inexplicable alegría, pero en la actualidad no puedo, sin esfuerzo,
alcanzar este entusiasmo celestial. ¿Será que mis sentidos se entorpecen
al peso de los años? Sin embargo, mi salud es buena y mejor que otras
veces, lo cual es todavía otro de los favores por que debo dar gracias a
Dios. Mis hijas están igualmente buenas, creciendo a mi lado en virtud y
hermosura, porque sus figuras son simpáticas y su piedad grande: tanto
es así, que yo misma, algunas veces, he notado escrúpulos excesivos en
ellas que me he visto obligada a combatir. Cecilia y su marido están
todavía con nosotros; su hijo, mi nietecito, se está haciendo cada día
más hermoso; su madre se lo cría, y hace en esto muy bien; nunca me ha
gustado dar los niños a manos mercenarias.
Va mejorando nuestra fortuna. Gozamos de la consideración y aprecio de
cuantos nos rodean y esto es una parte de los beneficios que Dios me
concede. Siempre debiera estar de rodillas para darle gracias o al menos
ocuparme continuamente de mis deberes proclamando su gloria, y empleando
por él todos los instantes que me concede y que tan buenos son,
entretanto que otros sufren amargamente.
* * * * *
Dios, porque es eterno, es paciente; esta frase no sé si de Bossuet o de
San Agustín, la recuerdo estos días al reflexionar sobre la caída de
Napoleón. ¡Qué ejemplo de la divina justicia!
¡Cuántas ambiciones ha despertado el ver este coloso de la gloria
elevado sobre el inicuo pedestal de barro! Europa entera parecía
humillada bajo su poder; no tenía él más que desear y emprender
cualquier cosa, para verla realizada antes de que su misma ambición
pudiera apetecer. Mientras fue instrumento divino, nada pudo sostener el
curso de sus conquistas, de sus devastaciones, del trastorno general que
parecía efectuarse por él, sobre toda la superficie del globo. No podía
decirse a cuál virtud lo debía, porque la iniquidad le llevaba
encadenado a un desenlace ruidoso y brillante a la vez ciertamente. Pero
vosotros, los que, alucinados por esa gloria, admiráis el coloso de la
maldad, escuchad; escuchad, sí, un momento; atended un instante y veréis
este prodigio disipado, desvanecido, destruido en menos tiempo del que
necesitó para elevarse. ¿Dónde encontrar el rastro de su paso? Porque
habéis de saber que le servirá de mortaja lo mismo que se ha dado en
llamar su gloria, para ser enterrado bajo las ruinas de diversas
naciones y de montones de cadáveres sacrificados a su ambición
desmedida, a su crueldad sin límites.
Empieza a renacer el reinado de San Luis con la ayuda y bajo la
protección divina.
Ensalcemos la bondad de Dios con cánticos de alabanza que resuenen sin
cesar sobre la tierra.
¡Que todas las madres enseñen a sus hijos himnos de gloria y de ventura
que ensalcen y glorifiquen la paz y la armonía!
* * * * *
Desde luego se comprenderá que un hijo cuya sangre era la de madre
semejante, y que además había estudiado en la historia de la antigua
libertad, no fuera jamás partidario de Napoleón Bonaparte.
XC
9 de mayo de 1814.
Ha sido nombrado mi esposo miembro de una comisión que debe ser
portadora de la adhesión del consejo general del departamento a los pies
del trono; partieron el 28 de abril. Voy a salir inmediatamente para
Lyón, pues quisiera estar allí para ver pasar a la señora duquesa de
Orleans, que se dice vendrá dentro de pocos días.
* * * * *
Este viaje no se efectuó, porque mi padre volvió de París después de
haber visto los príncipes, a los cuales era y fue invariablemente
adicto, pero sin alardear de ello. Se le ofrecieron grados y pensiones a
los que tenía derecho y que fueron repartidos entre los oficiales que
igual que él se habían separado de sus regimientos por no jurar lo
contrario a lo que su conciencia les dictaba. Todo lo rehusó mi padre,
pues decía que no quería gravar el estado de la nación cobrando un
sueldo que en aquellos momentos no necesitaba, tanto más, cuanto la
Francia se encontraba arruinada por el pago de tanta indemnización como
los invasores exigían. Léese en el -diario- de mi madre su admiración
vivamente expresada por el modesto y patriótico desinterés de mi padre.
Pasadas estas agitaciones, vuelve a la soledad, donde únicamente goza su
alma de completa tranquilidad.
XCI
Milly, sábado 17 de junio.
Sólo en este pueblo me parece que gozo de paz y encuentro libre mi
espíritu. Aquí solamente puedo darme cuenta de todo lo que pasa por mi
alma, sobre todo durante las excursiones solitarias que acostumbro a
hacer por la campiña. He estado aquí dos días, y vuelvo a partir esta
noche a pesar mío. El campo es delicioso en este tiempo; yo estoy
siempre alegre en la época que atravesamos; alegre he dicho, ¡quién sabe
si algún grave pesar moral mata mi dicha! A bien que existen pocos
pesares y sufrimientos que los deliciosos hechizos de la Naturaleza no
consigan hacer olvidar.
Dice Mme. Stäel en un libro que ayer leí, que para compenetrarse con la
Naturaleza es preciso amar a la religión. ¡Oh! ¡sí! es indispensable la
religión para disfrutar de los beneficios que Dios proporciona. Por otra
parte, ¿no llena nuestros corazones por entero? ¿No es todo amor? ¡Oh!
¡cuánto compadezco a las almas heladas y secas, que no han sido
calentadas jamás por su divino entusiasmo! Los que poseen estas almas
carecen de sentidos. Algunas veces he reflexionado sobre esta idea que
tengo: ya no sé si estoy en un error, porque puede ser que haya, tal vez
para ellas, en la eternidad otro género de felicidades más tranquilas y
menos inefables que las que serán otorgadas a las almas ardientes y
sensibles, que parecen haber recibido mayor cantidad de espíritu de vida
y de amor; pero así tampoco serán ellas más reprensibles, si desprecian
sus tesoros o si los prodigan tontamente a viles criaturas que no pueden
dar en cambio otra cosa que la muerte y la nada! ¡Oh, Dios mío! ¡Dios
mío! yo he probado frecuentemente y con grande amargura este error cruel
que se encuentra siempre adherido a todo lo que no sois Vos. Haced que
yo renuncie a semejante error, que yo sea vuestra en todo tiempo y
lugar. Semejante dicha la he reconocido yo y no ha faltado jamás,
siempre que la he buscado en su único origen: en Vos mismo.
Todos los jóvenes de la nobleza y de la clase media realista se han
afiliado en la guardia de Corps. Mi hijo Alfonso también pertenece a
este distinguido cuerpo, y está muy satisfecho de haber ingresado en el
ejército; yo también estoy muy contenta: al menos está ocupado en algo.
Cuando no presta servicio en las Tullerías, permanece en Beauvais, y
dice que pronto vendrá a pasar con nosotros el correspondiente semestre
de licencia. No creo que permanezca mucho tiempo en el cuerpo, a pesar
de su ardor de militar, porque tiene la imaginación demasiado viva y el
espíritu demasiado inquieto para amoldarse a la disciplina de los
tiempos de paz. Su padre, sus tíos y yo estamos muy contentos de que
haya dado, como todos, pruebas de fidelidad a los Borbones; siempre será
ello pasar algunos años, después... quién sabe lo que ocurrirá. El
príncipe de Foix, su jefe, está, según dicen, encantado de su figura. Le
han nombrado inmediatamente instructor del picadero; estará en su
elemento, porque, después de los libros, lo que más ama son los
caballos. Su entusiasmo por la equitación es delirante.
* * * * *
Por espacio de algunos días se interrumpe la relación del -diario-.
XCII
25 marzo de 1815, día de Pascua.
¡Qué diferencia entre el día de hoy y el de igual fecha del año pasado!
Nuestra paz ha sido un sueño solamente.
XCIII
22 de julio de 1815.
¡Con razón decía yo que nuestra paz había sido un sueño solamente! ¡Cuán
cruel ha sido el despertar! Otro sueño de desdichas que ha durado tres
meses; pero volveremos otra vez, así lo espero, a ser dichosos. ¡Quiera
Dios que así sea para todos! La vuelta de Bonaparte nos ha costado
muchísima sangre. La Francia está arruinada. Tenemos todavía en nuestro
suelo muchísimas tropas extranjeras, y temo que el tratado no esté
firmado aún; pero entretanto las condiciones son crueles. Esta es
nuestra situación.
No he de repetir aquí todos los acontecimientos surgidos durante estos
últimos ocho meses; demasiado escritos quedarán en todas partes.
Solamente diré que a los primeros rumores de la vuelta de Bonaparte,
Alfonso corrió a París, adonde le llamaban sus aficiones y su deber; que
acompañó al rey hasta Bethune en medio de las mayores penas y fatigas;
que una vez allí, después de recibir la licencia y las gracias de los
príncipes, volvió a reunírseles, rodeado también de grandes peligros; y
que algún tiempo después, volvió a salir para Suiza. Pero ocurrió la
batalla de Mont-Saint-Jean, regresaron nuestros príncipes y regresó
también Alfonso a la patria, dirigiéndose a París, donde actualmente se
encuentra, haciendo las diligencias necesarias para obtener un empleo
diplomático. Abrigamos muchas esperanzas de conseguirlo.
¡Qué horribles angustias hemos pasado! Basta decir que Mâcón ha sido
tomado a mitad de la noche, que yo desperté a las dos de la madrugada
entre el espantoso estruendo de los cañones, obuses y fusilería,
vivísimo en todas las calles, y los más siniestros gritos de
desesperación y de dolor. Nos creíamos todos perdidos. Me levanté de la
cama e hice levantar a Cesarina, la única de mis hijas que se encontraba
conmigo a la sazón, y una y otra, puestas de rodillas ante un Santo
Cristo, esperábamos el momento del sacrificio ofreciendo nuestras almas
a Dios.
Luego pareció irse calmando todo. Los austriacos quedaron triunfantes,
pero no abusaron de la victoria; hubo algunas casas saqueadas pero
fueron aquellas en que se defendió el enemigo. Nosotros no recibimos el
menor daño personal, gracias a Dios, pero materiales, ¡tenemos ya
sufridos tantos!
He aquí lo que me ocupó después del día 17 de septiembre: Cecilia, hace
como cinco semanas, tuvo una niña que cría ella misma y se llama
Celenia. Todo marcha muy bien. Alfonso sigue en París aún. Tanto como
deseamos las mujeres ser madres, y ¡ay! el serlo en estos tiempos hace
temblar al espíritu más fuerte.
XCIV
Nuevamente sonríe a mi madre la dicha, y sólo satisfacción y contento
rebosan sus escritos. El día 13 de octubre de 1815 se publicaron los
esponsales de su segunda hija Eugenia, con M. Coppens de Hondschoote,
joven oficial, teniente coronel del regimiento que guarnece Mâcón, hijo
del antiguo señor de la villa de Hondschoote en Flandes. Una simpatía
mutua condujo el asunto rápidamente a su desenlace. Celebrose la boda en
Mâcón en el mismo día en que se inauguró una iglesia nueva. En la
descripción de esta ceremonia de familia se adivina una alegría maternal
inexplicable.
* * * * *
Acordose que la boda se celebraría en la iglesia nueva que debía
bendecirse en igual día; pertenecíamos a esta parroquia y estaba muy
cerca de nuestra casa. Luego, después de la bendición nupcial, que
atrajo mucha gente a la iglesia, nos retiramos. Todos mis hijos venían
junto a mí; Cecilia y Alfonso habían llegado hacía poco; mi pequeñita
Alicia estaba también; el tiempo era precioso: nos acompañaba toda la
oficialidad con su música tocando alegres aires. Eugenia estaba
encantadora: llevaba un vestido de tul bordado, un velo de raso blanco,
una guirnalda de lirios y rosas blancas y un ramo de las mismas flores;
estaba verdaderamente hermosa. Su marido, que tiene una arrogante
figura, iba radiante de satisfacción. Las calles estaban atestadas de
gente, así como la iglesia y sus alrededores; al volver, tuve muchísimo
miedo de que hubiese alguna desgracia, pero se tomaron muchas
precauciones para evitar los accidentes que la aglomeración de gentes
pudiera ocasionar.
Casi todo el pueblo estaba invitado a pasar la velada en nuestra casa.
Como es natural, hube de trabajar mucho para preparar el recibimiento a
tan numerosa concurrencia. Había dispuesto la sala comedor, que es muy
grande, para salón de baile; la hice tapizar de un tejido verde, e
iluminar muy bien. El coronel nos mandó la música del regimiento, que
fue colocada en una habitación contigua, produciendo muy buen efecto,
combinada con el salón; mandé quitar la cama de mi cuarto que es muy
espacioso, e hice colocar una mesa para setenta cubiertos
aproximadamente, y otras dos en las que podían acomodarse otros tantos
entre una y otra. En un gran gabinete situado junto a mi dormitorio,
había igualmente otra mesa para que los caballeros pudieran cenar a
media noche con toda libertad. Todo esto me dio mucho trabajo
ciertamente, pero yo lo hice con mucho gusto y todo salió perfectamente.
Todo el mundo se retiró a la hora conveniente; estuve bastante agitada y
no fui yo seguramente la única. Cesó la algazara, acompañamos a los
novios al dormitorio y yo me retiré igualmente, después de rogar a Dios
por mis hijos y por mí.
Al día siguiente, asistí a la misa mayor, en que oí un buen sermón
pronunciado con motivo de la inauguración de la nueva iglesia.
XCV
19 de junio de 1817.
Mi hijo Alfonso se encuentra en este momento viajando en la Saboya,
acompañado de la familia Maistre, cuyo sobrino, M. Luis de Vignet,
persona distinguidísima, es muy amigo de él. Este joven, de grande
ingenio y mucho talento, como el que yo supongo en mi hijo, tiene como
él también un carácter algo melancólico. Me recuerda la figura que yo
atribuí en mi juventud a Werther, de Goethe; pero él es, como su
familia, muy cristiano.
Esta amistad, bajo esta correspondencia, me satisface por mi hijo, que
tiene necesidad de buenos ejemplos de fe positiva, porque su religión,
demasiado libre y demasiado vaga al mismo tiempo, me parece producida
por el sentimiento y no por la fe.
* * * * *
Como ya tengo indicado, mi hijo solicita un empleo diplomático; mi
hermano mayor y yo hemos despertado en él este deseo que le cuesta
buenos disgustos. Como quiera que en París no tenemos una protección
directa para abrir las puertas de las personas influyentes, y nuestro
nombre, aunque digno, no es de gran resonancia para llamar la atención
de los ministros, perdemos el tiempo. Alfonso se cansa e impacienta, no
pudiendo obtener una ocupación activa para su espíritu; y sus disgustos
recaen sobre mí y me afligen mucho.
XCVI
20 de junio de 1817.
Hoy me han hecho una proposición de matrimonio para mi hija tercera,
Cesarina. El joven que ha pedido su mano, creo yo que le conviene bajo
todos conceptos; a mí me agrada mucho. Se llama M. de***, y pertenece a
una conocida familia parisiense, ligada ya de antiguo con la mía.
Cesarina posee una belleza deslumbradora, completamente italiana; muchos
dicen que los rasgos de su fisonomía son los de una creación del pintor
Rafael de Urbino, que se conoce por la -Fornarina-. Yo no sé lo que en
esto habrá de cierto, pero sí sabré decir, que es una hermosa criatura
físicamente considerada, y lo que es algo mejor, muy franca, sencilla, y
altamente simpática a todo el mundo.
Mi cuarta hija, Susana, será más hermosa aún, pero el género de su
belleza será completamente distinto; es la estatua del candor y la
virginidad.
Sofía, menos seductora a primera vista, promete, sin embargo, atesorar
también grandes atractivos y ciertas cualidades de alma por complemento
superiores a todos los hechizos. ¡Oh! ¡qué hijas me ha concedido Dios!
¡Parece que la Providencia y la Naturaleza se hayan puesto de acuerdo
para favorecerme con sus dones! ¡Qué cuentas deberá rendir esta madre al
Señor de cielo y tierra!
XCVII
Junio de 1818.
Mucho trabajo me cuesta el favorecer las inclinaciones hacia el
apreciable joven M. de***, a quien estimo en mucho a causa de sus
excelentes cualidades y lo quisiera para esposo de mi hermosa Cesarina.
La familia de mi marido se opone a este matrimonio por razones sociales
de bien poca monta por cierto, pero yo tengo la seguridad de que habrían
de ser felices uno y otro. El no tiene fortuna, es verdad, pero yo les
tendría en mi casa. Estoy obligada a esconder a la familia de mi esposo
la inclinación que siento por esta alianza, pero si yo hiciese, al
parecer, cierta violencia, no podría llegar jamás a conseguir la unión
de estas pobres criaturas. Entretanto me está ello pesando en la
conciencia; tal vez he cometido un error dejando entrever a estos
tiernos corazones que al fin se unirán. He consultado sobre este
particular con un hombre que merece toda mi confianza y me lo ha
aprobado. ¡Dios mío! haced que resplandezcan mis intenciones: Vos sabéis
que son buenas.
El joven de***, se muestra más cariñoso y solícito que antes; son sus
visitas tan frecuentes que temo despierten recelos en la familia; no
obstante, cuando creo que sus visitas pueden llamar la atención, le
recibo con alguna frialdad; y él, comprendiendo mis indicaciones
perfectamente, obra como hombre discreto que es y de virtud
irreprochable. ¿Qué es lo que sucederá? ¡cuántos tormentos ocasiona eso
de haber dos espíritus distintos en una misma familia, sobre motivos de
trascendencia! Encuentro que no se consulta lo suficiente al corazón en
nuestra sociedad francesa, cuando se trata de un acto tan importante
como es el del matrimonio. Por suerte para mí, mis parientes dejaron que
hablase el mío; y gracias a la condescendencia de mis buenos padres, soy
feliz actualmente.
XCVIII
18 de julio de 1818.
M. de Vignet, el amigo de mi hijo, ha estado aquí unos días, acaba de
ser llamado a París por el embajador de Cerdeña, marqués de Alfieri, a
quien Alfonso conoce muchísimo. Esto es buen augurio para el porvenir
diplomático de este joven, quien empezaba ya a descorazonarse. ¡Ah!
¡cómo quisiera yo ver a mi hijo entrar pronto en una carrera tan digna
de él! Observo que mi salud va languideciendo de algún tiempo a esta
parte; yo creo que la causa de ello son los sufrimientos del corazón y
del espíritu, ocasionados por los contratiempos que mis hijos están
sufriendo. Es preciso que sobre esto reflexione detenidamente. Pronto
cumpliré cincuenta y dos años, y como quiera que no he sido de
complexión fuerte, necesito de mayores cuidados que muchas otras; eso
debería aumentar mi piedad y hacer que me ocupase solamente de Dios. En
lugar de esto, parece que mi alma participa de las debilidades de mi
cuerpo, porque encuentro que me faltan o se debilitan en mí aquellos
sentimientos vivos que penetran el alma y la elevan al cielo,
haciéndonos felices en todas las situaciones de la vida; me siento fría,
e insensiblemente arrastrándome sobre la tierra. ¡Oh! no es esta la
vejez que se necesita para preparar el alma. Entretanto, ¡Dios mío! mi
voluntad se dirige todavía hacia Vos, sostenedme y haced que pueda daros
todo lo que me resta... ¡Ay! ¡qué pobres e indignas de Vos son mis
ofrendas!
XCIX
25 de julio de 1818.
Nos hallamos en la casa de mi buen cuñado el abate Lamartine, que se
encuentra enfermo. Continuamente está haciendo regalos a mis hijas, y
para después de su muerte ha legado a Alfonso esta propiedad de
Montculot, que aun con un gravamen de doscientos mil francos, le servirá
acaso de ayuda el día que necesite casarse.
C
4 de agosto.--En el parque de Montculot,
al lado de la fuente Fayard.
Esta fuente, pintoresca y apacible como una de la Arcadia, fue celebrada
en mis composiciones tituladas -Armonías- con el nombre de
LA FUENTE DEL BOSQUE
¡Oh! fuente cristalina--Que saliendo de la roca--Formando hermosa
cascada--Bañas el florido prado--Y en el mármol de Carrara--Murmuras con
impaciencia--Por salir a la pedrera.--El delfín que oculto entre la
hiedra--Arrojaba por la nariz la blanca espuma, ha desaparecido.
Centenarias hayas que prestan su sombra--Al lecho por donde juegas en
ondas--Te sirven de templo--Y de corona, las hojas secas de otoño y el
verde musgo.--La vieja pila de mármol ha sido destrozada--Pero tú,
siempre generosa--Devuelves bien por mal a los que te
ofendieron--Ofreciéndoles la frescura de tus aguas, limpias como el
cristal.--Cuando veo filtrarse cual rocío entre los guijarros--Las gotas
cristalinas formando mil colores--Las ideas de mi niñez vuelven a mi
imaginación--Y los recuerdos del pasado, me llenan de tristeza.--¿Cómo
quieres que no busque a tu lado alegrías y tristezas?--Mudo testigo que
recuerdas hechos y edades pasadas--¡Cuántos lances has mezclado en tus
murmullos!--¡Cómo han corrido mis pensamientos tras de tus ondas!--Aquí
me tienes otra vez, fuente deliciosa.--Yo soy aquél que en otro tiempo
turbaba tu tranquilidad, con regocijo infantil. Yo soy quien a la sombra
de los árboles que te rodean, soñé con la gloria cuya senda veo hoy
oculta por negros nubarrones.--Mientras lloro ausencias y
muertes--Reclina la cabeza sobre las piedras que te circundan.--Yo soy
aquél, que rendido de cansancio--Llegó a ti, con el rostro oculto entre
las manos--Derramando lágrimas que empañan tu pureza cristalina--A
confiarte tu pesares; porque tú sola contestas a tus lamentos.--A
escuchar las armonías que producen tus cascadas.--Pero ¡ah! que no
pueden tus olas seguir a mis ideas--Rápidas como el viento que arrebata
la hojarasca que se extiende a tus pies.--Algunas veces, trepando por la
escarpada pendiente--Llego al punto donde tienes tu nacimiento--Y te
contemplo cual hija de las nubes, flotando entre vapores.--Fuera
imposible sin ti, la vida en estas soledades.--Calmas la sed del césped
que, al besarte, bebe tus cristales gota a gota.--Y aunque el duro
pedernal intente devorarte en su seno--Te alejas juguetona, y corres a
llevar tus virginales perlas--A los más profundos huecos de las
montañas.--Reflejando en el camino el hermoso transparente del cielo--El
desierto se anima con tu presencia--Y a un aliento de tus aguas--Se
inclina el árbol añoso--Cobijándote en sus ramas.--A tu lado, los
alegres pajarillos cantan sus amores--Y los hombres han de arrodillarse
para beber de tus aguas.--«Aquí beberá el caminante», dijo una voz. Y
tú, fiel a esta consigna--Avisas al hombre cuando por tu lado pasa--Con
el sordo murmullo que produce el líquido, al caer en el recipiente.--Y
al que se detiene a contemplarte--Le dices satisfecha:--Este prodigio
que admiras, obra de Dios es.--Mis murmullos son el himno que
constantemente elevo al autor de la Naturaleza. Yo siento en el corazón,
¡oh, fresca fuentecilla!--Tantas ideas como ondas tiene tu pilón.--Y al
aproximar mis labios a tus aguas--Brotar de mi pecho el amor, y
escaparse el ruego de mi boca con acento rápido--Y exclamo: Señor, te
adoro, acepta mi triste llanto.--Hoy contemplo tus riberas--Bien
distintas por cierto de ayer.--El viento se ha llevado las hojas, y
hasta el cisne ha cambiado su blanco plumaje.--No tardará mucho tiempo
en ver caer mis blancos cabellos sobre ti--Cuando vengas a visitarme,
apoyándote en los troncos de las hayas tus eternas
compañeras.--Entonces, contemplándote de nuevo, reflexionaré todo lo
pasajero de esta vida.--Comparándola con tus gotas que convertidas en
olas--Mueren en el mar después de haber corrido alegres el
camino--Cubierto de flores unas veces, de espinas otras.--Y así es la
vida, ¡Dios mío!--Tras de la noche la aurora.--Y las olas corren
siempre--Cual la vida seductora.
* * * * *
Posteriormente he visto que mi pobre madre también meditaba sobre la
fuente del Bosque y por cierto, más cuerdamente que yo.
Continuemos el -diario-.
4 de agosto de 1818.
Es la una de la tarde, y vengo de dar un paseo por la fuente Fayard: es
un sitio delicioso en extremo: me gusta ir allí a reflexionar y rezar al
mismo tiempo porque lo uno es consecuencia de lo otro. Doy gracias a
Dios por los beneficios que me hace, que son muchísimos. Al fin vuelvo a
encontrar los mismos sentimientos de otros tiempos. Tengo observado que
cuanta mayor es mi soledad y mi retraimiento del mundo, soy más piadosa
y feliz. Pero no hay remedio; debo alejarme de aquí: debo volver a mis
tareas ordinarias, a mis deberes, a mis incertidumbres.
Tened piedad de mí, Dios mío; tiemblo por lo que he de sufrir yo y por
lo que habrán también de sufrir mis hijos Alfonso y Cesarina y mi buena
amiga madame Paradis que necesita de mí en estos momentos. Valor y
prudencia.
Esta mañana, durante el paseo, recordaba las veces que he estado aquí, y
son seis, y he pensado que mi -diario- me es de mayor utilidad que a
otras muchas personas, porque tengo poquísima memoria, y al mismo
tiempo, porque gusto de ir recordando todo lo que me ocurre en
diferentes circunstancias en que me voy encontrando; veo también, que
no es de menor utilidad para mi alma.
Estoy leyendo los sermones de Massillón y la -Odisea-; mis hijas leen la
historia antigua.
¡Pobres hijas mías! Se están portando como quienes son: alegres y buenas
por todo extremo.
Mas, ¡ay! ¿las dirijo yo como debo? ¿No tengo que echarme algo por ello
en cara? ¿Tendré la culpa de las dificultades en que me encuentro por
causa de Cesarina? ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vos sois mi única esperanza;
no me abandonéis en manera alguna; reparad mis faltas; apiadaos de mis
hijos y de mí.
CI
15 de agosto de 1818.
Los disgustos que he sufrido por causa de mis hijos, acortarán mi
existencia y acabaré por sucumbir bajo el peso de tanto sufrimiento. Yo
he sentido sus penas con mayor fuerza que ellos mismos. La ociosidad de
Alfonso me consume. ¿Por ventura ha nacido para esto? Me lo he
encontrado solo en Milly donde se quedó antes, tranquilo, pero triste, y
tanto o más que nunca viviendo entre sus libros, y de cuando en cuando
escribiendo versos que no enseña jamás. Algunas veces, sus amigos, M. de
Vignet y M. Virieu, me hablan de él con especial entusiasmo; pero ¿de
qué le sirven sus talentos así encerrados, en el supuesto de que
verdaderamente lo sean? Por otra parte, ¿qué ha de ser esta poesía que
reconcentra sus ecos en un joven devorado por el deseo de actividad?
La causa de mi excesiva alegría por la vuelta de los Borbones, fue
porque esperaba que la familia no se opondría entonces a esta necesidad
de obrar, y que estos príncipes, a quienes habíamos servido en la
desgracia, emplearían a mi hijo en alguno de los muchos cargos de que ha
de ser capaz; ¡pero después de tres años no hemos tenido de ellos ni una
sola mirada!
No dejo de comprender que, así los príncipes como los ministros, están
abrumados de solicitudes a su alrededor, y que no pueden dirigir sus
miradas hasta el fondo de las provincias para ir escogiendo y
clasificando los talentos jóvenes y desconocidos. Es preciso resignarse
al olvido. Al fin y al cabo esto no vale la pena de disgustarse; pero
¡ah! que mi hijo está en la edad de las ilusiones, que son para él lo
que para mí las realidades. Acaso el sentimiento secreto que en él
adivino procede de este desengaño sufrido. Porque no es natural ni
corriente que un joven de su imaginación y de sus años, se abandone y
encierre en la soledad más absoluta; aparece como que haya perdido por
la muerte o por otra causa cualquiera, algún objeto querido, cuya falta
ocasiona en él tristeza tan profunda.
CII
12 de septiembre de 1818.
Alfonso recibió ayer un paquete de cartas de su mejor y más íntimo
amigo, M. de Virieu, quien le llama a París inmediatamente. El ha
vendido su caballo para hacerse con cien pesos; yo le he dado además
todas las economías que poseo. Ya ha partido. M. Virieu, quien ha
ingresado en la carrera diplomática y se interesa por Alfonso tanto como
él mismo, le decía en sus cartas que el conde de Lagarde, nuestro
embajador en España, estaba decidido a llevarle consigo a Madrid.
¡Quiera Dios que este proyecto se realice!
* * * * *
Todo ha fracasado. Alfonso acaba de volver más descorazonado que nunca
por los acontecimientos que le vuelven a sepultar nuevamente en la
inacción y la oscuridad. M. de Lagarde, que le conoce, y que hubiera
deseado llevarle consigo, no le ha sido posible, y ha partido, para
Madrid, dejando a mi pobre hijo en el mayor desconsuelo.
¡Si yo pudiera obtener para mi hijo la resignación que yo poseo! Pero el
es joven y es natural que sus pensamientos sean distintos a los míos.
El proyectado casamiento de mi Cesarina, resulta decididamente
irrealizable, me he visto obligada a decírselo así a este pobre joven.
La familia se ha obstinado en la negativa más absoluta; estoy
desesperada y he llorado mucho; el pobre joven parece resuelto a esperar
aún contra toda esperanza. También Cesarina está muy triste, pero bien
penetrada de su deber; teme, dice, que si fuerza por sí misma las
repugnancias, el descontento de aquellos de quienes nosotros dependemos
recaiga sobre mí. ¡Lástima grande que así se rompan las esperanzas de
dos almas puras que sentían una hacia la otra cierta inclinación
natural, por cierto bien inocente! Afortunadamente, el tal efecto no
constituía para Cesarina una pasión absoluta, y si únicamente una
simple disposición amorosa, y el reconocimiento natural en quien se ve
amada con vehemencia. ¡Pobre muchacho!
Me han hablado de otro matrimonio para mi hija con un hombre de mucho
mérito que ha pedido su mano; he conferenciado con ella sobre el
particular, y parece que se presta a la realización de dicho proyecto;
creo que ha reflexionado y está resuelta. No he podido comprender si
ella se ha manifestado condescendiente por sacarme de apuros o si ve
alguna razón de conveniencia particular: yo procuraré estudiar este
asunto con detenimiento. Alfonso me dice (y tiene mucha razón), que no
haga violencia alguna contra los sentimientos y afecciones que pueda
profesar a otra persona.
Me dice también mi hijo, que si es necesario él me apoyará contra todas
las oposiciones de la familia, hasta el momento en que sea completamente
libre de seguir sus inclinaciones naturales; Cesarina, al oír esto ha
contestado que no había experimentado más que el natural sentimiento en
toda persona reconocida a otra a quien ha inspirado una pasión, y que
seguiría sin pesar alguno la voluntad de la familia, que se uniría sin
repugnancia al hombre apreciable que se le destinaba; parece, por lo
tanto, que hay en ello tanta reflexión como simpatía. ¡Feliz el marido a
quien la Providencia le depare tan angelical criatura!
* * * * *
Al poco tiempo, o sea el 21 de febrero de 1819, se ve que la obediencia
de Cesarina se trocó en verdadera felicidad, al menos en apariencia.
CIII
Domingo, 21 de febrero de 1819.
El día 17 hemos llegado a Chambery; están los caminos intransitables y
hemos hecho el viaje en largas jornadas. La mayor parte de la familia
nos esperaba con impaciencia; hemos sido recibidos como príncipes.
Cesarina parece estar en su elemento, simpatizando con las gentes de
este país, que son buenas y sencillas; nos colman de atenciones, que
verdaderamente puedo calificar de amistosas.
Felicítome mucho todos los días por este casamiento, que tantos
disgustos me ha costado figurándome que había dificultades de verdadera
monta para realizarlo.
La figura de M. de Vignet no es muy notable; su fortuna es mediana; temí
muchas veces cometer un disparate; ¡y he sido yo quien lo ha hecho todo!
Rogué muchísimo a Dios que me diera acierto y que aclarase mis dudas, y
veo ahora con satisfacción que todo lo que pueda llamarse verdaderamente
cuerdo y razonable, se encuentra en este matrimonio. He podido
comprender que Cesarina no ha encontrado la menor repugnancia en la
figura de M. de Vignet; estoy segura de que le amará... Tengo la
satisfacción de ver que no me he equivocado; Cesarina le ama en efecto.
La reputación de M. de Vignet está bien cimentada y es hombre de grande
ingenio, muchos conocimientos y méritos de toda especie; su familia es
de las principales de este país, y es seguro que llegará a ocupar los
puestos más eminentes a que pueda aspirar, dada la carrera que tiene,
así por propios méritos como por el apoyo de su tío el conde de Maistre,
actual canciller. Tiene una hermana, buena y amable, que vive con él, y
un hermano, antiguo amigo de Alfonso, el cual ha resultado ser la
principal causa de este matrimonio.
Soy, por lo tanto, muy dichosa en haber encontrado una salida tan
honrosa para reparar todas las imprudencias que a causa de mi debilidad,
había cometido. ¡Cuántas veces yo misma me he reprochado aquella
conducta!
Pero en medio de la satisfacción que siento, recuerdo con honda pena al
joven que tan enamorado estaba de Cesarina y al cual apoyaba en sus
pretensiones. ¡Pobre joven! ¡Cuánto habrá sufrido!... Puesto que no
queda ya ninguna esperanza, es preciso, pues, romper del todo, lo antes
posible; Dios me ayudará como me ayuda siempre, y yo no me cansaré de
repetirle millones de veces mi reconocimiento por los beneficios que me
concede.
Con gran lucimiento hemos celebrado la boda aquí y en Mâcón.
CIV
Martes, 9 de marzo 1819, en Saint-Amour
en el Franco Condado.
Al salir de Chambery el jueves, día 4, he realizado mi proyecto de
atravesar el monte Chat para venir aquí, en donde me encuentro desde el
viernes, día 6, a la caída de la tarde: ha sido una larga jornada por
aquellos espantosos caminos y ásperas pendientes. M. de Costa, que posee
un castillo al pie del monte, nos ha proporcionado dos caballos para la
subida; a pesar de ello me he visto precisada a caminar a pie en varias
de las numerosas y casi inaccesibles revueltas de la carretera, donde
era preciso contener las cabalgaduras; yo estaba llena de miedo viendo,
a una profundidad enorme y espantosa, grandes precipicios y el lago
Bourguet, en el cual podíamos sepultarnos al más pequeño descuido.
El descenso a la otra parte de la montaña, es al principio más suave,
pero, en Yenne, la pendiente vuelve a empezar de nuevo; viene a ser una
limitadísima cornisa sin parapeto, pegada por una parte a las
elevadísimas rocas de la montaña y teniendo en la otra, sin el menor
amparo, el caudaloso Ródano a tres o cuatrocientos pies de profundidad.
A la otra parte del río existen aún las enormes rocas donde estuvieron
las célebres prisiones de Pierre-Chatel, cuyo edificio pertenecía al
Estado. El paisaje es allí magnífico e incomparable: entre dos rocas
enormes hay un desfiladero: después de los días transcurridos, aún temo
que aquellas masas de prodigiosa altura se desprendan y nos sepulten
entre sus peñascos.
En todo se admira la inmensa pequeñez de los hombres y el poder de Dios.
Si reflexionáramos detenidamente lo poco que somos y valemos, siempre
estaríamos prevenidos para recibir la muerte, porque cualquier accidente
puede ocasionarla: no es así, sin embargo... ¡Oh! el orgullo humano es
grande. El hombre no advierte lo que la Naturaleza le muestra
constantemente; esto es, la realidad de lo eterno.
¡Cuánto orgullo hay en este bajo mundo!
¡Cuánta demencia!
* * * * *
Me encuentro en casa de mi hija Cecilia, descansando de mis fatigas
cotidianas; ella vive completamente dichosa; es adorada de todo el mundo
por su dulce carácter, y se ve rodeada de hermosísimos hijos cuyo número
aumenta cada año. Este pueblecito de Saint-Amour es delicioso. He tenido
ocasión de entregarme a mis reflexiones; tuve un gran disgusto al
separarme de mi Cesarina, y ella, por su parte, lo tuvo también al verme
partir. Siempre que estoy turbada y abrumada, despejo mi cabeza
reflexionando. Pero jamás sabemos de cierto en este mundo cuándo obramos
bien o mal: Dios lo quiere así para tenernos humillados siempre en
nuestra propia desconfianza. A él recomiendo continuamente aquella hija
querida, que dejé rodeada de una familia llena de virtudes de todo
género, y particularmente de piedad, dispuesta, al parecer, a amarla más
cada día.
Goza su esposo de mucha consideración, y aunque tiene más edad que ella,
se aman entrañablemente. Ella alternará con lo mejor de la sociedad del
país. Sus haberes, dado el cargo que desempeña su marido, son
suficientes a sus necesidades, porque aun cuando en el fondo no sea su
fortuna muy considerable, es seguro que la irá aumentando rápidamente.
En Chambery abunda poco el lujo, todas las fortunas son limitadas:
tengo, pues, motivos para creer que ha de vivir con desahogo y
tranquilidad.
La que hoy empieza a ocuparme es mi Susana, belleza de otro género, pero
belleza incomparable que llamo la atención de toda la sociedad de
Chambery y de la juventud de Piamonte, donde me la llevé cuando fuimos
a acompañar a su hermana para el casamiento. No se oían más que elogios
para ella, pero es tan cándida y sencilla, que no se preocupa lo más
mínimo de su belleza. Se me habló ya de un buen partido para colocarla.
¡Ah! ¡Si yo pudiese casarla más cerca de mí, y casar también a Alfonso!
Quién sabe, Dios mío, si de esta suerte olvidaría esta dichosa carrera
que le tiene preocupado y que acaso no conseguirá jamás.
CV
Mâcón, 18 de marzo de 1819.
Otra vez me hallo en Mâcón, pero muy intranquila, porque el encono de
los partidos políticos se halla en Francia muy excitado. A mi marido y a
mí se nos critica porque no participamos de la cólera de nuestros
correligionarios los realistas; esto, a mi entender, no es religioso ni
realista; que los hombres no creo hayan sido llamados al mundo para
injuriarse. Tanto mi marido como yo, nos hemos visto obligados a
separarnos de nuestras más íntimas relaciones sociales, encerrándonos en
nosotros mismos: nosotros nos contentamos siendo fieles a los Borbones,
sin perder por esto nuestra sangre fría, nuestro espíritu de justicia ni
nuestras almas. ¿No existen acaso bastantes pasiones a que hacer frente
dentro de nosotros mismos, sin necesidad de encender los odios políticos
en que arden en este momento los espíritus? Dice mi marido que él dio
su sangre a los Borbones el 10 de Agosto y que está dispuesto a
derramarla nuevamente: pero que él no abandonará jamás su buen sentido a
los furores de sus partidarios. Sin embargo, está triste y sufre mucho.
Así, dice él, es como se fomentan las guerras civiles. Los enemigos de
los realistas también están excitadísimos, de suerte que nos encontramos
en medio de dos partidos y en nuestro propio país proscritos y
sospechosos a unos y a otros. ¡Dios mío, derrama sobre todos el espíritu
de paz y de justicia! Alfonso ha partido otra vez para París. ¿Qué
objeto tendrá su viaje?
CVI
11 de junio de 1819.
He hablado con la señora de ***; es la italiana más bella y simpática
que he tenido jamás ante mis ojos; posee una especie de irradiación
dulce y viva a la vez, que subyuga el corazón al mismo tiempo que
deslumbra la vista: el sonido de su voz, unido a cierto acento
extranjero, despiden una emoción y una ternura que atraen y encantan a
la vez. Me ha traído noticias de mi Alfonso, a quien dice que ha visto
muchas veces en París; me ha recitado versos de mi hijo que yo
desconocía por completo; son una especie de cadencias entre religiosas y
melancólicas, dentro de las cuales se observa una pasión juvenil que no
me atrevo a definir.
CVII
Milly, 4 de junio de 1819.
Ha llegado Alfonso y está muy bien de salud. Encuentro en él algo nuevo
que le preocupa mucho. Parece que ha adquirido en Chambery relaciones
con una joven inglesa, con quien tiene deseos de contraer matrimonio, y
según cuenta, ella también le quiere; y ambos están resueltos, mediante
el permiso de sus padres, a seguir adelante con sus relaciones. ¡Cómo se
complace la Providencia en realizar mis más puros deseos! Cuando yo me
impacientaba y desesperaba viendo a mi hijo sin ocupación, y sin objeto,
vagando de un país a otro para distraerse en vanas inutilidades o en
devaneos perjudiciales, he aquí cómo esta misma Providencia nos presenta
de pronto y como de la mano, a esa extranjera que parece ser una mujer
perfecta, y capaz de contener su alma dentro de la felicidad que
proporciona una vida honrada. ¿Qué resultará de todo esto? Sea lo que
Dios quiera.
La joven inglesa es conocida de Cesarina: esto me ha causado mucha
alegría. Sin ser una belleza, muchas veces más perjudicial que útil a
quien la atesora, es agradable y graciosa, tiene una figura admirable, y
una cabellera como hay pocas; de educación esmerada, mucho talento e
ingenio superior; pertenece a una familia notable de Inglaterra muy bien
relacionada y emparentada; sin ser rica, su madre, que es viuda, tiene
una posición desahogada; la joven es hija única; su padre fue coronel
de las milicias inglesas durante las amenazas de la invasión
bonapartista.
Habiendo recibido muy bien a los emigrados franceses en su casa de
Londres, acogió muy particularmente a una gran dama emigrada de Saboya,
conocida por la señora marquesa de la Pierre, a quien tuve el honor de
conocer en casa del gobernador de Saboya con motivo del casamiento de
Cesarina. Es una persona que ha debido ser de una belleza
extraordinaria.
Esta dama pasó todo el tiempo del destierro de los reyes de Cerdeña en
Inglaterra, hasta el 1818; tuvo algunas hijas nacidas y educadas en
Londres; estas niñas han vivido después de su infancia, como hermanas,
con la joven inglesa, su amiguita. A su vuelta a Saboya, hicieron que la
amiga viniese con ellas para prodigarle a su vez la hospitalidad que de
ella habían recibido; estaban, como es natural, satisfechas de poderle
ofrecer su patria, su castillo, cuantas consideraciones gozaban en su
provincia y en los dominios que les habían sido restituidos en parte.
Actualmente habitan una magnífica quinta con un gran jardín al extremo
de uno de los arrabales, situados a poca distancia de Chambery; esta
quinta es el centro de reunión de la sociedad más distinguida e
ilustrada de aquella deliciosa población. Allí se dibuja, se pinta, se
dan conciertos, se monta a caballo; es una especie de cantón inglés
transplantado a Saboya. Cesarina va allí muchas veces, y su cuñado, Luis
de Vignet, el amigo de Alfonso, está casi siempre; hace versos y se los
lee a las señoritas de la reunión; les ha leído también algunos,
escritos por Alfonso, que han sido celebrados por la concurrencia:
cuando se le interroga sobre su amigo, hace de él un elogio exagerado,
le compara a cierto joven poeta inglés, cuyo nombre no recuerdo en este
momento: únicamente sé que ha escrito poemas fantásticos que hoy gustan
mucho, y les ha prometido presentar a su amigo cuando pasara por
Chambery de regreso de Suiza: Alfonso se encontraba entonces en aquel
país solo, y habitaba en la cabaña de un pescador a la orilla de un
lago.
He aquí cómo ocurrió el caso, que viene a ser por cierto algo novelesco.
La fama adquirida por Alfonso, gracias a las exageraciones de su amigo,
hizo que hubiera de presentarse en Bissy, quinta de recreo del coronel
de Maistre en Chambery.
Tenían todos grandes deseos de conocer al hermano de Cesarina, y creían
que su aspecto había de ser elegante, como sus composiciones poéticas, y
simpático como su hermana. No pudo ocultar la joven inglesa su pasión
por las poesías del joven francés, y su madre, que hace siempre lo que
su hija quiere, sonrió sin disgusto a esta inclinación. Alfonso ha sido
por unas semanas el favorito de la casa; y aprovechando esta
circunstancia, hizo hablar a Cesarina con madame de la Pierre, para que
esta señora lo hiciera a su vez con la madre de la joven inglesa. Pero
la gran dificultad que me tiene intranquila ha de venir de nuestra
parte, sobre todo de mis cuñadas de aquí; porque la joven de que se
trata es protestante. Sin embargo, Cesarina (que tiene también muchas
ganas de casar a su hermano), me asegura que la amiga de las señoritas
de la Pierre, se ha aficionado a la religión católica, diciendo que ya
hubiera abjurado del protestantismo, si no hubiese temido disgustar a su
madre. Si ella ha prometido sinceramente a Cesarina entrar en nuestra
religión, y educar sus hijos en nuestra fe, creo que habrán terminado
con esto los obstáculos.
¡Qué de disgustos me cuesta el ir venciendo las dificultades que se
oponen al bienestar de la familia y sobre todo la tranquilidad de mis
hijos!
¿Y qué puede haber más antipático a los ojos de los tíos y tías de
Alfonso, tan severamente razonadores, que este casamiento tan novelesco
con una extranjera? Apenas me atrevo a hablar a mi marido y a sus
hermanos, y de no ser así, no puede llevarse adelante el matrimonio.
Toda la fortuna de la familia está en sus manos; Alfonso no tiene más
que la corta pensión que le asignó su padre, y unos cincuenta mil
francos sobre la propiedad de Saint-Point, cuando faltemos nosotros.
Todas las heredades de mi padre político son de mis cuñados y cuñadas;
si ellos no lo aseguran en el contrato, ¿cómo presentar así un joven sin
carrera y sin fortuna a una familia más rica que nosotros? El amor lo
compensa e iguala todo para los jóvenes, pero ellos no son los que
cierran los contratos.
Estoy tan preocupada que no puedo conciliar el sueño.
CVIII
9 de noviembre de 1819.
Todo ha terminado. Alfonso está de vuelta. La madre de la joven inglesa
se ha llevado su hija a Turín para alejarla de él, pero tengo la
seguridad de que ellos se escriben de cuando en cuando. Estoy muy
triste. Mi marido, disgustado por nuestra pena, por la pérdida de las
cosechas, y por las deudas de su hijo que es preciso pagar antes de que
se case, para que la familia a quien se una no resulte engañada; mi
marido, digo, desea vender la casa de Mâcón y retirarse al campo; quiere
vivir completamente aislado de las gentes. Si lo hace así, ¿cómo voy a
colocar las dos hijas solteras que me quedan? ¿Quién vendrá por ellas al
fondo de una pobre aldea? Semejante conversación con mi esposo y el
temor de que venda la casa, me ha hecho derramar muchas lágrimas esta
noche. Mis dos hijas pequeñas me han visto llorar, y en seguida han
corrido ambas a encerrarse sin ruido en el gabinete de las Musas, junto
a mi alcoba (en este gabinete están esculpidas en la madera de los
arrimaderos, las nueve Musas). Al entrar yo en el referido gabinete, he
sorprendido a las dos arrodilladas, rogando y llorando ante Dios para
que me consuele. ¡Qué dichosa me he considerado al ver la ternura y la
sensibilidad de mis piadosas hijas! Pero ¡ay! ello no hace sino
disgustarme más al ver que no puedo ocuparme como debo del porvenir a
que son acreedoras, por las virtudes que atesora su corazón.
CIX
25 de diciembre de 1819.
Esta mañana ha marchado Alfonso: he notado que estaba muy triste. El
señor barón de Mounier, que le aprecia mucho, le ha escrito que vaya
inmediatamente a París, porque tiene alguna esperanza de hacerle
entrar.
CX
6 de enero 1820
Nada de nuevo, si no es que me ha escrito diciéndome que Alfonso ha sido
bien recibido con mucha distinción entre personas de la mayor
concurrencia, donde su personalidad y sus talentos produce, según la
expresión de Mme. Vaux, mi hermana, un tipo de entusiasmo. Ella me cita
los nombres de una multitud de personas entre las cuales he conocido sus
madres en mi juventud: la princesa de Talmont, la princesa de la
Tréouille, Mme. Raignecourt, la amiga de Mme. Elisabeth, Mme. de
Saint-Aulaire, la duquesa de Broglie, hija de Mme. de Staël, Mme. de
Montcalm, hermana del duque de Richelieu, Mme. Dolomieu a que conocí en
la casa de la duquesa d'Orléans; y muchos hombres eminentes que se
apresuraron a ofrecerle su amistad, a él antes tan oscuro; el joven
duque de Rohan, el virtuoso M. de Montmorency, M. de Molé, M. Lainé, de
quien se dice ser un gran orador, M. Villemain, discípulo de M. de
Fontanes, que conoció en casa de M. Decazes, el favorito del rey, y
otros más que no recuerdo. Puede decirse que es ya conocido de todo el
mundo; empieza a sentirse una especie de rumor sordo precursor de la
gloria. ¡Qué satisfacción para una madre ver a su hijo en el pináculo de
la fama!... Estoy satisfecha de la inesperada acogida de que ha sido
objeto mi hijo, pero pido a Dios antes que la gloria y los honores, que
sea un hombre digno, y buen cristiano, como lo es su padre. Todo lo
demás, ya lo he dicho otras veces, no es más que vanidad.
CXI
Hay aquí una interrupción: el manuscrito no continúa. Aquella pobre
madre ha hecho un viaje a París. He aquí la causa. Habíanla escrito de
allá, que su hijo estaba enfermo de una afección al pecho; púsose en
camino la noche del 12 de febrero en compañía de su hija Susana, joven
de dieciséis años, más parecida por su belleza a un ángel que a una
criatura humana. En sus notas de viaje se observa ligeramente que en
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