--Sí; soy yo. --respondió el bandido --levántate!
Habia una vela que ardia esperando á Sikes, éste la arrancó del
candelera y la arrojó á la chimenea. La jóven viendo que clareaba ya
algo el dia se levantó para apartar las cortinas de la ventana.
--No es necesario --dijo Sikes poniendo el brazo ante ella para
impedírselo --veré lo bastante para lo que tengo que hacer.
--Guillermo! . . --esclamó Nancy con voz ahogada por el miedo --Por qué
me miras así? . .
El ojo estraviado, la respiracion corta y las ventanas de la nariz
hinchadas, el bandido la contempló un momento en silencio, luego
agarrándola por la cabeza y por el cuello, la arrastró al medio del
aposento y le puso la mano sobre la boca despues de haber lanzado una
mirada hácia la puerta.
--Guillermo! . . Guillermo! . . --gritó la jóven debatiéndose, con una
fuerza que solo puede dar el temor de la muerte --no haré ruido . . . no
gritaré . . . te lo prometo! . . Escúchame! . . háblame! . . díme lo
que te he hecho!
--Ah! infame! sabes tú bien lo que has hecho! . . --repuso Sikes con
risa infernal --lo sabes muy bien! . . Te han espiado esta noche . . .
Todas tus palabras han sido oidas!
--Consérvame la vida como he conservado yo la tuya; te lo suplico
Guillermo! . . En nombre del cielo perdona mi vida! . . --esclamó Nancy
aferrándose á él --Guillermo! . . Querido Guillermo! . . no tendrás
corazon para matarme! Ah! piensa en todo lo que he rehusado esta noche
por tí! . . . Reflecsiona un momento y evítate este crímen! No te
dejaré; Guillermo! . . no podrás hacer que te suelte . . . Por el amor
de Dios reflecsiona antes de derramar mi sangre . . . Soy yo quien te lo
ruego! yo que tanto te amo! . . Guillermo! siempre te he sido fiel! . .
Tan verdad como soy una criatura indigna, te he sido fiel!
El bandido forcejó violentamente para desasirse de ella, pero los brazos
de la jóven estaban entrelazados con los suyos de modo que no pudo
lograrlo.
--Guillermo --dijo Nancy procurando poner su cabeza sobre el pecho del
bandido --aquel anciano caballero y aquella buena señorita me han
ofrecido esta noche un asilo, en cualquiera pais estranjero, donde
pudiese acabar mis dias en paz; déjame verlos aun otra vez, les pediré
de rodillas que te otorguen el mismo favor y si consienten como no lo
dudo, dejarémos este lugar horrible, irémos cada uno por su lado á
vivir en el retiro, ó procurarémos olvidar la vida espantosa que hemos
llevado juntos, sin vernos ya jamás. Nunca es tarde para el
arrepentimiento, ellos me lo han dicho, y ahora comprendo que tienen
razon . . . pero es necesario el tiempo . . . Es necesario tener tiempo
Guillermo . . . un poco de tiempo! . .
Sikes habiendo logrado desembarazar un brazo cojió su pistola. La idea
de que seria descubierto y arrestado al momento si hacia estrépito se
presenta como un relámpago á su alma aun en medio de su furor, y
entonces descargó dos ó tres golpes con su culata sobre la frente de la
jóven suplicante.
Esta de pronto vaciló y cayó en seguida cuasi cegada por la sangre que
manaba de un agujero enorme que le habia hecho en la cabeza; pero
volviéndose á levantar sobre sus rodillas si bien con gran dificultad,
sacó de su seno un pañuelo blanco (el de Rosa Maylie) y elevándolo
entre sus dos manos juntas, tan alto como sus fuerzas le permitieron,
murmuró una corta plegaria para implorar la piedad del Señor . . . Era
un espectáculo horroroso. El asesino espantado retrocedió hasta la
pared, poniendo la mano ante sus ojos; luego apoderándose de un enorme
garrote, descargó un golpe tremendo sobre el cráneo de la jóven y la
tendió muerta á sus piés.
[Illustration: Sikes apoderándose de un enorme garrote, descargo un golpe
sobre el cráneo de la jóven, y la tendió muerta á sus piés.]
CAPÍTULO XLVI.
MONKS Y MR. BROWNLOW SE ENCUENTRAN AL FIN. --ENTREVISTA QUE TUVIERON
JUNTOS, Y DE QUE MODO FUÉ INTERRUMPIDA.
EL dia empezaba á declinar, cuando Mr. Brownlow bajando de un coche de
alquiler, llamó á la puerta de su casa. Apenas abrieron, un robusto
mozo bajó á su vez y se puso de centinela á un lado del estribo,
mientras que otro del mismo calibre saltó ligero del pescante en que se
habia colocado al lado del cochero, y se situó frente por frente del
primero. A una señal de Mr. Brownlow hicieron salir del fiacre á un
tercer individuo que introdujeron en la casa: este individuo no era otro
que Monks.
Los tres andaron sin decir palabra, y siguieron á Mr. Brownlow hasta una
salita á la puerta de la cual Monks, que habia subido con marcada
repugnancia, se paró en seco; y los dos hombres miraron á Mr. Brownlow
como para preguntarle lo que debian hacer.
--Sabe la alternativa. --dijo Mr. Brownlow --Si se resiste ó intenta
huir llevadlo á fuera y hacedle prender en nombre mio.
--Y con qué derecho obrais de este modo conmigo? --preguntó Monks.
--Jóven; ¿por qué me obligais á ello? --contestó Mr. Brownlow
mirándole fijamente --Seriais bastante loco para escaparos? Soltadle! . .
--prosiguió dirijiéndose á los dos hombres --Ahora jóven, sois
libre de ir á donde querais, y nosotros de seguiros; pero os juro, por
lo que hay de mas sagrado que al momento que pongais el pié en la calle
os hago prender como falsario y ladron. Mi resolucion es irrevocable! . .
Monks murmuró algunas palabras inteligibles, y manifestó irresolucion.
--Os intimo que os decidais al instante! --añadió Mr. Brownlow --Una
sola palabra de mi boca, y la alternativa queda perdida para siempre!
Monks titubeó aun.
--Qué decidís?
--No queda otra alternativa? . .
--No.
Monks miró al anciano caballero con inquietud; pero no viendo en su
fisonomia mas que el sello de la severidad y de la resolucion, dió
algunos pasos en la sala encojiéndose de hombros y acabó por sentarse.
--Cerrad la puerta por la parte de afuera --dijo Mr. Brownlow á los dos
hombres.
Estos obedecieron y Mr. Brownlow quedó solo con Monks.
--A la verdad caballero, que este es un hermoso proceder por parte de un
amigo antiguo de mi padre! --dijo Monks.
Justamente porque era el amigo íntimo de vuestro padre, --repuso Mr.
Brownlow --porque la esperanza de mis años juveniles me unia á él
puesto que su hermana muerta el dia mismo que debia casarme con ella, me
ha dejado solo en la tierra; porque aun niño, se arrodilló conmigo
cerca del lecho de muerte de aquel ángel de dulzura y de bondad á quien
á Dios plugo arrebatar de este mundo en la flor de su edad; porque
despues de aquel momento consagra á vuestro padre una amistad que ni sus
tristezas ni sus desgracias pudieron entibiar jamás, y que duró hasta su
muerte; porque estos recuerdos del pasado, llevan mi corazon; es por lo
que estoy dispuesto á trataros con miramiento.
--Y que tiene mi nombre de comun con lo que vais á decirme?
--Nada respecto á vos, jóven --nada sin duda; pero mucho respecto á
mi, y estoy muy contento que hayais tomado otro.
--Todo esto es bello y bueno --dijo Monks con ademan descarado --todo
esto es muy hermoso, pero donde quereis ir á parar?
--Teneis un hermano --dijo con calor Mr. Brownlow --un hermano cuyo
nombre solo, pronunciado en voz baja á vuestro oido, cuando estaba tras
de vos en la calle, ha bastado para obligaros á seguirme, á pesar de la
repugnancia que tenias en hacerlo.
--Yo no tengo hermano! . . --replicó Monks --Ignorais sin duda que soy
hijo único.
--Escuchad lo que voy á deciros; --continuó Mr. Brownlow-- ello no
dejará de interesaros. Sé muy bien que sois el solo é indigno fruto de
un enlace fatal que el orgullo de familia y el interés sórdido,
obligaron á contraer á vuestro padre niño aun.
--Hago poco caso de vuestros epitetos --interrumpió Monks con una
sonrisa forzada --Confesais el hecho, y me basta.
--Pero sé tambien cuales fueron los males causados por tan funesta union
--prosiguió Mr. Brownlow --Sé, cuan pesada fué para los dos, la cadena
que debieron arrastrar en el mundo, á los ojos de este mundo que ningun
encanto tenia ya para ellos. Sé que las formalidades glaciales de la
etiqueta, fueron reemplazadas por los reproches, que la indiferencia
cedió su puesto al desprecio, el desprecio al disgusto, y el disgusto al
ódio hasta que al fin no pudiendo sufrirse el uno al otro se vieron
obligados á separarse.
--Y bien! se separaron --dijo Monks. ¿Esto qué prueba?
Despues de algun tiempo de separacion --continuó Mr. Brownlow --y cuando
vuestra madre lanzada en el torbellino del gran mundo, hubo olvidado
completamente al hombre que le habian dado por marido y que era mas
jóven que ella, á lo menos de once años; éste, que hasta entonces
habia llevado una vida retirada, adquirió nuevas relaciones. Ya sabeis
vos esto; estoy seguro.
--No --dijo Monks --Nada sé.
--Vuestro semblante prueba lo contrario. De lo que hablo, hace cerca
quince años; vos teniais entonces diez ú once y vuestro padre no mas
que treinta porque lo repito, no era mas que un niño cuando su padre le
obligó á casarse. ¿Deberé recordar un acontecimiento que por respeto
á la memoria de vuestro padre, quisiera pasar en silencio, ó quereis
evitarme la pena de ello confesándome la verdad?
--Como nada sé, nada tengo que decir! . . --contestó Monks.
--Entre las nuevas amistades que adquirió vuestro padre --prosiguió Mr.
Brownlow --se contaba la de un oficial de marina, viudo desde bacia seis
meses y que vivia solo con dos hijos. Habia tenido muchos; pero
felizmente habia perdido los otros. Eran dos hijas; la una un ángel de
hermosura que en esta época podia tener diez y ocho años, y la otra una
niña de dos ó tres años.
--Qué puede importarme esto á mí? --preguntó Monks.
--Ese oficial de marina --añadió Mr. Brownlow sin parecer parar la
atencion á la pregunta de Monks --habitaba una casa en ese distrito de
la Inglaterra que vuestro padre recorrió en la época de sus desgracias,
y en cuya casa fué hospedado. Poco tiempo fué necesario para que se
ligaran con una estrecha amistad. Vuestro padre poseia ventajas que
poseen pocos hombres; era un hermoso muchacho y abrigaba su corazon
franco y generoso como su hermana. Cuanto mas le conoció el anciano
oficial mas le amó. Desgraciadamente sucedió lo mismo con su hija . . .
Antes de transcurrir un año estaba ya ligado por medio de un juramento
con esta jóven vírgen, víctima de una pasion viva y sincera . . . de
un primer amor en fin.
--Vuestro cuento es de los mas largos --observó Monks mohíno.
--Es, jóven, una relacion, de desgracias, de tristezas y de miserias
--replicó Mr. Brownlow --y tales cuentos (como os place llamarlos) son
siempre largos. En fin uno de los parientes de vuestro padre (por amor al
cual fué sacrificado, como tantos otros) murió; y como si hubiese
querido reparar el mal de que habia sido causa, le legó toda su fortuna
que era considerable. Vuestro padre tuvo que dirigirse á Roma, donde
este pariente habia ido para su salud y donde murió sin haber puesto en
arreglo sus asuntos. Fué pues allí y cayó gravemente enfermo. Vuestra
madre que lo supo en Paris, donde habitaba entonces, partió al momento
con vos para ir á encontrarle. Murió el dia de vuestra llegada sin
haber hecho testamento; de suerte, que su fortuna os cabió en reparto á
los dos.
A este punto de la relacion Monks prestó oido atento, sin mirar con todo
á Mr. Brownlow.
--Antes de embarcarse y al pasar por Londres --prosiguió Mr. Brownlow
--mirándole fijamente, vuestro padre vino á verme.
--Jamás he tenido noticia de esto --replicó Monks.
--Si jóven; vino á verme, y me dejó entre otras cosas un retrato
pintado por él mismo . . . el retrato de aquella jóven que no podia
llevarse . . . Estaba agoviado por los remordimientos; se acusaba de
haber causado la ruina y la deshonra de una familia, y me confió la
intencion que tenia de convertir todos sus bienes en dinero (costarle lo
que le costare) y despues de haberos dejado á vos y á vuestra madre una
parte de ese dinero, huir á pais estraño. Adiviné bien que no huiria
solo . . . Nada mas me dijo, y me ocultó el rostro . . . á mi, su amigo
antiguo . . . su amigo de infancia! Prometió escribirme; decírmelo todo
y volverme á ver una sola y última vez antes de dejar para siempre la
Inglaterra . . . Ay! . . no debia verle ya mas, y ni aun recibí carta
suya. Algun tiempo despues de su muerte --continuó Mr. Bronwlow --fui
personalmente al domicilio del padre de la jóven, resuelto, en el caso
de que mis temores fueran demasiado fundados á ofrecer asilo y
proteccion á una pobre jóven errante que un amor culpable (segun el
mundo) habia arrastrado á su pérdida. Hacia ocho dias que habian
abandonado el pais. Despues de haber pagado algunas pequeñas deudas,
habian partido de noche. Donde, y porque esto es lo que nadie pudo
decirme.
Monks pareció encontrarse mas á satisfaccion, y lanzó á su alrededor
una mirada triunfante.
--Cuando vuestro hermano --prosiguió Mr. Brownlow acercándose á Monks
--pobre y oprimido cayó entre mis manos (no diré por la mayor de las
casualidades sino por los cuidados de la providencia) y le salvé del
vicio y del oprobio . . .
--Qué! --esclamó Monks estremeciéndose de sorpresa.
--Si jóven, yo mismo --replicó Mr. Brownlow. Os he dicho que acabaria
por interesaros. Sé bien que vuestro ladino compañero no os ha dicho el
nombre del que habia amparado al pequeño Oliverio: sin duda tenia para
ello sus razones. Cuando pues ese pobre niño fué recibido por mí, y
hubo pasado todo el término de su convalescencia, su semejanza perfecta
con el retrato de que os he hablado, me llenó de asombro. Mas en el
mismo instante en que le ví por la primera vez cubierto de harapos,
noté al momento en su fisonomía una espresion lánguida que me recordó
los rasgos de una persona que me habia sido muy querida . . . No tengo
necesidad de deciros, que fué cojido otra vez por vuestros -asociados-
antes de saber su historia.
--Por qué no? . . --preguntó vivamente el otro.
--Porque estais muy enterado de ello.
--Yo!
--Es inútil el negar --dijo Mr. Brownlow --Voy á probaro que sé mas de
lo que os figurais.
--Nada podeis probar contra mí! --balbuceó Monks --Os desafio á que
probeis, que yo figuré en ello para nada!
--Esto es lo que vamos á ver --repuso Mr. Brownlow lanzando á Monks una
mirada escudriñadora --Perdí á Oliverio y todo lo que pude hacer para
volverlo á encontrar fué inútil. Habiendo muerto vuestra madre, sabia
que solo vos podiais aclarar este misterio, y como os hallabais entonces
en la India donde de resultas de ciertas fechorías, debisteis refugiaros
para evitar aquí cuestiones con la justicia, hice un viaje allí. Hacia
algunos meses que habiais regresado á Londres; y tambien regresé.
Ninguno de vuestros corresponsales pudo decirme donde habitabais:
--ibais, --y veniais --me dijeron --sin residir positivamente en tal ó
cual sitio, llevando el mismo género de vida, que antes de vuestra
partida para la India. Azoté calles noche y dia con la esperanza de
encontraros, y como veis hasta hoy no he podido lograrlo.
--Y aquí me teneis! --dijo Monks con descaro levantándose de su silla.
--En fin que me queréis? . . El -fraude-, y el -robo- son dos hermosas
palabras justificadas (segun vos) por una semejanza imaginaria entre un
diablillo y un hombre que no existe desde hace muchos años . . . Mi
hermano! . . Vos ignorais á lo que veo que de aquella union criminal
resultan un niño . . . ni aun esto sabeis!
--Es verdad que lo he ignorado largo tiempo --repuso Monsieur Brownlow
levantándose á su vez --pero lo sé todo desde hace quince dias. Teneis
un hermano, no lo ignorais, y lo que es mas, le conoceis. Existia un
testamento que vuestra madre destruyó. Vos mismo estabais en el secreto
y debiais aprovecharos de él despues de su muerte. Este testamento
estaba otorgado en favor del niño que probablemente debia nacer de
aquella union culpable; ese niño nació, y su semejanza notable con su
padre hizo que lo reconocierais cuando la casualidad, lo puso ante vos.
Os dirijisteis al lugar de su nacimiento; hicisteis destruir ó mas bien
destruisteis vos mismo las pruebas, que podian justificar, de que padres
era hijo. Puedo á mas, en caso necesario recordaros vuestras propias
palabras ---Ya veis, las únicas cosas que hubieran podido servir para
probar la identidad de ese niño, están en el fondo del rio; y la vieja
Sibila que las recibió de la madre, hace largo tiempo que ha muerto y
sus huesos están podridos dentro de su ataud.- --Hijo indigno! . . vil!
. . falso! . . Vos que os rozais con ladrones y asesinos, y teneis
entrevistas con ellos en medio de la noche y en lugares inmundos; vos
cuyas tramas y complots, han causado la muerte de tantas personas de
vuestra condicion; vos que desde vuestra infancia habeis sido arma de
dolor para vuestro desdichado padre, y cuyos escesos en todo género de
vicios llevais estampados en vuestro rostro; que con justa razon puede
mirarse como el espejo de vuestra alma; vos Eduardo Leeford, me desafiais
aun?
--No, no! . . --esclamó Monks aterrado por estas palabras.
--Cada espresion pronunciada entre vos y Fagin (el judío) me es conocida
--dijo Mr. Brownlow --Las sombras que vos mismo habeis visto en la pared
han retenido vuestros cuchicheos y me los han transmitido. La vista del
niño perseguido ha cambiado el vicio en valor y diré mas en virtud. Un
asesinato acaba de ser cometido; de este asesinato vos sois autor moral
sino realmente . . .
--No, no! --gritó Monks --Soy inocente de él, os lo juro! Entraba allí
para informarme de ello cuando me habeis preso. No conozco su causa; yo
la atribuia á otra cosa.
--Esta causa es la revelacion de una parte de vuestros secretos --dijo
Mr. Brownlow --Queréis revelar la restante? . .
--Sí; sí! . .
--Confesar la verdad ante testigos?
--Tambien lo prometo.
--Estaros quieto hasta que yo haya adquirido otras noticias para venir
conmigo al sitio que sea necesario.
--Si insisteis sobre este punto consiento tambien --replicó Monks.
--Exijo de vos mas que esto --añadió Mr. Brownlow --Es preciso que
hagais una restitucion á vuestro hermano. Aunque ese pobre niño sea el
fruto de un amor culpable no por ello es menos vuestro hermano. Sabeis
las cláusulas del testamento, ejecutadlas por lo que atañe al pequeño
Oliverio, é id luego donde querais.
Mientras que Monks se paseaba arriba y abajo en la sala reflecsionando en
las condiciones terminantes que le imponia Monsieur Brownlow, Mr.
Losberne entró muy conmovido.
--No puede dejar de ser cojido --esclamó.
--El asesino, queréis decir? preguntó Mr. Brownlow.
--Sí, sí --repuso el doctor --se ha visto á su perro en los
alrededores de una casa que frecuenta ordinariamente; su amo está sin
duda dentro ó sino entrará en ella probablemente por la noche. La
policía está al acecho; he hablado á los hombres encargados de
prenderle, y me han asegurado que no puede escapárseles. El gobierno ha
hecho publicar una recompensa de cien libras esterlinas al que le pondrá
la mano encima.
--Yo daré cincuenta mas --dijo Mr. Brownlow --y haré yo mismo el
ofrecimiento en el mismo sitio si me es posible trasladarme á él.
Dónde está Mr. Maylie?
--Enrique? . . Luego que os ha sabido en seguridad con este desconocido
--respondió el doctor --ha mandado ensillar su caballo y ha ido á ver
lo que ocurre.
--Y el judío?
--Aun no habia sido preso cuando me he informado de todo esto --pero
pronto lo será.
--Estais bien decidido? . . --dijo Mr. Brownlow al oido de Monks.
--Sí; --respondió éste --¿me prometeis el secreto?
--Permaneced aquí hasta mi vuelta.
Dicho esto Mr. Brownlow salió con Mr. Losberne y cerró la puerta del
aposento con llave.
--Cuál es el resultado de vuestra entrevista? preguntó el doctor.
--El que me esperaba y aun mas --respondió Mr. Brownlow --Le he probado
que no habia para él ninguna esperanza de salvacion. Hacedme el favor de
escribir y dad cita para pasado mañana á las siete.
Los dos amigos se separaron en estremo agitados.
CAPÍTULO XLVII.
SIKES ES PERSEGUIDO --COMO ESCAPA Á LA POLICÍA.
CERCA de ese punto del Támesis en que está situada la iglesia de
-Rotherhithe- existe hoy dia el mas súcio, mas estraño y mas
estraordinario de los rincones que hay en Londres; rincon desconocido aun
de nombre á la mayor parte de sus habitantes.
En la isla de Jacob, las casas que antiguamente servian de almacenes
están sin techos, las paredes arruinadas, las ventanas faltas de marcos,
las puertas no se sostienen en nada y amenazan caer en la calle; las
chimeneas negras, pero no sale de ellas humo. Hace treinta ó cuarenta
años era este un barrio comercial, mientras que ahora no es mas que una
isla desierta. Los edificios carecen de propietarios y solo están
ocupados por aquellos que tienen el valor de vivir y morir en ellos.
En un aposento superior de una de esas casas se hallaban reunidos tres
hombres mirándose unos á otros en silencio; el uno era Tobias Crachit,
el otro maese Chitling y el tercero llamado Kags, hombre de cincuenta
años, cuyo rostro estaba cubierto de magulladuras y de cicatrices, era
un presidario evadido.
--Querido --dijo Tobias dirijiéndose á Chitling --me hubieras dado
mucho gusto si te hubieses refugiado en otra parte.
--Vaya una gracia! --añadió Kags --como si no hubiera bastantes
-casuchas-, para venir aquí á comprometernos! . .
--Me esperaba por cierto de vosotros una acogida tan lisongera --replicó
Chitling con acento desconcertado.
--Crees tu --repuso Tobias --que sea muy grato para un -mozo- como yo,
que vive retirado, todo lo posible, y que se ha sabido conservarse en su
-casa- sin excitar la menor sospecha, recibir de -improviso- la visita de
un -particular- que por muy amable y aun -placentero- que sea en el juego
de cartas no deja por ello de estar en una posicion equívoca?
--Sobre todo cuando ese -mozo- hospeda en su casa á un amigo llegado de
-paises lejanos-, mas pronto de lo que se esperaba, y que es á un mismo
tiempo demasiado modesto y demasiado circunspecto para presentarse á los
jueces á su regreso! . . repuso Kags.
--Cuándo ha sido preso el judío? . . --preguntó Tobias Crachit.
--A las dos de la tarde, justamente en el acto de comer . . . respondió
maese Chitling. Carlota y yo hemos sido muy afortunados en habernos
podido escapar por la chimenea de la cocina; en cuanto á Mauricio
Bolter, se habia ocultado en el colador que habia tenido ocurrencia de
poner boca abajo, pero sus largos -remos- que salian fuera lo han
descubierto y tambien ha sido cojido.
--Y Betsy?
--Pobre Betsy! --dije Chitling con acento lastimero --ha ido allí para
ver el cadáver, y la revolucion que esto la ha causado la ha vuelto loca.
--Qué se ha hecho el pequeño Carloto? . . preguntó Kags.
--Está en algun rincon de estos alrededores esperando sin duda que sea
de noche para venir aquí --respondió Chitling --ahora ya no puede
lardar. No hay que hablar, de ir á otra parte; la -tropa sorda- ha
empezado por echar el guante á todos los que se hallaban en los -Tres
cojos-. Ha sido fortuna para mí encontrarme fuera, de otro modo, hubiera
formado cuerda con los otros. La sala del fondo y la de entrada están
llenas de -langostas- os aseguro que hace allí calor!
--Arbitrariedad como ella! dijo Tobias Crachit mordiéndose los lábios.
--Hay mas de uno que la saltará en este asunto!
--Los -asisses- han empezado --dijo Kags --si -calientan el negocio-, si
Bolter suelta el pico á cargo de Fagin (lo que no cabe duda despues de
lo que tiene ya dicho) el pobre viejo judío, quedará convencido de
complicidad en el asesinato y dentro ocho dias á contar desde hoy la
danzará de lo lindo.
--Daba grima oir á la multitud como gritaba tras él! . . dijo Chitling.
A no ser la -tropa sorda- lo hubieran hecho añicos. --Una vez lo han
derribado en tierra y estoy seguro que lo hubieran muerto si los
-langostos- no hubiesen al momento formado circulo á su alrededor; pero
puede decir que ha escapado de una buena.
Mientras que con los ojos bajos y el oido atento parecian todos abismados
en profunda reflecsion, se oyó en la escalera un pataleo y el perro de
Sikes entró de un salto en la estancia. Miraron inmediatamente á la
ventana; pero no vieron á nadie --bajaron la escalera, nadie; salieron
á la calle, nadie.
--Qué significa esto? --dijo Tobias --Acaso se atreveria á venir? . .
Espero que no!
--Si hubiese decidido venir aquí le hubiéramos visto tras de su perro!
--De dónde vendrá ese animal? --dijo Tobias --Sin duda habrá estado en
las otras -casuchas- y habiendo visto allí una multitud de personas que
no conoce habrá corrido aquí, donde ha venido tantas veces. Pero por
qué llega solo?
--Creéis que haya sido -destruido-? . . preguntó Chitling.
Tobias sacudió la cabeza en señal de duda.
--Si esto fuera --repuso Kags --el perro nos atormentaria para que le
acompañáramos, en el sitio. Creo mas bien que habrá pasado en pais
estrangero, perdiendo á su perro.
Todos fueron de la opinion del presidario, y el perro encajándose en una
silla, se puso á dormir.
Como era ya de noche, cerraron los postigos y pusieron una vela sobre la
mesa. Los acontecimientos de los dos dias anteriores habian hecho tal
impresion en ellos que se estremecian al menor ruido. Se acercaron el uno
al otro y se hablaron en voz baja como si el cadáver de la jóven
hubiera estado en el aposento vecino.
Largo rato hacia que permanecian en esta posicion cuando de repente
llamaron á la puerta de la calle.
--Es el pequeño Carloto --dijo Kags.
Llamaron de nuevo con golpes redoblados.
--No; no es Carloto! . . el no llama nunca de tal modo.
Tobias Crachit se aventuró á mirar por la ventana, pero se retiró de
ella temblando; su palidez decia lo bastante. El perro se puso al momento
sobre sus patas y corrió hácia la puerta ladrando.
--Será -preciso- abrirle --dijo Tobias tomando la vela.
--No hay medio de hacer otra cosa?
--No; es preciso abrirle --replicó Tobias.
--No vayas á dejarnos sin luz --dijo Kags.
Crachit bajó á abrir, y volvió acompañado de un hombre con la cabeza
envuelta en un pañuelo. Este hombre no era otro que Sikes. Puso su mano
sobre el respaldo de una silla, luego, volviendo la cabeza se estremeció
y fué á sentarse en otra silla arrimada á la pared.
--Por qué se halla aquí ese perro? . . preguntó.
--Ha venido solo; hace dos ó tres horas.
--¿Es verdad que el periódico de esa tarde anuncia que Fagin ha sido
preso?
--Es verdad.
--Qué el diablo cargue con todos vosotros! . . dijo Sikes pasando la
mano por su frente . . . Ni uno ni otro teneis nada que decirme?
Se miraron unos á otros con aire embarazado; pero ninguno desplegó los
lábios.
--Tú que eres aquí el -patron-, tienes ánsia de venderme, ó me
dejarás ocultar hasta que estén hartos de pesquisas . . . Ea . . .
habla! . . . preguntó Sikes dirijiéndose á Tobias Crachit.
--Puedes quedarte si te erees aquí seguro --respondió este.
Sikes volvió lentamente la cabeza hácia la pared contra la que estaba
arrimado de espaldas, y dijo con voz hueca.
--Y á ella . . . la . . . han enterrado?
Se contentaron con hacer una señal de cabeza negativa.
--Por qué no la han enterrado? . . Quién llama? . .
Tobias Crachit indicó con la mano que nada habia que temer, y habiendo
bajado á abrir la puerta, volvió luego seguido de Cárlos Bates.
Este al ver al asesino retrocedió horrorizado.
--Tobias! . . ¿Por qué no haberme dicho esto abajo?
Los otros tres palidecieron á esta pregunta del niño, y Sikes que lo
notó procuró acariciarlo.
Cárlos retrocedió tres pasos y puso la mano al pestillo de la puerta
como en ademan de salir.
--Carloto! acaso no me reconoces? . .
--No os acerqueis á mi monstruo! . . --esclamó Cárlos mirando al
asesino con una expresion de terror y espanto.
Sikes se detuvo; sus ojos se encontraron; pero al momento bajó los suyos.
--Notad bien los tres lo que os digo --esclamó Cárlos cerrando los
puños é irritándose mas y mas á medida que hablaba --Yo no le temo! . .
Si vienen á buscarle aquí; yo mismo le entregaré! . . Os juro que lo
haré como lo digo! Puede matarme si quiere ó si se atreve; pero os
declaro que lo entregaré á la policía si estoy aquí cuando vengan
para prenderle . . . Aunque tenga que ser quemado vivo lo entregaré! . .
Asesino! . . Socorro . . . favor! . . Al asesino! . .
Esto diciendo se abalanzó sobre Sikes que aturdido por sus gritos, y
sorprendido de encontrar tanta energía y valor en un niño, se dejó
derribar por él antes de tener tiempo de prepararse para la defensa.
La lucha con todo era demasiado desigual para poder prolongarse por mas
tiempo. Ya Sikes recobrada la ventaja, oprimia con la rodilla el pecho
del niño, cuando Crachit levantándose precipitadamente de su sitio, se
precipitó sobre él y tirándole por el brazo le señaló con el dedo la
ventana.
Habia una multitud de gente á la puerta de la calle; se hablaba en voz
alta; el ruido de los pasos y el de las voces llegaron hasta ellos y los
llenaron de espanto. Se daban á la puerta recios y redoblados golpes
como para tenderla.
--Socorro! . . Al asesino! . . --gritaba Cárlos.
--En nombre de la ley abrid! . . --clamaban á sus vez las personas de
afuera.
--Hundid la puerta! . . --repetia Cárlos. --No os abrirán --Venid en
derechura al aposento en que veis luz . . . aquí está el asesino.
--Las puertas y los cerrojos empezaban á ceder á los esfuerzos de los
acometidores, y los gritos de alegría de la multitud dieron á Sikes una
idea justa del peligro que corria.
--No teneis un sitio dónde pueda encerrar á este infernal vocinglero? . .
preguntó, buscando por el aposento.
Habiendo encontrado la puerta de un pequeño gabinete, la abrió y
encerró dentro al niño.
--Ahora --dijo --la puerta de abajo está bien cerrada?
--Con llave y cerrojos --contestó Tobias.
--Los tableros son sólidos? . .
--Forrados de hierro.
--Y los postigos? . .
--Los postigos tambien.
--Que mil truenos te confunda! . . esclamó el asesino abriendo la
ventana y desafiando á la muchedumbre.
--A tal desafio el populacho desenfrenado prorumpió en chiflas; los unos
gritaban á los que estaban mas cerca que pusieran fuego á la casa, los
otros instaban á los agentes de policía para que tiráran sobre él;
pero entre los mas encarnizados estaba un caballero á caballo, que
habiendo logrado abrirse paso entre la multitud, gritaba bajo las
ventanas de la casa «-Veinte guineas al que traiga una escala-.»
--Van á invadir el edificio! . . --esclamó el asesino mirando por la
ventana --Dadme una cuerda! una cuerda larga con cuya ayuda pueda
deslizarme en el foso y luego poner piés en polvorosa.
--Tobias le señaló con el dedo donde se encontraban esos objetos, y el
asesino habiendo escogido entre muchas cuerdas la mas larga y la mas
récia, subió precipitadamente al desvan.
Todas las ventanas que caian al detrás de la casa, y tenian de
consiguiente vista al foso habian sido aparedadas desde largo tiempo,
escepto sin embargo una pequeña abertura, situada en el cuartito en que
estaba encerrado Cárlos y la que era tan estrecha que no podia pasar por
ella la cabeza. Desde esta abertura no cesaba de gritar á la gente de
fuera que se dirijiera á este punto; de modo que cuando el asesino se
presentó al borde del techo para mirar á sus piés, una muchedumbre de
voces dieron aviso á los que estaban á la parte de delante de la casa y
estos se dirijieron en masa, hacia el foso.
Despues de haber atrancado la puerta del desvan con un trozo de madera
que habia tomado al efecto, salió por la lumbrera, y trepó sobré el
tejado.
Miró aun otra vez bajo de él; el foso estaba seco.
--Cincuenta libras esterlinas al que lo coja vivo! . . --esclamó un
caballero anciano cerca de allí. --Cincuenta libras al que lo coja vivo!
. . Permaneceré aquí hasta que venga á buscarlas.
Reuniendo todas sus fuerzas y toda su energía á la vista del peligro, y
estimulado por el ruido, que se hacia en el interior de la casa cuya
puerta al fin habia sido derribada, pasó un cabo de su cuerda al rededor
del cañon de una chimenea, y lo ató sólidamente en él; luego con la
ayuda de sus manos, hizo en un santiamen, un nudo corredizo con el otro
cabo. De este modo podia por medio de la cuerda, dejarse caer hasta
algunos palmos del suelo y cortar en seguida la cuerda con el cuchillo
que tenia abierto en su mano.
En el instante que tenia el nudo corredizo sobre su cabeza para pasarlo
bajo su brazo, y cuando el viejo caballero en cuestion --el mismo que
habia prometido cincuenta libras esterlinas al que prendiera el asesino,
advertia á los que tenia al lado de los designios de éste --Sikes miró
tras sí y cubriéndose el rostro con sus dos manos lanzó un grito de
terror!
--Ah! . . Todavia esos ojos infernales! --clamó! . .
Vacilando como si hubiese sido herido de un rayo, perdió el equilibrio y
cayó de espaldas de la altura de treinta y cinco piés con el nudo
corredizo pasado alrededor de su cuello. La cuerda se habia puesto
tirante como la de una ballesta, y su efecto fué tan instantáneo, como
la flecha que ella dispara. Tuvo lugar una horrible sacudida, luego un
movimiento convulsivo del cuerpo, y el asesino quedó colgado, teniendo
fuertemente oprimido en su mano el cuchillo abierto.
La antigua chimenea fué conmovida, pero con todo resistió; el cadáver
del bandido, estaba arrimado á la pared.
Un perro, que no se habia visto hasta entonces se puso á correr á
derecha é izquierda por el borde del tejado y dando un ahullido
espantoso, saltó de repente sobre las espaldas del colgado. Habiendo
faltado el golpe, cayó en el foso, de cabeza contra una piedra y se
rompió el cráneo.
[Illustration: Muerte de Sikes.]
CAPÍTULO XLVIII.
ACLARACION DE MAS DE UN MISTERIO --PROPUESTA DE MATRIMONIO SIN DOTE Y SIN
ARRAS.
DOS dias despues de haber tenido lugar los acontecimientos que hemos
leido en el capítulo anterior, y cerca las tres de la tarde, Oliverio se
encontró dentro una silla de posta en compañía de la Señora Maylie,
de Rosa, de la señora Bedwin y del buen doctor, en direccion á su
ciudad natal; dentro otra silla y un poco atrás venian Mr. Brownlow, y
un individuo cuyo nombre ignoraban.
A medida que se acercaban á la ciudad le fué imposible á Oliverio
dominar su emocion.
Bajaron á la puerta de una de las posadas mas hermosas, y fueron
recibidos por Mr. Grimwig que
los estaba esperando, y los abrazó á todos al bajar del carruaje.
En fin cuando dieron las nueve de la noche, Mr. Losberne y Mr. Grimwig
entraron seguidos de Mr. Brownlow y de un forastero, á la vista del cual
Oliverio lanzó una esclamacion de sorpresa, porque se le dijo que era su
hermano, y le reconoció por el mismo sugeto, que habia encontrado al
salir de la aldea donde habia ido á llevar una carta de la Señora
Maylie y que viera tambien con Fagin á la ventana de su pequeño
gabinete de estudio.
--Acabamos ya! --dijo el forastero volviéndose agitado.
--Este niño es vuestro hermano --dijo Mr. Brownlow atrayendo á si
Oliverio. --Es el hijo natural de mi mejor amigo Ricardo Leefort vuestro
padre, y de la jóven y desdichada Inés Fleming.
--Sí; --replicó Monks --es el fruto ilegítimo de su comercio criminal;
es en fin su bastardo. Habiendo mí padre caido enfermo de gravedad en
Roma, donde fuera para asuntos, como sabeis, mi madre que desde largo
tiempo estaba separada de él y que residia en París en aquella época,
se dirijió al momento conmigo á su lado para su interés propio. El
nada supo, porque cuando llegamos habia perdido el conocimiento y
permaneció en este estado hasta la mañana siguiente en que murió.
Entre sus papeles habia un paquete, bajo carpeta, el cual estaba fechado
del primer dia de su enfermedad y dirijido á vos con encargo espreso
escrito de su puño al reverso de la carpeta, de no remitirlo hasta
despues de su muerte. Este paquete encerraba una carta asáz
insignificante para Inés Fleming y tambien un testamento á favor de esa
jóven.
--¿Qué contenía esa carta? . . preguntó Mr. Brownlow.
--La confesion de su falta, y votos de prosperidad para la jóven
--respondió Monks --nada mas. En aquel entonces ella se hallaba en cinta
de algunos meses. Le decia en aquella carta lo que habia hecho para
ocultar su deshonra; y la suplicaba, que en el caso de morir, no
maldijera su memoria ni creyera que su hijo ni ella debiesen ser
víctimas de su falta, porque solo él era la causa de todo el mal. Le
recordaba el dia en que le habia dado el medallon y el anillo, sobre el
que habia hecho grabar su nombre de pila; reservándose unir á él el
suyo que esperaba hacerle llevar algun dia. Le recomendaba que guardase
cuidadosamente aquel medallon y lo llevára sobre su pecho como antes.
--En cuanto al testamento --dija Mr. Brownlow --yo me encargo de
manifestaros su contenido. Estaba dictado por el mismo espíritu de la
carta. Vuestro padre se lamentaba en él de los disgustos que su esposa
le habia causado; os dejaba á vos y á vuestra madre, para cada uno una
pension vitalicia de ochocientas libras. El resto de sus bienes estaba
dividido en dos partes iguales, la una para Inés Fleming, la otra para
el niño que debia dar á luz, en el caso que naciera y llegára á la
mayor edad. Si era una niña, debia disfrutar de su parte sin restriccion
alguna; pero si al contrario era un muchacho, no podia recoger esta
herencia, sino con condicion -de que durante su menor edad, no
deshonraria jamás su nombre por cualquiera acto de bajeza ó de
felonia-. En caso contrario el dinero debia ser vuestro.
--Mi madre --dijo á su vez Monks levantando mas la voz --hizo, todo lo
que otra mujer en su lugar hubiera hecho: quemó el testamento. La carta,
no llegó nunca á donde iba dirijida; pero quedó en manos de mi madre,
junto con otras pruebas para el caso en que la jóven Inés osára negar
su deshonra. El padre de esa jóven supo toda la verdad por boca de mi
madre. Agobiado de dolor, aquel bravo militar huyó con sus hijas á una
aldea retirada del pais de Gales y cambió de nombre á fin de que sus
amigos no supiesen el lugar de su retiro. Despues de algunos meses de
estancia en aquel sitio, se le encontró muerto en su cama. Habiendo
abandonado su hija el pais quince dias antes, habia recorrido todos los
alrededores á pié andando noche y dia para buscarla.
--Algunos años despues, la madre de Eduardo Leedfort aqui presente vino
á encontrarme --interrumpió Mr. Brownlow --Esta mujer padecia una
enfermedad incurable, que la iba llevando lentamente hácia la tumba.
--Ella murió al cabo de algunos meses --repuso Monks --despues de
haberme revelado todos sus secretos, y de haberme legado el ódio que
tenia á esa Inés. Jamás quiso creer que esa jóven hubiese destruido
el fruto de su vientre, sino que muy al contrario pensó que sin duda
habia parido. Juré la pérdida de ese niño, si alguna vez la casualidad
me hacia encontrarlo. Mi madre no se habia engañado; tuve la ocasion de
verle, y su semejanza con mi padre me hizo adivinar que era él. Sostuve
fielmente mi promesa; habia ya empezado, con el mejor écsito . . .
Ojalá hubiese concluido del mismo modo! . . y sino hubiese sido, vendido
por una maldita prostituta . . .
--¿El medallon y el anillo? . . preguntó Mr. Brownlow dirijiéndose á
Monks.
--Los compré á esas personas de que os he hablado --respondió éste.
Mr. Brownlow hizo una señal á Mr. Grimwig quien salió y volvió
incontinenti acompañado de los esposos Bumble.
--No me engañan mis ojos! . . --esclamó Mr. Bumble con un entusiasmo
afectado. --Si; si es el pequeño Oliverio! . .
--Callaos viejo loco! --dijo en voz baja la señora Bumble.
--No puedo dominarme señora Bumble. Yo que lo he educado de una manera
completamente -parroquial-; ¿cuándo le veo rodeado de señoras y
caballeros -de alto rango- no puedo ser sorprendido -superlativamente-? . .
Tengo siempre tanto amor á ese niño, como si fuera mi . . . mi . . .
mi abuelo! --dijo Mr. Bumble buscando en su caletre una justa comparacion
. . Pobre Oliverito! . .
--Ea! . . --interrumpió Mr. Grimwig --Tregua á los sentimientos!
--Voy á hacer lo posible para contenerme --replicó Monsieur Bumble
--¿Cómo vá de salud Caballero? . .
Esta cortesia amistosa iba dirijida á Mr. Brownlow, que acercándose á
la respetable pareja, preguntó señalando con el dedo á Monks:
--Conoceis á ese caballero? . .
--No --contestó con sequedad la señora Bumble.
--Con qué no le conoceis? . .
--En mi vida lo he visto --replicó Mr. Bumble.
--Ni le habeis vendido nunca cosa alguna?
--No nunca --respondió la señora.
--Ni habeis tenido en poder vuestro cierto medallon y cierto anillo, no
es así? . .
--No ciertamente.
Mr. Brownlow hizo una nueva señel á Mr. Grimwig que desapareció
gallardamente, y volvió á aparecer del mismo talante, acompañado esta
vez de dos viejas medio paralíticas, que le seguian con paso vacilante.
--Tuvisteis buen cuidado de cerrar la puerta, la noche en que murió la
vieja Sally --dijo una de las dos mujeres levantando su mano trémula
--pero no por esto nosotras hemos oido menos vuestra conversacion, al
través de la rendija de la puerta.
--Ah! ah! . . no os esperabais esto hé? . . --dijo la otra.
--Mirábamos por el ojo de la llave, y hemos visto como le tomabais un
papel que tenia en la mano! . . --repuso la primera --Y á la mañana
siguiente os espiábamos cuando fuisteis al Monte-Pio.
--Y nosotras sabemos mas que vos en este asunto --añadió la segunda
--porque la vieja Sally nos repetia amenudo que aquella jóven habia
dicho que sintiendo que no podria soportar sus infortunios . . . se
dirijia á Roma (cuando los primeros dolores del parto la obligaron á
detenerse aquí) resuelta á dejarse morir allí sobre la tumba de su
amante.
--Deseais ver el administrador del Monte-Pio? . . preguntó Mr. Grimwig
dirijiéndose á la puerta.
--No hay de que --respondió la matrona. --Puesto que el caballero ha
sido bastante infame para confesar, y vosotros habeis sabido arrancar los
gusanos de la nariz de esas viejas brujas, nada mas tengo que decir.
--No --repuso Mr. Brownlow. --Podeis retiraros.
--Espero --dijo Mr. Bumble mirando con aire lastimero á su alrededor
--espero que esta desagradable circunstancia, que nada puede ser en si
misma, no me privará de mi cargo -parroquial-?
--Desengañaos! --contestó Mr. Brownlow. --Así debeis esperarlo.
--Os juro que yo no entro para nada en ello! --replicó Monsieur Bumble;
despues de haberse asegurado de que la matrona habia salido de la sala.
Esto no es una escusa; vos sois á los ojos de la ley mas culpable que
vuestra esposa; porque es razonable suponer que ella ha obrado segun
vuestras órdenes.
--Si la ley se mete en semejantes suposiciones --dijo Monsieur Bumble
apretando fuertemente el sombrero entre sus manos. --La -ley- es una
necia . . . La -ley- no es mas que una vieja solterona . . . Si fuera
casada pensaria de modo muy diferente.
Despues de haber pronunciado estas palabras con tono enfático, hundió
el sombrero en su cabeza, metió las manos en las faltriqueras del
redingote y se retiró.
--Vos bella señorita dadme vuestra mano --dijo Mr. Brownlow,
volviéndose á Rosa. --No tembleis así! . . nada teneis que temer por
las pocas palabras que quedan para decir.
--Si se refieren á mi (á pesar de que ignoro en lo que pueden
concernirme) --dijo Rosa --dispensadme hoy de oirlas; en este momento no
tengo para ello fuerza ni valor.
--Teneis mas firmeza de la que creeis! . . --repuso Monsieur Brownlow,
tomándola por el brazo --¿Conoceis á esta señorita? . . --continuó
dirijiéndose á Monks.
--Si.
--Jamás os he visto antes de ahora --dijo Rosa con voz débil.
--Pero yo os he visto amenudo! --contestó Monks.
--El padre de la infortunada Inés tenia dos hijas --prosiguió Mr.
Brownlow ¿Qué se ha hecho la mas jóven? . . .
--Cuando murió su padre bajo nombre supuesto sin dejar papel alguno, que
pudiera darla á conocer á sus amigos --replicó Monks --la mas jóven,
que no era mas que una niña, fué adoptada por unos pobres aldeanos que
la criaron como hija suya.
--Proseguid --dijo Mr. Brownlow haciendo señal á la Señora Maylie de
que se acercára.
--Vos no pudisteis saber el sitio en que se habia retirado aquel hombre;
pero allí donde fracasa la amistad, amenudo el ódio triunfa: mi madre
acabó por descubrir la niña despues de un año de pesquisas.
--Y se apoderó de ella, no es cierto? . .
--No. Aquellos honrados labriegos eran muy pobres, y tal accion de
humanidad les puso aun mas sobre aviso. El hombre acabó por caer
enfermo; lo que visto por mi madre les dejó la niña; remitiéndoles una
módica suma de dinero que no debia durar mucho tiempo, y prometiéndoles
otra mayor que no tenia la intencion de enviarles. Viendo que su estado
de miseria no era motivo suficiente para indisponerles contra aquella
niña, les contó á su modo la historia de la hermana; diciéndoles que
si no ponian mucho cuidado, la muchacha que mantenian, de seguro llegaria
á ser como ella; porque procedia de padres sin principios, y era hija
ilegítima. Aquellas buenas gentes dieron crédito á todo lo que les
dijo mi madre y la niña arrastró una existencia miserable hasta que una
señora viuda que habitaba en Chertsey habiéndola visto casualmente,
tuvo compasion de ella y la adoptó. Es necesario que exista un destino
contrario á nosotros, porque á pesar de todos nuestros esfuerzos,
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