pronto la oportunidad, para agarrar a su retoño por una oreja. --¿Qué es eso?--gritó Jeremías padre.--¿Qué significa ese viva? ¿Ese es el respeto que a tu padre tienes? ¡Este muchacho es un pillete, un descastado, tan descastado como sus vivas! ¡Que no vuelva a oirte, si no quieres -sentirme-! ¿Entiendes? --¿Hacía daño a nadie?--exclamó el muchacho en son de protesta y frotándose la oreja. --¡Lo que no hacías era bien!--replicó -Lapa-.--Súbete sobre este banco y mira a las turbas. Obedeció el hijo. Venían las muchedumbres gritando desaforadamente y saltando en derredor de un carro de muertos sucio y viejo, seguido de un coche fúnebre tan sucio, tan viejo y tan deslustrado como el carra, ocupado por una sola representante del duelo, que ostentaba las galas fúnebres que a la dignidad de su posición consideraba indispensables. No parecía, empero, que su posición fuera muy de apetecer, pues las turbas saltaban en torno del coche gritando hasta ensordecerle haciendo visajes y contorsiones, mofándose de su respetable persona, y lanzando apóstrofes poco gratos al oído. Siempre fueron los entierros motivo de excitación especial para Jeremías -Lapa-; no es, pues, de admirar que en la ocasión presente, tratándose de un entierro que traía tan ruidoso acompañamiento, le sacase de sus casillas hasta el punto de preguntar al primer individuo con quien topó: --¿Qué pasa, hermano? ¿Qué es eso? --No lo sé--contestó el interrogado sin detenerse. ¡Espías!... ¡Espías! --¿Quién es el muerto?--preguntó a otro. --No lo sé--respondió también éste, colocando las manos delante de la boca a guisa de bocina, y gritando con furia redoblada:--¡Espías! ¡Espías! Tropezó al fin -Lapa- con una persona mejor informada del caso, gracias a la cual pudo averiguar que se trataba del entierro de un individuo llamado Rogerio Cly. --¿Era espía?--preguntó -Lapa-. --Espía del Old Bailey--contestó el informador.--¡Espía... sí... espía del Old Bailey! --¡Demonio!--exclamó -Lapa-, recordando la vista a que había asistido en otro tiempo.--Le conozco. ¿Está muerto? --¡Muerto como mi abuela! ¡Y aun debía estarlo más!... ¡Fuera!... ¡Espía!... ¡Que lo echen aquí! Una idea tan luminosa había de ser forzosamente aceptada por aquellas turbas, y así fué, en efecto. Todos se apoderaron con ardorosa ansiedad del grito, y lo repitieron una y mil veces, a la par que se acercaban tanto al coche y al carro fúnebres, que los obligaron a detenerse. En un abrir y cerrar de ojos se apoderaron del representante del duelo; pero éste, que nada tenía de torpe, tan admirablemente supo aprovechar el tiempo, que en otro abrir y cerrar de ojos dió esquinazo a las turbas tomando a la carrera una callejuela lateral, no sin dejar en manos de aquellas su capa, su sombrero, la gasa que le cubría hasta las rodillas, el pañuelo blanco de rigor, y otras lágrimas simbólicas. El pueblo se entretuvo en rasgar y esparcir a los cuatro vientos los objetos y prendas indicadas demostrando loca alegría, mientras los comerciantes cerraban a toda prisa las puertas de sus establecimientos, pues la turba, en aquellos tiempos felices, eran monstruo altamente peligroso, capaz de devorarlo todo una vez abría las fauces. Habían abierto ya las puertas del carro fúnebre pasa sacar el ataúd, cuando otro genio propuso escoltarla hasta su destino entre el regocijo general. La proposición, como todas las que son eminentemente prácticas, mereció ser aprobada por aclamación, e inmediatamente asaltaron el coche ocho individuos mientras otros seis se encaramaban sobre la cubierta del carro fúnebre. Uno de los primeros voluntarios fué Jeremías -Lapa-, quien, en su modestia, escondió su persona y su cabeza en un rincón del coche. Protestaron los empleados de la funeraria contra aquella alteración del ceremonial; pero la distancia hasta el río era alarmantemente corta, y varias voces habían preconizado ya la eficacia de una inmersión fría para hacer entrar en razón a los empleados recalcitrantes de pompas fúnebres, y como consecuencia, las protestas fueron débiles y breves. Prosiguió su curso la procesión una vez reformada. Un deshollinador de chimeneas guiaba el carro fúnebre, asesorado por un cochero profesional, sentado a su lado, y de la conducción del coche se encargó un pastelero, servido a su vez por un ministro responsable. Agregóse a la comitiva un húngaro con su oso, tipo callejero muy popular en aquella época, el cual oso, por ser negro, y estar muy flaco, se armonizaba perfectamente con el carácter fúnebre de la procesión de que formaba parte. De esta suerte continuó aquella procesión desordenada, engrosando a cada paso y obligando a cerrar todas las tiendas de las calles que recorría. El término de la carrera era la antigua iglesia de San Pancracio, situada fuera de la ciudad, donde llegó a su debido tiempo. El enterramiento del cadáver de Rogerio Cly hízose con arreglo a un ceremonial extravagante, con gran satisfacción del nutrido acompañamiento. Enterrado el difunto, el autor de la humorística proposición anterior, o bien otro genio, que nunca faltan en las muchedumbres, concibió y propuso la diabólica idea, aprobada por unanimidad, de acusar de espías de la Old Bailey y de clamar venganza contra todos los transeuntes a quienes la casualidad llevase por aquellos parajes. Docenas de infelices inocentes que en su vida habían pasado a mil varas del aborrecido tribunal fueron perseguidas como fieras y acosadas y golpeadas sin piedad. La transición desde este juego al de romper cristales, echar abajo puertas y ventanas y entrar a saco en ventorros y tabernas, no podía ser ni más sencilla, ni más natural, ni más lógica. Al cabo de varias horas de saqueos, cuando habían sido tomadas por asalto varias casas de campo y taladas no pocas tiendas, y destrozadas muchas verjas de hierro que proporcionaron armas a los caracteres más beligerantes, corrió la voz de que venían los guardias. Bastó la noticia para que se dispersaran las turbas antes de la llegada de los guardias, quienes quizá ni pensaron siquiera en aproximarse al teatro de los sucesos. No tomó parte en los desórdenes últimos Jeremías -Lapa-, quien prefirió permanecer en el cementerio, conferenciado con los empleados de la funeraria y haciendo tristes meditaciones. El campo de la muerte siempre ejerció sobre él una influencia sedante. Sentado sobre una sepultura, fumando con calma filosófica una pipa que se había procurado en la taberna vecina, meditaba, puestos los ojos en la verja. ¡Ya ves, Jeremías, lo que es el mundo!--se decía -Lapa-.--No ha mucho tiempo viste con tus propios ojos a ese Cly, joven, robusto, derrochando vida, y ahora... Después de fumada su pipa, y al cabo de no poco rato de meditaciones profundas y de tristes reflexiones, levantóse y emprendió la vuelta a la ciudad, con objeto de encontrarse en su puesto antes de la hora de cerrar el Banco. No ha sido posible aclarar del todo si sus meditaciones ejercieron sobre su hígado influencia perniciosa, o si su salud venía quebrantada ya de antes, o bien si su visita no tuvo otro objeto que dispensar un honor a la persona a quien visitó: fuera uno u otra la causa, el hecho fué que, en el camino, se detuvo algunos minutos en la casa de su médico... albeitar eminente de la ciudad. El hijo manifestó con muestras de gran interés al padre que nada había ocurrido durante su ausencia. Cerró el Banco las operaciones del día, salieron los empleados, y -Lapa-, acompañado por su hijo, se encaminó a su casa. --Hoy vas a saber quién soy yo--dijo a su mujer no bien traspasó el umbral de la casa.--Si esta noche estoy de malas como honrado menestral, será prueba de que te has pasado el día rezando en mi contra y sabrás cuántas son cinco, lo mismo que si yo, con estos ojos, te hubiera visto arrastrada por los suelos. Su costilla movió la cabeza. --¡Cómo! ¿Te atreves a hacerlo en mis barbas?--repuso con entonación colérica. --¡Si no digo nada! --¡Ya lo sé; pero piensas! ¡Tanto monta pensar como hablar! ¡Lo mismo puedes arruinarme rezando como meditando! ¡No quiero que hagas ni lo uno ni lo otro! --Está bien, Jeremías. --¡Sí!... Está bien, Jeremías... Perfectamente, Jeremías... Conforme, Jeremías... Lo que tú digas, Jeremías... Crees que me engañas con esas palabras de conformidad, ¿no es cierto? ¡Pues te equivocas de medio a medio! --¿Piensas salir esta noche?--preguntó la mujer. --Sí; pienso salir. --¿Podré acompañarle, padre?--preguntó su retoño. --No podrás acompañarme. Esta noche voy... ya lo sabe tu madre... voy a pescar; a pescar; eso es. --Cada día son más listos los peces, ¿verdad, padre? --Es lo que no te importa. --¿Traerá pescado? --Si no lo traigo, mañana habrá -solfeo- general en casa--replicó -Lapa- moviendo la cabeza.--Y basta de preguntas, muñeco. No saldré hasta que tú te hayas acostado. El resto de la velada lo consagró a acechar a su mujer y a obligarla a hablar constantemente a fin de impedir que rezara o meditara en contra suya. Con el mismo objeto a la vista, obligó también a su hijo a que charlara sin tasa con su madre, con no poco disgusto de ésta, que no dispuso de un segundo de tiempo para consagrarlo a sus reflexiones. La persona más devota no hubiese podido rendir homenaje más elocuente a la eficacia de una oración honrada. El temor a las plegarias de su mujer era tanto como si una persona que jurase y perjurase que no creía en fantasmas ni aparecidos, se horrorizara al escuchar historias de fantasmas y de aparecidos. --¡Es cosa grande que tus rezos sean amenaza constante a nuestros estómagos!--dijo -Lapa-.--Tu conducta desnaturalizada mataría de hambre a tu marido y a tu hijo, si yo no vigilara a todas horas. ¡Mira a tu hijo...! Porque creo que es tu hijo, ¿eh? Está más delgado que un estoque... Tú, que tienes el atrevimiento de llamarte su madre, ¿no sabes que el primero, el más sagrado de los deberes de una madre es hacer que su hijo engorde? Estas palabras conmovieron tan profundamente al hijo, que conjuró a su madre a que cumpliera ante todo y sobre todo la función maternal con delicadeza tanta indicada por su padre. Así fué deslizándose la velada en el tranquilo hogar de los -Lapas-, hasta que madre e hijo recibieron orden de meterse en la cama. El jefe de la familia distrajo las horas de la noche fumando pipas solitarias hasta poco más de la media noche, que se levantó para salir. Antes, sin embargo, sacó de un armario, cuya llave guardaba en el bolsillo, un saco, una barra de hierro bastante gruesa, algunas cuerdas, una cadena, y otros útiles de pesca parecidos, los que, colocados y acondicionados convenientemente, apagó la luz y se fué. Minutos después salía tras el padre su curioso retoño, quien había tenido la precaución de acostarse vestido sobre la cama cuando recibió la orden de recogerse. Al amparo del manto de la noche salió de su habitación, descendió sigiloso la escalera y se aventuró por las solitarias calles. En cuanto a la vuelta a la casa paterna, no le inspiraba ningún recelo, pues sabía muy bien que la puerta quedaba abierta toda la noche. Impulsado por el deseo muy laudable de aprender las artes y misterios de las ocupaciones nocturnas de su honrado padre, el muchacho, pegado a las paredes de las casas, embebiéndose en los huecos de las puertas, procuraba no perder un instante de vista al laborioso autor de sus días. Tomó éste dirección norte, y no se había alejado gran cosa, cuando topó con un nuevo discípulo de Isaac Walton, en cuya compañía prosiguió la marcha. Media hora después caminaban ambos sin hablar palabra por un camino solitario, al que no llegaban las miradas de los faroles ni menos las de los vigilantes nocturnos. En el camino se les incorporó otro pescador, pero con tanto recato y silencio, que si el muchacho hubiera sido supersticioso, seguramente habría creído que el hombre que primero se reuniera a su padre se había partido súbita y milagrosamente en dos. Los tres prosiguieron la marcha seguidos por el hijo de -Lapa-, hasta que hicieron alto al pie de un desmonte cuyo talud se alzaba sobre el camino. Sobre el talud, corría un muro de ladrillo de escasa elevación, coronado por una verja de hierro. Los hombres se deslizaron como fantasmas a lo largo del talud, procurando ampararse de su sombra, hasta llegar a un entrante que daba acceso a una especie de callejón, uno de cuyos lados, formado por el muro de ladrillo, tendría sobre diez pies de altura. A la luz blanquecina de la luna pudo ver el muchacho que el honrado menestral a quien debía la existencia escalaba con ligereza sin igual la verja de hierro. Inmediatamente le siguió el segundo pescador, y a éste el tercero. Los tres ganaron el terreno comprendido en el interior de la verja, donde permanecieron algunos minutos, tendidos en tierra... probablemente escuchando. Luego avanzaron, arrastrándose sobre las manos y las rodillas. El muchacho se acercó a la verja, conteniendo la respiración. Desde un rincón donde se agazapó vió que los tres pescadores se arrastraban como serpientes por entre la crecida hierba que cubría el terreno... y por entre muchas cruces y lápidas sepulcrales. Estaban en un cementerio, y parecían fantasmas espantables acechados por otro fantasma más espantable, más monstruoso aún: por la torre de la iglesia vecina, gigante terrorífico encargado de velar por la tranquilidad de los muertos. No avanzaron mucho trecho. El muchacho no tardó en observar que se enderezaban y daban comienzo a la pesca. Pescaron primero con azada. Poco después, el honrado -Lapa- preparó un instrumento semejante a descomunal sacacorchos. Cualesquiera que fueran los útiles de pesca que utilizaran, manejábanlos con inusitado ardor. Las púas que coronaban la cabeza del muchacho adquirieron la dureza acerada de las de su padre cuando el gigante guardián de la ciudad de los muertos dejó oir lentas, sonoras, graves, terroríficas, las dos de la madrugada. El muchacho emprendió desatinada fuga; mas el deseo de saber era tan grande, que no sólo se contuvo al cabo de breve trecho de recorrido, sino que le incitó a volver a la verja. Vió que los tres hombres continuaban pescando, y supuso que habían pescado algo al observar que los pescadores parecían inclinados y como doblegados, haciendo esfuerzos encaminados a sacar algún pez de mucho peso. Así era en efecto: poco a poco fueron izando el pescado, hasta que éste salió a la superficie. La forma del pescado era de las que no dejan lugar a duda; pero cuando el muchacho vió que su padre se disponía a abrirlo, sintióse acometido de tal pánico, que emprendió una carrera frenética sin detenerse ni moderar la velocidad hasta que dejó atrás más de una milla de terreno. Ni aun entonces se habría detenido si no le hubiese faltado el aliento, pues no huía ante imágenes engendradas por el miedo, sino ante espectros que le acosaban terribles. El ataúd que había visto le pisaba los talones, saltando sobre las piedras y tierra del camino en posición perpendicular y sobre el extremo más estrecho, empeñado en alcanzarle y en colocarse a su lado... quizá para asirse a su brazo. Aquel diabólico ataúd debía ser prodigio de incongruencia y de ubicuidad, pues tan pronto saltaba entre las negras filas de árboles que bordeaban el camino como volaba sobre las espesas copas, semejante a cometa sin rabo ni alas. Ocultábase también en los huecos de las puertas, contra las cuales frotaba sus horribles costillas, produciendo un ruido semejante a huecas carcajadas. Constantemente ganaba terreno al muchacho en aquella carrera fantástica. Cuando el perseguido llegó a la puerta de su casa, estaba medio muerto de miedo. Ni aun después de refugiarse en ella se vió libre de la encarnizada persecución del ataúd, que subió tras él la escalera saltando sobre sus peldaños, y se acostó en su cama, y se subió sobre su pecho cuando el sueño o el terror rindieron al desventurado curioso. La presencia de Jeremías -Lapa- en el estrecho cuarto del muchacho puso fin al agitado sueño de éste antes que los primeros rayos del sol hicieran su aparición sobre la tierra. La fortuna debió serle poco propicia aquella noche; así, al menos, lo infirió su hijo del hecho de que tuviera a su mujer agarrada por las orejas y sacudiéndola sin consideración. --¡Te lo ofrecí, y lo cumplo!--decía Jeremías. --¡Por Dios, Jeremías!--exclamaba su mujer con acento de súplica. --Te empeñas en estropearme los negocios, sin tener en cuenta que me perjudicas a mí y a mis asociados. Tu obligación es obedecer: ¿por qué no lo haces? --¡Procuro ser mujer honrada!--contestaba la infeliz, derramando lágrimas. --¿Y crees que la honradez consiste en echar a perder los negocios de tu marido? ¿Crees honrar a tu marido deshonrando sus asuntos? --¡No deberías dedicarte a negocios tan horribles, Jeremías! --Debe bastarte el ser la esposa de un honrado menestral y no dar entrada en tu estrecho entendimiento femenino a cálculos o apreciaciones acerca de la naturaleza de los negocios que hace o deja de hacer tu marido. La mujer que es honrada y obediente, no se mete en lo que es incumbencia privativa de su esposo. ¿Y tú te llamas religiosa? ¿Tú te llamas honrada? ¡Si eres religiosa, si eres honrada, dénme mujeres irreligiosas y sin honra! El altercado, que se sostenía en voz baja, llegó a su término cuando Jeremías, despojándose de las botas cubiertas de barro, se tendió sobre el suelo, boca arriba y puestas las manos debajo de la cabeza a guisa de almohada. El hijo, en su deseo de imitar al padre, volvió a tenderse sobre la cama, no tardando en dormirse. Después del almuerzo, en cuyo -menú- no figuró ningún plato de pescado, y puede decirse que de ningún otro manjar, el señor Jeremías, que dicho sea de paso estaba furioso como nunca, bien acepillado y lavado, salió con su hijo a la calle y tomó el camino del Banco Tellson. El joven vástago del honrado menestral que caminaba al lado de éste por la calle Fleet no era ya el mismo que la noche anterior huía despavorido por caminos solitarios de su terrible perseguidor. Con los resplandores del día recobró su atrevimiento habitual, y sus bascas y escrúpulos terminaron con la noche... en cuyos particulares es más que probable que tuviera muchos compadres en la animada calle Fleet. --Padre--dijo el muchacho durante el trayecto,--¿qué es un desenterrador? El buen -Lapa- no pudo contestar pregunta tan inesperada sin antes quedar como clavado en el sitio. --¡Yo qué sé!--respondió al fin. --Yo creí que usted lo sabía todo, padre--repuso el candoroso muchacho. --¡Hum! ¡Pues... mira!--dijo Jeremías -Lapa-, después de quitarse el sombrero y de rascarse la frente.--Un desenterrador es un honrado menestral, un comerciante. --¿En qué ramo comercia? --Comercia... en géneros científicos de naturaleza especial. --En cadáveres humanos; ¿verdad, padre? --Creo que no andas del todo descaminado, hijo. --¡Oh padre! ¡Yo quisiera ser desenterrador cuando llegue a hombre! La proposición llenó de noble orgullo al padre. Sin embargo, moviendo la cabeza como con aire de duda, replicó: --Dependerá del vuelo que alcancen tus talentos. Procura alentar su desarrollo, a lo cual contribuirá poderosamente el ejemplo que te doy. Hoy es prematuro hablar de lo que en lo futuro harás o dejarás de hacer. Momentos después, mientras el muchacho iba a colocar el banco a la sombra del edificio del Tribunal del Temple, Jeremías -Lapa- murmuró para sus adentros: --Amigo Jeremías, honrado menestral; puedes abrigar esperanzas fundadas de que tu hijo llegará con el tiempo a ser un tesoro que compensará tu desgracia de tener por esposa a una mujer desnaturalizada. XV HACIENDO CALCETA Aquel día, en la taberna del señor Defarge, habían comenzado las libaciones más temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la mañana, caras pálidas se acercaron a los barrotes de las rejas que defendían las ventanas, vieron otras caras pálidas inclinadas sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en la taberna de Defarge se expendía había recibido las saludables aguas del bautismo, pero el que en esta ocasión bebían los báquicos madrugadores debía ser agrio, o al menos tenía la propiedad de agriar el temperamento de los que lo ingerían. El zumo de las uvas encerrado en los toneles de Defarge no encendía alegres llamas báquicas, sino un fuego latente, un fuego que ardía sin salir a la superficie. Tres mañanas hacía ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos encontramos en miércoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba más que se bebía, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el establecimiento no bien se abría la puerta, a quienes hubiese sido imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la salvación de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de vino; veíaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincón a otro rincón, tragando con manifiesta ansiedad sendos párrafos de conversación en vez de saborear sendos tragos de vino. Aunque la concurrencia era más numerosa que de ordinario, el tabernero no había considerado necesario hacerse visible. Los parroquianos no debían conceder importancia a la ausencia de Defarge, toda vez que nadie preguntaba por él, nadie mostraba deseos de verle, nadie se extrañaba de ver sola a la señora Defarge, sentada tras el mostrador, presidiendo la distribución del vino y recogiendo contrahechas monedas, de las que habían desaparecido las efigies y escudos impresos por el troquel. Eran monedas dignas de los andrajosos bolsillos de que habían salido. Aburrimiento, falta absoluta de interés y sobra de fastidio es lo único que en la taberna hubieran notado los espías que, a no dudar, avizoraban desde la calle, como avizoraban todos los sitios, altos y bajos, desde el palacio del rey hasta la celda del criminal. Languidecían las barajas, los jugadores de dominó hacían castillos con las fichas, los bebedores dibujaban caras sobre las mesas con las gotas de vino que caían de los cubiletes, y la señora Defarge seguía con un mondadientes los dibujos de la manga de su vestido, como si oyese algo que no hería los tímpanos y viese cosas que no impresionaban la retina. Hasta el mediodía, en nada variaron las características de San Antonio en su aspecto vinoso. Poco después de las doce, llegaron dos hombres cubiertos de polvo, uno de los cuales era el señor Defarge, y el otro un peón caminero, ambos con semblantes adustos y sedientos, los cuales entraron en la taberna. Su llegada encendió en el pecho de San Antonio encendidas chispas que, corriéndose por fuera de la taberna, no tardaron en transformarse en llamas, y éstas a su vez en caras humanas que llenaron todas las puertas y ventanas del barrio. Nadie siguió a los polvorientos viajeros, nadie les dirigió una sola palabra, pero todos clavaron en ellos los ojos. --¡Buenos días!--contestó un coro nutrido. --Mal tiempo, señores--repuso Defarge, moviendo la cabeza. Cada uno de los presentes miró a su vecino, y a continuación, todos bajaron los ojos al suelo y guardaron silencio. Uno solo, por excepción, se levantó de su asiento y se fué. --Mi querida esposa--continuó Defarge,--he recorrido una porción de leguas en compañía de este buen caminero, que se llama Santiago. Le encontré... por casualidad, a jornada y media de París. Es un buen muchacho y se llama Santiago... ¡Dale de beber, querida! Levantóse otro hombre y salió de la taberna. La señora Defarge sirvió un vaso de vino al buen peón caminero, quien saludó quitándose el gorro azul que cubría su cabeza, y bebió. Sacó del seno un pedazo de pan áspero y negro, se sentó junto al mostrador, y principió a comer y a beber. Otro parroquiano, el tercero, se puso en pie y abandonó la taberna. Defarge se sirvió otro vaso de vino, de menor capacidad que el servido al caminero, y esperó a que éste despachara su refrigerio. Ni miró a ninguno de los presentes, ni ninguno de los presentes volvió los ojos hacia él. La señora Defarge había tomado en sus manos la calceta, y trabajaba sin mirar y sin hablar. --¿Ha terminado ya el almuerzo?--preguntó el tabernero al peón luego que advirtió que no comía. --Sí; muchas gracias. --Entonces, vamos: le enseñaré la habitación que le dije que ocuparía, y que desde luego aseguro que ha de ser de su gusto. Desde la tienda salieron a la calle, desde la calle entraron a un patio, en el patio tomaron una escalera, y al final de la escalera encontraron un sotabanco... que en otro tiempo fué alojamiento de un hombre de cabellos blancos como la nieve, que se pasaba los días sentado en una banqueta y haciendo zapatos. No se encontraba en el sotabanco el de los cabellos blancos como la nieve, pero sí los tres hombres que antes salieron uno a uno de la taberna. Defarge cerró cuidadosamente la puerta del sotabanco, y dijo a media voz: --¡Santiago Primero, Santiago Segundo, Santiago Tercero! Os presento al testigo encontrado por mí, Santiago Cuarto. El os lo dirá todo. Puedes hablar, Santiago Quinto. El peón caminero, después de secar su sudorosa frente con el gorro azul que en la mano tenía, preguntó: --¿Por dónde comienzo? --Puedes comenzar por el principio--respondió con mucha lógica Defarge. --Le vi, señores--comenzó el peón caminero,--ha hecho un año este verano, bajo el carruaje del señor Marqués, pendiente de la cadena. Yo acababa de dejar mi tarea, el sol se hundía en el horizonte, el coche del señor Marqués subía trabajosamente la colina, y él iba suspendido de la cadena de esta manera. El orador representó gráficamente una escena que había representado millares de veces en la aldea durante un año entero. Tomó la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si había visto antes al hombre que pendía de la cadena. --Nunca--contestó el interpelado, recobrando la posición perpendicular. Preguntó Santiago Tercero cómo había podido reconocerle después, no habiéndole visto hasta ese día. --Le reconocí por su elevada estatura--dijo el peón caminero, puesto el índice de la mano derecha en la nariz.--Cuando aquella noche preguntó el señor Marqués qué señas tenía, yo contesté: «Es alto como un espectro». --Debió usted decir «pequeño como un enano»-observó Santiago Segundo. --¿Y qué sabía yo? Ni había sido cometida la hazaña ni él se había confiado a mí. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas circunstancias, yo nada declaré, nada dije. Buena prueba de ello es que el señor Marqués, señalándome con el dedo, gritó: «¡Traedme a ese canalla!» ¡No, no, señores! ¡Nada dije! --Tiene razón, Santiago--dijo Defarge.--Sigue. --Pues bien--continuó el peón caminero con aire de misterio.--El hombre alto se ha perdido y lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde nueve, diez, once meses? --El número de meses es lo que menos viene al caso--contestó Defarge.--Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le encontraron desgraciadamente. Prosigue. --Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone también las montañas de Occidente, como en la ocasión anterior. Recojo mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche, cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos atados a los lados... en esta forma. Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa admirablemente a un hombre cuyos codos están amarrados a la cintura. --Me hago a un lado, señores, colocándome junto a un acopio, para ver pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi más que a seis soldados que conducían a un hombre amarrado, un hombre alto, y que soldados y prisionero parecían negros, excepto por la parte que daba frente a la puesta del sol, donde advertí algunas líneas rojizas. También pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante. Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a mí, reconocí al hombre alto que llevaban preso y él me reconoció también a mí. ¡Ah! ¡Bien sé yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo sitio! A continuación hizo una descripción detallada y llena de vida de la escena a que acababa de aludir. --Ni yo di a entender a los soldados que había reconocido al preso, ni el preso dejó entrever a los soldados que me hubiera reconocido a mí. En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de los ojos. «¡Vivo, vivo!»--dijo el jefe de los soldados.--«¡Llevémosle pronto a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les seguí. Los brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presión de las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados, andaba cojo. El que está cojo, no puede caminar de prisa, y como los soldados querían hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta manera. El peón caminero imitó los movimientos del hombre a quien obligan a caminar a culatazos. --Cayó de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta ella sus manos, lo que, visto por los soldados, dió margen a nuevas carcajadas. Lleváronle a la aldea, que salió en masa a verle, y desde la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vió cómo se abría la puerta del calabozo y se engullía al prisionero de esta manera: El peón caminero abrió una boca descomunal, y la cerró con estrépito producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal verismo quiso representar la escena, que continuó con la boca cerrada hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo: --Adelante, Santiago. --La aldea en masa se retira,--prosiguió el caminero, bajando la voz y puesto sobre las puntas de sus pies,--la aldea en masa se congrega en torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos; la aldea entera sueña en aquel desdichado, que se encuentra entre muros y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del cual no saldrá más que para morir. A la mañana siguiente, me echo las herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un rodeo, paso junto a la cárcel antes de dirigirme al trabajo. Allí le veo, detrás de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo a llamarle ni él se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un muerto. Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombrías, miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada, es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal severísimo. Los Santiagos Primero y Segundo están sentados sobre el viejo jergón, apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a éste, ora vuelve su severa cara hacia aquéllos. --Adelante, Santiago--dice Defarge. --En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porción de días. La aldea le ve, pero recatándose, pues tiene miedo. Durante el día, contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha terminado la labor del día y se reúne junto a la fuente, todas las caras se vuelven hacia la cárcel. Antes, el objeto de las miradas de la aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisión del tajo. En las conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun cuando le condenaran a muerte, no será ejecutada la sentencia; dicen que han sido presentadas en París exposiciones en las cuales demuestran que el infeliz enloqueció y no supo lo que hacía a consecuencia de la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una exposición al mismo Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! Yo no aseguro ni que sí ni que no. --¡Escucha con atención, Santiago!--interrumpió con duro acento Santiago Primero.--Sabe que ha sido presentada una exposición al Rey y a la Reina. Todos los que aquí estamos, excepción hecha de ti, sabemos que el Rey la tomó en sus manos, en ocasión en que paseaba por la calle en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien estás viendo, con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el memorial en la mano. --¡Escúchame ahora a mí, Santiago!--terció Santiago Tercero, siempre con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.--¡La escolta, de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a golpes! ¿Has entendido? --He entendido, señores. --Adelante, pues--dijo Defarge. --No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro país para ejecutarlo en él, y que será irremisiblemente ejecutado. También dicen que, como mató al señor, y el señor es el padre de sus vasallos, será ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarán en vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que abrirán en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarán aceite hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, será despedazado. Afirma el mismo viejo que eso fué lo que hicieron con un reo que atentó contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será mentira? No lo sé: no soy sabio. --¡Escucha otra vez, Santiago!--exclamó el tercero de este nombre.--El reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de exponer se ejecutó a la luz del sol y en las calles de París. Acerca de la impresión que produjo en las personas que lo presenciaron, sólo te diré, Santiago, que la infinidad de damas de la más alta nobleza que acudieron a presenciar la ejecución, no quisieron privarse de ningún detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas después de haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... ¡y aun respiraba! Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos años tienes? --Treinta y cinco--contestó el caminero, que representaba sesenta. --¡Demasiados!--murmuró con impaciencia Defarge.--Continúa. --No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan los soldados y se encaminan a la prisión. Obreros que cavan, obreros que clavan, soldados que ríen a carcajadas, y cuando luce el día, junto a la fuente se alza un patíbulo de cuarenta pies de elevación, cuya sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo el mundo se reúne allí, las vacas no salen al campo porque tampoco quieren privarse del espectáculo. Al mediodía truenan los tambores. Los soldados, que la noche anterior fueron a la prisión, vuelven llevándole en medio. El reo está amarrado, le han puesto en la boca una mordaza sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que ríe. En lo alto del patíbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadáver queda balanceándose... envenenando con su sombra las aguas de la fuente. Los oyentes se dirigieron miradas sombrías, mientras el narrador se secaba el sudor de la cara con el gorro azul. --¡Es horroroso, señores!--repuso.--¿Cómo han de beber agua de la fuente las mujeres y los niños? ¿Quién es el atrevido que osa hablar durante la noche bajo aquella sombra? ¿Bajo la sombra dije? ¡Cuando yo salí de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volví la cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubría la iglesia, cubría el molino, cubría la prisión del tajo, cubría toda la tierra, señores, que tiene por techo el cielo azul! El oyente que escuchaba rodilla en tierra parecía estar hambriento de algo... que no era ni comida ni bebida. --He terminado, señores. Abandoné la aldea momentos antes de ponerse el sol, conforme acabo de decir, y caminé toda la noche y la mitad del día siguiente, hasta que encontré, conforme también he dicho, a este camarada. En su compañía llegué hasta aquí, unas veces a pie otras a caballo, viajando todo el resto del día de ayer y toda la noche pasada. He dicho. --Está bien--dijo Santiago Primero, después de un silencio imponente.--Has obrado y narrado con fidelidad. ¿Quieres esperarnos por breve tiempo fuera, en la escalera? --Con mucho gusto--contestó el peón caminero. Defarge le acompañó hasta la escalera, le dejó sentado sobre el último peldaño, y volvió a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se habían levantado y formaban un grupo muy apretado. --¿Qué dices, Santiago?--preguntó el número uno de este nombre.--¿Lo consignamos en nuestro registro? --¡Regístralo como condenado a la destrucción!--contestó Defarge. --¡Magnífico!--exclamó Santiago Tercero. --¿El castillo y toda la raza?--repuso el primero. --¡Sí; el castillo y toda la raza!--bramó Defarge--¡Exterminio completo! --¡Sublime!--gritó el tercer Santiago. --¿Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el registro no ha de originarnos ningún contratiempo?--preguntó a Defarge Santiago Primero.--Que es seguro, no ofrece duda, toda vez que, excepción hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: ¿pero podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podrá ella?... --Santiago--replicó Defarge irguiéndose,--si mi mujer se empeña en guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se perderá ni una palabra, ni una sílaba de cuantas contenga. Con puntos de calceta es ella capaz de escribirlo todo más claro que el sol. Confía en mi mujer. El poltrón más cobarde, el más apegado al mundo que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos dificultades para quitarse a sí mismo la existencia, que para arrancar una sola letra del registro escrito a punto de media por mi señora. Murmullos de aprobación acogieron las palabras de Defarge. --¿Qué hacemos con ese rústico?--preguntó Santiago Tercero.--¿Lo despedimos? Me parece excesivamente simple: ¿no nos resultará peligroso? --Nada sabe--replicó Defarge,--y lo poco que pudiera decir, únicamente le serviría para subir a un patíbulo tan alto como el que ha poco nos estaba describiendo. Yo me encargo de él; dejadlo a mi cuidado. A su tiempo lo despediré. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los magnates y señores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto el domingo. --¡Cómo!--exclamó Santiago Tercero.--¿No te parece mal síntoma que desee ver la realeza y la nobleza? --Santiago--replicó Defarge,--enseña al gato la leche, si quieres excitar su sed; muestra al mastín su presa natural, si quieres que en su día caiga sobre ella y la despedace. Nada más se dijo por entonces. El peón caminero, a quien encontraron dando cabezadas en el descansillo, fué invitado a tenderse sobre el jergón. No se hizo repetir la invitación, y momentos después, dormía como un tronco. Peor alojamiento del que le ofrecía la taberna de Defarge hubiera podido encontrar en París un infeliz como el caminero. Si prescindimos del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le acosaba constantemente, llevaba una vida que no podía ser más agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el día entero sentada detrás del mostrador, tan indiferente a su persona, tan -empeñada- en no darse cuenta de la presencia de un extraño en la casa, que éste andaba desconcertado y receloso. No es, pues, de extrañar que, cuando llegado el domingo, supo que la tabernera se agregaría a su marido para acompañarle a Versalles, le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera no cesaba de hacer calceta durante el camino, y su desconcierto se trocó en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasión en que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la media. --¿Trabaja usted mucho, señora?--dijo un hombre que pasó por su lado. --Sí--respondió la señora Defarge,--tengo mucho que hacer. --¿Y qué hace usted, señora? --Muchas cosas. --Por ejemplo... --Por ejemplo--contestó la tabernera con la calma misma de antes--mortajas. Alejóse el desconocido tan pronto como le fué posible. El pobre caminero sintió en el pecho tan extraña opresión, que hubo de hacerse aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo quejarse de su suerte, toda vez que, momentos después, aparecían un rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cómodamente instalados en áurea carroza. Con los soberanos venía lo mejorcito, lo más notable de su corte. El pobre peón caminero, al ver aquel ejército encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de galones de oro y de deslumbrante pedrería, sintió en su pecho tales oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello dió vivas al Rey y a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos que de ellos tiraban. Y vió hermosos jardines y encantadoras arboledas, y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontró nuevamente al Rey y a la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, a todo lo creado, y creció su entusiasmo, y el entusiasmo dió nacimiento en su alma a la simpatía, y la simpatía a la ternura, y ésta, encontrando estrechos los límites del pecho, se desbordó a torrentes por sus ojos en forma de lágrimas. Durante la escena, que duró tres horas, durante las cuales gritó hasta enronquecer y lloró hasta agotar el manantial de sus lágrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos de su pasajera devoción y los destrozara entre sus manazas. --¡Bravo!--exclamó Defarge cuando terminó el desfile.--Eres un buen muchacho. Temió haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en sí, pero pronto se tranquilizó. --Eres el hombre que necesitamos--díjole Defarge pegando los labios a sus oídos.--Harás creer a esos insensatos que sus locuras durarán siempre; crecerá su insolencia, y ellos mismos precipitarán su fin. --¡Calla!--exclamó el caminero.--¡Pues es verdad! --Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; verían impasibles tu muerte y la de mil más como tú; es más: sacrificarían sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos. Engañémoslos durante algún tiempo más, que por grande que el engaño sea, nunca será tan grande como merecen. La señora Defarge miró al caminero e hizo signos de aprobación. --Dígame, amigo: si le pusieran delante un montón enorme de hermosas muñecas y le dijeran que podía destrozar y despojar a las que se le antojase, ¿no es verdad que escogería las más ricas, las más hermosas? --Verdad es, señora. --Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pájaros de hermoso plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso para arrancarles las plumas en beneficio suyo, ¿no es verdad que principiaría por los que más bellas plumas tuvieran? --Así es, señora. --Pues acaba de ver el montón de hermosas muñecas y la bandada de pájaros de vistoso plumaje: ahora, vámonos a casa. XVI MÁS PUNTO DE MEDIA Mientras la señora Defarge y su señor marido regresaban en amigable compañía al centro de San Antonio, un gorro de color azul avanzaba horadando tinieblas y envuelto en espesas nubes de polvo por los caminos que conducían al sitio en que el castillo del señor Marqués, a la sazón durmiendo el sueño eterno, escuchaba las susurrantes conversaciones de los árboles. Tiempo tenían de sobra los rostros de piedra para escuchar las conversaciones sostenidas por los árboles y la fuente, y con tal interés lo aprovechaban, que los esqueletos que poblaban la aldea y rondaban las inmediaciones del castillo en busca de algunas hierbas con que acallar su hambre y de algunos leños con que alimentar la lumbre de sus fríos hogares, si llegaron a dar vista al patio, doble escalera y terraza del castillo, dieron cabida en su famélica fantasía a la idea de que la expresión de los rostros de piedra había sufrido profunda alteración. Aseguraban los míseros moradores de la aldea que la expresión de orgullo y de desdén de los guardianes de piedra del castillo se trocaba en expresión de dolor y de cólera cuando el cuchillo hería a la Casa, y aseguraban que desde el instante en que se balanceó a cuarenta pies de elevación sobre el suelo el cuerpo del asesino, a la expresión de dolor y de cólera de aquéllos sucedió otra que respiraba feroz venganza, que perduraría en ellos hasta la consumación de los siglos. La faz de piedra que vigilaba la gran ventana de la alcoba en que el asesinato había sido perpetrado apareció un día con dos mellas finísimas en la nariz; y si alguna vez, de entre algún grupo de harapientos aldeanos se destacaban dos o tres para acercarse al Marqués petrificado, no transcurría un minuto de contemplación sin que huyeran asustados como liebres perseguidas por ágiles lebreles. Castillo y chozas, faces de piedra y caras de carne y hueso, losas del patio del castillo teñidas de rojo y aguas puras encerradas en el pozo de la aldea, millares de hectáreas de terreno... toda una provincia de Francia... la Francia entera, duermen bajo la inmensa bóveda azulada, cual si fueran un punto imperceptible, un átomo perdido en la inmensidad. No es otra cosa el mundo, con toda su grandeza y su insignificancia, con relación a la brillante estrella que le parpadea en las alturas. Los sabios de la tierra quiebran, dividen, descomponen un rayo de luz y analizan sus componentes; y de la misma manera, otra inteligencia más sublime que la humana lee los débiles destellos que brotan de esta tierra que habitamos, y analiza todos los pensamientos y todos los actos, todos los vicios y todas las virtudes de las criaturas dotadas de inteligencia. El carruaje público en el que hicieron el viaje de regreso los Defarge, marido y mujer, hizo alto en la puerta de la ciudad más próxima a su domicilio, donde no tardaron en dejarse ver los faroles de costumbre encargados de practicar el examen e investigaciones reglamentarias. Defarge saltó del carruaje al ver a dos o tres soldados y a un policía conocidos suyos; este último, con quien le ligaban lazos de amistad íntima, le abrazó. Llegados a los linderos del distrito puesto bajo la protección de las alas de San Antonio, dejaron los Defarge el carruaje y se encaminaron a su casa a pie, por calles obscuras y cubiertas de lodo. En el trayecto, la señora Defarge preguntó a su marido: --¿Qué te ha dicho Santiago el policía? --Todo lo que sabe, bien que es muy poca cosa. Han nombrado otro espía para nuestro barrio: quizá no sea ése solo, pero aquél no conoce más que a uno. --Está bien--contestó la tabernera con la calma de siempre.--Habrá que anotarlo en el registro. ¿Cómo se llama ese hombre? --Es inglés. --¡Mejor que mejor! ¿Su nombre? --Barsad. --Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su nombre de pila? --Juan. --Juan Barsad... Juan Barsad--repitió la tabernera.--Muy bien. ¿Sus señas? --Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta: ofrece la particularidad de estar torcida ligeramente hacia la izquierda, lo que le da, como es natural, expresión siniestra. --¡Es un retrato acabado a fe mía!--exclamó la señora Defarge riendo.--Lo registraré mañana. Llegados a la taberna, que encontraron cerrada--eran más de las doce de la noche,--la señora Defarge tomó asiento detrás del mostrador y consagró su atención al examen de las cuentas del día. Principió por volcar sobre el mostrador el jarro dentro del cual se colocaba el importe de las ventas, contó el dinero, midió las existencias, leyó las entradas y salidas consignadas en el libro destinado al objeto, corrigió los asientos, hizo algunos nuevos y discutió otros, y después de apurar, y estrechar, y marear de mil maneras al individuo encargado del establecimiento, envióle a dormir. A continuación, hizo de las monedas sacadas del jarro varias pilas iguales, que fué anudando en el pañuelo de bolsillo, el cual no tardó en quedar convertido en rosario de nudos. Defarge, mientras tanto, paseaba por el establecimiento, fumando su pipa y admirando complacido la prudente y sabia economía doméstica de su mujer, bien que sin entrometerse en ella. Como la tienda era estrecha, y el techo poco elevado, y la noche estaba calurosa en extremo y cerradas todas las ventanas y puertas, respirábase una atmósfera extraordinariamente viciada. No era un portento de delicadeza el sentido del olfato del señor Defarge, pero 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000