infundir alguna sospecha.
--Vaya! --dijo Sikes haciendo castañear sus labios --Ya estoy pronto.
--Para la -tarea- he? --preguntó el judío.
--Para la -tarea-. --respondió Sikes --Con que . . . hablad!
--Sobre esa casa de Chertsey Guillermo? --dijo el otro arrimando su silla
y hablando muy bajo.
--Si. Adelante!
--Ah querido! Bastante sabeis lo que quiero decir! No es verdad Nancy que
lo sabe?
--No á fé mia; -no- lo sabe! --contestó Sikes sonriéndose --O mejor
no quiere saberlo que poco mas ó menos es lo mismo. Qué diablos! Hablad
francamente! Llamad las cosas por su nombre! Cuando dejareis de guiñar
el ojo y de andaros con rodeos como si no fuerais vos el primero que ha
ideado ese robo? Trueno de Dios, esplicaos!
--Chit, Guillermo! Hablad mas bajo! --dije el judío procurando
inútilmente calmar á su amigo. --Van á oirnos!
Y bien que nos oigan! --repuso Sikes --Me importa un comino!
Con todo es probable que despues de un momento de reflecsion le importó
algo mas, porque se puso blando y habló un poco menos alto.
--La, la . . . --dijo Fagin con aire de gazmoñeria --Os lo advertia solo
por prudencia querido! Ahora volviendo al asunto de esa casa de Chertsey
¿cuando será ocasion de emprender la -tarea-? Cuando Guillermo? Tanta
plata hijos mios! Tanta plata! --prosiguió frotándose las manos y
levantando los ojos al techo transportado de antemano de alegria á la
idea del botin.
--No hay que pensar ya mas en ello. --replicó friamente Sikes.
--No hay que pensar en ello? --repitió el judío dejándose caer en el
respaldo de la silla.
--No hay que pensar mas en ello. Al menos no es cosa tan fácil como
creiamos.
--Esto será por causa de la torpeza en el obrar! --replicó el judío
pálido de cólera --No me digais . . . .
--A mi me dá la gana de decíroslo! --esclamó el otro --Quién sois vos
para que no se os pueda hablar? Os digo que hace quince dias que Toby
Crachit tiene sus -emboscadas- al rededor de la plaza y ni siquiera ha
podido -engatusar- un criado.
--Quereis decir Guillermo --repuso el judío calmándose á medida que el
otro sé enardecia --que ninguno de los dos criados podrá ser
-persuadido-.
--Eso mismo, pues no habla en gringo. Hace veinte años que están al
servicio de la vieja y aun que les dieran quinientas libras rehusarian
entrar en el complot.
--Si; pero quereis decir tambien Guillermo que no habrá un medio para
que las mugeres sean de los nuestros?
--Ninguno.
--Ni el del flamante Tobias Crachit? --preguntó el judío con tono de
duda --Guillermo! No ignorais lo que son las mugeres!
--Voto va! Ni el del flamante Tobias Crachit. Ha dicho que mientras ha
estado allí, ha llevado favoritos postizos y se ha puesto un chaleco y
guantes color de canario; pero que de nada le han servido.
--Hubiera debido probar el uniforme militar y los bigotes querido!
--replicó el judío despues de un momento de reflecsion.
--Tambien los ha ensayado; --pero parece que este medio no ha tenido
mejor fortuna que el otro.
El judío pareció quedar desconcertado con esta respuesta y habiendo
reflecsionado algunos minutos con la cabeza caida Sobre el pecho dijo
suspirando: que si el flamante Tobias Crachit decia verdad, seria preciso
renunciar á la empresa --Y sin embargo-añadió dejando caer las manos
sobre sus rodillas --es muy duro querido tener que perder un negocio
sobre el que habiamos fundado nuestras mas hermosas esperanzas y que
considerábamos ya como nuestro!
--Es verdad. Esto es lo peor.
Siguió un largo silencio durante el cual el judío con el rostro livido
y la mirada hosca, estuvo profundamente sumido en sus pensamientos. Sikes
le miraba por intervalos y Nancy temiendo sin duda irritar al bandido,
permaneció sentada ante la chimenea, los ojos fijos en el fuego y con la
indiferencia del sordo respecto á lo que se hablaba en su presencia.
--Fagin! --dijo Sikes rompiendo de pronto el silencio --Me tocarán
cincuenta guineas mas en el reparto, si logramos buen éxito en el
exterior?
--Si! --contestó el judío súbitamente, como si dispertára de un
sueño.
--Queda convenido el pacto?
--Si querido, si! Queda convenido! --respondió el judío cojiéndole la
mano.
Esto diciendo sus ojos chispeaban y los rasgos de su fisonomía revelaban
el efecto que habia producido en él la proposicion de Sikes. --Entonces
--repuso éste rechazando la mano del judío con desden --esto se hará
cuando querais. La ante penúltima noche estábamos con Tobias Crachit
sobre la pared del jardin inspeccionando la puerta. Ella queda cerrada
como una prision; pero hay un sitio que podemos franquear seguramente sin
meter ruido.
--Cual? --preguntó el judío con ansia.
--¿No recordais lo que viene despues que se ha atravesado el prado?
--dijo el otro en voz baja.
--Si, si! --contestó el judío ladeando la cabeza para poder oir mejor y
abriendo tanto los ojos que parecian quererse salir de sus órbitas.
--Basta! --dijo Sikes, parándose en seco á una señal de cabeza de
Nancy que le hacia notar la expresion del rostro del judío --No importa
el sitio. Se bien que nada podeis hacer sin mi; pero vale mas ponerse en
guardia cuando se trata con vos.
--Cómo querais querido, como querais! --repuso el judío mordiéndose
los labios --¿Creeis que Tobias Crachit y vos podais lograr el fin sin
el concurso de nadie?
--Ciertamente. No necesitamos mas que un -berbiqui- y un niño. El
primero ya le tenemos; en cuanto al otro será preciso encontrarlo.
--Un niño! --esclamó el judío --Oh! entonces será para un postigo
alto he?
--Nada os importa. Necesito un niño que no sea demasiado gordo. Ah! Si
tuviera solamente el muchacho de Ned el limpia chimeneas me saldria con
la mia! Le impedia el engordar espresamente para esto y cuando era
ocasion lo alquilaba. Pero el padre se ha dejado -pinchar- y he aquí que
metiéndose por medio la -Sociedad de jóvenes delincuentes- le dá la
humorada de -retirar- al niño de un -oficio- en que ganaba tanto dinero,
le hace aprender de leer y escribir y por añadidura lo pone de aprendiz!
Así obra el mundo! --continuó con indignacion --Así obra el mundo! Y
si tuvieran el dinero que les hace falta (á Dios gracias,) el año que
viene, no quedarian en el comercio seis muchachos á nuestra disposicion.
--Esta es demasiada verdad! --replicó el judío que absorvido en sus
profundas meditaciones no habia cojido mas que las últimas palabras de
Sikes. --Guillermo!
--Qué quereis? --preguntó éste.
El judío señaló con su vista á la jóven que la tenia siempre fija en
el fuego, para insinuar á Sikes cuan prudente seria que ella se
marchára del aposento. Este se encojió de hombros con ademan
impaciente, pensando que la precaucion era inútil y acabó por mandar á
Nancy que fuera á buscarle una botella de cerveza.
--Tú no quieres cerveza! --esclamó esta cruzando los brazos y no
moviéndose de su silla.
--Te digo que quiero! --replicó Sikes.
--Farza! --contestó Nancy friamente --Vaya soltad el pico Fagin! Se lo
que vais á decir á Guillermo y yo no estorbo.
El judío insistió de nuevo y Sikes los miró á ambos con asombro.
--Acaso Nancy os dá miedo? --dijo al fin --La conoceis de bastante
tiempo para que tengais confianza en ella, ó el Diablo se ha metido de
por medio! No creo sea muchacha capaz de -bachillerear-. ¿No es cierto
Nancy?
--Así me lo parece. --contestó la jóven acercándose á la mesa y
poniendo sus dos codos sobre de ella.
--No, no querida mia! Estoy bien persuadido de que eres incapaz! --dijo
el judío --pero . . . --y el viejo insistió de nuevo.
--Cómo quedamos? --preguntó Sikes.
--Es que ignoro si está en tan mala disposicion cómo la noche aquella
que ya sabeis, Guillermo? --respondió el judío.
Nancy soltó una carcajada y tragándose un vaso de aguardiente meneó la
cabeza como mofándose de Fagin. Luego se puso á talarear á toda voz:
-Seguid siempre vuestro camino buen hombrecillo-! -No hableis jamás de
volveros-! --y otras cosas semejantes que parecieron tranquilizar del
todo á los dos hombres.
--Vaya Fagin! --dijo Nancy riendo --Dadnos cuenta de vuestras intenciones
respecto á Oliverio.
--Ah querida! Eres una mosca muy fina! Eres la jóven mas -ladina- que
conozco! --dijo el judío dándole golpecitos sobre la espalda. --En
efecto de Oliverio es de quien quiero hablar! ah! ah! ah!
--Qué quereis decir? --preguntó Sikes.
--Es el muchacho que os conviene, querido! --contestó el judío con aire
de misterio poniendo el dedo sobre su nariz y haciendo un visage horrible.
--El! --esclamó Sikes.
--Tómalo Guillermo. --dijo Nancy --Yo si fuera que tú lo tomaria. Pueda
que no sea tan -listo- como los otros; pero que le importa si no hay mas
que abrirte una puerta? Es un niño con el que puedes contar, te lo
aseguro Guillermo.
--Tiene razon. --repuso Fagin --Desde hace algunas semanas está en muy
buen camino; ya es hora de que empieze á hacerse útil, aun que no sea
mas que para ganarse el pan que come. Además los otros son demasiado
gordos.
--A la verdad, tiene justamente la talla que me conviene. --dijo Sikes
despues de un momento de reflecsion.
--Y hará todo lo que vos querais amigo mio. --replicó el judío --No
podrá menos . . . es decir si la amedrentais un tan lo.
--Amedrentarle! --esclamó Sikes --No, no será un miedo falso, podeis
creerlo. Si tiene la desgracia de hacerme jugarretas una vez estará en
la -tarea-, no volvereis á verle vivo Fagin. Pensadlo sériamente antes
de enviármelo! --añadió el bandido levantando una enorme alza-prima
que sacó de debajo su lecho.
--He pensado en todo esto. --dijo el otro con fuerza --Le he velado de
cerca amigos mios de muy cerca! Qué comprenda en una buena ocasion que
es uno de los nuestros! Que tenga la certeza de -haber sido ladron- y nos
pertenece por toda la vida! Ah! ah! no podia ofrecerse mejor ocasion!
--Esto diciendo el viejo cruzó sus brazos sobre su pecho, hundió su
cabeza dentro sus espaldas y dió un grito de alegria.
--Para nosotros? --dijo Sikes --Para vos quereis decir!
--Pueda que si, querido! --repuso el judío con una espantosa mueca
--Para mi; si bien os place Guillermo.
--Y porque ese mal polluelo os ocupa tanto por si solo --dijo el otro,
con tono huraño --cuando no ignorais, que hay una infinidad que picotean
cada noche por los alrededores de Covent Garden [4] y entre los cuales
podriais escojer?
--Porque me son del todo inútiles. --replicó Fagin con algun embarazo
--No merecen que se ocupe uno de ellos. Cuando se han hecho -pinchar- su
fisonomía les acusa y yo los pierdo todos. Con ese niño si fuera bien
dirijido, haria lo que no podria hacer nunca con veinte de los otros.
Además --continuó reponiéndose de su turbacion --nos conviene que sea
absolutamente de los nuestros sin mirar el modo de lograrlo. Lo que deseo
es llevarle á -picotear con las hurracas-. Y vale mas que sea esto así
que no vernos obligados á -deshacernos- de él, lo que no dejaria de ser
peligroso para nosotros, sin contar la pérdida que podria reportarnos.
--Cuándo será el negocio? --preguntó Nancy conteniendo una
esclamacion, que iba á escapársele á Sikes fuertemente disgustado de
las pretensiones humanitarias de Fagin.
--En efecto cuando se llevará á cabo Guillermo? --añadió el judío.
--Estoy convenido con Tobias para pasado mañana, si de aquí á entonces
no le doy contra órden. --contestó Sikes con ademan sombrio.
--Bueno. --dijo el judío --No habrá luna.
--No --repuso Sikes.
--Y habeis tomado vuestras medidas para llevaros la -hucha-. ¿no es
cierto?
Sikes hizo una señal de cabeza afirmativa.
--Con el objeto de . . . ?
--Si, si; todo está arreglado. --interrumpió Sikes sin darle tiempo de
concluir la frase --No os inquieteis por los detalles. Cuidad solo de
traerme el niño mañana por la noche. Yo dejaré á Lóndres una hora
antes de amanecer. A vos os toca guardar silencio, tener el crisol listo,
y nada mas.
Despues de una breve discusion quedó convenido que Nancy que antes habia
tomado el partido de Oliverio, se encargaria de traerle al lado de Sikes
y que éste luego de empezada la obra, tendria pleno poder sobre él.
Salvo la reserva á Tobias Crachit de apoyar las resoluciones del
susodicho Sikes.
Arreglados de este modo los preliminares, éste se coló algunos vasos de
aguardiente, se puso á blandir la alza-prima de un modo espantoso y
cantó ó mas bien berreó algunas estrofas, acompañadas de horribles
imprecaciones. Luego, en un exceso de entusiasmo por su -carrera- fué á
buscar la caja de sus -chismes- que colocó sobre la mesa y abrió para
esplicar la naturaleza y uso de cada uno de los objetos que estaban
encerrados en ella. Apenas habia abierto la cobertera cuando cayó
pesadamente con ella al suelo y en seguida se durmió.
--Buenas noches! --dijo el judío metiéndose el redingote.
--Buenas noches! --contestó Nancy.
El viejo al pasar dió un puntapié al borracho en tanto que Nancy estaba
vuelta de espaldas y bajó la escalera á tientas.
--Siempre lo mismo. --murmuró entre dientes cuando estuvo solo en la
calle --Lo malo en las mugeres es, que un nada basta para resucitar en
ellas los recuerdos del pasado y lo bueno que no duran. Ha! ha! El hombre
contra el niño por un talego de oro!
Embebido en estas lisongeras reflecsiones, Fagin regresó á su morada
sombría, en la que el Camastron velaba esperando con impaciencia su
vuelta.
--Oliverio está acostado? Tengo que hablarle. --dijo bajando la escalera.
--Hace ya rato. --respondió el Camastron abriendo la puerta de un
aposento --Miradle allí.
El niño estaba acostado sobre un mal jergon tendido en el suelo y dormia
con un sueño profundo. El abatimiento, la inquietud y la tristeza de su
prision le habian vuelto tan pálido que parecia muerto.
--Ahora no! --dijo el judío alejándose de puntillas. --Hasta mañana,
hasta mañana!
CAPÍTULO XX.
OLIVERIO ES ENTREGADO Á GUILLERMO SIKES.
EL dia siguiente al dispertar, Oliverio quedó agradablemente sorprendido
viendo al pié de su lecho un par de zapatos nuevos de suelas reforzadas,
en lugar de los suyos del todo estropeados. De pronto se quedó
maravillado de este descubrimiento, pensando que podia ser muy bien el
preludio de su libertad; pero luego tuvo la certeza de lo contrario. En
el almuerzo, hallándose frente por frente del judío este le anunció de
un modo capaz de redoblar sus alarmas que aquella noche debia ser
conducido á la casa de Guillermo Sikes.
--Para . . . que . . . dar . . . me en ella? --preguntó el niño con
inquietud.
--No; no para quedarte en ella amigo mio. --contestó el judío --No
temas que queramos perderte. Oliverio! Volverás á nosotros . . . ah!
ah! ah! No somos tan crueles para despedirte amiguito . . . ó no
seguramente . . .
Esto diciendo el viejo chulo, que estaba acurrucado ante la lumbre y
ocupado en tostar una rebanada de pan, se puso á reir á carcajada llena
como para indicar que no ignoraba lo contento que estaria Oliverio de
poder escaparse si pudiera.
--No dudo tendrás curiosidad de saber lo que vas á hacer en casa
Guillermo . . . he amiguito? --dijo fijando en él su mirada.
Oliverio se ruborizó involuntariamente, á la idea de que el viejo
encubridor habia adivinado su pensamiento. Con todo respondió con
bastante seguridad que -si-.
--Qué piensas que vas á hacer? --preguntó el otro previniendo la
cuestion.
--Señor! En verdad no lo se. --respondió Oliverio.
--Ba! --hizo el otro volviéndose para ocultar su contrariedad --Espera
entonces que Guillermo te lo diga.
El judío pareció muy embarazado de que el niño no demostrase mayor
deseo de saber mas. El hecho es que este hubiera querido saber á que se
le destinaba; pero turbado como estaba por la mirada escuadriñadora del
judío y por sus propios pensamientos, le fué imposible hacer ninguna
pregunta tocante á este punto. Por lo demás ya no se ofreció otra
ocasion, porque el judío permaneció sombrio y silencioso hasta la noche
en que se dispuso para salir.
--Podrás encender esta vela. --dijo Fagin poniendo una sobre la mesa.
--Y aquí tienes un libro para divertirte leyendo, hasta que vengan á
buscarte. Vaya, buenas noches!
--Buenas noches señor! --contestó dulcemente Oliverio.
Mientras se dirijia á la puerta, el judío se volvió varias veces para
mirar al jóven Twist y parándose de improviso lo llamó por su nombre.
Oliverio alzó la cabeza y á una señal de aquel encendió la vela. Al
poner el candelera sobre la mesa reparó que desde el estremo obscuro del
aposento el viejo le miraba fijamente y frunciendo las cejas.
--Cuidado, Oliverio! Cuidado! --dijo agitando la mano con ademan
doctoral. --Es un mal -vicho- que á nada atiende cuando se le ha pisado
la cola! Suceda lo que suceda nada digas y haz todo lo que te mande!
Piénsalo bien!
Habiendo acentuado estas últimas palabras con mucho énfasis, sonrió de
una manera horrible, hizo un movimiento de cabeza y salió.
Oliverio al quedar solo repasó, en su imaginacion lo que acababa de oir.
Despues de haber reflecsionado largo rato, pensó que el bandido le
mandaba á buscar para utilizarle en su casa hasta haber encontrado otro
muchacho mas conveniente á sus miras. A pesar de ello, estaba tan
acostumbrado á los sufrimientos que cualquiera cambio lo era
indiferente. Permaneció sumerjido en sus meditaciones; luego tomando el
libro se puso á leerlo. Este libro llevaba por título: -Vida, juicio,
condena y ejecucion de los grandes criminales-. Sus páginas estaban
manchadas á fuerza de leidas. Todo eran crímenes, asesinatos horribles,
cadáveres ocultos desde largo tiempo y que aparecian á sus asesinos y
estos poseidos de espanto corriendo ellos mismos á reclamar el cadalso
que debia acabar sus tormentos.
Habia tanta verdad en la descripcion de esos crímenes y el cuadro de
ellos era tan fascinador que Oliverio creyó ver las páginas grasicntas
del libro convertirse en sangre cuajada y á las palabras que leia,
desprenderse en sordos gemidos de la boca propia de las víctimas
inmoladas. En un esceso de terror cerró el libro, lo arrojó lejos de
sí y cayendo de rodillas pidió á Dios que le evitára tales
pensamientos, ó le llamará á él antes de permitir que se manchára
jamás con un crímen tan horrible.
Habia concluido su oracion; pero estaba aun arrodillado con la cabeza
apoyada entre sus manos cuando un ruido interrumpió su meditacion.
--Qué es esto! --esclamó levantándose y apercibiendo una forma humana
en pié cerca la puerta --Quién está ahí? --prosiguió.
--Soy yo! Soy yo! --respondió una voz trémula.
--Oliverio levantó la vela, sobre su cabeza para ver mejor: era Nancy.
--Aparta esa vela! --dijo la jóven volviendo la cabeza --Me hace mal en
los ojos.
Vió que estaba sumamente pálida y le preguntó cariñosamente si estaba
enferma. Por toda respuesta ella le volvió la espalda y se desplomó
sobre una silla retorciéndose las manos.
--Dios! Dios! --esclamó al fin --No pensé en todo esto!
--No os sentís bien? --preguntó Oliverio. --Puedo ser útil para
socorreros? Hablad . . . Todo lo que pueda, lo haré con la mayor
satisfaccion.
Nancy se agitó en su silla, llevó sus manos al cuello, exhaló un grito
medio ahogado por el exterior y abrió toda la boca para respirar.
--Nancy! --esclamó el niño horrorizado --Que teneis; decidlo!
Esta golpeó con las manos sus rodillas y con los piés el suelo, luego
deteniéndose de repente volvió á ajustar el chal sobre sus espaldas
titiritando.
Oliverio atizó el fuego. La jóven acercó su silla al hogar y quedó
inmóvil algun tiempo sin pronunciar una palabra. Luego levantando la
cabeza echó una mirada vaga á su alrededor.
--No se lo que me coje algunas veces. --dijo procurando reparar el
desórden, de su traje. --Creo es causa, este aposento súcio y húmedo.
¿Estás pronto Oliverio?
--Acaso voy con vos? --preguntó el niño.
--Si; vengo á buscarte de parte de Guillermo!
--Para qué? --dijo el retrocediendo dos ó tres pasos.
--Para qué? --repuso Nancy levantando sus ojos al techo y bajándolos al
suelo al encontrarse su mirada con la del niño --Oh! Para nada malo.
--No lo creo así. --replicó Oliverio, despues de haberla examinado con
atencion.
--Pues bien, creelo, como te acomode! --dijo ella con risa afectada --Sea
para nada bueno.
Oliverio pudo comprender muy bien que tenia algun poder sobre la
sensibilidad de la jóven, y la destreza le hizo concebir la idea de
apelar á su compasion; pero reflecsionando de pronto que aun no eran las
once y que de consiguiente debian transitar por las calles algunas
personas que darian fé á sus palabras, se apresuró á decir que estaba
pronto y se dispuso á salir con alguna viveza.
Ni la reflecsion, ni el deseo que la acompañaba escaparon á Nancy. Le
observó atentamente mientras hablaba y le lanzó una mirada que le
convenció de que habia adivinado su pensamiento.
--Chit! --dijo señalándole con el dedo la puerta, mientras que miraba
con precaucion á su alrededor --No hay medio! He hecho todo lo que he
podido por tí; pero inútilmente. Estás rodeado por todas partes y por
mas que lo intentes no lograrás escaparte.
Oliverio conmovido por el tono con que decia esto, la miró asombrado. No
cabia duda hablaba sériamente: estaba pálida hasta dar miedo, tenia
contraidos los músculos de su rostro y un temblor convulsivo agitaba
todo su cuerpo.
--Te he evitado ya muchos malos tratamientos y continuaré
evitándotelos! --continuó elevando la voz --Los que hubieran venido á
buscarte no siendo yo, se hubieran portado con mucha mas dureza. He
prometido que estarias tranquilo y si no lo estuvieras, te harias mal tu
mismo y á mi, siendo tal vez la causa de mi muerte. Mira! Tan cierto
como Dios nos vé, ya he sufrido todo esto por tí!
Al mismo tiempo enseñó á Oliverio los cardenales de que estaban llenos
sus brazos y su cuello.
--Acuérdate bien de esto --continuó con gran volubilidad --y haz de
modo ahora que no sufra otros por tu causa! Si pudiera servirte lo haria
de todo corazon; pero no tengo poder para ello! Ellos además no tienen
intencion de hacerle daño alguno . . . Y qué importa lo que te manden
hacer? Tú no eres responsable ante Dios! Cállate! Cada una de tus
palabras es un golpe para mi! Dame tu mano! Vamos despacha; . . . tu mano!
Cojió la mano que Oliverio le tendió maquinalmente y habiendo apagado
la vela, subió con el niño la escalera. La puerta fué abierta al
momento por alguien oculto en la obscuridad y fué cerrada del mismo modo
luego que pasaron el lindar.
Nancy subió ligeramente con su jóven protejido á un coche de alquiler
que les aguardaba. Tiró cuidadosamente las cortinas y el cochero sin
esperar que se le diera direccion alguna, acestó un latigazo al caballo,
que le hizo correr al trote largo.
La jóven tenia las manos de Oliverio estrechadas entre las suyas y le
repetia al oido las mismas seguridades y los mismos avisos que le diera
antes. Todo eso fué cosa de tan poco tiempo, que apenas tuvo la
satisfaccion de pensar donde estaba y como habia venido cuando el coche
se paró ante la misma casa hácia la que el judío habia dirijido sus
pasos la noche anterior.
Durante un segundo lo mas, Oliverio lanzó una mirada rápida á lo largo
de la calle desierta, é iba á gritar socorro; pero la trémula voz de
la jóven vibraba en su oido suplicándole con tanto ahinco tuviera
piedad de ella que retuvo el grito que iba á escapársele. Mientras
luchaba pasó la ocasion y se encontró dentro la casa despues de haberse
cerrado la puerta trás él.
--Por aquí! --dijo al fin la jóven soltando la mano de Oliverio
--Guillermo!
--Adelante! --contestó Sikes apareciendo en lo alto de la escalera
--Bien venidos! Ea subid!
En un hombre del carácter de Sikes este recibimiento era muy lisonjero
para los dos jóvenes. Nancy se lo agradeció sin duda, pues le saludó
cordialmente.
--El perro ha salido con Tomás. --dijo Sikes adelantando la luz para
alumbrarles --Nada importaba su presencia aquí para lo que tenemos que
hablar.
--Está bien! --contestó Nancy.
--Con qué traes decididamente al lindo -cabrito-?
--Ya lo ves!
--Ha sido obediente?
--Como un cordero.
--Ha hecho bien! --dijo Sikes arrojando á Oliverio una mirada maligna
--De lo contrario su esqueleto no lo hubiera pasado muy bien. Adelántate
vicho para que te dé la leccion . . . Mejor ahora que mas tarde.
Esto diciendo quitó la gorra á su jóven protegido la arrojó á un
rincon del aposento y sentándose á una mesa lo cojió por la espalda y
lo colocó cara á cara.
--En primer lugar, ¿conoces esto? --dijo tomando una pistola de
faltriquera que estaba sobre la mesa.
El niño contestó afirmativamente.
--Bien! Atiende ahora! Esto es pólvora . . . esto una bala y esto un
pedazo de sombrero viejo para taco.
Oliverio hizo señal de que conocia el uso de cada una de esas cosas y
Sikes se puso á cargar la pistola con una destreza admirable.
--Ya está cargada. --dijo cuando hubo concluido.
--Lo veo señor. --dijo el niño temblando de la cabeza á los piés
--Lo ves? --continuó el bandido apretando fuertemente el brazo de
Oliverio y poniéndole la boca del cañon de la pistola tan cerca de la
cien, que éste no pudo contener un grito agudo. --Si tienes la desgracia
de pronunciar una sola espresion cuando estemos fuera á menos que yo no
te dirija la palabra, te levanto la tapa de lo sesos sin prevenirte. Con
que, dado caso que tengas la tentacion de hablar sin mi permiso, puedes
antes rezar tu última plegaria.
Habiendo acompañado esta amenaza con un juramento horrible (sin duda
para aumentar el efecto) añadió:
--Como segun tengo entendido nadie se inquietará por tí despues de tu
muerte, no creo necesario romperme la cabeza esplicándote un monton de
cosas, . . . que por otra parte nada importan para tu bien. Entiendes?
--Poco mas ó menos lo que tu quieres indicar (dijo Nancy con énfasis
para llamar la atencion de Oliverio.) es, que si en el asunto que te
ocupa actualmente, tuvieras un retardo ó contrariedad por causa de ese
niño, le sabrás impedir que -bachillerée- en el porvenir, rompiéndole
la cabeza y exponiendo de este modo la tuya como lo haces en cada dia de
tu vida.
--Esto es. --dijo Sikes en señal de aprobacion --Las mugeres tienen un
tacto magnífico para esplicar las cosas escepto cuando tienen la cabeza
caliente . . . Entonces no acaban nunca . . . Ahora que ya sabe lo que
quiere decir hablar; no seria malo que nos dieras algo con que cenar,
para que tengamos tiempo de echar un sueño antes de partir.
En consecuencia de esta observacion, Nancy puso los manteles y
habiéndose ausentado algunos momentos volvió á entrar con una botella
de cerveza y un plato de cabeza de carnero, el cual dió pié á una
serie de reflecsiones lisonjeras por parte de Sikes que estimulado sin
duda por la seductora perspectiva de una -nueva espedicion-, se coló
toda la cerveza de un solo trago y no juró mas que un centenar de veces
mientras estuvieron en la mesa.
Concluida la cena (se comprenderá fácilmente que Oliverio no tenia gran
apetito) Sikes despues de haberse bebido dos vasos de -grog- se tendió
en su cama recomendando á Nancy que le dispertára á las cinco en
punto, dado caso de que todavia durmiera. Oliverio en cumplimiento de una
órden emanada del mismo jefe, se echó vestido sobre un jergon tendido
en el suelo y la jóven, habiendo atizado el fuego se sentó ante la
chimenea hasta que llegára la hora de dispertarles.
El niño permaneció largo tiempo con los ojos abiertos pensando no seria
imposible que esta buscase ocasion para hablarle al oido; pero
permaneció inmóvil en su silla y solo se volvió alguna vez para
despavilar la vela. Al fin rendido de fatiga se durmió profundamente.
Al dispertar, la tetera y las tazas estaban sobre la mesa y Sikes se
hallaba ocupado en meter diversos objetos en los bolsillos de su
redingote colgado en el respaldo de una silla, mientras que Nancy
preparaba el desayuno. No era dia, porque la vela aun estaba ardiendo.
Una lluvia penetrante chocaba contra los vidrios y el cielo estaba
cubierto de nubes negras y espesas.
--Vaya! --refunfuñó Sikes mientras Oliverio se levantaba --Ya son las
cinco y media! Despacha pronto si quieres desayunarte! Aunque no lo
parezca, nos hemos retardado!
Oliverio no estuvo mucho tiempo para arreglar su tocado y habiéndose
desayunado un poco, dijo que estaba listo. Nancy sin mirarle apenas, le
puso un pañuelo al rededor de su cuello y Sikes le dió una esclavina
vieja para que tuviera las espaldas calientes.
El niño, al llegar al lindar de la puerta se volvió con la esperanza de
encontrar la mirada de la jóven; pero esta habia vuelto á tomar su
silla ante el fuego y estaba sentada en ella en un estado de inmovilidad
completa.
CAPÍTULO XXI.
ESPEDICION.
SALIERON en una mañana sombria y glacial. La lluvia caía á torrentes y
habia grandes charcos de agua en medio del camino. Nadie se habia
levantado aun, las ventanas estaban cerradas y las calles continuaban
tristes y silenciosas. De tanto en tanto se oia el ruido de algunas
carretas que se dirijian á la ciudad. A medida que se acercaron á los
arrabales el ruido aumentó y cuando llegaron á Smithfield, el era ya un
tumulto aturrullador. Hacia entonces dia claro y la mitad de Lóndres
estaba en pié. La plaza cubierta de barro por ser dia de mercado, estaba
llena de animales, de cuyes cuerpos se elevaba un humo espeso que
mezclándose con la niebla, permanecia suspendido pesadamente en la
atmósfera. Menestrales, carniceros, vaqueros, niños, ladrones y vagos,
confundidos en tropel presentaban una escena capaz de hacer perder la
razon.
Sikes arrastraba Oliverio á su lado y se abria paso al través de la
multitud sin parar casi la atencion á todo lo que asombraba tanto al
niño. Solo respondia con un movimiento de cabeza amistoso á los que le
dirijian la palabra, rehusó hacer trago cada vez que se le ofrecia y
ando con celeridad hasta que estuvieron fuera del barullo y hubieron
llegado á Holborn.
--Ea tu nene; son ya cerca las siete! --dijo con acento regañon, mirando
el cuadrante de la iglesia de San Andrés --Es preciso alargar mas ese
trote! No empieces por quedarte atrás mal -potrillo-!
Esto diciendo sacudia el brazo del niño que doblando el paso, arregló
su marcha todo lo que pudo con las largas zancadas del bandido.
Asi andaron hasta que hubieron pasado Hyde-Park en la carretera de
Kensington. Entonces Sikes aflojó el paso para dar tiempo que los
alcanzara una carreta vacía que venia detrás de ellos y habiendo visto
sobre la plancha Hownslow, pidió al carretero con toda la cortesia de
que era capaz, que les dejára subir hasta Isleworth.
--Subid! --dijo el hombre --Este mozuelo es hijo vuestro?
--Si . . . es mi hijo! --respondió Sikes lanzando una mirada amenazadora
al niño y metiendo la mano como por distraccion en la faltriquera que
contenia la pistola.
--Tu padre anda demasiado aprisa para ti; no es verdad chicuelo? --dijo
el carretero observando que Oliverio estaba sofocado.
--Os engañais! --replicó Sikes --Esta ya acostumbrado á ello! Vaya,
dame la mano Eduardo . . . sube pronto!
Mientras decia esto ayudó al niño á subir y el carretero enseñandole
un monton de sacos, le dijo se hechara encima de ellos para descansar.
Cada vez que pasaban por frente un -mojon-, Oliverio esperimentaba nuevo
asombro, calculando donde se proponia llevarle su compañero. Kensington,
Hammersmith, Chiswich Kewbridge, Brentfort, habian quedado ya muy lejos
trás de ellos y marchaban siempre como si acabaran de ponerse en camino.
Al fin llegaron á una posada en cuya muestra se leia: «La -diligencia y
los caballos-.» Mas allá de ella empezaba el empalme de otra carretera.
Aqui la carreta se detuvo, Sikes bajó de ella precipitadamente teniendo
á Oliverio cojido de la maño y habiéndole hecho bajar tambien á él,
le lanzó una mirada furiosa, llevando la mano á su faltriquera de un
modo muy espresivo.
--Hasta mas ver muchacho! --dijo el hombre.
--Está de mal humor! --contestó Sikes maltratando al niño. --Está de
muy mal humor ese pequeño topo! No hagais caso . . . partid!
--Y porque, pobrecito! --dijo el otro subiendo á su carreta --El tiempo
parece que se pone bueno. --añadió alejándose --Feliz viaje!
Sikes esperó que estuviera algo lejos y luego torcieron á la izquierda.
Andaron largo tiempo pasando por delante un gran número de jardines,
llegaron á Hampton y habiendo atravesado este pueblo, entraron en una
taberna de ruin apariencia, donde se hicieron servir la comida en el
hogar de la cocina.
Habia ante este hogar algunos bancos de respaldo, en los que estaban
sentados hombres vestidos de blusa, pasando el tiempo en beber y fumar.
Hicieron poco caso de Sikes y aun menos de Oliverio que á su vez se
sentaron en un rincon á parte, sin cuidarse de la compañia.
Se les sirvió un plato de fiambre despues del cual Oliverio creyendo por
la calma con que Sikes iba apurando pipa sobre pipa, que la detencion
seria larga y que probablemente no irian mas lejos, abrumado de fatiga y
aturdido por el humo del tabaco se reclinó en el banco y se durmió
profundamente.
Era noche completa cuando fué dispertado por un codazo de Sikes.
Frotándose los ojos y mirando en torno suyo vió á ese digno personage,
en conferencia íntima con un menestral en compañia de quien bebia una
-pinta- de cerveza.
--Con qué vais á Hallifort? --preguntó Sikes.
--Si. --contestó el hombre --Y que no estaré veinte años en el camino,
porque mi caballo no lleva la carga que llevaba esta mañana . . . y
pronto se habrá comido la distancia . . . y no se le indigestará no
voto á brios! Qué buena bestia!
--Podeis tomarnos á mi y al niño en vuestra carreta? --preguntó Sikes
pasando el jarro de cerveza á su nuevo convidado.
--Si; cuando partais al momento! --contestó el otro quitándose de los
labios la -pinta- de cerveza, que puso sobre la mesa --Acaso vais á
Hallifort?
--Voy hasta Shepperton. --dijo Sikes.
--Soy vuestro hasta el mismo punto. --Todo está pagado Rebeca?
--Si --respondió la criada de la posada --El señor ha pagado!
--Vaya! eso no puede ir ¿entendeis? --prosiguió el menestral con una
gravedad ridícula.
--Por qué? --repuso Sikes --Vos nos haceis un obsequio y no veo lo que
pueda impedirme que os pague dos -pintas- de cerveza.
Aquel pareció reflecsionar profundamente y luego tomándole de la mano
le declaró que era un -buen muchacho-, á lo que contestó Sikes, que
sin duda se burlaba. (lo que cualquiera hubiera estado tentado de creer,
por poco que el hombre hubiese conservado su sangre fria.)
Despues de algunas palabras corteses entre ambos, se despidieron de la
compañia y la criada habiendo quitado los jarros y los vasos que estaban
sobre la mesa, se vino con las manos llenas al lindar de la puerta para
verlos partir.
El caballo, á la salud del cual se habia bebido poco antes esperaba con
la mayor paciencia ante la dicha puerta. Oliverio y Sikes sin mas
ceremonias subieron á la carreta en que estaba enganchado, y el hombre
despues de haber arreglado los guiones y desafiado á los espectadores,
á que encontraran en el mundo otra bestia semejante subió á su vez.
Habiendo conducido el mozo de la posada el caballo al medio de la
carretera y soltando la brida, este empezó á hacer un pésimo uso de la
libertad que se le habia dado, corriendo al través de la calle y
danzando de lo lindo con los piés traseros . . . Al fin y al cabo
partió al galope.
La noche estaba obscura; una niebla húmeda se elevaba de los pantanos
que rodean el rio; hacia un frio glacial; todo estaba sombrio y
silencioso. Oliverio acurrucado en un rincon, era taladrado por el miedo.
Al fin dejaron la carreta y habiendo emprendido de nuevo la marcha al
través de los campos se encontraron en la ribera del rio.
--El rio! (pensó Oliverio enfermo de espanto.) Sin duda me ha llevado á
este lugar desierto para asesinarme!
Iba á echarse en tierra y hacer el último esfuerzo para defender su
vida, cuando notó que estaban delante de una casa arruinada. A cada lado
de la puerta habia una ventana y el edificio no tenia mas que un piso.
Segun toda apariencia estaba inhabitada, porque no se veia luz.
Sikes teniendo siempre á Oliverio por la mano se adelantó con cautela
hácia la casucha y puso la mano al pestillo que cedió con la presion.
La puerta se abrió y ambos entraron.
CAPÍTULO XXII.
ROBO DE NOCHE CON FRACTURA.
QUIEN va ahi? --esclamó una voz ronca, luego que hubieron puesto el pié
en el pasadizo.
--No muevas tanto ruido! --dijo Sikes cerrando la puerta con los cerrojos
--Alumbra Tobias!
--Ah! Eres tu compadre? --repuso la misma voz --Barney enciende la vela!
Oyes Barney? Despavilate y acompaña al caballero! No puedes?
El individuo que hablaba arrojó sin duda un calzador á la cabeza de
aquel á quien se dirigia, porque se oyó el ruido de algo de madera que
cayó pesadamente sobre el piso: á cual ruido se siguió un gruñido
como de hombre medio dormido.
--Me oyes? --gritó la misma voz --Guillermo Sikes está en el pasadizo y
no hay nadie para recibirle, mientras que tu te estás ahí durmiendo
como si hubieras tomado -láudano- en la cena! Te encuentras ya mas agil,
ó será preciso que te tire el candelero á las orejas para dispertarle
del todo?
Apenas fueron pronunciadas estas palabras cuando se oyó un roce de
zapatos en el suelo y se vió de pronto un débil resplandor que salia
por la puerta de la derecha, luego al mismo individuo que tenemos
descrito como hablando con la nariz y llenando las funciones de mozo en
la taberna de Saffron-Hille.
--Señor Sikes! --esclamó Barney con una alegria real ó fingida
--Tomaos la pena de entrar.
--Ea pasa tu el primero! --dijo Sikes á Oliverio --Mas vivo ó te piso
los talones!
Lanzando una imprecacion contra la lentitud del niño, lo empujó
bruscamente y entraron en una salita obscura y llena de humo, cuyo
mueblaje consistia en dos ó tres sillas rotas, una mala mesa y un sofá,
sobre el cual estaba un hombre tendido con los piés mas altos que la
cabeza y teniendo una pipa de barro en la boca. Vestia una casaca color
de tabaco de rapé cortada á la última moda con gruesos botones de
cobre, un chaleco de flores de un color vivo, un pantalon de paño moreno
y una corbata amarillo-naranja.
El señor Crachit (porque era él.) no tenia gran cantidad de cabellos;
pero los que poseia, eran de un tinte rojo y le caian en largos
tirabuzones, entre los que pasaba de vez en cuando sus dedos huesosos
adornados con gruesos anillos falsos. Era de un poco mas de mediana talla
y tenia las piernas algo flacas; pero esta circunstancia no disminuia en
lo mas mínimo su admiracion por sus botas que contemplaba con la mayor
satisfaccion.
--Ola compadre! --dijo volviendo la cabeza hácia la puerta --Me alegro
de verte . . . Empezaba ya á temer que no hubieras renunciado á la
empresa y en tal caso me hubiera aventurado á llevarla á cabo yo solo.
Ola! --esclamó con sorpresa viendo á Oliverio --Quién es este?
--Es el pequeñuelo! --contestó Sikes acercando su silla al fuego.
--De Fagin he? --repitió Tobias mirando á Oliverio --Lindo cráneo . . .
promete para las faltriqueras de las viejas -ladis- en las iglesias . . .
Tiene una -pelota- que augura gran fortuna!
--Basta, basta ya! --prorumpió Sikes con impaciencia, é inclinándose
al oido de su amigo le dijo en voz baja algunas palabras que excitaron su
hilaridad y le hicieron mirar á Oliverio con una atencion mezclada de
curiosidad.
--Ahora --dijo Sikes volviéndose á sentar --si tuvierais algo que
darnos para comer y beber mientras esperamos, nos daria algun ánimo, á
mi al menos. Siéntate aquí cerca el fuego mocito y descansa, porque aun
tienes que salir con nosotros esta noche, si bien no para ir muy lejos!
Oliverio lanzó una mirada temerosa y acercando al fuego un taburete se
sentó en él, apoyando su cabeza ardiente sobre sus manos y no
pudiéndose dar razon de donde estaba y lo que iba á ser de él.
Despues de una cena bastante modesta; pero en la que se bebió mucho al
buen éxito de la empresa, lo bandidos se durmieron. Oliverio amodorrado
en el rincon de la chimenea creia estar aun rodando al través de las
callejuelas, cuando fué desvelado por Tobias Crachit que se levantó
gritando que eran ya la una y media.
En un instante los otros dos estuvieron en pié y cada uno se ocupó en
los preparativos de la marcha. Sikes y su compañero, abrocharon sus
redingotes mientras que Barney abriendo un armario, sacó de él muchos
objetos que metió de prisa en sus bolsillos.
--Mis -parlanchinas-? --dijo Tobias Crachit.
--Ahí las teneis. --contestó Barney mostrando un par de pistolas --Las
habeis cargado vos mismo.
--Está bien! --repuso el otro poniéndolas sobre la mesa --Los
-persuasivos-?
--Yo los tengo. --contestó Sikes.
--Lan ganzúas, escoplos, linternas sordas, máscaras . . . no se han
olvidado? --preguntó Tobias sujetando por medio de un cinturon una
pequeña alza-prima de hierro debajo los faldones de su casaca.
--Tenemos todo lo necesario. --contestó su compañero --Barney trae esos
palillos que están ahí! Al avio!
Esto diciendo tomó un enorme garrote de manos de este, quien habiendo
entregado el otro á Tobias, se puso á abrochar la chaqueta de Oliverio.
--Ahora dame la mano. --dijo Sikes.
Oliverio aturdido á la vez por una marcha desacostumbrada, por el frio
de la noche y por el licor que le habian obligado á beber, dió
maquinalmente su mano á Sikes.
--Cójele la otra Tobias. --dijo Sikes --Tu Barney pon un momento el ojo
alerta!
Este fué á entreabrir la puerta y volvió diciendo que por afuera todo
estaba tranquilo. Los dos bandidos salieron con Oliverio entre ellos y
Barney habiendo cerrado otra vez la puerta con los cerrojos, se arropó y
volvió pronto á dormirse.
La obscuridad era completa; la niebla mucho mas espesa que al empezar la
noche. La atmósfera estaba tan húmeda, que si bien no llovia los
cabellos y las cejas de Oliverio quedaron mojados en menos de un
instante. Pasaron el puente y parecieron dirijirse hácia las luces que
antes habia visto. No estaban ya lejos de ellas y como marchaban muy
aprisa pronto llegaron á Chertsey.
--Atravesarémos la poblacion! --dijo Sikes en voz baja --A esta hora no
hay nadie en las calles.
Tobias accedió en ello y enfilaron la calle mayor, que en hora tan
adelantada de la noche estaba del todo desierta. Una luz debil aparecia
acá y acullá en algunas ventanas y el ladrido de los perros
interrumpió de vez en cuando el silencio de la noche. Cuando hubieron
pasado las últimas casas sonaron las dos en el reló de la Iglesia.
Entonces doblando el paso tomaron un camino á la derecha y despues de
cerca cinco minutos de marcha se pararon frente de una casa aislada,
rodeada de un muro, al que en un abrir y cerrar de ojos se encaramó
Tobias.
--Pronto; el niño! --dijo --Hízamelo . . yo lo recibiré!
Antes que Oliverio tuviera el placer de dar un suspiro de desahogo, Sikes
lo habia cojido por debajo el brazo y en el propio momento Tobias y él
estaban sobre el prado del otro lado. Sikes no tardó en seguirles y se
dirijieron hácia la casa.
Esta fué la primera vez que Oliverio casi loco de tristeza y de
angustia, comprendió que el robo y la fractura (sino el asesinato) eran
el objeto de su espedicion. Plegó las manos involuntariamente y lanzó
un grito de terror; sus ojos se nublaron, un sudor frio corrió por todo
su cuerpo, las piernas le flaquearon y cayó de rodillas.
--Levántate! --refunfuñó Sikes trémulo de cólera y sacando la
pistola de su faltriquera --Levántate ó te hago saltar la tapa de los
sesos!
--Oh! por el amor de Dios dejadme ir! --esclamó Oliverio --Dejadme
marchar y morir en medio de los campos! Jamás me acercaré á Lóndres!
jamás, jamás! Oh! os lo suplico! tened piedad de mi y no me obligueis
á robar! Por el amor de todos los santos que están en el cielo; tened
piedad de mi!
El hombre á quien fué dirijida esta súplica arrojó un juramento
horrible, habia amartillado su pistola . . . cuando Tobias
arrancándosela, puso su mano sobre la boca del niño y lo arrastró
hácia la casa.
--Cállate --le dijo --porque de nada te servirán los gritos! Si
pronuncias una sola palabra mas, yo mismo te despacho por un garrotazo en
la cabeza! Esto tiene la ventaja de no meter ruido y es mas seguro y mas
gentil . . . Ea Guillermo! Hunde el postigo . . . Yo respondo del vicho
. . . A otros mas audaces que él les he visto á su edad hacer lo mismo
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