Lucía, a la que refirió que su padre, auxiliado por el pueblo, había ido a buscar a su marido. Con Lucía estaba su hija y la señorita Pross, pero tal era la confusión del buen Lorry, que ni le sorprendió siquiera encontrarlas allí hasta mucho rato después. La noche fué horrible. Lucía, presa de estupor, estaba sentada en el suelo retorciéndose las manos, y la señorita Pross, después de acostar a la niña, cedió al sueño que la acosaba y quedó dormida con la cabeza doblada sobre la camita de la niña. ¡Noche horrible, durante la cual Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada Lucía! ¡Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba, la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y las noticias no venían! Dos veces más repicó con violencia la campana de la verja, dos veces más se repitió la irrupción, dos veces más pusieron en movimiento la piedra de afilar. Lucía se asustó. --¿Qué es eso?--preguntó. --¡Silencio!--respondió Lorry.--Son los soldados que afilan sus espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija mía. Alboreó el nuevo día. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de Lucía y se asomó a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre, cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo sobre el que había estado tendido y miraba con expresión estúpida en rededor. Aquel asesino cansado de matar vió los soberbios carruajes del señor, se dirigió a uno de ellos con paso vacilante, abrió la portezuela, y se encerró en su interior dispuesto a descansar de las fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones. III LA SOMBRA Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida; pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a negocios, Lorry era rígido, inflexible. Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las empresas que allí se fraguaban y maduraban. Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía. Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una calle aislada rodeada de edificios deshabitados. Sin perder momento trasladó a la habitación mencionada a Lucía, a su hija y a la señorita Pross, a las cuales dió cuantos consuelos pudo, que fueron más de los que él mismo tenía. Dejó con ellas a Jeremías -Lapa- y volvió a engolfarse en sus ocupaciones. Pasó el resto del día triste, preocupado y receloso, hasta que llegó la hora de cerrar el establecimiento. Retiróse entonces a su habitación, como el día anterior, y estaba pensando en las resoluciones que le convendría adoptar, cuando oyó ruido de pasos en la escalera. Segundos después se le presentaba un hombre que, mirándole con mirada penetrante, se le dirigía por su nombre. --A su disposición, señor Lorry. ¿Me conoce usted? Era un individuo de constitución sólida, de pelo negro naturalmente rizado y de unos cuarenta y cinco años de edad. --¿Me conoce usted?--repitió. --He visto a usted en alguna parte. --¿En mi tienda de vinos, quizás? Más interesado que nunca, y no poco agitado, preguntó Lorry: --¿Viene usted de parte del doctor Manette? --Sí; vengo de parte del doctor Manette. --¿Y qué dice? ¿Me envía algo? Defarge puso en la mano que anhelante le tendía Lorry un pedazo de papel, que contenía las palabras siguientes, escritas de puño del doctor: «Carlos sin novedad, pero no puedo yo abandonar el sitio en que me encuentro. He logrado que el portador de esta lleve dos líneas de Carlos para su mujer. Haga que el dador se vea con mi hija.» Estaba fechada la misiva en La Force una hora antes. --¿Tiene usted la bondad de acompañarme a la casa en que reside la esposa de Carlos?--preguntó Lorry, sin ocultar la alegría que la lectura del billete le había producido. --Sí--contestó Defarge. Sin parar mientes en el tono reservado y curiosamente mecánico con que Defarge hablaba, Lorry se encasquetó el sombrero y bajó con su visitante al jardín, donde encontraron a dos mujeres, una de ellas haciendo calceta. --¿La señora Defarge?--preguntó Lorry, quien la había dejado ocupada en lo mismo diez y siete años antes. --La misma--contestó el marido. --¿Viene con nosotros su señora?--preguntó Lorry, al observar que las mujeres echaban a andar. --Sí. Viene para reconocer las caras y conocer a las personas. Es una medida que conviene a la hija del doctor. Lorry, a quien comenzaron a parecerle extrañas la actitud y palabras de Defarge, dirigióle una mirada recelosa y continuó andando. Siguieron las dos mujeres, una de las cuales era la llamada La Venganza. Cruzaron las calles inmediatas con cuanta rapidez les fué posible, subieron la escalera del domicilio de Lucía, Jeremías les franqueó la entrada, y encontraron a la esposa de Carlos sola y llorando. Las noticias que acerca de su marido la dió Lorry la llenaron de alegría, y estrechó con efusión la mano que la entregaba las breves palabras escritas por su Carlos... sin pensar en lo que la noche anterior había estado haciendo aquella mano muy cerca de la persona de su marido, ni en lo que con éste hubiese hecho de no impedirlo una casualidad feliz. «Valor, queridita mía. Estoy bien, y tu padre goza de influencia sobre los que me rodean. No puedes contestarme. Besa por mí a nuestro ángel.» Nada más decía el billete. Era, sin embargo, tanto para la desventurada que acababa de recibirlo, que en su agradecimiento se volvió hacia la mujer de Defarge y besó con efusión las manos que hacían calceta. Fué un acto de esposa apasionada, amante, agradecida; pero la mano que de aquel fué objeto no lo contestó. Separóse de sus labios pesada, fría como el hielo, y continuó haciendo media. Algo encontró Lucía en aquella mano que la estremeció. En el instante mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar allí el billete recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron un terror infinito. La señora Defarge contestó a su mirada con otra que rebosaba impasibilidad, hielo. --Mi querida Lucía--dijo Lorry, tratando de explicar la presencia de las mujeres,--son muy frecuentes las conmociones en las calles, y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la señora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales puede extender su protección, pues conviene que las conozca bien a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo, ciudadano Defarge--terminó sin atreverse a prodigar nuevas palabras de consuelo,--que he expuesto la verdad del caso, ¿no es cierto? Defarge dirigió a su mujer una mirada sombría y se limitó a exteriorizar su conformidad por medio de un gruñido. --Creo, Lucía, que sería conveniente que salieran la niña y la señorita Pross--repuso Lorry.--Nuestra excelente Pross, Defarge, es una señora inglesa, que desconoce por completo el francés. La señora en cuestión, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier extranjero, y no había perdido su serenidad de ánimo, no obstante las perturbaciones y anarquía reinantes en París, se presentó con los brazos cruzados, y dirigió una mirada castizamente inglesa a La Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos. --¡Hola, descarada!--dijo en inglés.--Me alegro de verla buena. También dirigió una o dos palabras a la señora Defarge; pero ni la una ni la otra tuvieron por conveniente contestar. --¿Es ésa la niña?--preguntó la señora Defarge, suspendiendo por primera vez su tarea y apuntando a Lucía con la aguja de hacer media cual si fuera el dedo de la Fatalidad. --Sí, señora--contestó Lorry.--Esa es la hija adorada y única de nuestro pobre prisionero. La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros tomó tonos tan tétricos y amenazadores, que la pobre madre cayó instintivamente de rodillas al lado de su hija y la estrechó contra su amante pecho. La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros pareció extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija. --No hace falta más--dijo la tabernera.--Los hemos visto ya. Vámonos. Aquellas palabras entrañaban amenazas muy encubiertas, sí, pero no tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aquí por qué Lucía, tendiendo sus brazos suplicantes hacia la señora Defarge, dijo: --¿Tratarán con bondad a mi pobre marido? ¿Verdad que no le harán daño? ¿Que me conseguirán que pueda verle, si de ustedes depende? --No es tu marido el que aquí me ha traído--replicó la señora Defarge, mirando a Lucía con calma espantosa.--Lo único que me interesa es la hija de tu padre. --Por mí, pues, sea compasiva con mi marido... ¡por mí y por mi pobre hijita! ¡Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las suplica que no cierren su corazón a la voz de la piedad! ¡Más miedo nos inspiran ustedes que toda la ciudad junta! La Defarge recibió esta frase última como un cumplimiento, y volvió sus ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Lucía mordiendo la uña de su pulgar, acentuó la expresión dura de su rostro al sentir sobre él la mirada de su mujer. --¿Qué es lo que en esa cartita te dice tu marido?--preguntó la tabernera con sonrisa sarcástica.--¿No habla sobre influencia? --Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le rodean--contestó Lucía, sacando apresuradamente el billete del pecho, pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no sobre el papel. --En ese caso, él le salvará--observó la tabernera;--no tenemos por qué mezclarnos nosotros. --Como esposa y como madre--exclamó Lucía con expresión de ansiedad inmensa,--imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor. ¡Hermanas mías... hermanas mías! ¡Acuérdense de que es una esposa y una madre la que se lo ruega! La señora Defarge miró a la suplicante con la frialdad de siempre, y dijo, volviendo su rostro hacia La Venganza: --Las esposas y madres que desde que nacimos, o poco menos, estamos acostumbradas a ver, han sido tratadas con grandes consideraciones, ¿verdad? ¿No es cierto que con gran frecuencia hemos visto a sus maridos y a sus padres sepultados en inmundos calabozos? Desde que vinimos al mundo, ¿no hemos visto sufrir a nuestras hermanas, en sus personas y en las de sus hijos, pobrezas, desnudeces, hambres, sed, enfermedades, miserias, opresiones y desprecios de toda clase? --Jamás vimos otra cosa--respondió La Venganza. --Todas esas cosas las hemos sufrido durante mucho, muchísimo tiempo--repuso la tabernera dirigiéndose a Lucía.--Ahora dime, juzga por ti misma; ¿crees probable que el dolor de una esposa y la ansiedad de una madre hagan mella en nosotras? Continuó haciendo media y salió. Tras ella echó a andar La Venganza y Defarge salió el último, cerrando la puerta al salir. --¡Valor, mi querida Lucía!--exclamó Lorry, alzándola del suelo.--¡Valor y valor! Hasta ahora todo va bien... mucho, muchísimo mejor de lo que podíamos prometernos. ¡Levante su corazón, querida Lucía, y demos gracias al Cielo! --No me falta un corazón agradecido ni dejo de abrigar esperanzas; pero aquellas mujeres horribles son como sombras negras que obscurecen el cielo de mis esperanzas. --¡Chitón, chitón!--exclamó Lorry--¿Cómo se entiende? ¿Es posible que en ese bravo corazoncito tenga entrada el abatimiento? ¡Sombras! Las sombras nada significan, Lucía, son inconsistentes... ¡nada! Pese a sus palabras él mismo sentía también la influencia, la opresión, de aquellas sombras fatídicas y, aunque no lo confesaba, es lo cierto que le preocupaban y perturbaban en extremo. IV CALMA EN LA TORMENTA Cuatro días duró la ausencia del doctor Manette. Con tal diligencia ocultaron a Lucía la mayor parte de los horrorosos acontecimientos ocurridos en ese lapso de tiempo, que hasta mucho tiempo después, cuando ya se encontraba a gran distancia del territorio francés, no supo que mil cien prisioneros indefensos, de ambos sexos y de todas las edades, habían sido brutalmente asesinados por un populacho ebrio de sangre, que durante aquellos cuatro días con sus noches no cesaron ni por un segundo las hazañas de horror, que las calles de la ciudad en que vivía estaban inundadas de sangre y que la atmósfera que respiraba era una atmósfera saturada de emanaciones de sangre. Las únicas noticias que a sus oídos llegaron fueron que el populacho había atacado las prisiones, que todos los presos políticos habían corrido serios peligros, y que algunos habían sido arrastrados por las calles y asesinados. El doctor comunicó al señor Lorry, no sin exigirle el secreto más absoluto, que las turbas le obligaron a presenciar brutales escenas de carnicería y de sangre en la prisión de La Force; que allí había encontrado en funciones permanentes a un Tribunal, ante el cual eran presentados uno a uno los prisioneros, que inmediatamente eran condenados a muerte y ejecutados, o puestos en libertad (muy pocos), o bien encerrados de nuevo en sus celdas. Añadió que, habiéndole presentado al Tribunal en cuestión los patriotas que le acompañaban, expuso él su nombre y su profesión e hizo constar que, sin previa acusación, y como consecuencia sin previa sentencia, había sido por espacio de diez y ocho años prisionero secreto de la Bastilla; y que uno de los individuos que componían el Tribunal se levantó y le identificó, resultando ser Defarge el individuo de referencia. Dijo que por los registros que sobre la mesa del Tribunal había pudo cerciorarse de que su yerno figuraba entre los prisioneros vivos, y que le defendió con gran calor ante el Tribunal, algunos de cuyos miembros roncaban desaforadamente mientras otros estaban despiertos, y entre los cuales los había manchados con sangre de pies a cabeza y limpios de crímenes (muy pocos), algunos sobrios y otros borrachos (casi todos), en honor a la Libertad. Que en el primer momento de entusiasmo, consiguiente a la presencia en aquel lugar de un hombre que tanto había sufrido, de un mártir torturado por la situación derribada, le concedieron que Carlos compareciera inmediatamente ante aquel Tribunal extraño y fuera examinado. Que cuando todo hacía suponer que iban a decretar su libertad, las corrientes decididamente favorables tropezaron con obstáculos, cuyo origen y naturaleza eran misterios para el doctor, los cuales dieron margen a una conferencia secreta. Que el sujeto que ocupaba el sillón presidencial manifestó seguidamente al doctor que el prisionero debía continuar recluído, aunque, en atención a las torturas del doctor, la persona de aquél sería inviolable. Que inmediatamente, a una señal del presidente, el prisionero fué conducido de nuevo a su calabozo, pero que él, el doctor, con tal insistencia solicitó permiso para permanecer allí a fin de asegurarse de que su yerno, por equivocación o por malicia, no era entregado a las turbas, cuyos feroces aullidos ensordecían a los jueces, que le fué concedida la autorización solicitada, y que no se movió de la Sala de la Sangre hasta que finalizó la escena última del sangriento drama. Imposible detallar todas las brutalidades, todos los actos de feroz salvajismo que hubo de presenciar el doctor durante aquellos cuatro días con sus noches. La loca alegría a que se entregaban los prisioneros que conseguían un fallo absolutorio le impresionó casi tanto como la loca ferocidad con que el populacho hacía pedazos a los que resultaban condenados. Hubo un prisionero a quien el Tribunal declaró absuelto y que, al salir libre a la calle, un monstruo, por equivocación sin duda, le asestó una lanzada. El doctor Manette, a quien rogaron que saliera a curar al herido, salió inmediatamente a la calle y le encontró rodeado y atendido por infinidad de compasivos Samaritanos, sentados todos ellos sobre los cadáveres de sus víctimas. Dando pruebas de una inconsistencia inconcebible por lo monstruosa, ayudaron al doctor, atendieron al herido con solicitud ejemplar, improvisaron una camilla y lo transportaron... pero hundiendo una vez más sus armas asesinas en los cadáveres que llenaban la calle y realizando otras brutalidades tan repugnantes, que el doctor hubo de cubrirse los ojos con las manos, y ni aun así pudo evitar caer desmayado en medio de aquellas fieras. Vivos temores asaltaron al buen Lorry, mientras escuchaba el pavoroso relato de labios de su amigo, cuya edad frisaba ya en los sesenta y dos años, de que las espantosas escenas que había presenciado dieran vida nueva al peligro antiguo. Acaso se equivocase, sin embargo, y la causa de su equivocación fuera el hecho de no haber visto nunca a su amigo bajo el aspecto y carácter en que entonces le veía. Por primera vez en su vida comprendía el doctor que sus sufrimientos pasados eran para él fuente de energías y de influencia; por primera vez sintió que en aquella fragua ardiente forjaba poco a poco los hierros que habían de quebrantar las puertas de la prisión en que estaba encerrado el marido de su hija y concederle la libertad. --En medio de todo fué un bien, amigo mío; no todo han sido calamidades y ruinas. De la misma manera que mi hija idolatrada hizo cuanto humanamente podía hacer para que yo recobrara la salud del cuerpo y la del alma, yo no descansaré hasta que la devuelva a ella lo que constituye la porción más querida de sí misma. ¡Con la ayuda del Cielo lo haré! Tales fueron las palabras pronunciadas por el doctor Manette, una vez hubo terminado la exposición de hechos. Y cuando Mauricio Lorry vió chispear en sus ojos el fuego del entusiasmo, y cuando reparó en la serenidad tranquila de aquel hombre, cuya vida, paralizada por espacio de varios años, resurgía de nuevo pletórica de energías, abrió su pecho a la esperanza, y creyó. Obstáculos mucho mayores que los que ante el doctor se alzaban habrían cedido ante una perseverancia tan indomable como la suya. Sin rebasar los linderos de su profesión como médico, cuya misión es alternar con todas las clases y condiciones sociales, tanto con los presos como con los que de libertad gozan, lo mismo con los ricos que con los pobres, sin distinción de opresores y de oprimidos, de buenos y de malos, de sabios y de ignorantes, con tal sagacidad supo emplear su influencia, que no tardó en ser nombrado médico inspector de las cárceles, y como consecuencia, de la de La Force. Pudo asegurar a Lucía que su marido ya no permanecía solo en una celda aislada, sino mezclado con la generalidad de los prisioneros; pudo visitar una vez a la semana al marido de su hija y transmitir a ésta mensajes de aquél; consiguió que Lucía recibiera algunas cartas de su marido, bien que nunca por conducto del mismo doctor, pero no consintió que aquélla las dirigiera a Carlos, pues entre todos los emigrados que sufrían en las cárceles, ninguno despertaba en el populacho tantas sospechas como aquellos de quienes se sabía que tenían parientes fuera. No cabe dudar que aquella fase nueva de la vida del doctor llevaba consigo ansiedades sin cuento, pero Lorry, a quien no faltaba sagacidad, comprendió desde el primer momento que a las ansiedades se unía cierto orgullo que actuaba en ella como poderoso sostén. Nada de inconveniente tenía aquel orgullo, al contrario, era un orgullo natural y digno. Sin embargo, Lorry lo observaba como curiosidad digna de estudio. Sabía el doctor que hasta entonces, tanto su hija como su amigo habían atribuído a sus largos años de encierro su aflicción personal, su debilidad, su agotamiento. Pero las circunstancias habían variado radicalmente; y persuadido de que sus antiguas torturas le hicieron dueño de fuerzas que podía poner al servicio de la causa de Carlos, de fuerzas que bien empleadas podían dar como resultado la libertad del marido de su hija, llegó a exaltarse en tales términos, que tomó la dirección del asunto y aceptó a los demás en calidad de cooperadores secundarios, como acepta el que se considera fuerte el auxilio de otras personas a quienes tiene por débiles. Se invirtieron las posiciones respectivas del doctor y de su hija, bien que solamente en lo que podían invertirse sin menoscabo del cariño más tierno y del amor más acendrado, pues el padre cifraba todo su orgullo en prestar algún servicio a la que tan inmensos se los había prestado a él. --El fenómeno es muy curioso--pensaba Lorry;--pero muy natural y muy noble. Toma, pues, la jefatura, mi querido amigo, encárgate de la dirección y consérvala: no puede estar en mejores manos. Mucho trabajó el doctor para conseguir que su yerno fuera puesto en libertad, o bien para que compareciera ante el Tribunal que decidiera su suerte, mas no logró vencer las corrientes arrolladoras entonces desencadenadas. Había alboreado una era nueva, el Rey había sido sentenciado, condenado y decapitado; la República de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad o la Muerte había declarado que vencería al mundo alzado en armas contra ella o moriría; en lo alto de las torres de Nuestra Señora flameaba día y noche la bandera negra; trescientos mil hombres, evocados por el soplo potente que los llamaba para combatir a los tiranos de la tierra, brotaron de las distintas provincias de Francia, cual si los dientes del feroz dragón, sembrados al vuelo, hubiesen nacido y fructificado por igual en las montañas y en las llanuras, en las rocas y en la grava, en los terrenos secos y en los pantanosos, bajo el hermoso cielo meridional y bajo el brumoso del norte, en los eriales y en los bosques, en las viñas y en los olivares, entre los trigos y entre las hierbas, en las hermosas vegas bañadas por los ríos y en las arenosas playas besadas por el mar. ¿Qué esfuerzo particular, por inmenso que fuera, era capaz de luchar contra el diluvio del Año Uno de la Libertad... un diluvio que brotaba abajo en vez de venir de las nubes, un diluvio que anegaba a Francia estando cerradas las compuertas de los cielos? Del suelo francés habían quedado desterradas la pausa, la piedad, la compasión, la paz, el descanso, el sosiego, la medición del tiempo. Los días y las noches se sucedían como siempre, es verdad; a la noche seguía la mañana y comenzaba un día nuevo, pero la cuenta del tiempo no pasaba de allí, pues su percepción se había perdido en la fiebre devoradora de una nación, de la misma manera que la pierde un enfermo en su fiebre individual. Hoy interrumpía el silencio sobrenatural de toda una ciudad el verdugo, mostrando al pueblo la cabeza del Rey, y otro día presentaba la cabeza de una Reina célebre por su hermosura, que no necesitó más que ocho meses de viudez y de miserias para que sus cabellos sé trocaran de rubios que eran en blancos como la nieve. Sin embargo, cumpliéndose una vez más la ley extraña de las contradicciones, el tiempo, no obstante volar con vertiginosa rapidez, parecía arrastrarse con lentitud desesperante. Un tribunal revolucionario en la capital y cuarenta y cinco mil comités revolucionarios funcionando en la nación; una Ley de Sospechosos que barrió las garantías en que descansan la libertad y la vida y entregó a toda persona buena o inocente en manos de cualquier malvado, de cualquier criminal; prisiones atestadas de gente que no habían cometido falta alguna y a quienes se cerraban todos los caminos que pudieran conducir a su justificación, tales eran los principios en que descansaba el orden social establecido, principios que parecían de uso antiguo a las pocas semanas de implantados. Por encima de todo, descollaba una figura fatídica que con rapidez brutal se hizo tan familiar a los franceses como si fuera anterior a los fundamentos del mundo; la figura de la esposa llamada Guillotina. El pueblo la había convertido en manantial inagotable de chistes. Era el remedio más eficaz para curar el dolor de cabeza, el preventivo más infalible contra las canas y la calvicie, daba al cutis una delicadeza especial, era la Navaja Barbera Nacional que mejor afeitaba, el que tenía la suerte de besar a la Guillotina, miraba por un agujerito y estornudaba dentro de un cesto; era el signo de la regeneración del género humano y había eclipsado a la Cruz. Muchas gargantas que antes llevaron crucecitas ostentaban ahora dijes-guillotina y eran infinitos los que jamás creyeron en la Cruz y, sin embargo, creían en la Guillotina y ante ella se postraban. Tantas eran las cabezas que cortaba, que lo mismo que el feroz aparato como el suelo que deshonraba rezumaban sangre. Formada de varias piezas desmontables, como los rompe-cabezas, la armaban cuantas veces debía entrar en funciones. Era una señora cuya misión principal consistía en hacer enmudecer a la elocuencia, en humillar a los poderosos y en concluir con la hermosura y con la bondad. En una mañana, y en veintidós minutos, había rebanado veintidós cabezas de otros tantos amigos del bien público, de ellos veintiuno vivos, y uno muerto antes de subir al tablado fatal. El funcionario público encargado de manejarla había heredado el nombre de aquel prodigio de fuerzas de que nos habla el Antiguo Testamento; pero el Sansón francés, armado de la Guillotina, era mucho más fuerte y robusto que su tocayo israelita, y más ciego y más bruto, pues todos los días y a todas horas arrancaba las puertas del mismo Templo de Dios. Caminaba el doctor Manette entre estos horrores y entre la ralea que los producía con la cabeza firme, lleno de confianza en su poder, siempre tendiendo al fin que se había prefijado, bien que cautelosamente, y sin poner en tela de juicio que el resultado de sus esfuerzos sería en definitiva la libertad del marido de Lucía. Era, empero, tan impetuosa la corriente del tiempo, tan profundas las aguas, volaba aquél con furia tan tremenda, que Carlos continuaba pudriéndose en la cárcel a los quince meses de haber entrado en ella sin que la robusta confianza del doctor se conmoviera. Durante el mes de diciembre, la Revolución arreció de tal manera en sus furias, que los ríos del Sur con dificultad podían correr por sus espaciosos cauces, llenos de montones de cadáveres de los que durante la noche eran ahogados violentamente en sus aguas. Los prisioneros eran arcabuceados por docenas, por cientos, por millares; pero el doctor continuaba avanzando entre tantos horrores con paso firme y cabeza sólida. En París no había hombre más conocido que él ni que en situación más extraña se encontrase. Silencioso, humano, indispensable en los hospitales y en las cárceles, prodigando los auxilios de la ciencia lo mismo a los asesinos que a las víctimas, puede decirse que era un hombre aparte. En el ejercicio de su profesión, el cautivo de la Bastilla era el ídolo del pueblo. Más que hombre, parecía Espíritu que se movía entre los mortales. V EL ASERRADOR Un año y tres meses. No disfrutó Lucía de un minuto de tranquilidad durante todo ese tiempo, pues jamás pudo hoy asegurar que la cabeza de su marido no rodaría al día siguiente. A todas horas rebotaban sobre el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados. Lindas muchachitas, señoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de pelo negro, de pelo castaño, de pelo rubio, de pelo blanco; jóvenes robustos, pletóricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los años, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas de sus inmundos calabozos y conducidos en procesión interminable por las calles para apagar la sed devoradora de aquélla. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte... Más frutos has dado de Muerte que de Libertad, Igualdad ni Fraternidad, ¡oh Guillotina! Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor, sumiéndola en ese estado de desesperación ociosa, seguramente la habría enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a tantas otras, pero desde el instante en que estrechó contra su pecho juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio, se había consagrado al cumplimiento estricto de sus deberes, y los cumplió con tanta abnegación en los días de prueba, como en los de calma y felicidad. No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su padre entró de lleno en el ejercicio de su profesión, Lucía arregló su reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes artificios con que la desolada esposa pretendía engañarse a sí misma, infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendría la dicha de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los días hacía... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches dirigía al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un desgraciado determinado de los muchos que gemían en las tétricas antesalas de la muerte, eran los consuelos únicos de su conturbada alma. Su aspecto exterior varió muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy semejante a los crespones de la viudez, así como el de su hija, negro como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron los que usó en sus días más felices. Perdió la frescura de su rostro, constantemente triste y decaído, pero en nada decayeron su hermosura y gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre, buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante las horas interminables del día, pudiendo decirse que aquél era su único consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con decisión: --Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo sé que puedo salvarle, hija mía. No habían transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a casa, la dijo su padre: --Mira, querida; en lo más alto del edificio de la cárcel hay una ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podría verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te indicaré. En cambio tú, pobre hija mía, no podrás verle a él, fuera de que, aun cuando pudieras, sería peligroso que hicieras la señal más insignificante de reconocimiento. --¡Oh padre mío! Enséñame el sitio, y allí estaré yo todos los días. A partir de aquella noche, Lucía, todos los días, fueran buenos o malos, de sol o de lluvia, de calor o de frío, pasó en el sitio que le indicó su padre dos horas. Allí estaba en el momento que los relojes de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y allí continuaba hasta las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignación. Cuando el tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso contrario, iba sola; pero no faltó ni un solo día. El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha y tortuosa. No había en ella más que una casa habitada por un hombre que se dedicaba a aserrar leños para la lumbre; todo lo demás de la calle era muro correspondiente a edificios que tenían la entrada por otra paralela. Al tercer día de acudir Lucía al sitio indicado por su padre, la vió el aserrador. --Buenas tardes, ciudadana. --Buenas tardes, ciudadano. Era la salutación prescripta nada menos que por un decreto. Habíanla implantado algún tiempo antes los patriotas más exaltados, pero por la época a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo. --¿Paseando por aquí, ciudadana? --Ya lo estás viendo, ciudadano. El aserrador, que en tiempos anteriores había sido peón caminero, alzó los ojos, extendió el brazo en dirección a la cárcel, llevó ambas manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una reja, miró a través de los mismos, y soltó una risotada significativa. --No es asunto mío--dijo,--y continuó aserrando. Al día siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Lucía, pues se abocó con ella no bien hizo su aparición en la calleja. --¿Otra vez de paseo por aquí, ciudadana? --Sí, ciudadano. --¡Ah! ¿Y con una niña? Tu mamá, ciudadanita, ¿no es verdad? --¿Contesto que sí, mamá?--preguntó en voz baja la niña, acercándose a su madre. --Sí, querida, sí. --Sí, ciudadano--respondió Lucita. --¡Ah! No es asunto mío. Lo único que me interesa es trabajar... Mira mi sierra, ciudadana... La llamo mi querida Guillotina... La, la, la, la, la... y cae una cabeza. En efecto; mientras hablaba, cayó el trozo de leño, y el aserrador lo metió en un cesto. --Yo me doy el nombre de Sansón el de la Guillotina del combustible. Manejo mi aparato, y cae una cabeza... Ahora cae una cabeza de mujer... ¿estás viendo, ciudadana? Llega el turno a la niña... ¡paf! ¡Adiós, cabecita! Concluí con toda la familia. Repugnaba a Lucía ver aserrar los leños y no podía ver sin sentir un estremecimiento el acto de ponerlos en el cesto, pero le era imposible permanecer en aquel sitio durante las horas de trabajo del aserrador sin que éste la viese. En lo sucesivo, a fin de conquistarse sus simpatías, no sólo era ella la que se adelantaba a dirigirle la palabra, sino también le daba algunas monedas para beber, que él aceptaba sin hacerse de rogar. Era el aserrador un sujeto sumamente curioso. Muchas veces, cuando Lucía, olvidada de su presencia permanecía largo rato con la vista fija en las rejas de la cárcel y el corazón puesto en su marido, al darse cuenta de su imprudencia, bajaba la vista y veía al aserrador que la miraba sonriente, puesta la rodilla sobre el banco y empuñando la sierra, pero sin trabajar. Cuando esto ocurría, por regla general decía «no es asunto mío,» y reanudaba el trabajo sin más comentarios. En todo tiempo, lo mismo durante las nieves y hielos del invierno que aguantando los furiosos vendavales de la primavera, tanto bajo el sol abrasador de verano como bajo las torrenciales lluvias del otoño, ni un solo día dejó Lucía de pasar dos horas en aquel sitio, ni un solo día dejó de besar, al marcharse, los muros de la cárcel. Veíala su marido (lo sabía Lucía por conducto de su padre) una vez por cada cinco o seis que salía, dos o tres días consecutivos algunas veces, aunque también ocurría que se viese privado de esa dicha durante una semana entera. Lucía estaba satisfecha con que la viese cuantas veces tuviera oportunidad de llegar hasta la ventana, y a trueque de no defraudarle una sola, hubiese salido no un día, no una semana; años enteros. Llegó el mes de diciembre. Su padre continuaba caminando entre espantosos horrores, siempre con paso firme, siempre con cabeza sólida. Una tarde fría y lluviosa, Lucía llegó al rinconcito de costumbre. Era un día de regocijo general. Había visto aquélla las casas engalanadas con profusión de gorros atravesados en pequeñas lanzas, y adornados con cintas tricolores y con la inscripción, también tricolor (las letras tricolores estaban en gran moda): «República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.» Tan mísero y reducido era el taller del aserrador, que toda su superficie resultaba casi insuficiente para la inscripción copiada. Coronaba la casa su correspondiente lanza provista de su indispensable gorro colorado, cual cuadraba a todo ciudadano que por bueno se tuviera, y en una ventana había colocado su sierra, bajo la cual se leía la inscripción siguiente: «La Santa Guillotina.» El taller estaba cerrado, el aserrador se encontraba ausente, y Lucía pudo saborear el placer de verse completamente sola. No estaba, empero, muy lejos el aserrador. Duraba la espera de Lucía contados minutos, cuando sonaron en la calle recios gritos que la llenaron de terror. Segundos después, doblaban la esquina de la cárcel compactas muchedumbres, en cuyo centro iba el aserrador dando la mano a La Venganza. No bajarían las personas de quinientas, y bailaban como pudieran hacerlo quinientos mil demonios. Ni llevaban tampoco música, que para sus endiabladas danzas bastábales el ronco y discordante gritar de sus gargantas. Cantaban el himno popular a la Revolución, y se acompañaban con feroz entrechocar de dientes. Bailaban una danza feroz, que no describiremos, pues a nuestro propósito basta decir que el salvajismo reinante había convertido una distracción inocente en medio eficaz de encender la sangre, embotar los sentidos y endurecer el corazón. Era la Carmañola. Lucía, horrorizada, yerta de espanto, habíase refugiado en el hueco de la puerta del aserrador, cubriéndose el rostro con las manos. --¡Oh padre mío!--exclamó al separar las manos, y encontrarse inopinadamente frente al doctor.--¡Qué espectáculo tan cruel, tan repugnante! --Lo sé, queridita mía, lo sé. Lo he presenciado muchas veces. No te asustes, que nadie ha de hacerte el menor daño. --No me asusto por mí, padre mío; pero cuando pienso en mi marido y en los arrebatos de esas gentes... --Pronto le pondremos a cubierto de sus arrebatos. Le he dejado subiendo a la ventana y he venido a decírtelo. Como hoy nadie queda por aquí que pueda verte, no importa que envíes un beso con la mano a lo más alto del tejado, al mismo alero. --Lo enviaré, padre mío, y con el beso enviaré mi alma entera. --No puedes verle, pobre hija mía; ¿verdad? --No, padre mío, no puedo--contestó Lucía llorando. Sonaron algunos pasos y apareció la señora Defarge. --Salud, ciudadana--dijo el doctor. --Salud, ciudadano--contestó la tabernera, continuando la marcha sin detenerse. --Dame el brazo, querida mía. Sal de aquí, pero fingiendo alegría, aunque ya sé que no puedes sentirla... Así, muy bien. Mañana comparecerá Carlos ante sus jueces. --¡Mañana! --No se puede perder tiempo. Todo lo tengo admirablemente dispuesto, pero hay necesidad de adoptar precauciones que es imposible ultimar hasta el momento mismo en que Carlos se presente ante el Tribunal. No ha recibido aún la citación, pero me consta que le citarán para mañana y que será trasladado a la Conserjería. Como ves, recibo las noticias con oportunidad. Supongo que no te asustarás, ¿eh? A duras penas pudo balbucear la infeliz. --Confío en ti. --Puedes confiar, en la seguridad de no salir defraudada. Tus agonías tocan a su fin, amor mío. Dentro de breves horas le tendrás en tus brazos. Le he rodeado de todas las protecciones imaginables. Necesito ver a Lorry... Interrumpióse el doctor. En la calle inmediata sonaba pesado ruido de carros. Una... dos... tres... Tres carretas cargadas de condenados conducidos al suplicio. --Necesito ver a Lorry--repitió el doctor, volviendo la cabeza al lado contrario para no ver el fúnebre convoy. El buen Lorry continuaba inmóvil en el edificio del Banco. Tanto él como los libros eran objeto de frecuentes requisas en calidad de bienes confiscados y convertidos en nacionales, lo que no fué óbice para que salvase cuanto le fué posible, a fuerza de entereza y de abnegación. Estaba obscureciendo cuando el padre y la hija llegaron al Banco. La suntuosa residencia del señor continuaba desierta. Sobre la verja del jardín había una inscripción que decía así: «Propiedad Nacional. República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.» ¿Qué era del señor Lorry, que no se encontraba en su despacho? ¿A quién acababa de despedir cuando salió, agitado y sorprendido, para estrechar entre sus brazos a su idolatrada amiguita? ¿A quién repitió las palabras que con balbuciente voz acababan de dirigirle a él, diciendo desde la puerta que estaba traspasando: «Trasladado a la Conserjería y citado para mañana?» VI TRIUNFO Sin exageración puede afirmarse que el formidable Tribunal de los Cinco no ya sólo funcionaba todos los días, sino también estaba en función permanente. Las relaciones de los prisioneros que debían comparecer ante el Tribunal al día siguiente eran entregadas todas las tardes a los alcaides de las cárceles, quienes, a su vez, leían a los interesados. En la jerga de la cárcel, a las listas en cuestión se las llamaba «Diarios de la noche.» «Carlos Evrémonde, alias -Darnay-.» Tal era el nombre que encabezaba el «Diario de la noche» correspondiente a La Force. Apenas pronunciado el nombre, separóse el interesado del grupo de sus compañeros de infortunio y se colocó en el sitio destinado a los nombrados. Como Carlos Darnay había presenciado aquella escena centenares de veces, dicho se está que le sobraban motivos para conocer la costumbre. El rechoncho alcaide le dirigió una mirada a través de los sucios cristales de las antiparras, sin las cuales no podía leer, a fin de cerciorarse de que había pasado al lugar que debía ocupar, y comprobado ese extremo, continuó leyendo la lista, haciendo una pausa parecida después de cada nombre. Veintitrés fueron los nombrados, pero como de ellos había fallecido uno en la cárcel, y la Santa Guillotina había hecho rodar las cabezas de otros dos, aunque ni de éstos ni de aquél se acordaba nadie, sólo veinte contestaron al llamamiento. La lista fué leída en la misma pieza abovedada donde Carlos encontró reunidos a tantos prisioneros la noche de su ingreso en la cárcel. Todos ellos habían sido despedazados por las turbas el día de la matanza general, y los que con posterioridad entraron, volvieron a salir para tomar en el cadalso el pasaje para el otro mundo. Cruzáronse entre los que salían y los que quedaban algunas frases de despedida y de aliento, no muchas, pues aparte de tratarse de un incidente que se repetía todos los días, la sociedad de La Force tenía en proyecto para aquella noche la celebración de algunos juegos, y había que aprovechar el tiempo para ultimar el programa. Los que quedaban acompañaron a los que se iban hasta la reja de salida de la sala, vertieron algunas lágrimas, y se volvieron, pues era preciso rellenar los veinte huecos que los ausentes dejaban vacantes, si no querían renunciar a los esparcimientos de la velada, y había que hacerlo antes de la hora de silencio, en que se confiaba la vigilancia del establecimiento a ejércitos de feroces mastines que llenaban los corredores y salas contiguas. Y no es que los prisioneros fueran insensibles ni duros de corazón; pero en su carácter, en su manera de ser, influía, como no podía menos, la condición de la época. De la misma manera que aquéllos vieron salir punto menos que impasibles a sus compañeros de infortunio, hubo muchos que, intoxicados, cediendo sin duda a una especie de fervor que hoy apenas se comprende, pero muy natural en aquel tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad al pueblo, y corrieron espontáneamente en busca de las caricias de la guillotina, sin que en su acto influyera poco ni mucho la jactancia, sino la infección general consiguiente al brutal sacudimiento del alma pública. En épocas de pestilencia, se ven personas a quienes atrae misteriosamente el contagio, personas que desearían morir de él. Y es que todos llevamos encerradas en el fondo de nuestras almas rarezas dormidas que no necesitan más que el concurso de determinadas circunstancias para despertar. Breve y obscuro era el paso desde La Force a la Conserjería, largas y frías las noches pasadas en las pestilentes celdas de la última. Quince prisioneros comparecieron ante el Tribunal a la mañana siguiente, antes que fuera llamado a comparecer Carlos Darnay. Las vistas de los quince duraron hora y media, y los quince fueron condenados a muerte. «Carlos Evrémonde, alias -Darnay-,» llamaron al fin. Lucían los jueces sombreros adornados con plumas, pero fuera de ellos, toda la concurrencia llevaba gorros de lana colorados con sus correspondientes escarapelas tricolores. Bastaba dirigir una mirada al Tribunal para sospechar que había sido invertido el orden natural de las cosas y que los criminales juzgaban a los hombres honrados. Inspiraba las sentencias el populacho más vil, más cruel, más criminal de la ciudad, y las inspiraba poniendo en sus inspiraciones cantidades inmensas de bajeza, de crueldad y de ruindad, ora comentando a grito herido, ora aplaudiendo, ora anticipando y precipitando el resultado de las deliberaciones. Todos los hombres que llenaban la sala iban armados hasta los dientes; todas las mujeres llevaban cuchillos y dagas, algunas comían, otras bebían, otras hacían calceta. Entre estas últimas había una que se distinguía por su laboriosidad. Estaba sentada en una de las primeras filas junto a un hombre a quien Carlos no había vuelto a ver desde el día que llegó a la Barrera de París, pero que le recordaba a Defarge. Observó aquél que la mujer habló dos o tres veces en voz muy baja a su vecino de asiento, lo que le hizo suponer que era su mujer, pero lo que más poderosamente llamó su atención, fué que no obstante encontrarse lo más cerca posible de él, ni una sola vez le miraron. Volvía con frecuencia los ojos a los jueces, como si esperasen algo, pero nada más. Cerca del Presidente del Tribunal estaba sentado el doctor Manette, tranquilo como siempre y vestido como siempre. El prisionero reparó en que solamente el doctor y el señor Lorry, sentado a su lado, vestían como de ordinario, y no ostentaban la soez indumentaria de la Carmañola. Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, fué acusado por el Fiscal público de emigrado cuya vida correspondía a la República a tenor del decreto que proscribía a todos los emigrados bajo pena de muerte. Que el decreto en cuestión hubiese sido promulgado cuando ya el acusado estaba en Francia, era circunstancia trivial que no merecía tenerse en cuenta. Existía el decreto, tenían delante al acusado que había sido preso dentro de las fronteras de Francia, y la República pedía su cabeza. --¡Que ruede su cabeza!--rugió el público--¡Muera ese enemigo de la República! El Presidente agitó la campanilla para acallar aquellos gritos, y preguntó al acusado si no era cierto que había residido muchos años en Inglaterra. Darnay contestó afirmativamente. --¿Y dices que no eres emigrado? ¿Qué nombre te das, pues? --No me tengo por emigrado a tenor de la letra y del espíritu de la ley. --¿Por qué no? Eso es lo que deseo saber. --Porque libre y espontáneamente renuncié un título que no era de mi gusto y una posición social que me desagradaba, y salí de mi patria para vivir de mi trabajo en Inglaterra antes que de rentas cobradas al pueblo de Francia, agobiado bajo el peso de tantos tributos y gabelas. --¿Cómo pruebas la exactitud de tus manifestaciones? --Con el testimonio de Teófilo Gabelle y de Alejandro Manette. --Pero tú casaste en Inglaterra--objetó el Presidente. --Cierto; pero no con mujer inglesa. --¿Con una ciudadana de Francia? --Sí. --¿Su apellido y familia? --Lucía Manette, hija única del doctor Manette, del excelente médico aquí presente. Esta contestación produjo en el auditorio un efecto imposible de pintar con palabras. Retemblaba la sala bajo los gritos de entusiasmo delirante que arrancó el solo nombre del doctor Manette. Tan caprichosos eran los movimientos del pueblo, que inmediatamente se llenaron de lágrimas muchos ojos que un segundo antes contemplaban con ferocidad al acusado cual si se desbordase la impaciencia porque les fuera entregado para despedazarlo. Carlos Darnay, en sus manifestaciones, había seguido al pie de la letra las instrucciones del doctor. --¿Por qué regresó el acusado a Francia cuando lo hizo, y no antes?--preguntó el Presidente. --No regresé antes--contestó Carlos--sencillamente porque en Francia no poseía otros medios de vida que los bienes que había renunciado, al paso que en Inglaterra ganaba lo necesario para mi subsistencia dando lecciones de francés y de literatura francesa. Si regresé cuando lo hice, fué cediendo a una súplica escrita de un ciudadano francés, quien me manifestó que mi ausencia comprometía muy seriamente su vida. Regresé para salvar la vida al ciudadano en cuestión, y para declarar la verdad sin reparar en peligros ni molestias. ¿Qué crimen ven en esto los ojos de la República? El populacho gritó ebrio de entusiasmo: --¡Ninguno... ninguno! Agitó el Presidente la campanilla, mas no logró imponer silencio hasta que el auditorio se cansó de gritar. --¿Cómo se llamaba el ciudadano a quien el acusado se refiere?--preguntó el Presidente. --Teófilo Gabelle, aquí presente. Comprueba mis manifestaciones la carta a que he aludido, la cual, si bien me fué quitada en la Barrera, no dudo que figurará entre los documentos que el Presidente tiene sobre la mesa. Buen cuidado había tenido el doctor de que la carta de referencia estuviera sobre la mesa. El Presidente la encontró sin esfuerzo, y la leyó en voz alta. Seguidamente fué llamado Gabelle para que confirmara las manifestaciones del acusado y se declarara autor de la carta, lo que hizo aquél con gran precisión y acento de verdad. Insinuó el ciudadano Gabelle con delicadeza y tacto exquisitos, que el Tribunal, falto de tiempo como consecuencia de los infinitos enemigos de la República que exigían toda su atención, habíale dejado en la cárcel de la Abadía hasta tres días antes, olvido insignificante y muy natural; y que, cuando compareció ante el Tribunal, fué declarado inocente y puesto en libertad, por haber disipado a satisfacción de sus jueces las acusaciones que sobre él pesaban. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000