HECHO EL JUEGO
Mientras Sydney Carton y el mirlo del verdugo, encerrados en la
habitación contigua, conferenciaban con voz tan baja que ni el rumor
más insignificante se filtraba por las rendijas de la puerta, Lorry
contemplaba a Jeremías -Lapa- con recelo manifiesto y profunda
desconfianza. Bueno será advertir que el efecto producido por la
insistente mirada del buen banquero sobre el honrado menestral no era
el más indicado para disipar prevenciones; variaba la pierna sobre
la cual gravitaba el peso de su cuerpo con tanta frecuencia como
si hubiese dispuesto de cincuenta extremidades y desease probar la
robustez de todas; examinaba sus uñas con atención tan escrupulosa,
que llegaba a inspirar sospechas, y cuantas veces sus ojos tropezaban
con los escrutadores de Lorry, acometíale un acceso de tos que le
obligaba a llevar la mano a la boca, síntoma que rara vez, acaso nunca,
acompaña a la franqueza perfecta de carácter.
--¡Jeremías!--exclamó de pronto Lorry.--¡Venga usted acá!
Aproximóse -Lapa- caminando a la usanza cangrejil, es decir, de costado.
--¿Qué oficios ha tenido usted además de ordenanza del Banco?
A vuelta de una meditación bastante detenida, y después de buscar una
idea luminosa en la mirada fija de su superior, contestó -Lapa-:
--He sido agricultor.
--Abrigo fundados temores--replicó Lorry, moviendo con fiero ademán la
mano--de que usted ha sido ordenanza del respetable Banco Tellson para
despistar, para tener una pantalla que encubriera otras ocupaciones
contrarias a la Ley, ocupaciones sencillamente infames. Si así es,
no espere de mí consideración alguna tan pronto como lleguemos a
Inglaterra; si así es, no espere tampoco que yo guarde el secreto. Debe
conocerlo Tellson, y lo conocerá.
--No puedo creer, señor,--contestó con humildad -Lapa---que un
caballero como usted, un caballero en cuyo servicio he encanecido,
se resuelva a causarme perjuicios de tanta consideración sin antes
pensarlo muy bien..., aun cuando lo que sospecha fuera cierto. Yo no
digo que lo sea; pero si lo fuese, siempre confiaría que usted no me
había de tratar tan mal. Suponiendo que fuera lo que usted teme, aun
entonces habría que estudiar el asunto desde dos puntos de vista,
puesto que no tiene uno solo, sino dos. Doctores en medicina hay, y no
pocos, que encuentran guineas de oro allí donde un menestral honrado
no halla más que míseros peniques... ¡Ni peniques siquiera! Medios
peniques... Y ni medios peniques; cuartos de penique... y gracias. ¿Y
qué me dice usted de los que entran y salen del Banco Tellson pasando
delante del honrado menestral que está junto a la puerta, sentado en un
banquillo viejo, mientras ellos van arrellanados en lujosos carruajes?
¿No es un espectáculo para despertar el apetito más dormido? Añada
usted a todo eso la presencia en Inglaterra de una señora -Lapa- que se
pasa el día y la noche de rodillas y rezando para estropearle todos los
negocios al marido, mientras las mujeres de los médicos y las de los
que pasean en carruajes lujosos, rezan para que prosperen los asuntos
de sus casas respectivas. Otra cosa; si lo que usted sospecha fuese
cierto, que yo no digo que lo sea, ¿cree usted que me haría muy rico
tomando los desperdicios de los empresarios de pompas fúnebres, lo que
no quisieran los sacristanes, lo que desdeñasen los vigilantes de los
cementerios? ¡No, señor Lorry, no! es un oficio perdido; créame usted.
--¡Uf!--exclamó Lorry--¡Me horroriza verle a usted!
--El ofrecimiento que con toda la humildad me atrevo a hacer a usted,
aun cuando fuera cierto lo que usted sospecha, que yo no digo que lo
sea, es...
--¡No venga usted con embustes!
--No, señor; hablaré con verdad. El ofrecimiento que humildemente deseo
hacer es el siguiente: sobre el banquillo emplazado en la acera del
Tribunal, se sienta un hijo mío, que ya casi es un hombre, que hará
recados, vigilará y se desvivirá por desempeñar las funciones que hasta
aquí he desempañado yo, si así lo quiere usted. Si lo que usted teme
fuera cierto, que yo no digo que lo sea, ni tampoco que no lo sea,
porque no quiero mentirle a usted, den a mi hijo el cargo de su padre
y que se encargue al propio tiempo de su madre, y mientras, deje al
padre en libertad de cavar la tierra como se le antoje. Esto es, señor
Lorry--añadió -Lapa-, secándose el sudor de la frente con el dorso de
la mano,--lo que yo deseo ofrecer a usted.
--¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no diga ni una palabra más! Quién sabe si
me decidiré a tratarle como hasta aquí, si con obras, no con palabras,
me demuestra su arrepentimiento. Palabras no las quiero; no me
convencen.
Salieron en aquel instante Carton y Barsad.
--Adiós, Barsad--dijo el primero;--quedamos entendidos. Nada tema de mí.
Tomó asiento junto a Lorry, quien le preguntó.
--¿Qué han hecho?
--Poca cosa; si la suerte del prisionero se pone obscura, me permitirán
hacerle una visita; nada más.
El desaliento de Lorry se acentuó.
--No puedo hacer más--repuso Carton.--Pedir demasiado, equivalía llevar
a ese hombre a la guillotina, y, como dijo muy bien él, mayor desgracia
no podría sobrevenirle aun cuando le delatásemos. Demos gracias a
lo comprometido de su posición, pues de otra suerte, nada habríamos
conseguido.
--Pero llegar hasta él, en el caso de que le condenen, no es
salvarle--objetó Lorry.
--Nunca dije que le salvaría--replicó Carton.
Los ojos de Lorry buscaron gradualmente el fuego que ardía en la
chimenea. El dolor que le produjo la segunda prisión del marido de la
niña que tanto amaba abatió todas sus energías. Ya no era un hombre
joven, a pesar de sus muchos años; era un viejo aniquilado por la
ansiedad. Las lágrimas almacenadas en su pecho subieron hasta sus ojos
y rodaron silenciosas por sus arrugadas mejillas.
--Tiene usted un gran corazón y es amigo leal de sus amigos--dijo
Carton con voz alterada.--Perdóneme si he sido portador de una noticia
que tan dolorosamente le ha afectado. Me sería imposible ver llorar a
mi padre y conservar mi tranquilidad, y yo le juro que no respeto menos
su dolor que respetaría el de mi padre.
Tanto respeto, tanto interés, tanto sentimiento había en el tono y en
la expresión de las palabras que quedan transcriptas, que Lorry, que no
había tenido ocasión de apreciar el lado bueno de Carton, experimentó
una de las sorpresas más grandes de su vida. Tendió silencioso una mano
a su interlocutor, quien la estrechó con efusión.
--Volviendo al pobre Darnay--repuso Carton,--diré que no es conveniente
que hable usted a su esposa de la conferencia que acabamos de tener,
ni de lo que he conseguido del espía. Ella no podría llegar hasta el
calabozo, y si sabía que iba yo, acaso pensase que mi intención era
proporcionar a su marido los medios de adelantarse a la ejecución de la
sentencia.
No había pensado en ello Lorry, quien al oir las palabras anteriores,
volvió con viveza sus ojos hacia Carton, como para cerciorarse de si lo
que no quería que pensase Lucía era precisamente lo que él tenía en su
pensamiento.
--Pensaría tal vez eso--añadió Carton,--y podría sospechar mil otras
cosas, cada una de las cuales sería una tortura añadida a las que ya la
atosigan. No le hable siquiera de mí. Conforme dije a usted al llegar
a París, no la veré; conviene que no la vea. Lo que yo pueda hacer por
ella, lo haré mejor no viéndola. ¿Va usted ahora a visitarla? Vaya
cuanto antes, sí, pues esta noche debe de estar desesperada.
--Voy ahora mismo.
--De lo que me alegro en el alma. Le quiere a usted mucho y tiene en
usted confianza sin límites. ¿Cómo está ahora?
--Nadando en espantoso mar de ansiedades, pero hermosa como siempre.
--¡Ah!
Fué una exclamación profunda, larga, semejante a un gemido, a un
sollozo ahogado. Los ojos de Lorry se volvieron hacia los de Carton
con rapidez bastante para sorprender, mientras los de este último se
clavaban en la lumbre de la chimenea, el paso por ellos, fugaz como
una exhalación, de una luz o de una sombra; el anciano caballero no se
hubiese atrevido a precisar si fué lo uno o lo otro.
--¿Ha terminado usted ya la comisión que aquí le trajo?--preguntó
Carton al cabo de breves segundos.
--Sí. Conforme estaba diciendo a ustedes anoche, cuando tan
inopinadamente llegó Lucía, he hecho cuanto podía hacerse. No esperaba
más que verlos a cubierto de peligro y contentos para abandonar a
París. Pensaba marchar muy pronto; pero...
Ambos quedaron silenciosos.
--Largo es el libro de su vida, señor Lorry, ¿verdad?--preguntó Carton,
sin duda por decir algo.
--He cumplido los setenta y ocho años.
--Setenta y ocho años bien empleados; setenta y ocho años durante los
cuales ha sido útil a sus semejantes y respetado por éstos; ¿eh?
--Casi desde que tengo uso de razón me he dedicado a los negocios; sin
exagerar puedo decir que, desde muchacho, soy hombre de negocios.
--Su laboriosidad le ha valido ocupar un puesto envidiable. ¡Cuántos le
echarán de menos cuando deje vacante ese puesto!
--No lo crea usted--replicó Lorry moviendo la cabeza--¿Quién ha de
verter una lágrima a la memoria de un solterón viejo y solitario como
yo?
--¡No diga usted eso! ¿No llorará por usted ella? ¿No llorará su hija?
--Sí... sí... Llorarán... ¡gracias a Dios! Perdone usted; no sabía lo
que decía.
--Es un consuelo que bien merece que por él se den a Dios las gracias;
¿no es cierto?
--Mucho, sí... de acuerdo.
--Si esta noche pudiera usted decirse con verdad las palabras
siguientes: «No he sabido granjearme el cariño, la estimación, la
gratitud ni el respeto de nadie; en ningún corazón humano he conseguido
despertar ecos de simpatía, nada he hecho bueno, nada que sea útil a
mis semejantes, nada digno de ser recordado», sus setenta y ocho años
de edad serían setenta y ocho mil años de remordimientos; ¿no es verdad?
--Tiene usted razón, Carton; creo que no me cansaría de maldecirlos.
Clavó nuevamente Carton su mirada en la lumbre, permaneció largo rato
pensativo, y al fin, dijo:
--Otra pregunta desearía hacerle; cuando se acuerda usted de su niñez,
¿la encuentra demasiado distante? ¿Le parece que ha transcurrido mucho
tiempo desde los días felices en que se sentaba sobre las rodillas de
su dulce madre?
Lorry, con tono de voz inseguro por el efecto de la emoción que le
embargaba, contestó:
--Hace veinte años, sí; hoy, no. Me ocurre lo que al que viaja
siguiendo un círculo; comienza alejándose del punto de partida; pero
a medida que llega al final, se acerca más y más al principio. Con
frecuencia despiertan hoy en mi corazón recuerdos tiernos largos
años dormidos, con frecuencia veo a mi santa madre, tan joven, tan
hermosa... mi madre muy joven y yo muy viejo... con frecuencia me
acuerdo de incidentes de la vida ocurridos cuando el mundo no era para
mí tan real como es hoy, ni en mí habían echado raíces las faltas.
--Lo comprendo--exclamó Carton enrojeciendo vivamente.
--Y esos recuerdos, lejos de dejarle sabor amargo, le serán gratos,
¿verdad?
--En efecto; me producen una sensación de pesar dulce.
Carton ayudó a poner el sobretodo a su interlocutor.
--Usted, en cambio, es muy joven--repuso Lorry, volviendo al mismo tema.
--Sí... no soy viejo; pero mis caminos juveniles nunca fueron los que
llevan a la vejez.
--¿Va usted a salir?--preguntó Lorry.
--Acompañaré a usted hasta la puerta de su casa. Ya conoce usted mi
manera de ser inquieta y mis costumbres de vagabundo, así que, si me
paso muchas horas rondando al azar por esas calles sin volver a casa,
esté usted tranquilo, que yo reapareceré si no hoy, mañana. ¿Piensa
asistir mañana a la vista de la causa?
--Con harto dolor de mi alma tendré que asistir.
--Allí estaré yo, pero entre el público. Mi espía me encontrará
sitio... ¿Quiere usted aceptar mi brazo?
Cogidos del brazo bajaron la escalera y salieron a la calle. Minutos
después llegaban frente a la casa del doctor Manette, donde se
separaron. Lorry entró en la casa y Carton se alejó de ella pero por
muy poco tiempo, pues breves instantes después, volvía a estacionarse
junto a la puerta cerrada.
---Ella- sale todos los días por aquí--se dijo Carton;--toma aquella
dirección... ¡Cuántas veces habrá pisado esas piedras!... ¡Seguiré sus
pasos!
Sonaban las diez de la noche en los relojes de la ciudad cuando Carton
ponía fin a su paseo frente a los sombríos muros de la cárcel de La
Force. Un aserrador de madera, después de cerrar su taller, fumaba
tranquilo su pipa frente a su establecimiento.
--Buenas noches, ciudadano--dijo Carton, observando que el aserrador le
dirigía miradas inquisitivas.
--Buenas noches, ciudadano.
--¿Qué tal anda la República?
--Supongo que te referirás a la Guillotina... No anda mal. Hoy sesenta
y tres; no tardaremos en llegar a cien por día. Sansón y sus ayudantes
se quejan de que el trabajo es excesivo, de que se les agotan las
fuerzas... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso es el buen Sansón! ¿Has visto en
tu vida barbero más atareado?
--¿Le ves con frecuencia...?
--¿Afeitar? Todos los días... ¡Vaya un barbero! ¿Le has visto alguna
vez en funciones?
--Nunca.
--Pues no dejes de ir a verle cuando tiene tarea por delante. Es una
delicia verle trabajar... Figúrate tú, ciudadano; hoy, sesenta y tres
en menos de dos horas... ¡En menos de dos horas, palabra de honor!
En tal extremo repugnó a Carton la fruición con que el aserrador
explicaba las -faenas- del verdugo, que le volvió la espalda para no
estrangularle, como era su deseo más ferviente.
--Pero tú no eres inglés, aunque como inglés vistes, ¿verdad?--preguntó
el aserrador.
--Inglés soy--contestó Carton, volviendo la cabeza.
--Pues hablas como un francés auténtico.
--Fuí estudiante aquí.
--¡Ah...! Casi francés, entonces. Buenas noches, inglés.
--Buenas noches, ciudadano.
--No dejes de ir a ver al amigo Sansón.
Alejóse Carton, pero no se había separado gran cosa del taller del
aserrador, cuando se detuvo bajo un farol y escribió algunas palabras
con lápiz en un pedazo de papel. Cruzando a continuación una porción
de calles obscuras y sucias, con el paso decidido del que sabe
perfectamente a donde va, hizo alto frente a una droguería, cuya puerta
estaba cerrando en aquel momento el droguero.
Luego que dió las buenas noches al ciudadano droguero, cuyo aspecto
nada tenía que envidiar, por lo sucio y repugnante, a la tienda, puso
sobre el mostrador el pedazo de papel en que poco antes escribiera con
lápiz.
--¡Demonio!--exclamó el droguero.--¡Ji, ji, ji! ¿Es para ti, ciudadano?
--Para mí.
--¿Tendrás cuidado de guardarlos por separado, ciudadano? ¿Sabes las
consecuencias de la mezcla?
--Perfectamente.
El droguero preparó unos papeles, que Carton guardó en el bolsillo
interior de su levita. Pagó su importe, y sin hablar más, salió a la
calle.
--Por esta noche, nada tengo ya que hacer--murmuró, alzando la
cabeza.--Mañana continuaremos... Me es imposible dormir.
No reflejaba indiferencia ni aturdimiento el tono con que pronunció
Carton las palabras anteriores, ni había en ellas desesperación ni
reto; vibraba en su acento la resolución del hombre que, después de
largos años de viajar por caminos torcidos, sin rumbo ni dirección
fijas, penetra al fin en uno cuyo término le es conocido.
Largos años antes, cuando descolló entre los jóvenes de talento, entre
los estudiantes que prometían grandes cosas, acompañó a su padre al
cementerio. Su madre había fallecido mucho antes. Pues bien; aquellas
palabras solemnes que el sacerdote leyó sobre la tumba del que le dió
el ser, palabras olvidadas entre los desórdenes de una vida licenciosa,
surgieron potentes en su memoria mientras esta noche recorría las
calles tristes y solitarias, bajo un cielo cubierto de negros
nubarrones.
«Yo soy la resurrección y la Vida; aquel que cree en Mí, aun cuando
haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»
No hubiera sido difícil encontrar la fuerza misteriosa que evocó
aquellos recuerdos en el fondo de su alma, semejante a la cadena que
arranca de las profundidades del limo el ancla enmohecida, clavada
largo tiempo atrás, con sólo reparar en que paseaba solo y de noche,
por las calles de una ciudad sujeta a la ley de la cuchilla, recordando
con dolor las sesenta y tres cabezas que aquel día habían rodado,
y pensando en los desdichados que morirían sobre el cadalso al día
siguiente, y al otro y al otro. No intentó, empero, buscarla; limitóse
a repetir una y otra vez las palabras que quedan copiadas, y prosiguió
paseando.
Concentrando todo su interés en las ventanas iluminadas
correspondientes a habitaciones donde había personas que se disponían
a descansar, afanosas por olvidar durante las breves horas de calma de
la noche los horrores que las rodeaban durante el día, en las torres
de las iglesias, donde no se celebraban ya cultos divinos, pues la
revulsión popular hizo objeto preferente de sus iras a los sacerdotes,
a quienes acusó de impostores, de libertinos y de ladrones; en aquellos
lugares sagrados, destinados, según las inscripciones colocadas
sobre las puertas, al reposo eterno; en los calabozos, rebosantes
de prisioneros, y en las calles, por las que las gentes corrían al
encuentro de una muerte considerada ya, en fuerza de la costumbre,
tan corriente y natural, que ni los mismos encargados de manejar la
guillotina veían turbados sus sueños por apariciones espectrales;
puesta, en suma, toda su atención en la vida de aquella ciudad que
corría desbocada a la muerte, Sydney Carton cruzó el Sena buscando
calles mejor iluminadas y más animadas.
Eran muy contados los coches que se veían, pues los que podían
permitirse el lujo de tenerlos, sabedores de que usarlos era tanto como
solicitar ser inscriptos en el Libro de los Sospechosos, preferían
caminar a pie, luciendo sendos gorros colorados y calzados con
zapatos de lo más ordinario. Llenos estaban, empero, los teatros, que
comenzaban a vaciarse a la hora en que Carton paseaba por las calles
céntricas, donde aquéllos estaban situados. Junto a la puerta de un
teatro, por la cual salían compactas masas de gentes alegres que,
canturreando, se dirigían a sus casas, vió Carton a una niña, de la
mano de la madre, que buscaba un sitio que la permitiera atravesar la
calle sin meterse hasta las rodillas en el fango. Carton tomó a la
criaturita en sus brazos, la transportó a la acera opuesta, y antes que
el tímido angelito soltara los brazos que rodeaban su cuello, la rogó
que le diera un beso.
«Yo soy la resurrección y la vida; aquél que cree en Mí, aun cuando
haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»
Ya más avanzada la noche, cuando la tranquilidad en las calles era
completa y el silencio absoluto, parecíale que el rumor de sus propios
pasos modulaba aquellas sentencias, que la brisa las traía envueltas
entre sus sutiles susurros. Dueño de sí mismo, tranquilo, resuelto,
la repetía con frecuencia con los labios; pero en sus oídos sonaban
siempre.
Y continuó avanzando la noche mientras Carton, inclinado sobre el
pretil del puente, escuchaba los besos rumorosos del río a los muros de
la Isla de París, y contemplaba la pintoresca confusión de edificios
envueltos en sombras grises, sobre las cuales se alzaba arrogante la
cúpula de la catedral bañada por la luz blanquecina de la luna. Vino el
día. La noche, con la luna y las estrellas, palidecieron y murieron,
y durante algunos minutos, pareció que toda la creación caía bajo el
cetro amarillento de la Muerte.
La corriente del río, rápida, impetuosa, profunda, parecióle amigo
cariñoso. Echó a andar siguiendo sus márgenes y alejándose del bullicio
de la ciudad. Durmióse en la orilla; cuando despertó, continuó
paseando algunos minutos más, fijos sus ojos en un remolino que giraba
vertiginoso, hasta que se lo tragó la corriente y lo arrastró al mar.
--¡Como yo!--murmuró Carton.
Cuando llegó a casa, Lorry había salido ya. Carton no preguntó adónde
había ido, pues sin grandes esfuerzos de imaginación podía adivinarlo.
Tomó una tacita de café, se lavó y arregló, y se fué sin pérdida de
momento al Tribunal. Allí encontró a Lorry, allí encontró al doctor
Manette, allí encontró a -ella-, sentada junto a su padre.
Cuando compareció Carlos Darnay, dirigióle Lucía una mirada tan
alentadora, tan llena de amor sin límites y de tierna compasión, que
hizo afluir la sangre a las mejillas del reo, animó su mirada y alegró
su corazón. Si alguien hubiera tenido puestos sus ojos sobre Sydney
Carton, habría reparado que aquella mirada, aunque no dirigida a él,
prodújole los mismos efectos que al prisionero.
Ante aquel tribunal injusto, que había principiado por desterrar el
orden en los procedimientos, era perfectamente inútil que ningún
acusado pretendiera hacerse oir; que no hubiese valido la pena traer la
Revolución para no echar al propio tiempo a los cuatro vientos todas
las leyes, reglamentos y ceremonias, para no abolir de una vez y para
siempre el orden social del que tan monstruosamente había abusado el
mundo para no negar a los acusados el derecho de justificarse.
El Jurado fué desde los primeros momentos el blanco de todas las
miradas. Formábanlo los mismos patriotas resueltos, los mismos
republicanos excelentes que lo formaban el día anterior, los mismos que
lo formarían al día siguiente. Entre ellos, descollaba un hombre de
cara repulsiva, un caníbal feroz en toda la extensión de la palabra,
un individuo que bebía sangre, que se bañaba en sangre, que respiraba
sangre. Era Santiago Tercero, aquel a quien conocimos en el barrio de
San Antonio. Los demás semejaban jauría de perros anhelando destrozar
la pieza.
Todos los ojos estaban fijos en los cinco jurados y en el acusador
público, quien habló, poco más o menos, en los siguientes términos:
--Carlos Evrémonde, llamado también Darnay. Ayer se le puso en
libertad, y ayer mismo fué acusado de nuevo y vuelto a prender. Anoche
se le hizo saber la acusación fulminada contra él. Pesan sobre su
cabeza los cargos de enemigo de la República, de aristócrata, de ser
individuo de una familia de tiranos, miembro de una raza proscripta,
que abusó de sus privilegios, hoy felizmente abolidos, oprimiendo de la
manera más villana al pueblo. Carlos Evrémonde, llamado también Darnay,
reo de los crímenes mencionados, es hombre muerto a los ojos de la Ley.
Su cabeza pertenece de derecho al verdugo.
--¿La delación contra el acusado, es pública o secreta?--preguntó el
presidente.
--¿Quién la hizo?
--Tres personas. Ernesto Defarge, tabernero de San Antonio.
--Muy bien.
--Teresa Defarge, mujer del mencionado.
--Perfectamente.
--Alejandro Manette, médico.
Este último nombre alzó en la sala una tempestad de gritos
ensordecedores. En medio del tumulto, vióse que se levantaba el doctor,
pálido como un cadáver y temblando como un azogado.
--Presidente--gritó,--protesto indignado contra la ruin mentira que
acaba de pronunciarse aquí. Yo no he podido delatar al marido de mi
hija, y el Tribunal sabe muy bien que el acusado es mi yerno. Mi hija,
y las personas que la son queridas, valen para mí mil veces más que
mi misma vida. ¿Dónde está el impostor que se atreve a afirmar que yo
he denunciado al marido de mi hija? ¿Dónde el falso patriota que osa
mentir con tanto descaro?
--Tranquilízate, ciudadano Manette. Faltar al respeto que debe
merecerte la autoridad del Tribunal, sería tanto como salirte fuera de
la Ley. Has dicho que hay algo que para ti vale mil veces más que tu
vida; y yo no sé que para un buen patriota haya nada que valga tanto
como la República.
Frenéticos aplausos premiaron la réplica del presidente. Este, luego
que impuso silencio a fuerza de campanillazos, prosiguió con calor:
--Si la República te exigiera el sacrificio de tu misma hija, tu deber
sería sacrificarla. Sigamos, y silencio.
El doctor Manette cayó desplomado en la silla. Sus labios temblaban, y
sus ojos miraban despavoridos en derredor. El jurado de cara de caníbal
se frotaba las manos con visible fruición.
Restablecido el silencio, presentóse Defarge, quien hizo una historia
sucinta del cautiverio y libertad del doctor; manifestó que había sido
su criado, y expuso el estado en que el cautivo se hallaba cuando se lo
entregaron. Terminada la historia, el Tribunal le dirigió las preguntas
siguientes:
--¿Prestaste buenos servicios en la toma de la Bastilla, ciudadano?
--Tal lo creo.
--¡Fuiste uno de los mejores patriotas!--gritó una mujer, arrebatada
por el entusiasmo--¿Por qué no decirlo así? Aquel día fuiste artillero,
te batiste con furia, y entraste el primero en la maldita fortaleza,
luego que cayó en poder del pueblo. ¡Patriotas... creedme, porque digo
la verdad!
La que acababa de hablar era La Venganza. Los aplausos de la
concurrencia ensordecían. Agitó el Presidente la campanilla, pero La
Venganza, enardecida por las turbas, aulló:
--¡No me da la gana callar! ¡Me río yo de la campana y de quien la toca!
Al fin calló, cuando se le agotaron las fuerzas.
--Da cuenta al Tribunal de lo que hiciste dentro de la Bastilla,
ciudadano.
--Yo sabía--respondió Defarge, mirando a su mujer que desde poca
distancia le estaba clavando con sus ojos--que el cautivo de quien
hablo había estado sepultado en una celda que llamaban Ciento Cinco,
Torre del Norte. El secreto me lo reveló él mismo, pues mientras
permaneció en mi casa, haciendo zapatos, no supo que tuviera otro
nombre que el Ciento Cinco, Torre del Norte. El día de la toma de la
Bastilla, mientras hacía fuego con mi cañón, decidí reconocer la celda
en cuestión, tan pronto como la fortaleza cayera en poder nuestro.
Cayó; e inmediatamente subí al calabozo mencionado, juntamente con un
compañero, que figura en el jurado, y un calabocero, que se encargó
de guiarnos. La reconocí muy detenidamente, y en un agujero del
muro, disimulado detrás de un sillar que había sido quitado y vuelto
a colocar, encontré un papel escrito. El papel escrito es éste. He
examinado varios escritos del doctor Manette, y la letra de este papel,
es letra de puño del doctor Manette. Entrego este papel, escrito de
puño y letra del doctor Manette, al Presidente.
--Que se lea.
El documento, leído en medio de un silencio sepulcral, mientras el reo
miraba con amor a su mujer, y ésta miraba ora a él ora a su padre,
y el doctor Manette no separaba los ojos del lector, y la señora
Defarge clavaba los suyos con insistencia en el prisionero, y Defarge
no separaba los suyos de su mujer, y todos los que llenaban la sala
contemplaban al doctor que no veía a nadie, decía así:
X
LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA
«Yo, -Alejandro Manette-, médico desventurado, natural de Beauvais,
y residente en París, escribo este doloroso documento en mi horrenda
celda de la Bastilla en el mes último del año de 1767. Lo escribo
aprovechando ratos que robo a la vigilancia y venciendo dificultades
inmensas. Mi propósito es esconderlo en el interior del muro de mi
tumba, donde a fuerza de trabajo he conseguido abrir un hueco. Tal vez
lo encuentre alguna mano misericordiosa cuando yo y mis desventuras
hayamos pasado al mundo del olvido.
»Trazo estos renglones con el óxido que he sacado de los enmohecidos
hierros de la reja mezclados con sangre de mis venas, el mes último
del año décimo de mi cautiverio. En mi pecho no queda ya ni un átomo
de esperanza. Fenómenos terribles que en mí mismo he observado me
anuncian que muy en breve me abandonará también la razón, pero declaro
solemnemente que en este momento me hallo en posesión plena de mis
facultades mentales... que mi memoria es exacta y circunstancial, que
escribo la verdad, y que estoy pronto a responder de la veracidad de
mis palabras, tanto si llegan a ser leídas algún día por los hombres,
como si están condenadas al secreto eterno, ante el Juez Eterno cuya
mirada lee en el fondo de los corazones.
»Una noche de la semana cuarta de diciembre (creo que el día veintidós
del mes) del año 1757, hallábame yo paseando por un paraje retirado
del paseo que bordea al Sena y a una hora de distancia de mi casa,
sita en la calle de la Facultad de Medicina, cuando por mi espalda vi
que se aproximaba un carruaje, tirado por dos caballos, a galope. En
el momento de hacerme a un lado para dejar paso al carruaje y evitar
ser atropellado, asomó en la ventanilla una cabeza, y una voz mandó al
cochero que parase.
»Hizo alto el coche tan pronto como el cochero pudo refrenar a los
caballos, y la misma voz que diera la orden de parar, me llamó por mi
nombre. No paró el coche frente a mí, sino a distancia bastante para
que dos caballeros tuviesen tiempo de abrir la portezuela y saltar al
paseo antes que llegase yo, acudiendo al llamamiento. Observé que ambos
iban perfectamente embozados en sus capas y que procuraban recatar sus
rostros. Al llegar yo a su lado y encontrarlos de pie a uno y otro
lado de la portezuela, reparé también en que los dos parecían ser de
mi misma edad, quizá más jóvenes, y que se parecían mucho en estatura,
movimientos, voz y (de lo poco que pude ver) hasta en rostros.
»--¿Es usted el doctor Manette?--me preguntó el uno.
»--Yo soy--contesté.
»--¿El doctor Manette, natural de Beauvais, joven médico y cirujano
hábil y original, que desde hace uno o dos años es una verdadera
notabilidad en París?--terció el otro.
»--Caballeros; soy, efectivamente, el doctor Manette, de quien ustedes
hablan con benevolencia excesiva--contesté.
»--Hemos estado en su casa--repuso el que había hablado primero,--y
no habiendo tenido la suerte de encontrarle, aunque sí la de que nos
indicaran que probablemente estaría paseando por estos sitios, le hemos
seguido llevados de la esperanza de alcanzarle. ¿Tiene usted la bondad
de entrar en el carruaje?
»El tono de su voz era imperioso; mientras se cruzaron las palabras que
dejo consignadas, se movieron en forma que me dejaron colocado entre
ellos y la portezuela del coche, y además, iban armados y yo no.
»--Ruego a ustedes que me perdonen, caballeros--respondí,--pero es el
caso que tengo por costumbre preguntar quiénes son las personas que me
hacen el honor de pedir mis servicios y la índole del caso que hace
necesaria o conveniente mi asistencia.
»Me contestó el que había hablado en segundo lugar:
»--Sus clientes, doctor, son personas de alta posición social. Por lo
que se refiere a la índole del caso que hace necesaria su asistencia,
la confianza que en su ciencia y en su habilidad tenemos es para
nosotros garantía de que ha de comprenderla usted sin necesidad de
explicaciones nuestras, que seguramente resultarían deficientes. Creo
que con lo dicho basta. ¿Tiene la bondad de montar?
»No me quedaba más recurso que obedecer, y lo hice sin hablar palabra.
Inmediatamente me siguieron los dos caballeros, habiendo recogido el
estribo el que entró el último. El coche dió media vuelta y partió a
galope.
»Consigno aquí la conversación tal como fué; puedo asegurar que la
repito textual, palabra por palabra. Lo describo todo exactamente
lo mismo que tuvo lugar, sujetando a mi imaginación y evitando que
divague. Los puntos suspensivos que en mi relato se encuentren,
significan que suspendo la tarea para otra ocasión y que oculto el
documento en el escondite abierto al efecto...
»El carruaje atravesó muchas calles, pasó por la Barrera Norte y no
tardó en avanzar por un camino, fuera de la ciudad. A dos tercios de
legua de la Barrera (no calculé entonces la distancia, pero sí cuando
la volví a recorrer) dejó el coche el camino real, y momentos después
hacía alto frente a una casa solitaria. Saltamos a tierra los tres, y
avanzamos por un mullido paseo de un jardín, cubierto de hierba, en
cuyo centro había corrido una fuente en otros tiempos, hasta llegar
a la puerta de la casa. Nos franquearon la entrada, no bien sonó la
campanilla, y el que nos la franqueó, recibió un bofetón terrible de
uno de mis acompañantes.
»Confieso que no me llamó la atención aquel acto, pues estaba muy
acostumbrado a ver que los hombres de la clase baja eran tratados por
los nobles con menos miramiento que si fueran perros. Una vez dentro de
la casa, pude observar que el parecido entre mis dos acompañantes era
tan maravilloso, que desde luego los deputé por hermanos gemelos.
»Desde que saltamos del carruaje frente a la verja del jardín, que
encontramos cerrada y que abrió uno de los hermanos, cerrándola de
nuevo luego que la franqueamos, venía yo oyendo gritos que tenían su
origen en una de las habitaciones altas de la casa. Condujéronme en
derechura a la habitación de la que partían los gritos, donde encontré
tendida sobre el lecho a una enferma, presa de terrible fiebre cerebral.
»Era la paciente una mujer de belleza maravillosa y muy joven;
seguramente no pasaba de los veinte años. Su hermosa cabellera ofrecía
un aspecto de desorden tan completo, que entristecía el ánimo, y los
brazos de la enferma estaban sujetos con tiras de tela. Observé que
estas tiras eran pedazos de traje de corte de caballero, en uno de los
cuales vi el escudo de armas de un noble con la inicial E.
»Estas observaciones las hice todas al minuto escaso de haber entrado
en la estancia. Ocurrió que la enferma, cuya agitación era espantosa,
se volvió boca abajo, una de las fajas que la sujetaban se introdujo en
su boca, y vi que corría peligro de morir asfixiada. Separé, como es
natural, la tira, y entonces fué cuando descubrí el escudito de armas
bordado en ella.
»Volví boca arriba a la paciente, coloqué mi mano sobre su pecho a
fin de calmarla y obligarla a permanecer quieta, y miré su rostro. Su
mirada estaba horriblemente dilatada, y sus labios crispados repetían
a gritos estas palabras: «Mi marido... mi padre... mi hermano». Luego
contaba hasta doce, permanecía unos segundos escuchando con toda la
atención de su alma, y comenzaba de nuevo a gritar «Mi marido... mi
padre... mi hermano», y de nuevo contaba hasta doce y de nuevo hacía
una pausa para escuchar. Ni en el tono, ni en los ademanes, ni en la
voz había la menor variación.
»--¿Cuándo comenzó este estado de cosas?--pregunté.
»A fin de distinguir entre los dos hermanos, llamaré al uno el hermano
mayor y al otro el menor, entendiendo por el mayor al que ejercía mayor
autoridad.
»--Desde anoche a estas horas--contestó el hermano mayor.
»--¿Tiene marido, padre y hermano?
»--Tiene un hermano.
»--¿Y no estoy hablando con ese hermano en este instante?
»--No--replicó con tono de profundo desprecio.
»--¿La ha ocurrido recientemente algo relacionado con el número doce?»
»--¿Con el número doce?--repitió con impaciencia el hermano menor.
»--Pueden convencerse ustedes, caballeros, de lo inútilmente que me
han traído aquí, tal como estoy--dije, puestas aún mis manos sobre
el pecho de la enferma.--Si yo hubiese sabido lo que pasaba, habría
venido provisto de lo necesario, mientras que ahora estamos perdiendo
lastimosamente el tiempo. En un sitio tan solitario como es éste, no es
posible encontrar medicinas.
»El hermano mayor miró al menor, quien replicó con voz altanera:
»--Tenemos aquí un botiquín.
»Momentos después lo sacaba de un armario y lo colocaba sobre la mesa...
»Abrí algunos frascos, los olí y llevé sus tapones a mis labios. Si me
hubiese hecho falta administrar a la enferma cualquier substancia no
narcótica ni tóxica, a buen seguro que no la hubiera medicinado con
nada de lo que contenía el botiquín.
»--¿No le inspiran confianza?--preguntó el hermano menor.
»--Viendo está usted, caballero, que voy a utilizarlas--contesté
sencillamente.
»No sin haber de luchar con grandes dificultades, y al cabo de largo
rato, conseguí hacer tomar a la enferma la dosis de medicina que
consideré conveniente. Como quiera que mi propósito era repetir la
medicación y observar los efectos que en la enferma producía la
primera toma, me senté a la cabecera de su lecho. Sentada con timidez
y cortedad manifiestas en un ángulo, había una mujer que la cuidaba,
casada con uno de los individuos de escalera abajo. La casa estaba
sucia, mal cuidada y amueblada, síntomas evidentes de que la ocupaban
desde fecha muy próxima y de que la intención de sus ocupantes era
permanecer en ella muy poco tiempo. Habían tendido provisionalmente
algunas colgaduras delante de las ventanas, sin duda para que los
gritos de la enferma no llegasen al exterior. Continuaba ésta gritando
como cuando llegué, repitiendo las mismas palabras y por el mismo
orden: «Mi marido... mi padre... mi hermano», y contando a continuación
hasta doce. Sus convulsiones eran tan violentas, que no juzgué
prudente librarla de las tiras que la sujetaban, aunque las coloqué
de manera que la molestasen menos. La crisis no cedía a la medicación,
pero observé que la presión de mi mano sobre el pecho de la enferma
ejercía sobre ella tanta influencia, que al cabo de algunos minutos se
tranquilizaba. No la produjo, empero, sobre los gritos, que continuaban
con la regularidad de un péndulo.
»Media hora llevaría yo sentado junto a la cama y bajo las miradas de
los dos hermanos, cuando dijo el mayor:
»--Tenemos otro enfermo.
»Me alarmó la noticia, y pregunté:
»--¿Es urgente el caso?
»--Mejor será que lo vea usted por sus ojos--me contestó con tono
negligente tomando una luz...
»Yacía el segundo enfermo en una habitación situada a espaldas de la
casa, habitación que en rigor no era más que un desván emplazado sobre
una cuadra. Parte del desván tenía techumbre muy baja y parte no. Bajo
la parte cubierta había heno y paja almacenados, y el resto contenía
leña y aperos de labor. Recuerdo tan bien todos estos detalles, que me
parece que los estoy viendo en este instante tal como los vi aquella
noche, no obstante hallarme encerrado desde hace diez años en mi
calabozo de la Bastilla.
»Sobre un montón de heno y apoyada la cabeza sobre una almohada, yacía
tendido un mancebo de aspecto de aldeano, de rostro agraciado, y que no
contaría más de diez y siete años de edad. Estaba boca arriba, con los
dientes apretados, la mano derecha crispada sobre el pecho y la mirada
fija en el techo. Me arrodillé a su lado; y aunque no encontraba la
herida que había recibido, desde luego vi que moría a consecuencia de
una herida producida con instrumento punzante.
»--Soy médico, pobre amigo mío--dije;--deje que le reconozca.
»--No quiero ser reconocido; déjeme en paz--replicó.
»Estaba la herida situada debajo de su mano derecha, que me costó no
poco trabajo y muchas instancias separar. Era una estocada recibida
de veinte a veinticuatro horas antes, estocada mortal de necesidad,
aunque le hubieran sido prestados todos los auxilios de la ciencia al
segundo de ser inferida. Se moría a chorros. Busqué con mi mirada la
del hermano mayor, y observé que éste contemplaba al herido con la
indiferencia misma con que contemplaría a un pájaro, a una liebre o a
un conejo heridos. Claramente se advertía que no veía en el muchacho a
una criatura humana.
»--¿Quién le ha causado esa herida, caballero?--pregunté yo.
»--¡Bah! ¿A qué hablar de un siervo miserable... de un perro? Obligó a
mi hermano a cerrar contra él, y cayó bajo su espada como si hubiese
sido un caballero.
»En el tono de la contestación no había ni sombra de piedad, ni sombra
de pesadumbre, ni sombra de remordimiento.
»Los ojos del moribundo se volvieron hacia el que acababa de hablar,
fijándose a continuación en mí.
»--Doctor--me dijo;--son muy altivos esos nobles; pero también
nosotros, los perros miserables, tenemos nuestro orgullo. Nos roban,
nos saquean, nos ultrajan, nos vilipendian, nos apalean, pero todo
ello no basta para ahogar nuestra altivez. Ella... ¿la ha visto usted,
doctor?
»Llegaban hasta allí los gritos de la infeliz, bien que muy
amortiguados por la distancia. A la que los daba se refería el herido
como si hubiera estado a su lado.
»--La he visto, sí--contesté.
»--Es mi hermana, doctor. Habrán tenido esos nobles durante muchos
años derechos vergonzosos sobre la modestia y la virtud de nuestras
hermanas; pero entre nosotros quedan muchachas buenas, muchachas que
saben resistir sus violencias. Yo lo sé, y he oído a mi padre afirmarlo
así. Mi hermana es una de ellas. Tenía relaciones amorosas con un
joven, bueno también y honrado, vasallo de este noble que está ahí...
todos éramos vasallos suyos... El otro es su hermano, el representante
más vil de su despreciable raza.
»El desventurado tenía que hacer esfuerzos verdaderamente sobrehumanos
para poder hablar; pero si le faltaban energías corporales, sobrábanle
las del alma, y hablaba con extraordinaria entereza.
»--Nos robaba ese hombre que está ahí con la frialdad e indiferencia
con que nos roban a los que somos perros vulgares esos seres de
naturaleza superior a la humana... nos despojaba sin compasión, nos
obligaba a trabajar sin pagarnos, a llevar nuestro trigo a su molino,
a alimentar sus aves de corral con nuestras cosechas, pero imponiendo
pena de muerte al que tuviera la osadía de apoderarse de una de ellas,
nos saqueaba y robaba hasta un grado tal, que si alguna vez, por
misericordia de Dios, teníamos una piltrafa de carne que llevar a la
boca, la comíamos muertos de miedo, atrancando antes las puertas y las
ventanas de nuestras pobres casas, a fin de que sus gentes no la vieran
y nos la robaran. Repito que de tal suerte nos despojaban, de tal
suerte nos acosaban, de tal suerte nos hacían imposible la vida, que
mil veces he oído decir a mi padre que era para nosotros una desgracia
inmensa traer a un hijo al mundo, y que debiéramos suplicar a Dios
condenase a la esterilidad a todas las mujeres de nuestra casta, a fin
de que ésta se extinguiera de una vez y para siempre.
»Jamás había yo presenciado la explosión de los sentimientos de los
infelices oprimidos; suponía, sí, que en el fondo de su alma guardaban
almacenadas cantidades inmensas de odio contra sus opresores; pero su
estallido era para mí espectáculo nuevo hasta aquella noche.
»--Mi hermana, doctor, se casó, a pesar de todo. Su pobre prometido
andaba mal de salud por entonces, y mi hermana se casó para atenderle y
cuidarle en nuestra cabaña... nuestra perrera, como diría ese monstruo
que tenemos delante. Pocas semanas llevaba de casada, cuando tuvo la
desgracia de que la viera el hermano de ese hombre; le gustó, y con
la mayor naturalidad del mundo pidió a su hermano mayor que se la
prestase. ¿Qué importaba que estuviera casada? ¡Son tan poca cosa los
maridos entre nosotros!... El hermano mayor accedió sin inconveniente,
pero mi hermana era buena y virtuosa, y por añadidura, detestaba a
su admirador con tanta fuerza como le detesto yo. ¿Qué creerá usted
que hicieron entonces los dos hermanos para recabar del marido de mi
hermana que ejerciese sobre ésta toda su influencia hasta obligarla a
rendirse a sus torpes deseos?
»Los ojos del muchacho, fijos hasta entonces en los míos, volviéronse
poco a poco hacia los del noble, en cuya cara no me fué difícil leer
la verdad de los cargos que se le hacían. Aun aquí, en el interior del
sepulcro de la Bastilla en que me encuentro desde tantos años, creo
ver las dos clases de orgullo, perfectamente distintas, que reflejaban
las dos caras: indiferencia y hielo respiraba la del caballero; deseos
furiosos de venganza la del muchacho campesino.
»--Usted sabe, doctor, que uno de los derechos de esos nobles consiste
en aparejarnos a los que somos perros miserables, engancharnos a sus
carros y obligarnos a tirar. Pues bien; al marido de mi hermana lo
engancharon, convenientemente atalajado, a un carro, y le obligaron
a tirar de él. Sabe usted, doctor, que entre los derechos de esos
nobles figura el de obligarnos a pasarnos las noches en sus terrenos,
imponiendo silencio a las ranas a fin de que sus cantos no perturben
su noble sueño; el marido de mi hermana se pasaba las noches a
la intemperie y los días tirando del carro. No por ello se dejó
persuadir... ¡No! Un día, cuando le libraron de los aparejos y le
despidieron para que se fuera a comer... si encontraba qué, exhaló doce
sollozos, uno por cada campanada que daba el reloj--era mediodía--y
murió en los brazos de mi hermana.
»Sólo las ansias de explicar el agravio recibido sostenían la vida
en aquel cuerpo moribundo. Buscando en su determinación energías que
no encontraba en su organismo, alejó las sombras de la muerte que le
invadían y oprimió con mayor fuerza que nunca su herida por la cual
escapaba su vida.
»--Muerto el marido de mi hermana, con la autorización de este hombre,
y hasta con su apoyo material, su hermano se apoderó violentamente
de la pobre viuda, a la que necesitaba para sus placeres, para su
diversión de momento. La tropecé en el camino cuando se la llevaban.
Llevé la noticia a nuestra casa, y al oirla mi padre, estalló en mil
pedazos su corazón. Inmediatamente acompañé a mi hermana menor, tengo
dos... hasta un sitio donde no se hallara al alcance de ese hombre,
hasta un sitio donde no fuera su vasalla. Volví luego, seguí al hermano
de ese noble, y anoche le salí al encuentro, yo, un perro despreciable,
pero con la espada en la mano... ¿Dónde está la ventana?... ¿No había
aquí una ventana?
»Abandonábale la vida y con la vida la luz. Tendí yo en derredor mis
miradas, y advertí que el heno y la paja que cubrían el suelo estaban
pisoteados y hollados, cual si allí hubiese teñido lugar una lucha
encarnizada.
»--Me oyó mi hermana y acudió corriendo. Yo la dije que no se acercara
hasta que estuviera muerto su infame raptor. Este me tiró algunas
monedas, y a continuación, me cruzó la cara con su látigo; pero yo,
no obstante ser un perro despreciable, lo abofeteé hasta obligarle a
desenvainar su espada. ¡Que rompa ahora la hoja de una espada manchada
con la sangre de un villano, que la haga mil pedazos, que siempre será
cierto que hubo de desenvainarla para defender su vida, y que si me
hirió, fué apelando a toda su habilidad!
»Momentos antes había visto yo, desparramados por el suelo, pedazos de
una espada; era de caballero. Un poco más allá, sobre la paja, había
otra espada vieja, una espada de soldado.
»--Incorpóreme, doctor, incorpóreme; ¿dónde está ese hombre?
»--No está aquí--contesté sosteniendo al moribundo, creyendo que se
refería al hermano.
»--¡Claro! ¡Con toda su altivez de noble me tiene miedo! ¿Y el hombre
que estaba aquí? ¡Vuélvame hacia él... quiero verle!
»Hícelo así, apoyando sobre mi rodilla la cabeza del muchacho; pero
éste, reanimadas por un momento todas sus energías, se puso en pie,
obligándome a hacer otro tanto para sostenerle.
»--¡Marqués!--gritó, con mirada dilatada y levantando el
brazo.--Llegará día en que todos los hombres habrán de dar cuenta
estrecha de sus actos; para ese día te emplazo a ti y a todos los
tuyos, desde el primero hasta el último de tu maldita raza, para que
respondáis de vuestros crímenes. Sea esta cruz que con sangre estampo
sobre tu cara testimonio de mi emplazamiento. Para el día en que todos
los hombres habremos de dar cuenta estrecha de nuestros actos emplazo
también a tu hermano, el más vil de una raza vil y miserable, para que
responda de los suyos por separado; sobre su cara estampo esta otra
cruz con mi sangre, como testimonio de mi emplazamiento.
»Dos veces llevó la mano a la sangrienta herida de su pecho y con el
dedo índice trazó dos cruces en el aire. Permaneció algunos segundos
con el dedo índice rígido, levantado y cayó muerto...
»Cuando volví a la estancia donde dejé a la enferma, la encontré
delirando como la había dejado, y repitiendo las mismas palabras y con
el mismo orden de siempre. Desde luego adiviné que la crisis duraría
muchas horas y que, probablemente, terminaría con su muerte.
»Repetí las medicinas y me senté junto a la cama, donde permanecí
hasta que la noche estaba ya muy avanzada. Los gritos de la enferma
continuaron con la misma intensidad, con el mismo orden, sin variar una
sola palabra. «Mi marido... mi padre... mi hermano... Una, dos, tres,
cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.»
»Treinta y seis horas hacía que la vi por primera vez, y el estado de
la enferma en nada había variado. Me encontraba sentado a la cabecera
de su lecho cuando la crisis comenzó a ceder. Cesaron los gritos,
terminaron los estremecimientos, y al poco rato quedó aletargada, como
muerta.
»Llamé entonces a la enfermera para que me ayudara a colocarla bien
en la cama y a ordenar sus vestidos, desgarrados por mil sitios, y
entonces me di cuenta de que la desdichada estaba encinta, y perdí las
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