sus manos la cabeza, la colocó de manera que la luz de la ventana la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda contemplación, dijo: --Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella había reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella temía que yo saliese... yo no sentía el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del Norte, me encontraron esto escondido en la manga... «¿Me permitiréis que lo conserve?--les pregunté.--No han de facilitar la fuga de mi cuerpo... aunque gracias a ellos saldrá con frecuencia mi espíritu por entre las rejas». Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo como si acabara de pronunciarlas. Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con acuerdo perfecto, bien que muy lentamente. --No lo entiendo...--añadió.---¿Eras tú?- Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar la brusquedad con que el anciano se volvió hacia la niña; pero ésta, perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja: --Suplico a ustedes, mis buenos señores, que no se acerquen, que no hablen, que no se muevan. --¡Chist!--exclamó el anciano.--¿Quién habla? Volvió a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con expresión de dolor sombrío su cabeza. --¡No, no, no!--repuso.--¡No es posible!... ¡Eres demasiado joven, demasiado niña! ¡Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una prisión!... Estas no son las manos que ella conoció, ni ésta la cara que ella vió, ni ésta la voz que tan dulce sonaba en sus oídos... ¡No, no! Ella... y él... Hace muchos años... muchas eternidades... antes de los lentos siglos de la Torre del Norte... ¡Dime! ¿Cómo te llamas, ángel hermoso? La hija cayó de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos delante del pecho. --¡Oh, señor!--exclamó.--¡En otra ocasión sabrá usted cómo me llamo, quién fué mi madre y quién fué mi desventurado padre, cuya dolorosa historia jamás llegó a mis oídos! No puedo decirlo en este momento ni en este sitio. ¡Lo único que ahora, aquí mismo, puedo decirle, es que me abrace y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme! Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro. --Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años, otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por él! La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño. --¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura, soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío! El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con las manos. Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad, y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareció próximo a saltar hecho pedazos, recobró la serenidad que sigue siempre a las tormentas más deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al reposo y al silencio; cuando el anciano quedó tranquilo, se aproximaron los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero había ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La hija cayó con él, y en tierra permaneció, apoyada la cabeza sobre su hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos. --Si fuera posible--dijo la niña, alargando una mano a Lorry--disponerlo todo para salir de París inmediatamente, en forma que desde esta misma casa... --Hay que tener presente una cosa importante--contestó Lorry interrumpiendo a la joven.--¿Está en disposición de emprender el viaje? --Creo que ha de serle más beneficioso el viaje, con todas sus molestias, que permanecer en París, donde tanto ha sufrido. --Nada más cierto--terció Defarge, que se había arrodillado para ver y oir mejor.--Aun prescindiendo de la consideración que acaba de insinuar la señorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia. ¿Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos? --El negocio es ése--observó Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para volver a su tema favorito--y cuando hay que terminar un negocio, cuanto más pronto se ultime, mejor. --En ese caso--dijo la señorita Manette,--tengan la bondad de dejarnos aquí. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habrá convencido de que pueden dejarme a solas con él sin el menor temor. Con que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles que cuando regresen, le encontrarán tan tranquilo como le dejan. Yo cuidaré de él mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es llevárnoslo cuanto antes. No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solución, pues los dos hubiesen preferido no dejar a la niña a solas con el anciano, pero como no sólo era preciso preparar la silla de posta, sino también proveerse de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el día corría a su ocaso, fuerza fué que se distribuyeran entre los dos las diligencias que necesariamente había que hacer, después de lo cual echaron a andar cada uno por su lado. Las sombras de la noche encontraron a la niña tendida sobre el duro suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes habían ultimado los preparativos de viaje y traían, además de mantas y abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y café caliente. Defarge, portador de las provisiones, las dejó sobre la banqueta de zapatero (en el sotabanco no había más muebles que la banqueta y un jergón), y con la cooperación de Lorry levantó al cautivo. Nadie hubiera sido capaz de leer en la atonía inexpresiva de su cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente la inteligencia del anciano, ni la penetración humana, por sutil y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aquél conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le habían dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas, que temiendo extraviarle más, decidieron dejarle en paz por entonces. La expresión del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con frecuencia oprimía su cabeza entre sus manos, cosa que no se le había visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto sonaba en sus oídos la voz de su hija, e invariablemente volvía hacia ésta la cabeza cuantas veces le hablaba. Con esa sumisión peculiar de los que están acostumbrados desde larga fecha a obedecer al látigo, comió y bebió lo que le dieron, y se puso el abrigo de viaje que le fué entregado. Sin resistencia, más aún, con agrado evidente dejó que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no contento con eso, tomó y retuvo entre las suyas, la mano de aquélla. Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha Lorry. No habían bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y miró con atención hacia arriba primero, y luego en derredor. --¿Recuerda el lugar, padre mío? ¿Se acuerda de cuando subió esta escalera?--preguntó la niña. --¿Qué dices? Antes que fuera repetida la pregunta, contestó el anciano, como si aquella le hubiese sido formulada de nuevo. --¿Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo! Claramente se vió que no conservaba el menor recuerdo de haber sido trasladado desde la prisión al sotabanco. Los que le acompañaban oyéronle murmurar «Ciento Cinco, Torre del Norte», siendo indudable que cuando miró en derredor, creyó ver los espesos muros que por espacio de tantos años habían sido su tumba. Caminó con paso alterado mientras cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al convencerse de que éste no existía, y ver el coche que esperaba en la calle, soltó la mano de su hija y oprimió de nuevo su cabeza. No había turbas frente a la puerta, no se veía una cabeza en las ventanas ni alma viviente en la calle. El silencio y la soledad reinaban como señores únicos. A nadie vieron más que a una persona, a la señora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vió. Habíase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija le había seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidió sus herramientas de zapatero y sus zapatos no terminados. La señora Defarge dijo inmediatamente que ella subiría a buscarlos, y en efecto, un segundo después, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tardó en reaparecer y en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvió a su asiento y se entregó a la tarea de hacer calceta... sin ver nada. Defarge montó en el pescante, dió la orden de «A la Barrera», el postillón hizo restallar el látigo, y la silla de postas partió volando. Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz más viva en las calles mejores y con luz más opaca y triste en las de menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos de personas alegres y animadas, a cafés y teatros, llegaron a una de las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban de guardia. --¡Los pasaportes, viajeros! --Aquí están, señor oficial--contestó Defarge desde el pescante, pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al oficial.--Estos son los pasaportes del señor de la cabeza blanca, que va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona, en... Aquí bajó tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo que le dijo. Una porción de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetró por la portezuela, unido a un brazo que vestía uniforme militar, los ojos del propietario de aquel brazo escudriñaron el interior, y sobre todo al anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron. --Está bien. Adelante. Bajo la inmensa bóveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan distanciadas de este mundo microscópico que, si hemos de dar crédito a lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lóbrega, tempestuosa y fría. Las tinieblas se empeñaron en no conceder un momento de sosiego al señor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en vida, no cesó de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua pregunta, formulada, a no dudar, por aquéllas. --¿Supongo que te interesará vivir? La respuesta era también la de siempre. --No puedo decirlo. LIBRO SEGUNDO EL HILO DE ORO I CINCO AÑOS DESPUÉS. Ya en el año de mil setecientos ochenta, el domicilio social del Banco Tellson podía vanagloriarse de su respetable ancianidad. Era un edificio muy pequeño, muy obscuro, muy sucio y muy incómodo. Los socios de la Casa se enorgullecían de su pequeñez, se enorgullecían de su obscuridad, se enorgullecían de su suciedad y se enorgullecían de sus incomodidades: más todavía, su mayor timbre de gloria era que aquélla poseyera estas cualidades en grado eminente, y abrigaban la convicción íntima de que si fuera menos pequeña, menos obscura, menos sucia y menos incómoda, sería muchísimo menos respetable. Y cuenta que no se trataba de una creencia pasiva; nada de eso: era un arma que esgrimían contra otras casas similares establecidas en edificios lujosos. La casa Tellson, decían, no necesita salones, no necesita luz, no necesita comodidades ni lujos. Que los tengan Noakes y Compañía, o Snooks Hermanos, está bien; pero la casa Tellson... ¡Horror! Cualquiera de los socios hubiera sido capaz de desheredar al hijo más mimado que hubiese osado insinuar siquiera la conveniencia de reedificar el domicilio social. En este particular, la casa se parecía mucho a la nación, que con frecuencia deshereda a aquellos hijos que llevan su inconcebible atrevimiento hasta el escandaloso extremo de proponer mejoras y adelantos en leyes o costumbres que todo el mundo reconoce y confiesa que son malas, pero que precisamente por esto mismo son más respetables. Quedamos, pues, en que la casa Tellson era algo así como una glorificación de las molestias e inconveniencias. Aquellos de mis lectores que hubieran tenido necesidad o gusto de visitar la casa Tellson, después de abrir una puerta, que les habría dado la bienvenida con chirridos ásperos y estridentes, y de bajar dos escalones, se hubiesen encontrado en un miserable tugurio, donde dos empleados, viejos como el tiempo, sentados tras dos desvencijados mostradores, les habrían arrebatado el cheque o cheques de las manos, para examinar las firmas a la luz de la ventana más sucia que quepa imaginarse, ventanas que apenas si dejaban filtrar la luz, pues aparte de que sus cristales no se vieron jamás limpios de la capa de barro que desde la calle les fué arrojada el mismo día que los colocaron, estaban defendidas por gruesos barrotes de hierro enmohecido y gozaban de la sombra protectora del Tribunal del Temple. Si los negocios hubieran obligado a cualquiera a recorrer «la casa», este -cualquiera- habría sido conducido a una especie de Celda de los Condenados, situada a espaldas del edificio, donde hubiese permanecido haciendo reflexiones filosóficas sobre la futilidad de la vida hasta que se le presentase la casa, con las manos en los bolsillos. Ingresaba o salía el dinero de cajones de madera roída por las carcomas. Los billetes de Banco olían a moho, cual si se encontrasen en pleno período de descomposición. Amontonada la plata en depósitos que, a no dudar, estaban en comunicación con las letrinas, dos o tres días bastaban para robarle su brillo peculiar. Quien fuera a depositar en el Banco títulos o valores de cualquier clase, podía abrigar la seguridad de que, cerrados aquéllos en cuartos que en su tiempo fueron cocinas o caballerizas, habían de oler muy en breve a guisotes trasnochados o a estiércol, y si un fatal pensamiento le inducía a llevar documentos o papeles de familia, éstos eran guardados en una cámara del piso alto, en cuyo centro había una mesa comedor, aunque jamás se sirvió en ella una comida, donde las cartas escritas por su primer amor, o por sus tiernos hijitos, quedaban condenadas, en pleno año de mil setecientos ochenta, a sufrir el horror de ser blanco de las miradas de las cabezas que a diario exponía en el Tribunal del Temple una brutalidad insensata y una ferocidad digna de Abisinia o de los aschantis. Verdad es que en aquellos tiempos felices era la pena de muerte panacea universal, receta muy en boga en todos los oficios y profesiones, y no iba a ser una excepción, ni mucho menos, el Banco Tellson. Si la Naturaleza todo lo remedia con la muerte, ¿por qué no ha de hacer otro tanto la ley? Nada, pues, más natural y lógico que imponer pena de muerte al falsificador, pena de muerte al portador de un billete falso, pena de muerte al que abría indebidamente una carta, pena de muerte al que robaba cuarenta chelines y seis peniques. El que custodiaba un caballo a las puertas del Banco Tellson, y desaparecía con el animal, era condenado a muerte, a muerte condenaban a quien acuñaba un chelín falso, y con la cabeza pagaban las tres cuartas partes de los mortales que rozaban los linderos del crimen. Cierto que la sanción penal, con ser un poquito severa, lejos de prevenir, lejos de aminorar las transgresiones, las multiplicaba, pero concluía, por lo menos, de una vez y para siempre con las molestias y engorros anejos a cada paso particular. Tantas vidas había segado el Banco Tellson, y como él, todos los establecimientos similares contemporáneos suyos, que si las cabezas de los muertos hubieran sido apiladas frente a su fachada, es casi seguro que hubiesen cerrado por completo el paso a la escasa luz que por sus sucias ventanas penetraba en su interior. Encaramados sobre bancos inverosímiles y arcones de formas raras, los empleados viejos del Banco trabajaban con extrema gravedad y compostura de esfinge. Cuando era admitido algún joven, encerrábanlo no se sabe dónde y no volvía a parecer hasta que era viejo. Evidentemente lo guardaban, como se guarda el queso, en alguna cámara obscura, hasta que había adquirido el olor peculiar de la Casa. Fuera del edificio, cuya puerta jamás se le permitió franquear, sin ser llamado, había un viejo, investido de las funciones de portero y de mensajero, que era algo así como la muestra viva de la casa. Jamás se separó de la puerta, durante las horas de oficina, como no le enviaran a algún recado, y aun entonces, en la puerta le representaba un hijo suyo, pillete de unos doce años, que era su vivo retrato. No faltaban maliciosos que aseguraban que la casa se limitaba a tolerar al viejo en cuestión, a quien daban el remoquete de -Lapa-, aunque muchos años antes, en la iglesia parroquial de Houndsditch, donde cansado de permanecer encerrado y en tinieblas, quiso asomar sus ojos a la luz del mundo, recibió el nombre de Jeremías. Fué escenario del incidente que voy a narrar la residencia particular del alto empleado -Lapa-, hora las siete y media de una mañana ventosa del mes de marzo, y -Anno Domini-, mil setecientos ochenta. Digo -Anno Domini- en vez de año de Nuestro Señor, para acomodarme a la manera de hablar del sapientísimo -Lapa-, quien, creyendo que la era cristiana tuvo su origen en la invención del juego de dominó, hecha por una señora llamada Ana, siempre que hablaba de fechas, lo hacía anteponiendo a la del año las palabras -Ana Dominó-. No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones particulares del buen -Lapa-, ni pasaban de dos, contando como una un ropero, pero sí limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora, y lo desapacible de la ventosa mañana de marzo, la habitación en que aquél roncaba como un justo había sido barrida y baldeada, y sobre la mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve, brillaban las copas, platos, y demás utensilios necesarios para el almuerzo. Roncaba el -señor Lapa- bajo las colchas de la cama como roncar pudiera cualquier Arlequín en su casa. El sueño era profundo; pero al fin comenzaron a agitarse las colchas, -Lapa- se revolvió con aire inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sábanas unas púas que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la Naturaleza dotó a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclamó su propietario con voz exasperada. --¡Que me empalen si no ha vuelto a las andadas! Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alzó de un rincón, donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento más que suficiente para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del durmiente. --Conque vuelta a lo de siempre, ¿eh?--repuso -Lapa-, alargando un brazo en busca de una bota. La bota salió volando por los aires juntamente con esta segunda salutación. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas hablo, diré, como circunstancia que no deja de ser extraña, que al paso que el -señor Lapa- volvía muchas veces a su casa, después de terminado su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la mañana que, al despertar, no estaban aquéllas llenas de lodo. --¿Qué estabas haciendo ahí, beata de los demonios?--gritó el melifluo -Lapa-, después de errar el tiro. --Rezaba. --¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! ¿Y qué es lo que te propones, pasándote el tiempo de rodillas rezando contra mí? --No rezo contra ti, sino por ti. --No es verdad; y aunque lo fuera, no te tolero que te tomes esas libertades. ¡A fe que te ha tocado en suerte una madre modelo, hijo mío!... ¡Figúrate! ¡Una madre que reza contra la prosperidad de tu padre! ¡Una madre tan religiosa, tan celosa del cumplimiento de su deber, que se pasa el tiempo pidiendo al Cielo y al infierno que arranque de la boca de su hijo único la tostada con manteca que constituye su alimento! ¡Qué te parece! Muy mal debió parecerle al digno retoño del señor -Lapa- lo que éste insinuaba en la última parte de su discurso, pues a gritos pidió a la madre que no se le volviera a ocurrir mezclar con sus rezos nada que con su alimentación personal tuviera relación. --¿Y qué es lo que supones tú, mujer ilusa, que valen tus rezos?--repuso el marido, con insistencia inconsciente.--Dime: ¿qué valor concedes a tus oraciones? --Brotan del corazón, Jeremías; este es su único mérito. --¡Su único mérito!--repitió el -señor Lapa-.--¡Poco valen, entonces! De todas suertes, valgan lo que valieren, no quiero que vuelvas a rezar: vaya, ¡se acabó! ¿Crees que voy a tolerar que llames sobre mi cabeza la mala suerte? Si quieres caer de rodillas, hazlo en favor de tu marido y de tu hijo, y no contra ellos. La semana última, si el infierno no me hubiese concedido una mujer desnaturalizada, y una madre desnaturalizada a este pobre niño, habría ganado montones de oro en vez de tener la sombra más negra que mortal alguno haya tenido desde que el mundo es mundo. Vístete, hijo mío, vístete; y mientras yo limpio mis botas, no pierdas de vista a tu madre, y avísame con un grito si adviertes señales de que va a caer de rodillas. Yo te aseguro que no lo aguanto--añadió, dirigiéndose a su costilla.--Soy más bruto que un coche de alquiler, duermo como el láudano, pocas veces sé si soy yo, o si soy el vecino de en frente; ¡pero cuando me tocan al bolsillo, me escamo; con el bolsillo no quiero bromas, sábelo de una vez y para siempre, y si tus rezos conspiran contra él, mal lo vas a pasar, beata de los infiernos! El -señor Lapa-, lanzando de tanto en tanto frases de indignación, emprendió con vigor la obra de limpiar sus botas. Su hijo, entretanto, cuya cabeza guarnecían púas un poquito menos aceradas que las del padre, y cuyos ojillos estaban poco más o menos tan juntos como los del padre, acechaba insistente a la madre. Varios sustos dió a la pobre mujer gritando desde el fondo del armario ropero, donde se vestía. --¡Padre!... ¡Que se arrodilla... que se arrodilla! Ni con el almuerzo se dulcificó el humor de -Lapa-, antes bien pareció que acrecentaba su animosidad contra su mujer. --¿Pero qué estás haciendo? ¿Otra vez, condenada? Contestó la mujer que no había hecho más que impetrar la bendición del Cielo. --¡Cuidado con traer bendiciones!--barbotó, mirando como si temiera ver desaparecer el pan de la mesa ante la eficacia de la oración de su mujer.--¡Quiero desterrar las bendiciones de mi casa...! ¡No quiero bendiciones en mi mesa! Rojo de cólera, con los ojos fuera de las órbitas, el -señor Lapa- devoraba, que no comía, el almuerzo, rezongando y gruñendo como pudiera hacerlo cualquier congénere suyo de cuatro patas. A eso de las nueve de la mañana, algún tanto domeñado su encrespado natural, salió de su casa para entregarse a las ocupaciones del día. Apenas si su oficio merecía el nombre de tal, no obstante llamarse él a sí mismo «honrado menestral». Todas las mañanas, colocaba un banco, hecho de un respaldo de silla rota, debajo de la ventana del Banco Tellson más inmediata al Tribunal del Temple. El banco, y algunos puñados de paja que tomaba del primer carro que pasaba por la calle cargado de ella, constituían todos sus enseres. El -señor Lapa- y su banco eran tan conocidos en la calle Fleet como el Temple mismo... y con corta diferencia, de tan poco grato aspecto. Instalado en su sitio antes de las nueve, a tiempo para poder llevar la mano a su tricornio cada vez que entraba o salía del Banco Tellson alguna persona cuya respetabilidad lo mereciera, el -señor Lapa-, acompañado por su hijo, entreteníase en aquella mañana ventosa de marzo en injuriar mental y corporalmente a cuantos niños o personas mayores pasaban a su alcance, a falta de mejor ocupación. Padre e hijo, entre los cuales mediaba un parecido maravilloso, más que seres humanos semejaban una pareja de monos. Jeremías el mayor mascaba pajas, mientras los brillantes ojuelos de Jeremías el menor acechaban inquietos el tráfico matinal de la calle Fleet, cuando asomó la cabeza de uno de los ordenanzas del Banco en la puerta del establecimiento, y dijo con voz campanuda: --¡Que entre el portero! --Ya tenemos un recado en puerta para comenzar el día, padre--observó Jeremías el menor. El padre cedió el banco al hijo, y éste se sentó, recogiendo y llevando a su boca la paja que el primero estaba mascando. II UNA VISITA --¿Conoce usted bien el Old Bailey?[1]--preguntó uno de los empleados más ancianos del Banco a Jeremías -Lapa-. [1] Tribunal Central de lo Criminal de Londres:--(N. del T.). --Sí... señor--contestó con cierto retintín el interrogado.--Conozco el Bailey. --Perfectamente. También conoce usted al señor Lorry, ¿no es verdad? --Conozco al señor Lorry mucho mejor que el Bailey, señor... mucho más de lo que yo, menestral honrado a carta cabal, deseo conocer el Bailey. --Muy bien. Va usted a llegarse a la puerta reservada para los testigos, donde enseñará al guardián de la misma esta nota para el señor Lorry. Le dejarán pasar sin dificultad. --¿Hasta la Sala de Justicia? --Hasta la Sala de Justicia. --¿He de esperar en la Sala, señor? --Voy a decirle lo que ha de hacer. El guardián de la puerta entregará esa nota al señor Lorry, y usted, desde el sitio donde se encuentre, procurará atraer la atención del señor Lorry, por medio de cualquier gesto, a fin de que aquél sepa dónde espera usted. Luego, todas sus obligaciones se reducen a una sola: a esperar hasta que el señor Lorry le necesite. --¿Nada más? --Nada más. El señor Lorry desea tener a mano un mensajero, lo esencial es hacerle saber que el mensajero de que puede disponer en cualquier momento dado es usted. Mientras el empleado del Banco plegaba el papel y estampaba el sobrescrito, el buen -Lapa-, que le contempló sin despegar los labios hasta que vió que buscaba el papel secante, preguntó. --¿Fallan hoy alguna causa por falsificación? --Por traición. --¡Descuartizamiento seguro!--exclamó -Lapa-.--¡Qué barbaridad! --Es la ley--replicó el anciano, volviendo con sorpresa los ojos hacia -Lapa-,--la ley, y nada más que la ley. --Por respetable que la ley sea, me parece una barbaridad despedazar a un hombre. Bastante cruel es arrancarle la vida, pero hacerle cuartos, lo encuentro feroz. --Procure hablar bien de la ley, amigo mío--repuso el empleado.--Guarde para sí sus observaciones, selle los labios, y deje que la ley cuide de sí misma: es un consejo que le conviene no dar al olvido. --¡Ah señor! ¡Es la vida dura que llevo la que mueve mi lengua!--exclamó -Lapa-.--A su consideración dejo el juzgar si el que gana el mendrugo de pan que llevo a la boca como lo gano yo, puede tener sellados los labios. --Todos ganamos el pan con el sudor de nuestro rostro, aunque algunos con menos fatigas que otros... Tome usted la carta... y en marcha. Tomó el mensajero la carta, hizo una reverencia, y salió. Ahorcaban por entonces en Tyburn, y de consiguiente, la calle en que se alzaba Newgate no había alcanzado aún la sombría celebridad que luego pesó sobre ella. Era, sin embargo, una cárcel espantosa, donde se practicaban toda clase de villanías y atrocidades, un foco de las enfermedades más terribles, que no pocas veces penetraban en la Sala de Justicia con los prisioneros, se cebaban, dando pruebas de muy poco miramiento, en el mismo Justicia Mayor, y le obligaba a abandonar para siempre su elevado sitial. Con frecuencia ocurría que el juez del birrete negro pronunciaba su propia sentencia a la par que la del encausado, y hasta moría más pronto que éste. Por lo demás, la Bailey era a manera de posada por cuyo espacioso zaguán salían constantemente pálidos viajeros, montados en carretas o en coches, que se encaminaban al otro mundo previo un recorrido de dos o tres millas de calles públicas y de camino, infundiendo saludable temor en alguno que otro ciudadano, quizá en ninguno: tanta es la fuerza de la costumbre. También era famosa por la picota, institución atinada y feliz que suponía un castigo cuya extensión y alcance nadie era capaz de prever; éralo asimismo por los postes en que se ataba a los condenados a la pena de azotes, sistema el más indicado para suavizar costumbres y dulcificar temperamentos, no menos que por la infinidad de tratos que en ella se celebraban, en los cuales entraba el oro por una parte y el derramamiento de sangre por la otra, resto de la indiscutible sabiduría de nuestros antepasados, que conducía sistemáticamente a la perpetración de los crímenes mercenarios más espantosos que puedan cometerse bajo la capa del cielo. Por lo demás, la Old Bailey era por aquel tiempo demostración elocuente del precepto, «Todo lo que es, es justo», aforismo que resultaría tan necio como inocente si no llevara aparejada la consecuencia, altamente perjudicial, de que «Nada de lo que ha existido fué injusto». Abriéndose paso por entre aquella abigarrada muchedumbre, que llenaba el repugnante escenario donde había de desarrollarse la acción, con la habilidad del que está habituado a caminar entre gentes, el mensajero no tardó en llegar a la puerta que buscaba, donde entregó la carta de que era portador, haciéndola pasar por un ventanillo practicado en la misma, pues bueno será hacer constar que las personas que deseaban ver las funciones representadas en la Old Bailey, habían de pagar las localidades ni más ni menos que las que querían distraerse viendo el Manicomio, sin más diferencia que la de costar más caro entrar en aquélla que en este último. Como consecuencia, estaban perfectamente guardadas todas las puertas, excepción hecha, como es natural, de las que daban acceso a los criminales, pues éstos las encontraban siempre abiertas de par en par. Con algún retraso, y no sin que el guardián mascullase algunas palabras de descontento, la puerta giró sobre sus goznes para dar paso al mensajero. --¿Qué hay?--preguntó al primer hombre que encontró. --Nada todavía. --¿Qué habrá luego? --Una vista por traición. --Descuartizamiento seguro, ¿eh? --¡Ah! Primero, tendido sobre un cañizo, le arrastrarán hasta el sitio donde le espere la horca, allí le medio ahorcarán, le bajarán de la horca para arrancarle las entrañas, que quemarán ante sus ojos, luego le cortarán la cabeza, y por fin le harán cuartos. Esa es la sentencia. --Suponiendo que le declaren culpable, querrá usted decir. --¡Bah! ¡Le declararán culpable, pierda usted cuidado! El -señor Lapa- prestó entonces atención al guardián de la puerta, a quien vió, encaminándose en derechura hacia el señor Lorry con la carta en la mano. Hallábase el señor Lorry sentado junto a una mesa entre señores convenientemente empelucados, muy cerca del abogado defensor del reo, que usaba una peluca descomunal, y tenía varios legajos de papeles debajo de los ojos, y casi frente a otro caballero, no menos empelucado que el defensor, el cual, cuando le vió el -señor Lapa-, así como también después, estaba con las manos en los bolsillos, puesta toda su atención en el techo. A fuerza de accesos de tos consiguió el mensajero llamar la atención del señor Lorry, quien se puso inmediatamente en pie, hizo una seña con la cabeza, y volvió a sentarse. --¿Qué papel representa ése en el proceso?--preguntó a -Lapa- el individuo a quien antes había preguntado éste. --Que me aspen si lo sé. --Entonces... si la pregunta no es indiscreta, ¿qué papel representa usted? --Que me descuarticen si lo sé tampoco. Puso fin al diálogo la entrada del juez en la Sala. A partir de aquel momento, toda la atención, todo el interés del público se concentraron en la barra. Los calaboceros, que hasta aquel instante habían estado a uno y otro lado de la barra, salieron para entrar momentos después con el prisionero. Todos los ojos, excepto los del caballero de la peluca, que tenía los suyos clavados en el techo, se fijaron en los del prisionero, todos los alientos humanos de la sala partieron hacia él, semejantes al mar, semejantes al fuego, semejantes al viento. Pegados a las columnas, sobresaliendo de los ángulos, veíanse rostros que reflejaban ansiedad, los espectadores de las filas últimas se ponían en pie, otros se alzaban sobre las puntas de los pies, y muchos se encaramaban sobre los bancos en su afán de verlo todo. No era de los que menos curiosidad demostraba Jeremías -Lapa-, quien se erguía semejante a un pedazo animado del muro coronado de púas de Newgate y disparaba contra el prisionero ondas de aliento saturado de vapores de cerveza--había tomado un vaso durante el camino,--las que se mezclaban con las que partían de otras bocas, saturadas de emanaciones de ginebra, de café y de te. El objeto de tan viva curiosidad era un joven de unos veinticinco años, buen mozo, guapo, de mejillas redondas y ojos negros. Era caballero. Vestía de negro, o de gris muy obscuro, y su pelo, que era largo y castaño, caía sobre su espalda, recogido por una cinta. De la misma manera que las emociones del alma humana se filtran a través de la envoltura material, así la engendrada por la situación en que se veía colocado se manifestaba por medio de una palidez superpuesta a la tez morena y curtida del acusado, demostrando que su alma era más fuerte que el sol. Mostróse, sin embargo, perfectamente dueño de sí mismo. Con calma maravillosa se inclinó ante el juez, y esperó: ¿Sentimientos de elevada humanidad en el interés que en la Sala despertaba el reo? ¡Ni por pienso! Si la sentencia que amagaba su cabeza hubiera sido menos espantosa, si hubieran existido probabilidades de que en la ejecución de aquella se prescindiera de algunos de sus feroces detalles, la fascinación habría sufrido rudo golpe. Ante los ojos de los espectadores se alzaba el arrogante cuerpo que muy en breve sería condenado a bárbaras mutilaciones, la criatura dotada de alma inmortal próxima a ser despedazada, hecha cuartos, y el interés que inspiraba, dijeran lo que dijeran los mismos que lo sentían, era, en su raíz, en su esencia, el interés del ogro. ¡Silencio en la Sala! --Carlos Darnay, que así se llamaba el acusado, había negado el día anterior la terrible acusación fulminada contra él. De ser cierta, Carlos Darnay era traidor y aleve a nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor, por haber auxiliado en distintas ocasiones y por medios diversos a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor. Había hecho frecuentes viajes entre los dominios de nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor y los de dicho rey de Francia, con objeto de revelar inicuamente, pérfidamente, alevosamente (y muchos otros calificativos adverbiales) al repetido rey de Francia las fuerzas militares que nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor tenía preparadas para enviarlas al Canadá y a la América del Norte. Tales eran, en substancia, los datos que con enorme satisfacción había conseguido adquirir Jeremías -Lapa-. El acusado, a quien mentalmente habían ahorcado, decapitado y descuartizado todos los presentes a la vista, ni temblaba ante la situación ni afectaba arrogancias teatrales. Vió con calma perfecta que los jueces prestaban juramento y que el fiscal de la Corona se disponía a hablar. Con grave interés presenció los preparativos, y con tal compostura escuchó los procedimientos, que no movió ni una hoja de las hierbas aromáticas rociadas con vinagre que alfombraban el pavimento, como medida higiénica contra el contagio de la fiebre del presidio y contra la atmósfera viciada que allí se respiraba. Sobre la cabeza del reo había un gran espejo que tenía por objeto concentrar en su rostro la mayor suma posible de luz. Millares de desgraciados y de malvados habían visto reflejadas sus contraídas caras en su tersa superficie, minutos antes de que una capa de tierra las ocultara para siempre. No habría infierno comparable a aquella Sala abominable si la luna de un espejo pudiera devolver las imágenes que refleja, de la misma manera que el Océano devuelve a sus muertos. Tal vez sintió nuestro reo la ola de infamia y de deshonra que iba a envolverle, quizá fuera la casualidad o un rayo más vivo de luz lo que le movió a alzar los ojos: el hecho es que vió el espejo, y que, al verlo, vivos carmines tiñeron su rostro y su cuerpo experimentó un estremecimiento violento cual si acabara de recibir enérgica descarga eléctrica. Al separar sus miradas del espejo las llevó hacia la izquierda, donde tropezaron con dos personas sobre las cuales se detuvieron con tal fijeza, que no quedó en la Sala un espectador que hacia ellas no volviera los ojos. Eran las personas en cuestión una señorita joven, de veinte años de edad aproximadamente, y un caballero, a todas luces su padre. Llamaban poderosamente la atención en este último la blancura de nieve de sus cabellos y cierta expresión indescriptible de vehemencia, no activa, sino reflexiva, íntima. Cuando dominaba esta expresión, parecía viejo, pero en los momentos en que desaparecía, cuando hablaba con su hija, por ejemplo, era un hombre hermoso que apenas habría pasado de la primavera de la vida. Aferraba su hija su brazo y se estrechaba contra su cuerpo impelida por el espanto que la escena la producía y la piedad que el reo la inspiraba, espanto y piedad tan elocuentemente retratados en su frente y en sus ojos, que los espectadores, inconmovibles ante la triste suerte del acusado, no pudieron ver sin profunda lástima el estado de la joven. «¿Quiénes serán?» se preguntaban unos a otros al oído. No dejó de preguntar Jeremías -Lapa- a su vecino, a cuyos perspicaces ojos no había pasado inadvertida la expresión de la joven, quiénes eran aquellas personas; y como todos habían hecho la misma pregunta, la respuesta, que circulaba ya de boca en boca, llegó al fin a su oído. --Son testigos. --¿De cargo? --Testigos en contra. --¿En contra de quién? --Del reo. El juez, cuyas miradas habían seguido la dirección que siguieron las de todos los espectadores, las desvió para clavarlas insistentes en el desgraciado cuya vida tenía en sus manos, en el momento que el fiscal de la Corona se levantaba para torcer la soga, afilar el hacha y forjar el martillo y los clavos que debían preparar el cadalso. III DECEPCIÓN El señor fiscal de la Corona manifestó en su informe que el acusado, aunque joven en años, era tan viejo en actos alevosos y prácticas de pérfida traición, que se imponía la necesidad de acabar con su vida. «Sus tratos y correspondencia continua con el enemigo público--dijo--no datan de ayer, ni de anteayer, ni del año pasado, ni de dos años atrás. Desde fecha mucho más remota viene el reo haciendo viajes constantes entre Inglaterra y Francia, viajes misteriosos, cuyo objeto ni él mismo ha sabido explicarnos satisfactoriamente. ¡Ah! Si el Cielo, en su alta sabiduría, no hubiera condenado a eterno fracaso las maquinaciones de los traidores, los actos criminosos de ese hombre habrían dado sus naturales frutos, pero la Providencia, que vela de una manera especial por la suerte de nuestra querida Inglaterra, inspiró a una persona, en cuyo pecho no tiene entrada el miedo y en cuya conciencia no cabe la malicia, el feliz pensamiento de penetrar los siniestros planes del reo, y cuando hubo conseguido su objeto, lleno de terror, se apresuró a descubrirlos al primer secretario de Estado y al augusto Consejo Privado de Su Majestad. Pronto tendréis ocasión de conocer a ese patriota, cuya conducta ha sido sublime. Había sido amigo íntimo del traidor, pero no bien descubrió sus infamias, decidió inmolar una amistad, que ya no podía conservar en su pecho, en el altar sacrosanto del patriotismo. Si Inglaterra erige alguna vez estatuas, como las erigieron Grecia y Roma en honor de los que en aras de la patria han sacrificado sus más vivas afecciones, no cabe dudar que tendrá la suya ese ciudadano eminente. La virtud, según han afirmado infinidad de poetas, cuyos nombres no citaré porque todos mis oyentes los tienen en la punta de la lengua, es contagiosa en grado eminente, y sobre todo, la virtud sagrada del patriotismo, al amor a la patria. No es, pues, de admirar que el alto y sublime ejemplo del testigo inmaculado e impecable a que me refiero, cuyo nombre da honor a quien lo pronuncia, se contagiase a un criado del mismo reo, y engendrase en él la santa resolución de practicar registros en las gavetas de las mesas y en los bolsillos de su señor, para apoderarse o tomar nota de sus documentos más secretos. No faltarán detractores que claven sus dientes en la reputación de este criado admirable, maldicientes que expongan en la picota pública pecadillos de su vida pasada, pero aun así he de protestar que su conducta presente le hace acreedor a todo mi respeto, he de decir que me merece más consideraciones que mis mismos hermanos, más consideraciones que mis mismos padres. Yo no dudo, no puedo dudar que lo propio harán los que me escuchan. Las declaraciones de los dos testigos nombrados, juntamente con los documentos que a su tiempo serán exhibidos, demuestran claro como la luz del sol que el prisionero poseía relaciones numéricas de las fuerzas militares de Su Majestad, estados explicativos de la disposición y preparación de las mismas, y no cabe dudar que esas relaciones, esos estados, los llevaba, como ha llevado tantos otros, a una potencia enemiga. Confieso que no ha sido posible demostrar que esas relaciones y esos estados sean de puño y letra del reo, pero eso no tiene importancia, nada significa, y en todo caso, será circunstancia agravante, puesto que pondrá de relieve la artera malicia del acusado. A cinco años se remontan las pruebas, demostrando palpablemente que el prisionero se dedicaba ya por entonces a llevar a cabo misiones infames y perniciosas, que ya vendía a la patria semanas antes de haberse reñido la primera batalla entre las fuerzas inglesas y las americanas. Todas estas razones influirán necesariamente en el ánimo del Jurado, si es Jurado leal, como me consta que lo es, si es Jurado responsable, como por tal le tengo, para declarar culpable al prisionero, y librar al mundo de un traidor. ¡Ah, señores jurados! Mientras haya una cabeza sobre los hombros del prisionero, no es posible que vuestras cabezas reposen tranquilas sobre las almohadas de vuestros lechos, no es posible que las cabezas de vuestras tiernas esposas reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos, no es posible que las cabecitas de vuestros queridos hijos reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos. El fiscal de la Corona os pide por lo más sagrado, por lo que más caro os sea, por el juramento que habéis prestado, por el Rey augusto y excelente que nos gobierna, por la patria, que es nuestra madre, que deis al prisionero por ahorcado, decapitado y descuartizado.» Cuando el fiscal de la Corona cesó de hablar, llenaron la Sala sordos murmullos. No parecía sino que el aire se había llenado de enjambres de moscas azules que zumbaban en torno de la cabeza del reo, sabedoras del estado en que no tardarían en encontrarle. Cuando se extinguieron los zumbidos, apareció en la tribuna de los testigos el ciudadano impecable, el sublime patriota citado por el fiscal de la Corona. El señor procurador general, ateniéndose estrictamente a las instrucciones de su jefe, examinó entonces al patriota. Llamábase Juan Barsad, y era caballero. La historia de su alma pura e inmaculada resultó ser la que el señor fiscal de la Corona había expuesto sucintamente en su acusación. Luego que hubo contestado las preguntas que le fueron dirigidas, se hubiera retirado modestamente, de no haber manifestado deseos de hacerle algunas otras el caballero de la enorme peluca y abultados legajos de papeles, que estaba sentado a escasa distancia del señor Lorry. El segundo empelucado continuaba mirando al techo. He aquí, en resumen, el interrogatorio a que fué sometido el gran patriota por el caballero de la peluca: --¿Ha sido usted espía alguna vez? --Jamás--contestó indignado el ciudadano. --¿De qué vive usted? --De mis rentas. --¿En qué consisten esas rentas? --No tengo por qué dar explicaciones sobre este particular. --¿Dónde radican sus bienes? --No lo recuerdo con precisión. --¿Ha heredado usted? --Sí. --¿De quién? --De un pariente lejano. --¿Muy lejano? --Bastante. --¿Ha sido procesado alguna vez? --Nunca. --¿Ni ha estado en la cárcel por deudas? --No sé que tenga nada que ver eso con el asunto que se debate. --¿Ha estado en la cárcel por deudas? --¿Otra vez? --Conteste usted. --Sí. --¿Cuántas veces? --Dos o tres. --¿No serán cinco o seis? --Tal vez. --¿Su profesión? --Caballero. --¿Le han dado de patadas alguna vez? --Puede que sí. --¿Con frecuencia? --No. --¿Le han echado a puntapiés de alguna casa? --No. --¿No le han hecho rodar a patadas escaleras abajo? --Repito que no. En una ocasión recibí algunas patadas en lo alto de una escalera, y la bajé rodando, pero fué porque quise, por mi voluntad, deliberadamente. --En la ocasión a que se refiere, ¿no le echaron a puntapiés por fullero, por hacer trampas en una partida de dados? --Algo por el estilo dijo el borracho embustero que me dió las patadas, pero era falso. --¿Jura usted que era falso? --Sin el menor reparo. --¿No ha buscado usted nunca en las trampas del juego los medios de vivir? --Nunca. --¿Ni ha vivido del juego? --He jugado como juegan todos los demás caballeros. --¿Le ha prestado dinero el prisionero? --Sí. --¿Y lo ha pagado? --No. --La amistad que con el prisionero le ha ligado, en realidad una amistad ligera, ¿no era de las que solemos llamar obligadas, es decir, una amistad cultivada en sillas de posta, posadas y barcos? --No. --¿Ha visto las relaciones y listas en poder del prisionero? --Sí. --¿Puede decir algo más acerca de esas listas? --No. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000