--Con qué fin? --preguntó Rosa.
--Esto es lo que yo no sé. --contestó la jóven --Cuando me inclinaba
para oir mejor apercibió mi sombra en la pared, (otras muchas en mi
lugar no hubieran podido escaparse tan diestramente sin ser vistas), pero
afortunadamente, me retiré inapercibida, y desde entonces no volví á
verle hasta ayer noche.
--Y qué pasó entonces?
--Voy á decíroslo, señorita. La noche pasada volvió y Fagin lo llevó
al piso superior como la vez primera. Como la vez primera escuché
tambien á la puerta y oí á Monks que decia: --Ya veis, las únicas
cosas que hubieran podido servir para probar la identidad de este niño,
están en el fondo del rio; y la vieja sibila que las recibió de la
madre, hace largo tiempo que ha muerto y sus huesos están podridos
dentro de su ataud. --Entonces, se pusieron á reir ocupándose, del buen
écsito del asunto; y cada vez que Monks hablaba de Oliverio montaba en
cólera y decia que á pesar de haberse asegurado el dinero de ese
diablillo, hubiera preferido apoderarse de él de otro modo. Porque
decia, que buena farza hubiera sido la de anular el testamento del padre
arrastrando por todas las prisiones de Londres, á aquel de quien es
objeto y que hacia su gloria y luego conduciéndole al patíbulo por un
crímen capital! Esto podeis hacerlo aun, Fagin, despues de haber sacado
de él toda ventaja en vuestro provecho.
--Dios mio! que es lo que quiere decir todo esto --esclamó Rosa.
--La verdad señorita aunque salga de mis labios --replicó Nancy. Luego
añadió con juramentos horribles (familiares á mis oidos, pero
enteramente estraños á los vuestros), que si pudiese satisfacer su
ódio, acabando con la vida de ese niño sin comprometer la suya, lo
haria sin escrúpulo; pero que puesto que tal cosa era imposible, haria
los medios para poner trabas á todas sus acciones y dañarle en mas de
un caso, y que si Oliverio, intentaba algun dia sacar partido de su
nacimiento y de su historia, sabria bien impedírselo: --En fin, Fagin
añadió, por muy judío que seais jamás habeis empleado medios
semejantes á los que yo voy á poner en práctica para atraer en el lazo
á mi hermano Oliverio.
--Su hermano! --esclamó Rosa.
--Estas fueron sus propias palabras --dijo, Nancy mirando con inquietud
á su alrededor. (lo que no habia dejado de hacer desde el momento que
empezó á hablar; porque la imágen de Sikes la atormentaba
contínuamente.) Mas ha dicho: cuando se le ha ofrecido hablar de vos y
de la otra señora ha manifestado que era necesario que el cielo ó el
infierno se hubiesen mezclado en el asunto, para haber hecho caer
Oliverio entre vuestras manos; despues soltó una carcajada y observó
que la casualidad, le habia servido aun bien en tal circunstancia
--porque, añadió, nombrándoos), que millares de libras esterlinas no
daria ella misma, si las tuviera; por saber quien es -este perrito
faldero que la sigue por todas partes de dos patas-!
--Es posible! dijo Rosa palideciendo --Esto no ha podido decirlo
sériamente ¿No es cierto?
--Si jamás hombre alguno ha hablado sériamente, fué él en aquel
momento --replicó Nancy . . . No es hombre para chancearse cuando está
excitado por la rábia. Conozco algunos que lo hacen peor que él, pero
quisiera mas oirles doce veces que él una . . . Se hace tarde y quiero
llegar á casa, sin que se sospeche de que he venido aquí; es preciso
pues que me vuelva al momento.
--Pero qué haré yo? --dijo Rosa --Cómo sin vos podré utilizar la
revelacion que acabais de hacerme? Volveros! Cómo podeis desear reuniros
otra vez con compañeros que pintais con colores tan horribles? Si
quereis repetir lo que acabais de decirme á un caballero que está
allí, en el aposento vecino, en menos de media hora os conducirá á un
sitio donde estareis en seguridad.
--Deseo marcharme --dijo la jóven. Es preciso que me vaya; porque . . .
(como podria confesar tales cosas á una señorita virtuosa cual vos!)
porque entre esos hombres de quienes os he hablado hay uno, (tal vez el
mas malo y el mas determinado de todos ellos), que yo no puedo dejar . . .
no; aun que fuera para arrancarme de la vida que ahora llevo!
--La sensibilidad que habeis demostrado ya en otra ocasion, tomando el
partido de ese querido niño --dijo Rosa --la generosidad de que habeis
dado prueba ahora viniendo, con peligro de vuestra vida á decirme lo que
habeis oido --vuestras maneras, que me son un garante seguro de la verdad
de vuestras palabras, el arrepentimiento evidente y el sentimiento
interior de vuestra vergüenza, todo me inclina á creer que podriais aun
reformaros . . . Oh! continuó Rosa juntando las manos mientras que las
lágrimas corrian de sus ojos --no rechazeis las solicitudes de una
persona de vuestro sexo, la primera, sin duda que jamás os haya hablado
con dulzura y compasion! No rehuseis escucharme y dejaos volver al
sendero del honor y de la virtud.
--Oh! buena señorita! esclamó Nancy precipitándose á los piés de
Rosa --ángel de ternura y de bondad! vos sois en efecto la primera que
me ha hecho escuchar estas palabras de consuelo que me penetran el
corazon, y si yo las hubiera oido mucho tiempo antes, ellas hubieran
podido sacarme del vicio en que estoy sumergida; pero ahora es demasiado
tarde! demasiado tarde!
--Nunca es tarde para el arrepentimiento --dijo Rosa.
--Es demasiado tarde! esclamó Nancy torciéndose los brazos en la
agonía de la desesperacion . . . Al presente no puedo abandonarle! No;
no quiero ser la causa de su muerte!
--Por qué seriais la causa de su muerte? preguntó Rosa.
--Nada podria salvarle --prorrumpió la jóven --si declaraba á otros lo
que acabo de deciros y si los ponian presos á todos; él no podria
librarse. Es el mas atrevido y el mas intrépido de la cuadrilla . . . y
ha cometido acciones tan atroces! . . .
--Es posible --dijo Rosa --que por tal hombre renuncieis á una libertad
verdadera y á la esperanza de un porvenir mejor? Esto es una locura
inconcebible!
--Yo propia ignoro lo que esto es --replicó la jóven --Todo lo que sé
es que esto no pasa á mí sola y que hay otras muchas tan viciosas y tan
miserables como yo que piensan del mismo modo. --Es preciso que me
marche! Que ello sea voluntad del cielo ó castigo del mal que he hecho,
es de lo que no puedo darme cuenta á mi misma; pero soy atraida hácia
ese hombre á pesar de su brutalidad para conmigo y creo que lo seria
tambien aunque supiera que tengo que morir de su mano.
--Qué hacer? --dijo Rosa. --Yo no deberia dejaros marchar así.
--Vos no me detendréis, estoy de ello segura! --repuso la jóven, --no
lo haréis, porque me he fiado en vuestra bondad y no he exijido de vos
promesa alguna, como hubiera podido hacerlo.
--Entónces de que me servirá la revelacion que me habeis hecho?
--preguntó Rosa --Por el interés de Oliverio á quien deseais servir,
este misterio debe ser aclarado.
--Paréceme que podriais contar esto, bajo el sello del secreto á algun
caballero, amigo vuestro quien os dirá lo que teneis que hacer, repuso
Nancy.
--Pero dónde os encontraré cuando sea necesario? preguntó Rosa --No
pretendo saber donde habitan esas personas horribles; pero aun tengo
necesidad de volveros á ver otra vez.
--Me prometeis guardar fielmente el secreto y venir sola ó al menos
acompañada únicamente de la persona que estará en la intimidad?
preguntó la jóven --Puedo confiar en que no seré espiada ó seguida?
--Os lo juro! --respondió Rosa.
--Todos los domingos desde las once hasta las doce de la noche --dijo
Nancy sin vacilar --me pasearé por el puente de Londres . . . si existo!
--Todavía una palabra! --dijo Rosa, al ver á la jóven que se preparaba
para marcharse --Reflecsionad aun una vez en el horror de vuestra
posicion y en la ocasion que se os presenta de libertaros de ella. Teneis
derecho al interés que os demuestro, no solo por haber venido aquí
voluntariamente para hacerme esta revelacion, sino tambien porque, estais
perdida mas allá de toda esperanza. Volveréis á esa cuadrilla de
ladrones y á ese hombre que os maltrata tan cruelmente, cuando una sola
palabra basta para salvaros? Cuál es pues ese encanto que os impele á
pesar vuestro á la desgracia y al crímen? No hay en vuestro corazon una
cuerda que pueda yo tocar? No queda en él pues ningun sentimiento al
cual pueda yo llamar contra ese fatal prestigio?
--Cuando las jóvenes señoritas tan hermosas y tan buenas como vos,
entregan su corazon --replicó Nancy con firmeza --el amor las impele
algunas veces muy lejos, aun aquellas que como vos tienen padres, amigos
y admiradores para distraerlas. Pero cuando las jóvenes desgraciadas que
como yo no tienen otro hogar que la tumba, ni otro amigo para visitarlas
en sus enfermedades, ó en la hora de la muerte que el enfermero del
hospital, dan su corazon á un hombre que les hace las veces de los
padres y de los amigos, que han perdido ó les han faltado durante todo
el curso de su miserable existencia, quién puede esperar curarlas?
Tenednos lástima, señorita, de alimentar en nuestro corazon un
sentimiento que la justicia divina condena y los hombres reprueban.
--Aceptaréis de mí al menos algun dinero, que os proporcione vivir sin
deshonor, hasta que volvamos á vernos? --dijo Rosa despues de un momento
de silencio.
--Ni un sueldo --contestó la jóven.
--No rechazeis el ofrecimiento que os hago de ayudaros! dijo Rosa con
bondad --Deseo seros útil; os lo aseguro.
--Me hariais un beneficio mas grande --repuso Nancy con el acento de la
mayor desesperacion --si pudierais arrancarme la vida de un solo golpe;
porque jamás como esta noche he sentido todo el horror de mi situacion y
me seria muy grato no morir en el mismo infierno en que he vivido! Que
Dios os bendiga, buena señorita y que él derrame sobre vuestra cabeza
tanta felicidad, como deshonra y oprobio ha derramado sobre la mia!
Habiendo pronunciado estas palabras entrecortadas la desdichada criatura,
se marchó.
CAPÍTULO XL.
NUEVOS DESCUBRIMIENTOS, EN PRUEBA DE QUE LAS SORPRESAS LO MISMO QUE LAS
DESGRACIAS, RARA VEZ VIENEN SOLAS.
LA situacion de Rosa era algo embarazada; porque al propio tiempo que
deseaba vivamente penetrar el misterio que envolvia el nacimiento de
Oliverio, se veia obligada en conciencia á guardar el secreto que le
habia sido confiado, por la infortunada jóven con quien acababa de tener
tan triste conversacion.
--No le quedaban mas que tres dias para permanecer en Londres antes de
partir con la Señora Maylie y su jóven protegido á un puerto de mar
bastante lejano. El primer dia tocaba á su fin (cabalmente acababa de
sonar la media noche en el instante en que Nancy dejó el aposento.)
¿Qué proyecto podia concebir para ser puesto en ejecucion en el
término de veinte y cuatro horas? ó qué medio debia emplear para
retardar el viaje sin exitar la sospecha?
Mr. Losberne estaba en el palacio con esas señoras y debia pasar en él
los dos últimos dias de su permanencia en Londres; pero Rosa conocia
demasiado el carácter impetuoso del doctor y preveia asaz claramente la
cólera que, en un primer momento de indignacion, haria esplotar contra
la jóven; para confiarle el secreto. Esta era tambien una de las razones
por las que Rosa temia abrirse á la Señora Maylie, que no podria dejar
de hablar de ello al doctor . . . Recorrer á un magistrado, suponiendo
que hubiese sabido el modo de llevar este asuntó era cosa á que debia
renunciar por la misma razon . . . Por un momento tuvo la idea de
escribir á Enrique; pero se acordó de su última entrevista . . .
Estaba en tal perplejidad, cuando Oliverio, que regresaba de su paseo por
la ciudad escoltado de Giles, que le hacia de guardia del cuerpo, entró
bruscamente en el aposento sofocado y sumamente conmovido.
--Qué teneis para estar tan agitado? --preguntó Rosa adelantándose
hácia él --respondedme Oliverio.
--Apenas puedo hablar --contestó el niño --Paréceme que me ahogo . . .
Oh! qué dicha pensar que al fin volveré á verle y que vos tendreis la
certeza de que todo lo que os he dicho es la pura verdad!
--Jamás he supuesto lo contrario, amigo mio --dijo Rosa --Pero por qué
decís esto? De quién hablais?
--He vuelto á ver al buen caballero que me ha dispensado tanta amistad!
--replicó Oliverio pudiendo apenas articular sus palabras --Ya sabeis . .
Mr. Brownlow, de quién os he hablado tantas veces!
--En dónde? --preguntó Rosa.
--Bajaba de un carruaje y entró en una casa --respondió Oliverio
llorando de gozo --No le he hablado . . . no podia hablarle; porque no ha
reparado en mí y yo estaba tan trémulo que me ha sido imposible correr
á él; pero Giles se ha informado de si vivia en la casa donde le hemos
visto entrar y le han respondido que sí . . . Tomad --añadió sacando
un papel de su faltriquera --esta es su direccion: es allí donde vive
. . . permitid que vaya al instante . . . Oh! Dios mio! Dios mio! que me
sucederá cuando le vea y él me hable!
--Al instante! dijo Rosa --Enviad á buscar una calesa y estad pronto
para partir; voy á llevaros allá al momento . . . No hay que perder un
minuto! Unicamente el tiempo para prevenir á mi tia que salimos por una
hora y estoy con vos . . . Con qué, estad preparado!
Oliverio no se lo hizo decir dos veces y en menos de diez minutos estaban
en marcha para -Craven street- en el -Strand-. Cuando hubieron llegado,
Rosa bajó del coche para preparar al anciano caballero á recibir á
Oliverio y entregando su tarjeta al criado le suplicó dijera á Mr.
Brownlow, que deseaba verle por asuntos de la mayor importancia. Este
reapareció muy luego, habia recibido la órden de hacer subir á la
jóven señorita: y la introdujo en un aposento del primer piso, donde
fué presentada á un caballero de edad algo avanzada, de aspecto afable
y vistiendo una casaca de verde-botella. No lejos de él estaba otro
caballero viejo, con calzon corto y polainas de mahon, el cual caballero
viejo (que no parecia -extremamente- amable), estaba sentado con las
manos plegadas, apoyadas sobre el puño de su baston y su barba encima.
--Mil perdones señorita! dijo el caballero de la casaca verde,
levantándose precipitadamente de su silla y haciendo un saludo gracioso
á la señorita Maylie. --Creia que podiais ser una persona importuna que
. . . Os pido por favor que disimuleis . . . Tomaos la molestia de
sentaros.
--Es á Mr. Brownlow á quien tengo el honor de hablar? --dijo Rosa
dirijiéndose á este último.
--Sí; señorita --respondió el caballero anciano --y ahí está mi
amigo Mr. Grimwig . . . Grimwig, queréis tener la bondad de dejarnos por
algunos minutos?
--Creo, que el Señor, no estará de mas en este punto de nuestra
entrevista. Estoy bien informada; no es estraño al asunto que me trae
cerca de vos.
Mr. Brownlow hizo una inclinacion de cabeza y Mr. Grimwig que habia hecho
un saludo muy tieso al levantarse de su silla, hizo otro saludo muy tieso
y sentóse otra vez.
--Sin duda voy á sorprenderos --dijo Rosa algo cortada; --pero en otro
tiempo manifestasteis mucho interés y afecto á uno de mis jóvenes
amigos y estoy segura que no os sabrá mal recibir noticias suyas.
--Verdaderamente! --dijo Mr. Brownlow --¿Puedo saber su nombre?
--Oliverio Twist! contestó Rosa.
Apenas hubo pronunciado este nombre, Mr. Grimwig que se habia puesto á
recorrer un libro voluminoso colocado sobre la mesa, lo cerró
bruscamente y dejándose caer en el respaldo de la silla dejó ver su
rostro en el que estaban marcadas las señales de la mayor sorpresa.
El asombro de Mr. Brownlow no fué menor, aunque no lo dejase apercibir
de un modo tan escéntrico. Acercó su silla á la de Rosa y dijo:
--Hacedme el favor, querida señorita, de pasar en silencio esa solicitud
y esa bondad de que hablais y de la que nadie duda y si está en vuestro
poder desilusionarme en cuanto á la opinion desfavorable, que he debido
concebir de ese niño . . . Oh! en nombre del cielo hacedlo al instante.
--Es un pilluelo! me comeria la cabeza que es un pilluelo! --dijo Mr.
Grimwig sin mover ningun músculo de su rostro, como lo hiciera un
ventrilocuo.
--Ese niño tiene el corazon noble y generoso --repuso Rosa
ruborizándose --y el Sér Supremo que ha juzgado á propósito enviarle
penas y hacerle pasar por pruebas superiores á sus fuerzas, le ha dado
cualidades y sentimientos que harian honor á personas que tienen seis
veces su edad.
--Yo no tengo mas que sesenta y un año! --replicó Mr. Grimwig en el
mismo tono; y como no tomando en ello cartas el diablo, ese Oliverio de
que hablais debe tener doce años sino tiene mas, no veo la aplicacion de
esta advertencia.
--No hagais caso de mi amigo, Señorita --dijo Mr. Brownlow --no
reflecsiona lo que dice.
--Si par diez! gruñó Mr. Grimwig.
--No no lo reflecsiona, os lo aseguro! replicó Mr. Brownlow, que
empezaba á impacientarse visiblemente.
--Se comeria él la cabeza, sino dijera la verdad!
--Mejor mereceria que se la rompieran!
--Quisiera ver á alguno que lo propusiera! --replicó Monsieur Grimwig
golpeando el suelo con su baston.
Despues de haberse ecsaltado de tal modo, los dos amigos lomaron
separadamente un polvo y se dieron enseguida un buen apreton de manos
segun su costumbre invariable.
Rosa que habia tenido tiempo de reunir sus ideas, relató en pocas
palabras lo que habia sucedido á Oliverio desde el dia en que habia
dejado la casa de Mr. Brownlow, reservando para el momento en que estaria
sola con este caballero, la revelacion de Nancy. Añadió que el único
dolor de ese muchacho durante muchos meses habia sido no poder encontrar
otra vez á su bienhechor.
--Alabado sea Dios! --dijo el anciano caballero --He aquí lo que me
tranquiliza! Pero, Señorita Maylie, vos no nos habeis dicho donde se
halla ahora . . . Mil perdones por la pregunta que voy á haceros; ¿por
qué no lo habeis llevado?
--Está abajo en el carruaje, que espera á la puerta --contestó Rosa.
--Aquí! á mi puerta! --esclamó el anciano y sin decir una palabra mas
se lanzó fuera del aposento, bajó la escalera de cuatro en cuatro,
saltó sobre el estribo y de allí dentro del coche.
Apenas la puerta del aposento se hubo cerrado trás él, Monsieur Grimwig
levantó la cabeza y convirtiendo en eje uno de los piés traseros de su
silla, describió con la ayuda de su baston y de la mesa, tres círculos
distintos; despues de lo cual, poniéndose en pié, andó piano piano, lo
largo del aposento y acercándose de improviso á Rosa la abrazó sin
otro preámbulo.
--Chiton! dijo al ver que esta se levantaba precipitadamente, alarmada
por su audacia --Nada temais! Tengo bastante edad, para ser vuestro
abuelo . . . Sois una buena muchacha y os quiero mucho! Ya suben!
En efecto, luego que se hubo echado de un solo salto en su silla, Mr.
Brownlow volvió á entrar acompañado de Oliverio, que Mr. Grimwig
recibió muy graciosamente y esta satisfaccion del momento hubiera sido
por sí sola bastante á Rosa, para recompensar sus desvelos y sus
inquietudes, para con su jóven protegido.
--A propósito! hay alguien que no debe ser olvidado! dijo Mr. Brownlow
tirando el cordon de la campanilla --Decid á la Señora Bedwin que suba!
La vieja ama de llaves subió en seguida y habiendo hecho una reverencia,
esperó en la puerta á que Mr. Brownlow le diera sus órdenes.
--Creo Bedwin que vuestra vista se debilita de dia en dia --dijo éste
con tono semi-regañon.
--A mi edad, caballero, no tiene nada de estraño --contestó la buena
señora --Los ojos de las personas no mejoran con los años.
--Podria yo decir otro tanto --repuso Mr. Brownlow --pero poneos vuestros
anteojos y veamos si adivinais porque os he mandado llamar.
La Señora Bedwin, se puso á registrar en sus faltriqueras para buscar
sus anteojos, pero la paciencia de Oliverio no podia estar á prueba
contra este nuevo retardo y he aquí porque cediendo al primer impulso de
su corazon, se precipitó en los brazos de la buena señora.
--Dios me perdone! --esclamó esta abrazándole --es mi querido
pequeñuelo!
--Mi buena Señora Bedwin! --esclamó tambien Oliverio.
--Sabia bien que volveria --repuso la anciana apretándole contra su
pecho --Qué hermoso es . . . y que bien vestido! Parece un señorito!
¿Dónde habeis estado durante este tiempo que me ha parecido tan largo?
Ah! siempre su bella carita . . . pero con todo aun mas pálida . . .
Siempre esos ojos tan dulces, pero mas tristes. Nunca los he olvidado, ni
tampoco su sonrisa graciosa. --Dejando que la Señora Bedwin y Oliverio
charláran con holgura, Monsieur Brownlow hizo pasar á Rosa á otro
aposento y ésta le contó con los mas minuciosos detalles la entrevista
que habia tenido con Nancy: lo que le sorprendió é inquietó
muchísimo. Despues que le hubo esplicado las razones que la habian
impedido hablar de ella, primero á Mr. Losberne, aprobó mucho su
prudencia y resolvió tener al instante una conferencia con el doctor.
Para lograr pronto la ocasion de ejecutar este designio, se convino que
iria al palacio aquella noche misma á las ocho, y que entretanto la
Señora Maylie seria informada de todo lo que habia pasado.
La señorita Maylie no habia exagerado la cólera del doctor; pues apenas
tuvo conocimiento de la revelacion de Nancy se desató en imprecaciones
contra ella y amenazó entregarla á Monsieurs Blathers y Duff. Habia ya
tomado su sombrero y se preparaba para ir á encontrar á esos dignos
personajes sin considerar cuales podrian ser los resultados de su loco
proceder, si Monsieur Brownlow, á pesar de ser tambien muy irrascible,
no le hubiese impedido el salir y no hubiese empleado todos los
argumentos posibles para hacerle entrar en razon.
--Qué diablos, pues, nos queda que hacer? Será preciso todavía dar las
gracias á todos esos vagabundos (machos y hembras) y suplicarles que
acepten una centena de libras esterlinas, como una ligera prueba de
nuestra estimacion y una débil prenda de nuestra gratitud!
--No digo precisamente esto --contestó Mr. Brownlow sonriendo --pero es
preciso obrar con dulzura y con prudencia.
--Dulzura y prudencia! esclamó el doctor --Yo os los enviaré todos á
las . . .
--No digo lo contrario --replicó Mr. Brownlow --y sin duda lo han bien
merecido.
Fué muy difícil hacer entrar en razon al doctor, que desde que habia
visto á los señores Duff y Blathers parecia tener una confianza sin
límites en sus talentos. Pero Mr. Brownlow, habiéndole hecho comprender
que de su prudencia dependia la suerte de Oliverio y que un solo paso
inconsiderado podia comprometerlo todo y privarle á la vez de la
herencia de sus padres y de la esperanza de volver á encontrar su
familia, el doctor acabó por conceder que sus arrebatos, podian echarlo
á perder todo y que en adelante tendria mas calma. En consecuencia se
acordó que los Señores Grimwig y Enrique Maylie formarian parte del
-comité- y que Mr. Brownlow acompañaria á Rosa al puente de Londres,
donde debia volver á ver á Nancy; que todo se haria de modo que no se
comprometiera á esa desgraciada y que la justicia no seria advertida por
temor de que puestos en alerta Nancy no quisiera dar á conocer á Monks.
CAPÍTULO XLI.
UNA ANTIGUA RELACION DE OLIVERIO DANDO PRUEBAS DE UN GENIO SUPERIOR,
LLEGA Á SER UN PERSONAJE PÚBLICO EN LA METRÓPOLI.
EL dia mismo en que Nancy fué á encontrar á Rosa Maylie, despues de
haber dado á Sikes un brevaje suporífico; dos personas que el lector
tiene ya conocidas; pero con las cuales (para mayor inteligencia de esta
historia) debe reanudar las relaciones, marchaban hácia Londres por la
carretera del Norte.
Estos dos viajeros eran un hombre y una mujer (tal vez seria mejor decir
un macho y una hembra). El primero de cuerpo largo y endeble, iba montado
sobre altas piernas y tenia una de esas fisonomías huesosas, á las
cuales es muy difícíl designar ninguna edad exacta; era en fin uno de
esos séres que parecen ya viejos cuando son aun jóvenes y que parecen
niños cuando empiezan á entrar en edad. La mujer podia tener diez y
ocho ó veinte años; pero estaba sólidamente desarrollada y era
necesario que fuera así, á juzgar por el paquete enorme que llevaba
sobre su espalda sujeto con correas. El de su compañero envuelto en un
pañuelo azul y pendiente al estremo de un palo formaba un volúmen muy
pequeño.
--Andarás tú? Qué posma eres Carlota!
--Este paquete es pesado como un diablo!
--Pesado! Qué bestialidad! Para qué sirves pues? --dijo aquel cambiando
de espalda su paquetillo. --Vaya! Hete aquí otra vez plantada!
--Queda aun mucho trecho? --preguntó la mujer.
--Si queda trecho? Tienes telarañas en los ojos! amor mio! No ves desde
aquí las luces de Londres?
--Todavia quedan desde aquí dos millas!
--Y qué! Qué tenemos? Aun que haya dos ó veinte . . . replicó Noé
Claypole (porque era el mismo) . . . Ea! levántate y al avío sino
quieres que con un punta pié te haga entrar en calor.
Como la nariz del Señor Claypole naturalmente colorada se habia vuelto
purpúrea de cólera y como se adelantaba hácia Carlota, ésta se
levantó sin decir palabra y se puso en marcha.
Carlota fatigada, molida, no pensaba mas que en pararse. A cada momento
preguntaba si Noé se detendria pronto papa pasar la noche. Pero maese
Claypole era antes que todo hombre prudente; habia formado sus planes y
temia los alojamientos que podia proporcionarle su muy graciosa Magestad
Británica; por eso desconfiaba de toda posada situada demasiado cerca de
la carretera; tenia una preferencia marcada por los barrios mas
apartados. Sowerberry se le aparecia como la sombra de Banco. [5] En
medio de todos sus temores, no dejaba por ello de hacer sentir su
superioridad á Carlota. Esta reconocia y agradecia á su adorado, la
confianza ilimitada, que le habia dispensado, dejándola todo el dinero
que se habian llevado de la casa de Sowerberry! Pero esta confianza, no
era mas que la consecuencia del sistema de prudencia de maese Claypole;
habia temido comprometerse en el caso de ser perseguidos y el dinero
hallándose únicamente sobre de ella, hubiera podido protestar de su
inocencia y escapar tal vez de las manos de la justicia.
Noé, arrastrando trás si á Carlota, ya suavizaba el paso en la esquina
de una de esas calles que recorria con los ojos en toda su estension,
para ver si descubriria la muestra de alguna modesta posada, ya arrecial
á la marcha, si temia que el sitio fuera demasiado público para él. Al
fin se paró ante una taberna mas súcia y mas miserable en la apariencia
que todos los que habia visto hasta entonces y despues de haber examinado
escrupulosamente su exterior anunció graciosamente á Carlota su intento
de pesar en ella la noche.
--Con que dame ese paquete --dijo desatando las correas pasadas al
rededor de las espaldas de Carlota y cargándoselo sobre sí --y cuida de
no abrir el pico que yo no te dirija la palabra! Cuál es la muestra de
la casa? A . . . l . . . o . . . s . . á los t . . . r . . . e . . . s.
tres á los tres . . . á los tres que? preguntó.
--A los -tres cojos- --dijo Carlota.
--A los -tres cojos-? repitió, Noé --No es del todo bestia que digamos
esa muestra! Tú, sígueme . . . y no te olvides de lo que te he
recomendado! --dichas estas palabras empujó la puerta con su espalda y
entró seguido de Carlota.
Solo habia en el mostrador un jóven judío, quien con los dos codos
apoyados sobre la mesa, estaba ocupado en leer un periódico grasiento.
Miró fijamente á Noé y éste le inspeccionó del mismo modo.
Si Noé hubiese llevado su traje de la escuela de Caridad, el aire de
sorpresa con que le miraba el judío no hubiera parecido extraordinario;
pero como llevaba una blusa puesta sobre su vestido, parece que nada
habia en él capaz de llamar hasta este punto la atencion en una taberna.
--No es aquí la posada de los -tres cojos-? preguntó Noé.
--Esta es la muestra de esta casa --respondió el judío.
--Un caballero que hemos encontrado en el camino nos ha recomendado
vuestra casa --dijo Noé haciendo un guiño á Carlota, no solo para que
advirtiera la sutileza de su espíritu, si que tambien para advertirla
que no dejára escapar ninguna señal de sorpresa. --Podrémos tener una
cama para esta noche?
--Diré abajo si hay alguna desocupada . . . contestó Barney que era el
mozo de esta casa --voy á informarme.
--Conducidnos á la sala y servidnos un plato de fiambre y una pirta de
cerveza mientras esperamos --dijo Noé.
Barney despues que los hubo introducido en una salita baja les llevó en
seguida lo que le habian pedido, avisándoles al propio tiempo de que
podrian pasar allí la noche y que iban á prepararles una cama; despues
de lo cual se retiró.
Esto aposento estaba situado de modo que cualquiera conocedor de la casa
podia por medio de un pequeño vidrio colocado en un ángulo, ver desde
la sala de entrada todo lo que pasaba en ella sin peligro de ser visto y
aplicando el oido en dicho punto era fácil oir lo que en ella se decia.
Habia cinco minutos que el amo de la casa tenia el ojo pegado al vidrio,
prestando oido al mismo tiempo á la conversacion de nuestros dos
viajeros y Barney acababa cabalmente de desembucharles la respuesta ante
dicha, cuando Fagin entró para informarse, si habia visto á algunos de
sus jóvenes educandos.
--Chit . . . hizo Barney colocando el dedo sobre sus lábios --hay dos
-personas- en la salita.
--Dos personas! repitió el viejo en voz baja . . .
--Dos buenas piezas . . . como hay Dios! añadió Barney --Llegan de la
campiña. --A fé mia es género de vuestro gusto ó yo soy un bestia.
Esta noticia interesó en gran manera á Fagin. Subió sobre un taburete,
aplicó el ojo al vidrio y pudo divisar á maese Claypole comiendo su
fiambre y bebiendo su cerveza en compañia de Carlota.
--Ah! ah! --dijo en voz baja Fagin volviéndose hacia Barney --El aire de
ese mozalvete me satisface del todo! Nos será útil, estoy de ello
cierto! Comprende á las mil maravillas el modo de llevar á buen fin los
negocios! No muevas ruido Barney; que oiga lo que dicen!
El judío aplicó de nuevo el ojo al vidrio, reprimiendo su respiracion
para oir mejor y el aspecto de su fisonomía en este momento era del todo
satánico.
--Estoy resuelto; quiero ser un señor! dijo maese Claypole alargando sus
piernas y concluyendo una conversacion empezada antes de llegar Fagin. No
quiero hacer mas ataudes . . . estoy harto de ellos! pero quiero llevar
una vida regalona y si tu quieres Carlota, serás tambien una señora!
--No pediria otra cosa mejor Noé --contestó esta --pero no se
encuentran todos los dias -alcancias- que vaciar.
--Ba! dijo Noé . . . Algo mas que alcancias hay para vaciar!
--¿Qué quiéres decir? preguntó Carlota.
--Hay faltriqueras, ridículos, casas, coches, el Banco mismo . . . y que
se yo que mas! dijo Noé escitado por el -porter-.
--Pero tu no puedes hacer todo esto Noé?
--Procuraré asociarme con otros, si hay medio y no tendrán
inconveniente en emplearnos de una manera ó de otra . . . Tu sola vales
cincuenta mujeres!
--Oh! que gusto me dá el oirte hablar así --esclamó la muchacha
imprimiendo un gordo beso sobre el rostro feo de su compañero.
--Bien, basta ya con esto! . . . . no te exaltes demasiado por temor de
disgustarme, dijo Noé rechazándola con gravedad --Quisiera ser el
capitan de alguna cuadrilla . . . Os los llevaria, á las mil maravillas
. . . y me enmascararia para acecharles . . . Oh! Esto me convendria
bastante! . . . Y con tal que pudiera encontrar algunos caballeros de ese
género, digo que valdria mas que la -bicoca- de las veinte libras que
has soplado á Sowerberry, tanto mas que ni uno ni otro sabemos como
deshacernos de ellas.
Despues que maese Claypole hubo manifestado su opinion en tales
términos, miró el jarro de cerveza con aire deliberado; y habiendo
sacudido su contenido hizo una señal de inteligencia á Carlota y bebió
un trago que pareció refrescarle completamente. Se disponia á beber
otro, cuando fué interrumpido por la repentina llegada de un estranjero.
Este estranjero no era otro que Mr. Fagin quien haciendo un saludo
gracioso acompañado de una sonrisa amable al pasar por frente nuestros
dos viajeros, se sentó á una mesa cerca de ellos y pidió al astuto
Barney que le sirviera algo de beber.
--Hermosa noche á fé mia; si bien algo helada atendida la estacion
--dijo Fagin frotándose las manos --Caballero á lo que parece llegais
de la campiña?
--Cómo podeis saberlo? --preguntó Noé.
--No tenemos en Londres tanto polvo como el que miro --contestó Fagin
señalando con el dedo los zapatos de Noé.
--Teneis á mi ver el aire de un -perillan- --dijo Noé --Ha! . . ha! ha!
--No se puede menos de serlo en una ciudad como esta.
Acompañó esta observacion, con un golpecillo sobre su nariz dado con el
index de su mano derecha; gesto que Noé quiso imitar pero hizo pífia,
á causa de la poca tela que el suyo ofrecia en esta parte de su rostro.
Fagin satisfecho de la intencion, compartió liberalmente con nuestros
dos amigos el licor que Barney habia traido.
--Esto es añejo --observó Noé haciendo castañear sus lábios.
--Si; pero es caro! dijo Fagin . . . Un hombre necesita vaciar bolsillos,
ridículos, casas, carruages y hasta el Banco, si quiere beber de ello en
todas sus comidas.
A tales palabras Noé se dejó caer en el respaldo de su silla y miró
alternativamente á Fagin y á Carlota.
--No os asusteis querido! --dijo Fagin acercándose á Noé --Ha! ha! Ha
sido mucha fortuna que haya sido yo solo quien os ha oido, por la mayor
de las casualidades.
--Yo no he sido el que ha sillado la -bicoca-! balbuceó Noé no
alargando ya sus piernas como un hombre -independiente- sino
encajándolas lo mejor que pudo bajo su silla; ella es la que ha dado el
golpe. Todavía la tienes sobre de tí, Carlota; no puedes decir lo
contrario.
--Querido, poco importa quien ha dado el golpe ó quien tiene el dinero!
replicó el judío fijando con todo sus ojos de alcon sobre la jóven y
sobre los dos paquetes --Yo mismo soy de la -partida- y por eso os quiero
mas.
--De qué -partida- queréis hablar? preguntó maese Claypole algo mas
tranquilo.
--Del mismo -ramo de comercio- --contestó Fagin. Igualmente todas las
personas de la casa. Habeis caido aquí como -Marzo en cuaresma- querido!
No hay en Londres un sitio mas seguro que los -tres cojos- . . . sobre
todo si os tomo bajo mi proteccion . . . Y como vos y esa jóven me
inspirais interés, podeis tranquilizaros; os aseguro que nada hay que
temer.
Noé Claypole hubiera debido tranquilizarse en efecto, despues de esta
seguridad; pero si su espíritu estaba mas desahogado, no sucedia así
con su cuerpo porque se torcia de mil maneras en su silla y tomó
diferentes posiciones á cual mas estravagantes, mirando, entretanto á
su nuevo amigo con aire á la vez desconfiado y temeroso.
--Os diré mas --continuó el judío despues de haber logrado
tranquilizar á la jóven á fuerza de movimientos de cabeza y de
protestas de amistad; tengo un buen amigo que podrá satisfacer el deseo
que acabais de manifestar lanzándoos en el buen camino; con el bien
entendido de dejaros libre para escojer de pronto el ramo que mejor os
convenga, reservándose solo el cuidado de enseñaros los otros.
--Decís esto como si hablárais sériamente? --repuso Noé.
--No veo porque me burlaria --dijo el judío encojiéndose de hombros.
--Venid conmigo á la puerta para que os diga una palabra á solas.
--No es necesario que nos desordenemos --dijo Noé alargando de nuevo sus
piernas; podeis decirme esto mientras que ella va á llevar los paquetes
arriba. Carlota! vé á procurar que esos paquetes se coloquen en el
aposento donde debemos dormir.
Carlota se hizo un deber en obedecer y Noé abrió la puerta para
facilitarla el paso y verla salir; despues de lo cual volvió á sentarse.
--He! ya veis como os la hago marchar! --dijo con el tono de un domador
que hubiese amansado un animal feroz.
--Bravo! --contestó Fagin dándole un golpecillo sobre la espalda;
--sois un génio, querido!
--Seguramente y por esto he resuelto venir á Londres --replicó Noé
--Pero harémos bien en no perder el tiempo, porque ella no tardará á
volver.
--Teneis razon. Al caso --dijo el judío --Ea; veamos! si mi amigo os
gusta ¿creéis que será lo mejor asomaros con él?
--Hace buenos negocios? Este es el -quid- del asunto! preguntó Noé
guiñando sus ojuelos.
--Los hace escelentes --respondió el judío --ocupa una multitud de
-manos- y tiene á su servicio los -trabajadores- mas -hábiles- y mas
-distinguidos de la profesion-.
--Como si dijéramos -maestros obreros-, he? preguntó al señor Claypole.
Luego el judío y su nuevo asociado se pusieron á pasar revista á todos
los modos de robar conocidos y desconocidos. A cada proposicion, Noé
encontraba siempre que objetar: ya el género de comercio era demasiado
peligroso, porque, ya como tenemos dicho la bravura no entraba en las
cualidades dominantes de este héroe; ya no redituaba lo bastante y la
rapacidad de maese Claypole no se encontraba satisfecha; y si algo habia
difícil de satisfacer, era esta rapacidad; porque si el tal Claypole
hubiese sido dividido en dos partes creemos que la gula se hubiera
apoderado de todo el lado derecho y la avaricia del izquierdo al lado del
corazon. Al fin encontró un -género de ocupacion- á su gusto: quedó
convenido que se dedicaria á la -caza menuda-.
--Qué se entiende por esto? preguntó.
--La -caza menuda- son los chicuelos, que van por recados. Cuasi siempre
llevan en la mano un -cheling- ó una pieza de seis sueldos, se les hace
la zanjadilla, se toma su dinero y se sigue el camino!
--Ah! ah! hé aquí mi negocio!
--Con que, queda convenido, dijo Noé, viendo que Carlota acababa de
entrar. Mañana á qué hora?
--A las diez, os parece bien? preguntó el judío. --Y en cuanto maese
Claypole hubo hecho una señal de cabeza afirmativa añadió. Con qué
nombre hablaré de vos á mi amigo?
--Mr. Bolter --contestó Noé que habia previsto la pregunta y estaba
preparado para responder --Mr. Mauricio Bolter. Os presento á la señora
Bolter --prosiguió señalando á Carlota.
--Muy servidor de la Señora Bolter! --dijo Fagin haciendo un saludo
grotesco. Espero que antes de poco tendré la satisfaccion de conocerla
mejor.
--Oyes lo que te dice este caballero, Carlota?
--Si Noé! --contestó la Señora Bolter alargando su mano á Fagin.
--Me llama Noé, por via de cariño --dijo Mr. Mauricio Bolter (antes de
ahora Noé Claypole), dirijiéndose á Fagin. ¿Comprendeis?
--Si, si comprendo . . . perfectamente --contestó el judío diciendo por
esta vez la verdad. Buenas noches! Buenas noches!
CAPÍTULO XLII.
Él CAMASTRON SE ENREDA EN UN MAL NEGOCIO.
CON qué vuestro amigo erais vos mismo? --dijo maese Claypole al presente
Bolter, cuando de resultas de sus convenios fué á habitar el dia
siguiente en casa el judío; --ayer cuasi lo hubiera dudado.
--Todo hombre para sí mismo es su propio amigo --contestó el judío con
una sonrisa significativa --en ninguna parte puede encontrar otro mejor.
--Escepto con todo algunas veces --dijo Mauricio Bolter --dándose humos
de un hombre de mundo. Ya sabeis que hay personas, que son sus propios
enemigos.
--No lo creais --replicó el judío --Cuando un hombre es su propio
enemigo, lo es únicamente porque cuida mas de los intereses de los otros
que del suyo propio . . . Ba! . . Esto es bestialidad! . . y además nada
natural.
--Esto es aun verdad! dijo Mr. Bolter, con aire pensativo --oh! sois un
viejo maligno!
Mr. Fagin vió con cierto placer la impresion que habia producido sobre
maese Bolter. Para aumentar su efecto, le instruia del estado de sus
negocios y de sus operaciones de -comercio- mezclando tan bien la ficcion
con la verdad, que el respeto y el temor que habia inspirado á ese digno
mozalvete aumentaron visiblemente.
--La confianza mútua, que nos tenemos unos á otros es la que me
consuela y me indemniza de las pérdidas dolorosas que sufrió algunas
veces --prosiguió Fagin. Mi mejor -dependiente- mi brazo derecho me fué
arrebatado ayer mañana.
--Sin duda quereis decir que ha muerto?
--No; no tan mal como esto . . . seguramente no tan mal.
--Qué ha podido pues acontecerle?
--Han tenido necesidad de él; han juzgado oportuno retenerle.
--Tal vez para negocios importantes?
--No; pretenden que le han visto meter la mano en el bolsillo de un
caballero. Lo han registrado á pretexto de justicia y han encontrado
sobre de él una caja de tabaco de plata . . . la suya querido mio . . .
la suya propia; porque adoraba el tabaco de polvo y lo tomaba
ordinariamente. Lo han guardado hasta hoy, pretendiendo conocer el
individuo á quien pertenece esa -baratija-. Ah! valia él cincuenta
cajas como aquella . . . y yo daria si estuviera en mi mano el valor de
ella con la satisfaccion mayor, con tal de volverle á ver á mi lado.
Quisiera que hubierais conocido al Camastron, querido mio; quisiera que
lo hubierais conocido!
--Puede esperarse que lo conoceré.
--Ah! lo dudo mucho --replicó el judío con un suspiro. --Si no obtiene
nuevas pruebas en apoyo de esta acusacion, no será gran cosa y él
volverá dentro seis semanas ó dos meses lo mas tarde; de otro modo
estarán en el caso de enviarlo al -seminario- como -pensionista-.
Conocen demasiado lo que vale y harán de él un -pensionista-.
--Qué entendeis por -seminario- y -pensionista-? preguntó maese Bolter
--A qué viene hablarme en gringo ya que no lo comprendo?
Fagin iba á traducirle en lenguaje vulgar estas espresiones misteriosas
y rebuscadas y maese Bolter hubiera sabido entonces que la combinacion de
estas palabras -seminario- y -pensionista- significaban condena
perpétua, cuando el diálogo fué interrumpido por la llegada de Bates
que entró con ademan contrito y las dos manos metidas en las
faltriqueras.
--Se acabó! --dijo.
--Qué quiéres decir? --preguntó Fagin con voz temblorosa.
--Han encontrado al caballero dueño de la caja de polvo. Dos ó tres
testigos por añadidura han venido á engrosar la acusacion y el pobre
Jac . . . está registrado para un -pasaje á lo lejos-: Fagin necesito
un traje de luto y un crespon en mi sombrero, para ir á visitarle antes
de su partida. Pensar que Jaime Dawkins el -Camastron- el -fino
Camastron- será deportado por una mala caja de polvo, valor dos sueldos
y medio! . . Jamás hubiera creido que debiera hacer este -viaje- á no
ser por un reló de oro con su cadena y los colgajos. Oh! por qué no ha
desvalijado á algun viejo ricote! Habia dado que hablar de él y al
menos hubiera partido como un -caballero- en vez de separarse de nosotros
sin honor y sin gloria como un miserable -pelafustan-.
Con esto maese Bates dando libre curso á su dolor, se dejó caer en una
silla y permaneció silencioso por algunos momentos.
--Y qué entiendes tu por ello, cuando dices que nos deja sin honor y sin
gloria? preguntó Fagin con tono irritado --¿Acaso no ha sido el primero
entre todos vosotros? hay, digo, uno solo que sea digno de limpiar sus
botas hé?
--No ciertamente! --respondió Bates con voz lastimera --no conozco
ninguno que pueda vanagloriarse de ello.
--Y bien? entonces á qué viene esa cantinela? --dijo el judío con
acritud --¿de qué sirven esas jeremiadas?
--Por qué los periódicos no hablan de ello palabra, como vos mismo
sabeis bien! --esclamó Cárlos irritándose á despecho de su venerable
amigo. --Porque el asunto no tendrá publicidad y nadie sabrá jamás lo
que él era. ¿Cómo figurará en el calendario de Newgate? Pueda que ni
siquiera su nombre sea inscrito en él. Ah! Dios mio! Dios mio! que
desgracia! Esto es desgarrador!
--Ah! ah! --hizo el judío estendiendo la mano y volviéndose hácia el
señor Bolter --Ya veis querido mio, que orgullosos están de su
-profesion-! No es esto edificante?
--No carecerá de nada --repuso --Estará en su celda como un señor,
Cárlos . . . como un jóven príncipe. Tendrá todo lo que apetezca . .
. todo. Quiero que como de costumbre tenga su cerveza en todas sus
comidas y dinero en su bolsillo para jugarlo á cara ó cruz sino puede
gastarlo.
--Si? esclamó Bates.
--Sin duda. Y le encontrarémos un defensor, Cárlos! Escojerémos aquel
que pase por tener el mejor -pico-. Tomará su partido con calor en un
discurso soberbio que conmoverá al auditorio. Nuestro jóven amigo
hablará tambien á su vez, si lo juzga conveniente y nosotros verémos
esto en los periódicos: --El -fino Camastron- . . . (esplosiones de risa
en el público). Mas abajo . . . (agitacion en el banco de los Señores
jurados). Y algunas líneas despues . . . (hilaridad general). Hé
Carlino?
--Ah! ah! --esclamó maese Bates riendo --á puesto mi gaznate que Fagin
los corta á todos en pedazos menudos! Como va á retorcéroslos el
Camastron! Con el no los veo -blancos-!
--Y hará bien, en no tenerles consideraciones!
--No cabe duda --contestó Cárlos frotándose las manos.
--Me parece estarlo viendo ahora --dijo el judío fijando sus miradas
sobre su jóven educando.
--Y yo tambien! esclamó Bates . . . Ah! ah! ah! Paréceme que estoy
allí. Me lo represento como si ello pasára ante mis ojos . . . Qué
buena farza! Esas vetustas cabezas de pelucon, haciendo todo lo posible
para mantenerse sérias y Jaime Dawkins, no tartamudeando para decirles
su modo de pensar, como si fuera su camarada, y hablándoles con la misma
soltura que lo haria el hijo del propio presidente despues de una buena
comida . . ah! ah! ah!
Es lo cierto que el judío, habia tenido tanta habilidad en exitar el
humor jovial de su jóven educando, que éste, que de pronto considerará
la prision de su amigo como una desgracia y el mismo -Camastron- como una
víctima, miraba ahora á este ilustre jóven como el primer galan de una
escena cómica y le tardaba ver llegar el momento en que su jóven
camarada tendria una ocasion tan favorable para desplegar sus talentos.
--De un modo ú otro será necesario procurar lo medios de tener hoy
mismo noticias suyas. --dijo Fagin --Calculemos . . .
--Si fuera yo allí? --preguntó Cárlos.
--Te guardarás muy bien! --contestó el judío --Querido mio estás
loco? A la verdad es preciso que seas --archi-loco para pensar en
encagarte dentro la gola del lobo! No, no hijito! ya es bastante para mi
el haber perdido el uno, para esponerme á perder el otro.
--Creo, no intentaréis ir vos mismo? dijo Cárlos con tono chocarrero.
--No me conviene de ningun modo --repuso el judío sacudiendo la cabeza.
--Entonces por qué no enviais á ese recien venido? preguntó Maese
Bates poniendo su mano sobre el brazo de Noé. --Nadie le conoce.
--Si quiere ir no deseo otra cosa mejor! --observó Fagin.
--Por qué no querrá?
--No lo sé querido. --dijo Fagin volviéndose á Bolter --realmente no
lo sé!
--Oh! que si que lo sabeis muy bien! --observó Noé dando algunos pasos
retrógados hácia la puerta. --Que si, que si lo sabeis bien! --añadió
balanceando la cabeza un tanto alarmado de la proposicion de Cárlos.
--Guarda Pablo! este género de comision no entra en mi departamento. No
lo ignorais de antemano!
--Entónces Fagin para que género de -trabajo- lo habeis reclutado?
--preguntó maese Bates midiendo á Noé de la cabeza á los piés con
aire de desden --para jugar las piernas cuando habrá algo embrollado ó
para -enguller- sin duda, él solo todo lo que habrá sobre la mesa,
cuando todo irá bien?
--Esto no os incumbe á vos, jóven imberbe! --replicó Bolter --y si os
permitís estas libertades con vuestros -superiores- podrémos enojarnos:
tenedlo entendido!
Maese Bates, prorrumpió en tal carcajada á esta amenaza que Fagin
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