--Ahora que hemos terminado, Carton, tomaremos un ponche.
Quitóse el chacal las toallas de la cabeza, bostezó, se desperezó, y
preparó el ponche.
--Razón tenías, Carton, en lo referente a los testigos de esta mañana:
todo salió a pedir de boca.
--Me parece que la tengo siempre: ¿te atreverás a decir lo contrario?
--¡No, hombre, no! Vienes hoy con el genio encrespado, amigo. No estará
de más que lo rocíes con un buen chaparrón de ponche para suavizarlo.
El chacal contestó con un gruñido, pero siguiendo el consejo.
--El buen Sydney Carton, abogado de la Facultad de Zorrilandia, es una
especie de columpio--observó Stryver.--Tan pronto está arriba, como
abajo: al minuto de ser todo fuego, se le ve todo desesperación.
--¡Ah, sí!--replicó Carton, exhalando un suspiro.--Ya de estudiante me
animaban los asuntos de mis condiscípulos, muy contadas veces los míos.
--¿Pero por qué no?
--¡Vete a saber! Por temperamento, supongo.
Sentóse, dichas estas palabras, con las manos en los bolsillos,
extendidas las piernas y mirando a la lumbre.
--No puede negarse, Carton--dijo Stryver al antiguo estudiante de la
Facultad de Zorrilandia,--que tu temperamento, tu manera de ser, es y
ha sido siempre defectuosa. Adolece de falta de energía, de unidad de
propósito. Mírame a mí.
--¿Sermones a estas alturas?--exclamó Carton riendo cínicamente.--Ahora
es cuando creo aquello del diablo predicador...
--¿Cómo he podido llegar a donde he llegado? ¿Cómo ocupo el puesto que
ocupo?
--En parte, gracias a mi cooperación, supongo yo. Pero dejemos estas
discusiones que no han de conducirnos a nada práctico. Tú haces lo que
se te antoja, siempre has figurado en primera línea, y yo, en cambio,
he formado siempre en la última.
--Tuve necesidad de abrirme el camino, si quise colocarme en primera
fila, pues no sé yo que naciera en ella--replicó Stryver.
--No tuve el honor de presenciar la ceremonia de tu nacimiento, pero
creo que, al echarte al mundo, te dejaron entre los privilegiados.
Los dos interlocutores soltaron la carcajada.
--Antes de cursar en la universidad de Zorrilandia--repuso
Carton,--mientras cursábamos, y después que de ella salimos graduados,
figurabas en fila distinta de la mía. Hasta cuando en París estábamos
aprendiendo a mascullar el francés y adquiriendo algunas nociones
de derecho francés, y familiarizándonos con muchas otras tonterías
francesas, que de nada nos sirven, eras tú -algo-, mientras yo fuí
siempre -Don Nadie-.
--¿De quién era la culpa?
--¡Por mi vida que no seré yo quien asegure que la culpa no fué tuya!
Bullías tú tanto, te destacabas tanto, te movías, te agitabas en tales
términos, que no sé que pudiera yo hacer otra cosa que permanecer
envuelto en sombras y condenado al reposo... Pero dejemos este tema,
que no es muy agradable, a fe mía, hablar del pasado obscuro de uno al
romper el día.
--Perfectamente--dijo Stryver levantando el vaso.--Hablaremos de tu
linda testigo. ¿No te parece que es tema más agradable?
No debía serlo, a juzgar por la sombra que obscureció su rostro.
--¡La linda testigo!--exclamó fijando sus ojos en el fondo del
vaso.--He visto hoy muchas testigos... ¿A quién te refieres?
--A la preciosa hija del doctor, a la señorita Manette.
--¿Es linda?
--¿No lo es, acaso?
--No.
--¡Pero hombre de Dios!... ¡Si ha sido la admiración del tribunal
entero!
--¡Váyase al diablo el tribunal con su admiración! ¿Quién ha hecho al
Old Bailey juez de la belleza? ¡Linda!... ¡Una muñeca de pelo de oro!...
--¿Sabes, Carton--preguntó Stryver, clavando en su amigo una mirada
penetrante y pasando la diestra por su roja cara,--que voy creyendo
que has simpatizado demasiado con esa muñeca de pelo de oro, y que
tu interés advirtió muy pronto lo que a la tal muñeca de pelo de oro
ocurría?
--¡Que lo advertí demasiado pronto! Me parece que si una niña, muñeca o
no, se desmaya a dos varas de las narices de cualquier cristiano, puede
advertirlo sin mirar con telescopio. El tema de la conversación no me
desagrada, pero niego lo de la hermosura... ¡No bebo más!... ¡Me voy a
la cama!
Cuando el dueño de la casa acompañó a Carton hasta el descansillo,
para hacerle luz con la vela que llevaba en la mano mientras bajaba la
escalera, comenzaban a filtrarse los resplandores inciertos del nuevo
día por los empañados cristales. Llegado a la calle, vióse el chacal
respirando una atmósfera fría y triste, bajo un cielo cubierto de
nubes, bordeando un río de aguas negruzcas y en parajes que parecían el
desierto de la vida. Torbellinos de polvo huían girando vertiginosos
ante el soplo de la mañana, cual si lejos, muy lejos, hubieran
emprendido el vuelo las arenas del desierto y sus primeras nubes
amenazaran envolver la ciudad.
Falto de estímulos internos que avivasen sus energías, y puesto en el
centro de un páramo sin fin, aquel hombre quedó erguido durante algunos
minutos y vió, allá en las lejanías de la estepa desolada y triste que
se extendía ante sus miradas, espejismos de ambición noble, reflejos de
abnegación y de perseverancia. En la ciudad encantada que surgió ante
sus ojos había elevadas galerías desde donde amorcillos y gracias le
miraban sonrientes, bellos jardines donde maduraban los dulces frutos
de la vida y aguas de esperanza que saltaban rumorosas. La visión se
borró con tanta rapidez como había surgido. Poco más tarde subía la
empinada escalera de su triste cuarto y caía sobre las revueltas ropas
de su cama.
Su almohada estaba empapada en lágrimas cuando se alzó un sol
enfermizo, triste, melancólico, aunque no tanto como aquel hombre de
talento indiscutible, de grandes dotes, y sin embargo, incapaz de
sentir dulces emociones, incapaz de dirigirse por los senderos de la
vida, incapaz de proporcionarse bienestar, incapaz de saborear una gota
de felicidad, sensible sólo a la eterna noche en que se debatía y
resignado a no salir nunca de ella.
VI
CENTENARES DE VISITAS
Residía el doctor Manette en una de las calles más tranquilas de
la ciudad, no lejos de la plaza de Soho. Una tarde deliciosa de un
domingo, cuando las olas eternas de cuatro meses habían pasado sobre la
causa criminal por traición relegándola al olvido y arrastrándola mar
adentro a regiones hasta las cuales no llegaba el interés ni la memoria
públicos, el señor Mauricio Lorry avanzaba a buen paso por las soleadas
calles interpuestas entre Clerkenwell, donde vivía, y la casa del
doctor, a cuya mesa debía sentarse aquella tarde. Bueno será que sepan
los lectores que Lorry, después de varios períodos de retraimiento
absoluto y de absorción completa en los negocios, había concluído por
hacerse amigo íntimo del doctor y por ver en la calle tranquila en que
éste vivía el oasis más delicioso de su vida.
Tres motivos principalísimos empujaban al señor Lorry, en este
delicioso domingo, en dirección a la plaza de Soho, en las primeras
horas de la tarde. Primera: porque antes de comer, casi siempre solía
salir a paseo acompañando al doctor y a su hija Lucía. Segunda, porque
los domingos por la tarde si ésta estaba poco apacible, la pasaba al
lado de aquéllos, como amigo de la familia, hablando, leyendo, mirando
por la ventana y moviéndose constantemente, y tercera, porque deseaba
solventar algunas dudas enrevesadas, y sabía que en ninguna parte era
tan probable que encontrase la solución como en la casa del doctor.
No había en todo Londres rinconcito más pintoresco que aquel en que
vivía el doctor. Aislado de las grandes arterias de la ciudad, apenas
si había tránsito, y desde los balcones del frente de la casa se
dominaban vistas hermosas que llevaban estampado el sello del reposo.
Los edificios eran muy escasos, y más aún hacia el norte del camino
de Oxford, en cuyos dilatados campos, hoy desaparecidos, se alzaban
deliciosos bosquecillos, crecían espontáneamente flores de vistosos
colores que saturaban el ambiente de fragantes emanaciones y brotaban
lindos capullos de los espinos blancos y de los oxiacantos. Como
consecuencia, los aires circulaban con libertad completa por los
alrededores de Soho, cuyos habitantes no se veían precisados a respirar
la atmósfera mefítica y venenosa de los grandes centros donde se
asfixian los pobres y languidecen los ricos. Cerca de los balcones del
doctor había más de un peral, cuyos frutos llegaban a sazón en tiempo
oportuno.
Los rayos del sol de verano penetraban radiantes en aquel delicioso
retiro en las primeras horas del día, pero cuando quemaban, cuando
convertían en ardiente horno los demás distritos de la ciudad, el
rinconcito quedaba envuelto en sombras, bien que éstas no eran tan
profundas que no las penetrasen los fulgores brillantes de un sol
lejano. Era, en una palabra, un sitio fresco, sosegado y tranquilo,
pero placentero, un puerto abrigado contra el estruendo y la agitación
bramadora de las calles.
Un fondeadero tan ideal no se concebía sin una barca tranquila, y en
efecto, la tenía. Ocupaba el doctor dos pisos de una casa bastante
espaciosa, en cuyas puertas llamaban durante la noche muchos que
solicitaban servicios que debían prestarse al día siguiente. A espaldas
de la casa, y separado de ésta por un patio en cuyo centro crecía
un plátano silvestre, había un edificio en el cual se fabricaban
órganos de iglesia y cincelaba la plata y batía el oro un gigante
misterioso cuyo potente brazo parecía brotar de la pared lanzando
áureos destellos, cual si también el brazo fuera de oro y amenazara
convertir en oro a cuantos visitaban aquel lugar. Apenas si estas
industrias dejaban oir el menor ruido, muy contadas veces se veía
llegar un visitante solitario y más contadas todavía las que un coche
cruzara aquellos sitios apacibles. Cierto que de tarde en tarde se
veía a algún obrero que atravesaba el patio poniéndose la chaqueta, o
a un desconocido a quien atraía la curiosidad, o hería los oídos el
eco lejano de algún martillazo del gigante de oro, pero eran éstas las
únicas excepciones, siempre necesarias para probar la regla de que
aquél era el rincón de los ecos, el centro del reposo y del silencio,
que sólo interrumpían el piar de los gorriones que tenían su cuartel
general en la copa del plátano silvestre.
Recibía el doctor Manette en su casa a los enfermos que le traía su
antigua reputación unida a las brisas flotantes de la historia dolorosa
de su vida. Sus conocimientos científicos, su práctica en el difícil
ejercicio de su profesión y los experimentos ingeniosos a que se
entregaba, diéronle una clientela muy envidiable y ganaba con creces lo
necesario para cubrir las atenciones de la vida.
Todo esto lo sabía perfectamente el buen Mauricio Lorry cuando tiró de
la cadena pendiente a lo largo de la puerta, y puso en movimiento a los
moradores de la tranquila casa emplazada en el delicioso rinconcito que
acabo de describir, un domingo por la tarde.
--¿Está en casa el señor doctor?
--No, señor.
--¿Y la señorita Lucía?
--Tampoco.
--¿Y la señorita Pross?
Probablemente esta última se encontraba en casa, pero como la criada
que abrió la puerta ignoraba cuáles fueran sus intenciones respecto a
admitir o negar el hecho, contestó que tampoco.
--De todas suertes subo--replicó Lorry,--porque me considero aquí como
en mi casa.
Aunque nada aprendió la hija del doctor en su patria de origen, es
lo cierto que ésta la inició en aquella habilidad rara que consiste
en hacer mucho con medios escasos, lo que constituía una de sus
características más preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el
mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas
chucherías, que no tenían más valor real que el gusto exquisito con que
estaban colocadas, daban a aquéllas un efecto delicioso. La disposición
de cuanto en la casa había, comenzando por el mueble más grande y
acabando por el objeto más insignificante, la combinación de colores,
y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de
mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecían un conjunto
tan agradable en sí y retrataban tan gráficamente a su autora, que no
parecía sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al señor
Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecían su aprobación.
Tres habitaciones principales tenía el piso, cuyas puertas de
comunicación estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan
como dueños y señores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de
una a otra. En la primera, que era la mejor, tenía Lucía sus pájaros,
sus libros, una mesa escritorio y un costurero, así como también una
caja de colores; la segunda era el salón de consultas del doctor, el
que a la vez servía de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones
susurraban las hojas del plátano silvestre que en el patio crecía,
era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vió Lorry la
banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo
estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de
París.
--Me sorprende--murmuró con voz clara e inteligible Lorry--que conserve
estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y
miserias.
--¿Y por qué ha de sorprenderle?--preguntó de pronto una voz brusca que
le obligó a volverse vivamente.
La voz tenía su origen en la garganta de la señorita Pross, que era la
misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trabó
Lorry conocimiento en el -Hotel del Rey Jorge- en Dover.
--Se me figuraba...--comenzó a decir Lorry.
--Se le figuraba... ¿qué?--replicó la señorita Pross.--¡Alguna sandez
sin duda!
Lorry no contestó.
--¿Cómo está usted?--preguntó entonces la dama con voz dura, bien que
sin malicia ni ánimo de ofender.
--Muy bien, gracias... ¿y usted?
--Descontenta a más no poder.
--¿Será posible?
--¡Y tan posible! Me saca de mis casillas lo que ocurre con la señorita
Lucía.
--¿Será posible?
--¡Pero hombre de Dios! ¿No ha aprendido más que esas dos palabras que
me coloca a cada paso? ¡Será posible!... ¡Un poco de variación, si no
quiere acabar de desesperarme!
--¿De veras?--preguntó Lorry, enmendándose.
--No es la frase muy feliz que digamos, pero, en fin, vale más que
su sempiterno «será posible». Pues sí, señor; lo que ocurre con la
señorita me saca de quicio.
--¿Será indiscreción preguntar la causa?
--Me ataca los nervios que vengan a verla docenas de personas que no
son dignas de ella.
--¿Docenas?--preguntó Lorry admirado.
--Centenares--replicó la señorita Pross, una de cuyas características,
que suele ser la de muchas personas, era exagerar la afirmación
original, si observaba que alguien la ponía en tela de juicio.
--¡Santo Dios!--exclamó Lorry, a quien no se le ocurrió otra
contestación más apropiada.
--Desde que la señorita tenía diez años, he vivido con ella... o ella
ha vivido conmigo, y me ha pagado, lo que nunca hubiese consentido,
téngalo usted por seguro, si yo hubiera encontrado el secreto de cuidar
de mí y de ella por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente doloroso!
Lorry, no viendo con claridad qué podía ser lo doloroso, limitóse a
mover la cabeza, utilizando aquella parte de su persona como capa la
más indicada para taparlo todo.
--A todas horas rondan en torno suyo infinidad de personas que no son
dignas de mi tesoro, señor Lorry. ¡No, no lo son, ni mucho menos!
Cuando usted dió principio al desfile...
--¿Yo le di principio, señorita Pross?
--¡Claro que sí! ¿Quién sacó a su padre de la tumba?
--Si eso fué darle principio...
--Supongo que no pretenderá usted decir que eso fué darle fin...
Repito que cuando dió principio al desfile, resultaba ya éste bastante
desagradable. Y cuenta que no es mi intención decir que tenga la
culpa el doctor Manette, en quien no veo más falta que la de no ser
digno de tener una hija como la que tiene, y ésa no le es imputable,
toda vez que en el mundo no existe persona que sea digno de serlo. Al
padre quizá habría yo podido perdonarle, pero confiese usted que es
horriblemente doloroso ver a todas horas turbas y enjambres de personas
que se mueven al rededor del padre y me roban el afecto de la hija.
Sabía Lorry que la señorita Pross era la encarnación de los
celos, pero constábale al propio tiempo que, prescindiendo de sus
extravagancias, figuraba a la cabeza de esos seres puros de todo
egoísmo que, cediendo a motivos de cariño y de admiración, tienden
voluntariamente el cuello a la cadena de la esclavitud, dispuestos a
sacrificarse en aras de una juventud que ellos han perdido, de una
hermosura que nunca atesoraron, de dones y perfecciones que jamás
tuvieron la fortuna de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas que
nunca derramaron un punto de luz sobre sus sombrías vidas. Tenía
Lorry conocimiento bastante perfecto del mundo para saber que nada
puede compararse a los servicios fieles y abnegados que tienen su
asiento en el corazón, y como consecuencia, los de la señorita Pross
le merecían un respeto tan exaltado, que en las clasificaciones
distributivas que mentalmente hacía, pues nadie deja de hacerlas,
en mayor o menor número, colocaba a la colorada y expeditiva dama
mucho más inmediata al último peldaño de los ángeles que a no pocas
señoras inconmensurablemente mejor dotadas que aquélla, tanto por la
Naturaleza, como por el Arte, y dueñas, por añadidura, de capitales
depositados en las cajas del Banco Tellson.
--No ha existido, ni existirá más que un hombre digno de la
señorita--dijo la señorita Pross.--Ese hombre fué mi hermano Salomón...
si no hubiera tenido un pequeño desliz en la vida.
Una observación: las investigaciones practicadas por Lorry acerca de la
historia personal de la señorita Pross, habían dado por resultado la
averiguación y comprobación del hecho de que su hermano Salomón fué un
miserable desalmado que la robó cuanto poseía, so pretexto de especular
y comerciar, dejándola luego abandonada en su miseria, sin pizca de
remordimiento. La buena opinión que de su hermano tenía la señorita
Pross, no obstante su -pequeño desliz-, era para el señor Lorry motivo
de admiración profunda y contribuía a acrecentar en grado superlativo
el respeto que a aquella profesaba.
--Puesto que nos encontramos solos en este momento, y los dos somos
personas de negocios--dijo Lorry cuando, momentos después se habían
sentado ambos en el salón,--me permitiré hacer a usted una pregunta: En
las conversaciones que el doctor tiene con su hija, ¿hace alguna vez
referencia a los tiempos en que cosía zapatos?
--Nunca.
--Y sin embargo, guarda en su alcoba la banqueta y las herramientas del
oficio.
--He dicho que nunca habla de ello con su hija--replicó la señorita
Pross,--pero me guardaré muy mucho de asegurar que no habla consigo
mismo.
--¿Cree usted que piensa en ello con frecuencia?
--Sí.
--¿Imagina usted?...
--¡Yo no imagino nunca!--exclamó la señorita Pross interrumpiendo a su
interlocutor.--No tengo imaginación, ni me hace falta.
--Me corregiré... ¿Supone usted... llega hasta el punto de suponer
algunas veces?
--De vez en cuando, sí.
--Pues bien, ¿supone usted que el doctor Manette abriga alguna
sospecha... o certeza, que ha sobrevivido a sus miserias pasadas,
acerca de la causa, de los motivos de su infortunio? ¿Supone usted tal
vez, que hasta sospecha o conoce quien fué su opresor?
--Yo no supongo nada más que aquello que me dice la señorita.
--Y la señorita dice...
--Que cree que su padre sospecha o sabe.
--No se enfade usted si le hago estas preguntas. Yo soy un hombre de
negocios, bastante obtuso, y usted es una mujer de negocios.
--¿Obtusa?--interrogó la señorita Pross.
--¡No, no, no!--contestó Lorry.--¡No tiene usted nada de obtusa!
Pero volviendo al asunto, me permitiré preguntar: ¿no es singular,
incomprensible, que el doctor Manette, inocente de todo crimen, según
nos consta a todos, evite siempre con tanto cuidado tocar esa cuestión?
Y no es que yo me admire de que no la toque conmigo, aunque hace años
sostuvimos relaciones frecuentes de negocios y hoy nos liga amistad
estrecha, pero sí me maravilla que no hable de ello con su hija, que
tanto le quiere y a quien él adora... Créame, señorita Pross, no es la
curiosidad la que dicta mis palabras, sino el afecto vivo que por los
habitantes de esta casa siento.
--Pues bien, según yo creo... y cuando creo una cosa suelo aproximarme
a la realidad, guarda ese silencio que tanto maravilla a usted porque
le da miedo hablar del asunto.
--¿Miedo?
--Está claro como la luz, y además encuentro muy justificado el miedo.
Son recuerdos espantosos, no sólo por lo que sufrió, sino también
porque en sus sufrimientos naufragó su inteligencia. Como quiera que
ignora cómo y cuándo la perdió, y cómo y cuándo la recobró, natural
es que tema perderla otra vez. Como usted comprenderá, esta sola
consideración bastaría para que le fuera poco grato hablar del asunto.
--Es verdad--contestó Lorry, a quien satisfizo la profunda observación
de su interlocutora.--Por necesidad ha de inspirarle miedo hablar de su
calvario... Con todo, señorita Pross, dudo mucho que a su tranquilidad
de alma convenga guardar en el fondo de su pecho recuerdos tan
espantosos, y estas dudas, y la intranquilidad que con frecuencia me
producen, han sido precisamente las que me han movido a provocar estas
confianzas.
--El mal, si realmente es mal, no tiene remedio--contestó la señorita
Pross moviendo la cabeza.--Toque usted esa cuerda, y los resultados
serán contraproducentes; así que, preferible es callar. ¡Cuántas veces,
a altas horas de la noche, salta de la cama, y comienza a pasear
agitado, arriba y abajo, arriba y abajo, por su habitación! La señorita
sabe ya hoy que cuando eso ocurre, la imaginación de su padre pasea
arriba y abajo, arriba y abajo, por la mazmorra que durante tantos años
le sirvió de tumba. Corre entonces al cuarto de su padre y, puesta a
su lado, pasea con él arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que se
convence de que se ha tranquilizado. Pero jamás explica el doctor la
causa de su desasosiego y jamás se lo pregunta su hija. Los dos juntos
pasean arriba y abajo, arriba y abajo, sin despegar los labios, hasta
que la proximidad de su hija, y el amor ciego que la profesa, hacen que
el doctor vuelva en sí.
Había negado la señorita Pross que tenía imaginación, pero daba un
mentís a su afirmación la evidencia de que la perseguía una idea
triste, evidencia puesta de relieve por la repetición de la frase
«arriba y abajo», pues no cabía dudar que se trataba de una idea fija.
La casa del doctor parecía la casa de los ecos. A la mención de los
agitados paseos nocturnos del doctor, contestó el ruido de pasos que se
acercaban, y a éstos, la terminación de la conferencia.
--¡Ya están aquí!--exclamó la señorita Pross, poniéndose vivamente en
pie.--No tardarán en llegar a esta casa las gentes por cientos.
Tan maravillosas condiciones acústicas reunía aquella casa, que con
toda propiedad se la hubiera podido llamar el oído del distrito. Lorry,
que asomado a la ventana oía perfectamente el rumor de los pasos del
padre y de la hija, creyó que no iban a llegar nunca. No sólo llegaban
hasta él los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino también
otros muchos que se extinguían cuando más cerca parecían estar. Al fin
apareció el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibió en la
puerta de la casa la señorita Pross.
Era encantador ver a la señorita Pross, no obstante su fealdad, su
encendido color rojo y su expresión ceñuda, apresurándose a quitar
el sombrero a su señorita mientras ésta subía la escalera; cómo,
para no mancharlo, se envolvía los dedos con el pañuelo de bolsillo,
cómo intentaba quitarle el polvo soplando sobre él, cómo ahuecaba
su espléndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfacción como
hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera
sido la mujer más hermosa y más vana de la creación. Era también
encantador ver a la señorita abrazando a su doncella, dándole las
gracias y protestando contra tanta atención y tanto trabajo, bien que
protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo así, la
señorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto
para pasarse en él el día llorando. No era menos encantador ver al
doctor contemplándolas con arrobamiento y oir cómo decía a la señorita
Pross que echaba a perder a Lucía a fuerza de atenciones y cuidados,
pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun
sobraban, para echar también a perder a la señorita Pross y a cien más
como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al señor Lorry
arreglándose su peluquín y dando mentalmente gracias a su estrella que,
si le hizo solterón empedernido, dejóle entrever, en los años de su
vejez, las puras alegrías de un hogar. Todo era encantador, pero los
cientos de personas que debían girar en torno de Lucía no parecían por
ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la
profecía de la señorita Pross.
Llegó la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban los -cientos-.
En la distribución de las faenas domésticas, la señorita Pross se había
reservado el cetro de las regiones más bajas de la casa, y es preciso
confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de
perfección sus comidas, modestas en sí, pero admirablemente guisadas
y más admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francés
y mitad inglés. Como quiera que la adhesión de la señorita Pross era
eminentemente práctica, había registrado hasta los últimos rincones
de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres
que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias
coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos
y tan maravillosos conocimientos aprendió de aquellos hijos e hijas
de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre
de la casa veían en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella
capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y
convertirlas en el manjar que se le ocurriese.
Sentábase los domingos la señorita Pross a la mesa de la familia del
doctor, pero en los días restantes de la semana solía comer a horas
desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitación,
situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepción hecha
de la señorita Lucía. En la comida del domingo a que se contrae este
relato, la señorita Pross, correspondiendo a la alegría que reflejaba
el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandonó
a una animación inusitada, y como consecuencia, el rato que los
comensales pasaron en la mesa resultó agradabilísimo.
Era un día de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres,
propuso la señorita Lucía ir a beber el vino bajo el plátano silvestre
del patio, donde podrían disfrutar de un ambiente más agradable. Como
todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio
salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el plátano, donde Lucía,
que desde algún tiempo antes se había asignado a si misma el cargo de
copero del señor Lorry, escanció el vino. Remates de casas próximas
parecían asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los
reunidos hablaban, y las hojas del plátano susurraban en sus oídos las
palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas.
La comida había terminado, pero los cientos de visitantes no se
presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el plátano
llegó el joven Darnay, pero no era más que -uno-.
Dispensóle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo
su hija. La señorita Pross, acometida de súbito de una sensación de
cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retiróse al interior de
la casa. Parece que frecuentemente era víctima de aquel desorden, que
ella, en el seno de la familia, solía llamar «un ataque de nervios».
Estaba el doctor de excelente buen humor y parecía muy joven. Sentado
al lado de su hija, cuya cabeza aparecía reclinada sobre su hombro,
resaltaba tanto la viva semejanza que entre ambos existía, que hasta el
más miope había de observarla.
La conversación versó sobre muchos y muy variados temas, habiendo sido
el doctor de los que mayor vivacidad y animación mostraron. En ocasión
en que estaban hablando de los edificios más notables de Londres,
preguntóle Darnay:
--Dígame, doctor, ¿ha visitado usted la Torre?
--Con Lucía la visité en una ocasión, pero de corrido, sin
detenernos--contestó el doctor.--Vimos lo bastante para apreciar que
efectivamente es digna de interés, pero nada más.
--Yo he estado en ella, según recuerda usted--repuso Darnay con sonrisa
un poquito forzada,--pero no como turista ni en condiciones de ver gran
cosa de ella. Una historieta me refirieron durante mi estancia que
llamó poderosamente mi atención.
--¿Por qué no nos la cuenta usted?--preguntó Lucía.
--Con mucho gusto. Parece que, en el curso de unas obras que hubieron
de hacer, los operarios encontraron una mazmorra antiquísima, utilizada
en fecha remota y olvidada desde muchos años antes. Todos los sillares
del interior estaban llenos de inscripciones grabadas en la piedra
por los prisioneros. Las inscripciones eran fechas, nombres, quejas,
maldiciones, plegarias, etc. En el sillar de un ángulo del muro, un
reo, condenado a muerte, según todas las probabilidades, esculpió
a última hora cuatro letras. Debió emplear una herramienta poco a
propósito, e hizo la obra aceleradamente y con pulso poco firme.
Examinadas las letras, todos creyeron, al principio, que eran G. A.
V. A., pero una observación más detenida puso de relieve que la letra
primera no era G, sino C. No figuraba en los archivos ningún prisionero
a cuyo nombre y apellidos correspondieran aquellas iniciales. A fuerza
de meditar y dar vueltas al asunto, vínose en conocimiento de que
las letras en cuestión no eran iniciales, sino un nombre completo:
-Cava-. Practicáronse algunas excavaciones, que dieron por resultado
el hallazgo, debajo de una losa o azulejo, de algunos fragmentos de
papel, mezclados con pedazos de una cajita o pequeño saco de cuero.
Nadie ha podido averiguar qué fué lo que el condenado a muerte escribió
en el papel, aunque sí pudo apreciarse que estaba escrito. Sin duda lo
enterró para que no lo encontrara el alcaide.
--¡Padre mío!--exclamó Lucía.--¿Se encuentra usted enfermo?
Motivó esta pregunta el hecho de que el doctor se pusiera violentamente
en pie y llevara las manos a la cabeza. Su rostro reflejaba horrible
espanto.
--No, hija mía, no estoy enfermo--contestó el doctor.--Comienza a
llover... caen gotas muy anchas y me he asustado irreflexivamente. Creo
que debemos ponernos a cubierto.
Habíase repuesto casi instantáneamente. Era cierto que las nubes
enviaban algunas gotas anchas de agua, de las cuales mostró una el
doctor en el dorso de la mano. Ni una palabra dijo acerca de la
historia que Darnay estaba refiriendo, y cuando entraron en la casa,
el ojo experto de Lorry descubrió, o creyó descubrir, en la mirada
del doctor, al fijarla en Darnay, la misma mirada extraña que había
observado mientras salían de la Sala del Tribunal a raíz de haber sido
declarado inocente el segundo.
La expresión de aquella mirada se borró con tal rapidez, que Lorry
llegó a sospechar si le habría engañado su ojo experto. El gigante
del brazo de oro no hubiera dicho con más serenidad que el doctor que
todavía no se había abroquelado contra sorpresas pequeñas, y que la
gota de agua, al caer sobre el dorso de su mano, le había asustado.
Preparó la señorita Pross el te, lo sirvió, resistió otro «ataque de
nervios», y los -cientos- de visitantes continuaban sin dar señales de
presencia. Llegó el señor Carton, pero entre éste y Darnay no sumaban
más que -dos-.
Tan calurosa era la noche, que no obstante haber tenido la precaución
de dejar abiertas puertas y ventanas, no bien tomaron el te, todos se
dirigieron a un balcón, en busca de aire fresco que respirar. Sentóse
Lucía al lado de su padre, Darnay junto a Lucía, y Carton apoyó sus
espaldas contra el antepecho. Las cortinas del balcón eran blancas, y
cuando alguna racha de viento las agitaba alzándolas hasta el techo,
más que cortinas parecían alas espectrales.
--Todavía caen gotas anchas, escasas y pesadas--dijo el doctor.--Se
acerca con mucha lentitud.
--Pero con mucha seguridad--replicó Carton.
Huían presurosas las gentes de las calles ansiando ponerse bajo techado
antes que estallara la tormenta. El ruido de sus pasos llegaba al
maravilloso rinconcito de los ecos, pero sin que nadie viera a los que
caminaban.
--Muchas personas moviéndose, y sin embargo, la soledad más
absoluta--observó Darnay, tras unos momentos de atención.
--¿Verdad que impresiona, señor Darnay?--preguntó Lucía.--Muchas noches
me siento en este mismo sitio, y mi fantasía... pero hasta la loca
de la casa se empeña en asustarme esta noche... tan lóbrega... tan
solemne...
--Nos asustaremos todos--dijo Darnay, chanceándose.--Veremos a qué sabe
el susto.
--A usted no le sabrá a nada. Esas extravagancias solamente impresionan
a aquellos cuya fantasía las forja, según creo: no son contagiosas.
Repito que muchas noches me he sentado en este mismo sitio, sola,
atento el oído, y mi fantasía ha dado forma tangible a los ecos, y
ha visto en ellos a las personas que se han relacionado o han de
relacionarse en breve con mi vida.
--Llega el día en que son muchas las personas que establecen relaciones
estrechas con nuestras vidas--observó Carton.
El rumor de pasos era incesante, y las carreras de las gentes que
huían, más precipitadas. Parecía que sonaban pasos debajo del balcón,
en la habitación misma, unos iban, otros venían, estos se alejaban y
aquellos se aproximaban, y, sin embargo, la vista no descubría alma
viviente.
--¿Se reserva para usted sola todo el ruido de pasos que llega a
nuestros oídos, señorita Manette, o prefiere que nos los distribuyamos
entre todos?--preguntó con entonación humorística Darnay.
--No sé qué contestar a usted, señor Darnay. Principié por decir
que era una extravagancia, una tontería mía, pero la culpa de que
yo la dijera fué de usted, que me preguntó. Cuando esa idea ha
producido impresión en mí, siempre me he encontrado sola, y quizá
esta circunstancia haya engendrado en mí la creencia de que los
ecos repetían el rumor de pasos de las personas que han de ejercer
influencia en mi vida o en la de mi padre.
--Las reclamo para que la ejerzan en la mía--replicó Carton.--Vengan
sobre mí, sin explicaciones, sin condiciones. En este instante están
prontas a caer sobre nosotros ingentes muchedumbres... Las estoy viendo
a la luz... cárdena del relámpago--terminó diciendo, en el momento que
surcaba los aires gigantesca culebra de fuego.
Sonó un trueno horrísono, y Carton repuso:
--Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes cómo se acercan, rápidas...
furiosas... bramadoras!
La voz tremenda de los elementos desencadenados obligó a Carton a poner
fin a sus extravagancias, sencillamente porque nadie podía oirlas.
La tempestad fué horrorosa. El agua caía a torrentes de un cielo
encendido, acompañada de truenos tan ensordecedores, que no parecía
sino que el mundo saltaba hecho pedazos. A eso de media noche, brotó la
luna, plácida, serena.
Sonaba la una de la madrugada en la torre de San Pablo cuando el señor
Lorry, acompañado por Jeremías -Lapa-, armado de su correspondiente
farol, emprendía el viaje de regreso a Clerkenwell.
--¡Qué noche, Jeremías, qué noche!--exclamaba Lorry--¡La más indicada
para que los muertos salgan de sus tumbas!
--No los he visto salir nunca, señor, ni espero verlo--respondió
Jeremías -Lapa-.
--¡Buenas noches, señor Carton!--dijo Lorry.--¡Buenas noches, señor
Darnay! ¿Volveremos a ver juntos una noche como esta?
¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día en que vieran innumerables
muchedumbres, bramadoras, ebrias de sangre, cerrando contra ellos!
VII
EL SEÑOR EN LA CIUDAD
El señor, uno de los magnates más influyentes y poderosos de la corte,
celebraba en su suntuoso palacio de París su acostumbrada recepción
quincenal. Hallábase el señor en su gabinete más íntimo, especie de
santuario para la turba de adoradores encargados del servicio del resto
de los salones. Disponíase el señor a tomar su chocolate. Con facilidad
maravillosa podía engullirse el señor mil cosas, y hasta eran muchos,
gentes maliciosas sin duda, que creían a pie juntillas que se estaba
engullendo con rapidez pasmosa a Francia, pero el chocolate matinal no
podía pasar por la garganta del señor sin la ayuda de cuatro hombres
fuertes, amén del cocinero.
Sí, cuatro hombres exigía operación tan importante, cuatro hombres,
cubiertos de galones de oro, con un jefe, quien en su afán por seguir
la noble y casta moda implantada por su señor, no hubiera podido
vivir sin llevar en el bolsillo dos enormes relojes de oro, eran
indispensables para que el afortunado chocolate tuviera el honor de
llegar hasta los labios del señor. Un lacayo conducía la chocolatera
a la sagrada presencia del señor; otro picaba el chocolate con un
instrumento reservado para tan importante función, otro, el tercero,
presentaba la favorecida servilleta, y el cuarto (el de los dos relojes
de oro) vertía el chocolate en la taza. ¿Prescindir el señor de uno
solo de los cuatro servidores mientras tomaba el chocolate entre los
cielos que admirados y complacidos presenciaban la operación? ¡Horror!
Tomar el chocolate servido por solos tres hombres, hubiese equivalido
a manchar el inmaculado escudo del señor: tomarlo servido innoblemente
por dos, habría sido tanto como darle muerte.
La noche anterior, el señor había asistido a una cena de confianza,
previa representación admirable de una comedia y de una ópera. El
señor solía asistir casi todas las noches a cenas análogas, en cuyos
actos le rodeaba una compañía encantadora y fascinadora. Tan fino,
tan impresionable era el señor, que en su elevada alma ejercían más
influencia la comedia y la ópera que los áridos y fastidiosos negocios
de Estado y las necesidades de Francia, circunstancia venturosa para
esta nación, como lo es siempre para las que se ven o se han visto tan
favorecidas como ella... como lo fué, por ejemplo, para Inglaterra en
los nunca bastante llorados tiempos de los joviales Estuardos.
Tenía el señor una idea nobilísima acerca de los negocios públicos
en general, y era que es preciso dejar que sigan su curso natural, y
otra idea, no menos nobilísima, sobre los negocios particulares...
que también debían seguir su curso natural; y el curso natural de los
primeros, como el curso natural de los segundos, era ir en derechura a
las manos y al bolsillo del señor. En cuanto a los placeres, generales
y particulares, opinaba el señor que para disfrutarlos él había sido
creado el mundo y colocado en él el hombre. Su divisa era la siguiente:
«Mío es el mundo y todo cuanto contiene, dice el Señor».
Pese a sus opiniones, había visto el señor, con el desagrado natural,
que en sus asuntos y en sus placeres, tanto privados como públicos,
habían venido a mezclarse molestias de lo más vulgar que no dejan
de crear dificultades y apuros, también de lo más vulgar, en vista
de lo cual, decidió aliarse con un -aperador general-, resolución
tanto más cuerda cuanto que se había hecho indispensable, y esto,
por dos motivos principales. Primero: porque el señor no entendía en
asuntos tan vulgares como los referentes a la Hacienda pública, y como
consecuencia, debía confiarlos a manos que en ello entendiesen, y
segundo, relacionado con la Hacienda particular, porque los aperadores
generales son ricos, mientras el señor, vástago de señores que
vivieron muchas generaciones de esplendoroso lujo y boato, empobrecía
de día en día. De aquí que el señor librase a una hermana suya del
velo que la amenazaba, y que era la canastilla de boda más económica
con que podía regalarle, y la concediera como preciado premio a un
aperador general, tan rico en bienes como pobre en familia. El cual
aperador general, armado de un bastón coronado por una manzana de oro,
figuraba en la ocasión presente entre los personajes que llenaban las
habitaciones exteriores y hacía un papel algún tanto desairado porque
el señor, y hasta la esposa del señor, solían mirarle con el desprecio
más profundo.
El aperador general era un hombre de lo más suntuoso que darse puede.
Treinta caballos alojaban sus caballerizas, veinticuatro criados
esperaban órdenes en sus salones y seis doncellas ayudaban a vestir a
su mujer. En su calidad de hombre cuya misión única consistía en pillar
y saquear donde buena o malamente pudiera, el aperador general era
al menos la realidad más tangible entre los personajes que aquel día
estaban de servicio en los salones del señor.
A decir verdad, en aquellos salones, que ofrecían a los ojos escenas
deliciosas, en aquellos salones, donde habían acumulado cuanto el arte
y el gusto de la época pudieron producir, los negocios no andaban
bien, es más: tanto considerados con referencia a los espantajos
que rodeaban la persona del señor, como por lo que hace a los
desarrapados que pululaban por todas partes, los asuntos tomaban cariz
poco tranquilizador... suponiendo que en la casa del señor hubiera
alguien que de asuntos cuidara. Militares que ignoraban lo que era la
ciencia militar, marinos que ni idea tenían de lo que un barco era,
eclesiásticos, cubiertos de sedas y de encajes, mundanos hasta lo
inconcebible, de ojos sensuales, lenguas libres y costumbres más libres
que las lenguas, en una palabra: la ineptitud en cuantos desempeñaban
cargos, el desenfreno en las costumbres, la mentira en todos los
labios. No abundaban menos las gentes que no obstante no tener
relación alguna, remota ni próxima, con el señor ni con el Estado, se
obstinaban en no tenerla tampoco con nada que fuera real y justo, y en
no caminar en el viaje de la vida por caminos rectos, ni perseguir un
fin terreno honroso. Médicos que labraban fortunas inmensas fingiendo
curar enfermedades imaginarias y males que jamás habían existido, se
burlaban desde el sagrado de sus casas de sus clientes cortesanos,
mientras éstos quebraban sus espinas dorsales a fuerza de hacer
reverencias en los salones del señor. Arbitristas que, si nunca dieron
con el remedio del pecado más leve, en cambio descubrían diariamente
panaceas, universales y de efectos seguros para corregir los pequeños
males que afectaban a la salud del Estado, fastidiaban con sus
discursos interminables y pesados a cuantos asistían a las recepciones
del señor y tenían oídos para escucharles. Filósofos ateos que se
proponían vaciar con sus palabras nuevos moldes con que fundir un mundo
nuevo, y erigir nuevas torres de Babel con que escalar los cielos,
conferenciaban en los salones del señor con químicos o alquimistas
descreídos, que no perseguían otro objetivo que la transmutación de los
metales. En el palacio del señor vegetaban sumidos en el estado más
ejemplar de enervamiento turbas de caballeros de modales distinguidos
y exquisita educación, cuyos frutos naturales eran en aquel tiempo,
y han venido siendo desde entonces, una indiferencia invencible,
y una repugnancia notable hacia todo lo que debiera ser objetivo
natural del interés humano. En los hogares que aquellas brillantes
notabilidades dejaban abandonados en los barrios más aristocráticos
de París, los espías que frecuentaban los salones del señor, a cuyo
número pertenecían, dicho sea de paso, la mitad por lo menos de los
que a aquel hacían la corte, difícilmente habrían podido encontrar
entre los ángeles de su clase social una mujer que, por sus costumbres,
mereciera el honor de ser madre. Verdad es que la moda no consentía
en las madres otra cosa que el acto material de echar al mundo a una
criatura desvalida, lo que ciertamente no es mucho hacer. Pase que las
campesinas se pasen la vida al lado de sus tiernos hijos: las mujeres
que han nacido en otra esfera deben alegrar los salones, y hasta cuando
son abuelas, deben vestir y bailar como cuando tenían veinte años.
La lepra de la ficción desfiguraba a todos los seres humanos que
servían al señor. En una de las habitaciones más extremas había media
docena de personas que, por excepción, desde algunos años antes venían
creyendo que las cosas seguían en general derroteros peligrosos. La
mitad de esta media docena de gentes excepcionales, en sus ansias por
poner remedio a los males, habíanse afiliado a la secta fantástica de
los llamados -convulsionistas-, y se pasaban el tiempo deliberando
acerca de si les convendría echar espumarajos por la boca, rabiar,
rugir, bramar y ponerse catalépticos, presentando así ante los ojos
del señor una visión de los futuros que pudiera servirle de guía
seguro. Además de estos derviches, había otros tres que habían formado
otra secta cuyo objetivo consistía en enderezar el curso tortuoso de
los sucesos a fuerza de enrevesadas teorías sobre «El Centro de la
Verdad», sosteniendo que el hombre había brotado de este centro...
lo que no necesitaba demostración, pero que se había salido de la
circunferencia, y que se imponía la necesidad de hacerle entrar en
ella y de impedir que en lo sucesivo volviera a rebasar su perímetro,
lo que se conseguiría vigorizando la vida del espíritu y debilitando la
de la carne. Como jamás hablaban más que de espíritus y de substancias
incorpóreas, no es de admirar que sus discursos no dieran resultados
materiales.
En cambio, las personas que frecuentaban los salones del señor vestían
admirablemente, lo que no deja de ser un consuelo. Si el Día del Juicio
ha de ser lisa y sencillamente una exposición de trajes, en la que
se adjudiquen los premios a los que mejor vistan, bien seguro es que
las dichosas personas que motivan estas líneas vestirán por eternidad
de eternidades con gusto irreprochable y excepcional riqueza. El
laborioso peinado de aquellas cabezas, tan artísticamente rizadas y con
tanto gusto empolvadas, aquellas caras delicadas, defendidas contra
los zarpazos de los años, y hasta enmendadas y corregidas gracias a
laudables recursos artificiales, las cinceladas espadas que ceñían los
caballeros, en cuya contemplación se extasiaba la vista, los finos
y delicados perfumes que embalsamaban el aire y deleitaban uno de
los sentidos con que al Creador plugo dotar al hombre, eran recursos
bastantes para extirpar de raíz y para siempre los males que afligían
a la humanidad. Los caballeros de elevada alcurnia y de educación
refinada ostentaban prodigiosa profusión de joyas de rico oro que
dejaban oir un tintineo delicioso al compás de sus lánguidos pasos,
y ante el tintineo del oro y el crujir de la seda y de los brocados,
el hambre y la miseria no tenían más remedio que ir a esconder sus
amarillentas caras en los hediondos barrios pobres de la ciudad.
Era el vestido el talismán infalible, la varita mágica que obligaba a
todo el mundo, y a todas las cosas, a permanecer en sus respectivos
puestos. Nadie podía dispensarse de vestir el traje impuesto por el
papel que representaba en el baile de las extravagancias llamado
mundo. La ficción comenzaba en las Tullerías, en la persona misma del
señor, y en las de los que al señor hacían la corte, y continuaba
por las Cámaras y Tribunales de Justicia, hasta llegar a la persona
del verdugo, a quien se obligaba a oficiar muy «peinado, rizado y
empolvado, luciendo lujosa levita galoneada de oro, y encerradas sus
pantorrillas en ricas medias de seda». ¡No! No es posible que ninguno
de los felices mortales que asistieron a la recepción quincenal
dada por el señor en el año mil setecientos ochenta pusiera en tela
de juicio la perdurabilidad de un sistema fundado sobre base tan
sólida como un verdugo primorosamente peinado, artísticamente rizado,
solícitamente empolvado y ataviado con rica levita galoneada de oro y
primorosas medias de seda.
Luego que el señor aligeró a sus cuatro servidores de sus respectivas
cargas y tomó el chocolate, mandó abrir de par en par las puertas de
su santuario y tuvo la dignación de salir fuera. ¡Qué de sumisión, qué
de adulaciones rastreras, qué de servilismo, qué de humillaciones,
llevadas hasta los límites más inconcebibles de lo abyecto! Baste
decir que en todo lo referente a idolatría y anonadamiento, los que
llenaban los salones nada reservaron para los cielos. ¡Verdad es que el
pensamiento en la otra vida preocupaba muy poca cosa a los adoradores
del señor!
Pronunciando aquí una palabra y dejando caer allá una esperanza,
dirigiendo a éste una sonrisa y haciendo a aquél una seña con la mano,
atravesó el señor los salones hasta que rebasó los límites de la
-circunferencia de la verdad-, donde giró majestuoso sobre sus sagrados
talones y deshizo el camino andado, para tornar a encerrarse en su
santuario.
Terminada la exhibición, los susurros que apenas rozaban el aire
trocáronse en clamorosa tormenta. El tintineo de las joyas, semejante
a incesante repicar de preciosas campanillas, fuese alejando, y muy
pronto no quedó a la vista más que una persona, un caballero, el cual,
puesto debajo del brazo el sombrero, y llevando en la mano una cajita
de rapé, se entretuvo en pasear con calma y reposo deteniéndose frente
a los espejos que al paso encontraba.
--¡Cargue el infierno contigo!--murmuró antes de marcharse, vueltos los
ojos hacia la puerta del santuario, y sacudiendo el rapé que conservaba
entre sus dedos.
Era un hombre de unos sesenta años, ricamente ataviado, de ademanes y
expresión altaneros y dotado de una cara que, más que rostro humano,
parecía fina mascarilla. Cara de una palidez transparente, todas sus
líneas, todos sus rasgos aparecían perfectamente definidos. La nariz,
artísticamente modelada, ofrecía la particularidad de que sus dos
ventanas acusaban una contracción, muy poco perceptible, hacia la
parte superior. En esas dos contracciones radicaba, precisamente, la
alteración única visible en aquella cara. Las ventanas persistían unas
veces contraídas, al paso que en algunas ocasiones, se sucedían las
dilataciones a las contracciones, pero en uno y otro caso, daban a la
cara una expresión desagradable de crueldad y de perfidia. Examinado
con detenimiento aquel rostro, no era difícil observar que la expresión
de crueldad la debía a las líneas de su boca y de las órbitas de los
ojos excesivamente finas y horizontales. No puede negarse, sin embargo,
que aquella cara era extraordinariamente hermosa.
Su propietario descendió las escaleras del palacio y salió al
vestíbulo, donde le estaba esperando su carroza. Pocos habían sido los
que le dirigieron la palabra durante la recepción, y el señor pudo
estar más afectuoso de lo que estuvo cuando llegó al sitio en que aquél
permaneció retraído y separado de los grupos. Sin detenerse un instante
montó en su carruaje, y los caballos partieron a galope, dispersando a
las gentes que encontraban al paso. Guiaba el cochero como si cargara
contra un ejército enemigo, sin que a su señor se le ocurriera poner
freno a la furia desatentada del primero, la cual, lejos de enojarle,
más bien parecía que le era agradable. Algunas veces, muy contadas, se
habían exteriorizado las quejas, hasta en aquella ciudad insensible
y en aquella edad de ignorancia y de idiotismo, contra la bárbara
costumbre de recorrer a galope de carga calles estrechas y sin aceras,
sin miramiento a los infelices que con frecuencia eran arrollados, pero
nadie se dignó conceder un segundo de atención a semejantes pequeñeces,
y en este particular, como en muchos otros, los desdichados de la clase
baja quedaron en libertad de orillar la dificultad como buenamente
pudieran.
Con estruendo ensordecedor y con olvido inhumano de las consideraciones
más sagradas, difícil de comprender en nuestros días, la carroza volaba
por la calle saltando sobre el empedrado y doblando las esquinas con
velocidad inconcebible, ahuyentando a las mujeres, que chillaban
despavoridas, a los niños, que corrían como conejos asustados, y a los
hombres que procuraban pegarse a las paredes. En el momento de doblar
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