por la aversión con que su conciencia miraba la fábrica ruinosa que,
según los de su casta, estaba en el deber de sostener y robustecer,
había obrado de una manera imperfecta. Sabía muy bien que al ceder al
amor que profesaba a Lucía, al renunciar el puesto que en sociedad
le correspondía ocupar, se había precipitado, había procedido con
reprensible ligereza. Sabía muy bien que su resolución debió llevarla
a la práctica personalmente, como sabía que tuvo intención de hacerlo
así, y que, sin embargo, no lo hizo.
La dicha del hogar que en Londres se había creado, la necesidad de
hacer una vida activa, las continuas alteraciones de la época, tan
bruscas y tan rápidas que los planes no bien madurados la semana
anterior caían por tierra a la semana siguiente ante el impulso
arrollador de nuevos acontecimientos, fueron circunstancias de peso a
cuya fuerza cedió; lo sabía muy bien; pero tampoco se le ocultaba que,
si a la fuerza de las circunstancias cedió con repugnancia, no intentó
oponerles una resistencia continua y formal. Su conciencia le decía que
deseó obrar y que varias veces anduvo acechando la ocasión; pero le
añadía que otras tantas dejó pasar la oportunidad, mientras la nobleza
salía en tropel de Francia por todos los caminos y veredas, mientras
los bienes de aquella eran confiscados y destruídos, y hasta borrados
del libro de la vida los nombres de los hasta entonces mimados por la
fortuna.
Pero en cambio a nadie había oprimido, a nadie había llevado a la
cárcel. Lejos de haber atropellado a nadie para que le pagase sus
rentas, había abandonado libre y espontáneamente sus bienes, buscado
refugio en una nación extraña, y ganado en ella el pan que llevaba a
su boca con su propio esfuerzo. El señor Gabelle había administrado
un patrimonio empobrecido a tenor de instrucciones escritas que le
mandaban tratar bien al pueblo, darle lo poco que allí podía dársele...
leña para calentarse en invierno y algunos frutos que le ayudaran
a pasar el verano, que otra cosa no consentían los acreedores... y
seguramente habría aducido estos hechos en descargo suyo. Se trataba de
hechos públicos, de hechos que sin dificultad podían probarse; y si los
hechos en cuestión justificaban ante el pueblo al administrador, huelga
decir que eran patente de amigo del pueblo en favor de quien dictó las
órdenes a que aquél ajustó su conducta.
Estas consideraciones robustecieron la resolución de hacer el viaje a
París que Darnay había casi adoptado con anterioridad al recibo de la
carta de Gabelle.
Sí. Semejante al marino de la antigua leyenda, los vientos y las
corrientes habíanle arrastrado hasta colocar su nave dentro del radio
de influencia de la Montaña Imantada, y ésta le atraía cada vez
con fuerza más irresistible. Cuantos pensamientos germinaban en su
mente, le impelían, le empujaban hacia el centro de aquella atracción
terrible. Obedecieron sus impaciencias primeras al pensamiento de
que su desdichada patria, guiada por instrumentos malos, perseguía
objetivos malos y corría desbocada al abismo, mientras él, que acaso
hubiese podido imprimir mejor dirección a las ansias nacionales,
permanecía en Londres sin intervenir, sin intentar algo que pusiera
fin a la brutal efusión de sangre, algo que afianzase los derechos a
la piedad, a la humanidad, desconocidos a la sazón. Cuando ya en su
alma se agitaban esos remordimientos, vino a centuplicar su fuerza
la conducta del anciano Lorry, quien, dócil a la voz del deber, se
apresuraba a afrontar los riesgos tremendos que entrañaba un viaje
a Francia en aquellas circunstancias, y por si esto no bastaba,
vinieron los comentarios de los señores, comentarios que le hirieron
profundamente, y los de Stryver, mil veces más duros que los de
aquéllos. A todo ello había seguido la carta de Gabelle, la carta de
un prisionero inocente que, viniéndose al borde de la tumba, hacía un
llamamiento desesperado a su justicia, a su honor y a su apellido.
No tardó en resolverse; iría a París.
Sí. La Montaña Imantada le arrastraba y no había más remedio que
enfilar hacia ella la proa de su esquife. Ignoraba que en los mares
que iba a surcar hubiera escollos, no creía que la travesía ofreciera
peligros para él. La intención que le guió al obrar como había
obrado, siquiera su obra hubiese quedado incompleta, parecíale más
que suficiente para conquistarle el agradecimiento de Francia, tan
pronto como él se presentase en su suelo e hiciera valer los derechos
que le asistían. Ante sus ojos se alzaba la visión gloriosa de haber
obrado bien, y hasta llegó a forjarse ilusiones de que tendría alguna
influencia para encauzar aquella revolución horrenda, que con furia tan
incontrastable se había alzado, amenazando acabar con todo lo existente.
Adoptada su resolución, creyó que ni Lucía ni el doctor Manette debían
conocerla hasta que la hubiese puesto en práctica. En cuanto a Lucía,
nada más natural que evitarla el dolor de la separación, y en cuanto
a su padre, cuya resistencia a pensar en los lugares donde tantos
sufrimientos apurara en años pasados era tan viva, tampoco convenía
hablarle del proyecto, sino de la ejecución del mismo, única manera de
evitarle dudas dolorosas.
Tales fueron los pensamientos que le agitaron hasta que llegó la hora
de despedirse de Lorry. Tampoco a éste confiaría sus intenciones. Las
sabría en París cuando estuvieran ya realizadas, cuando le hiciera una
visita, y esta visita, se la haría tan pronto como llegase a la capital
de Francia.
Frente a la puerta del Banco Tellson esperaba una silla de posta. Junto
a la portezuela, hacía centinela Jeremías -Lapa-.
--He entregado la carta al caballero a quien iba dirigida--dijo Darnay
a Lorry.--No he querido traer contestación escrita que acaso pudiera
ser para usted causa de disgustos; pero he aceptado una respuesta
verbal, confiando que usted no tendrá inconveniente en encargarse de
transmitirla.
--Con mucho gusto, siempre que no sea muy peligrosa--contestó Lorry.
--No lo es, aunque debe recibirla un hombre que está preso en la Abadía.
--¿Cómo se llama?--preguntó Lorry, sacando del bolsillo un librito de
memorias.
--Gabelle.
--Gabelle. ¿Y qué es lo que debo decir al desgraciado prisionero
Gabelle?
--Sencillamente estas palabras: «Ha recibido la carta y vendrá.»
--¿Sin decir cuándo?
--Emprenderá el viaje mañana por la noche.
--¿No he de mencionar nombre alguno?
--No.
Después de ayudar a Lorry a arrebujarse en dos o tres capas, debajo de
las cuales llevaba ya dos o tres abrigos, salió acompañándole hasta la
calle Fleet.
--Haga presente mi cariño a las dos Lucías--dijo Lorry en el momento de
partir la silla de posta.--Cuídemelas bien hasta que yo esté de regreso.
Carlos Darnay hizo un movimiento de cabeza, sonrió con expresión
equívoca, y quedó contemplando el carruaje que se alejaba al trote
largo de los caballos.
Aquella noche, era la del día catorce de agosto, Carlos Darnay se
acostó muy tarde, pues antes tuvo que escribir dos cartas; una dirigida
a Lucía, en la cual explicaba el deber ineludible en que se encontraba
de ir a París y detallaba con gran extensión los motivos que a su
juicio alejaban de su persona toda clase de riesgos, y otra al doctor,
a quien encomendaba el cuidado de Lucía y de su hijita. A entrambos
prometía escribir nuevamente tan pronto como llegara al término de su
viaje.
Fué para Darnay día de prueba aquel que hubo de pasar entre su querida
familia guardando en el fondo de su pecho un secreto que nadie podía
sospechar; pero una mirada de cariño dirigida a su esposa, tan alegre,
tan confiada, robusteció la resolución que de no decirla nada había
formado, y el día pasó sin incidentes. Al obscurecer, la abrazó,
diciéndola que un asunto imprevisto le obligaba a salir, pero que su
ausencia sería muy breve, y se fué. Ya antes había sacado secretamente
de su casa un baúl con la ropa necesaria.
Confió las dos cartas a un criado digno de toda confianza, con orden
de entregarlas a media noche, ni un minuto antes, tomó un caballo, y
emprendió el viaje a Dover.
Sintió desfallecimientos; pero el grito desesperado del pobre
prisionero que apelaba a su justicia, a su honor, a su generosidad,
dióle fuerzas para dejar a sus espaldas lo que más querido le era en el
mundo y para dirigir su nave hacia la Montaña Imantada que le atraía.
LIBRO TERCERO
EL RUMBO DE LA TORMENTA
I
EN SECRETO
Poco a poco abreviaba el viajero el camino que le separaba de París.
Estamos en otoño del año mil setecientos noventa y dos. No le habrían
faltado caminos detestables, carruajes pésimos y caballos atacados
de vejez que dificultasen su marcha, aun cuando el destronado rey
de Francia hubiese continuado ocupando su trono y reinando entre
esplendores de gloria; pero aparte de esos obstáculos, la alteración
de los tiempos habían acumulado otros mil. Todas las puertas de las
ciudades, todas las entradas de los pueblos, contaban con sus bandas
de ciudadanos patriotas, armados con mosquetes nacionales prontos a
dispararse por sí solos, que detenían a cuantas personas entraban
o salían, para someterlas a rígidos interrogatorios, examinar con
detenimiento sus documentos, ver si figuraban sus nombres en las listas
de que estaban provistos, y dejarlos en libertad de proseguir su viaje,
o bien prenderlos, según aconsejase su capricho, en bien de la recién
nacida República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de
la Fraternidad o de la Muerte.
Muy pocas leguas de terreno francés había recorrido Carlos Darnay,
cuando comenzó a darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraría
de volver a pisar aquellos caminos eternos, si antes no era declarado
buen ciudadano de París. Pero ya no podía retroceder; fuese la que
fuese la suerte que el destino le tuviera deparada, no tenía más
remedio que continuar el viaje hasta el final. A sus espaldas dejaba un
camino abierto, libre de barreras y de fosos, pero esto no obstante,
sabía que entre Inglaterra y su persona se alzaban obstáculos mil veces
más infranqueables que las más sólidas puertas de hierro. De tal suerte
le rodeaba la vigilancia universal, que si hubiera viajado metido
dentro de las mallas de espesa red de acero, o bien acondicionado
en el interior de una jaula, no hubiese considerado su libertad más
perdida.
Esa vigilancia universal no sólo le obligaba a detenerse veinte veces
al día en los caminos reales, en los relevos de postas, si no que
también entorpecía y retardaba su marcha otras tantas veces en en cada
jornada, ora alcanzándole y mandándole volver atrás, ora acompañándole
e impidiéndole avanzar con la rapidez que él deseaba. Varios días
llevaba recorriendo territorio francés, cuando una noche se acostó
temprano en la cama de una posada de una población de poca importancia,
situada bastante lejos de París.
A la carta que desde la cárcel de la Abadía le dirigió Gabelle,
debía el haber llegado tan lejos, pero al llegar a la población de
que hablamos, opusiéronle en las puertas tantas dificultades, que
comprendió que estaba muy próxima la crisis. No le sorprendió, pues,
gran cosa ser despertado a media noche en la cama de la posada en que
se acostó con ánimo de dormir hasta la mañana siguiente.
Al despertar, tropezaron sus ojos con un funcionario local, de
temperamento tímido, y con tres patriotas armados hasta los dientes,
cubiertos con gorros de color rojo rabioso y fumando descomunales
pipas. Los tres de los gorros tomaron asiento sobre su cama.
--Emigrado--dijo el funcionario,--he decidido enviarte a París con una
escolta.
--Ciudadano, mi mayor deseo es llegar a París, pero puedo prescindir
perfectamente de la escolta.
--¡Silencio!--gritó un gorro rojo dando un golpe a la cama con la
culata del mosquete.--¡A callar, aristócrata!
--Tiene razón este buen patriota--dijo el funcionario con
timidez.--Eres aristócrata, y por tanto, debes hacer el viaje bajo la
vigilancia de una escolta.
--No está en mi mano la elección--contestó Carlos Darnay.
--¡Elección!--exclamó uno de los gorros colorados.--¿Habráse visto?
¡Como si no se le hiciera un favor dispensándole de adornar desde este
instante el gancho de un farol!
--La observación del buen patriota no puede ser más justa--terció el
funcionario.--Levántate y vístete, emigrado.
Obedeció Darnay, quien fué conducido inmediatamente al cuerpo
de guardia, donde encontró a muchos patriotas que lucían sus
correspondientes gorros colorados, fumando unos y bebiendo otros al
amor de la lumbre. Después que se le obligó a pagar una fuerte cantidad
por una escolta que no había pedido, emprendió el viaje a las tres de
la madrugada.
Constituían la escolta dos patriotas montados, que cabalgaban a sus
lados, en cuyos gorros rojos lucían escarapelas tricolores, e iban
armados con mosquetes y sables nacionales. El escoltado manejaba
su caballo, pero en las bridas de éste había sujeta una cuerda cuyo
extremo contrario llevaba uno de los patriotas amarrado a la muñeca. En
esta forma hacían el viaje, sufriendo una llovizna helada que el viento
lanzaba contra sus rostros, a un trote pesado, por caminos desiguales y
alternados con extensos lodazales. Sin que en el viaje introdujeran más
cambios que el de caballos, llegaron al fin a la capital.
Viajaban durante la noche, haciendo alto una o dos horas antes de
romper el día, y durmiendo hasta el crepúsculo de la tarde. La escolta
vestía con pobreza tan extremada, que para abrigarse las piernas
desnudas, habían de recurrir a la paja, con la cual las acolchaban.
Aparte de las molestias consiguientes al viaje, a la contrariedad
de ir escoltado y a los peligros inherentes a depender de patriotas
crónicamente borrachos y armados con mosquetes que se disparaban solos,
Carlos Darnay podía desechar toda clase de temores, toda vez que era
de esperar que, en cuanto hiciera referencia a sus merecimientos, que
confirmaría al prisionero de la Abadía, se apresurarían a tratarle como
a un hombre amigo del pueblo.
Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad de Beauvais a la caída de
la tarde, y por consiguiente, cuando las calles estaban llenas de
gente, no pudo menos de comprender que las cosas presentaban cariz
alarmante. En el patio de la casa de postas se reunieron muchos grupos
que, contemplándole con expresión ceñuda al principio, concluyeron por
gritar:
--¡Muera el emigrado!
Detúvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde
la silla, replicó:
--Emigrado no, amigos míos. ¿No me estáis viendo aquí, amigos míos, en
Francia, por mi libre y espontánea voluntad?
--¡Eres un emigrado maldito y un aristócrata canalla!--gritó un
herrador, abalanzándose hacia él con un martillo en alto.
Interpúsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador
y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo:
--¡Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarán en París.
--¡Juzgarán!--repitió el herrador, blandiendo el martillo.--Le
condenarán por traidor.
Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobación.
Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclamó:
--Estáis engañados, amigos míos, estáis engañados. Yo no soy traidor.
--¡Mientes!--rugió el herrador.--¡Según el decreto, es un traidor!...
¡Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita!
En las miradas de las turbas leyó Carlos Darnay una de esas
arremetidas feroces cuyo desenlace es siempre un hombre hecho pedazos.
Tal suerte le habría cabido de no haber sido por el encargado de la
casa de postas, que obligó al caballo a entrar en el patio. La escolta
siguió a nuestro amigo, y el de la casa cerró y atrancó inmediatamente
la puerta. El herrador descargó sobre ésta los martillazos que no podía
descargar sobre la cabeza del emigrado; las turbas rugieron indignadas,
pero no pasó más.
--¿Qué decreto es ése que mencionó el herrador?--preguntó Darnay
al dueño de la casa de postas, después de darle las gracias por su
afortunada mediación.
--Es el decreto que dispone la venta en pública subasta de los bienes
de los emigrados--contestó el interrogado.
--¿Cuándo se promulgó?
--El día catorce.
--El mismo que salí yo de Inglaterra.
--Todo el mundo afirma que no es más que el primero de los de la serie,
redactados ya... o que serán redactados en breve, los cuales destierran
a los emigrados y condenan a muerte a los que vuelvan a pisar
territorio francés. Es lo que quiso decir el herrador cuando afirmó que
su vida de usted no era de usted, sino del pueblo.
--Pero supongo que no han sido promulgados todavía semejantes decretos,
¿no es verdad?
--No puedo asegurarlo--respondió el encargado de la casa de postas,
encogiéndose de hombros.--Puede que no hayan sido promulgados aún, y
puede que sí; pero es igual.
Darnay descansó hasta media noche tendido sobre un montón de paja,
saliendo de la ciudad cuando los habitantes de ésta estaban entregados
al sueño. Entre los muchos cambios radicales de costumbres que pudo
observar Darnay durante su accidentado viaje, cambios que daban a
éste fuerte color fantástico, no era el menor la carencia de sueño en
los patriotas. Con frecuencia, después de una larga y pesada caminata
por veredas solitarias, llegaban a altas horas de la noche a un
pueblo, cuyos habitantes, en vez de dormir tranquilamente, bailaban
danzas fantásticas en rededor de un árbol de la Libertad, o entonaban
himnos a la Libertad. Por fortuna, empero, aquella noche Beauvais
creyó conveniente entregarse al reposo, merced a lo cual pudieron los
excursionistas proseguir su viaje por caminos desiertos, cubiertos de
barrizales y de agua, bordeando campos incultos que ninguna cosecha
habían producido aquel año, entre caseríos incendiados, y con riesgo
de recibir inopinadamente un balazo disparado por cualquiera de los
innumerables patriotas que pululaban por todas partes.
Cerca de los muros de París se encontraban, cuando recibieron el saludo
de las primeras luces del día. En la barrera encontraron fuerte
guardia.
--¿Dónde están los documentos del prisionero?--preguntó con tono
autoritario un hombre de aspecto resuelto, llamado por el centinela.
Carlos Darnay, disgustado al oir palabra tan poco grata, replicó que no
era prisionero, sino un viajero que llegaba libre y espontáneamente,
ciudadano francés, confiado a la custodia de una escolta que el estado
perturbado del país hacía necesaria, y que había pagado de su bolsillo.
--¿Dónde están los documentos de este prisionero?--repitió el mismo
sujeto, sin hacer el menor caso de Darnay ni de sus palabras.
El patriota de la borrachera perpetua los sacó de su gorro, donde los
llevaba, entregándolos al personaje que los pedía. La carta de Gabelle
produjo en aquél cierto desconcierto y no poca sorpresa, a la par que
despertó su atención, que concentró en Darnay.
Sin decir palabra dejó a la escolta y al escoltado y entró en el cuerpo
de guardia, dejando a los viajeros a caballo frente a la puerta. Carlos
Darnay, mientras tanto, pudo observar que la guardia la formaban
soldados y patriotas, más de estos últimos que de los primeros, y que,
al paso que los carros que traían víveres a la ciudad, o los que a
cualquier clase de tráfico se dedicaban, no tropezaban con dificultades
de ningún género para entrar, en cambio los encontraban, y muy grandes,
para salir, aun cuando se tratase de la gente más humilde. Hombres y
mujeres, bestias de carga y de tiro y carretas y coches de toda clase
esperaban que se les permitiera salir; pero con tal rigidez se cumplía
la ley sobre la identificación previa, que aunque a la barrera llegaban
por cientos, la salida la hacían de uno en uno y por largos intervalos.
Los que sabían que habría de pasar mucho tiempo antes que les llegase
el turno, lo esperaban tendidos en la calle, donde dormían o fumaban,
mientras otros entablaban animadas conversaciones o entretenían el
tiempo paseando. Los gorros colorados y escarapelas tricolores eran
prenda obligada que ostentaba todo el mundo, sin distinción de edades
ni sexos.
Duraría media hora la espera de Carlos Darnay, quien en ese espacio de
tiempo pudo hacer las observaciones que quedan apuntadas, cuando volvió
a salir el mismo personaje, jefe, al parecer, de la guardia de la
barrera, quien, después de dar a la escolta un recibo de la persona del
escoltado, mandó a éste que echara pie a tierra. Obedeció Darnay, y los
hombres que hasta allí le acompañaron, hiciéronse cargo de su caballo y
partieron sin entrar en la ciudad.
El jefe de la guardia condujo a Darnay al cuerpo de la misma, que
apestaba a vino ordinario y a tabaco, donde había varios grupos de
soldados y de patriotas, unos dormidos y otros despiertos, éstos
borrachos y aquéllos serenos, y algunos en los linderos de la vigilia
y del sueño, y de la sobriedad y la borrachera. Dos velones de aceite
derramaban una claridad muy discutible sobre el cuerpo de guardia, en
uno de cuyos testeros había una mesa, sobre la cual se veían algunos
registros. Un oficial de aspecto grosero, sentado frente a la mesa, era
el encargado de los registros.
--Ciudadano Defarge--dijo el personaje que había introducido a Darnay,
mientras tomaba una hoja de papel--¿es éste el emigrado Evrémonde?
--Este es.
--¿Cuántos años tienes, Evrémonde?
--Treinta y siete.
--¿Casado, Evrémonde?
--Sí.
--¿Dónde?
--En Inglaterra.
--Lo creo. ¿Dónde está tu mujer, Evrémonde?
--En Inglaterra.
--Lo creo también. Vas consignado, Evrémonde, a la prisión de La Force.
--¡Dios del Cielo!--exclamó Darnay--¿En virtud de qué ley, y por qué
delito o falta?
Al cabo de algunos segundos de muda contemplación, contestó el
funcionario:
--Desde que saliste de Francia, Evrémonde, nos regimos por leyes nuevas
y ha variado profundamente lo referente a delitos y faltas.
--Te ruego tengas presente, ciudadano, que he venido voluntariamente,
cediendo a la súplica escrita en ese papel que tienes ante tus
ojos--replicó Darnay.--No pido otra cosa más que la ocasión de hacer lo
que un compatriota mío solicita. ¿No estoy en mi derecho?
--Los emigrados no tienen derechos, Evrémonde--fué la estólida
contestación del funcionario.
Después de dirigir a Darnay una sonrisa siniestra, escribió unos
renglones, dobló el papel, y lo entregó a Defarge diciendo:
--Secreto.
Defarge indicó al prisionero que le siguiera. Obedeció el prisionero, a
quien acompañaron además dos patriotas armados, que se colocaron a su
derecha e izquierda.
Mientras salían del cuerpo de guardia para entrar en París, Defarge
preguntó al prisionero en voz baja:
--¿Eres tú el que casaste con la hija del doctor Manette, prisionero en
otro tiempo en la Bastilla, que ya no existe?
--Sí--respondió Darnay, mirándole con sorpresa.
--Me llamo Defarge y soy dueño de una taberna del barrio de San
Antonio. Es posible que me conozcas de referencia.
--Mi mujer fué a tu casa a reclamar a su padre... ¡Sí, sí!
Parece que la palabra «mujer» despertó en Defarge recuerdos sombríos,
pues dijo con brusca impaciencia:
--¿Quieres decirme, en nombre de esa mujer recién nacida llamada
Guillotina, por qué demonios has venido a Francia?
--No hace un minuto me oiste explicar cuál fué la causa de mi viaje.
¿Es que crees que no dije verdad?
--Verdad que no puede ser más fatal para ti--replicó Defarge, fruncido
el entrecejo y mirando a su interlocutor con fijeza.
--Cierto es que me encuentro aquí perdido. Lo veo todo tan trastornado,
tan distinto de lo que antes era, tan desagradable, que confieso que ni
sé a dónde volver los ojos. ¿Quieres hacerme un pequeño favor?
--En absoluto ninguno--respondió Defarge, con la mirada como perdida en
el espacio.
--¿Tampoco querrás contestarme una pregunta, una sola?
--Veremos... Según sea. Puedes hacerla.
--En la prisión en que tan injustamente me encierran, ¿podré comunicar
libremente con el mundo exterior?
--Tú mismo lo verás.
--¿Piensan sepultarme en ella, sin juzgarme, sin condenarme, sin
concederme medios de justificarme y defenderme?
--Lo verás tú mismo... Pero si así fuera, ¿qué?; muchos otros tan
buenos como tú se han visto sepultados en prisiones peores.
--Pero no por causa mía, ciudadano Defarge.
La expresión sombría del rostro de Defarge se acentuó
extraordinariamente al escuchar la respuesta, después de lo cual
prosiguió caminando en silencio. A medida que su taciturnidad
aumentaba, se disipaban las esperanzas que en un principio tuvo Darnay
de ablandar a aquel hombre.
--Para mí es de una importancia excepcional, como sabes tan bien como
yo mismo, ciudadano Defarge, hacer saber al señor Lorry, del Banco
Tellson, un caballero inglés que en la actualidad se encuentra en
París, el hecho sencillo, sin comentario alguno, de que me han recluído
en la prisión de La Force. ¿Me harás el favor de encargarte de ponerlo
en su conocimiento?
--No haré en tu obsequio nada absolutamente--replicó Defarge.--Me debo
a mi patria y al pueblo. He jurado servir a los dos contra ti. Nada
esperes de mí.
Calló Darnay, tanto porque dió por perdidas definitivamente todas las
probabilidades de obtener de aquel hombre el favor más insignificante,
cuanto porque su amor propio lastimado le movió a considerar como
humillaciones sus instancias. No pudo menos de reparar, mientras en
silencio recorría las calles, en lo acostumbrado que el pueblo estaba
al espectáculo de los prisioneros que por ellas transitaban. Ni los
niños se fijaban en él. Algunos transeuntes volvían sus cabezas y le
apuntaban con el dedo indicando que era un aristócrata, y nada más.
Verdad es que ver que un hombre bien vestido era conducido a la cárcel
era tan corriente y natural como ver a un obrero que se dirige al
trabajo con las herramientas de su oficio en la mano. En una calleja
estrecha, obscura y sucia que hubieron de atravesar, encontraron a
un orador callejero excitadísimo, que dirigía arengas excitadas a
un auditorio excitado, ponderando los crímenes que contra el pueblo
soberano habían cometido el Rey, la familia real y los nobles. De
las pocas palabras que llegaron a oídos de Darnay pudo éste colegir
que el Rey había sido encerrado en una prisión y que los embajadores
extranjeros habían abandonado en masa a París, noticias que desconocía
en absoluto, pues durante su viaje, los individuos que le escoltaron,
juntamente con la vigilancia universal, le tuvieron en un aislamiento
tan absoluto, que nada había oído.
Como es natural, comprendió que los peligros que le amenazaban eran
infinitamente mayores e infinitamente más numerosos de lo que supuso
al salir de Inglaterra; comprendió que los peligros se multiplicaban
con rapidez alarmante y que se multiplicarían aún más; no pudo menos de
confesarse a sí propio que ni por las mientes se le hubiese pasado la
idea de hacer el viaje de haber previsto los sucesos desarrollados en
los días últimos. Y sin embargo, sus temores, examinados a la luz de
los incidentes más recientes, no eran tan grandes como parece deberían
ser. Por nebuloso que el porvenir se le presentara, era un porvenir
desconocido que en su misma obscuridad entrañaba cierta esperanza. Tan
ajeno como los que vivieron millares de años antes que él estaba a las
horribles matanzas que, continuadas un día y otro día, una noche y otra
noche, debían ahogar en caudalosos ríos de sangre la época siempre
bendita de la recolección de la cosecha. Apenas si de nombre conocía a
la «mujer recién nacida llamada Guillotina», como apenas si de nombre
la conocía la generalidad del pueblo, pues por aquellos días, los
mismos que la trajeron al mundo no imaginaban siquiera como probables
las espantosas hazañas que muy en breve habían de envolverla en inmensa
aureola sangrienta.
Sospechaba que sería víctima de una detención arbitraria, que se le
trataría con irritante injusticia, que habría de soportar privaciones
y penalidades, de las cuales no sería la menor verse alejado de su
adorada mujer y de su idolatrada hija; todo eso lo sospechaba; más aún,
lo consideraba indudable; pero fuera de ello, nada temía.
Tales eran las reflexiones que le embargaban, cuando llegó a la cárcel
llamada La Force. Un hombre de cara feroz abrió el postigo.
--El emigrado Evrémonde--dijo Defarge, haciendo la presentación del
preso.
--¡Demonios coronados! ¿Pero es que no va a acabar nunca la
procesión?--exclamó el de la cara de fiera.
Tomó Defarge el recibo que le alargaba el cancerbero, sin parar mientes
en la exclamación del mismo, y se retiró juntamente con los dos
patriotas.
--¡Rayos y truenos!--gruñó el carcelero, ya solo con su mujer.--¡Esto
es un río que corre siempre!
La mujer del carcelero, que en su depósito de contestaciones no debía
tener la que cuadraba a la exclamación anterior, se limitó a responder:
--Hay que tener paciencia, amigo mío.
Los sonidos de una campana que la mujer hizo repicar evocaron a tres
calaboceros, diciendo a coro:
--¡Viva la Libertad!
El coro no parecía el más apropiado para ser cantado en un sitio como
aquél, pero mayores anomalías se ven en el mundo.
Era la prisión de La Force un edificio tétrico, repugnante e inmundo,
donde se respiraba la atmósfera hedionda de la muerte. Asombra
en realidad la rapidez con que percibe el olfato el olor a carne
almacenada en lugares como aquél, sobre todo, cuando no reunen
condiciones para el objeto, y por añadidura están descuidados.
--¡Y además secreto!--murmuró el alcaide mientras leía el papel.--¡Como
si no estuviera ya tan lleno de ellos que el mejor día doy un estallido!
Con muestras de pésimo humor ensartó el papel con una espiga que
atravesaba a muchísimos otros, y comenzó a pasear por la estancia
abovedada sin hacer el menor caso del prisionero, a quien tuvo
esperando más de media hora.
--Sígueme, emigrado--dijo al fin, tomando las llaves.
El alcaide condujo al nuevo pupilo por un corredor y una escalera, y al
cabo de varios minutos, y no sin abrir durante la marcha muchas puertas
y de cerrarlas de nuevo después de franqueadas, llegó a una pieza de
grandes proporciones y techo bajo y abovedado, atestada de prisioneros
de ambos sexos. Estaban las mujeres sentadas en torno a una mesa,
leyendo o escribiendo, haciendo media, cosiendo o bordando, mientras
los hombres, en su mayor parte, se hallaban de pie detrás de las sillas
ocupadas por aquéllas, excepto algunos que se entretenían paseando.
Tan tétrica era la sala, tan sombría la expresión de las personas allí
hacinadas, tan acentuada la amarillez que en sus rostros habían creado
las privaciones y miseria a que estaban sometidas que Carlos Darnay
creyó que se encontraba entre una colección numerosa de muertos. Allí
no había más que fantasmas. Fantasmas de belleza, fantasmas de la
elegancia, fantasmas de la altivez, fantasmas del orgullo, fantasmas
de la frivolidad, fantasmas del talento, fantasmas de la juventud,
fantasmas de la vejez, todos ellos esperando llegase la hora de
abandonar la playa inhospitalaria del mundo, todos ellos clavando en
el recién entrado unos ojos que la muerte había alterado en cuanto
penetraron en la antesala de los dominios de aquélla.
Darnay quedó inmóvil, yerto, por efecto de su estupefacción. El
aspecto del alcaide, que permanecía a su lado, no menos que el de los
calaboceros que andaban de una parte para otra, en pleno ejercicio,
sin duda, de sus altas funciones, eran tan rudos, tan brutales, tan
feroces, sobre todo puestos en parangón con el de las atribuladas
madres y de las hermosas hijas allí almacenadas, con la coquetería, la
distinción propias de las jóvenes bien nacidas y con la delicadeza de
modales de la dama de alto rango, que Darnay hubo de afianzarse en la
creencia de que le habían recluído en la mansión de los espectros.
--En nombre propio y en el de todos los compañeros de infortunio aquí
amontonados--dijo un caballero de modales cortesanos, dando un paso al
frente,--tengo el honor de dar a usted la bienvenida a La Force, y de
lamentar con usted la calamidad que aquí le trae. ¡Ojalá sea de breve
duración y termine con felicidad! Ahora bien; manifestarle nuestros
deseos sería imperdonable impertinencia en cualquier otra parte, pero
no aquí. Nos permitimos preguntarle su nombre y condición.
Darnay se apresuró a acceder a los deseos manifestados por el caballero.
--Supongo que no estará usted aquí «en secreto»--repuso el caballero,
siguiendo con la vista al alcaide que en aquel momento cruzaba la
estancia.
--Dos o tres veces he oído pronunciar esa consigna refiriéndose a mí,
pero ignoro lo que puede significar.
--¡Oh, que lástima! Muy de veras lo lamentamos... Pero no se desanime
usted. Son muchos los que han venido aquí «en secreto» y luego se ha
modificado su situación.
Seguidamente añadió alzando la voz:
--Con profundo pesar informo a mis compañeros que... -en secreto-.
Mientras Carlos Darnay se dirigía a la puerta defendida con gruesa reja
junto a la cual le esperaba el alcaide, alzáronse fuertes murmullos
de conmiseración, mezclados con frases de piedad de las mujeres, que
se esforzaban por infundirle aliento. Llegado a la puerta mencionada,
volvióse Carlos y dió las gracias a los que dejaba desde el fondo de
su corazón. Cerróse la puerta empujada por la mano del alcaide, y las
apariciones espectrales se borraron para siempre.
Daba acceso la puerta a una escalera de caracol, por la cual subió
Darnay siguiendo a su guía. Después de subir cuarenta peldaños,
contados concienzudamente por el prisionero de media hora, abrió el
alcaide una puerta baja y muy negra y entró en una celda solitaria. Era
muy fría, olía a moho, pero no estaba obscura.
--La tuya--dijo el alcaide.
--¿Por qué me encierran solo?
--Eso es lo que yo no sé.
--¿Supongo que se me permitirá comprar papel, pluma y tinta?
--Por el momento no. Te visitarán... no sé cuando, y entonces podrás
solicitar ese favor. Puedes comprar comida, pero nada más.
En la celda había una silla, una mesa y un jergón de paja. El alcaide,
después de someter a escrupulosa inspección el -mobiliario- de la
celda, salió dejando solo a Darnay.
--Puedo decir que estoy muerto y sepultado--murmuró el infeliz.--Cinco
pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio--repetía
maquinalmente, recorriendo la celda en todos sentidos y contando al
propio tiempo.
El ruido de la ciudad llegaba a sus oídos convertido en una especie de
sordo redoblar de tambores mezclado con estridentes voces humanas.
--Cinco pasos por cuatro y medio... Hacía zapatos... cinco pasos por
cuatro y medio... hacía zapatos... zapatos...
El prisionero aceleraba el paso y procuraba contar, a fin de ahuyentar
la idea del que hacía zapatos, que amenazaba convertirse en idea fija.
--Los espectros se han desvanecido en cuanto traspasé la puerta de
la reja--seguía pensando.--Vi entre ellos el de una señora vestida
de negro, que estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana. La luz
daba de lleno sobre su cabellera de oro, y parecía a... ¡Dios mío...
Dios mío!... ¿Volveré algún día a transitar por las aldeas visitadas
por la luz del sol, por las aldeas donde despiertan las gentes? Hacía
zapatos... hacía zapatos... hacía zapatos... Cinco pasos por cuatro y
medio... cinco pasos por cuatro y medio...
Caminaba el prisionero cada vez con mayor celeridad, siempre embebido
en las mismas ideas, siempre contando, siempre teniendo ante los
ojos de la imaginación la visión del zapatero, mientras el estruendo
de la ciudad continuaba sonando en sus oídos como sordo redoblar de
tambores mezclado con llantos de voces que conocía y quería, con ayes
desgarradores emitidos por gargantas que hasta entonces apenas dieron
salida a sonidos que no fueran reflejo de la alegría del corazón.
II
LA PIEDRA DE AFILAR
El Banco Tellson, establecido en el Barrio Saint Germain de París,
ocupaba un ala de un edificio inmenso, precedido por un jardín
separado de la calle por un muro de bastante altura y una verja muy
sólida. Era el inmueble propiedad de un noble de los más poderosos
del reino, que había vivido en él hasta que las perturbaciones de la
época le obligaron a emprender la fuga, envuelto en la indumentaria
de su cocinero, y a cruzar la frontera. Aunque en realidad quedaba
reducido a la condición de pieza de caza que consiguió burlar las
acometidas de los ojeadores y de los monteros, no por ello dejaba de
ser el mismo señor, cuya importante operación de preparar el chocolate
y de llevarlos a sus gloriosos labios, exigía los esfuerzos de tres
servidores, aparte de los del cocinero.
Habíase ido el señor; sus servidores se absolvieron a sí mismos del
horrendo pecado de haber recibido los salarios de aquél mostrándose
perfectamente dispuestos a rebanarle el pescuezo sobre el flamante
altar de la República Una e Indivisible, de la Libertad, de la
Igualdad, de la Fraternidad o Muerte, y el suntuoso inmueble del señor
fué primero secuestrado y luego confiscado. Las cosas se hacían con
tan vertiginosa rapidez, y los decretos se sucedían con precipitación
tan fiera, que a la tercera noche del mes de septiembre, patriotas
emisarios de la ley se habían posesionado de la casa en cuestión, la
habían purificado haciendo tremolar sobre ella la bandera tricolor, y
fumaban y se emborrachaban bonitamente en sus suntuosas habitaciones.
Si la Casa Tellson de Londres se hubiese parecido a la Casa Tellson de
París, a buen seguro que los londinenses la hubiesen visto figurar muy
en breve entre los quebrados que merecían aparecer en la Gaceta. ¿Qué
habría dicho la espetada respetabilidad inglesa, si en el vestíbulo de
un Banco hubiese encontrado abundantes macetas plantadas de naranjos,
y... ¡horror! la figura de un Cupido presidiendo la caja? Y, sin
embargo, por inconcebible que parezca, tal ocurría en el Banco Tellson
de París. Cierto que Tellson había blanqueado con algunas manos de
cal el Cupido del testero, pero quedaba el del techo, muy ligero
de ropas, contemplando con mirada ansiosa la caja (es lo que suele
hacer de ordinario) desde que amanecía hasta que cerraba la noche. La
quiebra más tremenda hubiese sido consecuencia fatal e inevitable de la
presencia de aquel agradable pagano en la calle Lombard de Londres, si
ya no hubieran bastado para producirla una alcoba medio oculta entre
ricos cortinones, delante de la cual estaba el niño de las travesuras,
el inmenso espejo que en el muro habían dejado, y los empleados mismos,
no tan viejos como era de desear, que no tenían el menor reparo en
bailar en público a poco que se les instase a hacerlo. Verdad es que un
Tellson francés podía permitirse todo eso y aún más, sin escándalo de
nadie, sin que capitalista alguno soñase siquiera en retirar por causas
tan insignificantes sus capitales.
Cuánto dinero saldría en lo sucesivo de las cajas de la Casa Tellson de
París, cuánto habría de quedar allí perdido y olvidado, cuánta plata,
cuántas joyas perderían su brillo inmaculado en las cámaras secretas
del establecimiento, mientras sus dueños lo perdían en los calabozos
o en el cadalso, cuántas cuentas corrientes del Banco quedarían sin
saldar en este mundo y pasarían al otro, es lo que ningún mortal
hubiese podido decir, lo que ni aproximadamente logró conjeturar
aquella noche el mismísimo Mauricio Lorry, no obstante haberse repetido
cientos de veces estas preguntas. Sentado junto a la chimenea en la que
ardían chisporroteando algunos leños (aquel año estéril e infecundo
había adelantado la estación de los fríos), su rostro, reflejo de
honradez, presentaba sombras que no proyectaba la lámpara pendiente del
techo ni ninguno de los objetos que en la estancia había.
Ocupaba Lorry habitaciones en el edificio del Banco, a lo que le daba
derecho indiscutible su probada fidelidad a la casa de la cual formaba
parte integrante. Creían muchos que era garantía de seguridad para
el establecimiento la ocupación patriótica de casi todo el edificio,
aunque el leal Lorry jamás participó de semejante creencia. Cuanto
ocurría en París érale indiferente, pues para él, lo único que excitaba
su interés, era el cumplimiento de su deber. En el fondo del jardín,
bajo una techumbre sostenida por graciosas columnas, había una cochera,
en la cual quedaban algunos de los carruajes del señor. Sujetas a dos
columnas había dos antorchas encendidas, y al pie, colocada de manera
que recibiera la luz de aquéllas, una piedra de afilar, montada de
cualquier manera, que sin duda había sido traída de cualquier herrería
o carpintería inmediata. Lorry, que se levantó del asiento y se asomó
a la ventana, retiróse con un estremecimiento al ver aquel objeto
inofensivo.
Hasta en la habitación que trabajaba Lorry llegaba el sordo rumor
de las calles, al que de vez en cuando se unían ruidos que parecían
proceder de un mundo fantástico, ruidos inauditos por lo terribles que
se elevaban desde la tierra al cielo.
--Gracias a Dios--dijo Lorry juntando las manos,--ninguna persona
querida tengo a mi lado esta noche pavorosa. ¡Mire el Altísimo con
ojos compasivos a cuantos se ven en peligro!
Apenas había pronunciado estas palabras, cuando sonó la campana de la
verja.
--Sin duda vuelven--pensó Lorry.
Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos
en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser
cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto
al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien
guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas,
cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral
aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del
pasmo más violento que en su vida experimentara.
Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos
y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su
vida entera.
--¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?--exclamó Lorry, con asombro
indescriptible--¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?
Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del
anciano amigo de su infancia.
--¡Oh... amigo querido! Mi marido...
--¿Su marido, Lucía?
--Carlos.
--¿Qué hay de Carlos?
--Aquí... en París.
--¿En París?
--Lleva aquí algunos días... tres o cuatro... no sé cuántos... Me es
imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aquí una idea
generosa que nos es desconocida; fué detenido en la barrera y conducido
a la cárcel.
El anciano lanzó un grito de espanto. Casi al mismo tiempo sonó la
campana de la verja y se oyeron en el jardín voces mezcladas con rumor
de pasos.
--¿Qué ruido es ése?--preguntó el doctor, dirigiéndose a la ventana.
--¡No se asome usted! ¡No mire fuera!... ¡Por lo que más quiera,
Manette, por su vida... no toque la persiana!
Volvióse el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y
con sonrisa fría y osada, contestó.
--Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido
prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en París... ¿qué digo
en París? en ¡toda la Francia!... No hay un patriota en toda la
Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva
a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para
llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado
influencia bastante para llegar hasta aquí sin encontrar obstáculos en
las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Sabía yo que así
sería, sabía yo que me sería fácil librar a Carlos de los peligros
que le amenazan, y así se lo aseguré a Lucía... ¿Pero qué ruido es
ese?--terminó, volviéndose hacia la ventana.
--¡No mire usted!--gritó Lorry con acento desesperado--¡Usted tampoco,
Lucía, mi querida Lucía!--añadió, pasando su brazo al rededor de su
cintura.--Pero no tema... no se asuste. Juro que no sé que a Carlos le
haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad
le hubiese traído a esta ciudad. ¿En qué cárcel está?
--En la Force.
--La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Lucía, hija mía, si
alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo útil, hoy más
que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo
para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro
que de ello depende mucho más de lo que usted pueda suponer, mucho
más de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su
Carlos haga, es lo más duro, lo más difícil que cabe pensar, porque
precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que
me obedezca, que me permita que la lleve a una habitación retirada de
esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejándonos solos a su
padre y a mí por espacio de algunos minutos. ¡Por su Carlos querido,
por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro
estoy que me obedecerá!
--Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo
hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras.
Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde
la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a
reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su
diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que
hiciera lo propio.
Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no
muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el
jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que
ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen
la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda.
Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni
mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre
pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto
por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que
realizaban.
Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles
y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando
ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsas cejas y bigotes
falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados
de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras
aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas
mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena
no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran
los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras
y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban
sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la
piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán
de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres
desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos,
las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos
tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles,
con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes
tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas,
todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos
llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de
tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color,
todas eran rojas.
Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la
repugnante escena.
--Están asesinando a los prisioneros--dijo Lorry, contestando a la
pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.--Si tiene usted
seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree
poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios
y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de
todas suertes, no pierda ni un segundo.
El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar
palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín.
Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar
la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba
de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión,
hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos,
que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del
anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador
con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más
de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor
y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con
entusiasmo delirante:
--¡Viva el prisionero de la Bastilla!
--¡Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force!
--¡Paso al prisionero de la Bastilla!
--¡Libertad al prisionero Evrémonde, encerrado en La Force!
Lorry cerró la ventana muy esperanzado, y se apresuró a reunirse con
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