hecho,
entiende que habla de la voluntad absoluta, y yo de la otra; de suerte
que ambas decíamos la verdad.
Tales fueron las ondulaciones del santo arroyo que salía de la fuente
de donde fluye toda verdad, y que aquietaron todos mis deseos.
--¡Oh amada del primer Amante!, ¡oh divina--dije en seguida--, cuyas
palabras me inundan comunicándome tal calor que me reaniman cada vez
más! No es tan profunda mi afección, que baste a devolveros gracia
por gracia; pero que responda por mí Aquél que todo lo ve y lo puede.
Bien veo que nuestra inteligencia no queda nunca satisfecha, si no
la ilumina aquella Verdad, fuera de la cual no se difunde ninguna
otra. En cuanto ha podido alcanzarla, descansa en ella como la fiera
en su cubil; y puedo indudablemente conseguirla; de lo contrario,
todos nuestros deseos serían vanos. De este deseo de saber nace,
como un retoño, la duda al pie de la verdad; siendo esto un impulso
de la naturaleza que guía de grado en grado nuestra inteligencia al
conocimiento de Dios. Esto mismo me invita, esto mismo me anima,
Señora, a pediros reverentemente que me aclaréis otra verdad que
encuentro obscura. Quiero saber si el hombre puede satisfaceros, con
respecto a los votos quebrantados, por medio de otras buenas acciones
que no sean pocas en vuestra balanza.
Beatriz me miró con los ojos llenos de amorosos destellos, y tan
divinos, que sintiendo mi fuerza vencida, me volví y quedé como
anonadado con los ojos bajos.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO QUINTO-
Si te parezco más radiante en el fuego de este amor de lo que suele
verse en la tierra, hasta el punto de superar la fuerza de tus ojos,
no debes asombrarte, porque esto procede de una vista perfecta, que,
distinguiendo bien los objetos, se dirige con más rapidez hacia el
bien. Veo claramente cómo resplandece ya en tu inteligencia la eterna
luz, que contemplada una sola vez enciende un perpetuo amor. Y si otra
cosa seduce el vuestro, sólo es un vestigio mal conocido del resplandor
que aquí brilla. Tú quieres saber si con otras buenas acciones puede
satisfacerse el voto no cumplido, de modo que el alma esté segura de
todo debate con la justicia divina.
Así empezó Beatriz este canto, y como hombre que no interrumpe su
razonamiento, continuó de este modo su santa enseñanza:
--El mayor dón que Dios, en su liberalidad, nos hizo al crearnos,
como más conforme a su bondad, y el que más aprecia, fué el del libre
albedrío de que estuvieron y están dotadas únicamente las criaturas
inteligentes. Ahora conocerás, si raciocinas según este principio,
el alto valor del voto, si éste es tal que Dios consienta cuando tú
consientes; porque al cerrarse el pacto entre Dios y el hombre, se le
sacrifica ese tesoro de que hablo, y se le sacrifica por su propio
acto. Así, pues, ¿qué se podrá dar en cambio de esto? Si crees que
puedes hacer buen uso de lo que ya has ofrecido, es como si quisieras
hacer una buena obra con una cosa mal adquirida. Ya conoces, pues,
la importancia del punto principal: pero como la Santa Iglesia da
sobre esto sus dispensas, lo cual parece contrario a la verdad que te
he descubierto, es preciso que continúes sentado un poco a la mesa,
porque el pesado alimento que has tomado requiere alguna ayuda para
ser digerido. Abre el espíritu a lo que te presento y enciérralo en ti
mismo, pues no proporciona ciencia alguna el oír sin retener. Dos cosas
son necesarias en la esencia de este sacrificio: una es la materia
del voto, y otra el pacto que se forma con Dios. Este último no se
borra jamás, si no es observado, y acerca de ello te he hablado antes
en términos precisos. Por esta causa fué necesario que los Hebreos
continuasen ofreciendo, aunque alguna de sus ofrendas fuese permutada,
como debes saber. Respecto a la que te he dado a conocer como materia
del voto, puede ser tal que no se cometa yerro alguno al cambiarla en
otra materia: pero que ninguno por su propia autoridad mude el fardo de
su espalda, sin la vuelta de la llave blanca y de la llave amarilla:
crea que todo cambio es insensato, si la cosa abandonada no se contiene
en la elegida, como el cuatro está contenido en el seis. Todo lo que
pese tanto por su valor, que incline hacia su lado la balanza, no
puede reemplazarse con otra cosa. Que los mortales no tomen a broma
el voto. Sed fieles, y al comprometeros no seáis ciegos como lo fué
Jephté en su primera ofrenda, porque más le valiera haber dicho: "Hice
mal," que hacer otra cosa peor al cumplir su voto: tan insensato como
a él puedes suponer al gran jefe de los Griegos,[110] quien obligó a
Ifigenia a llorar su hermoso rostro, e hizo llorar por ella a sabios
e ignorantes, cuando oyeron hablar de tal sacrificio. Cristianos,
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