sabio, porque tomas la figura que te place. Bien sé que me fuiste propicia mientras los aqueos peleamos en Troya; pero después que arruinamos la excelsa ciudad de Príamo, partimos en las naves y un dios dispersó á los aqueos, nunca te he visto, oh hija de Júpiter, ni he advertido que subieras en mi bajel para ahorrarme ningún pesar. Por el contrario, anduve errante constantemente, teniendo en mi pecho el corazón atravesado de dolor, hasta que los dioses me libraron del infortunio; y tú, en el rico pueblo de los feacios, me confortaste con tus palabras y me condujiste á la población. Ahora por tu padre te lo suplico--pues no creo haber arribado á Ítaca, que se ve de lejos, sino que estoy en otra tierra y que hablas de burlas para engañarme:--dime si en verdad he llegado á mi querida tierra.» 329 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Siempre guardas en tu pecho la misma cordura, y no puedo desampararte en la desgracia porque eres afable, perspicaz y sensato. Cualquiera que volviese después de vagar tanto, deseara ver en su palacio á los hijos y á la esposa; mas á ti no te place saber de ellos ni preguntar por los mismos hasta que hayas probado á tu mujer, la cual permanece en tu morada y consume los días y las noches tristemente, pues de continuo está llorando. Yo jamás puse en duda, pues me constaba con certeza, que volverías á tu patria después de perder todos los compañeros; mas no quise luchar con Neptuno, mi tío paterno, cuyo ánimo se encolerizó é irritó contigo porque le cegaste su caro hijo. Pero, ea, voy á mostrarte el suelo de Ítaca para que te convenzas. Éste es el puerto de Forcis, el anciano del mar; aquél, el olivo de largas hojas que existe al cabo del puerto; cerca del mismo se halla la gruta deliciosa, sombría, consagrada á las ninfas que Náyades se llaman: aquí tienes la abovedada cueva donde sacrificabas á las ninfas gran número de perfectas hecatombes; y allá puedes ver el Nérito, el frondoso monte.» 352 Cuando así hubo hablado, la deidad disipó la nube, apareció el país y el paciente divinal Ulises se alegró, holgándose de su tierra, y besó el fértil suelo. Y acto continuo oró á las ninfas, con las manos levantadas: 356 «¡Ninfas Náyades, hijas de Júpiter! Ya me figuraba que no os vería más. Ahora os saludo con dulces votos y os haremos ofrendas, como antes, si la hija de Júpiter, la que impera en las batallas, permite benévola que yo viva y vea crecer á mi hijo.» 361 Díjole entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Cobra ánimo y no te preocupes por esto. Pero metamos ahora mismo las riquezas en lo más hondo del divino antro á fin de que las tengas seguras, y deliberemos para que todo se haga de la mejor manera.» 366 Cuando así hubo hablado, penetró la diosa en la sombría cueva y fué en busca de los escondrijos; y Ulises le llevó todas las cosas--el oro, el duro bronce y las vestiduras bien hechas--que le regalaran los feacios. Así que estuvieron colocadas del modo más conveniente, Minerva, hija de Júpiter que lleva la égida, obstruyó la entrada con una piedra. Sentáronse después en las raíces del sagrado olivo y deliberaron acerca del exterminio de los orgullosos pretendientes. Minerva, la deidad de los brillantes ojos, fué quien rompió el silencio pronunciando estas palabras: [Ilustración: LA DEIDAD DISIPÓ LA NUBE Y ULISES, HOLGÁNDOSE DE RECONOCER SU PATRIA, BESÓ EL FÉRTIL SUELO (-Canto XIII, versos 352 á 354.-)] 375 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Piensa cómo pondrás las manos en los desvergonzados pretendientes, que tres años ha mandan en tu palacio y solicitan á tu divinal consorte á la que ofrecen regalos de boda; mas ella, suspirando en su ánimo por tu regreso, si bien á todos les da esperanzas y á cada uno le hace promesas, enviándole mensajes, revuelve en su espíritu muy distintos pensamientos.» 382 El ingenioso Ulises le respondió diciendo: «¡Oh númenes! Sin duda iba á perecer en el palacio, con el mismo hado funesto de Agamenón Atrida, si tú, oh diosa, no me hubieses instruído convenientemente acerca de estas cosas. Mas, ea, traza un plan para que los castigue y ponte á mi lado, infundiéndome fortaleza y audacia, como en aquel tiempo en que destruíamos las lucientes almenas de la ciudad de Troya. Si con el mismo ardor de entonces me acompañares, oh deidad de los brillantes ojos, yo combatiría contra trescientos hombres; pero con tu ayuda, veneranda diosa, siempre que benévola me socorrieres.» 392 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Te asistiré ciertamente, sin que me pases inadvertido cuando en tales cosas nos ocupemos, y creo que alguno de los pretendientes que devoran tus bienes manchará con su sangre y sus sesos el extensísimo pavimento. Mas, ea, voy á hacerte incognoscible para todos los mortales: arrugaré el hermoso cutis de tus ágiles miembros, raeré de tu cabeza los blondos cabellos, te pondré unos harapos que causen horror al que te vea y haré sarnosos tus ojos, antes tan lindos, para que les parezcas un ser despreciable á todos los pretendientes y á la esposa y al hijo que dejaste en tu palacio. Llégate ante todo al porquerizo, al guardián de tus puercos, que te quiere bien y adora á tu hijo y á la prudente Penélope. Lo hallarás sentado entre los puercos, los cuales pacen junto á la roca del Cuervo, en la fuente de Aretusa, comiendo abundantes bellotas y bebiendo aguas turbias, cosas ambas que hacen crecer en los mismos la floreciente grosura. Quédate allí de asiento é interrógale sobre cuanto deseares, mientras yo voy á Esparta, la de hermosas mujeres, y llamo á Telémaco, tu hijo, oh Ulises, que se fué junto á Menelao, en la vasta Lacedemonia, para saber por la fama si aún estabas vivo en alguna parte.» 416 Respondióle el ingenioso Ulises: «¿Y por qué no se lo dijiste, ya que tu mente todo lo sabía? ¿Acaso para que también pase trabajos, vagando por el estéril ponto, y los demás se le coman los bienes?» 420 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Muy poco has de inquietarte por él. Yo misma le llevé para que, con ir allá, adquiriese ilustre fama; y no sufre trabajo alguno, sino que se está muy tranquilo en el palacio del Atrida, teniéndolo todo en gran abundancia. Cierto que los jóvenes le acechan, embarcados en negro bajel, y quieren matarle cuando vuelva al patrio suelo; pero me parece que no sucederá así y que antes la tierra tendrá en su seno á alguno de los pretendientes que devoran lo tuyo.» 429 Dicho esto, tocóle Minerva con una varita. La diosa le arrugó el hermoso cutis en los ágiles miembros, le rayó de la cabeza los blondos cabellos, púsole la piel de todo el cuerpo de tal forma que parecía la de un anciano, hízole sarnosos los ojos, antes tan bellos; vistióle unos harapos y una túnica, que estaban rotos, sucios y manchados feamente por el humo; le echó encima el cuero grande, sin pelambre ya, de una veloz cierva; y le entregó un palo y un astroso zurrón lleno de agujeros, con su correa retorcida. 439 Después de deliberar así, se separaron, yéndose Minerva á la divinal Lacedemonia donde se hallaba el hijo de Ulises. [Ilustración] [Ilustración: Ulises, transfigurado en un anciano, conversa con el porquerizo Eumeo] CANTO XIV CONVERSACIÓN DE ULISES CON EUMEO 1 Ulises, dejando el puerto, empezó áspero camino por lugares selvosos, entre unas eminencias, hacia donde le indicara Minerva que hallaría al porquerizo; el cual era, entre todos los criados adquiridos por el divinal Ulises, quien con mayor solicitud le cuidaba los bienes. 5 Hallóle sentado en el vestíbulo de la majada excelsa, hermosa y grande, construída en lugar descubierto, que se andaba toda ella en rededor; la cual labrara el porquerizo para los cerdos del ausente rey, sin ayuda de su señora ni del anciano Laertes, empleando piedras de acarreo y cercándola con un seto espinoso. Puso fuera de la majada, acá y allá, una larga serie de espesas estacas, que había cortado del corazón de unas encinas; y construyó dentro doce pocilgas muy juntas en que se echaban los puercos. En cada una tenía encerradas cincuenta hembras paridas de puercos, que se acuestan en el suelo; y los machos pasaban la noche fuera, siendo su número mucho menor porque los pretendientes, iguales á los dioses, los disminuían comiéndose siempre el mejor de los puercos grasos, que les enviaba el porquerizo. Eran los cerdos trescientos sesenta. Junto á los mismos hallábanse constantemente cuatro perros, semejantes á fieras, que había criado el porquerizo, mayoral de los pastores. Éste cortaba entonces un cuero de buey de color vivo y hacía unas sandalias, ajustándolas á sus pies; y de los otros pastores, tres se habían encaminado á diferentes lugares con las piaras de los cerdos y el cuarto había sido enviado á la ciudad por Eumeo á llevarles á los orgullosos pretendientes el obligado puerco que inmolarían para saciar con la carne su apetito. 29 De súbito los perros ladradores vieron á Ulises y, ladrando, corrieron á encontrarle; mas el héroe se sentó astutamente y dejó caer el garrote que llevaba en la mano. Entonces quizás hubiera padecido vergonzoso infortunio cabe á sus propios establos; pero el porquerizo siguió en seguida y con ágil pie á los canes y, atravesando apresuradamente el umbral donde se le cayó de la mano aquel cuero, les dió voces, los echó á pedradas á cada uno por su lado, y habló al rey de esta manera: 37 «¡Oh anciano! Poco faltó para que los perros te despedazaran súbitamente, con lo cual me habrías causado gran oprobio. Ya los dioses me tienen dolorido y me hacen gemir por una causa bien distinta; pues mientras lloro y me angustio, pensando en mi señor, igual á un dios, he de criar estos puercos grasos para que otros se los coman; y quizás él esté hambriento y ande peregrino por pueblos y ciudades de gente de extraño lenguaje, si aún vive y contempla la lumbre del sol. Pero ven, anciano, sígueme á la cabaña, para que, después de saciarte de manjares y de vino conforme á tu deseo, me digas dónde naciste y cuántos infortunios has sufrido.» 48 Diciendo así, el divinal porquerizo guióle á la cabaña, introdújole en ella, é hízole sentar, después de esparcir por el suelo muchas ramas secas, las cuales cubrió con la piel de una cabra montés, grande, vellosa y tupida, que le servía de lecho. Holgóse Ulises del recibimiento que le hacía Eumeo, y le habló de esta suerte: 53 «¡Júpiter y los inmortales dioses te concedan, oh huésped, lo que más anheles; ya que con tal benevolencia me has acogido!» 55 Y tú le contestaste así, porquerizo Eumeo: «¡Oh forastero! No me es lícito despreciar al huésped que se presente, aunque sea más miserable que tú, pues todos los forasteros y pobres son de Júpiter. Cualquier donación nuestra les es grata, no embargante que haya de ser exigua; que así suelen hacerlas los siervos, siempre temerosos cuando mandan amos jóvenes. Pues las deidades atajaron sin duda la vuelta del mío, el cual, amándome sobre todo extremo, me hubiese proporcionado una posesión, una casa, un peculio y una mujer hermosa; todo lo cual da un amo benévolo á su siervo, cuando ha trabajado mucho para él y las deidades hacen prosperar su obra como hicieron prosperar ésta en que me ocupo. Grandemente me ayudara mi señor, si aquí envejeciese; pero murió ya: ¡así hubiera perecido completamente la estirpe de Helena, por la cual á tantos hombres les quebraron las rodillas! Que aquél fué á Troya, la de hermosos corceles, para honrar á Agamenón combatiendo contra los teucros.» 72 Diciendo así, en un instante se sujetó la túnica con el cinturón, se fué á las pocilgas donde estaban las piaras de los puercos, volvió con dos, y á entrambos los sacrificó, los chamuscó y, después de descuartizarlos, los espetó en los asadores. Cuando la carne estuvo asada, se la llevó á Ulises, caliente aún y en los mismos asadores, polvoreándola de blanca harina; echó en una copa de yedra vino dulce como la miel, sentóse enfrente de Ulises, é, invitándole, hablóle de esta suerte: [Ilustración: AL LLEGAR ULISES Á LA MAJADA, LOS CANES LADRARON Y CORRIERON Á ENCONTRARLE (-Canto XIV, versos 29 y 30.-)] 80 «Come, oh huésped, esta carne de puerco, que es la que está á la disposición de los esclavos; pues los pretendientes devoran los cerdos más gordos, sin pensar en la venganza de las deidades, ni sentir piedad alguna. Pero los bienaventurados númenes no se agradan de las obras perversas, sino que honran la justicia y las acciones sensatas de los varones. Y aun los varones malévolos y enemigos que invaden el país ajeno y, permitiéndoles Júpiter que recojan botín, vuelven á la patria con las naves repletas; aun éstos sienten que un fuerte temor de la venganza divina les oprime el corazón. Mas los pretendientes algo deben de saber de la deplorable muerte de aquél, por la voz de alguna deidad que han oído, cuando no quieren pedir de justo modo el casamiento, ni restituirse á sus casas; antes muy tranquilos consumen los bienes orgullosa é inmoderadamente. En ninguno de los días ni de las noches, que proceden de Júpiter, se contentan con sacrificar una víctima, ni dos tan sólo; y agotan el vino, bebiéndolo sin tasa alguna. Pues la hacienda de mi amo era cuantiosísima, tanto como la de ninguno de los héroes que viven en el negro continente ó en la propia Ítaca y ni juntando veinte hombres la suya pudieran igualarla. Te la voy á especificar. Doce vacadas hay en el continente; y otras tantas greyes de ovejas, otras tantas piaras de cerdos, y otras tantas copiosas manadas de cabras apacientan allá sus pastores y gente asalariada. Aquí pacen once hatos numerosos de cabras en la extremidad del campo, y los vigilan buenos pastores, cada uno de los cuales lleva todos los días á los pretendientes una res, aquella de las bien nutridas cabras que le parece mejor. Y yo guardo y protejo estas marranas y, separando siempre el mejor de los puercos, se lo envío también.» 109 Así habló. Ulises, sin desplegar los labios, se apresuraba á comer la vianda y bebía vino con avidez, maquinando males contra los pretendientes. Después que hubo cenado y repuesto el ánimo con la comida, dióle Eumeo la copa que usaba para beber, llena de vino. Aceptóla el héroe y, alegrándose en su corazón, pronunció estas aladas palabras: 115 «¡Oh amigo! ¿Quién fué el que te compró con sus bienes y era tan opulento y poderoso, según cuentas? Decías que pereció por causa de la honra de Agamenón. Nómbramelo por si en alguna parte hubiese conocido á tal hombre. Júpiter y los dioses inmortales saben si lo he visto y podré darte alguna nueva, pues anduve perdido por muchos pueblos.» 121 Respondióle el porquerizo, mayoral de los pastores: «¡Oh viejo! Á ningún vagabundo que llegue con noticias de mi amo, le darán crédito ni la mujer de éste ni su hijo; pues los que van errantes y necesitan socorro mienten sin reparo y se niegan á hablar sinceramente. Todo aquel que, peregrinando, llega al pueblo de Ítaca, va á referirle patrañas á mi señora; y ésta le acoge amistosamente, le hace preguntas sobre cada punto, y al momento solloza y destila lágrimas de sus párpados, como es costumbre de la mujer cuyo marido ha muerto en otra tierra. Tú mismo, oh anciano, inventarías muy pronto cualquier relación, si te diesen un manto y una túnica con que vestirte. Mas ya los perros y las veloces aves han debido de separarle la piel de los huesos, y el alma le habrá dejado; ó quizás los peces lo devoraron en el ponto y sus huesos yacen en la playa, dentro de un gran montón de arena. De tal suerte murió aquél y nos ha dejado pesares á todos sus amigos y especialmente á mí, que ya no hallaré un amo tan benévolo en ningún lugar á que me encamine, ni aun si me fuere á la casa de mi padre y de mi madre donde nací y ellos me criaron. Y lloro no tanto por los mismos, aunque deseara verlos con mis ojos en la patria tierra, como porque me aqueja el deseo del ausente Ulises; á quien, oh huésped, temo nombrar, no hallándose acá, pues me amaba mucho y se preocupaba por mí en su corazón, y yo le llamo hermano del alma por más que esté lejos.» 148 Hablóle entonces el paciente divinal Ulises: «¡Oh amigo! Ya que á todo te niegas, asegurando que aquél no ha de volver, y tu ánimo permanece incrédulo; no sólo quiero repetirte sino hasta jurarte que Ulises volverá. Por albricias de la buena nueva revestidme de un manto y una túnica, que sean hermosas vestiduras, tan presto como aquél llegue á su palacio; pues antes nada aceptaría, no obstante la gran necesidad en que me encuentro. Me es tan odioso como las puertas del Orco, aquél que, cediendo á la miseria, refiere embustes. -Sean testigos primeramente Júpiter entre los dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del irreprochable Ulises á que he llegado, de que todo se cumplirá como lo digo: Ulises vendrá aquí este mismo año; al terminar el corriente mes y comenzar el otro volverá á su casa, y se vengará de quien ultraje á su mujer y á su preclaro hijo.-» 165 Y tú le contestaste así, porquerizo Eumeo: «¡Oh anciano! Ni tendré que pagar albricias por la buena nueva, ni Ulises tornará á su casa; pero bebe tranquilo, cambiemos de conversación y no me traigas tal asunto á la memoria; que el ánimo se me aflige en el pecho cada vez que oigo mentar á mi venerable señor. Prescindamos, pues, del juramento y preséntese Ulises, como yo quisiera y también Penélope, el anciano Laertes y Telémaco, semejante á los dioses. Por este niño me lamento ahora sin cesar, por Telémaco, á quien engendró Ulises: como las deidades le criaran lo mismo que un pimpollo, pensé que más adelante no sería entre los hombres inferior á su padre, sino tan digno de admiración por su cuerpo y su gentileza; mas, habiéndole trastornado alguno de los inmortales ó de los hombres el buen juicio de que disfrutaba, se ha ido á la divina Pilos en busca de noticias de su progenitor, y los ilustres pretendientes le preparan asechanzas para cuando torne, á fin de que desaparezca de Ítaca sin gloria alguna el linaje de Arcesio, semejante á los dioses. Pero dejémoslo, ora sea capturado, ora logre escapar porque el Saturnio extienda su brazo encima del mismo. Ea, anciano, refiéreme tus cuitas, y dime la verdad de esto para que yo me entere: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres? ¿En cuál embarcación llegaste? ¿Cómo los marineros te trajeron á Ítaca? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no me figuro que hayas venido andando.» 191 Respondióle el ingenioso Ulises: «De todo esto voy á informarte circunstanciadamente. Si tuviéramos comida y dulce vino para mucho tiempo, y nos quedásemos á celebrar festines en esta cabaña mientras los demás fueran al trabajo, no me sería fácil referirte en todo el año cuantos pesares ha sufrido mi espíritu por la voluntad de los dioses. 199 »Por mi linaje, me precio de ser natural de la espaciosa Creta, donde tuve por padre un varón opulento. Otros muchos hijos le nacieron también y se criaron en el palacio, todos legítimos, de su esposa, mientras que á mí me parió una mujer comprada que fué su concubina; pero guardábame igual consideración que á sus hijos legítimos Cástor Hilácida, cuyo vástago me glorío de ser, y á quien honraban los cretenses como á un dios por su felicidad, por sus riquezas y por su gloriosa prole. Cuando las mortales Parcas se lo llevaron á la morada de Plutón, sus hijos magnánimos partieron entre sí las riquezas, echando suertes sobre las mismas, y me dieron muy poco, asignándome una casa. Tomé una mujer de gente muy rica, por solo mi valor; que no era yo despreciable, ni tímido en la guerra. Ahora ya todo lo he perdido; esto no obstante, viendo la paja conocerás la mies, aunque me tiene abrumado un gran infortunio. Diéronme Marte y Minerva audacia y valor para destruir las huestes de los contrarios, y en ninguna de las veces que hube de elegir los hombres de más bríos y llevarlos á una emboscada, maquinando males contra los enemigos, mi ánimo generoso me puso la muerte ante los ojos; sino que, arrojándome á la lucha mucho antes que nadie, era quien primero mataba con la lanza al enemigo que no me aventajase en la ligereza de sus pies. De tal modo me conducía en la guerra. No me gustaban las labores campestres, ni el cuidado de la casa que cría hijos ilustres, sino tan solamente las naves con sus remos, los combates, los pulidos dardos y las saetas; cosas tristes y horrendas para los demás y gratas para mí, por haberme dado algún dios tal inclinación; que no todos hallamos deleite en las mismas acciones. Ya antes que los aqueos pusieran el pie en Troya, había capitaneado nueve veces hombres y navíos de ligero andar contra extranjeras gentes, y todas las cosas llegaban á mis manos en gran abundancia. De ellas me reservaba las más agradables y luego me tocaban muchas por suerte; de manera que, creciendo mi casa con rapidez, fuí poderoso y respetado entre los cretenses. Mas cuando dispuso el longividente Júpiter aquella expedición odiosa, en la cual á tantos varones les quebraron las rodillas, se nos mandó á mí y al perínclito Idomeneo que fuéramos capitanes de los bajeles que iban á Ilión, y no hubo medio de negarse por el temor de adquirir mala fama entre el pueblo. Allá peleamos los aqueos nueve años y al décimo, asolada por nosotros la ciudad de Príamo, partimos en las naves hacia nuestras casas; pero un dios dispersó á los aqueos. Y el próvido Júpiter meditó males contra mí, desgraciado, que estuve holgando un mes tan sólo con mis hijos, mi legítima esposa y mis riquezas; pues luego llevóme el ánimo á navegar hacia Egipto, preparando debidamente los bajeles con los compañeros iguales á los dioses. Equipé nueve barcos y pronto se reunió la gente necesaria. 249 »Seis días pasaron mis fieles compañeros celebrando banquetes, y yo les proporcioné muchas víctimas para los sacrificios y para su propia comida. Al séptimo subimos á los barcos y, partiendo de la espaciosa Creta, navegamos al soplo de un próspero y fuerte Bóreas, con igual facilidad que si nos llevara la corriente. Ninguna de las naves recibió daño y todos estábamos en ellas sanos y salvos, pues el viento y los pilotos las conducían. En cinco días llegamos al río Egipto, de hermosa corriente, en el cual detuve las corvas galeras. Entonces, después de mandar á los fieles compañeros que se quedasen á custodiar las embarcaciones, envié espías á los lugares oportunos para explorar la comarca. Pero los míos, cediendo á la insolencia por seguir su propio impulso, empezaron á devastar los hermosos campos de los egipcios; y se llevaban las mujeres y los niños, y daban muerte á los varones. No tardó el clamoreo en llegar á la ciudad. Sus habitantes, habiendo oído los gritos, vinieron al amanecer: el campo se llenó de infantería, de jinetes y de reluciente bronce; Júpiter, que se huelga con el rayo, envió á mis compañeros la perniciosa fuga; y ya, desde aquel momento nadie se atrevió á resistir, pues los males nos cercaban por todas partes. Allí nos mataron con el agudo bronce muchos hombres, y á otros se los llevaron para obligarles á trabajar en pro de los ciudadanos. Á mí el mismo Júpiter púsome en el alma esta resolución--ojalá me hubiese muerto entonces y se hubiera cumplido mi hado allí, en Egipto, pues la desgracia tenía que perseguirme aún:--al instante me quité de la cabeza el bien labrado yelmo y de los hombros el escudo, arrojé la lanza lejos de las manos y me fuí hacia los corceles del rey á quien abracé por las rodillas, besándoselas. El rey me protegió y salvó; pues, haciéndome subir al carro en que iba montado, me condujo á su casa mientras mis ojos despedían lágrimas. Acometiéronme muchísimos con sus lanzas de fresno é intentaron matarme, porque estaban muy irritados; pero aquél los apartó, temiendo la cólera de Júpiter hospitalario, el cual se indigna en gran manera por las malas acciones. Allí me detuve siete años y junté muchas riquezas entre los egipcios, pues todos me daban alguna cosa. Mas, cuando llegó el octavo, presentóse un fenicio muy trapacero y falaz, que ya había causado á otros hombres multitud de males; y, persuadiéndome con su ingenio, llevóme á Fenicia donde se hallaban su casa y sus bienes. Estuve con él un año entero; y tan pronto como, transcurriendo el año, los meses y los días del mismo se acabaron y las estaciones volvieron á sucederse, urdió otros engaños y me llevó á la Libia en su nave, surcadora del ponto, con el aparente fin de que le ayudase á conducir sus mercancías; pero en realidad, para venderme allí por un precio cuantioso. Tuve que seguirle, aunque ya sospechaba algo, y me embarqué en su bajel. Corría éste por el mar al soplo de un próspero y fuerte Bóreas, á la altura de Creta; y en tanto meditaba Júpiter cómo á la perdición lo llevaría. 301 »Cuando hubimos dejado á Creta y ya no se divisaba tierra alguna, sino tan solamente el cielo y el mar, Júpiter colocó por cima de la cóncava embarcación una parda nube, debajo de la cual se obscureció el ponto, despidió un trueno y simultáneamente arrojó un rayo en nuestra nave: ésta se estremeció al ser herida por el rayo de Júpiter, llenándose del olor del azufre; y mis hombres cayeron en el agua. Llevábalos el oleaje alrededor del negro bajel y un dios les privó de la vuelta á la patria. Pero á mí, aunque afligido en el ánimo, el propio Júpiter echóme en las manos el mástil larguísimo de la nave de azulada proa, para que aun entonces escapase de la desgracia. Abrazado con él fuí juguete de los perniciosos vientos durante nueve días; y al décimo, en una noche obscura, ingente ola me arrojó á la tierra de los tesprotos. Allí el héroe Fidón, rey de los tesprotos, acogióme graciosamente; pues habiéndose presentado su hijo donde yo me encontraba, me llevó á la mansión del padre, cuando ya me rendían el frío y el cansancio, y me entregó un manto y una túnica para que me vistiera. 321 »Allí me hablaron de Ulises: participóme el rey que le estaba dando amistoso acogimiento y que ya el héroe iba á volver á su patria tierra; y me mostró todas las riquezas que Ulises había juntado en bronce, oro y labrado hierro, con las cuales pudieran mantenerse un hombre y sus descendientes hasta la décima generación: ¡tantos objetos preciosos tenía en el palacio de aquel monarca! Añadió que Ulises se hallaba en Dodona para saber por la alta encina la voluntad de Júpiter sobre si convendría que volviese manifiesta ó encubiertamente al rico país de Ítaca, del cual habíase ausentado hacía mucho tiempo. Y juró en mi presencia, ofreciendo libaciones en su casa, que ya habían botado al mar la nave y estaban á punto los compañeros para conducirlo á su patria tierra. Pero antes despidióme á mí, porque se ofreció casualmente una nave de marineros tesprotos que iba á Duliquio, la abundosa en trigo. Mandóles que me llevasen con toda solicitud al rey Acasto; mas á ellos les plugo tomar una perversa resolución, para que aún me cayeran encima toda suerte de desgracias é infortunios. Así que la nave surcadora del ponto, estuvo muy distante de la tierra, decidieron que hubiese llegado para mí el día de la esclavitud; y, desnudándome del manto y de la túnica que llevaba puestos, vistiéronme estos miserables harapos y esta túnica, llenos de agujeros, que ahora contemplas con tus ojos. Por la tarde vinimos á los campos de Ítaca, que se ve de lejos; en llegando, atáronme fuertemente á la nave de muchos bancos con una soga retorcida, y acto continuo saltaron en tierra y tomaron la cena á orillas del mar. Pero los propios dioses desligáronme fácilmente las ataduras; y entonces, liándome yo los harapos á la cabeza, me deslicé por el pulido timón, di á la mar el pecho, nadé con ambas manos, y muy pronto me hallé alejado de aquellos y fuera de su alcance. Salí del mar adonde hay un bosque de florecientes encinas y me quedé echado en tierra; ellos no cesaban de agitarse y de proferir hondos suspiros, pero al fin no les pareció ventajoso continuar la busca y tornaron á la cóncava nave; y los dioses me encubrieron con facilidad y me trajeron á la majada de un varón prudente porque quiere el hado que mi vida sea más larga.» 360 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «¡Ah, huésped sin ventura! Me has conmovido hondamente el ánimo al relatarme tan en particular cuanto padeciste y cuanto erraste de una parte á otra. Pero no me parece que hayas hablado como debieras en lo referente á Ulises, ni me convencerás con tus palabras. ¿Qué es lo que te obliga, siendo cual eres, á mentir inútilmente? Sé muy bien á qué atenerme con respecto á la vuelta de mi señor, el cual debió de serles muy odioso á todas las deidades cuando éstas no quisieron que acabara sus días entre los teucros, ni en brazos de sus amigos después que terminó la guerra; pues entonces todos los aqueos le habrían erigido un túmulo y hubiese legado á su hijo una gloria inmensa. Ahora desapareció sin fama, arrebatado por las Harpías. Mas yo vivo apartado, cabe á los puercos, y sólo voy á la ciudad cuando la prudente Penélope me llama porque le traen de alguna parte cualquier noticia: sentados los de allá junto al recién venido, hácenle toda suerte de preguntas, así los que se entristecen por la prolongada ausencia del rey, como los que de ella se regocijan porque devoran impunemente sus bienes; pero á mí no me place escudriñar ni preguntar cosa alguna desde que me engañó con sus palabras un hombre etolo, el cual, habiendo vagado por muchas regiones á causa de un homicidio, llegó á mi morada y le traté afectuosamente. Aseguró que había visto á Ulises en Creta, junto á Idomeneo, donde reparaba el daño que en sus embarcaciones causaran las tempestades; y dijo que llegaría hacia el verano ó el otoño con muchas riquezas, y juntamente con los compañeros iguales á los dioses. Y tú, oh viejo que tantos males padeciste, ya que un dios te ha traído á mi casa, no quieras congraciarte ni halagarme con embustes; que no te respetaré ni te querré por esto, sino por el temor de Júpiter hospitalario y por la compasión que me inspiras.» 390 Respondióle el ingenioso Ulises: «Muy incrédulo es, en verdad, el ánimo que en tu pecho se encierra, cuando ni con el juramento he podido lograr que de mí te fiases y creyeses cuanto te dije. Mas, ea, hagamos un convenio y por cima de nosotros sean testigos los dioses, que en el Olimpo tienen su morada. Si tu señor volviere á esta casa, me darás un manto y una túnica para vestirme y me enviarás á Duliquio, que es el lugar adonde á mi ánimo le place ir; y si no volviere como te he dicho, incita contra mí á tus criados, y arrójenme de elevada peña, á fin de que los demás pordioseros se abstengan de engañarte.» 401 Respondióle el divinal porquerizo: «¡Oh huésped! Buena fama y opinión de virtud ganara entre los hombres ahora y en lo sucesivo, si, después de traerte á mi cabaña y de presentarte los dones de la hospitalidad, te fuera á matar, privándote de la existencia. ¡Con qué disposición rogaría al Saturnio Jove! Pero ya es hora de cenar: ojalá viniesen pronto los compañeros, para que aparejáramos dentro de la cabaña una agradable cena.» 409 Así éstos conversaban. Entretanto acercáronse los puercos con sus pastores, quienes encerraron las marranas en las pocilgas, para que durmiesen; y un gruñido inmenso se dejó oir mientras los puercos se acomodaban en los establos. Entonces el divinal porquerizo dió esta orden á sus compañeros: 414 «Traed el mejor de los puercos para que lo sacrifique en honra de este forastero venido de lejas tierras y nos sirva de provecho á nosotros que ha mucho tiempo que nos fatigamos por los cerdos de blanca dentadura y otros se comen impunemente el fruto de nuestros afanes.» 418 Diciendo así, cortó leña con el despiadado bronce, mientras los pastores introducían un gordísimo puerco de cinco años que dejaron junto al hogar; y el porquerizo no se olvidó de los inmortales, pues tenía buenos sentimientos: ofrecióles las primicias, arrojando en el fuego algunas cerdas de la cabeza del puerco de blanca dentadura, y pidió á todos los dioses que el prudente Ulises tornara á su casa. Después alzó el brazo y con un tronco de encina que dejara al cortar leña hirió al puerco, que cayó exánime. Ellos lo degollaron, lo chamuscaron y seguidamente lo partieron en pedazos. El porquerizo empezó por tomar una parte de cada miembro del animal, envolvió en pingüe grasa los trozos crudos y, polvoreándolos de blanca harina, los echó en el fuego. Dividieron lo restante en pedazos más chicos que espetaron en los asadores, los asaron cuidadosamente y, retirándolos del fuego, los colocaron todos juntos encima de la mesa. Levantóse á hacer partes el porquerizo, cuya mente tanto apreciaba la justicia, y, dividiendo los trozos, formó siete porciones: ofreció una á las Ninfas y á Mercurio, hijo de Maya, á quienes dirigió votos, y distribuyó las demás á los comensales, honrando á Ulises con el ancho lomo del puerco de blanca dentadura, cual obsequio alegróle el espíritu á su señor. En seguida el ingenioso Ulises le habló diciendo: 440 «¡Ojalá seas, oh Eumeo, tan caro al padre Júpiter como á mí mismo, pues, aun estando como estoy, me honras con excelentes dones!» 442 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Come, oh el más infortunado de los huéspedes, y disfruta de lo que tienes delante; pues la divinidad te dará esto y te rehusará aquello, según le plegue á su ánimo, puesto que es todopoderosa.» 446 Dijo, sacrificó las primicias á los sempiternos númenes y, libando el negro vino, puso la copa en manos de Ulises, asolador de ciudades, que junto á su porción estaba sentado. Repartióles el pan Mesaulio, á quien el porquerizo había adquirido por sí solo, en la ausencia de su amo y sin ayuda de su señora ni del anciano Laertes, comprándolo á unos tafios con sus propios bienes. Todos echaron mano á las viandas que tenían delante. Y así que hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Mesaulio quitó el pan y ellos, hartos de pan y de carne, fuéronse sin dilación á la cama. 457 Sobrevino una noche mala y sin luna, en la cual Júpiter llovió sin cesar, y el lluvioso Céfiro sopló constantemente y con gran furia. Y Ulises habló del siguiente modo, tentando al porquerizo á fin de ver si se quitaría el manto para dárselo ó exhortaría á alguno de los compañeros á que así lo hiciese, ya que tan gran cuidado por él se tomaba: 462 «¡Oídme ahora, Eumeo y demás compañeros! Voy á proferir algunas palabras para gloriarme, que á ello me impulsa el perturbador vino; pues hasta al más sensato le hace cantar y reir blandamente, le incita á bailar y le mueve á revelar cosas que más conviniera tener calladas. Pero, ya que empecé á hablar, no callaré lo que me resta decir. ¡Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas, como cuando guiábamos al pie del muro de Troya la emboscada previamente dispuesta! Eran sus capitanes Ulises y Menelao Atrida, y yo iba como tercer jefe, pues ellos mismos me lo ordenaron. Tan pronto como llegamos cerca de la ciudad y de su alto muro, nos tendimos en unos espesos matorrales, entre las cañas de un pantano, acurrucándonos debajo de las armas. Sobrevino una noche mala, glacial; porque soplaba el Bóreas, caía de lo alto una nieve menuda y fría, como escarcha, y condensábase el hielo en torno de los escudos. Los demás, que tenían mantos y túnicas, estaban durmiendo tranquilamente con las espaldas cubiertas por los escudos; pero yo, al partir, cometí la necedad de entregar el manto á mis compañeros, porque no pensaba que hubiera de padecer tanto frío, y me puse en marcha con solo el escudo y una espléndida cota. Mas, tan luego como la noche hubo llegado á su último tercio y ya los astros declinaban, toqué con el codo á Ulises, que estaba cerca y me atendió muy pronto, y díjele de esta guisa: 486 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ya no me contarán en el número de los vivientes, porque el frío me rinde. No tengo manto. Engañóme algún dios, cuando partí con la sola túnica y ahora no hallo medio alguno para escapar con vida.» 490 »Así me expresé. Pronto se le ofreció á su ánimo un recurso, siendo como era tan señalado en aconsejar como en combatir; y, hablándome quedo, pronunció estas palabras: «¡Calla! No sea que te oiga alguno de los aqueos.» Dijo; y, estribando sobre el codo, levantó la cabeza y comenzó á hablar de esta manera: [Ilustración: EUMEO FUÉ Á ACOSTARSE EN LA CONCAVIDAD DE UNA PEÑA, DONDE DORMÍAN LOS PUERCOS AL ABRIGO DEL BÓREAS (-Canto XIV, versos 532 y 533.-)] 495 «¡Oídme, amigos! Un sueño divinal se me presentó mientras dormía. Como estamos tan lejos de las naves, vaya alguno á decir al Atrida Agamenón, pastor de hombres, si nos enviará más guerreros de junto á los barcos.» 499 »Tal dijo; y levantándose con presteza Toante, hijo de Andremón, arrojó el purpúreo manto y se fué corriendo hacia las naves. Me envolví en su vestido, me acosté alegremente y en seguida apareció la Aurora, de áureo trono. 503 »Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas se hallaran tan robustas como entonces, pues alguno de los porquerizos de esta cuadra me daría su manto por amistad y por respeto á un valiente; mas ahora me desprecian porque cubren mi cuerpo miserables vestidos.» 507 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «¡Oh viejo! El relato que acabas de hacer es irreprochable, y nada has dicho que sea inútil ó inconveniente: por esto no carecerás ni de vestido ni de cosa alguna que deba obtener el infeliz suplicante que nos sale al encuentro; mas, apenas amanezca tornarás á sacudir tus harapos, pues aquí no tenemos mantos y túnicas para mudarnos, sino que cada cual lleva puestos los suyos. Y cuando venga el caro hijo de Ulises, te dará un manto y una túnica para vestirte y te conducirá adonde tu corazón y tu ánimo deseen.» 518 Dichas estas palabras, se levantó, puso cerca del fuego una cama para el huésped y la llenó de pieles de ovejas y de cabras. Ulises se tendió en ella y Eumeo echóle un manto muy tupido y amplio que guardaba para mudarse siempre que alguna recia tempestad le sorprendía. 523 De tal modo se acostó Ulises y á su vera los jóvenes pastores; mas al porquerizo no le plugo tener allá su cama y dormir apartado de los puercos; sino que se armó y se dispuso á salir, y holgóse Ulises al ver con qué solicitud le cuidaba los bienes durante su ausencia. Eumeo empezó por colgar de sus robustos hombros la aguda espada; vistióse después un manto muy grueso, reparo contra el viento; tomó en seguida la piel de una cabra grande y bien nutrida; y, finalmente, asió un agudo dardo para defenderse de los canes y de los hombres. Y se fué á acostar en la concavidad de una elevada peña, donde los puercos de blanca dentadura dormían al abrigo del Bóreas. [Ilustración: Cuando en la isla Siria, envejecen los individuos de una generación, Apolo y Diana los matan con suaves flechas] CANTO XV LLEGADA DE TELÉMACO Á LA MAJADA DE EUMEO 1 Mientras tanto encaminóse Palas Minerva á la vasta Lacedemonia, para traerle á las mientes la idea del regreso al hijo ilustre del magnánimo Ulises é incitarle á que volviera á su morada. Halló á Telémaco y al preclaro hijo de Néstor acostados en el vestíbulo de la casa del glorioso Menelao: el Nestórida estaba vencido del blando sueño; mas no se habían señoreado de Telémaco las dulzuras del mismo, porque durante la noche inmortal desvelábale el cuidado por la suerte que á su padre le hubiese cabido. Y, parándose á su lado, dijo Minerva, la de los brillantes ojos: 10 «¡Telémaco! No es bueno que demores fuera de tu casa, habiendo dejado en ella las riquezas y unos hombres tan soberbios: no sea que se repartan tus bienes y se los coman, y luego el viaje te resulte inútil. Solicita con instancia y lo antes posible de Menelao, valiente en la pelea, que te deje partir, á fin de que halles aún en tu palacio á tu eximia madre; pues ya su padre y sus hermanos le exhortan á que contraiga matrimonio con Eurímaco, el cual sobrepuja en las dádivas á todos los pretendientes y va aumentando la ofrecida dote: no sea que, á pesar tuyo, se lleven de tu morada algún valioso objeto. Bien sabes qué ánimo tiene en su pecho la mujer: desea hacer prosperar la casa de quien la ha tomado por esposa; y ni de los hijos primeros, ni del marido difunto con quien se casó virgen, se acuerda más ni por ellos pregunta. Mas tú, volviendo allá, encarga lo tuyo á aquella de tus criadas que tengas por mejor, hasta que las deidades te den ilustre consorte. Otra cosa te diré, que pondrás en tu corazón. Los más conspicuos de los pretendientes se emboscaron, para acechar tu llegada, en el estrecho que media entre Ítaca y la escabrosa Samos; pues quieren matarte cuando vuelvas al patrio suelo; pero me parece que no sucederá así y que antes tendrá la tierra en su seno á alguno de los pretendientes que devoran lo tuyo. Por eso, haz que pase el bien construído bajel á alguna distancia de las islas y navega de noche; y aquel de los inmortales que te guarda y te protege, enviará detrás de tu barco próspero viento. Así que arribes á la costa de Ítaca, manda la nave y todos los compañeros á la ciudad; y llégate ante todo al porquerizo, que guarda tus cerdos y te quiere bien. Pernocta allí y envíale á la ciudad para que lleve á la discreta Penélope la noticia de que estás salvo y has llegado de Pilos.» 43 Cuando así hubo hablado, fuése Minerva al vasto Olimpo. Telémaco despertó al Nestórida de su dulce sueño, moviéndolo con el pie, y le dijo estas palabras: 46 «¡Despierta, Pisístrato Nestórida! Lleva al carro los solípedos corceles y úncelos, para que nos pongamos en camino.» 48 Mas Pisístrato Nestórida le repuso: «¡Telémaco! Aunque tengamos prisa por emprender el viaje, no es posible guiar los corceles durante la tenebrosa noche; y ya pronto despuntará la Aurora. Pero aguarda que el héroe Menelao Atrida, famoso por su lanza, traiga los presentes, los deje en el carro y nos despida con suaves palabras. Que para siempre dura en el huésped la memoria del varón hospitalario que le ha recibido amistosamente.» 56 Así le habló; y al momento vino la Aurora, de áureo trono. Entonces se les acercó Menelao, valiente en los combates, que se había levantado de la cama, de junto á Helena, la de hermosa cabellera. No lo hubo visto el caro hijo de Ulises, cuando se apresuró el héroe á cubrir su cuerpo con la espléndida túnica, se echó el gran manto á las robustas espaldas y salió á encontrarle. Y, deteniéndose á su vera, habló así el hijo amado del divinal Ulises: 64 «¡Menelao Atrida, alumno de Júpiter, príncipe de hombres! Deja que parta ahora mismo á mi querida patria, que ya siento deseos de volver á mi morada.» 67 Respondióle Menelao, valiente en la pelea: «¡Telémaco! No te detendré mucho tiempo, ya que deseas irte; pues me es odioso así el que, recibiendo á un huésped, lo quiere sin medida, como el que lo aborrece en extremo; más vale usar de moderación en todas las cosas. Tan mal procede con el huésped quien le incita á que se vaya cuando no quiere irse, como el que lo detiene si le urge partir. Se le debe tratar amistosamente mientras esté con nosotros y despedirlo cuando quiera ponerse en camino. Pero aguarda que traiga y coloque en el carro hermosos presentes que tú veas con tus propios ojos, y mande á las mujeres que aparejen en el palacio la comida con las abundantes provisiones que tenemos en el mismo; porque hay á la vez honra, gloria y provecho en que coman los huéspedes antes de que se vayan por la tierra inmensa. Dime también si acaso prefieres volver por la Hélade y por el centro de Argos, á fin de que yo mismo te acompañe; pues unciré los corceles, te llevaré por las ciudades populosas y nadie nos dejará partir sin darnos alguna cosa que nos llevemos, ya sea un hermoso trípode de bronce, ya un caldero, ya un par de mulos, ya una copa de oro.» 86 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Menelao Atrida, alumno de Júpiter, príncipe de hombres! Quiero restituirme pronto á mis hogares, pues á nadie dejé encomendada la custodia de los bienes: no sea que en tanto busco á mi padre igual á los dioses, muera yo ó pierda algún excelente y valioso objeto que se lleven del palacio.» 92 Al oir esto, Menelao, valiente en la pelea, mandó en seguida á su esposa y á las esclavas que preparasen la comida en el palacio con las abundantes provisiones que en él se guardaban. Llegó entonces Eteoneo Boetida, que se acababa de levantar, pues no vivía muy lejos; y, habiéndole ordenado Menelao, valiente en la batalla, que encendiera fuego y asara las carnes, obedeció acto continuo. Menelao bajó entonces á una estancia perfumada; sin que fuera solo, pues le acompañaron Helena y Megapentes. En llegando adonde estaban los objetos preciosos, el Atrida tomó una copa doble y mandó á su hijo Megapentes que se llevase una cratera de plata; y Helena se detuvo cabe á las arcas en que se hallaban los peplos de muchas bordaduras, que ella en persona había labrado. La propia Helena, la divina entre las mujeres, escogió y se llevó el peplo mayor y más hermoso por sus bordados, que resplandecía como una estrella y estaba debajo de los otros. Y anduvieron otra vez por el palacio hasta juntarse con Telémaco, á quien el rubio Menelao habló de esta manera: 111 «¡Telémaco! Júpiter, el tonante esposo de Juno, te permita hacer el viaje como tu corazón desee. De cuantas cosas se guardan en mi palacio, voy á darte la más bella y preciosa. Te haré el presente de una cratera labrada, toda de plata con los bordes de oro, que es obra de Vulcano y diómela el héroe Fédimo, rey de los sidonios, cuando me acogió en su casa al volver yo á la mía. Tal es lo que deseo regalarte.» 120 Diciendo así, el héroe Atrida le puso en la mano la copa doble; el fuerte Megapentes le trajo la espléndida cratera que dejó delante del mismo; y Helena, la de hermosas mejillas, presentósele con el peplo en las manos y hablóle de esta suerte: 125 «También yo, hijo querido, te haré este regalo, que será un recuerdo de las manos de Helena, para que lo lleve tu esposa en la ansiada hora del casamiento; y hasta entonces guárdelo tu madre en el palacio. Y ojalá vuelvas alegre á tu casa bien construída y á tu patria tierra.» 130 Diciendo así, se lo puso en las manos y él lo recibió con alegría. El héroe Pisístrato tomó los presentes y fué colocándolos en la cesta del carro, después de contemplarlos todos con admiración. Luego el rubio Menelao se los llevó á entrambos al palacio, donde se sentaron en sillas y sillones. Una esclava dióles aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata, y puso delante de ellos una pulimentada mesa. La veneranda despensera trájoles pan y dejó en la mesa buen número de manjares, obsequiándolos con los que tenía reservados. Junto á ellos, el Boetida cortaba la carne y repartía las porciones; y el hijo del glorioso Menelao escanciaba el vino. Todos echaron mano á las viandas que tenían delante. Y apenas hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Telémaco y el preclaro hijo de Néstor engancharon los corceles, subieron al labrado carro y lo guiaron por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Tras ellos se fué el rubio Menelao Atrida, llevando en su diestra una copa de oro, llena de dulce vino, para que hicieran la libación antes de partir; y, deteniéndose ante el carro, se la presentó y les dijo: 151 «¡Salud, oh jóvenes, y llevad también mi saludo á Néstor, pastor de hombres; que me fué benévolo, como un padre, mientras los aqueos peleamos en Troya!» 154 Respondióle el prudente Telémaco: «En llegando allá, oh alumno de Júpiter, le diremos á Néstor cuanto nos encargas. ¡Así me fuera posible, al tornar á Ítaca, contarle á Ulises en su morada que vuelvo de tu palacio, habiendo recibido toda clase de pruebas de amistad y trayendo conmigo muchos y excelentes objetos preciosos!» 160 Así que acabó de hablar, pasó por cima de ellos, hacia la derecha, un águila que llevaba en las uñas un ánsar doméstico, blanco, enorme, arrebatado de algún corral; seguíanla, gritando, hombres y mujeres; y, al llegar junto al carro, torció el vuelo á la derecha, en frente mismo de los corceles. Al verla se holgaron; á todos se les regocijó el ánimo en el pecho, y Pisístrato Nestórida dijo de esta suerte: 167 «Considera, ¡oh Menelao, alumno de Júpiter, príncipe de hombres!, si el dios que nos mostró este presagio lo hizo aparecer para nosotros ó para ti mismo.» 169 Así habló. Menelao, caro á Marte, se puso á meditar cómo le respondería convenientemente; mas Helena, la de largo peplo, adelantósele pronunciando estas palabras: 172 «Oídme, pues os voy á predecir lo que sucederá, según los dioses me lo inspiran en el ánimo y yo me figuro que ha de llevarse á cumplimiento. Así como esta águila, viniendo del monte donde nació y tiene su cría, ha arrebatado el ánsar criado dentro de una casa: así Ulises, después de padecer mucho y de ir errante largo tiempo, volverá á la suya y conseguirá vengarse; si ya no está en ella, maquinando males contra los pretendientes.» 179 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Así lo haga Júpiter, el tonante esposo de Juno; y allá te invocaré todos los días, como á una diosa!» 182 Dijo, é hirió con el azote á los corceles. Éstos, que eran muy fogosos, arrancaron al punto hacia el campo, á través de la ciudad, y en todo el día no cesaron de agitar el yugo. 185 Poníase el sol y las tinieblas empezaban á ocupar los caminos cuando llegaron á Feras, á la morada de Diocles, hijo de Orsíloco, á quien engendrara Alfeo. Allí durmieron aquella noche, aceptando la hospitalidad que Diocles se apresuró á ofrecerles. 189 Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, engancharon los corceles, subieron al labrado carro y guiáronlo por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Pisístrato azotó á los corceles para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Prestamente llegaron á la excelsa ciudad de Pilos, y entonces Telémaco habló de esta suerte al hijo de Néstor: 195 «¡Nestórida! ¿Cómo llevarías á cumplimiento, conforme prometiste, lo que te voy á decir? Nos gloriamos de ser para siempre y recíprocamente huéspedes el uno del otro, por la amistad de nuestros padres; tenemos la misma edad, y este viaje habrá acrecentado aún más la concordia entre nosotros. Pues no me lleves, oh alumno de Júpiter, más adelante de donde está mi bajel; déjame aquí, en este sitio: no sea que el anciano me detenga en su casa, contra mi voluntad, por el deseo de tratarme amistosamente; y á mí me urge llegar allá lo antes posible.» 202 Tal dijo. El Nestórida pensó en su alma cómo llevaría al cabo, de una manera conveniente, lo que había prometido. Y considerándolo bien, le pareció que lo mejor sería lo siguiente: dió la vuelta á los caballos hacia donde estaba la veloz nave en la orilla del mar; tomó del carro los hermosos presentes--los vestidos y el oro--que había entregado Menelao, y los dejó en la popa del barco; y, exhortando á Telémaco, le dijo estas aladas palabras: 209 «Corre á embarcarte y manda que lo hagan asimismo tus compañeros, antes que llegue á mi casa y se lo refiera al anciano. Bien sabe mi entendimiento y presiente mi corazón que, dada su vehemencia de ánimo, no dejará que te vayas, antes vendrá él en persona á llamarte; y yo te aseguro que no se volverá de vacío, pues entonces fuera grande su cólera.» 215 Diciendo de esta manera, volvió los caballos de hermosas crines hacia la ciudad de los pilios, y muy pronto llegó á su casa. Mientras tanto, Telémaco daba órdenes á sus compañeros y les exhortaba diciendo: 218 «Poned en su sitio los aparejos de la negra nave, compañeros, y embarquémonos para emprender el viaje.» 220 Así les dijo; y ellos le escucharon y obedecieron; pues, entrando inmediatamente en la nave, tomaron asiento en los bancos. 222 Ocupábase Telémaco en tales cosas, hacía votos y sacrificaba en honor de Minerva junto á la popa de la nave, cuando se le presentó un extranjero que venía huyendo de Argos, donde matara á un hombre, y era adivino, del linaje de Melampo. Este último vivió anteriormente en Pilos, criadora de ovejas, y allí fué opulento entre sus habitantes y habitó una magnífica morada; pero trasladóse después á otro país, huyendo de su patria y del magnánimo Neleo, el más esclarecido de los vivientes, quien le retuvo por fuerza muchas y ricas cosas un año entero. Durante el mismo permaneció Melampo atado con duras cadenas en el palacio de Fílaco, pasando muchos tormentos, por la grave falta que, para alcanzar la hija de Neleo, le había inducido á cometer una diosa: la horrenda Furia. Al fin se libró de la Parca, llevóse las mugidoras vacas de Fílace á Pilos, castigó por aquella mala acción al deiforme Neleo, y, después de conducir á su casa la mujer para el hermano, fuése á otro pueblo, á Argos, tierra criadora de corceles, donde el hado había dispuesto que habitara reinando sobre muchos argivos. Allí tomó mujer, labró una excelsa mansión y le nacieron dos hijos esforzados: Antífates y Mantio. Antífates engendró al magnánimo Oicleo y éste á Anfiarao, el que enardecía á los guerreros; al cual así Júpiter, que lleva la égida, como Apolo quisieron entrañablemente con toda suerte de amistad; pero no llegó á los umbrales de la vejez por haber muerto en Tebas á causa de los regalos que su mujer recibiera. Fueron sus hijos Alcmeón y Anfíloco. Por su parte, Mantio engendró á Polifides y á Clito: á éste la Aurora, de áureo trono, lo arrebató por su hermosura, á fin de tenerlo con los inmortales; y al magnánimo Polifides hízole Apolo el más excelente de los adivinos entre los hombres después que murió Anfiarao. Mas, como Polifides se irritara contra su padre, emigró á Hiperesia y, viviendo allí, daba oráculos á todos los mortales. 256 Era un hijo de éste, llamado Teoclímeno, el que entonces se presentó á Telémaco. Hallóle que oraba y ofrecía libaciones junto al negro bajel; y, hablándole, profirió estas aladas palabras: 260 «¡Amigo! Puesto que te encuentro sacrificando en este lugar, ruégote por estos sacrificios, por el dios y también por tu cabeza y la de los compañeros que te siguen, que me digas la verdad de cuanto te pregunte, sin ocultarme nada: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres?» 265 Respondióle el prudente Telémaco: «De todo, oh forastero, voy á informarte con sinceridad. Por mi familia soy de Ítaca y tuve por padre á Ulises, si todo no ha sido un sueño; pero ya aquél debe de haber acabado de deplorable manera. Por esto vine con los compañeros y el negro bajel, por si lograba adquirir noticias de mi padre, cuya ausencia se va haciendo tan larga.» 271 Díjole entonces Teoclímeno, semejante á un dios: «También yo desamparé la patria por haber muerto á un varón de mi tribu, cuyos hermanos y compañeros son muchos en Argos, tierra criadora de corceles, y gozan de gran poder entre los aqueos; y ahora huyo de ellos, evitando la muerte y la negra Parca, porque mi hado es ir errante entre los hombres. Pero acógeme en tu bajel, ya que huyendo he venido á suplicarte: no sea que me maten, pues sospecho que soy perseguido.» 279 Respondióle el prudente Telémaco: «No te rechazaré del bien proporcionado bajel, ya que deseas embarcarte. Sígueme, y allá te trataremos amistosamente, según los medios de que dispongamos.» 282 Dicho esto, tomóle la broncínea lanza que dejó tendida en el tablado del corvo bajel; subió á la nave, surcadora del ponto, sentóse en la popa y colocó cerca de sí á Teoclímeno. Al punto soltaron las amarras. Telémaco, exhortando á sus compañeros, les mandó que aparejasen la jarcia, y obedeciéronle todos diligentemente. Izaron el mástil de abeto, lo metieron en el travesaño, lo ataron con sogas, y acto continuo extendieron la blanca vela con correas bien torcidas. Minerva, la de los brillantes ojos, envióles próspero viento que soplaba impetuoso por el aire, á fin de que el navío, corriera y atravesara lo más pronto posible la salobre agua del mar. Así pasaron por delante de Crunos y del Calcis, de hermoso caudal. 296 Púsose el sol y las tinieblas ocuparon todos los caminos. La nave, impulsada por el favorable viento de Júpiter, se acercó á Feas y pasó á lo largo de la divina Élide, donde ejercen su dominio los epeos. Y desde allá Telémaco puso la proa hacia las islas Agudas, con gran cuidado de si se libraría de la muerte ó caería preso. 301 Mientras tanto Ulises y el divinal porquerizo cenaban en la 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000