pronto la oportunidad, para agarrar a su retoño por una oreja.
--¿Qué es eso?--gritó Jeremías padre.--¿Qué significa ese viva? ¿Ese
es el respeto que a tu padre tienes? ¡Este muchacho es un pillete, un
descastado, tan descastado como sus vivas! ¡Que no vuelva a oirte, si
no quieres -sentirme-! ¿Entiendes?
--¿Hacía daño a nadie?--exclamó el muchacho en son de protesta y
frotándose la oreja.
--¡Lo que no hacías era bien!--replicó -Lapa-.--Súbete sobre este banco
y mira a las turbas.
Obedeció el hijo. Venían las muchedumbres gritando desaforadamente y
saltando en derredor de un carro de muertos sucio y viejo, seguido de
un coche fúnebre tan sucio, tan viejo y tan deslustrado como el carra,
ocupado por una sola representante del duelo, que ostentaba las galas
fúnebres que a la dignidad de su posición consideraba indispensables.
No parecía, empero, que su posición fuera muy de apetecer, pues las
turbas saltaban en torno del coche gritando hasta ensordecerle haciendo
visajes y contorsiones, mofándose de su respetable persona, y lanzando
apóstrofes poco gratos al oído.
Siempre fueron los entierros motivo de excitación especial para
Jeremías -Lapa-; no es, pues, de admirar que en la ocasión presente,
tratándose de un entierro que traía tan ruidoso acompañamiento, le
sacase de sus casillas hasta el punto de preguntar al primer individuo
con quien topó:
--¿Qué pasa, hermano? ¿Qué es eso?
--No lo sé--contestó el interrogado sin detenerse. ¡Espías!... ¡Espías!
--¿Quién es el muerto?--preguntó a otro.
--No lo sé--respondió también éste, colocando las manos delante de
la boca a guisa de bocina, y gritando con furia redoblada:--¡Espías!
¡Espías!
Tropezó al fin -Lapa- con una persona mejor informada del caso, gracias
a la cual pudo averiguar que se trataba del entierro de un individuo
llamado Rogerio Cly.
--¿Era espía?--preguntó -Lapa-.
--Espía del Old Bailey--contestó el informador.--¡Espía... sí... espía
del Old Bailey!
--¡Demonio!--exclamó -Lapa-, recordando la vista a que había asistido
en otro tiempo.--Le conozco. ¿Está muerto?
--¡Muerto como mi abuela! ¡Y aun debía estarlo más!... ¡Fuera!...
¡Espía!... ¡Que lo echen aquí!
Una idea tan luminosa había de ser forzosamente aceptada por aquellas
turbas, y así fué, en efecto. Todos se apoderaron con ardorosa ansiedad
del grito, y lo repitieron una y mil veces, a la par que se acercaban
tanto al coche y al carro fúnebres, que los obligaron a detenerse. En
un abrir y cerrar de ojos se apoderaron del representante del duelo;
pero éste, que nada tenía de torpe, tan admirablemente supo aprovechar
el tiempo, que en otro abrir y cerrar de ojos dió esquinazo a las
turbas tomando a la carrera una callejuela lateral, no sin dejar en
manos de aquellas su capa, su sombrero, la gasa que le cubría hasta las
rodillas, el pañuelo blanco de rigor, y otras lágrimas simbólicas.
El pueblo se entretuvo en rasgar y esparcir a los cuatro vientos los
objetos y prendas indicadas demostrando loca alegría, mientras los
comerciantes cerraban a toda prisa las puertas de sus establecimientos,
pues la turba, en aquellos tiempos felices, eran monstruo altamente
peligroso, capaz de devorarlo todo una vez abría las fauces. Habían
abierto ya las puertas del carro fúnebre pasa sacar el ataúd, cuando
otro genio propuso escoltarla hasta su destino entre el regocijo
general. La proposición, como todas las que son eminentemente
prácticas, mereció ser aprobada por aclamación, e inmediatamente
asaltaron el coche ocho individuos mientras otros seis se encaramaban
sobre la cubierta del carro fúnebre. Uno de los primeros voluntarios
fué Jeremías -Lapa-, quien, en su modestia, escondió su persona y su
cabeza en un rincón del coche.
Protestaron los empleados de la funeraria contra aquella alteración del
ceremonial; pero la distancia hasta el río era alarmantemente corta, y
varias voces habían preconizado ya la eficacia de una inmersión fría
para hacer entrar en razón a los empleados recalcitrantes de pompas
fúnebres, y como consecuencia, las protestas fueron débiles y breves.
Prosiguió su curso la procesión una vez reformada. Un deshollinador
de chimeneas guiaba el carro fúnebre, asesorado por un cochero
profesional, sentado a su lado, y de la conducción del coche se encargó
un pastelero, servido a su vez por un ministro responsable. Agregóse
a la comitiva un húngaro con su oso, tipo callejero muy popular en
aquella época, el cual oso, por ser negro, y estar muy flaco, se
armonizaba perfectamente con el carácter fúnebre de la procesión de
que formaba parte.
De esta suerte continuó aquella procesión desordenada, engrosando
a cada paso y obligando a cerrar todas las tiendas de las calles
que recorría. El término de la carrera era la antigua iglesia de
San Pancracio, situada fuera de la ciudad, donde llegó a su debido
tiempo. El enterramiento del cadáver de Rogerio Cly hízose con arreglo
a un ceremonial extravagante, con gran satisfacción del nutrido
acompañamiento.
Enterrado el difunto, el autor de la humorística proposición anterior,
o bien otro genio, que nunca faltan en las muchedumbres, concibió
y propuso la diabólica idea, aprobada por unanimidad, de acusar
de espías de la Old Bailey y de clamar venganza contra todos los
transeuntes a quienes la casualidad llevase por aquellos parajes.
Docenas de infelices inocentes que en su vida habían pasado a mil
varas del aborrecido tribunal fueron perseguidas como fieras y
acosadas y golpeadas sin piedad. La transición desde este juego al de
romper cristales, echar abajo puertas y ventanas y entrar a saco en
ventorros y tabernas, no podía ser ni más sencilla, ni más natural,
ni más lógica. Al cabo de varias horas de saqueos, cuando habían sido
tomadas por asalto varias casas de campo y taladas no pocas tiendas,
y destrozadas muchas verjas de hierro que proporcionaron armas a los
caracteres más beligerantes, corrió la voz de que venían los guardias.
Bastó la noticia para que se dispersaran las turbas antes de la llegada
de los guardias, quienes quizá ni pensaron siquiera en aproximarse al
teatro de los sucesos.
No tomó parte en los desórdenes últimos Jeremías -Lapa-, quien prefirió
permanecer en el cementerio, conferenciado con los empleados de la
funeraria y haciendo tristes meditaciones. El campo de la muerte
siempre ejerció sobre él una influencia sedante. Sentado sobre una
sepultura, fumando con calma filosófica una pipa que se había procurado
en la taberna vecina, meditaba, puestos los ojos en la verja.
¡Ya ves, Jeremías, lo que es el mundo!--se decía -Lapa-.--No ha
mucho tiempo viste con tus propios ojos a ese Cly, joven, robusto,
derrochando vida, y ahora...
Después de fumada su pipa, y al cabo de no poco rato de meditaciones
profundas y de tristes reflexiones, levantóse y emprendió la vuelta
a la ciudad, con objeto de encontrarse en su puesto antes de la
hora de cerrar el Banco. No ha sido posible aclarar del todo si sus
meditaciones ejercieron sobre su hígado influencia perniciosa, o si
su salud venía quebrantada ya de antes, o bien si su visita no tuvo
otro objeto que dispensar un honor a la persona a quien visitó: fuera
uno u otra la causa, el hecho fué que, en el camino, se detuvo algunos
minutos en la casa de su médico... albeitar eminente de la ciudad.
El hijo manifestó con muestras de gran interés al padre que nada había
ocurrido durante su ausencia. Cerró el Banco las operaciones del día,
salieron los empleados, y -Lapa-, acompañado por su hijo, se encaminó a
su casa.
--Hoy vas a saber quién soy yo--dijo a su mujer no bien traspasó
el umbral de la casa.--Si esta noche estoy de malas como honrado
menestral, será prueba de que te has pasado el día rezando en mi contra
y sabrás cuántas son cinco, lo mismo que si yo, con estos ojos, te
hubiera visto arrastrada por los suelos.
Su costilla movió la cabeza.
--¡Cómo! ¿Te atreves a hacerlo en mis barbas?--repuso con entonación
colérica.
--¡Si no digo nada!
--¡Ya lo sé; pero piensas! ¡Tanto monta pensar como hablar! ¡Lo mismo
puedes arruinarme rezando como meditando! ¡No quiero que hagas ni lo
uno ni lo otro!
--Está bien, Jeremías.
--¡Sí!... Está bien, Jeremías... Perfectamente, Jeremías... Conforme,
Jeremías... Lo que tú digas, Jeremías... Crees que me engañas con esas
palabras de conformidad, ¿no es cierto? ¡Pues te equivocas de medio a
medio!
--¿Piensas salir esta noche?--preguntó la mujer.
--Sí; pienso salir.
--¿Podré acompañarle, padre?--preguntó su retoño.
--No podrás acompañarme. Esta noche voy... ya lo sabe tu madre... voy a
pescar; a pescar; eso es.
--Cada día son más listos los peces, ¿verdad, padre?
--Es lo que no te importa.
--¿Traerá pescado?
--Si no lo traigo, mañana habrá -solfeo- general en casa--replicó
-Lapa- moviendo la cabeza.--Y basta de preguntas, muñeco. No saldré
hasta que tú te hayas acostado.
El resto de la velada lo consagró a acechar a su mujer y a obligarla a
hablar constantemente a fin de impedir que rezara o meditara en contra
suya. Con el mismo objeto a la vista, obligó también a su hijo a que
charlara sin tasa con su madre, con no poco disgusto de ésta, que no
dispuso de un segundo de tiempo para consagrarlo a sus reflexiones.
La persona más devota no hubiese podido rendir homenaje más elocuente
a la eficacia de una oración honrada. El temor a las plegarias de su
mujer era tanto como si una persona que jurase y perjurase que no creía
en fantasmas ni aparecidos, se horrorizara al escuchar historias de
fantasmas y de aparecidos.
--¡Es cosa grande que tus rezos sean amenaza constante a nuestros
estómagos!--dijo -Lapa-.--Tu conducta desnaturalizada mataría de hambre
a tu marido y a tu hijo, si yo no vigilara a todas horas. ¡Mira a tu
hijo...! Porque creo que es tu hijo, ¿eh? Está más delgado que un
estoque... Tú, que tienes el atrevimiento de llamarte su madre, ¿no
sabes que el primero, el más sagrado de los deberes de una madre es
hacer que su hijo engorde?
Estas palabras conmovieron tan profundamente al hijo, que conjuró a su
madre a que cumpliera ante todo y sobre todo la función maternal con
delicadeza tanta indicada por su padre.
Así fué deslizándose la velada en el tranquilo hogar de los -Lapas-,
hasta que madre e hijo recibieron orden de meterse en la cama. El jefe
de la familia distrajo las horas de la noche fumando pipas solitarias
hasta poco más de la media noche, que se levantó para salir. Antes, sin
embargo, sacó de un armario, cuya llave guardaba en el bolsillo, un
saco, una barra de hierro bastante gruesa, algunas cuerdas, una cadena,
y otros útiles de pesca parecidos, los que, colocados y acondicionados
convenientemente, apagó la luz y se fué.
Minutos después salía tras el padre su curioso retoño, quien había
tenido la precaución de acostarse vestido sobre la cama cuando recibió
la orden de recogerse. Al amparo del manto de la noche salió de su
habitación, descendió sigiloso la escalera y se aventuró por las
solitarias calles. En cuanto a la vuelta a la casa paterna, no le
inspiraba ningún recelo, pues sabía muy bien que la puerta quedaba
abierta toda la noche.
Impulsado por el deseo muy laudable de aprender las artes y misterios
de las ocupaciones nocturnas de su honrado padre, el muchacho, pegado
a las paredes de las casas, embebiéndose en los huecos de las puertas,
procuraba no perder un instante de vista al laborioso autor de sus
días. Tomó éste dirección norte, y no se había alejado gran cosa,
cuando topó con un nuevo discípulo de Isaac Walton, en cuya compañía
prosiguió la marcha.
Media hora después caminaban ambos sin hablar palabra por un camino
solitario, al que no llegaban las miradas de los faroles ni menos
las de los vigilantes nocturnos. En el camino se les incorporó otro
pescador, pero con tanto recato y silencio, que si el muchacho hubiera
sido supersticioso, seguramente habría creído que el hombre que primero
se reuniera a su padre se había partido súbita y milagrosamente en dos.
Los tres prosiguieron la marcha seguidos por el hijo de -Lapa-, hasta
que hicieron alto al pie de un desmonte cuyo talud se alzaba sobre el
camino. Sobre el talud, corría un muro de ladrillo de escasa elevación,
coronado por una verja de hierro. Los hombres se deslizaron como
fantasmas a lo largo del talud, procurando ampararse de su sombra,
hasta llegar a un entrante que daba acceso a una especie de callejón,
uno de cuyos lados, formado por el muro de ladrillo, tendría sobre
diez pies de altura. A la luz blanquecina de la luna pudo ver el
muchacho que el honrado menestral a quien debía la existencia escalaba
con ligereza sin igual la verja de hierro. Inmediatamente le siguió
el segundo pescador, y a éste el tercero. Los tres ganaron el terreno
comprendido en el interior de la verja, donde permanecieron algunos
minutos, tendidos en tierra... probablemente escuchando. Luego
avanzaron, arrastrándose sobre las manos y las rodillas.
El muchacho se acercó a la verja, conteniendo la respiración. Desde un
rincón donde se agazapó vió que los tres pescadores se arrastraban como
serpientes por entre la crecida hierba que cubría el terreno... y por
entre muchas cruces y lápidas sepulcrales. Estaban en un cementerio,
y parecían fantasmas espantables acechados por otro fantasma más
espantable, más monstruoso aún: por la torre de la iglesia vecina,
gigante terrorífico encargado de velar por la tranquilidad de los
muertos. No avanzaron mucho trecho. El muchacho no tardó en observar
que se enderezaban y daban comienzo a la pesca.
Pescaron primero con azada. Poco después, el honrado -Lapa- preparó un
instrumento semejante a descomunal sacacorchos. Cualesquiera que fueran
los útiles de pesca que utilizaran, manejábanlos con inusitado ardor.
Las púas que coronaban la cabeza del muchacho adquirieron la dureza
acerada de las de su padre cuando el gigante guardián de la ciudad de
los muertos dejó oir lentas, sonoras, graves, terroríficas, las dos de
la madrugada.
El muchacho emprendió desatinada fuga; mas el deseo de saber era tan
grande, que no sólo se contuvo al cabo de breve trecho de recorrido,
sino que le incitó a volver a la verja. Vió que los tres hombres
continuaban pescando, y supuso que habían pescado algo al observar
que los pescadores parecían inclinados y como doblegados, haciendo
esfuerzos encaminados a sacar algún pez de mucho peso. Así era en
efecto: poco a poco fueron izando el pescado, hasta que éste salió a
la superficie. La forma del pescado era de las que no dejan lugar a
duda; pero cuando el muchacho vió que su padre se disponía a abrirlo,
sintióse acometido de tal pánico, que emprendió una carrera frenética
sin detenerse ni moderar la velocidad hasta que dejó atrás más de una
milla de terreno.
Ni aun entonces se habría detenido si no le hubiese faltado el
aliento, pues no huía ante imágenes engendradas por el miedo, sino
ante espectros que le acosaban terribles. El ataúd que había visto le
pisaba los talones, saltando sobre las piedras y tierra del camino
en posición perpendicular y sobre el extremo más estrecho, empeñado
en alcanzarle y en colocarse a su lado... quizá para asirse a su
brazo. Aquel diabólico ataúd debía ser prodigio de incongruencia y de
ubicuidad, pues tan pronto saltaba entre las negras filas de árboles
que bordeaban el camino como volaba sobre las espesas copas, semejante
a cometa sin rabo ni alas. Ocultábase también en los huecos de las
puertas, contra las cuales frotaba sus horribles costillas, produciendo
un ruido semejante a huecas carcajadas. Constantemente ganaba terreno
al muchacho en aquella carrera fantástica. Cuando el perseguido llegó
a la puerta de su casa, estaba medio muerto de miedo. Ni aun después
de refugiarse en ella se vió libre de la encarnizada persecución del
ataúd, que subió tras él la escalera saltando sobre sus peldaños, y
se acostó en su cama, y se subió sobre su pecho cuando el sueño o el
terror rindieron al desventurado curioso.
La presencia de Jeremías -Lapa- en el estrecho cuarto del muchacho
puso fin al agitado sueño de éste antes que los primeros rayos del sol
hicieran su aparición sobre la tierra. La fortuna debió serle poco
propicia aquella noche; así, al menos, lo infirió su hijo del hecho
de que tuviera a su mujer agarrada por las orejas y sacudiéndola sin
consideración.
--¡Te lo ofrecí, y lo cumplo!--decía Jeremías.
--¡Por Dios, Jeremías!--exclamaba su mujer con acento de súplica.
--Te empeñas en estropearme los negocios, sin tener en cuenta que me
perjudicas a mí y a mis asociados. Tu obligación es obedecer: ¿por qué
no lo haces?
--¡Procuro ser mujer honrada!--contestaba la infeliz, derramando
lágrimas.
--¿Y crees que la honradez consiste en echar a perder los negocios de
tu marido? ¿Crees honrar a tu marido deshonrando sus asuntos?
--¡No deberías dedicarte a negocios tan horribles, Jeremías!
--Debe bastarte el ser la esposa de un honrado menestral y no
dar entrada en tu estrecho entendimiento femenino a cálculos o
apreciaciones acerca de la naturaleza de los negocios que hace o deja
de hacer tu marido. La mujer que es honrada y obediente, no se mete
en lo que es incumbencia privativa de su esposo. ¿Y tú te llamas
religiosa? ¿Tú te llamas honrada? ¡Si eres religiosa, si eres honrada,
dénme mujeres irreligiosas y sin honra!
El altercado, que se sostenía en voz baja, llegó a su término cuando
Jeremías, despojándose de las botas cubiertas de barro, se tendió sobre
el suelo, boca arriba y puestas las manos debajo de la cabeza a guisa
de almohada. El hijo, en su deseo de imitar al padre, volvió a tenderse
sobre la cama, no tardando en dormirse.
Después del almuerzo, en cuyo -menú- no figuró ningún plato de pescado,
y puede decirse que de ningún otro manjar, el señor Jeremías, que
dicho sea de paso estaba furioso como nunca, bien acepillado y lavado,
salió con su hijo a la calle y tomó el camino del Banco Tellson.
El joven vástago del honrado menestral que caminaba al lado de éste
por la calle Fleet no era ya el mismo que la noche anterior huía
despavorido por caminos solitarios de su terrible perseguidor. Con los
resplandores del día recobró su atrevimiento habitual, y sus bascas y
escrúpulos terminaron con la noche... en cuyos particulares es más que
probable que tuviera muchos compadres en la animada calle Fleet.
--Padre--dijo el muchacho durante el trayecto,--¿qué es un
desenterrador?
El buen -Lapa- no pudo contestar pregunta tan inesperada sin antes
quedar como clavado en el sitio.
--¡Yo qué sé!--respondió al fin.
--Yo creí que usted lo sabía todo, padre--repuso el candoroso muchacho.
--¡Hum! ¡Pues... mira!--dijo Jeremías -Lapa-, después de quitarse el
sombrero y de rascarse la frente.--Un desenterrador es un honrado
menestral, un comerciante.
--¿En qué ramo comercia?
--Comercia... en géneros científicos de naturaleza especial.
--En cadáveres humanos; ¿verdad, padre?
--Creo que no andas del todo descaminado, hijo.
--¡Oh padre! ¡Yo quisiera ser desenterrador cuando llegue a hombre!
La proposición llenó de noble orgullo al padre. Sin embargo, moviendo
la cabeza como con aire de duda, replicó:
--Dependerá del vuelo que alcancen tus talentos. Procura alentar su
desarrollo, a lo cual contribuirá poderosamente el ejemplo que te doy.
Hoy es prematuro hablar de lo que en lo futuro harás o dejarás de hacer.
Momentos después, mientras el muchacho iba a colocar el banco a la
sombra del edificio del Tribunal del Temple, Jeremías -Lapa- murmuró
para sus adentros:
--Amigo Jeremías, honrado menestral; puedes abrigar esperanzas fundadas
de que tu hijo llegará con el tiempo a ser un tesoro que compensará tu
desgracia de tener por esposa a una mujer desnaturalizada.
XV
HACIENDO CALCETA
Aquel día, en la taberna del señor Defarge, habían comenzado las
libaciones más temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la
mañana, caras pálidas se acercaron a los barrotes de las rejas que
defendían las ventanas, vieron otras caras pálidas inclinadas
sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en
la taberna de Defarge se expendía había recibido las saludables
aguas del bautismo, pero el que en esta ocasión bebían los báquicos
madrugadores debía ser agrio, o al menos tenía la propiedad de agriar
el temperamento de los que lo ingerían. El zumo de las uvas encerrado
en los toneles de Defarge no encendía alegres llamas báquicas, sino un
fuego latente, un fuego que ardía sin salir a la superficie.
Tres mañanas hacía ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy
temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos
encontramos en miércoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba más
que se bebía, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el
establecimiento no bien se abría la puerta, a quienes hubiese sido
imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la
salvación de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar
el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de
vino; veíaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincón
a otro rincón, tragando con manifiesta ansiedad sendos párrafos de
conversación en vez de saborear sendos tragos de vino.
Aunque la concurrencia era más numerosa que de ordinario, el tabernero
no había considerado necesario hacerse visible. Los parroquianos no
debían conceder importancia a la ausencia de Defarge, toda vez que
nadie preguntaba por él, nadie mostraba deseos de verle, nadie se
extrañaba de ver sola a la señora Defarge, sentada tras el mostrador,
presidiendo la distribución del vino y recogiendo contrahechas monedas,
de las que habían desaparecido las efigies y escudos impresos por el
troquel. Eran monedas dignas de los andrajosos bolsillos de que habían
salido.
Aburrimiento, falta absoluta de interés y sobra de fastidio es lo
único que en la taberna hubieran notado los espías que, a no dudar,
avizoraban desde la calle, como avizoraban todos los sitios, altos
y bajos, desde el palacio del rey hasta la celda del criminal.
Languidecían las barajas, los jugadores de dominó hacían castillos con
las fichas, los bebedores dibujaban caras sobre las mesas con las gotas
de vino que caían de los cubiletes, y la señora Defarge seguía con un
mondadientes los dibujos de la manga de su vestido, como si oyese algo
que no hería los tímpanos y viese cosas que no impresionaban la retina.
Hasta el mediodía, en nada variaron las características de San Antonio
en su aspecto vinoso. Poco después de las doce, llegaron dos hombres
cubiertos de polvo, uno de los cuales era el señor Defarge, y el otro
un peón caminero, ambos con semblantes adustos y sedientos, los
cuales entraron en la taberna. Su llegada encendió en el pecho de San
Antonio encendidas chispas que, corriéndose por fuera de la taberna, no
tardaron en transformarse en llamas, y éstas a su vez en caras humanas
que llenaron todas las puertas y ventanas del barrio. Nadie siguió a
los polvorientos viajeros, nadie les dirigió una sola palabra, pero
todos clavaron en ellos los ojos.
--¡Buenos días!--contestó un coro nutrido.
--Mal tiempo, señores--repuso Defarge, moviendo la cabeza.
Cada uno de los presentes miró a su vecino, y a continuación, todos
bajaron los ojos al suelo y guardaron silencio. Uno solo, por
excepción, se levantó de su asiento y se fué.
--Mi querida esposa--continuó Defarge,--he recorrido una porción de
leguas en compañía de este buen caminero, que se llama Santiago. Le
encontré... por casualidad, a jornada y media de París. Es un buen
muchacho y se llama Santiago... ¡Dale de beber, querida!
Levantóse otro hombre y salió de la taberna. La señora Defarge sirvió
un vaso de vino al buen peón caminero, quien saludó quitándose el
gorro azul que cubría su cabeza, y bebió. Sacó del seno un pedazo de
pan áspero y negro, se sentó junto al mostrador, y principió a comer
y a beber. Otro parroquiano, el tercero, se puso en pie y abandonó la
taberna.
Defarge se sirvió otro vaso de vino, de menor capacidad que el servido
al caminero, y esperó a que éste despachara su refrigerio. Ni miró a
ninguno de los presentes, ni ninguno de los presentes volvió los ojos
hacia él. La señora Defarge había tomado en sus manos la calceta, y
trabajaba sin mirar y sin hablar.
--¿Ha terminado ya el almuerzo?--preguntó el tabernero al peón luego
que advirtió que no comía.
--Sí; muchas gracias.
--Entonces, vamos: le enseñaré la habitación que le dije que ocuparía,
y que desde luego aseguro que ha de ser de su gusto.
Desde la tienda salieron a la calle, desde la calle entraron a un
patio, en el patio tomaron una escalera, y al final de la escalera
encontraron un sotabanco... que en otro tiempo fué alojamiento de
un hombre de cabellos blancos como la nieve, que se pasaba los días
sentado en una banqueta y haciendo zapatos.
No se encontraba en el sotabanco el de los cabellos blancos como la
nieve, pero sí los tres hombres que antes salieron uno a uno de la
taberna.
Defarge cerró cuidadosamente la puerta del sotabanco, y dijo a media
voz:
--¡Santiago Primero, Santiago Segundo, Santiago Tercero! Os presento al
testigo encontrado por mí, Santiago Cuarto. El os lo dirá todo. Puedes
hablar, Santiago Quinto.
El peón caminero, después de secar su sudorosa frente con el gorro azul
que en la mano tenía, preguntó:
--¿Por dónde comienzo?
--Puedes comenzar por el principio--respondió con mucha lógica Defarge.
--Le vi, señores--comenzó el peón caminero,--ha hecho un año este
verano, bajo el carruaje del señor Marqués, pendiente de la cadena. Yo
acababa de dejar mi tarea, el sol se hundía en el horizonte, el coche
del señor Marqués subía trabajosamente la colina, y él iba suspendido
de la cadena de esta manera.
El orador representó gráficamente una escena que había representado
millares de veces en la aldea durante un año entero.
Tomó la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si había
visto antes al hombre que pendía de la cadena.
--Nunca--contestó el interpelado, recobrando la posición perpendicular.
Preguntó Santiago Tercero cómo había podido reconocerle después, no
habiéndole visto hasta ese día.
--Le reconocí por su elevada estatura--dijo el peón caminero, puesto el
índice de la mano derecha en la nariz.--Cuando aquella noche preguntó
el señor Marqués qué señas tenía, yo contesté: «Es alto como un
espectro».
--Debió usted decir «pequeño como un enano»-observó Santiago Segundo.
--¿Y qué sabía yo? Ni había sido cometida la hazaña ni él se había
confiado a mí. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas
circunstancias, yo nada declaré, nada dije. Buena prueba de ello es
que el señor Marqués, señalándome con el dedo, gritó: «¡Traedme a ese
canalla!» ¡No, no, señores! ¡Nada dije!
--Tiene razón, Santiago--dijo Defarge.--Sigue.
--Pues bien--continuó el peón caminero con aire de misterio.--El hombre
alto se ha perdido y lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde nueve, diez,
once meses?
--El número de meses es lo que menos viene al caso--contestó
Defarge.--Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le
encontraron desgraciadamente. Prosigue.
--Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone
también las montañas de Occidente, como en la ocasión anterior. Recojo
mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche,
cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis
soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos
atados a los lados... en esta forma.
Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa
admirablemente a un hombre cuyos codos están amarrados a la cintura.
--Me hago a un lado, señores, colocándome junto a un acopio, para ver
pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino
militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando
aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi más que a
seis soldados que conducían a un hombre amarrado, un hombre alto, y
que soldados y prisionero parecían negros, excepto por la parte que
daba frente a la puesta del sol, donde advertí algunas líneas rojizas.
También pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos
cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante.
Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de
polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a mí, reconocí
al hombre alto que llevaban preso y él me reconoció también a mí. ¡Ah!
¡Bien sé yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de
la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo
sitio!
A continuación hizo una descripción detallada y llena de vida de la
escena a que acababa de aludir.
--Ni yo di a entender a los soldados que había reconocido al preso, ni
el preso dejó entrever a los soldados que me hubiera reconocido a mí.
En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de
los ojos. «¡Vivo, vivo!»--dijo el jefe de los soldados.--«¡Llevémosle
pronto a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les seguí. Los
brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presión de
las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados,
andaba cojo. El que está cojo, no puede caminar de prisa, y como los
soldados querían hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta
manera.
El peón caminero imitó los movimientos del hombre a quien obligan a
caminar a culatazos.
--Cayó de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo
como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su
cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta
ella sus manos, lo que, visto por los soldados, dió margen a nuevas
carcajadas. Lleváronle a la aldea, que salió en masa a verle, y desde
la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vió
cómo se abría la puerta del calabozo y se engullía al prisionero de
esta manera:
El peón caminero abrió una boca descomunal, y la cerró con estrépito
producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal
verismo quiso representar la escena, que continuó con la boca cerrada
hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo:
--Adelante, Santiago.
--La aldea en masa se retira,--prosiguió el caminero, bajando la voz y
puesto sobre las puntas de sus pies,--la aldea en masa se congrega en
torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos;
la aldea entera sueña en aquel desdichado, que se encuentra entre muros
y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del
cual no saldrá más que para morir. A la mañana siguiente, me echo las
herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un
rodeo, paso junto a la cárcel antes de dirigirme al trabajo. Allí le
veo, detrás de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto
de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede
alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo
a llamarle ni él se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un
muerto.
Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombrías,
miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia
de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada,
es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal severísimo. Los
Santiagos Primero y Segundo están sentados sobre el viejo jergón,
apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en
el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa
de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre
el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a éste,
ora vuelve su severa cara hacia aquéllos.
--Adelante, Santiago--dice Defarge.
--En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porción de días.
La aldea le ve, pero recatándose, pues tiene miedo. Durante el día,
contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha
terminado la labor del día y se reúne junto a la fuente, todas las
caras se vuelven hacia la cárcel. Antes, el objeto de las miradas de la
aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisión del tajo. En las
conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun
cuando le condenaran a muerte, no será ejecutada la sentencia; dicen
que han sido presentadas en París exposiciones en las cuales demuestran
que el infeliz enloqueció y no supo lo que hacía a consecuencia de
la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una
exposición al mismo Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! Yo no aseguro ni
que sí ni que no.
--¡Escucha con atención, Santiago!--interrumpió con duro acento
Santiago Primero.--Sabe que ha sido presentada una exposición al Rey y
a la Reina. Todos los que aquí estamos, excepción hecha de ti, sabemos
que el Rey la tomó en sus manos, en ocasión en que paseaba por la calle
en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien estás viendo,
con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el
memorial en la mano.
--¡Escúchame ahora a mí, Santiago!--terció Santiago Tercero, siempre
con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.--¡La escolta,
de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a
golpes! ¿Has entendido?
--He entendido, señores.
--Adelante, pues--dijo Defarge.
--No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro
país para ejecutarlo en él, y que será irremisiblemente ejecutado.
También dicen que, como mató al señor, y el señor es el padre de sus
vasallos, será ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarán en
vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que
abrirán en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarán aceite
hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y
finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, será despedazado.
Afirma el mismo viejo que eso fué lo que hicieron con un reo que atentó
contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será
mentira? No lo sé: no soy sabio.
--¡Escucha otra vez, Santiago!--exclamó el tercero de este nombre.--El
reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de
exponer se ejecutó a la luz del sol y en las calles de París. Acerca de
la impresión que produjo en las personas que lo presenciaron, sólo te
diré, Santiago, que la infinidad de damas de la más alta nobleza que
acudieron a presenciar la ejecución, no quisieron privarse de ningún
detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el
final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas después de
haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... ¡y aun respiraba!
Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos años tienes?
--Treinta y cinco--contestó el caminero, que representaba sesenta.
--¡Demasiados!--murmuró con impaciencia Defarge.--Continúa.
--No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber
aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan
los soldados y se encaminan a la prisión. Obreros que cavan, obreros
que clavan, soldados que ríen a carcajadas, y cuando luce el día, junto
a la fuente se alza un patíbulo de cuarenta pies de elevación, cuya
sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo
el mundo se reúne allí, las vacas no salen al campo porque tampoco
quieren privarse del espectáculo. Al mediodía truenan los tambores. Los
soldados, que la noche anterior fueron a la prisión, vuelven llevándole
en medio. El reo está amarrado, le han puesto en la boca una mordaza
sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que ríe. En lo alto
del patíbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es
ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadáver queda balanceándose...
envenenando con su sombra las aguas de la fuente.
Los oyentes se dirigieron miradas sombrías, mientras el narrador se
secaba el sudor de la cara con el gorro azul.
--¡Es horroroso, señores!--repuso.--¿Cómo han de beber agua de la
fuente las mujeres y los niños? ¿Quién es el atrevido que osa hablar
durante la noche bajo aquella sombra? ¿Bajo la sombra dije? ¡Cuando yo
salí de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volví la
cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubría la iglesia,
cubría el molino, cubría la prisión del tajo, cubría toda la tierra,
señores, que tiene por techo el cielo azul!
El oyente que escuchaba rodilla en tierra parecía estar hambriento de
algo... que no era ni comida ni bebida.
--He terminado, señores. Abandoné la aldea momentos antes de ponerse
el sol, conforme acabo de decir, y caminé toda la noche y la mitad del
día siguiente, hasta que encontré, conforme también he dicho, a este
camarada. En su compañía llegué hasta aquí, unas veces a pie otras a
caballo, viajando todo el resto del día de ayer y toda la noche pasada.
He dicho.
--Está bien--dijo Santiago Primero, después de un silencio
imponente.--Has obrado y narrado con fidelidad. ¿Quieres esperarnos por
breve tiempo fuera, en la escalera?
--Con mucho gusto--contestó el peón caminero.
Defarge le acompañó hasta la escalera, le dejó sentado sobre el último
peldaño, y volvió a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se
habían levantado y formaban un grupo muy apretado.
--¿Qué dices, Santiago?--preguntó el número uno de este nombre.--¿Lo
consignamos en nuestro registro?
--¡Regístralo como condenado a la destrucción!--contestó Defarge.
--¡Magnífico!--exclamó Santiago Tercero.
--¿El castillo y toda la raza?--repuso el primero.
--¡Sí; el castillo y toda la raza!--bramó Defarge--¡Exterminio completo!
--¡Sublime!--gritó el tercer Santiago.
--¿Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el
registro no ha de originarnos ningún contratiempo?--preguntó a
Defarge Santiago Primero.--Que es seguro, no ofrece duda, toda vez
que, excepción hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: ¿pero
podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podrá ella?...
--Santiago--replicó Defarge irguiéndose,--si mi mujer se empeña en
guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se
perderá ni una palabra, ni una sílaba de cuantas contenga. Con puntos
de calceta es ella capaz de escribirlo todo más claro que el sol.
Confía en mi mujer. El poltrón más cobarde, el más apegado al mundo
que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos
dificultades para quitarse a sí mismo la existencia, que para arrancar
una sola letra del registro escrito a punto de media por mi señora.
Murmullos de aprobación acogieron las palabras de Defarge.
--¿Qué hacemos con ese rústico?--preguntó Santiago Tercero.--¿Lo
despedimos? Me parece excesivamente simple: ¿no nos resultará peligroso?
--Nada sabe--replicó Defarge,--y lo poco que pudiera decir, únicamente
le serviría para subir a un patíbulo tan alto como el que ha poco nos
estaba describiendo. Yo me encargo de él; dejadlo a mi cuidado. A su
tiempo lo despediré. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los
magnates y señores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto
el domingo.
--¡Cómo!--exclamó Santiago Tercero.--¿No te parece mal síntoma que
desee ver la realeza y la nobleza?
--Santiago--replicó Defarge,--enseña al gato la leche, si quieres
excitar su sed; muestra al mastín su presa natural, si quieres que en
su día caiga sobre ella y la despedace.
Nada más se dijo por entonces. El peón caminero, a quien encontraron
dando cabezadas en el descansillo, fué invitado a tenderse sobre el
jergón. No se hizo repetir la invitación, y momentos después, dormía
como un tronco.
Peor alojamiento del que le ofrecía la taberna de Defarge hubiera
podido encontrar en París un infeliz como el caminero. Si prescindimos
del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le
acosaba constantemente, llevaba una vida que no podía ser más
agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el día entero
sentada detrás del mostrador, tan indiferente a su persona, tan
-empeñada- en no darse cuenta de la presencia de un extraño en la casa,
que éste andaba desconcertado y receloso.
No es, pues, de extrañar que, cuando llegado el domingo, supo que
la tabernera se agregaría a su marido para acompañarle a Versalles,
le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su
lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera
no cesaba de hacer calceta durante el camino, y su desconcierto se
trocó en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasión en
que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la
tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la
media.
--¿Trabaja usted mucho, señora?--dijo un hombre que pasó por su lado.
--Sí--respondió la señora Defarge,--tengo mucho que hacer.
--¿Y qué hace usted, señora?
--Muchas cosas.
--Por ejemplo...
--Por ejemplo--contestó la tabernera con la calma misma de
antes--mortajas.
Alejóse el desconocido tan pronto como le fué posible. El pobre
caminero sintió en el pecho tan extraña opresión, que hubo de hacerse
aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de
la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo
quejarse de su suerte, toda vez que, momentos después, aparecían un
rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cómodamente
instalados en áurea carroza. Con los soberanos venía lo mejorcito, lo
más notable de su corte. El pobre peón caminero, al ver aquel ejército
encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros
cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de
galones de oro y de deslumbrante pedrería, sintió en su pecho tales
oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello dió vivas al Rey y
a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos
que de ellos tiraban. Y vió hermosos jardines y encantadoras arboledas,
y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontró nuevamente al
Rey y a la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, a todo lo creado, y
creció su entusiasmo, y el entusiasmo dió nacimiento en su alma a la
simpatía, y la simpatía a la ternura, y ésta, encontrando estrechos los
límites del pecho, se desbordó a torrentes por sus ojos en forma de
lágrimas. Durante la escena, que duró tres horas, durante las cuales
gritó hasta enronquecer y lloró hasta agotar el manantial de sus
lágrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello
para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos
de su pasajera devoción y los destrozara entre sus manazas.
--¡Bravo!--exclamó Defarge cuando terminó el desfile.--Eres un buen
muchacho.
Temió haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en
sí, pero pronto se tranquilizó.
--Eres el hombre que necesitamos--díjole Defarge pegando los labios
a sus oídos.--Harás creer a esos insensatos que sus locuras durarán
siempre; crecerá su insolencia, y ellos mismos precipitarán su fin.
--¡Calla!--exclamó el caminero.--¡Pues es verdad!
--Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; verían
impasibles tu muerte y la de mil más como tú; es más: sacrificarían
sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo
de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos.
Engañémoslos durante algún tiempo más, que por grande que el engaño
sea, nunca será tan grande como merecen.
La señora Defarge miró al caminero e hizo signos de aprobación.
--Dígame, amigo: si le pusieran delante un montón enorme de hermosas
muñecas y le dijeran que podía destrozar y despojar a las que se le
antojase, ¿no es verdad que escogería las más ricas, las más hermosas?
--Verdad es, señora.
--Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pájaros de hermoso
plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso
para arrancarles las plumas en beneficio suyo, ¿no es verdad que
principiaría por los que más bellas plumas tuvieran?
--Así es, señora.
--Pues acaba de ver el montón de hermosas muñecas y la bandada de
pájaros de vistoso plumaje: ahora, vámonos a casa.
XVI
MÁS PUNTO DE MEDIA
Mientras la señora Defarge y su señor marido regresaban en amigable
compañía al centro de San Antonio, un gorro de color azul avanzaba
horadando tinieblas y envuelto en espesas nubes de polvo por los
caminos que conducían al sitio en que el castillo del señor Marqués,
a la sazón durmiendo el sueño eterno, escuchaba las susurrantes
conversaciones de los árboles. Tiempo tenían de sobra los rostros de
piedra para escuchar las conversaciones sostenidas por los árboles
y la fuente, y con tal interés lo aprovechaban, que los esqueletos
que poblaban la aldea y rondaban las inmediaciones del castillo en
busca de algunas hierbas con que acallar su hambre y de algunos leños
con que alimentar la lumbre de sus fríos hogares, si llegaron a dar
vista al patio, doble escalera y terraza del castillo, dieron cabida
en su famélica fantasía a la idea de que la expresión de los rostros
de piedra había sufrido profunda alteración. Aseguraban los míseros
moradores de la aldea que la expresión de orgullo y de desdén de los
guardianes de piedra del castillo se trocaba en expresión de dolor y
de cólera cuando el cuchillo hería a la Casa, y aseguraban que desde
el instante en que se balanceó a cuarenta pies de elevación sobre el
suelo el cuerpo del asesino, a la expresión de dolor y de cólera de
aquéllos sucedió otra que respiraba feroz venganza, que perduraría en
ellos hasta la consumación de los siglos. La faz de piedra que vigilaba
la gran ventana de la alcoba en que el asesinato había sido perpetrado
apareció un día con dos mellas finísimas en la nariz; y si alguna vez,
de entre algún grupo de harapientos aldeanos se destacaban dos o tres
para acercarse al Marqués petrificado, no transcurría un minuto de
contemplación sin que huyeran asustados como liebres perseguidas por
ágiles lebreles.
Castillo y chozas, faces de piedra y caras de carne y hueso, losas
del patio del castillo teñidas de rojo y aguas puras encerradas en
el pozo de la aldea, millares de hectáreas de terreno... toda una
provincia de Francia... la Francia entera, duermen bajo la inmensa
bóveda azulada, cual si fueran un punto imperceptible, un átomo perdido
en la inmensidad. No es otra cosa el mundo, con toda su grandeza y su
insignificancia, con relación a la brillante estrella que le parpadea
en las alturas. Los sabios de la tierra quiebran, dividen, descomponen
un rayo de luz y analizan sus componentes; y de la misma manera, otra
inteligencia más sublime que la humana lee los débiles destellos que
brotan de esta tierra que habitamos, y analiza todos los pensamientos y
todos los actos, todos los vicios y todas las virtudes de las criaturas
dotadas de inteligencia.
El carruaje público en el que hicieron el viaje de regreso los Defarge,
marido y mujer, hizo alto en la puerta de la ciudad más próxima a su
domicilio, donde no tardaron en dejarse ver los faroles de costumbre
encargados de practicar el examen e investigaciones reglamentarias.
Defarge saltó del carruaje al ver a dos o tres soldados y a un policía
conocidos suyos; este último, con quien le ligaban lazos de amistad
íntima, le abrazó.
Llegados a los linderos del distrito puesto bajo la protección de las
alas de San Antonio, dejaron los Defarge el carruaje y se encaminaron a
su casa a pie, por calles obscuras y cubiertas de lodo. En el trayecto,
la señora Defarge preguntó a su marido:
--¿Qué te ha dicho Santiago el policía?
--Todo lo que sabe, bien que es muy poca cosa. Han nombrado otro espía
para nuestro barrio: quizá no sea ése solo, pero aquél no conoce más
que a uno.
--Está bien--contestó la tabernera con la calma de siempre.--Habrá que
anotarlo en el registro. ¿Cómo se llama ese hombre?
--Es inglés.
--¡Mejor que mejor! ¿Su nombre?
--Barsad.
--Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su nombre de pila?
--Juan.
--Juan Barsad... Juan Barsad--repitió la tabernera.--Muy bien. ¿Sus
señas?
--Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de
estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado,
nariz aguileña, pero no recta: ofrece la particularidad de estar
torcida ligeramente hacia la izquierda, lo que le da, como es natural,
expresión siniestra.
--¡Es un retrato acabado a fe mía!--exclamó la señora Defarge
riendo.--Lo registraré mañana.
Llegados a la taberna, que encontraron cerrada--eran más de las doce
de la noche,--la señora Defarge tomó asiento detrás del mostrador y
consagró su atención al examen de las cuentas del día. Principió por
volcar sobre el mostrador el jarro dentro del cual se colocaba el
importe de las ventas, contó el dinero, midió las existencias, leyó
las entradas y salidas consignadas en el libro destinado al objeto,
corrigió los asientos, hizo algunos nuevos y discutió otros, y después
de apurar, y estrechar, y marear de mil maneras al individuo encargado
del establecimiento, envióle a dormir. A continuación, hizo de las
monedas sacadas del jarro varias pilas iguales, que fué anudando en el
pañuelo de bolsillo, el cual no tardó en quedar convertido en rosario
de nudos. Defarge, mientras tanto, paseaba por el establecimiento,
fumando su pipa y admirando complacido la prudente y sabia economía
doméstica de su mujer, bien que sin entrometerse en ella.
Como la tienda era estrecha, y el techo poco elevado, y la noche
estaba calurosa en extremo y cerradas todas las ventanas y puertas,
respirábase una atmósfera extraordinariamente viciada. No era un
portento de delicadeza el sentido del olfato del señor Defarge, pero
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