--¿Espera que su declaración le valga algún provecho o beneficio? --No. --¿Ni siquiera un destino de espía a sueldo del gobierno? --No. --¿Ni ningún otro empleo? --No. --¿Lo jura? --Una y mil veces. --¿Obedece a otros motivos que a los de patriotismo? --No. Fué llamado a declarar el virtuoso criado del prisionero, Rogerio Cly, quien prestó con gran decisión su juramento. Cuatro años antes había entrado al servicio del prisionero, sencillamente y de buena fe. A bordo del barco que hacía el servicio de Calais, preguntó al prisionero si necesitaba un criado, y aquel le recibió. Muy poco después le pareció sospechosa la conducta del prisionero, y resolvió espiarle. En los diferentes viajes que hizo en su compañía, en las ropas de su amo vió varias veces listas y relaciones semejantes a las que obraban en poder de la justicia. El fué el que sacó algunas de aquellas listas de una gaveta de la mesa de su amo. Vió que éste enseñaba otras listas idénticas a un caballero francés en Calais y otras a otros caballeros también franceses, tanto en Calais como en Boulogne. Amante de su patria, su conciencia se sublevó contra tan negras traiciones y denunció los hechos. Acerca de su honradez, aseguró que era tan intachable, que nadie se atrevió jamás a acusarle del robo de una tetera de plata, pues si bien no faltaron maldicientes que le achacaron en una ocasión el hurto de una mantequera, hechas las comprobaciones, resultó que no era de plata, sino de metal plateado. Conocía al testigo que le precedió en la declaración desde siete u ocho años antes, pero nunca se trataron más que por coincidencia. No afirmó que se tratara de coincidencias extraordinariamente curiosas, sin duda porque es público y notorio que las coincidencias lo son por regla general. Oyóse por segunda vez el sordo zumbido de las moscas azules, y el señor fiscal de la Corona llamó al señor Mauricio Lorry. --¿Es usted empleado del Banco Tellson, señor Mauricio Lorry? --Sí, señor. --En la noche de un viernes del mes de noviembre del año mil setecientos setenta y cinco, ¿hizo usted un viaje desde Londres a Dover, por la diligencia-correo? --Sí, señor. --¿Iban en la diligencia otros viajeros? --Sí, señor: dos. --¿Dejaron la diligencia aquella noche, antes de llegar a Dover? --Sí, señor. --Vea usted al prisionero, señor Lorry, y díganos si era uno de aquellos viajeros. --No puedo decir que lo fuera. --¿Se parece a alguno de sus compañeros de viaje? --Iban los dos tan embozados, la noche era tan obscura, y los tres guardamos tanta reserva, que me es imposible contestar la pregunta. --Examine con más detenimiento al prisionero, señor Lorry. Represénteselo embozado, en la forma misma que iban sus compañeros de viaje, y díganos si, dada su estatura y corpulencia, es imposible que fuera uno de los dos viajeros. --No es imposible. --¿Usted no juraría que el reo no era ninguno de ellos? --No. --Luego confiesa usted que podía ser uno de ellos, ¿no es verdad? --Admito la posibilidad, pero... pero recuerdo perfectamente que mis dos compañeros de viaje tenían... y yo también... un miedo horrible a los ladrones, y me parece que el reo no es de los que se asustan fácilmente. --¿Y no ha visto usted nunca miedo... de pega, quiero decir, personas que fingen sentir un miedo que en realidad no sienten? --No, señor. --Vuelva usted a reconocer al reo, señor Lorry. ¿Recuerda haberle visto en alguna ocasión? --Sí. --¿Cuándo y dónde? --A mi regreso de Francia, pocos días después del incidente de la diligencia, le encontré en Calais a bordo del barco en que yo volvía, e hicimos juntos el viaje. --¿A qué hora embarcó el reo? --Ya avanzada la noche. Era el único pasajero del barco, excepción hecha de nosotros, y llegó a última hora. --¿Qué hora sería? --Poco más de media noche. --¿Y dice usted que llegó el último? --Dió la casualidad que llegase el último, sí, señor. --Dejemos a un lado las «casualidades». Fué el único pasajero que llegó a altas horas de la noche, ¿no es cierto? --Sí, señor. --¿Viajaba usted solo, o acompañado, señor Lorry? --Con dos compañeros: un caballero y una señorita. Ambos están aquí. --En efecto: aquí están. ¿Habló usted con el prisionero? --Muy poco. El tiempo estaba tormentoso, la travesía era larga y pesada, y me la pasé de playa a playa tendido en el sofá. --¡Señorita Manette! Púsose en pie la señorita hacia la cual se habían antes vuelto todas las miradas, y hacia la cual se volvieron de nuevo al ser llamada. Al propio tiempo que ella, se levantó su padre. --Examine usted al prisionero, señorita Manette. Mil veces más penoso fué para el acusado verse frente a aquella niña, joven y hermosa, que le contemplaba con compasión anhelante, que afrontar las miradas curiosas de las turbas que llenaban la sala. Sin pestañear, sin que se alterase un solo músculo de su rostro, aguantó la terrible acusación del fiscal de la Corona; las declaraciones de los testigos de cargo no consiguieron demudar su semblante, pero al ver desde el borde de la tumba la mirada, no de curiosidad, sino de piedad, de la niña, todo su nervio, que era mucho, no bastaba a refrenar la agitación de su pecho, y en los esfuerzos desesperados hechos para permanecer sereno, sus labios quedaron descoloridos, toda la sangre refluyó a su corazón. --¿Conocía usted al prisionero, señorita Manette? --Sí, señor. --¿Dónde le conoció usted? --A bordo del barco que antes han mencionado y en la misma ocasión. --¿Es usted la señorita aludida por el señor Lorry? --¡Por desgracia, señor, soy yo! Los acentos de compasión que la niña supo poner en su voz no dulcificaron la del juez, quien repuso con cierta severidad: --Conteste la testigo las preguntas que se le hagan sin hacer observaciones ni comentarios... Señorita Manette, ¿sostuvo usted alguna conversación con el prisionero durante la travesía del Canal? --Sí, señor. --Refiérala. En medio de un silencio imponente, comenzó la niña con voz débil: --Cuando llegó a bordo ese caballero... --¿Se refiere usted al prisionero?--interrogó el juez, frunciendo el entrecejo. --Sí, señor. --Pues cuando haya de nombrarle, llámele el prisionero. --Cuando llegó a bordo el prisionero, advirtió que mi padre estaba muy fatigado y en estado de salud sumamente delicado. Tal era la postración de mi padre, que temiendo que le perjudicase la falta de aire, le preparé una cama sobre el puente, junto a la escalera de la cámara, y yo me senté a su lado con objeto de atenderle. Los pasajeros no éramos más que cuatro. Fué tan bueno el prisionero, que después de rogarme que le dispensase el atrevimiento, me enseñó la manera de colocar a mi padre al abrigo del aire y del relente, cosa que yo no había sabido hacer. Prodigó a mi padre atenciones y bondades que no puedo olvidar, y estoy segura que se las prodigó de corazón. He aquí cómo comenzamos a hablar. --Permítame que la interrumpa. ¿Llegó solo a bordo? --No, señor. --¿Cuántos le acompañaban? --Dos caballeros franceses. --¿Qué conferenciaban con el prisionero? --Hablaron con el prisionero hasta el último momento. Cuando el barco levaba, se despidieron de él y saltaron a su bote. --¿Se cambiaron entre ellos algunos papeles semejantes a éstos? --Cambiaron algunos papeles, pero ignoro cómo o qué eran. --¿Parecidos a éstos en tamaño y forma? --Es posible, pero no puedo asegurarlo, aunque me encontraba yo muy cerca del sitio donde ellos hablaban. La noche estaba muy obscura y el prisionero y los caballeros franceses se colocaron en lo alto de la escalera de la cámara, debajo del farol allí pendiente. Sostenían, sin embargo, la conversación con voz tan baja, que no oí una palabra. Vi, sí, que leían papeles, y nada más. --Repítanos usted la conversación que sostuvo con el prisionero, señorita Manette. --El prisionero fué conmigo muy franco... puso en mí gran confianza... fué muy amable, muy bueno... trató con tierna solicitud a mi padre... y no quisiera--terminó la joven, hecha un mar de lágrimas--no quisiera corresponder a sus favores con declaraciones que acaso le perjudiquen. Los moscardones azules volvieron a zumbar. --Señorita Manette--replicó el fiscal,--si el prisionero no se convence de que usted presta la declaración que es su deber prestar... que está obligada a prestar... que no puede dispensarse de prestar, contra su voluntad y con sobrada repugnancia, habrá que confesar que está ciego. Tenga la bondad de continuar. --Me dijo que motivaban su viaje asuntos de índole altamente delicada y comprometida, asuntos que acaso originasen serios conflictos entre pueblos distintos, y que por esta razón, viajaba bajo nombre supuesto. Me dijo que esos asuntos le habían llevado a Francia pocos días antes, y que probablemente, durante un período más o menos largo, le obligarían a hacer frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia. --¿Habló de América, señorita Manette? Tenga la bondad de especificar con detalles. --Procuró explicarme las causas que dieron margen al conflicto, y me dijo que, en opinión suya, la sinrazón y la injusticia estaban de parte de Inglaterra. Añadió, en tono humorístico, que quizá Jorge Wáshington estaba llamado a alcanzar en la historia tan alto renombre como Jorge III. Pero en todo ello no había ni sombra de malicia: lo dijo riendo y para pasar el tiempo. El señor fiscal de la Corona manifestó que consideraba necesario interrogar al padre de la señorita, al doctor Manette. --Mire usted al prisionero, doctor Manette: ¿recuerda haberle visto antes? --Una sola vez. Hará tres años o tres y medio que me visitó en mi casa de Londres. --¿Puede usted decirnos si fué su compañero de viaje durante la travesía del Canal, o repetirnos la conversación que tuvo con su hija? --Ni lo uno ni lo otro, señor. --¿Existen razones particulares y especiales que le imposibilitan hacer lo que se le pide? --Existen--contestó el doctor con voz muy baja. --¿Son éstas la desventura de haber sufrido un cautiverio larguísimo en su país natal, sin ser condenado, y hasta sin ser acusado? Con tono que penetró hasta el fondo de los corazones de todos los presentes, contestó: --¡Un cautiverio eterno! --¿Había recobrado usted recientemente la libertad, cuando se hizo el viaje a que me refiero? --Eso me dicen. --¿No lo recuerda usted? --No recuerdo nada. Mi cerebro fué una noche profunda durante algún tiempo... no puedo decir cuánto... desde que en mi calabozo me dedicaba a hacer zapatos hasta que me encontré en Londres en compañía de mi querida hija. Me habitué a su trato... ignoro cómo... no conservo recuerdo del proceso... y al fin, el Dios misericordioso tuvo a bien devolverme las facultades. El señor fiscal de la Corona dió por terminado el interrogatorio, y el padre y la hija volvieron a sentarse. Ocurrió en este punto un incidente singular. El objeto de las actuaciones, el fin que en el proceso se perseguía, era demostrar que el acusado, en compañía de otro traidor cómplice suyo, cuya identidad era un misterio hasta entonces, viajeros, en la noche de un viernes del mes de noviembre de cinco años atrás, en la diligencia-correo de Londres a Dover, habían desmontado durante la marcha, con objeto de despistar, en un sitio en el que no pensaban quedarse, desde donde retrocedieron doce o más millas hasta llegar a una plaza fuerte que tenía arsenal, donde recogieron los datos que perseguían. Un testigo declaró que en el día y hora indicados había visto al prisionero en el comedor de un hotel de la plaza fuerte y arsenal mencionados, esperando a otra persona. El abogado defensor del procesado estaba sometiendo al testigo a un interrogatorio tan rígido como habilidoso, sin más resultado que el de asegurar aquél que jamás, ni antes ni después de la ocasión indicada, había visto al prisionero, cuando el caballero empelucado, que desde los comienzos de la vista tenía los ojos clavados en el techo de la Sala, escribió dos o tres palabras en un papelito, lo retorció, y seguidamente lo tiró al defensor. Este, después de leer el papelito, miró con atención y curiosidad extraordinarias al prisionero. --¿Dice usted que tiene seguridad absoluta de que -era- el prisionero?--preguntó al testigo. --Absolutísima. --¿No ha visto nunca a nadie que se parezca al prisionero? --A nadie que se le parezca tanto, que pueda dar lugar a una equivocación. --Fíjese bien en aquel caballero,--repuso, indicando al que acababa de tirarle el papelito--y luego, fíjese bien en el prisionero. ¿Qué me dice usted? ¿No es verdad que se parecen bastante? No obstante la dejadez y desaliño del caballero del papelito, existía entre él y el prisionero un parecido bastante notable para llenar de sorpresa no sólo al testigo, sino también a cuantas personas se hallaban en la Sala. El presidente del tribunal suplicó al repetido caballero del papelito que se quitase la peluca, y la semejanza se hizo muchísimo más notable. Preguntó el presidente al señor Stryver, que era el abogado defensor, si habrían de encausar por el delito de traición al señor Carton, nombre del caballero del papelito, a lo que el defensor respondió que no, pero que deseaba preguntar al testigo si creía que lo que una vez ha sucedido no puede suceder otra, si hubiera osado hablar con tanta seguridad y aplomo si antes hubiese visto aquel ejemplo palpable de su temeridad, si la vista de una persona que tanto se parecía al prisionero no habría sido golpe rudo asestado a su confianza, etc., etc. El resultado de este incidente fué aniquilar al testigo, destruir el efecto de su declaración, y quitar todo el valor a sus manifestaciones. El buen Jeremías -Lapa-, que seguía el curso de la vista sin perder palabra ni gesto, hubo de escuchar cómo el defensor volvía la tortilla que el fiscal y los testigos habían servido al Jurado, diciendo que el excelso, el sublime patriota Barsad, era un espía mercenario, un vil traidor, un traficante en sangre que no conocía el decoro ni la vergüenza, el reptil de alma más negra que había existido en el mundo desde que el maldecido Judas, a quien se parecía física y moralmente, lo deshonró con su presencia. Afirmó que el espejo de criado, el inocente Cly, era amigo y cómplice de Barsad, y digno de serlo por cierto, que los ojos siempre abiertos de aquellos miserables falsificadores y perjuros resolvieron convertir en víctima de sus codicias al prisionero, aprovechando para sus nefandos fines la circunstancia de que aquél, francés de origen, hacía frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia por asuntos de familia que no podía explicar, y que no explicaría el prisionero, aun cuando su silencio le costase la vida, porque se lo vedaban altas consideraciones. Demostró que las manifestaciones hechas por la señorita Manette, cuya angustia al hacerlas todos habían tenido ocasión de apreciar, no tenían la menor importancia, ni eran otra cosa que inocentes galanterías, muy naturales en un joven que tropieza en un viaje con una niña agraciada, excepción hecha de lo referente a Jorge Wáshington, que a su juicio resultaba tan extravagante, que sólo como chiste desatinado cabía considerarlo. Añadió que daría la Justicia pruebas palpables de debilidad si persistía en la idea de perseguir una populachería estéril aprovechando bajas antipatías y temores nacionales que el señor fiscal de la Corona había explotado en su informe, el cual, en realidad de verdad, no tenía más fundamento que las ruindades y vilezas de una declaración cuya mala fe saltaba a la vista, declaración prestada con ánimo deliberado de desfigurar los hechos, declaración que tiende a que la Justicia, para vergüenza nuestra, añada un error lamentabilísimo a la interminable serie de los que ha cometido. El presidente, cual si lo que acababa de manifestar el defensor no fuera expresión exacta de la verdad, interrumpió con cara fosca al orador, para decir, con grave ademán, que le era imposible continuar ocupando su elevado sitial si se le obligaba a tolerar alusiones tan desagradables. Interrogó el defensor a los escasos testigos de descargo, y a continuación, los oyentes hubieron de admirar los esfuerzos hechos por el señor fiscal de la Corona para volver del revés el traje que el primero había confeccionado para el Jurado. Lo más saliente de su discurso fué asegurar una y mil veces que los heroicos Barsad y Cly eran mil veces más virtuosos de lo que al principio había dicho, y el prisionero mil veces más criminal. El presidente, en su informe final, dió vueltas y más vueltas al traje confeccionado por el fiscal y procuró deshacer las costuras del presentado por el defensor, demostrando tendencias decididas a preparar con uno y otro la mortaja del prisionero. Retiróse el Jurado a deliberar y los grandes moscardones azules dejaron oir de nuevo sus desagradables zumbidos. El movimiento, los murmullos generales, la expectación que de todos los testigos de la vista se había adueñado, no fueron parte a que el señor Carton, que continuaba sentado y mirando al techo, variase de actitud ni de sitio. Mientras, su amigo el señor Stryver, recogiendo los papeles que tenía delante, conversaba con las personas que tenía más cerca y de tanto en tanto dirigía miradas de ansiedad al Jurado, mientras todos los espectadores se movían más o menos, ora separándose, ora reuniéndose de nuevo, mientras el mismo presidente abandonaba su asiento para pasear por la plataforma, dando motivos para que los presentes sospecharan que el estado de su ánimo distaba mucho de ser sosegado, el señor Carton permanecía arrellanado en su asiento, con la peluca medio ladeada, las manos en los bolsillos, como indiferente a todo y a todos, clavados en el techo los ojos como los había tenido todo el día. Esto no obstante, el señor Carton avizoraba más detalles de la escena que ante sus ojos se desarrollaba de lo que a primera vista parecía. Prueba de ello es que, cuando la señorita Manette, rendida bajo el peso de tantas emociones, cayó desfallecida en los brazos de su padre, fué Carton el primero que lo advirtió, y el primero que acudió al remedio, diciendo: --¡Guardia! Atienda usted a aquella señorita... Ayude al caballero a que la saque de la Sala... ¿No ve usted que está a punto de caer desmayada? Todos se movieron a compasión al ver que retiraban a la señorita de la Sala, y no hubo quien no concediera todas sus simpatías al padre. La escena, que no podía menos de recordar a éste los años interminables de su inmerecida prisión, hubo de afectarle profundamente. Buena prueba de ello fué la intensa agitación interior que le produjo el interrogatorio, agitación que a nadie pasó inadvertida. Momentos después se presentaba el Jurado, y por boca de su presidente manifestaba que, no habiéndose puesto de acuerdo, deseaba retirarse de nuevo. El presidente de la Sala, cuya imaginación llenóla, si no se engañan algunos maliciosos, el retrato de Jorge Wáshington, manifestó alguna sorpresa al saber que el Jurado no se había puesto de acuerdo, pero accedió a que se retirara nuevamente a deliberar, y, sin duda para imitar su conducta, se retiró también él. La vista había durado todo el día y era preciso encender las luces de la Sala de Justicia. Circularon rumores de que las deliberaciones del Jurado serían largas, en vista de lo cual, los espectadores comenzaron a desfilar para tomar algún refrigerio, y el reo fué llevado a la parte más retirada de la barra, donde tomó asiento. El señor Lorry, que había salido acompañando a la señorita Manette y a su padre, reapareció de nuevo y llamó por señas a Jeremías -Lapa-. --Si quiere usted tomar algo, Jeremías, puede hacerlo, pero sin alejarse mucho de aquí. Es preciso que cuando entre el Jurado se encuentre usted a mi lado, pues en el Banco esperan impacientes la noticia del veredicto. Es usted el mensajero más rápido que conozco y podrá llegar al Tribunal del Temple mucho antes que yo. -Lapa- hizo una reverencia muy graciosa, ignoro si por la confianza que en su persona depositaba el señor Lorry, o si por el chelín que acababa de poner en sus manos. En aquel punto abandonó su asiento el señor Carton y tocó en un hombro a Lorry. --¿Cómo se encuentra la señorita?--preguntó. --Terriblemente angustiada, pero procura consolarla su padre, y parece que se halla mejor que antes de salir de la Sala. --Voy a decírselo al prisionero. Un caballero tan respetable como usted no está bien que le hable en público. Enrojeció intensamente Lorry, sin duda porque vió que habían leído los pensamientos que en aquel instante le embargaban, y Carton echó a andar en dirección a la barra. Huelga decir que Jeremías -Lapa- le siguió con todos sus ojos, con todos sus oídos, y con todas las púas que adornaban su cuero cabelludo. --Señor Darnay--llamó Carton. El prisionero se levantó en seguida. --Es natural que desee usted tener noticias de la testigo señorita Manette. Se encuentra mejor: ha pasado lo más intenso de su agitación. --Con toda mi alma lamento haber sido la causa de ella. ¿Tendrá usted la bondad de hacérselo presente en mi nombre? --Lo haré, si usted lo desea. La actitud de Carton era tan indiferente, que rayaba en insolente. --Lo deseo mucho, y doy a usted las gracias más cordiales--contestó el prisionero. --¿Qué espera usted, señor Darnay?--preguntó Carton, medio vuelto de espaldas a su interlocutor. --Lo peor. --Hace usted bien, puesto que espera lo que probablemente será. Sin embargo, la nueva retirada del Jurado permite abrigar alguna esperanza. Jeremías -Lapa- se alejó sin oir más. Allí, debajo del gran espejo que reflejaba las dos caras, quedaron los dos hombres, tan semejantes por las facciones y tan desemejantes en lo que a modales y actitud se refería. Transcurrió lenta, pesada, eterna, hora y media más. El mensajero del Banco, después de tomar su refrigerio, se había sentado y dormido en un banco, cuando le envolvió el oleaje humano que clamoroso invadía nuevamente la Sala. --¡Jeremías... Jeremías!--gritó el señor Lorry, procurando acercarse a la puerta. --¡Aquí estoy, señor... pero he de abrirme paso a codazos si quiero volver a entrar! Lorry extendió un brazo y le entregó un papel. --¡Volando...! ¿Lo tiene ya? --Sí, señor. En el papel había escrita una sola palabra: «-absuelto-». --Si esta vez hubiera escrito usted «Resucitado»,--murmuró -Lapa- al dar la vuelta--ya sabría yo lo que significa todo eso. Fué lo único que pudo decir, o pensar, o hacer, hasta tanto no se vió fuera del Old Bailey, pues las turbas salían cual torrente desbordado arrollando y arrastrando cuanto tropezaban por delante. Los murmullos eran semejantes al recio zumbar de moscardones azules que se dispersan chasqueados al encontrarse privados de las piltrafas podridas que creían encontrar. IV ENHORABUENA Trascolaban por los sucios y lóbregos pasadizos del edificio del tribunal los últimos sedimentos del guisote humano que durante todo el día había hervido en la Sala, cuando el doctor Manette, Lucía, su hija, el señor Lorry, el abogado defensor y el procurador de la defensa, formaban un grupo en derredor de Carlos Darnay, puesto momentos antes en libertad, a quien daban parabienes y enhorabuenas por haber escapado casi milagrosamente de la muerte. Escasa era la luz, pero aun a la de un brillante sol de estío hubiese sido muy difícil reconocer en el sereno e inteligente rostro y cuerpo erguido del doctor al zapatero del sotabanco de París. Esto no obstante, era imposible verle una vez sin experimentar comezón irresistible de examinarle de nuevo, aun cuando el observador no hubiese tenido ocasión de escuchar el ritmo lúgubre de su voz profunda, ni reparado en la especie de nube que ensombrecía su fisonomía sin razón aparente. Y es que no necesitaba que causas externas evocasen en su alma, como había ocurrido en la Sala de Justicia durante la vista, ecos dolorosos de sus pasadas agonías; éstos brotaban espontáneamente, y al brotar, envolvíanle en algo así como un velo fúnebre que no podían ver los que desconocían su triste historia. Unicamente su hija conseguía ahuyentar de su mente los negros recuerdos que le perseguían insistentes. Lucía era el hilo de oro que le unía a un pasado anterior a sus miserias y a un presente posterior a sus desdichas. La dulce música de su voz, la alegría que reflejaba su linda cara, el contacto de su mano, casi siempre ejercían sobre él una influencia benéfica decisiva, y digo casi siempre, porque ocasiones había habido, aunque no muchas, en que el poder de la niña se había estrellado contra su tristeza. Lucía abrigaba la dulce esperanza de que esos casos no se repetirían. Darnay había saboreado el placer de besar la mano de la joven, y después de exteriorizar con frases fervientes su gratitud, habíase vuelto hacia su defensor, el señor Stryver, a quien dió calurosamente las gracias. Stryver, hombre que apenas contaba treinta años de edad, aunque parecía de cincuenta, robusto, grueso, rojo, fanfarrón y refractario a toda clase de impulsos de delicadeza, poseía el secreto de amoldarse, moral y físicamente, a toda clase de compañías y conversaciones, y era de suponer que lo mismo que se amoldaba a las compañías y conversaciones, supiese amoldarse a las mil y una pequeñeces relacionadas con la vida. Todavía llevaba puestas la toga y la peluca. Al ir a contestar a su defendido, giró sobre sus talones en forma que eliminó del grupo al inocente señor Lorry, y dijo: --Celebro infinito haber sacado a usted del trance con honor, señor Darnay. Ha sido usted víctima de una persecución infame, brutalmente infame, pero que muy bien pudo tener el desenlace que perseguían sus enemigos. --Las obligaciones que con usted he contraído no prescribirán jamás--respondió el joven, estrechando con calor la mano del abogado. --He hecho por usted cuanto he podido, señor Darnay, y tengo la presunción de creer que puedo tanto como pueda cualquier otro hombre. Las últimas palabras tenían una contestación obligada, que debía y podía dar cualquiera de los que formaban el grupo. Dióla el señor Lorry, probablemente interesada, es decir, para que de nuevo le admitieran en el grupo. --Más, mucho más que ningún otro hombre--dijo. --¿Lo cree usted así?--preguntó Stryver.--Perfectamente. Ha sido usted testigo de toda la vista, y motivos tiene para saber lo que dice. Además, es usted hombre de negocios. --Y en calidad de tal--replicó Lorry, a quien el abogado había metido en el grupo de la misma manera que antes le había echado fuera--en mi calidad de tal, ruego al doctor Manette que ponga fin a esta conferencia, a fin de retirarnos cada cual a su respectiva casa. La señorita Lucía no se encuentra bien, el señor Darnay ha pasado un día terrible, y todos estamos rendidos. --Hable usted por sí, señor Lorry, hable usted por sí--dijo el abogado.--A mí me espera una noche de trabajo continuo. --Por mí hablo--replicó Lorry--y por el señor Darnay, y por la señorita Lucía y... ¿No cree usted, señorita Lucía, que puedo hablar, por todos nosotros?--preguntó, dirigiéndose a la joven, pero mirando al mismo tiempo a su padre. La cara del anciano adquirió una expresión indefinible al dirigir a Darnay una mirada intensa. En la frente del primero se marcaron profundas arrugas, sus labios se crisparon, y poco a poco sus miradas expresaron repugnancia, recelo y temor. --¡Padre mío!--musitó en su oído, a la par que estrechaba su mano. El anciano, cuyo rostro se fué iluminando gradualmente, se volvió hacia su hija. --¿Vamos a casa, padre mío?--repuso la niña. El doctor exhaló un suspiro muy hondo y muy prolongado, y contestó: --Sí. Los amigos del prisionero, a quienes éste había hecho creer que no sería puesto en libertad aquella noche, habíanse dispersado ya. Casi todas las luces que iluminaban los estrechos corredores del edificio siniestro, que a la mañana siguiente se llenaría de nuevo de gentes ávidas de emociones, se habían apagado. El abogado defensor se retiró el primero para ir a cambiar de ropa, y Lucía Manette llamó un coche, se despidió de los señores Lorry y Darnay, y se hizo conducir a su casa, acompañando a su padre. Otra persona, que no había formado parte del grupo ni cambiado una palabra con ninguno de los que lo componían, se destacó de la pared contra la cual había estado apoyada y, tan pronto como se perdió de vista el coche, aproximóse silenciosa como una sombra a Lorry y a Darnay, que habían quedado hablando en la acera. --¡Hola, señor Lorry!--dijo.--Parece que ya los hombres de negocios se atreven a hablar con Darnay, ¿eh? ¡Qué de conflictos originan los negocios! Se reiría usted, Darnay, si supiera las luchas que los hombres de negocios tienen que sostener entre sus impulsos naturales y las exigencias de su posición. --Ya hizo usted antes esa misma indicación, señor Carton--replicó Lorry, enrojeciendo hasta lo blanco de los ojos.--Nosotros, los hombres de negocios, los que servimos a una casa, no somos dueños de nosotros mismos. Más que en nosotros, tenemos que pensar en la casa. --¡Lo sé, lo sé, señor Lorry!--contestó Carton con negligencia.--Sentiría que se molestase usted. Me consta que no es usted peor que los otros, y hasta me atrevería a asegurar que es mucho mejor. --A decir verdad, caballero, no acierto a comprender su ingerencia. Perdóneme si, amparándome en mis años, le hablo con franqueza tal vez excesiva, pero no veo que usted tenga nada que ver en nuestros asuntos. --¡Asuntos! ¡Válgame Dios, señor! Yo no tengo asuntos. --Es una lástima que no los tenga usted. --De acuerdo. --Porque si los tuviera, les dedicaría alguna atención. --¡No, amigo mío, no! ¡Tenga usted por seguro que no les prestaría ninguna! --¡Está bien, señor!--exclamó Lorry, a quien llenó de indignación la indiferencia de su interlocutor.--Diga usted lo que quiera, es muy bueno y muy respetable tener negocios, y si en determinadas ocasiones los negocios imponen silencio, restricciones e impedimentos, de ello se hacen cargo los que, como el señor Darnay, son caballeros generosos... Señor Darnay... muy buenas noches. Le felicito con toda la efusión de mi alma y le deseo una vida próspera y feliz... ¡Cochero! Un poquito incomodado consigo mismo, y desde luego más con su interlocutor, el señor Lorry tomó por asalto el coche y se hizo conducir al Banco Tellson. Carton, que olía a vino, y cuyo fuerte, a juzgar por las apariencias, no era la sobriedad, soltó la carcajada y se volvió hacia Darnay. --¡Extraños caprichos tiene la casualidad, señor Darnay!--exclamó Carton.--¿Podía usted suponer que esta noche iba a encontrarse aquí, pisando las piedras de la calle, en compañía de su -alter ego-? --¿Cómo había de suponerlo, si hasta el hecho de pertenecer a este mundo me parece un sueño?--contestó Darnay. --No me admira, después de lo cerca que del otro se encontraba. Noto en su voz cierta debilidad, señor Darnay. --Es que principio a creer que me encuentro débil, señor Carton. --¿Por qué no come, pues? Yo comí ya, mientras aquellos zánganos se ponían de acuerdo acerca del mundo en que usted habría de vivir. Voy a acompañarle a la taberna más próxima donde podrá usted comer lo que le acomode. Pasando sin más ceremonias su brazo por el de Darnay, Carton echó a andar hacia la calle Fleet, no tardando en dar con sus huesos en una taberna. El encargado acompañó a los recién llegados a un cuartito reservado, donde Darnay repuso sus fuerzas. Carton, sentado a la misma mesa frente a Darnay, se hizo servir una botella de vino. --¿Va usted convenciéndose de que pertenece todavía a este mundo terrestre, Darnay?--preguntó Carton. --Apenas si puedo darme cuenta cabal del tiempo y del lugar, pero confieso que me he convencido casi de lo que usted dice. --¡Y se habrá convencido de ello con satisfacción inmensa!--exclamó Carton con cierto tono de amargura y llenando de nuevo el vaso, que por cierto era de los más grandes.--De mí puedo decir que mi mayor deseo sería olvidar que de él formo parte. Ni el mundo tiene para mí nada bueno... no siendo el vino, ni yo tengo nada bueno para el mundo. En lo que a este particular se refiere, somos tal para cual, nos parecemos bastante... Por supuesto, que voy creyendo que también usted y yo nos parecemos en todo, ¿no? Carlos Darnay, sobre quien pesaba aún la influencia de las emociones del día, tardó bastante en contestar, sencillamente porque no sabía qué respuesta dar a las extravagantes palabras de su interlocutor. Cuando lo hizo, se mostró de perfecto acuerdo. --Ahora que ha hecho usted honor a la comida, señor Darnay, ¿por qué no levanta una copa? ¿Por qué no brinda usted? --¿Levantar la copa? ¿En honor de quién? --En honor y por la salud de la persona cuyo nombre tiene usted en la punta de la lengua. Debe tenerlo, lo tiene, juraría que no me engaño. --¡Brindo, pues, por la señorita Manette! --¡A la salud de la señorita Manette! Clavada una mirada insolente en Darnay, mientras apuraba el contenido del vaso, Carton estrelló el suyo contra la pared, después de beber, donde se hizo pedazos. Seguidamente tocó la campanilla y pidió otro. --Es una niña encantadora, en cuya compañía sería delicioso hacer un viaje en coche, ¿eh?--preguntó, llenando de vino el vaso que acababan de traerle. --Sí--contestó secamente y con un ligero fruncimiento de cejas Darnay. --Digna de compasión y de que por ella se hagan verdaderas locuras. ¿Qué tal se encuentra? A fe que vale la pena verse en peligro de ser condenado a muerte a trueque de convertirse en objeto de sus simpatías y compasión: ¿qué me dice usted, Darnay? El interpelado guardó silencio. --Le agradó sobremanera escuchar el mensaje que por mi conducto la envió usted. No me lo dijo, pero lo supongo. La alusión fué a manera de recordatorio para Darnay. Acordóse de que su desagradable compañero le había prestado un servicio en aquel día azaroso y le dió las gracias, llevando la conversación a aquel incidente. --Ni me hace falta que me dé usted las gracias, ni las merezco--replicó con fría indiferencia Carton.--En primer lugar, no sabía qué hacer, y en segundo, no sé por qué hice lo que hice. ¿Me permitirá usted que le haga una pregunta, señor Darnay? --Cuantas guste, a ello le dan derecho los favores que me ha prestado. --¿Cree usted que me es simpático? --La verdad... señor Carton...--respondió Darnay, completamente desconcertado,--no se me ha ocurrido formularme esa pregunta. --Hágasela usted ahora. --Como si yo le mereciera alguna simpatía se comportó usted, pero si he de decir lo que siento, creo que no se lo soy. --Y yo creo lo mismo que usted--observó Carton.--Principio a formar opinión excelente de su inteligencia. --Lo que no debe ser obstáculo--repuso Darnay haciendo sonar la campanilla--para que yo le quede profundamente agradecido y para que nos despidamos sin malquerencias mutuas. --Desde luego--contestó Carton.--¿Dice usted que me queda reconocido? --Lo digo y así es. --Entonces, mozo, tráeme otra pinta de este mismo vino, y despiértame mañana a las diez. Pagada la cuenta, levantóse Darnay, dió las buenas noches y se encaminó hacia la puerta. Carton, sin contestar las buenas noches, levantóse también, miró con expresión airada al que se marchaba, y dijo: --Dos palabras, señor Darnay, ¿Cree usted que estoy borracho? --Creo que ha bebido usted mucho, señor Carton. --¿Lo cree nada más? Sabe perfectamente que he bebido. --Puesto que usted se empeña, diré que, en efecto, sé que ha bebido. --En ese caso, quizá sepa usted también por qué he bebido. Soy un desilusionado, un desengañado. Ni a mí me importa la suerte de ningún hombre de la tierra, ni ningún hombre de la tierra se acuerda siquiera de mi persona. --Lo que no deja de ser una desgracia. Debió usted dar mejor empleo a su talento. --Puede que tenga usted razón, y puede que se engañe lastimosamente. No se envanezca, sin embargo, amigo mío, que no sabe usted lo que el porvenir le reserva... ¡Buenas noches! Cuando quedó solo, aquel hombre singular tomó el candelero, se acercó a un espejo que pendía de la pared y examinó minuciosa y detalladamente la imagen reflejada en su tersa superficie. --¿Te es simpático ese hombre?--murmuró, cual si dirigiera la pregunta a su propia imagen.--¿Por qué ha de serte simpático un hombre que se te parece? ¿Acaso tienes tú algo que pueda agradar a nadie? De sobras sabes que no. No acierto a comprender el por qué del cambio... ¡Maldito seas!... ¡Y a fe que merece simpatía el hombre que te dice lo que pudiste ser y lo que en realidad eres! ¡Vaya!... ¡Dilo de una vez y con franqueza! ¡Tú aborreces a ese individuo! Cual si el vino fuera para él manantial de consuelos, en muy contados minutos hizo pasar a su estómago la pinta de vino y quedó dormido en la misma mesa, apoyada la cabeza sobre sus brazos. V EL CHACAL En aquellos tiempos, rendíase culto universal a la botella. Si yo especificase y detallase aquí la cantidad de vino y de ponche que un hombre tragaba en el curso de una noche, sin que su reputación de perfecto caballero sufriera el menor detrimento, a buen seguro que pasaría ante los lectores plaza de exagerador ridículo. Los hombres bebían mucho, y no eran ciertamente excepción de la regla las lumbreras del foro ni las notabilidades en cualquier otro ramo del saber humano, que nunca ha sido la ciencia barrera alzada entre quien la posee y los altares de Baco. No nos admira por tanto que el señor Stryver, letrado que avanzaba con paso de gigante por el camino de su lucrativa profesión, rindiera culto tan constante a la botella como las esponjas más resecadas de la comunidad de picapleitos. Favorito en el Old Bailey e indispensable en el tribunal llamado -Sessions-, Stryver separaba con el pie los peldaños de la escalera a medida que los iba dejando atrás. Todos los días, en uno o en otro tribunal, la roja cara de Stryver brotaba de entre una capa de pelucas semejante al girasol que yergue su cabeza sobre un plantel de brillantes flores. Habían observado en el foro que Stryver, en los comienzos de su carrera, si bien era hombre suelto de lengua, falto de escrúpulos, dispuesto a todo, osado y procaz, carecía de la facultad de entresacar la esencia, la medula de los informes y de las pruebas testificales, que tan indispensable es a todo buen abogado, pero posteriormente, hizo en este particular progresos maravillosos. Cuanto más trabajaba, con mayor facilidad llegaba al fondo, al tuétano de los asuntos, siendo de notar que, aun cuando tenía la costumbre de pasarse las noches de claro en claro vaciando botellas en compañía de Carton, los puntos que había de tratar a la mañana siguiente ni se borraban de su mente, ni se obscurecían. Sydney Carton, el más vago y holgazán ejemplar de la humanidad, era el aliado más poderoso de Stryver. Sobre el líquido que entre los dos tragaban hubiera podido flotar perfectamente un navío de tres puentes. Uno y otro llevaban la misma vida, uno y otro prolongaban sus orgías hasta la madrugada, y más de una vez vieron a Carton, ya bien alto el sol, dirigiéndose con paso vacilante a su casa o al estrado del tribunal. No faltaron maliciosos que aseguraron que Carton, si no era ni llegaría jamás a ser un león, en cambio era un tigre excelente, y que, en calidad de tal, prestaba preciosos servicios a su amigo Stryver. --Las diez, señor--dijo el encargado de la taberna a quien Carton había encargado que le despertase.--Las diez de la noche. --¿Qué ocurre? --Que son las diez, señor. --¿Y qué? ¿Las diez de la noche? --Sí, señor. Me encargó que le despertase a esa hora. --¡Ah, sí! ¡Ya me acuerdo! Está bien. No sin que procurase dormir de nuevo, intentos que el tabernero combatió removiendo sin cesar el fuego y haciendo ruido, Carton concluyó por enderezarse y salir. Luego que hubo refrescado su cabeza dando un paseo regular, se dirigió al despacho de Stryver. El oficial de Stryver, que jamás asistía a las conferencias que éste celebraba con Carton, había salido, y como consecuencia, hubo de abrir la puerta al visitante el mismo Stryver en persona. Iba en bata y zapatillas, y sus ojos brillaban entre dos círculos amoratados semejantes a los que caracterizan a todos los que hacen y han hecho vida disipada. --Llegas un poquito tarde, Carton--dijo Stryver. --Poco más o menos a la hora de siempre, tal vez quince minutos más tarde. Ambos entraron en el despacho, pieza no muy grande, atestada de libros y de papeles. Ardía en ella una lumbre deliciosa. Sobre la mesa de trabajo, humeaba una tetera entre montones de papeles y botellas de ron, de brandy y de vino, y entre terrones de azúcar y limones. --Veo que has despachado ya tu botella de costumbre, Carton. --Esta noche fueron dos. Estuve comiendo con mi cliente de hoy... o viéndole comer, para el caso es lo mismo. --Diste al asunto un giro verdaderamente singular, Carton, llamándome la atención hacia lo referente a la identificación del reo. ¿Cómo demonios se te ocurrió semejante cosa? --¡Bah! Vi que era un buen mozo, muy guapo, y pensé que así podría ser yo, a poco que la suerte me hubiese favorecido. Stryver soltó la carcajada. --La suerte hay que llamarla trabajando, amigo mío, así que... ¡a trabajar! Con cara más que medianamente fosca se aligeró el chacal de ropa, entró en la estancia contigua, y no tardó en salir con un cubo de agua, una palangana y una o dos toallas. Empapó en agua fría las toallas, envolvió con ellas su cabeza, sentóse frente a la mesa, y dijo: --Ya podemos principiar. --No es mucho el trabajo que tenemos esta noche, Carton. --¿Cuánto? --Dos protocolos. --Dame ante todo el peor. --Aquí están los dos... ¡Manos a la obra! El león del foro se arrellanó en un sofá mientras el chacal tomaba una silla. Sobre la mesa, interpuesta entre los dos, había botellas y vasos. Uno y otro recurrían a ellos con gran frecuencia pero de distinta manera: bebía el león, abstraído la mayor parte del tiempo, o a lo sumo ojeando indiferente algún documento poco importante, pero el chacal, con tal ardor y entusiasmo se entregaba a su tarea, que casi nunca seguían sus ojos el movimiento de las manos cuando éstas andaban en busca del vaso, resultando que más de cuatro veces andaba tentando uno o dos minutos antes de tropezar con el vaso y llevarlo a sus labios. En dos o tres ocasiones debió encontrar tan enrevesado el asunto que estudiaba, que consideró necesario levantarse de la silla y humedecer de nuevo las toallas. Al cabo del rato consiguió el chacal preparar al león una comida aceptable, y procedió a ofrecérsela. El león procuró digerirla con cuidado y precauciones exquisitas separando algunos manjares, prescindiendo de algunos componentes y haciendo atinadas observaciones, que parecieron bien al chacal. Digerida la comida, el león se tendió sobre el sofá, mientras el chacal, después de vigorizarse nuevamente a fuerza de libaciones y de compresas de agua fría, se dedicó a la confección de la segunda comida, que fué servida al león en la misma forma que la anterior. Los relojes daban ya las tres de la madrugada. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000