sus manos la cabeza, la colocó de manera que la luz de la ventana
la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda
contemplación, dijo:
--Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella había
reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella temía que yo saliese... yo
no sentía el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del
Norte, me encontraron esto escondido en la manga... «¿Me permitiréis
que lo conserve?--les pregunté.--No han de facilitar la fuga de mi
cuerpo... aunque gracias a ellos saldrá con frecuencia mi espíritu por
entre las rejas». Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo
como si acabara de pronunciarlas.
Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las
palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con
acuerdo perfecto, bien que muy lentamente.
--No lo entiendo...--añadió.---¿Eras tú?-
Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar
la brusquedad con que el anciano se volvió hacia la niña; pero ésta,
perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja:
--Suplico a ustedes, mis buenos señores, que no se acerquen, que no
hablen, que no se muevan.
--¡Chist!--exclamó el anciano.--¿Quién habla?
Volvió a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la
cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con
expresión de dolor sombrío su cabeza.
--¡No, no, no!--repuso.--¡No es posible!... ¡Eres demasiado joven,
demasiado niña! ¡Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una
prisión!... Estas no son las manos que ella conoció, ni ésta la cara
que ella vió, ni ésta la voz que tan dulce sonaba en sus oídos... ¡No,
no! Ella... y él... Hace muchos años... muchas eternidades... antes
de los lentos siglos de la Torre del Norte... ¡Dime! ¿Cómo te llamas,
ángel hermoso?
La hija cayó de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos
delante del pecho.
--¡Oh, señor!--exclamó.--¡En otra ocasión sabrá usted cómo me llamo,
quién fué mi madre y quién fué mi desventurado padre, cuya dolorosa
historia jamás llegó a mis oídos! No puedo decirlo en este momento ni
en este sitio. ¡Lo único que ahora, aquí mismo, puedo decirle, es que
me abrace y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme!
Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro.
--Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz
despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus
oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi
cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa
sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore
por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su
memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años,
otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y
moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por
él!
La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la
blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño.
--¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que
sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle
conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura,
soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus
semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame
lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha
sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el
de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe
que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que
tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta
y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando
todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar
de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible
historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos
señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las
lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón
los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío!
El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía
reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a
la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos
sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con
las manos.
Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad,
y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareció próximo
a saltar hecho pedazos, recobró la serenidad que sigue siempre a las
tormentas más deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas
tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al
reposo y al silencio; cuando el anciano quedó tranquilo, se aproximaron
los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero
había ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La
hija cayó con él, y en tierra permaneció, apoyada la cabeza sobre su
hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos.
--Si fuera posible--dijo la niña, alargando una mano a
Lorry--disponerlo todo para salir de París inmediatamente, en forma que
desde esta misma casa...
--Hay que tener presente una cosa importante--contestó Lorry
interrumpiendo a la joven.--¿Está en disposición de emprender el viaje?
--Creo que ha de serle más beneficioso el viaje, con todas sus
molestias, que permanecer en París, donde tanto ha sufrido.
--Nada más cierto--terció Defarge, que se había arrodillado para ver y
oir mejor.--Aun prescindiendo de la consideración que acaba de insinuar
la señorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia.
¿Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos?
--El negocio es ése--observó Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para
volver a su tema favorito--y cuando hay que terminar un negocio, cuanto
más pronto se ultime, mejor.
--En ese caso--dijo la señorita Manette,--tengan la bondad de dejarnos
aquí. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habrá
convencido de que pueden dejarme a solas con él sin el menor temor. Con
que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin
de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles
que cuando regresen, le encontrarán tan tranquilo como le dejan. Yo
cuidaré de él mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es
llevárnoslo cuanto antes.
No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solución, pues los dos
hubiesen preferido no dejar a la niña a solas con el anciano, pero como
no sólo era preciso preparar la silla de posta, sino también proveerse
de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el día corría a su ocaso,
fuerza fué que se distribuyeran entre los dos las diligencias que
necesariamente había que hacer, después de lo cual echaron a andar cada
uno por su lado.
Las sombras de la noche encontraron a la niña tendida sobre el duro
suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura
hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes habían
ultimado los preparativos de viaje y traían, además de mantas y
abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y café caliente. Defarge,
portador de las provisiones, las dejó sobre la banqueta de zapatero (en
el sotabanco no había más muebles que la banqueta y un jergón), y con
la cooperación de Lorry levantó al cautivo.
Nadie hubiera sido capaz de leer en la atonía inexpresiva de su
cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente
la inteligencia del anciano, ni la penetración humana, por sutil
y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aquél
conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le habían
dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a
fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas,
que temiendo extraviarle más, decidieron dejarle en paz por entonces.
La expresión del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con
frecuencia oprimía su cabeza entre sus manos, cosa que no se le había
visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto
sonaba en sus oídos la voz de su hija, e invariablemente volvía hacia
ésta la cabeza cuantas veces le hablaba.
Con esa sumisión peculiar de los que están acostumbrados desde larga
fecha a obedecer al látigo, comió y bebió lo que le dieron, y se puso
el abrigo de viaje que le fué entregado. Sin resistencia, más aún, con
agrado evidente dejó que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no
contento con eso, tomó y retuvo entre las suyas, la mano de aquélla.
Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha
Lorry. No habían bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y
miró con atención hacia arriba primero, y luego en derredor.
--¿Recuerda el lugar, padre mío? ¿Se acuerda de cuando subió esta
escalera?--preguntó la niña.
--¿Qué dices?
Antes que fuera repetida la pregunta, contestó el anciano, como si
aquella le hubiese sido formulada de nuevo.
--¿Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!
Claramente se vió que no conservaba el menor recuerdo de haber sido
trasladado desde la prisión al sotabanco. Los que le acompañaban
oyéronle murmurar «Ciento Cinco, Torre del Norte», siendo indudable que
cuando miró en derredor, creyó ver los espesos muros que por espacio
de tantos años habían sido su tumba. Caminó con paso alterado mientras
cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al
convencerse de que éste no existía, y ver el coche que esperaba en la
calle, soltó la mano de su hija y oprimió de nuevo su cabeza.
No había turbas frente a la puerta, no se veía una cabeza en las
ventanas ni alma viviente en la calle. El silencio y la soledad
reinaban como señores únicos. A nadie vieron más que a una persona, a
la señora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vió.
Habíase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija
le había seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en
el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidió sus herramientas
de zapatero y sus zapatos no terminados. La señora Defarge dijo
inmediatamente que ella subiría a buscarlos, y en efecto, un segundo
después, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tardó en reaparecer y
en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvió a su asiento y se
entregó a la tarea de hacer calceta... sin ver nada.
Defarge montó en el pescante, dió la orden de «A la Barrera», el
postillón hizo restallar el látigo, y la silla de postas partió volando.
Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz
más viva en las calles mejores y con luz más opaca y triste en las de
menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos
de personas alegres y animadas, a cafés y teatros, llegaron a una de
las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban
de guardia.
--¡Los pasaportes, viajeros!
--Aquí están, señor oficial--contestó Defarge desde el pescante,
pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al
oficial.--Estos son los pasaportes del señor de la cabeza blanca, que
va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona,
en...
Aquí bajó tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo
que le dijo.
Una porción de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetró por la
portezuela, unido a un brazo que vestía uniforme militar, los ojos del
propietario de aquel brazo escudriñaron el interior, y sobre todo al
anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron.
--Está bien. Adelante.
Bajo la inmensa bóveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan
distanciadas de este mundo microscópico que, si hemos de dar crédito a
lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido
tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lóbrega, tempestuosa
y fría. Las tinieblas se empeñaron en no conceder un momento de sosiego
al señor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en
vida, no cesó de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua
pregunta, formulada, a no dudar, por aquéllas.
--¿Supongo que te interesará vivir?
La respuesta era también la de siempre.
--No puedo decirlo.
LIBRO SEGUNDO
EL HILO DE ORO
I
CINCO AÑOS DESPUÉS.
Ya en el año de mil setecientos ochenta, el domicilio social del
Banco Tellson podía vanagloriarse de su respetable ancianidad. Era un
edificio muy pequeño, muy obscuro, muy sucio y muy incómodo. Los socios
de la Casa se enorgullecían de su pequeñez, se enorgullecían de su
obscuridad, se enorgullecían de su suciedad y se enorgullecían de sus
incomodidades: más todavía, su mayor timbre de gloria era que aquélla
poseyera estas cualidades en grado eminente, y abrigaban la convicción
íntima de que si fuera menos pequeña, menos obscura, menos sucia y
menos incómoda, sería muchísimo menos respetable. Y cuenta que no se
trataba de una creencia pasiva; nada de eso: era un arma que esgrimían
contra otras casas similares establecidas en edificios lujosos. La casa
Tellson, decían, no necesita salones, no necesita luz, no necesita
comodidades ni lujos. Que los tengan Noakes y Compañía, o Snooks
Hermanos, está bien; pero la casa Tellson... ¡Horror!
Cualquiera de los socios hubiera sido capaz de desheredar al hijo
más mimado que hubiese osado insinuar siquiera la conveniencia de
reedificar el domicilio social. En este particular, la casa se parecía
mucho a la nación, que con frecuencia deshereda a aquellos hijos que
llevan su inconcebible atrevimiento hasta el escandaloso extremo de
proponer mejoras y adelantos en leyes o costumbres que todo el mundo
reconoce y confiesa que son malas, pero que precisamente por esto mismo
son más respetables.
Quedamos, pues, en que la casa Tellson era algo así como una
glorificación de las molestias e inconveniencias. Aquellos de mis
lectores que hubieran tenido necesidad o gusto de visitar la casa
Tellson, después de abrir una puerta, que les habría dado la bienvenida
con chirridos ásperos y estridentes, y de bajar dos escalones, se
hubiesen encontrado en un miserable tugurio, donde dos empleados,
viejos como el tiempo, sentados tras dos desvencijados mostradores, les
habrían arrebatado el cheque o cheques de las manos, para examinar las
firmas a la luz de la ventana más sucia que quepa imaginarse, ventanas
que apenas si dejaban filtrar la luz, pues aparte de que sus cristales
no se vieron jamás limpios de la capa de barro que desde la calle les
fué arrojada el mismo día que los colocaron, estaban defendidas por
gruesos barrotes de hierro enmohecido y gozaban de la sombra protectora
del Tribunal del Temple. Si los negocios hubieran obligado a cualquiera
a recorrer «la casa», este -cualquiera- habría sido conducido a una
especie de Celda de los Condenados, situada a espaldas del edificio,
donde hubiese permanecido haciendo reflexiones filosóficas sobre la
futilidad de la vida hasta que se le presentase la casa, con las manos
en los bolsillos. Ingresaba o salía el dinero de cajones de madera
roída por las carcomas. Los billetes de Banco olían a moho, cual si se
encontrasen en pleno período de descomposición. Amontonada la plata en
depósitos que, a no dudar, estaban en comunicación con las letrinas,
dos o tres días bastaban para robarle su brillo peculiar. Quien fuera
a depositar en el Banco títulos o valores de cualquier clase, podía
abrigar la seguridad de que, cerrados aquéllos en cuartos que en su
tiempo fueron cocinas o caballerizas, habían de oler muy en breve a
guisotes trasnochados o a estiércol, y si un fatal pensamiento le
inducía a llevar documentos o papeles de familia, éstos eran guardados
en una cámara del piso alto, en cuyo centro había una mesa comedor,
aunque jamás se sirvió en ella una comida, donde las cartas escritas
por su primer amor, o por sus tiernos hijitos, quedaban condenadas, en
pleno año de mil setecientos ochenta, a sufrir el horror de ser blanco
de las miradas de las cabezas que a diario exponía en el Tribunal del
Temple una brutalidad insensata y una ferocidad digna de Abisinia o de
los aschantis.
Verdad es que en aquellos tiempos felices era la pena de muerte panacea
universal, receta muy en boga en todos los oficios y profesiones, y
no iba a ser una excepción, ni mucho menos, el Banco Tellson. Si la
Naturaleza todo lo remedia con la muerte, ¿por qué no ha de hacer otro
tanto la ley? Nada, pues, más natural y lógico que imponer pena de
muerte al falsificador, pena de muerte al portador de un billete falso,
pena de muerte al que abría indebidamente una carta, pena de muerte
al que robaba cuarenta chelines y seis peniques. El que custodiaba un
caballo a las puertas del Banco Tellson, y desaparecía con el animal,
era condenado a muerte, a muerte condenaban a quien acuñaba un chelín
falso, y con la cabeza pagaban las tres cuartas partes de los mortales
que rozaban los linderos del crimen. Cierto que la sanción penal,
con ser un poquito severa, lejos de prevenir, lejos de aminorar las
transgresiones, las multiplicaba, pero concluía, por lo menos, de una
vez y para siempre con las molestias y engorros anejos a cada paso
particular. Tantas vidas había segado el Banco Tellson, y como él,
todos los establecimientos similares contemporáneos suyos, que si las
cabezas de los muertos hubieran sido apiladas frente a su fachada, es
casi seguro que hubiesen cerrado por completo el paso a la escasa luz
que por sus sucias ventanas penetraba en su interior.
Encaramados sobre bancos inverosímiles y arcones de formas raras, los
empleados viejos del Banco trabajaban con extrema gravedad y compostura
de esfinge. Cuando era admitido algún joven, encerrábanlo no se sabe
dónde y no volvía a parecer hasta que era viejo. Evidentemente lo
guardaban, como se guarda el queso, en alguna cámara obscura, hasta que
había adquirido el olor peculiar de la Casa.
Fuera del edificio, cuya puerta jamás se le permitió franquear, sin ser
llamado, había un viejo, investido de las funciones de portero y de
mensajero, que era algo así como la muestra viva de la casa. Jamás se
separó de la puerta, durante las horas de oficina, como no le enviaran
a algún recado, y aun entonces, en la puerta le representaba un hijo
suyo, pillete de unos doce años, que era su vivo retrato. No faltaban
maliciosos que aseguraban que la casa se limitaba a tolerar al viejo
en cuestión, a quien daban el remoquete de -Lapa-, aunque muchos años
antes, en la iglesia parroquial de Houndsditch, donde cansado de
permanecer encerrado y en tinieblas, quiso asomar sus ojos a la luz del
mundo, recibió el nombre de Jeremías.
Fué escenario del incidente que voy a narrar la residencia particular
del alto empleado -Lapa-, hora las siete y media de una mañana ventosa
del mes de marzo, y -Anno Domini-, mil setecientos ochenta. Digo
-Anno Domini- en vez de año de Nuestro Señor, para acomodarme a la
manera de hablar del sapientísimo -Lapa-, quien, creyendo que la era
cristiana tuvo su origen en la invención del juego de dominó, hecha
por una señora llamada Ana, siempre que hablaba de fechas, lo hacía
anteponiendo a la del año las palabras -Ana Dominó-.
No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones
particulares del buen -Lapa-, ni pasaban de dos, contando como una un
ropero, pero sí limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora,
y lo desapacible de la ventosa mañana de marzo, la habitación en que
aquél roncaba como un justo había sido barrida y baldeada, y sobre la
mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve,
brillaban las copas, platos, y demás utensilios necesarios para el
almuerzo.
Roncaba el -señor Lapa- bajo las colchas de la cama como roncar
pudiera cualquier Arlequín en su casa. El sueño era profundo; pero al
fin comenzaron a agitarse las colchas, -Lapa- se revolvió con aire
inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sábanas unas púas
que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la
Naturaleza dotó a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclamó
su propietario con voz exasperada.
--¡Que me empalen si no ha vuelto a las andadas!
Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alzó de un rincón,
donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento más que suficiente
para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del
durmiente.
--Conque vuelta a lo de siempre, ¿eh?--repuso -Lapa-, alargando un
brazo en busca de una bota.
La bota salió volando por los aires juntamente con esta segunda
salutación. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas
hablo, diré, como circunstancia que no deja de ser extraña, que al paso
que el -señor Lapa- volvía muchas veces a su casa, después de terminado
su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la mañana que,
al despertar, no estaban aquéllas llenas de lodo.
--¿Qué estabas haciendo ahí, beata de los demonios?--gritó el melifluo
-Lapa-, después de errar el tiro.
--Rezaba.
--¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! ¿Y qué es lo que te propones,
pasándote el tiempo de rodillas rezando contra mí?
--No rezo contra ti, sino por ti.
--No es verdad; y aunque lo fuera, no te tolero que te tomes esas
libertades. ¡A fe que te ha tocado en suerte una madre modelo, hijo
mío!... ¡Figúrate! ¡Una madre que reza contra la prosperidad de tu
padre! ¡Una madre tan religiosa, tan celosa del cumplimiento de su
deber, que se pasa el tiempo pidiendo al Cielo y al infierno que
arranque de la boca de su hijo único la tostada con manteca que
constituye su alimento! ¡Qué te parece!
Muy mal debió parecerle al digno retoño del señor -Lapa- lo que éste
insinuaba en la última parte de su discurso, pues a gritos pidió a la
madre que no se le volviera a ocurrir mezclar con sus rezos nada que
con su alimentación personal tuviera relación.
--¿Y qué es lo que supones tú, mujer ilusa, que valen tus
rezos?--repuso el marido, con insistencia inconsciente.--Dime: ¿qué
valor concedes a tus oraciones?
--Brotan del corazón, Jeremías; este es su único mérito.
--¡Su único mérito!--repitió el -señor Lapa-.--¡Poco valen, entonces!
De todas suertes, valgan lo que valieren, no quiero que vuelvas a
rezar: vaya, ¡se acabó! ¿Crees que voy a tolerar que llames sobre mi
cabeza la mala suerte? Si quieres caer de rodillas, hazlo en favor de
tu marido y de tu hijo, y no contra ellos. La semana última, si el
infierno no me hubiese concedido una mujer desnaturalizada, y una madre
desnaturalizada a este pobre niño, habría ganado montones de oro en vez
de tener la sombra más negra que mortal alguno haya tenido desde que
el mundo es mundo. Vístete, hijo mío, vístete; y mientras yo limpio
mis botas, no pierdas de vista a tu madre, y avísame con un grito si
adviertes señales de que va a caer de rodillas. Yo te aseguro que no
lo aguanto--añadió, dirigiéndose a su costilla.--Soy más bruto que un
coche de alquiler, duermo como el láudano, pocas veces sé si soy yo,
o si soy el vecino de en frente; ¡pero cuando me tocan al bolsillo,
me escamo; con el bolsillo no quiero bromas, sábelo de una vez y para
siempre, y si tus rezos conspiran contra él, mal lo vas a pasar, beata
de los infiernos!
El -señor Lapa-, lanzando de tanto en tanto frases de indignación,
emprendió con vigor la obra de limpiar sus botas. Su hijo, entretanto,
cuya cabeza guarnecían púas un poquito menos aceradas que las del
padre, y cuyos ojillos estaban poco más o menos tan juntos como los del
padre, acechaba insistente a la madre. Varios sustos dió a la pobre
mujer gritando desde el fondo del armario ropero, donde se vestía.
--¡Padre!... ¡Que se arrodilla... que se arrodilla!
Ni con el almuerzo se dulcificó el humor de -Lapa-, antes bien pareció
que acrecentaba su animosidad contra su mujer.
--¿Pero qué estás haciendo? ¿Otra vez, condenada?
Contestó la mujer que no había hecho más que impetrar la bendición del
Cielo.
--¡Cuidado con traer bendiciones!--barbotó, mirando como si temiera
ver desaparecer el pan de la mesa ante la eficacia de la oración de su
mujer.--¡Quiero desterrar las bendiciones de mi casa...! ¡No quiero
bendiciones en mi mesa!
Rojo de cólera, con los ojos fuera de las órbitas, el -señor Lapa-
devoraba, que no comía, el almuerzo, rezongando y gruñendo como pudiera
hacerlo cualquier congénere suyo de cuatro patas. A eso de las nueve de
la mañana, algún tanto domeñado su encrespado natural, salió de su casa
para entregarse a las ocupaciones del día.
Apenas si su oficio merecía el nombre de tal, no obstante llamarse él
a sí mismo «honrado menestral». Todas las mañanas, colocaba un banco,
hecho de un respaldo de silla rota, debajo de la ventana del Banco
Tellson más inmediata al Tribunal del Temple. El banco, y algunos
puñados de paja que tomaba del primer carro que pasaba por la calle
cargado de ella, constituían todos sus enseres. El -señor Lapa- y su
banco eran tan conocidos en la calle Fleet como el Temple mismo... y
con corta diferencia, de tan poco grato aspecto.
Instalado en su sitio antes de las nueve, a tiempo para poder llevar
la mano a su tricornio cada vez que entraba o salía del Banco Tellson
alguna persona cuya respetabilidad lo mereciera, el -señor Lapa-,
acompañado por su hijo, entreteníase en aquella mañana ventosa de
marzo en injuriar mental y corporalmente a cuantos niños o personas
mayores pasaban a su alcance, a falta de mejor ocupación. Padre e
hijo, entre los cuales mediaba un parecido maravilloso, más que seres
humanos semejaban una pareja de monos. Jeremías el mayor mascaba
pajas, mientras los brillantes ojuelos de Jeremías el menor acechaban
inquietos el tráfico matinal de la calle Fleet, cuando asomó la cabeza
de uno de los ordenanzas del Banco en la puerta del establecimiento, y
dijo con voz campanuda:
--¡Que entre el portero!
--Ya tenemos un recado en puerta para comenzar el día, padre--observó
Jeremías el menor.
El padre cedió el banco al hijo, y éste se sentó, recogiendo y llevando
a su boca la paja que el primero estaba mascando.
II
UNA VISITA
--¿Conoce usted bien el Old Bailey?[1]--preguntó uno de los empleados
más ancianos del Banco a Jeremías -Lapa-.
[1] Tribunal Central de lo Criminal de Londres:--(N. del T.).
--Sí... señor--contestó con cierto retintín el interrogado.--Conozco el
Bailey.
--Perfectamente. También conoce usted al señor Lorry, ¿no es verdad?
--Conozco al señor Lorry mucho mejor que el Bailey, señor... mucho más
de lo que yo, menestral honrado a carta cabal, deseo conocer el Bailey.
--Muy bien. Va usted a llegarse a la puerta reservada para los
testigos, donde enseñará al guardián de la misma esta nota para el
señor Lorry. Le dejarán pasar sin dificultad.
--¿Hasta la Sala de Justicia?
--Hasta la Sala de Justicia.
--¿He de esperar en la Sala, señor?
--Voy a decirle lo que ha de hacer. El guardián de la puerta entregará
esa nota al señor Lorry, y usted, desde el sitio donde se encuentre,
procurará atraer la atención del señor Lorry, por medio de cualquier
gesto, a fin de que aquél sepa dónde espera usted. Luego, todas sus
obligaciones se reducen a una sola: a esperar hasta que el señor Lorry
le necesite.
--¿Nada más?
--Nada más. El señor Lorry desea tener a mano un mensajero, lo esencial
es hacerle saber que el mensajero de que puede disponer en cualquier
momento dado es usted.
Mientras el empleado del Banco plegaba el papel y estampaba el
sobrescrito, el buen -Lapa-, que le contempló sin despegar los labios
hasta que vió que buscaba el papel secante, preguntó.
--¿Fallan hoy alguna causa por falsificación?
--Por traición.
--¡Descuartizamiento seguro!--exclamó -Lapa-.--¡Qué barbaridad!
--Es la ley--replicó el anciano, volviendo con sorpresa los ojos hacia
-Lapa-,--la ley, y nada más que la ley.
--Por respetable que la ley sea, me parece una barbaridad despedazar a
un hombre. Bastante cruel es arrancarle la vida, pero hacerle cuartos,
lo encuentro feroz.
--Procure hablar bien de la ley, amigo mío--repuso el empleado.--Guarde
para sí sus observaciones, selle los labios, y deje que la ley cuide de
sí misma: es un consejo que le conviene no dar al olvido.
--¡Ah señor! ¡Es la vida dura que llevo la que mueve mi
lengua!--exclamó -Lapa-.--A su consideración dejo el juzgar si el que
gana el mendrugo de pan que llevo a la boca como lo gano yo, puede
tener sellados los labios.
--Todos ganamos el pan con el sudor de nuestro rostro, aunque algunos
con menos fatigas que otros... Tome usted la carta... y en marcha.
Tomó el mensajero la carta, hizo una reverencia, y salió.
Ahorcaban por entonces en Tyburn, y de consiguiente, la calle en que
se alzaba Newgate no había alcanzado aún la sombría celebridad que
luego pesó sobre ella. Era, sin embargo, una cárcel espantosa, donde
se practicaban toda clase de villanías y atrocidades, un foco de las
enfermedades más terribles, que no pocas veces penetraban en la Sala
de Justicia con los prisioneros, se cebaban, dando pruebas de muy poco
miramiento, en el mismo Justicia Mayor, y le obligaba a abandonar
para siempre su elevado sitial. Con frecuencia ocurría que el juez
del birrete negro pronunciaba su propia sentencia a la par que la del
encausado, y hasta moría más pronto que éste. Por lo demás, la Bailey
era a manera de posada por cuyo espacioso zaguán salían constantemente
pálidos viajeros, montados en carretas o en coches, que se encaminaban
al otro mundo previo un recorrido de dos o tres millas de calles
públicas y de camino, infundiendo saludable temor en alguno que otro
ciudadano, quizá en ninguno: tanta es la fuerza de la costumbre.
También era famosa por la picota, institución atinada y feliz que
suponía un castigo cuya extensión y alcance nadie era capaz de prever;
éralo asimismo por los postes en que se ataba a los condenados a la
pena de azotes, sistema el más indicado para suavizar costumbres y
dulcificar temperamentos, no menos que por la infinidad de tratos que
en ella se celebraban, en los cuales entraba el oro por una parte
y el derramamiento de sangre por la otra, resto de la indiscutible
sabiduría de nuestros antepasados, que conducía sistemáticamente a la
perpetración de los crímenes mercenarios más espantosos que puedan
cometerse bajo la capa del cielo. Por lo demás, la Old Bailey era por
aquel tiempo demostración elocuente del precepto, «Todo lo que es, es
justo», aforismo que resultaría tan necio como inocente si no llevara
aparejada la consecuencia, altamente perjudicial, de que «Nada de lo
que ha existido fué injusto».
Abriéndose paso por entre aquella abigarrada muchedumbre, que llenaba
el repugnante escenario donde había de desarrollarse la acción, con la
habilidad del que está habituado a caminar entre gentes, el mensajero
no tardó en llegar a la puerta que buscaba, donde entregó la carta de
que era portador, haciéndola pasar por un ventanillo practicado en la
misma, pues bueno será hacer constar que las personas que deseaban
ver las funciones representadas en la Old Bailey, habían de pagar las
localidades ni más ni menos que las que querían distraerse viendo el
Manicomio, sin más diferencia que la de costar más caro entrar en
aquélla que en este último. Como consecuencia, estaban perfectamente
guardadas todas las puertas, excepción hecha, como es natural, de las
que daban acceso a los criminales, pues éstos las encontraban siempre
abiertas de par en par.
Con algún retraso, y no sin que el guardián mascullase algunas palabras
de descontento, la puerta giró sobre sus goznes para dar paso al
mensajero.
--¿Qué hay?--preguntó al primer hombre que encontró.
--Nada todavía.
--¿Qué habrá luego?
--Una vista por traición.
--Descuartizamiento seguro, ¿eh?
--¡Ah! Primero, tendido sobre un cañizo, le arrastrarán hasta el sitio
donde le espere la horca, allí le medio ahorcarán, le bajarán de la
horca para arrancarle las entrañas, que quemarán ante sus ojos, luego
le cortarán la cabeza, y por fin le harán cuartos. Esa es la sentencia.
--Suponiendo que le declaren culpable, querrá usted decir.
--¡Bah! ¡Le declararán culpable, pierda usted cuidado!
El -señor Lapa- prestó entonces atención al guardián de la puerta, a
quien vió, encaminándose en derechura hacia el señor Lorry con la carta
en la mano. Hallábase el señor Lorry sentado junto a una mesa entre
señores convenientemente empelucados, muy cerca del abogado defensor
del reo, que usaba una peluca descomunal, y tenía varios legajos de
papeles debajo de los ojos, y casi frente a otro caballero, no menos
empelucado que el defensor, el cual, cuando le vió el -señor Lapa-, así
como también después, estaba con las manos en los bolsillos, puesta
toda su atención en el techo. A fuerza de accesos de tos consiguió
el mensajero llamar la atención del señor Lorry, quien se puso
inmediatamente en pie, hizo una seña con la cabeza, y volvió a sentarse.
--¿Qué papel representa ése en el proceso?--preguntó a -Lapa- el
individuo a quien antes había preguntado éste.
--Que me aspen si lo sé.
--Entonces... si la pregunta no es indiscreta, ¿qué papel representa
usted?
--Que me descuarticen si lo sé tampoco.
Puso fin al diálogo la entrada del juez en la Sala. A partir de aquel
momento, toda la atención, todo el interés del público se concentraron
en la barra. Los calaboceros, que hasta aquel instante habían estado a
uno y otro lado de la barra, salieron para entrar momentos después con
el prisionero.
Todos los ojos, excepto los del caballero de la peluca, que tenía
los suyos clavados en el techo, se fijaron en los del prisionero,
todos los alientos humanos de la sala partieron hacia él, semejantes
al mar, semejantes al fuego, semejantes al viento. Pegados a las
columnas, sobresaliendo de los ángulos, veíanse rostros que reflejaban
ansiedad, los espectadores de las filas últimas se ponían en pie,
otros se alzaban sobre las puntas de los pies, y muchos se encaramaban
sobre los bancos en su afán de verlo todo. No era de los que menos
curiosidad demostraba Jeremías -Lapa-, quien se erguía semejante a un
pedazo animado del muro coronado de púas de Newgate y disparaba contra
el prisionero ondas de aliento saturado de vapores de cerveza--había
tomado un vaso durante el camino,--las que se mezclaban con las que
partían de otras bocas, saturadas de emanaciones de ginebra, de café y
de te.
El objeto de tan viva curiosidad era un joven de unos veinticinco años,
buen mozo, guapo, de mejillas redondas y ojos negros. Era caballero.
Vestía de negro, o de gris muy obscuro, y su pelo, que era largo y
castaño, caía sobre su espalda, recogido por una cinta. De la misma
manera que las emociones del alma humana se filtran a través de la
envoltura material, así la engendrada por la situación en que se veía
colocado se manifestaba por medio de una palidez superpuesta a la tez
morena y curtida del acusado, demostrando que su alma era más fuerte
que el sol. Mostróse, sin embargo, perfectamente dueño de sí mismo. Con
calma maravillosa se inclinó ante el juez, y esperó:
¿Sentimientos de elevada humanidad en el interés que en la Sala
despertaba el reo? ¡Ni por pienso! Si la sentencia que amagaba
su cabeza hubiera sido menos espantosa, si hubieran existido
probabilidades de que en la ejecución de aquella se prescindiera de
algunos de sus feroces detalles, la fascinación habría sufrido rudo
golpe. Ante los ojos de los espectadores se alzaba el arrogante cuerpo
que muy en breve sería condenado a bárbaras mutilaciones, la criatura
dotada de alma inmortal próxima a ser despedazada, hecha cuartos, y
el interés que inspiraba, dijeran lo que dijeran los mismos que lo
sentían, era, en su raíz, en su esencia, el interés del ogro.
¡Silencio en la Sala!
--Carlos Darnay, que así se llamaba el acusado, había negado el día
anterior la terrible acusación fulminada contra él. De ser cierta,
Carlos Darnay era traidor y aleve a nuestro sereno, augusto, excelente,
etc. etc. Rey y Señor, por haber auxiliado en distintas ocasiones y
por medios diversos a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra
nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor. Había
hecho frecuentes viajes entre los dominios de nuestro sereno, augusto,
excelente, etc., etc. Rey y Señor y los de dicho rey de Francia, con
objeto de revelar inicuamente, pérfidamente, alevosamente (y muchos
otros calificativos adverbiales) al repetido rey de Francia las fuerzas
militares que nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor
tenía preparadas para enviarlas al Canadá y a la América del Norte.
Tales eran, en substancia, los datos que con enorme satisfacción había
conseguido adquirir Jeremías -Lapa-.
El acusado, a quien mentalmente habían ahorcado, decapitado y
descuartizado todos los presentes a la vista, ni temblaba ante la
situación ni afectaba arrogancias teatrales. Vió con calma perfecta que
los jueces prestaban juramento y que el fiscal de la Corona se disponía
a hablar. Con grave interés presenció los preparativos, y con tal
compostura escuchó los procedimientos, que no movió ni una hoja de las
hierbas aromáticas rociadas con vinagre que alfombraban el pavimento,
como medida higiénica contra el contagio de la fiebre del presidio y
contra la atmósfera viciada que allí se respiraba.
Sobre la cabeza del reo había un gran espejo que tenía por objeto
concentrar en su rostro la mayor suma posible de luz. Millares de
desgraciados y de malvados habían visto reflejadas sus contraídas
caras en su tersa superficie, minutos antes de que una capa de tierra
las ocultara para siempre. No habría infierno comparable a aquella
Sala abominable si la luna de un espejo pudiera devolver las imágenes
que refleja, de la misma manera que el Océano devuelve a sus muertos.
Tal vez sintió nuestro reo la ola de infamia y de deshonra que iba a
envolverle, quizá fuera la casualidad o un rayo más vivo de luz lo
que le movió a alzar los ojos: el hecho es que vió el espejo, y que,
al verlo, vivos carmines tiñeron su rostro y su cuerpo experimentó un
estremecimiento violento cual si acabara de recibir enérgica descarga
eléctrica.
Al separar sus miradas del espejo las llevó hacia la izquierda, donde
tropezaron con dos personas sobre las cuales se detuvieron con tal
fijeza, que no quedó en la Sala un espectador que hacia ellas no
volviera los ojos.
Eran las personas en cuestión una señorita joven, de veinte años de
edad aproximadamente, y un caballero, a todas luces su padre. Llamaban
poderosamente la atención en este último la blancura de nieve de sus
cabellos y cierta expresión indescriptible de vehemencia, no activa,
sino reflexiva, íntima. Cuando dominaba esta expresión, parecía viejo,
pero en los momentos en que desaparecía, cuando hablaba con su hija,
por ejemplo, era un hombre hermoso que apenas habría pasado de la
primavera de la vida.
Aferraba su hija su brazo y se estrechaba contra su cuerpo impelida
por el espanto que la escena la producía y la piedad que el reo la
inspiraba, espanto y piedad tan elocuentemente retratados en su frente
y en sus ojos, que los espectadores, inconmovibles ante la triste
suerte del acusado, no pudieron ver sin profunda lástima el estado de
la joven. «¿Quiénes serán?» se preguntaban unos a otros al oído.
No dejó de preguntar Jeremías -Lapa- a su vecino, a cuyos perspicaces
ojos no había pasado inadvertida la expresión de la joven, quiénes eran
aquellas personas; y como todos habían hecho la misma pregunta, la
respuesta, que circulaba ya de boca en boca, llegó al fin a su oído.
--Son testigos.
--¿De cargo?
--Testigos en contra.
--¿En contra de quién?
--Del reo.
El juez, cuyas miradas habían seguido la dirección que siguieron las
de todos los espectadores, las desvió para clavarlas insistentes en el
desgraciado cuya vida tenía en sus manos, en el momento que el fiscal
de la Corona se levantaba para torcer la soga, afilar el hacha y forjar
el martillo y los clavos que debían preparar el cadalso.
III
DECEPCIÓN
El señor fiscal de la Corona manifestó en su informe que el acusado,
aunque joven en años, era tan viejo en actos alevosos y prácticas de
pérfida traición, que se imponía la necesidad de acabar con su vida.
«Sus tratos y correspondencia continua con el enemigo público--dijo--no
datan de ayer, ni de anteayer, ni del año pasado, ni de dos años atrás.
Desde fecha mucho más remota viene el reo haciendo viajes constantes
entre Inglaterra y Francia, viajes misteriosos, cuyo objeto ni él mismo
ha sabido explicarnos satisfactoriamente. ¡Ah! Si el Cielo, en su alta
sabiduría, no hubiera condenado a eterno fracaso las maquinaciones
de los traidores, los actos criminosos de ese hombre habrían dado
sus naturales frutos, pero la Providencia, que vela de una manera
especial por la suerte de nuestra querida Inglaterra, inspiró a una
persona, en cuyo pecho no tiene entrada el miedo y en cuya conciencia
no cabe la malicia, el feliz pensamiento de penetrar los siniestros
planes del reo, y cuando hubo conseguido su objeto, lleno de terror,
se apresuró a descubrirlos al primer secretario de Estado y al augusto
Consejo Privado de Su Majestad. Pronto tendréis ocasión de conocer a
ese patriota, cuya conducta ha sido sublime. Había sido amigo íntimo
del traidor, pero no bien descubrió sus infamias, decidió inmolar una
amistad, que ya no podía conservar en su pecho, en el altar sacrosanto
del patriotismo. Si Inglaterra erige alguna vez estatuas, como las
erigieron Grecia y Roma en honor de los que en aras de la patria han
sacrificado sus más vivas afecciones, no cabe dudar que tendrá la suya
ese ciudadano eminente. La virtud, según han afirmado infinidad de
poetas, cuyos nombres no citaré porque todos mis oyentes los tienen en
la punta de la lengua, es contagiosa en grado eminente, y sobre todo,
la virtud sagrada del patriotismo, al amor a la patria. No es, pues,
de admirar que el alto y sublime ejemplo del testigo inmaculado e
impecable a que me refiero, cuyo nombre da honor a quien lo pronuncia,
se contagiase a un criado del mismo reo, y engendrase en él la santa
resolución de practicar registros en las gavetas de las mesas y en los
bolsillos de su señor, para apoderarse o tomar nota de sus documentos
más secretos. No faltarán detractores que claven sus dientes en la
reputación de este criado admirable, maldicientes que expongan en
la picota pública pecadillos de su vida pasada, pero aun así he de
protestar que su conducta presente le hace acreedor a todo mi respeto,
he de decir que me merece más consideraciones que mis mismos hermanos,
más consideraciones que mis mismos padres. Yo no dudo, no puedo dudar
que lo propio harán los que me escuchan. Las declaraciones de los dos
testigos nombrados, juntamente con los documentos que a su tiempo serán
exhibidos, demuestran claro como la luz del sol que el prisionero
poseía relaciones numéricas de las fuerzas militares de Su Majestad,
estados explicativos de la disposición y preparación de las mismas,
y no cabe dudar que esas relaciones, esos estados, los llevaba, como
ha llevado tantos otros, a una potencia enemiga. Confieso que no ha
sido posible demostrar que esas relaciones y esos estados sean de
puño y letra del reo, pero eso no tiene importancia, nada significa,
y en todo caso, será circunstancia agravante, puesto que pondrá de
relieve la artera malicia del acusado. A cinco años se remontan las
pruebas, demostrando palpablemente que el prisionero se dedicaba ya por
entonces a llevar a cabo misiones infames y perniciosas, que ya vendía
a la patria semanas antes de haberse reñido la primera batalla entre
las fuerzas inglesas y las americanas. Todas estas razones influirán
necesariamente en el ánimo del Jurado, si es Jurado leal, como me
consta que lo es, si es Jurado responsable, como por tal le tengo,
para declarar culpable al prisionero, y librar al mundo de un traidor.
¡Ah, señores jurados! Mientras haya una cabeza sobre los hombros del
prisionero, no es posible que vuestras cabezas reposen tranquilas
sobre las almohadas de vuestros lechos, no es posible que las cabezas
de vuestras tiernas esposas reposen tranquilas sobre las almohadas de
sus lechos, no es posible que las cabecitas de vuestros queridos hijos
reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos. El fiscal de la
Corona os pide por lo más sagrado, por lo que más caro os sea, por el
juramento que habéis prestado, por el Rey augusto y excelente que nos
gobierna, por la patria, que es nuestra madre, que deis al prisionero
por ahorcado, decapitado y descuartizado.»
Cuando el fiscal de la Corona cesó de hablar, llenaron la Sala sordos
murmullos. No parecía sino que el aire se había llenado de enjambres
de moscas azules que zumbaban en torno de la cabeza del reo, sabedoras
del estado en que no tardarían en encontrarle. Cuando se extinguieron
los zumbidos, apareció en la tribuna de los testigos el ciudadano
impecable, el sublime patriota citado por el fiscal de la Corona.
El señor procurador general, ateniéndose estrictamente a las
instrucciones de su jefe, examinó entonces al patriota. Llamábase Juan
Barsad, y era caballero. La historia de su alma pura e inmaculada
resultó ser la que el señor fiscal de la Corona había expuesto
sucintamente en su acusación. Luego que hubo contestado las preguntas
que le fueron dirigidas, se hubiera retirado modestamente, de no haber
manifestado deseos de hacerle algunas otras el caballero de la enorme
peluca y abultados legajos de papeles, que estaba sentado a escasa
distancia del señor Lorry. El segundo empelucado continuaba mirando al
techo.
He aquí, en resumen, el interrogatorio a que fué sometido el gran
patriota por el caballero de la peluca:
--¿Ha sido usted espía alguna vez?
--Jamás--contestó indignado el ciudadano.
--¿De qué vive usted?
--De mis rentas.
--¿En qué consisten esas rentas?
--No tengo por qué dar explicaciones sobre este particular.
--¿Dónde radican sus bienes?
--No lo recuerdo con precisión.
--¿Ha heredado usted?
--Sí.
--¿De quién?
--De un pariente lejano.
--¿Muy lejano?
--Bastante.
--¿Ha sido procesado alguna vez?
--Nunca.
--¿Ni ha estado en la cárcel por deudas?
--No sé que tenga nada que ver eso con el asunto que se debate.
--¿Ha estado en la cárcel por deudas?
--¿Otra vez?
--Conteste usted.
--Sí.
--¿Cuántas veces?
--Dos o tres.
--¿No serán cinco o seis?
--Tal vez.
--¿Su profesión?
--Caballero.
--¿Le han dado de patadas alguna vez?
--Puede que sí.
--¿Con frecuencia?
--No.
--¿Le han echado a puntapiés de alguna casa?
--No.
--¿No le han hecho rodar a patadas escaleras abajo?
--Repito que no. En una ocasión recibí algunas patadas en lo alto
de una escalera, y la bajé rodando, pero fué porque quise, por mi
voluntad, deliberadamente.
--En la ocasión a que se refiere, ¿no le echaron a puntapiés por
fullero, por hacer trampas en una partida de dados?
--Algo por el estilo dijo el borracho embustero que me dió las patadas,
pero era falso.
--¿Jura usted que era falso?
--Sin el menor reparo.
--¿No ha buscado usted nunca en las trampas del juego los medios de
vivir?
--Nunca.
--¿Ni ha vivido del juego?
--He jugado como juegan todos los demás caballeros.
--¿Le ha prestado dinero el prisionero?
--Sí.
--¿Y lo ha pagado?
--No.
--La amistad que con el prisionero le ha ligado, en realidad una
amistad ligera, ¿no era de las que solemos llamar obligadas, es decir,
una amistad cultivada en sillas de posta, posadas y barcos?
--No.
--¿Ha visto las relaciones y listas en poder del prisionero?
--Sí.
--¿Puede decir algo más acerca de esas listas?
--No.
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