por la aversión con que su conciencia miraba la fábrica ruinosa que, según los de su casta, estaba en el deber de sostener y robustecer, había obrado de una manera imperfecta. Sabía muy bien que al ceder al amor que profesaba a Lucía, al renunciar el puesto que en sociedad le correspondía ocupar, se había precipitado, había procedido con reprensible ligereza. Sabía muy bien que su resolución debió llevarla a la práctica personalmente, como sabía que tuvo intención de hacerlo así, y que, sin embargo, no lo hizo. La dicha del hogar que en Londres se había creado, la necesidad de hacer una vida activa, las continuas alteraciones de la época, tan bruscas y tan rápidas que los planes no bien madurados la semana anterior caían por tierra a la semana siguiente ante el impulso arrollador de nuevos acontecimientos, fueron circunstancias de peso a cuya fuerza cedió; lo sabía muy bien; pero tampoco se le ocultaba que, si a la fuerza de las circunstancias cedió con repugnancia, no intentó oponerles una resistencia continua y formal. Su conciencia le decía que deseó obrar y que varias veces anduvo acechando la ocasión; pero le añadía que otras tantas dejó pasar la oportunidad, mientras la nobleza salía en tropel de Francia por todos los caminos y veredas, mientras los bienes de aquella eran confiscados y destruídos, y hasta borrados del libro de la vida los nombres de los hasta entonces mimados por la fortuna. Pero en cambio a nadie había oprimido, a nadie había llevado a la cárcel. Lejos de haber atropellado a nadie para que le pagase sus rentas, había abandonado libre y espontáneamente sus bienes, buscado refugio en una nación extraña, y ganado en ella el pan que llevaba a su boca con su propio esfuerzo. El señor Gabelle había administrado un patrimonio empobrecido a tenor de instrucciones escritas que le mandaban tratar bien al pueblo, darle lo poco que allí podía dársele... leña para calentarse en invierno y algunos frutos que le ayudaran a pasar el verano, que otra cosa no consentían los acreedores... y seguramente habría aducido estos hechos en descargo suyo. Se trataba de hechos públicos, de hechos que sin dificultad podían probarse; y si los hechos en cuestión justificaban ante el pueblo al administrador, huelga decir que eran patente de amigo del pueblo en favor de quien dictó las órdenes a que aquél ajustó su conducta. Estas consideraciones robustecieron la resolución de hacer el viaje a París que Darnay había casi adoptado con anterioridad al recibo de la carta de Gabelle. Sí. Semejante al marino de la antigua leyenda, los vientos y las corrientes habíanle arrastrado hasta colocar su nave dentro del radio de influencia de la Montaña Imantada, y ésta le atraía cada vez con fuerza más irresistible. Cuantos pensamientos germinaban en su mente, le impelían, le empujaban hacia el centro de aquella atracción terrible. Obedecieron sus impaciencias primeras al pensamiento de que su desdichada patria, guiada por instrumentos malos, perseguía objetivos malos y corría desbocada al abismo, mientras él, que acaso hubiese podido imprimir mejor dirección a las ansias nacionales, permanecía en Londres sin intervenir, sin intentar algo que pusiera fin a la brutal efusión de sangre, algo que afianzase los derechos a la piedad, a la humanidad, desconocidos a la sazón. Cuando ya en su alma se agitaban esos remordimientos, vino a centuplicar su fuerza la conducta del anciano Lorry, quien, dócil a la voz del deber, se apresuraba a afrontar los riesgos tremendos que entrañaba un viaje a Francia en aquellas circunstancias, y por si esto no bastaba, vinieron los comentarios de los señores, comentarios que le hirieron profundamente, y los de Stryver, mil veces más duros que los de aquéllos. A todo ello había seguido la carta de Gabelle, la carta de un prisionero inocente que, viniéndose al borde de la tumba, hacía un llamamiento desesperado a su justicia, a su honor y a su apellido. No tardó en resolverse; iría a París. Sí. La Montaña Imantada le arrastraba y no había más remedio que enfilar hacia ella la proa de su esquife. Ignoraba que en los mares que iba a surcar hubiera escollos, no creía que la travesía ofreciera peligros para él. La intención que le guió al obrar como había obrado, siquiera su obra hubiese quedado incompleta, parecíale más que suficiente para conquistarle el agradecimiento de Francia, tan pronto como él se presentase en su suelo e hiciera valer los derechos que le asistían. Ante sus ojos se alzaba la visión gloriosa de haber obrado bien, y hasta llegó a forjarse ilusiones de que tendría alguna influencia para encauzar aquella revolución horrenda, que con furia tan incontrastable se había alzado, amenazando acabar con todo lo existente. Adoptada su resolución, creyó que ni Lucía ni el doctor Manette debían conocerla hasta que la hubiese puesto en práctica. En cuanto a Lucía, nada más natural que evitarla el dolor de la separación, y en cuanto a su padre, cuya resistencia a pensar en los lugares donde tantos sufrimientos apurara en años pasados era tan viva, tampoco convenía hablarle del proyecto, sino de la ejecución del mismo, única manera de evitarle dudas dolorosas. Tales fueron los pensamientos que le agitaron hasta que llegó la hora de despedirse de Lorry. Tampoco a éste confiaría sus intenciones. Las sabría en París cuando estuvieran ya realizadas, cuando le hiciera una visita, y esta visita, se la haría tan pronto como llegase a la capital de Francia. Frente a la puerta del Banco Tellson esperaba una silla de posta. Junto a la portezuela, hacía centinela Jeremías -Lapa-. --He entregado la carta al caballero a quien iba dirigida--dijo Darnay a Lorry.--No he querido traer contestación escrita que acaso pudiera ser para usted causa de disgustos; pero he aceptado una respuesta verbal, confiando que usted no tendrá inconveniente en encargarse de transmitirla. --Con mucho gusto, siempre que no sea muy peligrosa--contestó Lorry. --No lo es, aunque debe recibirla un hombre que está preso en la Abadía. --¿Cómo se llama?--preguntó Lorry, sacando del bolsillo un librito de memorias. --Gabelle. --Gabelle. ¿Y qué es lo que debo decir al desgraciado prisionero Gabelle? --Sencillamente estas palabras: «Ha recibido la carta y vendrá.» --¿Sin decir cuándo? --Emprenderá el viaje mañana por la noche. --¿No he de mencionar nombre alguno? --No. Después de ayudar a Lorry a arrebujarse en dos o tres capas, debajo de las cuales llevaba ya dos o tres abrigos, salió acompañándole hasta la calle Fleet. --Haga presente mi cariño a las dos Lucías--dijo Lorry en el momento de partir la silla de posta.--Cuídemelas bien hasta que yo esté de regreso. Carlos Darnay hizo un movimiento de cabeza, sonrió con expresión equívoca, y quedó contemplando el carruaje que se alejaba al trote largo de los caballos. Aquella noche, era la del día catorce de agosto, Carlos Darnay se acostó muy tarde, pues antes tuvo que escribir dos cartas; una dirigida a Lucía, en la cual explicaba el deber ineludible en que se encontraba de ir a París y detallaba con gran extensión los motivos que a su juicio alejaban de su persona toda clase de riesgos, y otra al doctor, a quien encomendaba el cuidado de Lucía y de su hijita. A entrambos prometía escribir nuevamente tan pronto como llegara al término de su viaje. Fué para Darnay día de prueba aquel que hubo de pasar entre su querida familia guardando en el fondo de su pecho un secreto que nadie podía sospechar; pero una mirada de cariño dirigida a su esposa, tan alegre, tan confiada, robusteció la resolución que de no decirla nada había formado, y el día pasó sin incidentes. Al obscurecer, la abrazó, diciéndola que un asunto imprevisto le obligaba a salir, pero que su ausencia sería muy breve, y se fué. Ya antes había sacado secretamente de su casa un baúl con la ropa necesaria. Confió las dos cartas a un criado digno de toda confianza, con orden de entregarlas a media noche, ni un minuto antes, tomó un caballo, y emprendió el viaje a Dover. Sintió desfallecimientos; pero el grito desesperado del pobre prisionero que apelaba a su justicia, a su honor, a su generosidad, dióle fuerzas para dejar a sus espaldas lo que más querido le era en el mundo y para dirigir su nave hacia la Montaña Imantada que le atraía. LIBRO TERCERO EL RUMBO DE LA TORMENTA I EN SECRETO Poco a poco abreviaba el viajero el camino que le separaba de París. Estamos en otoño del año mil setecientos noventa y dos. No le habrían faltado caminos detestables, carruajes pésimos y caballos atacados de vejez que dificultasen su marcha, aun cuando el destronado rey de Francia hubiese continuado ocupando su trono y reinando entre esplendores de gloria; pero aparte de esos obstáculos, la alteración de los tiempos habían acumulado otros mil. Todas las puertas de las ciudades, todas las entradas de los pueblos, contaban con sus bandas de ciudadanos patriotas, armados con mosquetes nacionales prontos a dispararse por sí solos, que detenían a cuantas personas entraban o salían, para someterlas a rígidos interrogatorios, examinar con detenimiento sus documentos, ver si figuraban sus nombres en las listas de que estaban provistos, y dejarlos en libertad de proseguir su viaje, o bien prenderlos, según aconsejase su capricho, en bien de la recién nacida República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad o de la Muerte. Muy pocas leguas de terreno francés había recorrido Carlos Darnay, cuando comenzó a darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraría de volver a pisar aquellos caminos eternos, si antes no era declarado buen ciudadano de París. Pero ya no podía retroceder; fuese la que fuese la suerte que el destino le tuviera deparada, no tenía más remedio que continuar el viaje hasta el final. A sus espaldas dejaba un camino abierto, libre de barreras y de fosos, pero esto no obstante, sabía que entre Inglaterra y su persona se alzaban obstáculos mil veces más infranqueables que las más sólidas puertas de hierro. De tal suerte le rodeaba la vigilancia universal, que si hubiera viajado metido dentro de las mallas de espesa red de acero, o bien acondicionado en el interior de una jaula, no hubiese considerado su libertad más perdida. Esa vigilancia universal no sólo le obligaba a detenerse veinte veces al día en los caminos reales, en los relevos de postas, si no que también entorpecía y retardaba su marcha otras tantas veces en en cada jornada, ora alcanzándole y mandándole volver atrás, ora acompañándole e impidiéndole avanzar con la rapidez que él deseaba. Varios días llevaba recorriendo territorio francés, cuando una noche se acostó temprano en la cama de una posada de una población de poca importancia, situada bastante lejos de París. A la carta que desde la cárcel de la Abadía le dirigió Gabelle, debía el haber llegado tan lejos, pero al llegar a la población de que hablamos, opusiéronle en las puertas tantas dificultades, que comprendió que estaba muy próxima la crisis. No le sorprendió, pues, gran cosa ser despertado a media noche en la cama de la posada en que se acostó con ánimo de dormir hasta la mañana siguiente. Al despertar, tropezaron sus ojos con un funcionario local, de temperamento tímido, y con tres patriotas armados hasta los dientes, cubiertos con gorros de color rojo rabioso y fumando descomunales pipas. Los tres de los gorros tomaron asiento sobre su cama. --Emigrado--dijo el funcionario,--he decidido enviarte a París con una escolta. --Ciudadano, mi mayor deseo es llegar a París, pero puedo prescindir perfectamente de la escolta. --¡Silencio!--gritó un gorro rojo dando un golpe a la cama con la culata del mosquete.--¡A callar, aristócrata! --Tiene razón este buen patriota--dijo el funcionario con timidez.--Eres aristócrata, y por tanto, debes hacer el viaje bajo la vigilancia de una escolta. --No está en mi mano la elección--contestó Carlos Darnay. --¡Elección!--exclamó uno de los gorros colorados.--¿Habráse visto? ¡Como si no se le hiciera un favor dispensándole de adornar desde este instante el gancho de un farol! --La observación del buen patriota no puede ser más justa--terció el funcionario.--Levántate y vístete, emigrado. Obedeció Darnay, quien fué conducido inmediatamente al cuerpo de guardia, donde encontró a muchos patriotas que lucían sus correspondientes gorros colorados, fumando unos y bebiendo otros al amor de la lumbre. Después que se le obligó a pagar una fuerte cantidad por una escolta que no había pedido, emprendió el viaje a las tres de la madrugada. Constituían la escolta dos patriotas montados, que cabalgaban a sus lados, en cuyos gorros rojos lucían escarapelas tricolores, e iban armados con mosquetes y sables nacionales. El escoltado manejaba su caballo, pero en las bridas de éste había sujeta una cuerda cuyo extremo contrario llevaba uno de los patriotas amarrado a la muñeca. En esta forma hacían el viaje, sufriendo una llovizna helada que el viento lanzaba contra sus rostros, a un trote pesado, por caminos desiguales y alternados con extensos lodazales. Sin que en el viaje introdujeran más cambios que el de caballos, llegaron al fin a la capital. Viajaban durante la noche, haciendo alto una o dos horas antes de romper el día, y durmiendo hasta el crepúsculo de la tarde. La escolta vestía con pobreza tan extremada, que para abrigarse las piernas desnudas, habían de recurrir a la paja, con la cual las acolchaban. Aparte de las molestias consiguientes al viaje, a la contrariedad de ir escoltado y a los peligros inherentes a depender de patriotas crónicamente borrachos y armados con mosquetes que se disparaban solos, Carlos Darnay podía desechar toda clase de temores, toda vez que era de esperar que, en cuanto hiciera referencia a sus merecimientos, que confirmaría al prisionero de la Abadía, se apresurarían a tratarle como a un hombre amigo del pueblo. Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad de Beauvais a la caída de la tarde, y por consiguiente, cuando las calles estaban llenas de gente, no pudo menos de comprender que las cosas presentaban cariz alarmante. En el patio de la casa de postas se reunieron muchos grupos que, contemplándole con expresión ceñuda al principio, concluyeron por gritar: --¡Muera el emigrado! Detúvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde la silla, replicó: --Emigrado no, amigos míos. ¿No me estáis viendo aquí, amigos míos, en Francia, por mi libre y espontánea voluntad? --¡Eres un emigrado maldito y un aristócrata canalla!--gritó un herrador, abalanzándose hacia él con un martillo en alto. Interpúsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo: --¡Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarán en París. --¡Juzgarán!--repitió el herrador, blandiendo el martillo.--Le condenarán por traidor. Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobación. Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclamó: --Estáis engañados, amigos míos, estáis engañados. Yo no soy traidor. --¡Mientes!--rugió el herrador.--¡Según el decreto, es un traidor!... ¡Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita! En las miradas de las turbas leyó Carlos Darnay una de esas arremetidas feroces cuyo desenlace es siempre un hombre hecho pedazos. Tal suerte le habría cabido de no haber sido por el encargado de la casa de postas, que obligó al caballo a entrar en el patio. La escolta siguió a nuestro amigo, y el de la casa cerró y atrancó inmediatamente la puerta. El herrador descargó sobre ésta los martillazos que no podía descargar sobre la cabeza del emigrado; las turbas rugieron indignadas, pero no pasó más. --¿Qué decreto es ése que mencionó el herrador?--preguntó Darnay al dueño de la casa de postas, después de darle las gracias por su afortunada mediación. --Es el decreto que dispone la venta en pública subasta de los bienes de los emigrados--contestó el interrogado. --¿Cuándo se promulgó? --El día catorce. --El mismo que salí yo de Inglaterra. --Todo el mundo afirma que no es más que el primero de los de la serie, redactados ya... o que serán redactados en breve, los cuales destierran a los emigrados y condenan a muerte a los que vuelvan a pisar territorio francés. Es lo que quiso decir el herrador cuando afirmó que su vida de usted no era de usted, sino del pueblo. --Pero supongo que no han sido promulgados todavía semejantes decretos, ¿no es verdad? --No puedo asegurarlo--respondió el encargado de la casa de postas, encogiéndose de hombros.--Puede que no hayan sido promulgados aún, y puede que sí; pero es igual. Darnay descansó hasta media noche tendido sobre un montón de paja, saliendo de la ciudad cuando los habitantes de ésta estaban entregados al sueño. Entre los muchos cambios radicales de costumbres que pudo observar Darnay durante su accidentado viaje, cambios que daban a éste fuerte color fantástico, no era el menor la carencia de sueño en los patriotas. Con frecuencia, después de una larga y pesada caminata por veredas solitarias, llegaban a altas horas de la noche a un pueblo, cuyos habitantes, en vez de dormir tranquilamente, bailaban danzas fantásticas en rededor de un árbol de la Libertad, o entonaban himnos a la Libertad. Por fortuna, empero, aquella noche Beauvais creyó conveniente entregarse al reposo, merced a lo cual pudieron los excursionistas proseguir su viaje por caminos desiertos, cubiertos de barrizales y de agua, bordeando campos incultos que ninguna cosecha habían producido aquel año, entre caseríos incendiados, y con riesgo de recibir inopinadamente un balazo disparado por cualquiera de los innumerables patriotas que pululaban por todas partes. Cerca de los muros de París se encontraban, cuando recibieron el saludo de las primeras luces del día. En la barrera encontraron fuerte guardia. --¿Dónde están los documentos del prisionero?--preguntó con tono autoritario un hombre de aspecto resuelto, llamado por el centinela. Carlos Darnay, disgustado al oir palabra tan poco grata, replicó que no era prisionero, sino un viajero que llegaba libre y espontáneamente, ciudadano francés, confiado a la custodia de una escolta que el estado perturbado del país hacía necesaria, y que había pagado de su bolsillo. --¿Dónde están los documentos de este prisionero?--repitió el mismo sujeto, sin hacer el menor caso de Darnay ni de sus palabras. El patriota de la borrachera perpetua los sacó de su gorro, donde los llevaba, entregándolos al personaje que los pedía. La carta de Gabelle produjo en aquél cierto desconcierto y no poca sorpresa, a la par que despertó su atención, que concentró en Darnay. Sin decir palabra dejó a la escolta y al escoltado y entró en el cuerpo de guardia, dejando a los viajeros a caballo frente a la puerta. Carlos Darnay, mientras tanto, pudo observar que la guardia la formaban soldados y patriotas, más de estos últimos que de los primeros, y que, al paso que los carros que traían víveres a la ciudad, o los que a cualquier clase de tráfico se dedicaban, no tropezaban con dificultades de ningún género para entrar, en cambio los encontraban, y muy grandes, para salir, aun cuando se tratase de la gente más humilde. Hombres y mujeres, bestias de carga y de tiro y carretas y coches de toda clase esperaban que se les permitiera salir; pero con tal rigidez se cumplía la ley sobre la identificación previa, que aunque a la barrera llegaban por cientos, la salida la hacían de uno en uno y por largos intervalos. Los que sabían que habría de pasar mucho tiempo antes que les llegase el turno, lo esperaban tendidos en la calle, donde dormían o fumaban, mientras otros entablaban animadas conversaciones o entretenían el tiempo paseando. Los gorros colorados y escarapelas tricolores eran prenda obligada que ostentaba todo el mundo, sin distinción de edades ni sexos. Duraría media hora la espera de Carlos Darnay, quien en ese espacio de tiempo pudo hacer las observaciones que quedan apuntadas, cuando volvió a salir el mismo personaje, jefe, al parecer, de la guardia de la barrera, quien, después de dar a la escolta un recibo de la persona del escoltado, mandó a éste que echara pie a tierra. Obedeció Darnay, y los hombres que hasta allí le acompañaron, hiciéronse cargo de su caballo y partieron sin entrar en la ciudad. El jefe de la guardia condujo a Darnay al cuerpo de la misma, que apestaba a vino ordinario y a tabaco, donde había varios grupos de soldados y de patriotas, unos dormidos y otros despiertos, éstos borrachos y aquéllos serenos, y algunos en los linderos de la vigilia y del sueño, y de la sobriedad y la borrachera. Dos velones de aceite derramaban una claridad muy discutible sobre el cuerpo de guardia, en uno de cuyos testeros había una mesa, sobre la cual se veían algunos registros. Un oficial de aspecto grosero, sentado frente a la mesa, era el encargado de los registros. --Ciudadano Defarge--dijo el personaje que había introducido a Darnay, mientras tomaba una hoja de papel--¿es éste el emigrado Evrémonde? --Este es. --¿Cuántos años tienes, Evrémonde? --Treinta y siete. --¿Casado, Evrémonde? --Sí. --¿Dónde? --En Inglaterra. --Lo creo. ¿Dónde está tu mujer, Evrémonde? --En Inglaterra. --Lo creo también. Vas consignado, Evrémonde, a la prisión de La Force. --¡Dios del Cielo!--exclamó Darnay--¿En virtud de qué ley, y por qué delito o falta? Al cabo de algunos segundos de muda contemplación, contestó el funcionario: --Desde que saliste de Francia, Evrémonde, nos regimos por leyes nuevas y ha variado profundamente lo referente a delitos y faltas. --Te ruego tengas presente, ciudadano, que he venido voluntariamente, cediendo a la súplica escrita en ese papel que tienes ante tus ojos--replicó Darnay.--No pido otra cosa más que la ocasión de hacer lo que un compatriota mío solicita. ¿No estoy en mi derecho? --Los emigrados no tienen derechos, Evrémonde--fué la estólida contestación del funcionario. Después de dirigir a Darnay una sonrisa siniestra, escribió unos renglones, dobló el papel, y lo entregó a Defarge diciendo: --Secreto. Defarge indicó al prisionero que le siguiera. Obedeció el prisionero, a quien acompañaron además dos patriotas armados, que se colocaron a su derecha e izquierda. Mientras salían del cuerpo de guardia para entrar en París, Defarge preguntó al prisionero en voz baja: --¿Eres tú el que casaste con la hija del doctor Manette, prisionero en otro tiempo en la Bastilla, que ya no existe? --Sí--respondió Darnay, mirándole con sorpresa. --Me llamo Defarge y soy dueño de una taberna del barrio de San Antonio. Es posible que me conozcas de referencia. --Mi mujer fué a tu casa a reclamar a su padre... ¡Sí, sí! Parece que la palabra «mujer» despertó en Defarge recuerdos sombríos, pues dijo con brusca impaciencia: --¿Quieres decirme, en nombre de esa mujer recién nacida llamada Guillotina, por qué demonios has venido a Francia? --No hace un minuto me oiste explicar cuál fué la causa de mi viaje. ¿Es que crees que no dije verdad? --Verdad que no puede ser más fatal para ti--replicó Defarge, fruncido el entrecejo y mirando a su interlocutor con fijeza. --Cierto es que me encuentro aquí perdido. Lo veo todo tan trastornado, tan distinto de lo que antes era, tan desagradable, que confieso que ni sé a dónde volver los ojos. ¿Quieres hacerme un pequeño favor? --En absoluto ninguno--respondió Defarge, con la mirada como perdida en el espacio. --¿Tampoco querrás contestarme una pregunta, una sola? --Veremos... Según sea. Puedes hacerla. --En la prisión en que tan injustamente me encierran, ¿podré comunicar libremente con el mundo exterior? --Tú mismo lo verás. --¿Piensan sepultarme en ella, sin juzgarme, sin condenarme, sin concederme medios de justificarme y defenderme? --Lo verás tú mismo... Pero si así fuera, ¿qué?; muchos otros tan buenos como tú se han visto sepultados en prisiones peores. --Pero no por causa mía, ciudadano Defarge. La expresión sombría del rostro de Defarge se acentuó extraordinariamente al escuchar la respuesta, después de lo cual prosiguió caminando en silencio. A medida que su taciturnidad aumentaba, se disipaban las esperanzas que en un principio tuvo Darnay de ablandar a aquel hombre. --Para mí es de una importancia excepcional, como sabes tan bien como yo mismo, ciudadano Defarge, hacer saber al señor Lorry, del Banco Tellson, un caballero inglés que en la actualidad se encuentra en París, el hecho sencillo, sin comentario alguno, de que me han recluído en la prisión de La Force. ¿Me harás el favor de encargarte de ponerlo en su conocimiento? --No haré en tu obsequio nada absolutamente--replicó Defarge.--Me debo a mi patria y al pueblo. He jurado servir a los dos contra ti. Nada esperes de mí. Calló Darnay, tanto porque dió por perdidas definitivamente todas las probabilidades de obtener de aquel hombre el favor más insignificante, cuanto porque su amor propio lastimado le movió a considerar como humillaciones sus instancias. No pudo menos de reparar, mientras en silencio recorría las calles, en lo acostumbrado que el pueblo estaba al espectáculo de los prisioneros que por ellas transitaban. Ni los niños se fijaban en él. Algunos transeuntes volvían sus cabezas y le apuntaban con el dedo indicando que era un aristócrata, y nada más. Verdad es que ver que un hombre bien vestido era conducido a la cárcel era tan corriente y natural como ver a un obrero que se dirige al trabajo con las herramientas de su oficio en la mano. En una calleja estrecha, obscura y sucia que hubieron de atravesar, encontraron a un orador callejero excitadísimo, que dirigía arengas excitadas a un auditorio excitado, ponderando los crímenes que contra el pueblo soberano habían cometido el Rey, la familia real y los nobles. De las pocas palabras que llegaron a oídos de Darnay pudo éste colegir que el Rey había sido encerrado en una prisión y que los embajadores extranjeros habían abandonado en masa a París, noticias que desconocía en absoluto, pues durante su viaje, los individuos que le escoltaron, juntamente con la vigilancia universal, le tuvieron en un aislamiento tan absoluto, que nada había oído. Como es natural, comprendió que los peligros que le amenazaban eran infinitamente mayores e infinitamente más numerosos de lo que supuso al salir de Inglaterra; comprendió que los peligros se multiplicaban con rapidez alarmante y que se multiplicarían aún más; no pudo menos de confesarse a sí propio que ni por las mientes se le hubiese pasado la idea de hacer el viaje de haber previsto los sucesos desarrollados en los días últimos. Y sin embargo, sus temores, examinados a la luz de los incidentes más recientes, no eran tan grandes como parece deberían ser. Por nebuloso que el porvenir se le presentara, era un porvenir desconocido que en su misma obscuridad entrañaba cierta esperanza. Tan ajeno como los que vivieron millares de años antes que él estaba a las horribles matanzas que, continuadas un día y otro día, una noche y otra noche, debían ahogar en caudalosos ríos de sangre la época siempre bendita de la recolección de la cosecha. Apenas si de nombre conocía a la «mujer recién nacida llamada Guillotina», como apenas si de nombre la conocía la generalidad del pueblo, pues por aquellos días, los mismos que la trajeron al mundo no imaginaban siquiera como probables las espantosas hazañas que muy en breve habían de envolverla en inmensa aureola sangrienta. Sospechaba que sería víctima de una detención arbitraria, que se le trataría con irritante injusticia, que habría de soportar privaciones y penalidades, de las cuales no sería la menor verse alejado de su adorada mujer y de su idolatrada hija; todo eso lo sospechaba; más aún, lo consideraba indudable; pero fuera de ello, nada temía. Tales eran las reflexiones que le embargaban, cuando llegó a la cárcel llamada La Force. Un hombre de cara feroz abrió el postigo. --El emigrado Evrémonde--dijo Defarge, haciendo la presentación del preso. --¡Demonios coronados! ¿Pero es que no va a acabar nunca la procesión?--exclamó el de la cara de fiera. Tomó Defarge el recibo que le alargaba el cancerbero, sin parar mientes en la exclamación del mismo, y se retiró juntamente con los dos patriotas. --¡Rayos y truenos!--gruñó el carcelero, ya solo con su mujer.--¡Esto es un río que corre siempre! La mujer del carcelero, que en su depósito de contestaciones no debía tener la que cuadraba a la exclamación anterior, se limitó a responder: --Hay que tener paciencia, amigo mío. Los sonidos de una campana que la mujer hizo repicar evocaron a tres calaboceros, diciendo a coro: --¡Viva la Libertad! El coro no parecía el más apropiado para ser cantado en un sitio como aquél, pero mayores anomalías se ven en el mundo. Era la prisión de La Force un edificio tétrico, repugnante e inmundo, donde se respiraba la atmósfera hedionda de la muerte. Asombra en realidad la rapidez con que percibe el olfato el olor a carne almacenada en lugares como aquél, sobre todo, cuando no reunen condiciones para el objeto, y por añadidura están descuidados. --¡Y además secreto!--murmuró el alcaide mientras leía el papel.--¡Como si no estuviera ya tan lleno de ellos que el mejor día doy un estallido! Con muestras de pésimo humor ensartó el papel con una espiga que atravesaba a muchísimos otros, y comenzó a pasear por la estancia abovedada sin hacer el menor caso del prisionero, a quien tuvo esperando más de media hora. --Sígueme, emigrado--dijo al fin, tomando las llaves. El alcaide condujo al nuevo pupilo por un corredor y una escalera, y al cabo de varios minutos, y no sin abrir durante la marcha muchas puertas y de cerrarlas de nuevo después de franqueadas, llegó a una pieza de grandes proporciones y techo bajo y abovedado, atestada de prisioneros de ambos sexos. Estaban las mujeres sentadas en torno a una mesa, leyendo o escribiendo, haciendo media, cosiendo o bordando, mientras los hombres, en su mayor parte, se hallaban de pie detrás de las sillas ocupadas por aquéllas, excepto algunos que se entretenían paseando. Tan tétrica era la sala, tan sombría la expresión de las personas allí hacinadas, tan acentuada la amarillez que en sus rostros habían creado las privaciones y miseria a que estaban sometidas que Carlos Darnay creyó que se encontraba entre una colección numerosa de muertos. Allí no había más que fantasmas. Fantasmas de belleza, fantasmas de la elegancia, fantasmas de la altivez, fantasmas del orgullo, fantasmas de la frivolidad, fantasmas del talento, fantasmas de la juventud, fantasmas de la vejez, todos ellos esperando llegase la hora de abandonar la playa inhospitalaria del mundo, todos ellos clavando en el recién entrado unos ojos que la muerte había alterado en cuanto penetraron en la antesala de los dominios de aquélla. Darnay quedó inmóvil, yerto, por efecto de su estupefacción. El aspecto del alcaide, que permanecía a su lado, no menos que el de los calaboceros que andaban de una parte para otra, en pleno ejercicio, sin duda, de sus altas funciones, eran tan rudos, tan brutales, tan feroces, sobre todo puestos en parangón con el de las atribuladas madres y de las hermosas hijas allí almacenadas, con la coquetería, la distinción propias de las jóvenes bien nacidas y con la delicadeza de modales de la dama de alto rango, que Darnay hubo de afianzarse en la creencia de que le habían recluído en la mansión de los espectros. --En nombre propio y en el de todos los compañeros de infortunio aquí amontonados--dijo un caballero de modales cortesanos, dando un paso al frente,--tengo el honor de dar a usted la bienvenida a La Force, y de lamentar con usted la calamidad que aquí le trae. ¡Ojalá sea de breve duración y termine con felicidad! Ahora bien; manifestarle nuestros deseos sería imperdonable impertinencia en cualquier otra parte, pero no aquí. Nos permitimos preguntarle su nombre y condición. Darnay se apresuró a acceder a los deseos manifestados por el caballero. --Supongo que no estará usted aquí «en secreto»--repuso el caballero, siguiendo con la vista al alcaide que en aquel momento cruzaba la estancia. --Dos o tres veces he oído pronunciar esa consigna refiriéndose a mí, pero ignoro lo que puede significar. --¡Oh, que lástima! Muy de veras lo lamentamos... Pero no se desanime usted. Son muchos los que han venido aquí «en secreto» y luego se ha modificado su situación. Seguidamente añadió alzando la voz: --Con profundo pesar informo a mis compañeros que... -en secreto-. Mientras Carlos Darnay se dirigía a la puerta defendida con gruesa reja junto a la cual le esperaba el alcaide, alzáronse fuertes murmullos de conmiseración, mezclados con frases de piedad de las mujeres, que se esforzaban por infundirle aliento. Llegado a la puerta mencionada, volvióse Carlos y dió las gracias a los que dejaba desde el fondo de su corazón. Cerróse la puerta empujada por la mano del alcaide, y las apariciones espectrales se borraron para siempre. Daba acceso la puerta a una escalera de caracol, por la cual subió Darnay siguiendo a su guía. Después de subir cuarenta peldaños, contados concienzudamente por el prisionero de media hora, abrió el alcaide una puerta baja y muy negra y entró en una celda solitaria. Era muy fría, olía a moho, pero no estaba obscura. --La tuya--dijo el alcaide. --¿Por qué me encierran solo? --Eso es lo que yo no sé. --¿Supongo que se me permitirá comprar papel, pluma y tinta? --Por el momento no. Te visitarán... no sé cuando, y entonces podrás solicitar ese favor. Puedes comprar comida, pero nada más. En la celda había una silla, una mesa y un jergón de paja. El alcaide, después de someter a escrupulosa inspección el -mobiliario- de la celda, salió dejando solo a Darnay. --Puedo decir que estoy muerto y sepultado--murmuró el infeliz.--Cinco pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio--repetía maquinalmente, recorriendo la celda en todos sentidos y contando al propio tiempo. El ruido de la ciudad llegaba a sus oídos convertido en una especie de sordo redoblar de tambores mezclado con estridentes voces humanas. --Cinco pasos por cuatro y medio... Hacía zapatos... cinco pasos por cuatro y medio... hacía zapatos... zapatos... El prisionero aceleraba el paso y procuraba contar, a fin de ahuyentar la idea del que hacía zapatos, que amenazaba convertirse en idea fija. --Los espectros se han desvanecido en cuanto traspasé la puerta de la reja--seguía pensando.--Vi entre ellos el de una señora vestida de negro, que estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana. La luz daba de lleno sobre su cabellera de oro, y parecía a... ¡Dios mío... Dios mío!... ¿Volveré algún día a transitar por las aldeas visitadas por la luz del sol, por las aldeas donde despiertan las gentes? Hacía zapatos... hacía zapatos... hacía zapatos... Cinco pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio... Caminaba el prisionero cada vez con mayor celeridad, siempre embebido en las mismas ideas, siempre contando, siempre teniendo ante los ojos de la imaginación la visión del zapatero, mientras el estruendo de la ciudad continuaba sonando en sus oídos como sordo redoblar de tambores mezclado con llantos de voces que conocía y quería, con ayes desgarradores emitidos por gargantas que hasta entonces apenas dieron salida a sonidos que no fueran reflejo de la alegría del corazón. II LA PIEDRA DE AFILAR El Banco Tellson, establecido en el Barrio Saint Germain de París, ocupaba un ala de un edificio inmenso, precedido por un jardín separado de la calle por un muro de bastante altura y una verja muy sólida. Era el inmueble propiedad de un noble de los más poderosos del reino, que había vivido en él hasta que las perturbaciones de la época le obligaron a emprender la fuga, envuelto en la indumentaria de su cocinero, y a cruzar la frontera. Aunque en realidad quedaba reducido a la condición de pieza de caza que consiguió burlar las acometidas de los ojeadores y de los monteros, no por ello dejaba de ser el mismo señor, cuya importante operación de preparar el chocolate y de llevarlos a sus gloriosos labios, exigía los esfuerzos de tres servidores, aparte de los del cocinero. Habíase ido el señor; sus servidores se absolvieron a sí mismos del horrendo pecado de haber recibido los salarios de aquél mostrándose perfectamente dispuestos a rebanarle el pescuezo sobre el flamante altar de la República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad o Muerte, y el suntuoso inmueble del señor fué primero secuestrado y luego confiscado. Las cosas se hacían con tan vertiginosa rapidez, y los decretos se sucedían con precipitación tan fiera, que a la tercera noche del mes de septiembre, patriotas emisarios de la ley se habían posesionado de la casa en cuestión, la habían purificado haciendo tremolar sobre ella la bandera tricolor, y fumaban y se emborrachaban bonitamente en sus suntuosas habitaciones. Si la Casa Tellson de Londres se hubiese parecido a la Casa Tellson de París, a buen seguro que los londinenses la hubiesen visto figurar muy en breve entre los quebrados que merecían aparecer en la Gaceta. ¿Qué habría dicho la espetada respetabilidad inglesa, si en el vestíbulo de un Banco hubiese encontrado abundantes macetas plantadas de naranjos, y... ¡horror! la figura de un Cupido presidiendo la caja? Y, sin embargo, por inconcebible que parezca, tal ocurría en el Banco Tellson de París. Cierto que Tellson había blanqueado con algunas manos de cal el Cupido del testero, pero quedaba el del techo, muy ligero de ropas, contemplando con mirada ansiosa la caja (es lo que suele hacer de ordinario) desde que amanecía hasta que cerraba la noche. La quiebra más tremenda hubiese sido consecuencia fatal e inevitable de la presencia de aquel agradable pagano en la calle Lombard de Londres, si ya no hubieran bastado para producirla una alcoba medio oculta entre ricos cortinones, delante de la cual estaba el niño de las travesuras, el inmenso espejo que en el muro habían dejado, y los empleados mismos, no tan viejos como era de desear, que no tenían el menor reparo en bailar en público a poco que se les instase a hacerlo. Verdad es que un Tellson francés podía permitirse todo eso y aún más, sin escándalo de nadie, sin que capitalista alguno soñase siquiera en retirar por causas tan insignificantes sus capitales. Cuánto dinero saldría en lo sucesivo de las cajas de la Casa Tellson de París, cuánto habría de quedar allí perdido y olvidado, cuánta plata, cuántas joyas perderían su brillo inmaculado en las cámaras secretas del establecimiento, mientras sus dueños lo perdían en los calabozos o en el cadalso, cuántas cuentas corrientes del Banco quedarían sin saldar en este mundo y pasarían al otro, es lo que ningún mortal hubiese podido decir, lo que ni aproximadamente logró conjeturar aquella noche el mismísimo Mauricio Lorry, no obstante haberse repetido cientos de veces estas preguntas. Sentado junto a la chimenea en la que ardían chisporroteando algunos leños (aquel año estéril e infecundo había adelantado la estación de los fríos), su rostro, reflejo de honradez, presentaba sombras que no proyectaba la lámpara pendiente del techo ni ninguno de los objetos que en la estancia había. Ocupaba Lorry habitaciones en el edificio del Banco, a lo que le daba derecho indiscutible su probada fidelidad a la casa de la cual formaba parte integrante. Creían muchos que era garantía de seguridad para el establecimiento la ocupación patriótica de casi todo el edificio, aunque el leal Lorry jamás participó de semejante creencia. Cuanto ocurría en París érale indiferente, pues para él, lo único que excitaba su interés, era el cumplimiento de su deber. En el fondo del jardín, bajo una techumbre sostenida por graciosas columnas, había una cochera, en la cual quedaban algunos de los carruajes del señor. Sujetas a dos columnas había dos antorchas encendidas, y al pie, colocada de manera que recibiera la luz de aquéllas, una piedra de afilar, montada de cualquier manera, que sin duda había sido traída de cualquier herrería o carpintería inmediata. Lorry, que se levantó del asiento y se asomó a la ventana, retiróse con un estremecimiento al ver aquel objeto inofensivo. Hasta en la habitación que trabajaba Lorry llegaba el sordo rumor de las calles, al que de vez en cuando se unían ruidos que parecían proceder de un mundo fantástico, ruidos inauditos por lo terribles que se elevaban desde la tierra al cielo. --Gracias a Dios--dijo Lorry juntando las manos,--ninguna persona querida tengo a mi lado esta noche pavorosa. ¡Mire el Altísimo con ojos compasivos a cuantos se ven en peligro! Apenas había pronunciado estas palabras, cuando sonó la campana de la verja. --Sin duda vuelven--pensó Lorry. Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas, cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del pasmo más violento que en su vida experimentara. Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su vida entera. --¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?--exclamó Lorry, con asombro indescriptible--¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí? Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del anciano amigo de su infancia. --¡Oh... amigo querido! Mi marido... --¿Su marido, Lucía? --Carlos. --¿Qué hay de Carlos? --Aquí... en París. --¿En París? --Lleva aquí algunos días... tres o cuatro... no sé cuántos... Me es imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aquí una idea generosa que nos es desconocida; fué detenido en la barrera y conducido a la cárcel. El anciano lanzó un grito de espanto. Casi al mismo tiempo sonó la campana de la verja y se oyeron en el jardín voces mezcladas con rumor de pasos. --¿Qué ruido es ése?--preguntó el doctor, dirigiéndose a la ventana. --¡No se asome usted! ¡No mire fuera!... ¡Por lo que más quiera, Manette, por su vida... no toque la persiana! Volvióse el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y con sonrisa fría y osada, contestó. --Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en París... ¿qué digo en París? en ¡toda la Francia!... No hay un patriota en toda la Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado influencia bastante para llegar hasta aquí sin encontrar obstáculos en las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Sabía yo que así sería, sabía yo que me sería fácil librar a Carlos de los peligros que le amenazan, y así se lo aseguré a Lucía... ¿Pero qué ruido es ese?--terminó, volviéndose hacia la ventana. --¡No mire usted!--gritó Lorry con acento desesperado--¡Usted tampoco, Lucía, mi querida Lucía!--añadió, pasando su brazo al rededor de su cintura.--Pero no tema... no se asuste. Juro que no sé que a Carlos le haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad le hubiese traído a esta ciudad. ¿En qué cárcel está? --En la Force. --La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Lucía, hija mía, si alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo útil, hoy más que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro que de ello depende mucho más de lo que usted pueda suponer, mucho más de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su Carlos haga, es lo más duro, lo más difícil que cabe pensar, porque precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que me obedezca, que me permita que la lleve a una habitación retirada de esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejándonos solos a su padre y a mí por espacio de algunos minutos. ¡Por su Carlos querido, por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro estoy que me obedecerá! --Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras. Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que hiciera lo propio. Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda. Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que realizaban. Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsas cejas y bigotes falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos, las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles, con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas, todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color, todas eran rojas. Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la repugnante escena. --Están asesinando a los prisioneros--dijo Lorry, contestando a la pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.--Si tiene usted seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de todas suertes, no pierda ni un segundo. El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín. Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión, hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos, que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con entusiasmo delirante: --¡Viva el prisionero de la Bastilla! --¡Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force! --¡Paso al prisionero de la Bastilla! --¡Libertad al prisionero Evrémonde, encerrado en La Force! Lorry cerró la ventana muy esperanzado, y se apresuró a reunirse con 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000