permanecia en casa de aquella señora y fué feliz. Hace dos ó tres
años que la habia perdido de vista, y no volvia á verla hasta hace
algunos meses.
--La veis ahora? . .
--Si, apoyada en vuestro brazo.
--Pero por eso no es menos mi sobrina --esclamó la señora Maylie
estrechando la jóven sobre su corazon --no es menos mi querida niña. No
quisiera perderla ahora por todos los tesoros del mundo. Mi dulce
compañera! . . Mi hija de adopcion! . . Mis mas caras esperanzas! . .
--Vos sois la única amiga que tengo en el mundo! --esclamó Rosa pasando
sus brazos alrededor del cuello de la señora. --Vos fuisteis para mi la
mejor de las amigas, la mas tierna de las madres.
--Tranquilizaos ángel mio! --dijo la Señora Maylie abrazándola con la
mayor ternura --y acordaos que hay otros á quienes sois tambien querida.
--Rosa, amada Rosa! --clamó Oliverio --fuisteis para mi una buena
hermana, quiere consideraros en adelante no como una tia sino como una
hermana idolatrada! . .
Permanecieron solos por mucho tiempo. Un golpe ligero en la puerta del
aposento anunció que alguien deseaba entrar. Oliverio corrió á abrir,
y apartóse al momento para dar paso á Enrique Maylie.
--Lo sé todo! --dijo sentándose al lado de la jóven --No es la
casualidad la que me conduce á este sitio --añadió despues de un
silencio prolongado --y solo desde ayer sé todo lo que os concierne. Sin
duda no ignorais que he venido para recordaros vuestra promesa.
--Un memento --dijo Rosa ¿Lo sabeis todo? . .
--Ah! . . Rosa, sois para mi asaz cruel! . .
--Oh! . . Enrique! . . Enrique! . . --continuó Rosa prorumpiendo en
llanto --quisiera hacer lo contrario y evitarme estos dolores! . .
--Pues bien; entonces reflecsionad sobro lo que habeis sabido esta noche.
--Y qué he sabido Dios mio! . . --que el sentimiento de su deshonra ha
obrado con tal fuerza sobre mi desdichado padre, que no ha podido
soportar su desgracia . . .
--No; --replicó el jóven reteniendo á Rosa por el brazo cuando iba á
retirarse. --Mis deseos, mi porvenir, todo en fin menos mi amor á vos,
ha esperimentado un cambio. Al presente no os ofrezco ya un rango
distinguido en el mundo; donde ciertas preocupaciones hacen ruborizar á
la misma inocencia . . .
--Qué queréis decir? . . esclamó Rosa con voz entrecortada . . .
--Digo --prosiguió Enrique --que en una de los condados mas bellos de la
Inglaterra, en medio de risueñas colinas y verdes praderas, existe una
pequeña iglesia de aldea que me pertenece, Rosa, y de la que soy el
pastor; cerca de esta iglesia está el presbiterio, habitacion rústica
que vos embelleceréis con vuestra presencia, y que me haréis preferir
mil veces á todas las dignidades á que he renunciado: tal es el rango
que ocupo en el mundo, y que tendré una felicidad inmensa en compartir
con vos . . .
CAPÍTULO XLIX.
EL ÚLTIMO DIA DE UN REO Á MUERTE.
LA sala del tribunal de los -Assises- se veia tapizada de rostros humanos
desde el pavimento, hasta el techo. El menor espacio, el mas pequeño
rincon, estaba ocupado.
Al centro de toda esta multitud, permanecia Fagin, con una mano apoyada
en la baranda de madera colocada ante él, la otra en su oreja, y la
cabeza inclinada hácia adelante para poder oir mejor el acta de
acusacion que el fiscal leia á los señores jurados. De tanto en tanto,
dirijia sobre ellos miradas ansiosas para ver si descubriria sobre sus
fisonomías, el menor movimiento en su favor; y cuando los cargos que se
le dirijian, quedaban probados con harta evidencia, miraba con ojo
inquieto al tribunal.
Un ligero ruido en la sala le sacó de su abstraccion. Volvió la cabeza,
y notó que los jurados se habian reunido para deliberar.
Lo comprendió, de un solo golpe de vista, la imágen de la muerte se
presentó en su mente y dirijiendo sus miradas hácia el estrado vió que
el jefe de los jurados dirijia la palabra al presidente --Silencio! . .
Era solo para pedir el permiso de retirarse.
Los contempló, uno despues de otro para adivinar si le era posible en
que partido se inclinaba el mayor número; pero inútilmente. Habiéndole
dado el carcelero un golpe sobre la espalda, le siguió maquinalmente
hasta el estremo del banco de los acusados para esperar allí la vuelta
de los jurados.
De repente se restableció el silencio, y todas las miradas se dirijieron
hácia la puerta lateral, por la que aquellos habian salido. Pasaron por
su lado al entrar otra vez en la sala; pero le fué imposible distinguir
nada en sus rostros: ellos estaban impasibles: «Si, el acusado es
culpable!»
La sala retumbó por tres veces con las aclamaciones de la multitud y los
de afuera respondieron con gritos de alegría al saber que seria
ejecutado el lúnes prócsimo.
Cuando el rumor se hubo apaciguado, se le preguntó si tenia nada que
decir contra la pena de muerte. Habia recobrado su primera actitud, y
miraba alternativamente al presidente; pero hubo necesidad de repetirle
por dos veces esta pregunta antes que pareciera comprenderla, y soto
balbuceó entre dientes --que era un viejo, un pobre viejo --un
desgraciado viejo. Luego guardó silencio.
Los jueces tomaron el bonete negro; el reo quedó en la misma postura; la
boca entreabierta, el cuello tieso. Hubo una mujer en la galería que
arrojó un grito penetrante, y el judío se volvió vivamente como si
hubiese sido contrariado ó interrumpido. El presidente pronunció con
voz conmovida la sentencia fatal, y el acusado permaneció todo este
tiempo tan inmóvil como una estátua.
Se je condujo á lo largo de un corredor enlosado en el que habian
algunos prisioneros que esperaban su turno, y otros que hablaban á sus
amigos tras de una reja que daba al patio. A pesar de no haber allí
nadie para hablarle, esos últimos retrocedieron al acercarse, á fin de
facilitar á la gente de fuera, que se encaramaba á la reja para verle,
el placer de contemplarle á satisfaccion, y le chiflaron, le silvaron y
le llenaron de injurias.
Se sentó en un banco de piedra que servia á la vez de silla y de lecho,
y bajando la vista al suelo, procuró reunir sus ideas. Por grados llegó
á este desenlace terrible: «-Condenado- á ser -colgado por el cuello
hasta que resulte la muerte-. Tal era la sentencia terrible: -Condenado
á ser colgado por el cuello hasta, que resulte la muerte-!!!
Solo quedaba un dia, de vida; y apenas tuvo tiempo de pensarlo, que ya
habia llegado el domingo!
Hasta el anochecer no empezó á sentir todo el horror de su posicion, no
porque antes concibiera esperanza de obtener gracia, sino porque jamás
pudo imaginarse que debiera morir tan pronto.
Se tendió en el banco de piedra y procuró recordar el pasado. Habiendo
sido herido por el populacho el dia en que fué preso por la policía,
llevaba un pañuelo atado en su cabeza; sus cabellos rojos caian sobre su
frente arrugada; su barba llena de polvo y grasa, estaba embrollada en
pequeños nudos; su tez lívida, sus ojos centelleantes sus megillas
cóncavas daban horror al verlas. Ocho! . . nueve! . . diez! . . Si esto
no era una mala pasada que se le jugaba, y esas tres horas se habian
sucedido realmente con tanta rapidez, dónde estará cuando volverán á
sonar? . . Las once! . . Dió la media noche cuando el último golpe de
las once vibraba aun en sus oidos.
Las barreras pintadas de negro estaban ya colocadas al rededor de la
plaza para contener la afluencia de la multitud que la curiosidad no
dejaria de atraer en aquel sitio, cuando Mr. Brownlow acompañado de
Oliverio, se presentó á la porteria; habiendo enseñado al portero un
permiso de entrada firmado por uno de los -cherifs- y fué introducido al
momento en la cárcel.
--Ese muchacho vá con vos al calabozo del sentenciado? . . --dijo el
hombre que debia acompañarles á él. --No es muy buen espectáculo para
los niños.
--Sin duda, amigo mio! Teneis mucha razon! --contestó Mr. Brownlow
--pero su presencia es indispensable, y no puedo menos de llevarle.
El hombre los guió sin desplegar los lábios.
--Este es el sitio porque va á pasar --dijo cuando hubieron llegado á
un pequeño patio enbaldosado, en el que trabajaban muchos carpinteros.
De allí pasaron por muchas verjas que les fueron abiertas desde el
interior por otros carceleros. Despues de haber dicho á Mr. Brownlow que
esperára un instante, el alcaide llamó con su manojo de llaves á una
de las puertas forradas de hierro; esta se abrió y dos guardianes
despues de haber cambiado con él algunas palabras en voz baja, hicieron
señal á nuestros visitadores de que podian entrar en el calabozo.
El criminal estaba sentado en su banco, y balanceándose de uno y otro
lado como una fiera cojida en el lazo.
El alcaide tomó á Oliverio por la mano; y habiéndole dicho por lo bajo
que no tuviera miedo, miró al judío en silencio.
--Fagin! . . le dijo despues de un momento.
--Aquí estoy! . . Aquí estoy! . . --esclamó el judío tomando la misma
posicion que tenia durante el curso de los debates --soy un anciano,
milores!
--Ved ante vos á un sujeto que desea hablaros Fagin --dijo el alcaide
poniéndole la mano sobre la espalda para hacer que se sentára otra vez
--Vaya Fagin! . . ¿ya no sois un hombre?
--No lo seré mucho tiempo! --contestó el judío levantando la cabeza y
mirando al alcaide con una espresion de rabia y de terror.
Mientras hablaba, vió á Oliverio y Mr. Brownlow y retrocediendo hasta
el estremo del banco les preguntó que le querian.
--Ea Fagin! --estaos quieto --dijo el alcaide. --Ahora caballero
--prosiguió dirijiéndose á Mr. Brownlow --si teneis algo que decirle,
hacedlo lo mas pronto posible, porque á medida que se acerca la hora se
vá volviendo mas furioso.
--Teneis unos papeles que os han sido remitidos para mas seguridad por
cierto individuo llamado Monks? . . --dijo Monsieur Brownlow.
--Nada hay mas falso! . . contestó el judío.
--Por el amor de Dios! . . --continuó Mr. Brownlow --no digais esto en
el momento que estais á las puertas de la eternidad; confesad mas bien
á donde se hallan. Ya sabeis que Sikes ha muerto; que Monks lo ha
declarado todo y que no os queda esperanza alguna. Decidme ¿dónde
están esos papeles? . .
--Oliverio! . . --esclamó el judío haciéndole una señal con la mano
--ven acá para que te diga una palabra al oido.
--No tengo miedo --dijo Oliverio en voz baja y soltando la mano de Mr.
Brownlow.
--Los papeles en cuestion --dijo el judío atrayendo á si el niño
--están en un saquito de tela, en el fondo de un agujero practicado un
poco mas allá del cañon de la chimenea --Tengo algo que decirte amigo
mio; algo importante que decirte . . . A fuera! . . á fuera! . .
--añadió --Dí que me he dormido y ellos te creerán --No podré salir
si obras así . . . Adelántate! . . Adelántate! . . Esto es! oh, sí,
sí, esto es! . . Así saldrémos bien! . . Ahora esa puerta . . . Si
tiemblo al pasar por delante del cadalso, no pares la atencion, y anda
siempre como si nada fuera . . .
--No teneis nada mas que preguntarle? . . --dijo el alcaide dirijiéndose
á Mr. Brownlow.
--No; --respondió este --Si supiera que pudiese volvérsele al
sentimiento de su posicion!
--No lo creais --dijo el hombre meneando la cabeza.
--Adelántate! . . Adelántate! --gritó de nuevo el judío . . . Poco á
poco! . . Poco á poco! . . Mas á prisa! Esto es . . . así . . . está
bien! . .
Los guardianes le separaron al fin de Oliverio y lo rechazaron hasta el
fondo del calabozo.
Nuestros visitadores tardaron algun tiempo para salir de la cárcel,
porque Oliverio sintió desfallecer su corazon, despues de esta escena
horrible, y el dia empezaba á clarear cuando pasaron el umbral. Una
multitud de gente estaba ya reunida en la plaza de la ejecucion; las
ventanas se veian atestadas de personas que fumaban y jugaban á los
naipes para pasar el tiempo, esperando la hora fatal . . .
CAPÍTULO L.
CONCLUSION.
LOS destinos de los que han figurado en esta obra están ya cuasi
fijados, y poco queda que decir al historiador.
Antes de finir los tres meses Rosa Fleming y Enrique Maylie fueron
casados en la pequeña iglesia, de la que éste fué el pastor y en cuyo
presbiterio se establecieron el mismo dia.
La Señora Maylie vino á vivir con sus hijos para gozar en sus últimos
años de la felicidad mas pura que la vejez y la virtud puedan conocer;
esto es la de ser testigo de la dicha de aquellos que habian sido
constantemente el objeto de sus desvelos.
Despues de una seria liquidacion fueron repartidos por partes iguales
entre Oliverio y Monks los restos de la fortuna inmensa, de que este
habia sido el único posesor (y que nunca habia aprovechado en sus manos,
asi como en las de su madre.) Le tocaban á cada uno un poco mas de tres
mil libras esterlinas.
Monks habiendo juzgado conveniente guardar este nombre supuesto, se
retiró en un pais lejano de America con la porcion que quiso concederle
Mr. Brownlow, la cual disipó en poco tiempo. Pronto volvió á tomar sus
malas costumbres y cayó de nuevo en sus antiguos vicios.
Mr. Brownlow adoptó á Oliverio como su propio hijo; y habiendo venido
á vivir con su ama de llaves con gran satisfaccion de este último, á
poco menos de una milla del presbiterio en que habitaban los recien
casados, formaron una pequeña sociedad de amigos verdaderos, cuya
felicidad fué tan perfecta, como puede esperarse en este mundo.
Poco despues del casamiento de nuestros jóvenes, el buen doctor volvió
á Chertsey, donde privado de la sociedad de sus dignos amigos no tardó
en aburrirse y por poca disposicion de carácter que hubiera tenido,
pronto se hubiera vuelto huraño. Durante dos ó tres meses, se contentó
con insinuar sus temores de que los aires de Chertsey fueran contrarios
á su salud; luego viendo, que no disfrutaba de la alegria de otros
tiempos, cedió su clientela á su asociado, y alquiló una casita á la
entrada de la aldea, de que su jóven amigo era pastor.
Antes de venir á instalarse en su nuevo domicilio habia contraido una
fuerte amistad con Mr. Grimwig, que le pagaba, con otra igual. En
consecuencia recibe muy á menudo las visitas de este escéntrico
caballero, que en estas ocasiones, caza, pezca, y trabaja la madera con
una actividad sin igual haciendo cada una de estas cosas al revés de
todo el mundo, y afirmando (con su proposicion favorita), que su modo de
obrar es infinitamente preferible á otro.
Maese Noé Claypole, despues de obtenido su indulto de la corona por
haber declarado contra el judío, consideró que su profesion no era del
todo tan segura como se figuraba y de consiguiente buscó los medios para
ganarse la vida sin estar demasiado sobrecargado de trabajo. Al pronto
tuvo mucho embarazo sobre el partido que debia adoptar: pero despues de
calcular un tanto se hizo -soplon- partido en el que se distingue mucho.
Regularmente, todos los domingos durante la hora del oficio se pasea en
compañía de Carlota decentemente vestida. Esta se desmaya á la puerta
de los caritativos taberneros; Noé se hace servir tres sueldos de
aguardiente para hacerla volver en sí, y á la mañana siguiente hace su
denuncia contra tal ó cual tabernero que ha infrinjido la ley abriendo
su tienda durante el oficio. Entonces embolsa la mitad de la multa.
Los consortes Bumble, privados ambos de su empleo, fueron reducidos
gradualmente á la miseria mas horrible, y acabaron por ser recibidos
como á -pobres en la casa de Caridad- donde habian en otro tiempo
gobernado como -déspotas-.
En cuanto á Giles y Brittles permanecen siempre en sus antiguos puestos.
Cárlos Bates aterrorizado por el crímen de Sikes, hizo sérias
reflecsiones sobre su mala conducta pasada, y persuadido de que sobre
todo vale mas una vida honrada; resolvió enmendarse y vivir en adelante
de su trabajo.
FIN DE LOS LADRONES DE LONDRES.
Notas del traductor:
[1] Ratero.
[2] Molino puesto en accion por hombres.
[3] Tribunales extraordinarios que se reunen cuatro veces al año para
juzgar ciertas causas civiles ó criminales.
[4] Uno de los principales mercados de Lóndres.
[5] Personaje de la trajedia de Schaspeare titulada Macbet.
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