476 «¡Júpiter y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea, como
yo, ilustre entre los teucros y muy esforzado; que reine poderosamente
en Ilión; que digan de él cuando vuelva de la batalla: -¡es mucho
más valiente que su padre!-; y que, cargado de cruentos despojos del
enemigo á quien haya muerto, regocije de su madre el alma.»
482 Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que al
recibirlo en el perfumado seno sonreía con el rostro todavía bañado en
lágrimas. Notólo Héctor y compadecido, acaricióla con la mano y así le
habló:
486 «¡Esposa querida! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie
me enviará al Orco antes de lo dispuesto por el hado; y de su suerte
ningún hombre, sea cobarde ó valiente, puede librarse una vez nacido.
Vuelve á casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena á
las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos
cuantos varones nacimos en Ilión, y yo el primero.»
494 Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo
adornado con crines de caballo, y la esposa amada regresó á su casa,
volviendo la cabeza de cuando en cuando y vertiendo copiosas lágrimas.
Pronto llegó Andrómaca al palacio, lleno de gente, de Héctor, matador
de hombres; halló en él á muchas esclavas, y á todas las movió á
lágrimas. Lloraban en el palacio á Héctor vivo aún, porque no esperaban
que volviera del combate librándose del valor y de las manos de los
aqueos.
503 Paris no demoró en el alto palacio; pues así que hubo vestido
las magníficas armas de labrado bronce, atravesó presuroso la ciudad
haciendo gala de sus pies ligeros. Como el corcel avezado á bañarse en
la cristalina corriente de un río, cuando se ve atado en el establo,
come la cebada del pesebre y rompiendo el ronzal sale trotando por la
llanura, yergue orgulloso la cerviz, ondean las crines sobre su cuello,
y ufano de su lozanía mueve ligero las rodillas encaminándose al sitio
donde los caballos pacen; de aquel modo, Paris, hijo de Príamo, cuya
armadura brillaba como un sol, descendía gozoso de la excelsa Pérgamo
por sus ágiles pies llevado. El deiforme Alejandro alcanzó á Héctor
cuando regresaba del lugar en que había pasado el coloquio con su
esposa, y así le dijo:
518 «¡Mi buen hermano! Mucho te hice esperar y estarás impaciente,
porque no vine con la prontitud que ordenaste.»
520 Respondióle Héctor, de tremolante casco: «¡Hermano querido! Nadie
que sea justo reprochará tu faena en el combate, pues eres valiente;
pero á veces te abandonas y no quieres pelear, y mi corazón se
aflige cuando oigo murmurar á los troyanos que tantos trabajos por
ti soportan. Pero vayamos y luego lo arreglaremos todo, si Júpiter
nos permite ofrecer en nuestro palacio la copa de la libertad á los
celestes sempiternos dioses, por haber echado de Troya á los aqueos de
hermosas grebas.»
[Ilustración: Los heraldos Taltibio é Ideo suspenden el combate
singular de Héctor y Ayax]
CANTO VII
COMBATE SINGULAR DE HÉCTOR Y AYAX.--LEVANTAMIENTO DE LOS CADÁVERES
1 Dichas estas palabras, el esclarecido Héctor y su hermano Alejandro
traspusieron las puertas, con el ánimo impaciente por combatir y
pelear. Como cuando un dios envía próspero viento á navegantes que lo
anhelan porque están cansados de romper las olas, batiendo los pulidos
remos, y tienen lasos los miembros á causa de la fatiga; así, tan
deseados, aparecieron aquéllos á los teucros.
8 Paris mató á Menestio, que vivía en Arna y era hijo del rey Areitoo,
famoso por su clava, y de Filomedusa, la de los grandes ojos; y Héctor
con la puntiaguda lanza tiró á Eyoneo un bote en la cerviz, debajo
del casco de bronce, y dejóle sin vigor los miembros. Glauco, hijo de
Hipóloco y príncipe de los licios, arrojó en la reñida pelea un dardo á
Ifínoo Dexíada cuando subía al carro de corredoras yeguas, y le acertó
en la espalda: Ifínoo cayó al suelo y sus miembros se relajaron.
17 Cuando Minerva, la diosa de los brillantes ojos, vió que aquéllos
mataban á muchos argivos en el duro combate, descendiendo en raudo
vuelo de las cumbres del Olimpo, se encaminó á la sagrada Ilión. Pero,
al advertirlo Apolo desde Pérgamo, fué á oponérsele, porque deseaba que
los teucros ganaran la victoria. Encontráronse ambas deidades en la
encina; y el soberano Apolo, hijo de Júpiter, habló diciendo:
24 «¿Por qué, enardecida nuevamente, oh hija del gran Júpiter, vienes
del Olimpo? ¿Qué poderoso afecto te mueve? ¿Acaso quieres dar á los
aqueos la indecisa victoria? Porque de los teucros no te compadecerías,
aunque estuviesen pereciendo. Si quieres condescender con mi deseo,--y
sería lo mejor--suspenderemos por hoy el combate y la pelea; y luego
volverán á batallar hasta que logren arruinar á Ilión, ya que os place
á las diosas destruir esta ciudad.»
33 Respondióle Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «Sea así,
Flechador; con este propósito vine del Olimpo al campo de los teucros y
de los aquivos. Mas ¿por qué medio has pensado suspender la batalla?»
37 Contestó el soberano Apolo, hijo de Júpiter: «Hagamos que Héctor, de
corazón fuerte, domador de caballos, provoque á los dánaos á pelear con
él en terrible y singular combate; é indignados los aqueos, de hermosas
grebas, susciten á alguien que mida sus armas con el divino Héctor.»
43 Así dijo; y Minerva, la diosa de los brillantes ojos, no se opuso.
Heleno, hijo amado de Príamo, comprendió al punto lo que era grato á
los dioses que conversaban, y llegándose á Héctor, le dirigió estas
palabras:
47 «¡Héctor, hijo de Príamo, igual en prudencia á Júpiter! ¿Querrás
hacer lo que te diga yo, que soy tu hermano? Manda que suspendan la
pelea los teucros y los aqueos todos, y reta al más valiente de éstos
á luchar contigo en terrible combate, pues aún no ha dispuesto el hado
que mueras y llegues al término fatal de tu vida. He oído que así lo
decían los sempiternos dioses.»
54 En tales términos habló. Oyóle Héctor con intenso placer, y
corriendo al centro de ambos ejércitos con la lanza cogida por el
medio, detuvo las falanges troyanas, que al momento se quedaron
quietas. Agamenón contuvo á los aqueos, de hermosas grebas; y Minerva y
Apolo, el del arco de plata, transfigurados en buitres, se posaron en
la alta encina del padre Júpiter, que lleva la égida, y se deleitaban
en contemplar á los guerreros cuyas densas filas aparecían erizadas
de escudos, cascos y lanzas. Como el Céfiro, cayendo sobre el mar,
encrespa las olas, y el ponto negrea; de semejante modo sentáronse en
la llanura las hileras de aquivos y teucros. Y Héctor, puesto entre
unos y otros, dijo:
67 «¡Oídme, teucros y aqueos, de hermosas grebas, y os diré lo que en
el pecho mi corazón me dicta! El excelso Saturnio no ratificó nuestros
juramentos, y seguirá causándonos males á unos y á otros, hasta que
toméis la torreada Ilión ó sucumbáis junto á las naves, que atraviesan
el ponto. Entre vosotros se hallan los más valientes aqueos; aquel á
quien el ánimo incite á combatir conmigo, adelántese y será campeón con
el divino Héctor. Propongo lo siguiente y Júpiter sea testigo: Si aquél
con su bronce de larga punta consigue quitarme la vida, despójeme de
las armas, lléveselas á las cóncavas naves, y entregue mi cuerpo á los
míos para que los troyanos y sus esposas lo suban á la pira; y si yo le
matare á él, por concederme Apolo tal gloria, me llevaré sus armas á la
sagrada Ilión, las colgaré en el templo del flechador Apolo, y enviaré
el cadáver á los navíos, de muchos bancos, para que los aqueos, de
larga cabellera, le hagan exequias y le erijan un túmulo á orillas del
espacioso Helesponto. Y dirá alguno de los futuros hombres, atravesando
el vinoso mar en un bajel de muchos órdenes de remos: -Ésa es la tumba
de un varón que peleaba valerosamente y fué muerto en edad remota por
el esclarecido Héctor-. Así hablará, y mi gloria será eterna.»
92 De tal modo se expresó. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos,
pues por vergüenza no rehusaban el desafío y por miedo no se decidían á
aceptarlo. Al fin levantóse Menelao, con el corazón afligidísimo, y los
apostrofó de esta manera:
96 «¡Ay de mí, hombres jactanciosos; aqueas, que no aqueos! Grande y
horrible será nuestro oprobio si no sale ningún dánao al encuentro
de Héctor. Ojalá os volvierais agua y tierra ahí mismo donde estáis
sentados, hombres sin corazón y sin honor. Yo seré quien se arme
y luche con aquél, pues la victoria la conceden desde lo alto los
inmortales dioses.»
103 Esto dicho, empezó á ponerse la magnífica armadura. Entonces, oh
Menelao, hubieras acabado la vida en manos de Héctor, cuya fuerza
era muy superior, si los reyes aqueos no se hubiesen apresurado á
detenerte. El mismo Agamenón Atrida, el de vasto poder, asióle de la
diestra exclamando:
109 «¡Deliras, Menelao, alumno de Júpiter! Nada te fuerza á cometer
tal locura. Domínate, aunque estés afligido, y no quieras luchar por
despique con un hombre más fuerte que tú, con Héctor Priámida, que
á todos amedrenta y cuyo encuentro en la batalla, donde los varones
adquieren gloria, causaba horror al mismo Aquiles que tanto en bravura
te aventaja. Vuelve á juntarte con tus compañeros, siéntate, y los
aqueos harán que se levante un campeón tal, que, aunque aquél sea
intrépido é incansable en la pelea, con gusto, creo, se entregará al
descanso si consigue escapar de tan fiero combate, de tan terrible
lucha.»
120 Dijo; y el héroe cambió la mente de su hermano con la oportuna
exhortación. Menelao obedeció; y sus servidores, alegres, quitáronle
la armadura de los hombros. Entonces levantóse Néstor, y arengó á los
argivos diciendo:
124 «¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande para la tierra aquea!
¡Cuánto gemiría el anciano jinete Peleo, ilustre consejero y arengador
de los mirmidones, que en su palacio se gozaba con preguntarme por
la prosapia y la descendencia de los argivos todos! Si supiera que
éstos tiemblan ante Héctor, alzaría las manos á los inmortales para
que su alma, separándose del cuerpo, bajara á la morada de Plutón.
Ojalá, ¡padre Júpiter, Minerva, Apolo!, fuese yo tan joven como
cuando, encontrándose los pilios con los belicosos arcadios al pie de
las murallas de Fea, cerca de la corriente del Jardano, trabaron el
combate á orillas del impetuoso Celadonte. Entre los arcadios aparecía
en primera línea Ereutalión, varón igual á un dios, que llevaba la
armadura del rey Areitoo; del divino Areitoo, á quien por sobrenombre
llamaban -el macero- así los hombres como las mujeres de hermosa
cintura, porque no peleaba con el arco y la formidable lanza, sino que
rompía las falanges con la férrea maza. Al rey Areitoo matóle Licurgo,
valiéndose no de la fuerza, sino de la astucia, en un camino estrecho,
donde la férrea clava no podía librarle de la muerte: Licurgo se le
adelantó, envasóle la lanza en medio del cuerpo, tumbóle de espaldas,
y despojóle de la armadura, regalo del férreo Marte, que llevaba en
las batallas. Cuando Licurgo envejeció en el palacio, entregó dicha
armadura á Ereutalión, su escudero querido, para que la usara; y éste,
con tales armas, desafiaba entonces á los más valientes. Todos estaban
amedrentados y temblando, y nadie se atrevía á aceptar el reto; pero mi
ardido corazón me impulsó á pelear con aquel presuntuoso--era yo el más
joven de todos--y combatí con él y Minerva me dió gloria, pues logré
matar á aquel hombre gigantesco y fortísimo que tendido en el suelo
ocupaba un gran espacio. Ojalá me rejuveneciera tanto y mis fuerzas
conservaran su robustez. ¡Cuán pronto Héctor, de tremolante casco,
tendría combate! ¡Pero ni los que sois los más valientes de los aqueos
todos, ni siquiera vosotros, estáis dispuestos á hacer campo contra
Héctor!»
161 De esta manera los increpó el anciano, y nueve en junto se
levantaron. Levantóse, mucho antes que los otros, el rey de hombres
Agamenón; luego el fuerte Diomedes Tidida; después, ambos Ayaces,
revestidos de impetuoso valor; tras ellos, Idomeneo y su escudero
Meriones, que al homicida Marte igualaba; en seguida Eurípilo, hijo
ilustre de Evemón; y, finalmente, Toante Andremónida y el divino
Ulises: todos éstos querían pelear con el ilustre Héctor. Y Néstor,
caballero gerenio, les dijo:
171 «Echad suertes, y aquel á quien le toque alegrará á los aqueos, de
hermosas grebas, y sentirá regocijo en el corazón si logra escapar del
fiero combate, de la terrible lucha.»
175 Tal fué lo que propuso. Los nueve señalaron sus respectivas
tarjas, y seguidamente las metieron en el casco de Agamenón Atrida.
Los guerreros oraban y alzaban las manos á los dioses. Y algunos
exclamaron, mirando al anchuroso cielo:
179 «¡Padre Júpiter! Haz que le caiga la suerte á Ayax, al hijo de
Tideo, ó al mismo rey de Micenas, rica en oro.»
181 Así decían. Néstor, caballero gerenio, meneaba el casco, hasta
que por fin saltó la tarja que ellos querían, la de Ayax. Un heraldo
llevóla por el concurso y, empezando por la derecha, la enseñaba á
los próceres aqueos, quienes, al no reconocerla, negaban que fuese la
suya; pero cuando llegó al que la había marcado y echado en el casco,
al ilustre Ayax, éste tendió la mano, y aquel se detuvo y le entregó
la contraseña. El héroe la reconoció, con gran júbilo de su corazón, y
tirándola al suelo, á sus pies, exclamó:
191 «¡Oh amigos! Mi tarja es, y me alegro en el alma porque espero
vencer al divino Héctor. ¡Ea! Mientras visto la bélica armadura,
orad al soberano Jove Saturnio, mentalmente, para que no lo oigan
los teucros; ó en alta voz, pues á nadie tememos. No habrá quien,
valiéndose de la fuerza ó de la astucia, me ponga en fuga contra mi
voluntad; porque no creo que naciera y me criara en Salamina, tan
inhábil para la lucha.»
200 Tales fueron sus palabras. Ellos oraron al soberano Jove Saturnio,
y algunos dijeron mirando al anchuroso cielo:
202 «¡Padre Júpiter, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo!
Concédele á Ayax la victoria y un brillante triunfo; y si amas también
á Héctor y por él te interesas, dales á entrambos igual fuerza y
gloria.»
206 Así hablaban. Púsose Ayax la armadura de luciente bronce; y
vestidas las armas, marchó tan animoso como el terrible Marte cuando
se encamina al combate de los hombres á quienes el Saturnio hace venir
á las manos por una roedora discordia. Tan terrible se levantó Ayax,
antemural de los aqueos, que sonreía con torva faz, andaba á paso largo
y blandía enorme lanza. Los argivos se regocijaron grandemente, así que
le vieron, y un violento temblor se apoderó de los teucros; al mismo
Héctor palpitóle el corazón en el pecho; pero ya no podía manifestar
temor ni retirarse á su ejército, porque de él había partido la
provocación. Ayax se le acercó con su escudo como una torre, broncíneo,
de siete pieles de buey, que en otro tiempo le hiciera Tiquio, el
cual habitaba en Hila y era el mejor de los curtidores. Éste formó el
versátil escudo con siete pieles de corpulentos bueyes y puso encima,
como octava capa, una lámina de bronce. Ayax Telamonio paróse, con la
rodela al pecho, muy cerca de Héctor; y amenazándole, dijo:
226 «¡Héctor! Ahora sabrás claramente, de solo á solo, cuáles adalides
pueden presentar los dánaos, aun prescindiendo de Aquiles que destruye
los escuadrones y tiene el ánimo de un león. Mas el héroe, enojado
con Agamenón, pastor de hombres, permanece en las corvas naves, que
atraviesan el ponto, y somos muchos los capaces de pelear contigo. Pero
empiece ya la lucha y el combate.»
233 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «¡Ayax Telamonio,
de jovial linaje, príncipe de hombres! No me tientes cual si fuera un
débil niño ó una mujer que no conoce las cosas de la guerra. Versado
estoy en los combates y en las matanzas de hombres; sé mover á diestro
y á siniestro la seca piel de buey que llevo para luchar denodadamente,
sé lanzarme á la pelea cuando en prestos carros se batalla, y sé
deleitar á Marte en el cruel estadio de la guerra. Pero á ti, siendo
cual eres, no quiero herirte con alevosía, sino cara á cara, si
conseguirlo puedo.»
[Ilustración: AYAX FUÉ AL ENCUENTRO DE HÉCTOR, CON SU ESCUDO COMO UNA
TORRE
(-Canto VII, verso 219.-)]
244 Dijo, y blandiendo la enorme lanza, arrojóla y atravesó el bronce
que cubría como octava capa el gran escudo de Ayax, formado por siete
boyunos cueros: la indomable punta horadó seis de éstos y en el séptimo
quedó detenida. Ayax, descendiente de Júpiter, tiró á su vez un bote en
el escudo liso del Priámida, y el asta, pasando por la tersa rodela, se
hundió en la labrada coraza y rasgó la túnica sobre el ijar; inclinóse
el héroe, y evitó la negra muerte. Y arrancando ambos las luengas
lanzas de los escudos, acometiéronse como carniceros leones ó puercos
monteses cuya fuerza es inmensa. El Priámida hirió con la lanza el
centro del escudo de Ayax, y el bronce no pudo romperlo porque la punta
se torció. Ayax, arremetiendo, clavó la suya en la rodela de aquél,
é hizo vacilar al héroe cuando se disponía para el ataque; la punta
abrióse camino hasta el cuello de Héctor, y en seguida brotó la negra
sangre. Mas no por esto cesó de combatir Héctor, de tremolante casco,
sino que, volviéndose, cogió con su robusta mano un pedrejón negro y
erizado de puntas que había en el campo; lo tiró, acertó á dar en el
bollón central del gran escudo de Ayax, de siete boyunas pieles, é
hizo resonar el bronce de la rodela. Ayax entonces, tomando una piedra
mucho mayor, la despidió haciéndola voltear con una fuerza inmensa.
La piedra torció el borde inferior del hectóreo escudo, cual pudiera
hacerlo una muela de molino, y chocando con las rodillas de Héctor
le tumbó de espaldas, asido á la rodela; pero Apolo en seguida le
puso en pie. Y ya se hubieran atacado de cerca con las espadas, si no
hubiesen acudido dos heraldos, mensajeros de Júpiter y de los hombres,
que llegaron respectivamente del campo de los teucros y del de los
aqueos, de broncíneas lorigas: Taltibio é Ideo, prudentes ambos. Éstos
interpusieron sus cetros entre los campeones, é Ideo, hábil en dar
sabios consejos, pronunció estas palabras:
279 «¡Hijos queridos! No peleéis ni combatáis más; á entrambos os
ama Júpiter, que amontona las nubes, y ambos sois belicosos. Esto lo
sabemos todos. Pero la noche comienza ya, y será bueno obedecerla.»
283 Respondióle Ayax Telamonio: «¡Ideo! Ordenad á Héctor que lo
disponga, pues fué él quien retó á los más valientes. Sea el primero en
desistir; que yo obedeceré, si él lo hiciere.»
287 Díjole el gran Héctor, de tremolante casco: «¡Ayax! Puesto que los
dioses te han dado corpulencia, valor y cordura, y en el manejo de la
lanza descuellas entre los aqueos, suspendamos por hoy el combate y la
lucha, y otro día volveremos á pelear hasta que una deidad nos separe,
después de otorgar la victoria á quien quisiere. La noche comienza ya,
y será bueno obedecerla. Así tú regocijarás, en las naves, á todos
los aqueos y especialmente á tus amigos y compañeros; y yo alegraré,
en la gran ciudad del rey Príamo, á los troyanos y á las troyanas, de
rozagantes peplos, que habrán ido á los sagrados templos á orar por mí.
¡Ea! Hagámonos magníficos regalos, para que digan aqueos y teucros:
-Combatieron con roedor encono, y se separaron por la amistad unidos-.»
303 Cuando esto hubo dicho, entregó á Ayax una espada guarnecida
con argénteos clavos, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado
ceñidor; y Ayax regaló á Héctor un vistoso tahalí teñido de púrpura.
Separáronse luego, volviendo el uno á las tropas aqueas y el otro al
ejército de los teucros. Éstos se alegraron al ver á Héctor vivo, y que
regresaba incólume, libre de la fuerza y de las invictas manos de Ayax,
cuando ya desesperaban de que se salvara; y le acompañaron á la ciudad.
Por su parte, los aqueos, de hermosas grebas, llevaron á Ayax, ufano de
la victoria, á la tienda del divino Agamenón.
313 Así que estuvieron en ella, Agamenón Atrida, rey de hombres,
sacrificó al prepotente Saturnio un buey de cinco años. Tan pronto
como lo hubieron desollado y preparado, lo descuartizaron hábilmente
y cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron con el cuidado debido
y los retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto el festín,
comieron sin que nadie careciese de su respectiva porción; y el
poderoso héroe Agamenón Atrida obsequió á Ayax con el ancho lomo.
Cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, el anciano
Néstor, cuya opinión era considerada siempre como la mejor, comenzó á
darles un consejo. Y arengándolos con benevolencia, así les dijo:
327 «¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Ya que han muerto
tantos aquivos, de larga cabellera, cuya sangre esparció el cruel
Marte por la ribera del Escamandro de límpida corriente y cuyas almas
descendieron al Orco, conviene que suspendas los combates; y mañana,
reunidos todos al comenzar del día, traeremos los cadáveres en carros
tirados por bueyes y mulos, y los quemaremos cerca de los bajeles para
llevar sus cenizas á los hijos de los difuntos cuando regresemos á la
patria. Erijamos luego con tierra de la llanura, amontonada en torno de
la pira, un túmulo común; edifiquemos á partir del mismo una muralla
con altas torres que sea un reparo para las naves y para nosotros
mismos; dejemos puertas, que se cierren con bien ajustadas tablas, para
que pasen los carros, y cavemos al pie del muro un profundo foso, que
detenga á los hombres y á los caballos si algún día no podemos resistir
la acometida de los altivos teucros.»
344 Así habló, y los demás reyes aplaudieron. Reuniéronse los teucros
en la acrópolis de Ilión, cerca del palacio de Príamo; y la junta fué
agitada y turbulenta. El prudente Antenor comenzó á arengarles de esta
manera:
348 «¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que en
el pecho mi corazón me dicta! Ea, restituyamos la argiva Helena con sus
riquezas y que los Atridas se la lleven. Ahora combatimos después de
quebrar la fe ofrecida en los juramentos, y no espero que alcancemos
éxito alguno mientras no hagamos lo que propongo.»
354 Dijo, y se sentó. Levantóse el divino Alejandro, esposo de Helena,
la de hermosa cabellera, y dirigiéndose á aquél pronunció estas aladas
palabras:
357 «¡Antenor! No me place lo que propones, y podías haber pensado algo
mejor. Si realmente hablas con seriedad, los mismos dioses te han hecho
perder el juicio. Y á los troyanos, domadores de caballos, les diré lo
siguiente: -Paladinamente lo declaro, no devolveré la esposa; pero sí
quiero dar cuantas riquezas traje de Argos y aun otras que añadiré de
mi casa-.»
365 Dijo, y se sentó. Levantóse Príamo Dardánida, consejero igual á los
dioses, y les arengó con benevolencia diciendo:
368 «¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que
en el pecho mi corazón me dicta! Cenad en la ciudad, como siempre;
acordaos de la guardia, y vigilad todos; al romper el alba vaya Ideo
á las cóncavas naves, anuncie á los Atridas, Agamenón y Menelao, la
proposición de Alejandro, por quien se suscitó la contienda, y hágales
esta prudente consulta: Si quieren que se suspenda el horrísono combate
para quemar los cadáveres, y luego volveremos á pelear hasta que una
deidad nos separe y otorgue la victoria á quien le plazca.»
379 De esta suerte habló; ellos le escucharon y obedecieron, tomando
la cena en el campo sin romper las filas; y apenas comenzó á alborear,
encaminóse Ideo á las cóncavas naves y halló á los dánaos, ministros de
Marte, reunidos en junta cerca del bajel de Agamenón. El heraldo de voz
sonora, puesto en medio, les dijo:
385 «¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Mándanme Príamo
y los ilustres troyanos que os participe, y ojalá os fuera acepta y
grata, la proposición de Alejandro, por quien se suscitó la contienda.
Ofrece dar cuantas riquezas trajo á Ilión en las cóncavas naves--¡así
hubiese perecido antes!--y aun añadir otras de su casa; pero se niega
á devolver la legítima esposa del glorioso Menelao, á pesar de que los
troyanos se lo aconsejan. Me han ordenado también que os haga esta
consulta: Si queréis que se suspenda el horrísono combate para quemar
los cadáveres, y luego volveremos á pelear hasta que una deidad nos
separe y otorgue la victoria á quien le plazca.»
398 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Pero al fin
Diomedes, valiente en la pelea, dijo:
400 «No se acepten ni las riquezas de Alejandro, ni á Helena tampoco;
pues es evidente, hasta para el más simple, que la ruina pende sobre
los troyanos.»
403 Así se expresó; y todos los aqueos aplaudieron, admirados del
discurso de Diomedes, domador de caballos. Y el rey Agamenón dijo
entonces á Ideo:
406 «¡Ideo! Tú mismo oyes las palabras con que te responden los aqueos;
ellas son de mi agrado. En cuanto á los cadáveres, no me opongo á que
sean quemados, pues ha de ahorrarse toda dilación para satisfacer
prontamente á los que murieron, entregando sus cuerpos á las llamas.
Júpiter tonante, esposo de Juno, reciba el juramento.»
412 Dicho esto, alzó el cetro á todos los dioses; é Ideo regresó á
la sagrada Troya, donde le esperaban, reunidos en junta, troyanos y
dárdanos. El heraldo, puesto en medio, dijo la respuesta. En seguida
dispusiéronse unos á recoger los cadáveres, y otros á ir por leña. Á su
vez, los argivos salieron de las naves de numerosos bancos; unos, para
recoger los cadáveres, y otros, para cortar leña.
421 Ya el sol hería con sus rayos los campos, subiendo al cielo desde
la plácida corriente del profundo Océano, cuando aqueos y teucros se
mezclaron unos con otros en la llanura. Difícil era reconocer á cada
varón; pero lavaban con agua las manchas de sangre de los cadáveres y,
derramando ardientes lágrimas, los subían á los carros. El gran Príamo
no permitía que los teucros lloraran: éstos, en silencio y con el
corazón afligido, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron
y volvieron á la sacra Ilión. Del mismo modo, los aqueos, de hermosas
grebas, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron y volvieron
á las cóncavas naves.
433 Cuando aún no despuntaba la aurora, pero ya la luz del alba
aparecía, un grupo escogido de aqueos se reunió en torno de la pira.
Erigieron con tierra de la llanura un túmulo común; construyeron á
partir del mismo una muralla con altas torres, que sirviese de reparo á
las naves y á ellos mismos; dejaron puertas, que se cerraban con bien
ajustadas tablas, para que pudieran pasarlos carros, y cavaron al pie
del muro un gran foso profundo y ancho que defendieron con estacas. De
tal suerte trabajaban los aqueos, de larga cabellera.
443 Los dioses, sentados á la vera de Júpiter fulminador, contemplaban
la grande obra de los aqueos, de broncíneas lorigas; y Neptuno, que
sacude la tierra, empezó á decirles:
446 «¡Padre Júpiter! ¿Cuál de los mortales de la vasta tierra
consultará con los dioses sus pensamientos y proyectos? ¿No ves que los
aqueos, de larga cabellera, han construído delante de las naves un muro
con su foso, sin ofrecer á los dioses hecatombes perfectas? La fama
de este muro se extenderá tanto como la luz de la aurora; y se echará
en olvido el que labramos Febo Apolo y yo, cuando con gran fatiga
construímos la ciudad para el héroe Laomedonte.»
454 Júpiter, que amontona las nubes, respondió indignado: «¡Oh dioses!
¡Tú, prepotente batidor de la tierra, qué palabras proferiste! Á un
dios muy inferior en fuerza y ánimo podría asustarle tal pensamiento;
pero no á ti, cuya fama se extenderá tanto como la luz de la aurora.
Ea, cuando los aqueos, de larga cabellera, regresen en las naves á su
patria, derriba el muro, arrójalo entero al mar, y enarena otra vez la
espaciosa playa para que desaparezca la gran muralla aquiva.»
464 Así éstos conversaban. Á puesta del sol los aqueos tenían la obra
acabada; inmolaron bueyes y se pusieron á cenar en las respectivas
tiendas, cuando arribaron, procedentes de Lemnos, muchas naves
cargadas de vino que enviaba Euneo, hijo de Hipsipile y de Jasón,
pastor de hombres. El hijo de Jasón mandaba separadamente, para los
Atridas Agamenón y Menelao, mil medidas de vino. Los aqueos, de larga
cabellera, acudieron á las naves; compraron vino, unos con bronce,
otros con luciente hierro, otros con pieles, otros con vacas y otros
con esclavos; y prepararon un festín espléndido. Toda la noche los
aquivos, de larga cabellera, disfrutaron del banquete, y lo mismo
hicieron en la ciudad los troyanos y sus aliados. Toda la noche estuvo
el próvido Júpiter meditando cómo les causaría males, hasta que por
fin tronó de un modo horrible: el pálido temor se apoderó de todos,
derramaron á tierra el vino de las copas, y nadie se atrevió á beber
sin que antes hiciera libaciones al prepotente Saturnio. Después se
acostaron y el don del sueño recibieron.
[Ilustración: Las Horas desuncen los corceles del carro en que iban
Juno y Minerva]
CANTO VIII
BATALLA INTERRUMPIDA
1 La Aurora, de azafranado velo, se esparcía por toda la tierra, cuando
Júpiter, que se complace en lanzar rayos, reunió la junta de los dioses
en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo. Y así les habló,
mientras ellos atentamente le escuchaban:
5 «¡Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el
pecho mi corazón me dicta! Ninguno de vosotros, sea varón ó hembra, se
atreva á transgredir mi mandato; antes bien, asentid todos, á fin de
que cuanto antes lleve al cabo lo que me propongo. El dios que intente
separarse de los demás y socorrer á los teucros ó á los dánaos, como
yo le vea, volverá afrentosamente golpeado al Olimpo; ó cogiéndole,
lo arrojaré al tenebroso Tártaro, muy lejos, en lo más profundo del
báratro debajo de la tierra--sus puertas son de hierro, y el umbral, de
bronce, y su profundidad desde el Orco como del cielo á la tierra--y
conocerá en seguida cuánto aventaja mi poder al de las demás deidades.
Y si queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis.
Suspended del cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la
misma, y no os será posible arrastrar del cielo á la tierra á Júpiter,
árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis; mas si yo me resolviese á
tirar de aquélla, os levantaría con la tierra y el mar, ataría un cabo
de la cadena en la cumbre del Olimpo, y todo quedaría en el aire. Tan
superior soy á los dioses y á los hombres.»
28 Así habló; y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues fué
mucha la vehemencia con que se expresara. Al fin, Minerva, la diosa de
los brillantes ojos, dijo:
31 «¡Padre nuestro, Saturnio, el más excelso de los soberanos! Bien
sabemos que es incontrastable tu poder; pero tenemos lástima de los
belicosos dánaos, que morirán, y se cumplirá su aciago destino. Nos
abstendremos de intervenir en el combate, si nos lo mandas; pero
sugeriremos á los argivos consejos saludables, á fin de que no perezcan
todos, víctimas de tu cólera.»
38 Sonriéndose, le contestó Júpiter, que amontona las nubes:
«Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno,
pero contigo quiero ser complaciente.»
41 Esto dicho, unció los corceles de pies de bronce y áureas crines,
que volaban ligeros; vistió la dorada túnica, tomó el látigo de oro y
fina labor, y subió al carro. Picó á los caballos para que arrancaran;
y éstos, gozosos, emprendieron el vuelo entre la tierra y el estrellado
cielo. Pronto llegó al Ida, abundante en fuentes y criador de fieras,
al Gárgaro, donde tenía un bosque sagrado y un perfumado altar; allí
el padre de los hombres y de los dioses detuvo los bridones, los
desenganchó del carro y los cubrió de espesa niebla. Sentóse luego en
la cima, ufano de su gloria, y se puso á contemplar la ciudad troyana y
las naves aqueas.
53 Los aqueos, de larga cabellera, se desayunaron apresuradamente en
las tiendas, y en seguida tomaron las armas. También los teucros se
armaron dentro de la ciudad; y aunque eran menos, estaban dispuestos á
combatir, obligados por la cruel necesidad de proteger á sus hijos y
mujeres: abriéronse todas las puertas, salió el ejército de infantes y
de los que peleaban en carros, y se produjo un gran tumulto.
60 Cuando los dos ejércitos llegaron á juntarse, chocaron entre sí los
escudos, las lanzas y el valor de los guerreros armados de broncíneas
corazas, y al aproximarse las abollonadas rodelas se produjo un gran
tumulto. Allí se oían simultáneamente los lamentos de los moribundos y
los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre.
66 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los
tiros alcanzaban por igual á unos y á otros, y los hombres caían.
Cuando el sol hubo recorrido la mitad del cielo, el padre Jove tomó la
balanza de oro, puso en ella dos suertes--la de los teucros, domadores
de caballos, y la de los aqueos, de broncíneas lorigas--para saber á
quiénes estaba reservada la dolorosa muerte; cogió por el medio la
balanza, la desplegó y tuvo más peso el día fatal de los aqueos. La
suerte de éstos bajó hasta llegar á la fértil tierra, mientras la de
los teucros subía al cielo. Júpiter, entonces, truena fuerte desde el
Ida y envía una ardiente centella á los aqueos, quienes, al verla, se
pasman, sobrecogidos de pálido temor; ya no se atreven á permanecer
en el campo ni Idomeneo, ni Agamenón, ni los dos Ayaces, ministros de
Marte; y sólo se queda Néstor gerenio, protector de los aqueos, contra
su voluntad, por tener malparado uno de los corceles, al cual el divino
Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, flechara en lo
alto de la cabeza, donde las crines empiezan á crecer y las heridas son
mortales. El caballo, al sentir el dolor, se encabrita, y la flecha le
penetra el cerebro; y revolcándose para sacudir el bronce, espanta á
los demás caballos. Mientras el anciano se daba prisa á cortar con la
espada las correas del caído corcel, vienen á través de la muchedumbre
los veloces caballos de Héctor, tirando del carro en que iba tan audaz
guerrero. Y el anciano perdiera allí la vida, si al punto no lo hubiese
advertido Diomedes, valiente en la pelea; el cual, vociferando de un
modo horrible, dijo á Ulises:
93 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¿Adónde
huyes, confundido con la turba y volviendo la espalda como un cobarde?
Que alguien no te clave la pica en el dorso, mientras pones los pies en
polvorosa. Pero aguarda y apartaremos del anciano al feroz guerrero.»
97 Así dijo, y el paciente divino Ulises pasó sin oirle, corriendo
hacia las cóncavas naves de los aqueos. El hijo de Tideo, aunque estaba
solo, se abrió paso por las primeras filas; y deteniéndose ante el
carro del viejo Nelida, pronunció estas aladas palabras:
102 «¡Oh anciano! Los guerreros mozos te acosan y te hallas sin
fuerzas, abrumado por la molesta senectud; tu escudero tiene poco vigor
y tus caballos son tardos. Sube á mi carro para que veas cuáles son los
corceles de Tros que quité á Eneas, el que pone en fuga á sus enemigos,
y cómo saben lo mismo perseguir acá y allá de la llanura, que huir
ligeros. De los tuyos cuiden los servidores; y nosotros dirijamos éstos
hacia los teucros, domadores de caballos, para que Héctor sepa con qué
furia se mueve la lanza que mi mano blande.»
112 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no desobedeció. Encargáronse
de sus yeguas los bravos escuderos Esténelo y Eurimedonte valeroso; y
habiendo subido ambos héroes al carro de Diomedes, Néstor cogió las
lustrosas riendas y avispó á los caballos, y pronto se hallaron cerca
de Héctor, que cerró con ellos. El hijo de Tideo arrojóle un dardo, y
si bien erró el tiro, hirió en el pecho cerca de la tetilla á Eniopeo,
hijo del animoso Tebeo, que, como auriga, gobernaba las riendas:
Eniopeo cayó del carro, cejaron los corceles y allí terminaron la vida
y el valor del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor
por tal muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejóle en el
suelo y buscó otro auriga que fuese osado. Poco tiempo estuvieron los
veloces caballos sin conductor, pues Héctor encontróse con el ardido
Arqueptólemo Ifítida, y haciéndole subir, le puso las riendas en la
mano.
130 Entonces gran estrago é irreparables males se hubieran producido
y los teucros habrían sido encerrados en Ilión como corderos, si
al punto no lo hubiese advertido el padre de los hombres y de los
dioses. Tronando de un modo espantoso, despidió un ardiente rayo
para que cayera en el suelo delante de los caballos de Diomedes; el
azufre encendido produjo una terrible llama; los corceles, asustados,
acurrucáronse debajo del carro; las lustrosas riendas cayeron de las
manos de Néstor, y éste, con miedo en el corazón, dijo á Diomedes:
139 «¡Tidida! Tuerce la rienda á los solípedos caballos y huyamos.
¿No conoces que la protección de Júpiter ya no te acompaña? Hoy Jove
Saturnio otorga á ése la victoria; otro día, si le place, nos la dará
á nosotros. Ningún hombre, por fuerte que sea, puede impedir los
propósitos de Júpiter, porque el dios es mucho más poderoso.»
145 Respondióle Diomedes, valiente en la pelea: «Sí, anciano, oportuno
es cuanto acabas de decir, pero un terrible pesar me llega al corazón y
al alma. Quizás diga Héctor, arengando á los teucros: -El Tidida llegó
á las naves, puesto en fuga por mi lanza-. Así se jactará; y entonces
ábraseme la vasta tierra.»
151 Replicóle Néstor, caballero gerenio: «¡Ay de mí! ¡Qué dijiste,
hijo del belicoso Tideo! Si Héctor te llamare cobarde y débil, no
le creerán ni los troyanos, ni los dardanios, ni las mujeres de los
teucros magnánimos, escudados, cuyos esposos florecientes en el polvo
derribaste.»
157 Dichas estas palabras, volvió la rienda á los solípedos caballos, y
empezaron á huir por entre la turba. Los teucros y Héctor, promoviendo
inmenso alboroto, hacían llover sobre ellos dañosos tiros. Y el gran
Héctor, de tremolante casco, gritaba con voz recia:
161 «¡Tidida! Los dánaos, de ágiles corceles, te cedían la preferencia
en el asiento y te obsequiaban con carne y copas de vino; mas ahora
te despreciarán, porque te has vuelto como una mujer. Anda, tímida
doncella; ya no escalarás nuestras torres, venciéndome á mí, ni te
llevarás nuestras mujeres en las naves, porque antes te daré la muerte.»
167 Tal dijo. El Tidida estaba indeciso entre seguir huyendo ó torcer
la rienda á los corceles y volver á pelear. Tres veces se le presentó
la duda en la mente y en el corazón, y tres veces el próvido Júpiter
tronó desde los montes ideos para anunciar á los teucros que suya
sería en aquel combate la inconstante victoria. Y Héctor los animaba,
diciendo á voz en grito:
173 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo combatís! Sed
hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor. Conozco que el
Saturnio me concede, benévolo, la victoria y gloria inmensa y envía
la perdición á los dánaos; quienes, oh necios, construyeron esos
muros débiles y despreciables que no podrán contener mi arrojo, pues
los caballos salvarán fácilmente el cavado foso. Cuando llegue á las
cóncavas naves, acordaos de traerme el voraz fuego, para que las
incendie y mate junto á ellas á los argivos aturdidos por el humo.»
184 Dijo, y exhortó á sus caballos con estas palabras: «¡Janto,
Podargo, Etón, divino Lampo! Ahora debéis pagarme el exquisito cuidado
con que Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, os ofrecía el regalado
trigo y os mezclaba vinos para que pudieseis, bebiendo, satisfacer
vuestro apetito; antes que á mí, que me glorío de ser su floreciente
esposo. Seguid el alcance, esforzaos, para ver si nos apoderamos del
escudo de Néstor, cuya fama llega hasta el cielo por ser de oro, sin
exceptuar las abrazaderas, y le quitamos de los hombros á Diomedes,
domador de caballos, la labrada coraza que Vulcano fabricara. Creo que
si ambas cosas consiguiéramos, los aqueos se embarcarían esta misma
noche en las veleras naves.»
198 Así habló, vanagloriándose. La veneranda Juno, indignada, se agitó
en su trono, haciendo estremecer el espacioso Olimpo, y dijo al gran
dios Neptuno:
201 «¡Oh dioses! ¡Prepotente Neptuno que bates la tierra! ¿Tu corazón
no se compadece de los dánaos moribundos, que tantos y tan lindos
presentes te llevaban á Hélice y á Egas? Decídete á darles la victoria.
Si cuantos protegemos á los dánaos quisiéramos rechazar á los teucros y
contener al longividente Júpiter, éste se aburriría sentado solo allá
en el Ida.»
208 Respondióle muy indignado el poderoso dios que sacude la tierra:
«¿Qué palabras proferiste, audaz Juno? Yo no quisiera que los demás
dioses lucháramos con el Saturnio Jove, porque nos aventaja mucho en
poder.»
212 Así éstos conversaban. Cuanto espacio había desde los bajeles al
fosado muro, llenóse de carros y hombres escudados que allí acorraló
Héctor Priámida, igual al impetuoso Marte, cuando Júpiter le dió
gloria. Y el héroe hubiese pegado ardiente fuego á las naves bien
proporcionadas, de no haber sugerido la venerable Juno á Agamenón
que animara pronto á los aqueos. Fuése el Atrida hacia las tiendas y
las naves aqueas con el grande purpúreo manto en el robusto brazo,
y subió á la ingente nave negra de Ulises, que estaba en el centro,
para que le oyeran por ambos lados hasta las tiendas de Ayax Telamonio
y de Aquiles, los cuales habían puesto sus bajeles en los extremos
porque confiaban en su valor y en la fuerza de sus brazos. Y con voz
penetrante gritaba á los dánaos:
228 «¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo
por la figura! ¿Qué es de la jactancia con que nos gloriábamos de ser
valentísimos, y con que decíais presuntuosamente en Lemnos, comiendo
abundante carne de bueyes de erguida cornamenta y bebiendo crateras de
vino, que cada uno haría frente en la batalla á ciento y á doscientos
troyanos? Ahora ni con uno podemos, con Héctor, que pronto pegará
ardiente fuego á las naves. ¡Padre Júpiter! ¿Hiciste sufrir tamaña
desgracia y privaste de una gloria tan grande á algún otro de los
prepotentes reyes? Cuando vine, no pasé de largo en la nave de muchos
bancos por ninguno de tus bellos altares, sino que en todos quemé grasa
y muslos de buey, deseoso de asolar la bien murada Troya. Por tanto,
oh Júpiter, cúmpleme este voto: déjanos escapar y librarnos de este
peligro, y no permitas que los teucros maten á los argivos.»
245 Así se expresó. El padre, compadecido de verle derramar lágrimas,
le concedió que su pueblo se salvara y no pereciese; y en seguida mandó
un águila, la mejor de las aves agoreras, que tenía en las garras el
hijuelo de una veloz cierva y lo dejó caer al pie del ara hermosa de
Júpiter, donde los aqueos ofrecían sacrificios al dios, como autor de
los presagios todos. Cuando los argivos vieron que el ave había sido
enviada por Júpiter, arremetieron contra los teucros y sólo en combatir
pensaron.
253 Entonces ninguno de los dánaos, aunque eran muchos, pudo gloriarse
de haber revuelto sus veloces caballos para pasar el foso y resistir el
ataque, antes que el Tidida. Fué éste el primero que mató á un guerrero
teucro, á Agelao Fradmónida, que, subido en el carro, emprendía la
fuga: hundióle la pica en la espalda, entre los hombros, y la punta
salió por el pecho; Agelao cayó del carro y sus armas resonaron.
261 Siguieron á Diomedes, los Atridas Agamenón y Menelao; los Ayaces,
revestidos de impetuoso valor; Idomeneo y su servidor Meriones, igual
al homicida Marte; Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y en noveno lugar,
Teucro, que, con el flexible arco en la mano, se escondía detrás del
escudo de Ayax Telamonio. Éste levantaba la rodela; y Teucro, volviendo
el rostro á todos lados, flechaba á un troyano que caía mortalmente
herido, y al momento tornaba á refugiarse en Ayax (como un niño en su
madre), quien le cubría otra vez con el refulgente escudo.
273 ¿Cuál fué el primero, cuál el último de los que entonces mató el
eximio Teucro? Orsíloco el primero, Órmeno, Ofelestes, Détor, Cromio,
Licofontes igual á un dios, Amopaón Poliemónida y Melanipo. Á tantos
derribó sucesivamente al almo suelo. El rey de hombres Agamenón se
holgó de ver que Teucro destruía las falanges troyanas, disparando el
fuerte arco; y poniéndose á su lado, le dijo:
281 «¡Caro Teucro Telamonio, príncipe de hombres! Sigue tirando
flechas, por si acaso llegas á ser la aurora de salvación de los dánaos
y honras á tu padre Telamón, que te crió cuando eras niño y te educó
en su casa, á pesar de tu condición de bastardo; ya que está lejos de
aquí, cúbrele de gloria. Lo que voy á decir, se cumplirá: Si Júpiter,
que lleva la égida, y Minerva me permiten destruir la bien edificada
ciudad de Ilión, te pondré en la mano, como premio de honor únicamente
inferior al mío, ó un trípode, ó dos corceles con su correspondiente
carro, ó una mujer que comparta contigo el lecho.»
292 Respondióle el eximio Teucro: «¡Gloriosísimo Atrida! ¿Por qué
me instigas cuando ya, solícito, hago lo que puedo? Desde que los
rechazamos hacia Ilión mato hombres, valiéndome del arco. Ocho flechas
de larga punta tiré, y todas se clavaron en el cuerpo de jóvenes llenos
de marcial furor; pero no consigo herir á ese perro rabioso.»
300 Dijo; y apercibiendo el arco, envió otra flecha á Héctor con
intención de herirle. Tampoco acertó; pero la saeta clavóse en el pecho
del eximio Gorgitión, valeroso hijo de Príamo y de la bella Castianira,
oriunda de Esima, cuyo cuerpo al de una diosa semejaba. Como en un
jardín inclina la amapola su tallo, combándose al peso del fruto ó de
los aguaceros primaverales; de semejante modo inclinó el guerrero la
cabeza que el casco hacía ponderosa.
309 Teucro armó nuevamente el arco, envió otra saeta á Héctor, con
ánimo de herirle, y también erró el tiro, por haberlo desviado Apolo;
pero hirió en el pecho cerca de la tetilla á Arqueptólemo, osado auriga
de Héctor, cuando se lanzaba á la pelea. Arqueptólemo cayó del carro,
cejaron los corceles de pies ligeros, y allí terminaron la vida y el
valor del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor por tal
muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejóle y mandó á su
propio hermano Cebrión, que se hallaba cerca, que tomara las riendas
de los caballos. Oyóle Cebrión y no desobedeció. Héctor saltó del
refulgente carro al suelo, y vociferando de un modo espantoso, cogió
una piedra y encaminóse hacia Teucro con el propósito de herirle.
Teucro, á su vez, sacó del carcaj una acerba flecha, y ya estiraba la
cuerda del arco, cuando Héctor, de tremolante casco, acertó á darle
con la áspera piedra cerca del hombro, donde la clavícula separa el
cuello del pecho y las heridas son mortales, y le rompió el nervio:
entorpecióse el brazo, Teucro cayó de hinojos y el arco se le fué de
las manos. Ayax no abandonó al hermano caído en el suelo, sino que
corriendo á defenderle, le resguardó con el escudo. Acudieron dos
compañeros, Mecisteo, hijo de Equio, y el divino Alástor; y cogiendo á
Teucro, que daba grandes suspiros, lo llevaron á las cóncavas naves.
335 El Olímpico volvió á excitar el valor de los teucros, los cuales
hicieron arredrar á los aqueos en derechura al profundo foso. Héctor
iba con los delanteros, haciendo gala de su fuerza. Como el perro
que acosa con ágiles pies á un jabalí ó á un león, le muerde, ya los
muslos, ya las nalgas, y observa si vuelve la cara; de igual modo
perseguía Héctor á los aqueos de larga cabellera, matando al que se
rezagaba, y ellos huían espantados. Cuando atravesaron la empalizada
y el foso, muchos sucumbieron á manos de los teucros; los demás no
pararon hasta las naves, y allí se animaban los unos á los otros, y con
los brazos levantados oraban á todas las deidades. Héctor hacía girar
por todas partes los corceles de hermosas crines; y sus ojos parecían
los de la Gorgona ó los de Marte, peste de los hombres.
350 Juno, la diosa de los níveos brazos, al ver á los aqueos
compadeciólos, y dirigió á Minerva estas aladas palabras:
352 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¿No nos
cuidaremos de socorrer, aunque tarde, á los dánaos moribundos?
Perecerán, cumpliéndose su aciago destino, por el arrojo de un solo
hombre, de Héctor Priámida, que se enfurece de intolerable modo y ha
causado ya gran estrago.»
357 Respondióle Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «Tiempo ha
que ése hubiera perdido fuerza y vida, muerto en su misma patria por
los aqueos; pero mi padre revuelve en su mente funestos propósitos,
¡cruel, siempre injusto, desbaratador de mis planes!, y no recuerda
cuántas veces salvé á su hijo abrumado por los trabajos que Euristeo le
impusiera. Hércules clamaba al cielo, llorando, y Júpiter me enviaba
á socorrerle. Si mi sabia mente hubiese presentido lo de ahora, no
hubiera escapado el hijo de Júpiter de las hondas corrientes de la
Estigia, cuando aquél le mandó que fuera al Orco, de sólidas puertas,
y sacara del Érebo el horrendo can de Plutón. Al presente Jove me
aborrece y cumple los deseos de Tetis, que besó sus rodillas y le tocó
la barba, suplicándole que honrase á Aquiles, asolador de ciudades. Día
vendrá en que me llame nuevamente su amada hija, la de los brillantes
ojos. Pero unce los solípedos corceles, mientras yo, entrando en el
palacio de Júpiter, me armo para la guerra; quiero ver si el hijo de
Príamo, Héctor, de tremolante casco, se alegrará cuando aparezcamos
en el campo de la batalla. Alguno de los teucros, cayendo junto á las
naves aqueas, saciará con su grasa y con su carne á los perros y á las
aves.»
381 Dijo; y Juno, la diosa de los níveos brazos, no fué desobediente.
La venerable diosa Juno, hija del gran Saturno, aprestó solícita los
caballos de áureos jaeces. Y Minerva, hija de Júpiter, que lleva la
égida, dejó caer al suelo el hermoso peplo bordado que ella misma
tejiera y labrara con sus manos; vistió la loriga de Jove, que amontona
las nubes, y se armó para la luctuosa guerra. Y subiendo al flamante
carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que la hija del
prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos
monta en cólera. Juno picó con el látigo á los bridones, y abriéronse
de propio impulso, rechinando, las puertas del cielo de que cuidan
las Horas--á ellas está confiado el espacioso cielo y el Olimpo--para
remover ó colocar delante la densa nube. Por allí, á través de las
puertas, dirigieron aquellas deidades los corceles, dóciles al látigo.
397 El padre Júpiter, apenas las vió desde el Ida, se encendió en
cólera; y al punto llamó á Iris, la de doradas alas, para que le
sirviese de mensajera:
399 «¡Anda, ve, rápida Iris! Haz que se vuelvan y no les dejes llegar
á mi presencia, porque ningún beneficio les reportará luchar conmigo.
Lo que voy á decir, se cumplirá: Encojaréles los briosos corceles; las
derribaré del carro, que romperé luego, y ni en diez años cumplidos
sanarán de las heridas que les produzca el rayo, para que conozca la de
los brillantes ojos que es con su padre contra quien combate. Con Juno
no me irrito ni me encolerizo tanto, porque siempre ha solido oponerse
á mis proyectos.»
409 De tal modo habló. Iris, la de los pies rápidos como el huracán,
se levantó para llevar el mensaje; descendió de los montes ideos; y
alcanzando á las diosas en la entrada del Olimpo, en valles abundoso,
hizo que se detuviesen, y les transmitió la orden de Júpiter:
413 «¿Adónde corréis? ¿Por qué en vuestro pecho el corazón se enfurece?
No consiente el Saturnio que se socorra á los argivos. Ved aquí lo que
hará el hijo de Saturno, si cumple su amenaza: Os encojará los briosos
caballos, os derribará del carro, que romperá luego, y ni en diez años
cumplidos sanaréis de las heridas que os produzca el rayo; para que
conozcas tú, la de los brillantes ojos, que es con tu padre contra
quien combates. Con Juno no se irrita ni se encoleriza tanto, porque
siempre ha solido oponerse á sus proyectos. Pero tú, temeraria, perra
desvergonzada, si realmente te atrevieras á levantar contra Júpiter la
formidable lanza...»
425 Cuando esto hubo dicho, fuése Iris, la de los pies ligeros; y Juno
dirigió á Minerva estas palabras:
427 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! Ya no permito
que por los mortales peleemos con Jove. Mueran unos y vivan otros,
cualesquiera que fueren; y aquél sea juez, como le corresponde, y dé á
los teucros y á los dánaos lo que su espíritu acuerde.»
432 Esto dicho, torció la rienda á los solípedos caballos. Las Horas
desuncieron los corceles de hermosas crines, los ataron á los pesebres
divinos y apoyaron el carro en el reluciente muro. Y las diosas, que
tenían el corazón afligido, se sentaron en áureos tronos entre las
demás deidades.
[Ilustración: IRIS DESCENDIÓ DE LOS MONTES IDEOS, HIZO QUE LAS DIOSAS
PARASEN EL CARRO, Y LES TRANSMITIÓ LAS ÓRDENES DE JÚPITER
(-Canto VIII; versos 410 á 412.-)]
438 El padre Jove, subiendo al carro de hermosas ruedas, guió los
caballos desde el Ida al Olimpo y llegó á la mansión de los dioses; y
allí el ínclito Neptuno, que sacude la tierra, desunció los corceles,
puso el carro en su sitio y lo cubrió con un velo de lino. El
longividente Júpiter tomó asiento en el áureo trono y el inmenso Olimpo
tembló bajo sus pies. Minerva y Juno, sentadas aparte y á distancia de
Júpiter, nada le dijeron ni preguntaron; mas él comprendió en su mente
lo que pensaban, y dijo:
447 «¿Por qué os halláis tan abatidas, Minerva y Juno? No os habréis
fatigado mucho en la batalla, donde los varones adquieren gloria,
matando teucros, contra quienes sentís vehemente rencor. Son tales mi
fuerza y mis manos invictas, que no me harían cambiar de resolución
cuantos dioses hay en el Olimpo. Pero os temblaron los hermosos
miembros antes que llegarais á ver el combate y sus terribles hechos.
Diré lo que en otro caso hubiera ocurrido: Heridas por el rayo, no
hubieseis vuelto en vuestro carro al Olimpo, donde se halla la mansión
de los inmortales.»
457 Así habló. Minerva y Juno, que tenían los asientos contiguos y
pensaban en causar daño á los teucros, mordiéronse los labios. Minerva,
aunque airada contra su padre y poseída de feroz cólera, guardó
silencio y nada dijo; pero á Juno la ira no le cupo en el pecho, y
exclamó:
462 «¡Crudelísimo Saturnio! ¡Qué palabras proferiste! Bien sabemos
que es incontrastable tu poder; pero tenemos lástima de los belicosos
dánaos, que morirán, y se cumplirá su aciago destino. Nos abstendremos
de intervenir en la lucha, si nos lo mandas, pero sugeriremos á los
argivos consejos saludables para que no perezcan todos víctimas de tu
cólera.»
469 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «En la próxima mañana
verás si quieres, Juno veneranda, la de los grandes ojos, cómo el
prepotente Saturnio hace gran riza en el ejército de los belicosos
argivos. Y el impetuoso Héctor no dejará de pelear, hasta que junto á
las naves se levante el Pelida, el de los pies ligeros, el día aquel
en que combatirán cerca de los bajeles y en estrecho espacio por el
cadáver de Patroclo. Así decretólo el hado, y no me importa que te
irrites. Aunque te vayas á los confines de la tierra y del mar, donde
moran Japeto y Saturno, que no disfrutan de los rayos del sol excelso
ni de los vientos, y se hallan rodeados por el profundo Tártaro;
aunque, errante, llegues hasta allí, no me preocupará verte enojada,
porque no hay quien sea más desvergonzado que tú.»
484 Así dijo; y Juno, la de los níveos brazos, nada respondió. La
brillante luz del sol se hundió en el Océano, trayendo sobre la alma
tierra la noche obscura. Contrarió á los teucros la desaparición de la
luz; mas para los aqueos llegó grata, muy deseada, la tenebrosa noche.
489 El esclarecido Héctor reunió á los teucros en la ribera del
voraginoso Janto, lejos de las naves, en un lugar limpio donde el suelo
no aparecía cubierto de cadáveres. Aquéllos descendieron de los carros
y escucharon á Héctor, caro á Júpiter, que arrimado á su lanza de once
codos, cuya reluciente broncínea punta estaba sujeta por áureo anillo,
así les arengaba:
497 «¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados! En el día de hoy esperaba
volver á la ventosa Ilión después de destruir las naves y acabar con
todos los aqueos; pero nos quedamos á obscuras, y esto ha salvado á
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