despejado y risueño. La crísis de la enfermedad habia pasado, estaba ya
fuera de peligro y pertenecia aun á este mundo. En menos de tres dias se
halló capaz para sentarse en un sillon reclinado sobre almohadas y como
estaba aun demasiado débil para poder andar, la señora Bedwin lo habia
bajado á su propio aposento donde se sentaba á su lado frente el hogar
y encantada á lo sumo de una mejoría tan notable, derramaba lágrimas
de ternura.
--No hagais caso queridito; esto es á pesar mio --dijo --Caramba! Ahora
ya pasó aquello y yo me encuentro del todo aliviada!
--En verdad señora sois muy buena para mi. --dijo Oliverio.
--Está bien amiguito! no hablemos mas de ello. Nada tiene que ver con
vuestro caldo y es ya hora de que lo tomeis, porque el doctor dice que
Mr. Brownlow podria venir á visitaros esta mañana y es necesario que
nosotros estemos sobre nuestros -cuarenta y ocho- pues que cuanto mejor
aspecto tengamos mas estará él contento.
Esto diciendo la buena señora hizo calentar en una caserola una porcion
de un caldo bastante fuerte; capaz reducido á la fuerza señalada en las
casas de Caridad, para suministrar una opípara comida á trescientos
pobres por lo menos.
--Os gustan los cuadros amigo mio? --preguntó la buena señora viendo
que Oliverio tenia los ojos fijos con una atencion particular sobre un
retrato colgado en la pared justamente frente de él.
--No podria decíroslo señora! --respondió éste sin apartar la vista
del retrato --He visto tan pocos que á la verdad no sé . . . Que
semblante tan dulce y tan bello tiene esa señora!
--Ah! --dijo la anciana --Los pintores hacen siempre á las mugeres mas
hermosas de le que son; de otro modo hijo mio no tendrian parroquianos.
El que ha inventado la máquina para reproducir fisonomías por obra de
la sola naturaleza, el buen Monsieur Daguerre hubiera debido saber que
ella no tendria écsito! Hay demasiada fidelidad; demasiada! --repuso
riéndose de todo corazon por la malicia con que habia dicho esto.
--Esa pintura se parece á alguno? --preguntó Oliverio.
--Si. --contestó la buena señora levantando los ojos un instante --Es
lo que se llama un retrato.
--De quien? --volvió á preguntar el niño con curiosidad.
--Ah! eso es lo que no podré deciros amiguito! --repuse ella con aire
jovial --Probablemente (al menos que yo sepa) será de alguno que ni vos
ni yo conocemos. --Parece que es complaceis en mirarlo queridito?
--Es tan hermoso! tan bello!
--Creo que no as dará miedo he? --dijo la buena señora sorprendida del
aire de respeto con que el niño miraba el retrato.
--Oh! no seguramente! --respondió este con prontitud --Pero la mirada de
esa señora se me presenta tan triste desde este sitio! Parece que se
dirije á mi! Esto me hace latir el corazon como si estuviera animado
--prosiguió con tono mas bajo --y como si quisiera hablarme y no pudiera.
--Bendito seais de Dios! --esclamó la buena señora estremeciéndose
--Niño no hableis así! Despues de la enfermedad que acabais de pasar
estais débil y nervioso; dejad que vuelva vuestro sillon del otro lado y
entonces no veréis esto. --dijo juntando la accion á la palabra --Ahora
al menos ya no podeis verlo!
Oliverio lo veia en su imaginacion tan perfectamente como si no se le
hubiere movido de sitio; pero pensó que haria mejor en no enfadar á la
buena señora y así sonrió graciosamente cuando ella le miró. La
Señora Bedwin por su parte contenta de ver que se encontraba mas á
satisfaccion, echó sal á su caldo y puso en el pequeñas cortezas de
pan tostado con todo el aparato conveniente á un preparativo tan
solemne. El lo despachó con una prontitud extraordinaria y apenas habia
tragado la última cucharada cuando llamaron suavemente á la puerta.
--Entrad! --dijo la buena señora.
--Mr. Brownlow (porque era él) entró tan listo como le fué posible;
pero no bien hubo levantado sus anteojos sobre su frente y puesto sus
manos trás su bata para examinar mejor á Oliverio, cuando su fisonomía
cambió varias veces de espresion, haciendo muchas contorciones tan
grotescas las unas como las otras. Oliverio débil por la enfermedad,
hacia por respecto á su bienhechor esfuerzos inútiles para ponerse en
pié cayendo siempre otra vez en el sillon y Mr. Brownlow que de toda
verdad era mas sensible que media docena de hombres de su calibre, no
pudo contener las lágrimas que se escaparon de sus ojos como por medio
de un proceder hidráulico, que nosotros no nos croemos bastante
filósofos para poder esplicar.
--Pobre niño! pobre niño! --dijo esforzando su voz --Señora Bedwin;
esta mañana estoy un poco ronco; temo haber cojido un resfriado.
--No digais tal cosa señor. --repuse esta. --Toda la ropa blanca que os
he entregado estaba muy soca.
--No sé Bedwin; no se que diga --prosiguió Mr. Brownlow --pero me
parece que la servilleta que me disteis ayer en la comida estaba algo
húmeda. Pero no importa! Como os encontrais amigo mio?
--Muy feliz señor --respondió Oliverio --y muy reconocido á vuestras
bondades para conmigo.
--Niño encantador! --dijo Mr. Brownlow repuesto de su emocion. --Señora
Bedwin; le habeis dado algun alimento? Algunos caldos he?
--Acaba de tomar una píldora de excelente gelatina --respondió la
Señora Bedwin irguiéndose de toda su altura y prenunciando estas
últimas palabras con énfasis para dar á entender que entre un caldo y
una gelatina no habia la menor relacion.
--Puha! --hizo Mr. Brownlow encojiéndose de hombros. --Dos ó tres vasos
de vino de Oporto le hubieran hecho mas bien ¿no es cierto Tomás White?
--Yo me llamo Oliverio. Señor! --contestó el jóven convaleciente con
asombro.
--Oliverio! --dijo Mr. Brownlow --Oliverio que? Oliverio White he?
--No señor. Twist; Oliverio Twist.
--Picaro de nombre! --dijo el anciano --¿Porque dijisteis al juez que os
llamabais White?
--Jamás le dije tal cosa señor! --respondió Oliverio con mayor asombro.
Esto se parecia tanto á una mentira, que el anciano no pudo menos de
mirar fijamente á Oliverio. Era imposible no creerle; el sello de la
verdad estaba impreso sobre todos los rasgos finos y delicados de su
fisonomía.
--Esto será sin duda un error! --dijo Mr. Brownlow y aunque no tenia
motivo para examinar á Oliverio, la idea de semejanza entre sus
facciones y algun rostro que le era conocido le preocupaba de tal modo
que no podia apartar la vista de él.
--No estais enfadado conmigo no es cierto señor? --dijo Oliverio con una
mirada suplicante.
--No, no! --respondió Mr. Brownlow. --Por vida de . . . mirad Bedwin
mirad allí.
Mientras esto decia comparaba con el dedo el retrato y el rostro del
niño. Habia entre ellos una semejanza completa. Los ojos, la boca, la
espresion y la forma de la cabeza eran absolutamente las mismas. Los
rasgos de la fisonomía eran tan iguales en este momento que las menores
líneas parecian copiadas en él con una exactitud que no tenia nada de
terrestre.
Oliverio ignoró la causa de aquella esclamacion súbita, porque estaba
tan débil que no pudo suportar el estremecimiento que le produjo y se
desmayó.
CAPÍTULO XIII.
COMO POR MEDIO DEL VIEJO CHISTOSO EL LECTOR INSTRUIDO VA Á ADQUIRIR
RELACIONES CON UN NUEVO PERSONAGE. --PARTICULARIDADES Y HECHOS
INTERESANTES PERTENECIENTES A ESTA HISTORIA.
CUANDO el Camastron y su digno amigo maese Bates se juntaron á los que
persiguian á Oliverio despues de su atentado á la propiedad de Mr.
Brownlow, obraban por interés propio porque como la libertad individual
es el primer derecho de que se envanece un inglés de raza pura, no tengo
necesidad de demostrar al lector que esta accion debia ensalzarles á la
vista de todo buen patriota.
Solo despues de haber recorrido un laberinto de callejones, nuestros dos
muchachos se detuvieron de comun acuerdo bajo una bóveda baja y
sombría. Habiendo permanecido en ella y en silencio el tiempo preciso
para cobrar aliento, maese Bates dió un grito de satisfaccion y de
alegria y arrancando una estrepitosa carcajada se dejó caer en el lindar
de una puerta para desahogarse á discrecion.
--Que . . . que es esto? --preguntó el Camastron.
--Ah! ah! ah! --hizo Cárlos.
--Te callarás? --prosiguió el Camastron mirando á su alrededor con
precaucion. --Tienes ganas de que nos -pellizquen- animal!
--Ello es mas fuerte que yo. --dijo Cárlos --No puedo impedirlo. Me
parece que lo estoy viendo correr y pegar de narices en las esquinas de
las calles y luego como si fuera de piedra como ellas volver á picar con
los talones las espaldas de un modo tan gracioso y yo con el -pingajo- en
mi faltriquera gritando tras él como los otros: Ah! ah! ah! . . que
chistoso!
La imaginacion activa de maese Bates le representaba la escena con
colores demasiado vivos, pues al llegar á este punto de su discurso se
revolcó sobre el lindar de la puerta y arreció su risa de un modo
aturrullador.
--Que vá á decir Fagin? --preguntó el Camastron aprovechándose de un
instante en que su amigo no podiendo mas guardó silencio.
--Que? --reposo Cárlos.
--Si; que! --dijo el Camastron.
--Caramba! --esclamo Cárlos, un tanto afectado del modo con que el
Camastron hizo esta observacion: --¿y que puede decir?
El Camastron á guisa de respuesta se divertió silvando, luego
quitándose el sombrero se rascó la cabeza haciendo dos ó tres muecas.
--No te comprendo. --dijo Cárlos.
--Tara ri ra la . . . -la tia Miguela ha perdido su- . . . --moduló el
Camastron con aire truanesco.
Esto era esplicativo; pero no satisfactorio. Maese Bates lo comprendió
así y preguntó á su amigo que es lo que queria decir.
El Camastron no respondió; pero dan lo una rápida cabezada para volver
el sombrero á su sitio y pasando por sobre sus codos los largos faldones
de su casaca, se hizo un bulto en la meg illa con su lengua, se dió
algunos capirotazos en la nariz con un aire familiar el mas espresivo y
haciendo una pirueta se precipitó dentro la entrada. Maese Bates le
siguió con ademan pensativo. El ruido de sus pasos en la vieja escalera
llamó la atencion del judío sentado en este momento ante el hogar con
una salsicha y un panecillo en su mano izquierda, un cuchillo en su
derecha y un jarro de estaño sobre el taburete. Era de notar una sonrisa
innoble en sus labios descoloridos al volverse para escuchar atentamente
dirijiendo el oido hacia la puerta y lanzando una mirada salvaje por
debajo sus cejas rojas.
--Que significa? --murmuró cambiando de espresion. --No son mas que des
ahora! Donde está el tercero? Les habrá sucedido algo? Escuchemos!
Los pasos se oyeron mas distintamente. Los dos -caballeritos- llegaron á
la maseta, la puerta re abrió suavemente y volvió á cerrarse tras de
ellos.
--Dónde está Oliverio? --prorumpió el judío con furia --Qué habeis
hecho de él?
Los dos pilluelos se miraron uno á otro perturbados como si temieran la
cólera del viejo; pero se callaron.
--Qué ha sido de Oliverio? --dijo el judío cojiendo al Camastron por la
garganta y amenazándole con imprecaciones horribles. --Habla ó te
estrangulo! Hablarás? --clamó con voz de trueno y sacudiéndole con
fuerza.
--Canario! Ha sido pellizcado y nada mas. --dijo al fin el Camastron con
tono áspero --Vaya, dejadme ya! --continuó y de un solo empujo
desprendiéndose de su casaca que quedó entre las manos del judío,
cojió la aguja del azador y asestó al chaleco del viejo chistoso tal
bote que si lo alcanza le hubiera privado de sus gracias al menos por
seis semanas sino por dos meses.
El judío en tai percance retrocedió con mas ligereza de la que era de
esperar en un hombre de su edad y apoderándose del jarro de estaño se
preparaba para arrojarlo á la cabeza de su adversario, cuando Cárlos
Bates llamando en este momento su atencion por un ahullido espantoso
cambió el destino del jarro y Fagin lo arrojó lleno de cerveza á la
cabeza de este último.
--Ea! Que diablos pasa ahora aquí? --murmuró una voz gruesa --Quién me
ha tirado esto á la cara? Puede darse por muy feliz que haya recibido
solo la cerveza y no el jarro, pues de otro modo hubiera hecho mi negocio
con alguno. Jamás me hubiera pasado por el magin que un viejo ladron de
judío pudiera arrojar otra cosa que agua . . . Que significa todo esto
Fagin? El diablo me lleve si mi corbata no está llena de cerveza . . .
Vén acá tu . . . Que tienes que hacer pegado á esa puerta? Como si
debieras avergonzarte de tu amo!
El hombre que refunfuñó estas palabras era un moceton de treinta y
cinco años poco ó menos, vestido con un redingote de terciopelo de
algodon negro, unos calzones de paño burdo muy estropeados, borcejies y
medias de algodon gris que cubrian unas piernas macisas adornadas por
gruesas pantorrillas; piernas en fin de aquellas á quienes parece faltar
algo sino van guarnecidas de grilletes.
--Ven acá ¿lo entiendes? --dijo con acento nada lisongero.
Un perro blanco de pelo largo y sucio y con la cabeza llena de cicatrices
entró arrastrándose en el aposento.
--Os haceis rogar mucho! --continuó el hombre --Os costaba acaso
reconocerme en medio de tan honrada compañía? Acostaos alli!
Esta órden fué acompañada de un puntapié que envió al animal al otro
estremo del aposento.
--De que proviene pues esa batalla? Viejo ladronazo ¿porque maltratais
á los muchachos? --dijo el hombre sentándose con mucha prosopopeya.
--Me estraño que no os hayan asesinado. Si fuera yo de ellos lo haria.
Si hubiera sido vuestro aprendiz largo tiempo ya que esto estaria hecho y
que . . . pero no, no hubiera podido sacar un sueldo de vuestra piel,
porque no sois bueno mas que para meteros en una botella para enseñaros
como un fenómeno de fealdad y creo que no se soplan de bastante grandes
para conteneros.
--Silencio! Silencio Señor Sikes! --dijo el judío tembloroso --No
hableis tan alto.
--Si os place no tantos cocos --prosiguió el bandido --llamándome
-Señor-. Comprendo donde quereis ir á parar cuando tomais ese tono; á
nadie bueno por cierto. Llamadme por mi nombre, le teneis muy conocido.
No creais que lo deshonre cuando llegue mi hora!
--Está bien; está bien Guillermo! --dijo el judío, con abyecta
humildad --Parece que estais de mal humor?
--Pueda que si. --replicó Sikes --Tambien á mi se me figura que vos no
estais de buen temple cuando os ocupais en arrojar jarros de estaño á
la cabeza de las gentes, á menos que vuestra intencion no sea hacerles
mas daño que cuando los denunciais y cuando . . .
--Habeis perdido la cabeza? --dijo el judío tomando al otro por la mano
y señalándole con el dedo á los muchachos.
Sikes por toda respuesta hizo ademan de pasar un nudo corredizo al
rededor del cuello y dejó caer la cabeza sacudiéndola sobre la espalda
derecha; pantomina que el judío pareció comprender perfectamente. Luego
en términos de -caló- de que su conversacion estaba llena; pero que es
inútil trasladar aquí porque no serian comprendidos, pidió un vaso de
licor.
--Espero que no le echaréis veneno! --dijo poniendo su sombrero sobre la
mesa.
Esto fué dicho con tono de broma; pero si él hubiera podido ver la
sonrisa amarga con que el judío se mordió el labio al dirijirse hacia
el armario, hubiera pensado que la precaucion no era del todo inútil ó
que el deseo de practicarse en el arte del destilador no estaba lejos en
aquel momento del corazon del -chistoso- viejo.
Despues de haber tragado dos ó tres vasos de licores, Sikes se dignó
fijar su atencion en los dos -jóvenes caballeros-, condescendencia por
su parte que llevó á una conversacion en la que la causa del arresto de
Oliverio fué relatada con tales detalles y comentarios que el Camastron
juzgó conveniente obrar segun las circunstancias.
--Tengo mucho miedo de que nos haga un flaco servicio si llega á
-bachillerear-.
--Es muy posible. --repuso Sikes con una sonrisa maligna. --Fagin vos
estais hecho un -ascua-.
--Tambien tengo mucho miedo --prosiguió el judío mirando al otro
fijamente y sin dar muestra de haber parado la atencion en la -chufleta-
que acababa de lanzar --tengo mucho miedo de que si el -pastel- se
descubre para mi, no lo sea tambien para muchos otros y esto querido
Sikes tendria -maldita la gracia- mas para vos que para mi.
--Es preciso que alguno vaya á saber lo que ha pasado en el tribunal de
policía. --dijo Sikes con tono mas bajo del que habia usado á su
llegada.
El judío hizo una señal de aprobacion.
--Sino ha -garlado- y está en la prision no hay peligro hasta que salga
de ella --repuso Sikes --y entonces será necesario no perderle de vista.
Es preciso poner manos á la obra de un modo á otro.
El judio hizo una nueva señal de cabeza aprobativa.
La prudencia de este plan de conducta era evidente sin duda alguna; pero
desgraciadamente obstaba un grande impedimento para ponerlo en ejecucion.
Fué el caso que él Camastron, Cárlos, Fagin y el mismo Sikes afirmaron
cabalmente á una, que tenian la mas grande antipatia en acercarse á un
tribunal de policía por cualquier causa y pretexto que fuera.
Difícil seria calcular cuanto tiempo hubieran podido estarse mirando uno
á otro en un estado de incertidumbre nada agradable. Además tampoco es
necesario formar ninguna conjetura sobre este punto porque la entrada
repentina de dos -señoritas- que Oliverio habia visto ya la primera
noche de su llegada al domicilio del judío reanimó la conversacion.
--Ya está resuelta la dificultad! --dijo Fagin --Betty irá. ¿No es
cierto querida?
--Dónde? --preguntó esta.
--No mas que hasta el tribunal de policía. --contestó el judío con
tono dulce.
Es preciso hacer justicia á la jóven diciendo que positivamente no
rehusó; pero que expuso sencillamente el deseo de -darse al diablo-
antes que ir allá; excusa honesta y delicada que prueba que la
-señorita- estaba dotada de esa cortesia natural que no permite afligir
á su semejante con una negativa formal.
El judío un si es ó no es desconcertado por la respuesta de esa
-Señorita- que iba -graciosamente- (por no decir -magnificamente-)
engalanada con un vestido colorado, botitas verdes y rizos rubios, se
dirijió á la otra.
--Querida Nancy que dices á esto? --preguntó con aire melifluo.
--Que no me va ni me viene --respondió Nancy --y así que no vale la
pena de dirigirse á mi.
--Que quieres decir con eso? --dijo Sikes levantando bruscamente la
cabeza.
--Lo que digo Guillermo. --replicó la jóven con la mayor sangre fria.
--Porqué? --añadió Sikes --Tu eres justamente la persona que nos
conviene; nadie te conoce en aquel barrio.
--Per eso no tengo ningunas ganas de que me conozcan. --continuó Nancy
en el mismo tono.
--Ella irá Fagin. --dijo Sikes.
--No; ella no irá Fagin! --esclamó Nancy.
--Os digo que ella irá Fagin! --replicó Sikes.
Este tenia razon; á fuerza de amenazas, de promesas y de dadivas
alternadas, la -Señorita- en cuestion se dejó persuadir al fin. No
militaban para ella las mismas consideraciones que retenian á su amable
amiga; habiendo poco que habia dejado el barrio de -Ratcliffe- para venir
ha habitar el cuartel de -Field-Lane- que le es del todo opuesto no habia
miedo de que fuera reconocida por ninguno de sus numerosos conocidos.
De consiguiente habiéndose puesto un delantal blanco y escondido sus
rizos dentro un gorro de paja (dos artículos de adorno sacados del
almacen inagotable del judío.) Nancy se dispuso para llenar su comision.
--Espera un momento querida. --dijo el judio trayendo una cesta pequeña
con tapadera --Toma esto que infunde un aspecto mas respetable.
--Fagin dadle tambien una llave gruesa para llevarla en la otra mano.
--dijo Sikes --Asi se parecerá mas á una cocinera que vá al mercado.
--Es muy cierto por vida mia! --repuso el judío pasando una gruesa llave
por el index de la mano derecha de la jóven. --Ah! ah! Esto es!
--continuó frotándose las manos.
--Oh! hermano! querido hermano! hermanito de mi alma! --esclamó Nancy
fingiendo dolor y retorciéndose las manos en señal de desesperacion
--¿Qué ha sido de él? Donde lo han llevado? Ah! por misericordia,
decidme señores ¿que se ha hecho este niño? os lo suplico señores!
decídmelo!
Habiendo pronunciado estas palabras en el tono mas lastimoso con gran
satisfaccion de sus oyentes, Nancy se calló, lanzó una mirada á la
compañía, dirigió una sonrisa de inteligencia á cada uno y
desapareció.
--Ah! Es una muchacha muy diestra hijos mios! --dijo el judío sacudiendo
la cabeza con ademán grave como una muda advertencia de seguir el
-ilustre- ejemplo que acababan de tener ante sus ojos.
--Es la gloria y el honor de su -sesco- --añadió Sikes llenando su vaso
y dando un golpe sobre la mesa con su puño enorme --A su salud! Quiera
Dios que todas las mugeres se le parezcan!
Mientras que en su ausencia se hacia de ella tal elogio, la incomparable
jóven se dirijia ligera hácia el tribunal de policía donde llegó al
cabo de poco tiempo con toda seguridad á pesar de la timidez natural en
su secso de andar solo por las calles.
Entrando por la parte trasera del edificio, llamó suavemente con su
llave á la puerta de una de las celdillas y puso el oido atento; como no
oyó ningun ruido dentro, tosió, escuchó otra vez y viendo que nadie la
respondia dijo con tono dulce:
--Oliverio! Oliverio! amigo mio!
--Quien está ahí? --respondió desde el interior una voz débil y
desmayada.
--No hay aquí un muchacho? --preguntó Nancy suspirando.
--No! --replicó la misma voz --Que Dios le libre de ello!
Como ninguno de los presos respondió al nombre de Oliverio, ni pudo dar
razon de él, Nancy se dirijió en derechura al carcelero (el mismo
gordinflon con chaleco rayado de que se ha hablado ya) y con lamentos y
gritos que hizo todavia mas dignos de lástima agitando su cesta y su
llave, pidió á su hermano adorado.
--No está aquí querida! --dijo aquel.
--Donde se halla? --preguntó con acento estraviado.
--El caballero se lo ha llevado.
--Que caballero? Oh! Dios mio! que caballero?
En contestacion á esas preguntas incoherentes el Carcelero relató á la
buena -hermana- afligida, que habiéndose desmayado Oliverio en el
despacho del magistrado y presentándose luego un testigo que probó
haber sido cometido el hurto por otro niño, habia sido absuelto y
llevado por el querellante á su domicilio situado en algun sitio allá
por el lado de Pentonille segun la direccion que el susodicho querellante
habia dado al cochero en el acto de subir al fiacre.
Poseida por él terror de la duda y de la incertidumbre la bella
exploradora se retiró tambaleándose; pero apenas hubo pasado el lindar
de la puerta volviendo á tomar su paso firme y seguro se dirijió muy de
prisa á la habitacion del judío por el camino mas largo é intrincado.
No bien Guillermo Sikes tuvo conocimiento del resultado de las pesquisas
de Nancy, llamó á su perro bruscamente y poniéndose el sombrero se
fué sin despedirse de la compañía.
--Hijos mios! Es preciso que averigüemos donde se halla; es preciso que
lo encontremos! --dijo el judío sumamente turbado --Cárlos! no hagas
otra cosa mas que ir en su busca hasta que nos traigas noticias suyas.
Nancy, querida mia! De todos modos es necesario que yo le encuentre! Para
ello cuento contigo querida; contigo y con al Camastron.
--Esperad! esperad! --añadió abriendo los cajones de la cómoda con
mano trémula --Tomad este dinero amigos! --Esto diciendo los empujó
fuera del aposento y cerrando cuidadosamente la puerta con los cerrojos y
la llave, sacó de su escondrijo la caja que á pesar suyo habia puesto
á la vista de Oliverio y ocultó todos los relojes y joyas entre sus
vestidos.
CAPÍTULO XIV.
DETALLES REFERENTES Á LA PERMANENCIA DE OLIVERIO EN CASA MR. BROWNLOW.
--PREDICCION NOTABLE DE UN CIERTO MR. GRIMWIG CON MOTIVO DE UN MENSAGE
CONFIADO AL NIÑO.
OLIVERIO volvió pronto del desmayo que le habia causado la exclamacion
brusca de Mr. Brownlow, y habiéndose evitado con cuidado todo lo
perteneciente al retrato, como tambien lo que podia tener referencia á
la historie ó al porvenir del niño la conversacion versó sobre cosas
capaces de alegrarle sin excitar su sensibilidad. Estaba aun demasiado
débil para poderse levantar á la hora del almuerzo; pero la mañana
siguiente cuando bajó al aposento del ama de llaves su primer cuidado
fué lanzar una mirada á la pared esperando volver á ver el rostro de
la bella señora.
--Ah! --esclamó el ama de llaves siguiendo con su vista la mirada de
Oliverio. --Ya lo veis; se afufó.
--Si lo veo señora! --respondió Oliverio suspirando --¿Porqué lo han
quitado de allí?
--Lo han bajado al salon hijo mio; porque Mr. Brownlow, dice que la vista
de ese retrato os hace daño sin duda y esto podria retardar vuestro
restablecimiento.
--Oh! que no señora! Os aseguro que no me hacia ningun daño; tenia
tanto placer en verle!
--Está bien! está; bien! --dijo el ama con acento jovial --Restableceos
lo mas pronto que podais y se le volverá á su sitio; yo os lo aseguro!
Ahora hablemos de otra cosa.
Esto es todo lo que Oliverio pudo saber por esta vez del cuadro
misterioso y la anciana que se habia manifestado tan buena para él
durante su enfermedad, procuró trasladar la atencion á otro objeto y de
consiguiente le espetó algunas noticias respecto á su hija; una buena
moza á fé mia casada con un bravo muchacho habitando ambos en
provincia, cuales noticias aquel escuchaba con oido atento.
Mr. Brownlow mandó comprarle un traje nuevo -y- le dejó en libertad de
disponer á su gusto de sus viejos harapos. El los dió á un criado que
el mismo dia los vendió á un judío ropavejero.
Una tarde despues de algunos dias despues de la aventura del retrato,
estando Oliverio hablando con la señora Bedwin M. Brownlow envió
recado, que si aquel se sentia bien tuviera la bondad de pasar á su
gabinete para hablarle un instante.
--Vírgen de Dios madre! --esclamó la Señora Bedwin --Lavaos pronto las
manos y venid luego á que os arregle un poco el cabello! Dios mio! Dios
mio! Si hubiese podido preveer eso, os hubiera puesto un cuello blanco
haciéndoos un ramito de flores.
Oliverio obedeciendo á la buena señora se lavó las manos y aunque esta
se plañia mucho de no tener siquiera el tiempo de plegar la pequeña
gorguera de su jóven protegido, tenia con todo tan buen aspecto que no
pudo menos de decir mirándole de la cabeza á los piés que realmente no
sabia si le hubiera sido posible operar en el mayor cambio en mejora aun
que hubiese estado prevenida desde mucho tiempo antes.
Oliverio animado por estas lisonjas de la buena señora, entró en el
gabinete de Mr. Brownlow despues de haber llamado suavemente á la
puerta. Este era una hermosa piezecita llena de libros y mirando á
soberbios jardines. El anciano estaba sentado ante una mesa con un tomo
en la mano. Al ver á Oliverio dejó el libro sobre la mesa y le dijo
viniera á sentarse cerca de él.
Mr. Brownlow tomando un tono mas dulce pero sin embargo mas serio dijo:
--Amigo mio! En este momento necesito que pongais atencion á lo que voy
á deciros. Os hablaré con el corazon abierto persuadido como estoy de
que sois mas capaz de comprenderme que muchas personas de mas edad que
vos.
--Oh! no hableis de alejarme señor; os lo ruego! --esclamó el niño
aterrorizado por el tono con que Mr. Brownlow pronunció este exordio.
--No me expongais á divagar de nuevo por las calles! Guardadme aqui como
criado! No me volvais al horrible sitio de que he venido! Caballero! Os
suplico que tengais piedad de un pobre niño!
--Querido Oliverio! --dijo el anciano afectado por el acento con que
aquel hizo ese llamamiento súbito á la sensibilidad --No temais que os
abandone mientras no me dais motivo para ello.
--Jamás caballero! Jamás; os lo aseguro! --replicó Oliverio.
--Tengo razones para creerlo --repuso á su vez el anciano --y asi lo
espero. Es verdad que antes de ahora he sido engañado por personas á
quienes queria hacer bien; pero á pesar de ello estoy dispuesto á
dispensaros mi confianza y me intereso por vos mas de lo que yo mismo
puedo darme razon. Los que han poseido mi efecto mas tierno, descansan en
paz en la tumba y á pesar de que la alegria y la felicidad de mi vida
las han seguido, no he hecho de mi corazon un ataud, ni lo he cerrado
para siempre á las emociones mas dulces. Una afliccion profunda no ha
hecho mas que volverlas mas fuertes y asi debe ser porque ella depura
nuestro corazon! Vaya, vaya. --prosiguió con aire jovial. --Esto lo digo
porque vos teneis un pecho jóven y subiendo que yo he tenido grandes
tristezas evitareis con mas cuidado el renovarlas. Decís que sois
huérfano sin un solo amigo en lo tierra; todas las pesquizas que he
hecho sobre este punto confirman vuestras palabras; contadme vuestra
historia. De donde venis? Quien os ha educado y donde habeis encontrado
á los compañeros que he visto con vos. Decidme la verdad y si veo que
no habeis cometido ningun crímen, mientras vivais no os faltará un
amigo.
Las sollozos privaron á Oliverio de la palabra por algunos momentos;
pero al finita á contar como habia sido educado en la granja y de alli
llevado por Mr. Bumble á la Casa de Caridad, cuando retumbaron dos
aldabazos dados por una mano impaciente á la puerta de la calle y casi
al mismo tiempo una criada vino á anunciar á Mr. Grimwig.
--Sube? --preguntó Mr. Brownlow.
--Si señor. --respondió aquella. --Ha preguntado si estabais en casa y
como le he respondido que si, ha dicho que venia á tomar el thé con vos.
Mr. Brownlow se sonrió y volviéndose á Oliverio --Mr. Grimwig --dijo
--es un conocido antiguo. Es necesario no parar la atencion en sus
maneras algo bruscas; fuera de esto es un sujeto honrado y yo le estimo
sinceramente.
--Mandais que me retire Señor? --preguntó Oliverio.
--No. --contestó Mr. Brownlow --Prefiero que os quedeis.
En este momento apareció un individuo gordo cojeando de una pierna y
apoyándose en un enorme baston. Hablando tenia la costumbre de inclinar
la cabeza de un lado y volverla en espiral como hace un papagayo. En esta
postura pues y teniendo en la mano un pedazo de cascara de naranja que
enseñaba con el brazo tendido, esclamó con voz ronca y triste:
--Tened! veis esto? No es la cosa mas extraordinaria y sorprendente que
no pueda entrar en ninguna casa sin encontrar en la escalera una cáscara
de naranja! Ya una vez he sido estropeado por la cáscara de naranja y no
dudo que la cáscara de naranja será mi muerte! Si; estoy cierto de
ello: la cáscara de naranja me causará la muerte! Me -comeria la
cabeza- que la cáscara de naranja será mi muerte!
Este era el ofrecimiento con que Mr. Grimwig apoyaba todos sus asertos.
Lo mas extraordinario en este caso era que aun admitiendo (en favor del
argumento) que les progresos científicos fuesen llevados hasta el punto
de dar al hombre el poder de comerse su propia cabeza, por muy resuelto
que estuviera á ello la del susodicho caballero era tan grande que por
muy afanoso que estuviese de probar esa posibilidad física, jamás
podria prometerse el logro de tan temerario empeño en una sola comida,
aun haciendo abstraccion de una gruesa capa de polvo que la guarnecia.
---Me comeria mi cabeza-! --repitió Mr. Grimwig golpeando con su baston
sobre el pavimento y al ver á
retrocediendo dos ó tres pasos.
--Es el pequeño Oliverio Twist de quien os he hablado. --dijo Mr.
Brownlow.
Oliverio hizo un saludo.
--Acaso quereis hablarme de ese muchacho que ha tenido la fiebre?
--preguntó Mr. Grimwig retrocediendo aun mas --Esperad un poco! Nada
digais! Ah! Ya caigo! --añadió bruscamente perdiendo todo temor á la
fiebre y encantado de su descubrimiento --Este es el niño que ha comido
una naranja arrojando luego la cáscara á la escalera! Si no es el
-quiero comerme mi cabeza- y la suya por añadidura.
--No. Os engañais; no ha comido naranja --dijo sonriendo Mr. Brownlow.
--Vaya dejad alli vuestro sombrero y hablad á mi jóven amigo.
--Este es el muchacho de que me habeis hablado no es cierto? --dijo al
fin Mr. Grimwig.
--El mismo. --respondió Mr. Brownlow, haciendo á Oliverio una señal de
cabeza amistosa.
--Y bien? Muchacho, como va de salud? --repuso Mr. Grimwig.
--Mucho mejor! Os doy gracias caballero! --respondió Oliverio.
Mr. Brownlow temiendo que su exéntrico amigo no dijera algo desagradable
á su jóven protegido, suplicó á éste fuera á decir á la Señora
Bedwin que esperaban el thé, lo que el muchacho hizo con tanto mas gusto
cuanto los modales del recien llegado no le hacian mucha gracia.
--No os parece interesante ese muchacho? --preguntó Mr. Brownlow.
--No lo sé --contestó Grimwig con sequedad.
--No lo sabeis?
--No en verdad. No encuentro diferencia alguna entre los muchachos, ni
conozco de ellos mas que dos especies: los unos pálidos y endebles y los
otros colorados y gordimflones.
--Y en que categoria colocais á Oliverio?
--En la de los endebles. Uno de mis amigos tiene un grueso muchacho
mofletudo (á eso llaman un niño hermoso!) con una cabeza como un bola,
megillas rojas y ojos chispeantes; un niño horrible á fé mia, cuyo
cuerpo y miembros parecen forzar las costuras de sus vestidos y teniendo
por añadidura una voz de piloto y un apetito de lobo. Bien le conozco al
monstruo!
--Vaya! --dijo Mr. Brownlow. --Esta falta no la tiene Oliverio; con que
no puede provocar vuestra cólera.
--Es cierto que no tiene esta falta; pero puedo tener de peores.
En este momento Mr. Brownlow tosió con impaciencia lo que parecia dar
mucho gusto á Mr. Grimwig.
--Si, lo repito: --continuó este último --puede tener de peores. ¿De
donde viene? quien es? Ha tenido la fiebre! Ello que prueba? La fiebre no
es patrimonio de las gentes honradas, al menos que yo sepa. Acaso no son
los malvados los que tienen algunas veces la fiebre? He conocido en la
Jamaica á un hombre que fué ahorcado por haber asesinado á su amo;
seis veces tuvo la fiebre. Por eso no se le recomendó á la clemencia de
la corona! Puha! Hubiera sido una bestialidad!
El hecho es que Mr. Grimwig en el fondo de su corazon estaba dispuesto á
convenir en que las maneras de Oliverio abogaban en su favor; pero
dispuesto mas que nunca á contradecir estando como estaba muy exitado
por la cáscara de naranja; y como se habia metido en la cabeza que nadie
le haria confesar si un niño era bueno ó no, habia resuelto desde el
momento á combatir la opinion de su amigo.
Asi pues, cuando este hubo confesado que no podia responder
satisfactoriamente á ninguna de sus preguntas y que para interrogar á
Oliverio sobre sus antecedentes habia esperado á que este estuviera del
todo restablecido, Mr. Grimwig se sonrió maliciosamente y preguntó con
acento de mofa, si por ventura el ama de llaves tenia la costumbre de
contar la plata cada noche, de lo contrario, si una hermosa mañana no le
faltaban tres ó cuatro cubiertos -se comeria- etc. etc.
--Y cuando debeis oir la relacion fiel y circunstanciada de la
vida y aventuras de Oliverio Twist? --añadió concluyendo su thé, y
mirando al mismo tiempo de reojo á Oliverio que acababa de entrar otra
vez.
--Mañana por la mañana. --respondió Mr. Brownlow --Prefiero que esté
solo conmigo para ello. Venid á encontrarme mañana á las diez amigo
mio. --continuó dirijiéndose á Oliverio.
--Esta bien señor. --respondió este con alguna vacilacion, avergonzado
de verse el blanco de las miradas escudriñadoras de Mr. Grimwig.
--Que apostais que no viene mañana á encontraros? --dijo este último
por lo bajo al oido de Mr. Brownlow. --Le he visto vacilar; os engaña
querido.
--Juraria que no. --repuso Mr. Brownlow con calor.
--Si no os engaña --objetó el otro --quiero . . . (y el baston resonó
sobre el piso.)
--Respondería con mi vida de que el niño dice la verdad. --insistió
aquel golpeando con el puño sobre la mesa.
--Y yo con mi cabeza, que os engaña. --replicó Grimwig golpeando
tambien sobre la mesa.
--Allá lo veremos. --dijo Mr. Brownlow procurando ocultar su despecho.
--Si; allá lo veremos. --repuso Grimwig con sonrisa burlona --Allá lo
veremos!
Como si la suerte lo hubiera dispuesto á propósito, en medio de este
altercado entró la señora Bedwin trayendo un paquete de libros que
aquella misma mañana Mr. Brownlow habia comprado al mismo vendedor de
libros viejos que ha figurado ya en esta historia, el que depositó sobre
la mesa y se dispuso á salir del aposento.
--Decid al muchacho que espere Señora Bedwin. --dijo Mr. Brownlow.
--Tiene que volverse algo.
--Se ha marchado.
--Llamadle, que importa. Ese hombre no es rico y sus libros no están
pagados: tambien tiene que volverse otros.
La puerta fué abierta. Oliverio corrió por un lado y la criada por otro
mientras desde el lindar la Señora Bedwin llamaba al muchacho; pero este
estaba ya muy lejos y Oliverio y la criada volvieron sofocados sin haber
podido alcanzarle.
--Lo siento mucho. --esclamó Mr. Brownlow --hubiera querido que esos
libros hubiesen sido devueltos esta misma tarde.
--Devolvedlos por medio de Oliverio. --dijo Grimwig con malicia --Estais
seguro que los devolverá fielmente.
--Oh! si, señor! Permitid que los devuelva: os lo suplico --dijo
Oliverio --Correré todo el camino y pronto estaré de vuelta.
Mr. Brownlow iba á contestar que no debia salir fuera por lo que fuera,
cuando una mirada maligna de su viejo amigo le decidió á dejar partir
al niño, para que por un pronto regreso probase al momento á este
último la injusticia de sus sospechas, sobre ese punto al menos.
--Pues bien! Si; ireis amigo mio. --dijo Mr. Brownlow --Los libros están
sobre una silla de mi despacho; subid á buscarlos.
Oliverio ufano de poder hacerse útil, volvió con mucha diligencia los
libros debajo el brazo y esperó gorra en mano que se le esplicase lo que
debia hacer.
--Direis --añadió Mr. Brownlow mirando fijamente á Monsieur Grimwig
--direis que vais á llevar esos libros y á pagar al mismo tiempo las
cuatro libras diez chelines que debo. Ahí teneis un billete de banco de
cinco libras; debeis devolverme diez chelines.
--No estaré diez minutos --dijo Oliverio gozoso.
Al mismo tiempo metió el billete en la faltriquera de su chaleco,
abotonó la chaqueta hasta el cuello, puso los libros debajo su brazo y
habiendo hecho un saludo respetuoso salió. La Señora Bedwin le siguió
hasta la puerta de la calle dandole las señas del camino mas corto, del
nombre y de la habitacion del librero, señas que Oliverio dijo tener
perfectamente en la memoria, y habiéndole recomendado tuviera cuidado de
no resfriarse la buena señora le dejó al fin partir.
--Que Dios le bendiga! --dijo viéndole alejarse --No se porque; pero no
apruebo el que se le deje marchar de este modo.
En este momento Oliverio volvió jovialmente la cabeza é hizo un signo
gracioso antes de entrar en otra calle. La Señora Bedwin le devolvió el
saludo sonriendo, y despues de haber cerrado la puerta, se retiró á su
aposento.
--Vamos á ver. --dijo Mr. Brownlow sacando el reló de su faltriquera y
poniéndolo sobre la mesa --Dentro veinte minutos lo mas tarde estará de
vuelta! Será ya de noche.
--Estais seguro de que volverá? --preguntó Mr. Grimwig.
--Y vos no? --dijo sonriendo Mr. Brownlow.
Mr. Grimwig ya propenso á la contradiccion, se mantuvo mas firme en sus
trece al verse provocado por la sonrisa confiada de su amigo.
--No! --dijo dando un puñetazo sobre la mesa --No lo creo. Ese muchacho
lleva sobre su cuerpo un vestido nuevo flamante bajo su brazo un paquete
de libros preciosos y en su faltriquera un billete de banco de cinco
libras; irá á reunirse con sus antiguos amigos los ladrones y se
burlará de vos. Si jamás vuelve á esta casa -quiero comerme la
cabeza-! --Esto diciendo acercó su silla á la mesa y los dos amigos
esperaron en silencio teniendo su vista fija sobre el retó.
CAPÍTULO XV.
EN EL QUE SE DEMUESTRA HASTA QUE PONTO EL VIEJO JUDÍO Y LA SEÑORITA
NANCY AMABAN Á OLIVERIO.
ENTRETANTO Fagin, Sikes y Nancy disfrazada de cocinera, se habian reunido
en una taberna del barrio mas sucio de Londres y deliberaban allí en
compañía del perro de largo pelo blanco y puerco. Sikes siempre
huraño, el judío mas obsequioso y Nancy decidida mas que nunca á
ponerse de -parada- para cazar á Oliverio.
--Vaya! ¿No es cierto Nancy que vas á emprender la caza? --dijo Sikes
presentándole un vaso.
--Si Guillermo. --respondió la jóven despues de haber tragado el licor
de una sola vez. --Ya le tengo la pista á Dios gracias! El pobre
Diablillo ha estado enfermo, obligado á guardar cama, y . . . alguna
importancia es que ella se calló y sonriendo graciosamente á Sikes
llevó la conversacion á otro objeto. Poco despues el viejo judío fué
acometido de una tos tan violenta que Nancy echando su chal sobre las
espaldas, declaró que era tiempo de partir. Sikes que iba por el mismo
lado una parte del camino, espuso la intencion de acompañarla y salieron
juntos seguidos á poca distancia del perro feo que salió de un pequeño
establo luego que su amo estuvo fuera de su vista. Despues que Sikes hubo
partido, el judío asomó la cabeza por la puerta de la sala y mirándole
andar por el callejon obscuro y estrecho le enseñó el puño profiriendo
horribles imprecaciones y rechinando los dientes; hecho lo cual volvió
á sentarse á la mesa y pronto se engolfó profundamente en las páginas
interesantes de la -Gaceta de los Tribunales-.
--Ah! querida Nancy! --dijo Fagin levantando la cabeza:
Si una ojeada significativa y un fruncimiento de las cejas rojas del
judío, advirtió á Nancy de que era demasiado comunicativa, es lo que
no nos importa saber; el solo hecho á que damos
Entretanto Oliverio no sospechando siquiera que estaba tan cerca de la
habitacion del viejo chulo, se dirijia á la tienda del librero. Cuando
estuvo en Clerkerwell, tomó por distraccion una calle que si bien
paralela, con todo le estraviaba un poco de su camino; pero no reparando
en su error hasta que la hubo andado ya mas de dos tercios y sabiendo
además que ella le conducia al mismo punto, no juzgó oportuno
retroceder y avanzó buen trecho con sus libros bajo el brazo.
Caminando pensaba en sus adentros cuan feliz debia ser y lo que daria
para ver únicamente al pequeño Ricardo, quien azotado y falto de pan,
tal vez en este momento se hallaba con ansias de llorar, cuando le sacó
de su meditacion la voz de una muger que gritaba desaforadamente: --Oh!
Querido hermano mio! --y apenas hubo vuelto la cabeza para ver lo que era
cuando se halló estrechamente oprimido por dos brazos vigorosos pasados
bruscamente al rededor de su cuello.
--Dejadme estar! --gritó él resistiéndose --Soltadme! Quien sois?
Porque me deteneis?
La respuesta á esto fué una multitud de quejas y lamentaciones por
parte de una jóven, llevaba una cesta pequeña y una llave gruesa en
cada mano y que lo abrazaba con transporte.
--Ay! gracias á Dios! Al fin le he encontrado! --dijo ella --Oliverio!
Oliverio! Has sido un mal muchacho en haberme hecho tan desgraciada! Ven,
ven conmigo á casa! Cielos! Si; es el mismo! O felicidad! Con que lo hé
encontrado!
En medio de estas esclamaciones incoherentes, la jóven se sintió
acometida por un exceso de histérico que hizo temer por sus dias hasta
tal punto que algunas mugeres atraidas por sus gritos pidieron á un
mancebo carnicero de cabellera lustrosa de grasa hallado alli por
casualidad, fuera en busca de médico; pero éste que era de un natural
lento (por no decir indolente) contestó que no lo creia necesario.
--Oh! no; no hagais caso! --dijo Nancy cojiendo la mano de Oliverio --Me
siento ya mejor! . . Ea tu desgraciado! ven pronto á casa!
--Que . . . que es esto -señorita-? --preguntó una de las mugeres.
--Ah señora! --respondió la jóven. --Hace un mes que se escapó de la
casa de sus padres (personas muy respetables y buenos jornaleros) y se ha
juntado con una banda de ladrones y de mala gente; de modo que su pobre
madre es cuasi-muerta de tristeza.
--Pilluelo! --dijo una muger.
--Pequeño salvage! ¿quiéres volverte á tu casa? --añadió otra.
--Esto no es verdad! --esclamó Oliverio sumamente alarmado --Yo no la
conozco! . . Yo no tengo ni hermana, ni padre, ni madre! Soy huérfano!
Vivo en Pentonville!
--Se ha visto descaro igual! --dijo Nancy.
--Cielos! Nancy! --gritó Oliverio reconociéndola al fin y retrocediendo
de espanto.
--Ya lo veis como me conoce! --repuso Nancy recurriendo al testimonio de
los presentes. --No puede menos! . . Como honradas gentes que sois
ayudadme á llevarlo á nuestra casa, ó sino matará á su padre á su
madre y yo me moriré tambien de tristeza!
--Que Diablos sucede aqui? --dijo un hombre saliendo precipitadamente de
una taberna seguido de un perro blanco lleno de cicatrices --Oh! . . mil
truenos! Es el pequeño Oliverio! Tunantuelo te volverás pronto á tu
casa con tu pobre madre?
--Yo no les pertenezco! No les conozco! Socorro! Socorro! --gritó el
niño procurando desprenderse de las manos del hombre.
--Ah! gritas socorro! --repuso éste. Pillastron! Yo voy á dártelo el
socorro! . . Que significan esos librotes que traes aqui? Sin duda los
habrás robado! Dame esto pronto!
Esto diciendo, le arrancó los tomos de las manos y le dió un gran
puñetazo en la cabeza.
--Bien hecho! --dijo un hombre que miraba desde la ventana de una
guardilla --Este es el único medio de hacerle entrar en razon.
--Sin duda alguna. --esclamó un carpintero medio dormido, dirijiendo una
mirada de aprobacion al que acababa de hablar.
--Esto le sentará bien! --dijeron las dos mugeres.
--Por esto cabalmente no quiero que le pase la presente! --repuso el
bandido cogiendo á Oliverio por el cuello de la chaqueta y asestándole
otro puñetazo --Andarás pillastron? --A mi Cesar! A mi! --prosiguió
dirijiéndose á su perro.
Debilitado por la enfermedad que acababa de pasar, aturdido por los
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