Lucía, a la que refirió que su padre, auxiliado por el pueblo, había
ido a buscar a su marido. Con Lucía estaba su hija y la señorita Pross,
pero tal era la confusión del buen Lorry, que ni le sorprendió siquiera
encontrarlas allí hasta mucho rato después.
La noche fué horrible. Lucía, presa de estupor, estaba sentada en el
suelo retorciéndose las manos, y la señorita Pross, después de acostar
a la niña, cedió al sueño que la acosaba y quedó dormida con la cabeza
doblada sobre la camita de la niña. ¡Noche horrible, durante la cual
Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada
Lucía! ¡Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de
ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba,
la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y
las noticias no venían!
Dos veces más repicó con violencia la campana de la verja, dos veces
más se repitió la irrupción, dos veces más pusieron en movimiento la
piedra de afilar. Lucía se asustó.
--¿Qué es eso?--preguntó.
--¡Silencio!--respondió Lorry.--Son los soldados que afilan sus
espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija mía.
Alboreó el nuevo día. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de
Lucía y se asomó a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre,
cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que
recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo
sobre el que había estado tendido y miraba con expresión estúpida en
rededor. Aquel asesino cansado de matar vió los soberbios carruajes
del señor, se dirigió a uno de ellos con paso vacilante, abrió la
portezuela, y se encerró en su interior dispuesto a descansar de las
fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones.
III
LA SOMBRA
Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su
entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la
hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía
de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco
Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de
un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda
su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a
su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida;
pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a
negocios, Lorry era rígido, inflexible.
Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al
pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su
dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había
en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello
se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió
el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en
atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso
de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los
habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las
empresas que allí se fraguaban y maduraban.
Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada
minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había
colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía.
Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación
en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del
doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo
Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun
cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto
en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió
inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una
calle aislada rodeada de edificios deshabitados.
Sin perder momento trasladó a la habitación mencionada a Lucía, a su
hija y a la señorita Pross, a las cuales dió cuantos consuelos pudo,
que fueron más de los que él mismo tenía. Dejó con ellas a Jeremías
-Lapa- y volvió a engolfarse en sus ocupaciones.
Pasó el resto del día triste, preocupado y receloso, hasta que
llegó la hora de cerrar el establecimiento. Retiróse entonces a su
habitación, como el día anterior, y estaba pensando en las resoluciones
que le convendría adoptar, cuando oyó ruido de pasos en la escalera.
Segundos después se le presentaba un hombre que, mirándole con mirada
penetrante, se le dirigía por su nombre.
--A su disposición, señor Lorry. ¿Me conoce usted?
Era un individuo de constitución sólida, de pelo negro naturalmente
rizado y de unos cuarenta y cinco años de edad.
--¿Me conoce usted?--repitió.
--He visto a usted en alguna parte.
--¿En mi tienda de vinos, quizás?
Más interesado que nunca, y no poco agitado, preguntó Lorry:
--¿Viene usted de parte del doctor Manette?
--Sí; vengo de parte del doctor Manette.
--¿Y qué dice? ¿Me envía algo?
Defarge puso en la mano que anhelante le tendía Lorry un pedazo de
papel, que contenía las palabras siguientes, escritas de puño del
doctor:
«Carlos sin novedad, pero no puedo yo abandonar el sitio en que me
encuentro. He logrado que el portador de esta lleve dos líneas de
Carlos para su mujer. Haga que el dador se vea con mi hija.»
Estaba fechada la misiva en La Force una hora antes.
--¿Tiene usted la bondad de acompañarme a la casa en que reside la
esposa de Carlos?--preguntó Lorry, sin ocultar la alegría que la
lectura del billete le había producido.
--Sí--contestó Defarge.
Sin parar mientes en el tono reservado y curiosamente mecánico con
que Defarge hablaba, Lorry se encasquetó el sombrero y bajó con su
visitante al jardín, donde encontraron a dos mujeres, una de ellas
haciendo calceta.
--¿La señora Defarge?--preguntó Lorry, quien la había dejado ocupada en
lo mismo diez y siete años antes.
--La misma--contestó el marido.
--¿Viene con nosotros su señora?--preguntó Lorry, al observar que las
mujeres echaban a andar.
--Sí. Viene para reconocer las caras y conocer a las personas. Es una
medida que conviene a la hija del doctor.
Lorry, a quien comenzaron a parecerle extrañas la actitud y palabras de
Defarge, dirigióle una mirada recelosa y continuó andando. Siguieron
las dos mujeres, una de las cuales era la llamada La Venganza.
Cruzaron las calles inmediatas con cuanta rapidez les fué posible,
subieron la escalera del domicilio de Lucía, Jeremías les franqueó
la entrada, y encontraron a la esposa de Carlos sola y llorando. Las
noticias que acerca de su marido la dió Lorry la llenaron de alegría,
y estrechó con efusión la mano que la entregaba las breves palabras
escritas por su Carlos... sin pensar en lo que la noche anterior había
estado haciendo aquella mano muy cerca de la persona de su marido, ni
en lo que con éste hubiese hecho de no impedirlo una casualidad feliz.
«Valor, queridita mía. Estoy bien, y tu padre goza de influencia sobre
los que me rodean. No puedes contestarme. Besa por mí a nuestro ángel.»
Nada más decía el billete. Era, sin embargo, tanto para la desventurada
que acababa de recibirlo, que en su agradecimiento se volvió hacia la
mujer de Defarge y besó con efusión las manos que hacían calceta. Fué
un acto de esposa apasionada, amante, agradecida; pero la mano que de
aquel fué objeto no lo contestó. Separóse de sus labios pesada, fría
como el hielo, y continuó haciendo media.
Algo encontró Lucía en aquella mano que la estremeció. En el instante
mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar allí el billete
recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron
un terror infinito. La señora Defarge contestó a su mirada con otra que
rebosaba impasibilidad, hielo.
--Mi querida Lucía--dijo Lorry, tratando de explicar la presencia
de las mujeres,--son muy frecuentes las conmociones en las calles,
y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la
señora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales
puede extender su protección, pues conviene que las conozca bien
a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo,
ciudadano Defarge--terminó sin atreverse a prodigar nuevas palabras de
consuelo,--que he expuesto la verdad del caso, ¿no es cierto?
Defarge dirigió a su mujer una mirada sombría y se limitó a
exteriorizar su conformidad por medio de un gruñido.
--Creo, Lucía, que sería conveniente que salieran la niña y la señorita
Pross--repuso Lorry.--Nuestra excelente Pross, Defarge, es una señora
inglesa, que desconoce por completo el francés.
La señora en cuestión, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia
de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier
extranjero, y no había perdido su serenidad de ánimo, no obstante
las perturbaciones y anarquía reinantes en París, se presentó con
los brazos cruzados, y dirigió una mirada castizamente inglesa a La
Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos.
--¡Hola, descarada!--dijo en inglés.--Me alegro de verla buena.
También dirigió una o dos palabras a la señora Defarge; pero ni la una
ni la otra tuvieron por conveniente contestar.
--¿Es ésa la niña?--preguntó la señora Defarge, suspendiendo por
primera vez su tarea y apuntando a Lucía con la aguja de hacer media
cual si fuera el dedo de la Fatalidad.
--Sí, señora--contestó Lorry.--Esa es la hija adorada y única de
nuestro pobre prisionero.
La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros tomó tonos
tan tétricos y amenazadores, que la pobre madre cayó instintivamente
de rodillas al lado de su hija y la estrechó contra su amante pecho.
La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros pareció
extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija.
--No hace falta más--dijo la tabernera.--Los hemos visto ya. Vámonos.
Aquellas palabras entrañaban amenazas muy encubiertas, sí, pero no
tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aquí por qué Lucía,
tendiendo sus brazos suplicantes hacia la señora Defarge, dijo:
--¿Tratarán con bondad a mi pobre marido? ¿Verdad que no le harán daño?
¿Que me conseguirán que pueda verle, si de ustedes depende?
--No es tu marido el que aquí me ha traído--replicó la señora Defarge,
mirando a Lucía con calma espantosa.--Lo único que me interesa es la
hija de tu padre.
--Por mí, pues, sea compasiva con mi marido... ¡por mí y por mi pobre
hijita! ¡Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las
suplica que no cierren su corazón a la voz de la piedad! ¡Más miedo nos
inspiran ustedes que toda la ciudad junta!
La Defarge recibió esta frase última como un cumplimiento, y volvió sus
ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Lucía mordiendo la uña de
su pulgar, acentuó la expresión dura de su rostro al sentir sobre él la
mirada de su mujer.
--¿Qué es lo que en esa cartita te dice tu marido?--preguntó la
tabernera con sonrisa sarcástica.--¿No habla sobre influencia?
--Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le
rodean--contestó Lucía, sacando apresuradamente el billete del pecho,
pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no
sobre el papel.
--En ese caso, él le salvará--observó la tabernera;--no tenemos por qué
mezclarnos nosotros.
--Como esposa y como madre--exclamó Lucía con expresión de ansiedad
inmensa,--imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no
empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor.
¡Hermanas mías... hermanas mías! ¡Acuérdense de que es una esposa y una
madre la que se lo ruega!
La señora Defarge miró a la suplicante con la frialdad de siempre, y
dijo, volviendo su rostro hacia La Venganza:
--Las esposas y madres que desde que nacimos, o poco menos, estamos
acostumbradas a ver, han sido tratadas con grandes consideraciones,
¿verdad? ¿No es cierto que con gran frecuencia hemos visto a sus
maridos y a sus padres sepultados en inmundos calabozos? Desde que
vinimos al mundo, ¿no hemos visto sufrir a nuestras hermanas, en sus
personas y en las de sus hijos, pobrezas, desnudeces, hambres, sed,
enfermedades, miserias, opresiones y desprecios de toda clase?
--Jamás vimos otra cosa--respondió La Venganza.
--Todas esas cosas las hemos sufrido durante mucho, muchísimo
tiempo--repuso la tabernera dirigiéndose a Lucía.--Ahora dime, juzga
por ti misma; ¿crees probable que el dolor de una esposa y la ansiedad
de una madre hagan mella en nosotras?
Continuó haciendo media y salió. Tras ella echó a andar La Venganza y
Defarge salió el último, cerrando la puerta al salir.
--¡Valor, mi querida Lucía!--exclamó Lorry, alzándola del
suelo.--¡Valor y valor! Hasta ahora todo va bien... mucho, muchísimo
mejor de lo que podíamos prometernos. ¡Levante su corazón, querida
Lucía, y demos gracias al Cielo!
--No me falta un corazón agradecido ni dejo de abrigar esperanzas; pero
aquellas mujeres horribles son como sombras negras que obscurecen el
cielo de mis esperanzas.
--¡Chitón, chitón!--exclamó Lorry--¿Cómo se entiende? ¿Es posible que
en ese bravo corazoncito tenga entrada el abatimiento? ¡Sombras! Las
sombras nada significan, Lucía, son inconsistentes... ¡nada!
Pese a sus palabras él mismo sentía también la influencia, la opresión,
de aquellas sombras fatídicas y, aunque no lo confesaba, es lo cierto
que le preocupaban y perturbaban en extremo.
IV
CALMA EN LA TORMENTA
Cuatro días duró la ausencia del doctor Manette.
Con tal diligencia ocultaron a Lucía la mayor parte de los horrorosos
acontecimientos ocurridos en ese lapso de tiempo, que hasta mucho
tiempo después, cuando ya se encontraba a gran distancia del territorio
francés, no supo que mil cien prisioneros indefensos, de ambos sexos
y de todas las edades, habían sido brutalmente asesinados por un
populacho ebrio de sangre, que durante aquellos cuatro días con sus
noches no cesaron ni por un segundo las hazañas de horror, que las
calles de la ciudad en que vivía estaban inundadas de sangre y que la
atmósfera que respiraba era una atmósfera saturada de emanaciones de
sangre. Las únicas noticias que a sus oídos llegaron fueron que el
populacho había atacado las prisiones, que todos los presos políticos
habían corrido serios peligros, y que algunos habían sido arrastrados
por las calles y asesinados.
El doctor comunicó al señor Lorry, no sin exigirle el secreto más
absoluto, que las turbas le obligaron a presenciar brutales escenas
de carnicería y de sangre en la prisión de La Force; que allí había
encontrado en funciones permanentes a un Tribunal, ante el cual
eran presentados uno a uno los prisioneros, que inmediatamente eran
condenados a muerte y ejecutados, o puestos en libertad (muy pocos),
o bien encerrados de nuevo en sus celdas. Añadió que, habiéndole
presentado al Tribunal en cuestión los patriotas que le acompañaban,
expuso él su nombre y su profesión e hizo constar que, sin previa
acusación, y como consecuencia sin previa sentencia, había sido por
espacio de diez y ocho años prisionero secreto de la Bastilla; y
que uno de los individuos que componían el Tribunal se levantó y le
identificó, resultando ser Defarge el individuo de referencia.
Dijo que por los registros que sobre la mesa del Tribunal había pudo
cerciorarse de que su yerno figuraba entre los prisioneros vivos, y
que le defendió con gran calor ante el Tribunal, algunos de cuyos
miembros roncaban desaforadamente mientras otros estaban despiertos,
y entre los cuales los había manchados con sangre de pies a cabeza y
limpios de crímenes (muy pocos), algunos sobrios y otros borrachos
(casi todos), en honor a la Libertad. Que en el primer momento de
entusiasmo, consiguiente a la presencia en aquel lugar de un hombre que
tanto había sufrido, de un mártir torturado por la situación derribada,
le concedieron que Carlos compareciera inmediatamente ante aquel
Tribunal extraño y fuera examinado. Que cuando todo hacía suponer que
iban a decretar su libertad, las corrientes decididamente favorables
tropezaron con obstáculos, cuyo origen y naturaleza eran misterios para
el doctor, los cuales dieron margen a una conferencia secreta. Que el
sujeto que ocupaba el sillón presidencial manifestó seguidamente al
doctor que el prisionero debía continuar recluído, aunque, en atención
a las torturas del doctor, la persona de aquél sería inviolable. Que
inmediatamente, a una señal del presidente, el prisionero fué conducido
de nuevo a su calabozo, pero que él, el doctor, con tal insistencia
solicitó permiso para permanecer allí a fin de asegurarse de que su
yerno, por equivocación o por malicia, no era entregado a las turbas,
cuyos feroces aullidos ensordecían a los jueces, que le fué concedida
la autorización solicitada, y que no se movió de la Sala de la Sangre
hasta que finalizó la escena última del sangriento drama.
Imposible detallar todas las brutalidades, todos los actos de
feroz salvajismo que hubo de presenciar el doctor durante aquellos
cuatro días con sus noches. La loca alegría a que se entregaban los
prisioneros que conseguían un fallo absolutorio le impresionó casi
tanto como la loca ferocidad con que el populacho hacía pedazos a los
que resultaban condenados. Hubo un prisionero a quien el Tribunal
declaró absuelto y que, al salir libre a la calle, un monstruo, por
equivocación sin duda, le asestó una lanzada. El doctor Manette, a
quien rogaron que saliera a curar al herido, salió inmediatamente a
la calle y le encontró rodeado y atendido por infinidad de compasivos
Samaritanos, sentados todos ellos sobre los cadáveres de sus víctimas.
Dando pruebas de una inconsistencia inconcebible por lo monstruosa,
ayudaron al doctor, atendieron al herido con solicitud ejemplar,
improvisaron una camilla y lo transportaron... pero hundiendo una
vez más sus armas asesinas en los cadáveres que llenaban la calle y
realizando otras brutalidades tan repugnantes, que el doctor hubo
de cubrirse los ojos con las manos, y ni aun así pudo evitar caer
desmayado en medio de aquellas fieras.
Vivos temores asaltaron al buen Lorry, mientras escuchaba el pavoroso
relato de labios de su amigo, cuya edad frisaba ya en los sesenta y dos
años, de que las espantosas escenas que había presenciado dieran vida
nueva al peligro antiguo. Acaso se equivocase, sin embargo, y la causa
de su equivocación fuera el hecho de no haber visto nunca a su amigo
bajo el aspecto y carácter en que entonces le veía. Por primera vez en
su vida comprendía el doctor que sus sufrimientos pasados eran para
él fuente de energías y de influencia; por primera vez sintió que en
aquella fragua ardiente forjaba poco a poco los hierros que habían de
quebrantar las puertas de la prisión en que estaba encerrado el marido
de su hija y concederle la libertad.
--En medio de todo fué un bien, amigo mío; no todo han sido calamidades
y ruinas. De la misma manera que mi hija idolatrada hizo cuanto
humanamente podía hacer para que yo recobrara la salud del cuerpo y
la del alma, yo no descansaré hasta que la devuelva a ella lo que
constituye la porción más querida de sí misma. ¡Con la ayuda del Cielo
lo haré!
Tales fueron las palabras pronunciadas por el doctor Manette, una vez
hubo terminado la exposición de hechos. Y cuando Mauricio Lorry vió
chispear en sus ojos el fuego del entusiasmo, y cuando reparó en la
serenidad tranquila de aquel hombre, cuya vida, paralizada por espacio
de varios años, resurgía de nuevo pletórica de energías, abrió su pecho
a la esperanza, y creyó.
Obstáculos mucho mayores que los que ante el doctor se alzaban habrían
cedido ante una perseverancia tan indomable como la suya. Sin rebasar
los linderos de su profesión como médico, cuya misión es alternar con
todas las clases y condiciones sociales, tanto con los presos como con
los que de libertad gozan, lo mismo con los ricos que con los pobres,
sin distinción de opresores y de oprimidos, de buenos y de malos, de
sabios y de ignorantes, con tal sagacidad supo emplear su influencia,
que no tardó en ser nombrado médico inspector de las cárceles, y como
consecuencia, de la de La Force. Pudo asegurar a Lucía que su marido
ya no permanecía solo en una celda aislada, sino mezclado con la
generalidad de los prisioneros; pudo visitar una vez a la semana al
marido de su hija y transmitir a ésta mensajes de aquél; consiguió
que Lucía recibiera algunas cartas de su marido, bien que nunca por
conducto del mismo doctor, pero no consintió que aquélla las dirigiera
a Carlos, pues entre todos los emigrados que sufrían en las cárceles,
ninguno despertaba en el populacho tantas sospechas como aquellos de
quienes se sabía que tenían parientes fuera.
No cabe dudar que aquella fase nueva de la vida del doctor llevaba
consigo ansiedades sin cuento, pero Lorry, a quien no faltaba
sagacidad, comprendió desde el primer momento que a las ansiedades se
unía cierto orgullo que actuaba en ella como poderoso sostén. Nada
de inconveniente tenía aquel orgullo, al contrario, era un orgullo
natural y digno. Sin embargo, Lorry lo observaba como curiosidad digna
de estudio. Sabía el doctor que hasta entonces, tanto su hija como
su amigo habían atribuído a sus largos años de encierro su aflicción
personal, su debilidad, su agotamiento. Pero las circunstancias habían
variado radicalmente; y persuadido de que sus antiguas torturas le
hicieron dueño de fuerzas que podía poner al servicio de la causa de
Carlos, de fuerzas que bien empleadas podían dar como resultado la
libertad del marido de su hija, llegó a exaltarse en tales términos,
que tomó la dirección del asunto y aceptó a los demás en calidad de
cooperadores secundarios, como acepta el que se considera fuerte el
auxilio de otras personas a quienes tiene por débiles. Se invirtieron
las posiciones respectivas del doctor y de su hija, bien que solamente
en lo que podían invertirse sin menoscabo del cariño más tierno y del
amor más acendrado, pues el padre cifraba todo su orgullo en prestar
algún servicio a la que tan inmensos se los había prestado a él.
--El fenómeno es muy curioso--pensaba Lorry;--pero muy natural y muy
noble. Toma, pues, la jefatura, mi querido amigo, encárgate de la
dirección y consérvala: no puede estar en mejores manos.
Mucho trabajó el doctor para conseguir que su yerno fuera puesto en
libertad, o bien para que compareciera ante el Tribunal que decidiera
su suerte, mas no logró vencer las corrientes arrolladoras entonces
desencadenadas. Había alboreado una era nueva, el Rey había sido
sentenciado, condenado y decapitado; la República de la Libertad,
de la Igualdad, de la Fraternidad o la Muerte había declarado que
vencería al mundo alzado en armas contra ella o moriría; en lo alto de
las torres de Nuestra Señora flameaba día y noche la bandera negra;
trescientos mil hombres, evocados por el soplo potente que los llamaba
para combatir a los tiranos de la tierra, brotaron de las distintas
provincias de Francia, cual si los dientes del feroz dragón, sembrados
al vuelo, hubiesen nacido y fructificado por igual en las montañas y
en las llanuras, en las rocas y en la grava, en los terrenos secos y
en los pantanosos, bajo el hermoso cielo meridional y bajo el brumoso
del norte, en los eriales y en los bosques, en las viñas y en los
olivares, entre los trigos y entre las hierbas, en las hermosas vegas
bañadas por los ríos y en las arenosas playas besadas por el mar. ¿Qué
esfuerzo particular, por inmenso que fuera, era capaz de luchar contra
el diluvio del Año Uno de la Libertad... un diluvio que brotaba abajo
en vez de venir de las nubes, un diluvio que anegaba a Francia estando
cerradas las compuertas de los cielos?
Del suelo francés habían quedado desterradas la pausa, la piedad, la
compasión, la paz, el descanso, el sosiego, la medición del tiempo.
Los días y las noches se sucedían como siempre, es verdad; a la noche
seguía la mañana y comenzaba un día nuevo, pero la cuenta del tiempo
no pasaba de allí, pues su percepción se había perdido en la fiebre
devoradora de una nación, de la misma manera que la pierde un enfermo
en su fiebre individual. Hoy interrumpía el silencio sobrenatural de
toda una ciudad el verdugo, mostrando al pueblo la cabeza del Rey, y
otro día presentaba la cabeza de una Reina célebre por su hermosura,
que no necesitó más que ocho meses de viudez y de miserias para que sus
cabellos sé trocaran de rubios que eran en blancos como la nieve.
Sin embargo, cumpliéndose una vez más la ley extraña de las
contradicciones, el tiempo, no obstante volar con vertiginosa
rapidez, parecía arrastrarse con lentitud desesperante. Un tribunal
revolucionario en la capital y cuarenta y cinco mil comités
revolucionarios funcionando en la nación; una Ley de Sospechosos
que barrió las garantías en que descansan la libertad y la vida y
entregó a toda persona buena o inocente en manos de cualquier malvado,
de cualquier criminal; prisiones atestadas de gente que no habían
cometido falta alguna y a quienes se cerraban todos los caminos que
pudieran conducir a su justificación, tales eran los principios en que
descansaba el orden social establecido, principios que parecían de
uso antiguo a las pocas semanas de implantados. Por encima de todo,
descollaba una figura fatídica que con rapidez brutal se hizo tan
familiar a los franceses como si fuera anterior a los fundamentos del
mundo; la figura de la esposa llamada Guillotina.
El pueblo la había convertido en manantial inagotable de chistes. Era
el remedio más eficaz para curar el dolor de cabeza, el preventivo más
infalible contra las canas y la calvicie, daba al cutis una delicadeza
especial, era la Navaja Barbera Nacional que mejor afeitaba, el que
tenía la suerte de besar a la Guillotina, miraba por un agujerito
y estornudaba dentro de un cesto; era el signo de la regeneración
del género humano y había eclipsado a la Cruz. Muchas gargantas que
antes llevaron crucecitas ostentaban ahora dijes-guillotina y eran
infinitos los que jamás creyeron en la Cruz y, sin embargo, creían en
la Guillotina y ante ella se postraban.
Tantas eran las cabezas que cortaba, que lo mismo que el feroz aparato
como el suelo que deshonraba rezumaban sangre. Formada de varias piezas
desmontables, como los rompe-cabezas, la armaban cuantas veces debía
entrar en funciones. Era una señora cuya misión principal consistía
en hacer enmudecer a la elocuencia, en humillar a los poderosos y
en concluir con la hermosura y con la bondad. En una mañana, y en
veintidós minutos, había rebanado veintidós cabezas de otros tantos
amigos del bien público, de ellos veintiuno vivos, y uno muerto
antes de subir al tablado fatal. El funcionario público encargado de
manejarla había heredado el nombre de aquel prodigio de fuerzas de que
nos habla el Antiguo Testamento; pero el Sansón francés, armado de la
Guillotina, era mucho más fuerte y robusto que su tocayo israelita, y
más ciego y más bruto, pues todos los días y a todas horas arrancaba
las puertas del mismo Templo de Dios.
Caminaba el doctor Manette entre estos horrores y entre la ralea
que los producía con la cabeza firme, lleno de confianza en su
poder, siempre tendiendo al fin que se había prefijado, bien que
cautelosamente, y sin poner en tela de juicio que el resultado de
sus esfuerzos sería en definitiva la libertad del marido de Lucía.
Era, empero, tan impetuosa la corriente del tiempo, tan profundas las
aguas, volaba aquél con furia tan tremenda, que Carlos continuaba
pudriéndose en la cárcel a los quince meses de haber entrado en
ella sin que la robusta confianza del doctor se conmoviera. Durante
el mes de diciembre, la Revolución arreció de tal manera en sus
furias, que los ríos del Sur con dificultad podían correr por sus
espaciosos cauces, llenos de montones de cadáveres de los que durante
la noche eran ahogados violentamente en sus aguas. Los prisioneros
eran arcabuceados por docenas, por cientos, por millares; pero el
doctor continuaba avanzando entre tantos horrores con paso firme y
cabeza sólida. En París no había hombre más conocido que él ni que en
situación más extraña se encontrase. Silencioso, humano, indispensable
en los hospitales y en las cárceles, prodigando los auxilios de la
ciencia lo mismo a los asesinos que a las víctimas, puede decirse que
era un hombre aparte. En el ejercicio de su profesión, el cautivo de la
Bastilla era el ídolo del pueblo. Más que hombre, parecía Espíritu que
se movía entre los mortales.
V
EL ASERRADOR
Un año y tres meses. No disfrutó Lucía de un minuto de tranquilidad
durante todo ese tiempo, pues jamás pudo hoy asegurar que la cabeza de
su marido no rodaría al día siguiente. A todas horas rebotaban sobre
el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados.
Lindas muchachitas, señoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de
pelo negro, de pelo castaño, de pelo rubio, de pelo blanco; jóvenes
robustos, pletóricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los
años, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban
vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas
de sus inmundos calabozos y conducidos en procesión interminable
por las calles para apagar la sed devoradora de aquélla. Libertad,
Igualdad, Fraternidad o Muerte... Más frutos has dado de Muerte que de
Libertad, Igualdad ni Fraternidad, ¡oh Guillotina!
Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso
de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor,
sumiéndola en ese estado de desesperación ociosa, seguramente la habría
enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a
tantas otras, pero desde el instante en que estrechó contra su pecho
juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la
taberna del barrio de San Antonio, se había consagrado al cumplimiento
estricto de sus deberes, y los cumplió con tanta abnegación en los días
de prueba, como en los de calma y felicidad.
No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su
padre entró de lleno en el ejercicio de su profesión, Lucía arregló su
reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido
a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus
lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes
artificios con que la desolada esposa pretendía engañarse a sí misma,
infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendría la dicha
de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los días
hacía... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches
dirigía al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un
desgraciado determinado de los muchos que gemían en las tétricas
antesalas de la muerte, eran los consuelos únicos de su conturbada alma.
Su aspecto exterior varió muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy
semejante a los crespones de la viudez, así como el de su hija, negro
como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron
los que usó en sus días más felices. Perdió la frescura de su rostro,
constantemente triste y decaído, pero en nada decayeron su hermosura y
gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre,
buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante
las horas interminables del día, pudiendo decirse que aquél era su
único consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con
decisión:
--Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo sé que puedo salvarle,
hija mía.
No habían transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a
casa, la dijo su padre:
--Mira, querida; en lo más alto del edificio de la cárcel hay una
ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres
de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e
incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podría
verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te
indicaré. En cambio tú, pobre hija mía, no podrás verle a él, fuera de
que, aun cuando pudieras, sería peligroso que hicieras la señal más
insignificante de reconocimiento.
--¡Oh padre mío! Enséñame el sitio, y allí estaré yo todos los días.
A partir de aquella noche, Lucía, todos los días, fueran buenos o
malos, de sol o de lluvia, de calor o de frío, pasó en el sitio que le
indicó su padre dos horas. Allí estaba en el momento que los relojes
de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y allí continuaba hasta
las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignación. Cuando el
tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso
contrario, iba sola; pero no faltó ni un solo día.
El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha
y tortuosa. No había en ella más que una casa habitada por un hombre
que se dedicaba a aserrar leños para la lumbre; todo lo demás de la
calle era muro correspondiente a edificios que tenían la entrada por
otra paralela.
Al tercer día de acudir Lucía al sitio indicado por su padre, la vió el
aserrador.
--Buenas tardes, ciudadana.
--Buenas tardes, ciudadano.
Era la salutación prescripta nada menos que por un decreto. Habíanla
implantado algún tiempo antes los patriotas más exaltados, pero por la
época a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo.
--¿Paseando por aquí, ciudadana?
--Ya lo estás viendo, ciudadano.
El aserrador, que en tiempos anteriores había sido peón caminero, alzó
los ojos, extendió el brazo en dirección a la cárcel, llevó ambas
manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una
reja, miró a través de los mismos, y soltó una risotada significativa.
--No es asunto mío--dijo,--y continuó aserrando.
Al día siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Lucía,
pues se abocó con ella no bien hizo su aparición en la calleja.
--¿Otra vez de paseo por aquí, ciudadana?
--Sí, ciudadano.
--¡Ah! ¿Y con una niña? Tu mamá, ciudadanita, ¿no es verdad?
--¿Contesto que sí, mamá?--preguntó en voz baja la niña, acercándose a
su madre.
--Sí, querida, sí.
--Sí, ciudadano--respondió Lucita.
--¡Ah! No es asunto mío. Lo único que me interesa es trabajar... Mira
mi sierra, ciudadana... La llamo mi querida Guillotina... La, la, la,
la, la... y cae una cabeza.
En efecto; mientras hablaba, cayó el trozo de leño, y el aserrador lo
metió en un cesto.
--Yo me doy el nombre de Sansón el de la Guillotina del combustible.
Manejo mi aparato, y cae una cabeza... Ahora cae una cabeza de mujer...
¿estás viendo, ciudadana? Llega el turno a la niña... ¡paf! ¡Adiós,
cabecita! Concluí con toda la familia.
Repugnaba a Lucía ver aserrar los leños y no podía ver sin sentir
un estremecimiento el acto de ponerlos en el cesto, pero le era
imposible permanecer en aquel sitio durante las horas de trabajo del
aserrador sin que éste la viese. En lo sucesivo, a fin de conquistarse
sus simpatías, no sólo era ella la que se adelantaba a dirigirle la
palabra, sino también le daba algunas monedas para beber, que él
aceptaba sin hacerse de rogar.
Era el aserrador un sujeto sumamente curioso. Muchas veces, cuando
Lucía, olvidada de su presencia permanecía largo rato con la vista
fija en las rejas de la cárcel y el corazón puesto en su marido, al
darse cuenta de su imprudencia, bajaba la vista y veía al aserrador que
la miraba sonriente, puesta la rodilla sobre el banco y empuñando la
sierra, pero sin trabajar. Cuando esto ocurría, por regla general decía
«no es asunto mío,» y reanudaba el trabajo sin más comentarios.
En todo tiempo, lo mismo durante las nieves y hielos del invierno que
aguantando los furiosos vendavales de la primavera, tanto bajo el sol
abrasador de verano como bajo las torrenciales lluvias del otoño, ni
un solo día dejó Lucía de pasar dos horas en aquel sitio, ni un solo
día dejó de besar, al marcharse, los muros de la cárcel. Veíala su
marido (lo sabía Lucía por conducto de su padre) una vez por cada cinco
o seis que salía, dos o tres días consecutivos algunas veces, aunque
también ocurría que se viese privado de esa dicha durante una semana
entera. Lucía estaba satisfecha con que la viese cuantas veces tuviera
oportunidad de llegar hasta la ventana, y a trueque de no defraudarle
una sola, hubiese salido no un día, no una semana; años enteros.
Llegó el mes de diciembre. Su padre continuaba caminando entre
espantosos horrores, siempre con paso firme, siempre con cabeza sólida.
Una tarde fría y lluviosa, Lucía llegó al rinconcito de costumbre. Era
un día de regocijo general. Había visto aquélla las casas engalanadas
con profusión de gorros atravesados en pequeñas lanzas, y adornados
con cintas tricolores y con la inscripción, también tricolor (las
letras tricolores estaban en gran moda): «República Una e Indivisible.
Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»
Tan mísero y reducido era el taller del aserrador, que toda su
superficie resultaba casi insuficiente para la inscripción copiada.
Coronaba la casa su correspondiente lanza provista de su indispensable
gorro colorado, cual cuadraba a todo ciudadano que por bueno se
tuviera, y en una ventana había colocado su sierra, bajo la cual se
leía la inscripción siguiente: «La Santa Guillotina.» El taller estaba
cerrado, el aserrador se encontraba ausente, y Lucía pudo saborear el
placer de verse completamente sola.
No estaba, empero, muy lejos el aserrador. Duraba la espera de Lucía
contados minutos, cuando sonaron en la calle recios gritos que la
llenaron de terror. Segundos después, doblaban la esquina de la cárcel
compactas muchedumbres, en cuyo centro iba el aserrador dando la mano
a La Venganza. No bajarían las personas de quinientas, y bailaban como
pudieran hacerlo quinientos mil demonios. Ni llevaban tampoco música,
que para sus endiabladas danzas bastábales el ronco y discordante
gritar de sus gargantas. Cantaban el himno popular a la Revolución, y
se acompañaban con feroz entrechocar de dientes. Bailaban una danza
feroz, que no describiremos, pues a nuestro propósito basta decir que
el salvajismo reinante había convertido una distracción inocente en
medio eficaz de encender la sangre, embotar los sentidos y endurecer el
corazón.
Era la Carmañola. Lucía, horrorizada, yerta de espanto, habíase
refugiado en el hueco de la puerta del aserrador, cubriéndose el rostro
con las manos.
--¡Oh padre mío!--exclamó al separar las manos, y encontrarse
inopinadamente frente al doctor.--¡Qué espectáculo tan cruel, tan
repugnante!
--Lo sé, queridita mía, lo sé. Lo he presenciado muchas veces. No te
asustes, que nadie ha de hacerte el menor daño.
--No me asusto por mí, padre mío; pero cuando pienso en mi marido y en
los arrebatos de esas gentes...
--Pronto le pondremos a cubierto de sus arrebatos. Le he dejado
subiendo a la ventana y he venido a decírtelo. Como hoy nadie queda por
aquí que pueda verte, no importa que envíes un beso con la mano a lo
más alto del tejado, al mismo alero.
--Lo enviaré, padre mío, y con el beso enviaré mi alma entera.
--No puedes verle, pobre hija mía; ¿verdad?
--No, padre mío, no puedo--contestó Lucía llorando.
Sonaron algunos pasos y apareció la señora Defarge.
--Salud, ciudadana--dijo el doctor.
--Salud, ciudadano--contestó la tabernera, continuando la marcha sin
detenerse.
--Dame el brazo, querida mía. Sal de aquí, pero fingiendo alegría,
aunque ya sé que no puedes sentirla... Así, muy bien. Mañana
comparecerá Carlos ante sus jueces.
--¡Mañana!
--No se puede perder tiempo. Todo lo tengo admirablemente dispuesto,
pero hay necesidad de adoptar precauciones que es imposible ultimar
hasta el momento mismo en que Carlos se presente ante el Tribunal. No
ha recibido aún la citación, pero me consta que le citarán para mañana
y que será trasladado a la Conserjería. Como ves, recibo las noticias
con oportunidad. Supongo que no te asustarás, ¿eh?
A duras penas pudo balbucear la infeliz.
--Confío en ti.
--Puedes confiar, en la seguridad de no salir defraudada. Tus agonías
tocan a su fin, amor mío. Dentro de breves horas le tendrás en tus
brazos. Le he rodeado de todas las protecciones imaginables. Necesito
ver a Lorry...
Interrumpióse el doctor. En la calle inmediata sonaba pesado ruido de
carros. Una... dos... tres... Tres carretas cargadas de condenados
conducidos al suplicio.
--Necesito ver a Lorry--repitió el doctor, volviendo la cabeza al lado
contrario para no ver el fúnebre convoy.
El buen Lorry continuaba inmóvil en el edificio del Banco. Tanto él
como los libros eran objeto de frecuentes requisas en calidad de bienes
confiscados y convertidos en nacionales, lo que no fué óbice para que
salvase cuanto le fué posible, a fuerza de entereza y de abnegación.
Estaba obscureciendo cuando el padre y la hija llegaron al Banco. La
suntuosa residencia del señor continuaba desierta. Sobre la verja
del jardín había una inscripción que decía así: «Propiedad Nacional.
República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»
¿Qué era del señor Lorry, que no se encontraba en su despacho? ¿A
quién acababa de despedir cuando salió, agitado y sorprendido, para
estrechar entre sus brazos a su idolatrada amiguita? ¿A quién repitió
las palabras que con balbuciente voz acababan de dirigirle a él,
diciendo desde la puerta que estaba traspasando: «Trasladado a la
Conserjería y citado para mañana?»
VI
TRIUNFO
Sin exageración puede afirmarse que el formidable Tribunal de los
Cinco no ya sólo funcionaba todos los días, sino también estaba en
función permanente. Las relaciones de los prisioneros que debían
comparecer ante el Tribunal al día siguiente eran entregadas todas las
tardes a los alcaides de las cárceles, quienes, a su vez, leían a los
interesados. En la jerga de la cárcel, a las listas en cuestión se las
llamaba «Diarios de la noche.»
«Carlos Evrémonde, alias -Darnay-.»
Tal era el nombre que encabezaba el «Diario de la noche»
correspondiente a La Force.
Apenas pronunciado el nombre, separóse el interesado del grupo de
sus compañeros de infortunio y se colocó en el sitio destinado a
los nombrados. Como Carlos Darnay había presenciado aquella escena
centenares de veces, dicho se está que le sobraban motivos para conocer
la costumbre.
El rechoncho alcaide le dirigió una mirada a través de los sucios
cristales de las antiparras, sin las cuales no podía leer, a fin de
cerciorarse de que había pasado al lugar que debía ocupar, y comprobado
ese extremo, continuó leyendo la lista, haciendo una pausa parecida
después de cada nombre. Veintitrés fueron los nombrados, pero como de
ellos había fallecido uno en la cárcel, y la Santa Guillotina había
hecho rodar las cabezas de otros dos, aunque ni de éstos ni de aquél
se acordaba nadie, sólo veinte contestaron al llamamiento. La lista
fué leída en la misma pieza abovedada donde Carlos encontró reunidos
a tantos prisioneros la noche de su ingreso en la cárcel. Todos ellos
habían sido despedazados por las turbas el día de la matanza general, y
los que con posterioridad entraron, volvieron a salir para tomar en el
cadalso el pasaje para el otro mundo.
Cruzáronse entre los que salían y los que quedaban algunas frases
de despedida y de aliento, no muchas, pues aparte de tratarse de un
incidente que se repetía todos los días, la sociedad de La Force tenía
en proyecto para aquella noche la celebración de algunos juegos, y
había que aprovechar el tiempo para ultimar el programa. Los que
quedaban acompañaron a los que se iban hasta la reja de salida de la
sala, vertieron algunas lágrimas, y se volvieron, pues era preciso
rellenar los veinte huecos que los ausentes dejaban vacantes, si
no querían renunciar a los esparcimientos de la velada, y había que
hacerlo antes de la hora de silencio, en que se confiaba la vigilancia
del establecimiento a ejércitos de feroces mastines que llenaban los
corredores y salas contiguas. Y no es que los prisioneros fueran
insensibles ni duros de corazón; pero en su carácter, en su manera de
ser, influía, como no podía menos, la condición de la época. De la
misma manera que aquéllos vieron salir punto menos que impasibles a
sus compañeros de infortunio, hubo muchos que, intoxicados, cediendo
sin duda a una especie de fervor que hoy apenas se comprende, pero
muy natural en aquel tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad al
pueblo, y corrieron espontáneamente en busca de las caricias de la
guillotina, sin que en su acto influyera poco ni mucho la jactancia,
sino la infección general consiguiente al brutal sacudimiento del
alma pública. En épocas de pestilencia, se ven personas a quienes
atrae misteriosamente el contagio, personas que desearían morir de
él. Y es que todos llevamos encerradas en el fondo de nuestras almas
rarezas dormidas que no necesitan más que el concurso de determinadas
circunstancias para despertar.
Breve y obscuro era el paso desde La Force a la Conserjería, largas y
frías las noches pasadas en las pestilentes celdas de la última. Quince
prisioneros comparecieron ante el Tribunal a la mañana siguiente, antes
que fuera llamado a comparecer Carlos Darnay. Las vistas de los quince
duraron hora y media, y los quince fueron condenados a muerte.
«Carlos Evrémonde, alias -Darnay-,» llamaron al fin.
Lucían los jueces sombreros adornados con plumas, pero fuera de
ellos, toda la concurrencia llevaba gorros de lana colorados con sus
correspondientes escarapelas tricolores. Bastaba dirigir una mirada
al Tribunal para sospechar que había sido invertido el orden natural
de las cosas y que los criminales juzgaban a los hombres honrados.
Inspiraba las sentencias el populacho más vil, más cruel, más criminal
de la ciudad, y las inspiraba poniendo en sus inspiraciones cantidades
inmensas de bajeza, de crueldad y de ruindad, ora comentando a grito
herido, ora aplaudiendo, ora anticipando y precipitando el resultado
de las deliberaciones. Todos los hombres que llenaban la sala iban
armados hasta los dientes; todas las mujeres llevaban cuchillos y
dagas, algunas comían, otras bebían, otras hacían calceta. Entre estas
últimas había una que se distinguía por su laboriosidad. Estaba sentada
en una de las primeras filas junto a un hombre a quien Carlos no había
vuelto a ver desde el día que llegó a la Barrera de París, pero que le
recordaba a Defarge. Observó aquél que la mujer habló dos o tres veces
en voz muy baja a su vecino de asiento, lo que le hizo suponer que era
su mujer, pero lo que más poderosamente llamó su atención, fué que no
obstante encontrarse lo más cerca posible de él, ni una sola vez le
miraron. Volvía con frecuencia los ojos a los jueces, como si esperasen
algo, pero nada más. Cerca del Presidente del Tribunal estaba sentado
el doctor Manette, tranquilo como siempre y vestido como siempre.
El prisionero reparó en que solamente el doctor y el señor Lorry,
sentado a su lado, vestían como de ordinario, y no ostentaban la soez
indumentaria de la Carmañola.
Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, fué acusado por el Fiscal
público de emigrado cuya vida correspondía a la República a tenor del
decreto que proscribía a todos los emigrados bajo pena de muerte. Que
el decreto en cuestión hubiese sido promulgado cuando ya el acusado
estaba en Francia, era circunstancia trivial que no merecía tenerse
en cuenta. Existía el decreto, tenían delante al acusado que había
sido preso dentro de las fronteras de Francia, y la República pedía su
cabeza.
--¡Que ruede su cabeza!--rugió el público--¡Muera ese enemigo de la
República!
El Presidente agitó la campanilla para acallar aquellos gritos, y
preguntó al acusado si no era cierto que había residido muchos años en
Inglaterra.
Darnay contestó afirmativamente.
--¿Y dices que no eres emigrado? ¿Qué nombre te das, pues?
--No me tengo por emigrado a tenor de la letra y del espíritu de la ley.
--¿Por qué no? Eso es lo que deseo saber.
--Porque libre y espontáneamente renuncié un título que no era de mi
gusto y una posición social que me desagradaba, y salí de mi patria
para vivir de mi trabajo en Inglaterra antes que de rentas cobradas al
pueblo de Francia, agobiado bajo el peso de tantos tributos y gabelas.
--¿Cómo pruebas la exactitud de tus manifestaciones?
--Con el testimonio de Teófilo Gabelle y de Alejandro Manette.
--Pero tú casaste en Inglaterra--objetó el Presidente.
--Cierto; pero no con mujer inglesa.
--¿Con una ciudadana de Francia?
--Sí.
--¿Su apellido y familia?
--Lucía Manette, hija única del doctor Manette, del excelente médico
aquí presente.
Esta contestación produjo en el auditorio un efecto imposible de
pintar con palabras. Retemblaba la sala bajo los gritos de entusiasmo
delirante que arrancó el solo nombre del doctor Manette. Tan
caprichosos eran los movimientos del pueblo, que inmediatamente se
llenaron de lágrimas muchos ojos que un segundo antes contemplaban con
ferocidad al acusado cual si se desbordase la impaciencia porque les
fuera entregado para despedazarlo.
Carlos Darnay, en sus manifestaciones, había seguido al pie de la letra
las instrucciones del doctor.
--¿Por qué regresó el acusado a Francia cuando lo hizo, y no
antes?--preguntó el Presidente.
--No regresé antes--contestó Carlos--sencillamente porque en Francia
no poseía otros medios de vida que los bienes que había renunciado,
al paso que en Inglaterra ganaba lo necesario para mi subsistencia
dando lecciones de francés y de literatura francesa. Si regresé cuando
lo hice, fué cediendo a una súplica escrita de un ciudadano francés,
quien me manifestó que mi ausencia comprometía muy seriamente su vida.
Regresé para salvar la vida al ciudadano en cuestión, y para declarar
la verdad sin reparar en peligros ni molestias. ¿Qué crimen ven en esto
los ojos de la República?
El populacho gritó ebrio de entusiasmo:
--¡Ninguno... ninguno!
Agitó el Presidente la campanilla, mas no logró imponer silencio hasta
que el auditorio se cansó de gritar.
--¿Cómo se llamaba el ciudadano a quien el acusado se
refiere?--preguntó el Presidente.
--Teófilo Gabelle, aquí presente. Comprueba mis manifestaciones la
carta a que he aludido, la cual, si bien me fué quitada en la Barrera,
no dudo que figurará entre los documentos que el Presidente tiene sobre
la mesa.
Buen cuidado había tenido el doctor de que la carta de referencia
estuviera sobre la mesa. El Presidente la encontró sin esfuerzo, y la
leyó en voz alta. Seguidamente fué llamado Gabelle para que confirmara
las manifestaciones del acusado y se declarara autor de la carta,
lo que hizo aquél con gran precisión y acento de verdad. Insinuó el
ciudadano Gabelle con delicadeza y tacto exquisitos, que el Tribunal,
falto de tiempo como consecuencia de los infinitos enemigos de la
República que exigían toda su atención, habíale dejado en la cárcel de
la Abadía hasta tres días antes, olvido insignificante y muy natural;
y que, cuando compareció ante el Tribunal, fué declarado inocente y
puesto en libertad, por haber disipado a satisfacción de sus jueces las
acusaciones que sobre él pesaban.
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