durante un minuto ó dos y en médio de un frio como este. Sikes maldiciendo á Fagin por haber enviado Oliverio en semejante comision, hizo uso de la alza prima con toda su fuerza, sin por ello hacer mucho ruido. Algunos segundos y un poco de ayuda por parte de Tobias bastaron para que el postigo rodara sobre sus goznes. Este postigo era de una ventanilla á cinco ó seis piés del suelo, que daba luz á una especie de bodega situada al detrás de la casa y haciendo frente á la entrada. La abertura era tan pequeña, que los habitantes de la casa no habian juzgado necesario asegurarla mas, y sin embargo podia muy bien pasar por ella el cuerpo de un niño. Un poco de destreza y de práctica en la -profesion- por parte de Sikes, le facilitaron el forzar el postigo que fué abierto en un santiamen. --Ahora escucha bien lo que voy á decirte! --murmuró Sikes sacando de su faltriquera una linterna sorda y dirijiendo la luz al rostro de Oliverio --Voy á pasarte al otro lado. Toma esta linterna, sube los escalones que estarán ante tí, luego atravesarás el vestíbulo y nos abrirás la puerta de la calle. --Hay unos cerrojos muy altos que no podrias alcanzar. --añadió Tobias --Subirás sobre una de las sillas del vestíbulo. Hay tres Guillermo, con los blasones de la vieja en el respaldo de cada una. (un soberbio unicornio azul con un cuerno de oro.) --Quiéres callar tu lengua! --repuso Sikes con tono amenazador --La puerta del aposento está abierta, no es cierto? --De par en par. --contestó Tobias despues de haber mirado por la ventanilla para asegurarse de ello. Lo mejor de todo esto es que se deja siempre entreabierta por medio de un gancho, para que el perro que tiene su perrera en algun rincon de por aquí pueda ir y venir cuando no duerme . . . Ah! ah! Barney esta noche, os lo ha engaitado de lo lindo! Aun que Crachit hizo esto observacion en voz baja, Sikes le mandó imperiosamente que se callára y se pusiera al avio. Aquel empezó por poner la linterna en el suelo, apoyó la cabeza contra la pared debajo de la ventanilla, puso sus manos sobre sus rodillas y Sikes subiendo luego sobre sus espaldas pasó á Oliverio por la ventanilla los piés delante y le dejó suavemente en el suelo sin dejar por esto el cuello de su chaqueta. --Toma esta linterna! --dijo metiendo la cabeza en la ventana --¿Ves ante tí esa escalera? Oliverio mas muerto que vivo hizo una señal afirmativa, y Sikes indicándole la puerta de la calle con el cañon de su pistola, le advirtió friamente que siempre estaria á tiro y que si tenia la desgracia de dar un trás pié era muerto. --Es negocio de un segundo. --prosiguió el bandido en voz baja --Al momento que te deje cumple tu deber. Escuchad! --Qué hay? --preguntó Tobias. Prestaron oido con la mayor atencion. --No es nada. --dijo Sikes soltando á Oliverio --Ea! Marcha! En el breve instante que tuvo para reponerse, el niño habia tomado la firme resolucion (aun que le costára la vida) de correr á lo alto de la escalera y dando el grito de alarma despertar á los habitantes de la casa. Lleno de esta idea avanzó al momento; pero con precaucion. --Ven acá! --gritó de repente Sikes --Pronto! pronto! Espantado por esta esclamacion súbita de Sikes en medio del silencio de la noche y por un grito penetrante salido del interior de la casa, Oliverio dejó caer su linterna y no supo si avanzar ó retroceder. El grito fué repetido. Una luz brilló en la meseta del vestíbulo. La aparicion de dos hombres medio vestidos y pálidos de terror flotó ante sus ojos en la escalera. Una llamarada, una esplosion, una humareda espesa, un crujido en alguna parte de que no pudo darse cuenta y vaciló hácia atrás. Sikes que habia desaparecido un momento, metió otra vez la cabeza en la ventanilla y asió á Oliverio por el cuello antes que el humo se hubiera disipado. Tiró un pistoletazo á los dos hombres que empezaban ya á tocar retirada y tomó al niño. --Coje esto! --dijo tirándole de la ventana al suelo --Dame un pañuelo, Tobias! Condenacion! Lo han tocado! Cuanta sangre echa este niño! El repique de una campanilla se mezcló con el ruido de las armas de fuego y los gritos de la gente de la casa. Oliverio se sintió llevar rápidamente al través de los campos. Entonces las voces se perdieron á lo lejos. Un frio mortal se apoderó de sus sentidos y se desmayó. [Illustration: Y cojiendo al chico por el cuello de la casaca le introdujo por los piés dentro la habitacion.] CAPÍTULO XXIII. SIGUEN LAS AVENTURAS DE OLIVERIO. QUE quinientos millones de lobos os desgarren la gola! --murmuró Sikes rechinando los dientes --Si tuviera alguno de vosotros entre mis manos aullariais con mejor razon! Y lanzando esta imprecacion con todo el furor de que era susceptible, se detuvo un momento para colocar al pobre herido sobre su rodilla y al propio tiempo volvió la cabeza para ver á que distancia estaba de los que le perseguian. Esto era muy difícil en medio de la noche y de una espesa niebla; pero los gritos confusos de los hombres, el ladrido de los perros y el toque de rebato que retumbaban de todos lados le sirvieron de ausilio para ello. --Detente vil mandria! --gritó el bandido á Tobias Crachit que haciendo el mejor uso posible de sus piernas se le habia adelantado ya mucho --Detente! Tobias no se lo hizo repetir por la tercera vez. Poco cierto de estar fuera de tiro de la pistola de Sikes y muy seguro de que este no se hallaba de humor para bromear, se paró en seco. --Ven á dar la mano al chico! --añadió Sikes con acento rabioso --De prisa! Tobias hizo ademan de retroceder, no sin manifestar al propio tiempo con voz baja y ahogada por el miedo, la repugnancia estrema con que se sometia á la exijencia de su compinche. --Mas aprisa voto á los infiernos! --murmuró este dejando el niño á la orilla de una acequia en la que no habia agua --Guárdate de divertirte haciéndote el -bobo- conmigo! En este momento el ruido creció y Sikes mirando de nuevo, vió entre la oscuridad que los hombres que le perseguian saltaban la cerca del campo en que estaba y que una trailla de perros se les adelantaba. --Guillermo nos van á -chamuscar-! --esclamó Tobias --Deja al -nene- y enseñémosles los talones! Dicho esto Crachit prefiriendo correr el albur de ser muerto por su camarada á la certeza de ser cojido por los enemigos, partió como el relámpago y corrió á toda pierna. Sikes pateó de coraje, arrojó una rápida ojeada en torno suyo, estendió sobre Oliverio la esclavina que le habia embozado al azar y corriendo á lo largo de la acequia, para desorientar á los que le perseguian estraviando su atencion del sitio en que estaba Oliverio, se paró á la esquina del zeto, descargó su pistola al aire y echó á correr. --Ohé! Ohé! --gritó una voz trémula á lo lejos --Turco! Neptuno! Aquí! Aquí! Los perros que iban acordes con sus amos pareciendo no tener maldito el gusto por la clase de diversion á que se entregaban, obedecieron de buena gana á la voz que los llamaba y tres hombres que durante este tiempo se habian adelantado algunos pasos en el prado, se detuvieron para tener consejo en comun. --Mi dictámen, ó mejor dicho mi órden es, (dijo el mas gordo de los tres) que nos volvamos al momento á casa. --Me conformo voluntariamente á todo lo que pueda dar gusto á Mr. Giles. --dijo otro mas pequeño y aun mas mofletudo que el primero, y que á un tiempo era muy pálido y muy cortés (como lo son ordinariamente las personas que tienen miedo.) --No quisiera llevar la nota de impolítico señores dijo el tercero. (el mismo que habia llamado á los perros.) Mr. Giles debe saber que . . . --Ciertamente! --interrumpió el gordo mofletudo. --Y diga lo que diga Mr. Giles, no nos toca á nosotros contradecirle! No á fé mia; conozco mi -posicion- á Dios gracias, conozco mi -posicion-. A decir verdad el pequeño mofletudo, parecia comprender su -posicion- y sabia muy bien, que de ningun modo era digna de envidia, pues que los dientes le castañeaban hablando. --Teneis miedo Brittles? --dijo Mr. Giles. --De seguro que no! --contestó el otro. --Os digo que teneis miedo! replicó Giles. --Esto no es verdad Señor Giles! --repuso Brittles. --Mentís Brittles! --dijo á su vez Mr. Giles, Los compañeros se detuvieron y se pusieron á deliberar. Sentian que el miedo les dominaba y se acusaban mútuamente de poltroneria; pero ninguno queria confesar lo que esperimentaba. Se miraron y de un comun acuerdo, sin decir palabra, corrieron á escape hácia la casa, hasta que Mr. Giles que era el mas pesado y que se habia armado con una horquilla, hubo insistido en la necesidad de pararse. --Es asombroso --dijo cuando se hubo justificado á sus ojos --todo lo que un hombre es capaz de hacer cuando tiene la cabeza caliente! Estoy seguro que hubiera cometido un asesinato si hubiese cojido á uno de esos ladrones! Como los otros dos pensaban lo mismo y á su instancia se habian calmado de improviso, hicieron reflecsiones filosóficas sobre la causa de este cambio súbito en su carácter. --Se bien la causa de esto! --dijo Mr. Giles --La cerca! --No andais fuera de razon! --esclamó Brittles cojiendo la idea. --Podeis estar seguros de que la cerca ha producido ese cambio en nosotros. --repuso Giles --He sentido marcharse todo mi valor mientras que trepaba en ella. Por una de esas coincidencias estraordinarias, se encontró que los otros habian esperimentado la misma sensacion en el propio momento; de modo que no cupo duda de que era la cerca, sobre todo cuando hubieron recordado que fué en el acto de treparla cuando distinguieron á los ladrones. El coloquio tenia lugar entre los dos hombres que habian sorprendido á los bandidos y un calderero ambulante que se habia acostado bajo un cobertizo y que dispertado por el ruido se habia juntado de concierto con sus dos perros al número de los perseguidores. Mr. Giles desempeñaba en la casa el doble empleo de despensero y mayordomo, y Brittles era un hombre de fatiga que entrado de muy jóven al servicio de la vieja señora se le trataba como un muchacho que promete mucho, á pesar de haber atravesado los treinta. Animándose de este modo recíprocamente por sus palabras, si bien apretándose lo posible uno á otro, temblando de piés á cabeza y arrojando una mirada de espanto á su alrededor cada vez que un soplo de aire agitaba el follaje; nuestros tres hombres corrieron á buscar el farol que habian dejado al pié de un árbol temerosos de que su luz señalase á los ladrones la direccion que debian seguir y regresaron á la casa al galope. Estaban ya muy lejos, cuando todavía podian distinguirse sus sombras vacilantes proyectándose en la distancia y balancearse ligeramente como un vapor que se exhala de un terreno húmedo. Un largo silencio reinó en el sitio en que los bandidos se separaron; pero al fin lo rompió un débil quejido de dolor. Este quejido era de Oliverio que en el propio instante volvió en sí. Su brazo izquierdo pendia con lasitud á su lado y el pañuelo que le envolvia estaba teñido de sangre. Era tanta su debilidad que solo con gran pena pudo incorporarse y despues que lo hubo logrado lanzó en torno suyo una mirada lánguida como para implorar socorro y sollozó amargamente. Transido de frio y agobiado de fatiga procuró levantarse; pero volvió á caer sobre el césped. Vuelto del estado de amodorramiento en el que por tan largo tiempo habia estado sumido, Oliverio sintió que un desfallecimiento mortal le llegaba hasta el corazon y comprendió que moriria irremisiblemente sino procuraba dominarlo; en consecuencia hizo un nuevo esfuerzo para ponerse en pié y procuró andar. De pronto vaciló como un hombre beodo, luego reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, avanzó maquinalmente, la cabeza caida sobre el pecho y las piernas doblándose bajo el peso de su cuerpo. Entonces una multitud de ideas confusas y estravagantes vinieron á sitiar su espíritu. Le parecia estar aun entre Sikes y Crachit que se le disputaban; sus propias palabras resonaban en sus oidos y los esfuerzos que hizo para no caer habiendo aguzado su atencion, les dirijia la palabra como si estuvieran presentes. En tal estado marchó cayendo y levantando, agarrándose como pudo y por instinto á los barrotes de las cercas y á través de los agujeros de los vallados, hasta que hubo alcanzado la carretera y entonces la lluvia empezó á caer con tanta violencia que le hizo salir de su delirio. Miró á su alrededor y vió que á poca distancia habia una casa á la que podria llegar. El estado lastimoso en que se encontraba escitaria sin duda la compasion. Y aun cuando así no fuera (pensaba en su interior) mas vale morir cerca de séres humanos que en medio de los campos! Se revistió de todo su valor y dirijió sus pasos vacilantes hácia la casa. A medida que se acercaba á ella tuvo un presentimiento de que ya la habia visto antes; con todo no recordaba de ningun modo los detalles; pero la forma y el conjunto no le eran desconocidos. Esa pared de cercado! Sobre el césped, al otro lado en el jardin se habia postrado de rodillas para implorar la piedad de los dos bandidos! Ciertamente era la misma casa que habian intentado robar! Oliverio tuvo tal espanto al reconocer el sitio, que olvidando un momento el dolor que le causaba su herida no pensó mas que en huir. Huir! A penas podia sostenerse sobre sus piernas y á demás aunque hubiera podido gozar de todo el vigor y la ligereza que se tiene ordinariamente á su edad. ¿á dónde huir? Empujó la puerta del jardin que volvió sobre sus goznes, se arrastró sobre el césped, subió las gradas del peristilo . . . llamó débilmente á la puerta y abandonándole de pronto sus fuerzas, cayó contra una de las columnas del pórtico. Fué el caso que en el propio momento Mr. Giles, Brittles y el calderero, despues de todas las fatigas y sustos de la noche, se restauraban en la cocina con una taza de thé y algunas golosinas. No porque entrára en las costumbres de Mr. Giles el sufrir una demasiado grande familiaridad de sus -inferiores- respecto á los cuales al contrario se portaba regularmente con una -fiereza benévola- que no podia menos de recordarles su -superioridad- sobre ellos en el mundo; pero los ladrones, los pistoletazos y el temor á la muerte, acortan las distancias y hacen á todos los hombres iguales. Asi pues Mr. Giles sentado ante el hogar los piés colocados sobre el guarda cenizas y el brazo izquierdo apoyado sobre la mesa, relataba minuciosamente todas las circunstancias del atentado, mientras que sus oyentes (y principalmente la camarera y la cocinera) escuchaban con el mas vivo interés. --Decia pues que creí oir ruido. --prosiguió Giles --De pronto me dije á mi mismo: -es una ilusion- y me disponia á dormirme otra vez cuando oí de nuevo el mismo ruido; pero mas distintamente. --Qué especie de ruido? --preguntó la cocinera. --Como si dijéramos un ruido sordo --dijo Mr. Giles mirando á su alredor con aire espantado --como algo que cruje. --O mas bien como una barra de hierro que se limara con una escofina de nuez moscada. --dijo Brittles. --No digo que no. Así pudo ser cuando -vos- lo habeis oido; pero en el momento que -yo- quiero decir era un ruido como de algo que cruje --replicó Mr. Giles --Levanto mi cobertor (continuó repeliendo los manteles) me incorporo y aguzo el oido. --Dios! --esclamaron simultáneamente la cocinera y la camarera arrimándose la una á la otra. --Oigo el mismo ruido con mas claredad que nunca --prosigue Mr. Giles --y me digo en mis adentros: de seguro fuerzan una puerta ó una ventana. Qué hacer? Voy á llamar á Brittles é impedir que ese pobre muchacho sea asesinado en su cama; pues de seguro se deja cortar el gaznate de una á otra oreja sin apercibirse siquiera de ello. Todas las miradas se volvieron hácia Brittles que, con la boca abierta fijó la suya sobre Giles con una espresion de terror. --Vuelvo á bajar mi cobertor. --dijo este último fijando su vista en la cocinera y camarera --Salgo cautelosamente de mi lecho y ensarto . . . --Señor Giles que hay aquí señoras! --dijo á media voz el calderero. --Mis -chinelas-. --continuó Giles volviéndose hácia este apoyándose en esta palabra con enfasis (contento como estaba de haberla suplido á la palabra -calzones- que un hombre bien nacido, no pronuncia jamás ante personas del bello sexo.) Me apodero de la pistola cargada que todas las noches coloco bajo la almohada y me dirijo de puntillas al aposento de ese pobre Brittles. Brittles! --le digo dispertándole --No tengais miedo! Mr. Giles juntando la accion á la palabra se habia levantado de su silla y habia ya dado dos ó tres pasos con los ojos cerrados, cuando estremeciéndose de repente, como tambien toda la compañia, volvió pronto á su sitio. La cocinera y la camarera arrojaron un grito penetrante. --Han llamado! --dijo Giles tomando un aspecto del todo tranquilo. --Qué vaya á abrir alguno de vosotros! Nadie se meneó. --Paréceme muy estraño que llamen á esta hora. --dijo Monsieur Giles notando la palidez estrema que reinaba en todos los semblantes y viéndose él mismo presa de un terror poco comun. --Pero es necesario que -alguno- de vosotros vaya á abrir! Me ois? Así hablando Mr. Giles miraba á Brittles; pero este jóven naturalmente modesto, no considerándose como -alguno- pensó con razon que la íntima de su -superior- no se dirijia en él y guardó silencio. Mr. Giles quiso hacer una llamada al calderero; pero éste se habia dormido instantáneamente. En cuanto á las mugeres era inútil pensarlo siquiera. --Si Brittles quisiera solo entreabrir la puerta ante testigos. --dijo Mr. Giles despues de un momento de silencio --Por mi parte yo seria uno. --Y yo tambien. --dijo el calderero dispertándose con la misma rápidez que se habia dormido. Brittles se rindió á estas condiciones, y nuestros tres amigos despues de abiertos los postigos, algo tranquilizados al ver que era dia claro se dirijieron á la puerta de entrada precedidos de los perros y seguidos de las dos mugeres que no atreviéndose á quedarse solas en la cocina formaban la reta-guardia. Una vez tomadas estas precauciones, Mr. Giles se apoderó del brazo del calderero -á fin de impedirle que se escapara- (segun dijo chanceándose) y dió la órden de abrir la puerta. Brittles obedeció, y nuestros individuos apretándose unos contra otros y mirando con ávida curiosidad cada uno por encima la espalda de su vecino no vieron otro objeto mas formidable que el pobre Oliverio que agobiado de fatiga y sobrecojido á la vista de tantas personas levantó los ojos con languidez é imploró con la vista su compasion. --Un chicuelo! --esclamó Mr. Giles arrojando con brio al calderero hasta el fondo del vestíbulo --Qué es lo que tu quieres he? --Mira, mira Brittles! No ves? Brittles que al abrir habia procurado quedarse detrás de la puerta, no bien hubo visto á Oliverio cuando dió un gran grito. Mr. Giles cojiendo al niño por una pierna y por un brazo (afortunadamente aquel que no estaba roto) lo arrastró en el vestibulo y le tendió todo lo largo en el suelo. --El es! --gritó Giles con toda sus fuerzas é inclinándose en el tramo de la escalera --Aquí tenemos á uno de los ladrones señora! Las dos sirvientas subieron los escalones de cuatro en cuatro para llevar esta feliz noticia á sus amas y el calderero hizo todos los esfuerzos para volver Oliverio á la vida de miedo que no se muriera antes de ser ahorcado. En medio de todo este barullo se oyó la voz dulce de una muger que apaciguó el ruido en un instante. --Giles! --murmuró la voz de lo alto de la escalera. --Aquí estoy señorita! --contestó éste --Nada temais señorita! Estoy ileso. --Silencio! --repuso la jóven --Espantais á mi tia mucho mas que los mismos ladrones. El pobre hombre está gravemente herido? --Furiosamente señorita! --contestó Giles con un aire de complacencia y satisfaccion interior. --Parece que se está muriendo señorita! --gritó Brittles de la misma manera que antes --No quereis verle señorita antes que . . . ? --Silencio amigo mio! No movais ruido! --dijo la señorita --Esperad un momento que yo hable á mi tia. Con paso tan dulce como su voz, la jóven se alejó ligeramente y pronto volvió á dar la órden de trasportar el herido en el aposento de Mr. Giles con todo el cuidado posible. Al propio tiempo dijo á Brittles que ensillára el jaco y se dirijiera á Chertsey para llevar de allí á toda prisa un -constable- y un médico. --No queréis verle antes señorita? --preguntó Giles con tanto orgullo como si Oliverio hubiese sido un pájaro de raro plumaje que hubiera cojido con la mayor destreza --No deseais únicamente entreverle? --No, ahora por todo lo del mundo! --respondió la jóven --Pobre desgraciado! Oh Giles! Tratadle con bondad aunque no sea mas que por amor á mi! La jóven se retiró despues de dichas estas palabras y el viejo criado levantó los ojos hácia ella con tanto orgullo y admiracion como si hubiera sido su propia hija: luego inclinándose sobre Oliverio le ayudó á levantarse y lo llevó á su aposento con todo el cuidado y solicitud de una muger. CAPÍTULO XXIV. EN EL QUE SE DÁ CUENTA DE UNA CONVERSACION AGRADABLE ENTRE MR. BUMBLE Y UNA SEÑORA, PARA PROBAR QUE UN PERTIGUERO (POR MAS QUE SE DIGA) ALGUNA VEZ ES SUSCEPTIBLE DE ALGUN SENTIMIENTO. REINABA un frio agudo. Una espesa capa de nieve cubria el suelo y resistia al viento que soplaba con violencia, quien como para desquitarse del obstáculo opuesto barria los montones que se habian formado á lo largo de las paredes y en los rincones y esparciéndolos en el aire los volvia á dejar caer en millares de copos. Tal era el aspecto de los asuntos al exterior de la Casa de la Caridad que tantas veces tenemos nombrada en esta verídica historia, cuando la Señora Corney sentada cerca del fuego en su -pequeño- aposento, echó la vista con cierto aire de complacencia sobre una -pequeña- mesa redonda, que sostenia una -pequeña- hortera adornada de todos los -pequeños- utensilios necesarios para la colacion mas agradable que pueda hacer una matrona: en resúmen iba á regalarse con una taza de thé. Entre tanto que desde el rincon de su hogar (en el que el mas -pequeño- posible de los pucheros cantaba con una -pequeña- voz aflautada una muy -pequeña- cancion) la buena Señora contemplaba la mesa, su satisfaccion interior debió crecer súbitamente, porque se sonrió. Acababa de tomar su primera taza, cuando fué interrumpida por alguien que llamó suavemente á la puerta del aposento. --Entrad! --gritó --Sin duda algun vejestorio que se muere! Siempre escojen para morirse el momento en que estoy á la mesa! Entrad si os place y no os estais plantados ahí con la puerta abierta para hacerme helar de frio. Vaya! Qué hay de nuevo ahora? --Nada; nada absolutamente. --contestó una voz de hombre. --Cielos! --esclamó la matrona con tono mas dulce --Sois vos Mr. Bumble? --Servidor vuestro señora. --repuso el pertiguero que se habia detenido á la puerta para enjugar sus zapatos y sacudir la nieve de encima su redingote --Cerraré la puerta? --añadió entrando con el sombrero en una mano y un paquete en la otra. Aquella vaciló en responder, temerosa sin duda de la inconveniencia que habria en estarse mano á mano con un hombre. Entre tanto Bumble aprovechándose de la incertitud de la señora, cerró la puerta sin mas ceremonia. --Hace mucho frio Señor Bumble! --dijo la matrona. --Es verdad señora; es tiempo al que yo llamo -antiparroquial-. Señora Corney hoy hemos distribuido cerca de veinte panes de á cuatro libras y un queso y medio, y con todo esos -golosos- de pobres no están todavia contentos! --Oh! sin duda. --repuso la señora sorbiendo su thé. --Qué es pues lo que se deberia hacer para contentarlos? --A la verdad bajo palabra de honor no sé lo que deberia hacerse! Figuraos por ejemplo un hombre á quien por consideracion á su numerosa familia, se le concede un pan y una libra de queso. ¿Creeis que esté satisfecho por ello señora? Qué os tributará el menor agradecimiento? Ya escampa! Qué es lo que hace? Pide un poco de carbon! Aun que no sea sino el que pueda caber en su pañuelo, dice. Carbon! ¿Y para qué hacer de él? Para hacer tostar su queso y luego volver á la carga con nueva demanda. Así son todos señora! Llenadles hoy un delantal de carbon y volverán mañana atrevidos como lacayos á pediros otro tanto! --Esto pasa la raya de lo verosímil! --observó la matrona con enfasis --Pero no sois como yo Señor Bumble de opinion, que es muy mal sistema este de socorrer fuera del establecimiento? Vos que teneis esperiencia de ello, qué decis? --Señora Corney! --dijo el pertiguero sonriendo como hombre que está convencido de sus conocimientos superiores. --Los socorros fuera del establecimiento, -convenientemente administrados- . . . comprendeis señora? -convenientemente administrados-, son la salvaguardia de las parroquias. El gran principio de este sistema que pareceis condenar, es justamente conceder á los pobres aquello que no necesitan, á fin de quitarles las ganas de volver á la carga. --A fé mia esto es incontestable! --esclamó la Señora Corney --Sabeis que la farsa no es maleja? --Es como os lo aseguro señora! Acá entre nosotros, he aquí el gran principio! Y esa es la razon porque veis algunas veces en esos -charlatanes- de periódicos que muchos enfermos han recibido por todo socorro algunas tajadas de queso. Esta es una regla adoptada hoy por hoy en toda la Inglaterra. Sin embargo (continuó desenvolviendo su paquete.) esos son secretos del oficio, solo conocidos por nosotros los -funcionarios parroquiales-. Ved señora dos botellas de Oporto que la Administracion remite para la enfermeria. Es vino de superior calidad, natural, puro y sin mezcla, que solo de hoy está en botella, limpido como el sonido de una campana y que os aseguro no hará depósito. Esto diciendo tomó una botella, la presentó ante la luz y la sacudió al mismo tiempo para probar su bondad y habiendo colocado las dos sobre la cómoda plegó el pañuelo que las habia envuelto, lo metió cuidadosamente dentro su faltriquera y tomó su baston en ademan de marcharse. --Señor Bumble, no os sobrará calor para volveros? --Es cierto señora. --replicó éste levantando el cuello de su redingote --Hace un aire que corta las orejas! --La señora Corney echando un vistaso al pucherito, lo reprodujo luego sobre el pertiguero que se dirijia hácia la puerta, y oyendo á este toser como para prepararse para darle las buenas noches, le preguntó con aire tímido si tenia á bien aceptar una taza de thé. Mr. Bumble al instante volvió á bajar el cuello de su redingote, puso su baston y su sombrero sobre una silla y acercó otra á la mesa. Al sentarse su mirada topó con la de la señora que al momento bajó los ojos. El tosió de nuevo y sonrió graciosamente. La Señora Corney se levantó para tomar otra taza y otra copa en la alacena, volvió á su sitio y sus ojos habiéndose encontrado por segunda vez con los del galante pertiguero un vivo encarnado de pudor cubrió sus mejillas y no sin alguna emocion escanció una taza de thé á su convidado. Mr. Bumble tosió de nuevo pero en esta ocasion mas fuerte de lo que lo habia hecho hasta entonces. --Os gusta muy azucarado Señor Bumble? --preguntó la matrona tomando la azucarera. --Muy azucarado señora! --respondió Mr. Bumble fijando su vista en la Señora Corney. (Ciertamente si jamás pertiguero alguno se manifestó tierno, sin duda fué Mr. Bumble en este momento.) --A lo que veo señora teneis una gata. --dijo viendo á uno de estos animales que se holgaba ante el fuego. --Y sino me engaño tambien gatitos? --Los quiero tanto Mr. Bumble! No podeis imaginároslo! Son tan cucos, tan picaruelos, tan juguetones, que constituyen mi mejor sociedad. --Oh Señora! Son animales muy dulces y muy caseros. --Es muy cierto! --prosiguió la señora con entusiásmo --Son tan amantes de la casa, que es una gloria el tenerlos. --Señora Corney! --dijo Mr. Bumble con tono doctoral marcando el compás con su cuchara --Tened bien entendido que un animal cualquiera que el sea que viviera con vos y no fuera amante de la casa, seria necesariamente un asno. --Oh! Señor Bumble! --hizo la matrona. --Es imposible disfrazar la verdad! --continuó Mr. Bumble agitando su cuchara con una amorosa dignidad que daba mayor fuerza á sus palabras --Si pudiera, yo mismo la negaria con satisfaccion! --Entonces sois un cruel! --repuso vivamente la matrona alargando el brazo para tomar la taza del pertiguero --Es necesario que tengais el corazon muy duro! --El corazon duro! --replicó Bumble --El corazon duro! --Diciendo esto alargó su taza á la Señora Corney, oprimió su dedo meñique en el acto de tomarla y llevando su mano al chaleco galonado exhaló un profundo suspiro y retrocedió su silla. Como la mesa era redonda y la matrona y el pertiguero estaban sentados ante la chimenea frente por frente, será fácil comprender que alejándose del fuego sin apartarse de la mesa, Mr. Bumble aumentaba la distancia entre la Señora Corney y él; comportamiento que no dejará de admirar el lector considerándolo como un acto de heroismo por parte de Mr. Bumble que hasta cierto punto era tentado por la hora, el sitio y la ocasion de recitar esas dulces insustancialidades, que aun que convenientes en los labios de un atolondrado, están muy lejos de la dignidad de un magistrado, de un miembro del parlamento, de un ministro de Estado de un Lord-corregidor, ó cualquiera otro funcionario público y con mayoria de razon, de un pertiguero, que como nadie ignora de todos los -hombres constituidos- en -dignidad- es el mas severo y el mas inflecsible. Con todo fuera cual fuera la intencion del pertiguero (y no debe dudarse, que era de las mejores.) la desgracia hizo que siendo la mesa redonda cuanto mas se apartaba Mr. Bumble de la chimenea mas disminuia poco á poco la distancia que le separaba de la matrona de modo que á fuerza de viajar por este estilo al rededor de aquella, acabó por encontrarse pegado al lado de la Señora Corney. En efecto las dos sillas se tocaron y entonces Mr. Bumble se paró. Si la Señora Corney se hubiese escurrido hácia la derecha, indudablemente hubiera caido en el fuego; por poco movimiento que hubiera hecho hácia la izquierda, se encontraba en los brazos del pertiguero: he aquí porque como muger sábia y prudente, que, prevé de ante mano los resultados, se mantuvo quieta en su sitio y ofreció una segunda taza de thé á Mr. Bumble. --El corazon doro señora Corney! --prosiguió este sorbiendo su thé y mirando fijamente á la matrona. --¿Teneis vos el corazon duro señora Corney? --Cielos! --esclamó esta. --Vaya una pícara pregunta por parte de un celibatario! ¿Qué me preguntais Señor Bumble? El pertiguero bebió su thé hasta la última gota, concluyó su tostada, sacudió las migas que tenia sobre sus rodillas, enjugó sus labios y sin mas ceremonia abrazó á la matrona. --Señor Bumble! --balbuceó esta en voz baja; pues fué tan grande su espanto que perdió enteramente el uso del habla. --Señor Bumble! voy . . . a . . . gri . . . tar! El pertiguero, la dejó decir y sin pronunciar una sola palabra, pasó amorosamente su brazo al rededor de la cintura de la señora. Despues de la amenaza que ésta hiciera de gritar, este nuevo acto de audácia del pertiguero, debia escitarla mas y probablemente, iba á efectuarlo cuando llamaron réciamente á la puerta del aposento. Mr. Bumble, abalanzándose entonces hácia la cómoda con la rápidez del rayo se puso á arreglar las botellas con gran seriedad mientras que la matrona gritó vivamente. --Quién va ahí? Fué cosa digna de atencion, come prueba del poder físico de la sorepresa sobre el miedo que la voz de la Señora Corney recobró instantáneamente su aspereza ordinaria. --Mil perdones Señora nuestra! --dijo una anciana pobre, entreabriendo la puerta y enseñando su fea cabeza. --La vieja Sally se muere. --Y qué me importa á mi? --esclamó bruscamente la matrona. --Puedo yo algo en ello? --Oh! no señora nuestra! Bien seguro que no! --replicó la pobre --Nadie puede nada . . . A mas que no queda esperanza! He visto morir tantas (grandes y pequeñas.) que conozco cuando no hay ya remedio! Pero tiene algo que la atormenta y en sus momentos lucidos que son muy raros (porque acaba como una vela.) dice que tiene alguna cosa que comunicaros y que es necesario sepais. Señora nuestra no morirá tranquila hasta que vengais . . . A esta noticia la digna matrona murmuró una multitud de invectivas contra las viejas pobres que ni siquiera podian morir sin incomodar á -propósito- sus -superiores- y envolviéndose en un chal tupido que se echó de prisa sobre sus espaldas, suplicó á Monsieur Bumble que se esperára hasta su vuelta para el caso que sucediera algo estraordinario. En esto habiendo mandado á la vieja que fuera adelante y no le hiciera pasar la noche en la escalera, la siguió de mal talante; refunfuñando todo el trecho del camino. Mr. Bumble solo y entregado á si mismo, emprendió una tarea estraña. Abrió la alacena, contó las cucharitas para el thé, probó el peso de las pinzas del azucarero, examinó un jarro pequeño para leche con el fin de asegurarse de que realmente eran de plata y cuando hubo satisfecho su curiosidad sobre este punto se puso el sombrero bastante ladeado por la parte derecha y dió cuatro veces la vuelta á la mesa bailando gravemente de puntillas. Despues de haberse entregado á tan ridículo ejercicio, volvió el tricornio sobre la silla y pavoneándose ante la chimenea, la espalda vuelta al fuego pareció ocupado mentalmente en hacer el inventario de los muebles. CAPÍTULO XXV. DETALLES OBSCUROS EN APARIENCIA; PERO QUE NO DEJA DE SER DE ALGUNA IMPORTANCIA EN ESTA HISTORIA. LA que habia venido á turbar la calma y la paz que reinaban en el aposento de la matrona, era realmente una mensagera de muerte; su cuerpo estaba encorvado por la edad, sus miembros paralíticos temblaban contínuamente, su marcha era lenta y la fijeza de sus ojos, la espresion horrible de su fisonomía y el movimiento convulsivo de sus labios, le daban mas bien la apariencia de un retrato grotesco que la de una obra de la creacion. La vieja subió la escalera vacilando y frotó lo mejor que pudo por lo largo de los corredores barbullando algunas palabras ininteligibles en respuesta á las reprimendas de su compañera. Al fin obligada á detenerse para respirar entregó su luz á ésta y siguió aun cojeando mientras que la matrona, mas ágil se fué en derechura al aposento de la moribunda. Era este una miserable guardilla iluminada por la pálida luz de una lámpara. Una vieja de la casa estaba sentada á la cabecera de la enferma y el aprendiz del farmacéutico de la parroquia en pié ante la chimenea, se entretenia en hacer un mondadientes de un cañon de pluma. --No hace calor señora Corney! --dijo viendo entrar á la matrona. --Es muy cierto que no hace aquí calor! --contestó esta, con el tono mas gracioso y haciendo una cortesia. --Vuestros proveedores deberian llevar mejor carbon! --dijo el aprendiz farmacéutico atizando el fuego con el hurgon. --Este no sirve para un frio tan riguroso. En este momento la conversacion fué interrumpida por un gemido de la enferma. Oh! --hizo el estudiante volviéndose incontinenti hácia el lecho como si hubiese olvidado del todo á la parienta: --B. O. bó. Se acabó Señora Corney! --Se acabó no es cierto? --preguntó la matrona. --Me sorprenderia infinito, si viviera dos horas mas --dijo el jóven, ocupado en concluir la punta de su monda-dientes --En ella el sistema moral como el físico, están gastados . . . ¿Permanece --aun amodorrada buena muger? La enfermera á quien se dirijia esta pregunto se inclinó sobre el lecho para cerciorarse y respondió afirmativamente con un movimiento de cabeza. --Entonces es muy posible que se vaya en esta disposicion, si no haceis demasiado ruido. --dijo el jóven --Colocad la luz en el suelo. Así no podrá verla. La enfermera hizo lo que se le insinuaba, balanceando la cabeza sin duda para dar á entender que la enferma no moriria con tanta holgura como se pensaba y fué á sentarse al lado de la otra vieja que habia entrado en este intermedio. La matrona se arrojó con su chal con aire de impaciencia y se sentó tambien al pié del lecho. El estudiante que al fin habia concluido su monda-dientes, lo paseó por su boca durante un buen cuarto de hora que estuvo plantado delante del fuego; despues de lo cual, pareciendo fastidiarse, deseó á la Señora Corney -mucho placer- y se fué de puntillas. Despues de haber permanecido un cuarto de hora en esta posicion la señora Corney pareció fastidiarse tambien y viendo que la vieja se obstinaba en permanecer amodorrada iba á salir de prisa, cuando las dos mugeres dieron un grito que la hizo retroceder. La enferma se habia incorporado sobre el lecho y las tendia los brazos. --Quien está ahí? --prorrumpió con voz sorda. --Silencio! silencio! --dijo una de las dos viejas acarcándose á la cama --Acostaos! Acostaos! --Me volveré á acostarme viva! --gritó la enferma forcejando. --Quiero que -ella- sepa . . . Venid acá! mas cerca . . . que os lo diga muy bajo al oido. Cojió á la matrona por el brazo y atrayéndola hácia una silla que estaba á su cabecera la hizo sentar en ella. Iba á hablar, cuando al arrojar una mirada á su alrededor, vió á las dos viejas que con el cuello tendido y el cuerpo adelantado, prestaban atento oido á lo que iba á decir. --Mandad que salgan! continuó con vos letárgica --Pronto! pronto! Las dos viejas gritando á duo se quejaron amargamente de verse desconocidas por su antigua camarada y protestaron contra la injusticia que habria en separarlas de ella en sus últimos momentos; pero la matrona las empujó fuera del aposento, les echó la puerta encima y volvió á sentarse á la cabecera de la enferma. --Ahora escuchad con atencion! --dijo la moribunda con voz mas fuerte como para exitar en ella una última chispa de energia. --Eneste aposento en este lecho, asistí en otro tiempo á una jóven y hermosa criatura que habian llevado á esta casa. Sus piés magullados y rasgados por la marcha estaban cubiertos de sangre y polvo. Dió á luz un niño y murió! Esperad . . . esperad! En que año fué? --Poco importa el año! --dijo la impaciente matrona --Y bien que . . . qué hay respecto á esa muger? --Ah! --murmuró la enferma, recayendo á su primer amodorramiento --Respecto á la jóven no es esto? Respecto á . . . a . . . ella? Ah! si! (rompió en llanto, arrojó un grito penetrante y saltó sobre el lecho con ademan furioso; su rostro se volvió purpúreo y sus ojos le salian de la cabeza.) --La robé! Si! De toda verdad . . . La robé! Aun no estaba fria! Si . . . lo repito . . . estaba aun tibia cuando la robé! --Qué le robaste? Por el amor de Dios hablad! --esclamó la matrona con un movimiento como para pedir socorro. --Voy á decirlo! --replicó la moribunda, poniendo la mano en la boca de la otra. La única prenda que poseia . . . Carecia de todo . . . de vestidos para cubrirse y de pan para subsistir . . . pero habia conservado preciosamente sobre su seno . . . Era oro . . . yo lo digo . . . oro magnífico que hubiera podido salvarle la vida! --Oro! --repitió la matrona abalanzando su cuerpo sobre el lecho de la moribunda, á medida que esta volvia á caer sobre la almohada --Continuad! y despues? Quién era la madre? En qué tiempo? En qué época? Hablad! hablad! --Me habia suplicado que la guardara --prosigió la otra dando un suspiro profundo --Me la habia confiado, por ser la única persona que estaba á su lado en la hora de la agonía . . . Yo la codicié, en el fondo de mi corazon . . . la robé de pensamiento cuando se la ví por primera vez al rededor de su cuello! --Y lo peor, es que sin duda tengo que reprocharme la muerte del niño! Ciertamente lo hubieran tratado mejor si hubieran sabido todo esto! --Sabido qué? --preguntó la matrona --Hablad! --El pequeñuelo se parecia tanto á su madre, á medida que se hacia grande (continuó la otra, sin hacer caso de la pregunta.) que cada vez que la veia, no podia librarme de pensar en ella . . . Pobre jóven! Pobre muchacha! Era tambien tan tierna . . . Un hermoso corderito! Esperad! Es verdad que no os lo he dicho todo? Me parece que aun me queda algo que deciros! --Sí! sí! --replicó la comadre pegando su oreja á los labios de la moribunda para cojer las palabras que salian ya lentamente de su boca --Decid pronto . . . ó ya no habrá tiempo! La madre. --dijo aquella haciendo un último esfuerzo para elevar la voz --La madre sintiendo acercarse el momento de su muerte me dijo al oido que: -si su hijo venia al mundo vivo y llegaba á poder recibir educacion, vendria un dia en que podria pronunciar el nombre de su pobre madre sin ruborizarse --Y vos oh Dios mio!- añadió juntando sus manos flacas y delicadas ---Sea un niño ó una niña proporcionadle amigos en esta tierra de dolor y de destierro y apiadaos de un pobre huerfanito abandonado á la merced de estraños!- --El nombre del niño? --preguntó la comadre. --Le llamaban Oliverio --respondió la moribunda con voz débil --El oro que he robado era . . . --Oh! sí, sí . . . que era? --esclamó vivamente la matrona. En el momento en que se encorvaba con ansiedad para recibir la respuesta de la agonizante, esta volvió lentamente y con tirantez á su primera posicion y empuñando con ambas manos el cobertor de la cama barbulló con voz gutural, algunas palabras ininteligibles y cayó sin vida sobre la almohada. --Muerta ya! --dijo una de las dos viejas entrando precipitadamente luego que la puerta fué abierla . . . --Y sin haberle sacado una palabra! --añadió la comadre yéndose. CAPÍTULO XXVI. AUN FAGIN Y COMPAÑIA. MIENTRAS estos acontecimientos tenian lugar en la casa de Caridad, en cuestion. Mr. Fagin se hallaba en su vieja guarida (la misma que Oliverio habia dejado en compañia de Nancy.) sentado ante la chimenea y teniendo sobre sus rodillas un fuelle con el que sin duda habia procurado avivar el fuego, cuyo humo se esparcia por todo el aposento, con tufo sofocante. Sus codos sobre el fuelle y su cara apoyada sobre sus muñecas, miraba el hogar con aire distraido y parecia sumergido en profunda reflecsion. En una mesa detrás de él, Cárlos Bates, Monsieur Chitling y el Camastron hacian una partida de -wist-, el último solo contra los otros dos. Su fisonomía expresiva siempre, se hizo todavia mas chocante por la seriedad con que estudiaba la partida y los vistazos que lanzaba de cuando en cuando, segun se presentaba la ocasion sobre las cartas de Monsieur Chitling, arreglando sábiamente su juego al tenor de las observaciones que habia hecho sobre el de este último. Como hacia frio, (segun su costumbre) tenia puesto su sombrero. Apretaba entre los dientes una pipa de barro que no dejaba sino cuando juzgaba necesario recurrir á una medida de cobre colocada sobre la mesa y que de ante mano habia sido llenada de -grog- para el bien de la compañia. Maese Bates prestaba tambien mucha atencion á su juego; pero siendo de un carácter mucho mas jocoso que su incomparable amigo, recurrió mas á menudo á la medida de cobre y de consiguiente se permitió ciertas graciosidades y ciertas observaciones, del todo intempestivas, que de ningun modo convienen á un buen jugador, especialmente en el juego, de -wist-, que ecsije silencio y atencion. En vano el Camastron usando del derecho que le daba su intimidad para con él, le reprochó mas de una vez la inconveniencia de su conducta; Maese Bates se rió de él (y para servirme de su espresion) lo -envió á paseo- y por sus reincidencias tan vivas como espirituales, exitó en el mas alto grado la admiracion de Mr. Chitling. Lo mas asombroso es que este último y su pareja perdian siempre y que esta circunstancia lejos de enfadar á maese Bates parecia divertirle infinito pues que reia á carcajadas al fin de cada partida asegurando que -en su vida ni en sus dias-, se habia divertido tanto. Al diablo las cartas! --dijo Chitling, con acento irritado sacando del bolsillo de su chaleco una -media corona- --Vaya una suerte insolente la que tienes Jac. Nos ganarias hasta el último sueldo . . . Por bueno que tengamos el juego Cárlos y yo, siempre perdemos! A tal observacion hecha con tono lamentable, Bates soltó una carcajada que sacó al judío de sus reflecsiones y preguntó que sucedia. --Señor Fagin! --esclamó Cárlos --Quisiera, que hubiereis podido ver el juego . . . Tomás Chitling no ha hecho un solo punto y yo era su pareja contra el Camastron. --Ah! ah! --dijo el judío sonriendo de un modo que daba á comprender que no ignoraba la causa --Toma tu revancha Tom . . toma tu revancha! --No Fagin; gracias. No quiero mas juego . . . El Camastron tiene una ventaja que no se puede resistir. --Ah! ah! querido! --repuso el judío . . . Es preciso levantarse muy de mañana para poder ganar al Camastron. --Levantarse muy de mañana? --esclamó Cárlos Bates. --No basta el levantarse de mañana! Es preciso que os pongais las botas en la víspera, tener un doble telescopio y unos anteojos entre vuestras dos espaldas si quereis lograr tal cosa. Mr. Dawkins recibió este elogio lisongero con la mayor modestia y prometió decir al primer venido por la sencilla retribucion de un -Sheling- cada vez, la carta que éste hubiere pensado. Como nadie aceptó el desafio y su pipa estaba ya apagada, se divirtió en trazar el plano de la prision de Newgate con el lapiz que le habia servido para apuntar el juego silvando entre tanto de una manera muy particular. --Parece que no tienes humor de divertirte Tom! --dijo el Camastron, rompiendo el silencio que duraba desde mas de cinco minutos --Apuesto Fagin que no adivinais lo que le preocupa. --Cómo quieres que lo adivine querido mio? --contestó el judío levantando la cabeza y volviendo el fuelle á su puesto. --Tal vez piensa en su dinero ó mejor en el -asueto- que acaba de hacer en la -granja del tio negro-. Ah! ah! ¿no es esto Tom? --No dais en el -quid-. --replicó el Camastron en el momento que Chitling iba á responder --Qué dices tu de ello Cárlos? --Yo! --respondió este --Yo pienso que se muere por Betsy --No lo dije! Mirad como le suben los colores! He ahí un mortal dichoso! Oh! Dios! Es posible! Tomás Chitling enamorado! Oh! Fagin, Fagin! que bella farsa! --No hagas caso de ello Tom! --dijo el judío haciendo una señal de inteligencia á Dawkins y dando á Cárlos un golpecillo con el tubo del fuelle --Va . . . no les escuches! Betsy os amable . . es una muy buena muchacha! Tom adhiérate á ella! Sigue tus dulces impulsos! --Y aun qué asi fuera! --replicó Chitling todavia mas colorado --Y aun que así fuera . . . es cosa que á nadie le imperta . . . El judío viendo que le picaba la mosca á Chitling se apresuró á asegurarte de que nadie se burlaba y para prueba de lo que decia llamó á maese Bates el principal ofensor. Desgraciadamente al ir á decir este que en su vida habia estado mas serio, se le escapó tal carcajada que Chitling viéndose mistificada, se abalanzó de improviso sobre el zumbon y le descargó un puñetazo, que éste evitó felizmente, el cual cayendo pesadamente sobre el pecho del -viejo chulo-, lo envió al otro estremo del aposento contra la pared en donde abria toda su boca para respirar mientras que le miraba cas aire consternado. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000