florecientes; y dió aquéllas á éstos para que fuesen sus esposas. Todos juntos, á la vera de su padre querido y de su madre veneranda, disfrutan de un continuo banquete en el que se les sirven muchísimos manjares. Durante el día percíbese en la casa el olor del asado y resuena toda con la flauta; y por la noche duerme cada uno con su púdica mujer sobre tapetes, en torneado lecho. Llegamos, pues, á su ciudad y á sus magníficas viviendas, y Éolo tratóme como á un amigo por espacio de un mes y me hizo preguntas sobre muchas cosas--sobre Ilión, sobre las naves de los argivos, sobre la vuelta de los aqueos--de todo lo cual le informé debidamente. Cuando quise partir y le rogué que me despidiera, no se negó y preparó mi viaje. Dióme entonces, encerrados en un cuero de un buey de nueve años que antes desollara, los soplos de los mugidores vientos; pues el Saturnio habíale hecho árbitro de los mismos, con facultad de aquietar ó de excitar al que quisiera. Y ató dicho pellejo en la cóncava nave con un reluciente hilo de plata, de manera que no saliese ni el menor soplo; enviándome el Céfiro para que, soplando, llevara nuestras naves y á nosotros en ellas. Mas, en vez de suceder así, había de perdernos nuestra propia imprudencia. 28 »Navegamos seguidamente por espacio de nueve días con sus noches. Y en el décimo se nos mostró la tierra patria, donde vimos á los que encendían fuego cerca del mar. Entonces me sentí fatigado y me rindió el dulce sueño; pues había gobernado continuamente el timón de la nave, que no quise confiar á ninguno de los amigos para que llegáramos más pronto. Los compañeros hablaban los unos con los otros de lo que yo llevaba á mi palacio, figurándose que era oro y plata, recibidos como dádiva del magnánimo Éolo Hipótada. Y alguno de ellos dijo de esta suerte al que tenía más cercano: 38 «¡Oh dioses! ¡Cuán querido y honrado es este varón, de cuantos hombres habitan en las ciudades y tierras adonde llega! Muchos y valiosos objetos se ha llevado del botín de Troya; mientras que los demás, con haber hecho el mismo viaje, volveremos á casa con las manos vacías. Y ahora Éolo, obsequiándole como á un amigo, acaba de darle estas cosas. Ea, veamos pronto lo que son y cuánto oro y plata hay en el cuero.» 46 »Así razonaban. Prevaleció aquel mal consejo y, desatando mis amigos el odre, escapáronse con gran ímpetu todos los vientos. En seguida arrebató las naves una tempestad y llevólas al ponto: ellos lloraban, al verse lejos de la patria; y yo, recordando, medité en mi irreprochable espíritu si debía tirarme del bajel y morir en el ponto, ó sufrirlo todo en silencio y permanecer entre los vivos. Lo sufrí, quedéme en el barco y, cubriéndome, me acosté de nuevo. Las naves tornaron á ser llevadas á la isla Eolia por la funesta tempestad que promovió el viento, mientras gemían cuantos me acompañaban. 56 »Llegados allá, saltamos en tierra, hicimos aguada, y á la hora empezamos á comer junto á las veleras naves. Mas, así que hubimos gustado la comida y la bebida, tomé un heraldo y un compañero y, encaminándonos al ínclito palacio de Éolo, hallamos á éste, que celebraba un banquete con su esposa y sus hijos. Ya en la casa, nos sentamos al umbral, cerca de las jambas; y ellos se pasmaron al vernos y nos hicieron estas preguntas: 64 «¿Cómo aquí, Ulises? ¿Qué funesto numen te persigue? Nosotros te enviamos con gran recaudo para que llegases á tu patria y á tu casa, ó á cualquier sitio que te pluguiera.» 67 »Así hablaron. Y yo, con el corazón afligido, les dije: «Mis imprudentes compañeros y un sueño pernicioso causáronme este daño; pero remediadlo vosotros, oh amigos, ya que podéis hacerlo.» 70 »En tales términos me expresé, halagándoles con suaves palabras. Todos enmudecieron y, por fin, el padre me respondió: 72 «¡Sal de la isla y muy pronto, malvado más que ninguno de los que hoy viven! No me es permitido tomar á mi cuidado y asegurarle la vuelta á un varón que se ha hecho odioso á los bienaventurados dioses. Vete noramala; pues si viniste ahora, es porque los inmortales te aborrecen.» 76 »Hablando de esta manera me despidió del palacio, á mí, que profería hondos suspiros. Luego seguimos adelante, con el corazón angustiado. Y ya iba agotando el ánimo de los hombres aquel molesto remar, que á nuestra necedad debíamos; pues no se presentaba medio alguno de volver á la patria. 80 »Navegamos sin interrupción durante seis días con sus noches, y al séptimo llegamos á Telépilo de Lamos, la excelsa ciudad de la Lestrigonia, donde el pastor, al recoger su rebaño, llama á otro que sale en seguida con el suyo. Allí un hombre que no durmiese, podría ganar dos salarios: uno, guardando bueyes; y otro, apacentando blancas ovejas. ¡Tan inmediatamente sucede al pasto del día el de la noche! Apenas arribamos al magnífico puerto, el cual estaba rodeado de ambas partes por escarpadas rocas y tenía en sus extremos riberas prominentes y opuestas que dejaban un estrecho paso, todos llevaron á éste las corvas naves y las amarraron en el cóncavo puerto, muy juntas, porque allí no se levantan olas ni grandes ni pequeñas y una plácida calma reina en derredor; mas yo dejé mi negra embarcación fuera del puerto, cabe á uno de sus extremos é hice atar las amarras á un peñasco. Subí luego á una áspera atalaya y desde ella no columbré labores de bueyes ni de hombres, sino tan sólo el humo que se alzaba de la tierra. Quise enviar algunos compañeros para que averiguaran cuáles hombres comían el pan en aquella comarca; y designé á dos, haciéndoles acompañar por un tercero que fué un heraldo. Fuéronse y, siguiendo un camino llano por donde las carretas llevaban la leña de los altos montes á la ciudad, poco antes de llegar á la población encontraron una doncella, la eximia hija del lestrigón Antífates, que bajaba á la fuente Artacia, de hermosa corriente, pues allá iban á proveerse de agua los ciudadanos. Detuviéronse y hablaron á la joven, preguntándole quién era el rey y sobre quiénes reinaba; y ella les mostró en seguida la elevada casa de su padre. Llegáronse entonces á la magnífica morada, hallaron dentro á la esposa, que era alta como la cumbre de un monte, y cobráronle no poco miedo. La mujer llamó del ágora á su marido el preclaro Antífates, y éste maquinó contra mis compañeros cruda muerte: agarrando prestamente á uno, aparejóse con el mismo la cena, mientras los otros dos tornaban á los barcos en precipitada fuga. Antífates gritó por la ciudad y, al oirle, acudieron de todos lados muchos y fuertes lestrigones, que no parecían hombres sino gigantes, y desde las peñas tiraron pedruscos muy pesados: pronto se alzó en las naves un deplorable estruendo causado á la vez por los gritos de los que morían y por la rotura de los barcos; y los lestrigones, atravesando á los hombres como si fueran peces, se los llevaban para celebrar nefando festín. Mientras así los mataban en el hondísimo puerto, saqué la aguda espada que llevaba junto al muslo y corté las amarras de mi bajel de azulada proa. Acto continuo exhorté á mis amigos, mandándoles que batieran los remos para librarnos de aquel peligro; y todos azotaron el mar por temor á la muerte. Con satisfacción huímos en mi nave desde las rocas prominentes al ponto; mas las restantes se perdieron en aquel sitio, todas juntas. 133 »Desde allí seguimos adelante, con el corazón triste, escapando gustosos de la muerte aunque perdimos algunos compañeros. Llegamos luego á la isla Eea, donde moraba Circe, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz, hermana carnal del terrible Eetes; pues ambos fueron engendrados por el Sol, que alumbra á los mortales, y tienen por madre á Perse, hija del Océano. Acercamos silenciosamente el navío á la ribera, haciéndolo entrar en un amplio puerto, y alguna divinidad debió de conducirnos. Saltamos en tierra, permanecimos echados dos días con sus noches, y nos roían el ánimo el cansancio y los pesares. Mas, al punto que la Aurora, de lindas trenzas, nos trajo el día tercero, tomé mi lanza y mi aguda espada y me fuí prestamente desde la nave á una atalaya, por si conseguía ver labores de hombres mortales ó percibir la voz de los mismos. Y, habiendo subido á una altura muy escarpada, me paré y aparecióseme el humo que se alzaba de la espaciosa tierra, en el palacio de Circe, entre un espeso encinar y una selva. Á la hora que divisé el negro humo, se me ocurrió en la mente y en el ánimo ir yo mismo á enterarme; mas, considerándolo bien, parecióme mejor tornar á la orilla, donde se hallaba la velera nao, disponer que comiesen mis compañeros y enviar á algunos para que se informaran. Emprendí la vuelta, y ya estaba á poca distancia del corvo bajel, cuando algún dios me tuvo compasión al verme solo, y me hizo salir al camino un gran ciervo de altos cuernos; que desde el pasto de la selva bajaba al río para beber, pues el calor del sol le había entrado. Apenas se presentó, acertéle con la lanza en el espinazo, en medio de la espalda, de tal manera que el bronce lo atravesó completamente. Cayó el ciervo, quedando tendido en el polvo, y perdió la vida. Lleguéme á él y saquéle la broncínea lanza, poniéndola en el suelo; arranqué después varitas y mimbres, y formé una soga como de una braza, bien torcida de ambas partes, con la cual pude atar juntos los pies de la enorme bestia. Me la colgué al cuello y enderecé mis pasos á la negra nave, apoyándome en la pica; ya que no hubiera podido sostenerla en la espalda con sólo la otra mano, por ser tan grande aquella pieza. Por fin la dejé en tierra, junto á la embarcación; y comencé á animar á mis compañeros, acercándome á los mismos y hablándoles con dulces palabras: 174 «¡Amigos! No descenderemos á la morada de Plutón, aunque nos sintamos afligidos, hasta que nos llegue el día fatal. Mas, ea, en cuanto haya víveres y bebida en la embarcación, pensemos en comer y no nos dejemos consumir por el hambre.» 178 »Así les dije; y, obedeciendo al instante mis palabras, quitáronse la ropa con que se habían tapado allí, en la playa del mar estéril, y admiraron el ciervo, pues era grandísima aquella pieza. Después que se hubieron deleitado en contemplarlo con sus propios ojos, laváronse las manos y aparejaron un banquete espléndido. Y ya todo el día, hasta la puesta del sol, estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino. Cuando el sol se puso y llegó la noche, nos acostamos en la orilla del mar. Pero, no bien se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, reuní en junta á mis amigos y les hablé de esta manera: 189 «Oíd mis palabras, compañeros, aunque padezcáis tantos males. ¡Oh amigos! Ya que ignoramos dónde está el poniente y el sitio en que aparece la Aurora, por dónde el Sol, que alumbra á los mortales, desciende debajo de la tierra, y por dónde vuelve á salir; examinemos prestamente si nos será posible tomar alguna resolución, aunque yo no lo espero; mas, desde escarpada altura contemplé esta isla, que es baja y á su alrededor forma una corona el ponto inmenso, y con mis propios ojos vi salir humo de en medio de la misma, á través de los espesos encinares y de la selva.» 198 »Tal dije. Á todos se les quebraba el corazón, acordándose de los hechos del lestrigón Antífates y de las violencias del feroz Ciclope, que se comía á los hombres, y se echaron á llorar ruidosamente, vertiendo abundantes lágrimas; aunque para nada les sirvió su llanto. 203 »Formé con mis compañeros de hermosas grebas dos secciones, á las que di sendos capitanes; pues yo me puse al frente de una y el deiforme Euríloco mandaba la otra. Echamos suertes en broncíneo yelmo y, como saliera la del magnánimo Euríloco, partió con veintidós compañeros que lloraban; y nos dejaron á nosotros, que también sollozábamos. Dentro de un valle y en lugar visible descubrieron el palacio de Circe, construído de piedra pulimentada. En torno suyo encontrábanse lobos montaraces y leones, á los que Circe había encantado, dándoles funestas drogas; pero estos animales no acometieron á mis hombres, sino que, levantándose, fueron á halagarles con sus colas larguísimas. Como los perros halagan á su amo siempre que vuelve del festín, porque les trae algo que satisface su apetito; de tal manera los lobos, de uñas fuertes, y los leones fueron á halagar á mis compañeros, que se asustaron de ver tan espantosos monstruos. En llegando á la mansión de la diosa de lindas trenzas, detuviéronse en el vestíbulo y oyeron á Circe que con voz pulcra cantaba en el interior, mientras labraba una tela grande, divinal y tan fina, elegante y espléndida, como son las labores de las diosas. Y Polites, caudillo de hombres, que era para mí el más caro y respetable de los compañeros, empezó á hablarles de esta manera: 226 «¡Oh amigos! En el interior está cantando hermosamente alguna diosa ó mujer que labra una gran tela, y hace resonar todo el pavimento. Llamémosla cuanto antes.» [Ilustración: CIRCE, TOCÁNDOLOS CON SU VARITA, LOS CONVIRTIÓ EN CERDOS Y LOS ENCERRÓ EN POCILGAS (-Canto X, versos 237 á 240.-)] 229 »Así les dijo; y ellos la llamaron á voces. Circe se alzó en seguida, abrió la magnífica puerta, los llamó y siguiéronla todos imprudentemente; á excepción de Euríloco, que se quedó fuera por temor de algún engaño. Cuando los tuvo dentro, los hizo sentar en sillas y sillones, confeccionó un potaje de queso, harina y miel fresca con vino de Pramnio, y echó en él drogas perniciosas para que los míos olvidaran por completo la tierra patria. Dióselo, bebieron, y, seguidamente, los tocó con una varita y los encerró en pocilgas. Y tenían la cabeza, la voz, las cerdas y el cuerpo como los puercos, pero sus mientes quedaron tan enteras como antes. Así fueron encerrados y todos lloraban; y Circe les echó para comer, fabucos, bellotas y el fruto del cornejo, que es lo que comen los puercos, que se echan en la tierra. 244 »Euríloco volvió sin dilación al ligero y negro bajel, para enterarnos de la aciaga suerte que les había cabido á los compañeros. Mas no le era posible proferir una sola palabra, no obstante su deseo, por tener el corazón sumido en grave dolor; los ojos se le llenaron de lágrimas y su ánimo únicamente en sollozar pensaba. Todos le contemplábamos con asombro y le hacíamos preguntas, hasta que por fin nos contó la pérdida de los demás compañeros: 251 «Nos alejamos á través del encinar como mandaste, preclaro Ulises, y dentro de un valle y en lugar visible descubrimos un hermoso palacio, hecho de piedra pulimentada. Allí, alguna diosa ó mujer cantaba con voz sonora, labrando una gran tela. Llamáronla á voces. Alzóse en seguida, abrió la magnífica puerta, nos llamó, y siguiéronla todos imprudentemente; pero yo me quedé fuera, temiendo que hubiese algún engaño. Todos á una desaparecieron y ninguno ha vuelto á presentarse, aunque he permanecido acechándolos un buen rato.» 261 »De tal manera se expresó. Yo entonces, colgándome del hombro la grande broncínea espada, de clavazón de plata, y tomando el arco, le mandé que sin pérdida de tiempo me llevara por el camino que habían seguido. Mas él comenzó á suplicarme, abrazando con entrambas manos mis rodillas; y entre lamentos decíame estas aladas palabras: 266 «¡Oh alumno de Júpiter! No me lleves allá, mal de mi grado; déjame aquí; pues sé que no volverás ni traerás á ninguno de tus compañeros. Huyamos en seguida con los presentes, que aún nos podremos librar del día cruel.» 270 »Así me habló; y le contesté diciendo: «¡Euríloco! Quédate tú en este lugar, á comer y beber junto á la cóncava y negra embarcación; mas yo iré, que la dura necesidad me lo exige.» 274 »Dicho esto, alejéme de la nave y del mar. Pero cuando, yendo por el sacro valle, estaba á punto de llegar al gran palacio de Circe, la conocedora de muchas drogas, y ya enderezaba mis pasos al mismo, salióme al encuentro Mercurio, el de la áurea vara, en figura de un mancebo á quien comienza á salir el bozo y está graciosísimo en la flor de la juventud. Y, tomándome la mano, me habló diciendo: 281 «¡Ah infeliz! ¿Adónde vas por estos altozanos, solo y sin conocer la comarca? Tus amigos han sido encerrados en el palacio de Circe, como puercos, y se hallan en pocilgas sólidamente labradas. ¿Vienes quizás á libertarlos? Pues no creo que vuelvas, antes te quedarás donde están los otros. Ea, quiero preservarte de todo mal, quiero salvarte: toma este excelente remedio, que apartará de tu cabeza el día cruel, y ve á la morada de Circe cuyos malos propósitos he de referirte íntegramente. Te preparará una mixtura y te echará drogas en el manjar; mas, con todo eso, no podrá encantarte porque lo impedirá el excelente remedio que vas á recibir. Te diré ahora lo que ocurrirá después. Cuando Circe te hiriere con su larguísima vara, tira de la aguda espada que llevas cabe al muslo, y acométela como si desearas matarla. Entonces, cobrándote algún temor, te invitará á que yazgas con ella: tú no te niegues á compartir el lecho de la diosa, para que libre á tus amigos y te acoja benignamente, pero hazle prestar el solemne juramento de los bienaventurados dioses de que no maquinará contra ti ningún otro funesto daño: no sea que, cuando te desnudes de las armas, te prive de tu valor y de tu fuerza.» 302 »Cuando así hubo dicho, el Argicida me dió el remedio, arrancando una planta cuya naturaleza me enseñó. Tenía negra la raíz y era blanca como la leche su flor, llámanla -moly- los dioses, y es muy difícil de arrancar para un mortal; pero las deidades lo pueden todo. 307 »Mercurio se fué al vasto Olimpo, á través de la selvosa isla; y yo me encaminé á la morada de Circe, revolviendo en mi corazón muchos propósitos. Llegado al palacio de la diosa de lindas trenzas, paréme en el umbral y empecé á dar gritos; la deidad oyó mi voz y, alzándose al punto, abrió la magnífica puerta y me llamó; y yo, con el corazón angustiado, me fuí tras ella. Cuando me hubo introducido, hízome sentar en una silla de argénteos clavos, hermosa, labrada, con un escabel para los pies; y en copa de oro preparóme la mixtura para que bebiese, echando en la misma cierta droga y maquinando en su mente cosas perversas. Mas, tan luego como me la dió y bebí, sin que lograra encantarme, tocóme con la vara mientras me decía estas palabras: 320 «Ve ahora á la pocilga y échate con tus compañeros.» Así habló. Desenvainé entonces la aguda espada que llevaba cerca del muslo y arremetí contra Circe, como deseando matarla. Ella profirió agudos gritos, se echó al suelo, me abrazó por las rodillas y me dirigió entre sollozos estas aladas palabras: 325 «¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres? Me tiene suspensa que hayas bebido estas drogas sin quedar encantado, pues ningún otro pudo resistirlas, tan luego como las tomó y pasaron el cerco de sus dientes. Hay en tu pecho un ánimo indomable. Eres sin duda aquel Ulises de multiforme ingenio, de quien me hablaba siempre el Argicida, que lleva áurea vara, asegurándome que vendrías cuando volvieses de Troya en la negra y velera nave. Mas, ea, envaina la espada y vámonos á la cama para que, unidos por el lecho y el amor, crezca entre nosotros la confianza.» 336 »Así se expresó; y le repliqué diciendo: «¡Oh Circe! ¿Cómo me pides que te sea benévolo, después que en este mismo palacio convertiste á mis compañeros en cerdos y ahora me detienes á mí, maquinas engaños y me ordenas que entre en tu habitación y suba á tu lecho á fin de privarme del valor y de la fuerza, apenas deje las armas? Yo no querría subir á la cama, si no te atrevieras, oh diosa, á prestar solemne juramento de que no maquinarás contra mí ningún otro pernicioso daño.» 345 »Así le dije. Juró al instante, como se lo mandaba. Y en seguida que hubo prestado el juramento, subí al magnífico lecho de Circe. 348 »Aderezaban el palacio cuatro siervas, que son las criadas de Circe y han nacido de las fuentes, de los bosques, ó de los sagrados ríos que corren hacia el mar. Ocupábase una en cubrir los sillones con hermosos tapetes de púrpura, dejando á los pies un lienzo; colocaba otra argénteas mesas delante de los asientos, poniendo encima canastillos de oro; mezclaba la tercera el dulce y suave vino en una cratera de plata y lo distribuía en áureas copas; y la cuarta traía agua y encendía un gran fuego debajo del trípode donde aquélla se calentaba. Y cuando el agua hirvió dentro del reluciente bronce, llevóme á la bañera y allí me lavó, echándome la deliciosa agua del gran trípode á la cabeza y á los hombros hasta quitarme de los miembros la fatiga que roe el ánimo. Después que me hubo lavado y ungido con pingüe aceite, vistióme un hermoso manto y una túnica, y me condujo, para que me sentase, á una silla de argénteos clavos, hermosa, labrada y provista de un escabel para los pies. Una esclava dióme aguamanos que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata y me puso delante una pulimentada mesa. La veneranda despensera trajo pan, y dejó en la mesa buen número de manjares, obsequiándome con los que tenía reservados. Circe invitóme á comer, pero no le plugo á mi ánimo y seguí quieto, pensando en otras cosas, pues mi corazón presagiaba desgracias. 375 »Cuando Circe notó que yo seguía quieto, sin echar mano á los manjares, y abrumado por fuerte pesar, se vino á mi lado y me habló con estas aladas palabras: 378 «¿Por qué, Ulises, permaneces así, como un mudo, y consumes tu ánimo, sin tocar la comida ni la bebida? Sospechas que haya algún engaño y has de desechar todo temor, pues ya te presté solemne juramento.» 382 »Así se expresó; y le repuse diciendo: «¡Oh Circe! ¿Cuál varón, que fuese razonable, osara probar la comida y la bebida antes de libertar á los compañeros y contemplarlos con sus propios ojos? Si me invitas de buen grado á beber y á comer, suelta mis fieles amigos para que con mis ojos pueda verlos.» 388 »De tal suerte hablé. Circe salió del palacio con la vara en la mano, abrió las puertas de la pocilga y sacó á mis compañeros en figura de puercos de nueve años. Colocáronse delante y ella anduvo por entre los mismos, untándolos con una nueva droga: en el acto cayeron de los miembros las cerdas que antes les hizo crecer la perniciosa droga suministrada por la veneranda Circe, y mis amigos tornaron á ser hombres, pero más jóvenes aún y mucho más hermosos y más altos. Conociéronme y uno por uno me estrecharon la mano. Alzóse entre todos un dulce llanto, la casa resonaba fuertemente y la misma deidad hubo de apiadarse. Y deteniéndose junto á mí, dijo de esta suerte la divina entre las diosas: 401 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ve ahora adonde tienes la velera nave en la orilla del mar y ante todo sacadla á tierra firme; llevad á las grutas las riquezas y los aparejos todos, y trae en seguida tus fieles compañeros.» 406 »Tales fueron sus palabras y mi ánimo generoso se dejó persuadir. Enderecé el camino á la velera nave y la orilla del mar, y hallé junto á aquélla á mis fieles compañeros, que se lamentaban tristemente y derramaban abundantes lágrimas. Así como las terneras que tienen su cuadra en el campo, saltan y van juntas al encuentro de las gregales vacas que vuelven al aprisco después de saciarse de hierba; y ya los cercados no las detienen, sino que, mugiendo sin cesar, corren en torno de las madres: así aquéllos, al verme con sus propios ojos, me rodearon llorando, pues á su ánimo les produjo casi el mismo efecto que si hubiesen llegado á su patria y á su ciudad, á la áspera Ítaca donde nacieron y se criaron. Y, sollozando, estas aladas palabras me decían: 419 «Tu vuelta, oh alumno de Júpiter, nos alegra tanto como si hubiésemos llegado á Ítaca, nuestra patria tierra. Mas, ea, cuéntanos la pérdida de los demás compañeros.» 422 »De tal suerte se expresaron. Entonces les dije con suaves palabras: «Primeramente saquemos la nave á tierra firme y llevemos á las grutas nuestras riquezas y los aparejos todos; y después apresuraos á seguirme juntos para que veáis cómo los amigos beben y comen en la sagrada mansión de Circe, pues todo lo tienen en gran abundancia.» 428 »Así les hablé; y al instante obedecieron mi mandato. Euríloco fué el único que intentó detener á los compañeros, diciéndoles estas aladas palabras: 431 «¡Ah infelices! ¿Adónde vamos? ¿Por qué buscáis vuestro daño, yendo al palacio de Circe que á todos nos transformará en puercos, lobos ó leones para que le guardemos, mal de nuestro grado, su espaciosa mansión? Se repetirá lo que ocurrió con el Ciclope cuando los nuestros llegaron á su cueva con el audaz Ulises y perecieron por la loca temeridad del mismo.» 438 »De tal modo habló. Yo revolvía en mi pensamiento desenvainar la espada de larga punta, que llevaba á un lado del vigoroso muslo y de un golpe echarle la cabeza al suelo, aunque Euríloco era deudo mío muy cercano; pero me contuvieron los amigos, unos por un lado y otros por el opuesto, diciéndome con dulces palabras: 443 «¡Alumno de Júpiter! Á éste lo dejaremos aquí, si tú lo mandas, y se quedará á guardar la nave; pero á nosotros llévanos á la sagrada mansión de Circe.» 446 »Hablando así, alejáronse de la nave y del mar. Y Euríloco no se quedó cerca del cóncavo bajel; pues fué siguiéndonos, amedrentado por mi terrible amenaza. 449 »En tanto Circe lavó cuidadosamente en su morada á los demás compañeros, los ungió con pingüe aceite, les puso lanosos mantos y túnicas; y ya los hallamos celebrando alegre banquete en el palacio. Después que se vieron los unos á los otros y contaron lo ocurrido, comenzaron á sollozar y la casa resonaba en torno suyo. La divina entre las diosas se detuvo entonces á mi lado y me habló de esta manera: 456 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ahora dad tregua al copioso llanto: sé yo también cuántas fatigas habéis soportado en el ponto, abundante en peces, y cuántos hombres enemigos os dañaron en la tierra. Mas, ea, comed viandas y bebed vino hasta que recobréis el ánimo que teníais en el pecho cuando dejasteis vuestra patria, la escabrosa Ítaca. Actualmente estáis flacos y desmayados, trayendo de continuo á la memoria la peregrinación molesta, y no cabe en vuestro ánimo la alegría por lo mucho que habéis padecido.» 466 »Tales fueron sus palabras y nuestro ánimo generoso se dejó persuadir. Allí nos quedamos día tras día un año entero y siempre tuvimos en los banquetes carne en abundancia y dulce vino. Mas cuando se acabó el año y volvieron á sucederse las estaciones, después de transcurrir los meses y de pasar muchos días, llamáronme los fieles compañeros y me hablaron de este modo: 472 «¡Ilustre! Acuérdate ya de la patria tierra, si el destino ha decretado que te salves y llegues á tu casa, de alta techumbre, y á la patria tierra.» 475 »Así dijeron y mi ánimo generoso se dejó persuadir. Y todo aquel día hasta la puesta del sol, estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino. Cuando el sol se puso y sobrevino la noche, acostáronse los compañeros en las obscuras salas. 480 »Mas yo subí á la magnífica cama de Circe y empecé á suplicar á la deidad, que oyó mi voz y á la cual abracé las rodillas. Y, hablándole, estas aladas palabras le decía: 483 «¡Oh Circe! Cúmpleme tu promesa de mandarme á mi casa. Ya mi ánimo me incita á partir y también el de los compañeros, quienes aquejan mi corazón, rodeándome llorosos, cuando tú estás lejos.» 487 »Así le hablé. Y la divina entre las diosas contestóme acto seguido: «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! No os quedéis por más tiempo en esta casa, mal de vuestro grado. Pero ante todo habéis de emprender un viaje á la morada de Plutón y de la veneranda Proserpina, para consultar el alma del tebano Tiresias, adivino ciego, cuyas mientes se conservan íntegras. Á él tan sólo, después de muerto, dióle Proserpina inteligencia y saber; pues los demás revolotean como sombras.» 496 »Tal dijo. Sentí que se me quebraba el corazón y, sentado en el lecho, lloraba y no quería vivir ni ver más la lumbre del sol. Pero cuando me sacié de llorar y de revolcarme por la cama, le contesté con estas palabras: 501 «¡Oh Circe! ¿Quién nos guiará en ese viaje, ya que ningún hombre ha llegado jamás al Orco en negro navío?» 503 »Así le hablé. Respondióme en el acto la divina entre las diosas: «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! No te preocupe el deseo de tener quien guíe el negro bajel: iza el mástil, descoge las blancas velas y quédate sentado, que el soplo del Bóreas conducirá la nave. Y cuando hayas atravesado el Océano y llegues adonde hay una playa estrecha y bosques consagrados á Proserpina y elevados álamos y estériles sauces, detén la nave en el Océano, de profundos remolinos, y encamínate á la tenebrosa morada de Plutón. Allí el Piriflegetón y el Cocito, que es un arroyo del agua de la Estigia, llevan sus aguas al Aqueronte; y hay una roca en el lugar donde confluyen aquellos sonorosos ríos. Acercándote, pues, á este paraje, como te lo mando, oh héroe, abre un hoyo que tenga un codo por cada lado; haz alrededor del mismo una libación á todos los muertos, primeramente con aguamiel, luego con dulce vino y á la tercera vez con agua; y polvoréalo de blanca harina. Eleva después muchas súplicas á las inanes cabezas de los muertos y vota que, en llegando á Ítaca, les sacrificarás en el palacio una vaca no paridera, la mejor que haya, y llenarás la pira de cosas excelentes, en su obsequio; y también que á Tiresias le inmolarás aparte un carnero completamente negro que descuelle entre vuestros rebaños. Así que hayas invocado con tus preces al ínclito pueblo de los difuntos, sacrifica un carnero y una oveja negra, volviendo el rostro al Érebo, y apártate un poco hacia la corriente del río: allí acudirán muchas almas de los que murieron. Exhorta en seguida á los compañeros y mándales que desuellen las reses, tomándolas del suelo donde yacerán degolladas por el cruel bronce, y las quemen prestamente, haciendo votos al poderoso Plutón y á la veneranda Proserpina; y tú desenvaina la espada que llevas cabe al muslo, siéntate y no permitas que las inanes cabezas de los muertos se acerquen á la sangre hasta que hayas interrogado á Tiresias. Pronto comparecerá el adivino, príncipe de hombres, y te dirá el camino que has de seguir, cuál será su duración y cómo podrás volver á la patria, atravesando el mar en peces abundoso.» 541 »Tal dijo, y al momento llegó la Aurora, de áureo trono. Circe me vistió un manto y una túnica; y se puso amplia vestidura blanca, fina y hermosa, ciñó el talle con lindo cinturón de oro y veló su cabeza. Yo anduve por la casa y amonesté á los compañeros, acercándome á los mismos y hablándoles con dulces palabras: 548 «No permanezcáis acostados, disfrutando del dulce sueño. Partamos ya, pues la veneranda Circe me lo aconseja.» 550 »Así les dije; y su ánimo generoso se dejó persuadir. Mas ni de allí pude llevarme indemnes todos los compañeros. Un tal Elpénor, el más joven de todos, que ni era muy valiente en los combates, ni estaba muy en juicio, yendo á buscar la frescura después que se cargara de vino, habíase acostado separadamente de sus compañeros en la sagrada mansión de Circe; y al oir el vocerío y estrépito de los camaradas que empezaban á moverse, se levantó de súbito, olvidósele volver atrás á fin de bajar por la larga escalera, cayó desde el techo, se le rompieron las vértebras del cuello y su alma descendió al Orco. 561 »Cuando ya todos se hubieron reunido, les dije estas palabras: «Creéis sin duda que vamos á casa, á nuestra querida patria tierra; pues bien, Circe nos ha indicado que hemos de hacer un viaje á la morada de Plutón y de la veneranda Proserpina para consultar el alma del tebano Tiresias.» 566 »Así les hablé. Á todos se les quebraba el corazón y, sentándose allí mismo, lloraban y se mesaban los cabellos. Mas, ningún provecho sacaron de sus lamentaciones. 569 »Tan luego como nos encaminamos, afligidos, á la velera nave y á la orilla del mar, vertiendo copiosas lágrimas, acudió Circe y ató al obscuro bajel un carnero y una oveja negra. Y al hacerlo logró pasar inadvertida muy fácilmente, ¿pues quién podrá ver con sus propios ojos á una deidad que va ó viene, si á ella no le place? [Ilustración] [Ilustración: Ulises desciende al Orco, por consejo de Circe, á fin de consultar el alma de Tiresias] CANTO XI EVOCACIÓN DE LOS MUERTOS 1 »En llegando á la nave y al divino mar, echamos en el agua la negra embarcación, izamos el mástil y descogimos el velamen; cargamos luego las reses, y por fin nos embarcamos nosotros, muy tristes y vertiendo copiosas lágrimas. Por detrás de la nave de azulada proa soplaba favorable viento, que hinchaba las velas; buen compañero que nos mandó Circe, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz. Colocados cada uno de los aparejos en su sitio, nos sentamos en la nave. Á ésta conducíanla el viento y el piloto, y durante el día fué andando á velas desplegadas, hasta que se puso el sol y las tinieblas ocuparon todos los caminos. 13 »Entonces arribamos á los confines del Océano, de profunda corriente. Allí están el pueblo y la ciudad de los Cimerios entre nieblas y nubes, sin que jamás el Sol resplandeciente los ilumine con sus rayos, ni cuando sube al cielo estrellado, ni cuando vuelve del cielo á la tierra, pues una noche perniciosa se extiende sobre los míseros mortales. Á tal paraje fué nuestro bajel, que sacamos á la playa; y nosotros, asiendo las ovejas, anduvimos á lo largo de la corriente del Océano hasta llegar al sitio que nos indicara Circe. 23 »Allí Perimedes y Euríloco sostuvieron las víctimas y yo, desenvainando la aguda espada que cabe al muslo llevaba, abrí un hoyo de un codo por lado; hice alrededor del mismo una libación á todos los muertos, primeramente con aguamiel, luego con dulce vino y á la tercera vez con agua; y lo polvoreé todo de blanca harina. Acto seguido supliqué con fervor á las inanes cabezas de los muertos, y voté que, cuando llegara á Ítaca, les sacrificaría en el palacio una vaca no paridera, la mejor que hubiese, y que en su obsequio llenaría la pira de cosas excelentes, y también que á Tiresias le inmolaría aparte un carnero completamente negro que descollase entre nuestros rebaños. Después de haber rogado con votos y súplicas al pueblo de los difuntos, tomé las reses, las degollé encima del hoyo, corrió la negra sangre y al instante se congregaron, saliendo del Érebo, las almas de los fallecidos: mujeres jóvenes, mancebos, ancianos que en otro tiempo padecieron muchos males, tiernas doncellas con el ánimo angustiado por reciente pesar, y muchos varones que habían muerto en la guerra, heridos por broncíneas lanzas, y mostraban ensangrentadas armaduras: agitábanse todas con grandísimo clamoreo alrededor del hoyo, unas por un lado y otras por otro; y, al verlas, enseñoreóse de mí el pálido terror. Incontinenti exhorté á los compañeros y les di orden de que desollaran las reses, tomándolas del suelo donde yacían degolladas por el cruel bronce, y las quemaran inmediatamente, haciendo votos al poderoso Plutón y á la veneranda Proserpina; y yo, desenvainando la aguda espada que cabe al muslo llevaba, me senté y no permití que las inanes cabezas de los muertos se acercaran á la sangre antes que hubiese interrogado á Tiresias. 51 »La primer alma que vino fué la de Elpénor, el cual aún no había recibido sepultura en la tierra inmensa; que dejamos su cuerpo en la mansión de Circe sin enterrarlo ni llorarlo porque nos apremiaban otros trabajos. Al verlo lloré, le compadecí en mi corazón, y, hablándole, le dije estas aladas palabras: 57 «¡Oh Elpénor! ¿Cómo viniste á estas tinieblas caliginosas? Tú has llegado á pie, antes que yo en la negra nave.» 59 »Así le hablé; y él, dando un suspiro, me respondió con estas palabras: «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Dañáronme la mala voluntad de algún dios y el exceso de vino. Habiéndome acostado en la mansión de Circe, no pensé en volver atrás, á fin de bajar por la larga escalera, y caí desde el techo; se me rompieron las vértebras del cuello, y mi alma descendió al Orco. Ahora te suplico en nombre de los que se quedaron en tu casa y no están presentes,--de tu esposa, de tu padre, que te crió cuando eras niño, y de Telémaco, el único vástago que dejaste en el palacio:--sé que, partiendo de acá, de la morada de Plutón, detendrás la bien construída nave en la isla Eea; pues yo te ruego, oh rey, que al llegar á la misma te acuerdes de mí. No te vayas, dejando mi cuerpo sin llorarle ni enterrarle, á fin de que no excite contra ti la cólera de los dioses; por el contrario, quema mi cadáver con las armas de que me servía y erígeme un túmulo en la ribera del espumoso mar, para que de este hombre desgraciado tengan noticia los venideros. Hazlo así y clava en el túmulo aquel remo con que, estando vivo, bogaba yo con mis compañeros.» 79 »Tales fueron sus palabras; y le respondí diciendo: «Todo lo haré, oh infeliz, todo te lo llevaré á cumplimiento.» 81 »De tal suerte, sentados ambos, nos decíamos estas tristes razones: yo tenía la espada levantada sobre la sangre; y mi compañero, desde la parte opuesta, hablaba largamente. 84 »Vino luego el alma de mi difunta madre Anticlea, hija del magnánimo Autólico; á la cual dejara yo viva cuando partí para la sagrada Ilión. Lloré al verla, compadeciéndola en mi corazón; mas con todo eso, á pesar de sentirme muy afligido, no permití que se acercara á la sangre antes de interrogar á Tiresias. 90 »Vino después el alma de Tiresias, el tebano, que empuñaba áureo cetro. Conocióme, y me habló de esta manera: 92 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¿Por qué, oh infeliz, has dejado la luz del sol y vienes á ver á los muertos y esta región desapacible? Apártate del hoyo y retira la aguda espada, para que, bebiendo sangre, te revele la verdad de lo que quieras.» 97 »Tal dijo. Me aparté y metí en la vaina la espada guarnecida de argénteos clavos. El eximio vate bebió la negra sangre, y hablóme al punto con estas palabras: [Ilustración: ¿POR QUÉ, OH INFELIZ, DEJASTE LA LUZ DEL SOL Y VIENES Á VER Á LOS MUERTOS Y ESTA REGIÓN DESAPACIBLE? (-Canto XI, versos 93 y 94.-)] 100 «Buscas la dulce vuelta, preclaro Ulises, y un dios te la hará difícil; pues no creo que le pases inadvertido al que sacude la tierra, quien te guarda rencor en su corazón, porque se irritó cuando le cegaste el hijo. Pero aún llegaríais á la patria, después de padecer trabajos, si quisieras contener tu ánimo y el de tus compañeros así que ancles la bien construída embarcación en la isla Trinacria, escapando del violáceo ponto, y halléis paciendo las vacas y las pingües ovejas del sol, que todo lo ve y todo lo oye. Si las dejares indemnes, ocupándote tan sólo en preparar tu vuelta, aún llegaríais á Ítaca, después de soportar muchas fatigas; pero, si les causares daño, desde ahora te anuncio la perdición de la nave y la de tus amigos. Y aunque tú te libres, llegarás tarde y mal, habiendo perdido todos los compañeros, en nave ajena, y hallarás en tu palacio otra plaga: unos hombres soberbios, que se comen tus bienes y pretenden á tu divinal consorte, á la cual ofrecen regalos de bodas. Tú, en llegando, vengarás sus demasías. Mas, luego que en tu mansión hayas dado muerte á los pretendientes, ya con astucia, ya cara á cara con el agudo bronce, toma un manejable remo y anda hasta que llegues á aquellos hombres que nunca vieron el mar, ni comen manjares sazonados con sal, ni conocen las naves de encarnadas proas, ni tienen noticia de los manejables remos que son como las alas de los buques. Para ello te diré una señal muy manifiesta, que no te pasará inadvertida. Cuando encontrares otro caminante y te dijere que llevas un aventador sobre el gallardo hombro, clava en tierra el manejable remo, haz al soberano Neptuno hermosos sacrificios de un carnero, un toro y un verraco, y vuelve á tu casa, donde sacrificarás sagradas hecatombes á las deidades que poseen el anchuroso cielo, á todas por su orden. Te vendrá más adelante y lejos del mar, una muy suave muerte, que te quitará la vida cuando ya estés abrumado por placentera vejez; y á tu alrededor los ciudadanos serán dichosos. Cuanto te digo es cierto.» 138 »Así se expresó; y yo le respondí: «¡Tiresias! Esas cosas decretáronlas sin duda los propios dioses. Mas, ea, habla y responde sinceramente. Veo el alma de mi difunta madre, que está silenciosa junto á la sangre, sin que se atreva á mirar frente á frente á su hijo ni á dirigirle la voz. Dime, oh rey, cómo podrá reconocerme.» 145 »Así le hablé; y al punto me contestó diciendo: «Con unas sencillas palabras que pronuncie te lo haré entender. Aquel de los difuntos á quien permitieres que se acerque á la sangre, te dará noticias ciertas; aquel á quien se lo negares, se volverá en seguida.» 150 »Diciendo así, el alma del rey Tiresias se fué á la morada de Plutón apenas hubo proferido los oráculos. Mas yo me estuve quedo hasta que vino mi madre y bebió la negra sangre. Reconocióme en el acto y díjome entre sollozos estas aladas palabras: 155 «¡Hijo mío! ¿Cómo has bajado en vida á esta obscuridad tenebrosa? Difícil es que los vivientes puedan contemplar estos lugares, separados como están por grandes ríos, por impetuosas corrientes y, antes que todo, por el Océano, que no se puede atravesar á pie sino en una nave bien construída. ¿Vienes acaso de Troya, después de vagar mucho tiempo con la nave y los amigos? ¿Aún no llegaste á Ítaca, ni viste á tu mujer en el palacio?» 163 »Tal dijo; y yo le respondí de esta suerte: «¡Madre mía! La necesidad me trajo á la morada de Plutón, á consultar el alma de Tiresias el tebano; pero aún no me acerqué á la Acaya, ni entré en mi tierra, pues voy errante y padeciendo desgracias desde el punto que seguí al divino Agamenón hasta Ilión, la de hermosos corceles, para combatir con los troyanos. Mas, ea, habla y responde sinceramente: ¿Qué hado de la aterradora muerte te hizo sucumbir? ¿Fué una larga enfermedad, ó Diana, que se complace en tirar flechas, te mató con sus suaves tiros? Háblame de mi padre y del hijo que dejé, y cuéntame si mi dignidad real la conservan ellos ó la tiene algún otro varón, porque se figuran que ya no he de volver. Revélame también la voluntad y el pensamiento de mi legítima esposa: si vive con mi hijo y todo lo guarda y mantiene en pie, ó ya se casó con el mejor de los aqueos.» 180 »Así le hablé; y respondióme en seguida mi veneranda madre: «Aquélla continúa en tu palacio, con el ánimo afligido, y pasa los días y las noches tristemente, llorando sin cesar. Nadie posee aún tu hermosa autoridad real: Telémaco cultiva en paz tus heredades y asiste á decorosos banquetes, como debe hacerlo el varón que administra justicia, pues todos le convidan. Tu padre se queda en el campo, sin bajar á la ciudad, y no tiene lecho, ni cama, ni mantas, ni colchas espléndidas: sino que en el invierno duerme entre los esclavos de la casa, en la ceniza, junto al hogar, llevando miserables vestiduras; y, no bien llega el verano y el fructífero otoño, se le ponen por todas partes, en la fértil viña humildes lechos de hojas secas, donde yace afligido y acrecienta sus penas deplorando tu suerte, además de sufrir las molestias de la senectud á que ha llegado. Así morí yo también, cumpliendo mi destino: ni la que con certera vista se complace en arrojar saetas, me hirió con sus suaves tiros en el palacio, ni me acometió enfermedad alguna de las que se llevan el vigor de los miembros por una odiosa consunción; antes bien la soledad que de ti sentía y el recuerdo de tus cuidados y de tu ternura, preclaro Ulises, me privaron de la dulce vida.» 204 »De tal modo se expresó. Quise entonces realizar el propósito, que formara en mi espíritu, de abrazar el alma de mi difunta madre. Tres veces me acerqué á ella, pues el ánimo incitábame á abrazarla; tres veces se me fué volando de entre las manos como una sombra ó un sueño. Entonces sentí en mi corazón un dolor que iba en aumento, y dije á mi madre estas aladas palabras: 210 «¡Madre mía! ¿Por qué huyes cuando á ti me acerco, ansioso de asirte, á fin de que en la misma morada de Plutón nos echemos en brazos el uno del otro y nos saciemos de triste llanto? ¿Por ventura envióme esta vana imagen la ilustre Proserpina, para que se acrecienten mis lamentos y suspiros?» 215 »Así le dije; y al momento me contestó la veneranda madre: «¡Ay de mí, hijo mío, el más desgraciado de todos los hombres! No te engaña Proserpina, hija de Júpiter, sino que esta es la condición de los mortales cuando fallecen: los nervios ya no mantienen unidos la carne y los huesos, pues los consume la viva fuerza de las ardientes llamas tan pronto como la vida desampara la blanca osamenta; y el alma se va volando, como un sueño. Mas, procura volver lo antes posible á la luz y sabe todas estas cosas para que luego las refieras á tu consorte.» 225 »Mientras así conversábamos, vinieron--enviadas por la ilustre Proserpina--cuantas mujeres fueron esposas ó hijas de eximios varones. Reuniéronse en tropel alrededor de la negra sangre, y yo pensaba de qué modo podría interrogarlas por separado. Al fin parecióme que la mejor resolución sería la siguiente: desenvainé la espada de larga punta que llevaba al lado del muslo y no permití que bebieran á un tiempo la denegrida sangre. Entonces se fueron acercando sucesivamente, me declararon su respectivo linaje, y á todas les hice preguntas. 235 »La primera que vi fué Tiro, de ilustre nacimiento, la cual manifestó que era hija del insigne Salmoneo y esposa de Creteo Eólida. Habíase enamorado de un río que es el más bello de los que discurren por el orbe, el divinal Enipeo, y frecuentaba los sitios próximos á su hermosa corriente; pero Neptuno, que ciñe y bate la tierra, tomando la figura de Enipeo, se acostó con ella en la desembocadura del vorticoso río. La ola purpúrea, grande como una montaña, se encorvó alrededor de entrambos, y ocultó al dios y á la mujer mortal. Neptuno desatóle á la doncella el virgíneo cinto y le infundió sueño. Mas, tan pronto como hubo realizado sus amorosos deseos, le tomó la mano y le dijo estas palabras: «Huélgate, mujer, con este amor. En el transcurso del año parirás hijos ilustres, que nunca son estériles las uniones de los inmortales. Cuídalos y críalos. Ahora vuelve á tu casa y abstente de nombrarme, pues sólo para ti soy Neptuno, que sacude la tierra.» Cuando esto hubo dicho, sumergióse en el agitado ponto. Tiro quedó encinta y parió á Pelias y á Neleo, que habían de ser esforzados servidores del gran Júpiter; y vivieron Pelias, rico en ganado, en la extensa Yaolco, y Neleo, en la arenosa Pilos. Además, la reina de las mujeres tuvo de Creteo otros hijos: Esón, Feres y Amitaón, que combatía en carro. 260 »Después vi á Antíope, hija de Asopo, que se gloriaba de haber dormido en brazos de Júpiter. Parió dos hijos--Anfión y Zeto--los primeros que fundaron y torrearon á Tebas, la de las siete puertas; pues no hubiesen podido habitar aquella vasta ciudad desguarnecida de torres, no obstante ser ellos muy esforzados. 266 »Después vi á Alcmena, esposa de Anfitrión, la cual del abrazo de Júpiter tuvo al fornido Hércules, de corazón de león; y luego parió á Megara, hija del animoso Creonte, que fué la mujer del Anfitriónida, de valor indómito. 271 »Vi también á la madre de Edipo, la bella Epicasta, que cometió inconscientemente una gran falta, casándose con su hijo; pues éste, luego de matar á su propio padre, la tomó por esposa. No tardaron los dioses en revelar á los hombres lo que había ocurrido: y, con todo, Edipo siguió reinando sobre los cadmeos en la agradable Tebas, por los funestos designios de las deidades; mas ella, abrumada por el dolor, descendió á la morada de Plutón, de sólidas puertas, atando un lazo al elevado techo, y dejóle tantos dolores como causan las Furias de una madre. 281 »Vi igualmente á la bellísima Cloris--á quien por su hermosura tomara Neleo por esposa, constituyéndole una dote inmensa--hija menor de Anfión Yásida, el que imperaba en Orcómeno Minieo: ésta reinó en Pilos y tuvo de Neleo hijos ilustres: Néstor, Cromio y el arrogante Periclímeno. Parió después á la ilustre Pero, encanto de los mortales, que fué pretendida por todos sus vecinos; mas Neleo se empeñó en no darla sino al que le trajese de Fílace las vacas de retorcidos cuernos y espaciosa frente del robusto Ificlo; empresa difícil de llevar al cabo. Tan sólo un eximio vate prometió traérselas; pero el hado funesto de los dioses, juntamente con unas fuertes cadenas y los boyeros del campo, se lo impidieron. Mas, después que pasaron días y meses y, transcurrido el año, volvieron á sucederse las estaciones, el robusto Ificlo soltó al adivino, que le había revelado todos los oráculos, y cumplióse entonces la voluntad de Júpiter. 298 »Vi también á Leda, la esposa de Tíndaro, que le parió dos hijos de ánimo esforzado: Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente púgil. Á éstos los mantiene vivos la alma tierra, y son honrados por Júpiter debajo de la misma; de suerte que viven y mueren alternativamente, pues el día que vive el uno muere el otro y viceversa. Ambos disfrutan de los mismos honores que los númenes. 305 »Después vi á Ifimedia, esposa de Aloeo, la cual se preciaba de haberse ayuntado con Neptuno. Había dado á luz dos hijos de corta vida: Oto, igual á un dios, y el celebérrimo Efialtes; que fueron los mayores hombres que criara la fértil tierra y los más gallardos, si se exceptúa el ínclito Orión, pues á los nueve años tenían nueve codos de ancho y nueve brazas de estatura. Oto y Efialtes amenazaron á los inmortales del Olimpo con llevarles el tumulto de la impetuosa guerra. Quisieron poner el Osa sobre el Olimpo, y encima del Osa el frondoso Pelión, para que el cielo les fuese accesible. Y dieran fin á su propósito, si hubiesen llegado á la flor de la juventud; pero el hijo de Júpiter, á quien parió Latona, la de hermosa cabellera, exterminólos á entrambos antes que el vello floreciese debajo de sus sienes y su barba se cubriera de suaves pelos. 321 »Vi á Fedra, á Procris y á la hermosa Ariadna, hija del prudente Minos, que Teseo se llevó de Creta al feraz territorio de la sagrada Atenas; mas no pudo lograrla, porque Diana la mató en Día, situada en medio de las olas, por la acusación de Baco. 326 »Vi á Mera, á Clímene y á la odiosa Erifile que aceptó el preciado oro para traicionar á su marido. Y no pudiera decir ni nombrar todas las mujeres é hijas de héroes que vi después, porque antes llegara á su término la divinal noche. Mas ya es hora de dormir, sea yendo á la velera nave donde están los compañeros, sea permaneciendo aquí. Y cuidarán de acompañarme á mi patria los dioses, y también vosotros.» 333 Tal fué lo que contó Ulises. Enmudecieron los oyentes en el obscuro palacio, y quedaron silenciosos, arrobados por el placer de oirle. Pero Arete, la de los níveos brazos, rompió el silencio y les dijo: 336 «¡Feacios! ¿Qué os parece este hombre por su aspecto, estatura y sereno juicio? Es mi huésped, pero de semejante honra participáis todos. Por tanto, no apresuréis su partida; ni le escatiméis las dádivas, ya que se halla en la necesidad y existen en vuestros palacios tamañas riquezas, por la voluntad de los dioses.» 342 Entonces el anciano héroe Equeneo, que era el de más edad de los feacios, hablóles de esta suerte: 344 «¡Amigos! Nada nos ha dicho la sensata reina que no sea á propósito y conveniente. Obedecedla, pues; aunque Alcínoo es quien puede, con sus palabras y obras, dar el ejemplo.» 347 Alcínoo le contestó de esta manera: «Se cumplirá lo que decís en cuanto yo viva y reine sobre los feacios, amantes de manejar los remos. El huésped, mas que esté deseoso de volver á su patria, resígnese á permanecer aquí hasta mañana, á fin de que le prepare todos los regalos. Y de su partida se cuidarán todos los varones y principalmente yo, cuyo es el mando en este pueblo.» 354 El ingenioso Ulises respondióle diciendo: «¡Rey Alcínoo, el más esclarecido de todos los ciudadanos! Si me mandarais permanecer aquí un año entero y durante el mismo dispusierais mi vuelta y me hicierais espléndidos presentes, me quedaría de muy buena gana; pues fuera mejor llegar á la patria con las manos llenas y verme así más honrado y querido de cuantos hombres presenciasen mi tornada á Ítaca.» 362 Entonces Alcínoo le contestó, hablándole de esta guisa: «¡Oh Ulises! Al verte no sospechamos que seas un impostor ni un embustero, como otros muchos que cría la obscura tierra; los cuales, dispersos por doquier, forjan mentiras que nadie lograra descubrir: tú das belleza á las palabras, tienes excelente ingenio é hiciste la narración con tanta habilidad como un aedo, contándonos los deplorables trabajos de todos los argivos y de ti mismo. Mas, ea, habla y dime sinceramente si viste á algunos de los deiformes amigos que te acompañaron á Ilión y allí recibieron la fatal muerte. La noche es muy larga, inmensa, y aún no llegó la hora de recogerse en el palacio. Cuéntame, pues, esas hazañas admirables; que yo me quedaría hasta la divinal aurora, si te decidieras á referirme en esta sala tus desventuras.» 377 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Rey Alcínoo, el más esclarecido de todos los ciudadanos! Hay horas oportunas para largos relatos y horas destinadas al sueño; mas si tienes todavía voluntad de escucharme, no me niego á referirte otros hechos aún más miserandos: los infortunios de mis compañeros que, después de haber escapado de la luctuosa guerra de los teucros, murieron al volver á su patria porque así lo quiso una mujer perversa. 385 »Después que la casta Proserpina hubo dispersado acá y allá las almas de las mujeres, presentóse muy angustiada la de Agamenón Atrida; á cuyo alrededor se congregaban las de cuantos en la mansión de Egisto perecieron con el héroe, cumpliendo su destino. Reconocióme así que bebió la negra sangre y al punto comenzó á llorar ruidosamente: derramaba copiosas lágrimas y me tendía las manos con el deseo de abrazarme; mas ya no disfrutaba del firme vigor, ni de la fortaleza que antes tenía en los flexibles miembros. Al verlo lloré, y, compadeciéndole en mi corazón, le dije estas aladas palabras: 397 «¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! ¿Qué fatal especie de la aterradora muerte te ha hecho sucumbir? ¿Acaso Neptuno te mató en tus naves, desencadenando el fuerte soplo de terribles vientos, ó unos hombres enemigos acabaron contigo en la tierra firme, porque te llevabas sus bueyes y sus hermosos rebaños de ovejas ó porque combatías para apoderarte de su ciudad y de sus mujeres?» 404 »Así le dije; y me respondió en seguida: «¡Laertíada de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ni Neptuno me mató en las naves, desencadenando el fuerte soplo de terribles vientos, ni hombres enemigos acabaron conmigo en la tierra firme; fué Egisto quien me preparó la muerte y el hado, pues, de acuerdo con mi funesta esposa, me llamó á su casa, me dió de comer y me quitó la vida como se mata á un buey junto al pesebre. Morí de este modo, padeciendo deplorable muerte; y á mi alrededor fueron asesinados mis compañeros, unos en pos de otros, como en la casa de un hombre rico y poderosísimo son degollados los puercos de albos dientes para una comida de bodas, un festín á escote, ó un banquete espléndido. Ya has presenciado la matanza de un tropel de hombres que son muertos aisladamente en el duro combate; pero hubieras sentido la mayor compasión al contemplar aquel espectáculo, al ver cómo yacíamos en la sala alrededor de la cratera y de las mesas llenas, y cómo el suelo manaba sangre por todos lados. Oí la misérrima voz de 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000