Casandra, hija de Príamo, á la cual estaba matando, junto á mí, la
dolosa Clitemnestra; y yo, en tierra y moribundo, alzaba los brazos
para asirle la espada. Mas la sin vergüenza fuése luego, sin que se
dignara bajarme los párpados ni cerrarme la boca, aunque me veía
descender á la morada de Plutón. Así es que nada hay tan horrible é
impudente como la mujer que concibe en su espíritu propósitos como
el de aquélla, que cometió la inicua acción de tramar la muerte
contra su esposo legítimo. Figurábame que, al tornar á mi casa, se
alegrarían de verme mis hijos y mis esclavos; pero aquélla, hábil más
que otra alguna en cometer maldades, cubrióse de infamia á sí misma
y hasta á las mujeres que han de nacer, por virtuosas que fueren.»
435 »Así se expresó; y le contesté diciendo: «¡Oh dioses! En verdad
que el longividente Júpiter aborreció de extraordinaria manera la
estirpe de Atreo, ya desde sus orígenes, á causa de la perfidia
de las mujeres: por Helena nos perdimos muchos, y Clitemnestra te
preparó una celada mientras te hallabas ausente.»
440 »Así le hablé; y en seguida me respondió: «Por tanto, jamás seas
benévolo con tu mujer ni le descubras todo lo que pienses; antes
bien, particípale unas cosas y ocúltale otras. Mas á ti, oh Ulises,
no te vendrá la muerte por culpa de tu mujer, porque la prudente
Penélope, hija de Icario, es muy sensata y sus propósitos son
razonables. La dejamos recién casada al partir para la guerra y daba
el pecho á su hijo, infante todavía; el cual debe de contarse ahora,
feliz y dichoso, en el número de los hombres. Y su padre, volviendo á
la patria, le verá; y él abrazará á su padre, como es justo. Pero mi
esposa no dejó que me saciara contemplando con estos ojos al mío, ya
que previno con darme la muerte. Otra cosa voy á decir que pondrás en
tu corazón: al tomar puerto en la patria tierra, hazlo ocultamente y
no á la descubierta, pues ya no hay que fiar en las mujeres. Mas, ea,
habla y dime sinceramente si oíste que mi hijo vive en Orcómeno, ó en
la arenosa Pilos ó quizás con Menelao en la extensa Esparta; pues el
divinal Orestes aún no ha desaparecido de la tierra.»
462 »De esta suerte habló; y le respondí diciendo: «¡Oh Atrida! ¿Por
qué me haces tal pregunta? Ignoro si aquél vive ó ha muerto, y es
malo hablar inútilmente.»
465 »Mientras nosotros estábamos afligidos, diciéndonos tan tristes
razones y derramando copiosas lágrimas, vinieron las almas de
Aquiles, hijo de Peleo, de Patroclo, del irreprochable Antíloco y
de Ayax, que fué el más excelente de todos los dánaos en cuerpo y
hermosura, después del eximio Pelida. Reconocióme el alma del Eácida,
el de los pies ligeros, y lamentándose me dijo estas aladas palabras:
473 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos!
¡Desdichado! ¿Qué otra empresa mayor que las pasadas revuelves en tu
espíritu? ¿Cómo te atreves á bajar al Orco donde residen los muertos,
que están privados de sentido y son imágenes de los hombres que ya
fallecieron?»
477 »Así se expresó; y le respondí diciendo: «¡Oh Aquiles, hijo
de Peleo, el más valiente de los aquivos! Vine por el oráculo de
Tiresias, por si me diese algún consejo para llegar á la escabrosa
Ítaca; que aún no me acerqué á la Acaya, ni entré en mi tierra, sino
que padezco infortunios continuamente. Pero tú, oh Aquiles, eres
el más dichoso de todos los hombres que nacieron y han de nacer,
puesto que antes, cuando vivías, los argivos te honrábamos como á
una deidad, y ahora, estando aquí, imperas poderosamente sobre los
difuntos. Por lo cual, oh Aquiles, no has de entristecerte porque
estés muerto.»
487 »Así le dije; y me contestó en seguida: «No intentes consolarme
de la muerte, esclarecido Ulises: preferiría ser labrador y servir
á otro, á un hombre indigente que tuviera pocos recursos para
mantenerse, á reinar sobre todos los muertos. Mas, ea, háblame de
mi ilustre hijo: dime si fué á la guerra para ser el primero en las
batallas, ó se quedó en casa. Cuéntame también si oíste algo del
eximio Peleo y si conserva la dignidad real entre los numerosos
mirmidones, ó le menosprecian en la Hélade y en Ptía porque la
senectud debilitó sus pies y sus manos. ¡Así pudiera valerle, á los
rayos del sol, siendo yo cual era en la vasta Troya, cuando mataba
guerreros muy fuertes, combatiendo por los argivos! Si, siendo tal,
volviese, aunque por breve tiempo, á la casa de mi padre, daríales
terrible prueba de mi valor y de mis invictas manos á cuantos le
hagan violencia ó intenten quitarle la dignidad regia.»
504 »Así habló; y le contesté diciendo: «Nada ciertamente he sabido
del irreprochable Peleo; mas de tu hijo Neoptólemo te diré toda la
verdad, como lo mandas, pues yo mismo lo llevé, en una cóncava y
bien proporcionada nave, desde Esciro al campamento de los aqueos,
de hermosas grebas. Cuando teníamos consejo en los alrededores de la
ciudad de Troya, hablaba siempre antes que ninguno y sin errar; y
de ordinario tan sólo el divino Néstor y yo le aventajábamos. Mas,
cuando peleábamos con las broncíneas armas en la llanura de los
troyanos, nunca se quedaba entre muchos guerreros ni en la turba;
sino que se adelantaba á toda prisa un buen espacio, no cediendo á
nadie en valor, y mataba á gran número de hombres en el terrible
combate. Yo no pudiera decir ni nombrar á cuantos guerreros dió
muerte, luchando por los argivos; pero referiré que mató con el
bronce á un varón como el héroe Eurípilo Teléfida, en torno del
cual fueron muertos muchos de sus compañeros ceteos á causa de los
presentes que se habían enviado á una mujer. Aún no he conseguido ver
un hombre más gallardo, fuera del divinal Memnón. Y cuando los más
valientes argivos penetramos en el caballo que fabricó Epeo y á mí
se me confió todo (así el abrir como el cerrar la sólida emboscada),
los caudillos y príncipes de los dánaos se enjugaban las lágrimas y
les temblaban los miembros; pero nunca vi con estos ojos que á él se
le mudara el color de la linda faz, ni que se secara las lágrimas de
las mejillas: sino que me suplicaba con insistencia que le dejase
salir del caballo, y acariciaba el puño de la espada y la lanza que
el bronce hacía ponderosa, meditando males contra los teucros. Y
así que devastamos la excelsa ciudad de Príamo y hubo recibido su
parte de botín y además una señalada recompensa, embarcóse sano y
salvo, sin que le hubiesen herido con el agudo bronce ni de cerca ni
de lejos, como ocurre frecuentemente en las batallas, pues Marte se
enfurece contra todos sin distinción alguna.»
538 »Así le dije; y el alma del Eácida, el de pies ligeros, se fué
á buen paso por la pradera de asfódelos, gozosa de que le hubiese
participado que su hijo era insigne.
541 »Las otras almas de los muertos se quedaron aún y nos refirieron,
muy tristes, sus respectivas cuitas. Sólo el alma de Ayax Telamonio
permanecía algo distante, enojada porque le vencí en el juicio que
se celebrara cerca de las naves para adjudicar las armas de Aquiles;
juicio propuesto por la veneranda madre del héroe y fallado por los
teucros y por Palas Minerva. ¡Ojalá no le hubiese vencido en el
mismo! Por tales armas guarda la tierra en su seno una cabeza cual
la de Ayax; quien, por su gallardía y sus proezas, descollaba entre
los dánaos después del irreprochable Pelida. Mas entonces le dije con
suaves palabras:
553 «¡Oh Ayax, hijo del egregio Telamón! ¿No debías, ni aun después
de muerto, deponer la cólera que contra mí concebiste con motivo
de las perniciosas armas? Los dioses las convirtieron en una plaga
contra los argivos, ya que pereciste tú que tal baluarte eras para
todos. Á los aqueos nos ha dejado tu muerte constantemente afligidos,
tanto como la del Pelida Aquiles. Mas nadie tuvo culpa sino Júpiter
que, en su grande odio contra los belicosos dánaos, te impuso
semejante destino. Ea, ven aquí, oh rey, á escuchar mis palabras; y
reprime tu ira y tu corazón valeroso.»
563 »Así le hablé; pero nada me respondió y se fué hacia el Érebo á
juntarse con las otras almas de los difuntos. Desde allí quizás me
hubiese dicho algo, aunque estaba irritado, ó por lo menos yo á él,
pero en mi pecho incitábame el corazón á ver las almas de los demás
muertos.
568 »Allí vi á Minos, ilustre vástago de Jove, sentado y empuñando
áureo cetro, pues administraba justicia á los difuntos. Éstos, unos
sentados y otros en pie á su alrededor, exponían sus causas al
soberano en la morada, de anchas puertas, de Plutón.
572 »Vi después al gigantesco Orión, el cual perseguía por la pradera
de asfódelos las fieras que antes matara en las solitarias montañas,
manejando irrompible clava toda de bronce.
576 »Vi también á Ticio, el hijo de la augusta Tierra, echado en el
suelo, donde ocupaba nueve yugadas. Dos buitres, uno á cada lado,
le roían el hígado, penetrando con el pico en sus entrañas, sin que
pudiera rechazarlos con las manos; porque intentó hacer fuerza á
Latona, la gloriosa consorte de Júpiter, que se encaminaba á Pito á
través de la amena Panopeo.
582 »Vi asimismo á Tántalo, el cual padecía crueles tormentos, de pie
en un lago cuya agua le llegaba á la barba. Tenía sed y no conseguía
tomar el agua y beber: cuantas veces se bajaba el anciano con la
intención de beber, otras tantas desaparecía el agua absorbida por la
tierra; la cual se mostraba negruzca en torno á sus pies y un dios la
secaba. Encima de él colgaban las frutas de altos árboles,--perales,
manzanos de espléndidas pomas, higueras y verdes olivos;--y cuando el
viejo levantaba los brazos para cogerlas, el viento se las llevaba á
las sombrías nubes.
593 »Vi de igual modo á Sísifo, el cual padecía duros trabajos
empujando con entrambas manos una enorme piedra. Forcejaba con los
pies y las manos é iba conduciendo la piedra hacia la cumbre de un
monte; pero, cuando ya le faltaba poco para doblarla, una fuerza
poderosa hacía retroceder la insolente piedra que caía rodando á la
llanura. Tornaba entonces á empujarla, haciendo fuerza, y el sudor le
corría de los miembros y el polvo se levantaba sobre su cabeza.
601 »Vi después al fornido Hércules ó, por mejor decir, su imagen;
pues él está con los inmortales dioses, se deleita en sus banquetes,
y tiene por esposa á Hebe, la de los pies hermosos, hija de Júpiter
y de Juno, la de las áureas sandalias. En contorno suyo dejábase oir
la gritería de los muertos--cual si fueran aves--que huían espantados
á todas partes; y Hércules, semejante á tenebrosa noche, llevaba
desnudo el arco con la flecha sobre la cuerda, y volvía los ojos
atrozmente como si fuese á disparar. Llevaba alrededor del pecho un
tahalí de oro, de horrenda vista, en el cual se habían labrado obras
admirables: osos, agrestes jabalíes, leones de relucientes ojos,
luchas, combates, matanzas y homicidios. Ni el mismo que con su arte
construyó aquel tahalí, hubiera podido hacer otro igual. Reconocióme
Hércules, apenas me vió con sus ojos, y lamentándose me dijo estas
aladas palabras:
617 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos!
¡Ah mísero! Sin duda te persigue algún hado funesto, como el que yo
sufría mientras me alumbraban los rayos del sol. Aunque era hijo de
Júpiter Saturnio, hube de padecer males sin cuento por encontrarme
sometido á un hombre muy inferior que me ordenaba penosos trabajos.
Una vez me envió aquí para que sacara el can, figurándose que ningún
otro trabajo sería más difícil; y yo me lo llevé y lo saqué del Orco,
guiado por Mercurio y por Minerva, la de los brillantes ojos.»
627 »Cuando así hubo dicho, volvió á internarse en la morada de
Plutón; y yo me quedé inmóvil, por si viniera algún héroe de los
que murieron anteriormente. Y hubiese visto á los hombres antiguos
á quienes deseaba conocer (á Teseo y á Pirítoo, hijos gloriosos de
las deidades); pero congregóse, antes que llegaran, un sinnúmero de
difuntos con gritería inmensa y el pálido terror se apoderó de mí,
temiendo que la ilustre Proserpina no me enviase del Orco la cabeza
de la Gorgona, horrendo monstruo. Volví en seguida al bajel y ordené
á mis compañeros que subieran al mismo y desatasen las amarras.
Embarcáronse acto continuo y se sentaron en los bancos. Y la onda de
la corriente llevaba nuestra embarcación por el río Océano, empujada
al principio por el remo y más tarde por próspero viento.
[Ilustración]
[Ilustración: Circe con alguna de sus criadas va á la orilla del mar
al encuentro de Ulises]
CANTO XII
LAS SIRENAS, ESCILA, CARIBDIS, LAS VACAS DEL SOL
1 »Tan luego como la nave, dejando la corriente del río Océano, llegó
á las olas del vasto mar y á la isla Eea--donde están la mansión y
las danzas de la Aurora, hija de la mañana, y el orto del Sol;--la
sacamos á la arena, después de saltar á la playa, nos entregamos al
sueño, y aguardamos la aparición de la divinal Aurora.
8 »Cuando se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, envié algunos compañeros á la morada de Circe para que
trajesen el cadáver del difunto Elpénor. Seguidamente cortamos
troncos y, afligidos y vertiendo lágrimas, celebramos las exequias
en el lugar más eminente de la orilla. Y no bien hubimos quemado
el cadáver y las armas del difunto, le erigimos un túmulo, con su
correspondiente cipo, y clavamos en la parte más alta el manejable
remo.
16 »Mientras en tales cosas nos ocupábamos, no se le encubrió á Circe
nuestra llegada del Orco, y se atavió y vino muy presto con criadas
que traían pan, mucha carne y vino rojo, de color de fuego. Y puesta
en medio de nosotros, dijo así la divina entre las diosas:
21 «¡Oh desdichados, que, viviendo aún, bajasteis á la morada de
Plutón, y habréis muerto dos veces cuando los demás hombres mueren
una sola! Ea, quedaos aquí, y comed manjares y bebed vino, todo el
día de hoy; pues así que despunte la aurora volveréis á navegar, y yo
os mostraré el camino y os indicaré cuanto sea preciso para que no
padezcáis, á causa de una maquinación funesta, ningún infortunio ni
en el mar ni en la tierra firme.»
28 »Tales fueron sus palabras, y nuestro ánimo generoso se dejó
persuadir. Y ya todo el día, hasta la puesta del sol, estuvimos
sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino. Apenas
el sol se puso y sobrevino la noche, los demás se acostaron cabe á
las amarras del buque. Pero á mí, Circe me tomó por la mano, me hizo
sentar separadamente de los compañeros y, acomodándose á mi vera, me
preguntó cuanto me había ocurrido; y yo se lo conté por su orden.
Entonces me dijo estas palabras la veneranda Circe:
37 «Así, pues, se han llevado á cumplimiento todas estas cosas.
Oye ahora lo que voy á decir y un dios en persona te lo recordará
más tarde. Llegarás primero á las Sirenas, que encantan á cuantos
hombres van á encontrarlas. Aquél que imprudentemente se acerca á las
mismas y oye su voz, ya no vuelve á ver á su esposa ni á sus hijos
pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna á sus hogares;
sino que le hechizan las Sirenas con el sonoro canto, sentadas en una
pradera y teniendo á su alrededor enorme montón de huesos de hombres
putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las
orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, á
fin de que ninguno las oiga; mas si tú deseares oirlas, haz que te
aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado á
la parte inferior del mástil y que las sogas se liguen al mismo; y
así podrás deleitarte escuchando á las Sirenas. Y en el caso de que
supliques ó mandes á los compañeros que te suelten, átente con más
lazos todavía.
55 »Después que tus compañeros hayan conseguido llevaros más allá
de las Sirenas, no te indicaré con precisión cuál de dos caminos te
cumple recorrer; considéralo en tu ánimo, pues voy á decir lo que hay
á entrambas partes. Á un lado se alzan peñas prominentes, contra las
cuales rugen las inmensas olas de la ojizarca Anfitrite: llámanlas
Erráticas los bienaventurados dioses. Por allí no pasan las aves sin
peligro, ni aun las tímidas palomas que llevan la ambrosía al padre
Júpiter; pues cada vez la lisa peña arrebata alguna y el padre manda
otra para completar el número. Ninguna embarcación, en llegando
allá, pudo escapar salva; pues las olas del mar y las tempestades,
cargadas de pernicioso fuego, se llevan juntamente las tablas del
barco y los cuerpos de los hombres. Tan sólo logró doblar aquellas
rocas una nave, surcadora del ponto, Argos, por todos tan celebrada,
al volver del país de Eetes; y también á ésta habríala estrellado el
oleaje contra las grandes peñas, si Juno no la hubiese hecho pasar,
por su afecto á Jasón.
73 »Al lado opuesto hay dos escollos. El uno alcanza al anchuroso
cielo con su pico agudo, coronado por el pardo nubarrón que jamás
le abandona; de suerte que la cima no aparece despejada nunca, ni
siquiera en verano, ni en otoño. Ningún hombre mortal, aunque tuviese
veinte manos é igual número de pies, podría subir al tal escollo ni
bajar del mismo, pues la roca es tan lisa que parece pulimentada.
En medio del escollo hay un antro sombrío que mira al ocaso, hacia
el Érebo, y á él enderezaréis el rumbo de la cóncava nave, preclaro
Ulises. Ni un hombre joven, que disparara el arco desde la cóncava
nave, podría llegar con sus tiros á la profunda cueva. Allí mora
Escila, que aúlla terriblemente, con voz semejante á la de una perra
recién nacida, y es un monstruo perverso á quien nadie se alegrará de
ver, aunque fuese un dios el que con ella se encontrase. Tiene doce
pies, todos deformes, y seis cuellos larguísimos, cada cual con una
horrible cabeza en cuya boca hay tres filas de abundantes y apretados
dientes, llenos de negra muerte. Está sumida hasta la mitad del
cuerpo en la honda gruta, saca las cabezas fuera de aquel horrendo
báratro y, registrando alrededor del escollo, pesca delfines, perros
de mar, y también, si puede cogerlo, alguno de los monstruos mayores
que cría en cantidad inmensa la ruidosa Anfitrite. Por allí jamás
pasó una embarcación cuyos marineros pudieran gloriarse de haber
escapado indemnes; pues Escila les arrebata con sus cabezas sendos
hombres de la nave de azulada proa.
101 »El otro escollo es más bajo y lo verás, Ulises, cerca del
primero; pues hállase á tiro de flecha. Hay allí un cabrahigo grande
y frondoso, y á su pie la divinal Caribdis sorbe la turbia agua.
Tres veces al día la echa afuera y otras tantas vuelve á sorberla
de un modo horrible. No te encuentres allí cuando la sorbe, pues
ni Neptuno, que sacude la tierra, podría librarte de la perdición.
Debes, por el contrario, acercarte mucho al escollo de Escila y hacer
que tu nave pase rápidamente; pues mejor es que eches de menos á seis
compañeros que no á todos juntos.»
111 »Así se expresó; y le contesté diciendo: «Ea, oh diosa, háblame
sinceramente: Si por algún medio lograse escapar de la funesta
Caribdis, ¿podré rechazar á Escila cuando quiera dañar á mis
compañeros?»
115 »Así le dije, y al punto me respondió la divina entre las diosas:
«¡Oh infeliz! ¿Aún piensas en obras y trabajos bélicos, y no has de
ceder ni ante los inmortales dioses? Escila no es mortal, sino una
plaga imperecedera, grave, terrible, cruel é ineluctable. Contra la
misma no hay defensa: huir de su lado es lo mejor. Si, armándote,
demorares junto al peñasco, temo que se lanzará otra vez y te
arrebatará con sus cabezas sendos varones. Debes hacer, por tanto,
que tu navío pase ligero é invocar, dando gritos, á Crateis, madre de
Escila, que les parió tal plaga á los mortales; y ésta la contendrá,
para que no os acometa nuevamente.
127 »Llegarás más tarde á la isla de Trinacria, donde pacen las
muchas vacas y pingües ovejas del Sol. Siete son las vacadas, otras
tantas las hermosas greyes de ovejas, y cada una está formada por
cincuenta cabezas. Dicho ganado no se reproduce ni muere, y son
sus pastoras dos deidades, dos ninfas de hermosas trenzas: Faetusa
y Lampetia; las cuales concibió del Sol Hiperión la divina Neera.
La veneranda madre, después que las dió á luz y las hubo criado,
llevólas á la isla de Trinacria, allá muy lejos, para que guardaran
las ovejas de su padre y las vacas de retorcidos cuernos. Si á éstas
las dejares indemnes, ocupándote tan sólo en preparar tu regreso, aún
llegaríais á Ítaca, después de pasar muchos trabajos; pero, si les
causares daño, desde ahora te anuncio la perdición de la nave y la de
tus amigos. Y aunque tú escapes, llegarás tarde y mal á la patria,
después de perder todos los compañeros.»
142 «Así dijo; y al punto apareció la Aurora, de trono de oro. La
divina entre las diosas se internó en la isla, y yo, encaminándome
al bajel, ordené á mis compañeros que subieran á la nave y desataran
las amarras. Embarcáronse acto continuo y, sentándose por orden en
los bancos, comenzaron á herir con los remos el espumoso mar. Por
detrás de la nave de azulada proa soplaba próspero viento que henchía
las velas; buen compañero que nos mandó Circe, la de lindas trenzas,
deidad poderosa, dotada de voz. Colocados los aparejos cada uno en su
sitio, nos sentamos en la nave, que era conducida por el viento y el
piloto. Entonces dirigí la palabra á mis compañeros, con el corazón
triste, y les hablé de este modo:
154 «¡Oh amigos! No conviene que sean únicamente uno ó dos quienes
conozcan los vaticinios que me reveló Circe, la divina entre las
diosas; y os los voy á referir para que, sabedores de los mismos,
ó muramos ó nos salvemos, librándonos de la muerte y del destino.
Nos ordena ante todo rehuir la voz de las divinales Sirenas y el
florido prado en que éstas se hallan. Manifestóme que tan sólo yo
debo oirlas; pero atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado á la
parte inferior del mástil--para que me esté allí sin moverme--y las
sogas líguense al mismo. Y en el caso de que os ruegue ó mande que me
soltéis, atadme con más lazos todavía.»
165 »Mientras hablaba, declarando estas cosas á mis compañeros, la
nave bien construída llegó muy presto á la isla de las Sirenas, pues
la empujaba favorable viento. Desde aquel instante echóse el viento,
reinó sosegada calma y algún numen adormeció las olas. Levantáronse
mis compañeros, amainaron las velas y pusiéronlas en la cóncava nave;
y, habiéndose sentado nuevamente en los bancos, emblanquecían el
agua, agitándola con los remos de pulimentado abeto. Tomé al instante
un gran pan de cera y lo partí con el agudo bronce en pedacitos, que
me puse luego á apretar con mis robustas manos. Pronto se calentó
la cera, porque hubo de ceder á la gran fuerza y á los rayos del
soberano Sol Hiperiónida, y fuí tapando con ella los oídos de todos
los compañeros. Atáronme éstos en la nave, de pies y manos, derecho
y arrimado á la parte inferior del mástil; ligaron las sogas al
mismo; y, sentándose en los bancos, tornaron á herir con los remos el
espumoso mar. Hicimos andar la nave muy rápidamente, y, al hallarnos
tan cerca de la orilla que allá hubiesen llegado nuestras voces, no
se les encubrió á las Sirenas que la ligera embarcación navegaba á
poca distancia y empezaron un sonoro canto:
184 «¡Ea, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos! Acércate y
detén la nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negro
bajel sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca; sino
que se van todos después de recrearse con ella y de aprender mucho;
pues sabemos cuantas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos
y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos también todo
cuanto ocurre en la fértil tierra.»
192 »Esto dijeron con su hermosa voz. Sintióse mi corazón con
ganas de oirlas, y moví las cejas, mandando á los compañeros que
me desatasen; pero todos se inclinaron y se pusieron á remar. Y,
levantándose al punto Perimedes y Euríloco, atáronme con nuevos
lazos, que me sujetaban más reciamente. Cuando dejamos atrás las
Sirenas y ni su voz ni su canto se oían ya, quitáronse mis fieles
compañeros la cera con que tapara sus oídos y me soltaron las
ligaduras.
201 »Al poco rato de haber dejado atrás la isla de las Sirenas,
vi humo é ingentes olas y percibí fuerte estruendo. Los míos,
amedrentados, hicieron volar los remos que cayeron con gran fragor
en la corriente; y la nave se detuvo porque ya las manos no batían
los largos remos. Á la hora anduve por la embarcación y amonesté á
los compañeros, acercándome á los mismos y hablándoles con dulces
palabras:
208 «¡Amigos! No somos novatos en padecer desgracias y la que se nos
presenta no es mayor que la sufrida cuando el Ciclope, valiéndose de
su poderosa fuerza, nos encerró en la excavada gruta. Pero de allí
nos escapamos también por mi valor, decisión y prudencia, como me
figuro que todos recordaréis. Ea, hagamos todos lo que voy á decir.
Vosotros, sentados en los bancos, batid con los remos las grandes
olas del mar; por si Júpiter nos concede que escapemos de ésta,
librándonos de la muerte. Y á ti, piloto, voy á darte una orden que
fijarás en tu memoria, puesto que gobiernas el timón de la cóncava
nave. Apártala de ese humo y de esas olas, y procura acercarla al
escollo: no sea que la nave se lance allá, sin que tú lo adviertas, y
á todos nos lleves á la ruina.»
222 »Así les dije, y obedecieron sin tardanza mi mandato. No les
hablé de Escila, plaga inevitable, para que los compañeros no
dejaran de remar, escondiéndose dentro del navío. Olvidé entonces la
penosa recomendación de Circe de que no me armase en ningún modo; y,
poniéndome la magnífica armadura, tomé dos grandes lanzas y subí al
tablado de proa, lugar desde donde esperaba ver primeramente á la
pétrea Escila que iba á producir tal estrago en mis compañeros. Mas,
no pude verla en parte alguna y mis ojos se cansaron de mirar á todos
los sitios, registrando la obscura peña.
234 »Pasábamos el estrecho llorando, pues á un lado estaba Escila
y al otro Caribdis, que sorbía de horrible manera la salobre agua
del mar. Al vomitarla dejaba oir sordo murmurio, revolviéndose toda
como una caldera que está sobre un gran fuego, y la espuma caía
sobre las cumbres de ambos escollos. Mas, apenas sorbía la salobre
agua del mar, mostrábase agitada interiormente, el peñasco sonaba
alrededor con espantoso ruido y en lo hondo se descubría la tierra
mezclada con cerúlea arena. El pálido temor se enseñoreó de los míos,
y mientras contemplábamos á Caribdis, temerosos de la muerte, Escila
me arrebató de la cóncava embarcación los seis compañeros que más
sobresalían por sus manos y por su fuerza. Cuando quise volver los
ojos á la velera nave y á los amigos, ya vi en el aire los pies y
las manos de los que eran arrebatados á lo alto y me llamaban con el
corazón afligido, pronunciando mi nombre por la vez postrera. De la
suerte que el pescador, al echar desde un promontorio el cebo á los
pececillos valiéndose de la luenga caña, arroja al ponto el cuerno de
un toro montaraz y así que coge un pez lo saca palpitante; de esta
manera, mis compañeros, palpitantes también, eran llevados á las
rocas y allí, en la entrada de la cueva, devorábalos Escila mientras
gritaban y me tendían los brazos en aquella lucha horrible. De todo
lo que padecí, peregrinando por el mar, fué este espectáculo el más
lastimoso que vieron mis ojos.
260 »Después que nos hubimos escapado de aquellas rocas, de la
horrenda Caribdis y de Escila, llegamos muy pronto á la irreprochable
isla del dios, donde estaban las hermosas vacas de ancha frente, y
muchas pingües ovejas del Sol, hijo de Hiperión. Desde el mar, en la
negra nave, oí el mugido de las vacas encerradas en los establos y
el balido de las ovejas, y me acordé de las palabras del vate ciego
Tiresias el tebano, y de Circe de Eea, la cual me encargó muy mucho
que huyese de la isla del Sol, que alegra á los mortales. Y entonces,
con el corazón afligido, dije á los compañeros:
271 «Oíd mis palabras, amigos, aunque padezcáis tantos males, para
que os revele los oráculos de Tiresias y de Circe de Eea; la cual
me recomendó en extremo que huyese de la isla del Sol, que alegra á
los mortales, diciendo que allí nos aguarda el más terrible de los
infortunios. Por tanto, encaminad el negro bajel por fuera de la
isla.»
277 »Así les dije. Á todos se les quebraba el corazón y Euríloco me
respondió en seguida con estas odiosas palabras:
279 «Eres cruel, oh Ulises, disfrutas de vigor grandísimo, y tus
miembros no se cansan, y debes de ser de hierro, ya que no permites
á los tuyos, molidos de la fatiga y del sueño, tomar tierra en esa
isla azotada por las olas, donde aparejaríamos una agradable cena;
sino que les mandas que se alejen y durante la rápida noche vaguen
á la ventura por el sombrío ponto. Por la noche se levantan fuertes
vientos, azotes de las naves. ¿Adónde iremos, para librarnos de
una muerte cruel, si de súbito viene una borrasca suscitada por el
Noto ó por el impetuoso Céfiro, que son los primeros en destruir
una embarcación hasta contra la voluntad de los soberanos dioses?
Obedezcamos ahora á la obscura noche y aparejemos la comida junto
á la velera nave; y al amanecer nos embarcaremos nuevamente para
lanzarnos al dilatado ponto.»
294 »Tales razones profirió Euríloco y los demás compañeros las
aprobaron. Conocí entonces que algún dios meditaba causarnos daño y,
dirigiéndome á aquél, le dije estas aladas palabras:
297 «¡Euríloco! Gran fuerza me hacéis, porque estoy solo. Mas, ea,
prometed todos con firme juramento que si encontráremos una manada
de vacas ó una hermosa grey de ovejas, ninguno de vosotros matará,
cediendo á funesta locura, ni una vaca tan sólo, ni una oveja; sino
que comeréis tranquilos los manjares que nos dió la inmortal Circe.»
303 »Así les hablé; y en seguida juraron, como se lo mandaba. Tan
pronto como hubieron acabado de prestar el juramento, detuvimos
la bien construída nave en el hondo puerto, cabe á una fuente de
agua dulce; y los compañeros desembarcaron, y luego aparejaron muy
hábilmente la comida. Ya satisfecho el deseo de comer y de beber,
lloraron, acordándose de los amigos á quienes devoró Escila después
de arrebatarlos de la cóncava embarcación; y mientras lloraban les
sobrevino dulce sueño. Cuando la noche hubo llegado á su último
tercio y ya los astros declinaban, Júpiter, que amontona las nubes,
suscitó un viento impetuoso y una tempestad deshecha, cubrió de nubes
la tierra y el ponto, y la noche cayó del cielo. Apenas se descubrió
la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, pusimos la nave en
seguridad, llevándola á una profunda cueva, donde las Ninfas tenían
asientos y hermosos lugares para las danzas. Acto continuo los reuní
á todos en junta y les hablé de esta manera:
320 «¡Oh amigos! Puesto que hay en la velera nave alimentos y bebida,
abstengámonos de tocar esas vacas, á fin de que no nos venga ningún
mal, porque tanto las vacas como las pingües ovejas son de un dios
terrible, del Sol, que todo lo ve y todo lo oye.»
324 »Así les dije y su ánimo generoso se dejó persuadir. Durante un
mes entero sopló incesantemente el Noto, sin que se levantaran otros
vientos que el Euro y el Noto; y mientras no les faltó pan y rojo
vino, abstuviéronse de tocar las vacas por el deseo de conservar la
vida. Pero tan pronto como agotados todos los víveres de la nave,
viéronse obligados á ir errantes tras de alguna presa--peces ó aves,
cuanto les viniese á las manos,--pescando con corvos anzuelos, porque
el hambre les atormentaba el vientre; yo me interné en la isla con el
fin de orar á los dioses y ver si alguno me mostraba el camino para
llegar á la patria. Después que, andando por la isla, estuve lejos
de los míos, me lavé las manos en un lugar resguardado del viento y
oré á todos los dioses que habitan el Olimpo, los cuales infundieron
en mis párpados dulce sueño. Y en tanto, Euríloco comenzó á hablar
con los amigos, para darles este pernicioso consejo:
340 «Oíd mis palabras, compañeros, aunque padezcáis tantos
infortunios. Todas las muertes son odiosas á los infelices mortales,
pero ninguna es tan mísera como morir de hambre y cumplir de esta
suerte el propio destino. Ea, tomemos las más excelentes de las
vacas del Sol y ofrezcamos un sacrificio á los dioses que poseen
el anchuroso cielo. Si consiguiésemos tornar á Ítaca, la patria
tierra, erigiríamos un rico templo al Sol, hijo de Hiperión, poniendo
en él muchos y valiosos simulacros. Y si, irritado á causa de las
vacas de erguidos cuernos, quisiera el Sol perder nuestra nave y
lo consintiesen los restantes dioses, prefiero morir de una vez,
tragando el agua de las olas, á consumirme con lentitud, en una isla
inhabitada.»
352 »Tales palabras profirió Euríloco y los demás compañeros las
aprobaron. Seguidamente, habiendo echado mano á las más excelentes de
entre las vacas del Sol, que estaban allí cerca--pues las hermosas
vacas de retorcidos cuernos y ancha frente pacían á poca distancia de
la nave de azulada proa--se pusieron á su alrededor y oraron á los
dioses, después de arrancar tiernas hojas de una alta encina porque
ya no tenían blanca cebada en la nave de muchos bancos. Terminada
la plegaria, degollaron y desollaron las reses; luego cortaron los
muslos, los pringaron con gordura por uno y otro lado y los cubrieron
de trozos de carne; y, como carecían de vino que pudiesen verter en
el fuego sacro, hicieron libaciones con agua mientras asaban los
intestinos. Quemados los muslos, probaron las entrañas; y, dividiendo
lo restante en pedazos muy pequeños, lo espetaron en los asadores.
366 »Entonces huyó de mis párpados el dulce sueño y emprendí el
regreso á la velera nave y á la orilla del mar. Al acercarme al corvo
bajel, llegó hasta mí el suave olor de la grasa quemada y, dando un
suspiro, clamé de este modo á los inmortales dioses:
371 «¡Padre Júpiter, bienaventurados y sempiternos dioses! Para mi
daño, sin duda, me adormecisteis con el cruel sueño; y mientras tanto
los compañeros, quedándose aquí, han consumado un gran delito.»
[Ilustración: LAMPETIA FUÉ Á DECIRLE AL SOL QUE HABÍAMOS DADO MUERTE
Á SUS VACAS
(-Canto XII, versos 374 y 375.-)]
374 »Lampetia, la del ancho peplo, fué como mensajera veloz á decirle
al Sol, hijo de Hiperión, que habíamos dado muerte á sus vacas.
Inmediatamente el Sol, con el corazón airado, habló de esta guisa á
los inmortales:
377 «¡Padre Júpiter, bienaventurados y sempiternos dioses! Castigad
á los compañeros de Ulises Laertíada, pues, ensoberbeciéndose,
han matado mis vacas; y yo me holgaba de verlas así al subir al
estelífero cielo, como al tornar nuevamente del cielo á la tierra.
Que si no se me diere la condigna compensación por estas vacas,
descenderé á la morada de Plutón y alumbraré á los muertos.»
384 »Y Júpiter, que amontona las nubes, le respondió diciendo: «¡Oh
Sol! Sigue alumbrando á los inmortales y á los mortales hombres que
viven en la fértil tierra; pues yo despediré el ardiente rayo contra
su velera nave, y la haré pedazos en el vinoso ponto.»
389 »Esto me lo refirió Calipso, la de hermosa cabellera, y afirmaba
que se lo había oído contar á Mercurio, el mensajero.
391 »Llegado que hube á la nave y al mar, reprendí á mis
compañeros--acercándome ora á éste, ora á aquél,--mas no pudimos
hallar remedio alguno, porque ya las vacas estaban muertas. Pronto
los dioses les mostraron varios prodigios: los cueros serpeaban, las
carnes asadas y las crudas mugían en los asadores, y dejábanse oir
voces como de vacas.
397 »Durante seis días mis fieles compañeros celebraron banquetes,
para los cuales echaban mano á las mejores vacas del Sol; mas, así
que Júpiter Saturnio nos trajo el séptimo día, cesó la violencia del
vendaval que causaba la tempestad y nos embarcamos, lanzando la nave
al vasto ponto después de izar el mástil y de descoger las blancas
velas.
403 »Cuando hubimos dejado atrás aquella isla y ya no se divisaba
tierra alguna, sino tan solamente el cielo y el mar, Júpiter colocó
por cima de la cóncava nave una parda nube debajo de la cual se
obscureció el ponto. No anduvo la embarcación largo rato, pues sopló
en seguida el estridente Céfiro y, desencadenándose, produjo gran
tempestad: un torbellino rompió los dos cables del mástil, que se
vino hacia atrás, y todos los aparejos se juntaron en la sentina. El
mástil, al caer en la popa, hirió la cabeza del piloto, aplastándole
todos los huesos; cayó el piloto desde el tablado, como salta un
buzo, y su alma generosa se separó de los miembros. Júpiter despidió
un trueno y simultáneamente arrojó un rayo en nuestra nave: ésta se
estremeció, al ser herida por el rayo de Júpiter, llenándose del olor
del azufre; y mis hombres cayeron en el agua. Llevábalos el oleaje
alrededor del negro bajel y un dios les privó de la vuelta á la
patria.
420 »Seguí andando por la nave, hasta que el ímpetu del mar separó
los flancos de la quilla, la cual flotó sola en el agua; y el mástil
se rompió en su unión con la misma. Sobre el mástil hallábase una
soga hecha del cuero de un buey: até con ella mástil y quilla y,
sentándome en ambos, dejéme llevar por los perniciosos vientos.
426 »Pronto cesó el soplo violento del Céfiro, que causaba la
tempestad, y de repente sobrevino el Noto, el cual me afligió el
ánimo con llevarme de nuevo hacia la perniciosa Caribdis. Toda la
noche anduve á merced de las olas, y al salir el sol llegué al
escollo de Escila y á la horrenda Caribdis que estaba sorbiendo la
salobre agua del mar; pero yo me lancé al cabrahigo y me agarré como
un murciélago, sin que pudiera afirmar los pies en sitio alguno ni
tampoco encaramarme en el árbol, porque estaban lejos las raíces y á
gran altura los largos y gruesos ramos que daban sombra á Caribdis.
Me mantuve, pues, reciamente asido, esperando que Caribdis devolviera
el mástil y la quilla; y éstos aparecieron por fin, cumpliéndose mi
deseo. Á la hora en que el juez se levanta en el ágora, después de
haber fallado muchas causas de jóvenes litigantes, dejáronse ver los
maderos fuera ya de Caribdis. Soltéme de pies y manos y caí con gran
estrépito en medio del agua, junto á los larguísimos maderos; y,
sentándome encima, me puse á remar con los brazos. Y no permitió el
padre de los hombres y de los dioses que Escila me viese; pues no me
hubiera librado de una terrible muerte.
447 »Desde aquel lugar fuí errante nueve días y en la noche del
décimo lleváronme los dioses á la isla Ogigia donde vive Calipso, la
de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz; la cual me acogió
amistosamente y me prodigó sus cuidados. Mas, ¿á qué contar el resto?
Os lo referí ayer en esta casa á ti y á tu ilustre esposa, y me es
enojoso repetir lo que se ha explicado claramente.»
[Ilustración: Los feacios dejan en la playa de Ítaca á Ulises
dormido]
CANTO XIII
PARTIDA DE ULISES DEL PAÍS DE LOS FEACIOS Y SU LLEGADA Á ÍTACA
1 Tal fué lo que Ulises contó. Enmudecieron los oyentes y, arrobados
por el placer de escucharle, se quedaron silenciosos en el obscuro
palacio. Mas Alcínoo le respondió diciendo:
4 «¡Oh Ulises! Pues llegaste á mi mansión de pavimento de bronce y
elevada techumbre, creo que tornarás á tu patria sin tener que vagar
más, aunque sean en tan gran número los males que hasta ahora has
padecido. Y dirigiéndome á vosotros todos, los que siempre bebéis
en mi palacio el negro vino de honor y oís al aedo, he aquí lo que
os encargo: ya tiene el huésped en pulimentada arca vestiduras
y oro labrado y los demás presentes que los consejeros feacios
le han traído; ea, démosle sendos trípodes grandes y calderos; y
reunámonos después para hacer una colecta por la población, porque
nos sería difícil á cada uno de nosotros obsequiarle con tal regalo,
valiéndonos exclusivamente de nuestros recursos.»
16 De tal suerte les exhortó Alcínoo, y á todos les plugo cuanto
dijo. Salieron entonces para acostarse en sus respectivas casas; y
así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, encamináronse diligentemente hacia la nave, llevando á ella el
varonil bronce. La sacra potestad de Alcínoo fué también, y él mismo
colocó los presentes debajo de los bancos: no fuera que se dañara
alguno de los hombres cuando, para mover la embarcación, apretasen
con los remos. Acto continuo trasladáronse al palacio de Alcínoo y se
ocuparon en aparejar el banquete.
24 Para ellos la sacra potestad de Alcínoo sacrificó un buey al
Saturnio Jove, el dios de las sombrías nubes, que reina sobre todos.
Quemados los muslos, celebraron espléndido festín, y cantó el divinal
aedo, Demódoco, tan honrado por el pueblo. Mas Ulises volvía á menudo
la cabeza hacia el sol resplandeciente, con gran afán de que se
pusiera, pues ya anhelaba irse á su patria. Como el labrador apetece
la cena después de pasar el día rompiendo con la yunta de negros
bueyes y el sólido arado una tierra noval, se le pone el sol muy á
su gusto para ir á comer, y, al andar, siente el cansancio en las
rodillas; así, tan agradablemente, vió Ulises que se ponía el sol. Y
al momento, dirigiéndose á los feacios, amantes de manejar los remos,
y especialmente á Alcínoo, les habló de esta manera:
38 «¡Rey Alcínoo, el más esclarecido de todos los ciudadanos! Ofreced
las libaciones, despedidme sano y salvo, y vosotros quedad con
alegría. Ya se ha cumplido cuanto mi ánimo deseaba: mi conducción y
las amistosas dádivas; hagan los dioses que éstas sean para mi dicha
y que halle en mi palacio á mi irreprochable consorte é incólumes
á los amigos. Y vosotros, que os quedáis, sed el gozo de vuestras
legítimas mujeres y de vuestros hijos; los dioses os concedan toda
clase de bienes, y jamás á esta población le sobrevenga mal alguno.»
47 Así se expresó. Todos aplaudieron sus palabras y aconsejaron que
se llevase al huésped á su patria puesto que hablaba razonablemente.
Y entonces la potestad de Alcínoo dijo al heraldo:
50 «¡Pontónoo! Mezcla el vino en la cratera y distribúyelo á cuantos
se hallan en la sala, á fin de que, después de orar al padre Júpiter,
enviemos al huésped á su patria tierra.»
53 Así habló. Pontónoo mezcló el vino dulce como la miel y lo sirvió
á todos, ofreciéndoselo sucesivamente: ellos lo libaban, desde sus
mismos asientos, á los bienaventurados dioses que poseen el anchuroso
cielo; y el divinal Ulises, levantándose, puso en las manos de Arete
una copa doble, mientras le decía estas aladas palabras:
59 «Sé constantemente dichosa, oh reina, hasta que vengan la senectud
y la muerte, de las cuales no se libran los humanos. Yo me voy. Tú
continúa holgándote en esta casa con tus hijos, el pueblo y el rey
Alcínoo.»
63 Dicho esto, el divino Ulises traspuso el umbral. La potestad de
Alcínoo le hizo acompañar por un heraldo que lo condujese á la velera
nave, á la orilla del mar. Y Arete le envió también algunas esclavas:
cual le llevaba un manto muy limpio y una túnica; cual, una sólida
arca; y cual otra, pan y rojo vino.
70 Cuando hubieron llegado á la nave y al mar, los ilustres
marineros, tomando tales cosas juntamente con la bebida y los
víveres, lo colocaron todo en la cóncava embarcación y tendieron
una colcha y una tela de lino sobre las tablas de la popa á fin de
que Ulises pudiese dormir profundamente. Subió éste y acostóse en
silencio. Los otros se sentaron por orden en sus bancos, desataron
de la piedra agujereada la amarra del barco é inclinándose, azotaron
el mar con los remos; mientras caía en los párpados de Ulises un
sueño profundo, suave, dulcísimo, muy semejante á la muerte. Del modo
que los caballos de una cuadriga se lanzan á correr en un campo,
á los golpes del látigo y, levantándose sobre sus pies, terminan
prontamente la carrera; así se alzaba la popa del navío y dejaba
tras sí muy agitadas las olas purpúreas del estruendoso mar. Corría
el bajel con un andar seguro é igual, y ni el gavilán, que es el ave
más ligera, lo hubiese acompañado: así, corriendo con tal rapidez,
cortaba las olas del mar y llevaba un varón que en el consejo se
parecía á los dioses; el cual tuvo el ánimo acongojado muchas veces,
ya combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles ondas, pero
entonces dormía plácidamente, olvidado de cuanto padeciera.
93 Cuando salía la más rutilante estrella, la que de modo especial
anuncia la luz de la Aurora, hija de la mañana, entonces la nave,
surcadora del ponto, llegó á la isla.
96 Hay en el país de Ítaca el puerto de Forcis, el anciano del mar,
formado por dos orillas prominentes y escarpadas que convergen
hacia las puntas y protegen exteriormente las grandes olas contra
los vientos de funesto soplo; y en el interior las corvas naves, de
muchos bancos, permanecen sin amarras así que llegan al fondeadero.
Al cabo del puerto está un olivo de largas hojas y muy cerca una
gruta agradable, sombría, consagrada á las ninfas que Náyades se
llaman. Allí existen crateras y ánforas de piedra donde las abejas
fabrican los panales. Allí pueden verse unos telares también de
piedra, muy largos, donde tejen las ninfas mantos de color de
púrpura. Allí el agua constantemente nace. Dos puertas tiene el
antro: la una mira al Bóreas y es accesible á los hombres; la otra,
situada frente al Noto, es más divina, pues por ella no entran los
humanos, siendo el camino de los inmortales.
113 Á este sitio, que ya con anterioridad conocían, fueron á
llegarse; y la embarcación andaba velozmente y varó en la playa,
saliendo del agua hasta la mitad. ¡Tales eran los remeros por cuyas
manos era conducida! Apenas hubieron saltado de la nave de hermosos
bancos en tierra firme, comenzaron por sacar del cóncavo bajel á
Ulises con la colcha espléndida y la tela de lino, y lo pusieron en
la arena, entregado todavía al sueño; y seguidamente, desembarcando
las riquezas que los feacios le habían dado al volver á su patria,
gracias á la magnánima Minerva, las amontonaron todas al pie del
olivo, algo apartadas del camino: no fuera que algún viandante se
acercara á las mismas en tanto que Ulises dormía y le hurtara algo.
Después de esto, volviéronse los feacios á su país. Pero Neptuno,
que sacude la tierra, no olvidó las amenazas que desde un principio
hiciera á Ulises, semejante á un dios, y quiso explorar la voluntad
de Júpiter:
128 «¡Padre Júpiter! Ya no seré honrado nunca entre los inmortales
dioses, puesto que no me honran en lo más mínimo ni tan siquiera
los mortales, los feacios, que son de mi propia estirpe. No dejaba
de figurarme que Ulises tornaría á su patria, aunque padeciendo
multitud de infortunios, pues nunca le quité del todo que volviese
por considerar que con tu asentimiento se lo habías prometido; mas
los feacios, llevándole por el ponto en velera nave, lo han dejado en
Ítaca, dormido, después de hacerle innumerables regalos: bronce, oro
en abundancia, vestiduras tejidas, y tantas cosas como nunca sacara
de Troya si volviese indemne y habiendo obtenido la parte que del
botín le correspondiera.»
139 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Ah, poderoso dios
que bates la tierra! ¡Qué dijiste! No te desprecian los dioses, que
sería difícil herir con el desprecio al más antiguo y más ilustre.
Pero si deja de honrarte alguno de los hombres, por confiar en sus
fuerzas y en su poder, está en tu mano tomar venganza. Obra, pues,
como quieras y á tu ánimo le agrade.»
146 Contestóle Neptuno, que sacude la tierra: «Ya hubiera obrado
como me aconsejas, oh dios de las sombrías nubes, pero me espanta tu
cólera y procuro evitarla. Ahora quiero hacer naufragar en el obscuro
ponto la bellísima nave de los feacios que vuelve de conducir á
aquél--con el fin de que en adelante se abstengan y cesen de llevar
á los hombres--y cubrir luego la vista de la ciudad con una gran
montaña.»
153 Repuso Júpiter, que amontona las nubes: «¡Oh querido! Tengo para
mí que lo mejor será que, cuando todos los ciudadanos estén mirando
desde la población como el barco llega, lo tornes un peñasco, junto á
la costa, de suerte que guarde la semejanza de una velera nave para
que todos los hombres se maravillen, y cubras luego la vista de la
ciudad con una gran montaña.»
159 Apenas lo oyó Neptuno, que sacude la tierra, fuese á Esqueria
donde viven los feacios, y allí se detuvo. La nave, surcadora del
ponto, se acercó con rápido impulso y el dios que sacude la tierra,
saliéndole al encuentro, la tornó un peñasco y con un golpe de su
mano inclinada hizo que echara raíces en el suelo, después de lo cual
fuése á otra parte.
165 Mientras tanto los feacios, que usan largos remos y son ilustres
navegantes, hablaban entre sí con aladas palabras. Y uno de ellos se
expresó de esta suerte, dirigiéndose á su vecino:
168 «¡Ay! ¿Quién encadenó en el ponto la velera nave que tornaba á la
patria y ya se descubría toda?»
170 Tales fueron sus palabras, pues ignoraban lo que había pasado.
Entonces Alcínoo les arengó de esta manera:
172 «¡Oh dioses! Cumpliéronse las antiguas predicciones de mi
padre, el cual decía que Neptuno nos miraba con malos ojos porque
conducíamos sin recibir daño á todos los hombres; y aseguraba que
el dios haría naufragar en el obscuro ponto una hermosísima nave de
los feacios, al volver de llevar á alguien, y cubriría la vista de
la ciudad con una gran montaña. Así lo afirmaba el anciano y ahora
todo se va cumpliendo. Ea, hagamos lo que voy á decir. Absteneos de
conducir los mortales que lleguen á nuestra población y sacrifiquemos
doce toros escogidos á Neptuno, para ver si se apiada de nosotros y
no nos cubre la vista de la ciudad con la enorme montaña.»
184 Así habló. Entróles el miedo y aparejaron los toros. Y mientras
los caudillos y príncipes del pueblo feacio oraban al soberano
Neptuno, permaneciendo de pie en torno de su altar, Ulises recordó
de su sueño en la tierra patria, de la cual había estado ausente
mucho tiempo, y no pudo reconocerla porque una diosa--Palas Minerva,
la hija de Júpiter--le cercó de una nube con el fin de hacerle
incognoscible y enterarle de todo: no fuese que su esposa, los
ciudadanos y los amigos lo reconocieran antes que los pretendientes
pagaran por completo sus demasías. Por esta causa todo se le
presentaba al rey en otra forma, así los largos caminos, como los
puertos cómodos para fondear, las rocas escarpadas y los árboles
florecientes. El héroe se puso en pie y contempló la patria tierra;
pero en seguida gimió y, bajando los brazos, golpeóse los muslos
mientras suspiraba y decía de esta suerte:
200 «¡Ay de mí! ¿Qué hombres deben de habitar esta tierra á que he
llegado? ¿Serán violentos, salvajes é injustos, ú hospitalarios
y temerosos de los dioses? ¿Adónde podré llevar tantas riquezas?
¿Adónde iré perdido? Ojalá me hubiese quedado allí, con los feacios,
pues entonces me llegara á otro de los magnánimos reyes, que,
recibiéndome amistosamente, me hubiera enviado á mi patria. Ahora
ni sé dónde poner estas cosas, ni he de dejarlas aquí: no vayan á
ser presa de otros hombres. ¡Oh dioses! No eran, pues, enteramente
sensatos ni justos los caudillos y príncipes feacios, ya que me traen
á estotra tierra; dijeron que me conducirían á Ítaca, que se ve de
lejos, y no lo han cumplido. Castíguelos Júpiter, el dios de los
suplicantes, que vigila á los hombres é impone castigos á cuantos
pecan. Mas, ea, contaré y examinaré estas riquezas: no se hayan
llevado alguna cosa en la cóncava nave cuando de aquí partieron.»
217 Hablando así, contó los bellísimos trípodes, los calderos,
el oro y las hermosas vestiduras tejidas; y, aunque nada echó de
menos, lloraba por su patria tierra, arrastrándose en la orilla del
estruendoso mar y suspirando mucho. Acercósele entonces Minerva en la
figura de un joven pastor de ovejas, tan delicado como el hijo de un
rey; que llevaba en los hombros un manto doble, hermosamente hecho;
en los nítidos pies, sandalias; y en la mano, una jabalina. Ulises se
holgó de verla, salió á su encuentro y le dijo estas aladas palabras:
228 «¡Amigo! Ya que eres el primer hombre á quien encuentro en este
lugar, ¡salud!, y ojalá no vengas con mala intención para conmigo;
antes bien, salva estas cosas y sálvame á mí mismo, que yo te lo
ruego como á un dios y me postro á tus rodillas. Mas dime con verdad
para que yo me entere: ¿Qué tierra es ésta? ¿Qué pueblo? ¿Qué hombres
hay en la comarca? ¿Estoy en una isla que se ve á distancia ó en la
ribera de un fértil continente que hacia el mar se inclina?»
236 Minerva, la deidad de los brillantes ojos, le respondió diciendo:
«¡Forastero! Eres un simple ó vienes de lejos cuando me preguntas
por esta tierra, cuyo nombre no es tan obscuro, ya que la conocen
muchísimos así de los que viven hacia el lado por donde salen la
Aurora y el Sol, como de los que moran en la otra parte, hacia el
tenebroso ocaso. Es, en verdad, áspera é impropia para la equitación;
pero no completamente estéril, aunque pequeña, pues produce trigo en
abundancia y también vino; nunca le falta ni la lluvia ni el fecundo
rocío; es muy á propósito para apacentar cabras y bueyes; cría
bosques de todas clases, y tiene abrevaderos que jamás se agotan. Por
lo cual, oh forastero, el nombre de Ítaca llegó hasta Troya, que,
según dicen, está muy apartada de la tierra aquiva.»
250 De esta suerte habló. Alegróse el paciente divinal Ulises,
holgándose de su patria que le nombraba Palas Minerva, hija de
Júpiter que lleva la égida; y pronunció en seguida estas aladas
palabras, ocultándole la verdad con hacerle un relato fingido, pues
siempre revolvía en su pecho ideas muy astutas:
256 «Oí hablar de Ítaca allá en la espaciosa Troya, muy lejos, al
otro lado del ponto, y he llegado ahora con estas riquezas. Otras
tantas dejé á mis hijos y voy huyendo porque maté al hijo querido de
Idomeneo, á Orsíloco, el de los pies ligeros, que aventajaba en la
ligereza de sus pies á los hombres industriosos de la vasta Creta;
el cual deseó privarme del botín de Troya por el que tantas fatigas
padeciera, ya combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles
ondas, á causa de no haberme prestado á complacer á su padre,
sirviéndole en el pueblo de los troyanos, donde yo era caudillo de
otros compañeros. Como en cierta ocasión aquél tornara del campo,
envaséle la broncínea lanza, habiéndole acechado con un amigo junto
á la senda: obscurísima noche cubría el cielo, ningún hombre fijó su
atención en nosotros y así quedó oculto que le hubiese dado muerte.
Después que lo maté con el agudo bronce, fuíme hacia la nave de unos
ilustres fenicios á quienes supliqué y pedí, dándoles buena parte del
botín, que me llevasen á Pilos ó á la divina Élide, donde ejercen su
dominio los epeos. Mas la fuerza del viento extraviólos, mal de su
grado, pues no querían engañarme; y, errabundos, llegamos acá por
la noche. Con mucha fatiga pudimos entrar en el puerto á fuerza de
remos; y, aunque muy necesitados de tomar alimento, nadie pensó en
la cena: desembarcamos todos y nos echamos en la playa. Entonces me
vino á mí, que estaba cansadísimo, un dulce sueño; sacaron aquellos
de la cóncava nave mis riquezas, las dejaron en la arena donde me
hallaba tendido y volvieron á embarcarse para ir á la populosa Sidón;
y yo me quedé aquí con el corazón triste.»
287 Así se expresó. Sonrióse Minerva, la deidad de los brillantes
ojos, le halagó con la mano y, transfigurándose en una mujer hermosa,
alta y diestra en eximias labores, le dijo estas aladas palabras:
291 «Astuto y falaz habría de ser quien te aventajara en cualquier
clase de engaños, aunque fuese un dios el que te saliera al
encuentro. ¡Temerario, artero, incansable en el dolo! ¿Ni aun en tu
patria habías de renunciar á los fraudes y á las palabras engañosas,
que siempre fueron de tu gusto? Mas, ea, no se hable más de ello,
que ambos somos peritos en las astucias; pues si tú sobresales mucho
entre los hombres por tu consejo y tus palabras, yo soy celebrada
entre todas las deidades por mi prudencia y mis astucias. Pero aún no
has reconocido en mí á Palas Minerva, hija de Júpiter, que siempre
te asisto y protejo en tus cuitas é hice que les fueras agradable
á todos los feacios. Vengo ahora á forjar contigo algún plan, á
esconder cuantas riquezas te dieron los ilustres feacios por mi
voluntad é inspiración cuando viniste á la patria, y á revelarte
todos los trabajos que has de soportar fatalmente en tu morada bien
construída: toléralos, ya que es preciso, y no digas á ninguno de
los hombres ni de las mujeres que llegaste peregrinando; antes bien
sufre en silencio los muchos pesares y aguanta las violencias que te
hicieren los hombres.»
311 Respondióle el ingenioso Ulises: «Difícil es, oh diosa, que un
mortal al encontrarse contigo logre conocerte, aunque fuere muy
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