--Como usted guste, caballero. --Soy hombre de negocios, señorita Manette, y he recibido el encargo de tratar y llevar a feliz término un negocio. Cuando escuche usted de mis labios todos los detalles con aquél relacionados, no vea usted en mí más que una máquina habladora, pues en rigor, máquina habladora soy. Con su permiso, señorita Manette, referiré a usted la historia de uno de nuestros clientes. --¡Historia! Parece que Lorry debió tomar una palabra por otra, pues no bien repitió su interlocutora la palabra -historia-, repuso con apresuramiento: --Sí, señorita: de uno de nuestros clientes. Los que nos dedicamos a los negocios bancarios solemos llamar clientes a todos nuestros conocimientos. El cliente a que me refiero era un caballero francés, hombre de mucho talento y grandes dotes intelectuales... un médico. --No sería de Beauvais, ¿eh? --Precisamente de Beauvais. Lo mismo que el señor Manette, su padre de usted, el caballero en cuestión era de Beauvais: lo mismo que el señor Manette, su padre de usted, era una notabilidad en París, donde tuve el honor de conocerle. Nuestras relaciones fueron lisa y exclusivamente de negocios, pero confidenciales. Me hallaba yo a la sazón en nuestra casa francesa, y hace de esto... ¡friolera! ¡veinte años! --En aquel tiempo... Perdone usted mi curiosidad, caballero, pero desearía saber... --Hablo de veinte años atrás, señorita. Casó con una dama inglesa... y yo era uno de sus fideicomisarios. El Banco Tellson manejaba todos sus negocios, como los de casi todos los caballeros y familias francesas. De la misma manera que fuí fideicomisario de aquel caballero, lo soy o lo he sido de docenas de clientes de la casa. Son puras relaciones comerciales, señorita, libres de amistad, libres de interés, libres de afecto, relaciones en las cuales nada hay que se parezca a sentimiento. En el curso de mi vida, he pasado de unas a otras sin que ninguna dejara rastros ni casi recuerdos en mí, exactamente lo mismo que despacho con los innumerables clientes que diariamente se acercan al Banco con objetos tan variados. En una palabra, señorita: yo no tengo sentimientos, yo no tengo afecto a nadie, yo soy una máquina, yo soy un... --Pero es que me está usted refiriendo la historia de mi padre, caballero, y principio a sospechar que, cuando murió mi madre, que solamente dos años sobrevivió a mi padre, dejándome huérfana y sola en el mundo, fué usted el que me llevó a Inglaterra. Casi me atrevería a asegurar que fué usted. El señor Lorry tomó la diminuta mano que llena de confianza buscaba las suyas, y la llevó con cierto aire de ceremonia a sus labios. --Yo -fuí-, en efecto, señorita Manette--contestó Lorry.--El hecho de que desde entonces nunca más haya vuelto a ver a usted, la convencerá de la exactitud de mis palabras, la convencerá de la verdad con que aseguré ha poco que no tengo sentimientos, y que cuantas relaciones mantengo o he mantenido con mis semejantes han sido exclusivamente de negocios. ¡No! ¡Nada de sentimentalismo! Usted ha sido desde entonces la pupila del Banco Tellson, y yo he tenido sobrado quehacer también desde entonces trabajando en los asuntos del Banco Tellson. ¡Sentimientos! ¡Me falta tiempo y voluntad para permitirme el lujo de tenerlos! He pasado mi vida entera moviendo y dando vueltas a masas inmensas de dinero. Hecha esta descripción singular de sus rutinas diarias, el señor Lorry alisó con entrambas manos su sedosa peluca, operación innecesaria, pues era imposible alisarla más de lo que estaba, y volvió a tomar su actitud anterior. --Hasta ahora, señorita, lo que acabo de narrar es, conforme ha adivinado usted, la historia de su padre. Las diferencias vienen ahora. Si su padre no hubiese muerto cuando murió... ¡No se asuste usted! ¡Si está temblando como la hoja en el árbol! Era cierto. La joven temblaba convulsivamente y, sin articular palabra, alargó entrambas manos en actitud suplicante. --¡Por favor, señorita...!--exclamó Lorry con extremada dulzura.--Domínese usted... Calme esa agitación... ¿Qué tienen que ver aquí los sentimientos?... Estamos hablando de negocios... Ya ve usted: decía... La mirada que la niña dirigió al narrador le descompuso tan por completo, que vaciló, tartamudeó, hubo de hacer una pausa bastante prolongada, y al fin repuso: --Decía que si el señor Manette no hubiese muerto, que si en vez de morir hubiera desaparecido inesperada y silenciosamente, evaporándose, por decirlo así, que si no hubiera sido empresa imposible adivinar el pavoroso lugar donde habría sido sepultado, aunque sí llegar hasta él, si hubiera tenido la desgracia de acarrearse la animadversión de algún compatriota suyo, investido de un poder que los hombres más valientes de mi tiempo no se atrevían a mencionar sin temblar, el poder de llenar órdenes o decretos firmados en blanco, en virtud de las cuales fácil era condenar a prisión y olvido temporal o perpetuo a cualquier mortal, si la esposa de ese caballero hubiera implorado compasión del rey, de la reina, de la corte, del clero y de la nobleza, solicitando noticias de su marido ausente, sin conseguir ablandar ningún corazón, entonces la historia del doctor de Beauvais que estoy refiriendo sería en efecto la de su padre de usted. --¡Por Dios santo, caballero, dígame más! --A eso voy: ¿pero cuenta usted con valor bastante para escuchar lo que yo diga? --Todo lo puedo soportar menos la incertidumbre en que me dejan sus palabras. --Habla usted con calma... y seguramente -está ya- sosegada: ¡magnífico!--continuó Lorry, con expresión que desmentía sus últimas palabras.--Estamos hablando de negocios... nada más que de negocios. No vea usted en lo que digo más que un negocio... que puede hacerse... que, según todas las probabilidades, saldrá bien. Sigamos: si la buena señora del doctor, dama de valor excepcional y de gran presencia de espíritu apuró dolores, sufrimientos tan acerbos, a consecuencia de lo que acabo de manifestar, antes que viniera al mundo su hijo... --¡El hijo era hija, caballero!... --¡Bueno...! ¿Qué más da? El sexo no altera el negocio... Digo, señorita, que si la pobre dama sufrió dolores tan acerbos antes que naciera su hija, que a fin de impedir que llegase hasta ésta la triste herencia de sus agonías, la amamantó y educó en la creencia de que su padre había muerto... ¡No se arrodille usted, por Dios vivo...! ¡En nombre del Cielo!... ¿Por qué cae de rodillas a mis pies? --¡Para suplicarle que me diga la verdad...! ¡Por piedad, señor, nada me oculte!... --Todo se lo diré... ¡Pero cálmese usted, por lo que más quiera! Estamos tratando un... un... negocio, señorita, y sus extremos me confunden... y no es posible... no puedo tratar negocios con acierto si confunden y obscurecen mis ideas. Veamos de despejar la cabeza. Si usted puede decirme ahora mismo... por ejemplo, cuántos peniques suman nueve monedas de a nueve peniques una, o cuántos chelines son veinte guineas, tranquilizará mucho mi espíritu, pues será prueba palpable de la calma y serenidad del suyo. Sin contestar directamente a este llamamiento, la niña se dejó alzar del suelo y volvió a sentarse con tal compostura, que comunicó a su interlocutor el valor que principiaba a faltarle. --¡Muy bien! ¡Así...! ¡Mucho valor! ¡Negocio y nada más que negocio! Se le presenta un negocio, negocio positivo, de rendimientos. Su madre, señorita Manette, adoptó con usted la norma de conducta que antes he insinuado. Cuando murió... creo que de pesadumbre... sin haber cesado ni por un instante de buscar a su marido, y sin llegar a averiguar nada, dejó a usted, niña de dos años, en camino de crecer hermosa, feliz, sin penas, libre de la nube negra que hubiera amargado su existencia, si al morir la hubiese revelado la historia de su padre, sin poder añadir si éste había muerto en la cárcel o si continuaba enterrado en el calabozo, sufriendo las torturas del sepultado en vida. Pronunció las últimas palabras posando una mirada de compasión infinita sobre los cabellos de oro que tenía delante, cual si a sí mismo se dijera que, gracias a la compasiva reserva de la madre, no abundaban en aquellos las hebras de plata. --Sabe usted perfectamente que sus padres no disfrutaron de una gran fortuna, y que, la que poseían, pasó a su madre y a usted. Por lo que a dinero y bienes materiales se refiere, no se han hecho descubrimientos nuevos; pero... Sintió el narrador que manos delicadas oprimían con fuerza sus muñecas, y dejó de hablar. La expresión del rostro de la niña era de pena y de horror. --Pero ha sido encontrado... -él-. Vive, sí... muy cambiado... lo considero probable; destrozado, hecho una ruina, reducido a sombra de lo que fué... es posible; pero vive, y debemos abrigar esperanzas de que mejorará. Su padre ha sido llevado a la casa de un antiguo criado suyo, que reside en París, y a su encuentro vamos nosotros: yo, para identificarle, si puedo; usted, para abrazarle, para devolverle la vida, el cariño, la calma y el descanso. La niña se estremeció de pies a cabeza. Trémula, conmovida, con voz extraña, cual de la quien habla en sueños, dijo: --¡Voy a ver su fantasma!... ¡Su fantasma!... ¡No a él! Lorry desprendió con suavidad las manos que atenaceaban su brazo. --¡Calma, calma, señorita!--dijo.--Ya pasó todo. Conoce usted todo lo bueno y todo lo malo. Vamos al encuentro del desventurado caballero, injustamente castigado, y después de un viaje feliz por mar, seguido de otro no menos venturoso por tierra, tendrá muy en breve el dulce placer de abrazarle. --¡He vivido tranquila, he vivido feliz, y nunca me ha perseguido su fantasma!--exclamó la niña con el mismo tono de voz que antes. --Réstame otra observación--repuso Lorry, recalcando la palabra, con objeto, sin duda, de asegurarse la atención de su oyente. Cuando le encontraron, llevaba otro nombre. El suyo, o lo olvidaron hace mucho tiempo, o alguien ha tenido interés en ocultarlo. Sería peor que inútil intentar averiguar si ha ocurrido lo uno o lo otro: sería peor que inútil tratar de inquirir si se olvidaron de su persona, o si deliberadamente y con intención le han retenido durante tantos años prisionero: sería peor que inútil practicar pesquisas de ninguna clase, y lo sería, porque además de inútil, nos expondríamos a correr grandes peligros. Preferible mil veces es no hablar siquiera del asunto, y sacar a su padre de Francia. Yo mismo, no obstante encontrarme a cubierto de peligros de esa clase por ser ciudadano inglés, y hasta el Banco Tellson, con toda la importancia que en Francia tiene, no nos atrevemos a mencionar siquiera el asunto. No llevo sobre mi persona una línea, una palabra escrita que a él se refiera con claridad. En una palabra: se trata de un secreto. Todas las credenciales que para resolverlo me acreditan, todas las instrucciones que como agente he recibido, se reducen a una palabra sola: «Resucitado»... ¡Pero qué es eso!... ¡Si no ha oído una palabra de las que vengo diciendo! ¡Señorita Manette! La niña continuaba en la silla, perfectamente quieta, perfectamente tranquila, perfectamente silenciosa, perfectamente erguida, perfectamente insensible, abiertos los ojos y clavados en la cara de Lorry, pero con esa expresión singular que tienen los ojos esculpidos bajo la frente de una estatua. Sus dedos continuaban asiendo su brazo con tal fuerza, que no se atrevió a desasirlos temiendo lastimarla, por cuyo motivo gritó pidiendo socorro, pero sin moverse. A los gritos acudió una mujer de aspecto bravío, roja de cabeza a pies, pues rojo era el color de su cara, rojo su cabello, rojo su vestido, rojo el monumental gorro, semejante al que solían llevar los granaderos o a un descomunal queso de Stilton. Pisando los talones a la mujer, que penetró corriendo en la estancia, llegaron todas las criadas de la posada. Pocos miramientos empleó la primera para solucionar el conflicto de desasir el brazo de Lorry de los dedos que, agarrotados, lo sujetaban, pues de la primera manotada asestada contra el pecho del caballero del Banco Tellson, envió a éste precipitado contra la pared más inmediata. --¡Esa mujer es hombre!--murmuró para sus adentros Lorry, al chocar contra la pared. --¡Qué buscáis aquí, bobaliconas!--rugió la mujer roja, dirigiéndose a las criadas.--¿Por qué no vais a fregar, en vez de estar ahí, mirándome como idiotas? ¿Soy alguna mona por ventura? ¡A trabajar! ¡Pronto sabréis quién soy yo, si no me traéis volando sales, agua fría, vinagre y todo lo que haga falta! La dispersión fué general e inmediata. Volaron las criadas en busca de los restaurativos pedidos, mientras la matrona roja colocaba a la paciente sobre un sofá con gran pericia y suavidad llamándola «preciosa», «hijita mía», «paloma», etc., etc. --¿Y usted, pedazo de bruto--gritó a continuación, revolviéndose furiosa contra el señor Lorry,--no pudo contarla su famosa historia sin darla un susto de muerte? ¡Vea cómo la ha puesto! ¡Pálida como un difunto, fría como el hielo! ¿No le da vergüenza decir que es banquero? Hasta tal extremo desconcertó al señor Lorry una pregunta de contestación tan difícil, que no supo hacer otra cosa que mirar desde lejos con expresión de simpatía y humildad extraordinarias, mientras la tremebunda mujer, después de ahuyentar de nuevo a los criados que habían vuelto a entrar con agua, vinagre y sales, bajo la penalidad misteriosa de «hacerles saber algo que no tenía por qué mencionar» si continuaban allí mirándola embobados, puso manos a la obra y consiguió, al cabo de mucho rato, que la niña comenzara a dar señales de vida. --Parece que se encuentra mejor--observó el señor Lorry. --Pero no será por lo que usted ha hecho--replicó con aspereza la matrona.--¡Hija mía! --¿Tendría usted inconveniente--preguntó Lorry con gran humildad, pasados algunos momentos--en acompañarla hasta Francia? --¡No sabe usted decir más que sandeces! Si la Providencia hubiese dispuesto que alguna vez cruzase yo el charco, ¿cree usted que me habría hecho nacer en una isla? Como también resultaba difícil en extremo la contestación a semejante pregunta, el señor Mauricio Lorry creyó conveniente retirarse para meditar. V LA TABERNA Había caído en la calle, haciéndose pedazos, una barrica de vino. El accidente ocurrió al sacar la barrica de un carro. Aquélla cayó al suelo, comenzó a rodar, saltaron los aros, y fué a abrirse como un cascarón de monstruosa nuez frente a la puerta de una taberna. Cuantas personas había por los alrededores suspendieron sus tareas o pusieron fin a su ociosidad para correr al lugar del siniestro y beberse el vino. Las piedras ásperas, desiguales y puntiagudas que formaban el adoquinado de la calle, puestas de propósito, según todas las apariencias, para hacer tantos cojos como afortunados mortales tuvieran la dicha de pasar sobre ellas, habían hecho la distribución del rojo líquido, formando variedad de estanques de diferentes dimensiones, todos los cuales estaban rodeados por grupos mayores o menores, según fuera mayor o menor su extensión. Muchos hombres, tendidos de bruces, recogían el vino en el hueco de sus manos, y bebían, o hacían que bebieran las mujeres que afanosas se inclinaban sobre sus hombros, antes que el líquido escapara entre sus dedos. Otros, hombres y mujeres, lo recogían con pequeñas vasijas de barro cocido o bien empapaban los pañuelos de cabeza de las mujeres, que luego exprimían en sus bocas o en las de los niños: éstos oponían diques de barro al curso del vino, aquéllos, obedeciendo los consejos que a gritos les daban desde las ventanas los curiosos, saltaban de acá para allá a fin de desviar el curso de nuevos regueros, y no faltaban quienes apoderándose de los fragmentos medio podridos de la barrica, los chupaban y lamían con indecible ansiedad. Puede asegurarse que las turbas recogieron, no ya sólo hasta la última gota de vino, sino también hasta la última molécula de tierra que con aquel estuvo en contacto. La calle quedó como si por ella acabasen de pasar todas las brigadas de basureros de la ciudad, si en la ciudad se hubiera conocido la brillante institución de basureros. Mientras duró la diversión del vino, no cesó en la calle la algarabía de alegres carcajadas y gritos de júbilo, lanzados por docenas de gargantas de hombres, de mujeres y de niños. La distracción resultaba un poquito ordinaria y un mucho movida. Cuantos en ella tomaban parte mostraban tendencia especial a las afinidades y confianzas, de las que resultaban brindis de gusto discutible, apretones de manos, abrazos y caprichosas danzas, en los que tomaban parte especial los que habían bebido más, o los de carácter más jovial y divertido. Cuando faltó el vino, y las piedras y tierra que había regado quedaron secas y limpias, cesaron las demostraciones de alegría con tanta brusquedad como habían comenzado. El individuo que había dejado su sierra apoyada contra el leño que estaba aserrando, la empuñó y puso de nuevo en movimiento; la mujer que dejó su puchero cociendo frente a la puerta de su casa, volvió a atenderlo; descendieron otra vez a las profundidades de las obscuras cuevas los hombres de brazos desnudos, pelo sucio y rostros cadavéricos que habían salido a la luz del día minutos antes, y las tinieblas envolvieron con su manto una escena que, en realidad, hacía daño contemplar a la luz del sol. El vino que contenía la barrica destrozada era tinto, y manchó la estrecha calle del suburbio de San Antonio en la cual se había derramado. Manchó asimismo muchas manos y muchas caras y muchos pies desnudos y muchos zuecos. Las manos del hombre que aserraba el leño dejaron huellas rojizas en las tablas, y la frente de la mujer que amamantaba a su tierno hijo quedó también manchada al chocar con la frente de la vieja bruja con la cual se abrazó y bailó en momentos de efímera alegría. Los que ansiosos se apoderaron de los restos de la barrica y los chuparon y lamieron, salieron de la diversión con círculos rojizos en sus bocas que les daban aspecto de tigres feroces, y hubo uno, más aficionado sin duda a las bromas que los demás, que con el dedo untado en la masa formada por el lodo y el vino, garrapateó en la pared la palabra -sangre-. ¡Día llegaría en que la sangre fuera vertida a torrentes, y en que muchos de los que en la diversión reseñada tomaron parte irían tintos en sangre de cabeza a pies! Luego que la calle de San Antonio volvió a su ser y condición habituales, de los que momentáneamente la sacara un incidente fortuito, quedó triste, obscura y tétrica, gimiendo bajo el cetro del frío, de la suciedad, de las enfermedades, de la ignorancia y del hambre, nobles de gran poder todos ellos, pero particularmente el mencionado en último lugar. En todos los rincones se veían agazapados ejemplares de desdichados que habían sido prensados y triturados una y cien veces entre las pesadas piedras del molino, tiritando de frío y cayéndose de hambre. El molino que los había triturado no era aquel molino fabuloso que tiene la propiedad de convertir a los viejos en jóvenes llenos de vida, sino el que hace de los jóvenes viejos. Caras de ancianos tenían los muchachos, y voces graves y profundas los niños. Sus espaldas se doblaban bajo el peso, no de los años, pero sí bajo el del hambre, que era la dueña y señora de aquellos barrios. Hambre era la palabra que se repetía en todas las casas, hambre el fatídico fantasma montado sobre los míseros harapos que pendían de las pértigas o cuerdas tendidas frente a las inmundas casuchas, hambre repetían todos los fragmentos de serrín que caían bajo los dientes de la sierra del carpintero, hambre el espantoso monstruo que, no encontrando en las calles inmundicias con que alimentarse, se encaramaba a lo alto de las chimeneas, que tampoco ofrecían humo a su voracidad; hambre era la inscripción que se leía en las anaquelerías de todos los panaderos, hambre la palabra estampada en todos los panes, caros, de mala calidad y faltos de peso. Los distritos donde había sentado sus reales no podían ser más a propósito para el objeto. Una calle estrecha y tortuosa, muladar inmundo y hediondo, de la que arrancaban otras callejas más estrechas y tortuosas, habitadas por piltrafas humanas y oliendo a piltrafas humanas, en las cuales sólo se veían personas y cosas que daban náuseas. En la torva expresión de sus habitantes vislumbrábanse anhelos feroces de volver las cosas del revés. No faltaban en sus caras demacradas ojos que despedían llamas, ni labios crispados, ni frentes contraídas horriblemente. Hasta las muestras de las tiendas eran ilustraciones vívidas de la necesidad. En las carnicerías y tocinerías pintaban reses escuálidas, y en las panaderías panes fementidos, microscópicos. La única industria que parecía atravesar una época de prosperidad floreciente era la de las herramientas y armas. Los cuchillos y hachas de los carniceros eran brillantes, estaban perfectamente afiladas, los martillos de los herreros pesaban muchas libras, y las armerías estaban atestadas de instrumentos de muerte. Las calles, llenas de baches, depósitos de fango y de agua corrompida, carecían de aceras. Los faroles, que a intervalos muy largos pendían de unas cuerdas, derramaban sobre ellas una luz enfermiza que no bastaba a disipar las tinieblas como no disipan las tinieblas del mar la luz de los faroles colocados en lo alto de las vergas. A decir verdad, París era un mar, y tanto el barco como los que lo tripulaban corrían grave peligro de naufragar. Había de llegar el día en que los famélicos habitantes de aquellas regiones, a fuerza de contemplar los míseros faroles, llegarían a concebir el proyecto de introducir mejoras en el sistema y colgarían de aquellas cuerdas hombres que iluminasen las negruras de su situación. No era, empero, llegado el tiempo, y aunque todas las brisas que soplaban sobre Francia eran precursoras de recios vendarales, no se daban por enterados los pajarillos de sedoso plumaje. La taberna frente a la cual se desarrolló la escena que acaban de presenciar los lectores de esta historia ofrecía mejor aspecto que la mayor parte de las tabernas de aquellos barrios, y su dueño, vestido con chaleco amarillo y calzones verdes, estuvo contemplando con tranquila indiferencia la lucha de los que corrían a la conquista del vino derramado. --Poco me importa--exclamó, encogiéndose de hombros.--Lo han dejado caer los empleados del almacenista; ellos me traerán otra barrica. Acertó entonces el tabernero a ver al individuo que escribía en la pared la palabra -sangre-, y le preguntó: --Oye, Gaspar; ¿qué estás haciendo ahí? Contestó él interpelado con uno de esos gestos significativos que tanto privan entre las gentes de su ralea, y cuya significación tantas veces pasa inadvertida, como ocurrió en el caso presente. --¿Estás haciendo méritos para ingresar en un manicomio?--repuso el tabernero, atravesando la calle y extendiendo sobre la palabra escrita en la pared un puñado de barro que recogió del suelo.--¿No encuentras otro sitio, dime, donde escribir palabras como ésa? Mientras formulaba la segunda pregunta, el tabernero colocó su mano menos sucia (quizá por casualidad, quizá intencionadamente) sobre la región del corazón de su interlocutor. Este golpeó su pecho con la suya, dió un prodigioso salto y quedó inmóvil, en actitud de danza fantástica puesto el brazo izquierdo sobre la cadera y el derecho en alto, y sosteniendo entre el pulgar y el índice de la diestra un zapato sucio que previamente se había sacado de uno de sus pies. El tabernero volvió a cruzar la calle y entró en su establecimiento. Era un hombre de unos treinta años, de aire marcial y cuello de toro. Debía ser de un temperamento de fuego, pues aunque el día era uno de los más fríos que disfrutaron los parisienses en aquel invierno crudo, iba en mangas de camisa y llevaba éstas arremengadas hasta muy cerca de los hombros. En cuanto a prendas de cabeza, no usaba otra que la natural: una masa de pelo negro, áspero y ensortijado. Era de tez morena y buenos ojos, de mirar implacable. Evidentemente era hombre de gran resolución y propósitos inquebrantables, uno de esos hombres con los cuales sería peligroso tropezarse en un sendero estrecho bordeado por dos abismos, pues es seguro que por nada ni por nadie volvería sobre sus pasos. La señora Defarge, esposa del tabernero en cuestión, estaba sentada detrás del mostrador cuando aquél entró en el establecimiento. Era mujer de constitución robusta, aproximadamente de la edad misma que su marido, de ojos vigilantes, aunque muy contadas veces parecía mirar a ningún objeto determinado, grandes manos cubiertas de sortijas, cara de líneas enérgicas, expresión reservada y aire de perfecta compostura. Una de las características de la señora Defarge consistía en no sufrir nunca equivocaciones que redundasen en perjuicio de sus intereses en ninguna de las operaciones del establecimiento. Extremadamente sensible al frío, iba envuelta en pieles y abrigaba su cabeza con un chal de colores chillones que la cubría por completo, bien que dejando a la vista los grandes pendientes que adornaban sus orejas. Tenía frente a sí su calceta, pero la había dejado sobre el mostrador para consagrar algunos minutos a la limpieza de su dentadura, lo que estaba haciendo con un mondadientes. Absorta en su ocupación, con el codo derecho apoyado sobre la mano izquierda, nada dijo la señora Defarge cuando su marido entró en el establecimiento, pero dejó oir una tosecita apenas perceptible. La tosecita, combinada con un ligero enarcamiento de sus cejas, negras como el ala del cuervo y perfectamente arqueadas, dió a entender a su marido la conveniencia de dar un vistazo a los clientes, entre los cuales acaso encontrase alguno nuevo que había llegado a la taberna mientras se encontraba en la calle. Paseó el tabernero sus miradas por la sala, no tardando en fijarlas las sobre un caballero, ya entrado en años, y en una señorita, sentados en uno de los ángulos. Había otros parroquianos también: dos que jugaban a las cartas en una mesa, otros dos que se entretenían en otra, puestas sus facultades en las fichas de dominó, y otros tres que, de pie junto al mostrador, procuraban -alargar- todo lo posible el vino que se habían hecho servir. El tabernero, al pasar detrás del mostrador, pudo advertir que el caballero entrado en años decía con los ojos a su joven compañera: --Ese es nuestro hombre. Fingió el tabernero no reparar en la presencia de los dos personajes desconocidos, y entabló conversación con el triunvirato que estaba bebiendo junto al mostrador. --¿Qué tal, Santiago--preguntó uno de los tres al buen Defarge,--se han tragado todo el vino que salió de la barrica? --Hasta la última gota, Santiago--contestó Defarge. No bien hicieron los interlocutores el intercambio de sus nombres de pila, la señora Defarge tosió otro poquito y arqueó de nuevo las cejas. --Pocas veces--observó el segundo de los parroquianos del mostrador--tienen esos bestias miserables ocasión de conocer a qué sabe el vino, ni nada que no sea el pan negro y la muerte: ¿no es verdad, Santiago? --Verdad es, Santiago--respondió el tabernero. Al segundo intercambio de los nombres de pila sucedió otra tosecita acompañada del enarcamiento de cejas de la señora Defarge. --¡Ah!--exclamó el tercero de los bebedores, apurando el último sorbo y dejando el vaso sobre el mostrador.--¡Hiel tienen siempre en sus bocas esos borregos, y viven vida de perros! ¿digo bien, Santiago? --Dices bien, Santiago--fué la contestación del tabernero. Hecho el tercer intercambio de nombres de pila, la señora Defarge dejó el mondadientes e hizo un movimiento insignificante. --¡Es verdad...! ¡Entretenlos!--murmuró muy por lo bajo su marido.--Señores... tengo el gusto de presentarles a mi mujer. Los tres parroquianos se descubrieron y saludaron con sendas inclinaciones de cabeza a la tabernera, la cual, a su vez, recibió sus homenajes doblando ligeramente la suya y mirándolos sucesivamente. A continuación, tendió como por casualidad sus miradas en derredor, recogió la calceta con gran calma, y comenzó a trabajar. --Señores--repuso el tabernero, que había observado con mirada escrutadora a su mujer,--la cámara que ustedes manifestaron deseos de ver cuando yo salí a la calle, está en el quinto piso. Arranca la escalera del patio de la izquierda, junto a la ventana del... Pero ahora recuerdo que uno de ustedes ha estado ya en ella, y puede guiar a los demás. ¡Adiós, señores! Pagaron los bebedores el consumo hecho, y se retiraron. Los ojos del tabernero parecían estudiar a su mujer y la calceta que estaba haciendo, cuando el caballero de edad avanzada se levantó manifestando deseos de hablar algunas palabras con Defarge. --Con mucho gusto, caballero--respondió éste, saliendo con el anciano hasta la puerta del establecimiento. Breve fué la conferencia, pero de efectos tan rápidos como decisivos. No se habían cruzado cuatro palabras, cuando Defarge hizo un movimiento de sorpresa, y antes que transcurriera un minuto, hacía una seña al anciano y salía presuroso a la calle. El caballero llamó con un movimiento de cabeza a la señorita, y ambos salieron en pos del tabernero, dejando a la señora Defarge embebida en la tarea de hacer calceta. El señor Mauricio Lorry y la Señorita Manette, que ellos eran los visitantes de la taberna, según habrán adivinado, a no dudar, los lectores, encontraron al tabernero junto a la puerta que momentos antes había indicado el último a los tres parroquianos con los cuales le hemos visto cambiar algunas palabras. En la sombría entrada que daba acceso a la escalera, no menos sombría, el tabernero hincó una rodilla en tierra y llevó a sus labios la mano de la hija de su antiguo señor. Fué un homenaje, un testimonio de sumisión, bien que ejecutado con ademán que nada tenía de dulce. Unos segundos habían bastado para transformar radicalmente a Defarge; ya no reflejaba buen humor su rostro, ya no era su cara espejo de franqueza: antes al contrario, en su expresión de reserva, en su actitud airada, en la cólera que chispeaba en sus ojos, fácil era leer al hombre peligroso. --Está muy alto... la escalera es pesada... creo que hará usted bien subiendo con más calma--dijo el tabernero con dura entonación al señor Lorry, en el momento de empezar a subir la escalera. --¿Está solo?--preguntó Lorry. --¡Solo! ¡Válgame Dios! ¿Quién quiere usted que le acompañe? --¿Siempre solo? --Siempre. --¿Porque así lo desea él? --Porque así lo exigen las circunstancias. Tal como estaba cuando le vi el día que vinieron a preguntarme si quería tenerle en mi casa y ser discreto corriendo el peligro consiguiente... tal como estaba entonces, está ahora. --¿Muy cambiado? --¡Cambiado!... El tabernero descargó un puñetazo contra la pared y lanzó una maldición horrenda. No hubiera producido la mitad de los efectos que produjo aquella explosión de furia cualquier respuesta clara y precisa. La melancolía del señor Lorry iba en aumento a medida que avanzaba en el ascenso de la empinada escalera. Penoso, muy penoso, sería hoy subir la escalera de una casa de las más viejas sita en uno de los barrios más poblados de París; pero en el tiempo a que esta historia se refiere, resultaba punto menos que imposible para los que no tuvieran atrofiados los sentidos a fuerza de costumbre. Todos los vecinos de aquellas inmensas colmenas dejaban las basuras e inmundicias en los rellanos de la escalera general, donde quedaban hacinados sin que nadie cuidara de retirarlos, engendrando así una masa de descomposición bastante para envenenar el aire, si ya no estuviera saturado de las impurezas intangibles que son resultado natural de la miseria y de las privaciones. Combinadas las dos fuentes de corrupción, respirábase allí una atmósfera insoportable. El señor Lorry, cediendo a las molestias que le producía subir por aquel pozo obscuro, sucio y envenenado, no menos que a la agitación que observaba en su joven compañera, agitación que se multiplicaba por momentos, hizo alto dos veces para descansar. Cada uno de aquellos descansos pareció llevarse las últimas reservas de aire no corrompido, rellenando el espacio que aquéllas dejaban libre con mefíticas emanaciones que brotaban de todas partes. Llegaron al fin a lo alto de la escalera, donde se detuvieron por tercera vez. Todavía habrían de subir un tramo, más empinado que los anteriores, y de dimensiones sumamente reducidas, antes de llegar al sotabanco. El tabernero, que caminaba delante y procuraba mantenerse constantemente a distancia respetable de la señorita, cual si temiera que ésta le dirigiera alguna pregunta, llegado frente a la puerta del sotabanco metió la diestra en el bolsillo, y sacó una llave. --¡Ah!--exclamó Lorry, sin poder disimular su sorpresa.--¿Está cerrada la puerta con llave? --Sí--contestó con sequedad Defarge. --¿Considera usted necesario tener en una reclusión tan extremada a ese infortunado caballero? --Considero necesario tener la puerta cerrada con llave--murmuró el interpelado bajando mucho la voz y frunciendo horriblemente las cejas. --¿Por qué? --¡Por qué! ¡Porque ha tantos años que vive cerrado con llave, que se asustaría, se horrorizaría, se lanzaría de cabeza contra las paredes, moriría... yo no sé los extremos que haría... si se le dejase con la puerta abierta! --¡Será posible! --¿Posible? ¡Sería infalible, sí!--replicó con entonación amarga Defarge.--¡A fe que no podemos quejarnos de los atractivos que nos ofrece un mundo en que son posibles estas y otras atrocidades, de la hermosura de un cielo que contempla impasible los horrores que usted está viendo...! ¡El demonio nos gobierna!... ¡Viva el infierno! ¡Entremos, señor, entremos! Tan en voz baja había sido sostenido el diálogo que queda copiado, que ni una palabra llegó a oídos de la niña. Era, empero, tan intensa la emoción que la dominaba, su rostro reflejaba tal expresión de espanto y tan viva ansiedad, que el señor Lorry creyó necesario dirigirle algunas palabras encaminadas a levantar su deprimido ánimo. --¡Valor, mi querida señorita!--dijo.--¡Valor! Estamos persiguiendo un negocio, cuya fase dolorosa pasará en un momento. En cuanto franqueemos esta puerta, habremos vencido lo peor. Dentro de breves segundos podrá el desdichado comenzar a saborear todo el bien, todo el consuelo, toda la dicha que usted va a proporcionarle. Nuestro buen amigo Defarge nos ayudará... ¡Al negocio, al negocio! Al doblar un recodo muy pronunciado encontraron a tres hombres, que estaban mirando por el ojo de la llave y por las rendijas de la puerta que nuestros visitantes iban a abrir. Los hombres en cuestión resultaron ser los mismos que momentos antes bebían de pie junto al mostrador. --La sorpresa que su visita me produjo ha hecho que los olvidara--dijo Defarge a guisa de explicación.--Tengan la bondad de dejarnos, amigos. Los tres hombres desaparecieron silenciosamente. --¿Ha hecho usted del señor Manette objeto de exhibición?--preguntó Lorry en voz muy baja y con expresión colérica. --Lo exhibo, conforme acaba usted de ver, a muy reducido círculo de personas escogidas. --¿Y cree usted que eso está bien? --Sí, señor: creo que está bien. --¿Y esos escogidos, quiénes son? ¿Cómo los escoge usted? --Escojo a los que son hombres verdaderos... y se llaman como yo: Santiago; hombres que conviene que lo vean... Pero usted es inglés, y es inútil que le dé explicaciones que no ha de entender. Tenga la bondad de esperar un momento. Por medio de un gesto recomendó a sus acompañantes que permanecieran inmóviles, y pegó la cara a una grieta que presentaba la pared. Momentos después alzó la cabeza, dió sobre la puerta dos o tres golpes, sin más objeto, a no dudar, que el de hacer ruido, pasó la llave por ella una porción de veces, con idéntica intención, la puso al fin en la cerradura, y abrió haciendo todo el ruido posible. Lenta y silenciosamente se abrió la puerta de fuera a dentro, empujada por la mano del tabernero. Este adelantó la cabeza y dijo algo. Una voz sumamente débil contestó. El tabernero volvió la cara e indicó a sus acompañantes que le siguieran. Lorry rodeó con su brazo la cintura de la niña, próxima a caer desfallecida. --¡Ne... gocio... hija mía... nego... o... cio!--exclamó Lorry, vueltos hacia la niña los ojos, de los cuales brotaba algo que no suele ser producto de los negocios.--¡Entre usted... entre! --¡Tengo miedo!--respondió la joven. --¿Miedo a qué? --¡A él... a mi padre! Viéndose en situación crítica, a consecuencia del estado de espíritu de la joven, por una parte, y por otra de las señas que su guía hacía para que entrasen, Lorry levantó entre sus brazos a la primera y franqueó la puerta. Defarge quitó la llave, cerró la puerta por dentro, con llave, por supuesto, y, terminadas esas operaciones lenta y metódicamente, y sobre todo, haciendo todo el ruido que pudo, echó a andar con paso mesurado en dirección a la ventana. Junto a ésta se detuvo y dió media vuelta. El sotabanco, construído para ser depósito de leña, apenas si recibía la visita de una luz muy escasa, pues la ventana, sumamente estrecha, y casi cerrada para evitar el frío, dificultaba tanto el paso a la luz, que era imposible ver absolutamente nada. Y sin embargo alguien trabajaba en aquella lóbrega estancia, pues junto a la ventana a la que daba frente, y vueltas las espaldas a la puerta, había un hombre de cabellos blancos como la nieve, sentado en una banqueta muy baja y entregado con ardor a la tarea de coser zapatos. VI. EL ZAPATERO. --Buenos días--dijo el tabernero, fijando sus ojos en la cabeza blanca del zapatero. --Buenos días. --Siempre tan trabajador, ¿eh? Al cabo de un rato de angustioso silencio, el zapatero alzó la cabeza y contestó: --Sí... estoy trabajando. La languidez de aquella voz hacía daño al oído. No era esa languidez que sigue al decaimiento de fuerzas, a la debilidad física, no, aunque es indudable que alguna parte tenían en ella la alimentación insuficiente, las penalidades y malos tratos recibidos durante el terrible cautiverio: su característica especial y típica la recibía del hecho de tratarse de una languidez producida por la soledad y falta de uso de la voz. Era algo así como el eco de un sonido que nació largos años antes y a considerable distancia: una voz que había perdido la vida, el timbre de voz humana, una voz que producía en los sentidos la impresión misma que produciría la vista de un color hermosísimo y delicado trocado por la mano de los siglos en mancha débil de colorido indefinible, una voz que reflejaba con elocuencia tan vívida la desesperación de un ser humano perdido y abandonado, que cualquier viajero a quien el hambre y las fatigas rindieran en las soledades del árido desierto que estuviera recorriendo, reconocería en su timbre la voz de su hogar, la voz de las personas queridas que dejaba en el mundo, antes de doblar la cabeza para rendir el postrer aliento. Al cabo de algunos minutos que el anciano pasó trabajando silencioso, ajeno a cuanto le rodeaba, volvió a levantar los ojos. En ellos no se advertía ni un átomo de interés, ni un átomo de curiosidad: reflejaban sencillamente esa percepción mecánica, esa conciencia inconsciente de que el espacio donde antes se ha visto un objeto o una persona continúa ocupado. --Quisiera dejar penetrar un poquito más de luz--dijo Defarge, cuyos ojos no se habían separado un instante de la persona del zapatero.--¿Podrá usted sufrirla? Suspendió su obra el interrogado; paseó sus miradas por el suelo, a derecha e izquierda, como quien busca algo, y luego las alzó hacia el que acababa de interrogarle, preguntando al fin: --¿Qué decía usted? --Preguntaba si podrá tolerar un poquito más de luz. --Tendré que tolerarla, si usted la deja entrar. Defarge abrió un poco más la ventana. Los rayos de luz que penetraron en el sotabanco iluminaron perfectamente al zapatero, que tenía sobre el muslo un zapato sin terminar. Diseminados por el suelo, o colocados sobre la banqueta, se veían varios útiles del oficio. Era aquél un hombre de barbas recortadas de cualquier manera, pero no de longitud desmesurada. En su cara macilenta y demacrada brillaban extraordinariamente dos ojos que hubieran parecido grandes y rasgados, aun cuando de suyo no lo fueran. La amarillenta camisa que llevaba abierta por el pecho dejaba ver una carne flácida y blanca como el papel. Su piel, la vieja blusa de lona que cubría la parte superior de su cuerpo, las medias, que llenas de arrugas servían de envoltorio a unas pantorrillas sin carne, y en una palabra, todas las prendas de vestir, habían adquirido, a fuerza de verse privadas del contacto del aire y de la luz, un tono de pergamino que hacía sumamente difícil poder precisar la materia empleada en su manufactura. Había puesto a guisa de pantalla una mano entre sus ojos y la luz, y todos los huesos de aquélla se transparentaban. Jamás miraba a la persona que le dirigía la palabra sin antes bajar los ojos al suelo y pasearlos en todas direcciones, cual si hubiera perdido el hábito de asociar el espacio con el sonido; nunca hablaba sin divagar, nunca se acordaba de lo que acababan de preguntarle, ni de lo mismo que estaba él diciendo. --¿Piensa terminar hoy ese par de zapatos?--preguntó Defarge, haciendo una seña a Lorry para que se acercase. --¿Qué dice usted? --¿Piensa terminar hoy esos zapatos? --No puedo decir si lo pienso o no. Creo que sí; pero no lo sé. La pregunta le recordó la tarea, y a ella se consagró de nuevo. Aproximóse silencioso el señor Lorry, dejando a la niña junto a la puerta. Uno o dos minutos haría que se encontraba junto a Defarge, cuando el zapatero alzó la cabeza. No manifestó la menor sorpresa al ver a dos personas en vez de una. --Tiene usted una visita--observó Defarge. --¿Qué dice usted? --Que ha venido este señor a visitar a usted. El zapatero alzó de nuevo los ojos, pero no dejó de trabajar. --Este caballero--repuso Defarge--entiende mucho en zapatos. Enséñele usted el que está haciendo para que aprecie su trabajo. Tómelo usted, señor. Lorry tomó en su mano el zapato. --Diga usted a este señor qué clase de zapato es, y el nombre del operario que lo hace. Medió una pausa más larga que las de ordinario antes que respondiera el zapatero. --He olvidado la pregunta--dijo al fin.--¿Qué decía usted? --Dije que tuviera usted la bondad de decir a este señor qué clase de zapato es éste. --Es un zapato de señora... zapato de paseo, propio para señorita. Es de moda, aunque la verdad es que nunca he visto la moda. --¿Y el nombre del zapatero?--preguntó Defarge. El desventurado puso los nudillos de la mano derecha en la palma de la izquierda, invirtió el orden, colocando los nudillos de ésta en la palma de la primera, a continuación se pasó las dos por la barba y después por la frente. La obra de arrancarle de la abstracción en que quedaba sumido siempre a raíz de haber hablado no cedía en importancia y dificultad a la de volver a la vida a una persona desmayada o la de infiltrar un poco de vida artificial en un cuerpo casi muerto del que se espera obtener alguna revelación. --¿Preguntó usted mi nombre? --En efecto, eso pregunté. --Ciento Cinco, Torre del Norte. --¿Nada más? --Ciento Cinco, Torre del Norte. Exhalando algo que no fué ni suspiro ni gemido, volvió a la tarea, que no suspendió hasta que el señor Lorry, mirándole con fijeza, le preguntó: --Su profesión de usted no ha sido la de zapatero, ¿verdad? El interrogado volvió sus hundidos ojos hacia Defarge, cual si esperara que éste contestara por él la pregunta, pero como no le llegara por aquella parte el auxilio, los llevó hacia el que le interrogaba, no sin clavarlos antes en el suelo: --¿Que no ha sido mi profesión la de zapatero? No: no lo ha sido. Aprendí... aprendí el oficio... allí. Me lo enseñé yo mismo. Pedí que me dejaran... Perdió, al llegar a este punto, el hilo de lo que estaba diciendo. Vagó errante su mirada de una parte a otra hasta que volvió a encontrar a la persona con quien hablaba, y continuó, con el tono del que, en el momento de despertar, reanuda una conversación que el sueño interrumpió: --Pedí que me dejaran aprender por mí mismo, y aprendí a fuerza de tiempo y de dificultades. Desde entonces no he hecho otra cosa más que zapatos. En el instante que alargaba la mano para tomar de las de Lorry el zapato, preguntóle este último: --Señor Manette, ¿no me recuerda usted? El zapato cayó al suelo y el zapatero quedó inmóvil, clavados sus ojos en la cara de quien le preguntaba. --Señor Manette--repitió Lorry, poniendo una mano sobre el hombro de Defarge.--¿No se acuerda usted de este hombre? ¡Mírele bien! ¡Míreme también a mí! ¿No se alzan en su cerebro las figuras del que fué su banquero, la memoria de sus antiguos negocios, la imagen de su criado antiguo? Mientras el infeliz recién salido de la tumba, donde por espacio de tantos años le tuvieran enterrado en vida, clavaba sus miradas ora en el señor Lorry, ora en Defarge, su frente reveló que allá en las profundidades de su cerebro algunos destellos de inteligencia reñían ruda batalla con la noche profunda que, reinando como señora única, paralizaba toda su actividad. La cerrazón se acentuó poco dispuesta a perder su imperio; los destellos se debilitaron y concluyeron por apagarse; pero habían brillado, y lo que una vez brilla, lo que una vez despierta, no está extinguido del todo, puede brillar otra vez. Así ocurrió en efecto. Cuando momentos después repararon sus miradas en la cara juvenil de la niña que, arrastrándose a lo largo de la pared se había acercado, y de pie y con las manos extendidas le contemplaba, primero con mezcla de compasión infinita y de terror, y más tarde con anhelos vivísimos de estrechar contra su pecho aquella cabeza de espectro y ansias fervientes de inocular en su alma el calor de la vida, la luz del amor y de la esperanza, la inteligencia brotó de nuevo, pero más potente que la vez primera, ante el conjuro misterioso de la chispa que, partiendo del alma de la joven, fué a prender en la del anciano. Las sombras, resistiendo obstinadas, quedaron al fin dueñas del campo. El viejo miró a las personas que tenía delante con menos atención que antes, y sus ojos buscaron el suelo con el aire de sombría abstracción que les era peculiar. Al cabo de algunos segundos, exhalaba un suspiro, recogía el zapato y reanudaba su tarea. --¿Le ha reconocido usted, caballero?--susurró Defarge al oído de Lorry. --Por imposible lo reputé al principio, pero aunque sólo por breves instantes, he conseguido reconocer el rostro que tan conocido me fué en otro tiempo... ¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un poco más! La niña se había separado de la pared, y se acercaba silenciosa a la banqueta en que el anciano estaba sentado. Fué una escena sencillamente imponente. Nadie pronunció palabra. Ni el rumor más liviano vino a turbar aquel silencio augusto. La niña, semejante a un espíritu, quedó en pie junto al zapatero, y éste trabajaba con ardor. Ocurrió que al cabo del rato necesitó el anciano cambiar el instrumento con que estaba trabajando por la cuchilla de zapatero. La recogió, y cuando iba a emplearla, se detuvo. Sus ojos acababan de ver una falda. Perezosamente fueron alzándose hasta encontrar la cara de la niña, y allí se detuvieron. Ráfagas de terror cruzaron por la frente del desdichado; moviéronse sus labios cual si quisieran pronunciar palabras que su garganta se negó a articular, su respiración se hizo fatigosa y jadeante, y al fin se le oyó murmurar: --¿Qué es esto? La niña, por cuyas mejillas corrían raudales de lágrimas, llevó a sus labios las manos que tenía juntas en actitud suplicante, las besó, y seguidamente cruzó sus brazos sobre el pecho cual si entre ellos tuviera la cabeza querida del anciano. --¿Eres la hija del calabocero?--preguntó éste. --No--suspiró ella. --¿Quién eres, pues? Comprendiendo la imposibilidad en que se encontraba de articular palabra, la joven tomó asiento en la banqueta junto al anciano. Quiso éste alejarse, pero sintió sobre su brazo la dulce presión de la mano de su compañera, y, dejando sobre la banqueta la cuchilla, quedó contemplando a aquélla. Caían sobre los hombros de la niña sus cabellos de oro peinados en largos tirabuzones. El anciano adelantó poco a poco y con timidez evidente una mano hasta llegar a tocarlos, sus miradas se iluminaron, pero se apagó la luz que momentáneamente había brillado en su inteligencia y, exhalando un suspiro, dobló la frente y quiso reanudar su labor. Muy poco tiempo duró su abstracción. Después de dirigir dos o tres miradas al zapato, cual si quisiera asegurarse de que continuaba sobre su rodilla, lo dejó resueltamente sobre la banqueta, llevó sus manos al cuello y desató una cuerda sucia y ennegrecida que lo rodeaba, de la cual pendía una bolsita de paño. Colocando la bolsita sobre la rodilla, abrióla con cuidado y sacó de ella dos rizos de cabello, que examinó con detenimiento. --¡Es el mismo!--murmuró.--¿Cómo es posible? ¿Cuándo sucedió? ¿Cómo sucedió? Su frente se iluminó más que nunca. Vuelto hacia la niña, tomó entre 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000