tierra. ¡Jamás hubiera creído que pudiese vivir sin ella un solo día! La idea de la eterna separación, jamás se me había presentado sino allí lejos, y aun dulcificada por la brevedad del tiempo que yo mismo debo permanecer en este mundo. Yo la había visto tan hermosa y llena de vida, que parecía alentar en lo mejor de su edad, y de súbito, me dicen que ha desaparecido de mi vista para siempre: y precisamente cuando me preparaba a recibirla en mis brazos, cuando iba a proporcionarle la dicha de tenerme a su lado, después de haber cumplido a satisfacción mis deberes de hijo... ¡Ah!... ¡La separación era un hecho y un hecho terrible porque ni siquiera pude despedirme de ella! ¡Cuánto sufrí en aquellos días! Por la mañana alimentaban mi vida dos corazones, y por la tarde sólo me quedaba uno para llorar y gemir. Mi desesperación llegó a ser mayor por encontrarme en París solo. La que hubiera podido tomar una parte casi igual en mi dolor mezclando sus lágrimas con las mías no se encontraba conmigo. ¡Yo solo en el vacío! Sin esposa, sin hijos y sin madre. La suerte me deparó a un fiel amigo que cubrió con su ternura aquel abismo de luto y de lamentos; acaso sin él me hubiese precipitado en aquella horrible negrura. Durante toda la noche, permanecí anonadado, no pude conciliar el sueño y me acosté vestido. Aun recuerdo aquella noche cuyos minutos tengo todavía presentes uno a uno, como si el tiempo no hubiera transcurrido desde entonces, que pasé arrancando al sensible corazón de mi amigo, los detalles todos de aquella muerte, más sentida por haber ocurrido tan inesperadamente. Estos detalles los recuerdo perfectamente, pues quedaron grabados en mi imaginación de tal suerte que pudiera recitarlos con muy poca diferencia, tal como salieron de los labios de mi amigo. M. Virieu, no se separó de mi lado hasta que amaneció: llegada esta hora, se marchó a preparar lo necesario para mi partida a Mâcón. ¡Triste de mí! Ya era demasiado tarde; ya no podría abrazar, antes de encerrarlos en el sepulcro, los restos queridos de aquella mujer que durante nueve meses me había llevado en sus entrañas, y en su corazón hasta el último instante de su vida. He aquí lo que mi amigo me contó acerca de aquella muerte; esta relación está aumentada con las noticias que después adquirí, y que me facilitaron los parientes y los amigos que presenciaron aquella horrorosa y a la par dulce agonía de mi madre. Llena de impaciencia y de alegría, esperaba diariamente mi llegada. Mi elevación a la Academia, mi nombramiento de ministro de Grecia, y las emociones que por otras causas sufriera, habían, al parecer, enardecido ligeramente su sangre. Era el 27 de noviembre; después de haber oído misa, se dirigió desde la iglesia a los baños que había en el hospital y que estaban servidos por hermanas de la Caridad. Mientras le preparaban el baño, estuvo hablando con la superiora de asuntos religiosos: esta conversación la sostuvo con la jovialidad y la gracia propias de su juventud. Cuando la bañera estuvo dispuesta, mi madre entró en la celda sin acompañamiento alguno, siguiendo la costumbre adquirida en el -capítulo-, costumbre que siempre había conservado; nunca empleó camarera para su servicio particular; sola se vestía, se desnudaba y apagaba la luz al acostarse, en memoria (según ella decía), de la humildad y de la pobreza de los primeros cristianos. No hacía mucho que se hallaba en el baño, cuando la superiora, que atravesaba el corredor en el cual estaban los cuartos de baño, creyó oír gritos y gemidos ahogados cada vez más apagados. Inmediatamente la superiora entró en la celda que mi madre ocupaba, y vio que el agua caliente se derramaba por el suelo rebosando del baño; la espita abierta, lanzaba a borbotones sobre el cuerpo desnudo de mi madre, aquel hirviente líquido, parecido a un manantial de fuego, que abrasándole pecho y espaldas la había privado del conocimiento. La propia superiora y una sirviente, la separaron de la bañera. Indudablemente ocurrió, que deseando refrescar el baño, debió abrir por equivocación el grifo del agua caliente, y que aquel ardiente chorro hirió de pronto su pecho y sus manos sin darle tiempo para cerrar la espita. Después de un buen rato volvió al conocimiento, y entonces abrazó a la superiora, quien también se encontraba herida de la mano y del brazo; efecto de las quemaduras. Vuelta al conocimiento, acostáronla sobre uno de los colchones del hospicio; en esta posición, la trasladaron a su casa en brazos de cuatro mujeres pobres, de aquellas incurables que ella había, en otro tiempo, auxiliado con alimentos, ropas y medicinas, y curado las llagas con sus propias manos. Pronto el rumor de la desgracia ocurrida habíase extendido por la ciudad, y las gentes madrugadoras, o sea las sirvientes y las mujeres devotas que salían del templo, la siguieron llorando y rezando en voz alta hasta la puerta de su casa. Al ver la dolorosa impresión que esta desgracia produjo en los habitantes de la ciudad, hubiérase dicho que cada uno de ellos había perdido a su madre como yo a la mía. A los médicos no les pareció mortal el accidente, pero cuando se levantaron las vendas de la primera cura, el mal apareció con toda la gravedad que revestía. Después de la fiebre, el delirio; pero un delirio especial, una especie de sueño dulce y sonriente como su carácter mismo. Había momentos en que parecía dejar su desvanecimiento, para dar las gracias a las buenas mujeres que la servían y para alentar a nuestro pobre padre, que permanecía a la cabecera del lecho, aterrado completamente por el terrible golpe que acababa de recibir. En aquella angustiosa situación, no cesaba de entregar las afecciones de su alma a las personas a quien amaba y, especialmente, a Dios, con el que quiso unirse por medio del Sacramento de la Eucaristía, tomando, según su creencia, anticipada posesión de la Divinidad, o al contrario, posesionándose la Divinidad de su persona. Entonces, inflamado su hermoso rostro por el calor que da la convicción y beatificado por aquella unión mística, iluminaba la beatificación, más que los cirios que los pobres niños del hospicio sostenían en sus tiernas manecitas mientras permanecían arrodillados en torno del lecho. Después de la ceremonia religiosa, quedose profundamente dormida, y esto hizo creer a los que la rodeaban que la mejoría se había iniciado; pero, ¡falsa creencia!... Su despertar fue el último, porque momentos después, exhaló el postrer suspiro, tranquila y sonriente. La mujer que la asistió durante su agonía, me ha repetido después, una por una, todas aquellas palabras que pronunció continuamente: «Esposo mío... Hijos míos... Alfonso, Mariana, Cecilia, Eugenia, Sofía, Dios os bendiga. ¿Por qué no venís aquí para bendeciros yo también? ¡Alfonso! Pobre hijo mío... ¡Qué disgusto tendrás por no haber podido estar a mi lado en este trance supremo!... Dirás a todos que no sufro... Que ya estoy en un lugar delicioso, desde el cual veo el cielo desde donde bendicen a mis hijos...» Después, sus labios sonreían dulcemente, balbuceaba algunas palabras y nuevamente quedaba rendida por la fatiga. Así pasó toda la noche: y al amanecer, en un momento de lucidez, dijo:--«¡Qué dichosa soy, Dios mío! ¡Oh! ¡Qué dichosa, qué dichosa!... No me había engañado, no, ahora lo comprendo, cuánta felicidad...» Y al terminar esta frase, entregó su alma a Dios. * * * * * Tal fue su muerte, palabra por palabra. Todos los testigos viven aún para repetirlo, excepto nuestro padre y la pobre Filiberta, quien al perder a su señora perdió también las ganas de vivir, y no existió luego sino el tiempo indispensable para continuar con su señor los servicios que había prestado a nuestra madre por cariño solamente. ¡Oh! ¡Este lazo de la domesticidad es un noble y santo cambio entre el criado que se une por amor a la familia, que retribuye, en cambio, sus servicios con reconocimiento, ternura e igualdad ante el corazón! Este parentesco de condiciones sobre la tierra, puede ser desigual por la fortuna, pero se nivela siempre, cuando existe, por el cariño. Tres días habían transcurrido desde que yo perdí a mi madre, cuando llegué a Mâcón para ver, al menos, su querido rostro bajo el sudario. Acompañábame un buen amigo verdadero «Samaritano», quien se encontraba siempre allí en todas mis horas de dolor: Amadeo de Perseval, que yo nombro, aunque ya se le alude en el manuscrito, por haberse consagrado piadosamente a nuestra madre, y que había pretendido contarse en el número de sus hijos. Sin embargo de no ser así, fue por bastante tiempo estimado como tal. El ataúd reposaba ya bajo montes de nieve dentro la tierra helada del cementerio de la ciudad. Durante la ausencia de mi pobre padre, arrancado casi moribundo de su casa, en el momento de morir mi madre, y ausentes además sus hijos, se olvidaron de que la difunta había manifestado varias veces su preferencia por el cementerio de Saint-Point, a la sombra de la pequeña iglesia de la aldea, en aquel valle tranquilo y delicioso donde gustaba tanto su piedad de recogerse durante sus residencias veraniegas. No encontré para besar más que las crudas tablas de su vacío lecho de muerte, el suelo de su cuarto, el umbral de la puerta por la que su ataúd había pasado al salir entre los tristes ecos de llanto general de la población, para ir a descansar en el campo de la muerte. De súbito, rebelose mi corazón por la idea de un deseo no cumplido de aquella santa mujer después de su transfiguración, e igualmente contra la idea de no poder ver aquellos sagrados restos más que al través de la multitud de muertos desconocidos o indiferentes. Resolví, pues, ya que todavía era tiempo, reparar, en lo que dependiese de mí, aquella negligencia que me demandaba una secreta voz, exhumando aquellos restos para conducirlos al lugar de su predilección. Creía yo que la eterna distancia había de acortarse entre aquella alma y la mía si sus restos descansaban a la sombra de nuestra morada, en el vecino cementerio junto a la iglesia de Saint-Point. Si he de decirlo todo, había también en aquella pretendida exhumación un pretexto para aprovechar la ocasión de mirar por última vez aquel rostro querido, antes de que se volviera polvo con el transcurso del tiempo. El ataúd no tenía signo distintivo de ninguna especie que le diferenciase de los demás, así como tampoco había el sepulturero señalado el sitio donde se hallaba sepultada mi madre; debía ser abierta nuevamente la fosa, a fin de asegurar que nuestra piadosa intención no fuese burlada, y no nos llevásemos unos restos desconocidos en lugar de los de mi madre. ¡Olvidemos aquellos lúgubres detalles! Durante la noche se realizó todo como era mi deseo. Separose la nieve amontonada sobre el surco de la muerte, y encontramos a tientas, entre otros, el ataúd que buscábamos. Filiberta, que era quien había amortajado a su querida señora, la reconoció. Ella misma abrió el ataúd a la luz de unos cirios para que pudiera yo entrever aquel rostro dormido. Era mi madre en toda su belleza, menos la de los ojos, pero flotando su mirada al través de la eternidad; mis labios tocaron con cariño y horror aquella frente, ¡aquel ataúd, al volverse a cerrar, guardaba ya mis lágrimas! Yo velé solo, y después con Filiberta, esperando la hora de la noche en la cual los aldeanos de Milly debían ir llegando uno a uno y sin ruido, para llevar sobre sus hombros, a través de cuatro horas de marcha, el cuerpo de su señora. Al punto emprendimos a pie nuestro camino, sobre una inmensa y gruesa sábana de nieve helada, al través del prolongado arrabal que va de la ciudad a las primeras colinas de nuestro horizonte de montañas. Aquel lúgubre cortejo estaba rigurosamente limitado a mí, ¡a mí únicamente entre todos los miembros de la familia!... a los quinteros y cultivadores de las tierras de Milly y a las mujeres y niños de aquellos buenos hombres, que bajo sus pobres vestidos de luto habían creído, por derecho de ternura, poder seguir al jefe de la familia, prolongando sobre el camino la negra fila de plañideras cuyas lágrimas no era preciso comprar. Ni una voz, ni un cuchicheo salió, durante el largo trayecto, de aquella multitud. Nada se oía sobre la endurecida nieve, más que el chocar de los zuecos de madera de las mujeres que llevaban a sus hijos de la mano y, de cuando en cuando, el ruido sordo y cavernoso del ataúd de encina, recibiendo una ligera sacudida, al cambiar de sitio sobre los hombros de los portadores que se relevaban a porfía bajo la carga para nosotros sagrada. A dos horas y media de camino de la ciudad, dejamos la carretera principal, para internarnos por una senda empedrada de témpanos, que sigue la empinada colina que conduce al pueblo de Milly. En todas las casas sus moradores estaban en vela y esperándonos; veíase en el umbral de todas las chozas, algún viejo o algún niño teniendo en la mano un velón de cobre, alumbrando temblorosos sus rostros pálidos y llenos de lágrimas, tiritando de frío en aquella helada noche de diciembre. Al llegar al patio de la casa, los portadores, seguidos de toda la gente de la aldea, subieron las cinco gradas de piedra, colocando a la entrada el ataúd; allí mismo, donde ella tenía costumbre de recibir todas las mañanas a los pobres y a los enfermos, distribuyendo alimentos, caldo, medicinas, ungüentos, trapos y vestidos, curando de rodillas las llagas de los heridos. Aquellos mismos bancos de nogal, sobre los cuales extendían sus piernas deformes o mutiladas, los pobres heridos o enfermos, servían en aquel entonces para sostener el ataúd. Así, puede decirse, que aun después de muerta se apoyó sobre los propios instrumentos de su caridad. Un llanto general surgió en aquel momento de los mil comprimidos corazones de todo aquel pueblo de aldeanos. Cada uno de ellos se iba acercando a la pila de agua bendita de su lecho, para mojar una rama de boj y esparcir aquella agua, mezclada con sus lágrimas, sobre el ataúd. Durante esta parada, bajo el modesto techo de su juventud y de sus amores, retiréme, yo solo, dentro de su cuarto, sumergiendo mi rostro entre las almohadas de aquel lecho vacío, desde donde escuchaba el prolongado choque de los zuecos de los hombres y mujeres que subían y bajaban sin cesar, las gradas de piedra de la entrada, para ir a su turno a arrodillarse y orar junto al vestíbulo. Así estuvimos esperando los primeros resplandores del alba, antes de emprender nuestra ruta por los elevados desfiladeros de la montaña, cubierta de nieve en polvo, revuelta por el viento norte, allanando los senderos y llenando los surcos. Aquellos senderos podían resultar por la noche peligrosos para el reducido cortejo que debía trasladar el cuerpo, desde la casa de Milly, al cementerio de Saint-Point. Tan luego el alba apareció por las lejanas cumbres de los Alpes, volvimos a emprender nuestra marcha, escoltados hasta la altura de la primera colina que domina el jardín y las viñas, por todos los habitantes de la aldea. Nos despedimos de toda aquella gente, a la que parecía que arrancábamos su providencia, a la entrada del valle, internándonos nosotros con un pequeño grupo de ocho aldeanos vigorosos, por el escabroso y estrecho desfiladero que sube hasta el pico de aquellas montañas llamado «La cruz de las señales.» Iban delante cuatro hombres explorando el camino y separando la nieve, y otros cuatro conducían el féretro. Yo seguía solo a mi madre, por las huellas que mis conductores dejaban sobre la nieve que en algunos puntos nos llegaba hasta la rodilla. Sólo el silbido producido por el viento norte se dejaba oír en aquellas soledades. Dos pajaritos extraviados, tiritando de frío, sin ver ningún punto sólido en que posarse, vinieron a descansar un momento sobre el paño de luto que cubría el féretro y que los portadores habían dejado en la saliente de una torrentera, mientras rompían con su cuchillo la nieve helada en sus zuecos de madera. ¡No sé por qué aquellos pobres pájaros extraviados, buscando asilo y socorro sobre un ataúd, me hicieron derramar lágrimas abundantes! ¡Aquello me recordó, sin duda, cuántas miserias y cuántas tristezas habían encontrado asilo en aquel corazón mientras tuvo vida! Los tristes pajarillos gorjearon durante algunos minutos uno o dos trinos plañideros, emprendiendo luego el vuelo hacia la parte de Saint-Point, delante de nosotros. Pensé en aquel momento en las dos almas de Cesarina y Susana, llegando a figurarme que habían venido bajo aquel símbolo alado, para recoger la de su madre, precediéndola en el lugar de su descanso eterno. ¡Cómo se explica uno las supersticiones del corazón cuando se encuentra éste emocionado y lejos de la influencia de la razón! Hay momentos en los que todo hombre es mujer, en los que toda virilidad es apagada por las lágrimas. Nuestro viaje, cuya distancia se recorre durante la primavera en un par de horas, duró siete, en medio de aquel océano de nieve, cuyas grandes oleadas parecía que iban a tragarnos a cada instante. Había sitios entre las torrenteras, tan profundos y peligrosos, y en los cuales sólo nos guiábamos por los negros y gigantescos esqueletos de los castaños inclinados sobre el abismo, que en ellos nos hubiéramos precipitado y perecido, sin la destreza y el vigor de los sufridos aldeanos de Milly. El peso de su preciosa carga les infundía sin duda confianza y valor. Llegábamos a Saint-Point al caer de la tarde. Depositamos (como habíamos hecho en Milly), el ataúd en el cuarto y sobre el lecho de mi madre, el cual, después de algunos años, vino a ser el mío. Yo me encerré en un aposento que une al gabinete con el dormitorio, y extendiendo un colchón sobre el suelo, empecé allí la vela, teniendo abierta la puertecilla de comunicación: era la postrera noche que aquellos sagrados restos debían pasar bajo su antiguo techo. ¡No sé por qué me figuraba yo que prolongaba su presencia a mi lado al prolongar yo al suyo mi vigilancia! ¡Sólo Dios sabe las lágrimas, las invocaciones, las bendiciones y revelaciones de aquella noche! Falto de fuerzas, me quedé dormido al amanecer, cuando la campana llamaba ya las gentes de los lejanos caseríos situado en las dos altas cadenas de montañas, a la ceremonia de la segunda sepultura. No fue ésta todavía su sepultura última, porque por una extraña coincidencia de circunstancias no premeditadas, parecía que la tierra tomaba, devolviendo y volviendo a tomar a su vez, aquellos restos tan venerados y queridos, que parecía no haber medio de desasirnos de ellos, disputándolos hasta la misma tumba. Al dirigir sus miradas desde la ventana, sobre las dos inmensas pendientes de nieve que formaban el valle, pude observar cómo descendían unas como nubes negras por ambas pendientes, dirigiéndose a la iglesia y al castillo; aquellas manchas eran formadas por la agrupación de cuantas gentes viven en aquellas colinas. Toda la comarca congregada en duelo, enviaba, en alas del viento, un prolongado y general gemido. Nada había dispuesto en el cementerio para una sepultura definitiva. La muerte nos había sorprendido sin tumba. Si a nuestra madre se le hubiese consultado (como se consultó después a nuestro padre), sobre el modo y el lugar de su reposo eterno, su humildad y su desprendimiento por cuidados semejantes, la hubieran, sin duda alguna, hecho pedir en su testamento el sitio que los pobres ocupan en la fosa común. Pero no tuvo tiempo de hacerlo; solamente había indicado vagamente alguna vez el deseo de ser enterrada en Saint-Point. Yo no podía decidirme a dejar perder por mí, por mis hermanas y por la innumerable familia de aldeanos, tan parientes por el corazón como nosotros por la sangre, el vestigio de aquellas venerables reliquias bajo un poco de hierba o de musgo roído continuamente por los carneros en el cementerio de la aldea. Era indispensable para semejantes reliquias un relicario adecuado. Determiné, por lo tanto, elevar un modesto panteón de familia donde poder reunirnos, si Dios quiere dejarnos morir, donde juntos habíamos vivido, sufrido y amado tanto. El sitio y la disposición del jardín de Saint-Point se prestaban perfectamente a la realización de mi idea. Hay una colina elevada, como el pedestal de un templo antiguo, en medio del valle que conduce a la iglesia y al castillo. La iglesia está situada en el terraplén y dentro del recinto el castillo, lo cual indica a primera vista haber sido en otros tiempos una dependencia y que, durante las pasadas edades, no era otra cosa que la capilla de la mansión feudal. Hoy día, los jardines de aquella mansión no están separados del rústico cementerio más que por una cerca de bosques y avellanos y por algunos viejos nogales, cuyas nueces, a merced de los pastores, como de todo el mundo, caen sobre las tumbas de los muertos. Los negros muros y el romántico campanario de la iglesia, unen en verano el umbrío fresco de su sombra a la sombra de la cerca de avellanos, dando a aquella parte del jardín un aspecto especial de oscuridad y recogimiento como la melancolía de un santuario. Este era el lugar predilecto de nuestra madre durante las cálidas horas del mediodía en la estación de las recolecciones. Veíala yo desde las ventanas de mi cuarto, sentada, con el libro o el rosario en la mano, sobre un poyo de madera adosado a un cerezo que domina el zarzal, cuyas negras ramas, cuajados de fruto, se inclinaban sobre su cabeza. En medio de mi desesperación, experimentaba yo un dulce consuelo pensando en que mi madre iba a descansar para siempre en aquel lugar de su predilección en vida; en la misma sombra y bajo el mismo césped cubierto de hierba, de hojas y de frutos; en aquel jardín donde tantas veces había rezado, leído o meditado sobre el porvenir de sus hijos. Acordé construir allí mismo y sobre un terreno de propiedad particular el sepulcro que había de ser en lo sucesivo el objeto más estimado por nosotros. Pero como nadie puede responder hoy de inmovilizar ninguna propiedad, aunque se trate de la sepultura de una familia, y como la adversidad puede traspasar una tumba, lo mismo que otra propiedad cualquiera, de una familia a otra, me asusta el caso de que puedan entrar un día los acreedores u otras personas indiferentes en posesión del castillo y de sus jardines, y no quiero yo, de ninguna manera, que nuestros hijos ni nuestros nietos resulten desposeídos por expropiación o venta, de los restos de una madre como de una cosa mundana y sin importancia, pasando el mejor día de mano en mano. Semejante profanación, próxima o lejana, llenaba de escrúpulos mi corazón. Medité, pues, y resolví luego lo que cumplí más tarde y fue: hacer donación al pueblo de la parte de nuestro jardín sobre el cual se elevara el sepulcro, con la obligación de impedir la profanación o la enajenación de ellos; y porque esta carga no resultase jamás onerosa a la parroquia, yo me encargaba en cambio de concederle sobre la colina, al lado de la iglesia, el terreno para construir una casa rectoral que le hacía falta. Encargándome yo mismo de costear el edificio. Esta ley no podía ser negada por el Municipio: aceptó el contrato tan ventajoso para él y que yo le propuse, y fueron a su tiempo firmadas las concesiones sin dificultad alguna. No queriendo yo que durante mi vida o la de las personas de la misma sangre que después que yo poseyeran aquella morada, el sepulcro, enclavado igualmente dentro del cementerio y del jardín, fuese substraído a nuestros ojos y a nuestro culto doméstico, proyecté (y puse en práctica este proyecto en el más breve tiempo), un simple muro a la altura conveniente, tapizado de hiedra, al objeto de que dicho muro sirviese de límite entre el jardín y el cementerio, y que también nos permitiese apoyarnos desde dentro sobre el sepulcro y elevar nuestras recuerdos, nuestras oraciones y nuestras lágrimas sin ser vistos de nadie. Durante aquella lúgubre noche, junto al féretro, del que por la mañana debía separarme, el instinto de ternura que residía en mí ante la última separación, me hizo concebir y combinar maquinalmente la creación de semejante sepultura; ya había yo empezado a entreverla allá en Mâcón, y ya había también obtenido del Gobierno autorización de colocar el ataúd bajo las losas de la iglesia, dentro de la vasta sepultura de los antiguos señores de Saint-Point, de la ilustre casa de los Rochefort. ¡Cuánto yo hubiera dado entonces para que el milagro que se produjo un siglo antes en aquella misma sepultura, se hubiese reproducido ante mi vista y la de mi padre! He aquí lo sucedido: Una joven marquesa de Saint-Point, a la que se creyó muerta a causa de un prolongado desvanecimiento, acababa de ser enterrada en una fosa abierta en la bóveda de la sepultura; ya la piedra que debía cerrarse bajo los pies del sacerdote estaba colocada sobre el sepulcro. La noche del enterramiento, al bajar el campanero de tocar el -Angelus-, le pareció oír gemidos bajo las losas sepulcrales. Lleno de espanto fuese en seguida el campanero a dar cuenta a las gentes del castillo de lo que había oído. Acudieron inmediatamente así el marido como sus desconsolados deudos y sirvientes y oyeron en verdad la voz subterránea. Levantose la piedra sellada desde la mañana, bajose a la tumba y encontrose viva a la que creían muerta. Volviéronla en brazos de todos y trocado el llanto en regocijo a su morada; y la joven y bella condesa dio prolongados años de felicidad a su esposo antes de descender, verdaderamente muerta, al sepulcro. Yo había oído contar frecuentemente durante mi niñez al mismo campanero y a su vieja esposa semejante -milagro-, del que habían sido testigos y del cual se acordaban como ellos, los viejos. Pero ¡ay! ¡no se repiten los prodigios tan fácilmente! Al despertar el alba, fue transportado el ataúd de su lecho a la iglesia; seguidos por el llanto y el duelo de doce aldeas, atravesaron los restos de mi madre el jardín por el mismo sendero de los avellanos, donde yo había visto frecuentemente volver de la iglesia a aquella virtuosa mujer, radiante o compungido su rostro de dicha y de piedad. Mis propias manos ayudaron a bajar y colocar el cuerpo de mi madre en su eterna mansión. Después de esta triste operación, me dirigí solo a la casa y me encerré en mi cuarto. Las lágrimas tienen su pudor como tantos otros sentimientos encerrados en lo más profundo del alma humana. Me dejé caer sobre una silla, la mano derecha sobre la cabeza y fijos los ojos en la iglesia, oía involuntariamente el toque melancólico de la campana, de cuyas vibraciones tanto gustaba, y que, llorando entonces, llevaba mi llanto entre sus sonidos a todas las colinas, penetrando en las cabañas de mis buenos amigos los campesinos. Recuerdo solamente que los pensamientos que tuve aquella noche, hijos de la debilidad y de la fiebre producida por tantos días de emoción y de insomnios se producían en mi cabeza vacía de ideas, al ruido del badajo de hierro sobre el bronce, mientras lloraba el cadencioso unísono de la campana. Y no recuerdo más... Breve sueño adormeció mis sentidos al venir la mañana. Después emprendí de nuevo, acompañado de mis guías, bajo un sol glacial de invierno, que parecía un sarcasmo a la estación y al dolor, los nevados senderos de la montaña, en los que, a cada paso, corríamos un nuevo peligro de ser sepultados. Tenía necesidad de ir corriendo a consolar a mi padre. Nuestro invierno fue algo más que un simple y frío invierno... ¡Así perdimos nosotros nuestra madre, y nuestra pequeña comarca su providencia, su santidad y su gracia! ¡Conservemos para nosotros aquella memoria! Por eso he copiado su manuscrito. Nosotros desapareceremos de la tierra uno a uno, acaso no tardando mucho, y llevaremos con nosotros el recuerdo de tanta ternura y tanto dolor. Conservarán por algún tiempo estas páginas las huellas de la familia; pero después, también se trocarán en ceniza como nosotros. A esto queda reducido el libro; a esto queda reducida una generación. FIN 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465