batalla; y los demás idos hacia los teucros y los aqueos y cada uno
auxilie á los que quiera. Pues si Aquiles, el de los pies ligeros,
combatiese solo con los teucros, éstos no resistirían ni un instante
la acometida del hijo de Peleo. Ya antes huían espantados al verle; y
temo que ahora, que tan enfurecido tiene el ánimo por la muerte de su
compañero, destruya el muro de Troya contra la decisión del hado.»
31 El Saturnio habló en estos términos y promovió una gran batalla. Los
dioses fueron al combate divididos en dos bandos: encamináronse á las
naves Juno, Palas Minerva, Neptuno, que ciñe la tierra, el benéfico
Mercurio, de prudente espíritu, y con ellos Vulcano que, orgulloso de
su fuerza, cojeaba arrastrando sus gráciles piernas; y enderezaron sus
pasos á los teucros, Marte, de tremolante casco, el intonso Febo, Diana
que se complace en tirar flechas, Latona, el Janto y la risueña Venus.
41 En cuanto los dioses se mantuvieron alejados de los hombres,
mostráronse los aqueos muy ufanos porque Aquiles volvía á la batalla
después del largo tiempo en que se había abstenido de tener parte en
la triste guerra; y los teucros se espantaron y un fuerte temblor les
ocupó los miembros, tan pronto como vieron al Pelida, ligero de pies,
que con su reluciente armadura semejaba al dios Marte, funesto á los
mortales. Mas así que las olímpicas deidades penetraron por entre la
muchedumbre de los guerreros, levantóse la terrible Discordia, que
enardece á los varones; Minerva daba fuertes gritos, unas veces á
orillas del foso cavado al pie del muro, y otras en los altos y sonoros
promontorios; y Marte, que parecía un negro torbellino, vociferaba
también y animaba vivamente á los teucros, ya desde el punto más alto
de la ciudad, ya corriendo por la llamada -Colina hermosa-, á orillas
del Símois.
54 De este modo los felices dioses, instigando á unos y á otros, les
hicieron venir á las manos y promovieron una reñida contienda. El padre
de los hombres y de los dioses tronó horriblemente en las alturas;
Neptuno, por debajo, sacudió la inmensa tierra y las excelsas cumbres
de los montes; y retemblaron, así las laderas y las cimas del Ida,
abundante en manantiales, como la ciudad troyana y las naves aqueas.
Asustóse Plutón, rey de los infiernos, y saltó del trono gritando;
no fuera que Neptuno abriese la tierra y se hicieran visibles las
mansiones horrendas y tenebrosas que las mismas deidades aborrecen.
¡Tanto estrépito se produjo cuando los dioses entraron en combate! Al
soberano Neptuno le hizo frente Febo Apolo con sus aladas flechas; á
Marte, Minerva, la diosa de los brillantes ojos; á Juno, Diana que
lleva arco de oro, ama el bullicio de la caza, se complace en tirar
saetas y es hermana del Flechador; á Latona, el poderoso y benéfico
Mercurio; y á Vulcano, el gran río de profundos vórtices llamado por
los dioses Janto y por los hombres Escamandro.
75 Así los dioses salieron al encuentro los unos de los otros.
Aquiles deseaba romper por el gentío en derechura á Héctor Priámida,
pues el ánimo le impulsaba á saciar con la sangre del héroe á Marte,
infatigable luchador. Mas Apolo, que enardece á los guerreros, movió á
Eneas á oponerse al Pelida, infundiéndole gran valor y hablándole así
después de tomar la voz y la figura de Licaón, hijo de Príamo:
83 «¡Eneas, consejero de los teucros! ¿Qué son de aquellas amenazas
hechas por ti en los banquetes de los caudillos troyanos, de que
saldrías á combatir con el Pelida Aquiles?»
86 Respondióle Eneas: «¡Priámida! ¿Por qué me ordenas que luche, sin
desearlo mi voluntad, con el animoso Pelida? No fuera la primera
ocasión que me viese frente á Aquiles, el de los pies ligeros: en otro
tiempo, cuando vino adonde pacían nuestras vacas y tomó á Lirneso y
á Pédaso, persiguióme por el Ida con su lanza; y Júpiter me salvó,
dándome fuerzas y agilitando mis rodillas. Sin su ayuda hubiese
sucumbido á manos de Aquiles y de Minerva, que le precedía, le daba
la victoria y le animaba á matar léleges y troyanos con la broncínea
lanza. Por eso ningún hombre puede combatir con Aquiles, porque á su
lado asiste siempre alguna deidad que le libra de la muerte. En cambio,
su lanza vuela recta y no se detiene hasta que ha atravesado el cuerpo
de un enemigo. Si un dios igualara las condiciones del combate, Aquiles
no me vencería fácilmente; aunque se gloriase de ser todo de bronce.»
103 Replicóle el soberano Apolo, hijo de Júpiter: «¡Héroe! Ruega tú
también á los sempiternos dioses, pues dicen que naciste de Venus,
hija de Júpiter, y aquél es hijo de una divinidad inferior. La primera
desciende de Jove, ésta tuvo por padre al anciano del mar. Levanta el
indomable bronce y no te arredres por oir palabras duras ó amenazas.»
[Ilustración: MINERVA DABA FUERTES GRITOS, UNAS VECES Á ORILLAS DEL
FOSO Y OTRAS EN LOS ALTOS PROMONTORIOS
(-Canto XX, versos 48 á 50.-)]
110 Apenas acabó de hablar, infundió grandes bríos al pastor de
hombres; y éste, que llevaba una reluciente armadura de bronce, se
abrió paso por los combatientes delanteros. Juno, la de los níveos
brazos, no dejó de advertir que el hijo de Anquises atravesaba la
muchedumbre para salir al encuentro del Pelida; y llamando á otros
dioses, les dijo:
115 «Considerad en vuestra mente, Neptuno y Minerva, cómo esto acabará;
pues Eneas, armado de reluciente bronce, se encamina en derechura
al Pelida por excitación de Febo Apolo. Ea, hagámosle retroceder, ó
alguno de nosotros se ponga junto á Aquiles, le infunda gran valor
y no deje que su ánimo desfallezca; para que conozca que le acorren
los inmortales más poderosos, y que son débiles los dioses que en el
combate y la pelea protegen á los teucros. Todos hemos bajado del
Olimpo á intervenir en esta batalla, para que Aquiles no padezca hoy
ningún daño de parte de los teucros; y luego sufrirá lo que la Parca
dispuso, hilando el lino, cuando su madre lo dió á luz. Si Aquiles no
se entera por la voz de los dioses, sentirá temor cuando en el combate
le salga al encuentro alguna deidad; pues los dioses, en dejándose ver,
son terribles.»
132 Respondióle Neptuno, que sacude la tierra: «¡Juno! No te irrites
más de lo razonable, que no es decoroso. Ni yo quisiera que nosotros,
que somos los más fuertes, promoviéramos la contienda entre los dioses.
Vayamos á sentarnos en aquella altura, y de la batalla cuidarán
los hombres. Y si Marte ó Febo Apolo dieren principio á la pelea ó
detuvieren á Aquiles y no le dejaren combatir, iremos en seguida á
luchar con ellos, y me figuro que pronto tendrán que retirarse y volver
al Olimpo, á la junta de los demás dioses, vencidos por la fuerza de
nuestros brazos.»
144 Dichas estas palabras, el dios de los cerúleos cabellos llevólos
al alto terraplén que los troyanos y Palas Minerva habían levantado
en otro tiempo para que el divino Hércules se librara de la ballena
cuando, perseguido por ésta, pasó de la playa á la llanura. Allí
Neptuno y los otros dioses se sentaron, extendiendo en derredor de sus
hombros una impenetrable nube; y al otro lado, en la cima de la Colina
hermosa, en torno de ti, flechador Febo, y de Marte, que destruye las
ciudades, acomodáronse las deidades protectoras de los teucros. Así
unos y otros, sentados en dos grupos, deliberaban y no se decidían á
empezar el funesto combate. Y Júpiter desde lo alto les incitaba á
comenzarlo.
156 Todo el campo, lleno de hombres y caballos, resplandecía con el
lucir del bronce; y la tierra retumbaba debajo de los pies de los
guerreros que á lidiar salían. Dos varones, señalados entre los más
valientes, deseosos de combatir, se adelantaron á los suyos para
afrontarse entre ambos ejércitos: Eneas, hijo de Anquises, y el divino
Aquiles. Presentóse primero Eneas, amenazador, tremolando el refornido
casco: protegía el pecho con el fuerte escudo y vibraba broncínea
lanza. Y el Pelida desde el otro lado fué á oponérsele. Como cuando se
reunen los hombres de todo un pueblo para matar á un voraz león, éste
al principio sigue su camino despreciándolos; mas, así que uno de los
belicosos jóvenes le hiere con un venablo, se vuelve hacia él con la
boca abierta, muestra los dientes cubiertos de espuma, siente gemir en
su pecho el corazón valeroso, se azota con la cola muslos y caderas
para animarse á pelear, y con los ojos centelleantes arremete fiero
hasta que mata á alguien ó él mismo perece en la primera fila; así le
instigaban á Aquiles su valor y ánimo esforzado á salir al encuentro
del magnánimo Eneas. Y tan pronto como se hallaron frente á frente, el
divino Aquiles, el de los pies ligeros, habló diciendo:
178 «¡Eneas! ¿Por qué te adelantas tanto á la turba y me aguardas?
¿Acaso el ánimo te incita á combatir conmigo por la esperanza de reinar
sobre los troyanos, domadores de caballos, con la dignidad de Príamo?
Si me matases, no pondría Príamo en tu mano tal recompensa; porque
tiene hijos, conserva entero el juicio y no es insensato. ¿Ó quizás
te han prometido los troyanos acotarte un hermoso campo de frutales
y sembradío que á los demás aventaje, para que puedas cultivarlo, si
me quitas la vida? Me figuro que te será difícil conseguirlo. Ya otra
vez te puse en fuga con mi lanza. ¿No recuerdas que te eché de los
montes ideos, donde estabas solo pastoreando los bueyes, y te perseguí
corriendo con ligera planta? Entonces huías sin volver la cabeza. Luego
te refugiaste en Lirneso y yo tomé la ciudad con la ayuda de Minerva y
del padre Jove, y me llevé las mujeres haciéndolas esclavas; mas á ti
te salvaron Júpiter y los demás dioses. No creo que ahora te guarden,
como espera tu corazón; y te aconsejo que vuelvas á tu ejército y no te
quedes frente á mí, antes que padezcas algún daño; que el necio sólo
conoce el mal cuando ha llegado.»
199 Eneas respondióle diciendo: «¡Pelida! No creas que con esas
palabras me asustarás como á un niño, pues también sé proferir
injurias y baldones. Conocemos el linaje de cada uno de nosotros y
cuáles fueron nuestros respectivos padres, por haberlo oído contar á
los mortales hombres; que ni tú viste á los míos, ni yo á los tuyos.
Dicen que eres prole del eximio Peleo y tienes por madre á Tetis,
ninfa marina de hermosas trenzas; mas yo me glorío de ser hijo del
magnánimo Anquises y mi madre es Venus: aquéllos ó éstos tendrán que
llorar hoy la muerte de su hijo, pues no pienso que nos separemos, sin
combatir, después de dirigirnos pueriles insultos. Si deseas saberlo,
te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido. Primero Júpiter, que
amontona las nubes, engendró á Dárdano, y éste fundó la Dardania al
pie del Ida, en manantiales abundoso; pues aún la sacra Ilión, ciudad
de hombres de voz articulada, no había sido edificada en la llanura.
Dárdano tuvo por hijo al rey Erictonio, que fué el más opulento de los
mortales hombres: poseía tres mil yeguas que, ufanas de sus tiernos
potros, pacían junto á un pantano.--El Bóreas enamoróse de algunas de
las que vió pacer, y transfigurado en caballo de negras crines, hubo
de ellas doce potros que en la fértil tierra saltaban por encima de
las mieses sin romper las espigas y en el ancho dorso del espumoso mar
corrían sobre las mismas olas.--Erictonio fué padre de Tros, que reinó
sobre los troyanos; y éste dió el ser á tres hijos irreprensibles:
Ilo, Asáraco y el deiforme Ganimedes, el más hermoso de los hombres, á
quien arrebataron los dioses á causa de su belleza para que escanciara
el néctar á Júpiter y viviera con los inmortales. Ilo engendró al
eximio Laomedonte, que tuvo por hijos á Titón, Príamo, Lampo, Clitio
é Hicetaón, vástago de Marte. Asáraco engendró á Capis, cuyo hijo
fué Anquises. Anquises me engendró á mí y Príamo al divino Héctor.
Tal alcurnia y tal sangre me glorío de tener. Pero Júpiter aumenta ó
disminuye el valor de los guerreros como le place, porque es el más
poderoso. Ea, no nos digamos más palabras como si fuésemos niños,
parados así en medio del campo de batalla. Fácil nos sería inferirnos
tantas injurias, que una nave de cien bancos de remeros no podría
llevarlas. Es voluble la lengua de los hombres, y de ella salen razones
de todas clases; hállanse muchas palabras acá y allá, y cual hablares,
tal oirás la respuesta. Mas ¿qué necesidad tenemos de altercar,
disputando é injuriándonos, como mujeres irritadas, las cuales, movidas
por el roedor encono, salen á la calle y se zahieren diciendo muchas
cosas, verdaderas unas y falsas otras, que la cólera les dicta? No
lograrás con tus palabras que yo, estando deseoso de combatir, pierda
el valor antes de que con el bronce y frente á frente peleemos. Ea,
acometámonos en seguida con las broncíneas lanzas.»
259 Dijo; y arrojando la fornida lanza, clavóla en el terrible y
horrendo escudo de Aquiles, que resonó en torno de la misma. El
Pelida, temeroso, apartó el escudo con la robusta mano, creyendo que la
luenga lanza del magnánimo Eneas lo atravesaría fácilmente. ¡Insensato!
No pensó en su mente ni en su espíritu que los presentes de los dioses
no pueden ser destruídos con facilidad por los mortales hombres, ni
ceder á sus fuerzas. Y así la ponderosa lanza de Eneas no perforó
entonces la rodela por haberlo impedido la lámina de oro que el dios
puso en medio, sino que atravesó dos capas y dejó tres intactas, porque
eran cinco las que el dios cojo había reunido: las dos de bronce, dos
interiores de estaño, y una de oro, que fué donde se detuvo la lanza de
fresno.
273 Aquiles despidió luego la ingente lanza, y acertó á dar en el
borde del liso escudo de Eneas, sitio en que el bronce era más delgado
y el boyuno cuero más tenue: el fresno del Pelión atravesólo, y todo
el escudo resonó. Eneas, amedrentado, se encogió y levantó el escudo;
la lanza, deseosa de proseguir su curso, pasóle por cima del hombro,
después de romper los dos círculos de la rodela, y se clavó en el
suelo; y el héroe, evitado ya el golpe, quedóse inmóvil y con los
ojos muy espantados de ver que aquélla había caído tan cerca. Aquiles
desnudó la aguda espada; y profiriendo grandes y horribles voces,
arremetió contra Eneas; y éste, á su vez cogió una gran piedra que dos
de los hombres actuales no podrían llevar y que él manejaba fácilmente.
Y Eneas tirara la piedra á Aquiles y le acertara en el casco ó en
el escudo que habría apartado del héroe la triste muerte, y Aquiles
privara de la vida á Eneas, hiriéndole de cerca con la espada, si al
punto no lo hubiese advertido Neptuno, que sacude la tierra, el cual
dijo entre los dioses inmortales:
293 «¡Oh dioses! Me causa pesar el magnánimo Eneas que pronto,
sucumbiendo á manos del Pelida, descenderá al Orco por haber obedecido
las palabras del flechador Apolo. ¡Insensato! El dios no le librará de
la triste muerte. Mas ¿por qué ha de padecer, sin ser culpable, las
penas que otros merecen, habiendo ofrecido siempre gratos presentes
á los dioses que habitan el anchuroso cielo? Ea, librémosle de la
muerte, no sea que Júpiter se enoje si Aquiles lo mata, pues el
destino quiere que se salve á fin de que no perezca ni se extinga
el linaje de Dárdano, que fué amado por el Saturnio con preferencia
á los demás hijos que tuvo de mujeres mortales. Ya Jove aborrece á
los descendientes de Príamo; pero el fuerte Eneas reinará sobre los
troyanos, y luego los hijos de sus hijos que sucesivamente nazcan.»
309 Respondióle Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Neptuno!
Resuelve tú mismo si has de salvar á Eneas ó permitir que, no obstante
su valor, sea muerto por el Pelida Aquiles. Pues así Palas Minerva
como yo hemos jurado repetidas veces ante los inmortales todos, que
jamás libraríamos á los teucros del día funesto, aunque Troya entera
fuese pasto de las voraces llamas por haberla incendiado los belicosos
aqueos.»
318 Cuando Neptuno, que sacude la tierra, oyó estas palabras, fuése;
y andando por la liza, entre el estruendo de las lanzas, llegó adonde
estaban Eneas y el ilustre Aquiles. Al momento cubrió de niebla los
ojos del Pelida Aquiles, arrancó del escudo del magnánimo Eneas la
lanza de fresno con punta de bronce que depositó á los pies de aquél,
y arrebató al teucro alzándolo de la tierra. Eneas, sostenido por la
mano del dios, pasó por cima de muchas filas de héroes y caballos hasta
llegar al otro extremo del impetuoso combate, donde los caucones se
armaban para pelear. Y entonces Neptuno, que sacude la tierra, se le
presentó, y le dijo estas aladas palabras:
332 «¡Eneas! ¿Cuál de los dioses te ha ordenado que cometieras la
locura de luchar cuerpo á cuerpo con el animoso Pelida, que es más
fuerte que tú y más caro á los inmortales? Retírate cuantas veces le
encuentres, no sea que te haga descender á la morada de Plutón antes
de lo dispuesto por el hado. Mas cuando Aquiles haya muerto, por
haberse cumplido su destino, pelea confiadamente entre los combatientes
delanteros, que no te matará ningún otro aquivo.»
340 Tales fueron sus palabras. Dejó á Eneas allí, después que le hubo
amonestado, y apartó la obscura niebla de los ojos de Aquiles. Éste
volvió á ver con claridad, y, gimiendo, á su magnánimo espíritu le
decía:
344 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece: esta
lanza yace en el suelo y no veo al varón contra quien la arrojé, con
intención de matarle. Ciertamente, á Eneas le aman los inmortales
dioses; ¡y yo creía que se jactaba de ello vanamente! Váyase, pues; que
no tendrá ánimo para medir de nuevo sus fuerzas conmigo, quien ahora
huyó gustoso de la muerte. Exhortaré á los belicosos dánaos y probaré
el valor de los demás enemigos, saliéndoles al encuentro.»
353 Dijo; y saltando por entre las filas, animaba á los guerreros: «¡No
permanezcáis alejados de los teucros, divinos aqueos! Ea, cada hombre
embista á otro y sienta anhelo por pelear. Difícil es que yo solo,
aunque sea valiente, persiga á tantos guerreros y con todos lidie; y
ni á Marte, que es un dios inmortal, ni á Minerva, les sería posible
recorrer un campo de batalla tan vasto y combatir en todas partes.
En lo que puedo hacer con mis manos, mis pies ó mi fuerza, no me
muestro remiso. Entraré por todos lados en las hileras de las falanges
enemigas, y me figuro que no se alegrarán los teucros que á mi lanza se
acerquen.»
364 Con estas palabras los animaba. También el esclarecido Héctor
exhortaba á los teucros, dando gritos, y aseguraba que saldría al
encuentro de Aquiles:
366 «¡Animosos teucros! ¡No temáis al Pelida! Yo de palabra combatiría
hasta con los inmortales; pero es difícil hacerlo con la lanza, siendo,
como son, mucho más fuertes. Aquiles no llevará al cabo todo cuanto
dice, sino que en parte lo cumplirá y en parte lo dejará á medio hacer.
Iré á encontrarle, aunque por sus manos sea semejante á la llama; sí,
aunque por sus manos se parezca á la llama, y por su fortaleza al
reluciente hierro.»
373 Con tales voces los excitaba. Los teucros calaron las lanzas;
trabóse el combate y se produjo gritería, y entonces Febo Apolo se
acercó á Héctor y le dijo:
376 «¡Héctor! No te adelantes para luchar con Aquiles; espera su
acometida mezclado con la muchedumbre, confundido con la turba. No sea
que consiga herirte desde lejos con arma arrojadiza, ó de cerca con la
espada.»
379 Así habló. Héctor se fué, amedrentado, por entre la multitud de
guerreros apenas acabó de oir las palabras del dios. Aquiles, con el
corazón revestido de valor y dando horribles gritos, arremetió á los
teucros, y empezó por matar al valeroso Ifitión Otrintida, caudillo
de muchos hombres, á quien una ninfa náyade había tenido de Otrinteo,
asolador de ciudades, en el opulento pueblo de Hida, al pie del nevado
Tmolo: el divino Aquiles acertó á darle con la lanza en medio de la
cabeza, cuando arremetía contra él, y se la dividió en dos partes. El
teucro cayó con estrépito, y el divino Aquiles se glorió diciendo:
389 «¡Yaces en el suelo, Otrintida, el más portentoso de todos los
hombres! En este lugar te sorprendió la muerte; á ti, que habías nacido
á orillas del lago Gigeo, donde tienes la heredad paterna, junto al
Hilo, abundante en peces, y el Hermo voraginoso.»
393 Tan jactanciosamente habló. Las tinieblas cubrieron los ojos de
Ifitión, y los carros de los aqueos lo despedazaron con las llantas
de sus ruedas en el primer reencuentro. Aquiles hirió, después, en la
sien, atravesándole el casco de broncíneas carrilleras, á Demoleonte,
valiente adalid en el combate; y el casco no detuvo la lanza, pues la
punta entró y rompió el hueso, conmovióse interiormente el cerebro, y
el teucro sucumbió cuando peleaba con ardor. Luego, como Hipodamante
saltara del carro y se diese á la fuga, le envasó la pica en la
espalda: aquél exhalaba el aliento y bramaba como el toro que los
jóvenes arrastran á los altares del soberano Heliconio y el dios que
sacude la tierra se goza al verlo; así bramaba Hipodamante cuando el
alma valerosa dejó sus miembros. Seguidamente acometió con la lanza al
deiforme Polidoro Priámida á quien su padre no permitía que fuera á
las batallas porque era el menor y el predilecto de sus hijos. Nadie
vencía á Polidoro en la carrera; y entonces, por pueril petulancia,
haciendo gala de la ligereza de sus pies, agitábase el troyano entre
los combatientes delanteros, hasta que perdió la vida: al verle pasar,
el divino Aquiles, ligero de pies, hundióle la lanza en medio de la
espalda, donde los anillos de oro sujetaban el cinturón y era doble
la coraza, y la punta salió al otro lado cerca del ombligo; el joven
cayó de rodillas dando lastimeros gritos; obscura nube le envolvió; é
inclinándose, procuraba sujetar con sus manos los intestinos, que le
salían por la herida.
419 Tan pronto como Héctor vió á su hermano Polidoro cogiéndose las
entrañas y encorvado hacia el suelo, se le puso una nube ante los ojos
y ya no pudo combatir á distancia; sino que, blandiendo la aguda lanza
é impetuoso como una llama, se dirigió al encuentro de Aquiles. Y éste,
al advertirlo, saltó hacia él, y dijo muy ufano estas palabras:
425 «Cerca está el hombre que ha inferido á mi corazón la más grave
herida, el que mató á mi compañero amado. Ya no huiremos asustados, el
uno del otro, por los senderos del combate.»
428 Dijo; y mirando con torva faz al divino Héctor, le gritó:
«¡Acércate para que pronto llegues de tu perdición al término!»
430 Sin turbarse, le respondió Héctor, el de tremolante casco:
«¡Pelida! No esperes amedrentarme con palabras como á un niño; también
yo sé proferir injurias y baldones. Reconozco que eres valiente y que
estoy por muy debajo de ti. Pero en la mano de los dioses está si yo,
siendo inferior, te quitaré la vida con mi lanza; pues también tiene
afilada punta.»
438 En diciendo esto, blandió y arrojó la ingente lanza; pero Minerva
con un tenue soplo apartóla del glorioso Aquiles, y el arma volvió
hacia el divino Héctor y cayó á sus pies. Aquiles acometió, dando
horribles gritos, á Héctor, con intención de matarle; pero Apolo
arrebató al troyano, haciéndolo con gran facilidad por ser dios, y lo
cubrió con densa niebla. Tres veces el divino Aquiles, ligero de pies,
atacó con la broncínea lanza; tres veces dió el golpe en el aire. Y
cuando, semejante á un dios, arremetía por cuarta vez, increpó el héroe
á Héctor con voz terrible, dirigiéndole estas aladas palabras:
449 «¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste
la perdición, pero te salvó Febo Apolo, á quien debes de rogar
cuando sales al campo antes de oir el estruendo de los dardos. Yo
acabaré contigo si más tarde te encuentro y un dios me ayuda. Y ahora
perseguiré á los demás que se me pongan al alcance.»
455 Así dijo; y con la lanza hirió en medio del cuello á Dríope, que
cayó á sus pies. Dejóle, y al momento detuvo á Demuco Filetórida, á
quien pinchó con la lanza en una rodilla, y luego quitóle la vida
con la gran espada. Después acometió á Laógono y á Dárdano, hijos
de Biante: habiéndolos derribado del carro en que iban, á aquél le
hizo perecer arrojándole la lanza, y á éste hiriéndole de cerca con
la espada. También mató á Tros Alastórida, que vino á abrazarle las
rodillas por si compadeciéndose de él, que era de la misma edad
del héroe, en vez de matarle le hacía prisionero y le dejaba vivo.
¡Insensato! No comprendió que no podría persuadirle, pues Aquiles no
era hombre de condición benigna y mansa, sino muy violento. Ya aquél le
tocaba las rodillas con intención de suplicarle, cuando le hundió la
espada en el hígado: derramóse éste, llenando de negra sangre el pecho,
y las tinieblas cubrieron los ojos del teucro, que quedó exánime.
Inmediatamente, Aquiles se acercó á Mulio; y metiéndole la lanza en
una oreja, la broncínea punta salió por la otra. Más tarde, hirió en
medio de la cabeza á Equeclo, hijo de Agenor, con la espada provista
de empuñadura: la hoja entera se calentó con la sangre, y la purpúrea
muerte y el hado cruel velaron los ojos del guerrero. Posteriormente,
atravesó con la broncínea lanza el brazo de Deucalión, en el sitio
donde se juntan los tendones del codo; y el teucro esperóle, con la
mano entorpecida y viendo que la muerte se le acercaba: Aquiles le
cercenó de un tajo la cabeza, que con el casco arrojó á lo lejos, la
médula salió de las vértebras y el guerrero quedó tendido en el suelo.
Dirigióse acto seguido contra Rigmo, ilustre hijo de Píroo, que había
llegado de la fértil Tracia, y le hirió en medio del cuerpo: clavóle
la broncínea lanza en el pulmón, y le derribó del carro. Y como viera
que su escudero Areitoo torcía la rienda á los caballos, envasóle la
aguda lanza en la espalda, y también le hizo caer á tierra, mientras
los corceles huían espantados.
490 De la suerte que al estallar abrasador incendio en los hondos
valles de árida montaña, arde la poblada selva, y el viento mueve las
llamas que giran en todas direcciones; de la misma manera, Aquiles se
revolvía furioso con la lanza, persiguiendo, cual una deidad, á los
que estaban destinados á morir; y la negra tierra manaba sangre. Como,
uncidos al yugo dos bueyes de ancha frente para que trillen la blanca
cebada en una era bien dispuesta, se desmenuzan presto las espigas bajo
los pies de los mugientes bueyes; así los solípedos corceles, guiados
por Aquiles, hollaban á un mismo tiempo cadáveres y escudos; el eje
del carro tenía la parte inferior cubierta de sangre y los barandales
estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los
corceles y las llantas de las ruedas despedían. Y el Pelida deseaba
alcanzar gloria y tenía las manos manchadas de sangre y polvo.
[Ilustración: El Janto y el Símois intentan sumergir en sus ondas á
Aquiles]
CANTO XXI
BATALLA JUNTO AL RÍO
1 Así que los teucros llegaron al vado del voraginoso Janto, río de
hermosa corriente á quien el inmortal Júpiter engendrara, Aquiles los
dividió en dos grupos. Á los del primero, echólos el héroe por la
llanura hacia la ciudad, por donde los aqueos huían espantados el día
anterior, cuando el esclarecido Héctor se mostraba furioso; por allí
derramáronse entonces los teucros en su fuga, y Juno, para detenerlos,
los envolvió en una densa niebla. Los otros rodaron al caudaloso río
de argentados vórtices, y cayeron en él con gran estrépito: resonaba
la corriente, retumbaban ambas orillas y los teucros nadaban acá y
allá, gritando, mientras eran arrastrados en torno de los remolinos.
Como las langostas, acosadas por la violencia de un fuego que estalla
de repente, vuelan hacia el río y se echan medrosas en el agua; de la
misma manera, la corriente sonora del Janto de profundos vórtices, se
llenó, por la persecución de Aquiles, de hombres y caballos que en el
mismo caían confundidos.
17 Aquiles, vástago de Jove, dejó su lanza arrimada á un tamariz
de la orilla; saltó al río, cual si fuese una deidad, con sólo la
espada y meditando en su corazón acciones crueles; y comenzó á herir
á diestro y á siniestro: al punto levantóse un horrible clamoreo de
los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre. Como
los peces huyen del ingente delfín, y, temerosos, llenan los senos del
hondo puerto, porque aquél devora á cuantos coge; de la misma manera,
los teucros iban por la impetuosa corriente del río y se refugiaban,
temblando, debajo de las rocas. Cuando Aquiles tuvo las manos cansadas
de matar, cogió vivos, dentro del río, á doce mancebos para inmolarlos
más tarde en expiación de la muerte de Patroclo Menetíada. Sacólos
atónitos como cervatos, les ató las manos por detrás con las correas
bien cortadas que llevaban en las flexibles túnicas y encargó á los
amigos que los condujeran á las cóncavas naves. Y el héroe acometió de
nuevo á los teucros, para hacer en ellos gran destrozo.
34 Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo Dardánida; el
cual, huyendo, iba á salir del río. Ya anteriormente habíale hecho
prisionero encaminándose de noche á un campo de Príamo: Licaón cortaba
con el agudo bronce los ramos nuevos de un cabrahigo para hacer los
barandales de un carro, cuando Aquiles, presentándose cual imprevista
calamidad, se lo llevó mal de su grado. Trasportóle luego en una nave
á la bien construída Lemnos, y allí lo puso en venta: el hijo de Jasón
pagó el precio. Después Eetión de Imbros, que era huésped del troyano,
dió por él un cuantioso rescate y enviólo á la divina Arisbe. Escapóse
Licaón, y volviendo á la casa paterna, estuvo celebrando con sus amigos
durante once días su regreso de Lemnos; mas, al duodécimo, un dios le
hizo caer nuevamente en manos de Aquiles, que debía mandarle al Orco,
sin que Licaón lo deseara. Como el divino Aquiles, el de los pies
ligeros, le viera inerme--sin casco, escudo ni lanza, porque todo lo
había tirado al suelo--y que salía del río con el cuerpo abatido por el
sudor y las rodillas vencidas por el cansancio; sorprendióse, y á su
magnánimo espíritu así le habló:
54 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece. Ya
es posible que los teucros á quienes maté resuciten de las sombrías
tinieblas; cuando éste, librándose del día cruel, ha vuelto de la
divina Lemnos donde fué vendido, y las olas del espumoso mar que á
tantos detienen no han impedido su regreso. Mas, ea, haré que pruebe
la punta de mi lanza para ver y averiguar si volverá nuevamente ó se
quedará en el seno de la fértil tierra que hasta á los fuertes retiene.»
64 Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba inmóvil. Licaón,
asustado, se le acercó á tocarle las rodillas; pues en su ánimo sentía
vivo deseo de librarse de la triste muerte y de su negro destino. El
divino Aquiles levantó en seguida la enorme lanza con intención de
herirle, pero Licaón se encogió y corriendo le abrazó las rodillas; y
aquélla, pasándole por cima del dorso, se clavó en el suelo, codiciosa
de cebarse en el cuerpo de un hombre. En tanto Licaón suplicaba á
Aquiles; y abrazando con una mano sus rodillas y sujetando con la otra
la aguda lanza, estas aladas palabras le decía:
74 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Aquiles: respétame y apiádate
de mí. Has de tenerme, oh alumno de Júpiter, por un suplicante digno
de consideración; pues comí en tu tienda el fruto de Ceres el día en
que me hiciste prisionero en el campo bien cultivado, y llevándome
lejos de mi padre y de mis amigos, me vendiste en Lemnos: cien bueyes
te valió mi persona. Ahora te daría el triple para rescatarme. Doce
días ha que, habiendo padecido mucho, volví á Ilión; y otra vez el hado
funesto me pone en tus manos. Debo de ser odioso al padre Júpiter,
cuando nuevamente me entrega á ti. Para darme una vida corta, me parió
Laótoe, hija del anciano Altes que reina sobre los belicosos léleges y
posee la excelsa Pédaso junto al Sátniois. Á la hija de aquél la tuvo
Príamo por esposa con otras muchas; de la misma nacimos dos varones
y á entrambos nos habrás dado muerte. Ya hiciste sucumbir entre los
infantes delanteros á Polidoro, hiriéndole con la aguda pica; y ahora
la desgracia llegó para mí, pues no espero escapar de tus manos después
que un dios me ha echado en ellas. Otra cosa te diré que fijarás en la
memoria: No me mates; pues no nací del mismo vientre que Héctor, el que
dió muerte á tu dulce y valiente amigo.»
97 Con tales palabras el preclaro hijo de Príamo suplicaba á Aquiles;
pero fué amarga la respuesta que escuchó:
99 «¡Insensato! No me hables del rescate, ni lo menciones siquiera.
Antes que á Patroclo le llegara el día fatal, me era grato abstenerme
de matar á los teucros y fueron muchos los que cogí vivos y vendí
luego; mas ahora ninguno escapará de la muerte, si un dios lo pone en
mis manos delante de Ilión y especialmente si es hijo de Príamo. Por
tanto, amigo, muere tú también. ¿Por qué te lamentas de este modo?
Murió Patroclo, que tanto te aventajaba. ¿No ves cuán gallardo y alto
de cuerpo soy yo, á quien engendró un padre ilustre y dió á luz una
diosa? Pues también me aguardan la muerte y el hado cruel. Vendrá una
mañana, una tarde ó un mediodía en que alguien me quitará la vida en
el combate, hiriéndome con la lanza ó con una flecha despedida por el
arco.»
114 Así dijo. Desfallecieron las rodillas y el corazón del teucro que,
soltando la lanza, se sentó y tendió ambos brazos. Aquiles puso mano á
la tajante espada é hirió á Licaón en la clavícula, junto al cuello:
metióle dentro toda la hoja de dos filos, el troyano dió de ojos por el
suelo y su sangre fluía y mojaba la tierra. El héroe cogió el cadáver
por el pie, arrojólo al río para que la corriente se lo llevara, y
profirió con jactancia estas aladas palabras:
122 «Yaz ahí entre los peces que tranquilos te lamerán la sangre de la
herida. No te colocará tu madre en un lecho para llorarte; sino que
serás llevado por el voraginoso Escamandro al vasto seno del mar. Y
algún pez, saliendo de las olas á la negruzca y encrespada superficie,
comerá la blanca grasa de Licaón. Así perezcáis los demás teucros
hasta que lleguemos á la sacra ciudad de Ilión, vosotros huyendo y yo
detrás haciendo gran riza. No os salvará ni siquiera el río de hermosa
corriente y argénteos remolinos, á quien desde antiguo sacrificáis
muchos toros y en cuyos vórtices echáis solípedos caballos. Así y
todo, pereceréis miserablemente unos en pos de otros, hasta que hayáis
expiado la muerte de Patroclo y el estrago y la matanza que hicisteis
en los aqueos junto á las naves, mientras estuve alejado de la lucha.»
136 Habló de esta manera. El río, con el corazón irritado, revolvía
en su mente cómo haría cesar á Aquiles de combatir y libraría de la
muerte á los troyanos. En tanto, el hijo de Peleo dirigió su ingente
lanza á Asteropeo, hijo de Pelegón, con ánimo de matarle. Á Pelegón
le habían engendrado el Axio, de ancha corriente, y Peribea, la hija
mayor de Acesameno; que con ésta se unió aquel río de profundos
remolinos. Encaminóse, pues, Aquiles hacia Asteropeo, el cual salió á
su encuentro llevando dos lanzas; y el Janto, irritado por la muerte de
los jóvenes á quienes Aquiles había hecho perecer sin compasión en la
misma corriente, infundió valor en el pecho del troyano. Cuando ambos
guerreros se hallaron frente á frente, el divino Aquiles, el de los
pies ligeros, fué el primero en hablar, y dijo:
150 «¿Quién eres tú y de dónde, que osas salirme al encuentro?
Infelices de aquéllos cuyos hijos se oponen á mi furor.»
152 Respondióle el preclaro hijo de Pelegón: «¡Magnánimo Pelida! ¿Por
qué sobre el abolengo me interrogas? Soy de la fértil Peonia, que está
lejos; vine mandando á los peonios, que combaten con largas picas,
y hace once días que llegué á Ilión. Mi linaje trae su origen del
anchuroso Axio, que esparce su hermosísimo raudal sobre la tierra: Axio
engendró á Pelegón, famoso por su lanza, y de éste dicen que he nacido.
Pero peleemos ya, esclarecido Aquiles.»
161 De tal modo habló, en son de amenaza. El divino Aquiles levantó el
fresno del Pelión, y el héroe Asteropeo, que era ambidextro, tiróle á
un tiempo las dos lanzas: la una dió en el escudo, pero no lo atravesó
porque la lámina de oro que el dios puso en el mismo la detuvo; la otra
rasguñó el brazo derecho del héroe, junto al codo, del cual brotó negra
sangre; mas el arma pasó por encima y se clavó en el suelo, codiciosa
de la carne. Aquiles arrojó entonces la lanza, de recto vuelo, á
Asteropeo con intención de matarle, y erró el tiro: aquélla cayó en
la elevada orilla y se hundió hasta la mitad del palo. El Pelida,
desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, arremetió
enardecido á Asteropeo, quien con la mano robusta intentaba arrancar
del escarpado borde la lanza de Aquiles: tres veces la meneó para
arrancarla, y otras tantas tuvo que desistir de su propósito. Y cuando,
á la cuarta vez, quiso doblar y romper la lanza de fresno del Eácida,
acercósele Aquiles y con la espada le quitó la vida: hirióle en el
vientre, junto al ombligo; derramáronse los intestinos, y las tinieblas
cubrieron los ojos del teucro, que cayó anhelante. Aquiles se abalanzó
á su pecho, le quitó la armadura; y blasonando del triunfo, dijo estas
palabras:
184 «Yaz ahí. Difícil era que tú, aunque engendrado por un río,
pudieses disputar la victoria á los hijos del prepotente Saturnio.
Dijiste que tu linaje procede de un anchuroso río; mas yo me jacto de
pertenecer al del gran Júpiter. Engendróme un varón que reina sobre
muchos mirmidones, Peleo, hijo de Éaco; y este último era hijo de Jove.
Y como Júpiter es más poderoso que los ríos, que corren al mar, así
también los descendientes de Júpiter son más fuertes que los de los
ríos. Á tu lado tienes uno grande, si es que puede auxiliarte. Mas no
es posible combatir con Júpiter Saturnio. Á éste no le igualan ni el
fuerte Aqueloo, ni el grande y poderoso Océano de profunda corriente,
del que nacen todos los ríos, mares, fuentes y pozos; pues también
el Océano teme el rayo del gran Jove y el espantoso trueno, que hace
retumbar el cielo.»
200 Dijo; arrancó del escarpado borde la broncínea lanza y abandonó
á Asteropeo allí, tendido en la arena, tan pronto como le hubo
quitado la vida: el agua turbia bañaba el cadáver, y anguilas y peces
acudieron á comer la grasa que cubría los riñones. Aquiles se fué para
los peonios que peleaban en carros; los cuales huían por las márgenes
del voraginoso río, desde que vieron que el más fuerte caía en el
duro combate, vencido por las manos y la espada del Pelida. Éste mató
entonces á Tersíloco, Midón, Astípilo, Mneso, Trasio, Enio y Ofelestes.
Y á más peonios diera muerte el veloz Aquiles, si el río de profundos
remolinos, irritado y transfigurado en hombre, no le hubiese dicho
desde uno de los vórtices:
214 «¡Oh Aquiles! Superas á los demás hombres, lo mismo en el valor
que en la comisión de acciones nefandas; porque los propios dioses
te prestan constantemente su auxilio. Si el hijo de Saturno te ha
concedido que destruyas á todos los teucros, apártalos de mí y ejecuta
en el llano tus proezas. Mi hermosa corriente está llena de cadáveres
que obstruyen el cauce y no me dejan verter el agua en la mar divina; y
tú sigues matando de un modo atroz. Pero, ea, cesa ya; pues me tienes
asombrado, oh príncipe de hombres.»
222 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Se hará, oh
Escamandro, alumno de Júpiter, como tú lo ordenas; pero no me abstendré
de matar á los altivos teucros hasta que los encierre en la ciudad y
peleando con Héctor, él me mate á mí ó yo acabe con él.»
227 Esto dicho, arremetió á los teucros, cual si fuese un dios. Y
entonces el río de profundos remolinos dirigióse á Apolo:
229 «¡Oh dioses! Tú, el del arco de plata, hijo de Júpiter, no cumples
las órdenes del Saturnio, el cual te encargó muy mucho que socorrieras
á los teucros y les prestaras tu auxilio hasta que, llegada la tarde,
se pusiera el sol y quedara á obscuras el fértil campo.»
233 Dijo. Aquiles, famoso por su lanza, saltó desde la escarpada
orilla al centro del río. Pero éste le atacó enfurecido: hinchó sus
aguas, revolvió la corriente, y arrastrando muchos cadáveres de
hombres muertos por Aquiles, que había en el cauce, arrojólos á la
orilla mugiendo como un toro; y en tanto salvaba á los vivos dentro de
la corriente, ocultándolos en los profundos y anchos remolinos. Las
turbias olas rodeaban á Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y
le empujaba, y el héroe ya no se podía tener en pie. Asióse entonces
con ambas manos á un olmo corpulento y frondoso; pero éste, arrancado
de raíz, rompió el borde escarpado, oprimió la corriente con sus
muchas ramas, cayó entero al río y se convirtió en un puente. Aquiles,
amedrentado, dió un salto, salió del abismo y voló con pie ligero por
la llanura. Mas no por esto el gran dios desistió de perseguirle, sino
que lanzó tras él olas de sombría cima con el propósito de hacer cesar
al divino Aquiles de combatir y librar de la muerte á los troyanos.
El Pelida salvó cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la
impetuosidad de la rapaz águila negra, que es la más forzuda y veloz
de las aves; parecido á ella, el héroe corría y el bronce resonaba
horriblemente sobre su pecho. Aquiles procuraba huir, desviándose á un
lado; pero la corriente se iba tras él y le perseguía con gran ruido.
Como el fontanero conduce el agua desde el profundo manantial por entre
las plantas de un huerto y con un azadón en la mano quita de la reguera
los estorbos; y la corriente sigue su curso, y mueve las piedrecitas,
pero al llegar á un declive murmura, acelera la marcha y pasa delante
del que la guía; de igual modo, la corriente del río alcanzaba
continuamente á Aquiles, porque los dioses son más poderosos que los
hombres. Cuantas veces el divino Aquiles, el de los pies ligeros,
intentaba esperarla, para ver si le perseguían todos los inmortales
que tienen su morada en el espacioso cielo; otras tantas, las grandes
olas del río le azotaban los hombros. El héroe, afligido en su corazón,
saltaba; pero el río, siguiéndole con la rápida y tortuosa corriente,
le cansaba las rodillas y le robaba el suelo allí donde ponía los pies.
Y el Pelida, levantando los ojos al vasto cielo, gimió y dijo:
273 «¡Padre Júpiter! ¿Cómo no viene ningún dios á salvarme á mí,
miserando, de la persecución del río; y luego sufriré cuanto sea
preciso? Ninguna de las deidades del cielo tiene tanta culpa como mi
madre, que me halagó con falsas predicciones: dijo que me matarían al
pie del muro de los troyanos, armados de coraza, las veloces flechas
de Apolo. ¡Ojalá me hubiese muerto Héctor, que es aquí el más bravo!
Entonces un valiente hubiera muerto y despojado á otro valiente. Mas
ahora quiere el destino que yo perezca de miserable muerte, cercado
por un gran río; como el niño porquerizo á quien arrastran las aguas
invernales del torrente que intentaba atravesar.»
284 Así se expresó. En seguida Neptuno y Minerva, con figura humana,
cogiéronle en medio y le asieron de las manos mientras le animaban con
palabras. Neptuno, que sacude la tierra, fué el primero en hablar y
dijo:
288 «¡Pelida! No tiembles, ni te asustes. ¡De tal manera vamos á
ayudarte, con la venia de Júpiter, yo y Palas Minerva! Porque no
dispone el hado que seas muerto por el río, y éste dejará pronto de
perseguirte, como verás tú mismo. Te daremos un prudente consejo, por
si quieres obedecer: No descanse tu brazo en la batalla funesta hasta
haber encerrado dentro de los ínclitos muros de Ilión á cuantos teucros
logren escapar. Y cuando hayas privado de la vida á Héctor, vuelve á
las naves; que nosotros te concedemos que alcances gloria.»
298 Dichas estas palabras, ambas deidades fueron á reunirse con los
demás inmortales. Aquiles, impelido por el mandato de los dioses,
enderezó sus pasos á la llanura inundada por el agua del río, en la
cual flotaban cadáveres y hermosas armas de jóvenes muertos en la
pelea. El héroe caminaba derechamente, saltando por el agua, sin que
el anchuroso río lograse detenerlo; pues Minerva le había dado muchos
bríos. Pero el Escamandro no cedía en su furor; sino que, irritándose
aún más contra el Pelida, hinchaba y levantaba á lo alto sus olas y á
gritos llamaba al Símois:
308 «¡Hermano querido! Juntémonos para contener la fuerza de ese
hombre, que pronto tomará la gran ciudad del rey Príamo, pues los
teucros no le resistirán en la batalla. Ven al momento en mi auxilio:
aumenta tu caudal con el agua de las fuentes, concita á todos los
arroyos, levanta grandes olas y arrastra con estrépito troncos y
piedras, para que anonademos á ese feroz guerrero que ahora triunfa y
piensa en hazañas propias de los dioses. Creo que no le valdrán ni su
fuerza, ni su hermosura, ni sus magníficas armas, que han de quedar
en el fondo de este lago cubiertas de cieno. Á él le envolveré en
abundante arena, derramando en torno suyo mucho cascajo; y ni siquiera
sus huesos podrán ser recogidos por los aquivos: tanto limo amontonaré
encima. Y tendrá su túmulo allí mismo, y no necesitará que los aqueos
se lo erijan cuando le hagan las exequias.»
324 Dijo; y, revuelto, arremetió contra Aquiles, alzándose furioso y
mugiendo con la espuma, la sangre y los cadáveres. Las purpúreas ondas
del río, que las celestiales lluvias alimentan, se mantenían levantadas
y arrastraban al Pelida. Pero Juno, temiendo que el gran río derribara
á Aquiles, gritó, y dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado:
331 «¡Sus, Vulcano, hijo querido!; pues creemos que el Janto voraginoso
es tu igual en el combate. Socorre pronto á Aquiles, haciendo aparecer
inmensa llama. Voy á suscitar con el Céfiro y el veloz Noto una gran
borrasca, para que viniendo del mar extienda el destructor incendio
y se quemen las cabezas y las armas de los teucros. Tú abrasa los
árboles de las orillas del Janto, haz que arda el mismo río y no te
dejes persuadir ni con palabras dulces ni con amenazas. No cese tu
furia hasta que yo te lo diga gritando; y entonces apaga el fuego
infatigable.»
[Ilustración: EL JANTO, REVUELTO, ARREMETIÓ CONTRA AQUILES CON LA
ESPUMA, LA SANGRE Y LOS CADÁVERES
(-Canto XXI, versos 324 y 325.-)]
342 Tal fué su orden. Vulcano, arrojando una abrasadora llama, incendió
primeramente la llanura y quemó muchos cadáveres de guerreros á quienes
había muerto Aquiles; secóse el campo, y el agua cristalina dejó de
correr. Como el Bóreas seca en el otoño un campo recién inundado y
se alegra el que lo cultiva; de la misma suerte, el fuego secó la
llanura entera y quemó los cadáveres. Luego Vulcano dirigió al río
la resplandeciente llama y ardieron, así los olmos, los sauces y los
tamariscos, como el loto, el junco y la juncia que en abundancia
habían crecido junto á la corriente hermosa. Anguilas y peces padecían
y saltaban acá y allá, en los remolinos ó en la corriente, oprimidos
por el soplo del ingenioso Vulcano. Y el río, quemándose también, así
hablaba:
357 «¡Vulcano! Ninguno de los dioses te iguala y no quiero luchar
contigo ni con tu llama ardiente. Cesa de perseguirme y en seguida el
divino Aquiles arroje de la ciudad á los troyanos. ¿Qué interés tengo
en la contienda ni en auxiliar á nadie?»
361 Así habló, abrasado por el fuego; y la hermosa corriente hervía.
Como en una caldera puesta sobre un gran fuego, la grasa de un puerco
cebado se funde, hierve y rebosa por todas partes, mientras la leña
seca arde debajo; así la hermosa corriente se quemaba con el fuego y el
agua hervía, y no pudiendo ir hacia adelante, paraba su curso oprimida
por el vapor que con su arte produjera el ingenioso Vulcano. Y el río,
dirigiendo muchas súplicas á Juno, estas aladas palabras le decía:
369 «¡Juno! ¿Por qué tu hijo maltrata mi corriente, atacándome á mí
solo entre los dioses? No debo de ser para ti tan culpable como todos
los demás que favorecen á los teucros. Yo desistiré de ayudarlos, si
tú lo mandas; pero que éste cese también. Y juraré no librar á los
troyanos del día fatal, aunque Troya entera llegue á ser pasto de las
voraces llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.»
377 Cuando Juno, la diosa de los níveos brazos, oyó estas palabras,
dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado:
379 «¡Vulcano, hijo ilustre! Cesa ya, pues no conviene que á causa de
los mortales, á un dios inmortal atormentemos.»
381 Tal dijo. Vulcano apagó la abrasadora llama, y las olas
retrocedieron á la hermosa corriente. Y tan pronto como el Janto fué
vencido, él y Vulcano cesaron de luchar; porque Juno, aunque irritada,
los contuvo.
385 Pero una reñida y espantosa pelea se suscitó entonces entre los
demás dioses: divididos en dos bandos, vinieron á las manos con fuerte
estrépito; bramó la vasta tierra, y el gran cielo resonó como una
trompeta. Oyólo Júpiter, sentado en el Olimpo, y con el corazón alegre
reía al ver que los dioses iban á embestirse. Y ya no estuvieron
separados largo tiempo; pues el primero Marte, que horada los escudos,
acometiendo á Minerva con la broncínea lanza, estas injuriosas palabras
le decía:
394 «¿Por qué de nuevo, oh desvergonzada, promueves la contienda entre
los dioses con insaciable audacia? ¿Qué poderoso afecto te mueve?
¿Acaso no te acuerdas de cuando incitabas á Diomedes Tidida á que me
hiriese, y cogiendo tú misma la reluciente pica la enderezaste contra
mí y me desgarraste el hermoso cutis? Pues me figuro que ahora pagarás
cuanto me hiciste.»
400 Apenas acabó de hablar, dió un bote en el escudo floqueado,
horrendo, que ni el rayo de Júpiter rompería; allí acertó á dar
Marte, manchado de homicidios, con la ingente lanza. Pero la diosa,
volviéndose, aferró con su robusta mano una gran piedra negra y erizada
de puntas que estaba en la llanura y había sido puesta por los antiguos
como linde de un campo; é hiriendo con ella al furibundo Marte, dejóle
sin vigor los miembros. Vino á tierra el dios y ocupó siete yugadas, el
polvo manchó su cabellera y las armas resonaron. Rióse Palas Minerva; y
gloriándose de la victoria, profirió estas aladas palabras:
410 «¡Necio! Aún no has comprendido que me jacto de ser mucho más
fuerte y osas oponer tu furor al mío. Así padecerás, cumpliéndose las
imprecaciones de tu airada madre que maquina males contra ti porque
abandonaste á los aqueos y favoreces á los orgullosos teucros.»
415 Cuando esto hubo dicho, volvió á otra parte los ojos refulgentes.
Venus, hija de Júpiter, asió por la mano á Marte y le acompañaba;
mientras el dios daba muchos suspiros y apenas podía recobrar el
aliento. Pero la vió Juno, la diosa de los níveos brazos, y al punto
dijo á Minerva estas aladas palabras:
420 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter que lleva la égida! ¡Indómita deidad!
Aquella desvergonzada vuelve á sacar del dañoso combate, por entre el
tumulto, á Marte, funesto á los mortales. ¡Anda tras ella!»
423 De tal modo habló. Alegrósele el alma á Minerva, que corrió hacia
Venus, y alzando la robusta mano descargóle un golpe sobre el pecho.
Desfallecieron las rodillas y el corazón de la diosa, y ella y Marte
quedaron tendidos en la fértil tierra. Y Minerva, vanagloriándose,
pronunció estas aladas palabras:
428 «¡Ojalá fuesen tales cuantos auxilian á los teucros en las batallas
contra los argivos, armados de coraza; así, tan audaces y atrevidos
como Venus que vino á socorrer á Marte desafiando mi furor; y tiempo ha
que habríamos puesto fin á la guerra, con la toma de la bien construída
ciudad de Ilión!»
434 Así se expresó. Sonrióse Juno, la diosa de los níveos brazos. Y el
soberano Neptuno, que sacude la tierra, dijo entonces á Apolo:
436 «¡Febo! ¿Por qué nosotros no luchamos también? No conviene
abstenerse, una vez que los demás han dado principio á la pelea.
Vergonzoso fuera que volviésemos al Olimpo, á la morada de Júpiter
erigida sobre bronce, sin haber combatido. Empieza tú, pues eres el
menor en edad y no parecería decoroso que comenzara yo que nací primero
y tengo más experiencia. ¡Oh necio, y cuán irreflexivo es tu corazón!
Ya no te acuerdas de los muchos males que en torno de Ilión padecimos
los dos, solos entre los dioses, cuando enviados por Júpiter trabajamos
un año entero para el soberbio Laomedonte; el cual, con la promesa
de darnos el salario convenido, nos mandaba como señor. Yo cerqué la
ciudad de los troyanos con un muro ancho y hermosísimo, para hacerla
inexpugnable; y tú, Febo, pastoreabas los bueyes de tornátiles pies y
curvas astas en los bosques y selvas del Ida, en valles abundoso. Mas
cuando las alegres Horas trajeron el término del ajuste, el soberbio
Laomedonte se negó á pagarnos el salario y nos despidió con amenazas.
Á ti te amenazó con venderte, atado de pies y manos, en lejanas islas;
aseguraba además que con el bronce nos cortaría á entrambos las
orejas; y nosotros nos fuimos pesarosos y con el ánimo irritado porque
no nos dió la paga que había prometido. ¡Y todavía se lo agradeces,
favoreciendo á su pueblo, en vez de procurar con nosotros que todos los
troyanos perezcan de mala muerte con sus hijos y sus castas esposas!»
461 Contestó el soberano flechador Apolo: «¡Batidor de la tierra! No
me tendrías por sensato si combatiera contigo por los míseros mortales
que, semejantes á las hojas, ya se hallan florecientes y vigorosos
comiendo los frutos de la tierra, ya se quedan exánimes y mueren.
Abstengámonos, pues, de combatir y peleen ellos entre sí.»
468 Así dijo, y le volvió la espalda; pues por respeto no quería llegar
á las manos con el tío paterno. Y su hermana, la campestre Diana, que
de las fieras es señora, lo increpó duramente con injuriosas voces:
472 «¿Huyes ya, Flechador, y das la victoria á Neptuno, concediéndole
inmerecida gloria? ¡Necio! ¿Por qué llevas ese arco inútil? No oiga yo
que te jactes en el palacio de mi padre, como hasta aquí lo hiciste
ante los inmortales dioses, de luchar cuerpo á cuerpo con Neptuno.»
478 Tales fueron sus palabras, y el flechador Apolo nada respondió.
Pero la venerable esposa de Júpiter, irritada, increpó á Diana, que se
complace en tirar flechas, con injuriosas voces:
481 «¿Cómo es que pretendes, perra atrevida, oponerte á mí? Difícil te
será resistir mi fortaleza, aunque lleves arco y Júpiter te haya hecho
leona entre las mujeres y te permita matar á la que te plazca. Mejor es
cazar en el monte fieras agrestes ó ciervos, que luchar denodadamente
con quienes son más poderosos. Y si quieres probar el combate, empieza,
para que sepas bien cuanto más fuerte soy que tú; ya que contra mí
quieres emplear tus fuerzas.»
489 Dijo; asióla con la mano izquierda por ambas muñecas, quitóle de
los hombros, con la derecha, el arco y el carcaj, y riendo se puso á
golpear con éstos las orejas de Diana, que volvía la cabeza, ora á
un lado, ora á otro, mientras las veloces flechas se esparcían por
el suelo. Diana huyó llorando, como la paloma que perseguida por el
gavilán vuela á refugiarse en el hueco de excavada roca, porque no
había dispuesto el hado que aquél la cogiese. De igual manera huyó la
diosa, vertiendo lágrimas y dejando allí arco y aljaba. Y el mensajero
Argicida, dijo á Latona:
498 «¡Latona! Yo no pelearé contigo, porque es arriesgado luchar con
las esposas de Júpiter, que amontona las nubes. Jáctate muy satisfecha,
ante los inmortales dioses, de que me venciste con tu poderosa fuerza.»
502 Tal dijo. Latona recogió el corvo arco y las saetas que habían
caído acá y allá, en medio de un torbellino de polvo; y se fué en pos
de la hija. Llegó ésta al Olimpo, á la morada de Jove erigida sobre
bronce; sentóse llorando en las rodillas de su padre, y el divino
velo temblaba alrededor de su cuerpo. El padre Saturnio cogióla en el
regazo; y sonriendo dulcemente, le preguntó:
509 «¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te ha
maltratado, como si en su presencia hubieses cometido alguna falta?»
511 Respondióle Diana, que se recrea con el bullicio de la caza y lleva
en las sienes hermosa diadema: «Tu esposa Juno, la de los níveos
brazos, me ha maltratado, padre; por ella la discordia y la contienda
han surgido entre los inmortales.»
514 Así éstos conversaban. En tanto, Febo Apolo entró en la sagrada
Ilión, temiendo por el muro de la bien edificada ciudad: no fuera que
en aquella ocasión lo destruyesen los dánaos, contra lo ordenado por el
destino. Los demás dioses sempiternos volvieron al Olimpo, irritados
unos y envanecidos otros por el triunfo; y se sentaron á la vera de
Júpiter, el de las sombrías nubes. Aquiles, persiguiendo á los teucros,
mataba hombres y caballos. De la suerte que cuando una ciudad es presa
de las llamas y llega el humo al anchuroso cielo, porque los dioses se
irritaron contra ella, todos los habitantes trabajan y muchos padecen
grandes males; de igual modo, Aquiles causaba á los teucros fatigas y
daños.
526 El anciano Príamo estaba en la sagrada torre; y como viera al
ingente Aquiles, y á los teucros puestos en confusión, huyendo
espantados y sin fuerzas para resistirle, empezó á gemir y bajó de
aquélla para dar órdenes á los ínclitos varones que custodiaban las
puertas de la muralla:
531 «Abrid las puertas y sujetadlas con la mano, hasta que lleguen á
la ciudad los guerreros que huyen espantados. Aquiles es quien los
estrecha y pone en desorden, y temo que han de ocurrir desgracias. Mas,
tan pronto como aquéllos respiren, refugiados dentro del muro, entornad
las hojas fuertemente unidas; pues estoy con miedo de que ese hombre
funesto entre por el muro.»
537 Tal fué su mandato. Abrieron las puertas, quitando los cerrojos, y
á esto se debió la salvación de las tropas. Apolo saltó fuera del muro
para librar de la ruina á los teucros. Éstos, acosados por la sed y
llenos de polvo, huían por el campo en derechura á la ciudad y su alta
muralla. Y Aquiles los perseguía impetuosamente con la lanza, teniendo
el corazón poseído de violenta rabia y deseando alcanzar gloria.
544 Entonces los aqueos hubieran tomado á Troya, la de altas puertas,
si Febo Apolo no hubiese incitado al divino Agenor, hijo ilustre y
valiente de Antenor, á esperar á Aquiles. El dios infundióle audacia
en el corazón, y para apartar de él á las crueles Parcas, se quedó á
su vera, recostado en una encina y cubierto de espesa niebla. Cuando
Agenor vió llegar á Aquiles, asolador de ciudades, se detuvo, y en
su agitado corazón vacilaba sobre el partido que debería tomar. Y
gimiendo, á su magnánimo espíritu le decía:
553 «¡Ay de mí! Si huyo del valiente Aquiles por donde los demás
corren espantados y en desorden, me cogerá también y me matará sin que
me pueda defender. Si dejando que éstos sean derrotados por el Pelida,
me fuese por la llanura troyana, lejos del muro, hasta llegar á los
bosques del Ida y me escondiera en los matorrales, podría volver á
Ilión por la tarde, después de tomar un baño en el río para refrescarme
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
498
499
500
501
502
503
504
505
506
507
508
509
510
511
512
513
514
515
516
517
518
519
520
521
522
523
524
525
526
527
528
529
530
531
532
533
534
535
536
537
538
539
540
541
542
543
544
545
546
547
548
549
550
551
552
553
554
555
556
557
558
559
560
561
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
572
573
574
575
576
577
578
579
580
581
582
583
584
585
586
587
588
589
590
591
592
593
594
595
596
597
598
599
600
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
651
652
653
654
655
656
657
658
659
660
661
662
663
664
665
666
667
668
669
670
671
672
673
674
675
676
677
678
679
680
681
682
683
684
685
686
687
688
689
690
691
692
693
694
695
696
697
698
699
700
701
702
703
704
705
706
707
708
709
710
711
712
713
714
715
716
717
718
719
720
721
722
723
724
725
726
727
728
729
730
731
732
733
734
735
736
737
738
739
740
741
742
743
744
745
746
747
748
749
750
751
752
753
754
755
756
757
758
759
760
761
762
763
764
765
766
767
768
769
770
771
772
773
774
775
776
777
778
779
780
781
782
783
784
785
786
787
788
789
790
791
792
793
794
795
796
797
798
799
800
801
802
803
804
805
806
807
808
809
810
811
812
813
814
815
816
817
818
819
820
821
822
823
824
825
826
827
828
829
830
831
832
833
834
835
836
837
838
839
840
841
842
843
844
845
846
847
848
849
850
851
852
853
854
855
856
857
858
859
860
861
862
863
864
865
866
867
868
869
870
871
872
873
874
875
876
877
878
879
880
881
882
883
884
885
886
887
888
889
890
891
892
893
894
895
896
897
898
899
900
901
902
903
904
905
906
907
908
909
910
911
912
913
914
915
916
917
918
919
920
921
922
923
924
925
926
927
928
929
930
931
932
933
934
935
936
937
938
939
940
941
942
943
944
945
946
947
948
949
950
951
952
953
954
955
956
957
958
959
960
961
962
963
964
965
966
967
968
969
970
971
972
973
974
975
976
977
978
979
980
981
982
983
984
985
986
987
988
989
990
991
992
993
994
995
996
997
998
999
1000