hacía acopio de alientos para sufrirla con tranquilo heroísmo, sus
pensamientos, muy difíciles de dominar, emprendieron con actividad
febril nuevos derroteros.
Nunca había visto el terrible instrumento que horas más tarde segaría
su vida. Cuánta sería la elevación sobre el suelo de la lúgubre
máquina, cuántos peldaños tenía la escalera fatal, dónde estaría
emplazada, qué manos se encargarían de colocarle sobre el tajo, si
estarían tintas en sangre, hacia qué lado volvería la cabeza, si sería
él el primero o si sería el último; éstas y otras preguntas semejantes
se hacía una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera
su voluntad, sino su imaginación sobreexcitada. Tampoco las inspiraba
el miedo, sino más bien un deseo extraño de saber qué era lo que haría
cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporción con los
fugaces instantes a los cuales se refería, una curiosidad inexplicable
sentida por una alma distinta de la suya.
Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvería a
oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar
las doce. El reo paseaba cada vez más sereno. Lo peor de la lucha
interna había pasado. Ya no conturbaban su imaginación pensamientos
disparatados, ya podía rezar por sí y por los suyos.
Sonaron las doce.
Habíanle dicho que la hora última que para él sonaría en el mundo
serían las tres, y sabía que le sacarían del calabozo con bastante
anticipación a la hora indicada, pues las carretas de la muerte
recorrían muy lentamente el camino del patíbulo. Supuso, pues que le
llamarían a las dos.
Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando
hirió sus oídos la una; no perdió su calma heroica. Fervorosamente dió
gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pensó:
«Me resta otra hora.»
Sonó rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se
abrió y volvió a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta,
abierta ya, o mientras la abrían, estas palabras:
«No me ha visto nunca aquí, pues he cuidado siempre de alejarme de su
paso. Entre usted... Esperaré fuera... No pierda tiempo.»
Frente al prisionero brotó un hombre que le miraba sonriente,
tranquilo. Era Sydney Carton.
Tal era la expresión de su rostro, tan notable su mirada, que en el
primer instante temió el prisionero que se tratase de una aparición no
real, fruto de su imaginación alborotada. Pero la aparición habló, y el
tono de su voz era el de Carton; estrechó la mano del reo, y su mano
era una mano real, de carne y hueso.
--Apuesto a que soy yo el último ser humano a quien usted esperaría
ver: ¿me equivoco?
--No solo no esperaba ver a usted, sino que, aun viéndole, estoy
dudando que frente a mí se encuentre el Sydney Carton a quien he
conocido... ¿Es también prisionero?
--No. La casualidad me ha hecho dueño de uno de los calaboceros de esta
cárcel, y a esa circunstancia debo el encontrarme junto a usted. Vengo
de parte de -ella-... de parte de su mujer, mi querido Darnay.
El reo le tendió silenciosamente la mano.
--Y traigo el encargo de hacerle una súplica.
--¿Qué es?
--Es la súplica más fervorosa, la más apremiante, la más ardiente de
las que le han sido dirigidas por aquella voz que tan querida le es.
No la desoiga, porque esa voz querida se la dirige con el tono más
patético que nunca ha sonado en sus oídos.
El reo dobló la cabeza sin contestar.
--Ni usted tiene tiempo para preguntarme por qué soy el emisario
encargado de formular la súplica en cuestión, o para pedirme
explicaciones acerca de lo que signifique, ni lo tengo yo para
dárselas. Su obligación... obligación sagrada, es obedecer sin
replicar... ¡Quítese las botas, y póngase las mías!
Adosada a uno de los muros, a espaldas del reo, había una silla.
Carton, mientras hablaba con la rapidez del rayo, había obligado a
aquél a sentarse en la silla en cuestión.
--Descálcese y póngase estas botas mías... ¡Pronto!...
--Carton... Es imposible escapar de aquí--replicó Carlos, completamente
desconcertado;--imposible de todo punto... No conseguirá usted otra
cosa que morir conmigo... Es una locura....
--Sería una locura si yo le dijera a usted que escapara; ¿pero se lo
he insinuado siquiera? Cuando le diga que franquee aquella puerta,
contésteme que es una locura y no me haga caso... Fuera esa corbata y
póngase la mía... Eso es... Ahora la levita... Haremos un cambio de
levitas... ¡Magnífico! Me permitirá que le quite esa cinta que sujeta
su pelo, y que desordene un poquito su peinado... ¡eso es! Ya va usted
tan mal peinado como yo.
Con celeridad portentosa, con una fuerza de voluntad que más que humana
parecía sobrenatural, transformó al prisionero en un abrir y cerrar de
ojos. El reo parecía niño sin voluntad en sus manos.
--¡Carton... Mi querido Carton! ¡Es una locura... un desatino! No es
posible llevarlo a cabo... Jamás se ha conseguido... Docenas de veces
lo han intentado y siempre fué el fracaso más ruidoso el resultado...
¡Por Dios le pido, amigo querido, que no aumente mis amarguras
sacrificando estérilmente su vida...! ¿No basta con que muera yo?
--¿Le he dicho por ventura, mi querido Darnay, que rebase aquella
puerta? Cuando se lo diga, conteste rotundamente que no, y asunto
concluído. Veo papel, tinta y pluma en aquella mesa; ¿tiene usted el
pulso firme? ¿Podrá escribir?
--Firme lo tenía cuando usted entró.
--Pues es preciso que lo esté otra vez, para que escriba con letra muy
clara lo que voy a dictar... ¡Pronto, amigo mío, pronto!
Darnay, estupefacto, maravillado, aturdido, tomó asiento frente a la
mesa. Carton, puesta la diestra sobre el pecho, quedó en pie al lado
suyo.
--Escriba punto por punto lo que yo le dicte.
--¿A quién dirijo el escrito?
--A nadie.
La diestra de Carton continuaba fija sobre su pecho.
--¿Pongo fecha?
--No.
El reo alzaba la cabeza cada vez que formulaba una pregunta; Carton,
sin mover la diestra, miraba al suelo.
«Si no ha olvidado usted las palabras que entre los dos se
cruzaron--dijo Carton dictando,--comprenderá sin esfuerzo esta carta,
no bien la lea. Sé positivamente que las recuerda, pues no es usted de
los que olvidan pronto.»
El reo, que no comprendía el sentido de lo que estaba escribiendo, alzó
inopinadamente los ojos y sorprendió a Carton en el momento que sacaba
del pecho la mano. Esta se detuvo.
--¿Ha escrito usted «olvidan pronto?»
--Sí. ¿Tiene en su mano algún arma?
--No; no tengo armas.
--¿Qué tiene, pues?
--Dentro de un momento lo sabrá usted... Continúe escribiendo, que son
ya muy pocas las palabras que nos faltan... «Doy gracias a Dios que me
permite probarlas con hechos. No quisiera que lo que hago fuera para
nadie motivo de pesadumbre o de tristeza.»
Mientras dictaba estas palabras, clavados los ojos sobre el que
escribía, su mano derecha fué moviéndose cautelosamente acercándose a
la cara del reo.
La pluma cayó de la mano de Darnay, quien miró con expresión atontada
en derredor.
--¿Qué vapor es éste?--preguntó.
--¿Vapor?
--Sí... un olor que me molesta y aturde.
--Nada percibo... No es posible que aquí se respiren vapores... Tome de
nuevo la pluma y terminemos... ¡Pronto, pronto!
El reo, cuya respiración se había hecho jadeante, y cuyo rostro
reflejaba el desorden de sus facultades, se inclinó sobre el papel
dispuesto a escribir.
«De haber sido otro el curso de los sucesos--continuó dictando Carton,
cuya mano derecha estaba debajo de la nariz del escribiente,--es
natural que me hubiese faltado esta oportunidad; de haber sido otro el
curso de los sucesos...»
Fijó Carton sus ojos en la pluma, y vió que garrapateaba signos
ininteligibles.
El reo se enderezó de pronto dirigiendo a Carton una mirada llena de
reconvenciones; pero la diestra del último se acercó más y más a su
nariz, mientras su brazo izquierdo rodeaba su cintura. Luchó el reo
débilmente y durante breves segundos con el hombre que venía a dar su
vida por la suya; pero antes que transcurriera un minuto, yacía inmóvil
sobre el suelo.
Carton vistió inmediatamente las ropas que el prisionero dejara minutos
antes, se peinó mejor que nunca, ató su cabello con la cinta que antes
sujetaba el de Darnay, y dijo con voz muy baja:
--¡Entre... entre!...
Dos segundos después, se presentaba el espía.
--¿Lo ve usted?--preguntó Carton alzando la cabeza, e hincando a
continuación una rodilla en tierra para colocar en el bolsillo de
Carlos el papel que había escrito.--¿No le dije que su riesgo era
insignificante?
--Mi riesgo, señor Carton, no está en -esto---respondió el espía,--sino
en que usted cumpla fielmente lo estipulado.
--Esté usted tranquilo, que yo me atendré a lo convenido hasta la
muerte.
--Así debe ser para que resulte exacto el número cincuenta y dos. Con
que usted lo complete, vestido como está en este momento nada temo.
--Nada debe temer. Yo, que podría perjudicarle, desapareceré muy en
breve de este mundo, gracias a Dios... Ahora, ayúdeme; mejor dicho;
lléveme al coche.
--¿A usted?--preguntó el espía con aprensión visible.
--¡A él, hombre de Dios, al reo con quien cambio la suerte! ¿Saldrá por
la misma puerta por la que entré yo?
--Claro que sí.
--Pues bien; como me encontraba débil y desfallecido cuando entré, lo
natural es que salga más débil y más desfallecido. La despedida eterna
me ha impresionado tanto, que he perdido el conocimiento; esto ha
ocurrido aquí con mucha frecuencia... con demasiada frecuencia. Cuenta
suya es no cometer ninguna torpeza... Pronto... Pida auxilio.
--¿Me jura usted que no me traicionará?--preguntó el espía temblando.
--¡Pero hombre! ¿No lo he jurado ya solemnemente?--replicó Carton,
pateando con impaciencia.--¿A qué, pues, perder ahora momentos que son
preciosos? Sáquelo al patio que usted sabe, colóquelo en el coche,
llévelo al lado del señor Lorry, dígale que no le dé ninguna medicina,
que lo único que necesita es aire, que recuerde mis palabras de anoche,
que cumpla la promesa que anoche me hizo, y nada más.
Retiróse el espía, y Carton se sentó a la mesa, sobre la cual apoyó los
codos. Segundos después volvía a entrar el espía con dos hombres.
--¡Hombre!--exclamó el uno, al ver a Carlos tendido en tierra.--¿Tanta
impresión le ha hecho ver que su amigo ha sacado el -gordo- en la
lotería de Santa Guillotina?
--¡A fe que no se hubiera afligido más un buen patriota si el
aristócrata hubiese sido declarado absuelto!--observó el otro.
Entre los dos colocaron al desmayado en una litera que habían traído y
se lo llevaron.
--¡Pocas horas de vida te quedan, Evrémonde!--dijo el espía.
--Lo sé muy bien--respondió Carton.--Cuida de mi amigo y déjame en paz.
--Vámonos, hijos míos--dijo el espía a sus compañeros.--Andando.
Cerróse la puerta quedando Carton solo. Concentró en su oído todas
las facultades de su alma por si sonaba algo que indicase sospechas o
alarmas; nada se oyó. Giraron llaves en las cerraduras, se cerraron
puertas con estrépito, los pasos se fueron alejando, pero ni se oyó un
grito ni se perturbó el orden o la tranquilidad habitual. Carton, más
tranquilo ya, permaneció sentado frente a la mesa hasta que sonaron las
dos.
A sus oídos llegaron entonces ruidos que no le alarmaron ni
sorprendieron, sencillamente porque sabía perfectamente qué
significaban. Sucesivamente fueron abiertas muchas puertas, hasta que
al fin llegó el turno a la de su celda. Un carcelero, provisto de una
lista, sin pasar del umbral, se limitó a decir:
--Sígueme, Evrémonde.
Carton salió tras el calabocero hasta llegar a una celda obscura,
de grandes dimensiones, situada a bastante distancia, atestada de
prisioneros. Aunque la luz era muy escasa, Carton pudo ver que todos
tenían atados los brazos, que unos estaban en pie y otros sentados, que
éstos se quejaban y aquéllos paseaban inquietos y nerviosos. La mayor
parte, sin embargo, permanecían silenciosos e inmóviles, con los ojos
clavados en tierra.
Mientras de pie junto al negruzco muro, contemplaba a sus cincuenta y
un compañeros de cadalso, algunos de los cuales entraron después que
él, un hombre se detuvo al paso para abrazarle. Carton se estremeció,
temiendo ser descubierto, pero aquél continuó su marcha luego que
le hubo dado un abrazo. Momentos después, una muchachita de cuerpo
gracioso y lindas facciones se levantó del suelo y se acercó a Carton.
--Ciudadano Evrémonde--dijo, alargándole su mano helada;--soy una
costurerita que fuí tu compañera de prisión en La Force.
--¡Ah, sí!--murmuró Carton.--¡Es verdad! Lo que no recuerdo es la
acusación que te llevó a la cárcel.
--Me acusaron de conspiradora; pero el buen Dios sabe que soy inocente.
¿Puede haber conspirador que confíe sus maquinaciones a una niña débil
como yo?
La sonrisa con que la jovencita acompañó sus palabras conmovió tan
profundamente a Carton, que las lágrimas asomaron a sus ojos.
--No me da miedo morir, ciudadano Evrémonde, pero repito que nada he
hecho. Hasta moriría con alegría si la República, que según dicen, ha
de hacer felices a los pobres, obtuviera algún provecho de mi muerte;
pero si he de decir lo que siento, no creo que mi muerte sirva para
nada, Evrémonde. ¿Qué beneficios ha de reportar a la República la
muerte de una criatura débil como yo?
La compasión que la niña inspiraba a Carton era infinita.
--Oí decir que te habían absuelto, ciudadano Evrémonde, y de veras
siento que no sea verdad.
--Lo fuí; pero luego me prendieron de nuevo y me han condenado.
--Si nos colocan en el mismo carro, ciudadano Evrémonde, ¿me permitirás
que te coja la mano? No es que tenga miedo; pero como soy una niña, tu
mano me dará el valor que me falta.
Carton vió que por los ojos de la niña, al clavarlos en su cara, pasaba
una nube de duda primero, y de asombro después.
--¿Vas a morir por él?
--¡Y por su mujer y su hija... sí!
--¡Oh! ¿Me permitirás tener entre las mías tu mano valerosa?
--Sí, desventurada hermana mía... hasta el postrer momento.
* * * * *
Las mismas sombras que envuelven a los condenados cercan a las turbas
estacionadas a la misma hora en las inmediaciones de la Barrera en el
momento que un coche de camino, procedente del interior de la ciudad,
se acerca para presentar los documentos de los que lo ocupan.
--¿Quiénes son los viajeros? ¡A ver... los documentos!
Una mano presenta los documentos, que son leídos.
--Alejandro Manette... médico... francés... Veamos; ¿quién es?
Un brazo extendido indica un viejo extenuado que murmura palabras
ininteligibles.
--Parece que el ciudadano doctor tiene perturbadas las facultades, ¿eh?
Le ha abrasado el cerebro la fiebre de la Revolución.
--Eso parece.
--¡Bah! Son muchos los que se encuentran en su caso... Lucía, su
hija... francesa... ¿Quién es?
--Esta.
--Muy bien. Evrémonde emprende otro viaje distinto... Lucía, hija de
Lucía... inglesa... ¿Es esta?
--La misma.
--Dame un beso, hija de Evrémonde... Has besado a un buen republicano,
cosa nueva en tu familia, no lo olvides. Sydney Carton, abogado,
inglés... ¿Quién es?
--Este que yace tendido en el fondo del coche.
--¿Va desmayado el abogado inglés?
--Sí... su salud está muy quebrantada, pero el aire puro le sentará
indudablemente bien. Acaba de despedirse de un amigo suyo que ha tenido
la desgracia de incurrir en el desagrado de la República.
--¿Por tan poca cosa se desmaya? Muchos son los que incurren en el
desagrado de la República, y mal de muchos... Mauricio Lorry, banquero,
inglés... ¿Quién es el banquero?
--Yo; no puede ser otro, puesto que nadie más queda en el coche.
Mauricio Lorry era el que había contestado a las preguntas anteriores,
Mauricio Lorry el que había echado pie a tierra y, apoyada la diestra
en la portezuela del carruaje, respondía al interrogatorio del
encargado de la vigilancia de la Barrera.
--Toma tus documentos, Mauricio Lorry... ¡Refrendados!
--¿Podemos proseguir la marcha?
--Cuando os acomode. Adelante, postillones, y buen viaje.
--Salud, ciudadanos... Pasó el primer peligro.
--¿No le parece que caminamos demasiado despacio?--preguntó Lucía
llorando, asiendo el abrazo del buen Lorry.
--Si corriéramos más, parecería que huíamos; no conviene; excitaríamos
sospechas.
--Vuelva la vista atrás... ¿No nos persiguen?
--No, querida mía, no; hasta ahora no nos persiguen.
Los fugitivos dejan a sus espaldas casas de uno o de dos pisos que
bordean la carretera, granjas, casas de labor abandonadas, tenerías en
ruinas, campos solitarios, avenidas que serpentean entre hileras de
árboles sin hojas. Corren por caminos ásperos y desiguales, cruzando
malezas, ora saltando sobre espesa capa de piedras, ora atascándose en
profundos lodazales. Su impaciencia, su agonía es tan grande, que no
ven nada, en nada reparan, en nada piensan más que en llegar cuanto
antes al puerto de salvación.
Relevan los caballos. Nuevos postillones ocupan las sillas mientras
quedan descansando los antiguos. Atraviesan una aldea, suben
trabajosamente una rampa, coronan la colina, descienden por la
vertiente opuesta, entran en terrenos menos áridos... ¡Dios santo! ¡Los
persiguen!
--¡Ah del coche...! ¡Alto!
--¿Qué pasa?--pregunta Lorry, asomando la cabeza por la portezuela.
--¿Cuántos han sido hoy?
--No comprendo.
--¿Cuántos han besado hoy la Santa Guillotina?
--Cincuenta y dos.
--¡Bien! ¡Buen número! Ya hubieran querido mis buenos conciudadanos
de aquí despachar a tantos; pero han sido diez menos... La Guillotina
marcha admirablemente... ¡Bien por la Guillotina...! ¡Viva la
Guillotina...! ¡La adoro...! ¡Adelante!
Cierra la noche. Carlos comienza a moverse... revive... dice palabras
inteligibles. Cree que continúa al lado de Carton y le pregunta qué es
lo que tiene en la mano...
¡Dios del Cielo! ¡Ten lástima de los fugitivos!
Tras ellos vuela veloz el viento, tras ellos se precipitan las
nubes, tras ellos corre la luna, las sombras de la noche los siguen
incansables; pero, por fortuna, hasta entonces, nadie más corre en su
seguimiento.
XIV
FIN DE LA CALCETA
A la hora misma en que los cincuenta y dos esperaban el momento de
trabar relaciones demasiado estrechas con la Guillotina, celebraban
siniestro consejo secreto la señora Defarge, La Venganza y Santiago
Tercero. La conferencia no tenía lugar en la taberna, sino en el taller
del aserrador de leños, peón caminero en otros tiempos, y a ella no fué
admitido el aserrador, sino obligado a permanecer fuera, a distancia
respetable.
--De todas suertes, nuestro Defarge es un buen republicano,
¿eh?--preguntó Santiago Tercero.
--No lo hay mejor en toda Francia--respondió con calor La Venganza.
--Calma, mi querida Venganza--replicó la tabernera, poniendo una
mano sobre el brazo de su -tenienta- y frunciendo ligeramente el
ceño.--Antes de emitir opiniones, conviene que escuches lo que voy a
decir. Mi marido, como ciudadano, es un buen republicano y un hombre
de valor; ha merecido bien de la República y posee su confianza;
pero mi marido tiene sus debilidades, y una de las mayores, la mayor
seguramente, es la de querer al doctor.
--¡Es una desgracia!--exclamó Santiago Tercero, moviendo con
expresión enigmática la cabeza.--Esas debilidades desdicen de un buen
ciudadano... ¡Qué lástima!
--Lo que menos me importa a mí es el doctor--repuso la tabernera.--Por
mí, puede llevar la cabeza sobre los hombros, o perderla; me es
completamente igual; pero la raza Evrémonde ha de ser exterminada, ha
de desaparecer de la tierra, y como consecuencia, la esposa y la hija
deben seguir al otro mundo al marido y al padre.
--Y que tiene una cabeza hermosa si las hay; una cabeza que está
pidiendo a gritos la Guillotina--contestó Santiago Tercero.--No hay
nada que entusiasme tanto como ver pendiente de las manos de nuestro
buen Sansón una cabecita de ojos azules y cabellos de oro.
La señora Defarge bajó los ojos y permaneció en actitud reflexiva
durante algunos momentos.
--También tiene cabellos de oro y ojos azules la niña--repuso Santiago
Tercero.--Además, pocas veces se nos concede el placer de ver sobre el
tablado niñas de sus años. Será un espectáculo soberbio.
--Hablando con franqueza--dijo la tabernera sacudiendo su
abstracción,--en este asunto no me merece confianza mi marido. No sólo
estoy convencida desde anoche de que no debo confiarle los detalles
de mis proyectos, sino también de que, a poco tiempo que perdamos, es
muy capaz de advertirles del peligro que corren, en cuyo caso, se nos
escapan.
--¡No escaparán, no... ni uno ni medio!--gruñó Santiago
Tercero.--¡Caerán todos, hasta el último! ¡Es preciso llegar a sesenta
diarios!
--En una palabra--añadió la tabernera,--ni mi marido tiene las
razones que yo para exigir el exterminio total de esa raza, ni yo
tengo las razones que él para tratar con consideración al doctor. De
consiguiente, debo prescindir de él y obrar por mi cuenta. Puedes
entrar, ciudadano--terminó dirigiéndose al aserrador.
Obedeció, temblando, el aserrador, quien se presentó con el gorro rojo
en la mano.
--Respecto a las señales que viste que aquella mujer hacía a los
prisioneros, ¿estás dispuesto a sostenerlas con tu declaración en
cualquier momento, ciudadano?--preguntó la tabernera.
--¿Por qué no? Desde aquí la he visto todos los días, lluviosos o
serenos, fríos o calurosos, desde las dos de la tarde hasta las cuatro,
unas veces con la niña, otras sola, y siempre haciendo señales. Estos
mismos ojos lo han visto.
Mientras hablaba, hacía con las manos gran variedad de señas que jamás
había visto.
--Complots... maquinaciones... es indudable--respondió Santiago Tercero.
--¿Podemos contar con el jurado?--preguntó la tabernera.
--En absoluto. Es un jurado patriota, ciudadana. Respondo yo de todos
los que lo forman.
--Otra cosa...--añadió la tabernera, meditando.--Veamos..... ¿Puedo
perdonar al doctor en obsequio a mi marido? A mí me es igual... el
doctor me es indiferente... ¿Puedo perdonarlo?
--Sería una cabeza más--observó Santiago Tercero.--Principian a
escasear las cabezas... dentro de poco escasearán más aún... Yo creo
que sería una lástima perdonarlo.
--Cuando yo le encontré frente al sitio donde estamos, hacía las
mismas señas que su hija--dijo la señora Defarge.--Si hablo de la una,
forzosamente he de hablar del otro. Por otra parte, no me es posible
callar, así es que, descargo toda la responsabilidad del caso sobre
este ciudadano. El declarará lo que quiera. De mí, lo único que puedo
decir es que nunca seré testigo falso.
La Venganza y Santiago Tercero demostraron claro como la luz del sol
que, lejos de ser testigo falso, siempre había sido espejo de testigos
admirables y maravillosos, y el ciudadano aserrador, no queriendo
quedar atrás, protestó ante el cielo y la tierra que la señora Defarge
era un testigo celestial.
--¡Que se cumpla su destino!--dijo la tabernera.--No; no puedo
perdonarle... Supongo, ciudadano, que para las tres de hoy no puedes
disponer de tu persona, pues creo que no te privarás del gusto de
contemplar la hornada del día, ¿eh?
Contestó inmediatamente el aserrador que por nada del mundo se privaría
de tan hermoso espectáculo, lo que le dió pie para añadir que era el
republicano más fervoroso, y que se consideraría el más desolado de
los republicanos, si algún día le impedían fumar su pipa mientras
contemplaba el hermoso funcionamiento de la Navaja Barbera Nacional.
--También asistiré yo--respondió la tabernera.--Luego que termine la
función... a las ocho... sí; es buena hora... a las ocho vendrás a
buscarme a San Antonio para delatar a esos individuos en mi sección.
Contestó el aserrador que sería para él honor altísimo y viva
satisfacción acudir a la cita que le daba la ciudadana.
La señora Defarge se acercó a la puerta del taller, llamó por medio de
una seña a Santiago Tercero y a La Venganza, y luego que estuvieron
éstos a su lado, expúsoles con toda claridad sus puntos de vista.
--Seguramente se encuentra en este instante en su casa, esperando la
noticia de la muerte de su marido--dijo.--En su dolor y desesperación,
no sólo llorará la desgracia que la aflige, sino que también censurará
la justicia de la República. Todas sus simpatías estarán de parte de
los enemigos del pueblo; así, que voy sin pérdida de momento a verla.
--¡Qué mujer tan admirable! ¡Qué patriota tan adorable!--exclamó
Santiago Tercero, cuyo entusiasmo llegó a lo indecible.
La Venganza la abrazó llorando en un rapto de admiración.
--Toma mi calceta--repuso la señora Defarge, depositándola en manos de
La Venganza,--y ténmela preparada en mi asiento de costumbre. Vete allí
en derechura, no pierdas tiempo, pues es casi seguro que hoy haya más
concurrencia que de ordinario.
--Con toda mi alma obedeceré las órdenes de mi jefe--contestó La
Venganza, besando a la tabernera en la mejilla.--¿Tardarás mucho?
--Allí estaré antes que comience la función.
--Procura llegar antes que las carretas--replicó La Venganza.
La tabernera salió del taller a buen paso, no tardando en perderse de
vista.
Muchas fueron en aquella época las mujeres cuyas siluetas morales no
es posible contemplar, no obstante la distancia del tiempo, sin horror
y asco; pero entre ellas, no hubo ninguna tan inhumana, tan feroz,
tan despiadada, como la que dejamos en este instante dirigiéndose
al domicilio del desventurado doctor Manette. Era mujer inaccesible
al miedo, inflexible, inteligente, astuta y resuelta, dotada de esa
hermosura especial que infiltra en el ánimo de quien la posee firmeza
y animosidad que fuerza a los demás a rendir homenaje instintivo a las
cualidades expresadas. De haber vivido en época menos conturbada, de
haberse movido en otro teatro, quién sabe si hubiese sido la gloria de
su sexo; pero víctima desde niña de las injusticias sociales, crecida
en una atmósfera de odio implacable de clase, se convirtió en tigre.
Desconocía en absoluto la piedad; y si alguna vez anidó en su alma
la virtud, habíala extirpado muchos años antes no dejando de ella ni
rastros.
¿Qué importaba que muriera un inocente por pecados cometidos por
sus antepasados? Su furia implacable no veía al primero, sino a los
últimos. Ni tenía importancia dejar viuda a una infeliz mujer o
huérfana a su hija; antes bien conceptuaba insuficiente el castigo
desde el momento que se trataba de sus enemigos naturales, de su
presa, de seres que no tenían derecho a vivir. Intentar aplacarla, era
inútil, pues carecía de la facultad de compadecerse, no ya solo de los
demás, sino hasta de sí misma. Si en alguno de los muchos encuentros
en que tomó parte hubiese caído bajo la mano de sus enemigos, hubiera
aceptado su desgracia como cosa natural y corriente, y si la hubiesen
obligado a subir la escalera fatal que terminaba en la guillotina,
habría tendido su cuello sin que en su fiera alma nacieran otros
sentimientos que un deseo rabioso de cambiar de puesto con el hombre
que allí la enviara.
Tal era el corazón que palpitaba bajo el tosco vestido de la señora
Defarge. Sucio, harapiento, no por eso dejaba de ser vestido, siquiera
ofreciera un aspecto lúgubre como no dejaba de ofrecer algún atractivo
su abundante masa de cabellos negros, mal encerrados dentro del gorro
colorado. Oculta en su seno llevaba siempre una pistola cargada y en
la cintura una daga de hoja larga y afilada. Así ataviada, caminando
con paso seguro, con esa libertad de movimientos propia de la mujer
que desde niña ha ido donde la han llevado sus deseos o sus caprichos,
desnuda de pie y pierna, la tabernera Defarge dejaba atrás calles y más
calles.
Fuerza será que hagamos una pequeña digresión, a fin de aclarar algunos
puntos que pudiera el lector encontrar obscuros. La noche anterior,
cuando Lorry ultimaba los preparativos del viaje de los fugitivos,
fué para él motivo de grandes preocupaciones la dificultad de llevar
consigo a la señorita Pross. No sólo era muy de desear evitar excesos
de carga que acaso entorpecieran la marcha, sino también reducir al
mínimum el tiempo que en la Barrera emplearían para examinar los
documentos y reconocer a los viajeros, pues la salvación de todos podía
depender de aprovechar o de perder breves segundos de tiempo. Tras
largas consideraciones, y no sin medir detenidamente los inconvenientes
y las ventajas, había propuesto dejar a la señorita Pross y a Jeremías
-Lapa-, que podían salir de la ciudad cuando les acomodase, con orden
de emprender el viaje a las tres de la madrugada, utilizando uno de
los carruajes más ligeros entonces conocido. Libres del engorro de
equipajes, no tardarían en dar alcance a los señores, y hasta en
dejarlos rezagados.
La señorita Pross aceptó con alegría una proposición que la deparaba
oportunidad de prestar algún servicio de importancia a las personas
queridas. Ella y Jeremías habían conocido a la persona que su hermano
Salomón había traído desmayada en un coche, habían despedido a los
viajeros, habían pasado diez minutos de terrible ansiedad, y estaban
haciendo los últimos preparativos para ponerse en camino y alcanzar el
coche en el momento que la tabernera Defarge se acercaba por momentos a
la casa, con las intenciones que los lectores conocen perfectamente.
--¿Qué opina usted, -señor Lapa-?--preguntó la señorita Pross, cuya
agitación era tan grande que, ni la dejaba hablar, ni moverse, ni
permanecer en pie, ni vivir.--¿Qué opina usted de nuestro viaje? La
salida de dos carruajes en tan breve espacio de tiempo ha de despertar
sospechas; así lo temo, al menos.
--Mi opinión, señorita, es que tiene usted razón--contestó
-Lapa---También opino que siempre apoyaré lo que usted diga, tanto si
tiene razón como si se equivoca.
--Hasta tal extremo me enloquecen el temor y la esperanza por la suerte
que puedan correr nuestros señores--repuso la señorita Pross llorando
desconsoladamente,--que soy incapaz de formar ningún plan racional. Y
usted, -señor Lapa-, mi querido -señor Lapa-, ¿se siente con capacidad
bastante para formar algún plan medianamente racional?
--Con respecto a la vida futura, señorita, creo que sí--respondió
Jeremías -Lapa-;--pero con respecto al uso presente de esta bendita
cabeza que llevo sobre los hombros, me temo que no. ¿Quiere usted
hacerse cargo, señorita, de dos promesas o votos que es mi deseo hacer,
como recuerdo perpetuo de la crisis en que nos encontramos?
--¡Dios nos tenga de su mano!--exclamó la señorita Pross, llorando a
grito herido.--Vengan en seguida esos votos o promesas, hágalos sin
perder instante como buen cristiano que es.
--Lo primero que prometo--dijo -Lapa- temblando como un azogado y con
expresión patética,--lo primero que juro, es no volver a hacer nunca
más algunas cosillas que antes hacía... No; nunca más.
--Bien segura estoy, -señor Lapa-, de que no ha de hacerlas nunca más,
sean lo que sean esas cosillas, que no es necesario mencionar.
--No, señorita; no las mencionaré. Lo segundo que prometo, lo segundo
que juro, es no volver a mezclarme más en los rezos de la -señora
Lapa-. No; nunca más la impediré que se pase la vida entera de rodillas.
--Hará usted muy bien.--contestó la señorita Pross, secando las
lágrimas que la cegaban.--Deje que de las cosas del hogar cuide su
señora... ¡Oh... mi pobre señorita!
--Creo conveniente hacer constar, señorita--repuso -Lapa- cual si
estuviera hablando desde lo alto de un púlpito,--y desearía que usted
transmitiera mis palabras a la -señora Lapa-, que mis opiniones con
respecto a los rezos han sufrido un cambio radical, y que con toda mi
alma desearía que la -señora Lapa- estuviera de rodillas y rezando en
este instante.
--¡Oh, sí! ¡Ojalá esté rezando, y ojalá el Cielo escuche benigno sus
oraciones!
--¡Maldigo--prosiguió el -señor Lapa- con mayor solemnidad que
nunca--maldigo cuanto he hecho y dicho contra las buenas almas que
rezan y se pasan el tiempo de rodillas! ¡Maldigo a todos los mortales
que en este mismo momento no están de rodillas y rezando para que el
Señor nos saque con bien de este riesgo mortal en que nos encontramos!
¡Maldigo, señorita... maldigo...!
El buen -Lapa- bajó la cabeza después de buscar en vano durante una
porción de segundos otra cosa que maldecir.
--Si la misericordia divina quiere que alguna vez lleguemos a nuestra
patria--contestó la señorita Pross,--puede usted abrigar la seguridad
más absoluta de que repetiré a la -señora Lapa- cuanto usted acaba
de decir con lenguaje tan elocuente; y suceda lo que suceda, en todo
momento me encontrará dispuesta a dar testimonio de sus excelentes
propósitos... ¡Pero pensemos, -señor Lapa-.... pensemos!
Al cabo de largo rato de profunda meditación, dijo la señorita Pross:
--¿No le parece acertado, -señor Lapa-, dar orden de que el coche, en
vez de venir aquí, espere en cualquier parte? Si mi proposición le
agrada, podría salir usted a dar el aviso, y yo acudiría al punto que
conviniéramos.
Jeremías -Lapa- contestó que el plan le parecía acertado.
--¿Dónde podrían esperarme?--preguntó la señorita Pross.
Tan aturdido estaba el -señor Lapa-, que no se le ocurrió indicar lugar
más a propósito que la acera del Tribunal del Temple de Londres, junto
al Banco Tellson.
¡Suerte infausta! El Tribunal del Temple estaba a cientos de millas de
distancia, y en cambio la tabernera Defarge se encontraba muy cerca de
la casa.
--Junto a la puerta de la catedral--dijo la señorita Pross.--¿Le parece
a usted buen sitio la puerta de la catedral, entre las dos torres?
--Me parece inmejorable, señorita.
--Entonces, lléguese a la casa de postas, y dé las órdenes convenientes.
--Lo único que me intranquiliza--dijo -Lapa- rascándose la cabeza,--es
dejar a usted. No sabemos lo que puede suceder.
--Sólo Dios lo sabe, es verdad; pero no tema por mí. Espéreme con
el coche a las tres en punto junto a la puerta de la catedral, o lo
más cerca que le sea posible, que desde luego será menos expuesto a
contratiempos que si saliéramos de aquí. ¡Que Dios le bendiga, -señor
Lapa-! Piense, no en nuestras vidas, que poco valen, sino en las otras
más preciosas que probablemente dependen de las nuestras.
Estas palabras, y la actitud de la señorita Pross, que tendía hacia
él sus manos suplicantes, acabaron de decidir a -Lapa-, quien salió
inmediatamente, dispuesto a cumplir la comisión.
No contribuyó poco a tranquilizar a la señorita Pross ver en camino de
ejecución las medidas de precaución adoptadas. También halló consuelo
en la necesidad de componer su aspecto exterior a fin de no llamar en
las calles una atención que podía ser peligrosa. Consultó el reloj y
vió que eran las dos y veinte. No podía perder tiempo.
Asustada al pensar en la soledad de aquellas habitaciones desiertas,
temiendo ver por todas partes ojos que la acechaban, presa de terrores
indecibles, la señorita Pross puso agua fría en una jofaina y principió
a lavarse los ojos, rojos e hinchados de tanto llorar. Acosada por
sus aprensiones, a cada segundo interrumpía el lavatorio para dirigir
en torno suyo miradas de espanto. En una de esas interrupciones,
retrocedió y lanzó un alarido penetrante, pues, en realidad, descubrió
a una persona que de pie, en el centro de la habitación, la estaba
mirando.
La jofaina se hizo mil pedazos y el agua derramada llegó a besar los
pies desnudos de la tabernera Defarge. Aunque parezca extraño, aquellos
pies, que iban a buscar sangre, se encontraban con agua.
--¿Dónde está la mujer de Evrémonde?--preguntó la tabernera con
frialdad.
Rápida como el rayo penetró en la mente de la señorita Pross la idea de
que, la circunstancia de que estuvieran abiertas de par en par todas
las puertas, haría sospechar propósitos de fuga. Comenzó, pues, por
cerrarlas todas, y a continuación, se colocó frente a la puerta que
daba acceso a la habitación que hasta aquel día había ocupado Lucía.
Con mirada llameante siguió la tabernera Defarge todos los movimientos
de la señorita Pross, fijándolos en su cara luego que la vió inmóvil
junto a la puerta.
Limpia de toda clase de atractivos físicos estaba la señorita Pross.
Los años no habían amansado su rústica rudeza ni suavizado la hosquedad
ceñuda de su cara. Era al propio tiempo mujer resuelta, los peligros
personales no la asustaban, y lejos de amilanarse al ver a la señora
Defarge, midióla de alto abajo con una mirada de profundo desdén.
--Por tu aspecto, podrías ser la mujer del mismísimo Lucifer--se dijo
para sus adentros la señorita Pross.--Pero si crees que me das miedo,
te equivocas; soy inglesa.
Contemplábala la tabernera con el desprecio en la mirada, aunque
comprendiendo que se encontraba frente a un enemigo de cuidado. Sabía
muy bien que la señorita Pross era capaz de perder la vida por la
familia del doctor, de la misma manera que la señorita Pross sabía que
la tabernera Defarge era capaz de todo lo malo tratándose de la familia
indicada.
--Iba al lugar donde tengo reservada una silla--dijo la Defarge,
extendiendo un brazo en dirección al sitio donde estaba emplazada la
guillotina,--y de paso, he querido dar mi enhorabuena a la mujer de
Evrémonde. Necesito verla.
--Sé que tus intenciones son malas, y puedes contar desde luego con
la seguridad de que encontrarás en mí quien se oponga a que las
realices--replicó la señorita Pross.
Cada cual hablaba en su lengua patria. Ni la tabernera entendía
una palabra de las pronunciadas por la señorita Pross, ni ésta las
pronunciadas por aquélla. Sin embargo, acechábanse mutuamente con
mirada tan intensa, que sus gestos, su expresión, hacían inteligibles
las palabras que nada decían a sus oídos.
--Peor para ella si no me la dejas ver ahora mismo--repuso la
tabernera.--Los buenos patriotas sabrán muy pronto lo que eso
significa. Quiero verla... necesito verla... Ve y dila que no me voy de
aquí sin verla. ¿No me oyes?
--Te empeñas en quedarte sin ojos, y lo vas a conseguir--replicó la
señorita Pross.--Mírame, mírame con esos ojos de bestia feroz, pero no
me tientes el bulto, que tengo malas pulgas. Puede que vengas por lana
y dejes la tuya entre mis uñas.
Claro que la Defarge no entendió palabra de las frases que quedan
copiadas, pero sí se dió cuenta cabal de que su interlocutora se negaba
en redondo a obedecer sus mandatos.
--¡Imbécil... cara de marrana hambrienta!--barbotó.--¡Quiero ver a la
mujer de Evrémonde! ¡O vas ahora mismo a decírselo, o te separas de esa
puerta y me dejas paso franco!
--Nunca me imaginé que pudiera hacerme falta entender esa lengua
estúpida que hablas; pero la verdad es que daría ahora mismo todo lo
que tengo, excepto la camisa que llevo puesta, por saber si sospechas
toda la verdad o parte de ella.
Las dos mujeres se clavaban mutuamente con la vista. La tabernera, que
hasta aquí no se había movido del sitio en que la vió la señorita Pross
cuando se lavaba los ojos, avanzó un paso.
--Soy bretona y estoy furiosa--dijo la señorita Pross.--Mi vida me
importa un rábano. Sé que cuanto más tiempo te detenga, más aseguro la
salvación de mi señorita... Como te acerques, yo te aseguro que no te
dejo un pelo en esa cabeza.
Era el valor de la señorita Pross de índole sentimental, un valor que
llenó de lágrimas sus ojos. Poco práctica la tabernera en fenómenos de
sentimiento, tomó las lágrimas por debilidad.
--¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pobrecilla, y qué poco vales!--exclamó.--No quiero
nada contigo... ¡Ciudadano doctor!--gritó.--¡Mujer de Evrémonde, hija
de Evrémonde! ¡Contestad a la ciudadana Defarge, miserables habitantes
de esa casa!
Acaso el silencio que siguió a sus gritos, acaso la expresión de la
señorita Pross, acaso presentimientos nacidos en su negra alma,
sugirieron a la tabernera la sospecha de que las personas cuya sangre
buscaba habían huído. El hecho fué que de las cuatro puertas que tenía
la habitación en que se encontraba, abrió tres y miró al interior de
las estancias a las cuales daban acceso.
--¡Todo lo veo en desorden, en estas habitaciones no hay nadie,
y sospecho que también está desierta la que tú guardas! ¡Quiero
reconocerla!--gritó.
--¡Nunca!--respondió la señorita Pross, quien entendió las palabras de
la tabernera tan bien como ésta entendió su respuesta.
--Si no están en esa habitación, se han ido; y aun es tiempo de
perseguirlos y de darles alcance--pensó la Defarge.
--Mientras no averigües si están o no en esta habitación, no sabrás qué
partido tomar--se dijo a sí misma la señorita Pross;--y yo te aseguro
que no has de averigüarlo si en mi mano está impedirlo. Otra cosa; de
aquí no has de salir mientras me queden manos con que sujetarte.
--No he encontrado hasta hoy muro capaz de cerrarme el paso; ten
por seguro que te haré pedazos si no sales de esa puerta--rugió la
tabernera.
--Estamos solas en una habitación interior de una casa solitaria y en
un barrio solitario. No es probable que nos oigan. De aquí no saldrás,
fiera, pues cada minuto que te detenga, vale un mundo para mi querida
señorita.
La tabernera, perdida la paciencia, avanzó con paso resuelto hacia
la puerta. La señorita Pross, guiada por el instinto de momento, la
agarró con entrambos brazos por la cintura. En vano intentó resistirse
y herir la primera, pues su antagonista, con esa tenacidad de gigante
que da el amor, siempre más fuerte que el odio, no sólo la sujetó,
sino que también la alzó del suelo entre sus brazos. Debatióse
furiosa la Defarge, descargó bofetones y más bofetones sobre la cara
de su enemiga, la arañó despiadada, pero la señorita Pross, que para
defenderse había bajado la cabeza, estrechaba cada vez más el cerco de
acero con que aprisionaba su cintura.
Las manos de la tabernera dejaron de golpear y bajaron a la cintura.
--No te molestes--dijo la señorita Pross;--está por bajo de mi brazo y
no has de poder desenvainarlo. Soy más fuerte que tú, gracias a Dios, y
no te soltaré hasta que caigas desmayada o muerta.
La señora Defarge llevó la diestra al seno. La señorita Pross vió el
objeto que aquella mano sacaba. Rápida como un rayo alzó un brazo,
descargó un golpe, y... brotó una llamarada, sonó un trueno, y
retrocedió. La estancia quedó llena de humo.
Todo ello no duró más de un segundo. El humo principió a salir por la
ventana, llevando entre sus negras espirales el alma de la mujer que
yacía sin vida sobre el pavimento.
Lo terrible de la situación en que se veía, hizo que la señorita Pross,
en el primer momento, intentara huir del cadáver y bajara corriendo
la escalera con ánimo de pedir socorros innecesarios y tardíos; pero
afortunadamente hízose cargo de las consecuencias a tiempo para
detenerse y volver sobre sus pasos. Horrible era pasar sobre el
cadáver, tendido a través de la puerta; pero pasó para recoger el
sombrero y otros objetos que debía llevarse. Los sacó al descansillo
de la escalera, cerró la puerta con llave, se sentó con objeto de dar
salida por los ojos al espanto que la ahogaba, y ya más tranquila, se
levantó y se fué.
Por fortuna para ella, el velo del sombrero era bastante tupido, pues
en caso contrario, lo probable es que la hubieran detenido en la calle.
Por fortuna para ella, era tan fea, que los arañazos profundos que en
la contienda había recibido no dejaron en su cara las huellas que en
otro rostro más favorecido por la naturaleza habrían dejado.
Al cruzar el puente, arrojó al río la llave de la casa. Llegó frente
a la puerta de la catedral algunos minutos antes de la hora convenida
con -Lapa-, y esperó, llena de terror, al pensar que acaso pescasen la
llave que acababa de arrojar, y descubriesen a qué casa pertenecía,
y abriesen la puerta, y encontrasen un cadáver, y la prendieran
y condenaran a muerte por el delito de asesinato. Tales eran los
pensamientos que la agitaban cuando llegó -Lapa-.
--¿Hay ruido en las calles?--preguntó la señorita Pross.
--El ordinario--respondió -Lapa-, no poco sorprendido tanto por la
pregunta cuanto por el aspecto de quien la hizo.
--No le oigo... ¿Qué me dice?
En vano repitió -Lapa- una y otra vez lo que había dicho; la señorita
Pross no le oía.
--¡Vaya!--pensó -Lapa-.--Me haré entender por señas.
--¿Hay ruido en las calles?
-Lapa- movió afirmativamente la cabeza.
--No oigo nada.
--¿Sorda como una tapia en una hora? ¡Es extraño!--pensó -Lapa---¿Qué
la habrá pasado?
--He visto un relámpago, he oído un trueno; y el trueno fué lo último
que oí en mi vida--explicó la señorita Pross.
--La encuentro completamente cambiada... ¿Qué habrá podido tomar para
cobrar aliento? Porque la verdad es que no parece que tenga ni pizca
de miedo... ¡El ruido de esas malditas carretas...! ¿Las oye usted,
señorita?
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