--Esta bien. --repuso el de los anteojos ―Creo que tendrá aficion á
limpiar chimeneas.
--Se muere por lograrlo Señor Magistrado. --replicó Bumble pellizcando
de lo lindo á Oliverio para insinuarle que obraria bien en no decir lo
contrario.
--Con que -quiere- ser raspa hollines? ―preguntó el magistrado.
--Por mas que hiciéramos para obligarle á tomar otro oficio á la
mañana siguiente nos dejaria burlados. --respondió Mr. Bumble.
--Y es ese hombre quien vá á ser su maestro? Vos Señor? Es cierto que
lo tratareis bien? que lo alimentareis bien y que tendreis mucho cuidado
de él?
--Cuando se dice que se hará; prueba que hay intencion de hacerlo.
--repuso Gamfield con aire bestial.
--Teneis la palabra viva y el tono brusco amigo; pero me pareceis franco
y honrado. --dijo el magistrado apuntando sus anteojos al pretendiente á
la prima prometida en el anúncio, cuyo semblante innoble llevaba impreso
el sello de la crueldad; pero como el magistrado era medio ciego y medio
niño, no hay que asombrarse de que no discerniera, lo que cualquiera
podia distinguir al momento.
--Lo soy una miaja, con mucha vanagloria! --dijo el limpia chimeneas con
una sonrisa espantosa.
--No lo dudo. --dijo el magistrado fijando sus anteojos en la punta de
las narices, y buscando con la vista el tintero.
Este era el momento crítico para la suerte de Oliverio. Si el tintero
hubiese estado en el sitio en que le creia el magistrado, indudablemente
hubiera sumerjido en el su pluma, hubiera firmado el acta, y Oliverio
hubiera sido llevado sin mas dilacion; pero como cabalmente estaba bajo
sus ojos, es de aqui que naturalmente lo buscó por todo el pupitre sin
poder encontrarlo. En esta pesquiza fijó la vista en linea recta ante si
y su mirada se encontró con el rostro pálido y lívido de Oliverio,
quien apesar de los guiños significativos y las advertencias
-edificantes- de Mr. Bumble, que continuaba en pelliznarle, contemplaba
con una espresion de horror mezclada de espanto la fisonomía repugnante
de su futuro patron. Esta espresion era demasiado significativa para que
un magistrado por ciego que fuera dejase de apercibirla.
El viejo cesó en sus pesquizas; dejó su pluma sobre la mesa y miró
alternativamente á Oliverio y á Mr. Limbkins, quien tomó un polvo
afectando un aire candido é indiferente á la vez.
--Hijo mio! --dijo el magistrado inclinándose sobre el pupitre.
Oliverio Se estremeció al sonido de esta voz. En ello tenia escusa;
estas palabras eran dictadas por la benevolencia, y ordinariamente los
sonidos estraños nos espantan. Tembló de pies á cabeza y rompió en
copioso llanto.
--Hijo mio! --prosignió el magistrado --estais pálido y pareceis
espantado!
Decid; que teneis?
Oliverio cayó de rodillas, juntó sus manos y esolamó con tono
suplioante:
--Volvedme a la prision, al aposento negro! Dejad que me muera de hambre
. . . azotadme, matadme si quereis; pero por piedad, no me envieis con
ese hombre espantoso!
--No esperaba menos! --dijo Mr, Bumble elevando los ojos y las manos con
el aire mas mistico ―Entre los espósitos falsos é hipócritas que
conozco, tu Oliverio te llevas la palma.
--Callaos pertiguero! --esclamó el segundo magistrado despues que aquel
hubo desembuchado este doble epíteto.
--Perdon señor magistrado. --dijo Mr. Bumble creyendo haber oido mal.
--Acaso me habeis dlrijido la palabra?
--Si; Sin duda. Os he dicho que os calleis.
Mr. Bumble quedó estupefacto. Imponer silencio á un pertiguero! Que
revolucion moral!!!!
El magistrado de los anteojos de concha miró á su colega, é hizo un
movimiento de cabeza significativo.
--Rehusamos sancionar esta acta! --dijo rechazando la hoja de pergamino.
--Espero Señores Magistrados --balbuceó Mr. Limhkins --que el simple
testimonio de un niño no inducirá á creer que las autoridades de la
casa de Caridad se han portado mal en esta ocasion.
--Los Magistrados no son llamados para dar su dictámen sobre este asunto
--repuso el segundo magistrado. --Volved este niño á la casa y tratadlo
con dulzura, pues parece tiene de ella mucha necesidad.
Aquella tarde misma el hombre del chaleco blanco afirmó con mas
conviccion que nunca, que no solo Oliverio seria ahorcado, si que tambien
descuartizado por añadidura. Mr. Bumhle sacudió la cabeza con aire
sombrío y misterioso y dijo deseaba que el muchacho -tuviera buen fin-,
á lo que Mr. Gamlield añadió que desearia fuera -en sus manos-, deseo
que pareció de naturaleza muy diferente aunque en muchos puntos el
limpia chimeneas estuviera acorde con el pertiguero.
A la mañana siguiente se hizo saber de nuevo al público que Oliverio
Twist estaba aun para alquilar, y que se le contarian 5 libras esterlinas
al que quisiera encargarse de él.
CAPÍTULO IV.
HABIÉNDOSE OFREGIDO Á OLIVERIO OTRA COLOCACION EFECTUA SU ENTRADA EN EL
MUNDO.
EN las familias numerosas de Inglaterra cuando no hay esperanza de lograr
un empleo ventajoso para un jóven que empieza á entrar en edad sea por
derecho de sucesion ó de futura, es costumbre comun el hacerlo marino.
Los Administradores estimulados por una conducta tan razonable y
ejemplar, se reunieron en consejo á fin de obviar los medios para
embarcar á Oliverio Twist en un buque mercante de poco porte que
estuviera á la carga para un puerto mal sano y adaptaron este partido
como el mas conveniente para el muchacho. De este modo era probable que
el dia menos pensado el patron del buque, con el fin de distraerse
despues de comer ó con el objeto de proporcionarse un ejercicio
favorable á la digestion, le haria saltar los cesos con una barra de
hierro. (Pasatiempo á que como sabe mos son muy aficionados los señores
marinos.)
Mr. Bumble encargado de hacer algunas diligencias preliminares para
lograr el encuentro de cualquiera capitan que necesitara á bordo de su
buque un grumete sin parientes ni amigos, volvia á la casa para dar
cuenta de su comision, cuando en el lindar de la puerta se encontró cara
á cara con un personage que era nada menos que Mr. Sowerberry empresario
-parroquial- de los entierros.
--Ola Mr. Bumble! Vengo de tomar la medida de dos mugeres muertas ayer
noche. --dijo el empresario.
--Hareis fortuna Señor Sowerberry. --dijo el pertiguero introduciendo
con destreza el pulgar y el index en la caja de polvo que le presentó el
empresario y que era un hermoso y diminuto modelo de ataud. --Os digo que
hareis fortuna. --continuó dando un golpecillo de baston en muestra de
amistad sobre la espalda de este último.
--Así lo creeis? ―dijo el otro con un acento que parecía admitir y
rechazar á la vez la probabilidad del hecho. --Señor Bumble; los
precios que me abona la Administracion de la casa de caridad son muy
pequeños!
--Así son vuestros ataudes! --replicó el pertiguero con aire zumbon;
pero sin traspasar los límites de la gravedad anexa á un hombre de
posicion.
--Esta respuesta tan á propósito de Mr. Bumble, exitó como quien dice
la hilaridad de Mr. Sowerberry. No era menester otra cosa para provocar
su buen humor, así es que soltó una carcajada que parecía de nunca
acabar. --Vaya! En honor de la verdad Señor Bumhle ―dijo despues de
recohrada su serenidad ―confieso francamente, que despues del sistema
de alimentacion nuevamente adoptado en esta casa las cajas son un poco
mas estrechas y menos profundas que antes. Pero ya se vé, es preciso una
miaja de beneficio Señor Bumble. No ignorais que la madera tal como la
empleamos es algo cara, y los manojos de hierro tienen que venir de
Birmingham por el canal.
--Si, sin duda --replicó Mr. Bumble. --Cada oficio tiene su buen y mal
lado y un beneficio modesto no es para desdeñarse.
--Pues ya! --dijo el otro --Y si no gano gran cosa en tal ó cual
artículo . . . Caramba! siempre hay recompensa en la bondad del hecho
¿no es cierto? he! he! he!
--Justamente. --profirió Mr. Bumble.
--Sin embargo, podria qnejarme de la lucha desigual que sostengo pues que
siempre son las personas fomidas las que se -largan- primero despues de
haber probado el régimen de esta casa. --prosiguió el empresario
reanudando el hilo de las reflecsiones que el pertiguero había
interrnmpido --Si Señor Bumble; acá internos, tres ó cuatro pulgadas
de mas en la cuenta de un individuo, abren una famosa brecha en sus
beneficios, sobre todo cuando tiene una familia que mantener.
Como Mr. Sowerberry decia esto con el aire de indignacion propia del
contratista engañado y Mr. Bumble conoció que insistiendo sobre este
punto podía acarrear alguna observacíon desagradable respecto el honor
de la parroquia, consideró prudente el mudar de conversacion y Oliverio
le proporcionó el medio.
--Conoceriais casualmente alguno ―dijo ―que necesitara un aprendiz?
Hay en la parroquia un niño, que actualmente es una carga monstruosa
para ella ó mejor una rueda do molino suspendida de su cuello. Señor
Sowerberry buenas condiciones! Una verdadera ganga! --Así hablando dió
con sn baston tres golpecitos muy marcados sobre las palabras: -cinco
libras esterlinas- impresas en el anúncio en mayúsculas romanas de una
talla gigantesca.
--Por vida de . . . ―esclamó el empresario cogiendo á Bamble por el
faldon de su levita de uniforme --justamente quería hablaros de esto. No
ignorais . . . Diantre! Que hermoso escudo llevais Señor Bumble!
Paréceme que no os lo habia visto an teriormente?
--Si; hace bastante buen efecto. ―dijo el pertiguero envanecido de la
observacion. --El asunto es identíco al del sello parroquial: (-el buen
Samaritano curando las llagas de un pobre enfermo-) Señor Sowerberry; es
un regalo que me hizo la Administracion el primer dia del año. Lo llevé
por primera vez si no me engaño el dia que asistí á la vista del
proceso formado con motivo de aquel comerciante arruinado que murió al
pié de una puerta cochera en medio de la noche.
--Ah! ya recuerdo. --dijo el otro. --El jurado espresó su veredicto en
estos términos: -Muerto de hambre y de frio-, no es cierto?
Mr. Bumble hizo una señal afirmativa.
--Y añadió de un modo enérgico que si el oficial de vigilancia hubiese
. . .
--Ta . . . ta . . . ta . . . ta! --hizo el pertiguero con tono acre --Si
la Administracion tuviese que prestar oídos á toda la ojarazca que
esparcen esos -jurados ignorantes- ¿donde iria á parar?
―Es cierto. --dijo Sowerberry.
―Los jurados ―prosiguió Mr. Bumble oprimiendo fuertemente con su
mano el baston, costumbre que tenia cuando estaba colérico. --Los
jurados son unos seres -viles, bajos y rastreros- hasta la quinta
escencia.
--Tambien es cierto. --dijo el otro.
--Todos ellos no saben lo que es filosofía, ni -economía política-.
--añadió el pertiguero haciendo castañear sus dedos en señal de
desprecio.
--Sin duda. --repuso el otro.
--Yo los desprecio! --prosiguió el pertiguero con el rostro encendido
por el coraje.
--Y yo lo mismo! --añadió Sowerberry.
--Quisiera ver á uno de esos jurados -tan presuntuosos- solo por quince
dias en nuestro establecimiento; el régimen y los estatutos de la
Administracion domarian pronto su espíritu de independencia.
--Es preciso dejarlos por lo que son Señor Bumble. --dijo Sowerberry
sonriéndose con aire de aprobacion para calmar el enojo creciente del
funcionario indignado.
--Mr. Bumble quítándose el sombrero sacó de él su pañuelo, enjugó
su frente que la irritacion habia inundado de sudor, colocó de nuevo
sobre su cabeza el tricornio, y volviéndose á Mr. Sowerberry dijo con
tono mas calmado:
--Y bien, que querias decirme respecto á ese muchacho?
--Nada Señor Bumble. Ya sabeis que pago una fuerte contribucion por
causa de los pobres.
--Hem! --hizo el pertiguero --¿y que?
―Creo, --repuso Sowerberry --que puesto que pago tanto por ellos, es
muy justo saque de ello todo el provecho posible. He aquí porque bien
refleccionado, no seria malo tomar ese niño para mi.
Mr. Bumble cojíó el -zampa―muertos- por el brazo y lo hizo entrar en
la casa. Mr. Sowerberry estuvo encerrado con los Administradores por
espacio de cinco minutos durante los cuales se convino en que tomaria á
Oliverio por vía de prueba y que á este efecto este último iria
aquella noche misma á su casa.
Cuando al comparecer Oliverío en la propia tarde ante aquellos señores,
supo que iba á entrar de aprendiz en casa un fabricante de ataudes y que
si se quejaba de su condicion ó bien volvia otra vez á cargo de la
parroquia, se le embarcaria con peligro de ser machucado ó anegado,
demostró tan poca emocion que todos á una esclamaron que era un
pilluelo de corazon endurecido y Mr. Bumble recibió la órden de
llevarlo al momento.
Este acatándola sin demora, condujo al pobre Oliverío á casa su nuevo
patron, administrándole por vía de despido algunos bastonazos y algunos
consejos propios de un digno pertiguero. El niño lloraba y se
consideraba tan solo y abandonado que no pudo menos de hacerlo notar á
Mr. Bumble. Cualquier otro mortal se hubiera tal vez enternecido al ver
el dolor candoroso del infortunado. Pero un pertiguero! Mr. Bumhle creia
á la sensibilidad indigna de su dignidad parroquial.
El empresario acababa de cerrar las puertas de su tienda y se preparaba
para inscribir algunas entradas en su gran libro á favor de una vela
cuya claridad sombría se adaptaba muy bien con la tristeza del sitio,
cuando entró Mr. Bumble.
--Ah! ah! --dijo alzando la vista de sobre su libro y parándose á la
mitad de una palabra --Sois vos Mr. Bumble?
--Yo mismo Señor Sowerberry. --contestó este --Aquí teneis el
muchacho. (Oliverio saludó.)
--Ah! Bien venido; --dijo el otro levantando el candelero sobre su cabeza
para inspeccionar mejor á Oliverio --Señora Sowerberry. ¿Podeis
llegaros por un momento querida?
La Señora Sowerberry salió de la trastienda y presentó la forma de una
muger baja, delgadita y de talante ceñudo y regañon.
--Querida! --dijo su marido con deferencia --Este es el muchacho de la
casa de caridad de quien os he hablado. (Oliverio saludó de nuevo.)
--Buen Dios! y que pequeño! --dijo esta.
--Un poco es verdad! --replicó Mr. Bumble mirando á Oliverio con aire
de reconvencion, como si hubiera sido culpa del niño el no ser mas
grande --Es algo pequeño sí, Señora Sowerberry; pero el crecerá no lo
dudeis.
--Ah! sin duda que crecerá -- repuso secamente la señora --con nuestra
bebida y nuestra comida.
--Maliciosa! --Ya lo sabeis; ninguna ganancia hay en los muchachos de la
parroquia, ellos siempre cuestan mas caros de lo que valen.
--A pesar de esto los hombres se imaginan que siempre tienen mas razon
que sus mugeres. Adelántate tu pequeño esqueleto!
Al mismo tiempo abrió una puertecita y empujó á Oliverio hacia una
escalera rápida que conducía á una pequeña habitacion sombría y
húmeda adherida al lañero que se llamaba la -cocina-, y en la que
estaba sentada una jóven haraposa calzando zapatos destalonados y
llevando unas medias de estambre azules todas horadadas.
--Carlota! --dijo la Señora Sowerberry que habia seguido á Oliverio --
Dad á ese muchacho algunos de los pedazos de fiambre que habeis apartado
esa mañana para Frip: pues que no ha vuelto á casa en todo el dia se
pasará sin ellos. Creo que no te sabrá mal el comerlos, no es verdad?
Oliverio, cuyos ojos chispearon al oir hablar de fiambre, y que
anticipadamente se estremecia con el deseo de devorarlos, respondió
inmediatamente que no y fué colocado ante él un plato de fiambre
compuesto de los pedazos mas groseros y heterogéneos.
En un minuto Oliverío engulló todo lo que habia en el plato sin darse
la pena de mascarlo. La Señora Sowerberry le contemplaba con horroso
silencio considerando este apetito como de siniestro augurio para el
porvenir. Luego le condujo en medio de los ataudes y con su agasajo
ordinario le encajó debajo el mostrador que era el dormitorio destinado
al novel aprendiz.
CAPÍTULO V.
OLIVERIO ADQUIERE RELACIONES CON NUEVOS PERSONAGES.
OLIVERIO solo y entregado á si mismo en la tienda del empresario de
entierros, colocó su lámpara sobre el -banco de obra- y poseído del
miedo arrojó una mirada timída en torno suyo. Un ataud recien acabado y
puesto en medio de la tienda sobre dos caballetes negros se parecía
tanto á la imágen de la muerte que el pobre jóven sentia recorrer por
todos sus miembros un frio glacial acompañado de un temblor convulsivo,
cada vez que su vista se fijaba involuntariamente sobre este horrible
objeto esperando á cada momento ver un espectro espantoso levantar de el
su cabeza repugnante hasta volverle loco de terror.
A la mañana siguiente le despertó un ruido redoblado de punta piés
dados á la parte exterior de la puerta de la tienda. Estos se renovaron
por cerca veinte y cinco ó treinta veces mientras se vestía á tientas;
pero cuando empezaba á descorrer los cerrojos los piés cesaron de
golpear oyendose una voz.
--Abrirás esta puerta? --dijo la voz perteneciente á los piés que
habian golpeado.
--Al instante señor. --respondió Oliverio descorriendo los cerrojos y
volviendo la llave.
--Sin duda serás el aprendiz que se esperaba? --repuso la voz á travez
del agujero de la cerradura.
--Si señor. --replicó Oliverio.
--Que edad tienes?
--Diez años señor.
--Siendo así voy á estrangularte en cuanto entre. --prosiguió la voz
--Ya lo verás aborto de la inclusa!
Despues de una promesa tan galante la voz se puso á silvar.
Oliverio estaba harto acostumbrado á la realizacion de tales amenazas
para tenor ninguna duda de que el dueño de la voz fuera qnien fuera
cumpliese en palabra. Dcscorrió los cerrojos con mano trémula y abrió
la puerta. Miro por algun tiempo al frente á derecha y á izquierda
persuadido de que el incógnito que acababa de hablarle por el ojo de la
llave, habia dado algunos pasos de mas para calentarse; porque no vió á
nadie mas que un gordo muchacho de la escuela de la caridad, sentado
sobre un guarda canton frente la tienda y ocupado en comer una rebanada
de pan con manteca que cortaba en pedazos de la medida de su boca con una
mala navaja y que tragaba en seguida con mucha voracidad.
―Perdon caballero. --dijo al cabo Oliverio no viendo parecer á nadie
mas ―Sois vos el que habeis llamado?
--He dado punta piés. --respondió el otro.
--Necesitais un ataud? --repuso Oliverio con ingenuidad.
A esta pregunta el muchacho de la caridad se puso furioso en grado
superlativo y juró que Oliverio antes de poco necesitaria uno si se
permitia bromear así con sus -superiores-.
--Mal espósito! Ignoras acaso quien soy yo? --dijo levantándose de
guarda canton y adelantándose manos en la faltriquera y con insigne
gravedad.
--No señor. --respondió Oliverio.
--Soy el -Señor- Noé Claypole. --prosiguió el otro --y tu estás bajo
mi dependencia. Al avío! abre la tienda y saca las muestras. --Al mismo
tiempo el -señor- Claypole administró un punta pié á Oliverio, entró
en la tienda con un ademan magestuoso que le dió mucha importancia y se
dirijió á la cocina para almorzar.
--Noé, acercaos á la lumbre. --dijo Carlota --He apartado para vos este
pedacito de tocino que he eliminado del almuerzo del amo. Tu Oliverio
--dijo á este que acababa de entrar despues de haber cumplido la
comision de Noé --cierra esta puerta y coje esos mendrugos de pan que
son para tí. Toma tu thé sobre ese cofre que está en aquel rincon y
despacha pronto pues tienes que ir á guardar la tienda; ¿lo entiendes?
--Oyes espósito? --dijo Noé Claypole.
--Noé, sois muy terco. --repuso Carlota --Vaya! Dejareis tranquilo á
ese niño?
--Que lo deje tranquilo? Pues ya escampa! No hay peligro de que su padre
ni su madre vengan á limpiarle los mocos . . . Todos sus parientes le
han dado carta blanca para gobernarse á su modo . . . he! he! he!
--Sois un truhan! --replicó Carlota soltando una carcajada imitada por
Noé y ambos á dos arrojaron una mirada de desden al pobre Oliverio que
sentado sobre un cofre en el rincon mas frio de la cocina comia
titiritando los mendrugos de pan que se habian señalado especialmente
para él.
Noé era un niño de la escuela de la caridad; pero no un espósito de la
casa de caridad. Tampoco era el niño del -acaso-; porque podia trazar su
genealogía subiendo hasta sus padres que vivían cerca de aquel sitio.
Su madre era lavandera ysu padre un soldado veterano, viejo, borracho,
con una pierna de palo y una pension diaria de cinco sueldos seis
dineros. Los aprendices de las tiendas de la vecindad habian tenido por
largo tiempo la costumbre de insultar á Noé en medio de la calle
motejándole de lo lindo y él lo había sufrido con la mayor paciencia
del mundo; pero ahora que la fortuna habia arrojado en su camino á un
pobre huérfano sin nombre á quien el ser mas abyecto podia señalar con
el dedo é insultar impunemente; le hizo expiar con usura las faltas de
que los otros se habian hecho culpables para con él.
[Illustration: Un ataud á medio hacer estaba colocado en el centro de la
tienda.]
CAPÍTULO VI.
OLIVEIRO PUESTO FUERA DE QUICIO POR LAS BURLAS AMARGAS DE NOÉ SB
ENFURECE Y SORPRENDE Á ESTE POR SU AUDACIA.
TRASCUBRIDO el mes de -prueba- se firmó el acta de aprendizaje con todos
los requisitos convenientes. Cabalmente habia llegado una estacion
favorable á las defunciones y para servirme de una espresion comercial
la venta de ataudes estaba -á la alza-; de modo que en poco tiempo
Oliverio adquirió muchos conocimientos en el arte. El éxito de la
industria ingeniosa de Mr. Sowerberry traspasaba los límites de sus
pretenciones. Desde tiempo inmemorial no se habia visto al serampion
ejercer con tanta violencia sus estragos funestos sobre los muchachos.
Así es, que se velan montones de cortejos mortuorios llevando á su
frente al pequeño Oliverio, cubierto con un sombrero adorado con un
largo crespon que le llegaba hasta los jarretes, todo con grande
estupefaccion de las madres con movidos por la novedad del espectáculo.
Como Oliverio acompañaba tambien á su maestro en la mayor parte de sus
espediciones de cuerpos mayores para adquirir esa -firmeza- de carácter
y ese ascendiente sobre la sensibilidad que distingue al enterrador de
las demás clases de la sociedad, mas de una vez tuvo ocasion de observar
con que -resignacion- y con que -noble- valor ciertos -espíritus
animosos- suportaban sus pruebas y sus pérdidas.
Era digno de notarse que las personas de uno y otro sexo que mientras
tenia efecto el entierro se entregaban á la mas violenta desesperacion,
eran las que al regresar á la casa mortuoria se en contraban mucho mejor
presentándose ya perfectamente tranquilas despues de la comida
acostumbrada. Oliverio contemplaba con grande asombro todos estos hechos
á la vez satisfactorios é instructivos.
Si Oliverio Twist adquirió la resignacion por el ejemplo de esas -buenas
gentes- es cosa que no puedo afirmar con confianza; á pesar de ser su
biógrafo. Solo puedo decir que por espacio de muchos meses continuó
sometiéndose con dulzura á la tiranía y á los malos tratos de Noé
Claypole quien hacia de ellos un uso mas continuado que antes, celoso
como estaba al ver el recien llegado promovido al basten negro y al
sombrero con crespon, cuando el -primer- venido se habia quedado con la
gorra redonda y calzon de piel. Carlota por su parte lo maltrataba porque
así lo hacia Noé y la Señora Sowerberry era su enemiga declarada,
porque Mr. Sowerberry le demostraba proteccion. De modo que Oliverio
viéndose obligado á luchar por un lado contra esos tres individuos y
por otro contra la repugnancia á los entierros estaba muy lejos de
encontrarse a su gusto.
Pero héme aquí llegado á un pasaje importante de su historia; debo
citar un hecho que si bien fué de poca importancia, no dejó de producir
un cambio total en su porvenir.
Un dia que Oliverio y Noé habian bajado á la cocina á la hora
acostumbrada de comer para tomar cada uno su parte de una libra y media
de mala comida, encontrándose Carlota ausente en aquel entonces tuvieron
que esperar un momento durante el cual Noé Claypole que era la vez
famélico y vicioso creyó pasar mejor el tiempo hostigando y
atormentando al jóven Twist. En efecto, empezó por poner los piés
sobre los manteles, tiró los cabellos de Oliverio, le pellizcó las
orejas, le insinuó que era un maulon y llegó hasta á manifestar el
placer que tendria en verlo colgar un dia de la horca. En suma, no hubo
maldades que no pusiera en ejercicio contra ese pobre muchacho haciendo
con ello honor á su natural perverso de niño de la caridad que era.
Pero viendo que todo esto no producía el efecto que esperaba, que era
hacer llorar á Oliverio, cambió sus baterías y para hacerse aun mas
gracioso hizo lo que hacen muchas almas de cieno personas mas
-encopetadas- que Noé cuando quieren hacerse el -mono-; lo atacó
personalmente.
--Expósito! dijo --¿cómo se encuentra tu mamá?
--Ha muerto. --respondió Oliverio. --Os ruego no me hableis de ella!
Al decir esto un vivo encarnado apareció en el rostro del niño, su
respiracion se hizo dificultosa, hubo en sus labios y en sus narices un
juego estraño que el -Señor- Claypole tomó por el preludio de unas
fuertes ansias de llorar. Poseido de esta idea, volvió á la carga.
--Y de que ha muerto expósito? --preguntó.
--De pesar! Esto al menos es lo que me han dicho algunas viejas de la
casa de caridad --repuso Oliverio mas bien dirijiéndose a sí mismo que
respondiendo a Noé --Adivino azás lo que es morir de pesar.
--La titiridon, la titirindaina! --gorgeó Noé viendo rodar una lágrima
en la megilla del niño. --Vaya . . . que es lo que te hace lloriquear
ahora?
--No -vos- al menos! --replicó Oliverio pasando su mano con rapidez
sobre su mejilla para enjugar una lágrima prócsima á caer. --No
penseis que seais -vos-!
--Nunca jamás he pensado ni pensaré tal cosa! --repuso Noé con aire
chocarrero.
--Entonces hasta sobre este punto! --replicó vivamente Oliverio
--Guardaos de hablarme mas de ella; es lo mejor que podeis hacer.
--Lo mejor que puedo hacer! --esclamó Noé. --Mil perdones! Lo mejor que
podré hacer! Largaos que allá viene mata muertos! ah! ah! ah! Paquete
de contrabando! no te insolentes ó me enojo! Tú respetable mamá era un
buen pedazo de moza, he?
Esto diciendo Noé sacudió la cabeza con malicia y frunció su pequeña
nariz roja todo lo que sus músculos le permitieron en esta ocasion.
--Te consta positivamente. --continuo envalentonado por el silencio de
Oliverio y afectando un aire de piedad maligno. --Sabes bien que ya no
hay remedio ahora: tu mismo nada podrias lo que siento y te aseguro que
te compadezco de todo corazon al igual de todos los que te conocen; con
todo es preciso confesar que tu madre era una verdadera mugerzuela.
--Una verdadera que? --preguntó Oliverio levantando súbitamente la
cabeza.
--Una verdadera mngerzuela. --Repuso friamente Noé --Y vale mas que haya
muerto así que no verse encerrada en Bridewell ó transportada á
Botany-Bay ó bien . . . (que era lo mas probable) hacerse colgar ante
Newgate?
Ebrio de cólera Oliverio saltó de su sitio, derribó mesa y sillas,
cogió á Noé por el cogote y en un movimiento de rabia lo sacudió con
tal violencia que sus dientes crugieron en su cabeza; luego reuniendo
toda su fuerza le asestó un golpe tan furioso que lo derribo á sus
piés.
Aun no hacia un minuto que este mismo niño anonadado por los malos
tratos era la misma dulzura; pero su corage al fin se habia dispertado.
La afrenta hecha á la memoria de su madre hizo hervir la sangre en sus
venas; su pecho latia con violencia; su aspecto era fiero; su ojo vivo y
brillante. Ya no era el mismo niño desde que miraba á su vil
perseguidor tendido á sus pies y lo desafiaba con una enerjia que no se
le habia conocido hasta entonces.
--Socorro! --gritó Noé -- Cár . . . lota! Se . . ño . . ra! Oliverio
me asesina! Socorro! socorro!
Los aullidos de Noé fueron oidos por Carlota que respondió á ellos con
un grito penetrante y por la Señora de Sowerberry cuya voz se elevó á
un diapason todavía mas alto. La primera se abalanzó á la cocina por
una puerta lateral, y su ama se paró en la escalera hasta estar segura
de que sus dias no corrian peligro.
--Miserable pilluelo! --gritó Carlota sacudiendo á Oliverio con toda su
fuerza que igualaba cuando menos á la del hombre mas robusto --Ingrato!
infame! asesino! --y á cada silaba asestaba un famoso puñetazo y un
robusto chillido todo por el bien de la sociedad.
A pesar de que el puño de Carlota no era muy ligero, la Señora
Sowerberry temiendo sin duda que no produjera todo el efecto necesario
para calmar la cólera de Oliverio se precipitó en la cocina lo cogió
con una mano por el cuello y con la otra le arañó el rostro mientras
que Noé aprovechándose de esta ventaja -inmensa-, se incorporó y le
dió sendos golpes por detrás.
Este ejercicio demasiado violento no podia prolongarse mucho; tendidas de
fatiga las dos mugeres á fuerza de sacudir y arañar, arrastraron al
niño que gritaba y se debatia mas bien por furor que por miedo hasta la
carbonera y allí lo encerraron con llave. Despues de este esfuerzo
supremo la Señora Sowerberry se dejó caer en una silla y prorumpió en
copiosa llanto.
--Bondad divina! El ama se pone mala! --dijo Carlota --Noé! pronto
querido, un vaso de agua.
--Ay! Dios mío! Carlota! --dijo la Señora Sowerberry con voz
balbuciente á causa de una fatiga de respiracion y de una cantidad de
agua fria que Noé le habia arrojado á la cara y espaldas --Oh! Carlota!
Por dicha no hemos sido asesinados todos en la cama.
--Ah! si; ha sido una gran fortuna señora! --respondió esta. --Esto le
enseñará al amo á no introducir jamás en su casa á esos -seres
horribles- que han nacido ladrones y asesinos desde su cuna. En cuanto á
Noé, poco ha faltado que no haya sido muerto al entrar yo en la cocina.
--Pobre muchacho! --dijo la Señora Sowerberry dirijiendo una mirada
compasiva á su aprendiz.
Noé que era mas grande que Oliverio á lo menos de cabeza y hombros,
viéndose el objeto de la conmiseracion de -las señoras- se frotó los
ojos con las palmas de las manos en ademan de llorar.
--Qué hacemos ahora? --esclamó la Señora Sowerberry --Mi marido no
está en casa; no hay aquí nadie y antes de diez minutos el malvado
hundirá la puerta.
Las violentas sacudidas que Oliverio daba á la susodicha puerta hacian
al temor muy fundado.
--Dios mio! Dios mio! A la verdad no sé señora! --dijo Carlota --á
menos que no vayamos á buscar los agentes de policia.
--O bien la guardia. --Propuso el -señor- Claypole.
--No; no. --repuso la Señora Sowerberry pensando de pronto en el antiguo
amigo de Oliverio --Noé; corre á buscar á Mr. Bumble; díle que venga
aquí sin dilacion, sin perder un minuto. No importa tu gorra; despachate
y por una oja de cuchillo sobre tu ojo durante el camino; esto calmará
la hinchazon.
Noé sin cuidarse de responder se precipitó fuera de la casa y corrió
con toda la ligereza permitida á sus piemas. Las gentes que encontró en
el camino no se sorprendieron poco al ver un muchacho de la escuela de la
caridad corriendo desalentado por las calles sin gorra en su cabeza y con
una hoja de cuchillo sobre su ojo.
CAPITULO VII.
OLIVERIO ES UN REFRACTARIO COMPLETO.
NOÉ corrió como un galgo por las calles y no se paró para tomar
aliento hasta que hubo llegado al portal de la Casa de caridad. Allí
esperó algunos minutos á que vinieran en su ayuda las lágrimas y los
sollozos y pudiera prestar á su fisonomía un aire de espanto y de
terror. Luego llamó bruscamente á la puerta y, manifestó un semblante
tan lastimoso al viejo pobre que vino á abrirle, que este aunque muy
acostumbrado á no ver á su alrededor mas que semblantes lastimosos aun
en los mas bellos dias del año retrocedió asombrado.
--Que te pasa muchacho?-- preguntó.
--Mr. Bumble! Mr. Bumble!-- gritó Noé fingiendo terror y alzando tanto
la voz que su acento no solo llegó á los oidos de Mr. Bumble que se
hallaba distante algunos pasos si que tambien lo espantó hasta el
estremo de precipitarse en el patio sin su fiel tricorne (circunstancia
tan rara como curiosa que nos convence de que un pertiguero cuando es
presa de un impulso repentino y poderoso, puede muy bien caer en una
fascinacion momentánea y olvidarse á la vez de si mismo y de su
dignidad personal.
--Señor Bumble!-- dijo Noé --si supierais señor . . . Oliverio, ha . . .
--Y bien! que? que ha hecho Oliverio? --preguntó el pertiguero brillando
un rayo de placer en sus ojos metálicos --¿Se ha fugado?
--No Señor; muy al contrario; en vez de fugarse se ha vuelto -asesino-!
--replicó Noé --Ha querido asesinarme á mi y luego á Carlota y luego
á la señora . . . Oh! la . . . la . . . la . . . la. ¡Dios mio, que
dolor! Señor si supierais . . . Oh! hu! ah! (al mismo tiempo se
retortigaba en todas direcciones, removiendo el vientre con ambas manos y
haciendo contorsiones y visajes horribles, para hacer creer á Mr. Bumble
que por el ataque violento que habia sufrido se le habia desarreglado
algo en el cuerpo que le hacia sufrir cruelmente en aquel momento.)
Viendo que habia logrado su objeto y que su relacion habia paralizado al
pertiguero, juzgó oportuno añadir al efecto producido una serie de
lamentaciones sobre una octava y media mas alta que antes. En esto
apercibió á un caballero de chaleco blanco que atravesaba el patio y le
vino la feliz idea de llamar la atencion y excitar el enojo del susodicho
caballero gritando mas recio que nunca.
En efecto el caballero no hubo dado dos pasos cuando retrocedió y se
informó del motivo que hacia -aullar- de tal modo á aquel -cachorro de
presa-; amonestando á Mr. Bumble porque no le habia administrado dos
buenos bastonazos para hacerle llorar por alguna cosa.
--Es un pobre muchacho de la escuela de la caridad --dijo Bumble --que ha
estado muy cerca de ser asesinado por el jóven Twist.
--No lo dije! --esclamó el hombre del chaleco blanco parándose
secamente --Estaba yo bien seguro! Desde el momento tuve el extraño
presentimiento de que ese pilluelo algun dia se haria colgar de una horca.
--Tambien ha intentado asesinar á la criada! --dijo Bumble pálido de
terror.
--Y luego á su ama! --añadió Noé.
--No habeis dicho que tambien á su amo? --repuso el pertiguero.
--No señor; porque habia salido de otro modo le hubiera asesinado
--replicó Noé --Así lo ha dicho.
--Hijo mio! con que ha dicho que lo quería asesinar? --dijo el caballero
del chaleco blanco.
--Si. --repuso Noé --Y á propósito mi ama me envía para suplicar á
Mr. Bumble venga por un momento á casa si puede para zurrar á Oliverio
ya que mi amo está ausente.
--Tienes razon amiguito! tienes razon! --dijo el caballero del chaleco
blanco con aire melifluo, y pasando su mano sobre la cabeza de Noé que
era mas alto que el á lo menos de tres pulgadas añadió --Toma ahi
tienes un sueldo para tí. Bumble! corred con vuestro baston á casa
Sowerberry y ved vos mismo lo que hay que hacer. No haya cuartel Bumble;
lo entendeis?
--Perfectamente. --replicó el otro encajando un látigo que se adaptaba
al estremo de su baston y del que se servia para imponer correcciones
-parroquiales-.
--Decid á Sowerberry que tampoco le perdone. Solo á golpes se podrá
algo con él. --dijo el hombre del chaleco blanco.
Ajustados el baston y el tricorne cada uno en su lugar y sitio con gran
satisfaccion de su comun dueño, Mr. Bumble y Noé Claypole se dirijieron
precipitadamente á la casa de Sowerberry.
En ella el estado de los asuntos no habia mejorado lo mas mínimo. Mr.
Sowerberry aun no habia vuelto y Oliverio continuaba dando puñetazos á
la puerta de la carbonera con brio igual. El fiel relato que Carlota y la
Señora Sowerberry hicieron de la -ferocidad- del niño fue le un
carácter tan alarmante que Mr. Bumble
juzgó prudente parlamentar antes de abrir la puerta. De consiguiente
dió por si mismo un puntapié en ella á guisa de exordio, y aplicando
sus labios al ojo de la llave dijo con tono grave é imponente.
--Oliverio!
--Abrid esta puerta! --respondió el niño.
--Oliverio reconoces esta voz? --preguntó el pertiguero.
--Si. --repuso Oliverio.
--Y no os da miedo? No temblais, mientras os hablo?
--No. --respondió Oliverio con resolucion.
--Una respuesta tan diferente de la que tenia derecho á esperar y á la
que no estaba acostumbrado, desconcertó en gran manera á Mr. Bumble.
Dió tres pasos atrás, se empinó todo derecho y paseó alternativamente
sus miradas sobre los tres espectadores sin poder proferir una palabra.
--Ya lo veis Señor Bumble! --dijo la Señora Sowerberry --Es necesario
que esté loco. Otro muchacho que no poseyera mas que la mitad de su
razon, so guardaría muy bien de hablaros de este modo.
--No es la locura señora! --dijo Mr. Bumble despues de algunos instantes
de refleccion --Es la comida!
--Que me decís? --esclamó la Señora Sowerberry.
--La comida señora! --repuso el pertiguero con tono enfático --No mas
que la comida. Lo habeis sobrecargado de alimento; habeis -erijido- en
él un alma y una inteligencia -artificiales- que de ningun modo
convienen á las personas de su clase; como o lo dirán por su propio
labio los Administradores que son filósofo experimentales señora
Sowerberry. Que necesidad tienen los -pobres- de poseer una inteligencia
y un alma? No basta el que les hagamos vivir? Si vos señora no le
hubieseis dado mas que puches no hubiéramos llegado á este caso.
--Dios mio! Dios mio! --esclamó la Señora Sowerberry elevando
piadosamente sus ojos al techo do la cocina --Es posible que esto dimane
de un exceso do liberalidad!
La liberalidad do la Señora Sowerberry para con Oliverio consistia en
una prodigalidad confusa de escamochos que ningun otro que el hubiera
querido comer; por lo que habia mucha abnegacion y deferencia en soportar
voluntariamente la -pesada acusacion- de Mr. Bumble de la que (sea dicho
con justicia) era inocente de pensamiento, de palabra y de accion.
--Ahora bien --dijo el pertiguero cuando la Señora vuelta de su éxtasis
dirijió de nuevo sus ojos á la tierra --lo que conviene por el momento
en mi sentir es dejarle veinte y cuatro horas aquí hasta que el hambre
empiece á hacerle cosquillas; luego le pondreis en libertad y lo
sujetareis á los puches claros durante todo el tiempo de aprendizage.
Señora Sowerberry tened entendido que procede de -mala semilla-. El
cirujano y la enfermera me han dicho que su madre vino á la casa entre
dificultades y penas que hubieran acabado mucho antes con una -muger
virtuosa-.
A este punto del discurso Oliverio que habia comprendido lo bastante para
saber que se hacia de nuevo alusion á su madre, volvió á golpear con
tal fuerza que aturrullaba los oidos. En medio de esta bataola entró Mr.
Sowerberry y habiéndole -las señoras- contado el crímen de Oliverio
con toda la exajeracion que creyeron á propósito para exitar su enojo,
en un abrir y cerrar de ojos abrió la carbonera é hizo salir de ella á
su -rebelde- aprendiz cojiéndole por el cogote.
Durante la lucha los vestidos de Oliverio habian sido rasgados, su rostro
estaba magullado y arañado, sus cabellos caian en desórden sobre su
frente. El rojo de la cólera no habia desaparecido aun de sus megillas,
y al salir de su prision lejos de manifestarse acobardado dirigió una
mirada amenazadora á Noé.
--Ola! bravo mozo! --dijo Sowerberry sacudiendo la cabeza de Oliverio y
dándole luego un bofeton en la oreja.
--Porque ha hablado mal de mi madre. --replicó el niño.
--Y aun que así fuera pillastron! --dijo la Señora Sowerberry --No ha
dicho todo lo que ella merece!
--No lo merece! --dijo Oliverio.
--Lo merece. --objetó la Señora Sowerberry.
--Es mentira!
La Señora Sowerberry derramó un torrente de lágrimas. Este torrente de
lágrimas privaba á Mr. Sowerberry de toda alternativa. El lector
prevenido comprenderá fácilmente que si este último hubiese titubeado
un solo momento en castigar severamente á Oliverio, hubiera sido bajo el
aspecto de los usos establecidos cuando se trata de disputas conjugales,
un bruto, un marido desnaturalizado, una ridícula imitacion del hombre y
tantos otros hermosos epitetos demasiado numerosos para insertarlos en
este capítulo. Para hacerle justicia tenia á favor del niño toda la
buena disposicion que le permitia su poder muy limitado: pueda tambien
que le impulsara el propio interés; ó bien porque su muger no lo podia
sufrir. Asi es que como tengo dicho ese torrente de lágrimas no le
dejaba alternativa y de consiguiente lo zurró de lo lindo para
satisfacer á su ultrajada esposa y hacer al mismo tiempo inútil el
-baston parroquial-. Nuestro jóven héroe fué encerrado por todo el
resto del dia en la carbonera en compañía de un jarro de agua y un
mendrugo de pan. Por la noche la Señora Sowerberry lo abrió no sin
haber hecho antes algunas observaciones poco lisongeras respecto á su
madre y entre las burlas y sarcasmos de Noé y de Carlota fué á echarse
en su lecho de dolor.
Solo cuando se vió aislado en el taller del Zampa-muertos, dió libre
curso á la emocion que el tratamiento del dia debió dispertar en su
pecho de niño. Habia escuchado los sarcasmos con desprecio; habia
sufrido los golpes sin proferir un solo lamento, por que sintiara nacer
en el esa noble fiereza capaz de ahogar el menor grito aun cuando le
hubieran quemado vivo; pero ahora que nadie podia verle ni oirle se dejó
caer de rodillas sobre el pavimento y ocultando su rostro con sus manos
derramó tales lágrimas que Dios quiera que para el bien de nuestro
espíritu ningun niño tan jóven haya tenido ocasion de derramarlas por
nosotros ante él!
Oliverio permaneció largo tiempo en esta postura: la vela iba á
consumirse del todo en el tubo de su candelera cuando se levantó; y
habiendo mirado con precaucion á su alrededor y escuchando con suma
ansiedad tiró los cerrojos de la puerta de entrada y fijó su vista á
la calle.
La noche estaba sombria y fria y las estrellas parecieron á los ojos del
niño mas lejanas de la tierra que no las habia visto antes. No soplaba
el menor aire y las sombras negras de los árboles por su inmobilidad
tenian algo de sepulcral como la misma muerte. Volvió á cerrar
suavemente la puerta y aprovechándose de la luz vacilante del cabo de la
vela que finia para envolver en un pañuelo los pocos harapos que tenia
se sentó sobre su jergon esperando el dia.
A los primeros rayos de la aurora que empezaron á filtrar al través de
las rendijas de la puerta de la tienda, Oliverio se levantó y abrió de
nuevo la dicha puerta. Una mirada temerosa en torno suyo; un momento de
vacilacion . . . la cerró tras si y hele ah en medio de la calle. Miró
á derecha é izquierda no sabiendo por que lado huir. Recordó haber
visto los carros cuando dejaban el pais subir lentamente la colina . . .
se dirije por este lado y habiendo llegado á un sendero que sabia iba á
desembocar en la carretera un poco mas lejos le tomó y marchó á buen
paso.
Al hallarse en este mismo sendero Oliverio recordó haber trotado por el
al lado de Mr. Bumble cuando este le volvia de la sucursal á la casa de
Caridad. Este camino conducia á aquella. Su corazon latia muy fuerte
pensando en ello y le vinieron ganas de retroceder. Sin embargo habia ya
andado un largo trecho y perdía mucho tiempo obrando asi; además era
tan de mañana que no habia peligro de que se le viera. Continuó pues y
llegó delante de la casa. No habia apariencia de que los comensales
estuvieran ya levantados en una hora tan matinal. Se paró y miró con
precaucion al jardín. Un niño estaba en el ocupado en arrancar las
malas yerbas de un cuadro y al levantar la cabeza pare descansar Oliverio
reconoció en él á uno de sus camaradas de la infancia. Tuvo mucha
satisfaccion de verle antes de partir; porque aunque mas jóven que él,
este niño habia sido su amigo y compañero de juego. Habian tenido
hambre, habian sido golpeados y encerrados juntos tantas y tantas veces!
--Silencio Ricardo! --dijo Oliverio viendo al muchacho correr á la
puerta y pasar sus bracesitos al traves de la verja para recibirle --Se
han levantado ya aquí?
--No; yo solo! --respondió el niño.
--Que no digas que me has visto; lo entiendes Ricardo? --dijo Oliverio
--Yo me escapo: me golpeaban y me maltrataban muchísimo! Voy á buscar
fortuna lejos, muy lejos de aquí; no se donde. ¿Que pálido estás?
--He oido decir al médico, que me muero. --repuso el niño con una
lánguida sonrisa --Estoy tan contento de verle querido amigo! Pero no te
entretengas; vete pronto!
--No, no! quiero decirte hasta la vista. --prosiguió Oliverio --Volveré
á verte Ricardo; estoy seguro de ello. Entonces estarás bueno y serás
mas feliz.
--Asi lo espero! --dijo el niño --pero cuando habré muerto; no antes.
Se bien que el médico tiene razon Oliverio; porque sueño muy amenudo en
el cielo y en los ángeles y veo fisonomías dulces cual no las he visto
nunca cuando estoy dispierto. Abrázame! --continuó encaramándose en la
puerta del jardin y pasando sus bracecitos alrededor del cuello de
Oliverio --Hasta la vista allá arriba amigo! Que Dios te bendiga!
Aunque dada por un niño, esta bendicion era la primera que Oliverio
sentia invocar sobre su cabeza y en medio de los sufrimientos y de las
vicisitudes de su vida futura, no la olvidó una sola vez.
CAPÍTULO VIII.
OLIVERIO SE DIRIJE Á LONDRES, Y ENCUENTRA EN EL CAMINO UN JÓVEN
SINGULAR.
OLIVERIO despues que hubo llegado al estremo del sendero, se encontró en
la carretera. Eran las ocho de la mañana: á pesar de haber andado ya
cinco millas, corrió y se ocultó como pudo tras las hayas hasta el
medio dia temiendo ser cojido en el caso de que se le persiguiera.
Entonces se sentó en un mojon y se puso á pensar per la primera vez en
el punto donde debia ir para poder ganarse la subsistencia.
Muchas veces habia oido decir á los viejos de la casa de Caridad que un
muchacho de corazon no podia dejar de pasarlo bien en Londres y que habia
en esa gran ciudad recursos de que los habitantes de las provincias no
podian formarse una idea. Este era justamente el punto propio para el
niño sin asilo y que podia morirse en medio de la calle si alguno no
venia á su socorro. Se puso pues en marcha con valor acostándose por la
noche al aire libre, viviendo ya de limosnas, ya de los restos arrojados
por los caminantes; despreciado y rechazado por todas partes.
El séptimo dia de su partida entró muy de madrugada fatigadísimo en la
pequeña ciudad de Barnet. Las puertas de las casas estaban cerradas, las
calles desiertas, nadie se habia levantado aun para prepararse á los
trabajos del dia. El sol se elevaba radiante; pero su luz solo demostraba
al niño de una manera mas sensible su abandono y su miseria. Se sentó
en las gradas de una iglesia con los piés llenos de sangre y polvo.
Poco á poco se abrieron las puertas, se estendieron los toldos y la
gente empezó á circular por las calles. Algunas personas (en número
muy pequeño) se detuvieron un momento para contemplarle ó solo se
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