de alabar á mi madre? Ea, pues, no difiráis la lucha con pretextos y
no tardéis en hacer la prueba de armar el arco, para que os veamos.
También yo lo intentaré; y si logro armarlo y hacer pasar la flecha á
través del hierro, mi veneranda madre no me dará el disgusto de irse
con otro y abandonar el palacio; pues me dejaría en él, cuando ya
pudiera alcanzar la victoria en los hermosos juegos de mi padre.»
118 Dijo; y, poniéndose en pie, se quitó el purpúreo manto y descolgó
de su hombro la aguda espada. Acto continuo comenzó por hincar las
segures, abriendo para todas un gran surco, alineándolas á cordel,
y poniendo tierra á entrambos lados. Todos se quedaron sorprendidos
al notar con qué buen orden las colocaba, sin haber visto nunca
aquel juego. De seguida fuése al umbral y probó á tender el arco.
Tres veces lo movió, con el deseo de armarlo, y tres veces hubo de
desistir de su propósito; aunque sin perder la esperanza de tirar de
la cuerda y hacer pasar la flecha á través del hierro. Y lo hubiese
armado, tirando con gran fuerza por la cuarta vez; pero Ulises se lo
prohibió con una seña y le contuvo en su deseo. Entonces habló de
esta manera el esforzado y divinal Telémaco:
131 «¡Oh dioses! Ó tengo que ser en adelante ruin y menguado, ó soy
aún demasiado joven y no puedo confiar en mis brazos para rechazar á
quien me ultraje. Mas, ea, probad el arco vosotros, que me superáis
en fuerzas, y acabemos el certamen.»
136 Diciendo así, puso el arco en el suelo, arrimándolo á las tablas
de la puerta que estaban sólidamente unidas y bien pulimentadas; dejó
la veloz saeta apoyada en el hermoso anillo; y volvióse al asiento
que antes ocupaba. Y Antínoo hijo de Eupites, les habló de esta
manera:
141 «Levantaos consecutivamente, compañeros, empezando por la derecha
del lugar donde se escancia el vino.»
143 De tal modo se expresó Antínoo y á todos les plugo cuanto dijo.
Levantóse el primero Liodes, hijo de Énope, el cual era el arúspice
de los pretendientes y acostumbraba sentarse en lo más hondo, al
lado de la magnífica cratera, siendo el único que aborrecía las
iniquidades y que se indignaba contra los demás pretendientes.
Tal fué quien primero tomó el arco y la veloz flecha. En seguida
se encaminó al umbral y probó el arco; mas no pudo tenderlo, que
antes se le fatigaron, con tanto tirar, sus manos blandas y no
encallecidas. Y al momento hablóles así á los demás pretendientes:
152 «¡Amigos! Yo no puedo armarlo; tómelo otro. Este arco privará del
ánimo y de la vida á muchos príncipes, porque es preferible la muerte
á vivir sin realizar el propósito que nos reúne aquí continuamente
y que nos hace aguardar día tras día. Ahora cada cual espera en su
alma que se le cumplirá el deseo de casarse con Penélope, la esposa
de Ulises; mas, tan pronto como vea y pruebe el arco, ya puede
dedicarse á pretender á otra aquiva, de hermoso peplo, solicitándola
con regalos de boda; y luego se casará aquélla con quien le haga más
presentes y venga designado por el destino.»
163 Dichas estas palabras, apartó de sí el arco, arrimándolo á
las tablas de la puerta, que estaban sólidamente unidas y bien
pulimentadas, dejó la veloz saeta apoyada en el hermoso anillo,
y volvióse al asiento que antes ocupaba. Y Antínoo le increpó,
diciéndole de esta suerte:
168 «¡Liodes! ¡Qué palabras tan graves y molestas se te escaparon
del cerco de los dientes! Me indigné al oirlas. Dices que este arco
privará del ánimo y de la vida á los príncipes, tan sólo porque no
puedes armarlo. No te parió tu madre veneranda para que entendieses
en manejar el arco y las saetas; pero verás cómo lo tienden muy
pronto otros ilustres pretendientes.»
175 Así le dijo; y al punto dió al cabrero Melantio la siguiente
orden: «Ve, Melantio, enciende fuego en la sala, coloca junto al
hogar un sillón con una pelleja, y trae una gran bola de sebo del
que hay en el interior; para que los jóvenes, calentando el arco y
untándolo con grasa, probemos de armarlo y terminemos este certamen.»
181 Tal fué lo que le mandó. Melantio se puso inmediatamente á
encender el fuego infatigable, colocó junto al mismo un sillón
con una pelleja y sacó una gran bola de sebo del que había en el
interior. Untándolo con sebo y calentándolo en la lumbre, fueron
probando el arco todos los jóvenes; mas no consiguieron tenderlo,
porque les faltaba gran parte de la fuerza que para ello se requería.
Y ya sólo quedaban sin probarlo Antínoo y el deiforme Eurímaco, que
eran los príncipes entre los pretendientes y á todos superaban por su
fuerza.
188 Entonces salieron juntos de la casa el boyero y el porquerizo del
divinal Ulises; siguióles éste y díjoles con suaves palabras así que
dejaron á su espalda la puerta y el patio:
193 «¡Boyero y tú, porquerizo! ¿Os revelaré lo que pienso ó lo
mantendré oculto? Mi ánimo me ordena que lo diga. ¿Cuáles fuerais
para ayudar á Ulises, si llegara de súbito porque alguna deidad nos
lo trajese? ¿Os pondríais de parte de los pretendientes ó del propio
Ulises? Contestad como vuestro corazón y vuestro ánimo os lo dicten.»
199 Dijo entonces el boyero: «¡Padre Júpiter! Ojalá me cumplas este
voto: que vuelva aquel varón, traído por alguna deidad. Tú verías, si
así sucediese, cuál es mi fuerza y de qué brazos dispongo.»
203 Eumeo suplicó asimismo á todos los dioses que el prudente Ulises
volviera á su casa. Cuando el héroe conoció el verdadero modo de
pensar de entrambos, hablóles nuevamente diciendo de esta suerte:
207 «Pues dentro está, aquí lo tenéis, soy yo que, después de pasar
muchos trabajos, he vuelto en el vigésimo año á la patria tierra.
Conozco que entre mis esclavos tan solamente vosotros deseabais
mi vuelta, pues no he oído que ningún otro hiciera votos para que
tornara á esta casa. Os voy á revelar con sinceridad lo que ha de
llevarse á efecto. Si, por ordenarlo un dios, sucumben á mis manos
los eximios pretendientes, os buscaré esposa, os daré bienes y sendas
casas labradas junto á la mía, y os consideraré en lo sucesivo como
compañeros y hermanos de Telémaco. Y, si queréis, ea, voy á mostraros
una manifiesta señal para que me reconozcáis y se convenza vuestro
ánimo: la cicatriz de la herida que me infirió un jabalí con su
blanco diente cuando fuí al Parnaso con los hijos de Autólico.»
221 Apenas hubo dicho estas palabras, apartó los harapos para
enseñarles la extensa cicatriz. Ambos la vieron y examinaron
cuidadosamente, y acto continuo rompieron en llanto, echaron los
brazos sobre el prudente Ulises y, apretándole, le besaron la cabeza
y los hombros. Ulises, á su vez, besóles la cabeza y las manos. Y
entregados al llanto los dejara el sol al ponerse, si el propio
Ulises no les hubiese calmado, diciéndoles de esta suerte:
228 «Cesad ya de llorar y de gemir: no sea que alguno salga del
palacio, lo vea y se vaya á contarlo allá dentro. Entraréis en el
palacio pero no juntos, sino uno tras otro: yo primero y vosotros
después. Tened sabida una señal que os quiero dar y es la siguiente:
Los otros, los ilustres pretendientes, no han de permitir que se
me dé el arco y el carcaj; pero tú, divinal Eumeo, tráelo por la
habitación, pónmelo en las manos, y di á las mujeres que cierren
las sólidas puertas de las estancias y que si alguna oyere gemidos
ó estrépito de hombres dentro de las paredes de nuestra sala, no se
asome y quédese allí, en silencio, junto á su labor. Y á ti, divinal
Filetio, te confío las puertas del patio para que las cierres,
corriendo el cerrojo que sujetarás mediante un nudo.»
242 Hablando así, entróse por el cómodo palacio y fué á sentarse en
el mismo sitio que antes ocupaba. Luego penetraron también los dos
esclavos del divinal Ulises.
245 Ya Eurímaco manejaba el arco, dándole vueltas y calentándolo, ora
por esta, ora por aquella parte, al resplandor del fuego. Mas ni aun
así consiguió armarlo; por lo cual, sintiendo gran angustia en su
corazón glorioso, suspiró y dijo de esta suerte:
249 «¡Oh dioses! Grande es el pesar que siento por mí y por vosotros
todos. Y aunque me afligen las frustradas nupcias, no tanto me
lamento por las mismas--pues hay muchas aqueas en la propia Ítaca,
rodeada por el mar, y en las restantes ciudades,--como por ser
nuestras fuerzas de tal modo inferiores á las del divinal Ulises que
no podamos tender su arco: ¡vergonzoso será que lleguen á saberlo los
venideros!»
256 Entonces Antínoo, hijo de Eupites, le habló diciendo: «¡Eurímaco!
No será así y tú mismo lo comprendes. Ahora, mientras se celebra
en la población la sacra fiesta del dios, ¿quién lograría tender
el arco? Ponedlo en tierra tranquilamente y permanezcan clavadas
todas las segures, pues no creo que se las lleve ninguno de los que
frecuentan el palacio de Ulises Laertíada. Mas, ea, comience el
escanciador á repartir las copas para que hagamos la libación, y
dejemos ya el corvo arco. Y ordenad al cabrero Melantio que al romper
el día se venga con algunas cabras, las mejores de todos sus rebaños,
á fin de que, en ofreciendo los muslos á Apolo, célebre por su arco,
probemos de armar el de Ulises y terminemos este certamen.»
269 De tal suerte se expresó Antínoo y á todos les plugo lo que
proponía. Los heraldos diéronles aguamanos y unos mancebos llenaron
las crateras y distribuyeron el vino después de ofrecer en copas las
primicias. No bien se hicieron las libaciones y bebió cada uno cuanto
deseara, el ingenioso Ulises, meditando engaños, les habló de este
modo:
275 «Oídme, pretendientes de la ilustre reina, para que os exponga
lo que en mi pecho el ánimo me ordena deciros; y he de rogárselo
en particular á Eurímaco y al deiforme Antínoo que ha pronunciado
estas oportunas palabras: dejad por ahora el arco y atended á los
dioses, y mañana algún numen dará bríos á quien le plazca. Ea,
entregadme el pulido arco y probaré con vosotros mis brazos y mi
fuerza: si por ventura hay en mis flexibles miembros el mismo vigor
que anteriormente ó ya se lo hicieron perder la vida errante y la
carencia de cuidados.»
285 Así dijo. Todos sintieron gran indignación, temiendo que armase
el pulido arco. Y Antínoo le increpó, hablándole de esta manera:
288 «¡Oh, el más miserable de los huéspedes! Tú no tienes ni sombra
de juicio. ¿No te basta estar sentado tranquilamente en el festín
con nosotros, los ilustres, sin que se te prive de ninguna de las
cosas del banquete, y escuchar nuestras palabras y conversaciones
que no oye huésped ni mendigo alguno? Sin duda te trastorna el dulce
vino, que suele perjudicar á quien lo bebe ávida y descomedidamente.
El vino dañó al ínclito centauro Euritión cuando fué al país de los
lapitas y se halló en el palacio del magnánimo Pirítoo. Tan luego
como tuvo la razón ofuscada por el vino, enloqueciendo, llevó al cabo
perversas acciones en la morada de Pirítoo; los héroes, poseídos de
dolor, arrojáronse sobre él y, arrastrándolo hacia la puerta, le
cortaron con el cruel bronce orejas y narices; y así se fué, con
la inteligencia perturbada y sufriendo el castigo de su falta con
ánimo demente. Tal origen tuvo la contienda de los centauros con
los hombres; mas aquél fué quien primero se atrajo el infortunio
por haberse llenado de vino. De semejante modo, te anuncio á ti una
gran desgracia si llegares á tender el arco; pues no habrá quien te
defienda en este pueblo, y pronto te enviaremos en negra nave al rey
Équeto, plaga de todos los mortales, del cual no has de escapar sano
y salvo. Bebe, pues, tranquilamente y no compitas con hombres que son
más jóvenes.»
311 Entonces la discreta Penélope le habló diciendo: «¡Antínoo! No es
decoroso ni justo que se ultraje á los huéspedes de Telémaco, sean
cuales fueren los que vengan á este palacio. ¿Por ventura crees que
si el huésped, confiando en sus manos y en su fuerza, tendiese el
grande arco de Ulises, me llevaría á su casa para tenerme por mujer
propia? Ni él mismo concibió en su pecho tal esperanza, ni por su
causa ha de comer ninguno de vosotros con el ánimo triste; pues esto
no se puede pensar razonablemente.»
320 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Hija de Icario! ¡Discreta
Penélope! No creemos que éste se te haya de llevar, ni el pensarlo
fuera razonable, pero nos da vergüenza el dicho de los hombres y
de las mujeres; no sea que exclame algún aqueo peor que nosotros:
«Hombres muy inferiores pretenden la esposa de un varón excelente y
no pueden armar el pulido arco; mientras que un mendigo que llegó
errante, tendiólo con facilidad é hizo pasar la flecha á través del
hierro.» Así dirán, cubriéndonos de oprobio.»
330 Repuso entonces la discreta Penélope: «¡Eurímaco! No es posible
que en el pueblo gocen de buena fama quienes injurian á un varón
principal, devorando lo de su casa: ¿por qué os hacéis merecedores de
estos oprobios? El huésped es alto y vigoroso, y se precia de tener
por padre á un hombre de buen linaje. Ea, entregadle el pulido arco
y veamos. Lo que voy á decir se llevará á cumplimiento: Si tendiere
el arco, por concederle Apolo esta gloria, le pondré un manto y una
túnica, vestidos magníficos; le regalaré un agudo dardo, para que
se defienda de los hombres y de los perros, y también una espada de
doble filo; le daré sandalias para los pies y le enviaré adonde su
corazón y su ánimo deseen.»
343 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! Ninguno de los
aqueos tiene poder superior al mío para dar ó rehusar el arco á quien
me plega, entre cuantos mandan en la áspera Ítaca ó en las islas
cercanas á la Élide, tierra fértil de caballos: por consiguiente,
ninguno de éstos podría forzarme, oponiéndose á mi voluntad, si
quisiera dar de una vez este arco al huésped aunque fuese para que se
lo llevara. Vuelve á tu habitación, ocúpate en las labores que te son
propias, el telar y la rueca, y ordena á las esclavas que se apliquen
al trabajo, y del arco nos cuidaremos los hombres y principalmente
yo, cuyo es el mando en esta casa.»
354 Asombrada se fué Penélope á su habitación, poniendo en su ánimo
las discretas palabras de su hijo. Y así que hubo llegado con las
esclavas al aposento superior, lloró por Ulises, su querido consorte,
hasta que Minerva, la de los brillantes ojos, difundióle en los
párpados el dulce sueño.
359 En tanto, el divinal porquerizo tomó el corvo arco para
llevárselo al huésped; mas todos los pretendientes empezaron á
increparle dentro de la sala, y uno de aquellos jóvenes soberbios le
habló de esta manera:
362 «¿Adónde llevas el corvo arco, oh porquero no digno de envidia,
oh vagabundo? Pronto te devorarán, junto á los marranos y lejos de
los hombres, los ágiles canes que tú mismo has criado, si Apolo y los
demás inmortales dioses nos fueren propicios.»
366 Así decían; y él volvió á poner el arco en el mismo sitio,
asustado de que le increpasen tantos hombres dentro de la sala. Mas
Telémaco le amenazó, gritándole desde el otro lado:
369 «¡Abuelo! Sigue adelante con el arco, que muy pronto verías que
no obras bien obedeciendo á todos: no sea que yo, aun siendo el más
joven, te eche al campo y te hiera á pedradas, ya que te aventajo
en fuerzas. Ojalá superase de igual modo, en brazos y fuerzas, á
todos los pretendientes que hay en el palacio; pues no tardaría en
arrojar á alguno vergonzosamente de la casa, porque maquinan acciones
malvadas.»
376 Así les habló; y todos los pretendientes lo recibieron con dulces
risas, olvidando su terrible cólera contra Telémaco. El porquerizo
tomó el arco, atravesó la sala y, deteniéndose cabe al prudente
Ulises, se lo puso en las manos. Seguidamente, llamó al ama Euriclea
y le habló de este modo:
381 «Telémaco te manda, prudente Euriclea, que cierres las sólidas
puertas de las estancias y que si alguna de las esclavas oyere
gemidos ó estrépito de hombres dentro de las paredes de nuestra sala,
no se asome y quédese allí, en silencio, junto á su labor.»
386 Así le dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea,
que cerró las puertas de las cómodas habitaciones.
388 Filetio, á su vez, salió de la casa silenciosamente, fué á
entornar las puertas del bien cercado patio y, como hallara debajo
del pórtico el cable de papiro de una corva embarcación, las ató con
el mismo. Luego volvió á entrar y sentóse en el mismo sitio que antes
ocupaba, con los ojos clavados en Ulises. Ya éste manejaba el arco,
dándole vueltas por todas partes y probando acá y allá: no fuese que
la carcoma hubiera roído el cuerno durante la ausencia del rey. Y uno
de los presentes dijo al que tenía más cercano:
397 «Debe de ser experto y hábil en manejar arcos, ó quizás haya en
su casa otros semejantes, ó se proponga construirlos: de tal modo le
da vueltas en sus manos acá y allá, ese vagabundo instruído en malas
artes.»
401 Otro de aquellos jóvenes soberbios habló de esta manera: «¡Así
alcance tanto provecho, como en su vida podrá armar el arco!»
404 De tal suerte se expresaban los pretendientes. Mas el ingenioso
Ulises, tan luego como hubo tentado y examinado el gran arco por
todas partes, cual un hábil citarista y cantor tiende fácilmente
con la clavija nueva la cuerda formada por el retorcido intestino
de una oveja que antes atara del uno y del otro lado: de este modo,
sin esfuerzo alguno, armó Ulises el grande arco. Seguidamente probó
la cuerda, asiéndola con la diestra, y dejóse oir un hermoso sonido
muy semejante á la voz de una golondrina. Sintieron entonces los
pretendientes gran pesar y á todos se les mudó el color. Júpiter
despidió un gran trueno como señal y holgóse el paciente divino
Ulises de que el hijo del artero Saturno le enviase aquel presagio.
Tomó el héroe una veloz flecha que estaba encima de la mesa, porque
las otras se hallaban dentro de la hueca aljaba, aunque muy pronto
habían de gustarlas los aqueos. Y acomodándola al arco, tiró á la vez
de la cuerda y de las barbas, allí mismo, sentado en la silla; apuntó
al blanco, despidió la saeta y no erró á ninguna de las segures,
desde el primer agujero hasta el último: la flecha, que el bronce
hacía ponderosa, las atravesó todas y salió afuera. Después de lo
cual dijo á Telémaco:
424 «¡Telémaco! No te afrenta el huésped que está en tu palacio: ni
erré el blanco, ni me costó gran fatiga armar el arco; mis fuerzas
están íntegras todavía, no cual los pretendientes, menospreciándome,
me lo echaban á la cara. Pero ya es hora de aprestar la cena á los
aqueos, mientras hay luz; para que después se deleiten de otro modo,
con el canto y la cítara, que son los ornamentos del banquete.»
431 Dijo, é hizo con las cejas una señal. Y Telémaco, el caro hijo
del divinal Ulises, ciñó la aguda espada, asió su lanza y, armado de
reluciente bronce, se puso en pie al lado de la silla, junto á su
padre.
[Ilustración]
[Ilustración: Ulises, valiéndose del arco, mata á los pretendientes
de Penélope]
CANTO XXII
MATANZA DE LOS PRETENDIENTES
1 Á la hora desnudóse de sus harapos el ingenioso Ulises, saltó al
grande umbral con el arco y la aljaba repleta de veloces flechas
y, derramándolas delante de sus pies, habló de esta guisa á los
pretendientes:
5 «Ya este certamen fatigoso está acabado; ahora apuntaré á otro
blanco adonde jamás tiró varón alguno, y he de ver si lo acierto por
concederme tal gloria el dios Apolo.»
8 Dijo, y enderezó la amarga saeta hacia Antínoo. Levantaba éste una
bella copa de oro, de dos asas, y teníala ya en las manos para beber
el vino, sin que la idea de la muerte preocupase su espíritu: ¿quién
pensara que, entre tantos convidados, un solo hombre, por valiente
que fuera, había de darle tan mala muerte y negro hado? Pues Ulises,
acertándole en la garganta, hirióle con la flecha y la punta asomó
por la tierna cerviz. Desplomóse Antínoo, al recibir la herida,
cayósele la copa de las manos, y brotó de sus narices un espeso
chorro de humana sangre. Seguidamente empujó la mesa, dándole con el
pie, y esparció las viandas por el suelo, donde el pan y la carne
asada se mancharon. Al verle caído, los pretendientes levantaron un
gran tumulto dentro del palacio; dejaron las sillas y, moviéndose por
la sala, recorrieron con los ojos las bien labradas paredes; pero no
había ni un escudo siquiera, ni una fuerte lanza de que echar mano. É
increparon á Ulises con airadas voces:
27 «¡Oh forastero! Mal haces en disparar el arco contra los hombres.
Pero ya no te hallarás en otros certámenes: ahora te aguarda una
terrible muerte. Quitaste la vida á un varón que era el más señalado
de los jóvenes de Ítaca, y por ello te comerán aquí mismo los
buitres.»
31 Así hablaban, figurándose que había muerto á aquel hombre
involuntariamente. No pensaban los muy simples que la ruina pendiera
sobre ellos. Pero, encarándoles la torva faz, les dijo el ingenioso
Ulises:
35 «¡Ah perros! No creíais que volviese del pueblo troyano á mi
morada y me arruinabais la casa, forzabais las mujeres esclavas y,
estando yo vivo, pretendíais á mi esposa; sin temer á los dioses que
habitan el vasto cielo, ni recelar venganza alguna de parte de los
hombres. Ya pende la ruina sobre vosotros todos.»
42 Así se expresó. Todos se sintieron poseídos del pálido temor y
cada uno buscaba adonde huiría para librarse de una muerte espantosa.
Y Eurímaco fué el único que le contestó diciendo:
45 «Si eres en verdad Ulises itacense, que has vuelto, te asiste la
razón al hablar de este modo de cuanto hacían los aqueos; pues se han
cometido muchas iniquidades en el palacio y en el campo. Pero yace
en tierra quien fué el culpable de todas estas cosas, Antínoo; el
cual promovió dichas acciones, no porque tuviera necesidad ó deseo
de casarse, sino por haber concebido otros designios que el Saturnio
no llevó al cabo, es á saber, para reinar sobre el pueblo de la bien
construída Ítaca, matando á tu hijo con asechanzas. Ya lo ha pagado
con su vida, como era justo; mas tú perdona á tus conciudadanos, que
nosotros, para aplacarte públicamente, te resarciremos de cuanto se
ha comido y bebido en el palacio, estimándolo en el valor de veinte
bueyes por cabeza, y te daremos bronce y oro hasta que tu corazón se
satisfaga; pues antes no se te puede reprochar que estés irritado.»
60 Mirándole con torva faz, le contestó el ingenioso Ulises:
«¡Eurímaco! Aunque todos me dierais vuestro respectivo patrimonio,
añadiendo á cuanto tengáis otros bienes de distinta procedencia,
ni aun así se abstendrían mis manos de matar hasta que todos los
pretendientes hayáis pagado por completo vuestras demasías. Ahora se
os ofrece la ocasión de combatir conmigo ó de huir, si alguno puede
evitar la muerte y el hado; mas no creo que nadie se libre de un fin
desastroso.»
68 Tal dijo; y todos sintieron desfallecer sus rodillas y su corazón.
Pero Eurímaco habló nuevamente para decirles:
70 «¡Amigos! No contendrá este hombre sus manos indómitas: habiendo
tomado el pulido arco y la aljaba, disparará desde el liso umbral
hasta que á todos nos mate. Pensemos, pues, en combatir. Sacad las
espadas, poned las mesas por reparo á las saetas, que causan rápida
muerte, y acometámosle juntos por si logramos apartarle del umbral
y de la puerta é irnos por la ciudad, donde se promovería gran
alboroto. Y quizás disparara el arco por la vez postrera.»
79 Diciendo así, desenvainó la espada de bronce, aguda y de doble
filo, y arremetió contra aquél, gritando de un modo horrible. Pero
en el mismo punto tiróle el divinal Ulises una saeta y, acertándole
en el pecho junto á la tetilla, le clavó en el hígado la veloz
flecha. Cayó en el suelo la espada que empuñaba Eurímaco y éste,
tambaleándose y dando vueltas, vino á dar encima de la mesa y tiró
los manjares y la copa doble; después, angustiado en su espíritu,
hirió con la frente el suelo y golpeó con los pies la silla; y por
fin obscura nube se extendió sobre sus ojos.
89 También Anfínomo se fué derecho hacia el glorioso Ulises, con
la espada desenvainada, para ver si habría medio de echarlo de la
puerta. Mas Telémaco le previno con tirarle la broncínea lanza, la
cual se le hundió en la espalda, entre los hombros, y le atravesó
el pecho; y aquél cayó ruidosamente y dió de cara contra el suelo.
Retiróse Telémaco con prontitud, dejando la luenga pica clavada en
Anfínomo; pues temió que, mientras la arrancase, le hiriera alguno de
los aqueos con la punta ó con el filo de la espada. Fué corriendo,
llegó en seguida adonde se hallaba su padre y, parándose cerca del
mismo, díjole estas aladas palabras:
101 «¡Oh padre! Voy á traerte un escudo, dos lanzas y un casco de
bronce que se adapte á tus sienes; y de camino me pondré también las
armas y daré otras al porquerizo y al boyero; porque es mejor estar
armados.»
105 Respondióle el ingenioso Ulises: «Corre, tráelo mientras tengo
saetas para rechazarlos: no sea que, por estar solo, me lancen de la
puerta.»
108 Así le dijo. Obedeció Telémaco y se fué al aposento donde
estaban las magníficas armas. Tomó cuatro escudos, ocho lanzas y
cuatro yelmos de bronce adornados con espesas crines de caballo;
y, llevándoselo todo, volvió pronto adonde se hallaba su padre.
Primeramente protegió Telémaco su cuerpo con el bronce; dió en
seguida hermosas armaduras á los dos esclavos para que las vistiesen;
y luego colocáronse todos cabe al prudente y sagaz Ulises.
116 Mientras el héroe tuvo flechas para defenderse, fué apuntando é
hiriendo sin interrupción en su propia casa á los pretendientes, los
cuales caían unos en pos de otros. Mas, en el momento en que se le
acabaron las saetas al rey, que las tiraba, arrimó el arco á un poste
de la sala sólidamente construída, apoyándolo contra el lustroso
muro; echóse al hombro un escudo de cuatro pieles, cubrió la robusta
cabeza con un labrado yelmo cuyo penacho de crines de caballo ondeaba
terriblemente en la cimera, y asió dos fuertes lanzas de broncínea
punta.
126 Había en la bien labrada pared un postigo con su umbral mucho
más alto que el pavimento de la sala sólidamente construída; que
daba paso á una callejuela y lo cerraban unas tablas perfectamente
ajustadas. Ulises mandó que lo custodiara el divinal porquero,
quedándose de pie junto al mismo, por ser aquella la única salida. Y
Agelao hablóles á todos con estas palabras:
132 «¡Amigos! ¿No podría alguno subir al postigo, hablarle á la gente
y levantar muy pronto un clamoreo? Haciéndolo así, quizás este hombre
disparara el arco por la vez postrera.»
135 Mas el cabrero Melantio le replicó: «No es posible, oh Agelao,
alumno de Júpiter. Hállase el postigo muy próximo á la hermosa puerta
que conduce al patio, la salida al callejón es difícil y un solo
hombre que fuese esforzado bastaría para detenernos á todos. Ea, para
que os arméis traeré armas del aposento en el cual me figuro que
las colocaron--y no será seguramente en otra parte--Ulises con su
preclaro hijo.»
142 Diciendo de esta suerte, el cabrero Melantio subió á la estancia
de Ulises por la escalera del palacio. Tomó doce escudos, igual
número de lanzas y otros tantos broncíneos yelmos guarnecidos de
espesas crines de caballo; y, llevándoselo todo, lo puso en las manos
de los pretendientes. Desfallecieron las rodillas y el corazón de
Ulises cuando les vió coger las armas y blandear las luengas picas;
porque era grande el trabajo que se le presentaba. Y al momento
dirigió á Telémaco estas aladas palabras:
151 «¡Telémaco! Alguna de las mujeres del palacio ó Melantio,
enciende contra nosotros el funesto combate.»
153 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Oh padre! Yo tuve la culpa y
no otro alguno, pues dejé sin cerrar la puerta sólidamente encajada
del aposento. Su espía ha sido más hábil. Ve tú, divinal Eumeo, á
cerrar la puerta y averigua si quien hace tales cosas es una mujer ó
Melantio, el hijo de Dolio, como yo presumo.»
160 Así éstos conversaban, cuando el cabrero Melantio volvió á la
estancia para sacar otras magníficas armas. Advirtiólo el divinal
porquerizo y al punto dijo á Ulises, que estaba á su lado:
164 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos!
Aquel hombre pernicioso en quien sospechábamos vuelve al aposento.
Dime claramente si lo he de matar, en el caso de ser yo el más
fuerte, ó traértelo aquí, para que pague las muchas demasías que
cometió en tu casa.»
170 Respondióle el ingenioso Ulises: «Yo y Telémaco resistiremos en
esta sala á los ilustres pretendientes, aunque están muy enardecidos;
y vosotros id, retorcedle hacia atrás los pies y las manos, echadle
en el aposento y, cerrando la puerta, atadle una soga bien torcida
y levantadlo á la parte superior de una columna, junto á las vigas,
para que viva y padezca fuertes dolores por largo tiempo.»
178 De tal modo habló; y ellos le escucharon y obedecieron,
encaminándose á la cámara sin que lo advirtiese Melantio que ya
estaba en la misma. Halláronle ocupado en buscar armas en lo más
hondo de la habitación y pusiéronse respectivamente á derecha é
izquierda de la entrada, delante de las jambas. Y apenas el cabrero
Melantio iba á pasar el umbral con un hermoso yelmo en una de las
manos y en la otra un escudo grande, muy antiguo, cubierto de
moho, que el héroe Laertes llevara en su juventud y que se hallaba
abandonado y con las correas descosidas; aquéllos se le echaron
encima, lo asieron y lo llevaron adentro, arrastrándolo por la
cabellera; en seguida tiráronlo contra la tierra, angustiado en
su corazón, y, retorciéndole hacia atrás los pies y las manos,
sujetáronselos juntamente con un penoso lazo, conforme á lo dispuesto
por el hijo de Laertes, por el paciente divinal Ulises; atáronle
luego una soga bien torcida y levantáronle á la parte superior de una
columna, junto á las vigas. Entonces fué cuando, haciendo burla de
él, le dijiste así, porquerizo Eumeo:
195 «Ya, oh Melantio, velarás toda la noche, acostado en esa blanda
cama cual te mereces; y no te pasará inadvertida la Aurora de áureo
trono, hija de la mañana, cuando salga de las corrientes del Océano
á la hora en que sueles traerles las cabras á los pretendientes para
aparejar su almuerzo.»
200 Así se quedó Melantio, suspendido del funesto lazo; y aquéllos se
armaron en seguida, cerraron la espléndida puerta y fuéronse hacia el
prudente y sagaz Ulises, á cuyos lados se pusieron, respirando valor.
Eran, pues, cuatro los del umbral, y muchos y fuertes los de dentro
de la sala. Poco tardó en acercárseles Minerva, hija de Júpiter, que
había tomado el aspecto y la voz de Méntor. Ulises se alegró de verla
y le dijo estas palabras:
208 «¡Méntor! Aparta de nosotros el infortunio y acuérdate del
compañero amado que tanto bien acostumbraba hacerte; pues eres
coetáneo mío.»
210 De tal suerte habló, sin embargo de haber reconocido á
Minerva, que enardece á los guerreros. Por su parte zaheríanla los
pretendientes en la sala, comenzando por Agelao Damastórida, que así
le dijo:
213 «¡Méntor! No te persuada Ulises con sus palabras á que los
auxilies, luchando contra los pretendientes; pues me figuro que se
llevará al cabo nuestro propósito de la siguiente manera: así que
los matemos á entrambos, al padre y al hijo, también tú perecerás
por las cosas que quieres hacer en el palacio y que has de expiar
con tu cabeza, y cuando el bronce haya dado fin á vuestra violencia,
sumaremos á los de Ulises todos los bienes de que disfrutas dentro
y fuera de la población, y no permitiremos ni que tus hijos é hijas
habiten en tu palacio, ni que tu casta esposa ande por la ciudad de
Ítaca.»
224 Tal dijo. Acrecentósele á Minerva el enojo que sentía en su
corazón é increpó á Ulises con airadas voces:
226 «Ya no hay en ti, oh Ulises, aquel vigor ni aquella fortaleza
con que durante nueve años luchaste continuamente contra los teucros
por Helena, la de los níveos brazos, hija de nobles padres; y diste
muerte á muchos varones en la terrible pelea; y por tu consejo fué
tomada la ciudad de Príamo, la de anchas calles. ¿Cómo, pues, llegado
á tu casa y á tus posesiones, no te atreves á ser esforzado contra
los pretendientes? Mas, ea, ven acá, amigo, colócate junto á mí,
contempla mis hechos, y sabrás cómo Méntor Alcímida se porta con tus
enemigos para devolverte los favores que le hiciste.»
236 Dijo; mas no le dió completamente la indecisa victoria, porque
deseaba probar la fuerza y el valor de Ulises y de su hijo glorioso.
Y, tomando el aspecto de una golondrina, emprendió el vuelo y fué á
posarse en una de las vigas de la espléndida sala.
241 En esto concitaban á los demás pretendientes Agelao Damastórida,
Eurínomo, Anfimedonte, Demoptólemo, Pisandro Polictórida y el
valeroso Pólibo, que eran los más señalados por su bravura entre los
que aún vivían y peleaban por conservar su existencia; pues á los
restantes habíanlos derribado las respectivas flechas que el arco
despidiera. Y Agelao hablóles á todos con estas palabras:
248 «¡Amigos! Ya este hombre contendrá sus manos indómitas; pues
Méntor se le fué, después de proferir inútiles baladronadas, y
vuelven á estar solos en el umbral de la puerta. Por tanto, no
arrojéis todos á una la luenga pica; ea, tírenla primeramente estos
seis, por si Júpiter nos concede herir á Ulises y alcanzar gloria.
Que ningún cuidado nos darían los otros, si él cayese.»
255 Así les habló; arrojaron sus lanzas con gran ímpetu aquellos á
quienes se lo ordenara, é hizo Minerva que todos los tiros saliesen
vanos. Uno acertó á dar en la columna de la habitación sólidamente
construída, otro en la puerta fuertemente ajustada, y otro hirió
el muro con la lanza de fresno que el bronce hacía ponderosa.
Mas, apenas se hubieron librado de las lanzas arrojadas por los
pretendientes, el paciente divinal Ulises fué el primero en hablar á
los suyos de esta manera:
262 «¡Amigos! Ya os invito á tirar las lanzas contra la turba de los
pretendientes, que desean acabar con nosotros después de habernos
causado los anteriores males.»
265 Así se expresó; y ellos arrojaron las agudas lanzas, apuntando
á su frente. Ulises mató á Demoptólemo, Telémaco á Euríades, el
porquerizo á Élato y el boyero á Pisandro; los cuales mordieron
juntos la vasta tierra. Retrocedieron los pretendientes al fondo de
la sala; y Ulises y los suyos corrieron á sacar de los cadáveres las
lanzas que les habían clavado.
272 Los pretendientes tornaron á arrojar con gran ímpetu las
agudas lanzas, pero Minerva hizo que los más de los tiros saliesen
vanos. Uno acertó á dar en la columna de la habitación sólidamente
construída, otro en la puerta fuertemente ajustada, y otro hirió
el muro con la lanza de fresno que el bronce hacía ponderosa.
Anfimedonte hirió á Telémaco en la muñeca, pero muy levemente, pues
el bronce tan sólo desgarró el cutis. Y Ctesipo logró que su ingente
lanza rasguñase el hombro de Eumeo por cima del escudo; pero el arma
voló al otro lado y cayó en tierra.
281 El prudente y sagaz Ulises y los que con él se hallaban arrojaron
otra vez sus agudas lanzas contra la turba de los pretendientes.
Ulises, asolador de ciudades, hirió á Euridamante, Telémaco á
Anfimedonte y el porquerizo á Pólibo; y en tanto el boyero acertó á
dar en el pecho á Ctesipo y, gloriándose, hablóle de esta manera:
287 «¡Oh Politersida, amante de la injuria! No cedas nunca al impulso
de tu mentecatez para hablar altaneramente; antes bien, deja la
palabra á las deidades, que son mucho más poderosas. Y recibirás este
presente de hospitalidad por la pata que diste á Ulises, igual á un
dios, cuando mendigaba en su propio palacio.»
292 Así habló el pastor de bueyes, de retorcidos cuernos; y en tanto
Ulises le envasaba su gran pica al Damastórida. Telémaco hirió por su
parte á Leócrito Evenórida con hundirle la lanza en el ijar, que el
bronce traspasó enteramente; y el varón cayó de bruces, dando de cara
contra el suelo. Minerva, desde lo alto del techo, levantó su égida,
perniciosa á los mortales; y los ánimos de todos los pretendientes
quedaron espantados. Huían éstos por la sala como las vacas de un
rebaño al cual agita el movedizo tábano en la estación vernal, cuando
los días son muy largos. Y aquéllos, de la suerte que unos buitres de
retorcidas uñas y corvo pico bajan del monte y acometen á las aves
que, temerosas de quedarse en las nubes, han descendido al llano; y
las persiguen y matan sin que puedan resistirse ni huir, mientras
los hombres se regocijan presenciando la captura: de semejante modo
arremetieron en la sala contra los pretendientes, dando golpes á
diestro y siniestro; los que eran heridos en la cabeza levantaban
horribles suspiros, y el suelo manaba sangre por todos lados.
310 En esto, Liodes corrió hacia Ulises, le abrazó por las rodillas y
comenzó á suplicarle con estas aladas palabras:
312 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Ulises: respétame y
apiádate de mí. Yo te aseguro que á las mujeres del palacio nada
inicuo les dije ni les hice jamás; antes bien, contenía á los
pretendientes que de tal modo se portaban. Mas no me obedecieron en
términos que sus manos se abstuviesen de las malas obras; y de ahí
que se hayan atraído con sus iniquidades una deplorable muerte. Y yo,
que era su arúspice y ninguna maldad he cometido, yaceré con ellos;
pues ningún agradecimiento se siente hacia los bienhechores.»
320 Mirándole con torva faz, exclamó el ingenioso Ulises: «Si te
jactas de haber sido su arúspice, debiste de rogar muchas veces en el
palacio que se alejara el dulce instante de mi regreso, y se fuera mi
esposa contigo, y te diese hijos; por tanto, no te escaparás tampoco
de la cruel muerte.»
326 Diciendo así, tomó con la robusta mano la espada que Agelao, al
morir, arrojara en el suelo, y le dió un golpe en la cerviz; y la
cabeza cayó en el polvo, mientras Liodes hablaba todavía.
330 Pero libróse de la negra Parca el aedo Femio Terpíada; el cual,
obligado por la necesidad, cantaba ante los pretendientes. Hallábase
de pie junto al postigo, con la sonora cítara en la mano, y revolvía
en su corazón dos resoluciones: ó salir de la habitación y sentarse
junto al bien construído altar del gran Jove, protector del recinto,
donde Laertes y Ulises quemaran tantos muslos de buey; ó correr
hacia Ulises, abrazarle por las rodillas y dirigirle súplicas.
Considerándolo bien, parecióle mejor tocarle las rodillas á Ulises
Laertíada. Y dejando en el suelo la cóncava cítara, entre la cratera
y la silla de clavazón de plata, corrió hacia Ulises, abrazóle por
las rodillas y comenzó á suplicarle con estas aladas palabras:
344 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Ulises: respétame y
apiádate de mí. Á ti mismo te pesará más tarde haber quitado la vida
á un aedo como yo, que canto á los dioses y á los hombres. Yo de mío
me he enseñado, que un dios me inspiró en la mente canciones de toda
especie y soy capaz de entonarlas en tu presencia como si fueses una
deidad: no quieras, pues, degollarme. Telémaco, tu caro hijo, te
podrá decir que no entraba en esta casa de propio impulso ni obligado
por la penuria á cantar después de los festines de los pretendientes;
sino que éstos, que eran muchos y me aventajaban en poder, forzábanme
á que viniera.»
354 Así habló; y, al oirlo el vigoroso y divinal Telémaco, dijo á su
padre que estaba cerca:
356 «Tente y no hieras con el bronce á ese inculpable. Y salvaremos
asimismo al heraldo Medonte, que siempre me cuidaba en esta casa
mientras fuí niño; si ya no le han muerto Filetio ó el porquerizo, ni
se encontró contigo cuando arremetías por la sala.»
361 Así dijo; y oyólo el discreto Medonte, que se hallaba acurrucado
debajo de una silla, tapándose con un cuero reciente de buey para
evitar la negra Parca. Corrió en seguida hacia Telémaco, abrazóle por
las rodillas y comenzó á suplicarle con estas aladas palabras:
367 «¡Amigo! Ése soy yo. Deténte y di á tu padre que no me cause daño
con el agudo bronce, prevaliéndose de su fuerza, irritado como está
contra los pretendientes que agotaban sus bienes en el palacio y á
ti, los muy necios, no te honraban en lo más mínimo.»
371 Díjole sonriendo el ingenioso Ulises: «Tranquilízate, ya que
éste te libró y salvó para que conozcas en tu ánimo y puedas decir á
los demás cuánta ventaja llevan las buenas acciones á las malas. Pero
salid de la habitación tú y el aedo tan afamado y tomad asiento en el
patio, fuera de este lugar de matanza, mientras doy fin á lo que debo
hacer en mi morada.»
378 Así les habló; y ambos salieron de la sala y se sentaron junto al
altar del gran Júpiter, mirando á todas partes y temiendo recibir la
muerte á cada paso.
381 Ulises registraba con los ojos toda la estancia por si hubiese
quedado vivo alguno de aquellos hombres, librándose de la negra
muerte. Pero los vió á tantos como eran, caídos todos entre la sangre
y el polvo. Como los peces que los pescadores sacan del espumoso
mar á la corva orilla en una red de infinidad de mallas, yacen
amontonados en la arena, deseosos de las olas, y el resplandeciente
sol les arrebata la vida: de tal manera estaban tendidos los
pretendientes los unos sobre los otros. Entonces el ingenioso Ulises
dijo á Telémaco:
391 «¡Telémaco! Ve y haz venir al ama Euriclea, para que le diga lo
que tengo pensado.»
393 Así se expresó. Telémaco obedeció á su padre y, tocando á la
puerta, hablóle de este modo al ama Euriclea:
395 «¡Levántate y ven, añosa vieja que cuidas de vigilar las esclavas
en nuestro palacio! Te llama mi padre para decirte alguna cosa.»
398 Tal dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea,
la cual abrió las puertas de las cómodas habitaciones, comenzó á
andar, precedida por Telémaco, y halló á Ulises entre los cadáveres
de aquellos á quienes matara, todo manchado de sangre y polvo. Así
como un león que acaba de devorar á un buey montés, se presenta con
el pecho y ambos lados de las mandíbulas teñidos en sangre, é infunde
horror á los que lo ven: de igual manera tenía manchados Ulises
los pies y las manos. Cuando ella vió los cadáveres y aquel mar de
sangre, empezó á proferir exclamaciones de alegría porque contemplaba
una grandiosa hazaña; pero Ulises se lo estorbó y contuvo su gana de
dar gritos, dirigiéndole estas aladas palabras:
411 «¡Anciana! Regocíjate en tu espíritu, pero conténte y no
profieras exclamaciones de alegría; que no es piadoso alborozarse
por la muerte de estos varones. Hiciéronlos sucumbir el hado de los
dioses y sus obras perversas, pues no respetaban á ningún hombre
de la tierra, malo ó bueno, que á ellos se llegase; de ahí que con
sus iniquidades se hayan atraído una deplorable muerte. Mas, ea,
cuéntame ahora cuáles mujeres me hacen poco honor en el palacio y
cuáles están sin culpa.»
419 Contestóle Euriclea, su ama querida: «Yo te diré, oh hijo, la
verdad. Cincuenta esclavas tienes en el palacio, á las cuales enseñé
á hacer labores, á cardar lana y á sufrir la servidumbre; de ellas
doce se entregaron á la impudencia, no respetándome á mí ni á la
propia Penélope. Telémaco ha muy poco que llegó á la juventud, y su
madre no le dejaba tener mando en las mujeres. Mas, ea, voy á subir á
la espléndida habitación superior para enterar de lo que ocurre á tu
esposa, á la cual debe de haberle enviado alguna deidad el sueño en
que está sumida.»
430 Respondióle el ingenioso Ulises: «No la despiertes aún; pero di
que vengan cuantas mujeres han cometido acciones indignas.»
433 Así le habló; y la vieja se fué por el palacio á decirlo á las
mujeres y mandarles que se presentaran. Entonces llamó el héroe á
Telémaco, al boyero y al porquerizo, y les dijo estas aladas palabras:
437 «Proceded ante todo al traslado de los cadáveres, que ordenaréis
á las mujeres; y seguidamente limpien éstas con agua y esponjas de
muchos ojos, las magníficas sillas y las mesas. Y cuando hubiereis
puesto en orden toda la estancia, llevaos las esclavas afuera
del sólido palacio y allá, entre la rotonda y la bella cerca del
patio, heridlas á todas con la espada de larga punta hasta que
les arranquéis el alma y se olviden de Venus, de cuyos placeres
disfrutaban envolviéndose en secreto con los pretendientes.»
446 Así se lo encargó. Llegaron todas las mujeres juntas, las cuales
suspiraban gravemente y derramaban abundantes lágrimas. Comenzaron
por sacar los cadáveres de los que habían muerto y los colocaron
unos encima de otros debajo del pórtico, en el bien cercado patio:
Ulises se lo ordenó, dándoles prisa, y ellas se vieron obligadas
á transportarlos. Después limpiaron con agua y esponjas de muchos
ojos, las magníficas sillas y las mesas. Telémaco, el boyero y
el porquerizo pasaron la rasqueta por el pavimento de la sala
sólidamente construída y las esclavas se llevaron las raeduras y las
echaron fuera. Cuando hubieron puesto en orden toda la estancia,
sacaron aquéllos las esclavas de palacio á un lugar angosto, entre la
rotonda y la bella cerca del patio, de donde no era posible que se
escaparan. Y el prudente Telémaco dijo á los otros:
[Ilustración: ¡ANCIANA! ¡REGOCÍJATE EN TU ESPÍRITU, PERO NO
PROFIERAS EXCLAMACIONES DE ALEGRÍA!...
(-Canto XXII, verso 411.-)]
462 «No quiero privar de la vida con una muerte honrosa á estas
esclavas que derramaron el oprobio sobre mi cabeza y sobre mi madre,
durmiendo con los pretendientes.»
465 De tal suerte habló; y, atando á excelsa columna la soga de una
nave de azulada proa, cercó con ella la rotonda, tendiéndola en lo
alto para que ninguna de las esclavas llegase con sus pies al suelo.
Así como los tordos de anchas alas ó las palomas que, al entrar en
un seto, dan con una red colocada ante un matorral, encuentran en
ella odioso lecho; así las esclavas tenían las cabezas en línea y
sendos lazos alrededor de sus cuellos, para que muriesen del modo más
deplorable. Tan solamente agitaron los pies por un breve espacio de
tiempo, que no fué en verdad de larga duración.
474 Después sacaron á Melantio al vestíbulo y al patio; le cortaron
con el cruel bronce las narices y las orejas; le arrancaron las
partes verendas, para que los perros las despedazaran crudas; y
amputáronle las manos y los pies, con ánimo irritado.
478 Tras de esto, laváronse las manos y los pies, y volvieron á
penetrar en la casa de Ulises; pues la obra estaba consumada.
Entonces dijo el héroe á su ama Euriclea:
481 «¡Anciana! Trae azufre, medicina contra lo malo, y trae también
fuego, para azufrar la casa. Y mandarás á Penélope que venga acá
con sus criadas, y que se presenten asimismo todas las esclavas del
palacio.»
185 Respondióle su ama Euriclea: «Sí, hijo mío, es muy oportuno lo
que acabas de decir. Mas, ea, voy á traerte un manto y una túnica
para que te vistas y no permanezcas en tu palacio con los anchos
hombros cubiertos de harapos; que esto fuera reprensible.»
491 Contestóle el ingenioso Ulises: «Ante todo enciéndase fuego en
esta sala.»
492 Tal dijo; y no le desobedeció su ama Euriclea, pues le trajo
fuego y azufre. Acto seguido azufró Ulises la sala, las demás
habitaciones y el patio.
495 La vieja se fué por la hermosa mansión de Ulises á llamar á las
mujeres y mandarles que se presentaran. Pronto salieron del palacio
con hachas encendidas, rodearon á Ulises y le saludaron y abrazaron,
besándole la cabeza, los hombros y las manos que le tomaban con las
suyas; y un dulce deseo de llorar y de suspirar se apoderó del héroe,
pues en su alma las reconoció á todas.
[Ilustración: Penélope reconoce á Ulises]
CANTO XXIII
RECONOCIMIENTO DE ULISES POR PENÉLOPE
1 Muy alegre se encaminó la vieja á la estancia superior para decirle
á su señora que tenía dentro de la casa al amado esposo. Apenas
llegó, moviendo firmemente las rodillas y dando saltos con sus pies,
inclinóse sobre la cabeza de Penélope y le dijo estas palabras:
5 «Despierta, Penélope, hija querida, para ver con tus ojos lo
que anhelabas todos los días. Ya llegó Ulises, ya volvió á su
casa, aunque tarde, y ha muerto á los ilustres pretendientes que
contristaban el palacio, se comían los bienes y violentaban á tu
hijo.»
10 Respondióle la discreta Penélope: «¡Ama querida! Los dioses te han
trastornado el juicio; que ellos pueden entontecer al muy discreto
y dar prudencia al simple, y ahora te dañaron á ti cuyo espíritu
era tan sesudo. ¿Por qué haces fisga de mí, que padezco en el ánimo
multitud de pesares, refiriéndome embustes y despertándome del dulce
sueño que me tenía cuajada por haberse difundido sobre mis párpados?
No he descansado de semejante modo desde que Ulises se fué para ver
aquella Ilión perniciosa y nefanda. Mas, ea, torna á bajar y ocupa
tu sitio en el palacio: que si otra de mis mujeres viniese con tal
noticia á despertarme, pronto la mandara al interior de la casa de
vergonzosa manera; pero á ti la senectud te salva.»
25 Contestóle su ama Euriclea: «No me burlo, hija querida; es verdad
que vino Ulises y llegó á esta casa, como te lo cuento: era aquel
huésped á quien todos insultaban en el palacio. Tiempo ha sabía
Telémaco que se hallaba aquí; mas con prudente espíritu ocultó los
propósitos de su padre, para que pudiese castigar las violencias de
aquellos hombres orgullosos.»
32 Así habló. Alegróse Penélope y, saltando de la cama, abrazó á la
vieja, comenzó á destilar lágrimas de sus ojos, y dijo estas aladas
palabras:
35 «Pues, ea, ama querida, cuéntame la verdad: si es cierto que vino
á esta casa, como aseguras, y de qué manera logró poner las manos en
los desvergonzados pretendientes, estando él solo y hallándose los
demás siempre reunidos en el interior del palacio.»
39 Respondióle su ama Euriclea: «No lo he visto, no lo sé, tan
sólo percibí el suspirar de los que caían muertos; pues nosotras
permanecimos, llenas de pavor, en lo más hondo de la sólida
habitación con las puertas cerradas, hasta que tu hijo Telémaco fué
desde la sala y me llamó por orden de su padre. Hallé á Ulises de
pie entre los cadáveres, que estaban tendidos en el duro suelo, á su
alrededor, los unos encima de los otros: se te holgara el ánimo de
verle manchado de sangre y polvo, como un león. Ahora todos yacen
amontonados en la puerta del patio y Ulises ha encendido un gran
fuego, azufra la magnífica morada y me envió á llamarte. Sígueme,
pues, á fin de que ambos llenéis vuestro corazón de contento, ya
que padecisteis tantos males. Por fin se cumplió aquel gran deseo:
Ulises tornó vivo á su hogar, hallándoos á ti y á tu hijo; y á los
pretendientes, que lo ultrajaban, los ha castigado en su mismo
palacio.»
58 Contestóle la discreta Penélope: «¡Ama querida! No cantes aún
victoria, regocijándote con exceso. Bien sabes cuán grata nos fuera
su venida á todos los del palacio y especialmente á mí y al hijo que
engendramos; pero la noticia no es cierta como tú la das, sino que
alguno de los inmortales ha muerto á los ilustres pretendientes,
indignado de ver sus dolorosas injurias y sus malvadas acciones. Que
no respetaban á ningún hombre de la tierra, malo ó bueno, que á
ellos se llegara; y de ahí que, á causa de sus iniquidades, hayan
padecido tal infortunio. Pero la esperanza de volver murió lejos de
Acaya para Ulises, y éste también ha muerto.»
69 Respondióle en el acto su ama Euriclea: «¡Hija mía! ¡Qué palabras
se te escaparon del cerco de los dientes, al decir que jamás volverá
á esta casa tu marido, cuando ya está junto al hogar! Tu ánimo es
siempre incrédulo. Mas, ea, voy á revelarte otra señal manifiesta: la
cicatriz de la herida que le infirió un jabalí con su blanco diente.
La reconocí mientras le lavaba y quise decírtelo; pero él, con sagaz
previsión, me lo impidió tapándome la boca con sus manos. Sígueme;
que yo misma me doy en prenda y, si te engaño, me matas haciéndome
padecer la más deplorable de las muertes.»
80 Contestóle la discreta Penélope: «¡Ama querida! Por mucho que
sepas, difícil es que averigües los designios de los sempiternos
dioses. Mas, con todo, vayamos adonde está mi hijo, para que yo vea
muertos á mis pretendientes y á quien los ha matado.»
85 Dijo así; y bajó de la estancia superior, revolviendo en su
corazón muchas cosas: si interrogaría á su marido desde lejos, ó
si, acercándose á él, le besaría la cabeza y le tomaría las manos.
Después que entró en la sala, trasponiendo el lapídeo umbral,
fué á sentarse enfrente de Ulises, al resplandor del fuego, en
la pared opuesta; pues el héroe se hallaba sentado de espaldas á
una elevada columna, con la vista baja, esperando si le hablaría
su ilustre consorte así que en él pusiera los ojos. Mas Penélope
permaneció mucho tiempo sin desplegar los labios por tener el corazón
estupefacto: unas veces, mirándole fijamente á los ojos, veía que
aquél era realmente su aspecto; y otras no le reconocía á causa de
las miserables vestiduras que llevaba. Y Telémaco la increpó con
estas voces:
97 «¡Madre mía, no justa madre puesto que tienes un ánimo cruel! ¿Por
qué estás tan apartada de mi padre, en vez de sentarte á su vera, y
hacerle preguntas y enterarte de todo? Ninguna mujer se quedaría así,
con el ánimo firme, lejos de su esposo; cuando éste, después de pasar
tantos males, vuelve en el vigésimo año á la patria tierra. Pero tu
corazón ha sido siempre más duro que una roca.»
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