aun así, los vapores del vino, unidos a los del ron y del aguardiente,
le molestaban en tales términos, que procuraba alejarlos de su nariz a
fuerza de resoplidos y de darse aire con las manos.
--Estás cansado, amigo mío--dijo su mujer, dirigiéndole una mirada
mientras anudaba el dinero.--El olor que aquí se respira es el de todos
los días.
--En efecto; estoy cansado--contestó Defarge.
--Y un poco deprimido y descorazonado--repuso la tabernera, cuyos
penetrantes ojos, no obstante estar atentos a las cuentas, distraían
uno o dos rayos para examinar al marido.--¡Ah... los hombres!...
--Pero...
--No hay pero que valga--replicó la señora con entereza.--Repito que
esta noche te encuentras descorazonado.
--¡Tarda tanto tiempo!--exclamó Defarge.
--¿Tarda tanto tiempo?... ¿Y qué es lo que no exige tiempo? ¡Siempre
lo han exigido la venganza y la justicia!
--No es mucho el que emplea el rayo para herir al hombre--observó
Defarge.
--¿Y cuánto tiempo tarda en acumularse la electricidad necesaria para
que brote el rayo? ¡Dímelo, si es que lo sabes!
Defarge alzó la cabeza, pero no contestó.
--Poco tiempo tarda un terremoto en hacer polvo a una ciudad. Pues
bien: ¿cuánto tiempo se necesita para preparar un terremoto?
--Mucho, supongo--respondió Defarge.
--Pero cuando está preparado, cuando sobreviene, la ciudad revienta,
queda pulverizada, reducida a átomos impalpables. ¡Consuélate! El
terremoto se está preparando aunque nadie lo vea, aunque nadie lo oiga.
Con ojos relampagueantes ató otro nudo; parecía que estrangulaba a un
enemigo.
--Yo te aseguro--añadió extendiendo la diestra como para dar mayor
expresión a sus palabras--que por mucho que en llegar tarde, está en
camino, se acerca por momentos. Yo te aseguro que avanza siempre, que
no retrocede, que no se detiene. Mira en torno tuyo y escudriña las
vidas de cuantas personas te son conocidas, repara en las caras del
mundo entero, y verás que el descontento, la rabia que ruge en el pecho
de los explotados aumenta de día en día, de hora en hora. ¿Y crees que
ese estado de cosas puede durar? ¡Bah! ¡Eres un cándido!
--Mi querida mujercita--contestó Defarge, poniéndose en pie frente a su
esposa, baja la cabeza y con las manos a la espalda, semejante al dócil
escolar delante de su maestro,--no lo pongo en duda... La irritación
existe: pero data de tanto tiempo, que es muy posible... que no estalle
a tiempo para que nosotros presenciemos el cataclismo.
--¿Y qué?--replicó la mujer.--Aun cuando así fuera, ¿qué?
--Pues... que no nos cabría la dicha de saborear el triunfo.
--Pero sí la de haber contribuído a él--dijo con energía la
tabernera.--Nada de cuanto hagamos será perdido. Creo con toda mi alma
que veremos el triunfo; pero aun cuando supiera positivamente que no me
ha de caber esa dicha, mientras exista un cuello de aristócrata o de
tirano no dejaré de...
--¡Calma... calma!--exclamó Defarge, cuyo rostro se tiñó de carmín
cual si le hubieran acusado de cobarde.--Tampoco yo, querida mía,
retrocederé por nada ni por nadie.
--Lo sé; pero eres débil a pesar de todo, y lo eres, porque para que
no decaiga tu valor necesitas ver a tu víctima a tus pies. Procura no
decaer, aunque te parezca que la víctima está lejos. Cuando llegue
la ocasión, suelta los tigres y los demonios que guardas encerrados
dentro del pecho, pero mientras tanto, ténlos encadenados... ocultos,
pero siempre dispuestos.
La buena tabernera terminó su consejo descargando sobre el mostrador
un golpe con el pañuelo convertido en pesado rosario; seguidamente lo
levantó, y con calma imperturbable indicó que era ya hora de irse a la
cama.
La mañana siguiente encontró a aquella mujer admirable en su sitio
de costumbre, haciendo calceta con verdadero ardor. A su lado había
una rosa hacia la cual volvía de vez en cuando los ojos. Algunos
parroquianos, de pie o sentados, bebían y charlaban. El día estaba
muy caluroso, y los enjambres de moscas que llevaban su atrevimiento
hasta el extremo de curiosear el contenido de los vasos que había cerca
de la señora, no tardaban en caer muertas en su fondo. No ejercía
la menor impresión su suerte desdichada en las demás moscas, que
las contemplaban impertérritas e indiferentes hasta que las ocurría
idéntica desgracia. ¡Qué estúpidas son las moscas!
La señora Defarge vió la sombra de una persona que entraba en la
taberna y comprendió que se trataba de un cliente nuevo. Antes de mirar
el rostro de la persona en cuestión, dejó sobre el mostrador la media y
prendió la rosa en su cabeza.
La escena que siguió no pudo ser más curiosa: no bien los dedos de
la tabernera tocaron la rosa, cesaron en el establecimiento las
conversaciones y todos los parroquianos comenzaron a salir a la calle.
--Buenos días, señora--dijo el recién llegado.
--Buenos días, señor--contestó la señora Defarge tomando de nuevo la
media.--¡Ah!--añadió para sus adentros.--Unos cuarenta años de edad,
sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno
cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta, ofrece la
particularidad de estar ligeramente torcida hacia la izquierda, lo que
da, como es natural, expresión siniestra... ¡Buen día de veras!
--¿Tiene usted la bondad de darme una copita de coñac viejo y un sorbo
de agua fresca, señora?
La tabernera sirvió lo que el cliente pedía.
--¡Rico coñac, señora!
Como era la primera vez que oía elogiar su coñac, no es de admirar que
la tabernera sospechase que el elogio obedecía a motivos que acaso no
fueran precisamente la bondad del licor. Dió, sin embargo, las gracias,
y siguió haciendo calceta.
El desconocido permaneció algunos momentos observando las manos de la
señora Defarge, y de paso, reconociendo el establecimiento.
--Hace usted media con rapidez maravillosa--dijo.
--La costumbre... estoy muy acostumbrada a esta labor.
--Y con una perfección que encanta.
--¿Lo cree usted así?
--Con toda mi alma... Y dígame: ¿esa media es...?
--Pasatiempo... un medio de distracción--contestó la tabernera mirando
a su interlocutor con la sonrisa en los labios.
--¿No piensa hacer uso de ella?
--Según. Quizá llegue día en que las use--dijo la tabernera con cierta
coquetería.--Con seguridad que las utilizaré... si las hago bien.
Por muy curioso que parezca, ello es que el gusto de San Antonio
mostraba decidida oposición a que la señora Defarge ostentase en su
peinado una rosa. Entraron por separado dos hombres, se acercaron al
mostrador con manifiesta intención de pedir algo que beber, y no bien
vieron la rosa, vacilaron, miraron en derredor como si buscaran a algún
amigo, que no encontraron, y se fueron inmediatamente. De todos los que
en el establecimiento se encontraban cuando entró el que conversaba con
la tabernera, no quedaba uno solo: todos se habían ido. El espía, pues
ya habrán comprendido los lectores que el individuo en cuestión era un
espía, ninguna seña había logrado sorprender, aunque desde que entró
miraba con cien ojos.
--¡Juan!--pensaba la señora Defarge, haciendo calceta y puestos los
ojos en el cliente.--A poco más que continúes aquí, escribiré -Barsad-
en tus mismas barbas.
--¿Es usted casada, señora?
--Sí.
--¿Con hijos?
--Sin hijos.
--Y los negocios, ¿bien?
--Los negocios muy mal. ¡Son tan pobres las gentes!...
--¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas! ¡Y hasta oprimidas
vergonzosamente!... como dice usted.
--Como dice -usted---rectificó la tabernera, moviendo con más rapidez
los dedos y añadiendo algo al apellido -Barsad-.
--Perdone usted: cierto que fuí yo quien lo dije, pero no me cabe duda
de que usted lo piensa. No puede ser otra cosa.
--¿Que yo lo pienso?--replicó la tabernera.--Nos ocasiona a mi marido
y a mí demasiados quebraderos de cabeza el establecimiento para que
podamos permitirnos el lujo de pensar. En lo único que pensamos es en
que no nos falte lo necesario para vivir. Este es el objetivo de todas
nuestras cavilaciones, el que proporciona campo muy dilatado para todos
nuestros pensamientos. ¿Yo pensar para los demás? ¡No en mis días!
El espía, que había entrado decidido a recoger lo que pudiera, se
guardó muy mucho de permitir que su siniestra cara reflejara su
desencanto. Antes por el contrario, continuó apoyado de codos sobre
el mostrador, dirigiendo alguna que otra galantería a la tabernera y
tomando de tarde en tarde algún sorbito de coñac.
--La ejecución de Gaspard ha sido una brutalidad judicial, señora.
¡Pobre Gaspard!--exclamó, exhalando un suspiro.
--No estamos de acuerdo--replicó la tabernera con frialdad.--Justo es
que aquellos que se permiten dar a sus cuchillos el empleo que Gaspard
dió al suyo, lo paguen. Sabía él perfectamente el precio a que se pagan
esos lujos, y lo ha pagado: nada más natural.
--Creo--añadió el espía bajando la voz y como invitando a su
interlocutora a pasar al terreno de las confidencias, a la par que
daba a su siniestra cara expresión resueltamente revolucionaria,--creo
que todo este barrio compadece la suerte del desgraciado y ruge de
furor contra los que le han sacrificado. Aquí para entre los dos, lo
encuentro justificado.
--¿Pero existe ese furor?
--¿No lo ha observado usted?
--Aquí está mi marido--dijo la señora Defarge.
No bien entró el tabernero en el establecimiento, el espía saludó
llevando la mano al sombrero y diciendo con sonrisa insinuante:
--Buenos días, Santiago.
Defarge quedó como clavado en el suelo, fijos los ojos en el espía.
--Se equivoca usted, señor mío.--Me confunde usted con otro. No me
llamo Santiago: soy Ernesto Defarge.
--Es igual--repuso el espía con la sonrisa en los labios, bien que sin
poder ocultar del todo su contrariedad.--El nombre es lo de menos.
Buenos días.
--Buenos días--contestó secamente Defarge.
--Estaba diciendo a la señora, con la que he tenido el honor de charlar
un rato, que, según me dicen, reina en el barrio... y no me admira...
tanta simpatía en favor del infortunado Gaspard como irritación contra
los que inhumanamente lo han sacrificado.
--A nadie he oído decir semejante cosa--replicó Defarge.--No sé una
palabra.
Dicho esto, pasó detrás del mostrador y se colocó a espaldas de su
mujer. Desde el lado opuesto de la frágil barrera contemplaba el
matrimonio a aquel individuo a quien hubieran arcabuceado con el mayor
placer.
El espía, práctico en su oficio, no modificó su actitud de
indiferencia. Apuró el contenido de la copita que le habían servido,
tomó un sorbo de agua fresca, y pidió la segunda copa de coñac.
Sirviósela la señora Defarge, después de lo cual continuó haciendo
media con gran ardor y tarareando una tonadilla.
--Parece que conoce usted bien el barrio--observó Defarge;--quiero
decir, que lo conoce mejor que yo.
--No, amigo mío. Lo conozco muy poco, pero espero llegar a conocerlo
bien. Sus míseros habitantes despiertan en mí interés profundo.
--¡Ah!--exclamó Defarge.
--El placer de conversar con usted, señor Defarge--prosiguió el
espía--me recuerda que he tenido el honor de familiarizarme con
incidentes en los cuales ha tomado usted parte activa.
--¡De veras!--dijo Defarge con indiferencia.
--Nada más cierto. Cuando pusieron en libertad al doctor Manette,
hízose usted, en tiempos pasados su criado, cargo de él. Se lo
confiaron a usted. Ya ve, pues, que estoy al tanto del asunto.
--Es verdad: tiene usted razón--contestó.
Accidentalmente, el codo de su mujer, que continuaba moviendo las
agujas con gran actividad, rozó el suyo, y en el roce, a pesar de
ser accidental, vió Defarge una indicación de que contestase él las
preguntas del espía, pero con brevedad.
--Se presentó a usted la hija del doctor--continuó el espía.--Vino en
compañía de un caballero... ¿cómo se llamaba éste?... Un caballero
que usaba peluquín... ¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba... del Banco
Tellson y Compañía... Vino en compañía del señor Lorry, se hizo cargo
de la persona de su padre y lo llevó a Inglaterra.
--Así fué, en efecto--repitió Defarge.
--Siempre recuerda uno con gusto incidentes semejantes--repuso el
espía.--He conocido al doctor Manette y a su hija en Inglaterra.
--¿Sí?--preguntó Defarge.
--¿Recibe usted noticias suyas con frecuencia?--preguntó el espía.
--No--respondió Defarge.
--Hace muchísimo tiempo que no sabemos de ellos--terció la señora del
tabernero.--Recibimos noticias de que habían llegado bien, y algún
tiempo después una carta... quizá dos; pero luego, ellos han seguido
su camino, nosotros el nuestro, y ha cesado en absoluto nuestra
correspondencia.
--Es lo que suele ocurrir--observó el espía.--La hija está para casarse.
--¿Está para casarse?--repitió la señora Defarge.--Es bastante hermosa
para haberse casado hace mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes, los
ingleses, son bloques de hielo en vez de hombres!
--¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted que soy inglés?
--Veo que su lengua es inglesa, y siempre he creído que el hombre es de
la misma nacionalidad que su lengua.
El ver descubierta su nacionalidad no hizo ninguna gracia al espía,
aunque tuvo buen cuidado de guardar en el fondo de su pecho el
descontento. Soltó una carcajada, apuró el contenido de la copa y
repuso:
--Pues sí, la señorita Manette está para casarse, pero no con un
inglés, sino con un hombre que, como ella, nació en Francia. ¡A
propósito de Gaspard!... ¡Pobre Gaspard!... ¡Fué una crueldad... un
acto de ferocidad!... Pues bien, el hombre con quien la señorita
Manette va a casarse es el sobrino del señor Marqués por cuya causa
bailó Gaspard a una altura de cuarenta pies sobre el suelo; mejor
dicho: el Marqués actual. Vive en Inglaterra bajo nombre supuesto, sin
ostentar el título de Marqués. Se hace llamar Carlos Darnay; ya sabe
usted que el apellido de su madre era D'Aulnais.
La señora Defarge no tenía ojos ni manos, ni facultades más que para la
media que hacía, pero la noticia produjo en su marido efecto palpable.
Su cara reflejó intensa turbación, pese a sus esfuerzos por dominarse,
temblaban sus manos, y su agitación interior le salía por todos los
poros de su cuerpo. No habría sido el espía digno de su cargo si no
hubiese reparado en ello y grabádolo en su memoria.
Obtenido ese resultado, bien que sin saber si podría serle de algún
provecho, el señor Barsad, viendo que no llegaban parroquianos cuyas
conversaciones hubieran podido facilitarle datos preciosos, pagó lo que
había tomado y se despidió, no sin manifestar, con suma amabilidad,
que tendría el placer de visitar con frecuencia el establecimiento.
Minutos después, cuando el espía había salido del radio protegido por
San Antonio, marido y mujer continuaban exactamente lo mismo que si el
espía no hubiera salido de la tienda, temiendo, sin duda, que volviera
sobre sus pasos.
--¿Será verdad lo que ese hombre ha dicho a propósito de la señorita
Manette?--preguntó Defarge en voz baja.
--Probablemente será mentira; pero no niego que puede ser
verdad--respondió la mujer.
--Si lo es...
Defarge no terminó su pensamiento.
--¿Qué?--preguntó la mujer.
--Si lo es... y dado que las cosas vengan en forma que nosotros podamos
ver el triunfo... por ella desearé yo que el Destino retenga lejos de
Francia a su marido.
--El destino de su marido le llevará a donde deba ir--respondió
con calma glacial la tabernera--y le conducirá al fin que le está
destinado. Es lo único que puedo decirte.
--Pero me negarás que es muy... extraño... digo extraño por no emplear
otro calificativo... ¿no te parece extraño que con toda la simpatía que
siempre nos ha merecido su padre, y aun ella misma, proscribas tú con
tu propia mano en este instante a su marido, sin más fundamento que lo
que acaba de decir ese perro del infierno que se fué hace un momento?
--Cosas más extrañas que esa ocurrirán cuando llegue el día--respondió
la señora Defarge.--A los dos los tengo aquí; no te quepa duda; y se
les tratará según sean sus merecimientos. Esto debe bastarte.
Dichas estas palabras, recogió la media y quitó la rosa que adornaba su
cabeza. Fuera que instintivamente sabía San Antonio la hora, el momento
preciso en que la tabernera haría desaparecer aquella flor inocente que
tanto parecía desagradarle, fuera que estuviese acechando el instante
de su desaparición, es lo cierto que el Santo no tardó en presentarse,
y que, al cabo de contados segundos, el establecimiento había recobrado
la animación de costumbre.
Llegada la noche, en las épocas del año en que los habitantes de San
Antonio se sentaban en las puertas de sus casas o se reunían por calles
y patios buscando aire puro que respirar, la señora Defarge, con su
labor en las manos solía ir de puerta en puerta y de grupo en grupo...
especie de misionero como tantos otros. Todas las mujeres hacían
calceta, sin duda para que aquel trabajo mecánico substituyese al de
las mandíbulas, en paro forzoso la mayor parte del tiempo. Ya que no
podían moverse las mandíbulas ni el aparato digestivo, se movían las
manos. Si el paro se hubiese extendido hasta los dedos, los estómagos
habrían sentido más los rigores del hambre.
A la par que se movían los dedos se movían también los ojos y los
pensamientos; y a medida que la señora Defarge pasaba de puerta en
puerta y de grupo en grupo, los dedos de las mujeres que encontraba
trabajaban con ardor redoblado, y los ojos miraban con mayor fiereza y
la actividad de los pensamientos se centuplicaba.
Su marido fumaba junto a la puerta de la taberna, contemplando a la
compañera de su vida con admiración.
--¡Una mujer grande... una mujer fuerte... una mujer
sublime!--murmuraba.
Cerró la noche; repicaron las campanas de las iglesias y sonaron a
lo lejos los redobles de los tambores: las mujeres seguían haciendo
calceta. Aproximábase otra noche más tenebrosa, otra noche en que las
campanas de las iglesias, que entonces repicaban con alegría, darían su
bronce para fundir con él tronadores cañones, en que los redobles de
los tambores atronarían los aires para ahogar la voz de un condenado...
omnipotente aquella noche, con la omnipotencia que dan el poder y la
abundancia, la libertad y la vida. Los tules de la noche envolvían a
las mujeres que hacían calceta, como envolverían dentro de poco aquel
otro edificio, no construído todavía, donde se sentarían, también
haciendo calceta pero viendo y contando al propio tiempo las cabezas
que una tras otra caían.
XVII
UNA NOCHE
Ni el refugio tranquilo de Soho admiró jamás puesta de sol tan hermosa
como la de la tarde memorable en que el doctor Manette y su hija la
contemplaron sentados bajo el copudo plátano que se alzaba en el patio
de la casa, ni la luna surgió nunca tan radiante y esplendorosa sobre
la ciudad de Londres como la noche que encontró a aquellos sentados
bajo el árbol y bañó sus rostros y sus cabezas con una luz plácida que
cernían las hojas.
Lucía debía casarse al día siguiente, y quería consagrar a su padre la
última noche de soltera: a esta circunstancia era debido que estuviera
sentada bajo el plátano en compañía del autor de sus días.
--¿Eres feliz, padre querido?
--Completamente, hija mía.
Aunque se encontraban en el lugar mencionado desde algunas horas antes,
era muy poco lo que habían hablado. Otros días, cuando la niña se
sentaba bajo el árbol en compañía de su padre, trabajaba o leía; mas en
la ocasión presente, aun durante el tiempo en que tuvo luz sobrada para
trabajar o para leer, no hizo ni lo uno ni lo otro. Las circunstancias
habían variado, y cuando éstas varían, se interrumpe la costumbre.
--También soy feliz yo, muy feliz esta noche, padre mío. Me hace feliz
ese amor que el Cielo ha bendecido... mi amor a Carlos y el amor de
Carlos por mí. Sin embargo, si yo no pudiera continuar consagrándote
mi vida, si mi matrimonio me impusiera la obligación de separarme de
ti, aun cuando entre nuestra casa y la tuya no mediara más que el ancho
de la calle, lejos de considerarme feliz, me sentiría desgraciada. Aun
así...
Aun así la emoción concluyó por dominarla por completo.
A la luz melancólica de la luna, echó los brazos al cuello de su padre,
y sobre el pecho de éste reclinó la cabeza. La luz de la luna, que
siempre es triste, como triste es la luz del sol... como triste es la
luz que llamamos vida humana, que hoy luce y mañana se ha extinguido,
iluminó un cuadro sencillamente conmovedor.
--¡Padre querido! ¿Estás convencido... firmemente convencido, de que
entre nosotros no han de interponerse jamás nuevos amores míos, nuevos
deberes míos? Yo sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga esta certeza en el
fondo de tu corazón?
--¡Completa, absolutamente convencido!--respondió el padre con acento
de firme convicción.--¡Más aún, hija mía!--añadió, besándola.--Mi
futuro se presenta a mis ojos más brillante visto a través de tu
matrimonio de lo que lo vería si continuaras soltera.
--¡Si pudiera creerte, padre mío...!
--Pues créelo, encanto mío, porque así es. Piensa que nada más natural
ni más lógico. ¡Si supieras la ansiedad que a un padre produce el
porvenir de una hija adorada...! ¡Si pudieras apreciar cuán grandes
son mis anhelos de prevenir contingencias que acaso te hicieran
desgraciada...!
La niña quiso sellar con su mano los labios de su padre, pero éste se
lo impidió apoderándose de la mano, y prosiguió así:
--Desgraciada, hija mía, sí; arrancada al orden natural de las cosas...
por causa mía. Tu abnegación, tu falta de egoísmo no es posible que
comprendan cuánto me ha preocupado ese punto; pero si te preguntas
cómo puede ser mi felicidad completa siendo incompleta la tuya, acaso
comprendas mis palabras.
--Si nunca hubiera visto a Carlos, padre mío, tú sólo hubieses bastado
para que mi dicha fuera completa.
El padre no pudo menos de sonreir ante aquella confesión inconsciente
de que su hija sería desgraciada sin Carlos, después de haberle visto,
y contestó:
--Hija mía; viste a un hombre, y ese hombre era Carlos; de no haber
sido Carlos, sería otro; y si no hubiese sido otro, no te quepa duda de
que la causa habría sido yo, en cuyo caso, el período desgraciado de mi
vida no sólo me hubiese envuelto a mí en sus tenebrosas sombras, sino
también alguien más, y ese alguien hubieras sido tú.
Era la primera vez, después de la vista de la causa de Darnay, que el
doctor hacía alusión a su desgracia.
--¡Mírala!--exclamó el doctor de Beauvais, extendiendo el brazo en
dirección a la luna y dando a sus palabras una entonación que su hija
no pudo olvidar en mucho tiempo.--Muchas veces la he visto desde la
estrecha ventana de mi calabozo, cuando su luz me hacía daño. La he
contemplado muchas veces cuando me producía torturas tan espantosas
pensar que brillaba sobre los seres que yo había perdido, que de buena
gana me hubiese lanzado de cabeza contra los muros de mi prisión.
La he contemplado encontrándome en tal estado de atontamiento e
imbecilidad, que no se me ocurría pensar en otra cosa que en el número
de líneas horizontales que en su superficie podría trazar durante
el plenilunio, y el de las perpendiculares con que me sería dable
cortar a las primeras. Recuerdo que calculaba que cabían veinte de
cada clase--añadió pensativo--y la vigésima cabía con dificultad.
La he contemplado pensando millones de veces en el hijo del que me
arrancaron violentamente antes que naciera... Pensaba si había nacido
vivo, si vivía, si el dolor de la madre habría muerto a los dos.
Pensaba sí, caso de ser varón, vengaría a su padre, pues mientras
estuve enterrado en vida, hubo tiempo en que me dominaba un deseo
intolerable de venganza; pensaba si acaso nunca llegaría a saber la
triste historia del autor de sus días, si tal vez creyera que su padre
había desaparecido libre y espontáneamente. Pensaba que si era hija,
llegaría a ser mujer, y me la representaba olvidada por completo de mí,
ignorante de mi existencia. Con la imaginación la veía crecer, vivir
un año y otro año; la he visto casada con un hombre que desconocía mi
triste suerte. Me he considerado muerto para el mundo de los vivos, y
he visto la generación siguiente a la mía en la que yo no figuraba.
--¡Padre mío!--exclamó la joven, besando a su padre con transporte.--No
ha existido nunca esa hija a la que tus pensamientos se referían, pero,
esto no obstante, casi me hace tanto daño oirte hablar como hablas como
si esa hija fuera yo.
--¿Tú, Lucía? ¡Al contrario! Precisamente esos recuerdos brotan de
la dicha, de los consuelos que me has traído, y como son recuerdos
agradables, tengo placer en recordarlos a la luz de la luna de nuestra
noche última... ¿Qué estaba diciendo?
--Que nada sabía de ti tu hija... que no se acordaba de ti.
--Es verdad; pero otras noches, cuando mi tristeza y el silencio que me
rodeaba daban a mi emoción rumbo distinto, cuando me producían algo así
como una sensación dolorosa de paz... como una emoción cuyo fundamento
era el dolor... me imaginaba a mi hija penetrando en mi calabozo
sacándome de la fortaleza en que estaba encerrado y proporcionándome la
libertad. Muchas, muchísimas veces he visto su imagen a la luz de la
luna, lo mismo que en este momento veo la tuya. Había, sin embargo, una
diferencia, y es, que jamás pude llegar a estrecharla entre mis brazos,
que siempre la veía fría, inmóvil, rígida en el centro del calabozo, en
el espacio comprendido entre la reja y la puerta... Ya comprenderás que
no eras tú la niña de que hablo.
--No lo era; es cierto... pero tu fantasía te hacía creer...
--No; nada de eso. Mi órgano visual, perturbado, es claro, la veía
inmóvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales
perseguían era el fantasma de otra niña distinta y más real. De su
aspecto externo, no sé sino que se parecía a su madre la imagen que
veían mis ojos... y el otro, el fantasma... también se le parecía...
como te pareces tú... pero era un parecido diferente. ¿Me entiendes,
Lucía? No, ¿verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos
siglos recluído y separado de los suyos pueda comprender las
distinciones sutiles de un prisionero.
Aunque la calma del padre era perfecta, la joven sentía correr hielo
por sus venas al oirle cómo disecaba la condición de ánimo en que en
tiempos, afortunadamente pasados, se encontró.
--Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para
decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos
de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato
lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era
activa, feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia.
--Esa hija era yo, padre mío. No era, ni con mucho, tan buena como te
la imaginabas, pero mi tierno cariño no lo exageraba tu fantasía.
--Me enseñaba también a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba
de mí. Todos ellos habían aprendido a compadecerme. Cuando pasaban
cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado,
desviaban sus miradas de sus ceñudos muros, miraban con temor a sus
rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no podía darme la libertad;
pero aun así, bastaba que me la representase mostrándome las cosas
que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lágrimas
consoladoras y para que cayera de rodillas bendiciéndola.
--Yo soy esa hija, sí, yo soy. ¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás mañana
con ese mismo fervor?
--Recuerdo esas torturas antiguas, Lucía querida, porque así resalta
más y más la dicha que esta noche me embarga. Jamás mis esperanzas,
ni aun cuando fueron más desmesuradas, llegaron a representarme una
felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado,
como la que espero saborear en lo futuro.
Abrazó a continuación a su hija, la bendijo solemnemente y dió gracias
fervientes a Dios que se la había concedido. Poco después entraban
abrazados en la casa.
No asistirían invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del
matrimonio se harían alteraciones en la residencia del doctor. Habíanse
limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta
entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados
sus deseos.
El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres
personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la señorita Pross. El
doctor sintió que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sintió
tentaciones de regañar a las que fraguaron el complot que le había
alejado, y bebió a su salud.
Ya muy tarde, dió las buenas noches a Lucía y se retiró a su
habitación. A las tres de la madrugada, la joven, no del todo libre de
temores y de presentimientos, se levantó y entró sigilosamente en el
dormitorio de su padre.
Todo lo encontró en su puesto, todo en orden, todo tranquilo. El
doctor dormía con placidez, su larga cabellera blanca caía sobre la
almohada y sus manos reposaban con naturalidad sobre la colcha. La niña
dejó la palmatoria en un rincón, avanzó hasta el lecho y rozó con sus
frescos labios los agostados de su padre. A continuación posó sobre él
una mirada intensa.
Hondas huellas habían dejado en su perfecto rostro las aguas amargas
del cautiverio; pero tan firme, tan enérgica era la resolución de aquel
padre, que hasta durmiendo conseguía disimularlas. En los extensos
dominios del sueño, seguramente no se habría encontrado aquella noche
otro rostro tan prevenido contra las miradas de cualquier visitante
inesperado como el del doctor Manette.
Tímidamente posó una mano sobre aquel pecho tan querido, y pidió con
fervor a Dios que le concediese serle siempre tan fiel como su amor
paternal y sus pasados sufrimientos merecían. Retiró luego la mano,
besó aquella boca adorada una vez más, y salió del dormitorio.
Cuando nació el sol, las sombras que las hojas del plátano proyectaban
sobre su cara no se movían con tanta dulzura como se movieron los
labios de Lucía cuando dirigió al Cielo su plegaria.
XVIII
NUEVE DIAS
La naturaleza desplegó todas sus galas el día del matrimonio. Ya
estaban dispuestos todos los que a la ceremonia debían asistir,
esperando que el doctor saliera de su habitación, donde estaba hablando
con Carlos Darnay. Junto a la puerta de la habitación indicada estaban
la novia, radiante de belleza, el señor Lorry y la señorita Pross...
para la cual el suceso, merced a un proceso gradual de reconciliación
con lo inevitable, hubiese sido manantial de dicha infinita, de no
ensombrecerlo un poquito la penosa consideración de que el novio no
debía ser Carlos Darnay sino su hermano Salomón.
--¡La verdad es que hice un negocio redondo!--exclamó Lorry, quien no
se cansaba de admirar a la novia.--¡Mire usted que acompañarla en su
viaje a través del Canal para esto! ¡Válgame Dios, y qué poco pensé lo
que hacía! ¡Y qué poco valor concedía yo al servicio que en aquella
ocasión presté a mi buen amigo Carlos Darnay!
--¡No sé cómo podía usted concederle más o menos valor del justo si ni
remotamente soñaba en lo que había de suceder!--observó la señorita
Pross.--¡Tonterías!
--¿De veras? Quizá tenga usted razón... Pero no llore--replicó Lorry.
--Yo no lloro; el que llora es usted--replicó la señorita Pross.
--¿Yo, Pross de mis pecados?--preguntó Lorry, que ya se atrevía a
bromear con su interlocutora alguna que otra vez.
--Usted, sí. Llora en este instante, lo he visto, y es tonto que me lo
niegue. Además, no me extraña. Un regalo como el que usted ha hecho
a la señorita, es para arrancar lágrimas a los ojos de una estatua
de piedra. ¡Vaya un servicio de plata! Yo estuve llorando anoche
sobre cada uno de los tenedores, sobre cada una de las cucharas de la
colección desde que llegó el estuche hasta que pude verlo abierto.
--Lo que me envanece sobremanera, aunque por mi honor juro que no fué
mi intención que ese pequeño recuerdo hiciera sufrir a nadie. ¡Diablo,
diablo! ¡He aquí una ocasión que obliga a un hombre a pensar con pena
en lo lo que ha perdido! ¡Cuando me acuerdo de que hace ya cincuenta
años que podría haber en el mundo una señora Lorry...!
--¡Lo niego!--replicó la señorita Pross.
--¡Cómo! ¿Opina usted que era imposible que hubiera una señora Lorry?
--¡Quite usted allá! ¡Desde que lo mecían en su cuna viene usted siendo
soltero!
--Lo creo muy probable--contestó Lorry arreglándose el peluquín.
--Y antes que lo pusieran en la cuna, lo cortaron para solterón
sempiterno.
--En cuyo caso, hicieron muy mal, pues debieron escuchar mi voto antes
de escoger el patrón... Estoy oyendo ruido de pasos en la habitación
contigua, mi querida Lucía--añadió pasando el brazo alrededor de la
cintura de la novia--y la señorita Pross, y yo, como personas formales
y de negocios que somos, suspendemos nuestra controversia, porque no
queremos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece para decirla
algunas cosillas que no la desagradará oir. Va usted a dejar a su
padre, querida niña, en manos tan cariñosas y tan deseosas de servirle
como las de usted, en manos que se desvivirán por atenderle y cuidarle
durante las dos semanas que los felices desposados han de pasar en
Warwickshire y sus contornos. Hasta el Banco Tellson retrocederá,
metafóricamente hablando, para darle paso. Y cuando terminados los
quince días, acompañe a usted y a su querido esposo en el viaje a
Wales, que ha de durar otros quince días, ha de confesar usted que
se lo devolvemos más contento y feliz de lo que nos lo dejó... Pero
-alguien- se acerca a la puerta, y esta linda muchachita permitirá que
la bese un solterón empedernido antes que aquel -alguien- llegue y
reclame lo que es suyo.
El excelente Lorry estuvo un buen espacio contemplando aquel hermoso
rostro, separó luego los sedosos rizos de oro, que se confundieron con
su peluquín castaño, y posó sus labios sobre la tersa frente con la
delicadeza con que hacían estas cosas los contemporáneos de Adán.
Abrióse la puerta de la habitación del doctor saliendo éste seguido
de Carlos Darnay. Mortal palidez cubría el rostro del primero, en el
que ni rastros de color quedaban, palidez que no existía cuando en su
habitación quedó encerrado con Darnay. Su actitud, sin embargo, su
expresión, continuaban inalterables, aunque el ojo penetrante de Lorry
descubrió cierta indicación sombría que acusaba el paso sobre su alma
del soplo de repulsión y de odio que otras veces, semejante a fugaz
ráfaga de viento helado, le había azotado.
Dió el brazo a su hija y la acompañó hasta el carruaje que Lorry, en
atención a la solemnidad del día, había alquilado. Las demás personas
se acomodaron en otro carruaje, y minutos después, Carlos Darnay y
Lucía Manette quedaban unidos con dulces e indisolubles lazos en la
iglesia próxima.
Además de las transparentes lágrimas que brillaron entre sonrisas
mientras tenía lugar la ceremonia, en la mano de la novia chispearon
algunos brillantes de aguas clarísimas que momentos antes habían sido
libertados de la obscuridad de uno de los bolsillos del señor Lorry,
donde se hallaban recluídos. Regresaron los novios a la casa, seguidos
por el reducido círculo de invitados, almorzaron, y más tarde, la
hermosa cabellera de oro que en otro tiempo confundiera sus hebras con
los blancos mechones del pobre zapatero que en un sotabanco de París
hacía zapatos con verdadero ardor, volvió a juntarse con los mismos,
bañada por los resplandores de un sol matinal, en el umbral de la
puerta y en el momento de la despedida.
Era una separación dolorosa, aunque su duración habría de ser poca. El
padre animó a su hija, se desprendió dulcemente de los amantes brazos
de ésta, y dijo con expresión animada:
--¡Tómala, Carlos! ¡Es tuya!
Un minuto después, por la ventanilla de una silla de posta que se
alejaba salía una mano que agitaba un pañuelo; la mano de Lucía.
Como el rinconcito de Soho estaba a cubierto de miradas curiosas y
fuera de los sitios frecuentados por los ociosos, y por otra parte,
los preparativos habían sido sencillos y nada aparatosos, una vez se
hubieron ido los novios, quedaron completamente solos el doctor, el
señor Lorry y la señorita Pross. Cuando los tres volvieron a entrar en
el salón, fué cuando Lorry reparó en el cambio terrible que acababa
de sufrir el doctor: no parecía sino que el brazo del gigante de oro
había descargado sobre él un golpe envenenado.
Natural era que a los esfuerzos violentísimos que necesariamente hubo
de hacer para mantener cerrada dentro del pecho su emoción, siguiera
la revulsión, también violenta, tan pronto como desapareciera la
causa, la ocasión de aquéllos. No fué, pues, la revulsión, no fué el
aplanamiento, lo que alarmó al señor Lorry, sino el enajenamiento
con que llevó el doctor las manos en la cabeza, la monotonía lúgubre
con que empezó a pasear tan pronto como entró en la habitación, y
le alarmaron esos síntomas, porque le recordaron el sotabanco de la
taberna de Defarge y la condición en que allí encontró al doctor.
--Creo--dijo en voz muy baja a la señorita Pross--que no debemos
dirigirle la palabra en este instante ni distraerlo en forma alguna.
Voy a dar un vistazo al Banco, de donde regresaré dentro de un momento.
A mi vuelta, le sacaré al campo, donde comeremos después de dar un buen
paseo, y espero que de esa suerte conseguiremos disipar los negros
pensamientos que parece que flotan sobre su alma.
Nada más fácil para Lorry que entrar en el Banco; pero nada más difícil
que salir de él. El vistazo que se proponía dar duró dos horas. Cuando
volvió a la casa de Soho y subió la escalera, sin preguntar al criado
que salió a abrirle, al ir a entrar en la habitación del doctor, a la
cual se dirigía en derechura, quedó como clavado en el suelo. Dentro de
la habitación sonaban recios y repetidos golpes.
--¡Buen Dios!--exclamó, retrocediendo un paso--¿Qué es eso?
La señorita Pross, con el terror pintado en su cara, murmuró en su oído:
--¡Qué desgracia...! ¡Pobres de nosotros...! ¡Todo está perdido, todo!
¿Qué le decimos a la señorita? ¿Quién se lo dice? ¡Oh...!--añadió,
retorciéndose las manos--¡No me conoce, señor Lorry, y está haciendo
zapatos!
Esforzóse Lorry por calmarla, bien que inútilmente, y penetró en la
habitación del doctor. Había acercado éste la banqueta a la ventana,
tal como la tenía colocada en el sotabanco de París, y trabajaba con
ardor, doblada la cabeza sobre el zapato.
--¡Doctor Manette!--gritó Lorry.--¡Mi amigo querido... mi buen doctor
Manette...!
Alzó la cabeza el doctor, miró al que le llamaba con expresión entre
de extrañeza y de cólera, descontento sin duda de que se atrevieran a
dirigirle la palabra... y prosiguió su tarea.
Habíase despojado de la levita y del chaleco, llevaba la camisa
desabrochada y el pecho desnudo, exactamente igual que cuando le
encontraron en el sotabanco de la taberna, hasta había recobrado
su rostro el antiguo aspecto macilento y sombrío de los años de su
desgracia, y trabajaba con ardor extraordinario, con impaciencia, como
quien termina una obra urgente y no quiere ser interrumpido.
Miró Lorry el zapato que el doctor cosía y vió que era de forma muy
pasada de moda. No se atrevió a sacárselo de las manos; pero tomó otro
que había a los pies del zapatero, y preguntó a éste qué era.
--Zapato de paseo para señorita--contestó el doctor sin alzar los
ojos.--Hace ya mucho tiempo que debí terminarlo. Déjeme en paz.
--¡Pero por Dios vivo, doctor Manette!--exclamó Lorry.--¡Míreme!
Obedeció el doctor con la sumisión mecánica antigua, pero sin
interrumpir su labor.
--¿No me conoce ya, mi querido amigo? ¡Vuelva usted en sí, doctor
Manette! Su oficio no es el de zapatero... no lo ha sido nunca.
Fué trabajo perdido intentar arrancarle una sola palabra. Alzaba
momentáneamente la cabeza cuando Lorry se lo decía, pero todas las
instancias, todas las súplicas fueron estériles: no habló. Trabajaba,
cosía con verdadero ardor, y las palabras que le eran dirigidas
resbalaban sobre sus oídos, cual resbalarían sobre frío muro de acero.
Un solo rayo de esperanza brilló entre las sombras de desesperación
que envolvieron a Lorry, y fué que algunas veces, el doctor le miraba
furtivamente sin que él se lo dijera. El rayo de esperanza era débil,
como que no tenía más fundamento que el de ser las miradas de su amigo
a manera de indicación de curiosidad, de perplejidad de ánimo, algo así
como síntoma de que el doctor intentaba armonizar, poner de acuerdo
ciertas dudas que hubiesen surgido en su alma.
Lorry opinó que se imponía la necesidad de adoptar dos resoluciones
importantes, aparte de otras de importancia más secundaria: la primera,
evitar que Lucía tuviera noticia de la desgracia, y la segunda,
evitar que ésta llegara a oídos de ninguna de las personas que
conocieran al doctor. Puesto de acuerdo con la señorita Pross, tomó
inmediatamente las medidas de precaución necesarias para conseguir el
segundo resultado, y éstas consistieron en manifestar que el doctor se
encontraba indispuesto, y que su estado de salud exigía algunos días de
reposo y de aislamiento absoluto. Para engañar a su hija, la señorita
Pross debía escribir una carta haciéndola saber que su padre había
tenido que salir por asuntos de su profesión, y comentando una misiva
recibida por correo y escrita por el doctor a toda prisa, en la cual se
limitaba a decir que su ausencia sería breve.
Estas medidas eran, por decirlo así, de carácter general, y Lorry las
adoptó por si la crisis desgraciada del doctor desaparecía pronto.
Por si esta solución no se hacía esperar, consideró necesario, o muy
conveniente por lo menos, seguir un plan del que se prometía grandes
resultados para lo futuro, plan que consistía en formar opinión fundada
y motivada acerca de la condición de ánimo de su amigo.
Muy pronto hubo de convencerse de que, hablarle, no sólo era
perfectamente inútil, sino también perjudicial, puesto que cuando le
estrechaba a fuerza de preguntas o de observaciones, le desazonaba
y excitaba más y más. Desistió, en consecuencia, de hablarle, y
resolvió no dejarle un momento solo, convertirse en protesta muda
contra el engaño en que había caído o estaba cayendo. A este efecto,
y en su deseo de llevar a cabo la noble misión que se había impuesto
envolviéndola en el mayor secreto, por primera vez en su vida tomó las
medidas convenientes para permanecer por plazo indefinido ausente del
Banco, y se posesionó de una butaca colocada junto a la ventana de la
habitación del doctor, donde se pasaba el tiempo leyendo o escribiendo.
El doctor Manette comió y bebió lo que le sirvieron, y trabajó el día
primero hasta que le faltó la luz, siendo de notar que, cuando él hubo
de dejar su tarea, hacía ya media hora larga que Lorry había tenido que
dejar a un lado el libro que estaba leyendo, sencillamente porque no
veía ya las letras. Lorry se levantó al ver que el doctor dejaba los
útiles del oficio, y le preguntó:
--¿Quiere usted salir?
Clavó el doctor los ojos en el suelo, los llevó de una parte a otra
como en tiempos pasados, y alzándolos al fin, dijo:
--¿Salir?
--Sí... A dar un paseo conmigo: ¿por qué no?
No intentó explicar por qué no, ni volvió a despegar los labios; pero
Lorry, mientras le contemplaba con mirada penetrante, doblando el
cuerpo, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las
palmas de las manos, creyó que el desdichado se preguntaba a sí mismo:
«¿Por qué no?» La sagacidad del hombre de negocios vió en ello una
ventaja, y resolvió sacar de ella todo el partido posible.
Durante las noches, vigilaban al enfermo desde la habitación contigua,
ora el señor Lorry ora la señorita Pross, a cuyo efecto habían
establecido dos turnos, correspondientes a otras tantas mitades en que
dividieron el servicio de guardia. El doctor solía pasar algún tiempo
paseando por su cuarto antes de recogerse en el lecho; pero cuando se
acostaba, dormíase profundamente y disfrutaba de un sueño tranquilo.
Llegada la mañana, no bien se levantaba, dirigíase en línea recta a su
banqueta y se ponía a trabajar.
En el segundo día de la crisis, Lorry saludó al doctor llamándole
por su nombre, y seguidamente comenzó a hablarle de asuntos que a
entrambos eran muy familiares. No le contestó aquél, pero era evidente
que oyó lo que se le decía y que pensaba en ello, bien que de una
manera confusa. Esto animó a Lorry, quien rogó a la señorita Pross que
entrara a hacerle compañía varias veces durante el día, a fin de hablar
constantemente de Lucía y de su padre, presente a las conferencias,
con naturalidad y como si nada hubiese sucedido. Los resultados no
fueron muy felices, pero tampoco tan estériles que no animaran a Lorry
a continuar el plan, pues se consiguió, ya que no otra cosa, disipar,
siquiera fuera por breves instantes, el estado de indiferencia en que
se hallaba sumido.
Cuando cerró la noche de este segundo día, Lorry repitió su pregunta
del día anterior:
--Mi querido doctor: ¿quiere usted salir?
Y como el día anterior respondió el interrogado:
--¿Salir?
Fingió Lorry una ausencia al no poder obtener otra contestación,
volviendo a entrar al cabo de una hora. Mientras Lorry estuvo fuera, el
doctor retiró la banqueta que estaba junto a la ventana y se sentó en
una silla, desde donde estuvo contemplando el plátano del patio; pero
no bien entró Lorry en la habitación, volvió a sentarse en la banqueta.
Pasaron los días, y las esperanzas que Lorry concibiera íbanse
desvaneciendo poco a poco. Cierto que la desgracia no había salido de
la habitación del doctor; cierto que era un secreto para todos, que
Lucía ni remotamente la sospechaba y que era feliz y estaba contenta;
pero el buen banquero no podía menos de ver, con profunda pena, que el
zapatero, cuya mano estaba torpe los primeros días, iba adquiriendo una
habilidad maravillosa, que el doctor tomaba por momentos más gusto al
oficio, y que sus manos en ninguna hora del día trabajaban con tanto
ardor y tanta destreza como cuando la noche tendió su negro manto sobre
el día noveno después de la desgracia.
XIX
UNA OPINIÓN
Muertas las energías a manos de largas y ansiosas horas de incesante
vigilancia, el señor Lorry cayó dormido en su puesto de honor. Un rayo
tan indiscreto como brillante del sol matinal vino a sacudir el pesado
sueño que le venciera la noche anterior, que era la décima de las de la
serie de vigilancia.
Con mano nerviosa se frotó los ojos, púsose en pie y corrió a la
entrada del dormitorio del doctor. Allí se detuvo con brusquedad,
preguntándose si dormía o si estaba despierto. ¿Motivos? Los tenía
sobrados: la banqueta, con el resto de los útiles del oficio de
zapatero, estaba en un rincón, y el doctor leía tranquilamente,
arrellanado en una butaca junto a la ventana. Vestía traje de mañana,
y su rostro, que Lorry veía perfectamente, aunque un poquito pálido,
reflejaba una calma y una placidez absolutas.
Unos cuantos pellizcos administrados con mano firme llevaron al ánimo
del señor Lorry el convencimiento de que no dormía: punto era éste
que quedaba perfectamente aclarado y dilucidado. Pero si entonces
estaba despierto, ¿no se pasó durmiendo los días anteriores? El
zapatero, que tantos quebraderos de cabeza le proporcionó, ¿no sería
un personaje soñado, un hijo de prolongada pesadilla? ¿Cabía otra
explicación al hecho de que estuviera entonces viendo, con sus propios
ojos, perfectamente despiertos, a su amigo, vestido como de ordinario,
tranquilo como de ordinario, y leyendo como de ordinario?
Y sin embargo, de no haber sido su confusión y su atonía tan grandes,
esta hipótesis última caía por su base. Si el desgraciado cambio de tan
profunda impresión le había producido fué soñado y no real, ¿qué hacía
en la tranquila casa de Soho el banquero del famoso Tellson? ¿Cómo
acababa de encontrarse dormido, vestido y calzado, sobre el sofá de la
sala de consultas del doctor Manette? ¿Por qué le asaltaban aquellas
dudas a hora tan temprana de la mañana y precisamente en la entrada de
la alcoba del doctor?
Minutos después, la señorita Pross susurraba algunas palabras en su
oído. Si algún resto de duda hubiese quedado en su ánimo, las palabras
que herían sus oídos la habrían disipado, pero no quedaban ya: su
cabeza estaba fresca y las dudas habían desaparecido. Ante el nuevo
estado de cosas, aconsejó Lorry no hacer nada hasta que llegase la
hora del almuerzo, y visitar entonces al doctor como si nada hubiera
ocurrido. Si su amigo continuaba tranquilo y dueño de sí mismo, Lorry
le interrogaría con cautelosa astucia y procuraría obtener de él mismo
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