dueños. Creo que hice su felicidad cediéndola a mi hijo. Aquí me
encuentro, junto a la iglesia que tanto adoro por los muchos recuerdos
de las oraciones que he dirigido a Dios bajo su bóveda, en compañía de
mis pequeñitas (que están en el cielo), cuando veníamos a rogar en ella
todas las noches; estoy también rodeada de libros, demasiado tal vez.
Gozo en este silencio y en esta soledad junto a la gran chimenea del
salón, y allí me recojo, abstraída en los dulces pensamientos de la
eternidad, antes de sumergirme de nuevo en el movimiento y las vanidades
del mundo. He tenido muy buenas noticias de Florencia, en donde se ha
establecido mi hijo con su esposa. Cuantas reformas hicieron aquí me
parecen muy bien; han convertido esto en una especie de casa de retiro
para su vejez, donde vivirán recordando nuestra existencia en estos
lugares. En un artículo escrito por Mme. de Genlis, he visto que esta
escritora atacaba vivamente las poesías de mi hijo: es esto una guerra
hereditaria de familia a familia; Mme. de Genlis y mi madre
representaban dos tendencias opuestas en el Palacio de Orleans. Estas
heridas a la fama de mi hijo me han sido bastante dolorosas; yo hubiera
querido que él replicara; esto era natural en la vanidad materna, pero
prefirió aceptar el ataque sin manifestarse resentido. ¿De qué serviría
entonces la caridad si no se perdonaran siquiera semejantes ofensas?
¿para quién deseará ella la superioridad en todo? ¿para sí o para sus
hijos? Si uno la tiene, el deber está en no darle importancia, y si no
se tiene, está el deber en no envidiársela a los demás; los dones de
Dios son gracias, pero no méritos. Habré de acostumbrarme a los
denigrantes ataques que ciertos periódicos, especialmente los
orleanistas y bonapartistas, dirigen a Alfonso. Creo que tengo demasiado
amor propio colocado sobre su cabeza, que puede no ser sino un disfraz
del mío; pero soy su madre, y justo será que me lo perdone.
CXXVIII
1.º de febrero de 1826.
No puedo dedicar mucho tiempo a escribir, porque los cuidados de los
pobres, durante este frío invierno, me absorben la mayor parle del
tiempo; además de esto, me han encargado de la presidencia de la junta
de caridad establecida en esta población; no me es posible cumplir con
exactitud mis obligaciones a pesar del auxilio que para ello me presta
Mme. de Villeneuve, la esposa del Gobernador de la provincia, joven muy
amable, a quien considero como si fuese una hija; yo no sé por qué las
jóvenes sienten por mí tanta predilección; será sin duda porque yo,
acostumbrada a amar a mis hijas, siento una ternura grande dentro de mi
corazón y una inclinación irresistible hacia las jóvenes con quienes
tengo tratos. Mme. de Villeneuve me ha pintado unas elegantes pantallas
de chimenea, dibujando en cada una, la vista de diferentes casas o
castillos habitados por Mme. de Sevigné; esta buena señora es para mí la
abuela del corazón y del espíritu; Mme. de Villeneuve ha creído que
estos recuerdos serían a mis ojos una especie de ilustración de las
obras que practico continuamente en cumplimiento del deber que la
caridad me impone. ¡Qué buena y dulce es la caridad! Ella parece que nos
aproxima, insensible y dulcemente, al trono donde el Altísimo tiene su
asiento.
CXXIX
27 de abril de 1826.
Mi cuñado, el abate Lamartine, ha muerto; hacía bastante tiempo que su
vida era una prolongada espera de este momento. Espero que Dios habrá
sido misericordioso para el hombre que tanto lo había sido para su
prójimo. Fue lanzado contra su voluntad a la carrera eclesiástica, hacia
la cual no sentía la menor disposición, y se concretó a vivir solitario
en su magnífica finca de Montculot, la cual ha quedado propiedad de
Alfonso, con la obligación de entregar cierta cantidad a la hermana del
difunto y pasar una pensión a mi esposo. Le he escrito para que mande
poderes para tomar posesión, en su nombre, de aquella magnífica casa y
de las tierras que la circundan.
CXXX
24 de mayo de 1826.
Tengo una pena grande, por el triste contratiempo que ha ocasionado a
Alfonso un fragmento de su poema «Childe Harold», relativo a Italia. Ha
sido mi hijo gravemente herido en desafío con el coronel Hugo; ¡tiemblo
tanto por su alma como por su vida! yo no sé quién tendrá razón de entre
los dos, pero a los ojos de Dios ambos son culpables; procuraré que
Alfonso se arrepienta de la falta cometida; la vida sólo Dios puede
quitarla y, es un pecado gravísimo el que los hombres cometen cuando
atentan a ella. Se me objetará que el honor es preferible a la vida,
pero no somos los humanos quienes podemos juzgar estos asuntos.
* * * * *
He tenido nuevas noticias de Alfonso que me anuncian su
restablecimiento: dicen que está escribiendo unas poesías muy religiosas
y que las titula «Armonías», de las cuales me han remitido algunos
trozos manuscritos que he leído con sumo agrado. ¡Ah! este es el uso que
yo quisiera que se hiciese siempre del talento, divino como su Creador,
cuando se eleva hacia El.
CXXXI
Milly, julio 1826.
Hace tres días que estoy en Milly, donde me encuentro perfectamente: yo
desearía continuar aquí pero con mi esposo y Sofía. ¡Es muy triste para
los unos y para los otros el tener que vivir separados!... ahora parece
que siento más que antes la separación; ello debe ser la vejez que
avanza rápidamente: ya he perdido, puede decirse, por completo, aquella
actividad física y moral que me hacía gozar de la vida aun en la misma
soledad; siento, por el contrario, el peso de los sesenta años que voy a
cumplir; apenas puedo persuadirme de ello, pero no hay remedio; y sin
embargo, no estoy triste, ni mucho menos, pero sí quisiera que Dios me
hiciese la gracia de que pudiese emplear bien el poco tiempo que me
resta de estar en este mundo, y de no pensar más que en prepararme
debidamente para el otro, adonde con tanta ligereza me dirijo. Porque
estoy todavía completamente distraída y demasiado ocupada en cosas
terrenales; he visto (quién sabe si con demasiado interés), la belleza
de nuestros viñedos; ha habido una sequía atroz que los ha perjudicado
mucho; pero ahora, sobre todo aquí, han reverdecido un tanto y presentan
un hermoso aspecto con sus verdes pámpanos cargados de nacientes
racimos. ¡Nuestro porvenir está suspendido de los sarmientos de estas
cepas!... Es el hombre exactamente igual que el insecto que roe una
hoja, y que muere si la hoja perece. ¡Dios mío... proteged nuestras
plantas y sobre todo las de nuestros pobres campesinos!
Alfonso es el encargado de los negocios del rey en Toscana, Lucca y
Parma, y como quiera que todos los embajadores están fuera de Italia
(excepto el de Roma), le han aumentado la asignación en cuatro mil
pesos. Todos están contentos de él, y él parece estarlo también de la
posición que ocupa; únicamente que representa a su país con un poco más
de lujo del que yo quisiera; pero creo que, a pesar de ello, la
Providencia no le abandonará nunca.
Yo me acuerdo mucho de él, pero me paga mi cariño sobradamente,
acordándose también de mí; con la mayor ternura y solicitud recuerda y
le preocupan mis pequeñas obligaciones, y aquellas penas e
intranquilidades que me ocasionaron sus travesuras juveniles. Sería yo
una de las mujeres más dichosas si no hubiese perdido aquellas dos joyas
de mi maternal corona: ¡ah! ¡qué gran vacío encuentro sin su compañía
cuando al caer de la tarde paseo por mi jardín! ¡mis ojos y mis sentidos
todos las buscan inútilmente por todas partes! Es preciso irme
desprendiendo poco a poco, de buen o de mal grado, de este bajo suelo;
ya siento en mí la noche; ¿cuántas horas me faltan contar aún en este
negro abismo? Dios lo sabe; yo no he de contarlas, porque estoy
entregada a El absolutamente; lo que sí le pido, es que me retenga aquí
el tiempo necesario para ganar su estimación.
He dado principio a un trabajo que acaso durará lo que mi vida. Consiste
en una alfombra tapizada para el gabinete que Alfonso tiene en
Saint-Point. Cuando yo haya muerto, él pensará sin duda, al poner sobre
ella los pies, que en cada una de sus mallas iba yo encadenando, en mi
tiempo, un pensamiento para él. ¡Ay! este frágil tejido durará, por lo
menos, cien años; y tanto mis hijos como yo, habremos ya dejado de
existir... Estoy triste, muy triste.
CXXXII
Domingo, 3 diciembre de 1826.
Según parece, existen algunas probabilidades de casar a mi Sofía; si
esto se realiza, mi obra quedará terminada: entonces podré decir como el
viejo Simeón: «Basta, Señor, relevad a vuestro siervo». El pretendiente
es un hidalgo de Mende, en las montañas de Cévennes, llamado M. de
Ligonnés. Dicen que es persona de carácter y que posee una fortuna que,
sin ser muy grande, será suficiente para que vivan con desahogo: aquel
país no es un país de lujo, y mi Sofía es la razón y la piedad misma.
CXXXIII
5 mayo de 1827.
El último domingo, a las once de la mañana, ha muerto mi cuñado, el jefe
de la familia Lamartine, a los ochenta años de edad. Su hermana y yo
hemos recibido su último suspiro: hasta este momento ha conservado clara
su poderosa inteligencia. Su muerte ha sido muy sentida en toda la
comarca; era un hombre de talento e ilustración superiores; poseía
conocimientos casi universales; su conversación era prodigiosamente
interesante y vasta; durante toda su vida fue, puede decirse, el rey de
la familia y de esta provincia. Había sido oficial de caballería del rey
Luis XV, durante los primeros años de su juventud; su delicada salud le
llevó nuevamente a Mâcón, donde se puso al frente de la administración
del tan importante como enredado patrimonio de mi padre político, el
cual radicaba entre Borgoña y el Franco Condado. Se le tenía como una
especie de oráculo: la comarca entera consultábale todo los asuntos,
hasta los más íntimos.
Había estado en relación con todos los hombres eminentes de la Asamblea
Constituyente, de la ciencia y de la literatura: M. de Buffon, Mirabeau,
los economistas y los filósofos. El ocupaba aquí una buena posición y
vivía en compañía de sus hermanas, solteras también: ha legado su finca
de Saint-Pierre indivisa a Alfonso y a Cecilia, su sobrina Mme. de
Cessia; y sus bellas tierras de Monceau a su hermana la señorita de
Lamartine, quien, a su muerte, las deja a Alfonso. Nadie resolvía nunca
nada en la familia sin él o después de haber dado él su opinión.
Este imperio absoluto sobre la familia, había frecuentemente contrariado
mis intenciones, ocasionándome bastantes disgustos; recuerdo los que
sufrí cuando el casamiento de mis hijas y al determinar la carrera que
habíamos de dar a Alfonso. ¿Quién sabe, si al contrariar mi voluntad
tenía razón? Yo opino que sí: en fin, gracias a Dios, todo ha terminado
felizmente para todos: acaso de aquella oposición que entonces se hacía
a mis proyectos, ha resultado el buen acierto que hemos tenido en su
realización.
La hermana de mi cuñado ha quedado muy rica, aunque realmente de nada le
sirven las riquezas, porque no disfruta de ellas y las reparte entre los
pobres: es la santa más delicada de la tierra que he conocido jamás; no
tiene nada en su santidad que moleste ni perjudique a nadie; su piedad,
cuando sale de la iglesia o de su oratorio, donde pasa la vida, se
convierte toda en dulzura y bondad; tiene la sonrisa de los ángeles en
la boca y una transparencia celestial en la mirada; es demasiado
escrupulosa para sí misma: no lo fía todo a la generosidad divina y
derrama la limosna a manos llenas; las gentes la bendicen y la aclaman
como santa.
Los preliminares para la boda de Sofía se han realizado; M. de
Morangies, nuestro vecino y pariente a la vez por parte de su esposa, es
quien nos ha presentado la demanda y el joven pretendiente.
No me ha desagradado su aspecto modesto y reflexivo, y su porte
exquisito, delicado y admirable de todo punto. Creo que es uno de esos
hombres rarísimos, que manifiestan a primera vista la seguridad de la
dicha que han de proporcionar a su esposa, pero ¡ay! se llevará a mi
Sofía muy lejos de nosotros y no vendrán a pasar en nuestra compañía más
que seis meses del año. ¿Qué va a ser de mí, sin esta criatura que me
quedaba como sombra de todas las demás? Ella, cándida como a los ocho
años, y espiritual como a los sesenta; era mi consejera y mi confidente
para todo; creo que la costumbre de tener con ella el corazón abierto,
ha apresurado su gran madurez de juicio; en cuanto a su piedad, es todo
un ángel y sólo temo el exceso, si es que puede llegar a serlo más;
parece una madre de familia; no me cabe duda de que, si tiene hijos, los
hará hombres de provecho.
CXXXIV
13 de enero de 1828.
¿Hasta cuándo continuaré escribiendo en este libro? Sólo Dios lo sabe.
Comprendo que, a pesar de mis años, tengo sobre la tierra deseos y
pasiones, y esto me aflige; mi corazón, sin embargo, es de Dios, a quien
diariamente suplico se apiade de mí.
El estado actual de Francia me horroriza: los periódicos avivan el voraz
incendio, que existe no solamente en la opinión sino en los corazones.
Hemos tenido aquí grandes luchas con motivo de las elecciones entre M.
Rambuteau y M. Doria; Dios no puede gustar de estos hechos en que se
calumnian los hombres mutuamente. M. de Villele ha sido arrojado del
ministerio; todo el mundo se encarniza contra la religión, que es mi
único cuidado político. No me agrada por ningún estilo esta continua
guerra de invectiva entre los periódicos de distintos partidos. ¿Cómo se
comprende esta libertad sin límites que la prensa disfruta y que se dice
es una necesidad del gobierno constitucional? Yo temo que este gobierno,
del cual esperábamos tanto, no produzca más que tempestades, hasta
dentro de las mismas familias; es muy frecuente que el espíritu de los
hombres, antes que el espíritu de Dios, sea el que sople en estos
desgraciados tiempos. Dentro de este sistema de gobierno no se observa
más que vanidad, egoísmo, y deseos de realizar actos que tengan mucha
resonancia, sean éstos del género que quiera.
M. de la Maisonfort, ministro del rey en Florencia, ha muerto en Lyón de
vuelta de Toscana. M. de Vitrolles ha sido nombrado en su lugar; se cree
que no irá hasta pasado mucho tiempo a ocupar su puesto; esto va a
detener indefinidamente a Alfonso en Italia. Sofía, mi consuelo, mi
sociedad única, mi hija querida, marcha este invierno a Mende. ¡Triste
de mí!... Mi pobre marido está cada día más delicado, puesto que su
dolorosa enfermedad va progresando; yo me consagro completamente a él,
procurando hacerle olvidar el tiempo, como quisiera olvidarlo yo
también, hasta que vuelva mi hijo de Italia. Se habla de nombrarle
ministro de Francia, no sé dónde; ¿qué me va a suceder si es su
alejamiento un destierro sin fin? ¡Qué triste es el ocaso de la vida,
después de una continuada existencia de temores! ¿Dónde me refugiaré yo,
si no es en la oración, que me calma siempre, como la conversación de
un buen amigo justo, poderoso y sabio? ¡Ah! ¡qué felices son aquellos
que creen en esta comunicación sensible de la criatura con el Creador
del Universo!
CXXXV
15 abril de 1828.
Desde esta mañana me encuentro en Milly, pero por breves momentos.
Siempre que estoy aquí me hallo dispuesta a escribir algunos párrafos en
este -diario-, descuidado por tanto tiempo, y que ya tenía casi
abandonado. Ya no tiene para mí el interés de otros tiempos, ni para
continuarlo ni para leerlo de nuevo. Los acontecimientos consignados en
él se van alejando, todo huye volando: a medida que vamos envejeciendo,
vamos penetrándonos de la vanidad de todo y tenemos, por lo tanto, menos
interés en conservar los recuerdos. Ya no me interesan sino los que
pertenecen puramente al corazón, y éstos no hay necesidad de
consignarlos. No obstante, aun quedan algunas épocas que quiero ir
marcando debidamente: servirán más bien para mis hijos que para mí. Las
últimas de ellas, las que pueden conducir a la felicidad celeste, no
pueden descuidarse. Voy convenciéndome cada día más de que he entrado en
la vejez, a pesar de que no falta quien me diga que no se apercibe de
ello, y que estoy conservada como a los treinta años; pero «crecen los
hombres tras de mí», como dice Virgilio, a quien estoy leyendo esta
noche en un libro traducido por Boisgermain.
CXXXVI
15 septiembre de 1828.
Mi hijo Alfonso está conmigo; el miércoles 10 del mes corriente llegó
aquí, acompañado de su esposa, su madre política y su encantadora
pequeñuela, rebosando todos salud y alegría. ¡Gracias mil sean dadas a
Dios! Alfonso está, sin embargo, muy flaco, y esto me mortifica, pero es
preciso que me acostumbre a ello. He estado muy contenta, muy conmovida
y muy ocupada, y a mi edad las grandes agitaciones, sean de alegría o de
pena, resultan peligrosas para la salud, ya quebrantada naturalmente;
sin embargo, como es necesario conformarse y buscar consuelo, éste se
encuentra con facilidad cuando el corazón está contento, lo cual
ciertamente es algo difícil en este mundo; a pesar de esto, no me faltan
motivos para estar disgustada.
No se puede imaginar una criatura más bonita, alegre e inteligente en
todo (con relación a su edad), que mi nieta Julia; es un verdadero
tesoro; está perfectamente educada. Su madre va siendo cada día más
perfecta, sin la menor afectación, va llenando todos sus deberes
religiosos; ha cultivado también mucho su talento y pinta perfectamente;
nos ha traído algunas pinturas bellísimas; entre otras, varias que
representan fielmente la fisonomía de Julia.
CXXXVII
Milly, 3 octubre de 1828.
Desde el lunes, 22 de septiembre, estoy aquí completamente sola; he
venido para presenciar nuestra pobre vendimia. Alfonso, Mariana, su
madre y Julia, partieron el miércoles 17 para Montculot, en donde les
han hecho un recibimiento como a los antiguos señores de otros tiempos.
Fueron a darles la bienvenida las mujeres vestidas de blanco, y los
hombres disparando al aire sus fusiles. Ellos han dado una brillante
fiesta campestre en los grandes jardines del castillo, pues se confunden
con los grandes bosques de las inmediaciones.
Desde Monculot ha salido Alfonso para París, en donde ha sido llamado
por sus amigos para consultarle sobre lo que llaman golpe de Estado.
Alfonso asegura que fracasarán y que los Borbones, a quienes ama como
yo, habrán de sucumbir ante el espíritu público en el caso que acepten
la batalla. Acaso tenga razón; muchas veces se ve mejor el estado del
país desde fuera que desde dentro.
Por mi parte, estoy aterrada por esta fiebre que veo recrudecerse todas
las mañanas en los periódicos de ambos partidos; se me figura que no
puede haber nada sólido ni duradero en un gobierno, cuando con sus
desaciertos convierte en un caos la opinión pública.
CXXXVIII
7 noviembre de 1828.
Alfonso ha regresado a París, donde fue muy bien recibido por todos, y
particularmente por el rey Carlos X. Se le hubiera nombrado
inmediatamente primer secretario de Estado en España, si hubiese querido
aceptar; él prefiere esperar para ir a Londres, lo cual se le ha
prometido para dentro de un año; allí será solamente ministro
plenipotenciario. Me ha traído una magnífica araña para mi sala de
Mâcón, y bastante dinero, pues ha comprendido que andaba yo algo escasa
por mis muchos gastos y recelos de mortificar a mi pobre marido. Estoy
muy contenta por que mis hijos quieren pasar el invierno en Mâcón en
compañía nuestra; ahora se encuentran en Saint-Point. Alfonso me ha
mandado algunos versos que va componiendo, los cuales me han gustado
mucho; dice en ellos lo mismo que yo diría si tuviera su talento para
expresarlo; es el eco de mi voz, porque yo no dejo de sentir la belleza,
pero al pretender expresarla enmudezco. Esto me sucede también en mis
horas de recogimiento místico; en mis meditaciones siento como un fuego
dentro del corazón, cuya llama no puede salir del pecho; verdaderamente,
Dios no necesita de mis palabras para comprender mis intenciones, pero
yo desearía que el fuego que pugna por salir del pecho convertido en
palabras, se deslizara poco a poco por mi boca en cantos de alabanzas,
en acciones de gracias, en himnos y oraciones; y que después pudieran
escribirse, para que por siempre fuera su gloria ensalzada como yo lo
deseo en los misteriosos secretos de mi corazón. Doy gracias a Dios
porque ha concedido a mi hijo lo que yo deseo para mí: su voz será la
mía; sus sentimientos iguales que los míos son.
(Hay aquí párrafos que son un himno de reconocimiento para su hijo).
CXXXIX
13 julio de 1829.
En esta fecha voy a narrar mi viaje a París, el cual gracias a mi hijo,
ha sido una continua dicha para mí. Tuve una satisfacción inmensa al ver
de nuevo aquella ciudad de mi niñez, y al conocer los numerosos amigos
con que cuenta Alfonso, todos ellos personajes distinguidos por su
nacimiento o sus talentos. Madame Récamier, a quien dicen que me
parezco, me he dispensado una acogida excelente; he asistido en su casa
a una lectura que ha dado M. de Chateaubriand, quien ha leído una
tragedia titulada «Moisés»; la figura de este grande hombre me ha
impresionado más que sus versos: tiene el aire majestuoso de un rey en
medio de su corte. Me gusta más el aire natural y sencillo de otros
hombres de gran talento, que estaban allí, y que yo ya conocía desde mi
niñez. No obstante, la gloria tiene para mí grandísimo prestigio; creo
que si mi hijo alcanzara algún día la más pequeña parte, estaría
altamente satisfecha. Pero yo pido a Dios para mi hijo muchas cosas
antes que esa gloria, que muy bien pudiera resultar vana, examinada
detenidamente.
CXL
21 septiembre de 1829.
Mi pobre Alfonso es el que me ayuda a soportar los días de mi vejez, de
un modo admirable; me colma de obsequios y atiende solícito a mis
apuros, sean del género que quieran. Acaba de encargarse últimamente de
pagar, por nosotros, la pensión de seiscientos pesos que debemos a mi
cuñada Mme. de Villars. Consigno aquí todos esos rasgos de su cariño
hacia mí, y renuevo entre las satisfacciones de mi corazón, las mil y
mil bendiciones que yo debo a Dios por los buenos hijos que me ha
concedido.
Alfonso no se encuentra aquí en este momento; está en su propiedad de
Montculot, junto a Dijón; acaba de rehusar el llamamiento que le ha
hecho el nuevo ministro, M. de Polignac, con la intención de asociar su
nombre a un ministerio que no parece del agrado de la opinión. M. de
Polignac ha insistido, y mi hijo le ha contestado que de ninguna manera
quisiera él arriesgarse a ser cómplice de un golpe de Estado contra la
-Carta-: que este golpe de Estado, en su opinión, derribaría los
Borbones; que él sabe perfectamente que M. de Polignac no abriga
actualmente la intención de darlo, pero que la hostilidad recíproca
entre el ministerio y el país, llevaría mal de su grado a monsieur de
Polignac a un resultado fatal; termina rogando a M. de Polignac que se
sirva olvidarlo para estos asuntos.
Alfonso me ha mandado esta carta, la cual encuentro, por desgracia,
llena de razonamientos que convencen, pero que acaso interrumpirán las
relaciones que tiene entre sus amigos, y entorpezcan su carrera
diplomática. Yo considero que esto fuera una desgracia para mi hijo,
pero, estoy contenta de que obre conforme a sus principios, aunque a
trueque de perder su bienestar. La opinión es la conciencia de los
hombres políticos. Acaso esta conducta le sea favorable para el
porvenir, porque las circunstancias han de cambiar necesariamente.
Hay en este momento una plaza vacante en la Academia Francesa: muchos
académicos, entre otros M. de Lainé y M. Royer Collard, han escrito a mi
hijo para que se presente candidato, en la seguridad, dicen, de ser esta
vez admitido. El ha rehusado con una altivez que no me atrevo a
calificar; dice que donde se le ha esquivado la primera vez, no quiere,
a ningún precio, solicitar la entrada nuevamente; como no es posible
nombrar un candidato que no visite de nuevo a los académicos, no creo,
por lo tanto, que se le nombre a él. Mi amor propio ambicioso, sale
mortificado con esta su determinación, pero que Dios le humille lo
celebro «con toda mi alma».
Es forzoso, por lo tanto, que consigne una gran satisfacción que tuve
luego; mi vanidad de madre se manifiesta demasiado, ya lo comprendo,
pero... En una sesión pública celebrada por la Academia de Mâcón, hará
unas tres semanas, a la cual asistió una multitud inmensa, todo el
consejo general, todas las notabilidades de la ciudad y sus
inmediaciones, leyéronse muchos e interesantes trabajos; M. de
Lacretelle, un capítulo de la «Historia de la Restauración»; M. Quinet,
joven gallardo y distinguido por sus conocimientos, un fragmento de un
«Viaje a Grecia»; Alfonso debía recitar versos, se le esperaba con
impaciencia; cuando llegó su turno, resonó un aplauso general; la
concurrencia se puso en movimiento gritando, la mayor parte, que quería
verle; colocose en un sitio convenientemente elevado para poder
satisfacer los deseos del público, y empezó por una breve improvisación
en prosa, suplicando y agradeciendo la benevolencia de sus conciudadanos
y manifestando cuánto era su agradecimiento por el anticipado favor que
se le dispensaba; este exordio gustó muchísimo y los aplausos se
repitieron con entusiasmo. Luego recitó una epístola dirigida a M. de
Bienassis, en la cual se encierran trozos de poesía tiernísima; se le
interrumpía frecuentemente con murmullos de aprobación; Mariana y yo
estábamos verdaderamente emocionadas; luego se nos colmó de
felicitaciones y, ¿por qué no decirlo?, de dicha y orgullo; lo cual me
parece algo perdonable. Dios lo quiere y El ve y sabe bien, que lo que
yo deseo es que el talento de mi hijo sirva para honrar su santo nombre.
Hablemos ahora de mis hijas, cuyas bellas cualidades me enorgullecen
igualmente. Me gusta mucho recitar continuamente y con el pensamiento
puesto en Dios, desde las arboledas de Milly, bajo la sombra de la casa
que ha visto nacer a todos mis queridos hijos, este versículo de los
Salmos: «Señor, ya que habéis sido mi tranquilidad y mi esperanza en los
días de mi juventud, ¡no me dejéis abandonado, en los de mi vejez!
¡Cuando las fuerzas me faltan, no me retiréis vuestra diestra mano!»
¡Basta! ¡basta!... Yo debo empezar a reflexionar seriamente sobre la
decadencia de mi vida; si miro adelante, corta; y larga si dirijo hacia
atrás la vista, porque veo los muchos deberes que he debido cumplir.
CXLI
Milly, 21 de octubre de 1829.
¡21 de octubre!... ¡aniversario del nacimiento de mi hijo primero!... me
encuentro sola y deseo consagrar este día a las reflexiones que me
alientan y fortifican contra la muerte. ¡Cuántas vueltas y revueltas
tengo dadas durante mi vida, en estos mis paseos, meditando, con el
rosario en la mano unas veces, y otras, plegadas ambas manos, cuando
nadie de la casa podía verme, rogando o meditando arrodillada en la
hierba! ¡Ay, Dios mío! ¡lo que hubiera pasado por mí, durante mis
tribulaciones exteriores e interiores, sin la caritativa bondad de Dios
y si su imagen divina no se me hubiese presentado en mis pensamientos y
no me los hubiese sugerido más santos y más consoladores que los míos,
no es posible adivinarlo! Es una gracia inmensa, lo reconozco, que mis
aficiones por el recogimiento en Dios, me hayan hecho robar casi
diariamente, durante mi vida, algunas horas o solamente algunos minutos,
para ocuparme exclusivamente de El. Hoy es uno de los días en que le he
sentido más que nunca, y me he encontrado bañada en llanto, sin darme
cuenta de ello, mientras paseaba; parecía que mi vida se rejuvenecía,
que mi alma tomaba cuerpo y se disponía a presentarse a mi creador, a mi
juez...
¡Ay de mí!; ¡que su juicio, próximo a emitirse, sea indulgente!
Yo me he visto a mí misma como si fuese ayer; jugando, niña inocente,
entre las alamedas de Saint-Cloud; luego, más tarde ya, joven canonesa,
rogando y cantando en el templo del cabildo de Salles, triste y
pesarosa, cuando no emitía la voz como mis compañeras.
* * * * *
El motivo de no haberme consagrado yo absolutamente a la contemplación
de lo eterno, a los cantos del breviario y a las alabanzas del Señor en
la soledad de aquel claustro entre lo eterno y mundano, fue... porque vi
al que después fue mi marido, joven y buen mozo, vistiendo su brillante
uniforme, cuando vino a visitar a su hermana la canonesa Mme. de
Villars, en cuya casa había yo sido confiada de tutela, como de mayor
edad y más experiencia de la vida.
Entonces, pude observar que el gallardo oficial me distinguía entre
todas, y que aprovechaba cuantas ocasiones se le presentaban para venir
a visitar a su hermana en el cabildo; yo misma sentía también cierto
efecto hacia aquella noble expresión, aquella gracia militar, aquella
franqueza de su mirada, y aquel su altivo ademán que no parecía amable
más que a mi lado. He sentido también la misma emoción de gozo que
experimenté y quedó encerrada dentro del corazón, cuando me hizo, por
fin, interrogar por su hermana para saber si consentía yo en que me
demandase en matrimonio; después, nuestra primera entrevista delante de
su hermana, nuestros paseos por los alrededores del colegio en compañía
de las canonesas de más edad, la demanda y los grandes obstáculos de la
familia, y las muchas lágrimas vertidas durante los tres años de
incertidumbres, mientras rogaba a Dios, para obtener el milagro del
consentimiento de su familia, que llegó a parecerme imposible; en fin,
los años de dicha y de ventura, en la humilde soledad de Milly, tan
humilde entonces como actualmente; mi desesperación cuando, apenas
casados, él, sacrificándolo todo, incluso a mí, corrió desesperado a
París para cumplir su deber de simple voluntario de la Casa Real,
durante el célebre 10 de Agosto; la protección divina que le hizo
escapar del jardín de las Tullerías cubierto de sangre; su huida, su
vuelta aquí, su encarcelamiento, mis inquietudes por su vida, mis
visitas a las rejas de su cárcel, donde yo le llevaba nuestro hijo para
que le abrazara al través de los hierros, mis excursiones con mi hijo en
brazos por toda la ciudad, tanto en Dijón como en Lyón, para enternecer
a los severos representantes del pueblo, donde una sola palabra
pronunciada por ellos podía ser para mí la vida o la muerte; la caída de
Robespierre, la vuelta a Milly, el nacimiento sucesivo de mis siete
hijos, su educación, sus casamientos y la desaparición de la tierra de
aquellos dos ángeles, de que los otros... ¡ah! no me consolarán jamás.
¡Y después, el descanso que sigue a tanta fatiga! El descanso, sí, al
mismo tiempo la vejez, porque yo voy envejeciendo, todo me lo indica con
la mayor claridad; por ejemplo: estos árboles que yo he plantado, estas
enredaderas que yo misma planté en la parte norte de la casa, con el
objeto de que no mintiesen los versos de mi hijo cuando describe a Milly
en sus -Armonías- y la espesura que cubre actualmente todo el muro desde
los sótanos de la casa hasta el tejado; estas mismas paredes que van
cubriéndose de musgo, estos cedros que eran altos como mi última hija
Sofía a la edad de cuatro años, y que ahora me dejan pasar libremente
bajo sus ramas más elevadas que mi frente; todo, todo en fin, me dice
con muda y aterradora elocuencia, que voy envejeciendo, y que mi vida es
corta. ¡Ah! Sí, Dios mío... Cuando veo las tumbas de muchos viejos
vecinos que he conocido jóvenes, y sobre las cuales paso yo ahora cuando
voy a misa, pienso con tristeza que mi estancia en la tierra no puede
ser eterna, y que no puede tardar en abrírseme la eterna mansión: y las
lágrimas se me saltan cuando pienso en lodo lo que debo dejar a mi
partida: mi pobre marido, compañero fiel de mi juventud, que si bien no
está postrado en el lecho, sufre continuamente y necesita de mí, hoy
para sufrir, como ayer para ser dichoso: después mis hijos, ¡los hijos
de mi corazón!...
Alfonso y su esposa, a la que considero, por su ternura y por su virtud,
como una sexta hija; Cecilia y sus encantadores pequeñuelos, tercera
generación de corazones que aman y que han de ser amados; y luego,
aquellos que faltan y que me siguen como mi sombra sigue al sol
poniente, cuando yo paseo y medito en estas soledades. Mi Cesarina, la
que fue mi orgullo por su belleza encantadora, sepultada lejos de mí,
detrás de ese horizonte de los Alpes, de donde veo continuamente surgir
su recuerdo. Mi Susana, aquella santa que anticipadamente ostentó
alrededor de su frente la santa aureola y que Dios me quitó para que yo
pudiera ver en su recuerdo la imagen de un ángel de pureza. ¡Muertos los
unos, ausentes los otros!...
¡Otra vez sola, como antes de haber producido fruto alguno! ¡Los unos en
tierra, como la de estos árboles, los otros han sido llevados, lejos de
mí, por el jardinero del cielo! ¡Ah! ¡Qué pensamientos! Cómo me atraen y
persuaden dentro de ese jardín, y luego me arrojan de él, cuando han
henchido mi corazón y se va su sangre derritiendo en agua. ¡Ese pedazo
de tierra es para mí el «huerto de las olivas!» ¡Dios mío! ¡Este fue
para mí, el jardín delicioso que Salomón describe en su cantos; y hoy,
desierto y despojado de atractivos, sirve para que en él pueda recordar
mejor la muerte, con el pensamiento puesto en el Salvador del mundo, a
quien me figuro con el cáliz de la amargura en la mano preparándose a
desprenderse de este mundo impulsado por su divina gracia! ¡Y cuánto
adoro yo a este huertecito! Tanto por los vacíos que la muerte y el
tiempo han ido haciendo en torno mío, como cuando al dirigir mi vista
allá, en el fondo, bajo los tilos, para ver si alcanzo a distinguir los
vestidos blancos de los pequeñuelos, o cuando escucho para ver si oiré,
como otras veces, las alegres voces de mis hijos al encontrar alguna
flor o algún insecto entre sus espesuras. ¡Qué le he dado yo a Dios para
que me diese en propiedad este rincón de tierra y esta casita, de los
que algunas veces heme avergonzado por su aridez y su insignificancia,
pero que constituyeron el albergue dulcísimo de mi numerosa familia!
¡Ah! ¡Que sea El bendito, mil veces bendito este nido, y que después de
mí pueda abrigar aún a todos aquellos que me sucedan!
Dejemos esto: oigo la campana de Bussieres que toca el -Angelus-; vale
más rogar que escribir. Secaré mis lágrimas y diré, para mí sola, aquel
rosario al cual mis pequeñuelas respondían siguiéndome otras veces, y
que oirán hoy solamente los gorriones que se acuestan debajo de las
hojas o en las grietas de las piedras. No, no, mil veces no, es un error
perjudicial enternecerse, es preciso guardar las fuerzas para los
deberes que estoy obligada a llenar; cuando se está sobre el borde de la
tumba, las lágrimas, dice, no sé en qué parte, la Escritura, debilitan
el corazón del hombre. ¡Hoy necesito del mío como en mis tiempos
mejores!...
CXLII
Sigue a lo escrito, un pequeño volumen conteniendo detalles puramente
domésticos, cuyo interés para nosotros disminuye en relación a las
circunstancias a que se refiere. Todo ello termina con una página que
parece un ¡adiós! a su manuscrito y que copio a continuación.
* * * * *
¿Dios lo dispone así? ¡Hágase su santa voluntad! En resumen: toda
sabiduría consiste en resignarse por adoración a su voluntad. Estoy muy
ocupada en ordenar mis anteriores -diarios-, lo cual hace que vuelva a
leerlos con interés. Esta lectura me llena cada día más de
reconocimiento por todas las gracias que he recibido de Dios, y me
arrepiento por haber adelantado tan poco en la piedad y el bien, después
de las mejores intenciones y resoluciones que yo tomaba frecuentemente
con escaso provecho. Pero aún es tiempo, que siempre lo tenemos mientras
Dios nos deje la vida; aún es tiempo de aprovecharla para ganar el
cielo; esto es lo que yo pido con toda mi alma al terminar este libro,
rogándole derrame sobre mí y sobre todo cuanto me pertenece, sus
espirituales bendiciones. En cuanto a las bendiciones temporales, ¿para
qué he de pedírselas mientras no sean necesarias para el cielo? De todo
corazón me entrego a ti, Dios mío, y gustosa acataré tus paternales
decretos. ¡Dame tu bendición para mis hijos, y para mis amigas, para
aquellos que me aman y a lo que yo tanto he amado en este valle de
lágrimas!
* * * * *
Estas son las últimas palabras que mi madre escribió en la última página
de su -diario-.
CXLIII
Esto es lo que resta aquí en la tierra del alma pura de aquella santa y
encantadora mujer.
Lo demás está escrito en el alma de sus hijos, en las tradiciones de la
humilde aldea en que vivió por espacio de cuarenta años, y en los
recuerdos siempre sonrientes como ella, de aquella sociedad
verdaderamente ática de Mâcón, donde su recuerdo cuenta tantos amigos
como mujeres contemporáneas suyas existen.
El resto del manuscrito de nuestra madre no tiene interés ninguno para
la tercera generación de sus descendientes; son bagatelas de su virtud.
Cualquiera de los pequeñuelos de hoy, que sienta curiosidad de
conocerlas, las encontrará escritas de su puño, entre los dieciocho
pequeños cuadernos originales, que les trasmitiré tal como los he
recibido, de un inventario de los afectos del corazón. Allí la
encontrarán a ella, bajo las mil formas de la madre de los pobres, y de
la mujer piadosa, derramando los más íntimos misterios de sus
escrúpulos y de sus humillaciones ante Dios.
Aquí se encuentran los ardores y la ternura de su alma, en los
ejercicios cotidianos, en el campo o al pie de su cama; allá las
asistencias a las ceremonias religiosas, sus exámenes de conciencia la
víspera de los días en que debía acercarse purificada a la mesa
eucarística; acullá, las diarias y numerosas economías domésticas,
hechas para ejercer la caridad que debía sostener con el trigo de sus
graneros, el vino de sus viñas, los sarmientos de sus cepas, la leche de
sus vacas y los huevos de su gallinero; los precios del pan, la manteca,
el azúcar, las legumbres durante este o aquel mes del año; el cálculo
continuado para reducir la frugalidad de la mesa a las escaceses de la
cosecha, y para poder sufragar constantemente, sobre sus necesidades, la
gran parte destinada a los pobres y los socorros furtivos que
proporcionaba a su hijo; más lejos, se encuentran recetas cuidadosamente
registradas y comentadas contra las enfermedades comunes a las gentes
del campo: un tratado completo de medicina rural que ella ejercía a
cualquier hora del día y en particular en la entrada de la casa de
Milly, siempre llena (sobre todo por la mañana), de imposibilitados,
viejos, mujeres y criaturas enfermas, que su fama de bondadosa y
entendida atraía de más de veinte aldeas cercanas, y que venían como en
romería a visitar aquella santa; en fin, están también allí las noches
pasadas a la cabecera de sus hijos delicados o de los enfermos de la
aldea, y las apuntaciones técnicas que tomaba durante sus horas de vela
de los experimentos y cálculos que hacía sobre los síntomas, los
accesos, los recrudecimientos de la fiebre, y las zozobras o esperanzas
que producía la enfermedad en el paciente.
¡Cuántas veces, hasta las mismas sábanas de su cama, que tomaba de su
armario y rasgaba a medida de la necesidad, servían para vendar las
llagas del viejo indigente, que curaba ella con sus propias manos!
Otras, venciendo con su pensamiento, toda repugnancia, de igual manera
se acercaba al lecho de muerte, que servía las más débiles necesidades
del enfermo, descollando siempre por el vigor de su fe, por la energía
de su carácter, y por su gran fuerza de voluntad.
Y al terminar sus obras de caridad, lavadas sus hermosas manos, enjutos
sus ojos de las lágrimas vertidas por males ajenos, cambiando su vestido
de seda gris por otro elegante y sencillo, volvía otra vez entre la
sociedad, suelto el espíritu, abierto el corazón, con la graciosa
expresión de la dama discreta y sociable, animando las conversaciones,
expansionando el corazón ajeno, llevándose con su serenidad las penas y
sinsabores de las almas, como se lleva el viento tibio de la primavera
entre sus torbellinos, las hojas secas de la noche para dejar en
libertad de abrirse a los botones de las nuevas flores. Se la adoraba,
sin que ella hubiese pensado jamás en hacerse adorar, en todas las
irradiaciones de su carácter y de sus hechos. El rostro de los aldeanos
que la veían pasar, acompañada de sus hijas, para ir al templo o
viniendo de visitar sus chozas, tomaba una expresión tierna y grave a la
par, como si fuera la imagen de la caridad la que pasaba por su lado.
Ella entonces estaba satisfecha; todos los acontecimientos de su vida
parecían haber desfilado ante sus ojos, y un prolongado y apacible
horizonte se extendía a su vista. La vejez robusta y varonil de su
esposo iba venciendo sus enfermedades dolorosas, pero no mortales,
viéndose que el Cielo le reservaba para más largos días que a los demás
miembros de la familia, alcanzando en efecto, sin decadencia de corazón
ni de espíritu, hasta la edad de noventa años. Su hijo, que había sido
por mucho tiempo el tormento de su espíritu, se había ya vuelto
juicioso; habiendo atravesado las tormentas de su primera juventud sin
tocar aún el mediodía de la vida, calmado y satisfecho por un casamiento
conforme a su corazón, viviendo en Italia, su país predilecto, por razón
de su empleo en la diplomacia, en el lugar más risueño de Europa,
satisfecho del rango secundario, pero honorífico que ocupaba; cubierto,
además, antes de tiempo, de cierta aureola poética, que solamente
refluía en el corazón de su madre, sin excitar la cólera de los
envidiosos, estuvo en aquel entonces con licencia en París, llegando a
ser nombrado (sin ningún género de intrigas), miembro de la Academia
Francesa: gloria oficial de las letras que jamás le alucinó ni engañó a
él, pero sí alucinó y engañó agradablemente el corazón de su anciano
padre. Este, que se había acostumbrado a mirar desde su provincia el
título de miembro de la Academia Francesa, no solamente como una especie
de consagración de la gloria de un hombre, sino de una familia, como un
sacramento de la fama legítima y contra la cual la posteridad no osaría
protestar jamás, estaban en extremo satisfecho. Su madre gozábase, por
fin, pudiendo decir a toda la familia de su marido: Ya estáis viendo
cómo, eso que llamabais mis ilusiones de madre, no ha sido una quimera,
como decíais vosotros; ya veis como yo tenía razón cuando os pedía
paciencia y perdón por algunas ligerezas de aquel hijo querido, que
ratifica por fin mi ternura honrando vuestro linaje.
Su hijo se ocupaba entonces en hacer el obligado discurso de recepción,
que debía por la primera vez presentarle en aquella tribuna literaria,
desde la cual ardía él en deseos de elevarse a su tiempo, a la tribuna
política, blanco constante de todas sus aspiraciones.
El esperaba defender a la vez, siguiendo las huellas de M. de Serres y
de M. Lainé, sus maestros y sus modelos, los Borbones, el ídolo de su
padre, y la constitución liberal, satisfacción entonces de su espíritu.
Quería él defender las instituciones y sus principios contra las
reacciones de la monarquía y contra los impacientes de la república,
cuyas aspiraciones habían de empezar a cumplirse después de la
revolución de julio de 1830 y la de febrero de 1848, cuya hora no había
sonado aún con el toque de rebato de aquellas dos ya expresadas
revoluciones.
EPÍLOGO
Nos encontramos a fines de otoño del año 1829.
Así en las esferas gubernamentales, como en los partidos políticos que
ansían el poder, existe una pasión que con frecuencia degenera en odio
de uno a otro bando. Efecto del delirio y la fiebre que domina los
espíritus, la Francia se encuentra en continua zozobra.
El primer ministro, que lo era a la sazón el príncipe de Polignac,
habíase propuesto hacer que yo fuese a París a ocupar la dirección de
los Negocios extranjeros; continuamente recibía yo cartas amistosas en
las que insistía en sus deseos; al fin, sucumbí, pero no para aceptar el
cargo que se me ofrecía, sino para explicar franca y terminantemente los
motivos que tenía para renunciar el empleo con tanta obstinación
ofrecido.
Amaba yo al príncipe, es cierto, pero su política me hacía temblar;
hubiera yo querido, cuando hablaba con él, separar a un lado el hombre,
al otro el ministro divorciado de la opinión pública.
Bien claramente había yo manifestado, en mi discurso al ingresar en la
Academia Francesa, mi resuelta oposición al golpe de Estado contra la
-Carta- y los proyectos que el Gobierno había manifestado tener contra
la libertad del pensamiento y contra la independencia que el pueblo debe
poseer para elegir sus representantes.
No se esperaba de mí ciertamente aquel discurso político.
Los periódicos republicanos, orleanistas y bonapartistas que me acusaban
de reaccionario, acogieron mis declaraciones con entusiasmo, y M. Lainé
y M. Royer Collard reconocieron en ellas a su discípulo.
Al abandonar la sala del Instituto, ocupada aún por la inmensa
muchedumbre que había concurrido a la recepción, mi antiguo amigo el
duque de Rohan me salió al encuentro diciéndome al oído: «Abandonad toda
esperanza con respecto al ascenso en vuestra carrera; habéis defraudado
nuestras esperanzas y dado fuerza a nuestros enemigos políticos.» ¿Qué
me importaban a mí los ascensos en mi carrera cuando veía vacilar a
Carlos X en el trono, y al que deseaba separar del abismo que amenazaba
tragárselo?
Había el príncipe de Polignac puesto en mí sus esperanzas, y me
distinguía con una familiaridad política que acaso no mereciera. En las
confidencias con este grande hombre, entreveía un alma real, un espíritu
dispuesto ya para la emigración y un corazón alarmado por la conciencia.
Debo hacer constar en honor de Carlos X y del príncipe de Polignac, que
las predicciones del duque de Rohan, no se realizaron. Estos personajes
no me guardaron resentimiento alguno por mi discurso, y después de haber
discutido conmigo larga e inútilmente sobre los motivos, poco fundados
según ellos, de mi negativa y de la impremeditación de un golpe de
Estado, me ofrecieron el empleo de ministro plenipotenciario en Grecia.
Ocurría esto, cuando la Europa fundaba sobre un pasajero entusiasmo
aquella pujanza artificial, germen o ruina de no sé qué grandeza.
Participaba yo entonces de la ilusión que todos los liberales tenían
sobre los helenos, tan valientes en el combate, como disciplinados en el
gobierno.
Las potencias occidentales habían designado para rey de Grecia, al
príncipe de Cabourg, viudo de la princesa Carlota, heredera del trono de
Inglaterra. Este príncipe se encontraba en París: yo le conocí en Italia
durante el tiempo de su viudez, y adquirí con él una amistad tan íntima
como sincera. El príncipe de Polignac me presentó a él y le indicó que
yo era el francés más simpático a Grecia que, como ministro, podía
ofrecerle.
Alegrábame yo de asistir con semejante título y en tan elevadas
funciones, a la resurrección de aquel imperio, en el país de los grandes
recuerdos y de participar como lord Byron, el heroico poeta, de
resurrección tan gloriosa.
La justa previsión de que pudieran ocurrir en aquel renacimiento
disturbios y decepciones de gran importancia, hizo que el rey designado
se negara a aceptar las responsabilidades que pudieran sobrevenir, y que
saliera de París una noche huyendo de su reino y de la felicidad que en
él se le prometía.
Al día siguiente, cuando supimos lo ocurrido, apreciamos unánimemente
aquella huida del siguiente modo: El príncipe de Cabourg no tiene cabeza
suficiente para sostener esta corona; ocúpese la diplomacia en buscar
otra frente y sea cauta en la elección para no verse burlada de nuevo.
Así se hizo en efecto, y mientras esto ocurría, yo continué de ministro
plenipotenciario en situación expectante, recibiendo del príncipe de
Polignac cuantas distinciones eran compatibles con mi obstinado empeño
de no tomar parte alguna en los trabajos del Gobierno.
* * * * *
Entusiasmada mi madre por los rápidos ascensos obtenidos en mi carrera
diplomática, por mi futuro destino en la hermosa capital de Atenas, y
por mi elección para la Academia Francesa, no podía menos de sonreír
ante la realización de sus aspiraciones de siempre, del sueño dorado de
toda su vida.
Disponíame yo para ir a pasar a su lado el corto tiempo que creía
permanecer en Francia, y me hallaba en París con el objeto de ir
preparando los regalos que tenía por costumbre llevar a mi madre y a mis
hermanas siempre que las visitaba, después de un largo tiempo de
ausencia.
¡Pobre madre! ¡qué poco te daba en cambio de tantas privaciones como por
mi causa habías sufrido; de las joyas que habías vendido o empeñado para
satisfacer mis caprichos y mis viajes, o para ocultar mis faltas ante la
severidad siempre justa de mi padre!
* * * * *
Todo estaba dispuesto: los muebles todos que había en la habitación
ocupada por mí en la fonda, estaban cubiertos de cajas, estuches,
paquetes de tejidos diversos propios para vestidos, cofrecillos con
sorpresas para mis hermanas, un pequeño bazar, en fin, que yo me
complacía en mirar, mientras gozaba pensando en las exclamaciones de
alegría y reconocimiento que había de oír en la humilde casita de mi
madre. Yo me complacía anticipadamente en las sinceras demostraciones de
cariño y de satisfacción que había de recibir en su presencia.
Un día (séame permitido no consignar la fecha), entraba yo en el hotel
de***, con mi cabriolé atestado de cajitas y muebles propios para el uso
femenino; estaba alegre y satisfecho ante la idea de que había de partir
al siguiente día; al saltar del estribo y poner el pie sobre la primera
grada del vestíbulo observé, que, junto a la habitación del portero, se
hallaba mi buen amigo, el verdadero hermano de mi alma, el conde Aymon
de Virieu: parecía que la Providencia había destinado a este hombre para
que compartiera conmigo la vida.
Juntos habíamos cursado nuestros estudios; disfrutado de las mismas
alegrías en las casas de campo de ambas familias; seguido las mismas
rutas en nuestras excursiones, idénticas relaciones sociales, y
últimamente pertenecíamos los dos al cuerpo diplomático.
Al día siguiente, debía él también salir de París con destino a
Alemania, y por esta razón habíamos acordado comer juntos y pasar la
velada en mi habitación, con objeto de poder prolongar así nuestra
conversación y despedirnos con entera libertad.
Cuando al descender de mi carruaje me disponía a estrechar su mano, noté
en su expresiva fisonomía una palidez y una consternación que me dejaron
suspenso por unos instantes; sus ojos, siempre alegres y que parecían
iluminados por dos chispas salidas de su espíritu un tanto sarcástico,
aparecían por vez primera velados por una nube de tristeza.
Después que hubo contestado a mi alegre mirada con otra del mismo
género, sus ojos procuraron no encontrarse con los míos, y entonces pude
observar bien la tristeza, el recelo y el inexplicable temor de que
estaba poseído. Parecía que aquella tristeza aumentaba al verme a mí tan
tranquilo y satisfecho; mi calma, sobre todo, le mortificaba
horriblemente; quería censurar mi felicidad sin haberme él dicho antes
el motivo por el cual debiera estar yo triste.
De pronto, desapareció de mis ojos la alegría, y huyó la sonrisa de mis
labios: «Entremos en tu cuarto--me dijo con voz entrecortada;--necesito
hablarte de cosas muy tristes, y darte noticias muy poco agradables.
Procura tener valor para oírme, concentra todas tus fuerzas morales:
subamos.»
Conducido maquinalmente por mi amigo, subí la escalera y llegué hasta mi
cuarto: el golpe recibido en medio del corazón me había aturdido; ya en
la habitación, me senté sobre el borde de mi cama; mi pobre perro
saltaba de alegría al verme; ignoraba el fiel animalito el por qué sus
caricias, siempre contestadas con cariño, eran entonces esquivadas con
rudeza.
«Habla--le dije a mi amigo Virieu, ocultando el rostro entre ambas manos
y preparándome a recibir el golpe fatal.--Habla--repetí,--que este
silencio es para mí el peor de los suplicios.»
Entonces, usando de todos los miramientos, vacilaciones y rodeos,
tímidos unas veces, enérgicos otras, propios del hombre encargado de dar
una noticia inesperada y triste que ha de herir el corazón, me dijo,
recibiéndome en sus brazos: «¡Ya no tienes madre!» Me pareció que el
suelo se hundía bajo mis pies, que mi existencia vacilaba por
encontrarse sin base; mi alma elevose rápidamente al cielo como
queriendo buscar la de aquélla que fue vida de mi vida aquí en la
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