necesitó mucho tiempo antes de poder interponer su autoridad y hacer
comprender al señor Bolter que no corria ningun riesgo en visitar el
tribunal de policía, tanto mas que el pequeño asunto que lo llevara á
Londres no habiendo transpirado aun en esta ciudad, era mas que probable
que no se sospechase que se habia refugiado en ella y que de consiguiente
si cambiaba de traje, no habia mas peligro para él, en ir al tribunal de
policía que el que podia haber, yendo á cualquiera otra parte, ya que
de todos los sitios de la capital era aquel sin disputa, al que se
pensaria menos, que pudiese visitar, de su pleno alvedrío.
Persuadido por estas palabras de Fagin tanto como por el temor que éste
le habia infundido, el señor Bolter consintió de muy mala gana en hacer
esta escursion. Por consejo del judío se encajó un traje de carretero.
Concluido su tocador, se le hizo el retrato del -Camastron- de modo que
pudiera reconocerle fácilmente; y Cárlos despues que le hubo
acompañado hasta la entrada de la calle, en que estaba el tribunal de
policía, le prometió esperarle en el mismo sitio.
Noé Claypole, ó Mauricio Bolter (como mejor le parezca Hamarle el
lector), siguiendo la direccion que le habia dado Cárlos Bates, que
tenia un conocimiento exacto de los sitios, llegó sin obstáculo al
santuario de la justicia.
Buscó con la vista al Camastron; pero aunque vió muchas mujeres que
hubieran podido muy bien pasar las unas por la madre y las otras por las
hermanas de ese apreciable jóven y que entre los hombres que aparecieron
en el banco de los acusados, hubiese mas de uno que se le pareciese lo
bastante para que se le tomase por su hermano ó por su padre, no
apercibió con todo entre los jóvenes de su edad, nadie que respondiese
á las señas que le habian dado. Esperaba con impaciencia cuando
apareció un jóven preso que reconoció al momento por Jaime Dawkins.
En efecto era el Camastron quien con las mangas arremangadas, como de
costumbre, la mano izquierda en su bolsillo y sosteniendo con la derecha
su sombrero, entró resueltamente seguido del carcelero. Despues de haber
tomado asiento en el banco de los acusados, preguntó con tono
semi-sério y semi-cómico la razon por la cual se le trataba de una
manera tan indigna.
--Silencio! --gritó el carcelero.
--Soy inglés, no es cierto? --dijo el Camastron --Dónde están mis
privilegios?
--Pronto los tendréis vuestros privilegios y -sazonados- con su
correspondiente sal y pimienta --replicó el carcelero.
--Verémos lo que el ministro del interior tendrá qué decir á los
-picos- si se me retiran mis privilegios --contestó Jaime Dawkins.
--¿Ahora queréis hacerme el favor de decirme que significa toda esa
farándula? Os agradeceré --prosiguió dirijiéndose á los magistrados
--que termineis pronto este pequeño asunto, no me tengais aquí en
suspenso divertiéndoos en leer esos periódicos porque tengo una cita
con un caballero en la -Cité- y como sabe que soy muy exacto cuando se
trata de -negocios- y que jamás he faltado á mi palabra, os prevengo
que se irá si no llego á la hora convenida. Si así lo haceis no
reclamaré daños ni perjuicios como tengo el derecho de redamarlos
contra los que me han hecho perder el tiempo.
Habiendo dicho estas palabras con una volubilidad extraordinaria, pidió
al carcelero le dijera los nombres de los -dos viejos buos- (señalando
á los magistrados), que estaban sentados al mostrador, lo que exitó en
tan alto grado la hilaridad de los espectadores, que rieron de tan buen
corazon como hubiera podido hacerlo maese Bates estando presente allí.
--Silencio! --gritó el carcelero.
--De qué se trata? --preguntó uno de los jueces.
--De un robo señor presidente --contestó el carcelero.
--Ese muchacho ha comparecido ya otra vez aquí?
--No ha comparecido ante este tribunal, señor presidente, aunque lo haya
merecido mas de una vez, pero respondo que ha estado -mas de una- vez en
otra parte. Lo conozco desde largo tiempo.
--Ah! me conoceis! --dijo el Camastron, tomando nota de las palabras del
carcelero. --Bueno es saberlo. Me acordaré de ello. Esto no es mas que
una calumnia y una calumnia en regla.
Estas espresiones fueron seguidas de nuevas carcajadas entre la multitud
y de otro «-Silencio-!» por parte del carcelero.
--Dónde están los testigos? --preguntó el escribano.
--Es justo; al hecho! --replicó el Camastron --Donde están. Tengo
curiosidad de verlos.
Pronto quedó satisfecho sobre este punto; porque un -policemon-
adelantándose declaró que entre la muchedumbre habia visto al
prisionero introducir su mano en el bolsillo de un desconocido, retirar
de el un pañuelo que examinó con atencion y no habiéndolo encontrado
sin duda bastante bueno para él, volverlo del mismo modo despues de
haberse sonado los mocos dentro; que en consecuencia lo habia arrestado
por este hecho y que habiendo sido registrado en forma de derecho se le
habia encontrado encima una caja de polvo de plata, sobre cuya tapadera
estaba gravado el nombre del caballero á quien pertenecia, el cual
estaba tambien presente á la audiencia.
Este caballero cuyo domicilio se habia encontrado por medio del Almanaque
del Comercio, juró que la caja de polvo era realmente suya y que la
habia perdido la víspera anterior en el momento de abrirse paso entre la
muchedumbre. Añadió que habia notado á un jóven afanoso de atravesar
el tropel y que ese jóven era el prisionero que tenia á la vista.
--Jóven teneis alguna observacion que hacer al testigo aquí presente?
dijo el magistrado.
--Creeria rebajarme teniendo conversacion con él. --respondió el
Camastron.
--Teneis algo que decir para vuestra defensa?
--No oís al señor presidente que os pregunta si teneis algo que decir
para vuestra defensa? --dijo el carcelero dando un codazo al Camastron
que se obstinaba en guardar silencio.
--Os pido mil perdones --dijo este levantando la cabeza con aire de
distraccion y dirijiéndose al magistrado. --Es á mi á quién hablais
señor pelucon?
--Señor presidente en mi vida he visto un pilluelo tan descarado como
este, observó el carcelero --No teneis nada que decir pequeño bagamundo?
--No aquí --replicó el Camastron --porque no es aquí la -botica- de la
justicia. Por otra parte mi defensor está ahora almorzando con el
vice-presidente de la cámara de los comunes. Algo tendré que decir en
otra parte y él tambien, como mis amigos que son muchos y muy
respetables.
--Volvedlo á la prision --gritó el escribano --será juzgado en los
prócsimos -assises-.
--Vamos! dijo el carcelero.
--Voy! contestó el Camastron acepillando su sombrero con la palma de la
mano. --Ah! prosiguió dirijiéndose á los magistrados --Os advierto que
de nada os sirve el aparecer espantados! Estad muy seguros que no tendria
compasion de vosotros por un -liart-. Algo os escozerá esta partida . . .
no lo dudeis . . . y ahora rehusaria mi libertad aun cuando os
pusierais de rodillas para hacérmela aceptar! Ea! en marcha vos! dijo el
carcelero --volvedme á la prision; estoy pronto á seguiros!
Dicho esto el Camastron se dejó cojer por el cuello y siguió ó mas
bien marchó lado por lado del carcelero, no cesando de amenazar á los
jueces hasta que estuvo fuera de la sala, en seguida alargó la lengua á
su guardian con un aire de satisfaccion interior y se encontró otra vez
bajo los cerrojos. Despues que el Camastron hubo dejado la sala, Noé
fué al sitio en que habia dejado á Bates.
Ambos se apresuraron á llevar á Fagin la feliz noticia de que el
Camastron hacia honor á los -principios- que habia recibido y que
trabajaba en establecerse una reputacion gloriosa.
CAPÍTULO XLIII.
LLEGA PARA NANCY EL TIEMPO DE CUMPLIR SU PROMESA Á ROSA. --NO LA CUMPLE
--FAGIN EMPLEA Á NOÉ CLAYPOLE EN UNA COMISION SECRETA.
ERA la noche de un domingo: el reló de la iglesia vecina dió la hora.
Fagin y Sikes que estaban hablando, se callaron un momento para escuchar.
Nancy levantó la cabeza y prestó atento oido.
--Las once! --dijo Sikes levantándose de su silla y apartando la cortina
de la ventana para mirar á la calle. La noche está negra como boca de
lobo. Famoso tiempo para los -negocios-.
--Ah! contestó el judío --No es una lástima Guillermo que nada haya
preparado para esta noche?
--Esta vez teneis razon --repuso Sikes bruscamente --Y tanto mas
lástima, cuando me encuentro esta noche del todo de buen humor.
El judío exhaló un suspiro y sacudió tristemente la cabeza.
--Así pues á la primera ocasion que se presente será preciso cojerla
aunque sea al vuelo y reparar el tiempo perdido --continuó Sikes.
--Esto es lo que se llama hablar en razon! dijo el judío dándole un
golpecillo en el hombro. Me place oiros hablar asi Guillermo.
--Ciertamente! --Esto me dá gusto!
--Ah! ah! ah! --hizo el judío alentado por esta observacion --Estais
esta noche en vuestro centro Guillermo, completamente en vuestro centro.
--No estoy en mi centro cuando poneis vuestras garras sobre mi espalda
--dijo Sikes rechazando la mano del judío --Con qué abajo las patas!
Fagin nada respondió á ese cumplido adulador, pero tirando á Sikes por
la manga, le señaló con el dedo á Nancy, que habiéndose aprovechado
del momento en que ellos hablaban para ponerse su sombrero, se disponia
para salir.
--Nancy! gritó Sikes --qué diablos haces! ¿dónde tienes intencion de
ir á esta hora?
--No muy lejos.
--Acaso es una respuesta «-no muy lejos-!» --repuso Sikes --¿Dónde
vas?
--Te digo que no lejos.
--Otra vez! quiéres responder? --preguntó Sikes que empezaba á
calentarse. --Te pregunto dónde vas?
--No lo sé --respondió la jóven.
--Pues bien! --dijo Sikes mas por espíritu de contradiccion que porque
tuviera ninguna razon para privarle la salida --Siéntate y estate quieta.
--Ya te he dicho que no me encuentro bien! --observó Nancy --Necesito
tomar el aire.
--Asoma la cabeza á la ventana y tómalo á discrecion.
--No corre bastante en ella --Necesito tomar el aire en la calle.
--No saldrás á la calle! --replicó Sikes. Dicho esto, fué á cerrar
la puerta, metió la llave en su faltriquera y arrancando el sombrero de
la cabeza de Nancy, lo arrojó sobre un armario viejo. --Ahora --añadió
el bandido --te digo otra vez que te sientes y permanezcas tranquila!
¿estamos?
--Seguramente no seria un sombrero el que me impediria salir! --dijo la
jóven palideciendo --Qué significa esto, Guillermo! Sabes lo que haces?
--Levanta mucho el pico! --esclamó Sikes volviéndose á Fagin. --Es
preciso que haya perdido el juicio, de lo contrario no se atreveria á
hablarme así.
--Tu me obligarás á hacer una trastada! --murmuró Nancy apretando las
dos manos sobre su pecho como para retener un grito que iba á
escapársele --te digo que me dejes salir al momento!
--No! --esclamó Sikes.
--Fagin decidle que haria mejor en dejarme salir . . . mucho mejor . . .
¿Me oyes? gritó Nancy golpeando el suelo con el pié.
--Si te oigo! --repuso Sikes volviéndose bruscamente y mirándola cara
á cara --Aun creo que te he oido demasiado! Si pronuncias otra palabra
te haré estrangular por mi perro; lo que hecho gritarás por alguna cosa
¿Qué es lo que le ha dado á ese -pulpon-? Se ha visto jamás cosa
igual!
--Déjame salir --dijo Nancy en tono suplicante . . . Te ruego Guillermo
que me dejes salir! --añadió sentándose en el suelo cerca la puerta
--No sabes tú lo que haces! --No; no, lo sabes . . . Solo una hora --te
lo suplico.
--Que los demonios me lleven si esta jóven no se ha vuelto loca!
--esclamó Sikes cojiéndola por el brazo --Ea! levántate!
--No, no! no me levantaré sino me dejas salir.
Sikes la contempló un instante en silencio; y aprovechándose de un
momento en que no hacia resistencia le puso las manos detrás de la
espalda y la arrastró con mucho trabajo hasta el aposento inmediato,
donde habiéndola sentado á la fuerza en una silla, la lavo en respeto.
--Se ha visto jamás cosa igual! dijo enjugándose su rostro cubierto de
sudor. --Es chocante esa jóven con sus caprichos!
--Es verdad --dijo el judío con ademan pensativo --es muy chocante.
--Decidme, por qué razon pensais vos, puede haberse empeñado en salir
esta noche? Vos debeis saberla mas que yo. ¿Qué diablos de idea se le
habrá metido en la cabeza?
--Querido mio, encaprichamiento de mujer sin duda alguna --respondió el
judío encojiéndose de hombros.
--Es muy posible --gruñó Sikes --Creia haberla sometido, pero es peor
que nunca.
--Ciertamente que es peor --repuso el judío con aire distraido. --Jamás
la habia visto arrebatarse como hoy por nada.
--Ni yo tampoco. Sospecho que ha cojido un poco de esa maldita fiebre que
me ha tenido en un triz. Qué os parece? Esto no puede ser otra cosa.
--Es posible.
--Yo me encargo de sacarle un poco de sangre, si ello le repite otra vez.
Así evitaré que el médico se tome la molestia de venir.
El judío hizo una espresiva señal de cabeza, dando á entender que
aprobaba mucho este tratamiento.
--No me ha dejado un momento durante esa enfermedad endiablada; rodaba
dia y noche alrededor de mi lecho, mientras estuve en pastura horizontal,
en tanto que vos, viejo cocodrilo, me habeis dejado allí; me habeis
abandonado; y os habeis puesto en guardia. No teníamos un sueldo en casa
y esto es probablemente lo que la habrá atormentado. Puede que el haber
estado tanto tiempo encerrada le habrá agriado el carácter, no es así?
--Es muy probable querido! --dijo el judío en voz baja --Silencio! Aquí
está!
Apenas hubo dicho estas palabras, Nancy volvió á aparecer en el
aposento y se sentó en su sitio. Se conocia que habia llorado, porque
sus ojos estaban rojos é hinchados. De repente se agitó en su silla y
un instante despues soltó una carcajada convulsiva.
--Héla ahí que se ríe ahora! --esclamó Sikes volviéndose á su
compañero con sorpresa.
--El judío le hizo señal de que no hiciera caso y Nancy recuperó
pronto la calma. Despues de haberle dicho á Sikes al oido que no habia
temor por entonces de una recaida, pues que lo creia todo concluido.
Fagin tomó su sombrero dando las buenas noches á sus amigos. Al llegar
á la puerta, se paró y lanzando una mirada á su alrededor preguntó si
habia alguno que quisiera alumbrarle para bajar.
--Alúmbrale Nancy --dijo Sikes rellenando su pipa --seria una lastima
que se rompiera el bautismo; privaria á los espectadores del placer de
verle colgar.
Nancy tomó la vela y acompañó al viejo hasta el pié de la escalera.
Cuando estuvieron en la entrada el judío, poniendo el dedo sobre sus
lábios dijo muy bajo al oido de la jóven.
--Qué sucede Nancy?
--Qué quereis decir? contestó ésta en el mismo tono.
--Cuál es la causa de todo esto? --preguntó Fagin --Si ese bruto se
porta indignamente contigo --añadió señalando con el dedo el piso
superior --por qué no?
--Qué? --dijo ésta viendo que Fagin no concluia su frase y la miraba
con suma atencion.
--No importa! Volverémos á hablar de esto otra vez. Nancy tienes en mi
un amigo, un verdadero amigo. Poseo los medios para hacer muchas cosas!
Cuando querrás vengarte del que te trata como un perro, que digo como un
perro! peor que un perro; porque acaricia alguna vez el suyo, ven á
encontrarme, entiendes Nancy? Ese no es mas que un pájaro de paso;
mientras que á mi Nancy á mi me conoces desde largo tiempo . . . desde
muy largo tiempo.
--Os conozco bien! dijo la jóven sin manifestar la menor emocion
--Buenas noches!
Dirijiéndose á su habitacion, Fagin dió libre curso á los
pensamientos que ocupaban su alma. Desde algun tiempo habia concebido la
idea de que Nancy cansada de la brutalidad del bandido, amaba á otro. El
objeto de este nuevo amor no era ninguno de sus imberbes pupilos. --Seria
una buena adquisicion tal monigote de Nancy --pensaba Fagin --Es preciso
pues asegurarse los dos cuanto antes.
--Con un poco de persuasion --continuaba pensando Fagin --que motivo mas
poderoso podria determinar á esa jóven á envenenar á Sikes? Otras lo
han hecho antes que ella . . . y aun peor, por sus amantes . . .
A la mañana siguiente se levantó muy temprano y esperó con impaciencia
la llegada de su nuevo compañero, quien despues de cierto -lapso- de
tiempo, se presentó al cabo y empezó por atacar furiosamente los
comestibles.
--Bolter! --dijo el judío tomando una silla y sentándose frente á Noé.
--Aquí estoy! ¿qué me queréis? --contestó este --No me deis nada que
hacer antes que no haya concluido mi desayuno; como es la mala costumbre
en esta casa; jamás queda en ella tiempo para comer!
--Podeis hablar comiendo, no es cierto?
--Oh! Sin duda! nunca como mejor que cuando hablo --continuó Noé
cortando una enorme rebanada de pan --Dónde está Carlota?
--Ha salido. La he mandado á una comision fuera de casa con la otra
jóven porque necesitaba estar solo con vos.
--Hubierais debido encargarla que antes me hiciera tostadas de pan con
manteca! Y bien! hablad, hablad siempre, no me interrumpiréis.
No habia cuidado de que se le interrumpiera fuese por lo que fuese,
porque se habia sentado á la mesa con la firme intencion de -trabajar á
destajo- y lo hacia en efecto de tan buen ánimo, que las migas le
saltaban por sobre la cabeza.
--Ayer -trabajasteis- lindamente camarada! dijo el judío --seis
-chelines-, nueve -peniques- y medio . . . diantre! Querido! La -caza
menuda- hará vuestra fortuna.
No olvideis añadir tres botes de cerveza y un jarro para leche.
--No ciertamente, querido mio! El escamoteo de los tres botes de estaño
demuestran sin duda, alguna destreza; pero el del jarro, --para leche es
toda una obra maestra.
--No es maleja que digamos para un debutante! --repuso el señor Bolter
con tono de complacencia --he descolgado los botes de una verja de hierro
ante una casa acomodada y como el jarro para leche estaba en el lindar de
la puerta de un figon lo he recojido temeroso de que no se enmoheciese ó
que no cojiese un resfriado; esto es muy justo, no es cierto? ah! ah! ah!
El judío fingió reir á carcajadas y Mr. Bolter haciendo lo mismo de
buena gana, hincó el diente en su primera rebanada de pan y de manteca;
y apenas la hubo despachado, se cortó una segunda.
--Bolter! --dijo Fagin poniéndose de codos sobre la mesa --Necesito de
vos, para un golpe de mano que exije mucha prudencia!
--Tate! no vayais á esponerme ahora en algun peligro, á enviarme á un
tribunal de policía! Os prevengo que esto no me conviene, ni me puede
dar mucho gusto!
--Querido; no hay que correr el menor peligro! Se trata únicamente de
seguir á una mujer y espiar sus acciones.
--Una vieja?
--No; una jóven!
--Pues puedo hacerlo á las mil maravillas! Caramba! en la escuela ora un
famoso soplon! ¿Por qué es necesario que yo la siga? Creo no será por
. . .
--No --interrumpió Fagin. No hay mas que hacer, sino decirme donde va,
quien vé y si es posible lo que hace; recordar el nombre de la calle, si
es una calle, ó bien de la casa si es una casa y comunicarme en fin
todas las noticias que podais recoger.
--Qué me daréis por ello?
--Os daré una libra esterlina, cosa que no he dado nunca por servicios
de este género, que no me producen utilidad alguna.
--Quién es esta mujer?
--Una de las nuestras.
--Ya veo de lo que se trata! --esclamó Bolter frunciendo la nariz
--sospechais de ella, no es cierto?
--Ha adquirido nuevas relaciones, querido, y es preciso que yo las
conozca.
--Ya caigo. Unicamente por tener el gusto de conocerlas, con el fin de
saber si es persona respetable, he? ah! ah! ah! Soy vuestro hombre.
--Sabia que os gustaria tal comision!
--Y no habeis errado. Donde está; en que punto y cuando deberé seguirla.
--Esto querido os lo diré . . . os lo comunicaré cuando sea tiempo
oportuno. Procura estar preparado; lo restante me corresponde á mi.
Aquella noche, la mañana siguiente y el dia despues, el espía calzado y
vestido con su traje de carretero, estuvo preparado para salir á una
señal de Fagin. Seis noches pasaron de este modo; seis noches mortales
en cada una de las cuales el judío regresó mohino, dando á comprender
en pocas palabras que todavía no era ocasion. La noche del dia séptimo,
volvió mas pronto que los dias precedentes y brillaba en su rostro un
rayo de satisfaccion. --Pronto; partamos, es tiempo ya!
Noé se levantó sin pronunciar palabra; porque la alegria estrema que
esperimentaba el judío se habia comunicado á él. Salieron de escondite
y habiendo atravesado un laberinto de calles, llegaron al fin á una
taberna.
Eran las once y cuarto y la puerta estaba cerrada. Ella volvió
cautelosamente sobre sus goznes, á un ligero silvido que dió el judío.
Osando apenas cuchichear, pero sustituyendo los gestos á las palabras.
Fagin y el jóven judío que les habia abierto la puerta señalaron á
Noé el agujero con vidrio y le indicaron que subiera para ver la persona
que estaba en la sala vecina.
--Es esta la mujer de que se trata? --preguntó en voz baja.
El judío hizo un movimiento de cabeza afirmativo.
El espía cambió una mirada con Fagin y partió como una flecha.
CAPÍTULO XLIV.
NANCY ES EXACTA Á LA CITA.
EL reló de muchas iglesias daba las once y tres cuartos, cuando
aparecieron dos personas á la entrada del puente de Londres. La primera,
que era una mujer se adelantaba con paso vivo y ligero mirando con avidez
á su alrededor como si buscara á alguno; el otro que era un hombre,
seguia á alguna distancia en la sombra y arreglaba su paso al de la
mujer, parándose cuando ella se paraba y deslizándose de nuevo al
escondite á lo largo del parapeto cuando ella volvia atrás.
La noche era oscura. Durante todo el dia el cielo habia estado nublado y
á esta hora, sobre todo en este sitio, habia muy poco concurso de gente.
Una broma espesa que cubria al rio daba un tinte pálido á la luz rojiza
de los faroles que ardian en las lanchas.
Sonó la media noche; el duodécimo golpe vibraba aun en el aire cuando
una jóven señorita y un caballero de cabellos blancos, bajando de un
fiacre á alguna distancia, se dirijieron hácia el puente despues de
haber despedido al cochero. Apenas habian dado algunos pasos, Nancy se
estremeció y al momento fué á ellos.
Marchaban aquellos como gentes que no esperan encontrar á la persona que
buscan, cuando se hallaron cara á cara con la jóven. Se detuvieron
dando un grito de sorpresa que luego reprimieron; porque un hombre en
traje de menestral paso rápidamente por su lado en el mismo instante.
--Por aquí! --dijo Nancy con ansiedad. Temo hablaros en este sitio;
seguidme al pié de la escalera.
Al decir estas palabras el menestral volvió la cabeza y preguntando
bruscamente porque ocupaban ellos solos todo la acera prosiguió su
camino.
La escalera de que hablaba Nancy estaba al estremo del puente en la
ribera del condado de Surrey.
Sus escalones que forman una parte del puente, consisten en tres tramos
ó mesetas. Al pié de la segunda meseta el muro de la izquierda termina
con una pilastra haciendo frente al Támesis. Llegado al pié de esta
segunda meseta el menestral lanzó una mirada á su alrededor y viendo
que no habia otro sitio para ocultarse y que además la marea entonces
muy baja, dejaba mucha plaza, se echó de costado, la espalda arrimada á
la pilastra y esperó allí á nuestros tres amigos casi seguro de que no
bajarian mas, y que si no podia oir su conversacion podria al menos
seguirlos de nuevo con toda seguridad.
Se determinaba ya á salir de su escondrijo y pensaba volver á subir,
cuando oyó resonar un ruido de pasos sobre la piedra y luego las voces
de varias personas hirieron su oido. Entonces se incorporó, se apretó
contra él, miró y respirando apenas escuchó con atencion.
--Paréceme que nos alejamos demasiado --dijo el caballero. --No puedo
permitir que esta señorita baje un escalon mas; personas habria, que
teniendo en vos la poca confianza que debeis inspirar, ni siquiera
hubieran consentido en llegar hasta aqui! Pero como veis, soy aun
complaciente.
--Si á esto llamais ser complaciente! --contestó Nancy --Sois en verdad
muy sensato! complaciente! Ba! es igual!
--No; pero decidme --repuso el caballero con tono mas dulce --¿por qué
nos habeis llevado á este sitio endiablado? Por qué no allá arriba
donde al menos transita alguna gente, mas bien que en esta horrible
ladronera?
--Ya os he dicho que no me gusta hablaros allá arriba --contestó la
jóven estremeciéndose --no se lo que tengo, pero esperimento tal
espanto esta noche, que apenas puedo sostenerme. No sé de que proviene . . .
quisiera saberlo. Todo el dia de hoy he sido atormentada, por los mas
horribles pensamientos de muerte y de sudarios cubiertos de sangre, hasta
producirme fiebre y delirio. Por la noche he querido distraerme leyendo,
hasta llegar la hora y he visto las mismas cosas en el libro . . .
--Esto es efecto de la imaginacion --dijo el caballero.
Vuestros sacerdotes orgullosos hubieran erguido la cabeza á la vista de
mis tormentos y me hubieran predicado llamas y venganza --esclamó la
jóven --Oh! mi buena señorita! Por qué los que se dicen enviados de
Dios y reclaman el titulo de -ministros del Todo-poderoso- no son para
nosotros pobres miserables, buenos é indulgentes?
--Por qué no estuvisteis aquí el domingo pasado?
--No pude venir; fuí detenida á la fuerza.
--Por quién?
--Por Guillermo, el hombre de quién he hablado á la señorita.
--Creo no habrá tenido sospecha, sobre el asunto que os conduce aquí?
--No; --contestó la jóven sacudiendo la cabeza. Me es muy difícil
dejarle, á menos que no sepa porque. Cuando decidí ir á encontrar á
la señorita no hubiera podido verla, si para hacerle dormir no hubiese
metido -Laudano- en la pocion que le dí.
--Dormia aun cuando volvisteis? --preguntó el caballero.
--Sí; y ni él ni los demás han tenido la menor sospecha.
--Está bien --dijo el caballero --Ahora escuchad.
--Estoy pronta á oiros.
--Esta señorita que veis, me ha comunicado á mi y á algunos amigos (en
la discrecion de los cuales se puede descansar con toda confianza), lo
que le dijisteis hace quince dias. Para probaros que me fio de vos, os
diré francamente que nos proponemos arrancar de ese Monks su secreto
(cualquiera que el sea) y que para ello, aprovecharémos la ventaja, si
es necesario de los terrores pánicos á los cuales dicen está sujeto.
Pero si á pesar de esto, no podemos apoderarnos de él, ó bien una vez
en nuestras manos nada quiere confesar, será preciso entonces consentir
en entregarnos al judío.
--Fagin! --esclamó Nancy retrocediendo un paso.
--Sin duda. Es preciso que nos entregueis á ese hombre.
--No lo espereis! Por horrible que haya sido su conducta para conmigo,
jamás haré lo que me pedís!
--Estais bien resuelta!
--Jamás!
--Me diréis por qué?
--Por una buena razon. Por una sola razon que la señorita sabe y de
consiguiente estoy segura que la pondrá de mi lado puesto que me ha dado
su palabra; además por lo mismo que si su conducta es mala, la mia no
está exenta tampoco de reproches.
--Entonces --repuso el caballero como si hubiese logrado el objeto que se
proponia --entregadme á Monks y dejadle se arregle conmigo.
--Y si llega á denunciar á los otros? --preguntó Nancy.
--Os prometo que en el caso que podamos obtener de él la verdad
arrancándole su secreto, no se tratará de esto. Puede haber en la
historia del niño Oliverio particularidades que seria penoso someter á
la vista del público; y con tal (como os he dicho) que conozcamos la
verdad, que es todo lo que pedimos, vuestros amigos no correrán ningun
peligro.
--Y si no quiere confesar la verdad?
--Entonces, el judío no será llevado ante la justicia que vos no lo
consintais.
--La señorita, se compromete en este punto con su palabra?
--Os la doy --contestó Rosa --Podeis contar con ella.
--¿Monks ignorará siempre por quien habeis sabido todo lo que sabeis?
--dijo la jóven despues de un momento de silencio.
--Siempre! --contestó el caballero --Os aseguro que obrarémos de modo
que ni la mas leve sospecha podrá entrar en su alma.
--A pesar de que desde mi mas tierna infancia he vivido entre los
mentirosos y por consiguiente la mentira, me sea familiar --dijo Nancy
despues de otro momento de silencio --acepto vuestra palabra y me entrego
enteramente á vosotros.
Despues de obtenida la seguridad de Rosa y del caballero que podia estar
perfectamente tranquila, empezó (con vos tan baja que el espia apenas
podia oirla) por dar las señas de la taberna, donde habia estado aquella
noche. Por las pausas que hacia hablando, se hubiera podido creer que el
caballero tomaba nota de dichas señas. Cuando le hubo esplicado las
circunstancias del sitio, desde donde podia mirarse exitar la atencion;
cuando hubo dicho la hora de la noche y cuales eran los dias en que Monks
solia frecuentar esa guarida, pareció reflecsionar un momento para
recordar la fisonomía del hombre en cuestion y estár en mejor estado de
hacer su filiacion.
--Es alto, muy récio; pero no gordo. Al verle andar se crreria que va
hacer una mala jugada, porque mira constantemente á uno y otro lado.
Tiene los ojos de tal modo hundidos en la cabeza que por esto solo
podriais conocerle perfectamente. Es de piel muy morena y aunque no tenga
mas allá de veinte y seis ó veinte y ocho años, sus ojos son secos y
hoscos. Sus lábios están ordinariamente marchitos y descoloridos por
las señales de sus dientes; porque está sujeto á terribles
convulsiones y muy amenudo se muerde las manos hasta hacerse sangre . . .
Por qué os estremeceis? --dijo la jóven parándose de golpe.
El caballero se apresuró á responder que no sabia si se habia
estremecido y la suplicó que continuára.
--Esto lo he sabido por las personas de la casa de que os he hablado
--prosiguió la jóven --porque yo no le he visto mas que dos ó tres
veces y aun en ellas iba embozado en una gran capa. Creo que esto es todo
lo que puedo deciros . . . Apropósito . . . esperad! Cuando vuelve la
cabeza se descubre en su cuello un poco más arriba de su corbatin . . .
--Una gran cicatriz roja como una quemadura! --esclamó el caballero.
--Qué significa . . . entónces vos le conoceis? --dijo la jóven.
La señorita lanzó un grito de sorpresa y los tres permanecieron por
algunos momentos en silencio tan profundo que el espia hubiera podido oir
su respiracion.
--Creo conocerle --dijo el caballero --lo reconoceria al menos despues de
las señas que acabais de darnos . . . Verémos . . .
Dicho esto con aire de indiferencia, se volvió del lado del espía y
murmuró entre dientes: --No puede ser otro que él!
--Luego --repuso dirijiéndose á Nancy --Señorita acabais de prestarnos
un gran servicio y os doy las gracias --¿Qué puedo hacer por vos?
--Nada --contestó Nancy.
--No persistais en rehusar . . . veamos reflecsionad un poco --continuó
el caballero con acento tan dulce y bondadoso que hubiera podido conmover
un corazon mas duro y mas insensible.
--No; nada caballero . . . Os lo aseguro . . . replicó la jóven
--derramando lágrimas. --Nada podeis para cambiar mi suerte.
--Va á dejarse persuadir --esclamó Rosa --va á rendirse, estoy segura
de ello . . . titubea . . .
--Creo que no, mi querida señorita! --dijo el caballero.
--No; señor! --continuó Nancy despues de un momento de reflecsion
--estoy encadenada á mi primera existencia; tengo horror á ella, es
verdad; pero no puedo dejarla . . . Adios! tal vez he sido seguida y
espiada. Partid, partid los primeros! Si creeis que os he prestado algun
servicio todo lo que pido en recompensa es que me abandoneis al instante
mismo y me dejeis volver sola.
--Es inútil insistir mas! --dijo suspirando el caballero --pueda que
permaneciendo aquí comprometemos su seguridad.
--Sí, sí! --contestó la jóven --teneis mucha razon!
--Cómo acabará pues la existencia miserable de esta pobre jóven?
esclamó Rosa.
--Cómo? contestó ésta --mirad ante vos, señorita! fijad la vista
sobre esa agua que ruje á vuestros piés! Cuántas veces no habréis
oido hablar de pobres desgraciadas como yo que se han precipitado en
ella, fatigadas como estaban de la vida!
--No hableis así . . . os lo suplico --dijo Rosa sollozando.
--Será esta la última vez que oigais tales palabras, buena señorita.
No permitirá Dios que tales horrores vengan jamás á mancillar vuestros
castos oidos! Buenas noches! Adios!
El caballero se volvió como para prepararse á partir.
--Tomad esta bolsa --esclamó Rosa --guardadla por amor de mi y para que
tengáis algun recurso en la necesidad.
--No, no! --contestó la jóven --el oro no me tienta, ni es el interés
quien me hace obrar en esta circunstancia . . . creedlo . . . con todo
dadme alguna cosa . . . algo que vos hayais llevado . . . Quisiera tener
algo vuestro . . . No; no un anillo . . . vuestros guantes ó vuestro
pañuelo . . . gracias, gracias! Dios os bendiga! Adios!
La agitacion estrema que dominaba á la jóven y el temor que tenia de
que fuera maltratada á su regreso, en el caso de ser descubierta, fueron
los que determinaron al caballero á partir.
El y Rosa aparecieron luego sobre el puente y se detuvieron un momento en
el último escalon de la escalera.
--Rosa Maylie esperó aun, pero el anciano caballero la tomó del brazo y
la atrajo suavemente hácia él. En el momento que desaparecieron, Nancy
se dejó caer sobre uno de los escalones y dió libre curso á sus
lágrimas.
Llegado á lo alto de la escalera; Noé Claypole volvió la cabeza á
derecha y á izquierda y no viendo alma viviente, puso los piés en
polvorosa.
CAPÍTULO XLV.
CONSECUENCIAS FATALES.
CERCA dos horas faltaban para apuntar el dia. El judío velaba en su
cama, demostrando esperar á alguien con la mas viva impaciencia. A su
lado y en un colchon tendido en el suelo estaba echado Noé Claypole
durmiendo profundamente. Largo tiempo habia que aquel permanecia en tal
actitud, cuando al fin el ruido de los pasos de una persona que creyó
reconocer vino á herir su oido.
--El es, no cabe duda! murmuró.
Al pronunciar estas palabras sonó la campanilla: Bajó los escalones de
cuatro en cuatro y pronto volvió acompañado de Sikes que llevaba un
paquete bajo su brazo.
--Tomad, encerrad esto --dijo este --y desembarazadlo todo lo que podais.
Voto al infierno, me ha costado mucho cojerlo Hace mas de dos horas que
deberia estar aquí.
Fagin tomó el paquete, lo encerró en el armario con llave y miró
fijamente al bandido: sus lábios pálidos temblaban con tal fuerza, sus
facciones estaban tan descompuestas por las diferentes emociones que le
dominaban; que Sikes retrocedió involuntariamente.
--Qué Demonios sucede ahora --esclamó --por qué mirais las gentes de
tal modo, he? Responderéis?
El judío levantó la mano y agitó su dedo con aire misterioso.
--Maldicion! --dijo Sikes metiendo rápidamente su mano en el bolsillo
del costado --Se ha vuelto rabioso! Es preciso que me ponga en guardia!
--No, no! --contestó Fagin recobrando el uso de la palabra. --No hay
peligro --Guillermo! . . . No es á vos con quien me las he . . . Nada
tengo que reprocharos.
--Ah! es una gran fortuna! --repuso Sikes mirándole de través y
metiendo con ademan ostentoso, su pistola en otra faltriquera . . . Mucha
fortuna para uno de los dos . . .
--Lo que tengo que deciros, Guillermo --continuó el judío acercando su
silla á la del bandido --os hará aun mas efecto que á mí.
--Lo dudo mucho! Hablad pronto, ó Nancy creerá que me he perdido.
--Perdido! --esclamó Fagin --esto no la sorprenderia. Bastante ha
trabajado para vuestra pérdida.
Sikes estupefacto procuró leer en los ojos del viejo; pero no pudiendo
adivinar por ellos el sentido de este enigma, lo cojió por el cuello y
lo sacudió con toda su fuerza.
--Os repito que hableis! --dijo --de lo contrario será que no osais!
Viejo infame, abrid vuestra boca y esplicaos claramente! Lo oís?
--Supongamos que este muchacho que está acostado alli.
--Y bien que mas? continuó, Sikes soltándole y volviendo á su primera
posicion.
--Supongamos que ese muchacho . . . llegára á hacernos traicion . . .
que nos hubiese vendido á todos . . . descubriéndonos á las personas
que tienen un interés en conocernos . . . que les hubiese dado nuestras
señas hasta el menor detalle y dicho en fin el sitio, donde era fácil
-ensartarnos-! . . Qué hariais vos?
--Qué haria yo! --contestó Sikes con un juramento horrible --Lo que
haria! Si estuviera aun vivo á mi regreso le romperia el cráneo con el
talon de mi bota.
--Y si fuera yo? --Yo que tanto sé y que tantos podria llevar á la
horca conmigo!
--No lo sé --repuso Sikes rechinando los dientes y palideciendo de
cólera, á la sola idea de que esto pudiera ser. --Haria algo en la
prision que me haria meter la camisa de fuerza . . . ó si se nos
juzgaban juntos diria yo solo contra vos, mas que todos los testigos y os
haria saltar los sesos ante todo el mundo . . . No serian la fuerza ni el
valor los que me fallarian entonces --Mil rayos! . . murmuró el bandido
blandiendo su puño como si realmente fuera á empezar la accion. --Iria
de tan buen ánimo que no veriais mas que centellas.
--De verdad?
--De tan verdad como os lo digo . . . Ensayaos un poco y veréis si
guardo pelillos.
--Y si fuera Cárlos, ó el Camastron ó Betsy . . . ó bien?
--Poco me importa quien sea! . . --repuso Sikes impaciente --Del mismo
modo le pagaria su comision.
Fagin fijó de nuevo su mirada en el bandido y haciéndole señal de que
guardára silencio se inclinó sobre el colchon en que dormia Noé y
sacudió á éste para dispertarlo.
--Bolter! Bolter! . . -Pobre muchacho-! --dijo el judío cargando con
énfasis el epiteto --Está fatigado Guillermo! molido de haber asechado
tanto tiempo á la -jóven-.
--Qué quiére decir esto? --preguntó Sikes.
El judío no contestó palabra; pero inclinándose de nuevo sobre Noé le
tiró por el brazo y logró que se incorporára.
--Repetidme aquello otra vez para que él lo oiga! --dijo el judío
señalando con el dedo á Sikes --Otra vez aun . . . no mas que una vez,
hijo mio!
--Qué os repita que? --preguntó Claypole de mal talante.
--Lo que sabeis respecto á -Nancy- --añadió el judío, teniendo á
Sikes por el puño de miedo que no saliera antes de haberlo oido todo.
--La habeis seguido, no es cierto?
--Sí.
--Hasta el puente de Londres?
--Sí.
--Dónde ha encontrado dos personas?
--Justamente.
--Un caballero y una señorita, que antes habia ido á encontrar de plena
voluntad. Le han pedido que les entregára á todos sus compañeros y
Monks el primero . . . lo que ha hecho . .; que les diera sus señas; lo
que ha hecho . .; que les comunicára el nombre y la direccion de la casa
que frecuentamos tan á menudo y en la que nos reunimos, como tambien el
sitio desde donde se puede ver mejor, sin ser notado; lo que ha hecho . . !
Le han preguntado el dia y la hora en que ordinariamente nos dirijimos
á esa casa y ella se lo ha dicho . . . esto es todo lo que ha hecho. No
ha sido necesario emplear la amenaza para hacerla revelar todas estas
cosas; ella las ha dicho, de buen grado no es cierto? --esclamó el
judío cuasi loco de cólera.
--Es verdad --contestó Noé rascándose la cabeza . . . Precisamente es
así como la cosa ha pasado!
--¿Qué han dicho respecto al domingo pasado? --preguntó el judío.
--Respecto al domingo pasado? --repuso Noé procurando refrescar su
memoria . . . Paréceme que ya os lo he dicho.
--No le hace, dílo otra vez! --continuó el judío estrechando todavia
mas el brazo de Sikes y ajitando su mano mientras la espuma salia de su
boca.
--Le han preguntado --dijo Noé (que á medida que se desvelaba parecia
tener una idea de lo que era Sikes) le han preguntado porque no habia
acudido el domingo último como lo tenia prometido; y ella les ha
respondido que le habia sido imposible.
--Por qué, por qué? --interrumpió el judío con aire triunfante.
--Decidle por qué razon.
--Porque Guillermo no la quiso dejar salir y la detuvo á la fuerza. Y
como el caballero manifestó no conocer á Guillermo, añadió que era el
-hombre- de quien habia hablado anteriormente á la señorita.
--Qué ha dicho de mas respecto á Guillermo? --gritó el judío --Qué
ha añadido á propósito del -hombre- de quien habia hablado
anteriormente á la señorita? Decidle, decidle esto.
--Ha dicho, que no podia salir con facilidad á menos que el no supiera
donde iba y que la primera vez que fué á encontrar á aquella señorita
(ah! ah! ah! no he podido menos de reirme cuando ha dicho esto) le habia
puesto -laudano-, en la pocion que le hizo beber antes de salir.
--Condenacion!!! --gritó Sikes haciendo soltar la presa al judío
--Dejadme! . .
Arrojando al viejo lejos de él, se abalanzó fuera del aposento y se
precipitó por la escalera como un furioso.
--Guillermo! Guillermo! --esclamó el judío corriendo tras él --una
palabra! una sola palabra!
Esta palabra no hubiera llegado al oido del bandido si éste que no podia
abrir la puerta á pesar de los horribles juramentos que proferia, no
hubiese dado tiempo al judío para llegar sofocado.
--Abridme esta puerta --dijo Sikes --no me tengais aquí plantado una
hora con vuestra habladuria; no estoy de humor para oiros! Dejad que
salga sin dirijir la palabra . . . será lo mejor, os lo aseguro! . .
--Un momento, un solo momento! --dijo el judío poniendo la mano en el
cerrojo --No seais demasiado . . .
--Demasiado qué?
--No seais demasiado . . . demasiado . . . violento Guillermo!
--continuó el judío con tono melífluo.
El dia empezaba á clarear lo bastante para que cada uno de ellos pudiera
leer en el rostro del otro lo que pasaba en su alma. Cambiaron una
mirada, sus ojos centelleaban. No podia caber engaño sobre la naturaleza
de los sentimientos de entrambos.
--Sí; esto es Guillermo! . . --dijo Fagin al ver que todo fingimiento
era ya inútil: --Queria decir, no seais demasiado violento (al menos por
vuestra propia seguridad). No vayais á comprometeros, sobre todo sed
prudente.
Dicho esto el judío dió la vuelta á la llave en el cerrojo, y Sikes
por toda respuesta abrió la puerta de par en par, y partió como un rayo.
Sin dar tiempo á la reflecsion; sin volver la cabeza de ningun lado, sin
lanzar una mirada á la derecha ó la izquierda; pero con los ojos fijos
ante él, marchaba á grandes pasos, con los dientes apretados de tal
modo que su quijada inferior parecia hundirse dentro la piel. Lleno de
pensamientos feroces y llevando un proyecto horrible en la imaginacion
andaba con la cabeza baja; y sin haber pronunciado una sola palabra ni
removido un solo músculo de su rostro, se encontró frente su casa.
Entró sin hacer ruido, subió cautelosamente la escalera, abrió la
puerta de su aposento con la misma precaucion, la cerró á doble vuelta,
y habiendo colocado una mesa detrás de ella, se acercó á la cama y
apartó la cortina.
Nancy que estaba acostada medio vestida, se dispertó sobresaltada.
--Eres tu, Guillermo? --dijo con acento de satisfaccion por verle de
regreso.
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