durante un minuto ó dos y en médio de un frio como este.
Sikes maldiciendo á Fagin por haber enviado Oliverio en semejante
comision, hizo uso de la alza prima con toda su fuerza, sin por ello
hacer mucho ruido. Algunos segundos y un poco de ayuda por parte de
Tobias bastaron para que el postigo rodara sobre sus goznes.
Este postigo era de una ventanilla á cinco ó seis piés del suelo, que
daba luz á una especie de bodega situada al detrás de la casa y
haciendo frente á la entrada. La abertura era tan pequeña, que los
habitantes de la casa no habian juzgado necesario asegurarla mas, y sin
embargo podia muy bien pasar por ella el cuerpo de un niño. Un poco de
destreza y de práctica en la -profesion- por parte de Sikes, le
facilitaron el forzar el postigo que fué abierto en un santiamen.
--Ahora escucha bien lo que voy á decirte! --murmuró Sikes sacando de
su faltriquera una linterna sorda y dirijiendo la luz al rostro de
Oliverio --Voy á pasarte al otro lado. Toma esta linterna, sube los
escalones que estarán ante tí, luego atravesarás el vestíbulo y nos
abrirás la puerta de la calle.
--Hay unos cerrojos muy altos que no podrias alcanzar. --añadió Tobias
--Subirás sobre una de las sillas del vestíbulo. Hay tres Guillermo,
con los blasones de la vieja en el respaldo de cada una. (un soberbio
unicornio azul con un cuerno de oro.)
--Quiéres callar tu lengua! --repuso Sikes con tono amenazador --La
puerta del aposento está abierta, no es cierto?
--De par en par. --contestó Tobias despues de haber mirado por la
ventanilla para asegurarse de ello. Lo mejor de todo esto es que se deja
siempre entreabierta por medio de un gancho, para que el perro que tiene
su perrera en algun rincon de por aquí pueda ir y venir cuando no duerme
. . . Ah! ah! Barney esta noche, os lo ha engaitado de lo lindo!
Aun que Crachit hizo esto observacion en voz baja, Sikes le mandó
imperiosamente que se callára y se pusiera al avio. Aquel empezó por
poner la linterna en el suelo, apoyó la cabeza contra la pared debajo de
la ventanilla, puso sus manos sobre sus rodillas y Sikes subiendo luego
sobre sus espaldas pasó á Oliverio por la ventanilla los piés delante
y le dejó suavemente en el suelo sin dejar por esto el cuello de su
chaqueta.
--Toma esta linterna! --dijo metiendo la cabeza en la ventana --¿Ves
ante tí esa escalera?
Oliverio mas muerto que vivo hizo una señal afirmativa, y Sikes
indicándole la puerta de la calle con el cañon de su pistola, le
advirtió friamente que siempre estaria á tiro y que si tenia la
desgracia de dar un trás pié era muerto.
--Es negocio de un segundo. --prosiguió el bandido en voz baja --Al
momento que te deje cumple tu deber. Escuchad!
--Qué hay? --preguntó Tobias.
Prestaron oido con la mayor atencion.
--No es nada. --dijo Sikes soltando á Oliverio --Ea! Marcha!
En el breve instante que tuvo para reponerse, el niño habia tomado la
firme resolucion (aun que le costára la vida) de correr á lo alto de la
escalera y dando el grito de alarma despertar á los habitantes de la
casa. Lleno de esta idea avanzó al momento; pero con precaucion.
--Ven acá! --gritó de repente Sikes --Pronto! pronto!
Espantado por esta esclamacion súbita de Sikes en medio del silencio de
la noche y por un grito penetrante salido del interior de la casa,
Oliverio dejó caer su linterna y no supo si avanzar ó retroceder.
El grito fué repetido. Una luz brilló en la meseta del vestíbulo. La
aparicion de dos hombres medio vestidos y pálidos de terror flotó ante
sus ojos en la escalera. Una llamarada, una esplosion, una humareda
espesa, un crujido en alguna parte de que no pudo darse cuenta y vaciló
hácia atrás.
Sikes que habia desaparecido un momento, metió otra vez la cabeza en la
ventanilla y asió á Oliverio por el cuello antes que el humo se hubiera
disipado. Tiró un pistoletazo á los dos hombres que empezaban ya á
tocar retirada y tomó al niño.
--Coje esto! --dijo tirándole de la ventana al suelo --Dame un pañuelo,
Tobias! Condenacion! Lo han tocado! Cuanta sangre echa este niño!
El repique de una campanilla se mezcló con el ruido de las armas de
fuego y los gritos de la gente de la casa. Oliverio se sintió llevar
rápidamente al través de los campos. Entonces las voces se perdieron á
lo lejos. Un frio mortal se apoderó de sus sentidos y se desmayó.
[Illustration: Y cojiendo al chico por el cuello de la casaca le introdujo
por los piés dentro la habitacion.]
CAPÍTULO XXIII.
SIGUEN LAS AVENTURAS DE OLIVERIO.
QUE quinientos millones de lobos os desgarren la gola! --murmuró Sikes
rechinando los dientes --Si tuviera alguno de vosotros entre mis manos
aullariais con mejor razon!
Y lanzando esta imprecacion con todo el furor de que era susceptible, se
detuvo un momento para colocar al pobre herido sobre su rodilla y al
propio tiempo volvió la cabeza para ver á que distancia estaba de los
que le perseguian.
Esto era muy difícil en medio de la noche y de una espesa niebla; pero
los gritos confusos de los hombres, el ladrido de los perros y el toque
de rebato que retumbaban de todos lados le sirvieron de
ausilio para ello.
--Detente vil mandria! --gritó el bandido á Tobias Crachit que haciendo
el mejor uso posible de sus piernas se le habia adelantado ya mucho
--Detente!
Tobias no se lo hizo repetir por la tercera vez. Poco cierto de estar
fuera de tiro de la pistola de Sikes y muy seguro de que este no se
hallaba de humor para bromear, se paró en seco.
--Ven á dar la mano al chico! --añadió Sikes con acento rabioso --De
prisa!
Tobias hizo ademan de retroceder, no sin manifestar al propio tiempo con
voz baja y ahogada por el miedo, la repugnancia estrema con que se
sometia á la exijencia de su compinche.
--Mas aprisa voto á los infiernos! --murmuró este dejando el niño á
la orilla de una acequia en la que no habia agua --Guárdate de
divertirte haciéndote el -bobo- conmigo!
En este momento el ruido creció y Sikes mirando de nuevo, vió entre la
oscuridad que los hombres que le perseguian saltaban la cerca del campo
en que estaba y que una trailla de perros se les adelantaba.
--Guillermo nos van á -chamuscar-! --esclamó Tobias --Deja al -nene- y
enseñémosles los talones!
Dicho esto Crachit prefiriendo correr el albur de ser muerto por su
camarada á la certeza de ser cojido por los enemigos, partió como el
relámpago y corrió á toda pierna.
Sikes pateó de coraje, arrojó una rápida ojeada en torno suyo,
estendió sobre Oliverio la esclavina que le habia embozado al azar y
corriendo á lo largo de la acequia, para desorientar á los que le
perseguian estraviando su atencion del sitio en que estaba Oliverio, se
paró á la esquina del zeto, descargó su pistola al aire y echó á
correr.
--Ohé! Ohé! --gritó una voz trémula á lo lejos --Turco! Neptuno!
Aquí! Aquí!
Los perros que iban acordes con sus amos pareciendo no tener maldito el
gusto por la clase de diversion á que se entregaban, obedecieron de
buena gana á la voz que los llamaba y tres hombres que durante este
tiempo se habian adelantado algunos pasos en el prado, se detuvieron para
tener consejo en comun.
--Mi dictámen, ó mejor dicho mi órden es, (dijo el mas gordo de los
tres) que nos volvamos al momento á casa.
--Me conformo voluntariamente á todo lo que pueda dar gusto á Mr.
Giles. --dijo otro mas pequeño y aun mas mofletudo que el primero, y que
á un tiempo era muy pálido y muy cortés (como lo son ordinariamente
las personas que tienen miedo.)
--No quisiera llevar la nota de impolítico señores dijo el tercero. (el
mismo que habia llamado á los perros.) Mr. Giles debe saber que . . .
--Ciertamente! --interrumpió el gordo mofletudo. --Y diga lo que diga
Mr. Giles, no nos toca á nosotros contradecirle! No á fé mia; conozco
mi -posicion- á Dios gracias, conozco mi -posicion-.
A decir verdad el pequeño mofletudo, parecia comprender su -posicion- y
sabia muy bien, que de ningun modo era digna de envidia, pues que los
dientes le castañeaban hablando.
--Teneis miedo Brittles? --dijo Mr. Giles.
--De seguro que no! --contestó el otro.
--Os digo que teneis miedo! replicó Giles.
--Esto no es verdad Señor Giles! --repuso Brittles.
--Mentís Brittles! --dijo á su vez Mr. Giles,
Los compañeros se detuvieron y se pusieron á deliberar. Sentian que el
miedo les dominaba y se acusaban mútuamente de poltroneria; pero ninguno
queria confesar lo que esperimentaba. Se miraron y de un comun acuerdo,
sin decir palabra, corrieron á escape hácia la casa, hasta que Mr.
Giles que era el mas pesado y que se habia armado con una horquilla, hubo
insistido en la necesidad de pararse.
--Es asombroso --dijo cuando se hubo justificado á sus ojos --todo lo
que un hombre es capaz de hacer cuando tiene la cabeza caliente! Estoy
seguro que hubiera cometido un asesinato si hubiese cojido á uno de esos
ladrones!
Como los otros dos pensaban lo mismo y á su instancia se habian calmado
de improviso, hicieron reflecsiones filosóficas sobre la causa de este
cambio súbito en su carácter.
--Se bien la causa de esto! --dijo Mr. Giles --La cerca!
--No andais fuera de razon! --esclamó Brittles cojiendo la idea.
--Podeis estar seguros de que la cerca ha producido ese cambio en
nosotros. --repuso Giles --He sentido marcharse todo mi valor mientras
que trepaba en ella.
Por una de esas coincidencias estraordinarias, se encontró que los otros
habian esperimentado la misma sensacion en el propio momento; de modo que
no cupo duda de que era la cerca, sobre todo cuando hubieron recordado
que fué en el acto de treparla cuando distinguieron á los ladrones.
El coloquio tenia lugar entre los dos hombres que habian sorprendido á
los bandidos y un calderero ambulante que se habia acostado bajo un
cobertizo y que dispertado por el ruido se habia juntado de concierto con
sus dos perros al número de los perseguidores. Mr. Giles desempeñaba en
la casa el doble empleo de despensero y mayordomo, y Brittles era un
hombre de fatiga que entrado de muy jóven al servicio de la vieja
señora se le trataba como un muchacho que promete mucho, á pesar de
haber atravesado los treinta.
Animándose de este modo recíprocamente por sus palabras, si bien
apretándose lo posible uno á otro, temblando de piés á cabeza y
arrojando una mirada de espanto á su alrededor cada vez que un soplo de
aire agitaba el follaje; nuestros tres hombres corrieron á buscar el
farol que habian dejado al pié de un árbol temerosos de que su luz
señalase á los ladrones la direccion que debian seguir y regresaron á
la casa al galope. Estaban ya muy lejos, cuando todavía podian
distinguirse sus sombras vacilantes proyectándose en la distancia y
balancearse ligeramente como un vapor que se exhala de un terreno húmedo.
Un largo silencio reinó en el sitio en que los bandidos se separaron;
pero al fin lo rompió un débil quejido de dolor. Este quejido era de
Oliverio que en el propio instante volvió en sí. Su brazo izquierdo
pendia con lasitud á su lado y el pañuelo que le envolvia estaba
teñido de sangre. Era tanta su debilidad que solo con gran pena pudo
incorporarse y despues que lo hubo logrado lanzó en torno suyo una
mirada lánguida como para implorar socorro y sollozó amargamente.
Transido de frio y agobiado de fatiga procuró levantarse; pero volvió
á caer sobre el césped.
Vuelto del estado de amodorramiento en el que por tan largo tiempo habia
estado sumido, Oliverio sintió que un desfallecimiento mortal le llegaba
hasta el corazon y comprendió que moriria irremisiblemente sino
procuraba dominarlo; en consecuencia hizo un nuevo esfuerzo para ponerse
en pié y procuró andar. De pronto vaciló como un hombre beodo, luego
reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, avanzó maquinalmente, la
cabeza caida sobre el pecho y las piernas doblándose bajo el peso de su
cuerpo.
Entonces una multitud de ideas confusas y estravagantes vinieron á
sitiar su espíritu. Le parecia estar aun entre Sikes y Crachit que se le
disputaban; sus propias palabras resonaban en sus oidos y los esfuerzos
que hizo para no caer habiendo aguzado su atencion, les dirijia la
palabra como si estuvieran presentes.
En tal estado marchó cayendo y levantando, agarrándose como pudo y por
instinto á los barrotes de las cercas y á través de los agujeros de
los vallados, hasta que hubo alcanzado la carretera y entonces la lluvia
empezó á caer con tanta violencia que le hizo salir de su delirio.
Miró á su alrededor y vió que á poca distancia habia una casa á la
que podria llegar. El estado lastimoso en que se encontraba escitaria sin
duda la compasion. Y aun cuando así no fuera (pensaba en su interior)
mas vale morir cerca de séres humanos que en medio de los campos! Se
revistió de todo su valor y dirijió sus pasos vacilantes hácia la casa.
A medida que se acercaba á ella tuvo un presentimiento de que ya la
habia visto antes; con todo no recordaba de ningun modo los detalles;
pero la forma y el conjunto no le eran desconocidos.
Esa pared de cercado! Sobre el césped, al otro lado en el jardin se
habia postrado de rodillas para implorar la piedad de los dos bandidos!
Ciertamente era la misma casa que habian intentado robar!
Oliverio tuvo tal espanto al reconocer el sitio, que olvidando un momento
el dolor que le causaba su herida no pensó mas que en huir. Huir! A
penas podia sostenerse sobre sus piernas y á demás aunque hubiera
podido gozar de todo el vigor y la ligereza que se tiene ordinariamente
á su edad. ¿á dónde huir? Empujó la puerta del jardin que volvió
sobre sus goznes, se arrastró sobre el césped, subió las gradas del
peristilo . . . llamó débilmente á la puerta y abandonándole de
pronto sus fuerzas, cayó contra una de las columnas del pórtico.
Fué el caso que en el propio momento Mr. Giles, Brittles y el calderero,
despues de todas las fatigas y sustos de la noche, se restauraban en la
cocina con una taza de thé y algunas golosinas. No porque entrára en
las costumbres de Mr. Giles el sufrir una demasiado grande familiaridad
de sus -inferiores- respecto á los cuales al contrario se portaba
regularmente con una -fiereza benévola- que no podia menos de
recordarles su -superioridad- sobre ellos en el mundo; pero los ladrones,
los pistoletazos y el temor á la muerte, acortan las distancias y hacen
á todos los hombres iguales. Asi pues Mr. Giles sentado ante el hogar
los piés colocados sobre el guarda cenizas y el brazo izquierdo apoyado
sobre la mesa, relataba minuciosamente todas las circunstancias del
atentado, mientras que sus oyentes (y principalmente la camarera y la
cocinera) escuchaban con el mas vivo interés.
--Decia pues que creí oir ruido. --prosiguió Giles --De pronto me dije
á mi mismo: -es una ilusion- y me disponia á dormirme otra vez cuando
oí de nuevo el mismo ruido; pero mas distintamente.
--Qué especie de ruido? --preguntó la cocinera.
--Como si dijéramos un ruido sordo --dijo Mr. Giles mirando á su
alredor con aire espantado --como algo que cruje.
--O mas bien como una barra de hierro que se limara con una escofina de
nuez moscada. --dijo Brittles.
--No digo que no. Así pudo ser cuando -vos- lo habeis oido; pero en el
momento que -yo- quiero decir era un ruido como de algo que cruje
--replicó Mr. Giles --Levanto mi cobertor (continuó repeliendo los
manteles) me incorporo y aguzo el oido.
--Dios! --esclamaron simultáneamente la cocinera y la camarera
arrimándose la una á la otra.
--Oigo el mismo ruido con mas claredad que nunca --prosigue Mr. Giles --y
me digo en mis adentros: de seguro fuerzan una puerta ó una ventana.
Qué hacer? Voy á llamar á Brittles é impedir que ese pobre muchacho
sea asesinado en su cama; pues de seguro se deja cortar el gaznate de una
á otra oreja sin apercibirse siquiera de ello.
Todas las miradas se volvieron hácia Brittles que, con la boca abierta
fijó la suya sobre Giles con una espresion de terror.
--Vuelvo á bajar mi cobertor. --dijo este último fijando su vista en la
cocinera y camarera --Salgo cautelosamente de mi lecho y ensarto . . .
--Señor Giles que hay aquí señoras! --dijo á media voz el calderero.
--Mis -chinelas-. --continuó Giles volviéndose hácia este apoyándose
en esta palabra con enfasis (contento como estaba de haberla suplido á
la palabra -calzones- que un hombre bien nacido, no pronuncia jamás ante
personas del bello sexo.) Me apodero de la pistola cargada que todas las
noches coloco bajo la almohada y me dirijo de puntillas al aposento de
ese pobre Brittles. Brittles! --le digo dispertándole --No tengais miedo!
Mr. Giles juntando la accion á la palabra se habia levantado de su silla
y habia ya dado dos ó tres pasos con los ojos cerrados, cuando
estremeciéndose de repente, como tambien toda la compañia, volvió
pronto á su sitio. La cocinera y la camarera arrojaron un grito
penetrante.
--Han llamado! --dijo Giles tomando un aspecto del todo tranquilo. --Qué
vaya á abrir alguno de vosotros!
Nadie se meneó.
--Paréceme muy estraño que llamen á esta hora. --dijo Monsieur Giles
notando la palidez estrema que reinaba en todos los semblantes y
viéndose él mismo presa de un terror poco comun. --Pero es necesario
que -alguno- de vosotros vaya á abrir! Me ois?
Así hablando Mr. Giles miraba á Brittles; pero este jóven naturalmente
modesto, no considerándose como -alguno- pensó con razon que la íntima
de su -superior- no se dirijia en él y guardó silencio. Mr. Giles quiso
hacer una llamada al calderero; pero éste se habia dormido
instantáneamente. En cuanto á las mugeres era inútil pensarlo siquiera.
--Si Brittles quisiera solo entreabrir la puerta ante testigos. --dijo
Mr. Giles despues de un momento de silencio --Por mi parte yo seria uno.
--Y yo tambien. --dijo el calderero dispertándose con la misma rápidez
que se habia dormido.
Brittles se rindió á estas condiciones, y nuestros tres amigos despues
de abiertos los postigos, algo tranquilizados al ver que era dia claro se
dirijieron á la puerta de entrada precedidos de los perros y seguidos de
las dos mugeres que no atreviéndose á quedarse solas en la cocina
formaban la reta-guardia.
Una vez tomadas estas precauciones, Mr. Giles se apoderó del brazo del
calderero -á fin de impedirle que se escapara- (segun dijo
chanceándose) y dió la órden de abrir la puerta. Brittles obedeció, y
nuestros individuos apretándose unos contra otros y mirando con ávida
curiosidad cada uno por encima la espalda de su vecino no vieron otro
objeto mas formidable que el pobre Oliverio que agobiado de fatiga y
sobrecojido á la vista de tantas personas levantó los ojos con
languidez é imploró con la vista su compasion.
--Un chicuelo! --esclamó Mr. Giles arrojando con brio al calderero hasta
el fondo del vestíbulo --Qué es lo que tu quieres he? --Mira, mira
Brittles! No ves?
Brittles que al abrir habia procurado quedarse detrás de la puerta, no
bien hubo visto á Oliverio cuando dió un gran grito. Mr. Giles cojiendo
al niño por una pierna y por un brazo (afortunadamente aquel que no
estaba roto) lo arrastró en el vestibulo y le tendió todo lo largo en
el suelo.
--El es! --gritó Giles con toda sus fuerzas é inclinándose en el tramo
de la escalera --Aquí tenemos á uno de los ladrones señora!
Las dos sirvientas subieron los escalones de cuatro en cuatro para llevar
esta feliz noticia á sus amas y el calderero hizo todos los esfuerzos
para volver Oliverio á la vida de miedo que no se muriera antes de ser
ahorcado. En medio de todo este barullo se oyó la voz dulce de una muger
que apaciguó el ruido en un instante.
--Giles! --murmuró la voz de lo alto de la escalera.
--Aquí estoy señorita! --contestó éste --Nada temais señorita! Estoy
ileso.
--Silencio! --repuso la jóven --Espantais á mi tia mucho mas que los
mismos ladrones. El pobre hombre está gravemente herido?
--Furiosamente señorita! --contestó Giles con un aire de complacencia y
satisfaccion interior.
--Parece que se está muriendo señorita! --gritó Brittles de la misma
manera que antes --No quereis verle señorita antes que . . . ?
--Silencio amigo mio! No movais ruido! --dijo la señorita --Esperad un
momento que yo hable á mi tia.
Con paso tan dulce como su voz, la jóven se alejó ligeramente y pronto
volvió á dar la órden de trasportar el herido en el aposento de Mr.
Giles con todo el cuidado posible. Al propio tiempo dijo á Brittles que
ensillára el jaco y se dirijiera á Chertsey para llevar de allí á
toda prisa un -constable- y un médico.
--No queréis verle antes señorita? --preguntó Giles con tanto orgullo
como si Oliverio hubiese sido un pájaro de raro plumaje que hubiera
cojido con la mayor destreza --No deseais únicamente entreverle?
--No, ahora por todo lo del mundo! --respondió la jóven --Pobre
desgraciado! Oh Giles! Tratadle con bondad aunque no sea mas que por amor
á mi!
La jóven se retiró despues de dichas estas palabras y el viejo criado
levantó los ojos hácia ella con tanto orgullo y admiracion como si
hubiera sido su propia hija: luego inclinándose sobre Oliverio le ayudó
á levantarse y lo llevó á su aposento con todo el cuidado y solicitud
de una muger.
CAPÍTULO XXIV.
EN EL QUE SE DÁ CUENTA DE UNA CONVERSACION AGRADABLE ENTRE MR. BUMBLE Y
UNA SEÑORA, PARA PROBAR QUE UN PERTIGUERO (POR MAS QUE SE DIGA) ALGUNA
VEZ ES SUSCEPTIBLE DE ALGUN SENTIMIENTO.
REINABA un frio agudo. Una espesa capa de nieve cubria el suelo y
resistia al viento que soplaba con violencia, quien como para desquitarse
del obstáculo opuesto barria los montones que se habian formado á lo
largo de las paredes y en los rincones y esparciéndolos en el aire los
volvia á dejar caer en millares de copos.
Tal era el aspecto de los asuntos al exterior de la Casa de la Caridad
que tantas veces tenemos nombrada en esta verídica historia, cuando la
Señora Corney sentada cerca del fuego en su -pequeño- aposento, echó
la vista con cierto aire de complacencia sobre una -pequeña- mesa
redonda, que sostenia una -pequeña- hortera adornada de todos los
-pequeños- utensilios necesarios para la colacion mas agradable que
pueda hacer una matrona: en resúmen iba á regalarse con una taza de
thé. Entre tanto que desde el rincon de su hogar (en el que el mas
-pequeño- posible de los pucheros cantaba con una -pequeña- voz
aflautada una muy -pequeña- cancion) la buena Señora contemplaba la
mesa, su satisfaccion interior debió crecer súbitamente, porque se
sonrió.
Acababa de tomar su primera taza, cuando fué interrumpida por alguien
que llamó suavemente á la puerta del aposento.
--Entrad! --gritó --Sin duda algun vejestorio que se muere! Siempre
escojen para morirse el momento en que estoy á la mesa! Entrad si os
place y no os estais plantados ahí con la puerta abierta para hacerme
helar de frio. Vaya! Qué hay de nuevo ahora?
--Nada; nada absolutamente. --contestó una voz de hombre.
--Cielos! --esclamó la matrona con tono mas dulce --Sois vos Mr. Bumble?
--Servidor vuestro señora. --repuso el pertiguero que se habia detenido
á la puerta para enjugar sus zapatos y sacudir la nieve de encima su
redingote --Cerraré la puerta? --añadió entrando con el sombrero en
una mano y un paquete en la otra.
Aquella vaciló en responder, temerosa sin duda de la inconveniencia que
habria en estarse mano á mano con un hombre. Entre tanto Bumble
aprovechándose de la incertitud de la señora, cerró la puerta sin mas
ceremonia.
--Hace mucho frio Señor Bumble! --dijo la matrona.
--Es verdad señora; es tiempo al que yo llamo -antiparroquial-. Señora
Corney hoy hemos distribuido cerca de veinte panes de á cuatro libras y
un queso y medio, y con todo esos -golosos- de pobres no están todavia
contentos!
--Oh! sin duda. --repuso la señora sorbiendo su thé. --Qué es pues lo
que se deberia hacer para contentarlos?
--A la verdad bajo palabra de honor no sé lo que deberia hacerse!
Figuraos por ejemplo un hombre á quien por consideracion á su numerosa
familia, se le concede un pan y una libra de queso. ¿Creeis que esté
satisfecho por ello señora? Qué os tributará el menor agradecimiento?
Ya escampa! Qué es lo que hace? Pide un poco de carbon! Aun que no sea
sino el que pueda caber en su pañuelo, dice. Carbon! ¿Y para qué hacer
de él? Para hacer tostar su queso y luego volver á la carga con nueva
demanda. Así son todos señora! Llenadles hoy un delantal de carbon y
volverán mañana atrevidos como lacayos á pediros otro tanto!
--Esto pasa la raya de lo verosímil! --observó la matrona con enfasis
--Pero no sois como yo Señor Bumble de opinion, que es muy mal sistema
este de socorrer fuera del establecimiento? Vos que teneis esperiencia de
ello, qué decis?
--Señora Corney! --dijo el pertiguero sonriendo como hombre que está
convencido de sus conocimientos superiores. --Los socorros fuera del
establecimiento, -convenientemente administrados- . . . comprendeis
señora? -convenientemente administrados-, son la salvaguardia de las
parroquias. El gran principio de este sistema que pareceis condenar, es
justamente conceder á los pobres aquello que no necesitan, á fin de
quitarles las ganas de volver á la carga.
--A fé mia esto es incontestable! --esclamó la Señora Corney --Sabeis
que la farsa no es maleja?
--Es como os lo aseguro señora! Acá entre nosotros, he aquí el gran
principio! Y esa es la razon porque veis algunas veces en esos
-charlatanes- de periódicos que muchos enfermos han recibido por todo
socorro algunas tajadas de queso. Esta es una regla adoptada hoy por hoy
en toda la Inglaterra. Sin embargo (continuó desenvolviendo su paquete.)
esos son secretos del oficio, solo conocidos por nosotros los
-funcionarios parroquiales-. Ved señora dos botellas de Oporto que la
Administracion remite para la enfermeria. Es vino de superior calidad,
natural, puro y sin mezcla, que solo de hoy está en botella, limpido
como el sonido de una campana y que os aseguro no hará depósito.
Esto diciendo tomó una botella, la presentó ante la luz y la sacudió
al mismo tiempo para probar su bondad y habiendo colocado las dos sobre
la cómoda plegó el pañuelo que las habia envuelto, lo metió
cuidadosamente dentro su faltriquera y tomó su baston en ademan de
marcharse.
--Señor Bumble, no os sobrará calor para volveros?
--Es cierto señora. --replicó éste levantando el cuello de su
redingote --Hace un aire que corta las orejas!
--La señora Corney echando un vistaso al pucherito, lo reprodujo luego
sobre el pertiguero que se dirijia hácia la puerta, y oyendo á este
toser como para prepararse para darle las buenas noches, le preguntó con
aire tímido si tenia á bien aceptar una taza de thé.
Mr. Bumble al instante volvió á bajar el cuello de su redingote, puso
su baston y su sombrero sobre una silla y acercó otra á la mesa. Al
sentarse su mirada topó con la de la señora que al momento bajó los
ojos. El tosió de nuevo y sonrió graciosamente.
La Señora Corney se levantó para tomar otra taza y otra copa en la
alacena, volvió á su sitio y sus ojos habiéndose encontrado por
segunda vez con los del galante pertiguero un vivo encarnado de pudor
cubrió sus mejillas y no sin alguna emocion escanció una taza de thé
á su convidado. Mr. Bumble tosió de nuevo pero en esta ocasion mas
fuerte de lo que lo habia hecho hasta entonces.
--Os gusta muy azucarado Señor Bumble? --preguntó la matrona tomando la
azucarera.
--Muy azucarado señora! --respondió Mr. Bumble fijando su vista en la
Señora Corney. (Ciertamente si jamás pertiguero alguno se manifestó
tierno, sin duda fué Mr. Bumble en este momento.)
--A lo que veo señora teneis una gata. --dijo viendo á uno de estos
animales que se holgaba ante el fuego. --Y sino me engaño tambien
gatitos?
--Los quiero tanto Mr. Bumble! No podeis imaginároslo! Son tan cucos,
tan picaruelos, tan juguetones, que constituyen mi mejor sociedad.
--Oh Señora! Son animales muy dulces y muy caseros.
--Es muy cierto! --prosiguió la señora con entusiásmo --Son tan
amantes de la casa, que es una gloria el tenerlos.
--Señora Corney! --dijo Mr. Bumble con tono doctoral marcando el compás
con su cuchara --Tened bien entendido que un animal cualquiera que el sea
que viviera con vos y no fuera amante de la casa, seria necesariamente un
asno.
--Oh! Señor Bumble! --hizo la matrona.
--Es imposible disfrazar la verdad! --continuó Mr. Bumble agitando su
cuchara con una amorosa dignidad que daba mayor fuerza á sus palabras
--Si pudiera, yo mismo la negaria con satisfaccion!
--Entonces sois un cruel! --repuso vivamente la matrona alargando el
brazo para tomar la taza del pertiguero --Es necesario que tengais el
corazon muy duro!
--El corazon duro! --replicó Bumble --El corazon duro! --Diciendo esto
alargó su taza á la Señora Corney, oprimió su dedo meñique en el
acto de tomarla y llevando su mano al chaleco galonado exhaló un
profundo suspiro y retrocedió su silla.
Como la mesa era redonda y la matrona y el pertiguero estaban sentados
ante la chimenea frente por frente, será fácil comprender que
alejándose del fuego sin apartarse de la mesa, Mr. Bumble aumentaba la
distancia entre la Señora Corney y él; comportamiento que no dejará de
admirar el lector considerándolo como un acto de heroismo por parte de
Mr. Bumble que hasta cierto punto era tentado por la hora, el sitio y la
ocasion de recitar esas dulces insustancialidades, que aun que
convenientes en los labios de un atolondrado, están muy lejos de la
dignidad de un magistrado, de un miembro del parlamento, de un ministro
de Estado de un Lord-corregidor, ó cualquiera otro funcionario público
y con mayoria de razon, de un pertiguero, que como nadie ignora de todos
los -hombres constituidos- en -dignidad- es el mas severo y el mas
inflecsible.
Con todo fuera cual fuera la intencion del pertiguero (y no debe dudarse,
que era de las mejores.) la desgracia hizo que siendo la mesa redonda
cuanto mas se apartaba Mr. Bumble de la chimenea mas disminuia poco á
poco la distancia que le separaba de la matrona de modo que á fuerza de
viajar por este estilo al rededor de aquella, acabó por encontrarse
pegado al lado de la Señora Corney. En efecto las dos sillas se tocaron
y entonces Mr. Bumble se paró.
Si la Señora Corney se hubiese escurrido hácia la derecha,
indudablemente hubiera caido en el fuego; por poco movimiento que hubiera
hecho hácia la izquierda, se encontraba en los brazos del pertiguero: he
aquí porque como muger sábia y prudente, que, prevé de ante mano los
resultados, se mantuvo quieta en su sitio y ofreció una segunda taza de
thé á Mr. Bumble.
--El corazon doro señora Corney! --prosiguió este sorbiendo su thé y
mirando fijamente á la matrona. --¿Teneis vos el corazon duro señora
Corney?
--Cielos! --esclamó esta. --Vaya una pícara pregunta por parte de un
celibatario! ¿Qué me preguntais Señor Bumble?
El pertiguero bebió su thé hasta la última gota, concluyó su tostada,
sacudió las migas que tenia sobre sus rodillas, enjugó sus labios y sin
mas ceremonia abrazó á la matrona.
--Señor Bumble! --balbuceó esta en voz baja; pues fué tan grande su
espanto que perdió enteramente el uso del habla. --Señor Bumble! voy
. . . a . . . gri . . . tar!
El pertiguero, la dejó decir y sin pronunciar una sola palabra, pasó
amorosamente su brazo al rededor de la cintura de la señora.
Despues de la amenaza que ésta hiciera de gritar, este nuevo acto de
audácia del pertiguero, debia escitarla mas y probablemente, iba á
efectuarlo cuando llamaron réciamente á la puerta del aposento.
Mr. Bumble, abalanzándose entonces hácia la cómoda con la rápidez del
rayo se puso á arreglar las botellas con gran seriedad mientras que la
matrona gritó vivamente.
--Quién va ahí?
Fué cosa digna de atencion, come prueba del poder físico de la
sorepresa sobre el miedo que la voz de la Señora Corney recobró
instantáneamente su aspereza ordinaria.
--Mil perdones Señora nuestra! --dijo una anciana pobre, entreabriendo
la puerta y enseñando su fea cabeza. --La vieja Sally se muere.
--Y qué me importa á mi? --esclamó bruscamente la matrona. --Puedo yo
algo en ello?
--Oh! no señora nuestra! Bien seguro que no! --replicó la pobre --Nadie
puede nada . . . A mas que no queda esperanza! He visto morir tantas
(grandes y pequeñas.) que conozco cuando no hay ya remedio! Pero tiene
algo que la atormenta y en sus momentos lucidos que son muy raros (porque
acaba como una vela.) dice que tiene alguna cosa que comunicaros y que es
necesario sepais. Señora nuestra no morirá tranquila hasta que vengais . . .
A esta noticia la digna matrona murmuró una multitud de invectivas
contra las viejas pobres que ni siquiera podian morir sin incomodar á
-propósito- sus -superiores- y envolviéndose en un chal tupido que se
echó de prisa sobre sus espaldas, suplicó á Monsieur Bumble que se
esperára hasta su vuelta para el caso que sucediera algo estraordinario.
En esto habiendo mandado á la vieja que fuera adelante y no le hiciera
pasar la noche en la escalera, la siguió de mal talante; refunfuñando
todo el trecho del camino.
Mr. Bumble solo y entregado á si mismo, emprendió una tarea estraña.
Abrió la alacena, contó las cucharitas para el thé, probó el peso de
las pinzas del azucarero, examinó un jarro pequeño para leche con el
fin de asegurarse de que realmente eran de plata y cuando hubo satisfecho
su curiosidad sobre este punto se puso el sombrero bastante ladeado por
la parte derecha y dió cuatro veces la vuelta á la mesa bailando
gravemente de puntillas.
Despues de haberse entregado á tan ridículo ejercicio, volvió el
tricornio sobre la silla y pavoneándose ante la chimenea, la espalda
vuelta al fuego pareció ocupado mentalmente en hacer el inventario de
los muebles.
CAPÍTULO XXV.
DETALLES OBSCUROS EN APARIENCIA; PERO QUE NO DEJA DE SER DE ALGUNA
IMPORTANCIA EN ESTA HISTORIA.
LA que habia venido á turbar la calma y la paz que reinaban en el
aposento de la matrona, era realmente una mensagera de muerte; su cuerpo
estaba encorvado por la edad, sus miembros paralíticos temblaban
contínuamente, su marcha era lenta y la fijeza de sus ojos, la espresion
horrible de su fisonomía y el movimiento convulsivo de sus labios, le
daban mas bien la apariencia de un retrato grotesco que la de una obra de
la creacion.
La vieja subió la escalera vacilando y frotó lo mejor que pudo por lo
largo de los corredores barbullando algunas palabras ininteligibles en
respuesta á las reprimendas de su compañera. Al fin obligada á
detenerse para respirar entregó su luz á ésta y siguió aun cojeando
mientras que la matrona, mas ágil se fué en derechura al aposento de la
moribunda.
Era este una miserable guardilla iluminada por la pálida luz de una
lámpara. Una vieja de la casa estaba sentada á la cabecera de la
enferma y el aprendiz del farmacéutico de la parroquia en pié ante la
chimenea, se entretenia en hacer un mondadientes de un cañon de pluma.
--No hace calor señora Corney! --dijo viendo entrar á la matrona.
--Es muy cierto que no hace aquí calor! --contestó esta, con el tono
mas gracioso y haciendo una cortesia.
--Vuestros proveedores deberian llevar mejor carbon! --dijo el aprendiz
farmacéutico atizando el fuego con el hurgon. --Este no sirve para un
frio tan riguroso.
En este momento la conversacion fué interrumpida por un gemido de la
enferma.
Oh! --hizo el estudiante volviéndose incontinenti hácia el lecho como
si hubiese olvidado del todo á la parienta: --B. O. bó. Se acabó
Señora Corney!
--Se acabó no es cierto? --preguntó la matrona.
--Me sorprenderia infinito, si viviera dos horas mas --dijo el jóven,
ocupado en concluir la punta de su monda-dientes --En ella el sistema
moral como el físico, están gastados . . . ¿Permanece --aun amodorrada
buena muger?
La enfermera á quien se dirijia esta pregunto se inclinó sobre el lecho
para cerciorarse y respondió afirmativamente con un movimiento de cabeza.
--Entonces es muy posible que se vaya en esta disposicion, si no haceis
demasiado ruido. --dijo el jóven --Colocad la luz en el suelo. Así no
podrá verla.
La enfermera hizo lo que se le insinuaba, balanceando la cabeza sin duda
para dar á entender que la enferma no moriria con tanta holgura como se
pensaba y fué á sentarse al lado de la otra vieja que habia entrado en
este intermedio. La matrona se arrojó con su chal con aire de
impaciencia y se sentó tambien al pié del lecho.
El estudiante que al fin habia concluido su monda-dientes, lo paseó por
su boca durante un buen cuarto de hora que estuvo plantado delante del
fuego; despues de lo cual, pareciendo fastidiarse, deseó á la Señora
Corney -mucho placer- y se fué de puntillas.
Despues de haber permanecido un cuarto de hora en esta posicion la
señora Corney pareció fastidiarse tambien y viendo que la vieja se
obstinaba en permanecer amodorrada iba á salir de prisa, cuando las dos
mugeres dieron un grito que la hizo retroceder. La enferma se habia
incorporado sobre el lecho y las tendia los brazos.
--Quien está ahí? --prorrumpió con voz sorda.
--Silencio! silencio! --dijo una de las dos viejas acarcándose á la
cama --Acostaos! Acostaos!
--Me volveré á acostarme viva! --gritó la enferma forcejando. --Quiero
que -ella- sepa . . . Venid acá! mas cerca . . . que os lo diga muy bajo
al oido.
Cojió á la matrona por el brazo y atrayéndola hácia una silla que
estaba á su cabecera la hizo sentar en ella.
Iba á hablar, cuando al arrojar una mirada á su alrededor, vió á las
dos viejas que con el cuello tendido y el cuerpo adelantado, prestaban
atento oido á lo que iba á decir.
--Mandad que salgan! continuó con vos letárgica --Pronto! pronto!
Las dos viejas gritando á duo se quejaron amargamente de verse
desconocidas por su antigua camarada y protestaron contra la injusticia
que habria en separarlas de ella en sus últimos momentos; pero la
matrona las empujó fuera del aposento, les echó la puerta encima y
volvió á sentarse á la cabecera de la enferma.
--Ahora escuchad con atencion! --dijo la moribunda con voz mas fuerte
como para exitar en ella una última chispa de energia. --Eneste aposento
en este lecho, asistí en otro tiempo á una jóven y hermosa criatura
que habian llevado á esta casa. Sus piés magullados y rasgados por la
marcha estaban cubiertos de sangre y polvo. Dió á luz un niño y
murió! Esperad . . . esperad! En que año fué?
--Poco importa el año! --dijo la impaciente matrona --Y bien que . . .
qué hay respecto á esa muger?
--Ah! --murmuró la enferma, recayendo á su primer amodorramiento
--Respecto á la jóven no es esto? Respecto á . . . a . . . ella? Ah!
si! (rompió en llanto, arrojó un grito penetrante y saltó sobre el
lecho con ademan furioso; su rostro se volvió purpúreo y sus ojos le
salian de la cabeza.) --La robé! Si! De toda verdad . . . La robé! Aun
no estaba fria! Si . . . lo repito . . . estaba aun tibia cuando la robé!
--Qué le robaste? Por el amor de Dios hablad! --esclamó la matrona con
un movimiento como para pedir socorro.
--Voy á decirlo! --replicó la moribunda, poniendo la mano en la boca de
la otra. La única prenda que poseia . . . Carecia de todo . . . de
vestidos para cubrirse y de pan para subsistir . . . pero habia
conservado preciosamente sobre su seno . . . Era oro . . . yo lo digo . . .
oro magnífico que hubiera podido salvarle la vida!
--Oro! --repitió la matrona abalanzando su cuerpo sobre el lecho de la
moribunda, á medida que esta volvia á caer sobre la almohada
--Continuad! y despues? Quién era la madre? En qué tiempo? En qué
época? Hablad! hablad!
--Me habia suplicado que la guardara --prosigió la otra dando un suspiro
profundo --Me la habia confiado, por ser la única persona que estaba á
su lado en la hora de la agonía . . . Yo la codicié, en el fondo de mi
corazon . . . la robé de pensamiento cuando se la ví por primera vez al
rededor de su cuello! --Y lo peor, es que sin duda tengo que reprocharme
la muerte del niño! Ciertamente lo hubieran tratado mejor si hubieran
sabido todo esto!
--Sabido qué? --preguntó la matrona --Hablad!
--El pequeñuelo se parecia tanto á su madre, á medida que se hacia
grande (continuó la otra, sin hacer caso de la pregunta.) que cada vez
que la veia, no podia librarme de pensar en ella . . . Pobre jóven!
Pobre muchacha! Era tambien tan tierna . . . Un hermoso corderito!
Esperad! Es verdad que no os lo he dicho todo? Me parece que aun me queda
algo que deciros!
--Sí! sí! --replicó la comadre pegando su oreja á los labios de la
moribunda para cojer las palabras que salian ya lentamente de su boca
--Decid pronto . . . ó ya no habrá tiempo!
La madre. --dijo aquella haciendo un último esfuerzo para elevar la voz
--La madre sintiendo acercarse el momento de su muerte me dijo al oido
que: -si su hijo venia al mundo vivo y llegaba á poder recibir
educacion, vendria un dia en que podria pronunciar el nombre de su pobre
madre sin ruborizarse --Y vos oh Dios mio!- añadió juntando sus manos
flacas y delicadas ---Sea un niño ó una niña proporcionadle amigos en
esta tierra de dolor y de destierro y apiadaos de un pobre huerfanito
abandonado á la merced de estraños!-
--El nombre del niño? --preguntó la comadre.
--Le llamaban Oliverio --respondió la moribunda con voz débil --El oro
que he robado era . . .
--Oh! sí, sí . . . que era? --esclamó vivamente la matrona.
En el momento en que se encorvaba con ansiedad para recibir la respuesta
de la agonizante, esta volvió lentamente y con tirantez á su primera
posicion y empuñando con ambas manos el cobertor de la cama barbulló
con voz gutural, algunas palabras ininteligibles y cayó sin vida sobre
la almohada.
--Muerta ya! --dijo una de las dos viejas entrando precipitadamente luego
que la puerta fué abierla . . .
--Y sin haberle sacado una palabra! --añadió la comadre yéndose.
CAPÍTULO XXVI.
AUN FAGIN Y COMPAÑIA.
MIENTRAS estos acontecimientos tenian lugar en la casa de Caridad, en
cuestion. Mr. Fagin se hallaba en su vieja guarida (la misma que Oliverio
habia dejado en compañia de Nancy.) sentado ante la chimenea y teniendo
sobre sus rodillas un fuelle con el que sin duda habia procurado avivar
el fuego, cuyo humo se esparcia por todo el aposento, con tufo sofocante.
Sus codos sobre el fuelle y su cara apoyada sobre sus muñecas, miraba el
hogar con aire distraido y parecia sumergido en profunda reflecsion.
En una mesa detrás de él, Cárlos Bates, Monsieur Chitling y el
Camastron hacian una partida de -wist-, el último solo contra los otros
dos. Su fisonomía expresiva siempre, se hizo todavia mas chocante por la
seriedad con que estudiaba la partida y los vistazos que lanzaba de
cuando en cuando, segun se presentaba la ocasion sobre las cartas de
Monsieur Chitling, arreglando sábiamente su juego al tenor de las
observaciones que habia hecho sobre el de este último. Como hacia frio,
(segun su costumbre) tenia puesto su sombrero. Apretaba entre los dientes
una pipa de barro que no dejaba sino cuando juzgaba necesario recurrir á
una medida de cobre colocada sobre la mesa y que de ante mano habia sido
llenada de -grog- para el bien de la compañia.
Maese Bates prestaba tambien mucha atencion á su juego; pero siendo de
un carácter mucho mas jocoso que su incomparable amigo, recurrió mas á
menudo á la medida de cobre y de consiguiente se permitió ciertas
graciosidades y ciertas observaciones, del todo intempestivas, que de
ningun modo convienen á un buen jugador, especialmente en el juego, de
-wist-, que ecsije silencio y atencion. En vano el Camastron usando del
derecho que le daba su intimidad para con él, le reprochó mas de una
vez la inconveniencia de su conducta; Maese Bates se rió de él (y para
servirme de su espresion) lo -envió á paseo- y por sus reincidencias
tan vivas como espirituales, exitó en el mas alto grado la admiracion de
Mr. Chitling.
Lo mas asombroso es que este último y su pareja perdian siempre y que
esta circunstancia lejos de enfadar á maese Bates parecia divertirle
infinito pues que reia á carcajadas al fin de cada partida asegurando
que -en su vida ni en sus dias-, se habia divertido tanto.
Al diablo las cartas! --dijo Chitling, con acento irritado sacando del
bolsillo de su chaleco una -media corona- --Vaya una suerte insolente la
que tienes Jac. Nos ganarias hasta el último sueldo . . . Por bueno que
tengamos el juego Cárlos y yo, siempre perdemos!
A tal observacion hecha con tono lamentable, Bates soltó una carcajada
que sacó al judío de sus reflecsiones y preguntó que sucedia.
--Señor Fagin! --esclamó Cárlos --Quisiera, que hubiereis podido ver
el juego . . . Tomás Chitling no ha hecho un solo punto y yo era su
pareja contra el Camastron.
--Ah! ah! --dijo el judío sonriendo de un modo que daba á comprender
que no ignoraba la causa --Toma tu revancha Tom . . toma tu revancha!
--No Fagin; gracias. No quiero mas juego . . . El Camastron tiene una
ventaja que no se puede resistir.
--Ah! ah! querido! --repuso el judío . . . Es preciso levantarse muy de
mañana para poder ganar al Camastron.
--Levantarse muy de mañana? --esclamó Cárlos Bates. --No basta el
levantarse de mañana! Es preciso que os pongais las botas en la
víspera, tener un doble telescopio y unos anteojos entre vuestras dos
espaldas si quereis lograr tal cosa.
Mr. Dawkins recibió este elogio lisongero con la mayor modestia y
prometió decir al primer venido por la sencilla retribucion de un
-Sheling- cada vez, la carta que éste hubiere pensado. Como nadie
aceptó el desafio y su pipa estaba ya apagada, se divirtió en trazar el
plano de la prision de Newgate con el lapiz que le habia servido para
apuntar el juego silvando entre tanto de una manera muy particular.
--Parece que no tienes humor de divertirte Tom! --dijo el Camastron,
rompiendo el silencio que duraba desde mas de cinco minutos --Apuesto
Fagin que no adivinais lo que le preocupa.
--Cómo quieres que lo adivine querido mio? --contestó el judío
levantando la cabeza y volviendo el fuelle á su puesto. --Tal vez piensa
en su dinero ó mejor en el -asueto- que acaba de hacer en la -granja del
tio negro-. Ah! ah! ¿no es esto Tom?
--No dais en el -quid-. --replicó el Camastron en el momento que
Chitling iba á responder --Qué dices tu de ello Cárlos?
--Yo! --respondió este --Yo pienso que se muere por Betsy --No lo dije!
Mirad como le suben los colores! He ahí un mortal dichoso! Oh! Dios! Es
posible! Tomás Chitling enamorado! Oh! Fagin, Fagin! que bella farsa!
--No hagas caso de ello Tom! --dijo el judío haciendo una señal de
inteligencia á Dawkins y dando á Cárlos un golpecillo con el tubo del
fuelle --Va . . . no les escuches! Betsy os amable . . es una muy buena
muchacha! Tom adhiérate á ella! Sigue tus dulces impulsos!
--Y aun qué asi fuera! --replicó Chitling todavia mas colorado --Y aun
que así fuera . . . es cosa que á nadie le imperta . . .
El judío viendo que le picaba la mosca á Chitling se apresuró á
asegurarte de que nadie se burlaba y para prueba de lo que decia llamó
á maese Bates el principal ofensor. Desgraciadamente al ir á decir este
que en su vida habia estado mas serio, se le escapó tal carcajada que
Chitling viéndose mistificada, se abalanzó de improviso sobre el zumbon
y le descargó un puñetazo, que éste evitó felizmente, el cual cayendo
pesadamente sobre el pecho del -viejo chulo-, lo envió al otro estremo
del aposento contra la pared en donde abria toda su boca para respirar
mientras que le miraba cas aire consternado.
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