batalla; y los demás idos hacia los teucros y los aqueos y cada uno auxilie á los que quiera. Pues si Aquiles, el de los pies ligeros, combatiese solo con los teucros, éstos no resistirían ni un instante la acometida del hijo de Peleo. Ya antes huían espantados al verle; y temo que ahora, que tan enfurecido tiene el ánimo por la muerte de su compañero, destruya el muro de Troya contra la decisión del hado.» 31 El Saturnio habló en estos términos y promovió una gran batalla. Los dioses fueron al combate divididos en dos bandos: encamináronse á las naves Juno, Palas Minerva, Neptuno, que ciñe la tierra, el benéfico Mercurio, de prudente espíritu, y con ellos Vulcano que, orgulloso de su fuerza, cojeaba arrastrando sus gráciles piernas; y enderezaron sus pasos á los teucros, Marte, de tremolante casco, el intonso Febo, Diana que se complace en tirar flechas, Latona, el Janto y la risueña Venus. 41 En cuanto los dioses se mantuvieron alejados de los hombres, mostráronse los aqueos muy ufanos porque Aquiles volvía á la batalla después del largo tiempo en que se había abstenido de tener parte en la triste guerra; y los teucros se espantaron y un fuerte temblor les ocupó los miembros, tan pronto como vieron al Pelida, ligero de pies, que con su reluciente armadura semejaba al dios Marte, funesto á los mortales. Mas así que las olímpicas deidades penetraron por entre la muchedumbre de los guerreros, levantóse la terrible Discordia, que enardece á los varones; Minerva daba fuertes gritos, unas veces á orillas del foso cavado al pie del muro, y otras en los altos y sonoros promontorios; y Marte, que parecía un negro torbellino, vociferaba también y animaba vivamente á los teucros, ya desde el punto más alto de la ciudad, ya corriendo por la llamada -Colina hermosa-, á orillas del Símois. 54 De este modo los felices dioses, instigando á unos y á otros, les hicieron venir á las manos y promovieron una reñida contienda. El padre de los hombres y de los dioses tronó horriblemente en las alturas; Neptuno, por debajo, sacudió la inmensa tierra y las excelsas cumbres de los montes; y retemblaron, así las laderas y las cimas del Ida, abundante en manantiales, como la ciudad troyana y las naves aqueas. Asustóse Plutón, rey de los infiernos, y saltó del trono gritando; no fuera que Neptuno abriese la tierra y se hicieran visibles las mansiones horrendas y tenebrosas que las mismas deidades aborrecen. ¡Tanto estrépito se produjo cuando los dioses entraron en combate! Al soberano Neptuno le hizo frente Febo Apolo con sus aladas flechas; á Marte, Minerva, la diosa de los brillantes ojos; á Juno, Diana que lleva arco de oro, ama el bullicio de la caza, se complace en tirar saetas y es hermana del Flechador; á Latona, el poderoso y benéfico Mercurio; y á Vulcano, el gran río de profundos vórtices llamado por los dioses Janto y por los hombres Escamandro. 75 Así los dioses salieron al encuentro los unos de los otros. Aquiles deseaba romper por el gentío en derechura á Héctor Priámida, pues el ánimo le impulsaba á saciar con la sangre del héroe á Marte, infatigable luchador. Mas Apolo, que enardece á los guerreros, movió á Eneas á oponerse al Pelida, infundiéndole gran valor y hablándole así después de tomar la voz y la figura de Licaón, hijo de Príamo: 83 «¡Eneas, consejero de los teucros! ¿Qué son de aquellas amenazas hechas por ti en los banquetes de los caudillos troyanos, de que saldrías á combatir con el Pelida Aquiles?» 86 Respondióle Eneas: «¡Priámida! ¿Por qué me ordenas que luche, sin desearlo mi voluntad, con el animoso Pelida? No fuera la primera ocasión que me viese frente á Aquiles, el de los pies ligeros: en otro tiempo, cuando vino adonde pacían nuestras vacas y tomó á Lirneso y á Pédaso, persiguióme por el Ida con su lanza; y Júpiter me salvó, dándome fuerzas y agilitando mis rodillas. Sin su ayuda hubiese sucumbido á manos de Aquiles y de Minerva, que le precedía, le daba la victoria y le animaba á matar léleges y troyanos con la broncínea lanza. Por eso ningún hombre puede combatir con Aquiles, porque á su lado asiste siempre alguna deidad que le libra de la muerte. En cambio, su lanza vuela recta y no se detiene hasta que ha atravesado el cuerpo de un enemigo. Si un dios igualara las condiciones del combate, Aquiles no me vencería fácilmente; aunque se gloriase de ser todo de bronce.» 103 Replicóle el soberano Apolo, hijo de Júpiter: «¡Héroe! Ruega tú también á los sempiternos dioses, pues dicen que naciste de Venus, hija de Júpiter, y aquél es hijo de una divinidad inferior. La primera desciende de Jove, ésta tuvo por padre al anciano del mar. Levanta el indomable bronce y no te arredres por oir palabras duras ó amenazas.» [Ilustración: MINERVA DABA FUERTES GRITOS, UNAS VECES Á ORILLAS DEL FOSO Y OTRAS EN LOS ALTOS PROMONTORIOS (-Canto XX, versos 48 á 50.-)] 110 Apenas acabó de hablar, infundió grandes bríos al pastor de hombres; y éste, que llevaba una reluciente armadura de bronce, se abrió paso por los combatientes delanteros. Juno, la de los níveos brazos, no dejó de advertir que el hijo de Anquises atravesaba la muchedumbre para salir al encuentro del Pelida; y llamando á otros dioses, les dijo: 115 «Considerad en vuestra mente, Neptuno y Minerva, cómo esto acabará; pues Eneas, armado de reluciente bronce, se encamina en derechura al Pelida por excitación de Febo Apolo. Ea, hagámosle retroceder, ó alguno de nosotros se ponga junto á Aquiles, le infunda gran valor y no deje que su ánimo desfallezca; para que conozca que le acorren los inmortales más poderosos, y que son débiles los dioses que en el combate y la pelea protegen á los teucros. Todos hemos bajado del Olimpo á intervenir en esta batalla, para que Aquiles no padezca hoy ningún daño de parte de los teucros; y luego sufrirá lo que la Parca dispuso, hilando el lino, cuando su madre lo dió á luz. Si Aquiles no se entera por la voz de los dioses, sentirá temor cuando en el combate le salga al encuentro alguna deidad; pues los dioses, en dejándose ver, son terribles.» 132 Respondióle Neptuno, que sacude la tierra: «¡Juno! No te irrites más de lo razonable, que no es decoroso. Ni yo quisiera que nosotros, que somos los más fuertes, promoviéramos la contienda entre los dioses. Vayamos á sentarnos en aquella altura, y de la batalla cuidarán los hombres. Y si Marte ó Febo Apolo dieren principio á la pelea ó detuvieren á Aquiles y no le dejaren combatir, iremos en seguida á luchar con ellos, y me figuro que pronto tendrán que retirarse y volver al Olimpo, á la junta de los demás dioses, vencidos por la fuerza de nuestros brazos.» 144 Dichas estas palabras, el dios de los cerúleos cabellos llevólos al alto terraplén que los troyanos y Palas Minerva habían levantado en otro tiempo para que el divino Hércules se librara de la ballena cuando, perseguido por ésta, pasó de la playa á la llanura. Allí Neptuno y los otros dioses se sentaron, extendiendo en derredor de sus hombros una impenetrable nube; y al otro lado, en la cima de la Colina hermosa, en torno de ti, flechador Febo, y de Marte, que destruye las ciudades, acomodáronse las deidades protectoras de los teucros. Así unos y otros, sentados en dos grupos, deliberaban y no se decidían á empezar el funesto combate. Y Júpiter desde lo alto les incitaba á comenzarlo. 156 Todo el campo, lleno de hombres y caballos, resplandecía con el lucir del bronce; y la tierra retumbaba debajo de los pies de los guerreros que á lidiar salían. Dos varones, señalados entre los más valientes, deseosos de combatir, se adelantaron á los suyos para afrontarse entre ambos ejércitos: Eneas, hijo de Anquises, y el divino Aquiles. Presentóse primero Eneas, amenazador, tremolando el refornido casco: protegía el pecho con el fuerte escudo y vibraba broncínea lanza. Y el Pelida desde el otro lado fué á oponérsele. Como cuando se reunen los hombres de todo un pueblo para matar á un voraz león, éste al principio sigue su camino despreciándolos; mas, así que uno de los belicosos jóvenes le hiere con un venablo, se vuelve hacia él con la boca abierta, muestra los dientes cubiertos de espuma, siente gemir en su pecho el corazón valeroso, se azota con la cola muslos y caderas para animarse á pelear, y con los ojos centelleantes arremete fiero hasta que mata á alguien ó él mismo perece en la primera fila; así le instigaban á Aquiles su valor y ánimo esforzado á salir al encuentro del magnánimo Eneas. Y tan pronto como se hallaron frente á frente, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, habló diciendo: 178 «¡Eneas! ¿Por qué te adelantas tanto á la turba y me aguardas? ¿Acaso el ánimo te incita á combatir conmigo por la esperanza de reinar sobre los troyanos, domadores de caballos, con la dignidad de Príamo? Si me matases, no pondría Príamo en tu mano tal recompensa; porque tiene hijos, conserva entero el juicio y no es insensato. ¿Ó quizás te han prometido los troyanos acotarte un hermoso campo de frutales y sembradío que á los demás aventaje, para que puedas cultivarlo, si me quitas la vida? Me figuro que te será difícil conseguirlo. Ya otra vez te puse en fuga con mi lanza. ¿No recuerdas que te eché de los montes ideos, donde estabas solo pastoreando los bueyes, y te perseguí corriendo con ligera planta? Entonces huías sin volver la cabeza. Luego te refugiaste en Lirneso y yo tomé la ciudad con la ayuda de Minerva y del padre Jove, y me llevé las mujeres haciéndolas esclavas; mas á ti te salvaron Júpiter y los demás dioses. No creo que ahora te guarden, como espera tu corazón; y te aconsejo que vuelvas á tu ejército y no te quedes frente á mí, antes que padezcas algún daño; que el necio sólo conoce el mal cuando ha llegado.» 199 Eneas respondióle diciendo: «¡Pelida! No creas que con esas palabras me asustarás como á un niño, pues también sé proferir injurias y baldones. Conocemos el linaje de cada uno de nosotros y cuáles fueron nuestros respectivos padres, por haberlo oído contar á los mortales hombres; que ni tú viste á los míos, ni yo á los tuyos. Dicen que eres prole del eximio Peleo y tienes por madre á Tetis, ninfa marina de hermosas trenzas; mas yo me glorío de ser hijo del magnánimo Anquises y mi madre es Venus: aquéllos ó éstos tendrán que llorar hoy la muerte de su hijo, pues no pienso que nos separemos, sin combatir, después de dirigirnos pueriles insultos. Si deseas saberlo, te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido. Primero Júpiter, que amontona las nubes, engendró á Dárdano, y éste fundó la Dardania al pie del Ida, en manantiales abundoso; pues aún la sacra Ilión, ciudad de hombres de voz articulada, no había sido edificada en la llanura. Dárdano tuvo por hijo al rey Erictonio, que fué el más opulento de los mortales hombres: poseía tres mil yeguas que, ufanas de sus tiernos potros, pacían junto á un pantano.--El Bóreas enamoróse de algunas de las que vió pacer, y transfigurado en caballo de negras crines, hubo de ellas doce potros que en la fértil tierra saltaban por encima de las mieses sin romper las espigas y en el ancho dorso del espumoso mar corrían sobre las mismas olas.--Erictonio fué padre de Tros, que reinó sobre los troyanos; y éste dió el ser á tres hijos irreprensibles: Ilo, Asáraco y el deiforme Ganimedes, el más hermoso de los hombres, á quien arrebataron los dioses á causa de su belleza para que escanciara el néctar á Júpiter y viviera con los inmortales. Ilo engendró al eximio Laomedonte, que tuvo por hijos á Titón, Príamo, Lampo, Clitio é Hicetaón, vástago de Marte. Asáraco engendró á Capis, cuyo hijo fué Anquises. Anquises me engendró á mí y Príamo al divino Héctor. Tal alcurnia y tal sangre me glorío de tener. Pero Júpiter aumenta ó disminuye el valor de los guerreros como le place, porque es el más poderoso. Ea, no nos digamos más palabras como si fuésemos niños, parados así en medio del campo de batalla. Fácil nos sería inferirnos tantas injurias, que una nave de cien bancos de remeros no podría llevarlas. Es voluble la lengua de los hombres, y de ella salen razones de todas clases; hállanse muchas palabras acá y allá, y cual hablares, tal oirás la respuesta. Mas ¿qué necesidad tenemos de altercar, disputando é injuriándonos, como mujeres irritadas, las cuales, movidas por el roedor encono, salen á la calle y se zahieren diciendo muchas cosas, verdaderas unas y falsas otras, que la cólera les dicta? No lograrás con tus palabras que yo, estando deseoso de combatir, pierda el valor antes de que con el bronce y frente á frente peleemos. Ea, acometámonos en seguida con las broncíneas lanzas.» 259 Dijo; y arrojando la fornida lanza, clavóla en el terrible y horrendo escudo de Aquiles, que resonó en torno de la misma. El Pelida, temeroso, apartó el escudo con la robusta mano, creyendo que la luenga lanza del magnánimo Eneas lo atravesaría fácilmente. ¡Insensato! No pensó en su mente ni en su espíritu que los presentes de los dioses no pueden ser destruídos con facilidad por los mortales hombres, ni ceder á sus fuerzas. Y así la ponderosa lanza de Eneas no perforó entonces la rodela por haberlo impedido la lámina de oro que el dios puso en medio, sino que atravesó dos capas y dejó tres intactas, porque eran cinco las que el dios cojo había reunido: las dos de bronce, dos interiores de estaño, y una de oro, que fué donde se detuvo la lanza de fresno. 273 Aquiles despidió luego la ingente lanza, y acertó á dar en el borde del liso escudo de Eneas, sitio en que el bronce era más delgado y el boyuno cuero más tenue: el fresno del Pelión atravesólo, y todo el escudo resonó. Eneas, amedrentado, se encogió y levantó el escudo; la lanza, deseosa de proseguir su curso, pasóle por cima del hombro, después de romper los dos círculos de la rodela, y se clavó en el suelo; y el héroe, evitado ya el golpe, quedóse inmóvil y con los ojos muy espantados de ver que aquélla había caído tan cerca. Aquiles desnudó la aguda espada; y profiriendo grandes y horribles voces, arremetió contra Eneas; y éste, á su vez cogió una gran piedra que dos de los hombres actuales no podrían llevar y que él manejaba fácilmente. Y Eneas tirara la piedra á Aquiles y le acertara en el casco ó en el escudo que habría apartado del héroe la triste muerte, y Aquiles privara de la vida á Eneas, hiriéndole de cerca con la espada, si al punto no lo hubiese advertido Neptuno, que sacude la tierra, el cual dijo entre los dioses inmortales: 293 «¡Oh dioses! Me causa pesar el magnánimo Eneas que pronto, sucumbiendo á manos del Pelida, descenderá al Orco por haber obedecido las palabras del flechador Apolo. ¡Insensato! El dios no le librará de la triste muerte. Mas ¿por qué ha de padecer, sin ser culpable, las penas que otros merecen, habiendo ofrecido siempre gratos presentes á los dioses que habitan el anchuroso cielo? Ea, librémosle de la muerte, no sea que Júpiter se enoje si Aquiles lo mata, pues el destino quiere que se salve á fin de que no perezca ni se extinga el linaje de Dárdano, que fué amado por el Saturnio con preferencia á los demás hijos que tuvo de mujeres mortales. Ya Jove aborrece á los descendientes de Príamo; pero el fuerte Eneas reinará sobre los troyanos, y luego los hijos de sus hijos que sucesivamente nazcan.» 309 Respondióle Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Neptuno! Resuelve tú mismo si has de salvar á Eneas ó permitir que, no obstante su valor, sea muerto por el Pelida Aquiles. Pues así Palas Minerva como yo hemos jurado repetidas veces ante los inmortales todos, que jamás libraríamos á los teucros del día funesto, aunque Troya entera fuese pasto de las voraces llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.» 318 Cuando Neptuno, que sacude la tierra, oyó estas palabras, fuése; y andando por la liza, entre el estruendo de las lanzas, llegó adonde estaban Eneas y el ilustre Aquiles. Al momento cubrió de niebla los ojos del Pelida Aquiles, arrancó del escudo del magnánimo Eneas la lanza de fresno con punta de bronce que depositó á los pies de aquél, y arrebató al teucro alzándolo de la tierra. Eneas, sostenido por la mano del dios, pasó por cima de muchas filas de héroes y caballos hasta llegar al otro extremo del impetuoso combate, donde los caucones se armaban para pelear. Y entonces Neptuno, que sacude la tierra, se le presentó, y le dijo estas aladas palabras: 332 «¡Eneas! ¿Cuál de los dioses te ha ordenado que cometieras la locura de luchar cuerpo á cuerpo con el animoso Pelida, que es más fuerte que tú y más caro á los inmortales? Retírate cuantas veces le encuentres, no sea que te haga descender á la morada de Plutón antes de lo dispuesto por el hado. Mas cuando Aquiles haya muerto, por haberse cumplido su destino, pelea confiadamente entre los combatientes delanteros, que no te matará ningún otro aquivo.» 340 Tales fueron sus palabras. Dejó á Eneas allí, después que le hubo amonestado, y apartó la obscura niebla de los ojos de Aquiles. Éste volvió á ver con claridad, y, gimiendo, á su magnánimo espíritu le decía: 344 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece: esta lanza yace en el suelo y no veo al varón contra quien la arrojé, con intención de matarle. Ciertamente, á Eneas le aman los inmortales dioses; ¡y yo creía que se jactaba de ello vanamente! Váyase, pues; que no tendrá ánimo para medir de nuevo sus fuerzas conmigo, quien ahora huyó gustoso de la muerte. Exhortaré á los belicosos dánaos y probaré el valor de los demás enemigos, saliéndoles al encuentro.» 353 Dijo; y saltando por entre las filas, animaba á los guerreros: «¡No permanezcáis alejados de los teucros, divinos aqueos! Ea, cada hombre embista á otro y sienta anhelo por pelear. Difícil es que yo solo, aunque sea valiente, persiga á tantos guerreros y con todos lidie; y ni á Marte, que es un dios inmortal, ni á Minerva, les sería posible recorrer un campo de batalla tan vasto y combatir en todas partes. En lo que puedo hacer con mis manos, mis pies ó mi fuerza, no me muestro remiso. Entraré por todos lados en las hileras de las falanges enemigas, y me figuro que no se alegrarán los teucros que á mi lanza se acerquen.» 364 Con estas palabras los animaba. También el esclarecido Héctor exhortaba á los teucros, dando gritos, y aseguraba que saldría al encuentro de Aquiles: 366 «¡Animosos teucros! ¡No temáis al Pelida! Yo de palabra combatiría hasta con los inmortales; pero es difícil hacerlo con la lanza, siendo, como son, mucho más fuertes. Aquiles no llevará al cabo todo cuanto dice, sino que en parte lo cumplirá y en parte lo dejará á medio hacer. Iré á encontrarle, aunque por sus manos sea semejante á la llama; sí, aunque por sus manos se parezca á la llama, y por su fortaleza al reluciente hierro.» 373 Con tales voces los excitaba. Los teucros calaron las lanzas; trabóse el combate y se produjo gritería, y entonces Febo Apolo se acercó á Héctor y le dijo: 376 «¡Héctor! No te adelantes para luchar con Aquiles; espera su acometida mezclado con la muchedumbre, confundido con la turba. No sea que consiga herirte desde lejos con arma arrojadiza, ó de cerca con la espada.» 379 Así habló. Héctor se fué, amedrentado, por entre la multitud de guerreros apenas acabó de oir las palabras del dios. Aquiles, con el corazón revestido de valor y dando horribles gritos, arremetió á los teucros, y empezó por matar al valeroso Ifitión Otrintida, caudillo de muchos hombres, á quien una ninfa náyade había tenido de Otrinteo, asolador de ciudades, en el opulento pueblo de Hida, al pie del nevado Tmolo: el divino Aquiles acertó á darle con la lanza en medio de la cabeza, cuando arremetía contra él, y se la dividió en dos partes. El teucro cayó con estrépito, y el divino Aquiles se glorió diciendo: 389 «¡Yaces en el suelo, Otrintida, el más portentoso de todos los hombres! En este lugar te sorprendió la muerte; á ti, que habías nacido á orillas del lago Gigeo, donde tienes la heredad paterna, junto al Hilo, abundante en peces, y el Hermo voraginoso.» 393 Tan jactanciosamente habló. Las tinieblas cubrieron los ojos de Ifitión, y los carros de los aqueos lo despedazaron con las llantas de sus ruedas en el primer reencuentro. Aquiles hirió, después, en la sien, atravesándole el casco de broncíneas carrilleras, á Demoleonte, valiente adalid en el combate; y el casco no detuvo la lanza, pues la punta entró y rompió el hueso, conmovióse interiormente el cerebro, y el teucro sucumbió cuando peleaba con ardor. Luego, como Hipodamante saltara del carro y se diese á la fuga, le envasó la pica en la espalda: aquél exhalaba el aliento y bramaba como el toro que los jóvenes arrastran á los altares del soberano Heliconio y el dios que sacude la tierra se goza al verlo; así bramaba Hipodamante cuando el alma valerosa dejó sus miembros. Seguidamente acometió con la lanza al deiforme Polidoro Priámida á quien su padre no permitía que fuera á las batallas porque era el menor y el predilecto de sus hijos. Nadie vencía á Polidoro en la carrera; y entonces, por pueril petulancia, haciendo gala de la ligereza de sus pies, agitábase el troyano entre los combatientes delanteros, hasta que perdió la vida: al verle pasar, el divino Aquiles, ligero de pies, hundióle la lanza en medio de la espalda, donde los anillos de oro sujetaban el cinturón y era doble la coraza, y la punta salió al otro lado cerca del ombligo; el joven cayó de rodillas dando lastimeros gritos; obscura nube le envolvió; é inclinándose, procuraba sujetar con sus manos los intestinos, que le salían por la herida. 419 Tan pronto como Héctor vió á su hermano Polidoro cogiéndose las entrañas y encorvado hacia el suelo, se le puso una nube ante los ojos y ya no pudo combatir á distancia; sino que, blandiendo la aguda lanza é impetuoso como una llama, se dirigió al encuentro de Aquiles. Y éste, al advertirlo, saltó hacia él, y dijo muy ufano estas palabras: 425 «Cerca está el hombre que ha inferido á mi corazón la más grave herida, el que mató á mi compañero amado. Ya no huiremos asustados, el uno del otro, por los senderos del combate.» 428 Dijo; y mirando con torva faz al divino Héctor, le gritó: «¡Acércate para que pronto llegues de tu perdición al término!» 430 Sin turbarse, le respondió Héctor, el de tremolante casco: «¡Pelida! No esperes amedrentarme con palabras como á un niño; también yo sé proferir injurias y baldones. Reconozco que eres valiente y que estoy por muy debajo de ti. Pero en la mano de los dioses está si yo, siendo inferior, te quitaré la vida con mi lanza; pues también tiene afilada punta.» 438 En diciendo esto, blandió y arrojó la ingente lanza; pero Minerva con un tenue soplo apartóla del glorioso Aquiles, y el arma volvió hacia el divino Héctor y cayó á sus pies. Aquiles acometió, dando horribles gritos, á Héctor, con intención de matarle; pero Apolo arrebató al troyano, haciéndolo con gran facilidad por ser dios, y lo cubrió con densa niebla. Tres veces el divino Aquiles, ligero de pies, atacó con la broncínea lanza; tres veces dió el golpe en el aire. Y cuando, semejante á un dios, arremetía por cuarta vez, increpó el héroe á Héctor con voz terrible, dirigiéndole estas aladas palabras: 449 «¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la perdición, pero te salvó Febo Apolo, á quien debes de rogar cuando sales al campo antes de oir el estruendo de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde te encuentro y un dios me ayuda. Y ahora perseguiré á los demás que se me pongan al alcance.» 455 Así dijo; y con la lanza hirió en medio del cuello á Dríope, que cayó á sus pies. Dejóle, y al momento detuvo á Demuco Filetórida, á quien pinchó con la lanza en una rodilla, y luego quitóle la vida con la gran espada. Después acometió á Laógono y á Dárdano, hijos de Biante: habiéndolos derribado del carro en que iban, á aquél le hizo perecer arrojándole la lanza, y á éste hiriéndole de cerca con la espada. También mató á Tros Alastórida, que vino á abrazarle las rodillas por si compadeciéndose de él, que era de la misma edad del héroe, en vez de matarle le hacía prisionero y le dejaba vivo. ¡Insensato! No comprendió que no podría persuadirle, pues Aquiles no era hombre de condición benigna y mansa, sino muy violento. Ya aquél le tocaba las rodillas con intención de suplicarle, cuando le hundió la espada en el hígado: derramóse éste, llenando de negra sangre el pecho, y las tinieblas cubrieron los ojos del teucro, que quedó exánime. Inmediatamente, Aquiles se acercó á Mulio; y metiéndole la lanza en una oreja, la broncínea punta salió por la otra. Más tarde, hirió en medio de la cabeza á Equeclo, hijo de Agenor, con la espada provista de empuñadura: la hoja entera se calentó con la sangre, y la purpúrea muerte y el hado cruel velaron los ojos del guerrero. Posteriormente, atravesó con la broncínea lanza el brazo de Deucalión, en el sitio donde se juntan los tendones del codo; y el teucro esperóle, con la mano entorpecida y viendo que la muerte se le acercaba: Aquiles le cercenó de un tajo la cabeza, que con el casco arrojó á lo lejos, la médula salió de las vértebras y el guerrero quedó tendido en el suelo. Dirigióse acto seguido contra Rigmo, ilustre hijo de Píroo, que había llegado de la fértil Tracia, y le hirió en medio del cuerpo: clavóle la broncínea lanza en el pulmón, y le derribó del carro. Y como viera que su escudero Areitoo torcía la rienda á los caballos, envasóle la aguda lanza en la espalda, y también le hizo caer á tierra, mientras los corceles huían espantados. 490 De la suerte que al estallar abrasador incendio en los hondos valles de árida montaña, arde la poblada selva, y el viento mueve las llamas que giran en todas direcciones; de la misma manera, Aquiles se revolvía furioso con la lanza, persiguiendo, cual una deidad, á los que estaban destinados á morir; y la negra tierra manaba sangre. Como, uncidos al yugo dos bueyes de ancha frente para que trillen la blanca cebada en una era bien dispuesta, se desmenuzan presto las espigas bajo los pies de los mugientes bueyes; así los solípedos corceles, guiados por Aquiles, hollaban á un mismo tiempo cadáveres y escudos; el eje del carro tenía la parte inferior cubierta de sangre y los barandales estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los corceles y las llantas de las ruedas despedían. Y el Pelida deseaba alcanzar gloria y tenía las manos manchadas de sangre y polvo. [Ilustración: El Janto y el Símois intentan sumergir en sus ondas á Aquiles] CANTO XXI BATALLA JUNTO AL RÍO 1 Así que los teucros llegaron al vado del voraginoso Janto, río de hermosa corriente á quien el inmortal Júpiter engendrara, Aquiles los dividió en dos grupos. Á los del primero, echólos el héroe por la llanura hacia la ciudad, por donde los aqueos huían espantados el día anterior, cuando el esclarecido Héctor se mostraba furioso; por allí derramáronse entonces los teucros en su fuga, y Juno, para detenerlos, los envolvió en una densa niebla. Los otros rodaron al caudaloso río de argentados vórtices, y cayeron en él con gran estrépito: resonaba la corriente, retumbaban ambas orillas y los teucros nadaban acá y allá, gritando, mientras eran arrastrados en torno de los remolinos. Como las langostas, acosadas por la violencia de un fuego que estalla de repente, vuelan hacia el río y se echan medrosas en el agua; de la misma manera, la corriente sonora del Janto de profundos vórtices, se llenó, por la persecución de Aquiles, de hombres y caballos que en el mismo caían confundidos. 17 Aquiles, vástago de Jove, dejó su lanza arrimada á un tamariz de la orilla; saltó al río, cual si fuese una deidad, con sólo la espada y meditando en su corazón acciones crueles; y comenzó á herir á diestro y á siniestro: al punto levantóse un horrible clamoreo de los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre. Como los peces huyen del ingente delfín, y, temerosos, llenan los senos del hondo puerto, porque aquél devora á cuantos coge; de la misma manera, los teucros iban por la impetuosa corriente del río y se refugiaban, temblando, debajo de las rocas. Cuando Aquiles tuvo las manos cansadas de matar, cogió vivos, dentro del río, á doce mancebos para inmolarlos más tarde en expiación de la muerte de Patroclo Menetíada. Sacólos atónitos como cervatos, les ató las manos por detrás con las correas bien cortadas que llevaban en las flexibles túnicas y encargó á los amigos que los condujeran á las cóncavas naves. Y el héroe acometió de nuevo á los teucros, para hacer en ellos gran destrozo. 34 Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo Dardánida; el cual, huyendo, iba á salir del río. Ya anteriormente habíale hecho prisionero encaminándose de noche á un campo de Príamo: Licaón cortaba con el agudo bronce los ramos nuevos de un cabrahigo para hacer los barandales de un carro, cuando Aquiles, presentándose cual imprevista calamidad, se lo llevó mal de su grado. Trasportóle luego en una nave á la bien construída Lemnos, y allí lo puso en venta: el hijo de Jasón pagó el precio. Después Eetión de Imbros, que era huésped del troyano, dió por él un cuantioso rescate y enviólo á la divina Arisbe. Escapóse Licaón, y volviendo á la casa paterna, estuvo celebrando con sus amigos durante once días su regreso de Lemnos; mas, al duodécimo, un dios le hizo caer nuevamente en manos de Aquiles, que debía mandarle al Orco, sin que Licaón lo deseara. Como el divino Aquiles, el de los pies ligeros, le viera inerme--sin casco, escudo ni lanza, porque todo lo había tirado al suelo--y que salía del río con el cuerpo abatido por el sudor y las rodillas vencidas por el cansancio; sorprendióse, y á su magnánimo espíritu así le habló: 54 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece. Ya es posible que los teucros á quienes maté resuciten de las sombrías tinieblas; cuando éste, librándose del día cruel, ha vuelto de la divina Lemnos donde fué vendido, y las olas del espumoso mar que á tantos detienen no han impedido su regreso. Mas, ea, haré que pruebe la punta de mi lanza para ver y averiguar si volverá nuevamente ó se quedará en el seno de la fértil tierra que hasta á los fuertes retiene.» 64 Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba inmóvil. Licaón, asustado, se le acercó á tocarle las rodillas; pues en su ánimo sentía vivo deseo de librarse de la triste muerte y de su negro destino. El divino Aquiles levantó en seguida la enorme lanza con intención de herirle, pero Licaón se encogió y corriendo le abrazó las rodillas; y aquélla, pasándole por cima del dorso, se clavó en el suelo, codiciosa de cebarse en el cuerpo de un hombre. En tanto Licaón suplicaba á Aquiles; y abrazando con una mano sus rodillas y sujetando con la otra la aguda lanza, estas aladas palabras le decía: 74 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Aquiles: respétame y apiádate de mí. Has de tenerme, oh alumno de Júpiter, por un suplicante digno de consideración; pues comí en tu tienda el fruto de Ceres el día en que me hiciste prisionero en el campo bien cultivado, y llevándome lejos de mi padre y de mis amigos, me vendiste en Lemnos: cien bueyes te valió mi persona. Ahora te daría el triple para rescatarme. Doce días ha que, habiendo padecido mucho, volví á Ilión; y otra vez el hado funesto me pone en tus manos. Debo de ser odioso al padre Júpiter, cuando nuevamente me entrega á ti. Para darme una vida corta, me parió Laótoe, hija del anciano Altes que reina sobre los belicosos léleges y posee la excelsa Pédaso junto al Sátniois. Á la hija de aquél la tuvo Príamo por esposa con otras muchas; de la misma nacimos dos varones y á entrambos nos habrás dado muerte. Ya hiciste sucumbir entre los infantes delanteros á Polidoro, hiriéndole con la aguda pica; y ahora la desgracia llegó para mí, pues no espero escapar de tus manos después que un dios me ha echado en ellas. Otra cosa te diré que fijarás en la memoria: No me mates; pues no nací del mismo vientre que Héctor, el que dió muerte á tu dulce y valiente amigo.» 97 Con tales palabras el preclaro hijo de Príamo suplicaba á Aquiles; pero fué amarga la respuesta que escuchó: 99 «¡Insensato! No me hables del rescate, ni lo menciones siquiera. Antes que á Patroclo le llegara el día fatal, me era grato abstenerme de matar á los teucros y fueron muchos los que cogí vivos y vendí luego; mas ahora ninguno escapará de la muerte, si un dios lo pone en mis manos delante de Ilión y especialmente si es hijo de Príamo. Por tanto, amigo, muere tú también. ¿Por qué te lamentas de este modo? Murió Patroclo, que tanto te aventajaba. ¿No ves cuán gallardo y alto de cuerpo soy yo, á quien engendró un padre ilustre y dió á luz una diosa? Pues también me aguardan la muerte y el hado cruel. Vendrá una mañana, una tarde ó un mediodía en que alguien me quitará la vida en el combate, hiriéndome con la lanza ó con una flecha despedida por el arco.» 114 Así dijo. Desfallecieron las rodillas y el corazón del teucro que, soltando la lanza, se sentó y tendió ambos brazos. Aquiles puso mano á la tajante espada é hirió á Licaón en la clavícula, junto al cuello: metióle dentro toda la hoja de dos filos, el troyano dió de ojos por el suelo y su sangre fluía y mojaba la tierra. El héroe cogió el cadáver por el pie, arrojólo al río para que la corriente se lo llevara, y profirió con jactancia estas aladas palabras: 122 «Yaz ahí entre los peces que tranquilos te lamerán la sangre de la herida. No te colocará tu madre en un lecho para llorarte; sino que serás llevado por el voraginoso Escamandro al vasto seno del mar. Y algún pez, saliendo de las olas á la negruzca y encrespada superficie, comerá la blanca grasa de Licaón. Así perezcáis los demás teucros hasta que lleguemos á la sacra ciudad de Ilión, vosotros huyendo y yo detrás haciendo gran riza. No os salvará ni siquiera el río de hermosa corriente y argénteos remolinos, á quien desde antiguo sacrificáis muchos toros y en cuyos vórtices echáis solípedos caballos. Así y todo, pereceréis miserablemente unos en pos de otros, hasta que hayáis expiado la muerte de Patroclo y el estrago y la matanza que hicisteis en los aqueos junto á las naves, mientras estuve alejado de la lucha.» 136 Habló de esta manera. El río, con el corazón irritado, revolvía en su mente cómo haría cesar á Aquiles de combatir y libraría de la muerte á los troyanos. En tanto, el hijo de Peleo dirigió su ingente lanza á Asteropeo, hijo de Pelegón, con ánimo de matarle. Á Pelegón le habían engendrado el Axio, de ancha corriente, y Peribea, la hija mayor de Acesameno; que con ésta se unió aquel río de profundos remolinos. Encaminóse, pues, Aquiles hacia Asteropeo, el cual salió á su encuentro llevando dos lanzas; y el Janto, irritado por la muerte de los jóvenes á quienes Aquiles había hecho perecer sin compasión en la misma corriente, infundió valor en el pecho del troyano. Cuando ambos guerreros se hallaron frente á frente, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, fué el primero en hablar, y dijo: 150 «¿Quién eres tú y de dónde, que osas salirme al encuentro? Infelices de aquéllos cuyos hijos se oponen á mi furor.» 152 Respondióle el preclaro hijo de Pelegón: «¡Magnánimo Pelida! ¿Por qué sobre el abolengo me interrogas? Soy de la fértil Peonia, que está lejos; vine mandando á los peonios, que combaten con largas picas, y hace once días que llegué á Ilión. Mi linaje trae su origen del anchuroso Axio, que esparce su hermosísimo raudal sobre la tierra: Axio engendró á Pelegón, famoso por su lanza, y de éste dicen que he nacido. Pero peleemos ya, esclarecido Aquiles.» 161 De tal modo habló, en son de amenaza. El divino Aquiles levantó el fresno del Pelión, y el héroe Asteropeo, que era ambidextro, tiróle á un tiempo las dos lanzas: la una dió en el escudo, pero no lo atravesó porque la lámina de oro que el dios puso en el mismo la detuvo; la otra rasguñó el brazo derecho del héroe, junto al codo, del cual brotó negra sangre; mas el arma pasó por encima y se clavó en el suelo, codiciosa de la carne. Aquiles arrojó entonces la lanza, de recto vuelo, á Asteropeo con intención de matarle, y erró el tiro: aquélla cayó en la elevada orilla y se hundió hasta la mitad del palo. El Pelida, desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, arremetió enardecido á Asteropeo, quien con la mano robusta intentaba arrancar del escarpado borde la lanza de Aquiles: tres veces la meneó para arrancarla, y otras tantas tuvo que desistir de su propósito. Y cuando, á la cuarta vez, quiso doblar y romper la lanza de fresno del Eácida, acercósele Aquiles y con la espada le quitó la vida: hirióle en el vientre, junto al ombligo; derramáronse los intestinos, y las tinieblas cubrieron los ojos del teucro, que cayó anhelante. Aquiles se abalanzó á su pecho, le quitó la armadura; y blasonando del triunfo, dijo estas palabras: 184 «Yaz ahí. Difícil era que tú, aunque engendrado por un río, pudieses disputar la victoria á los hijos del prepotente Saturnio. Dijiste que tu linaje procede de un anchuroso río; mas yo me jacto de pertenecer al del gran Júpiter. Engendróme un varón que reina sobre muchos mirmidones, Peleo, hijo de Éaco; y este último era hijo de Jove. Y como Júpiter es más poderoso que los ríos, que corren al mar, así también los descendientes de Júpiter son más fuertes que los de los ríos. Á tu lado tienes uno grande, si es que puede auxiliarte. Mas no es posible combatir con Júpiter Saturnio. Á éste no le igualan ni el fuerte Aqueloo, ni el grande y poderoso Océano de profunda corriente, del que nacen todos los ríos, mares, fuentes y pozos; pues también el Océano teme el rayo del gran Jove y el espantoso trueno, que hace retumbar el cielo.» 200 Dijo; arrancó del escarpado borde la broncínea lanza y abandonó á Asteropeo allí, tendido en la arena, tan pronto como le hubo quitado la vida: el agua turbia bañaba el cadáver, y anguilas y peces acudieron á comer la grasa que cubría los riñones. Aquiles se fué para los peonios que peleaban en carros; los cuales huían por las márgenes del voraginoso río, desde que vieron que el más fuerte caía en el duro combate, vencido por las manos y la espada del Pelida. Éste mató entonces á Tersíloco, Midón, Astípilo, Mneso, Trasio, Enio y Ofelestes. Y á más peonios diera muerte el veloz Aquiles, si el río de profundos remolinos, irritado y transfigurado en hombre, no le hubiese dicho desde uno de los vórtices: 214 «¡Oh Aquiles! Superas á los demás hombres, lo mismo en el valor que en la comisión de acciones nefandas; porque los propios dioses te prestan constantemente su auxilio. Si el hijo de Saturno te ha concedido que destruyas á todos los teucros, apártalos de mí y ejecuta en el llano tus proezas. Mi hermosa corriente está llena de cadáveres que obstruyen el cauce y no me dejan verter el agua en la mar divina; y tú sigues matando de un modo atroz. Pero, ea, cesa ya; pues me tienes asombrado, oh príncipe de hombres.» 222 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Se hará, oh Escamandro, alumno de Júpiter, como tú lo ordenas; pero no me abstendré de matar á los altivos teucros hasta que los encierre en la ciudad y peleando con Héctor, él me mate á mí ó yo acabe con él.» 227 Esto dicho, arremetió á los teucros, cual si fuese un dios. Y entonces el río de profundos remolinos dirigióse á Apolo: 229 «¡Oh dioses! Tú, el del arco de plata, hijo de Júpiter, no cumples las órdenes del Saturnio, el cual te encargó muy mucho que socorrieras á los teucros y les prestaras tu auxilio hasta que, llegada la tarde, se pusiera el sol y quedara á obscuras el fértil campo.» 233 Dijo. Aquiles, famoso por su lanza, saltó desde la escarpada orilla al centro del río. Pero éste le atacó enfurecido: hinchó sus aguas, revolvió la corriente, y arrastrando muchos cadáveres de hombres muertos por Aquiles, que había en el cauce, arrojólos á la orilla mugiendo como un toro; y en tanto salvaba á los vivos dentro de la corriente, ocultándolos en los profundos y anchos remolinos. Las turbias olas rodeaban á Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y le empujaba, y el héroe ya no se podía tener en pie. Asióse entonces con ambas manos á un olmo corpulento y frondoso; pero éste, arrancado de raíz, rompió el borde escarpado, oprimió la corriente con sus muchas ramas, cayó entero al río y se convirtió en un puente. Aquiles, amedrentado, dió un salto, salió del abismo y voló con pie ligero por la llanura. Mas no por esto el gran dios desistió de perseguirle, sino que lanzó tras él olas de sombría cima con el propósito de hacer cesar al divino Aquiles de combatir y librar de la muerte á los troyanos. El Pelida salvó cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la impetuosidad de la rapaz águila negra, que es la más forzuda y veloz de las aves; parecido á ella, el héroe corría y el bronce resonaba horriblemente sobre su pecho. Aquiles procuraba huir, desviándose á un lado; pero la corriente se iba tras él y le perseguía con gran ruido. Como el fontanero conduce el agua desde el profundo manantial por entre las plantas de un huerto y con un azadón en la mano quita de la reguera los estorbos; y la corriente sigue su curso, y mueve las piedrecitas, pero al llegar á un declive murmura, acelera la marcha y pasa delante del que la guía; de igual modo, la corriente del río alcanzaba continuamente á Aquiles, porque los dioses son más poderosos que los hombres. Cuantas veces el divino Aquiles, el de los pies ligeros, intentaba esperarla, para ver si le perseguían todos los inmortales que tienen su morada en el espacioso cielo; otras tantas, las grandes olas del río le azotaban los hombros. El héroe, afligido en su corazón, saltaba; pero el río, siguiéndole con la rápida y tortuosa corriente, le cansaba las rodillas y le robaba el suelo allí donde ponía los pies. Y el Pelida, levantando los ojos al vasto cielo, gimió y dijo: 273 «¡Padre Júpiter! ¿Cómo no viene ningún dios á salvarme á mí, miserando, de la persecución del río; y luego sufriré cuanto sea preciso? Ninguna de las deidades del cielo tiene tanta culpa como mi madre, que me halagó con falsas predicciones: dijo que me matarían al pie del muro de los troyanos, armados de coraza, las veloces flechas de Apolo. ¡Ojalá me hubiese muerto Héctor, que es aquí el más bravo! Entonces un valiente hubiera muerto y despojado á otro valiente. Mas ahora quiere el destino que yo perezca de miserable muerte, cercado por un gran río; como el niño porquerizo á quien arrastran las aguas invernales del torrente que intentaba atravesar.» 284 Así se expresó. En seguida Neptuno y Minerva, con figura humana, cogiéronle en medio y le asieron de las manos mientras le animaban con palabras. Neptuno, que sacude la tierra, fué el primero en hablar y dijo: 288 «¡Pelida! No tiembles, ni te asustes. ¡De tal manera vamos á ayudarte, con la venia de Júpiter, yo y Palas Minerva! Porque no dispone el hado que seas muerto por el río, y éste dejará pronto de perseguirte, como verás tú mismo. Te daremos un prudente consejo, por si quieres obedecer: No descanse tu brazo en la batalla funesta hasta haber encerrado dentro de los ínclitos muros de Ilión á cuantos teucros logren escapar. Y cuando hayas privado de la vida á Héctor, vuelve á las naves; que nosotros te concedemos que alcances gloria.» 298 Dichas estas palabras, ambas deidades fueron á reunirse con los demás inmortales. Aquiles, impelido por el mandato de los dioses, enderezó sus pasos á la llanura inundada por el agua del río, en la cual flotaban cadáveres y hermosas armas de jóvenes muertos en la pelea. El héroe caminaba derechamente, saltando por el agua, sin que el anchuroso río lograse detenerlo; pues Minerva le había dado muchos bríos. Pero el Escamandro no cedía en su furor; sino que, irritándose aún más contra el Pelida, hinchaba y levantaba á lo alto sus olas y á gritos llamaba al Símois: 308 «¡Hermano querido! Juntémonos para contener la fuerza de ese hombre, que pronto tomará la gran ciudad del rey Príamo, pues los teucros no le resistirán en la batalla. Ven al momento en mi auxilio: aumenta tu caudal con el agua de las fuentes, concita á todos los arroyos, levanta grandes olas y arrastra con estrépito troncos y piedras, para que anonademos á ese feroz guerrero que ahora triunfa y piensa en hazañas propias de los dioses. Creo que no le valdrán ni su fuerza, ni su hermosura, ni sus magníficas armas, que han de quedar en el fondo de este lago cubiertas de cieno. Á él le envolveré en abundante arena, derramando en torno suyo mucho cascajo; y ni siquiera sus huesos podrán ser recogidos por los aquivos: tanto limo amontonaré encima. Y tendrá su túmulo allí mismo, y no necesitará que los aqueos se lo erijan cuando le hagan las exequias.» 324 Dijo; y, revuelto, arremetió contra Aquiles, alzándose furioso y mugiendo con la espuma, la sangre y los cadáveres. Las purpúreas ondas del río, que las celestiales lluvias alimentan, se mantenían levantadas y arrastraban al Pelida. Pero Juno, temiendo que el gran río derribara á Aquiles, gritó, y dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado: 331 «¡Sus, Vulcano, hijo querido!; pues creemos que el Janto voraginoso es tu igual en el combate. Socorre pronto á Aquiles, haciendo aparecer inmensa llama. Voy á suscitar con el Céfiro y el veloz Noto una gran borrasca, para que viniendo del mar extienda el destructor incendio y se quemen las cabezas y las armas de los teucros. Tú abrasa los árboles de las orillas del Janto, haz que arda el mismo río y no te dejes persuadir ni con palabras dulces ni con amenazas. No cese tu furia hasta que yo te lo diga gritando; y entonces apaga el fuego infatigable.» [Ilustración: EL JANTO, REVUELTO, ARREMETIÓ CONTRA AQUILES CON LA ESPUMA, LA SANGRE Y LOS CADÁVERES (-Canto XXI, versos 324 y 325.-)] 342 Tal fué su orden. Vulcano, arrojando una abrasadora llama, incendió primeramente la llanura y quemó muchos cadáveres de guerreros á quienes había muerto Aquiles; secóse el campo, y el agua cristalina dejó de correr. Como el Bóreas seca en el otoño un campo recién inundado y se alegra el que lo cultiva; de la misma suerte, el fuego secó la llanura entera y quemó los cadáveres. Luego Vulcano dirigió al río la resplandeciente llama y ardieron, así los olmos, los sauces y los tamariscos, como el loto, el junco y la juncia que en abundancia habían crecido junto á la corriente hermosa. Anguilas y peces padecían y saltaban acá y allá, en los remolinos ó en la corriente, oprimidos por el soplo del ingenioso Vulcano. Y el río, quemándose también, así hablaba: 357 «¡Vulcano! Ninguno de los dioses te iguala y no quiero luchar contigo ni con tu llama ardiente. Cesa de perseguirme y en seguida el divino Aquiles arroje de la ciudad á los troyanos. ¿Qué interés tengo en la contienda ni en auxiliar á nadie?» 361 Así habló, abrasado por el fuego; y la hermosa corriente hervía. Como en una caldera puesta sobre un gran fuego, la grasa de un puerco cebado se funde, hierve y rebosa por todas partes, mientras la leña seca arde debajo; así la hermosa corriente se quemaba con el fuego y el agua hervía, y no pudiendo ir hacia adelante, paraba su curso oprimida por el vapor que con su arte produjera el ingenioso Vulcano. Y el río, dirigiendo muchas súplicas á Juno, estas aladas palabras le decía: 369 «¡Juno! ¿Por qué tu hijo maltrata mi corriente, atacándome á mí solo entre los dioses? No debo de ser para ti tan culpable como todos los demás que favorecen á los teucros. Yo desistiré de ayudarlos, si tú lo mandas; pero que éste cese también. Y juraré no librar á los troyanos del día fatal, aunque Troya entera llegue á ser pasto de las voraces llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.» 377 Cuando Juno, la diosa de los níveos brazos, oyó estas palabras, dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado: 379 «¡Vulcano, hijo ilustre! Cesa ya, pues no conviene que á causa de los mortales, á un dios inmortal atormentemos.» 381 Tal dijo. Vulcano apagó la abrasadora llama, y las olas retrocedieron á la hermosa corriente. Y tan pronto como el Janto fué vencido, él y Vulcano cesaron de luchar; porque Juno, aunque irritada, los contuvo. 385 Pero una reñida y espantosa pelea se suscitó entonces entre los demás dioses: divididos en dos bandos, vinieron á las manos con fuerte estrépito; bramó la vasta tierra, y el gran cielo resonó como una trompeta. Oyólo Júpiter, sentado en el Olimpo, y con el corazón alegre reía al ver que los dioses iban á embestirse. Y ya no estuvieron separados largo tiempo; pues el primero Marte, que horada los escudos, acometiendo á Minerva con la broncínea lanza, estas injuriosas palabras le decía: 394 «¿Por qué de nuevo, oh desvergonzada, promueves la contienda entre los dioses con insaciable audacia? ¿Qué poderoso afecto te mueve? ¿Acaso no te acuerdas de cuando incitabas á Diomedes Tidida á que me hiriese, y cogiendo tú misma la reluciente pica la enderezaste contra mí y me desgarraste el hermoso cutis? Pues me figuro que ahora pagarás cuanto me hiciste.» 400 Apenas acabó de hablar, dió un bote en el escudo floqueado, horrendo, que ni el rayo de Júpiter rompería; allí acertó á dar Marte, manchado de homicidios, con la ingente lanza. Pero la diosa, volviéndose, aferró con su robusta mano una gran piedra negra y erizada de puntas que estaba en la llanura y había sido puesta por los antiguos como linde de un campo; é hiriendo con ella al furibundo Marte, dejóle sin vigor los miembros. Vino á tierra el dios y ocupó siete yugadas, el polvo manchó su cabellera y las armas resonaron. Rióse Palas Minerva; y gloriándose de la victoria, profirió estas aladas palabras: 410 «¡Necio! Aún no has comprendido que me jacto de ser mucho más fuerte y osas oponer tu furor al mío. Así padecerás, cumpliéndose las imprecaciones de tu airada madre que maquina males contra ti porque abandonaste á los aqueos y favoreces á los orgullosos teucros.» 415 Cuando esto hubo dicho, volvió á otra parte los ojos refulgentes. Venus, hija de Júpiter, asió por la mano á Marte y le acompañaba; mientras el dios daba muchos suspiros y apenas podía recobrar el aliento. Pero la vió Juno, la diosa de los níveos brazos, y al punto dijo á Minerva estas aladas palabras: 420 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter que lleva la égida! ¡Indómita deidad! Aquella desvergonzada vuelve á sacar del dañoso combate, por entre el tumulto, á Marte, funesto á los mortales. ¡Anda tras ella!» 423 De tal modo habló. Alegrósele el alma á Minerva, que corrió hacia Venus, y alzando la robusta mano descargóle un golpe sobre el pecho. Desfallecieron las rodillas y el corazón de la diosa, y ella y Marte quedaron tendidos en la fértil tierra. Y Minerva, vanagloriándose, pronunció estas aladas palabras: 428 «¡Ojalá fuesen tales cuantos auxilian á los teucros en las batallas contra los argivos, armados de coraza; así, tan audaces y atrevidos como Venus que vino á socorrer á Marte desafiando mi furor; y tiempo ha que habríamos puesto fin á la guerra, con la toma de la bien construída ciudad de Ilión!» 434 Así se expresó. Sonrióse Juno, la diosa de los níveos brazos. Y el soberano Neptuno, que sacude la tierra, dijo entonces á Apolo: 436 «¡Febo! ¿Por qué nosotros no luchamos también? No conviene abstenerse, una vez que los demás han dado principio á la pelea. Vergonzoso fuera que volviésemos al Olimpo, á la morada de Júpiter erigida sobre bronce, sin haber combatido. Empieza tú, pues eres el menor en edad y no parecería decoroso que comenzara yo que nací primero y tengo más experiencia. ¡Oh necio, y cuán irreflexivo es tu corazón! Ya no te acuerdas de los muchos males que en torno de Ilión padecimos los dos, solos entre los dioses, cuando enviados por Júpiter trabajamos un año entero para el soberbio Laomedonte; el cual, con la promesa de darnos el salario convenido, nos mandaba como señor. Yo cerqué la ciudad de los troyanos con un muro ancho y hermosísimo, para hacerla inexpugnable; y tú, Febo, pastoreabas los bueyes de tornátiles pies y curvas astas en los bosques y selvas del Ida, en valles abundoso. Mas cuando las alegres Horas trajeron el término del ajuste, el soberbio Laomedonte se negó á pagarnos el salario y nos despidió con amenazas. Á ti te amenazó con venderte, atado de pies y manos, en lejanas islas; aseguraba además que con el bronce nos cortaría á entrambos las orejas; y nosotros nos fuimos pesarosos y con el ánimo irritado porque no nos dió la paga que había prometido. ¡Y todavía se lo agradeces, favoreciendo á su pueblo, en vez de procurar con nosotros que todos los troyanos perezcan de mala muerte con sus hijos y sus castas esposas!» 461 Contestó el soberano flechador Apolo: «¡Batidor de la tierra! No me tendrías por sensato si combatiera contigo por los míseros mortales que, semejantes á las hojas, ya se hallan florecientes y vigorosos comiendo los frutos de la tierra, ya se quedan exánimes y mueren. Abstengámonos, pues, de combatir y peleen ellos entre sí.» 468 Así dijo, y le volvió la espalda; pues por respeto no quería llegar á las manos con el tío paterno. Y su hermana, la campestre Diana, que de las fieras es señora, lo increpó duramente con injuriosas voces: 472 «¿Huyes ya, Flechador, y das la victoria á Neptuno, concediéndole inmerecida gloria? ¡Necio! ¿Por qué llevas ese arco inútil? No oiga yo que te jactes en el palacio de mi padre, como hasta aquí lo hiciste ante los inmortales dioses, de luchar cuerpo á cuerpo con Neptuno.» 478 Tales fueron sus palabras, y el flechador Apolo nada respondió. Pero la venerable esposa de Júpiter, irritada, increpó á Diana, que se complace en tirar flechas, con injuriosas voces: 481 «¿Cómo es que pretendes, perra atrevida, oponerte á mí? Difícil te será resistir mi fortaleza, aunque lleves arco y Júpiter te haya hecho leona entre las mujeres y te permita matar á la que te plazca. Mejor es cazar en el monte fieras agrestes ó ciervos, que luchar denodadamente con quienes son más poderosos. Y si quieres probar el combate, empieza, para que sepas bien cuanto más fuerte soy que tú; ya que contra mí quieres emplear tus fuerzas.» 489 Dijo; asióla con la mano izquierda por ambas muñecas, quitóle de los hombros, con la derecha, el arco y el carcaj, y riendo se puso á golpear con éstos las orejas de Diana, que volvía la cabeza, ora á un lado, ora á otro, mientras las veloces flechas se esparcían por el suelo. Diana huyó llorando, como la paloma que perseguida por el gavilán vuela á refugiarse en el hueco de excavada roca, porque no había dispuesto el hado que aquél la cogiese. De igual manera huyó la diosa, vertiendo lágrimas y dejando allí arco y aljaba. Y el mensajero Argicida, dijo á Latona: 498 «¡Latona! Yo no pelearé contigo, porque es arriesgado luchar con las esposas de Júpiter, que amontona las nubes. Jáctate muy satisfecha, ante los inmortales dioses, de que me venciste con tu poderosa fuerza.» 502 Tal dijo. Latona recogió el corvo arco y las saetas que habían caído acá y allá, en medio de un torbellino de polvo; y se fué en pos de la hija. Llegó ésta al Olimpo, á la morada de Jove erigida sobre bronce; sentóse llorando en las rodillas de su padre, y el divino velo temblaba alrededor de su cuerpo. El padre Saturnio cogióla en el regazo; y sonriendo dulcemente, le preguntó: 509 «¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te ha maltratado, como si en su presencia hubieses cometido alguna falta?» 511 Respondióle Diana, que se recrea con el bullicio de la caza y lleva en las sienes hermosa diadema: «Tu esposa Juno, la de los níveos brazos, me ha maltratado, padre; por ella la discordia y la contienda han surgido entre los inmortales.» 514 Así éstos conversaban. En tanto, Febo Apolo entró en la sagrada Ilión, temiendo por el muro de la bien edificada ciudad: no fuera que en aquella ocasión lo destruyesen los dánaos, contra lo ordenado por el destino. Los demás dioses sempiternos volvieron al Olimpo, irritados unos y envanecidos otros por el triunfo; y se sentaron á la vera de Júpiter, el de las sombrías nubes. Aquiles, persiguiendo á los teucros, mataba hombres y caballos. De la suerte que cuando una ciudad es presa de las llamas y llega el humo al anchuroso cielo, porque los dioses se irritaron contra ella, todos los habitantes trabajan y muchos padecen grandes males; de igual modo, Aquiles causaba á los teucros fatigas y daños. 526 El anciano Príamo estaba en la sagrada torre; y como viera al ingente Aquiles, y á los teucros puestos en confusión, huyendo espantados y sin fuerzas para resistirle, empezó á gemir y bajó de aquélla para dar órdenes á los ínclitos varones que custodiaban las puertas de la muralla: 531 «Abrid las puertas y sujetadlas con la mano, hasta que lleguen á la ciudad los guerreros que huyen espantados. Aquiles es quien los estrecha y pone en desorden, y temo que han de ocurrir desgracias. Mas, tan pronto como aquéllos respiren, refugiados dentro del muro, entornad las hojas fuertemente unidas; pues estoy con miedo de que ese hombre funesto entre por el muro.» 537 Tal fué su mandato. Abrieron las puertas, quitando los cerrojos, y á esto se debió la salvación de las tropas. Apolo saltó fuera del muro para librar de la ruina á los teucros. Éstos, acosados por la sed y llenos de polvo, huían por el campo en derechura á la ciudad y su alta muralla. Y Aquiles los perseguía impetuosamente con la lanza, teniendo el corazón poseído de violenta rabia y deseando alcanzar gloria. 544 Entonces los aqueos hubieran tomado á Troya, la de altas puertas, si Febo Apolo no hubiese incitado al divino Agenor, hijo ilustre y valiente de Antenor, á esperar á Aquiles. El dios infundióle audacia en el corazón, y para apartar de él á las crueles Parcas, se quedó á su vera, recostado en una encina y cubierto de espesa niebla. Cuando Agenor vió llegar á Aquiles, asolador de ciudades, se detuvo, y en su agitado corazón vacilaba sobre el partido que debería tomar. Y gimiendo, á su magnánimo espíritu le decía: 553 «¡Ay de mí! Si huyo del valiente Aquiles por donde los demás corren espantados y en desorden, me cogerá también y me matará sin que me pueda defender. Si dejando que éstos sean derrotados por el Pelida, me fuese por la llanura troyana, lejos del muro, hasta llegar á los bosques del Ida y me escondiera en los matorrales, podría volver á Ilión por la tarde, después de tomar un baño en el río para refrescarme 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000