--Ahora que hemos terminado, Carton, tomaremos un ponche. Quitóse el chacal las toallas de la cabeza, bostezó, se desperezó, y preparó el ponche. --Razón tenías, Carton, en lo referente a los testigos de esta mañana: todo salió a pedir de boca. --Me parece que la tengo siempre: ¿te atreverás a decir lo contrario? --¡No, hombre, no! Vienes hoy con el genio encrespado, amigo. No estará de más que lo rocíes con un buen chaparrón de ponche para suavizarlo. El chacal contestó con un gruñido, pero siguiendo el consejo. --El buen Sydney Carton, abogado de la Facultad de Zorrilandia, es una especie de columpio--observó Stryver.--Tan pronto está arriba, como abajo: al minuto de ser todo fuego, se le ve todo desesperación. --¡Ah, sí!--replicó Carton, exhalando un suspiro.--Ya de estudiante me animaban los asuntos de mis condiscípulos, muy contadas veces los míos. --¿Pero por qué no? --¡Vete a saber! Por temperamento, supongo. Sentóse, dichas estas palabras, con las manos en los bolsillos, extendidas las piernas y mirando a la lumbre. --No puede negarse, Carton--dijo Stryver al antiguo estudiante de la Facultad de Zorrilandia,--que tu temperamento, tu manera de ser, es y ha sido siempre defectuosa. Adolece de falta de energía, de unidad de propósito. Mírame a mí. --¿Sermones a estas alturas?--exclamó Carton riendo cínicamente.--Ahora es cuando creo aquello del diablo predicador... --¿Cómo he podido llegar a donde he llegado? ¿Cómo ocupo el puesto que ocupo? --En parte, gracias a mi cooperación, supongo yo. Pero dejemos estas discusiones que no han de conducirnos a nada práctico. Tú haces lo que se te antoja, siempre has figurado en primera línea, y yo, en cambio, he formado siempre en la última. --Tuve necesidad de abrirme el camino, si quise colocarme en primera fila, pues no sé yo que naciera en ella--replicó Stryver. --No tuve el honor de presenciar la ceremonia de tu nacimiento, pero creo que, al echarte al mundo, te dejaron entre los privilegiados. Los dos interlocutores soltaron la carcajada. --Antes de cursar en la universidad de Zorrilandia--repuso Carton,--mientras cursábamos, y después que de ella salimos graduados, figurabas en fila distinta de la mía. Hasta cuando en París estábamos aprendiendo a mascullar el francés y adquiriendo algunas nociones de derecho francés, y familiarizándonos con muchas otras tonterías francesas, que de nada nos sirven, eras tú -algo-, mientras yo fuí siempre -Don Nadie-. --¿De quién era la culpa? --¡Por mi vida que no seré yo quien asegure que la culpa no fué tuya! Bullías tú tanto, te destacabas tanto, te movías, te agitabas en tales términos, que no sé que pudiera yo hacer otra cosa que permanecer envuelto en sombras y condenado al reposo... Pero dejemos este tema, que no es muy agradable, a fe mía, hablar del pasado obscuro de uno al romper el día. --Perfectamente--dijo Stryver levantando el vaso.--Hablaremos de tu linda testigo. ¿No te parece que es tema más agradable? No debía serlo, a juzgar por la sombra que obscureció su rostro. --¡La linda testigo!--exclamó fijando sus ojos en el fondo del vaso.--He visto hoy muchas testigos... ¿A quién te refieres? --A la preciosa hija del doctor, a la señorita Manette. --¿Es linda? --¿No lo es, acaso? --No. --¡Pero hombre de Dios!... ¡Si ha sido la admiración del tribunal entero! --¡Váyase al diablo el tribunal con su admiración! ¿Quién ha hecho al Old Bailey juez de la belleza? ¡Linda!... ¡Una muñeca de pelo de oro!... --¿Sabes, Carton--preguntó Stryver, clavando en su amigo una mirada penetrante y pasando la diestra por su roja cara,--que voy creyendo que has simpatizado demasiado con esa muñeca de pelo de oro, y que tu interés advirtió muy pronto lo que a la tal muñeca de pelo de oro ocurría? --¡Que lo advertí demasiado pronto! Me parece que si una niña, muñeca o no, se desmaya a dos varas de las narices de cualquier cristiano, puede advertirlo sin mirar con telescopio. El tema de la conversación no me desagrada, pero niego lo de la hermosura... ¡No bebo más!... ¡Me voy a la cama! Cuando el dueño de la casa acompañó a Carton hasta el descansillo, para hacerle luz con la vela que llevaba en la mano mientras bajaba la escalera, comenzaban a filtrarse los resplandores inciertos del nuevo día por los empañados cristales. Llegado a la calle, vióse el chacal respirando una atmósfera fría y triste, bajo un cielo cubierto de nubes, bordeando un río de aguas negruzcas y en parajes que parecían el desierto de la vida. Torbellinos de polvo huían girando vertiginosos ante el soplo de la mañana, cual si lejos, muy lejos, hubieran emprendido el vuelo las arenas del desierto y sus primeras nubes amenazaran envolver la ciudad. Falto de estímulos internos que avivasen sus energías, y puesto en el centro de un páramo sin fin, aquel hombre quedó erguido durante algunos minutos y vió, allá en las lejanías de la estepa desolada y triste que se extendía ante sus miradas, espejismos de ambición noble, reflejos de abnegación y de perseverancia. En la ciudad encantada que surgió ante sus ojos había elevadas galerías desde donde amorcillos y gracias le miraban sonrientes, bellos jardines donde maduraban los dulces frutos de la vida y aguas de esperanza que saltaban rumorosas. La visión se borró con tanta rapidez como había surgido. Poco más tarde subía la empinada escalera de su triste cuarto y caía sobre las revueltas ropas de su cama. Su almohada estaba empapada en lágrimas cuando se alzó un sol enfermizo, triste, melancólico, aunque no tanto como aquel hombre de talento indiscutible, de grandes dotes, y sin embargo, incapaz de sentir dulces emociones, incapaz de dirigirse por los senderos de la vida, incapaz de proporcionarse bienestar, incapaz de saborear una gota de felicidad, sensible sólo a la eterna noche en que se debatía y resignado a no salir nunca de ella. VI CENTENARES DE VISITAS Residía el doctor Manette en una de las calles más tranquilas de la ciudad, no lejos de la plaza de Soho. Una tarde deliciosa de un domingo, cuando las olas eternas de cuatro meses habían pasado sobre la causa criminal por traición relegándola al olvido y arrastrándola mar adentro a regiones hasta las cuales no llegaba el interés ni la memoria públicos, el señor Mauricio Lorry avanzaba a buen paso por las soleadas calles interpuestas entre Clerkenwell, donde vivía, y la casa del doctor, a cuya mesa debía sentarse aquella tarde. Bueno será que sepan los lectores que Lorry, después de varios períodos de retraimiento absoluto y de absorción completa en los negocios, había concluído por hacerse amigo íntimo del doctor y por ver en la calle tranquila en que éste vivía el oasis más delicioso de su vida. Tres motivos principalísimos empujaban al señor Lorry, en este delicioso domingo, en dirección a la plaza de Soho, en las primeras horas de la tarde. Primera: porque antes de comer, casi siempre solía salir a paseo acompañando al doctor y a su hija Lucía. Segunda, porque los domingos por la tarde si ésta estaba poco apacible, la pasaba al lado de aquéllos, como amigo de la familia, hablando, leyendo, mirando por la ventana y moviéndose constantemente, y tercera, porque deseaba solventar algunas dudas enrevesadas, y sabía que en ninguna parte era tan probable que encontrase la solución como en la casa del doctor. No había en todo Londres rinconcito más pintoresco que aquel en que vivía el doctor. Aislado de las grandes arterias de la ciudad, apenas si había tránsito, y desde los balcones del frente de la casa se dominaban vistas hermosas que llevaban estampado el sello del reposo. Los edificios eran muy escasos, y más aún hacia el norte del camino de Oxford, en cuyos dilatados campos, hoy desaparecidos, se alzaban deliciosos bosquecillos, crecían espontáneamente flores de vistosos colores que saturaban el ambiente de fragantes emanaciones y brotaban lindos capullos de los espinos blancos y de los oxiacantos. Como consecuencia, los aires circulaban con libertad completa por los alrededores de Soho, cuyos habitantes no se veían precisados a respirar la atmósfera mefítica y venenosa de los grandes centros donde se asfixian los pobres y languidecen los ricos. Cerca de los balcones del doctor había más de un peral, cuyos frutos llegaban a sazón en tiempo oportuno. Los rayos del sol de verano penetraban radiantes en aquel delicioso retiro en las primeras horas del día, pero cuando quemaban, cuando convertían en ardiente horno los demás distritos de la ciudad, el rinconcito quedaba envuelto en sombras, bien que éstas no eran tan profundas que no las penetrasen los fulgores brillantes de un sol lejano. Era, en una palabra, un sitio fresco, sosegado y tranquilo, pero placentero, un puerto abrigado contra el estruendo y la agitación bramadora de las calles. Un fondeadero tan ideal no se concebía sin una barca tranquila, y en efecto, la tenía. Ocupaba el doctor dos pisos de una casa bastante espaciosa, en cuyas puertas llamaban durante la noche muchos que solicitaban servicios que debían prestarse al día siguiente. A espaldas de la casa, y separado de ésta por un patio en cuyo centro crecía un plátano silvestre, había un edificio en el cual se fabricaban órganos de iglesia y cincelaba la plata y batía el oro un gigante misterioso cuyo potente brazo parecía brotar de la pared lanzando áureos destellos, cual si también el brazo fuera de oro y amenazara convertir en oro a cuantos visitaban aquel lugar. Apenas si estas industrias dejaban oir el menor ruido, muy contadas veces se veía llegar un visitante solitario y más contadas todavía las que un coche cruzara aquellos sitios apacibles. Cierto que de tarde en tarde se veía a algún obrero que atravesaba el patio poniéndose la chaqueta, o a un desconocido a quien atraía la curiosidad, o hería los oídos el eco lejano de algún martillazo del gigante de oro, pero eran éstas las únicas excepciones, siempre necesarias para probar la regla de que aquél era el rincón de los ecos, el centro del reposo y del silencio, que sólo interrumpían el piar de los gorriones que tenían su cuartel general en la copa del plátano silvestre. Recibía el doctor Manette en su casa a los enfermos que le traía su antigua reputación unida a las brisas flotantes de la historia dolorosa de su vida. Sus conocimientos científicos, su práctica en el difícil ejercicio de su profesión y los experimentos ingeniosos a que se entregaba, diéronle una clientela muy envidiable y ganaba con creces lo necesario para cubrir las atenciones de la vida. Todo esto lo sabía perfectamente el buen Mauricio Lorry cuando tiró de la cadena pendiente a lo largo de la puerta, y puso en movimiento a los moradores de la tranquila casa emplazada en el delicioso rinconcito que acabo de describir, un domingo por la tarde. --¿Está en casa el señor doctor? --No, señor. --¿Y la señorita Lucía? --Tampoco. --¿Y la señorita Pross? Probablemente esta última se encontraba en casa, pero como la criada que abrió la puerta ignoraba cuáles fueran sus intenciones respecto a admitir o negar el hecho, contestó que tampoco. --De todas suertes subo--replicó Lorry,--porque me considero aquí como en mi casa. Aunque nada aprendió la hija del doctor en su patria de origen, es lo cierto que ésta la inició en aquella habilidad rara que consiste en hacer mucho con medios escasos, lo que constituía una de sus características más preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas chucherías, que no tenían más valor real que el gusto exquisito con que estaban colocadas, daban a aquéllas un efecto delicioso. La disposición de cuanto en la casa había, comenzando por el mueble más grande y acabando por el objeto más insignificante, la combinación de colores, y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecían un conjunto tan agradable en sí y retrataban tan gráficamente a su autora, que no parecía sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al señor Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecían su aprobación. Tres habitaciones principales tenía el piso, cuyas puertas de comunicación estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan como dueños y señores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de una a otra. En la primera, que era la mejor, tenía Lucía sus pájaros, sus libros, una mesa escritorio y un costurero, así como también una caja de colores; la segunda era el salón de consultas del doctor, el que a la vez servía de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones susurraban las hojas del plátano silvestre que en el patio crecía, era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vió Lorry la banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de París. --Me sorprende--murmuró con voz clara e inteligible Lorry--que conserve estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y miserias. --¿Y por qué ha de sorprenderle?--preguntó de pronto una voz brusca que le obligó a volverse vivamente. La voz tenía su origen en la garganta de la señorita Pross, que era la misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trabó Lorry conocimiento en el -Hotel del Rey Jorge- en Dover. --Se me figuraba...--comenzó a decir Lorry. --Se le figuraba... ¿qué?--replicó la señorita Pross.--¡Alguna sandez sin duda! Lorry no contestó. --¿Cómo está usted?--preguntó entonces la dama con voz dura, bien que sin malicia ni ánimo de ofender. --Muy bien, gracias... ¿y usted? --Descontenta a más no poder. --¿Será posible? --¡Y tan posible! Me saca de mis casillas lo que ocurre con la señorita Lucía. --¿Será posible? --¡Pero hombre de Dios! ¿No ha aprendido más que esas dos palabras que me coloca a cada paso? ¡Será posible!... ¡Un poco de variación, si no quiere acabar de desesperarme! --¿De veras?--preguntó Lorry, enmendándose. --No es la frase muy feliz que digamos, pero, en fin, vale más que su sempiterno «será posible». Pues sí, señor; lo que ocurre con la señorita me saca de quicio. --¿Será indiscreción preguntar la causa? --Me ataca los nervios que vengan a verla docenas de personas que no son dignas de ella. --¿Docenas?--preguntó Lorry admirado. --Centenares--replicó la señorita Pross, una de cuyas características, que suele ser la de muchas personas, era exagerar la afirmación original, si observaba que alguien la ponía en tela de juicio. --¡Santo Dios!--exclamó Lorry, a quien no se le ocurrió otra contestación más apropiada. --Desde que la señorita tenía diez años, he vivido con ella... o ella ha vivido conmigo, y me ha pagado, lo que nunca hubiese consentido, téngalo usted por seguro, si yo hubiera encontrado el secreto de cuidar de mí y de ella por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente doloroso! Lorry, no viendo con claridad qué podía ser lo doloroso, limitóse a mover la cabeza, utilizando aquella parte de su persona como capa la más indicada para taparlo todo. --A todas horas rondan en torno suyo infinidad de personas que no son dignas de mi tesoro, señor Lorry. ¡No, no lo son, ni mucho menos! Cuando usted dió principio al desfile... --¿Yo le di principio, señorita Pross? --¡Claro que sí! ¿Quién sacó a su padre de la tumba? --Si eso fué darle principio... --Supongo que no pretenderá usted decir que eso fué darle fin... Repito que cuando dió principio al desfile, resultaba ya éste bastante desagradable. Y cuenta que no es mi intención decir que tenga la culpa el doctor Manette, en quien no veo más falta que la de no ser digno de tener una hija como la que tiene, y ésa no le es imputable, toda vez que en el mundo no existe persona que sea digno de serlo. Al padre quizá habría yo podido perdonarle, pero confiese usted que es horriblemente doloroso ver a todas horas turbas y enjambres de personas que se mueven al rededor del padre y me roban el afecto de la hija. Sabía Lorry que la señorita Pross era la encarnación de los celos, pero constábale al propio tiempo que, prescindiendo de sus extravagancias, figuraba a la cabeza de esos seres puros de todo egoísmo que, cediendo a motivos de cariño y de admiración, tienden voluntariamente el cuello a la cadena de la esclavitud, dispuestos a sacrificarse en aras de una juventud que ellos han perdido, de una hermosura que nunca atesoraron, de dones y perfecciones que jamás tuvieron la fortuna de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas que nunca derramaron un punto de luz sobre sus sombrías vidas. Tenía Lorry conocimiento bastante perfecto del mundo para saber que nada puede compararse a los servicios fieles y abnegados que tienen su asiento en el corazón, y como consecuencia, los de la señorita Pross le merecían un respeto tan exaltado, que en las clasificaciones distributivas que mentalmente hacía, pues nadie deja de hacerlas, en mayor o menor número, colocaba a la colorada y expeditiva dama mucho más inmediata al último peldaño de los ángeles que a no pocas señoras inconmensurablemente mejor dotadas que aquélla, tanto por la Naturaleza, como por el Arte, y dueñas, por añadidura, de capitales depositados en las cajas del Banco Tellson. --No ha existido, ni existirá más que un hombre digno de la señorita--dijo la señorita Pross.--Ese hombre fué mi hermano Salomón... si no hubiera tenido un pequeño desliz en la vida. Una observación: las investigaciones practicadas por Lorry acerca de la historia personal de la señorita Pross, habían dado por resultado la averiguación y comprobación del hecho de que su hermano Salomón fué un miserable desalmado que la robó cuanto poseía, so pretexto de especular y comerciar, dejándola luego abandonada en su miseria, sin pizca de remordimiento. La buena opinión que de su hermano tenía la señorita Pross, no obstante su -pequeño desliz-, era para el señor Lorry motivo de admiración profunda y contribuía a acrecentar en grado superlativo el respeto que a aquella profesaba. --Puesto que nos encontramos solos en este momento, y los dos somos personas de negocios--dijo Lorry cuando, momentos después se habían sentado ambos en el salón,--me permitiré hacer a usted una pregunta: En las conversaciones que el doctor tiene con su hija, ¿hace alguna vez referencia a los tiempos en que cosía zapatos? --Nunca. --Y sin embargo, guarda en su alcoba la banqueta y las herramientas del oficio. --He dicho que nunca habla de ello con su hija--replicó la señorita Pross,--pero me guardaré muy mucho de asegurar que no habla consigo mismo. --¿Cree usted que piensa en ello con frecuencia? --Sí. --¿Imagina usted?... --¡Yo no imagino nunca!--exclamó la señorita Pross interrumpiendo a su interlocutor.--No tengo imaginación, ni me hace falta. --Me corregiré... ¿Supone usted... llega hasta el punto de suponer algunas veces? --De vez en cuando, sí. --Pues bien, ¿supone usted que el doctor Manette abriga alguna sospecha... o certeza, que ha sobrevivido a sus miserias pasadas, acerca de la causa, de los motivos de su infortunio? ¿Supone usted tal vez, que hasta sospecha o conoce quien fué su opresor? --Yo no supongo nada más que aquello que me dice la señorita. --Y la señorita dice... --Que cree que su padre sospecha o sabe. --No se enfade usted si le hago estas preguntas. Yo soy un hombre de negocios, bastante obtuso, y usted es una mujer de negocios. --¿Obtusa?--interrogó la señorita Pross. --¡No, no, no!--contestó Lorry.--¡No tiene usted nada de obtusa! Pero volviendo al asunto, me permitiré preguntar: ¿no es singular, incomprensible, que el doctor Manette, inocente de todo crimen, según nos consta a todos, evite siempre con tanto cuidado tocar esa cuestión? Y no es que yo me admire de que no la toque conmigo, aunque hace años sostuvimos relaciones frecuentes de negocios y hoy nos liga amistad estrecha, pero sí me maravilla que no hable de ello con su hija, que tanto le quiere y a quien él adora... Créame, señorita Pross, no es la curiosidad la que dicta mis palabras, sino el afecto vivo que por los habitantes de esta casa siento. --Pues bien, según yo creo... y cuando creo una cosa suelo aproximarme a la realidad, guarda ese silencio que tanto maravilla a usted porque le da miedo hablar del asunto. --¿Miedo? --Está claro como la luz, y además encuentro muy justificado el miedo. Son recuerdos espantosos, no sólo por lo que sufrió, sino también porque en sus sufrimientos naufragó su inteligencia. Como quiera que ignora cómo y cuándo la perdió, y cómo y cuándo la recobró, natural es que tema perderla otra vez. Como usted comprenderá, esta sola consideración bastaría para que le fuera poco grato hablar del asunto. --Es verdad--contestó Lorry, a quien satisfizo la profunda observación de su interlocutora.--Por necesidad ha de inspirarle miedo hablar de su calvario... Con todo, señorita Pross, dudo mucho que a su tranquilidad de alma convenga guardar en el fondo de su pecho recuerdos tan espantosos, y estas dudas, y la intranquilidad que con frecuencia me producen, han sido precisamente las que me han movido a provocar estas confianzas. --El mal, si realmente es mal, no tiene remedio--contestó la señorita Pross moviendo la cabeza.--Toque usted esa cuerda, y los resultados serán contraproducentes; así que, preferible es callar. ¡Cuántas veces, a altas horas de la noche, salta de la cama, y comienza a pasear agitado, arriba y abajo, arriba y abajo, por su habitación! La señorita sabe ya hoy que cuando eso ocurre, la imaginación de su padre pasea arriba y abajo, arriba y abajo, por la mazmorra que durante tantos años le sirvió de tumba. Corre entonces al cuarto de su padre y, puesta a su lado, pasea con él arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que se convence de que se ha tranquilizado. Pero jamás explica el doctor la causa de su desasosiego y jamás se lo pregunta su hija. Los dos juntos pasean arriba y abajo, arriba y abajo, sin despegar los labios, hasta que la proximidad de su hija, y el amor ciego que la profesa, hacen que el doctor vuelva en sí. Había negado la señorita Pross que tenía imaginación, pero daba un mentís a su afirmación la evidencia de que la perseguía una idea triste, evidencia puesta de relieve por la repetición de la frase «arriba y abajo», pues no cabía dudar que se trataba de una idea fija. La casa del doctor parecía la casa de los ecos. A la mención de los agitados paseos nocturnos del doctor, contestó el ruido de pasos que se acercaban, y a éstos, la terminación de la conferencia. --¡Ya están aquí!--exclamó la señorita Pross, poniéndose vivamente en pie.--No tardarán en llegar a esta casa las gentes por cientos. Tan maravillosas condiciones acústicas reunía aquella casa, que con toda propiedad se la hubiera podido llamar el oído del distrito. Lorry, que asomado a la ventana oía perfectamente el rumor de los pasos del padre y de la hija, creyó que no iban a llegar nunca. No sólo llegaban hasta él los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino también otros muchos que se extinguían cuando más cerca parecían estar. Al fin apareció el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibió en la puerta de la casa la señorita Pross. Era encantador ver a la señorita Pross, no obstante su fealdad, su encendido color rojo y su expresión ceñuda, apresurándose a quitar el sombrero a su señorita mientras ésta subía la escalera; cómo, para no mancharlo, se envolvía los dedos con el pañuelo de bolsillo, cómo intentaba quitarle el polvo soplando sobre él, cómo ahuecaba su espléndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfacción como hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera sido la mujer más hermosa y más vana de la creación. Era también encantador ver a la señorita abrazando a su doncella, dándole las gracias y protestando contra tanta atención y tanto trabajo, bien que protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo así, la señorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto para pasarse en él el día llorando. No era menos encantador ver al doctor contemplándolas con arrobamiento y oir cómo decía a la señorita Pross que echaba a perder a Lucía a fuerza de atenciones y cuidados, pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun sobraban, para echar también a perder a la señorita Pross y a cien más como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al señor Lorry arreglándose su peluquín y dando mentalmente gracias a su estrella que, si le hizo solterón empedernido, dejóle entrever, en los años de su vejez, las puras alegrías de un hogar. Todo era encantador, pero los cientos de personas que debían girar en torno de Lucía no parecían por ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la profecía de la señorita Pross. Llegó la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban los -cientos-. En la distribución de las faenas domésticas, la señorita Pross se había reservado el cetro de las regiones más bajas de la casa, y es preciso confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de perfección sus comidas, modestas en sí, pero admirablemente guisadas y más admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francés y mitad inglés. Como quiera que la adhesión de la señorita Pross era eminentemente práctica, había registrado hasta los últimos rincones de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos y tan maravillosos conocimientos aprendió de aquellos hijos e hijas de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre de la casa veían en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y convertirlas en el manjar que se le ocurriese. Sentábase los domingos la señorita Pross a la mesa de la familia del doctor, pero en los días restantes de la semana solía comer a horas desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitación, situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepción hecha de la señorita Lucía. En la comida del domingo a que se contrae este relato, la señorita Pross, correspondiendo a la alegría que reflejaba el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandonó a una animación inusitada, y como consecuencia, el rato que los comensales pasaron en la mesa resultó agradabilísimo. Era un día de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres, propuso la señorita Lucía ir a beber el vino bajo el plátano silvestre del patio, donde podrían disfrutar de un ambiente más agradable. Como todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el plátano, donde Lucía, que desde algún tiempo antes se había asignado a si misma el cargo de copero del señor Lorry, escanció el vino. Remates de casas próximas parecían asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los reunidos hablaban, y las hojas del plátano susurraban en sus oídos las palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas. La comida había terminado, pero los cientos de visitantes no se presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el plátano llegó el joven Darnay, pero no era más que -uno-. Dispensóle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo su hija. La señorita Pross, acometida de súbito de una sensación de cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retiróse al interior de la casa. Parece que frecuentemente era víctima de aquel desorden, que ella, en el seno de la familia, solía llamar «un ataque de nervios». Estaba el doctor de excelente buen humor y parecía muy joven. Sentado al lado de su hija, cuya cabeza aparecía reclinada sobre su hombro, resaltaba tanto la viva semejanza que entre ambos existía, que hasta el más miope había de observarla. La conversación versó sobre muchos y muy variados temas, habiendo sido el doctor de los que mayor vivacidad y animación mostraron. En ocasión en que estaban hablando de los edificios más notables de Londres, preguntóle Darnay: --Dígame, doctor, ¿ha visitado usted la Torre? --Con Lucía la visité en una ocasión, pero de corrido, sin detenernos--contestó el doctor.--Vimos lo bastante para apreciar que efectivamente es digna de interés, pero nada más. --Yo he estado en ella, según recuerda usted--repuso Darnay con sonrisa un poquito forzada,--pero no como turista ni en condiciones de ver gran cosa de ella. Una historieta me refirieron durante mi estancia que llamó poderosamente mi atención. --¿Por qué no nos la cuenta usted?--preguntó Lucía. --Con mucho gusto. Parece que, en el curso de unas obras que hubieron de hacer, los operarios encontraron una mazmorra antiquísima, utilizada en fecha remota y olvidada desde muchos años antes. Todos los sillares del interior estaban llenos de inscripciones grabadas en la piedra por los prisioneros. Las inscripciones eran fechas, nombres, quejas, maldiciones, plegarias, etc. En el sillar de un ángulo del muro, un reo, condenado a muerte, según todas las probabilidades, esculpió a última hora cuatro letras. Debió emplear una herramienta poco a propósito, e hizo la obra aceleradamente y con pulso poco firme. Examinadas las letras, todos creyeron, al principio, que eran G. A. V. A., pero una observación más detenida puso de relieve que la letra primera no era G, sino C. No figuraba en los archivos ningún prisionero a cuyo nombre y apellidos correspondieran aquellas iniciales. A fuerza de meditar y dar vueltas al asunto, vínose en conocimiento de que las letras en cuestión no eran iniciales, sino un nombre completo: -Cava-. Practicáronse algunas excavaciones, que dieron por resultado el hallazgo, debajo de una losa o azulejo, de algunos fragmentos de papel, mezclados con pedazos de una cajita o pequeño saco de cuero. Nadie ha podido averiguar qué fué lo que el condenado a muerte escribió en el papel, aunque sí pudo apreciarse que estaba escrito. Sin duda lo enterró para que no lo encontrara el alcaide. --¡Padre mío!--exclamó Lucía.--¿Se encuentra usted enfermo? Motivó esta pregunta el hecho de que el doctor se pusiera violentamente en pie y llevara las manos a la cabeza. Su rostro reflejaba horrible espanto. --No, hija mía, no estoy enfermo--contestó el doctor.--Comienza a llover... caen gotas muy anchas y me he asustado irreflexivamente. Creo que debemos ponernos a cubierto. Habíase repuesto casi instantáneamente. Era cierto que las nubes enviaban algunas gotas anchas de agua, de las cuales mostró una el doctor en el dorso de la mano. Ni una palabra dijo acerca de la historia que Darnay estaba refiriendo, y cuando entraron en la casa, el ojo experto de Lorry descubrió, o creyó descubrir, en la mirada del doctor, al fijarla en Darnay, la misma mirada extraña que había observado mientras salían de la Sala del Tribunal a raíz de haber sido declarado inocente el segundo. La expresión de aquella mirada se borró con tal rapidez, que Lorry llegó a sospechar si le habría engañado su ojo experto. El gigante del brazo de oro no hubiera dicho con más serenidad que el doctor que todavía no se había abroquelado contra sorpresas pequeñas, y que la gota de agua, al caer sobre el dorso de su mano, le había asustado. Preparó la señorita Pross el te, lo sirvió, resistió otro «ataque de nervios», y los -cientos- de visitantes continuaban sin dar señales de presencia. Llegó el señor Carton, pero entre éste y Darnay no sumaban más que -dos-. Tan calurosa era la noche, que no obstante haber tenido la precaución de dejar abiertas puertas y ventanas, no bien tomaron el te, todos se dirigieron a un balcón, en busca de aire fresco que respirar. Sentóse Lucía al lado de su padre, Darnay junto a Lucía, y Carton apoyó sus espaldas contra el antepecho. Las cortinas del balcón eran blancas, y cuando alguna racha de viento las agitaba alzándolas hasta el techo, más que cortinas parecían alas espectrales. --Todavía caen gotas anchas, escasas y pesadas--dijo el doctor.--Se acerca con mucha lentitud. --Pero con mucha seguridad--replicó Carton. Huían presurosas las gentes de las calles ansiando ponerse bajo techado antes que estallara la tormenta. El ruido de sus pasos llegaba al maravilloso rinconcito de los ecos, pero sin que nadie viera a los que caminaban. --Muchas personas moviéndose, y sin embargo, la soledad más absoluta--observó Darnay, tras unos momentos de atención. --¿Verdad que impresiona, señor Darnay?--preguntó Lucía.--Muchas noches me siento en este mismo sitio, y mi fantasía... pero hasta la loca de la casa se empeña en asustarme esta noche... tan lóbrega... tan solemne... --Nos asustaremos todos--dijo Darnay, chanceándose.--Veremos a qué sabe el susto. --A usted no le sabrá a nada. Esas extravagancias solamente impresionan a aquellos cuya fantasía las forja, según creo: no son contagiosas. Repito que muchas noches me he sentado en este mismo sitio, sola, atento el oído, y mi fantasía ha dado forma tangible a los ecos, y ha visto en ellos a las personas que se han relacionado o han de relacionarse en breve con mi vida. --Llega el día en que son muchas las personas que establecen relaciones estrechas con nuestras vidas--observó Carton. El rumor de pasos era incesante, y las carreras de las gentes que huían, más precipitadas. Parecía que sonaban pasos debajo del balcón, en la habitación misma, unos iban, otros venían, estos se alejaban y aquellos se aproximaban, y, sin embargo, la vista no descubría alma viviente. --¿Se reserva para usted sola todo el ruido de pasos que llega a nuestros oídos, señorita Manette, o prefiere que nos los distribuyamos entre todos?--preguntó con entonación humorística Darnay. --No sé qué contestar a usted, señor Darnay. Principié por decir que era una extravagancia, una tontería mía, pero la culpa de que yo la dijera fué de usted, que me preguntó. Cuando esa idea ha producido impresión en mí, siempre me he encontrado sola, y quizá esta circunstancia haya engendrado en mí la creencia de que los ecos repetían el rumor de pasos de las personas que han de ejercer influencia en mi vida o en la de mi padre. --Las reclamo para que la ejerzan en la mía--replicó Carton.--Vengan sobre mí, sin explicaciones, sin condiciones. En este instante están prontas a caer sobre nosotros ingentes muchedumbres... Las estoy viendo a la luz... cárdena del relámpago--terminó diciendo, en el momento que surcaba los aires gigantesca culebra de fuego. Sonó un trueno horrísono, y Carton repuso: --Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes cómo se acercan, rápidas... furiosas... bramadoras! La voz tremenda de los elementos desencadenados obligó a Carton a poner fin a sus extravagancias, sencillamente porque nadie podía oirlas. La tempestad fué horrorosa. El agua caía a torrentes de un cielo encendido, acompañada de truenos tan ensordecedores, que no parecía sino que el mundo saltaba hecho pedazos. A eso de media noche, brotó la luna, plácida, serena. Sonaba la una de la madrugada en la torre de San Pablo cuando el señor Lorry, acompañado por Jeremías -Lapa-, armado de su correspondiente farol, emprendía el viaje de regreso a Clerkenwell. --¡Qué noche, Jeremías, qué noche!--exclamaba Lorry--¡La más indicada para que los muertos salgan de sus tumbas! --No los he visto salir nunca, señor, ni espero verlo--respondió Jeremías -Lapa-. --¡Buenas noches, señor Carton!--dijo Lorry.--¡Buenas noches, señor Darnay! ¿Volveremos a ver juntos una noche como esta? ¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día en que vieran innumerables muchedumbres, bramadoras, ebrias de sangre, cerrando contra ellos! VII EL SEÑOR EN LA CIUDAD El señor, uno de los magnates más influyentes y poderosos de la corte, celebraba en su suntuoso palacio de París su acostumbrada recepción quincenal. Hallábase el señor en su gabinete más íntimo, especie de santuario para la turba de adoradores encargados del servicio del resto de los salones. Disponíase el señor a tomar su chocolate. Con facilidad maravillosa podía engullirse el señor mil cosas, y hasta eran muchos, gentes maliciosas sin duda, que creían a pie juntillas que se estaba engullendo con rapidez pasmosa a Francia, pero el chocolate matinal no podía pasar por la garganta del señor sin la ayuda de cuatro hombres fuertes, amén del cocinero. Sí, cuatro hombres exigía operación tan importante, cuatro hombres, cubiertos de galones de oro, con un jefe, quien en su afán por seguir la noble y casta moda implantada por su señor, no hubiera podido vivir sin llevar en el bolsillo dos enormes relojes de oro, eran indispensables para que el afortunado chocolate tuviera el honor de llegar hasta los labios del señor. Un lacayo conducía la chocolatera a la sagrada presencia del señor; otro picaba el chocolate con un instrumento reservado para tan importante función, otro, el tercero, presentaba la favorecida servilleta, y el cuarto (el de los dos relojes de oro) vertía el chocolate en la taza. ¿Prescindir el señor de uno solo de los cuatro servidores mientras tomaba el chocolate entre los cielos que admirados y complacidos presenciaban la operación? ¡Horror! Tomar el chocolate servido por solos tres hombres, hubiese equivalido a manchar el inmaculado escudo del señor: tomarlo servido innoblemente por dos, habría sido tanto como darle muerte. La noche anterior, el señor había asistido a una cena de confianza, previa representación admirable de una comedia y de una ópera. El señor solía asistir casi todas las noches a cenas análogas, en cuyos actos le rodeaba una compañía encantadora y fascinadora. Tan fino, tan impresionable era el señor, que en su elevada alma ejercían más influencia la comedia y la ópera que los áridos y fastidiosos negocios de Estado y las necesidades de Francia, circunstancia venturosa para esta nación, como lo es siempre para las que se ven o se han visto tan favorecidas como ella... como lo fué, por ejemplo, para Inglaterra en los nunca bastante llorados tiempos de los joviales Estuardos. Tenía el señor una idea nobilísima acerca de los negocios públicos en general, y era que es preciso dejar que sigan su curso natural, y otra idea, no menos nobilísima, sobre los negocios particulares... que también debían seguir su curso natural; y el curso natural de los primeros, como el curso natural de los segundos, era ir en derechura a las manos y al bolsillo del señor. En cuanto a los placeres, generales y particulares, opinaba el señor que para disfrutarlos él había sido creado el mundo y colocado en él el hombre. Su divisa era la siguiente: «Mío es el mundo y todo cuanto contiene, dice el Señor». Pese a sus opiniones, había visto el señor, con el desagrado natural, que en sus asuntos y en sus placeres, tanto privados como públicos, habían venido a mezclarse molestias de lo más vulgar que no dejan de crear dificultades y apuros, también de lo más vulgar, en vista de lo cual, decidió aliarse con un -aperador general-, resolución tanto más cuerda cuanto que se había hecho indispensable, y esto, por dos motivos principales. Primero: porque el señor no entendía en asuntos tan vulgares como los referentes a la Hacienda pública, y como consecuencia, debía confiarlos a manos que en ello entendiesen, y segundo, relacionado con la Hacienda particular, porque los aperadores generales son ricos, mientras el señor, vástago de señores que vivieron muchas generaciones de esplendoroso lujo y boato, empobrecía de día en día. De aquí que el señor librase a una hermana suya del velo que la amenazaba, y que era la canastilla de boda más económica con que podía regalarle, y la concediera como preciado premio a un aperador general, tan rico en bienes como pobre en familia. El cual aperador general, armado de un bastón coronado por una manzana de oro, figuraba en la ocasión presente entre los personajes que llenaban las habitaciones exteriores y hacía un papel algún tanto desairado porque el señor, y hasta la esposa del señor, solían mirarle con el desprecio más profundo. El aperador general era un hombre de lo más suntuoso que darse puede. Treinta caballos alojaban sus caballerizas, veinticuatro criados esperaban órdenes en sus salones y seis doncellas ayudaban a vestir a su mujer. En su calidad de hombre cuya misión única consistía en pillar y saquear donde buena o malamente pudiera, el aperador general era al menos la realidad más tangible entre los personajes que aquel día estaban de servicio en los salones del señor. A decir verdad, en aquellos salones, que ofrecían a los ojos escenas deliciosas, en aquellos salones, donde habían acumulado cuanto el arte y el gusto de la época pudieron producir, los negocios no andaban bien, es más: tanto considerados con referencia a los espantajos que rodeaban la persona del señor, como por lo que hace a los desarrapados que pululaban por todas partes, los asuntos tomaban cariz poco tranquilizador... suponiendo que en la casa del señor hubiera alguien que de asuntos cuidara. Militares que ignoraban lo que era la ciencia militar, marinos que ni idea tenían de lo que un barco era, eclesiásticos, cubiertos de sedas y de encajes, mundanos hasta lo inconcebible, de ojos sensuales, lenguas libres y costumbres más libres que las lenguas, en una palabra: la ineptitud en cuantos desempeñaban cargos, el desenfreno en las costumbres, la mentira en todos los labios. No abundaban menos las gentes que no obstante no tener relación alguna, remota ni próxima, con el señor ni con el Estado, se obstinaban en no tenerla tampoco con nada que fuera real y justo, y en no caminar en el viaje de la vida por caminos rectos, ni perseguir un fin terreno honroso. Médicos que labraban fortunas inmensas fingiendo curar enfermedades imaginarias y males que jamás habían existido, se burlaban desde el sagrado de sus casas de sus clientes cortesanos, mientras éstos quebraban sus espinas dorsales a fuerza de hacer reverencias en los salones del señor. Arbitristas que, si nunca dieron con el remedio del pecado más leve, en cambio descubrían diariamente panaceas, universales y de efectos seguros para corregir los pequeños males que afectaban a la salud del Estado, fastidiaban con sus discursos interminables y pesados a cuantos asistían a las recepciones del señor y tenían oídos para escucharles. Filósofos ateos que se proponían vaciar con sus palabras nuevos moldes con que fundir un mundo nuevo, y erigir nuevas torres de Babel con que escalar los cielos, conferenciaban en los salones del señor con químicos o alquimistas descreídos, que no perseguían otro objetivo que la transmutación de los metales. En el palacio del señor vegetaban sumidos en el estado más ejemplar de enervamiento turbas de caballeros de modales distinguidos y exquisita educación, cuyos frutos naturales eran en aquel tiempo, y han venido siendo desde entonces, una indiferencia invencible, y una repugnancia notable hacia todo lo que debiera ser objetivo natural del interés humano. En los hogares que aquellas brillantes notabilidades dejaban abandonados en los barrios más aristocráticos de París, los espías que frecuentaban los salones del señor, a cuyo número pertenecían, dicho sea de paso, la mitad por lo menos de los que a aquel hacían la corte, difícilmente habrían podido encontrar entre los ángeles de su clase social una mujer que, por sus costumbres, mereciera el honor de ser madre. Verdad es que la moda no consentía en las madres otra cosa que el acto material de echar al mundo a una criatura desvalida, lo que ciertamente no es mucho hacer. Pase que las campesinas se pasen la vida al lado de sus tiernos hijos: las mujeres que han nacido en otra esfera deben alegrar los salones, y hasta cuando son abuelas, deben vestir y bailar como cuando tenían veinte años. La lepra de la ficción desfiguraba a todos los seres humanos que servían al señor. En una de las habitaciones más extremas había media docena de personas que, por excepción, desde algunos años antes venían creyendo que las cosas seguían en general derroteros peligrosos. La mitad de esta media docena de gentes excepcionales, en sus ansias por poner remedio a los males, habíanse afiliado a la secta fantástica de los llamados -convulsionistas-, y se pasaban el tiempo deliberando acerca de si les convendría echar espumarajos por la boca, rabiar, rugir, bramar y ponerse catalépticos, presentando así ante los ojos del señor una visión de los futuros que pudiera servirle de guía seguro. Además de estos derviches, había otros tres que habían formado otra secta cuyo objetivo consistía en enderezar el curso tortuoso de los sucesos a fuerza de enrevesadas teorías sobre «El Centro de la Verdad», sosteniendo que el hombre había brotado de este centro... lo que no necesitaba demostración, pero que se había salido de la circunferencia, y que se imponía la necesidad de hacerle entrar en ella y de impedir que en lo sucesivo volviera a rebasar su perímetro, lo que se conseguiría vigorizando la vida del espíritu y debilitando la de la carne. Como jamás hablaban más que de espíritus y de substancias incorpóreas, no es de admirar que sus discursos no dieran resultados materiales. En cambio, las personas que frecuentaban los salones del señor vestían admirablemente, lo que no deja de ser un consuelo. Si el Día del Juicio ha de ser lisa y sencillamente una exposición de trajes, en la que se adjudiquen los premios a los que mejor vistan, bien seguro es que las dichosas personas que motivan estas líneas vestirán por eternidad de eternidades con gusto irreprochable y excepcional riqueza. El laborioso peinado de aquellas cabezas, tan artísticamente rizadas y con tanto gusto empolvadas, aquellas caras delicadas, defendidas contra los zarpazos de los años, y hasta enmendadas y corregidas gracias a laudables recursos artificiales, las cinceladas espadas que ceñían los caballeros, en cuya contemplación se extasiaba la vista, los finos y delicados perfumes que embalsamaban el aire y deleitaban uno de los sentidos con que al Creador plugo dotar al hombre, eran recursos bastantes para extirpar de raíz y para siempre los males que afligían a la humanidad. Los caballeros de elevada alcurnia y de educación refinada ostentaban prodigiosa profusión de joyas de rico oro que dejaban oir un tintineo delicioso al compás de sus lánguidos pasos, y ante el tintineo del oro y el crujir de la seda y de los brocados, el hambre y la miseria no tenían más remedio que ir a esconder sus amarillentas caras en los hediondos barrios pobres de la ciudad. Era el vestido el talismán infalible, la varita mágica que obligaba a todo el mundo, y a todas las cosas, a permanecer en sus respectivos puestos. Nadie podía dispensarse de vestir el traje impuesto por el papel que representaba en el baile de las extravagancias llamado mundo. La ficción comenzaba en las Tullerías, en la persona misma del señor, y en las de los que al señor hacían la corte, y continuaba por las Cámaras y Tribunales de Justicia, hasta llegar a la persona del verdugo, a quien se obligaba a oficiar muy «peinado, rizado y empolvado, luciendo lujosa levita galoneada de oro, y encerradas sus pantorrillas en ricas medias de seda». ¡No! No es posible que ninguno de los felices mortales que asistieron a la recepción quincenal dada por el señor en el año mil setecientos ochenta pusiera en tela de juicio la perdurabilidad de un sistema fundado sobre base tan sólida como un verdugo primorosamente peinado, artísticamente rizado, solícitamente empolvado y ataviado con rica levita galoneada de oro y primorosas medias de seda. Luego que el señor aligeró a sus cuatro servidores de sus respectivas cargas y tomó el chocolate, mandó abrir de par en par las puertas de su santuario y tuvo la dignación de salir fuera. ¡Qué de sumisión, qué de adulaciones rastreras, qué de servilismo, qué de humillaciones, llevadas hasta los límites más inconcebibles de lo abyecto! Baste decir que en todo lo referente a idolatría y anonadamiento, los que llenaban los salones nada reservaron para los cielos. ¡Verdad es que el pensamiento en la otra vida preocupaba muy poca cosa a los adoradores del señor! Pronunciando aquí una palabra y dejando caer allá una esperanza, dirigiendo a éste una sonrisa y haciendo a aquél una seña con la mano, atravesó el señor los salones hasta que rebasó los límites de la -circunferencia de la verdad-, donde giró majestuoso sobre sus sagrados talones y deshizo el camino andado, para tornar a encerrarse en su santuario. Terminada la exhibición, los susurros que apenas rozaban el aire trocáronse en clamorosa tormenta. El tintineo de las joyas, semejante a incesante repicar de preciosas campanillas, fuese alejando, y muy pronto no quedó a la vista más que una persona, un caballero, el cual, puesto debajo del brazo el sombrero, y llevando en la mano una cajita de rapé, se entretuvo en pasear con calma y reposo deteniéndose frente a los espejos que al paso encontraba. --¡Cargue el infierno contigo!--murmuró antes de marcharse, vueltos los ojos hacia la puerta del santuario, y sacudiendo el rapé que conservaba entre sus dedos. Era un hombre de unos sesenta años, ricamente ataviado, de ademanes y expresión altaneros y dotado de una cara que, más que rostro humano, parecía fina mascarilla. Cara de una palidez transparente, todas sus líneas, todos sus rasgos aparecían perfectamente definidos. La nariz, artísticamente modelada, ofrecía la particularidad de que sus dos ventanas acusaban una contracción, muy poco perceptible, hacia la parte superior. En esas dos contracciones radicaba, precisamente, la alteración única visible en aquella cara. Las ventanas persistían unas veces contraídas, al paso que en algunas ocasiones, se sucedían las dilataciones a las contracciones, pero en uno y otro caso, daban a la cara una expresión desagradable de crueldad y de perfidia. Examinado con detenimiento aquel rostro, no era difícil observar que la expresión de crueldad la debía a las líneas de su boca y de las órbitas de los ojos excesivamente finas y horizontales. No puede negarse, sin embargo, que aquella cara era extraordinariamente hermosa. Su propietario descendió las escaleras del palacio y salió al vestíbulo, donde le estaba esperando su carroza. Pocos habían sido los que le dirigieron la palabra durante la recepción, y el señor pudo estar más afectuoso de lo que estuvo cuando llegó al sitio en que aquél permaneció retraído y separado de los grupos. Sin detenerse un instante montó en su carruaje, y los caballos partieron a galope, dispersando a las gentes que encontraban al paso. Guiaba el cochero como si cargara contra un ejército enemigo, sin que a su señor se le ocurriera poner freno a la furia desatentada del primero, la cual, lejos de enojarle, más bien parecía que le era agradable. Algunas veces, muy contadas, se habían exteriorizado las quejas, hasta en aquella ciudad insensible y en aquella edad de ignorancia y de idiotismo, contra la bárbara costumbre de recorrer a galope de carga calles estrechas y sin aceras, sin miramiento a los infelices que con frecuencia eran arrollados, pero nadie se dignó conceder un segundo de atención a semejantes pequeñeces, y en este particular, como en muchos otros, los desdichados de la clase baja quedaron en libertad de orillar la dificultad como buenamente pudieran. Con estruendo ensordecedor y con olvido inhumano de las consideraciones más sagradas, difícil de comprender en nuestros días, la carroza volaba por la calle saltando sobre el empedrado y doblando las esquinas con velocidad inconcebible, ahuyentando a las mujeres, que chillaban despavoridas, a los niños, que corrían como conejos asustados, y a los hombres que procuraban pegarse a las paredes. En el momento de doblar 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000