los argivos y á los buques que tienen en la playa. Obedezcamos ahora
á la noche sombría y ocupémonos en preparar la cena; desuncid de los
carros á los corceles de hermosas crines y echadles el pasto; traed
de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de vuestras casas pan y vino,
que alegra el corazón; amontonad abundante leña y encendamos muchas
hogueras que ardan hasta que despunte la aurora, hija de la mañana,
y cuyo resplandor llegue al cielo: no sea que los aqueos, de larga
cabellera, intenten huir esta noche por el ancho dorso del mar. Que
no se embarquen tranquilos y sin ser molestados; que alguno tenga que
curarse en su casa una lanzada ó un flechazo recibido al subir á la
nave, para que tema quien ose mover la luctuosa guerra á los teucros,
domadores de caballos. Los heraldos, caros á Júpiter, vayan á la
población y pregonen que los adolescentes y los ancianos de canosas
sienes se reunan en las torres que fueron construídas por las deidades
y circundan la ciudad; que las tímidas mujeres enciendan grandes
fogatas en sus respectivas casas, y que la guardia sea continua para
que los enemigos no entren insidiosamente en la ciudad mientras los
hombres estén fuera. Hágase como os lo encargo, magnánimos teucros.
Dichas quedan las palabras que al presente convienen; mañana os
arengaré de nuevo, troyanos domadores de caballos; y espero que, con la
protección de Júpiter y de las otras deidades, echaré de aquí á esos
perros rabiosos, traídos por el hado en los negros bajeles. Durante
la noche hagamos guardia nosotros mismos; y mañana, al comenzar del
día, tomaremos las armas para trabar vivo combate junto á las cóncavas
naves. Veré si el fuerte Diomedes Tidida me hace retroceder de los
bajeles al muro, ó si le mato con el bronce y me llevo sus cruentos
despojos. Mañana probará su valor, si me aguarda cuando le acometa con
la lanza; mas confío en que, así que salga el sol, caerá herido entre
los combatientes delanteros y con él muchos de sus camaradas. Así fuera
yo inmortal, no tuviera que envejecer y gozara de los mismos honores
que Minerva ó Apolo, como este día será funesto para los aquivos.»
542 De este modo arengó Héctor, y los teucros le aclamaron. Desuncieron
de los carros los sudosos corceles y atáronlos con correas; sacaron
de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de las casas pan y vino, que
alegra el corazón, y amontonaron abundante leña. Después ofrecieron
hecatombes perfectas á los inmortales, y los vientos llevaban de
la llanura al cielo el suave olor de la grasa quemada; pero los
bienaventurados dioses no quisieron aceptar la ofrenda, porque se les
había hecho odiosa la sagrada Ilión y Príamo y su pueblo armado con
lanzas de fresno.
553 Así, tan alentados, permanecieron toda la noche en el campo,
donde ardían numerosos fuegos. Como en noche de calma aparecen las
radiantes estrellas en torno de la fulgente luna, y se descubren los
promontorios, cimas y valles, porque en el cielo se ha abierto la vasta
región etérea, vense todos los astros, y al pastor se le alegra el
corazón: en tan gran número eran las hogueras que, encendidas por los
teucros, quemaban ante Ilión entre las naves y la corriente del Janto.
Mil fuegos ardían en la llanura, y en cada uno se agrupaban cincuenta
hombres á la luz de la ardiente llama. Y los caballos, comiendo cerca
de los carros avena y blanca cebada, esperaban la llegada de la Aurora,
la de hermoso trono.
[Ilustración: Ulises, Ayax y Fénix con dos heraldos son enviados por
Agamenón á la tienda de Aquiles, á fin de aplacarle]
CANTO IX
EMBAJADA Á AQUILES.--SÚPLICAS
1 Así los teucros guardaban el campo. De los aqueos habíase enseñoreado
la ingente Fuga, compañera del glacial Terror, y los más valientes
estaban agobiados por insufrible pesar. Como conmueven el ponto, en
peces abundante, los vientos Bóreas y Céfiro, soplando de improviso
desde la Tracia, y las negruzcas olas se levantan y arrojan á la orilla
muchas algas; de igual modo les palpitaba á los aquivos el corazón en
el pecho.
9 El Atrida, en gran dolor sumido el corazón, iba de un lado para
otro y mandaba á los heraldos de voz sonora que convocaran á junta,
nominalmente y en voz baja, á todos los capitanes, y también él los iba
llamando y trabajaba como los más diligentes. Los guerreros acudieron
afligidos. Levantóse Agamenón, llorando, como fuente profunda que desde
altísimo peñasco deja caer sus aguas sombrías; y despidiendo hondos
suspiros, habló á los argivos:
17 «¡Amigos, capitanes y príncipes de los argivos! En grave infortunio
envolvióme Júpiter. ¡Cruel! Me prometió y aseguró que no me iría sin
destruir la bien murada Ilión y todo ha sido funesto engaño; pues
ahora me manda regresar á Argos, sin gloria, después de haber perdido
tantos hombres. Así debe de ser grato al prepotente Júpiter, que ha
destruído las fortalezas de muchas ciudades y aún destruirá otras,
porque su poder es inmenso. Ea, obremos todos como voy á decir: Huyamos
en las naves á nuestra patria, pues ya no tomaremos á Troya, la de
anchas calles.»
29 En tales términos se expresó. Enmudecieron todos y permanecieron
callados. Largo tiempo duró el silencio de los afligidos aqueos, mas al
fin Diomedes, valiente en el combate, dijo:
32 «¡Atrida! Empezaré combatiéndote por tu imprudencia, como es
permitido hacerlo, oh rey, en las juntas; pero no te irrites. Poco
ha menospreciaste mi valor ante los dánaos, diciendo que soy cobarde
y débil; lo saben los argivos todos, jóvenes y viejos. Mas á ti el
hijo del artero Saturno de dos cosas te ha dado una: te concedió que
fueras honrado como nadie por el cetro, y te negó la fortaleza, que
es el mayor de los poderes. ¡Desgraciado! ¿Crees que los aqueos son
tan cobardes y débiles como dices? Si tu corazón te incita á regresar,
parte: delante tienes el camino y cerca del mar gran copia de naves que
desde Micenas te siguieron; pero los demás aqueos, de larga cabellera,
se quedarán hasta que destruyamos la ciudad de Troya. Y si también
éstos quieren irse, huyan en los bajeles á su patria; y nosotros dos,
Esténelo y yo, seguiremos peleando hasta que á Ilión le llegue su fin;
pues vinimos debajo del amparo de los dioses.»
50 Así habló; y todos los aqueos aplaudieron, admirados del discurso de
Diomedes, domador de caballos. Y el caballero Néstor se levantó y dijo:
53 «¡Tidida! Luchas con valor en el combate y superas en el consejo
á los de tu edad; ningún aquivo osará vituperar ni contradecir tu
discurso, pero no has llegado hasta el fin. Eres aún joven--por tus
años podrías ser mi hijo menor--y no obstante, dices cosas discretas
á los reyes argivos y has hablado como se debe. Pero yo, que me
vanaglorío de ser más viejo que tú, lo manifestaré y expondré todo;
y nadie despreciará mis palabras, ni siquiera el rey Agamenón. Sin
familia, sin ley y sin hogar debe de vivir quien apetece las horrendas
luchas intestinas. Ahora obedezcamos á la negra noche: preparemos la
cena y los guardias vigilen á orillas del cavado foso que corre al pie
del muro. Á los jóvenes se lo encargo; y tú, oh Atrida, mándalo, pues
eres el rey supremo. Ofrece después un banquete á los caudillos, que
esto es lo que te conviene y lo digno de ti. Tus tiendas están llenas
de vino que las naves aqueas traen continuamente de Tracia, dispones
de cuanto se requiere para recibir á aquéllos, é imperas sobre muchos
hombres. Una vez congregados, seguirás el parecer de quien te dé mejor
consejo; pues de uno bueno y prudente tienen necesidad los aqueos,
ahora que el enemigo enciende tal número de hogueras junto á las naves.
¿Quién lo verá con alegría? Esta noche se decidirá la ruina ó la
salvación del ejército.»
79 Tal dijo, y ellos le escucharon y obedecieron. Al punto se
apresuraron á salir con armas, para encargarse de la guardia,
Trasimedes Nestórida, pastor de hombres; Ascálafo y Yálmeno, hijos
de Marte; Meriones, Afareo, Deípiro y el divino Licomedes, hijo de
Creonte. Siete eran los capitanes, y cada uno mandaba cien mozos
provistos de luengas picas. Situáronse entre el foso y la muralla,
encendieron fuego, y todos sacaron su respectiva cena.
89 El Atrida llevó á su tienda á los príncipes aqueos, así que se
hubieron reunido, y les dió un espléndido banquete. Ellos alargaron
la diestra á los manjares que tenían delante, y cuando hubieron
satisfecho el deseo de comer y de beber, el anciano Néstor, cuya
opinión era considerada siempre como la mejor, empezó á aconsejarles; y
arengándoles con benevolencia, les dijo:
96 «¡Gloriosísimo Atrida! ¡Rey de hombres Agamenón! Por ti empezaré
y en ti acabaré; ya que reinas sobre muchos hombres y Júpiter te ha
dado cetro y leyes para que mires por los súbditos. Por esto debes
exponer tu opinión y oir la de los demás y aún llevarla á cumplimiento
cuando cualquiera, siguiendo los impulsos de su ánimo, proponga algo
bueno; que es atribución tuya ejecutar lo que se acuerde. Te diré
lo que considero más conveniente y nadie concebirá una idea mejor
que la que tuve y sigo teniendo, oh vástago de Júpiter, desde que,
contra mi parecer, te llevaste la joven Briseida de la tienda del
enojado Aquiles. Gran empeño puse en disuadirte, pero venció tu ánimo
fogoso y menospreciaste á un fortísimo varón honrado por los dioses,
arrebatándole la recompensa que todavía retienes. Veamos ahora si
podríamos aplacarle con agradables presentes y dulces palabras.»
114 Respondióle el rey de hombres Agamenón: «No has mentido, anciano,
al enumerar mis faltas. Obré mal, no lo niego; vale por muchos el
varón á quien Jove ama cordialmente; y ahora el dios, queriendo
honrar á Aquiles, ha causado la derrota de los aqueos. Mas, ya que le
falté, dejándome llevar por la funesta pasión, quiero aplacarle y
le ofrezco la multitud de espléndidos presentes que voy á enumerar:
Siete trípodes no puestos aún al fuego, diez talentos de oro, veinte
calderas relucientes y doce corceles robustos, premiados, que en la
carrera alcanzaron la victoria. No sería pobre ni carecería de precioso
oro quien tuviera los premios que tales caballos lograron. Le daré
también siete mujeres lesbias, hábiles en hacer primorosas labores,
que yo mismo escogí cuando tomó la bien construída Lesbos y que en
hermosura á las demás aventajaban. Con ellas le entregaré la hija de
Brises que le he quitado, y juraré solemnemente que jamás subí á su
lecho ni yací con la misma, como es costumbre entre hombres y mujeres.
Todo esto se le presentará en seguida; mas si los dioses nos permiten
destruir la gran ciudad de Príamo, entre en ella cuando los aqueos
partamos el botín, cargue abundantemente de oro y de bronce su nave y
elija las veinte troyanas que más hermosas sean después de la argiva
Helena. Y si conseguimos volver á los fértiles campos de Argos de
Acaya, será mi yerno y tendrá tantos honores como Orestes, mi hijo
menor, que se cría con mucho regalo. De las tres hijas que dejé en
el alcázar bien construído, Crisótemis, Laódice é Ifianasa, llévese
la que quiera, sin dotarla, á la casa de Peleo; que yo la dotaré tan
espléndidamente, como nadie haya dotado jamás á hija alguna: ofrezco
darle siete populosas ciudades--Cardámila, Énope, la herbosa Hira, la
divina Feras, Antea, la de los hermosos prados, la linda Epea y Pédaso,
en viñas abundante,--situadas todas junto al mar, en los confines de
la arenosa Pilos, y pobladas de hombres ricos en ganado y en bueyes,
que le honrarán con ofrendas como á una deidad y pagarán, regidos por
su cetro, crecidos tributos. Todo esto haría yo, con tal que depusiera
la cólera. Que se deje ablandar, pues por ser implacable é inexorable
es Plutón el dios más aborrecido de los mortales; y ceda á mi, que en
poder y edad de aventajarle me glorío.»
162 Contestó Néstor, caballero gerenio: «¡Gloriosísimo Atrida! ¡Rey
de hombres Agamenón! No son despreciables los regalos que ofreces al
rey Aquiles. Ea, elijamos esclarecidos varones que vayan á la tienda
del Pelida. Y si quieres, yo mismo los designaré y ellos obedezcan:
Fénix, caro á Júpiter, que será el jefe, el gran Ayax y el divino
Ulises, acompañados de los heraldos Odio y Euríbates. Dadnos agua á las
manos é imponed silencio, para rogar al Saturnio Jove que se apiade de
nosotros.»
173 Así dijo, y su discurso agradó á todos. Los heraldos dieron
aguamanos á los caudillos, y en seguida los mancebos, llenando las
crateras, distribuyeron el vino á todos los presentes después de
haber ofrecido en copas las primicias. Luego que lo libaron y cada
cual bebió cuanto quiso, salieron de la tienda de Agamenón Atrida. Y
Néstor, caballero gerenio, fijando sucesivamente los ojos en cada uno
de los elegidos, les recomendaba, y de un modo especial á Ulises, que
procuraran persuadir al eximio Pelida.
182 Fuéronse éstos por la orilla del estruendoso mar y dirigían muchos
ruegos á Neptuno, que ciñe la tierra, para que les resultara fácil
llevar la persuasión al altivo espíritu del Eácida. Cuando hubieron
llegado á las tiendas y naves de los mirmidones, hallaron al héroe
deleitándose con una hermosa lira labrada, de argénteo puente, que
cogiera de entre los despojos cuando destruyó la ciudad de Eetión; con
ella recreaba su ánimo, cantando hazañas de los hombres. Enfrente,
Patroclo, solo y callado, esperaba que el Eácida acabase de cantar.
Entraron aquéllos, precedidos por Ulises, y se detuvieron delante del
héroe; Aquiles, atónito, se alzó del asiento sin dejar la lira, y
Patroclo al verlos se levantó también. Aquiles, el de los pies ligeros,
tendióles la mano y dijo:
197 «¡Salud, amigos que llegáis! Grande debe de ser la necesidad
cuando venís vosotros, que sois para mí, aunque esté irritado, los más
queridos de los aqueos todos.»
199 En diciendo esto, el divino Aquiles les hizo sentar en sillas
provistas de purpúreos tapetes, y habló á Patroclo que estaba cerca de
él:
202 «¡Hijo de Menetio! Saca la cratera mayor, llénala del vino más
añejo y distribuye copas; pues están bajo mi techo los hombres que me
son más caros.»
205 Así dijo, y Patroclo obedeció al compañero amado. En un tajón que
acercó á la lumbre, puso los lomos de una oveja y de una pingüe cabra y
la grasa espalda de un suculento jabalí. Automedonte sujetaba la carne;
Aquiles, después de cortarla y dividirla, la clavaba en asadores; y
el hijo de Menetio, varón igual á un dios, encendía un gran fuego; y
luego, quemada la leña y muerta la llama, extendió las brasas, colocó
encima los asadores asegurándolos con piedras y sazonó la carne con la
divina sal. Cuando aquélla estuvo asada y servida en la mesa, Patroclo
repartió pan en hermosas canastillas; y Aquiles distribuyó la carne,
sentóse frente al divino Ulises, de espaldas á la pared, y ordenó á su
amigo que hiciera la ofrenda á los dioses. Patroclo echó las primicias
al fuego. Alargaron la diestra á los manjares que tenían delante, y
cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Ayax hizo una
seña á Fénix; y Ulises, al advertirlo, llenó su copa y brindó á Aquiles:
[Ilustración: ENTRARON, PRECEDIDOS POR ULISES; Y AQUILES, ATÓNITO, SE
LEVANTÓ DEL ASIENTO
(-Canto IX, versos 192 á 194.-)]
225 «¡Salve, Aquiles! De igual festín hemos disfrutado en la tienda
del Atrida Agamenón que ahora aquí, donde podríamos comer muchos y
agradables manjares; pero los placeres del delicioso banquete no nos
halagan porque tememos, oh alumno de Júpiter, que nos suceda una gran
desgracia: dudamos si nos será dado salvar ó perder las naves de muchos
bancos, si tú no te revistes de valor. Los orgullosos troyanos y sus
auxiliares venidos de lejas tierras, acampan junto al muro y dicen
que, como no podremos resistirles, asaltarán las negras naves; el
Saturnio Jove relampaguea haciéndoles favorables señales, y Héctor,
envanecido por su bravura y confiando en Júpiter, se muestra furioso,
no respeta á hombres ni á dioses, está poseído de cruel rabia, y pide
que aparezca pronto la divina Aurora, asegurando que ha de cortar
nuestras elevadas popas, quemar las naves con ardiente fuego, y matar
cerca de ellas á los aqueos aturdidos por el humo. Mucho teme mi alma
que los dioses cumplan sus amenazas y el destino haya dispuesto que
muramos en Troya, lejos de la Argólide, criadora de caballos. Ea,
levántate si deseas, aunque tarde, salvar á los aqueos, que están
acosados por los teucros. Á ti mismo te ha de pesar si no lo haces, y
no puede repararse el mal una vez causado; piensa, pues, cómo librarás
á los dánaos de tan funesto día. Amigo, tu padre Peleo te daba estos
consejos el día en que desde Ptía te envió á Agamenón: -¡Hijo mío! La
fortaleza, Minerva y Juno te la darán si quieren; tú refrena en el
pecho el natural fogoso--la benevolencia es preferible--y abstente de
perniciosas disputas para que seas más honrado por los argivos viejos
y mozos.- Así te amonestaba el anciano y tú lo olvidas. Cede ya y
depón la funesta cólera; pues Agamenón te ofrece dignos presentes si
renuncias á ella. Y si quieres, oye y te referiré cuanto Agamenón dijo
en su tienda que te daría: Siete trípodes no puestos aún al fuego,
diez talentos de oro, veinte calderas relucientes y doce corceles
robustos, premiados, que alcanzaron la victoria en la carrera. No sería
pobre ni carecería de precioso oro quien tuviera los premios que estos
caballos de Agamenón con sus pies lograron. Te dará también siete
mujeres lesbias, hábiles en hacer primorosas labores, que él mismo
escogió cuando tomaste la bien construída Lesbos y que en hermosura
á las demás aventajaban. Con ellas te entregará la hija de Brises,
que te ha quitado, y jurará solemnemente que jamás subió á su lecho
ni yació con la misma, como es costumbre, oh rey, entre hombres y
mujeres. Todo esto se te presentará en seguida; mas si los dioses nos
permiten destruir la gran ciudad de Príamo, entra en ella cuando los
aqueos partamos el botín, carga abundantemente de oro y de bronce tu
nave y elige las veinte troyanas que más hermosas sean después de
Helena. Y si conseguimos volver á los fértiles campos de Argos de
Acaya, serás su yerno y tendrás tantos honores como Orestes, su hijo
menor, que se cría con mucho regalo. De las tres hijas que dejó en
el palacio bien construído, Crisótemis, Laódice é Ifianasa, llévate
la que quieras, sin dotarla, á la casa de Peleo, que él la dotará
espléndidamente como nadie haya dotado jamás á hija alguna: ofrece
darte siete populosas ciudades--Cardámila, Énope, la herbosa Hira, la
divina Feras, Antea, la de los amenos prados, la linda Epea y Pédaso,
en viñas abundante,--situadas todas junto al mar, en los confines de
la arenosa Pilos, y pobladas de hombres ricos en ganado y en bueyes,
que te honrarán con ofrendas como á un dios y pagarán, regidos por tu
cetro, crecidos tributos. Todo esto haría, con tal que depusieras la
cólera. Y si el Atrida y sus regalos te son odiosos, apiádate de los
atribulados aqueos, que te venerarán como á un dios y conseguirás entre
ellos inmensa gloria. Ahora podrías matar á Héctor, que llevado de su
funesta rabia se acercará mucho á ti, pues dice que ninguno de los
dánaos que trajeron las naves en valor le iguala.»
307 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Laertíada, de jovial
linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Preciso es que os manifieste lo
que pienso hacer para que dejéis de importunarme unos por un lado y
otros por el opuesto. Me es tan odioso como las puertas del Orco quien
piensa una cosa y manifiesta otra. Diré, pues, lo que me parece mejor.
Creo que ni el Atrida Agamenón ni los dánaos lograrán convencerme, ya
que para nada se agradece el combatir siempre y sin descanso contra
el enemigo. La misma recompensa obtiene el que se queda en su tienda,
que el que pelea con bizarría; en igual consideración son tenidos el
cobarde y el valiente; y así muere el holgazán como el laborioso.
Ninguna ventaja me ha proporcionado sufrir tantos pesares y exponer mi
vida en el combate. Como el ave lleva á los implumes hijuelos la comida
que coge, privándose de ella, así yo pasé largas noches sin dormir y
días enteros entregado á la cruenta lucha con hombres que combatían
por sus esposas. Conquisté doce ciudades por mar y once por tierra
en la fértil región troyana; de todas saqué abundantes y preciosos
despojos que dí al Atrida, y éste, que se quedaba en las veleras naves,
recibiólos, repartió unos pocos y se guardó los restantes. Mas las
recompensas que Agamenón concediera á los reyes y caudillos siguen en
poder de éstos; y á mí, solo entre los aqueos, me quitó la dulce esposa
y la retiene aún: que goce durmiendo con ella. ¿Por qué los argivos han
tenido que mover guerra á los teucros? ¿Por qué el Atrida ha juntado
y traído el ejército? ¿No es por Helena, la de hermosa cabellera?
Pues ¿acaso son los Atridas los únicos hombres, de voz articulada,
que aman á sus esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere y cuida
á la suya, y yo apreciaba cordialmente á la mía, aunque la había
adquirido por medio de la lanza. Ya que me defraudó, arrebatándome de
las manos la recompensa, no me tiente; le conozco y no me persuadirá.
Delibere contigo, Ulises, y con los demás reyes cómo podrá librar á las
naves del fuego enemigo. Muchas cosas ha hecho ya sin mi ayuda, pues
construyó un muro, abriendo á su pie ancho y profundo foso que defiende
una empalizada; mas ni con esto puede contener el arrojo de Héctor,
matador de hombres. Mientras combatí por los aqueos, jamás quiso Héctor
que la pelea se trabara lejos de la muralla; sólo llegaba á las puertas
Esceas y á la encina; y una vez que allí me aguardó, costóle trabajo
salvarse de mi acometida. Y puesto que ya no deseo guerrear contra el
divino Héctor, mañana, después de ofrecer sacrificios á Júpiter y á los
demás dioses, botaré al mar los cargados bajeles, y verás, si quieres
y te interesa, mis naves surcando el Helesponto, en peces abundoso,
y en ellas hombres que remarán gustosos; y si el glorioso Neptuno
me concede una feliz navegación, al tercer día llegaré á la fértil
Ptía. En ella dejé muchas cosas cuando en mal hora vine, y de aquí
me llevaré oro, rojizo bronce, mujeres de hermosa cintura y luciente
hierro, que por suerte me tocaron; ya que el rey Agamenón Atrida,
insultándome, me ha quitado la recompensa que él mismo me diera.
Decídselo públicamente, os lo encargo, para que los aqueos se indignen,
si con su habitual impudencia pretendiese engañar á algún otro dánao.
No se atrevería, por desvergonzado que sea, á mirarme cara á cara;
con él no deliberaré ni haré cosa alguna, y si me engañó y ofendió,
ya no me embaucará más con sus palabras; séale esto bastante y corra
tranquilo á su perdición, puesto que el próvido Júpiter le ha quitado
el juicio. Sus presentes me son odiosos, y hago tanto caso de él como
de un cabello. Aunque me diera diez ó veinte veces más de lo que posee
ó de lo que á poseer llegare, ó cuanto entra en Orcómeno, ó en Tebas de
Egipto, cuyas casas guardan muchas riquezas--cien puertas dan ingreso
á la ciudad y por cada una pasan diariamente doscientos hombres con
caballos y carros,--ó tanto, cuantas son las arenas ó los granos de
polvo, ni aun así aplacaría Agamenón mi enojo, si antes no me pagaba la
dolorosa afrenta. No me casaré con la hija de Agamenón Atrida, aunque
en hermosura rivalice con la dorada Venus y en labores compita con
Minerva; ni siendo así me desposaré con ella; elija aquel otro aqueo
que le convenga y sea rey más poderoso. Si salvándome los dioses,
vuelvo á mi casa, el mismo Peleo me buscará consorte. Gran número de
aqueas hay en la Hélade y en Ptía, hijas de príncipes que gobiernan las
ciudades; la que yo quiera, será mi mujer. Mucho me aconseja mi corazón
varonil que tome legítima esposa, digna cónyuge mía, y goce allá de las
riquezas adquiridas por el anciano Peleo; pues no creo que valga lo que
la vida ni cuanto dicen que se encerraba en la populosa ciudad de Ilión
en tiempo de paz, antes que vinieran los aqueos, ni cuanto contiene el
lapídeo templo del flechador Apolo en la rocosa Pito. Se pueden apresar
los bueyes y las pingües ovejas, se pueden adquirir los trípodes y los
tostados alazanes; pero no es posible prender ni coger el alma humana
para que vuelva, una vez ha salvado la barrera que forman los dientes.
Mi madre, la diosa Tetis, de argentados pies, dice que el hado ha
dispuesto que mi vida acabe de una de estas dos maneras: Si me quedo á
combatir en torno de la ciudad troyana, no volveré á la patria, pero
mi gloria será inmortal; si regreso, perderé la ínclita fama, pero
mi vida será larga, pues la muerte no me sorprenderá tan pronto. Yo
aconsejo que todos se embarquen y vuelvan á sus hogares, porque ya
no conseguiréis arruinar la excelsa Ilión: el longividente Júpiter
extendió el brazo sobre ella y sus hombres están llenos de confianza.
Vosotros llevad la respuesta á los príncipes aqueos--que esta es la
misión de los legados,--á fin de que busquen otro medio de salvar las
naves y á los aqueos que hay á su alrededor, pues aquel en que pensaron
no puede emplearse mientras subsista mi enojo. Y Fénix quédese con
nosotros, acuéstese y mañana volverá conmigo á la patria tierra, si así
lo desea, que no he de llevarle á viva fuerza.»
430 Dió fin á su habla, y todos enmudecieron, asombrados de oirle; pues
fué mucha la vehemencia con que se negara. Y el anciano jinete Fénix,
que sentía gran temor por las naves aqueas, dijo después de un buen
rato y saltándole las lágrimas:
434 «Si piensas en el regreso, preclaro Aquiles, y te niegas en
absoluto á defender del voraz fuego las veleras naves, porque la
ira anidó en tu corazón, ¿cómo podría quedarme solo y sin ti, hijo
querido? El anciano jinete Peleo quiso que yo te acompañase cuando
te envió desde Ptía á Agamenón, todavía niño y sin experiencia de la
funesta guerra ni de las juntas donde los varones se hacen ilustres;
y me mandó que te enseñara á hablar bien y á realizar grandes hechos.
Por esto, hijo querido, no querría verme abandonado de ti, aunque un
dios en persona me prometiera rasparme la vejez y dejarme tan joven
como cuando salí de la Hélade, de lindas mujeres, huyendo de las
imprecaciones de Amíntor Orménida, mi padre, que se irritó conmigo
por una concubina de hermosa cabellera, á quien amaba con ofensa de
su esposa y madre mía. Ésta me suplicaba continuamente, abrazando mis
rodillas, que yaciera con la concubina para que aborreciese al anciano.
Quise obedecerla y lo hice; mi padre, que no tardó en conocerlo, me
maldijo repetidas veces, pidió á las horrendas Furias que jamás pudiera
sentarse en sus rodillas un hijo mío, y el Júpiter del infierno y la
terrible Proserpina ratificaron sus imprecaciones. Estuve por matar
á mi padre con el agudo bronce; mas algún inmortal calmó mi cólera,
haciéndome pensar en la fama y en los reproches de los hombres, á fin
de que no fuese llamado parricida por los aqueos. Pero ya no tenía
ánimo para vivir en el palacio con mi padre enojado. Amigos y deudos
querían retenerme allí y me dirigían insistentes súplicas: degollaron
gran copia de pingües ovejas y de bueyes de tornátiles pies y curvas
astas; pusieron á asar muchos puercos grasos sobre la llama de Vulcano;
bebióse buena parte del vino que las tinajas del anciano contenían; y
nueve noches seguidas durmieron aquéllos á mi lado, vigilándome por
turno y teniendo encendidas dos hogueras, una en el pórtico del bien
cercado patio y otra en el vestíbulo ante la puerta de la habitación.
Al llegar por décima vez la tenebrosa noche, salí del aposento
rompiendo las tablas fuertemente unidas de la puerta; salté con
facilidad el muro del patio, sin que mis guardianes ni las sirvientas
lo advirtieran, y huyendo por la espaciosa Hélade, llegué á la fértil
Ptía, madre de ovejas. El rey Peleo me acogió benévolo; me amó como
debe de amar un padre al hijo unigénito que tenga en la vejez, viviendo
en la opulencia; enriquecióme y púsome al frente de numeroso pueblo,
y desde entonces viví en un confín de la Ptía, reinando sobre los
dólopes. Y te crié hasta hacerte cual eres, oh Aquiles semejante á los
dioses, con cordial cariño; y tú ni querías ir con otro al banquete,
ni comer en el palacio, hasta que, sentándote en mis rodillas, te
saciaba de carne cortada en pedacitos y te acercaba el vino. ¡Cuántas
veces durante la molesta infancia me manchaste la túnica en el pecho
con el vino que devolvías! Mucho padecí y trabajé por tu causa, y
considerando que los dioses no me habían dado descendencia, te adopté
por hijo para que un día me librases del cruel infortunio. Pero,
Aquiles, refrena tu ánimo fogoso; no conviene que tengas un corazón
despiadado, cuando los dioses mismos se dejan aplacar, no obstante su
mayor virtud, dignidad y poder. Con sacrificios, votos agradables,
libaciones y vapor de grasa quemada, los desenojan cuantos infringieron
su ley y pecaron. Pues las Súplicas son hijas del gran Jove y aunque
cojas, arrugadas y bizcas, cuidan de ir tras de Ate: ésta es robusta,
de pies ligeros, y por lo mismo se adelanta, y recorriendo la tierra,
ofende á los hombres: y aquéllas reparan luego el daño causado. Quien
acata á las hijas de Júpiter cuando se le presentan, consigue gran
provecho y es por ellas atendido si alguna vez tiene que invocarlas.
Mas si alguien las desatiende y se obstina en rechazarlas, se dirigen
á Jove y le piden que Ate acompañe siempre á aquél para que con el
daño sufra la pena. Concede tú también á las hijas de Júpiter, oh
Aquiles, la debida consideración, por la cual el espíritu de otros
valientes se aplacó. Si el Atrida no te brindara esos presentes, ni te
hiciera otros ofrecimientos para lo futuro, y conservara pertinazmente
su cólera, no te exhortaría á que, deponiendo la ira, socorrieras á
los argivos, aunque es grande la necesidad en que se hallan. Pero te
da muchas cosas, te promete más y te envía, para que por él rueguen,
varones excelentes, escogiendo en el ejército aqueo los argivos que
te son más caros. No desprecies las palabras de éstos, ni dejes sin
efecto su venida, ya que no se te puede reprochar que antes estuvieras
irritado. Todos hemos oído contar hazañas de los héroes de antaño, y
sabemos que cuando estaban poseídos de feroz cólera eran placables con
dones y exorables á los ruegos. Recuerdo lo que pasó en cierto caso, no
reciente, sino antiguo, y os lo voy á referir, amigos míos. Curetes y
bravos etolos combatían en torno de Calidón y unos á otros se mataban,
defendiendo aquéllos su hermosa ciudad y deseando éstos asolarla por
medio de las armas. Había promovido esta contienda Diana, la de áureo
trono, enojada porque Eneo no le dedicó los sacrificios de la siega en
el fértil campo: los otros dioses regaláronse con las hecatombes, y
sólo á la hija del gran Júpiter dejó aquél de ofrecerlas, por olvido ó
por inadvertencia, cometiendo una gran falta. Airada la deidad que se
complace en tirar flechas, hizo aparecer un jabalí, de albos dientes,
que causó gran destrozo en el campo de Eneo, desarraigando altísimos
árboles y echándolos por tierra cuando ya con la flor prometían el
fruto. Al fin lo mató Meleagro, hijo de Eneo, ayudado por cazadores
y perros de muchas ciudades--pues no era posible vencerle con poca
gente, ¡tan corpulento era!, y ya á muchos los había hecho subir á
la triste pira,--y la diosa suscitó entonces una clamorosa contienda
entre los curetes y los magnánimos aqueos por la cabeza y la hirsuta
piel del jabalí. Mientras Meleagro, caro á Marte, combatió, les fué
mal á los curetes, que no podían, á pesar de ser tantos, acercarse á
los muros. Pero el héroe, irritado con su madre Altea, se dejó dominar
por la cólera que perturba la mente de los más cuerdos y se quedó en
el palacio con su linda esposa Cleopatra, hija de Marpesa Evenina,
la de hermosos pies, y de Idas, el más fuerte de los hombres que
entonces poblaban la tierra. (Atrevióse Idas á armar el arco contra
Febo Apolo, para recobrar la esposa que el dios le robara; y desde
entonces pusiéronle á Cleopatra sus padres el sobrenombre de Alcione,
porque la venerable madre, sufriendo la triste suerte de Alción,
deshacíase en lágrimas mientras el flechador Febo Apolo se la llevaba.)
Retirado, pues, con su esposa, devoraba Meleagro la acerba cólera que
le causaran las imprecaciones de su madre; la cual, acongojada por la
muerte violenta de un hermano, oraba á los dioses, y puesta de rodillas
y con el seno bañado en lágrimas, golpeaba el fértil suelo invocando á
Plutón y á la terrible Proserpina para que dieran muerte á su hijo. La
Furia, que vaga en las tinieblas y tiene un corazón inexorable, la oyó
desde el Érebo, y en seguida creció el tumulto y la gritería ante las
puertas de la ciudad, las torres fueron atacadas y los etolos ancianos
enviaron á los eximios sacerdotes de los dioses para que suplicaran
á Meleagro que saliera á defenderlos, ofreciéndole un rico presente:
donde el suelo de la amena Calidón fuera más fértil, escogería él
mismo un hermoso campo de cincuenta yugadas, mitad viña y mitad tierra
labrantía. Presentóse también en el umbral del alto aposento el
anciano jinete Eneo; y llamando á la puerta, dirigió á su hijo muchas
súplicas. Rogáronle asimismo sus hermanas y su venerable madre. Pero
él se negaba cada vez más. Acudieron sus mejores y más caros amigos,
y tampoco consiguieron mover su corazón, ni persuadirle á que no
aguardara, para salir del cuarto, á que llegaran hasta él los enemigos.
Y los curetes escalaron las torres y empezaron á pegar fuego á la gran
ciudad. Entonces la esposa, de bella cintura, instó á Meleagro llorando
y refiriéndole las desgracias que padecen los hombres, cuya ciudad
sucumbe: Matan á los varones, le decía; el fuego destruye la ciudad,
y son reducidos á la esclavitud los niños y las mujeres de estrecha
cintura. Meleagro, al oir estas palabras, sintió que se le conmovía el
corazón; y dejándose llevar por su ánimo, vistió las lucientes armas y
libró del funesto día á los etolos; pero ya no le dieron los muchos y
hermosos presentes, á pesar de haberlos salvado de la ruina. Y ahora
tú, amigo, no pienses de igual manera, ni un dios te induzca á obrar
así; será peor que difieras el socorro para cuando las naves sean
incendiadas; ve, pues, por los presentes, y los aqueos te venerarán
como á un dios, porque si intervinieres en la homicida guerra cuando ya
no te ofrezcan dones, no alcanzarás tanta honra aunque rechaces á los
enemigos.»
606 Respondióle Aquiles, ligero de pies: «¡Fénix, anciano padre, alumno
de Jove! Para nada necesito tal honor; y espero que si Júpiter quiere,
seré honrado en las cóncavas naves mientras la respiración no falte
á mi pecho y mis rodillas se muevan. Otra cosa voy á decirte, que
grabarás en tu memoria: No me conturbes el ánimo con llanto y gemidos
para complacer al héroe Atrida, á quien no debes querer si deseas que
el afecto que te profeso no se convierta en odio; mejor es que aflijas
conmigo á quien me aflige. Ejerce el mando conmigo y comparte mis
honores. Esos llevarán la respuesta, tú quédate y acuéstate en blanda
cama, y al despuntar la aurora determinaremos si nos conviene regresar
á nuestros hogares ó quedarnos aquí todavía.»
620 Dijo, y ordenó á Patroclo, haciéndole con las cejas silenciosa
señal, que dispusiera una mullida cama para Fénix, á fin de que los
demás pensaran en salir cuanto antes de la tienda. Y Ayax Telamónida,
igual á un dios, habló diciendo:
624 «¡Laertíada, del linaje de Jove! ¡Ulises, fecundo en recursos!
¡Vámonos! No espero lograr nuestro propósito por este camino, y hemos
de anunciar la respuesta, aunque sea desfavorable, á los dánaos que
están aguardando. Aquiles tiene en su pecho un corazón orgulloso y
salvaje. ¡Cruel! En nada aprecia la amistad de sus compañeros, con la
cual le honrábamos en el campamento más que á otro alguno. ¡Despiadado!
Por la muerte del hermano ó del hijo se recibe una compensación; y una
vez pagada, el matador se queda en el pueblo, y el corazón y el ánimo
airado del ofendido se apaciguan; y á ti los dioses te han llenado el
pecho de implacable y feroz rencor por una sola joven. Siete excelentes
te ofrecemos hoy y otras muchas cosas; séanos tu corazón propicio y
respeta tu morada, pues estamos bajo tu techo enviados por el ejército
dánao, y anhelamos ser para ti los más apreciados y los más amigos de
los aqueos todos.»
643 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Ayax Telamonio, de
jovial linaje, príncipe de hombres! Creo que has dicho lo que sientes,
pero mi corazón se enciende en ira cuando me acuerdo del menosprecio
con que el Atrida me trató ante los argivos, cual si yo fuera un
miserable advenedizo. Id y publicad mi respuesta: No me ocuparé en la
cruenta guerra hasta que el hijo del aguerrido Príamo, Héctor divino,
llegue matando argivos á las tiendas y naves de los mirmidones y las
incendie. Creo que Héctor, aunque esté enardecido, se abstendrá de
combatir tan pronto como se acerque á mi tienda y á mi negra nave.»
656 Así dijo. Cada uno tomó una copa doble; y hecha la libación, los
enviados, con Ulises á su frente, regresaron á las naves. Patroclo
ordenó á sus compañeros y á las esclavas que aderezaran al momento una
mullida cama para Fénix; y ellas, obedeciendo el mandato, hiciéronla
con pieles de oveja, teñida colcha y finísima cubierta del mejor lino.
Allí descansó el viejo, aguardando la divina Aurora. Aquiles durmió
en lo más retirado de la sólida tienda con una mujer que trajera de
Lesbos: con Diomeda, hija de Forbante, la de hermosas mejillas. Y
Patroclo se acostó junto á la pared opuesta, teniendo á su lado á
Ifis, la de bella cintura, que le regalara Aquiles al tomar la excelsa
Esciro, ciudad de Enieo.
669 Cuando los enviados llegaron á la tienda del Atrida, los aqueos,
puestos en pie, les presentaban áureas copas y les hacían preguntas. Y
el rey de hombres Agamenón les interrogó diciendo:
673 «¡Ea! Dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos. ¿Quiere
librar á las naves del fuego enemigo, ó se niega porque su corazón
soberbio se halla aún dominado por la cólera?»
676 Contestó el paciente divino Ulises: «¡Gloriosísimo Atrida, rey de
hombres Agamenón! No quiere aquél deponer la cólera, sino que en ira
más se enciende. Te desprecia á ti y tus dones. Manda que deliberes con
los argivos cómo podrás salvar las naves y al pueblo aqueo, dice en son
de amenaza que botará al mar sus corvos bajeles, de muchos bancos, al
descubrirse la nueva aurora, y aconseja que los demás se embarquen y
vuelvan á sus hogares, porque ya no conseguiréis arruinar la excelsa
Ilión: el longividente Júpiter extendió el brazo sobre ella, y sus
hombres están llenos de confianza. Así dijo, como pueden referirlo
éstos que fueron conmigo: Ayax y los dos prudentes heraldos. El
anciano Fénix se acostó allí por orden de aquél, para que mañana vuelva
á la patria tierra, si así lo desea, porque no ha de llevarle á viva
fuerza.»
693 Así habló, y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues era
muy grave lo que acababa de decir. Largo rato duró el silencio de los
afligidos aqueos; mas al fin exclamó Diomedes, valiente en el combate:
697 «¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres Agamenón! No debiste rogar
al eximio Pelida, ni ofrecerle innumerables regalos; ya era altivo, y
ahora has dado pábulo á su soberbia. Pero dejémosle, ya se vaya, ya se
quede: volverá á combatir cuando el corazón que tiene en el pecho se
lo ordene, ó un dios le incite. Ea, obremos todos como voy á decir.
Acostaos después de satisfacer los deseos de vuestro corazón comiendo
y bebiendo vino, pues esto da fuerza y vigor. Y cuando aparezca la
bella Aurora de rosados dedos, haz que se reunan junto á las naves los
hombres y los carros, exhorta á la tropa y pelea en primera fila.»
710 Tales fueron sus palabras, que todos los reyes aplaudieron,
admirados del discurso de Diomedes, domador de caballos. Y hechas las
libaciones, volvieron á sus respectivas tiendas, acostáronse y el don
del sueño recibieron.
[Ilustración: Ulises y Diomedes, después de matar á Reso y á otros
tracios, vuelven al campamento griego con los caballos que les han
quitado]
CANTO X
DOLONÍA
1 Los príncipes aqueos durmieron toda la noche, vencidos por plácido
sueño; mas no probó sus dulzuras el Atrida Agamenón, pastor de hombres,
porque en su mente revolvía muchas cosas. Como el esposo de Juno, la de
hermosa cabellera, relampaguea cuando prepara una lluvia torrencial,
el granizo ó una nevada que cubra los campos, ó quiere abrir en alguna
parte la boca inmensa de la amarga guerra; así, tan frecuentemente,
se escapaban del pecho de Agamenón los suspiros, que salían de lo más
hondo de su corazón, y le temblaban las entrañas. Cuando fijaba la
vista en el campo teucro, pasmábanle las numerosas hogueras que ardían
delante de Ilión, los sones de las flautas y zampoñas y el bullicio
de la gente; mas cuando á las naves y al ejército aqueo la volvía,
arrancábase furioso los cabellos, alzando los ojos á Júpiter, que mora
en lo alto, y su generoso corazón lanzaba grandes gemidos. Al fin,
creyendo que la mejor resolución sería acudir á Néstor Nelida, el más
ilustre de los hombres, por si entrambos hallaban un medio que librara
de la desgracia á todos los dánaos, levantóse, vistió la túnica, calzó
los blancos pies con hermosas sandalias, echóse una rojiza piel de
corpulento y fogoso león, que le llegaba hasta los pies, y asió la
lanza.
25 También Menelao estaba poseído de terror y no conseguía que se
posara el sueño en sus párpados, temiendo que les ocurriese algún
percance á los aqueos que por él habían llegado á Troya, atravesando
el vasto mar, y promovido tan audaz guerra. Cubrió sus anchas espaldas
con la manchada piel de un leopardo; púsose luego el casco de bronce, y
tomando en la robusta mano una lanza, fué á despertar á Agamenón, que
imperaba poderosamente sobre los argivos todos y era venerado por el
pueblo como un dios. Hallóle junto á la popa de su nave, vistiendo la
magnífica armadura. Grata le fué á éste su venida. Y Menelao, valiente
en el combate, habló el primero diciendo:
37 «¿Por qué, hermano querido, tomas las armas? ¿Acaso deseas persuadir
á algún compañero para que vaya como explorador al campo teucro? Mucho
temo que nadie se ofrezca á prestarte este servicio de ir solo durante
la divina noche á espiar al enemigo, porque para ello se requiere un
corazón muy osado.»
42 Respondióle el rey Agamenón: «Ambos, oh Menelao, alumno de Júpiter,
tenemos necesidad de un prudente consejo para defender y salvar á
los argivos y las naves, pues la mente de Jove ha cambiado, y en la
actualidad le son más aceptos los sacrificios de Héctor. Jamás he visto
ni oído decir que un hombre realizara en solo un día tantas proezas
como ha hecho Héctor, caro á Júpiter, contra los aqueos, sin ser hijo
de un dios ni de una diosa. De sus hazañas se acordarán los argivos
mucho y largo tiempo. ¡Tanto daño ha causado á los aqueos! Ahora,
anda, encamínate corriendo á las naves y llama á Ayax y á Idomeneo;
mientras voy en busca del divino Néstor y le pido que se levante, vaya
con nosotros al sagrado escuadrón de los guardias y les dé órdenes.
Obedeceránle más que á nadie, puesto que los manda su hijo junto con
Meriones, servidor de Idomeneo. Á entrambos les hemos confiado de un
modo especial esta tarea.
60 Dijo entonces Menelao, valiente en el combate: «¿Cómo me encargas y
ordenas que lo haga? ¿Me quedaré con ellos y te aguardaré allí, ó he de
volver corriendo cuando les haya participado tu mandato?»
64 Contestó el rey de hombres Agamenón: «Quédate allí; no sea que
luego no podamos encontrarnos, porque son muchas las sendas que hay á
través del ejército. Levanta la voz por donde pasares y recomienda la
vigilancia, llamando á cada uno por su nombre paterno y ensalzándolos
á todos. No te muestres soberbio. Trabajemos también nosotros, ya que
cuando nacimos Júpiter nos condenó á padecer tamaños infortunios.»
72 Esto dicho, despidió al hermano bien instruído ya, y fué en busca
de Néstor, pastor de hombres. Hallóle en su pabellón, junto á la
negra nave, acostado en blanda cama. Á un lado veíanse diferentes
armas--el escudo, dos lanzas, el luciente yelmo,--y el labrado bálteo
con que se ceñía el anciano siempre que, como caudillo de su gente, se
armaba para ir al homicida combate; pues aún no se rendía á la triste
vejez. Incorporóse Néstor, apoyándose en el codo, alzó la cabeza, y
dirigiéndose al Atrida le interrogó con estas palabras:
82 «¿Quién eres tú que vas solo por el ejército y los navíos, durante
la tenebrosa noche, cuando duermen los demás mortales? ¿Buscas acaso á
algún centinela ó compañero? Habla. No te acerques sin responder. ¿Qué
deseas?»
86 Respondióle el rey de hombres Agamenón: «¡Néstor Nelida, gloria
insigne de los aqueos! Reconoce al Atrida Agamenón, á quien Jove envía
y seguirá enviando sin cesar más trabajos que á nadie, mientras la
respiración no le falte á mi pecho y mis rodillas se muevan. Vagando
voy; pues, preocupado por la guerra y las calamidades que padecen los
aqueos, no consigo que el dulce sueño me cierre los ojos. Mucho temo
por los dánaos; mi ánimo no está tranquilo, sino sumamente inquieto;
el corazón se me arranca del pecho y tiemblan mis robustos miembros.
Pero si quieres ocuparte en algo, ya que tampoco conciliaste el sueño,
bajemos á ver los centinelas; no sea que, vencidos del trabajo y del
sueño, se hayan dormido, dejando la guardia abandonada. Los enemigos se
hallan cerca, y no sabemos si habrán decidido acometernos esta noche.»
102 Contestó Néstor, caballero gerenio: «¡Glorioso Atrida, rey de
hombres Agamenón! Á Héctor no le cumplirá el próvido Júpiter todos sus
deseos, como él espera; y creo que mayores trabajos habrá de padecer
aún si Aquiles depone de su corazón el enojo funesto. Iré contigo y
despertaremos á los demás: al Tidida, famoso por su lanza, á Ulises,
al veloz Ayax de Oileo y al esforzado hijo de Fileo. Alguien podría ir
á llamar al deiforme Ayax Telamonio y al rey Idomeneo, pues sus naves
no están cerca, sino muy lejos. Y reprenderé á Menelao por amigo y
respetable que sea y aunque tú te enfades, y no callaré que duerme y te
ha dejado á ti el trabajo. Debía ocuparse en suplicar á los príncipes
todos, pues el peligro que corremos es terrible.»
119 Dijo el rey de hombres Agamenón: «¡Anciano! Otras veces te exhorté
á que le riñeras, pues á menudo es indolente y no quiere trabajar; no
por pereza ó escasez de talento, sino porque volviendo los ojos hacia
mí, aguarda mi impulso. Mas hoy se levantó mucho antes que yo mismo,
presentóseme y le envié á llamar á aquéllos de que acabas de hablar.
Vayamos y los hallaremos delante de las puertas, con la guardia; pues
allí es donde les dije que se reunieran.»
128 Respondió Néstor, caballero gerenio: «De esta manera, ninguno de
los argivos se irritará contra él, ni le desobedecerá, cuando los
exhorte ó les ordene algo.»
131 Apenas hubo dicho estas palabras, abrigó el pecho con la túnica,
calzó los blancos pies con hermosas sandalias, y abrochóse un manto
purpúreo, doble, amplio, adornado con lanosa felpa. Asió la fuerte
lanza, cuya aguzada punta era de bronce, y se encaminó á las naves de
los aqueos, de broncíneas lorigas. El primero á quien despertó Néstor,
caballero gerenio, fué Ulises que en prudencia igualaba á Júpiter.
Llamóle gritando, su voz llegó á oídos del héroe, y éste salió de la
tienda y dijo:
141 «¿Por qué andáis vagando así, por las naves y el ejército, solos,
durante la noche inmortal? ¿Qué urgente necesidad se ha presentado?»
143 Respondió Néstor, caballero gerenio: «¡Laertíada, de jovial linaje!
¡Ulises, fecundo en recursos! No te enojes, porque es muy grande el
pesar que abruma á los aquivos. Síguenos y llamaremos á quien convenga,
para tomar acuerdo sobre si es preciso fugarnos ó combatir todavía.»
148 Tal dijo. El ingenioso Ulises, entrando en la tienda, colgó de sus
hombros el labrado escudo y se juntó con ellos. Fueron en busca de
Diomedes Tidida, y le hallaron delante de su pabellón con la armadura
puesta. Sus compañeros dormían alrededor de él, con las cabezas
apoyadas en los escudos y las lanzas clavadas por el regatón en tierra;
el bronce de las puntas lucía á lo lejos como un relámpago del padre
Júpiter. El héroe descansaba sobre una piel de toro montaraz, teniendo
debajo de la cabeza un espléndido tapete. Néstor, caballero gerenio, se
detuvo á su lado, le movió con el pie para que despertara, y le daba
prisa, increpándole de esta manera:
159 «¡Levántate, hijo de Tideo! ¿Cómo duermes á sueño suelto toda
la noche? ¿No sabes que los teucros acampan en una eminencia de la
llanura, cerca de las naves, y que solamente un corto espacio los
separa de nosotros?»
162 De esta suerte habló. Y aquél, recordando en seguida del sueño,
dijo estas aladas palabras:
164 «Eres infatigable, anciano, y nunca dejas de trabajar. ¿Por ventura
no hay otros aqueos más jóvenes, que vayan por el campo y despierten á
los reyes? ¡No se puede contigo, anciano!»
168 Respondióle Néstor, caballero gerenio: «Sí, hijo, oportuno es
cuanto acabas de decir. Tengo hijos excelentes y muchos hombres que
podrían ir á llamarlos, pero es muy grande el peligro en que se hallan
los aqueos: en el filo de una navaja están ahora la triste muerte y la
salvación de todos. Ve y haz levantar al veloz Ayax y al hijo de Fileo,
ya que eres más joven y de mí te compadeces.»
177 Dijo. Diomedes cubrió sus hombros con una piel talar de corpulento
y fogoso león, tomó la lanza, fué á despertar á aquéllos y se los llevó
consigo.
180 Cuando llegaron al escuadrón de los guardias, no encontraron á sus
jefes dormidos, pues todos estaban alerta y sobre las armas. Como los
canes que guardan las ovejas de un establo y sienten venir del monte,
á través de la selva, una terrible fiera con gran clamoreo de hombres
y perros, se ponen inquietos y ya no pueden dormir; así el dulce sueño
huía de los párpados de los que hacían guardia en tan mala noche, pues
miraban siempre hacia la llanura y acechaban si los teucros iban á
atacarlos. El anciano viólos, alegróse, y para animarlos profirió estas
aladas palabras:
192 «¡Vigilad así, hijos míos! No sea que alguno se deje vencer del
sueño y demos ocasión para que el enemigo se regocije.»
194 Dijo, y atravesó el foso. Siguiéronle los reyes argivos que habían
sido llamados al consejo, y además Meriones y el preclaro hijo del
anciano porque aquéllos los invitaron á deliberar. Pasado el foso,
sentáronse en un lugar limpio donde el suelo no aparecía cubierto de
cadáveres: allí habíase vuelto el impetuoso Héctor, después de causar
gran estrago á los argivos, cuando la noche los cubrió con su manto.
Acomodados en aquel sitio, conversaban; y Néstor, caballero gerenio,
comenzó á hablar diciendo:
204 «¡Oh amigos! ¿No habrá nadie que, confiando en su ánimo audaz, vaya
al campamento de los magnánimos teucros? Quizás hiciera prisionero á
algún enemigo que ande cerca del ejército, ó averiguara, oyendo algún
rumor, lo que los teucros han decidido: si desean quedarse aquí, cerca
de las naves, ó volverán á la ciudad cuando hayan vencido á los aqueos.
Si se enterara de esto y regresara incólume, sería grande su gloria
debajo del cielo y entre los hombres todos, y tendría una hermosa
recompensa: cada jefe de los que mandan en las naves, le daría una
oveja con su corderito--presente sin igual--y se le admitiría además en
todos los banquetes y festines.»
218 De tal modo habló. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos, hasta
que Diomedes, valiente en la pelea, les dijo:
220 «¡Néstor! Mi corazón y ánimo valeroso me incitan á penetrar en
el campo de los enemigos que tenemos cerca, de los teucros; pero si
alguien me acompañase, mi confianza y mi osadía serían mayores. Cuando
van dos, uno se anticipa al otro en advertir lo que conviene; cuando
se está solo, aunque se piense, la inteligencia es más tarda y la
resolución más difícil.»
227 Tales fueron sus palabras, y muchos quisieron acompañar á Diomedes.
Deseáronlo los dos Ayaces, ministros de Marte; quísolo Meriones; lo
anhelaba el hijo de Néstor; ofrecióse el Atrida Menelao, famoso por
su lanza; y por fin, también Ulises se mostró dispuesto á penetrar en
el ejército teucro, porque el corazón que tenía en el pecho aspiraba
siempre á ejecutar audaces hazañas. Y el rey de hombres Agamenón dijo
entonces:
234 «¡Diomedes Tidida, carísimo á mi corazón! Escoge por compañero al
que quieras, al mejor de los presentes; pues son muchos los que se
ofrecen. No dejes al mejor y elijas á otro peor, por respeto alguno que
sientas en tu alma, ni por consideración al linaje, ni por atender á
que sea un rey más poderoso.»
240 Habló en estos términos, porque temía por el rubio Menelao. Y
Diomedes, valiente en la pelea, replicó:
242 «Si me mandáis que yo mismo designe el compañero, ¿cómo no pensaré
en el divino Ulises, cuyo corazón y ánimo valeroso son tan dispuestos
para toda suerte de trabajos, y á quien tanto ama Palas Minerva? Con
él volveríamos acá aunque nos rodearan abrasadoras llamas, porque su
prudencia es grande.»
248 Respondióle el paciente divino Ulises: «¡Tidida! No me alabes en
demasía ni me vituperes, puesto que hablas á los argivos de cosas que
les son conocidas. Pero vámonos, que la noche está muy adelantada y la
aurora se acerca; los astros han andado mucho, y la noche va ya en las
dos partes de su jornada y solo un tercio nos resta.»
254 En diciendo esto, vistieron entrambos las terribles armas. El
intrépido Trasimedes dió al Tidida una espada de dos filos--la de éste
había quedado en la nave--y un escudo; y le puso un morrión de piel
de toro sin penacho ni cimera, que se llama -catetyx- y lo usan los
jóvenes para proteger la cabeza. Meriones proporcionó á Ulises arco,
carcaj y espada, y le cubrió la cabeza con un casco de piel que por
dentro se sujetaba con fuertes correas y por fuera presentaba los
blancos dientes de un jabalí, ingeniosamente repartidos, y tenía un
mechón de lana colocado en el centro. Este casco era el que Autólico
había robado en Eleón á Amíntor Orménida, horadando la pared de su
casa, y que luego dió en Escandía á Anfidamante de Citera; Anfidamante
lo regaló, como presente de hospitalidad, á Molo; éste lo cedió á su
hijo Meriones para que lo llevara, y entonces hubo de cubrir la cabeza
de Ulises.
274 Una vez revestidos de las terribles armas, partieron y dejaron allí
á todos los príncipes. Palas Minerva envióles una garza, y si bien no
pudieron verla con sus ojos, porque la noche era obscura, oyéronla
graznar á la derecha del camino. Ulises se holgó del presagio y oró á
Minerva:
278 «¡Óyeme, hija de Júpiter, que lleva la égida! Tú que me asistes en
todos los trabajos y conoces mis pasos, séme ahora propicia más que
nunca, oh Minerva, y concede que volvamos á las naves cubiertos de
gloria por haber realizado una gran hazaña que preocupe á los teucros.»
283 Diomedes, valiente en la pelea, oró luego diciendo: «¡Ahora óyeme
también á mí, invicta hija de Júpiter! Acompáñame como acompañaste á
mi padre, el divino Tideo, cuando fué á Tebas en representación de los
aquivos. Dejando á los aqueos, de broncíneas lorigas, á orillas del
Asopo, llevó un agradable mensaje á los cadmeos; y á la vuelta realizó
admirables proezas con tu ayuda, excelente diosa, porque benévola le
acorrías. Ahora, acórreme á mí y préstame tu amparo. É inmolaré en tu
honor una ternera de un año, de frente espaciosa, indómita y no sujeta
aún al yugo, después de derramar oro sobre sus cuernos.»
295 Tales fueron sus respectivas plegarias, que oyó Palas Minerva. Y
después de rogar á la hija del gran Jove, anduvieron en la obscuridad
de la noche, como dos leones, por el campo donde tanta carnicería se
había hecho, pisando cadáveres, armas y denegrida sangre.
299 Tampoco Héctor dejaba dormir á los valientes teucros; pues convocó
á los próceres, á cuantos eran caudillos y príncipes de los troyanos, y
una vez reunidos les expuso una prudente idea:
303 «¿Quién, por un gran premio, se ofrecerá á llevar al cabo la
empresa que voy á decir? La recompensa será proporcionada. Daré un
carro y dos corceles de erguido cuello, los mejores que haya en las
veleras naves aqueas, al que tenga la osadía de acercarse á las naves
de ligero andar--con ello al mismo tiempo ganará gloria--y averigüe si
éstas son guardadas todavía, ó los aqueos, vencidos por nuestras manos,
piensan en la fuga y no quieren velar porque el cansancio abrumador los
rinde.»
313 Tal fué lo que propuso. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos.
Había entre los troyanos un cierto Dolón, hijo del divino heraldo
Eumedes, rico en oro y en bronce; era de feo aspecto, pero de pies
ágiles, y el único hijo varón de su familia con cinco hermanas. Éste
dijo entonces á los teucros y á Héctor:
319 «¡Héctor! Mi corazón y mi ánimo valeroso me incitan á acercarme á
las naves, de ligero andar, y explorar el campo. Ea, alza el cetro y
jura que me darás los corceles y el carro con adornos de bronce que
conducen al eximio Pelida. No te será inútil mi espionaje, ni tus
esperanzas se verán defraudadas; pues atravesaré todo el ejército hasta
llegar á la nave de Agamenón, que es donde deben de haberse reunido los
caudillos para deliberar si huirán ó seguirán combatiendo.»
328 Así se expresó. Y Héctor, tomando en la mano el cetro, prestó el
juramento: «Sea testigo el mismo Júpiter tonante, esposo de Juno.
Ningún otro teucro será llevado por estos corceles, y tú disfrutarás
perpetuamente de ellos.»
332 Con tales palabras, jurando lo que no había de cumplirse, animó
á Dolón. Éste, sin perder momento, colgó del hombro el corvo arco,
vistió una pelicana piel de lobo, cubrió la cabeza con un morrión de
piel de comadreja, tomó un puntiagudo dardo, y saliendo del ejército,
se encaminó á las naves, de donde no había de volver para darle á
Héctor la noticia. Dejó atrás la multitud de carros y hombres, y andaba
animoso por el camino. Y Ulises, de jovial linaje, advirtiendo que se
acercaba á ellos, habló así á Diomedes:
341 «Ese hombre, Diomedes, viene del ejército; pero ignoro si va como
espía á nuestras naves ó se propone despojar algún cadáver de los
que murieron. Dejemos que se adelante un poco más por la llanura,
y echándonos sobre él le cogeremos fácilmente; y si en correr nos
aventajare, apártale del ejército, acometiéndole con la lanza, y
persíguele siempre hacia las naves, para que no se guarezca en la
ciudad.»
349 Esto dicho, tendiéronse entre los muertos, fuera del camino. El
incauto Dolón pasó con pie ligero. Mas cuando estuvo á la distancia á
que se extienden los surcos de las mulas--éstas son mejores que los
bueyes para tirar de un arado en tierra noval,--Ulises y Diomedes
corrieron á su alcance. Dolón oyó ruido y se detuvo, creyendo que
algunos de sus amigos venían del ejército teucro á llamarle por
encargo de Héctor. Pero así que aquéllos se hallaron á tiro de lanza
ó más cerca aún, conoció que eran enemigos y puso su diligencia en
los pies huyendo, mientras ellos se lanzaban á perseguirle. Como dos
perros de agudos dientes, adiestrados para cazar, acosan en una selva
á un cervato ó á una liebre que huye chillando delante de ellos; del
mismo modo, el Tidida y Ulises, asolador de ciudades, perseguían
constantemente á Dolón después que lograron apartarle del ejército.
Ya en su fuga hacia las naves iba el troyano á topar con el cuerpo de
guardia, cuando Minerva dió fuerzas al Tidida para que ninguno de los
aqueos, de broncíneas lorigas, se le adelantara y pudiera jactarse
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