aun así, los vapores del vino, unidos a los del ron y del aguardiente, le molestaban en tales términos, que procuraba alejarlos de su nariz a fuerza de resoplidos y de darse aire con las manos. --Estás cansado, amigo mío--dijo su mujer, dirigiéndole una mirada mientras anudaba el dinero.--El olor que aquí se respira es el de todos los días. --En efecto; estoy cansado--contestó Defarge. --Y un poco deprimido y descorazonado--repuso la tabernera, cuyos penetrantes ojos, no obstante estar atentos a las cuentas, distraían uno o dos rayos para examinar al marido.--¡Ah... los hombres!... --Pero... --No hay pero que valga--replicó la señora con entereza.--Repito que esta noche te encuentras descorazonado. --¡Tarda tanto tiempo!--exclamó Defarge. --¿Tarda tanto tiempo?... ¿Y qué es lo que no exige tiempo? ¡Siempre lo han exigido la venganza y la justicia! --No es mucho el que emplea el rayo para herir al hombre--observó Defarge. --¿Y cuánto tiempo tarda en acumularse la electricidad necesaria para que brote el rayo? ¡Dímelo, si es que lo sabes! Defarge alzó la cabeza, pero no contestó. --Poco tiempo tarda un terremoto en hacer polvo a una ciudad. Pues bien: ¿cuánto tiempo se necesita para preparar un terremoto? --Mucho, supongo--respondió Defarge. --Pero cuando está preparado, cuando sobreviene, la ciudad revienta, queda pulverizada, reducida a átomos impalpables. ¡Consuélate! El terremoto se está preparando aunque nadie lo vea, aunque nadie lo oiga. Con ojos relampagueantes ató otro nudo; parecía que estrangulaba a un enemigo. --Yo te aseguro--añadió extendiendo la diestra como para dar mayor expresión a sus palabras--que por mucho que en llegar tarde, está en camino, se acerca por momentos. Yo te aseguro que avanza siempre, que no retrocede, que no se detiene. Mira en torno tuyo y escudriña las vidas de cuantas personas te son conocidas, repara en las caras del mundo entero, y verás que el descontento, la rabia que ruge en el pecho de los explotados aumenta de día en día, de hora en hora. ¿Y crees que ese estado de cosas puede durar? ¡Bah! ¡Eres un cándido! --Mi querida mujercita--contestó Defarge, poniéndose en pie frente a su esposa, baja la cabeza y con las manos a la espalda, semejante al dócil escolar delante de su maestro,--no lo pongo en duda... La irritación existe: pero data de tanto tiempo, que es muy posible... que no estalle a tiempo para que nosotros presenciemos el cataclismo. --¿Y qué?--replicó la mujer.--Aun cuando así fuera, ¿qué? --Pues... que no nos cabría la dicha de saborear el triunfo. --Pero sí la de haber contribuído a él--dijo con energía la tabernera.--Nada de cuanto hagamos será perdido. Creo con toda mi alma que veremos el triunfo; pero aun cuando supiera positivamente que no me ha de caber esa dicha, mientras exista un cuello de aristócrata o de tirano no dejaré de... --¡Calma... calma!--exclamó Defarge, cuyo rostro se tiñó de carmín cual si le hubieran acusado de cobarde.--Tampoco yo, querida mía, retrocederé por nada ni por nadie. --Lo sé; pero eres débil a pesar de todo, y lo eres, porque para que no decaiga tu valor necesitas ver a tu víctima a tus pies. Procura no decaer, aunque te parezca que la víctima está lejos. Cuando llegue la ocasión, suelta los tigres y los demonios que guardas encerrados dentro del pecho, pero mientras tanto, ténlos encadenados... ocultos, pero siempre dispuestos. La buena tabernera terminó su consejo descargando sobre el mostrador un golpe con el pañuelo convertido en pesado rosario; seguidamente lo levantó, y con calma imperturbable indicó que era ya hora de irse a la cama. La mañana siguiente encontró a aquella mujer admirable en su sitio de costumbre, haciendo calceta con verdadero ardor. A su lado había una rosa hacia la cual volvía de vez en cuando los ojos. Algunos parroquianos, de pie o sentados, bebían y charlaban. El día estaba muy caluroso, y los enjambres de moscas que llevaban su atrevimiento hasta el extremo de curiosear el contenido de los vasos que había cerca de la señora, no tardaban en caer muertas en su fondo. No ejercía la menor impresión su suerte desdichada en las demás moscas, que las contemplaban impertérritas e indiferentes hasta que las ocurría idéntica desgracia. ¡Qué estúpidas son las moscas! La señora Defarge vió la sombra de una persona que entraba en la taberna y comprendió que se trataba de un cliente nuevo. Antes de mirar el rostro de la persona en cuestión, dejó sobre el mostrador la media y prendió la rosa en su cabeza. La escena que siguió no pudo ser más curiosa: no bien los dedos de la tabernera tocaron la rosa, cesaron en el establecimiento las conversaciones y todos los parroquianos comenzaron a salir a la calle. --Buenos días, señora--dijo el recién llegado. --Buenos días, señor--contestó la señora Defarge tomando de nuevo la media.--¡Ah!--añadió para sus adentros.--Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta, ofrece la particularidad de estar ligeramente torcida hacia la izquierda, lo que da, como es natural, expresión siniestra... ¡Buen día de veras! --¿Tiene usted la bondad de darme una copita de coñac viejo y un sorbo de agua fresca, señora? La tabernera sirvió lo que el cliente pedía. --¡Rico coñac, señora! Como era la primera vez que oía elogiar su coñac, no es de admirar que la tabernera sospechase que el elogio obedecía a motivos que acaso no fueran precisamente la bondad del licor. Dió, sin embargo, las gracias, y siguió haciendo calceta. El desconocido permaneció algunos momentos observando las manos de la señora Defarge, y de paso, reconociendo el establecimiento. --Hace usted media con rapidez maravillosa--dijo. --La costumbre... estoy muy acostumbrada a esta labor. --Y con una perfección que encanta. --¿Lo cree usted así? --Con toda mi alma... Y dígame: ¿esa media es...? --Pasatiempo... un medio de distracción--contestó la tabernera mirando a su interlocutor con la sonrisa en los labios. --¿No piensa hacer uso de ella? --Según. Quizá llegue día en que las use--dijo la tabernera con cierta coquetería.--Con seguridad que las utilizaré... si las hago bien. Por muy curioso que parezca, ello es que el gusto de San Antonio mostraba decidida oposición a que la señora Defarge ostentase en su peinado una rosa. Entraron por separado dos hombres, se acercaron al mostrador con manifiesta intención de pedir algo que beber, y no bien vieron la rosa, vacilaron, miraron en derredor como si buscaran a algún amigo, que no encontraron, y se fueron inmediatamente. De todos los que en el establecimiento se encontraban cuando entró el que conversaba con la tabernera, no quedaba uno solo: todos se habían ido. El espía, pues ya habrán comprendido los lectores que el individuo en cuestión era un espía, ninguna seña había logrado sorprender, aunque desde que entró miraba con cien ojos. --¡Juan!--pensaba la señora Defarge, haciendo calceta y puestos los ojos en el cliente.--A poco más que continúes aquí, escribiré -Barsad- en tus mismas barbas. --¿Es usted casada, señora? --Sí. --¿Con hijos? --Sin hijos. --Y los negocios, ¿bien? --Los negocios muy mal. ¡Son tan pobres las gentes!... --¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas! ¡Y hasta oprimidas vergonzosamente!... como dice usted. --Como dice -usted---rectificó la tabernera, moviendo con más rapidez los dedos y añadiendo algo al apellido -Barsad-. --Perdone usted: cierto que fuí yo quien lo dije, pero no me cabe duda de que usted lo piensa. No puede ser otra cosa. --¿Que yo lo pienso?--replicó la tabernera.--Nos ocasiona a mi marido y a mí demasiados quebraderos de cabeza el establecimiento para que podamos permitirnos el lujo de pensar. En lo único que pensamos es en que no nos falte lo necesario para vivir. Este es el objetivo de todas nuestras cavilaciones, el que proporciona campo muy dilatado para todos nuestros pensamientos. ¿Yo pensar para los demás? ¡No en mis días! El espía, que había entrado decidido a recoger lo que pudiera, se guardó muy mucho de permitir que su siniestra cara reflejara su desencanto. Antes por el contrario, continuó apoyado de codos sobre el mostrador, dirigiendo alguna que otra galantería a la tabernera y tomando de tarde en tarde algún sorbito de coñac. --La ejecución de Gaspard ha sido una brutalidad judicial, señora. ¡Pobre Gaspard!--exclamó, exhalando un suspiro. --No estamos de acuerdo--replicó la tabernera con frialdad.--Justo es que aquellos que se permiten dar a sus cuchillos el empleo que Gaspard dió al suyo, lo paguen. Sabía él perfectamente el precio a que se pagan esos lujos, y lo ha pagado: nada más natural. --Creo--añadió el espía bajando la voz y como invitando a su interlocutora a pasar al terreno de las confidencias, a la par que daba a su siniestra cara expresión resueltamente revolucionaria,--creo que todo este barrio compadece la suerte del desgraciado y ruge de furor contra los que le han sacrificado. Aquí para entre los dos, lo encuentro justificado. --¿Pero existe ese furor? --¿No lo ha observado usted? --Aquí está mi marido--dijo la señora Defarge. No bien entró el tabernero en el establecimiento, el espía saludó llevando la mano al sombrero y diciendo con sonrisa insinuante: --Buenos días, Santiago. Defarge quedó como clavado en el suelo, fijos los ojos en el espía. --Se equivoca usted, señor mío.--Me confunde usted con otro. No me llamo Santiago: soy Ernesto Defarge. --Es igual--repuso el espía con la sonrisa en los labios, bien que sin poder ocultar del todo su contrariedad.--El nombre es lo de menos. Buenos días. --Buenos días--contestó secamente Defarge. --Estaba diciendo a la señora, con la que he tenido el honor de charlar un rato, que, según me dicen, reina en el barrio... y no me admira... tanta simpatía en favor del infortunado Gaspard como irritación contra los que inhumanamente lo han sacrificado. --A nadie he oído decir semejante cosa--replicó Defarge.--No sé una palabra. Dicho esto, pasó detrás del mostrador y se colocó a espaldas de su mujer. Desde el lado opuesto de la frágil barrera contemplaba el matrimonio a aquel individuo a quien hubieran arcabuceado con el mayor placer. El espía, práctico en su oficio, no modificó su actitud de indiferencia. Apuró el contenido de la copita que le habían servido, tomó un sorbo de agua fresca, y pidió la segunda copa de coñac. Sirviósela la señora Defarge, después de lo cual continuó haciendo media con gran ardor y tarareando una tonadilla. --Parece que conoce usted bien el barrio--observó Defarge;--quiero decir, que lo conoce mejor que yo. --No, amigo mío. Lo conozco muy poco, pero espero llegar a conocerlo bien. Sus míseros habitantes despiertan en mí interés profundo. --¡Ah!--exclamó Defarge. --El placer de conversar con usted, señor Defarge--prosiguió el espía--me recuerda que he tenido el honor de familiarizarme con incidentes en los cuales ha tomado usted parte activa. --¡De veras!--dijo Defarge con indiferencia. --Nada más cierto. Cuando pusieron en libertad al doctor Manette, hízose usted, en tiempos pasados su criado, cargo de él. Se lo confiaron a usted. Ya ve, pues, que estoy al tanto del asunto. --Es verdad: tiene usted razón--contestó. Accidentalmente, el codo de su mujer, que continuaba moviendo las agujas con gran actividad, rozó el suyo, y en el roce, a pesar de ser accidental, vió Defarge una indicación de que contestase él las preguntas del espía, pero con brevedad. --Se presentó a usted la hija del doctor--continuó el espía.--Vino en compañía de un caballero... ¿cómo se llamaba éste?... Un caballero que usaba peluquín... ¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba... del Banco Tellson y Compañía... Vino en compañía del señor Lorry, se hizo cargo de la persona de su padre y lo llevó a Inglaterra. --Así fué, en efecto--repitió Defarge. --Siempre recuerda uno con gusto incidentes semejantes--repuso el espía.--He conocido al doctor Manette y a su hija en Inglaterra. --¿Sí?--preguntó Defarge. --¿Recibe usted noticias suyas con frecuencia?--preguntó el espía. --No--respondió Defarge. --Hace muchísimo tiempo que no sabemos de ellos--terció la señora del tabernero.--Recibimos noticias de que habían llegado bien, y algún tiempo después una carta... quizá dos; pero luego, ellos han seguido su camino, nosotros el nuestro, y ha cesado en absoluto nuestra correspondencia. --Es lo que suele ocurrir--observó el espía.--La hija está para casarse. --¿Está para casarse?--repitió la señora Defarge.--Es bastante hermosa para haberse casado hace mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes, los ingleses, son bloques de hielo en vez de hombres! --¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted que soy inglés? --Veo que su lengua es inglesa, y siempre he creído que el hombre es de la misma nacionalidad que su lengua. El ver descubierta su nacionalidad no hizo ninguna gracia al espía, aunque tuvo buen cuidado de guardar en el fondo de su pecho el descontento. Soltó una carcajada, apuró el contenido de la copa y repuso: --Pues sí, la señorita Manette está para casarse, pero no con un inglés, sino con un hombre que, como ella, nació en Francia. ¡A propósito de Gaspard!... ¡Pobre Gaspard!... ¡Fué una crueldad... un acto de ferocidad!... Pues bien, el hombre con quien la señorita Manette va a casarse es el sobrino del señor Marqués por cuya causa bailó Gaspard a una altura de cuarenta pies sobre el suelo; mejor dicho: el Marqués actual. Vive en Inglaterra bajo nombre supuesto, sin ostentar el título de Marqués. Se hace llamar Carlos Darnay; ya sabe usted que el apellido de su madre era D'Aulnais. La señora Defarge no tenía ojos ni manos, ni facultades más que para la media que hacía, pero la noticia produjo en su marido efecto palpable. Su cara reflejó intensa turbación, pese a sus esfuerzos por dominarse, temblaban sus manos, y su agitación interior le salía por todos los poros de su cuerpo. No habría sido el espía digno de su cargo si no hubiese reparado en ello y grabádolo en su memoria. Obtenido ese resultado, bien que sin saber si podría serle de algún provecho, el señor Barsad, viendo que no llegaban parroquianos cuyas conversaciones hubieran podido facilitarle datos preciosos, pagó lo que había tomado y se despidió, no sin manifestar, con suma amabilidad, que tendría el placer de visitar con frecuencia el establecimiento. Minutos después, cuando el espía había salido del radio protegido por San Antonio, marido y mujer continuaban exactamente lo mismo que si el espía no hubiera salido de la tienda, temiendo, sin duda, que volviera sobre sus pasos. --¿Será verdad lo que ese hombre ha dicho a propósito de la señorita Manette?--preguntó Defarge en voz baja. --Probablemente será mentira; pero no niego que puede ser verdad--respondió la mujer. --Si lo es... Defarge no terminó su pensamiento. --¿Qué?--preguntó la mujer. --Si lo es... y dado que las cosas vengan en forma que nosotros podamos ver el triunfo... por ella desearé yo que el Destino retenga lejos de Francia a su marido. --El destino de su marido le llevará a donde deba ir--respondió con calma glacial la tabernera--y le conducirá al fin que le está destinado. Es lo único que puedo decirte. --Pero me negarás que es muy... extraño... digo extraño por no emplear otro calificativo... ¿no te parece extraño que con toda la simpatía que siempre nos ha merecido su padre, y aun ella misma, proscribas tú con tu propia mano en este instante a su marido, sin más fundamento que lo que acaba de decir ese perro del infierno que se fué hace un momento? --Cosas más extrañas que esa ocurrirán cuando llegue el día--respondió la señora Defarge.--A los dos los tengo aquí; no te quepa duda; y se les tratará según sean sus merecimientos. Esto debe bastarte. Dichas estas palabras, recogió la media y quitó la rosa que adornaba su cabeza. Fuera que instintivamente sabía San Antonio la hora, el momento preciso en que la tabernera haría desaparecer aquella flor inocente que tanto parecía desagradarle, fuera que estuviese acechando el instante de su desaparición, es lo cierto que el Santo no tardó en presentarse, y que, al cabo de contados segundos, el establecimiento había recobrado la animación de costumbre. Llegada la noche, en las épocas del año en que los habitantes de San Antonio se sentaban en las puertas de sus casas o se reunían por calles y patios buscando aire puro que respirar, la señora Defarge, con su labor en las manos solía ir de puerta en puerta y de grupo en grupo... especie de misionero como tantos otros. Todas las mujeres hacían calceta, sin duda para que aquel trabajo mecánico substituyese al de las mandíbulas, en paro forzoso la mayor parte del tiempo. Ya que no podían moverse las mandíbulas ni el aparato digestivo, se movían las manos. Si el paro se hubiese extendido hasta los dedos, los estómagos habrían sentido más los rigores del hambre. A la par que se movían los dedos se movían también los ojos y los pensamientos; y a medida que la señora Defarge pasaba de puerta en puerta y de grupo en grupo, los dedos de las mujeres que encontraba trabajaban con ardor redoblado, y los ojos miraban con mayor fiereza y la actividad de los pensamientos se centuplicaba. Su marido fumaba junto a la puerta de la taberna, contemplando a la compañera de su vida con admiración. --¡Una mujer grande... una mujer fuerte... una mujer sublime!--murmuraba. Cerró la noche; repicaron las campanas de las iglesias y sonaron a lo lejos los redobles de los tambores: las mujeres seguían haciendo calceta. Aproximábase otra noche más tenebrosa, otra noche en que las campanas de las iglesias, que entonces repicaban con alegría, darían su bronce para fundir con él tronadores cañones, en que los redobles de los tambores atronarían los aires para ahogar la voz de un condenado... omnipotente aquella noche, con la omnipotencia que dan el poder y la abundancia, la libertad y la vida. Los tules de la noche envolvían a las mujeres que hacían calceta, como envolverían dentro de poco aquel otro edificio, no construído todavía, donde se sentarían, también haciendo calceta pero viendo y contando al propio tiempo las cabezas que una tras otra caían. XVII UNA NOCHE Ni el refugio tranquilo de Soho admiró jamás puesta de sol tan hermosa como la de la tarde memorable en que el doctor Manette y su hija la contemplaron sentados bajo el copudo plátano que se alzaba en el patio de la casa, ni la luna surgió nunca tan radiante y esplendorosa sobre la ciudad de Londres como la noche que encontró a aquellos sentados bajo el árbol y bañó sus rostros y sus cabezas con una luz plácida que cernían las hojas. Lucía debía casarse al día siguiente, y quería consagrar a su padre la última noche de soltera: a esta circunstancia era debido que estuviera sentada bajo el plátano en compañía del autor de sus días. --¿Eres feliz, padre querido? --Completamente, hija mía. Aunque se encontraban en el lugar mencionado desde algunas horas antes, era muy poco lo que habían hablado. Otros días, cuando la niña se sentaba bajo el árbol en compañía de su padre, trabajaba o leía; mas en la ocasión presente, aun durante el tiempo en que tuvo luz sobrada para trabajar o para leer, no hizo ni lo uno ni lo otro. Las circunstancias habían variado, y cuando éstas varían, se interrumpe la costumbre. --También soy feliz yo, muy feliz esta noche, padre mío. Me hace feliz ese amor que el Cielo ha bendecido... mi amor a Carlos y el amor de Carlos por mí. Sin embargo, si yo no pudiera continuar consagrándote mi vida, si mi matrimonio me impusiera la obligación de separarme de ti, aun cuando entre nuestra casa y la tuya no mediara más que el ancho de la calle, lejos de considerarme feliz, me sentiría desgraciada. Aun así... Aun así la emoción concluyó por dominarla por completo. A la luz melancólica de la luna, echó los brazos al cuello de su padre, y sobre el pecho de éste reclinó la cabeza. La luz de la luna, que siempre es triste, como triste es la luz del sol... como triste es la luz que llamamos vida humana, que hoy luce y mañana se ha extinguido, iluminó un cuadro sencillamente conmovedor. --¡Padre querido! ¿Estás convencido... firmemente convencido, de que entre nosotros no han de interponerse jamás nuevos amores míos, nuevos deberes míos? Yo sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga esta certeza en el fondo de tu corazón? --¡Completa, absolutamente convencido!--respondió el padre con acento de firme convicción.--¡Más aún, hija mía!--añadió, besándola.--Mi futuro se presenta a mis ojos más brillante visto a través de tu matrimonio de lo que lo vería si continuaras soltera. --¡Si pudiera creerte, padre mío...! --Pues créelo, encanto mío, porque así es. Piensa que nada más natural ni más lógico. ¡Si supieras la ansiedad que a un padre produce el porvenir de una hija adorada...! ¡Si pudieras apreciar cuán grandes son mis anhelos de prevenir contingencias que acaso te hicieran desgraciada...! La niña quiso sellar con su mano los labios de su padre, pero éste se lo impidió apoderándose de la mano, y prosiguió así: --Desgraciada, hija mía, sí; arrancada al orden natural de las cosas... por causa mía. Tu abnegación, tu falta de egoísmo no es posible que comprendan cuánto me ha preocupado ese punto; pero si te preguntas cómo puede ser mi felicidad completa siendo incompleta la tuya, acaso comprendas mis palabras. --Si nunca hubiera visto a Carlos, padre mío, tú sólo hubieses bastado para que mi dicha fuera completa. El padre no pudo menos de sonreir ante aquella confesión inconsciente de que su hija sería desgraciada sin Carlos, después de haberle visto, y contestó: --Hija mía; viste a un hombre, y ese hombre era Carlos; de no haber sido Carlos, sería otro; y si no hubiese sido otro, no te quepa duda de que la causa habría sido yo, en cuyo caso, el período desgraciado de mi vida no sólo me hubiese envuelto a mí en sus tenebrosas sombras, sino también alguien más, y ese alguien hubieras sido tú. Era la primera vez, después de la vista de la causa de Darnay, que el doctor hacía alusión a su desgracia. --¡Mírala!--exclamó el doctor de Beauvais, extendiendo el brazo en dirección a la luna y dando a sus palabras una entonación que su hija no pudo olvidar en mucho tiempo.--Muchas veces la he visto desde la estrecha ventana de mi calabozo, cuando su luz me hacía daño. La he contemplado muchas veces cuando me producía torturas tan espantosas pensar que brillaba sobre los seres que yo había perdido, que de buena gana me hubiese lanzado de cabeza contra los muros de mi prisión. La he contemplado encontrándome en tal estado de atontamiento e imbecilidad, que no se me ocurría pensar en otra cosa que en el número de líneas horizontales que en su superficie podría trazar durante el plenilunio, y el de las perpendiculares con que me sería dable cortar a las primeras. Recuerdo que calculaba que cabían veinte de cada clase--añadió pensativo--y la vigésima cabía con dificultad. La he contemplado pensando millones de veces en el hijo del que me arrancaron violentamente antes que naciera... Pensaba si había nacido vivo, si vivía, si el dolor de la madre habría muerto a los dos. Pensaba sí, caso de ser varón, vengaría a su padre, pues mientras estuve enterrado en vida, hubo tiempo en que me dominaba un deseo intolerable de venganza; pensaba si acaso nunca llegaría a saber la triste historia del autor de sus días, si tal vez creyera que su padre había desaparecido libre y espontáneamente. Pensaba que si era hija, llegaría a ser mujer, y me la representaba olvidada por completo de mí, ignorante de mi existencia. Con la imaginación la veía crecer, vivir un año y otro año; la he visto casada con un hombre que desconocía mi triste suerte. Me he considerado muerto para el mundo de los vivos, y he visto la generación siguiente a la mía en la que yo no figuraba. --¡Padre mío!--exclamó la joven, besando a su padre con transporte.--No ha existido nunca esa hija a la que tus pensamientos se referían, pero, esto no obstante, casi me hace tanto daño oirte hablar como hablas como si esa hija fuera yo. --¿Tú, Lucía? ¡Al contrario! Precisamente esos recuerdos brotan de la dicha, de los consuelos que me has traído, y como son recuerdos agradables, tengo placer en recordarlos a la luz de la luna de nuestra noche última... ¿Qué estaba diciendo? --Que nada sabía de ti tu hija... que no se acordaba de ti. --Es verdad; pero otras noches, cuando mi tristeza y el silencio que me rodeaba daban a mi emoción rumbo distinto, cuando me producían algo así como una sensación dolorosa de paz... como una emoción cuyo fundamento era el dolor... me imaginaba a mi hija penetrando en mi calabozo sacándome de la fortaleza en que estaba encerrado y proporcionándome la libertad. Muchas, muchísimas veces he visto su imagen a la luz de la luna, lo mismo que en este momento veo la tuya. Había, sin embargo, una diferencia, y es, que jamás pude llegar a estrecharla entre mis brazos, que siempre la veía fría, inmóvil, rígida en el centro del calabozo, en el espacio comprendido entre la reja y la puerta... Ya comprenderás que no eras tú la niña de que hablo. --No lo era; es cierto... pero tu fantasía te hacía creer... --No; nada de eso. Mi órgano visual, perturbado, es claro, la veía inmóvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales perseguían era el fantasma de otra niña distinta y más real. De su aspecto externo, no sé sino que se parecía a su madre la imagen que veían mis ojos... y el otro, el fantasma... también se le parecía... como te pareces tú... pero era un parecido diferente. ¿Me entiendes, Lucía? No, ¿verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos siglos recluído y separado de los suyos pueda comprender las distinciones sutiles de un prisionero. Aunque la calma del padre era perfecta, la joven sentía correr hielo por sus venas al oirle cómo disecaba la condición de ánimo en que en tiempos, afortunadamente pasados, se encontró. --Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era activa, feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia. --Esa hija era yo, padre mío. No era, ni con mucho, tan buena como te la imaginabas, pero mi tierno cariño no lo exageraba tu fantasía. --Me enseñaba también a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba de mí. Todos ellos habían aprendido a compadecerme. Cuando pasaban cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado, desviaban sus miradas de sus ceñudos muros, miraban con temor a sus rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no podía darme la libertad; pero aun así, bastaba que me la representase mostrándome las cosas que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lágrimas consoladoras y para que cayera de rodillas bendiciéndola. --Yo soy esa hija, sí, yo soy. ¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás mañana con ese mismo fervor? --Recuerdo esas torturas antiguas, Lucía querida, porque así resalta más y más la dicha que esta noche me embarga. Jamás mis esperanzas, ni aun cuando fueron más desmesuradas, llegaron a representarme una felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado, como la que espero saborear en lo futuro. Abrazó a continuación a su hija, la bendijo solemnemente y dió gracias fervientes a Dios que se la había concedido. Poco después entraban abrazados en la casa. No asistirían invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del matrimonio se harían alteraciones en la residencia del doctor. Habíanse limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados sus deseos. El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la señorita Pross. El doctor sintió que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sintió tentaciones de regañar a las que fraguaron el complot que le había alejado, y bebió a su salud. Ya muy tarde, dió las buenas noches a Lucía y se retiró a su habitación. A las tres de la madrugada, la joven, no del todo libre de temores y de presentimientos, se levantó y entró sigilosamente en el dormitorio de su padre. Todo lo encontró en su puesto, todo en orden, todo tranquilo. El doctor dormía con placidez, su larga cabellera blanca caía sobre la almohada y sus manos reposaban con naturalidad sobre la colcha. La niña dejó la palmatoria en un rincón, avanzó hasta el lecho y rozó con sus frescos labios los agostados de su padre. A continuación posó sobre él una mirada intensa. Hondas huellas habían dejado en su perfecto rostro las aguas amargas del cautiverio; pero tan firme, tan enérgica era la resolución de aquel padre, que hasta durmiendo conseguía disimularlas. En los extensos dominios del sueño, seguramente no se habría encontrado aquella noche otro rostro tan prevenido contra las miradas de cualquier visitante inesperado como el del doctor Manette. Tímidamente posó una mano sobre aquel pecho tan querido, y pidió con fervor a Dios que le concediese serle siempre tan fiel como su amor paternal y sus pasados sufrimientos merecían. Retiró luego la mano, besó aquella boca adorada una vez más, y salió del dormitorio. Cuando nació el sol, las sombras que las hojas del plátano proyectaban sobre su cara no se movían con tanta dulzura como se movieron los labios de Lucía cuando dirigió al Cielo su plegaria. XVIII NUEVE DIAS La naturaleza desplegó todas sus galas el día del matrimonio. Ya estaban dispuestos todos los que a la ceremonia debían asistir, esperando que el doctor saliera de su habitación, donde estaba hablando con Carlos Darnay. Junto a la puerta de la habitación indicada estaban la novia, radiante de belleza, el señor Lorry y la señorita Pross... para la cual el suceso, merced a un proceso gradual de reconciliación con lo inevitable, hubiese sido manantial de dicha infinita, de no ensombrecerlo un poquito la penosa consideración de que el novio no debía ser Carlos Darnay sino su hermano Salomón. --¡La verdad es que hice un negocio redondo!--exclamó Lorry, quien no se cansaba de admirar a la novia.--¡Mire usted que acompañarla en su viaje a través del Canal para esto! ¡Válgame Dios, y qué poco pensé lo que hacía! ¡Y qué poco valor concedía yo al servicio que en aquella ocasión presté a mi buen amigo Carlos Darnay! --¡No sé cómo podía usted concederle más o menos valor del justo si ni remotamente soñaba en lo que había de suceder!--observó la señorita Pross.--¡Tonterías! --¿De veras? Quizá tenga usted razón... Pero no llore--replicó Lorry. --Yo no lloro; el que llora es usted--replicó la señorita Pross. --¿Yo, Pross de mis pecados?--preguntó Lorry, que ya se atrevía a bromear con su interlocutora alguna que otra vez. --Usted, sí. Llora en este instante, lo he visto, y es tonto que me lo niegue. Además, no me extraña. Un regalo como el que usted ha hecho a la señorita, es para arrancar lágrimas a los ojos de una estatua de piedra. ¡Vaya un servicio de plata! Yo estuve llorando anoche sobre cada uno de los tenedores, sobre cada una de las cucharas de la colección desde que llegó el estuche hasta que pude verlo abierto. --Lo que me envanece sobremanera, aunque por mi honor juro que no fué mi intención que ese pequeño recuerdo hiciera sufrir a nadie. ¡Diablo, diablo! ¡He aquí una ocasión que obliga a un hombre a pensar con pena en lo lo que ha perdido! ¡Cuando me acuerdo de que hace ya cincuenta años que podría haber en el mundo una señora Lorry...! --¡Lo niego!--replicó la señorita Pross. --¡Cómo! ¿Opina usted que era imposible que hubiera una señora Lorry? --¡Quite usted allá! ¡Desde que lo mecían en su cuna viene usted siendo soltero! --Lo creo muy probable--contestó Lorry arreglándose el peluquín. --Y antes que lo pusieran en la cuna, lo cortaron para solterón sempiterno. --En cuyo caso, hicieron muy mal, pues debieron escuchar mi voto antes de escoger el patrón... Estoy oyendo ruido de pasos en la habitación contigua, mi querida Lucía--añadió pasando el brazo alrededor de la cintura de la novia--y la señorita Pross, y yo, como personas formales y de negocios que somos, suspendemos nuestra controversia, porque no queremos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece para decirla algunas cosillas que no la desagradará oir. Va usted a dejar a su padre, querida niña, en manos tan cariñosas y tan deseosas de servirle como las de usted, en manos que se desvivirán por atenderle y cuidarle durante las dos semanas que los felices desposados han de pasar en Warwickshire y sus contornos. Hasta el Banco Tellson retrocederá, metafóricamente hablando, para darle paso. Y cuando terminados los quince días, acompañe a usted y a su querido esposo en el viaje a Wales, que ha de durar otros quince días, ha de confesar usted que se lo devolvemos más contento y feliz de lo que nos lo dejó... Pero -alguien- se acerca a la puerta, y esta linda muchachita permitirá que la bese un solterón empedernido antes que aquel -alguien- llegue y reclame lo que es suyo. El excelente Lorry estuvo un buen espacio contemplando aquel hermoso rostro, separó luego los sedosos rizos de oro, que se confundieron con su peluquín castaño, y posó sus labios sobre la tersa frente con la delicadeza con que hacían estas cosas los contemporáneos de Adán. Abrióse la puerta de la habitación del doctor saliendo éste seguido de Carlos Darnay. Mortal palidez cubría el rostro del primero, en el que ni rastros de color quedaban, palidez que no existía cuando en su habitación quedó encerrado con Darnay. Su actitud, sin embargo, su expresión, continuaban inalterables, aunque el ojo penetrante de Lorry descubrió cierta indicación sombría que acusaba el paso sobre su alma del soplo de repulsión y de odio que otras veces, semejante a fugaz ráfaga de viento helado, le había azotado. Dió el brazo a su hija y la acompañó hasta el carruaje que Lorry, en atención a la solemnidad del día, había alquilado. Las demás personas se acomodaron en otro carruaje, y minutos después, Carlos Darnay y Lucía Manette quedaban unidos con dulces e indisolubles lazos en la iglesia próxima. Además de las transparentes lágrimas que brillaron entre sonrisas mientras tenía lugar la ceremonia, en la mano de la novia chispearon algunos brillantes de aguas clarísimas que momentos antes habían sido libertados de la obscuridad de uno de los bolsillos del señor Lorry, donde se hallaban recluídos. Regresaron los novios a la casa, seguidos por el reducido círculo de invitados, almorzaron, y más tarde, la hermosa cabellera de oro que en otro tiempo confundiera sus hebras con los blancos mechones del pobre zapatero que en un sotabanco de París hacía zapatos con verdadero ardor, volvió a juntarse con los mismos, bañada por los resplandores de un sol matinal, en el umbral de la puerta y en el momento de la despedida. Era una separación dolorosa, aunque su duración habría de ser poca. El padre animó a su hija, se desprendió dulcemente de los amantes brazos de ésta, y dijo con expresión animada: --¡Tómala, Carlos! ¡Es tuya! Un minuto después, por la ventanilla de una silla de posta que se alejaba salía una mano que agitaba un pañuelo; la mano de Lucía. Como el rinconcito de Soho estaba a cubierto de miradas curiosas y fuera de los sitios frecuentados por los ociosos, y por otra parte, los preparativos habían sido sencillos y nada aparatosos, una vez se hubieron ido los novios, quedaron completamente solos el doctor, el señor Lorry y la señorita Pross. Cuando los tres volvieron a entrar en el salón, fué cuando Lorry reparó en el cambio terrible que acababa de sufrir el doctor: no parecía sino que el brazo del gigante de oro había descargado sobre él un golpe envenenado. Natural era que a los esfuerzos violentísimos que necesariamente hubo de hacer para mantener cerrada dentro del pecho su emoción, siguiera la revulsión, también violenta, tan pronto como desapareciera la causa, la ocasión de aquéllos. No fué, pues, la revulsión, no fué el aplanamiento, lo que alarmó al señor Lorry, sino el enajenamiento con que llevó el doctor las manos en la cabeza, la monotonía lúgubre con que empezó a pasear tan pronto como entró en la habitación, y le alarmaron esos síntomas, porque le recordaron el sotabanco de la taberna de Defarge y la condición en que allí encontró al doctor. --Creo--dijo en voz muy baja a la señorita Pross--que no debemos dirigirle la palabra en este instante ni distraerlo en forma alguna. Voy a dar un vistazo al Banco, de donde regresaré dentro de un momento. A mi vuelta, le sacaré al campo, donde comeremos después de dar un buen paseo, y espero que de esa suerte conseguiremos disipar los negros pensamientos que parece que flotan sobre su alma. Nada más fácil para Lorry que entrar en el Banco; pero nada más difícil que salir de él. El vistazo que se proponía dar duró dos horas. Cuando volvió a la casa de Soho y subió la escalera, sin preguntar al criado que salió a abrirle, al ir a entrar en la habitación del doctor, a la cual se dirigía en derechura, quedó como clavado en el suelo. Dentro de la habitación sonaban recios y repetidos golpes. --¡Buen Dios!--exclamó, retrocediendo un paso--¿Qué es eso? La señorita Pross, con el terror pintado en su cara, murmuró en su oído: --¡Qué desgracia...! ¡Pobres de nosotros...! ¡Todo está perdido, todo! ¿Qué le decimos a la señorita? ¿Quién se lo dice? ¡Oh...!--añadió, retorciéndose las manos--¡No me conoce, señor Lorry, y está haciendo zapatos! Esforzóse Lorry por calmarla, bien que inútilmente, y penetró en la habitación del doctor. Había acercado éste la banqueta a la ventana, tal como la tenía colocada en el sotabanco de París, y trabajaba con ardor, doblada la cabeza sobre el zapato. --¡Doctor Manette!--gritó Lorry.--¡Mi amigo querido... mi buen doctor Manette...! Alzó la cabeza el doctor, miró al que le llamaba con expresión entre de extrañeza y de cólera, descontento sin duda de que se atrevieran a dirigirle la palabra... y prosiguió su tarea. Habíase despojado de la levita y del chaleco, llevaba la camisa desabrochada y el pecho desnudo, exactamente igual que cuando le encontraron en el sotabanco de la taberna, hasta había recobrado su rostro el antiguo aspecto macilento y sombrío de los años de su desgracia, y trabajaba con ardor extraordinario, con impaciencia, como quien termina una obra urgente y no quiere ser interrumpido. Miró Lorry el zapato que el doctor cosía y vió que era de forma muy pasada de moda. No se atrevió a sacárselo de las manos; pero tomó otro que había a los pies del zapatero, y preguntó a éste qué era. --Zapato de paseo para señorita--contestó el doctor sin alzar los ojos.--Hace ya mucho tiempo que debí terminarlo. Déjeme en paz. --¡Pero por Dios vivo, doctor Manette!--exclamó Lorry.--¡Míreme! Obedeció el doctor con la sumisión mecánica antigua, pero sin interrumpir su labor. --¿No me conoce ya, mi querido amigo? ¡Vuelva usted en sí, doctor Manette! Su oficio no es el de zapatero... no lo ha sido nunca. Fué trabajo perdido intentar arrancarle una sola palabra. Alzaba momentáneamente la cabeza cuando Lorry se lo decía, pero todas las instancias, todas las súplicas fueron estériles: no habló. Trabajaba, cosía con verdadero ardor, y las palabras que le eran dirigidas resbalaban sobre sus oídos, cual resbalarían sobre frío muro de acero. Un solo rayo de esperanza brilló entre las sombras de desesperación que envolvieron a Lorry, y fué que algunas veces, el doctor le miraba furtivamente sin que él se lo dijera. El rayo de esperanza era débil, como que no tenía más fundamento que el de ser las miradas de su amigo a manera de indicación de curiosidad, de perplejidad de ánimo, algo así como síntoma de que el doctor intentaba armonizar, poner de acuerdo ciertas dudas que hubiesen surgido en su alma. Lorry opinó que se imponía la necesidad de adoptar dos resoluciones importantes, aparte de otras de importancia más secundaria: la primera, evitar que Lucía tuviera noticia de la desgracia, y la segunda, evitar que ésta llegara a oídos de ninguna de las personas que conocieran al doctor. Puesto de acuerdo con la señorita Pross, tomó inmediatamente las medidas de precaución necesarias para conseguir el segundo resultado, y éstas consistieron en manifestar que el doctor se encontraba indispuesto, y que su estado de salud exigía algunos días de reposo y de aislamiento absoluto. Para engañar a su hija, la señorita Pross debía escribir una carta haciéndola saber que su padre había tenido que salir por asuntos de su profesión, y comentando una misiva recibida por correo y escrita por el doctor a toda prisa, en la cual se limitaba a decir que su ausencia sería breve. Estas medidas eran, por decirlo así, de carácter general, y Lorry las adoptó por si la crisis desgraciada del doctor desaparecía pronto. Por si esta solución no se hacía esperar, consideró necesario, o muy conveniente por lo menos, seguir un plan del que se prometía grandes resultados para lo futuro, plan que consistía en formar opinión fundada y motivada acerca de la condición de ánimo de su amigo. Muy pronto hubo de convencerse de que, hablarle, no sólo era perfectamente inútil, sino también perjudicial, puesto que cuando le estrechaba a fuerza de preguntas o de observaciones, le desazonaba y excitaba más y más. Desistió, en consecuencia, de hablarle, y resolvió no dejarle un momento solo, convertirse en protesta muda contra el engaño en que había caído o estaba cayendo. A este efecto, y en su deseo de llevar a cabo la noble misión que se había impuesto envolviéndola en el mayor secreto, por primera vez en su vida tomó las medidas convenientes para permanecer por plazo indefinido ausente del Banco, y se posesionó de una butaca colocada junto a la ventana de la habitación del doctor, donde se pasaba el tiempo leyendo o escribiendo. El doctor Manette comió y bebió lo que le sirvieron, y trabajó el día primero hasta que le faltó la luz, siendo de notar que, cuando él hubo de dejar su tarea, hacía ya media hora larga que Lorry había tenido que dejar a un lado el libro que estaba leyendo, sencillamente porque no veía ya las letras. Lorry se levantó al ver que el doctor dejaba los útiles del oficio, y le preguntó: --¿Quiere usted salir? Clavó el doctor los ojos en el suelo, los llevó de una parte a otra como en tiempos pasados, y alzándolos al fin, dijo: --¿Salir? --Sí... A dar un paseo conmigo: ¿por qué no? No intentó explicar por qué no, ni volvió a despegar los labios; pero Lorry, mientras le contemplaba con mirada penetrante, doblando el cuerpo, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las palmas de las manos, creyó que el desdichado se preguntaba a sí mismo: «¿Por qué no?» La sagacidad del hombre de negocios vió en ello una ventaja, y resolvió sacar de ella todo el partido posible. Durante las noches, vigilaban al enfermo desde la habitación contigua, ora el señor Lorry ora la señorita Pross, a cuyo efecto habían establecido dos turnos, correspondientes a otras tantas mitades en que dividieron el servicio de guardia. El doctor solía pasar algún tiempo paseando por su cuarto antes de recogerse en el lecho; pero cuando se acostaba, dormíase profundamente y disfrutaba de un sueño tranquilo. Llegada la mañana, no bien se levantaba, dirigíase en línea recta a su banqueta y se ponía a trabajar. En el segundo día de la crisis, Lorry saludó al doctor llamándole por su nombre, y seguidamente comenzó a hablarle de asuntos que a entrambos eran muy familiares. No le contestó aquél, pero era evidente que oyó lo que se le decía y que pensaba en ello, bien que de una manera confusa. Esto animó a Lorry, quien rogó a la señorita Pross que entrara a hacerle compañía varias veces durante el día, a fin de hablar constantemente de Lucía y de su padre, presente a las conferencias, con naturalidad y como si nada hubiese sucedido. Los resultados no fueron muy felices, pero tampoco tan estériles que no animaran a Lorry a continuar el plan, pues se consiguió, ya que no otra cosa, disipar, siquiera fuera por breves instantes, el estado de indiferencia en que se hallaba sumido. Cuando cerró la noche de este segundo día, Lorry repitió su pregunta del día anterior: --Mi querido doctor: ¿quiere usted salir? Y como el día anterior respondió el interrogado: --¿Salir? Fingió Lorry una ausencia al no poder obtener otra contestación, volviendo a entrar al cabo de una hora. Mientras Lorry estuvo fuera, el doctor retiró la banqueta que estaba junto a la ventana y se sentó en una silla, desde donde estuvo contemplando el plátano del patio; pero no bien entró Lorry en la habitación, volvió a sentarse en la banqueta. Pasaron los días, y las esperanzas que Lorry concibiera íbanse desvaneciendo poco a poco. Cierto que la desgracia no había salido de la habitación del doctor; cierto que era un secreto para todos, que Lucía ni remotamente la sospechaba y que era feliz y estaba contenta; pero el buen banquero no podía menos de ver, con profunda pena, que el zapatero, cuya mano estaba torpe los primeros días, iba adquiriendo una habilidad maravillosa, que el doctor tomaba por momentos más gusto al oficio, y que sus manos en ninguna hora del día trabajaban con tanto ardor y tanta destreza como cuando la noche tendió su negro manto sobre el día noveno después de la desgracia. XIX UNA OPINIÓN Muertas las energías a manos de largas y ansiosas horas de incesante vigilancia, el señor Lorry cayó dormido en su puesto de honor. Un rayo tan indiscreto como brillante del sol matinal vino a sacudir el pesado sueño que le venciera la noche anterior, que era la décima de las de la serie de vigilancia. Con mano nerviosa se frotó los ojos, púsose en pie y corrió a la entrada del dormitorio del doctor. Allí se detuvo con brusquedad, preguntándose si dormía o si estaba despierto. ¿Motivos? Los tenía sobrados: la banqueta, con el resto de los útiles del oficio de zapatero, estaba en un rincón, y el doctor leía tranquilamente, arrellanado en una butaca junto a la ventana. Vestía traje de mañana, y su rostro, que Lorry veía perfectamente, aunque un poquito pálido, reflejaba una calma y una placidez absolutas. Unos cuantos pellizcos administrados con mano firme llevaron al ánimo del señor Lorry el convencimiento de que no dormía: punto era éste que quedaba perfectamente aclarado y dilucidado. Pero si entonces estaba despierto, ¿no se pasó durmiendo los días anteriores? El zapatero, que tantos quebraderos de cabeza le proporcionó, ¿no sería un personaje soñado, un hijo de prolongada pesadilla? ¿Cabía otra explicación al hecho de que estuviera entonces viendo, con sus propios ojos, perfectamente despiertos, a su amigo, vestido como de ordinario, tranquilo como de ordinario, y leyendo como de ordinario? Y sin embargo, de no haber sido su confusión y su atonía tan grandes, esta hipótesis última caía por su base. Si el desgraciado cambio de tan profunda impresión le había producido fué soñado y no real, ¿qué hacía en la tranquila casa de Soho el banquero del famoso Tellson? ¿Cómo acababa de encontrarse dormido, vestido y calzado, sobre el sofá de la sala de consultas del doctor Manette? ¿Por qué le asaltaban aquellas dudas a hora tan temprana de la mañana y precisamente en la entrada de la alcoba del doctor? Minutos después, la señorita Pross susurraba algunas palabras en su oído. Si algún resto de duda hubiese quedado en su ánimo, las palabras que herían sus oídos la habrían disipado, pero no quedaban ya: su cabeza estaba fresca y las dudas habían desaparecido. Ante el nuevo estado de cosas, aconsejó Lorry no hacer nada hasta que llegase la hora del almuerzo, y visitar entonces al doctor como si nada hubiera ocurrido. Si su amigo continuaba tranquilo y dueño de sí mismo, Lorry le interrogaría con cautelosa astucia y procuraría obtener de él mismo 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000