un Sueño divino muy semejante al ilustre Néstor en la forma, estatura y
natural. Púsose sobre mi cabeza y profirió estas palabras: «¿Duermes,
hijo del belicoso Atreo domador de caballos? No debe dormir toda la
noche el príncipe á quien se han confiado los guerreros y á cuyo cargo
se hallan tantas cosas. Préstame atención, pues vengo como mensajero
de Júpiter; el cual, aun estando lejos, se interesa mucho por ti y
te compadece. Armar te ordena á los aqueos de larga cabellera y sacar
toda la hueste: ahora podrías tomar á Troya, la ciudad de anchas
calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están
discordes, por haberlos persuadido Juno con sus ruegos, y una serie de
infortunios amenaza á los troyanos por la voluntad de Júpiter. Graba
mis palabras en tu memoria.» Dijo, fuése volando, y el dulce sueño me
abandonó. Ea, veamos cómo podremos conseguir que los aqueos tomen las
armas. Para probarlos como es debido, les aconsejaré que huyan en las
naves de muchos bancos; y vosotros, hablándoles unos por un lado y
otros por el opuesto, procurad detenerlos.»
76 Habiéndose expresado en estos términos, se sentó. Seguidamente
levantóse Néstor, que era rey de la arenosa Pilos, y benévolo les
arengó diciendo:
79 «¡Amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Si algún otro aqueo
nos refiriese el sueño, lo creeríamos falso y desconfiaríamos aún más;
pero lo ha tenido quien se gloría de ser el más poderoso de los aqueos.
Ea, veamos cómo podremos conseguir que los aqueos tomen las armas.»
84 Dichas estas palabras, salió del consejo. Los reyes que llevan
cetro se levantaron, obedeciendo al pastor de hombres, y la gente del
pueblo acudió presurosa. Como de la hendedura de un peñasco salen sin
cesar enjambres copiosos de abejas que vuelan arracimadas sobre las
flores primaverales y unas revolotean á este lado y otras á aquel,
así las numerosas familias de guerreros marchaban en grupos, por la
baja ribera, desde las naves y tiendas á la junta. En medio, la Fama,
mensajera de Júpiter, enardecida, les instigaba á que acudieran, y
ellos se iban reuniendo. Agitóse la junta, gimió la tierra y se produjo
tumulto, mientras los hombres tomaron sitio. Nueve heraldos daban voces
para que callaran y oyeran á los reyes, alumnos de Júpiter. Sentáronse
al fin, aunque con dificultad, y enmudecieron tan pronto como ocuparon
los asientos. Entonces se levantó el rey Agamenón, empuñando el cetro
que Vulcano hiciera para el soberano Jove Saturnio--éste lo dió al
mensajero Argicida; Mercurio lo regaló al excelente jinete Pélope,
quien, á su vez, lo entregó á Atreo, pastor de hombres; Atreo al morir
lo legó á Tiestes, rico en ganado, y Tiestes lo dejó á Agamenón para
que reinara en muchas islas y en todo el país de Argos,--y descansando
el rey sobre el arrimo del cetro, habló así á los argivos:
110 «¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! En grave infortunio
envolvióme Júpiter. ¡Cruel! Me prometió y aseguró que no me iría sin
destruir la bien murada Ilión, y todo ha sido funesto engaño; pues
ahora me ordena regresar á Argos, sin gloria, después de haber perdido
tantos hombres. Así debe de ser grato al prepotente Júpiter, que ha
destruído las fortalezas de muchas ciudades y aún destruirá otras
porque su poder es inmenso. Vergonzoso será para nosotros que lleguen
á saberlo los hombres de mañana. ¡Un ejército aqueo tal y tan grande
hacer una guerra vana é ineficaz! ¡Combatir contra un número menor de
hombres y no saberse aún cuándo la contienda tendrá fin! Pues si aqueos
y troyanos, jurando la paz, quisiéramos contarnos, y reunidos cuantos
troyanos hay en sus hogares y agrupados nosotros en décadas, cada
una de éstas eligiera un troyano para que escanciara el vino, muchas
décadas se quedarían sin escanciador. ¡En tanto superan los aqueos á
los troyanos que en Ilión moran! Pero han venido en su ayuda hombres de
muchas ciudades, que saben blandir la lanza, me apartan de mi propósito
y no me permiten, como quisiera, tomar la populosa ciudad de Troya.
Nueve años del gran Jove transcurrieron ya; los maderos de las naves se
han podrido y las cuerdas están deshechas; nuestras esposas é hijitos
nos aguardan en los palacios; y aún no hemos dado cima á la empresa
para la cual vinimos. Ea, obremos todos como voy á decir: Huyamos en
las naves á nuestra patria, pues ya no tomaremos á Troya, la de anchas
calles.»
142 Así dijo; y á todos los que no habían asistido al consejo se les
conmovió el corazón en el pecho. Agitóse la junta como las grandes olas
que en el mar Icario levantan el Euro y el Noto cayendo impetuosos de
las nubes amontonadas por el padre Júpiter. Como el Céfiro mueve con
violento soplo un campo de trigo y se cierne sobre las espigas, de
igual manera se movió toda la junta. Con gran gritería y levantando
nubes de polvo, corren hacia los bajeles; exhórtanse á tirar de ellos
para botarlos al mar divino; limpian los canales; quitan los soportes,
y el vocerío de los que se disponen á volver á la patria llega hasta el
cielo.
155 Y efectuárase entonces, antes de lo dispuesto por el destino, el
regreso de los argivos, si Juno no hubiese dicho á Minerva:
157 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita
deidad! ¿Huirán los argivos á sus casas, á su tierra por el ancho
dorso del mar, y dejarán como trofeo á Príamo y á los troyanos la
argiva Helena, por la cual tantos aqueos perecieron en Troya, lejos
de su patria? Ve en seguida al ejército de los aqueos, de broncíneas
lorigas, detén con suaves palabras á cada guerrero y no permitas que
boten al mar los corvos bajeles.»
166 De este modo habló. Minerva, la diosa de los brillantes ojos, no
fué desobediente. Bajando en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo,
llegó presto á las naves aqueas y halló á Ulises, igual á Júpiter en
prudencia, que permanecía inmóvil y sin tocar la negra nave de muchos
bancos porque el pesar le llegaba al corazón y al alma. Y poniéndose á
su lado, díjole Minerva, la de los brillantes ojos:
173 «¡Hijo de Laertes, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos!
¿Huiréis á vuestras casas, á la patria tierra, embarcados en las naves
de muchos bancos, y dejaréis como trofeo á Príamo y á los troyanos la
argiva Helena, por la cual tantos aqueos perecieron en Troya, lejos de
su patria? Ve en seguida al ejército de los aqueos y no cejes: detén
con suaves palabras á cada guerrero y no permitas que boten al mar los
corvos bajeles.»
182 Dijo. Ulises conoció la voz de la diosa; tiró el manto, que recogió
el heraldo Euríbates de Ítaca, que le acompañaba; corrió hacia el
Atrida Agamenón, para que le diera el imperecedero cetro paterno; y
con éste en la mano, enderezó á las naves de los aqueos, de broncíneas
lorigas.
188 Cuando encontraba á un rey ó á un capitán eximio, parábase y le
detenía con suaves palabras:
190 «¡Ilustre! No es digno de ti temblar como un cobarde. Deténte
y haz que los otros se detengan también. Aún no conoces claramente
la intención del Atrida: ahora nos prueba, y pronto castigará á los
aqueos. En el consejo no todos comprendimos lo que dijo. No sea que,
irritándose, maltrate á los aqueos; la cólera de los reyes, alumnos de
Jove, es terrible, porque su dignidad procede del próvido Júpiter y
éste los ama.»
198 Cuando encontraba á un hombre del pueblo gritando, dábale con el
cetro y le increpaba de esta manera:
200 «¡Desdichado! Estáte quieto y escucha á los que te aventajan en
bravura; tú, débil é inepto para la guerra, no eres estimado ni en el
combate ni en el consejo. Aquí no todos los aqueos podemos ser reyes;
no es un bien la soberanía de muchos; uno solo sea príncipe, uno solo
rey: aquel á quien el hijo del artero Saturno dió cetro y leyes para
que reine sobre nosotros.»
[Ilustración: ANDA, PERNICIOSO SUEÑO, INTRODÚCETE EN LA TIENDA DE
AGAMENÓN Y DILE LO QUE VOY Á ENCARGARTE
(-Canto II, versos 8 á 10.-)]
207 Así Ulises, obrando como supremo jefe, se imponía al ejército; y
ellos se apresuraban á volver de las tiendas y naves á la junta, con
gran vocerío, como cuando el olaje del estruendoso mar brama en la
anchurosa playa y el ponto resuena.
211 Todos se sentaron y permanecieron quietos en su sitio, á excepción
de Tersites, que, sin poner freno á la lengua, alborotaba. Ése sabía
muchas palabras groseras para disputar temerariamente, no de un modo
decoroso, con los reyes; y lo que á él le pareciera, hacerlo ridículo
para los argivos. Fué el hombre más feo que llegó á Troya, pues era
bizco y cojo de un pie; sus hombros corcovados se contraían sobre el
pecho, y tenía la cabeza puntiaguda y cubierta por rala cabellera.
Aborrecíanle de un modo especial Aquiles y Ulises, á quienes zahería; y
entonces, dando estridentes voces, insultaba al divino Agamenón. Y por
más que los aqueos se indignaban é irritaban mucho contra él, seguía
increpándole á voz en grito:
225 «¡Atrida! ¿De qué te quejas ó de qué careces? Tus tiendas están
repletas de bronce y tienes muchas y escogidas mujeres que los
aqueos te ofrecemos antes que á nadie cuando tomamos alguna ciudad.
¿Necesitas, acaso, el oro que un troyano te traiga de Ilión para
redimir al hijo que yo ú otro aqueo haya hecho prisionero? ¿Ó, por
ventura, una joven con quien goces del amor y que tú solo poseas? No
es justo que, siendo el jefe, ocasiones tantos males á los aqueos. ¡Oh
cobardes, hombres sin dignidad, aqueas más bien que aqueos! Volvamos
en las naves á la patria y dejémosle aquí, en Troya, para que devore
el botín y sepa si le sirve ó no nuestra ayuda; ya que ha ofendido á
Aquiles, varón muy superior, arrebatándole la recompensa que todavía
retiene. Poca cólera siente Aquiles en su pecho y es grande su
indolencia; si no fuera así, Atrida, éste sería tu último ultraje.»
243 Tales palabras dijo Tersites, zahiriendo á Agamenón, pastor de
hombres. El divino Ulises se detuvo á su lado; y mirándole con torva
faz, le increpó duramente:
246 «¡Tersites parlero! Aunque seas orador fecundo, calla y no quieras
disputar con los reyes. No creo que haya un hombre peor que tú entre
cuantos han venido á Ilión con los Atridas. Por tanto, no tomes en boca
á los reyes, ni los injuries, ni pienses en el regreso. No sabemos aún
con certeza cómo esto acabará y si la vuelta de los aqueos será feliz
ó desgraciada. Mas tú denuestas al Atrida Agamenón, porque los héroes
dánaos le dan muchas cosas; por esto le zahieres. Lo que voy á decir se
cumplirá: Si vuelvo á encontrarte delirando como ahora, que Ulises no
conserve la cabeza sobre los hombros ni sea llamado padre de Telémaco
si, echándote mano, no te despojo del vestido (el manto y la túnica
que cubren tus vergüenzas) y no te envío lloroso de la junta á las
veleras naves después de castigarte con afrentosos azotes.»
265 Tal dijo, y con el cetro dióle un golpe en la espalda y los
hombros. Tersites se encorvó, mientras una gruesa lágrima caía de sus
ojos y un cruento cardenal aparecía en su espalda por bajo del áureo
cetro. Sentóse, turbado y dolorido; miró á todos con aire de simple, y
se enjugó las lágrimas. Ellos, aunque afligidos, rieron con gusto y no
faltó quien dijera á su vecino:
272 «¡Oh dioses! Muchas cosas buenas hizo Ulises, ya dando consejos
saludables, ya preparando la guerra; pero esto es lo mejor que ha
realizado entre los argivos: hacer callar al insolente charlatán, cuyo
ánimo osado no le impulsará en lo sucesivo á zaherir con injuriosas
palabras á los reyes.»
278 De tal modo hablaba la multitud. Levantóse Ulises, asolador de
ciudades, con el cetro en la mano (Minerva, la de los brillantes ojos,
que, transfigurada en heraldo, junto á él estaba, impuso silencio para
que todos los aqueos, desde los primeros hasta los últimos, oyeran el
discurso y meditaran los consejos), y benévolo les arengó diciendo:
284 «¡Atrida! Los aqueos, oh rey, quieren cubrirte de baldón ante todos
los mortales de voz articulada y no cumplen lo que te prometieron
al venir de la Argólide, criadora de caballos: que no te irías sin
destruir la bien murada Ilión. Cual si fuesen niños ó viudas, se
lamentan unos con otros y desean regresar á su casa. Y es, en verdad,
penoso que hayamos de volver afligidos. Cierto que cualquiera se
impacienta al mes de estar separado de su mujer, cuando ve detenida su
nave de muchos bancos por las borrascas invernales y el mar alborotado;
y nosotros hace ya nueve años, con el presente, que aquí permanecemos.
No me enfado, pues, porque los aqueos se impacienten junto á las
cóncavas naves; pero sería bochornoso haber estado aquí tanto tiempo y
volvernos sin conseguir nuestro propósito. Tened paciencia, amigos, y
aguardad un poco más, para que sepamos si fué verídica la predicción
de Calcas. Bien grabada la tenemos en la memoria, y todos vosotros,
los que no habéis sido arrebatados por las Parcas, sois testigos de
lo que ocurrió en Áulide cuando se reunieron las naves aqueas que
tantos males habían de traer á Príamo y á los troyanos. En sacros
altares inmolábamos hecatombes perfectas á los inmortales, junto á
una fuente y á la sombra de un hermoso plátano á cuyo pie manaba el
agua cristalina. Allí se nos ofreció un gran portento. Un horrible
dragón de roja espalda, que el mismo Olímpico sacara á la luz, saltó
de debajo del altar al plátano. En la rama cimera de éste hallábanse
los hijuelos recién nacidos de un ave, que medrosos se acurrucaban
debajo de las hojas; eran ocho, y con la madre que los parió, nueve.
El dragón devoró á los pajarillos, que piaban lastimeramente; la madre
revoleaba quejándose, y aquél volvióse y la cogió por el ala, mientras
ella chillaba. Después que el dragón se hubo comido al ave y á los
polluelos, el dios que lo hiciera aparecer obró en él un prodigio: el
hijo del artero Saturno transformólo en piedra, y nosotros, inmóviles,
admirábamos lo que ocurría. De este modo, las grandes y portentosas
acciones de los dioses interrumpieron las hecatombes. Y en seguida
Calcas, vaticinando, exclamó: «¿Por qué enmudecéis, aqueos de larga
cabellera? El próvido Júpiter es quien nos muestra ese prodigio grande,
tardío, de lejano cumplimiento, pero cuya gloria jamás perecerá. Como
el dragón devoró á los polluelos del ave y al ave misma, los cuales
eran ocho, y con la madre que los dió á luz, nueve, así nosotros
combatiremos allí igual número de años, y al décimo tomaremos la ciudad
de anchas calles.» Tal fué lo que dijo y todo se va cumpliendo. ¡Ea,
aqueos de hermosas grebas, quedaos todos hasta que tomemos la gran
ciudad de Príamo!»
333 De tal suerte habló. Los argivos, con agudos gritos que hacían
retumbar horriblemente las naves, aplaudieron el discurso del divino
Ulises. Y Néstor, caballero gerenio, les arengó diciendo:
337 «¡Oh dioses! Habláis como niños chiquitos que no están ejercitados
en los bélicos trabajos. ¿Qué son de nuestros convenios y juramentos?
¿Se fueron, pues, en humo los consejos, los afanes de los guerreros,
los pactos consagrados con libaciones de vino puro y los apretones de
manos en que confiábamos? Nos entretenemos en contender con palabras
y sin motivo, y en tan largo espacio no hemos podido encontrar un
medio eficaz para conseguir nuestro objeto. ¡Atrida! Tú, como siempre,
manda con firme decisión á los argivos en el duro combate y deja
que se consuman uno ó dos que en discordancia con los demás aqueos
desean, aunque no realizarán su propósito, regresar á Argos antes de
saber si fué ó no falsa la promesa de Júpiter, que lleva la égida.
Pues yo os aseguro que el prepotente Saturnio se nos mostró propicio,
relampagueando por el diestro lado y haciéndonos favorables señales,
el día en que los argivos se embarcaron en las naves de ligero andar
para traer á los troyanos la muerte y el destino. Nadie, pues, se dé
prisa por volver á su casa, hasta haber dormido con la esposa de un
troyano y haber vengado la huída y los gemidos de Helena. Y si alguno
tanto anhelare el regreso, toque la negra nave de muchos bancos para
que delante de todos sea muerto y cumpla su destino. ¡Oh rey! No
dejes de pensar tú mismo y sigue también los consejos que nosotros te
damos. No es despreciable lo que voy á decirte: Agrupa á los hombres,
oh Agamenón, por tribus y familias, para que una tribu ayude á otra
tribu y una familia á otra familia. Si así obrares y te obedecieren los
aqueos, sabrás pronto cuáles jefes y soldados son cobardes y cuáles
valerosos, pues pelearán distintamente; y conocerás si no puedes tomar
la ciudad por la voluntad de los dioses ó por la cobardía de tus
hombres y su impericia en la guerra.»
369 Respondió el rey Agamenón: «De nuevo, oh anciano, superas en la
junta á los aqueos todos. Ojalá, ¡padre Júpiter, Minerva, Apolo!,
tuviera entre los argivos diez consejeros semejantes; entonces la
ciudad del rey Príamo sería pronto tomada y destruída por nuestras
manos. Pero Júpiter, que lleva la égida, me envía penas, enredándome
en inútiles disputas y riñas. Aquiles y yo peleamos con encontradas
razones por una muchacha, y fuí el primero en irritarme; si ambos
procediéramos de acuerdo, no se diferiría un solo momento la ruina de
los troyanos. Ahora, id á comer para que luego trabemos el combate;
cada uno afile la lanza, prepare el escudo, dé el pasto á los
corceles de pies ligeros é inspeccione el carro, apercibiéndose para
la lucha; pues durante todo el día nos pondrá á prueba el horrendo
Marte. Ni un breve descanso ha de haber siquiera, hasta que la
noche obligue á los valientes guerreros á separarse. La correa del
escudo que al combatiente cubre, se impregnará de sudor en torno del
pecho; el brazo se fatigará con el manejo de la lanza, y sudarán los
corceles arrastrando los pulimentados carros. Y aquel que se quede
voluntariamente en las corvas naves, lejos de la batalla, como yo le
vea, no se librará de los perros y de las aves de rapiña.»
394 Así habló. Los argivos promovían gran clamoreo, como cuando las
olas, movidas por el Noto, baten un elevado risco que se adelanta
sobre el mar y no lo dejan mientras soplan los vientos en contrarias
direcciones. Luego, levantándose, se dispersaron por las naves,
encendieron lumbre en las tiendas, tomaron la comida y ofrecieron
sacrificios, quiénes á uno, quiénes á otro de los sempiternos dioses,
para que los librasen de morir en la batalla. Agamenón, rey de hombres,
inmoló un pingüe buey de cinco años al prepotente Saturnio, habiendo
llamado á su tienda á los principales caudillos de los aqueos todos:
á Néstor y al rey Idomeneo, luego á entrambos Ayaces y al hijo de
Tideo, y en sexto lugar á Ulises, igual en prudencia á Júpiter.
Espontáneamente se presentó Menelao, valiente en la pelea, porque sabía
lo que su hermano estaba preparando. Colocáronse todos alrededor del
buey y tomaron harina con sal. Y puesto en medio, el poderoso Agamenón
oró diciendo:
412 «¡Júpiter gloriosísimo, máximo, que amontonas las sombrías nubes
y vives en el éter! ¡Que no se ponga el sol ni sobrevenga la obscura
noche, antes que yo destruya el palacio de Príamo, entregándolo á las
llamas; pegue voraz fuego á las puertas; rompa con mi lanza la coraza
de Héctor en su mismo pecho, y vea á muchos de sus compañeros caídos de
bruces en el polvo y mordiendo la tierra!»
419 Dijo; pero el Saturnio no accedió y, aceptando los sacrificios,
preparóles no envidiable labor. Hecha la rogativa y esparcida la harina
con sal, cogieron las víctimas por la cabeza, que tiraron hacia atrás,
y las degollaron y desollaron; cortaron los muslos, cubriéronlos con
doble capa de grasa y de carne cruda en pedacitos, y los quemaron
con leña sin hojas; y atravesando las entrañas con los asadores,
las pusieron al fuego. Quemados los muslos, probaron las entrañas;
y descuartizando lo restante, lo cogieron con pinchos, lo asaron
cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto
el festín, comieron y nadie careció de su respectiva porción. Y cuando
hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Néstor, caballero
gerenio, comenzó á decirles:
434 «¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! No nos
entretengamos en hablar, ni difiramos por más tiempo la empresa que
un dios pone en nuestras manos. ¡Ea! Los heraldos de los aqueos, de
broncíneas lorigas, pregonen que el ejército se reuna cerca de los
bajeles, y nosotros recorramos juntos el espacioso campamento para
promover cuanto antes un vivo combate.»
441 Tales fueron sus palabras; y Agamenón, rey de hombres, no
desobedeció. Al momento dispuso que los heraldos de voz sonora llamaran
á la batalla á los aqueos de larga cabellera; hízose el pregón, y ellos
se reunieron prontamente. El Atrida y los reyes, alumnos de Júpiter,
hacían formar á los guerreros, y los acompañaba Minerva, la de los
brillantes ojos, llevando la preciosa inmortal égida que no envejece
y de la cual cuelgan cien áureos borlones, bien labrados y del valor
de cien bueyes cada uno. Con ella en la mano, movíase la diosa entre
los aqueos, instigábales á salir al campo y ponía fortaleza en sus
corazones para que pelearan y combatieran sin descanso. Pronto les fué
más agradable batallar, que volver á la patria tierra en las cóncavas
naves.
455 Cual se columbra desde lejos el resplandor de un incendio, cuando
el voraz fuego se propaga por vasta selva en la cumbre de un monte, así
el brillo de las broncíneas armaduras de los que se ponían en marcha
llegaba al cielo á través del éter.
459 De la suerte que las alígeras aves--gansos, grullas ó cisnes
cuellilargos--se posan en numerosas bandadas y chillando en la pradera
Asio, cerca del río Caístro, vuelan acá y allá ufanas de sus alas,
y el campo resuena, de esta manera las numerosas huestes afluían de
las naves y tiendas á la llanura escamandria y la tierra retumbaba
horriblemente bajo los pies de los guerreros y de los caballos.
Y los que en el florido prado del Escamandro llegaron á juntarse
fueron innumerables; tantos, cuantas son las hojas y flores que en la
primavera nacen.
469 Como enjambres copiosos de moscas que en la primaveral estación
vuelan agrupadas por el establo del pastor, cuando la leche llena los
tarros; en tan gran número reuniéronse en la llanura los aqueos de
larga cabellera, deseosos de acabar con los teucros.
474 Poníanlos los caudillos en orden de batalla fácilmente, como los
pastores separan las cabras de grandes rebaños cuando se mezclan en el
pasto; y en medio aparecía el poderoso Agamenón, semejante en la cabeza
y en los ojos á Júpiter, que se goza en lanzar rayos, en el cinturón á
Marte y en el pecho á Neptuno. Como en la vacada el buey más excelente
es el toro, que sobresale entre las vacas, de igual manera hizo Jove
que Agamenón fuera aquel día insigne y eximio entre muchos héroes.
484 Decidme ahora, Musas que poseéis olímpicos palacios y como diosas
lo presenciáis y conocéis todo, mientras que nosotros oímos tan sólo la
fama y nada cierto sabemos, cuáles eran los caudillos y príncipes de
los dánaos. Á la muchedumbre no podría enumerarla ni nombrarla, aunque
tuviera diez lenguas, diez bocas, voz infatigable y corazón de bronce:
sólo las Musas olímpicas, hijas de Júpiter, que lleva la égida, podrían
decir cuántos á Ilión fueron. Pero mencionaré los caudillos y las naves
todas.
494 Mandaban á los beocios Penéleo, Leito, Arcesilao, Protoenor y
Clonio. Los que cultivaban los campos de Hiria, Áulide pétrea, Esqueno,
Escolo, Eteono fragosa, Tespia, Grea y la vasta Micaleso; los que
moraban en Harma, Ilesio y Eritras; los que residían en Eleón, Hila,
Peteón, Ocalea, Medeón, ciudad bien construída, Copas, Eutresis y
Tisba, en palomas abundante; los que habitaban en Coronea, Haliarto
herbosa, Platea y Glisante; los que poseían la bien edificada ciudad
de Hipotebas, la sacra Onquesto, delicioso bosque de Neptuno; y las
ciudades de Arna en uvas abundosa, Midea, Nisa divina y Antedón
fronteriza: todos estos llegaron en cincuenta naves. En cada una se
habían embarcado ciento veinte beocios.
511 De los que habitaban en Aspledón y Orcómeno Minieo eran caudillos
Ascálafo y Yálmeno, hijos de Marte y de Astíoque, que los había
dado á luz en el palacio de Áctor Azida. Astíoque, que era virgen
ruborosa, subió al piso superior, y el terrible dios se unió con ella
clandestinamente. Treinta cóncavas naves en orden les seguían.
517 Mandaban á los focenses Esquedio y Epístrofo, hijos del magnánimo
Ifito Naubólida. Los de Cipariso, Pitón pedregosa, Crisa divina,
Dáulide y Panopeo; los que habitan en Anemoría, Hiámpolis y la ribera
del divino Cefiso; los que poseían la ciudad de Lilea en las fuentes
del mencionado río: todos estos habían llegado en cuarenta negras
naves. Los caudillos ordenaban entonces las filas de los focenses, que
en las batallas combatían á la izquierda de los beocios.
527 Acaudillaba á los locrenses, que vivían en Cino, Opunte, Calíaro,
Besa, Escarfa, Augías amena, Tarfa y Tronio, á orillas del Boagrio, el
ligero Ayax de Oileo, menor, mucho menor que Ayax Telamonio: era bajo
de cuerpo, llevaba coraza de lino y en el manejo de la lanza superaba
á todos los helenos y aqueos. Seguíanle cuarenta negras naves, en las
cuales habían venido los locrenses que viven más allá de la sagrada
Eubea.
536 Los abantes de Eubea, que residían en Calcis, Eretria, Histiea en
uvas abundosa, Cerinto marítima, Dío, ciudad excelsa, Caristo y Estira,
eran capitaneados por el magnánimo Elefenor Calcodontíada, vástago
de Marte. Con tal caudillo llegaron los ligeros abantes, que dejaban
crecer la cabellera en la parte posterior de la cabeza: eran belicosos
y deseaban siempre romper con sus lanzas de fresno las corazas en los
pechos de los enemigos. Seguíanle cuarenta negras naves.
546 Los que habitaban en la bien edificada ciudad de Atenas y
constituían el pueblo del magnánimo Erecteo, á quien Minerva, hija de
Júpiter, crió--habíale dado á luz la fértil tierra--y puso en su rico
templo de Atenas, donde los jóvenes atenienses ofrecen todos los años
sacrificios propiciatorios de toros y corderos á la diosa, tenían por
jefe á Menesteo, hijo de Peteo. Ningún hombre de la tierra sabía como
ése poner en orden de batalla, así á los que combatían en carros, como
á los peones armados de escudos; sólo Néstor competía con él, porque
era más anciano. Cincuenta negras naves le seguían.
557 Ayax había partido de Salamina con doce naves, que colocó cerca de
las falanges atenienses.
559 Los habitantes de Argos, Tirinto amurallada, Hermíona y Ásina en
profundo golfo situadas, Trecena, Eyonas y Epidauro en vides abundosa,
y los jóvenes aqueos de Egina y Masete, eran acaudillados por Diomedes,
valiente en la pelea; Esténelo, hijo del famoso Capaneo, y Euríalo,
igual á un dios, que tenía por padre al rey Mecisteo Talayónida. Era
jefe supremo Diomedes, valiente en la pelea. Ochenta negras naves les
seguían.
569 Los que poseían la bien construída ciudad de Micenas, la opulenta
Corinto y la bien edificada Cleonas; los que cultivaban la tierra en
Ornías, Aretirea deleitosa y Sición, donde antiguamente reinó Adrasto;
los que residían en Hiperesia y Gonoesa excelsa, y los que habitaban en
Pelene, Egio, el Egíalo todo y la espaciosa Hélice: todos estos habían
llegado en cien naves á las órdenes del rey Agamenón Atrida. Muchos y
valientes varones condujo este príncipe que entonces vestía el luciente
bronce, ufano de sobresalir entre los héroes por su valor y por mandar
á mayor número de hombres.
581 Los de la honda y cavernosa Lacedemonia que residían en Faris,
Esparta y Mesa, en palomas abundante; moraban en Brisías ó Augías
amena; poseían las ciudades de Amiclas y Helos marítima, y habitaban en
Laa y Etilo: todos estos llegaron en sesenta naves al mando del hermano
de Agamenón, de Menelao, valiente en el combate, y se armaban formando
unidad aparte. Menelao, impulsado por su propio ardor, los animaba á
combatir y anhelaba en su corazón vengar la huída y los gemidos de
Helena.
591 Los que cultivaban el campo en Pilos, Arena deliciosa, Trío, vado
del Alfeo, y la bien edificada Epi, y los que habitaban en Ciparisa,
Anfigenia, Pteleo, Helos y Dorio (donde las Musas, saliéndole al camino
á Tamiris el tracio, le privaron del canto cuando volvía de la casa
de Eurito el ecaleo; pues jactóse de que saldría vencedor, aunque
cantaran las propias Musas, hijas de Júpiter, que lleva la égida, y
ellas irritadas le cegaron, le privaron del divino canto y le hicieron
olvidar el arte de pulsar la cítara), eran mandados por Néstor,
caballero gerenio, y habían llegado en noventa cóncavas naves.
603 Los que habitaban en la Arcadia al pie del alto monte de Cilene
y cerca de la tumba de Epitio, país de belicosos guerreros; los de
Féneo, Orcómeno en ovejas abundante, Ripa, Estratia y Enispe ventosa;
y los que poseían las ciudades de Tegea, Mantinea deliciosa, Estínfalo
y Parrasia: todos estos llegaron al mando del rey Agapenor, hijo de
Anceo, en sesenta naves. En cada una de éstas se embarcaron muchos
arcadios ejercitados en la guerra. El mismo Agamenón les proporcionó
las naves de muchos bancos, para que atravesaran el vinoso ponto; pues
ellos no se cuidaban de las cosas del mar.
615 Los que habitaban en Buprasio y en el resto de la divina Élide,
desde Hirmina y Mírsino la fronteriza por un lado y la roca Olenia y
Alisio por el otro, tenían cuatro caudillos y cada uno de estos mandaba
diez veleras naves tripuladas por muchos epeos. De dos divisiones eran
respectivamente jefes Anfímaco y Talpio, hijo aquél de Ctéato y éste de
Eurito y nietos de Áctor; de la tercera, el fuerte Diores Amarincida, y
de la cuarta, el deiforme Polixeno, hijo del rey Agástenes Augeída.
625 Los de Duliquio y las sagradas islas Equinas, situadas al otro
lado del mar frente á la Élide, eran mandados por Meges Filida, igual
á Marte, á quien engendrara el jinete Fileo, caro á Júpiter, cuando
por haberse enemistado con su padre emigró á Duliquio. Cuarenta negras
naves le seguían.
631 Ulises acaudillaba á los magnánimos cefalenios. Los de Ítaca y su
frondoso Nérito; los que cultivaban los campos de Crocilea y de la
escarpada Egílipe; los que habitaban en Zacinto; los que vivían en
Samos y sus alrededores; los que estaban en el continente y los que
ocupaban la orilla opuesta: todos ellos obedecían á Ulises, igual á
Júpiter en prudencia. Doce naves de rojas proas le seguían.
638 Toante, hijo de Andremón, regía á los etolos que habitaban en
Pleurón, Óleno, Pilene, Calcis marítima y Calidón pedregosa. Ya no
existían los hijos del magnánimo Eneo, ni éste; y muerto también el
rubio Meleagro, diéronse á Toante todos los poderes para que reinara
sobre los etolos. Cuarenta negras naves le seguían.
645 Mandaba á los cretenses Idomeneo, famoso por su lanza. Los que
vivían en Cnoso, Gortina amurallada, Licto, Mileto, blanca Licasto,
Festo y Ritio, ciudades populosas, y los que ocupaban la isla de Creta
con sus cien ciudades: todos eran gobernados por Idomeneo, famoso por
su lanza, que con Meriones, igual al homicida Marte, compartía el
mando. Seguíanle ochenta negras naves.
653 Tlepólemo Heraclida, valiente y alto de cuerpo, condujo en nueve
buques á los fieros rodios que vivían, divididos en tres pueblos, en
Lindo, Yaliso y Camiro la blanca. De éstos era caudillo Tlepólemo,
famoso por su lanza, á quien Astioquía concibió del fornido Hércules
cuando el héroe se la llevó de Éfira, de la ribera del Seleente,
después de haber asolado muchas ciudades defendidas por nobles
mancebos. Cuando Tlepólemo, criado en el magnífico palacio, hubo
llegado á la juventud, mató al anciano tío materno de su padre, á
Licimnio, vástago de Marte; y como los demás hijos y nietos del fuerte
Hércules le amenazaran, construyó naves, reunió mucha gente y huyó por
mar. Errante y sufriendo penalidades pudo llegar á Rodas, y allí se
estableció con los suyos, que formaron tres tribus. Se hicieron querer
de Júpiter, que reina sobre los dioses y los hombres, y el Saturnio les
dió abundante riqueza.
671 Nireo condujo desde Sima tres naves bien proporcionadas; Nireo,
hijo de Aglaya y el rey Cáropo; Nireo, el más hermoso de los dánaos que
fueron á Troya, si exceptuamos al eximio Pelida; pero era tímido y poca
la gente que mandaba.
676 Los que habitaban en Nísiro, Crápato, Caso, Cos, ciudad de
Eurípilo, y las islas Calidnas, tenían por jefes á Fidipo y Ántifo,
hijos del rey Tésalo Heraclida. Treinta cóncavas naves en orden les
seguían.
681 Cuantos ocupaban el Argos pelásgico, los que vivían en Alo, Álope y
Traquina y los que poseían la Ptía y la Hélade de lindas mujeres, y se
llamaban mirmidones, helenos y aqueos, tenían por capitán á Aquiles y
habían llegado en cincuenta naves. Mas éstos no se curaban entonces del
combate horrísono, por no tener quien los llevara á la pelea: el divino
Aquiles, el de los pies ligeros, no salía de las naves, enojado á causa
de la joven Briseida, de hermosa cabellera, á la cual hiciera cautiva
en Lirneso, cuando después de grandes fatigas destruyó esta ciudad y
las murallas de Tebas, dando muerte á los belicosos Mines y Epístrofo,
hijos del rey Eveno Selepíada. Afligido por ello, se entregaba al ocio;
pero pronto había de levantarse.
695 Los que habitaban en Fílace, Píraso florida, que es lugar
consagrado á Ceres; Itón, criadora de ovejas; Antrón marítima y Pteleo
herbosa, fueron acaudillados por el aguerrido Protesilao mientras
vivió, pues ya entonces teníalo en su seno la negra tierra: matóle un
dárdano cuando saltó de la nave mucho antes que los demás aqueos, y
en Fílace quedaron su desolada esposa y la casa á medio acabar. Con
todo, no carecían aquéllos de jefe, aunque echaban de menos al que
antes tuvieron, pues los ordenaba para el combate Podarces, vástago de
Marte, hijo del opulento Ificles Filácida y hermano menor del animoso
Protesilao. Éste era mayor y más valiente. Sus hombres, pues, no
estaban sin caudillo; pero sentían añoranza por él, que tan esforzado
había sido. Cuarenta negras naves le seguían.
711 Los que moraban en Feras situada á orillas del lago Bebeis, Beba,
Gláfiras y Yaolco bien edificada, habían llegado en once naves al mando
de Eumelo, hijo querido de Admeto y de Alcestes, divina entre las
mujeres, que era la más hermosa de las hijas de Pelias.
716 Los que cultivaban los campos de Metona y Taumacia y los que
poseían las ciudades de Melibea y Olizón fragosa, tuvieron por capitán
á Filoctetes, hábil arquero, y llegaron en siete naves: en cada una
de éstas se embarcaron cincuenta remeros muy expertos en combatir
valerosamente con el arco. Mas Filoctetes se hallaba, padeciendo
terribles dolores, en la divina isla de Lemnos, donde lo dejaron
los aqueos cuando fué mordido por ponzoñoso reptil. Allí permanecía
afligido; pero pronto en las naves habían de acordarse los argivos del
rey Filoctetes. No carecían aquéllos de jefe, aunque echaban de menos á
su caudillo, pues los ordenaba para el combate Medonte, hijo bastardo
de Oileo, asolador de ciudades, de quien lo tuvo Rena.
729 De los de Trica, Itoma de quebrado suelo, y Ecalia, ciudad de
Eurito el ecaleo, eran capitanes dos hijos de Esculapio y excelentes
médicos: Podalirio y Macaón. Treinta cóncavas naves en orden les
seguían.
734 Los que poseían la ciudad de Ormenio, la fuente Hiperea, Asterio y
las nevadas cimas del Títano, eran mandados por Eurípilo, hijo preclaro
de Evemón. Cuarenta negras naves le seguían.
738 Á los de Argisa, Girtona, Orta, Elona y la blanca ciudad de
Oloosón, los regía el intrépido Polipetes, hijo de Pirítoo y nieto de
Júpiter inmortal (habíalo dado á luz la ínclita Hipodamia el mismo
día en que Pirítoo, castigando á los hirsutos Centauros, los echó del
Pelión y los obligó á retirarse hacia los etiquios). Con él compartía
el mando Leonteo, vástago de Marte, hijo del animoso Corono Cenida.
Cuarenta negras naves les seguían.
748 Guneo condujo desde Cifo en veintidós naves á los enienes é
intrépidos perebos; aquéllos tenían su morada en la fría Dodona y éstos
cultivaban los campos á orillas del hermoso Titaresio que vierte sus
cristalinas aguas en el Peneo de argénteos vórtices; pero no se mezcla
con él, sino que sobrenada como aceite, porque es un arroyo del agua de
la Estigia que se invoca en los terribles juramentos.
756 Á los magnetes gobernábalos Protoo, hijo de Tentredón. Los que
habitaban á orillas del Peneo y en el frondoso Pelión, tenían, pues,
por jefe al ligero Protoo. Cuarenta negras naves le seguían.
760 Tales eran los caudillos y príncipes de los dánaos. Dime, Musa,
cuál fué el mejor de los varones y cuáles los más excelentes caballos
de cuantos con los Atridas llegaron. Entre los corceles sobresalían
las yeguas del Feretíada, que guiaba Eumelo: eran ligeras como aves,
apeladas, y de la misma edad y altura; criólas Apolo, el del arco
de plata, en Perea, y llevaban consigo el terror de Marte. De los
guerreros el más valiente fué Ayax Telamonio mientras duró la cólera
de Aquiles, pues éste le superaba mucho; y también eran los mejores
caballos los que llevaban al eximio Pelida. Mas Aquiles permanecía
entonces en las corvas naves que atraviesan el ponto, por estar
irritado contra Agamenón Atrida, pastor de hombres; su gente se
solazaba en la playa tirando discos, venablos ó flechas; los corceles
comían loto y apio palustre cerca de los carros de los capitanes
que permanecían enfundados en las tiendas, y los guerreros, echando
de menos á su jefe, caro á Marte, discurrían por el campamento y no
peleaban.
780 Ya los demás avanzaban á modo de incendio que se propagase por
toda la comarca; y como la tierra gime cuando Júpiter, que se complace
en lanzar rayos, airado, la azota en Arimos, donde dicen que está el
lecho de Tifoeo; de igual manera gemía debajo de los que iban andando y
atravesaban con ligero paso la llanura.
786 Dió á los teucros la triste noticia Iris, la de los pies ligeros
como el viento, á quien Júpiter, que lleva la égida, enviara como
mensajera. Todos ellos, jóvenes y viejos, se habían reunido en
los pórticos del palacio de Príamo y deliberaban. Iris, la de los
pies ligeros, se les presentó tomando la figura y voz de Polites,
hijo de Príamo; el cual, confiando en su agilidad, se sentaba como
atalaya de los teucros en la cima del túmulo del antiguo Esietes y
observaba cuando los aqueos partían de las naves para combatir. Así
transfigurada, dijo Iris, la de los pies ligeros:
796 «¡Oh anciano! Te placen los discursos interminables como cuando
teníamos paz, y una obstinada guerra se ha promovido. Muchas batallas
he presenciado, pero nunca vi un ejército tal y tan grande como el que
viene á pelear contra la ciudad, formado por tantos hombres cuantas
son las hojas ó las arenas. ¡Héctor! Te recomiendo encarecidamente que
procedas de este modo: Como en la gran ciudad de Príamo hay muchos
auxiliares y no hablan una misma lengua hombres de países tan diversos,
cada cual mande á aquellos de quienes es príncipe y acaudille á sus
conciudadanos, después de ponerlos en orden de batalla.»
807 Así se expresó; y Héctor, conociendo la voz de la diosa,
disolvió la junta. Apresuráronse á tomar las armas, abriéronse todas
las puertas, salió el ejército de infantes y de los que en carros
combatían, y se produjo un gran tumulto.
811 Hay en la llanura, frente á la ciudad, una excelsa colina aislada
de las demás y accesible por todas partes, á la cual los hombres llaman
Batiea y los inmortales tumba de la ágil Mirina: allí fué donde los
troyanos y sus auxiliares se pusieron en orden de batalla.
816 Á los troyanos mandábalos el gran Héctor Priámida, de tremolante
casco. Con él se armaban las tropas más copiosas y valientes, que
ardían en deseos de blandir las lanzas.
819 De los dardanios era caudillo Eneas, valiente hijo de Anquises
de quien lo tuvo la divina Venus después que la diosa se unió con el
mortal en un bosque del Ida. Con Eneas compartían el mando dos hijos de
Antenor: Arquéloco y Acamante, diestros en toda suerte de pelea.
824 Los ricos teucros que habitaban en Zelea, al pie del Ida, y bebían
el agua del caudaloso Esepo, eran gobernados por Pándaro, hijo ilustre
de Licaón, á quien Apolo en persona diera el arco.
828 Los que poseían las ciudades de Adrastea, Apeso, Pitiea y el alto
monte de Terea, estaban á las órdenes de Adrasto y Anfio, de coraza de
lino: ambos eran hijos de Mérope percosio, el cual conocía como nadie
el arte adivinatoria y no quería que sus hijos fuesen á la homicida
guerra; pero ellos no le obedecieron, impelidos por el hado que á la
negra muerte los arrastraba.
835 Los que moraban en Percote, á orillas del Practio, y los que
habitaban en Sesto, Abido y la divina Arisbe eran mandados por Asio
Hirtácida, príncipe de hombres, á quien fogosos y corpulentos corceles
condujeron desde Arisbe, de la ribera del río Seleente.
840 Hipótoo acaudillaba las tribus de los valerosos pelasgos que
habitaban en la fértil Larisa. Mandábanlos él y Pileo, vástago de
Marte, hijos del pelasgo Leto Teutámida.
844 Á los tracios, que viven á orillas del alborotado Helesponto, los
regían Acamante y el héroe Píroo.
846 Eufemo, hijo de Treceno Céada, alumno de Júpiter, era el capitán de
los beligeros cicones.
848 Pirecmes condujo los peonios, de corvos arcos, desde la lejana
Amidón, de la ribera del anchuroso Axio, cuyas límpidas aguas se
esparcen por la tierra.
851 Á los paflagones, procedentes del país de los énetos, donde se
crían las mulas cerriles, los mandaba Pilémenes, de corazón varonil:
aquéllos poseían la ciudad de Citoro, cultivaban los campos de Sésamo y
habitaban magníficas casas á orillas del Partenio, en Cromna, Egíalo y
los altos montes Eritinos.
856 Los halizones eran gobernados por Odio y Epístrofo y procedían de
lejos: de Álibe, donde hay yacimientos de plata.
858 Á los misios los regían Cromis y el augur Énomo, que no pudo
librarse, á pesar de los agüeros, de la negra muerte; pues sucumbió á
manos del Eácida, el de los pies ligeros, en el río donde éste mató
también á otros teucros.
862 Forcis y el deiforme Ascanio acaudillaban á los frigios, que habían
llegado de la remota Ascania y anhelaban entrar en batalla.
864 Á los meonios los gobernaban Mestles y Ántifo, hijos de Talémenes,
á quienes dió á luz la laguna Gigea. Tales eran los jefes de los
meonios, nacidos al pie del Tmolo.
867 Nastes estaba al frente de los carios de bárbaro lenguaje. Los
que ocupaban la ciudad de Mileto, el frondoso Ptiro, las orillas del
Meandro y las altas cumbres de Micale tenían por caudillos á Nastes
y Anfímaco, preclaros hijos de Nomión; Nastes y Anfímaco, que iba al
combate cubierto de oro como una doncella. ¡Insensato! No por ello se
libró de la triste muerte, pues sucumbió en el río á manos del Eácida,
del aguerrido Aquiles, el de los pies ligeros; y éste se apoderó del
oro.
876 Sarpedón y el eximio Glauco mandaban á los que procedían de la
remota Licia, de la ribera del voraginoso Janto.
[Ilustración: Helena es conducida por Venus al palacio de Paris, á
quien increpa por su flojedad en el combate con Menelao]
CANTO III
JURAMENTOS.--DESDE LA MURALLA.--COMBATE SINGULAR DE ALEJANDRO Y MENELAO
1 Puestos en orden de batalla con sus respectivos jefes, los teucros
avanzaban chillando y gritando como aves--así profieren sus voces
las grullas en el cielo, cuando, para huir del frío y de las lluvias
torrenciales, vuelan gruyendo sobre la corriente del Océano y llevan
la ruina y la muerte á los pigmeos, moviéndoles desde el aire cruda
guerra--y los aqueos marchaban silenciosos, respirando valor y
dispuestos á ayudarse mutuamente.
10 Así como el Noto derrama en las cumbres de un monte la niebla tan
poco grata al pastor y más favorable que la noche para el ladrón, y
sólo se ve el espacio á que alcanza un tiro de piedra; así también,
una densa polvareda se levantaba bajo los pies de los que se ponían en
marcha y atravesaban con gran presteza la llanura.
15 Cuando ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro,
apareció en la primera fila de los teucros Alejandro, semejante á un
dios, con una piel de leopardo en los hombros, el corvo arco y la
espada; y blandiendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba á los más
valientes argivos á que con él sostuvieran terrible combate.
21 Menelao, caro á Marte, vióle venir con arrogante paso al frente de
la tropa, y como el león hambriento que ha encontrado un gran cuerpo
de cornígero ciervo ó de cabra montés, se alegra y lo devora, aunque
lo persigan ágiles perros y robustos mozos; así Menelao se holgó de
ver con sus propios ojos al deiforme Alejandro--figuróse que podría
castigar al culpable--y al momento saltó del carro al suelo sin dejar
las armas.
30 Pero Alejandro, semejante á un dios, apenas distinguió á Menelao
entre los combatientes delanteros, sintió que se le cubría el corazón,
y para librarse de la muerte, retrocedió al grupo de sus amigos. Como
el que descubre un dragón en la espesura de un monte, se echa con
prontitud hacia atrás, tiémblanle las carnes y se aleja con la palidez
pintada en sus mejillas; así el deiforme Alejandro, temiendo al hijo de
Atreo, desapareció en la turba de los altivos teucros.
38 Advirtiólo Héctor y le reprendió con injuriosas palabras:
«¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! Ojalá
no te contaras en el número de los nacidos ó hubieses muerto célibe.
Yo así lo quisiera y te valdría más que no ser la vergüenza y el
oprobio de los tuyos. Los aqueos de larga cabellera se ríen de haberte
considerado como un bravo campeón por tu bella figura, cuando no hay
en tu pecho ni fuerza ni valor. Y siendo cual eres, ¿reuniste á tus
amigos, surcaste los mares en ligeros buques, visitaste á extranjeros,
y trajiste de remota tierra una mujer linda, esposa y cuñada de hombres
belicosos, que es una gran plaga para tu padre, la ciudad y el pueblo
todo, causa de gozo para los enemigos y una vergüenza para ti mismo?
¿No esperas á Menelao, caro á Marte? Conocerías al varón de quien
tienes la floreciente esposa, y no te valdrían la cítara, los dones
de Venus, la cabellera y la hermosura, cuando rodaras por el polvo.
Los troyanos son muy tímidos; pues si no, ya estarías revestido de una
túnica de piedras por los males que les has causado.»
58 Respondióle el deiforme Alejandro: «¡Héctor! Con motivo me increpas
y no más de lo justo; pero tu corazón es inflexible como el hacha que
hiende un leño y multiplica la fuerza de quien la maneja hábilmente
para cortar maderos de navío: tan intrépido es el ánimo que en tu pecho
se encierra. No me reproches los amables dones de la dorada Venus, que
no son despreciables los eximios presentes de los dioses y nadie puede
escogerlos á su gusto. Y si ahora quieres que luche y combata, detén á
los demás teucros y á los aqueos todos, y dejadnos en medio á Menelao,
caro á Marte, y á mí para que peleemos por Helena y sus riquezas: el
que venza, por ser más valiente, lleve á su casa mujer y riquezas; y
después de jurar paz y amistad, seguid vosotros en la fértil Troya y
vuelvan aquéllos á la Argólide, criadora de caballos, y á la Acaya, de
lindas mujeres.»
76 Así habló. Oyóle Héctor con intenso placer, y corriendo al centro de
ambos ejércitos con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges
troyanas, que al momento se quedaron quietas. Los aqueos, de larga
cabellera, le arrojaban flechas, dardos y piedras. Pero Agamenón, rey
de hombres, gritóles con recias voces:
82 «Deteneos, argivos; no tiréis, jóvenes aqueos; pues Héctor, de
tremolante casco, quiere decirnos algo.»
84 Así se expresó. Abstuviéronse de combatir y pronto quedaron
silenciosos. Y Héctor, colocándose entre unos y otros, dijo:
86 «Oíd de mis labios, teucros y aqueos, de hermosas grebas, el
ofrecimiento de Alejandro por quien se suscitó la contienda. Propone
que teucros y aqueos dejemos las bellas armas en el fértil suelo, y
él y Menelao, caro á Marte, peleen en medio por Helena y sus riquezas
todas: el que venza, por ser más valiente, llevará á su casa mujer y
riquezas, y los demás juraremos paz y amistad.»
95 Así dijo. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y Menelao,
valiente en la pelea, les habló de este modo:
97 «Ahora, oídme también á mí. Tengo el corazón traspasado de dolor,
y creo que ya, argivos y teucros, debéis separaros, pues padecisteis
muchos males por mi contienda que Alejandro originó. Aquél de nosotros
para quien se hallen aparejados el destino y la muerte, perezca; y los
demás separaos cuanto antes. Traed un cordero blanco y una cordera
negra para la Tierra y el Sol; nosotros traeremos otro para Júpiter.
Conducid acá á Príamo para que en persona sancione los juramentos, pues
sus hijos son soberbios y fementidos: no sea que alguien cometa una
transgresión y quebrante los juramentos prestados invocando á Júpiter.
El alma de los jóvenes es voluble, y el viejo, cuando interviene en
algo, tiene en cuenta lo pasado y lo futuro á fin de que se haga lo más
conveniente para ambas partes.»
[Ilustración: PARIS, BLANDIENDO DOS LANZAS DE BRONCÍNEA PUNTA,
DESAFIABA Á LOS MÁS VALIENTES ARGIVOS
(-Canto III, versos 18 á 20.-)]
111 Tal dijo. Gozáronse aqueos y teucros con la esperanza de que iba á
terminar la calamitosa guerra. Detuvieron los corceles en las filas,
bajaron de los carros y, dejando la armadura en el suelo, se pusieron
muy cerca los unos de los otros. Un corto espacio mediaba entre ambos
ejércitos.
116 Héctor despachó dos heraldos á la ciudad, para que en seguida le
trajeran las víctimas y llamasen á Príamo. El rey Agamenón, por su
parte, mandó á Taltibio que se llegara á las cóncavas naves por un
cordero. El heraldo no desobedeció al divino Agamenón.
121 Entonces la mensajera Iris fué en busca de Helena, la de níveos
brazos, tomando la figura de su cuñada Laódice, mujer del rey Helicaón
Antenórida, que era la más hermosa de las hijas de Príamo. Hallóla
en el palacio tejiendo una gran tela doble, purpúrea, en la cual
entretejía muchos trabajos que los teucros, domadores de caballos,
y los aqueos, de broncíneas lorigas, habían padecido por ella en la
marcial contienda. Paróse Iris, la de los pies ligeros, junto á Helena,
y así le dijo:
130 «Ven, ninfa querida, para que presencies los admirables hechos de
los teucros, domadores de caballos, y de los aqueos, de broncíneas
lorigas. Los que antes, ávidos del funesto combate, llevaban por la
llanura al luctuoso Marte unos contra otros, se sentaron--pues la
batalla se ha suspendido--y permanecen silenciosos, reclinados en
los escudos, con las luengas picas clavadas en el suelo. Alejandro y
Menelao, caro á Marte, lucharán por ti con ingentes lanzas, y el que
venza te llamará su amada esposa.»
139 Cuando así hubo hablado, le infundió en el corazón dulce deseo de
su anterior marido, de su ciudad y de sus padres. Y Helena salió al
momento de la habitación, cubierta con blanco velo, derramando tiernas
lágrimas; sin que fuera sola, pues la acompañaban dos doncellas, Etra,
hija de Piteo, y Climene, la de los grandes ojos. Pronto llegaron á las
puertas Esceas.
146 Allí estaban Príamo, Pántoo, Timetes, Lampo, Clitio, Hicetaón,
vástago de Marte, y los prudentes Ucalegonte y Antenor, ancianos del
pueblo; los cuales á causa de su vejez no combatían, pero eran buenos
arengadores, semejantes á las cigarras que, posadas en los árboles de
la selva, dejan oir su aguda voz. Tales próceres troyanos había en la
torre. Cuando vieron á Helena, que hacia ellos se encaminaba, dijéronse
unos á otros, hablando quedo, estas aladas palabras:
156 «No es reprensible que los troyanos y los aqueos, de hermosas
grebas, sufran prolijos males por una mujer como ésta, cuyo rostro
tanto se parece al de las diosas inmortales. Pero, aun siendo así,
váyase en las naves, antes de que llegue á convertirse en una plaga
para nosotros y para nuestros hijos.»
161 En tales términos hablaban. Príamo llamó á Helena y le dijo: «Ven
acá, hija querida; siéntate á mi lado para que veas á tu anterior
marido y á sus parientes y amigos--pues á ti no te considero culpable,
sino á los dioses que promovieron contra nosotros la luctuosa guerra
de los aqueos--y me digas cómo se llama ese ingente varón, quién es
ese aqueo gallardo y alto de cuerpo. Otros hay de mayor estatura, pero
jamás vieron mis ojos un hombre tan hermoso y venerable. Parece un rey.»
171 Contestó Helena, divina entre las mujeres: «Me inspiras, suegro
amado, respeto y temor. ¡Ojalá la muerte me hubiese sido grata cuando
vine con tu hijo, dejando á la vez que el tálamo, á mis hermanos, mi
hija querida y mis amables compañeras! Pero no sucedió así, y ahora me
consumo llorando. Voy á responder á tu pregunta: Ése es el poderosísimo
Agamenón Atrida, buen rey y esforzado combatiente, que fué cuñado de
esta desvergonzada, si todo no ha sido un sueño.»
181 Así dijo. El anciano contemplóle con admiración y exclamó: «¡Atrida
feliz, nacido con suerte, afortunado! Muchos son los aqueos que te
obedecen. En otro tiempo fuí á la Frigia, en viñas abundosa, y vi á
muchos de sus naturales--los pueblos de Otreo y de Migdón, igual á un
dios--que con los ágiles corceles acampaban á orillas del Sangario.
Entre ellos me hallaba á fuer de aliado, el día en que llegaron las
varoniles amazonas. Pero no eran tantos como los aqueos de ojos vivos.»
191 Fijando la vista en Ulises, el anciano volvió á preguntar: «Ea,
dime también, hija querida, quién es aquél, menor en estatura que
Agamenón Atrida, pero más espacioso de espaldas y de pecho. Ha dejado
en el fértil suelo las armas y recorre las filas como un carnero.
Parece un velloso carnero que atraviesa un gran rebaño de cándidas
ovejas.»
199 Respondióle Helena, hija de Júpiter: «Aquél es el hijo de Laertes,
el ingenioso Ulises, que se crió en la áspera Ítaca; tan hábil en urdir
engaños de toda especie, como en dar prudentes consejos.»
203 El sensato Antenor replicó al momento: «Mujer, mucha verdad
es lo que dices. Ulises vino por ti, como embajador, con Menelao,
caro á Marte; yo los hospedé y agasajé en mi palacio y pude conocer
el carácter y los prudentes consejos de ambos. Entre los troyanos
reunidos, de pie, sobresalía Menelao por sus anchas espaldas;
sentados, era Ulises más majestuoso. Cuando hilvanaban razones y
consejos para todos nosotros, Menelao hablaba de prisa, poco, pero muy
claramente: pues no era verboso, ni, con ser el más joven, se apartaba
del asunto; el ingenioso Ulises, después de levantarse, permanecía
en pie con la vista baja y los ojos clavados en el suelo, no meneaba
el cetro que tenía inmóvil en la mano, y parecía un ignorante: lo
hubieras tomado por un iracundo ó por un estólido. Mas tan pronto como
salían de su pecho las palabras pronunciadas con voz sonora, como caen
en invierno los copos de nieve, ningún mortal hubiese disputado con
Ulises. Y entonces ya no admirábamos tanto la figura del héroe.»
225 Reparando la tercera vez en Ayax, dijo el anciano: «¿Quién es
esotro aqueo gallardo y alto, que descuella entre los argivos por su
cabeza y anchas espaldas?»
228 Respondió Helena, la de largo peplo, divina entre las mujeres:
«Ése es el ingente Ayax, antemural de los aqueos. Al otro lado está
Idomeneo, como un dios, entre los cretenses; rodéanle los capitanes de
sus tropas. Muchas veces Menelao, caro á Marte, le hospedó en nuestro
palacio cuando venía de Creta. Distingo á los demás aqueos de ojos
vivos, y me sería fácil reconocerlos y nombrarlos; mas no veo á dos
caudillos de hombres, Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente
púgil, hermanos carnales que me dió mi madre. ¿Acaso no han venido
de la amena Lacedemonia? ¿Ó llegaron en las naves, que atraviesan el
ponto, y no quieren entrar en combate para no hacerse partícipes de mi
deshonra y múltiples oprobios?»
243 De este modo habló. Á ellos la fértil tierra los tenía ya en su
seno, en Lacedemonia, en su misma patria.
245 Los heraldos atravesaban la ciudad con las víctimas para los
divinos juramentos, los dos corderos, y el regocijador vino, fruto
de la tierra, encerrado en un odre de piel de cabra. El heraldo Ideo
llevaba además una reluciente cratera y copas de oro; y acercándose al
anciano, invitóle diciendo:
250 «¡Levántate, hijo de Laomedonte! Los próceres de los teucros,
domadores de caballos, y de los aqueos, de broncíneas lorigas, te
piden que bajes á la llanura y sanciones los fieles juramentos; pues
Alejandro y Menelao, caro á Marte, combatirán con luengas lanzas por
la esposa: mujer y riquezas serán del que venza, y después de pactar
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